Páginas 141-153 de Hojas susurrantes

Padres abusivos y siquiatras: una asociación delictuosa


Creo que deberíamos prohibir todas las relaciones siquiátricas entre adultos y niños y llamar a la siquiatría infantil por su nombre correcto y verdadero:
violación siquiátrica.

Thomas Szasz [1]



Desde los terribles sucesos de mi adolescencia me quedé con la idea que el doctor Amara simplemente fue incompetente en su profesión. Más de veinte años iban a pasar para que leyera a los críticos de la siquiatría y las sicoterapias. La mayor sorpresa con que me topé al leer a estos autores fue el descubrimiento que, desde sus inicios, la siquiatría se ha aliado con los padres en conflictos con los hijos; y se ha aliado independientemente de la cordura de los hijos o la disfunción de los padres en cuestión.

Esto significa que Amara no fue incompetente en su profesión. Se portó como los siquiatras se han estado comportando desde hace mucho tiempo.

En el siglo XVII las regulaciones de admisión en dos manicomios franceses para hijos de familia estipulaban: “Los hijos de artesanos u otros habitantes pobres de París, menores de veinticinco años, que abusaron de sus padres o se negaron por holgazanería a trabajar, o en el caso de las muchachas que hubieran sido prostituídas o estuvieran en peligro evidente de serlo, debían ser encerrados: los muchachos en la Bicêtre y las muchachas en la Salpêtrière. Esta medida ha de ser tomada a petición de los padres”.[2]

De igual manera, en el siglo XVIII los padres podían apelar directamente al rey para que mediante una lettre de cachet aprisionaran a un hijo rebelde en la Bastilla. Antes de la Revolución las condiciones en estos asilos eran tan malas que la mitad de los internados moría al año debido a la desnutrición, el frío y la enfermedad. Nótese que tanto en la Bicêtre como en la Salpêtrière se internaba a adolescentes perfectamente cuerdos, aunque rebeldes, por no querer trabajar —“holgazanería”— o por haber tenido sexo premarital —“en peligro de ser prostituída”. En el siglo XIX aparece la misma estratagema en Norteamérica. En 1865 el Boston Times Messenger describió al manicomio McLean Hospital como “bastilla para el encarcelamiento de ciertas personas molestas para sus parientes”.[3]

Estas insólitas cláusulas de internamiento podrían comprenderse si vemos a la siquiatría desde un punto de vista que no estamos acostumbrados a hacerlo: no como se presenta a sí misma, una ciencia objetiva, sino como una profesión mercenaria que, desde sus orígenes, se ha aliado al mejor postor. Y el mejor postor no sólo han sido los padres, sino los maridos. En los años cincuenta del siglo XIX, por ejemplo, la regulación de admisión en el estado de Illinois en Estados Unidos estipulaba que: “Las mujeres casadas pueden ser ingresadas o detenidas en el hospital a petición del marido sin la evidencia de insanía exigida en otros casos”.[4]

En nuestros tiempos la siquiatría se ha convertido en una gran industria farmacéutica que se mueve dentro de las realidades del mercado y las leyes de la oferta y la demanda. La palabra clave es: la demanda. Cuando surgen problemas familiares son los padres, y sólo los padres, quienes poseen los medios económicos para pagarle a profesionales. Por eso desde sus orígenes a estos profesionales les ha convenido ver a los problemas familiares como problemas médicos. La causa del autoengaño, como observó un pediatra, se debe a que “Los púberes y adolescentes son un gran negocio para los siquiatras”.[5]

Entre 1980 y 1987 el número de niños y adolescentes internados temporalmente en siquiátricos estadounidenses se elevó el 43 por ciento. Investigadores sociales como Ira Schwartz encontraron que estos internamientos no se debieron a trastornos mentales, sino a que los chicos estaban en guerra con sus padres.[6] La profesión llamada siquiatría no está orientada a defender a estos adolescentes frente a sus padres. De hacerlo pondría a los siquiatras en conflicto con su fuente natural de ingresos. En algunos siquiátricos privados de Estados Unidos los siquiatras de alto rango se han llegado a embolsar anualmente entre seiscientos mil y novecientos mil dólares al año. Paul Fink, presidente de la Asociación Psiquiátrica Americana (APA) en la década de los ochenta, dijo sin rodeos: “Es la tarea de la APA proteger el poder de ingresos de los siquiatras”.[7]

Que los siquiatras han jugado el papel de abogados de los padres, los maridos y el status quo se ve con extraordinaria transparencia al estudiar cómo diagnosticaban los médicos en los siglos XVIII y XIX.

