Al norte del Río Bravo

EN NUEVAHABLA siquiátrica, al lavado de cerebro por medio de electricidad que le aplicaron a Mario se le llama depatterning (eliminación de pautas). Esta es la expresión que usaba Ewen Cameron, mencionado en la primera parte, en los experimentos que realizó con seres humanos en el Instituto Allan Memorial en Montreal, Canadá, en los años cincuenta y sesenta.

En 2001 el investigador de espionaje internacional Gordon Thomas publicó un libro sobre lo que algunos afirman ha sido el mayor crimen contra sus ciudadanos en que el gobierno de los Estados Unidos ha estado involucrado. Thomas describe las sesiones maratónicas de electroshocks que le administraron a varios norteamericanos según el testimonio de su amigo, William Buckley. La veracidad de las afirmaciones de Buckley, quien trabajaba para la CIA, no está en disputa. Existen documentos en la Asociación Psiquiátrica Americana y testimonios de los médicos del instituto de Cameron que confirman sus observaciones. Buckley había observado que en el Instituto Allan Memorial una joven había salido corriendo de una de las salas del hospital con dos enfermeras correteándola. Después de inyectarla, sedarla y sacarla a rastras, el doctor Cameron le explicó el incidente. Según el testimonio de Buckley:

La joven se encontraba en las primeras etapas de una “eliminación de pautas”. Estaba empezando a perder la memoria, explicó el doctor Cameron, pero “todavía sabía quién era y por qué estaba ahí. En el siguiente paso mostraría ansiedad cuando le preguntaran quién era y por qué estaba ahí. La tercera y última fase llegaría cuando desapareciera la ansiedad”. Cameron añadió que la paciente sólo “percibiría el momento presente, y únicamente hablaría y recordaría ese momento. El pasado habría desaparecido. Viviría en el presente inmediato”.[1]

Cameron y su grupo de siquiatras le hicieron esto a la joven bajo el consentimiento de los gobiernos de Estados Unidos y Canadá. Espero que a estas alturas se me conceda que la comparación de siquiatras como Cameron con el O’Brien orwelliano no fue exagerada. Tan no exagerada que a Buckley le llamó la atención que en el estante de Cameron hubiera un ejemplar de 1984: presumiblemente, especula Thomas, una inspiración sobre cómo elaborar técnicas de lavado de cerebro. Cuando consternado Buckley le preguntó a Cameron si experimentos como el de la joven corriendo se hacían con la voluntad de la chica, el siquiatra evadió la pregunta arguyendo que sus intenciones eran buenas: la misma excusa que esgrimió Viktor Frankl cuando lo interrogaron sobre los pacientes que lobotomizaba.[2]

Cameron no fue una aberración en la profesión. Era un siquiatra reconocido. Fue presidente de las siguientes asociaciones: Asociación Psiquiátrica Americana, Asociación Psicopatológica Americana, Sociedad de Psiquiatría Biológica, Asociación Psiquiátrica Québec, Asociación Psiquiátrica Canadiense y la Asociación Psiquiátrica Mundial que él mismo ayudó a formar. En sus tiempos era común usar maratones de electroshocks y shocks de insulina para eliminar las pautas mentales de la gente. Esto se hizo tanto en Europa como en Estados Unidos, y llegó a haber congresos internacionales para que los siquiatras compartieran sus experiencias sobre las diversas técnicas. El testimonio de Cantú es sólo uno entre muchos otros testimonios de sobrevivientes cuyas identidades han sido borradas no en una novela de futurismo antiutópico, sino en el mundo real. Aunque no en sesiones maratónicas como las que le aplicaron a Cantú, la eliminación de pautas es perfectamente legal en las democracias del mundo actual. En un periódico de 2001, el “Año de la salud mental” según los Estados Terapéuticos del mundo, leí que en Estados Unidos se siguen electrochocando a cien mil personas por año, y se calcula que a lo largo de los últimos decenios se han electrochocado a diez millones de personas en Norteamérica.[3]

La siquiatría mexicana imita lo que se hace en el país que sufre la siquiatría más agresiva del mundo. Algunos siquiatras mexicanos opinan que la siquiatría del sector privado es indistinguible de la del vecino del norte. México es una nación codependiente cuya ciencia y seudociencia depende de los Estados Unidos. Una seudociencia clásica como el estudio de los OVNIS proviene de ese país, y la subcultura mexicana del new age sigue las pautas estadounidenses. De manera análoga, en las explicaciones mecanicistas de la academia se trata de explicar toda conducta humana desde la biología. Sólo para mostrar que lo que le sucedió a Cantú no fue un caso aberrante en la siquiatría mexicana, sino que los adolescentes rebeldes también han sido ultrarreprimidos al norte del Río Bravo, citaré el testimonio de Leonard Roy Frank. La cita que haré está basada en la ponencia que Frank presentó en un encuentro antisiquiátrico realizado en México.