En 1728 Daniel Defoe, el autor de Robinson Crusoe, escribió que era una “práctica vil” y una “inquisición clandestina” el hecho de “mandar a las esposas a las Casas de los Locos por cualquier capricho o disgusto”.[8] Defoe fue el primer escritor del que tengo conocimiento que comparó a la siquiatría con la Inquisición. En 1851, cuando la esclavitud era legal en Estados Unidos, el doctor Samuel Cartwright descubrió que los esclavos que huían de sus amos padecían de drapetomanía (del griego drapetes, que trasmite la idea de huir): enfermedad mental exclusiva de los negros que tenían “un delirante deseo de huir de sus dueños”. Su hallazgo fue publicado en el New Orleans Medical and Surgical Journal. Otros negros padecían de distesia etiópica, cuyo síntoma era “no prestarle atención a la propiedad privada”. Se creía que el negro cuerdo era el que tenía una conducta dócil hacia su amo. Benjamin Rush, el padre de la siquiatría norteamericana y uno de los firmantes de la declaración de independencia de los Estados Unidos, también descubrió varias enfermedades nerviosas. A una de ellas le llamó anarquía y la definió como una enfermedad cerebral de aquellos que estaban descontentos con el nuevo sistema americano.[9] Rush inventó la Silla Tranquilizante, un artefacto que inmovilizaba a sus pacientes a lo largo de medio día o un día entero. También fue uno de los precursores en concebir al alcoholismo como una entidad biomédica. En la actualidad el retrato de Rush sigue adornando el logo oficial de la Asociación Psiquiátrica Americana.[10]

En la Europa del siglo XIX las cosas no estaban mejor. Como se sabía desde tiempos de Defoe, los hombres han estado usando a la siquiatría para dominar a sus esposas. Aquellas que no cumplían el rol asignado por la sociedad eran etiquetadas de folie lucide en Francia (“locura lúcida” literalmente) y moral insanity (“insanía moral”) en Inglaterra y su equivalente en Suiza y Alemania. Muchas fueron internadas en hospitales siquiátricos a iniciativa de sus esposos, padres o hermanos. De hecho, en el siglo XIX las mujeres fueron el principal blanco de ataque de la siquiatría organizada, como en las últimas décadas del siglo XX y albores del XXI lo son los niños.

En 1820 Elizabeth Packard fue hospitalizada por su esposo debido a que daba clases sobre la Biblia de manera libre y según sus propias reflexiones. Esta mujer sobrevivió al encierro, describió lo que vio en el asilo siquiátrico y, al igual que Defoe, comparó a la siquiatría con la Inquisición. Jeffrey Masson sacó a la luz otros testimonios de mujeres que lograron escapar de los hospitales y denunciaron tanto a sus familiares como a los siquiatras. Hersilie Rouy, hospitalizada en la Salpêtrière por una disputa con su hermano, testimonia en un libro publicado en 1883: “Durante catorce años he vivido en un encierro que me ha separado del mundo real, me ha despojado de mis derechos civiles, me ha privado de mi nombre, me ha quitado lo que poseía y destruido mi existencia sin siquiera poder decir por qué”.[11] Cabe decir que el afamado médico Jean Martin Charcot, a quien se le atribuye la investigación sobre la histeria en las mujeres, dirigía la Salpêtrière cuando Hersilie fue encarcelada.

De los escritos de Masson y Szasz se colige que desde esos tiempos no sólo ha existido una confabulación entre siquiatras y familiares controladores, sino otra confabulación entre los siquiatras y el Estado. Por ejemplo, cuando después de escapar y publicar su libro Hersilie apeló al Ministerio de Justicia de Francia, éste se plegó del lado de los siquiatras: “Pero nuestro médico, que sabe de esto más que nosotros, tiene la convicción de que ella está loca y nos inclinamos ante su ciencia infalible”.[12] El de Hersilie no fue el único caso decimonónico que desenterró Masson, pero el patrón de los sucesos es similar: mujeres jóvenes y perfectamente cuerdas diagnosticadas de “insanía moral” a pesar del hecho reconocido por los doctores que nada malo había en su intelecto (por eso la llamaban también folie lucide). Esta “ciencia infalible” según el pronunciamiento del Ministerio de Justicia de Francia hospitalizaba a mucha gente en sus cabales.

Otra curiosa etiqueta siquiátrica para las solteras de clase alta que tenían pretendientes de más bajos estratos sociales —y aquí no puede sino venirme a la cabeza la trama de la película Titanic— era ninfomanía.[13] Hubo casos en que estas mujeres eran internadas en la flor de su edad para ser liberadas viejas a un asilo de ancianos. A continuación cito parte de una carta del doctor Massini al doctor Binswanger para internar a Julie La Roche en un manicomio suizo:

A mediados de enero huyó de ahí, supuestamente con su hermano, pero en realidad fue con el aventurero von Smirnoff y apareció sorpresivamente en Basilea, presentándolo como su prometido. Desde luego, esta relación no estaba aprobada.

Todo esto me lleva a concluir que la Srta. La Roche, que por otra parte es una criatura adorable, se encamina hacia la “insanía moral”, lo que hace aconsejable la supervisión médica […]. De seguro intentará escapar o quizás al menos simule que se suicidará. Será necesario entonces ponerla a cargo de guardias incorruptibles que la vigilen de cerca […].

Yo no creo que el Sr. La Roche haya maltratado alguna vez a su hija, aunque pudo haberla amonestado duramente.[14]

Podría pensarse que estas son reliquias de un pasado médico superado, que nada tienen que ver con nuestra civilizada época. Pero esta última línea de Massini me recuerda la postura de Amara: declarar con toda su autoridad la inocencia de mis padres ante mis acusaciones y, además, haber sugerido internarme —justo lo que hizo Massini con Julie La Roche. La acusación de esta mujer había sido la siguiente:

Mi padre me maltrataba de una manera terrible […]. A las 10 de la noche me echó a la calle, tras haberme lanzado a la cabeza un objeto puntiagudo con tal fuerza que mi rostro quedó cubierto con la sangre que manaba de una profunda herida. Hay testigos de todos estos hechos […].

Un día en Saarburg, a donde regresábamos después de nuestra boda [con von Smirnoff] y tuve que permanecer en cama, fuimos sorprendidos por la policía y luego por mi padre […]. Pese a estar enferma, fui arrastrada bajo lluvia y tormenta por el Sr. La Roche [su padre]. Todo, incluyendo mi certificado de matrimonio, resultó inútil. Fui llevada con escolta policial a Kreuzlingen, que es un manicomio privado, como se puede comprobar buscando cualquier guía comercial. Ahí, el primer día, se me diagnosticó como melancólica y demente.[15]

Al igual que Hersilie, Julie logró escapar y nos legó su testimonio, publicado originalmente en el periódico suizo Thurgauer Tagblatt. Y también, como en el caso de Hersilie los médicos unidos hicieron frente a la denuncia. Julie nunca fue vindicada ante la sociedad. El periódico donde apareció su acusación tuvo que publicar una vergonzosa retractación aseverando que Julie padecía, efectivamente, de insanía moral.[16]

Masson comenta que si existió insanía alguna ésta provenía del padre y los siquiatras; no de la muchacha. La opinión pública de la ciudadanía civil suiza, o francesa en el caso de Hersilie, defería hacia la institución familiar representada por el padre, y defería también hacia la institución médica y el Estado.

Las etiquetas del siglo XIX no siempre eran inventadas para causar estigma en ciudadanos de segunda clase como las mujeres: a veces eran inventadas para evitarlo en las clases favorecidas. Cuando una hija de buena familia robaba y era arrestada, se le pedía a un siquiatra que diagnosticara que padecía de cleptomanía: enfermedad cuyo síntoma era una incontrolable compulsión de robar.[17] Así, la ley era burlada y la hija podía regresar a casa. Pero al igual que las etiquetas estigmáticas es notorio cómo las autoridades entraban en franca complicidad con los siquiatras para evitar, o causar, una sanción social.

Estos diagnósticos —“drapetomanía” y “distesia etiópica” para los negros, “insanía moral” y “ninfomanía” para las mujeres— pueden parecernos risibles. Han cambiado tanto los valores que el carácter esencialmente político de las etiquetas que el rol de los siquiatras como agentes del sistema es a todas luces visible.

Sin embargo, aunque con etiquetas más oscuras, técnicas y difíciles de detectar, la situación hoy día sigue siendo esencialmente la misma. Etiquetar de “hiperactivo” al niño o de “esquizoide” al adolescente sólo mistifica realidades que pueden decirse en vernáculo: niño travieso, adolescente retraído. Además, como en el caso de las sociedades donde los negros y las mujeres eran discriminados, estos seudodiagnósticos ocultan las acciones políticas que desean emprenderse. Digo seudodiagnósticos porque jamás un médico ha logrado ver en el microscopio el deteriorado tejido nervioso del niño hiperactivo o del adolescente etiquetado de esquizoide. Las nuevas enfermedades son tan quiméricas como las viejas: existen sólo en la mente de ideólogos que la gente llama siquiatras pero que en realidad son abogados de los padres que desean tomar medidas de control con sus hijos.

Haciendo a un lado los casos auténticamente patológicos puede decirse que, tanto en siglos pasados como en la actualidad, el objetivo encubierto de la siquiatría es el control, especialmente el control de los miembros potencialmente rebeldes de la sociedad: negros prófugos y mujeres liberadas de antaño, o la población joven en la actualidad. Que esta política persistió en el siglo XX se comprueba en las declaraciones de Francis Braceland, presidente de la Asociación Psiquiátrica Americana en tiempos del movimiento hippie de los sesenta. Braceland declaró:

Rasgo común a algunas enfermedades es que los pacientes no tienen conciencia [insight] de su propia enfermedad. En resumen: que a veces es necesario protegerlos contra sí mismos durante un período determinado. Si un hombre me trae a su hija desde California [sede del movimiento hippie] porque corre el peligro manifiesto de hundirse en el vicio o de lastimarse a sí misma de alguna forma, evidentemente no espera de mí que la deje libre en mi propia ciudad a la expectativa que suceda lo mismo.[18]

Más claro no puede estar. Nótese cómo los siquiatras no han cambiado desde el siglo XVII cuando enviaban a estas hijas “en peligro de caer en deshonra” al hospital Salpêtrière de París. Sobra decir que la conducta de estas adolescentes, tanto las del siglo XVII como las del XX era rebeldía, no trastorno mental. Activistas como Phyllis Chesler han escrito clásicos en filosofía feminista sobre el tema, como Women and madness.

Veamos ahora a la siquiatría en tiempos aún más recientes. En el folleto Schizophrenia (Esquizofrenia) publicado en 1998 por el Colegio Real de Psiquiatras de Inglaterra y el Consejo Nacional sobre la Esquizofrenia de ese país, podemos leer: “¿Cómo reaccionan las familias si un hijo, hija, hermano o hermana desarrolla esquizofrenia y se vuelve raro e impredecible? Pueden ver el cambio de conducta como rebelde, perverso e inaceptable sin comprender al principio que se debe a una enfermedad mental”.[19]

El folleto no pregunta cómo le parecen los padres al hijo. No pregunta, por ejemplo: “¿Es tu madre tan absorbente que te trata como un niño? ¿Es tirana, posesiva, te acosa constantemente y por eso al distanciarte de ella le pareces raro e impredecible?” Los siquiatras no harían un folleto para jóvenes que no puedan remunerarlos. Quienes redactaron el folleto, las asociaciones oficiales de siquiatría en Inglaterra, tuvieron oídos exclusivamente para los padres. Ni siquiera se les ocurre que la versión del joven exista o que su rebeldía pudiera estar justificada. La ecuación del folleto: rebelde / perverso / inaceptable = esquizofrénico me recuerda que durante el gobierno de Breshnev la rebeldía del disidente político, una perversidad inaceptable para las autoridades rusas, era considerada oficialmente esquizofrenia. Hubo muchos casos de este tipo y están bien documentados, pero me referiré a uno solo.

En 1968, el año de las revueltas estudiantiles y poco después de la invasión soviética a Checoslovaquia, Natalia Gorbanevskaya protestó contra la invasión en la plaza roja de Moscú. Fue arrestada en agosto de ese año y enviada a un siquiátrico llamado Instituto Serbsky. El presidente de la comisión, el profesor Morozov, diagnosticó que Natalia sufría de “una enfermedad mental crónica, de tipo de la esquizofrenia”. La comisión concluyó que Natalia mostraba cambios en el proceso de raciocinio y en las facultades críticas y emotivas. Se dedujo que Natalia había participado en la manifestación de la Plaza Roja en estado de enfermedad mental y fue hospitalizada.[20] Ya antes de Breshnev, Nikita Jruschov había manifestado en Pravda: “El delito implica una desviación respecto de las normas de conducta aprobadas generalmente, y a menudo su causa es el trastorno mental […]. Es evidente que el estado mental de las personas que llaman a oponerse al comunismo no es normal”.[21]

A las mujeres rebeldes no les ha ido mejor en occidente. Como escribió Chesler hace pocos decenios, las estadísticas seguían mostrando que a las mujeres se les colgaban más rótulos siquiátricos que a los hombres; se les daban mucho más antidepresivos, y a veces continuaban siendo hospitalizadas por sus esposos o familiares. Yo mismo me enteré de una adinerada familia del Opus Dei en Monterrey que a principios del nuevo siglo usó a la siquiatría para internar a una hija cuando ésta se divorció —pecado inconcebible para los del Opus— para irse con un rockero. Según me contó personalmente Alejandro Fonseca, el roquero, cuando lo entrevisté en Monterrey en agosto de 2004, su pareja continuaba prisionera por su familia. El hecho que en occidente se haya criticado lo que la siquiatría soviética hizo con Natalia mientras se toman medidas semejantes con las mujeres de nuestro hemisferio es un doble rasero.

Pero volviendo al folleto inglés. Como decía, el folleto estaba destinado a la masa de ciudadanos del Reino Unido. Para los manuales americanos y europeos de la profesión siquiátrica los cinco síntomas de la esquizofrenia son: (1) alucinaciones, (2) delirios, (3) pensamiento desorganizado, (4) comportamiento extremadamente desorganizado y (5) comportamiento catatónico: requiriéndose dos de los cinco síntomas para un diagnóstico de esquizofrenia. Sin embargo, en el folleto se lee algo análogo a lo que hizo la comisión del Instituto Serbsky con Natalia: que la familia del (seudo) esquizofrénico “puede ver el cambio de conducta como rebelde” sin comprender “que se debe a una enfermedad”. En otras palabras, en la praxis y muy independientemente de una conducta perturbada, la rebeldía adolescente puede ser una enfermedad: esquizofrenia. La liberación femenina del siglo XIX podía ser vista como una enfermedad: insanía moral. Las ansias de escapar del esclavo negro eran una enfermedad: drapetomanía. Todas estas enfermedades han requerido de intervención médica, que frecuentemente termina en un encarcelamiento sin juicio legal. A este respecto, en otra parte del mismo folleto se lee: “La gente con esquizofrenia no siempre se percata de que están enfermos y suelen rehusar el tratamiento cuando lo necesitan con urgencia. En estas circunstancias, la Ley de Salud Mental en Inglaterra y Gales [promulgada en 1983] y disposiciones similares en otros países permiten la admisión compulsiva al hospital”.[22]

Tómese en cuenta que este es un folleto publicado en 1998, y que lo obtuve en las prácticas de mi curso de la Open University en 1999. Como dije arriba, las posturas siquiátricas no han cambiado desde los tiempos de la esclavitud norteamericana o del sexismo europeo, sólo los valores sociales han cambiado. Los siquiatras siempre se han comportado, y continúan comportándose, como agentes de status quo en turno: sean terratenientes del sur de Estados Unidos; padres que aborrecen los amoríos plebeyos de sus hijas, o madres controladoras que no toleran en el hijo independencia alguna.

Otra clase de evidencia de la alianza entre padres y siquiatras proviene de alguien que abandonó la profesión del sicoanálisis y he citado en páginas anteriores: Jeffrey Masson. En Final analysis (Análisis final), uno de los libros que atesoro porque me abrió los ojos para entender lo que me hizo Amara, Masson nos cuenta:

“Cuando en la familia un hijo manifiesta una gruesa patología…” Estas palabras me impresionaron. Para dar más énfasis fueron enunciadas muy lentamente y con una resonante voz. No cabía la menor duda: el que presidía la junta era un buen orador. Había actuado bien. Su voz, sus modales, su compañerismo, sus ademanes y hasta sus conocimientos literarios eran admirables. Reía mucho y le gustaba hacer bromas. Nos caía bien.

Pero no tenía que gustarnos lo que decía, y a decir verdad a mí no me gustó. Este era el caso de un niño de ocho años, el paciente “identificado”. Esta palabra, “identificado”, era un término siquiátrico popular y venerable. El niño había sido “identificado” como paciente por su madre y por su padre simplemente porque no le estaba yendo bien en la escuela, tenía pocos amigos y era un “problema” en casa. ¿Qué significa eso, me pregunté, de una “gruesa patología”? ¿Dónde estaba? En la visita de enfermos.[23]

La visita de enfermos era ir a un hospital siquiátrico en Toronto durante el entrenamiento para sicoanalista en la carrera de Masson. Masson es el único analista del mundo que se ha atrevido a denunciar en varios libros “el proceso de adoctrinamiento” de esta “sociedad semisecreta” que es la formación de sicoanalistas. Durante las juntas, el personal del hospital se reunía y un siquiatra de alto rango presentaba el caso de uno de los hospitalizados, cosa que, observó Masson, era humillante para este último. “Pronto se vio claro que en cada presentación sólo se le pasaba el micrófono al intelecto y corazón del ponente. No sabíamos, no podíamos saber nada del paciente; pero sí del ponente. Así que aquí teníamos al director del departamento hablando sobre otra ‘paciente’, Jill, de diecinueve años, ‘quien fue admitida al hospital por una descompensación psicótica esquizofrénica’”.[24]

El director del departamento que presentaba estos casos era un respetado siquiatra que creía en la conveniencia del electroshock. Sigue contando Masson:

¿Cómo sabíamos que alguien estaba “enfermo”? Simple: fueron llevados al hospital. El director dejó claro que cuando una persona había sido “identificada” como paciente por la familia, estaba, de hecho, trastornada siquiátricamente hablando. La gente aparentemente no erraba al hacer este tipo de diagnósticos caseros. Por lo mismo, al hablar de ese niño “mal adaptado” (¿término médico?) nos dijo que debíamos aceptar que

el paciente ‘identificado’ se encuentra ‘más enfermo’ que los otros. Un estudio de S. Wolff en la British Journal of Psychiatry tiende a confirmar la identificación familiar de su miembro más perturbado como ‘el enfermo’”.

Para mí, todo esto era sospecho y muy conveniente para el siquiatra. ¿Quién le había dado a la comunidad siquiátrica tal poder? [25]

¿Quién le da poderes especiales sobre niños y adolescentes? La sociedad y sus leyes por supuesto; el Estado, la cultura misma.

En 1995 un estudio publicado por siquiatras estadounidenses concluyó que los familiares son tan capaces como los profesionales para “identificar” una conducta que requiera de hospitalización involuntaria.[26] Otra pieza de evidencia de una confabulación entre padres y siquiatras lo sugiere el hecho que la asociación oficial de siquiatría estadounidense, la Asociación Psiquiátrica Americana, ha entrado en abierta colaboración con una de las organizaciones más abyectas de Norteamérica: NAMI. Muchos de quienes integran la Alianza Nacional para Enfermos Mentales (NAMI en sus siglas inglesas) son padres que desean emprender medidas represivas hacia sus hijos. Su postura ha sido tan extrema que ha llegado a justificar la lobotomía y a acosar a aquellos siquiatras que no son practicantes de la fe biorreduccionista.[27]

Es importante estar consciente que esta alianza entre padres tiránicos y siquiatras es una historia muy vieja, y que continúa sin impugnación en nuestras sociedades. En mi propio caso, cuando en 1991 le reclamé a mi padre que él y mi madre habían ignorado las acusaciones de mi Carta, que le habían “dado el carpetazo”, respondió por escrito: “No dimos carpetazo a nada, pagamos tu siquiatra y vimos a otros. Todos, incluyendo Amara, nos dieron la razón” (énfasis en el original).

¿Por qué los siquiatras son capaces de “darles la razón” a los padres que han vapuleado horrendamente a un hijo? ¿Por qué siempre culpan al niño y exoneran al adulto? En la Carta incursioné en la mente de mis padres, pero no en lo que pudo haber pasado en la cabeza del médico que fungió como su representante. Ahora, doce años después de haberla escrito, creo que estoy preparado para analizar a los analistas, aunque tal empresa me lleve el resto de este libro.


__________________

[1] Discurso videograbado de Thomas Szasz en la sede de Citizen Commission of Human Rights en Los Ángeles, California (28 febrero 2004).

[2] Citado en Thomas Szasz: La fabricación de la locura (Kairós, 1981), pág. 28.

[3] Ibídem, pág. 329.

[4] Citado en Thomas Szasz: Pharmacracy: medicine and politics in America (Praeger, 2001), pág. 90.

[5] Robert Mendelssohn, citado en Breggin: Toxic psychiatry, pág. 298.

[6] Joe Sharkey: Bedlam: greed, profiteering and fraud in a mental system gone crazy (St. Martin’s Press), 1994, págs. 12 & 98.

[7] Paul Fink, citado en Breggin: Toxic psychiatry, pág. 360. Leí lo de estos ingresos millonarios en Sharkey: Bedlam, pág. 202.

[8] Daniel Defoe, citado en Thomas Szasz: Esquizofrenia: el símbolo sagrado de la psiquiatría (México: Ediciones Coyoacán, 2002), pág. 133. El texto en que Defoe se pronunció contra la siquiatría de su tiempo se titula “Demand for public control of madhouses”.

[9] Citado en Sharkey: Bedlam, pág. 182.

[10] Whitaker resume el quehacer siquiátrico de Benjamin Rush en los primeros dos capítulos de Mad in America.

[11] Citado en Jeffrey Masson: Juicio a la sicoterapia: la tiranía emocional y el mito de la sanación sicológica (Cuatro Vientos, 1993), pág. 19. La alianza entre padres y siquiatras se expone especialmente en los capítulos 1, 5 y 6. El libro de Masson fue publicado en inglés bajo el título de Against therapy. En varias de las citas que hago cotejé la traducción con el original en inglés.

[12] Ibídem, pág. 22.

[13] Roger Gomm: “Reversing deviance” en Tom Heller (ed.): Mental health matters (The Open University, 1996), pág. 80.

[14] Masson: Juicio a la sicoterapia, págs. 31s.

[15] Ibídem, págs. 33s.

[16] Ibídem, pág. 37.

[17] Gomm: Mental health matters, pág. 80.

[18] Francis Braceland, citado en Szasz: La fabricación de la locura, pág. 69.

[19] Schizophrenia (National Schizophrenia Fellowship & Royal College of Psychiatrists, 1998), pág. 12.

[20] Víctor Miguel Lozano: “La psiquiatría y la psicocirugía como instrumentos de represión” en Alternativas, págs. 207s.

[21] Citado en Paul Johnson: Tiempos modernos (Ediciones B, 2000), pág. 834.

[22] Schizophrenia (folleto, op. cit.), pág. 9.

[23] Jeffrey Masson: Final analysis: the making and unmaking of a psychoanalyst (HarperCollins, 1991), págs. 48s.

[24] Ibídem, págs. 50s.

[25] Ibídem, pág. 51.

[26] J. R. Husted y A. Nehemkis: “Civil commitment viewed from three perspectives: professional, family and police” en Bulletin of American Academy of Psychiatry Law (1995; 23, 4), págs. 533-546.

[27] Breggin: Toxic psychiatry, págs. 425s. NAMI también trató de boicotear un proyecto del doctor Loren Mosher.

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4 comentariosDeja un comentario

  1. Extraordinarias reflexiones, que me dejaran analizando por mucho tiempo y cambiar de posición al lado de la víctima y no de los victimarios.

  2. El Código Civil de todos los países, prescribía, hasta hace poquísimos años, que en caso de que las correcciones familiares no bastaren, los padres podían recluir a su hijo menor de edad en una institución de educación y corrección. Muy seguramente de aquí se partió para llegar a estos horrores.

  3. “Confabulación” entre padres y siquiatras. Esta “palabra” podría ir más allá de una simple identificación o mención en tu escrito. Puedo pensar en una confabulación exotérica o incluso “esotérica”; o que se den ambas a la vez. ¿Por qué se “confabula”? ¿Cual es la “recompensa” (si la hay; y, si es así, a qué niveles “se reciben los premios”?) No quiero elucubrar, para no cansar, y también porque luego tendría que darle la razón al siquiatra que visité y mandé a la mierda hace bastantes años…Lo dejo como auto/reflexión.


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