En su ponencia, Frank aseveró que fue hospitalizado en tres siquiátricos estadounidenses: el Hospital Mt. Zion, el Hospital Estatal de Napa y el Hospital Twin Pines: todos en California. Como Frank se resistió al tratamiento, este último hospital obtuvo una orden judicial que autorizó al hospital para tratar a Frank contra su voluntad. Robert E. James fue el siquiatra que jugó el mismo papel del doctor Pedro González Jáuregui con Cantú. El reporte del doctor James sobre Frank dice: “Es mi opinión personal que este hombre padece una reacción esquizofrénica de tipo paranoide, crónica, severa; le beneficiaría seguir el tratamiento adecuado”. En base al diagnóstico se prescribió electrochocar al joven cerebro de Frank. El padre de Frank dio el consentimiento al hospital. El doctor James escribió en sus notas: “El paciente ha tenido 37 comas insulínicos y 31 ECT. Sus pensamientos son menos agudos y ha permitido que lo rasuremos. Se ha cortado el cabello. Se motiva al paciente para que se rasure cada día, lo cual hace bajo vigilancia”.[4]

En la década de los sesenta, tiempos de la liberación juvenil en la California donde vivía Frank, este joven tuvo inquietudes espirituales que se apartaban del estilo de vida de su familia. Se volvió vegetariano y tenía lecturas de religiones que horrorizaron a sus padres. Lo de las barbas parece irrelevante, pero fue su rebeldía de rasurárselas, aunado a haber abandonado su trabajo de vendedor de bienes raíces, lo que ocasionó la represión parental-siquiátrica. Frank era un joven bohemio de la posguerra, un beatnik perfectamente cuerdo, no un enfermo mental. Pero en 1962 su rebeldía le costó que le colgaran el rótulo “esquizofrénico”. Milagrosamente, Frank sobrevivió intelectualmente al martillazo al cerebro que conlleva la etiqueta, y en 1978 publicó The history of shock treatment: un clásico sobre el electroshock a pesar que es difícil hallarlo en las bibliotecas de siquiatría académica. Los shocks con inyecciones de insulina, que millones de espectadores vimos en la película A beautiful mind, producen un coma hipoglucémico: una baja en el azúcar que es el medio a través del cual nuestros cerebros aprovechan el oxígeno. A continuación transcribo parte de la ponencia de Frank en México:

En total fueron 85 tratamientos de choques (50 de coma insulínicos y 35 terapias de electroconvulsión). Mis recuerdos de la etapa de institucionalización, el año y medio precedente y grandes partes de mi vida anterior, fueron destruidos. Para algunos, entre los cuales me incluyo, esta amnesia en sí es evidencia de la existencia de daño cerebral sustancial ocasionado por el tratamiento de choques, que es precisamente lo que se intenta. Como escribió un defensor del tratamiento de choques: “No debe olvidarse que el objetivo de la terapia del coma insulínico es la destrucción de las células del cerebro, o sea, producir una lesión cerebral controlada”. Con respecto a la terapia de remover la barba, el resultado fue menos exitoso desde el punto de vista de los psiquiatras. Como pueden ver, las barbas vuelven a crecer, el tejido cerebral no.

Como ya mencioné, no tengo ningún recuerdo de esta época, pero considero mi expediente tal cual está. El primer recuerdo que tengo del período que siguió al tratamiento de choques fue cuando salía del último coma. Estaba sudando profusamente, una sensación de malestar invadía todo mi cuerpo; el dolor causado por el hambre no tenía que ver con nada que haya sentido antes ni después. De repente, oí un grito penetrante, más parecido a un chillido agudo, proveniente de la sección de tratamiento. El técnico cerró la puerta rápidamente. Aún así, los gritos no fueron ahogados por completo. He olvidado mis propios gritos, pero los de este compañero interno todavía me acompañan. De mi expediente psiquiátrico no se puede deducir nada del horror y la brutalidad del tratamiento de choque ni de mi resistencia a él. Con raras excepciones los psiquiatras no reportan lo que han visto sucederle a la gente que se somete a sus tratamientos. Tampoco discuten la experiencia subjetiva de los tratamientos que imponen a los sujetos psiquiátricos o que les administran sin su consentimiento informado.

Volviendo a mi expediente. El doctor James hace un juicio de valor acerca de mis “ideas en torno a (mi) barba, dieta y prácticas religiosas”. El calificar estas ideas como “fantasías” es un intento por hacer pasar un juicio de valor por un juicio de orden clínico. Mi barba, dieta, creencias religiosas y no conformismo en general son una amenaza para el status quo de la familia. Son considerados signos de mi rompimiento con el control de mis padres. Al tener la balanza de poder a su favor, mis padres acudieron a la psiquiatría institucional, a través de la cual pudieran restablecer su autoridad sobre mí, aunque fuera temporalmente. Para resumir, mi opinión es que el sujeto de la psiquiatría son los valores y el control y no la enfermedad y el tratamiento. La psiquiatría es política y religión a la vez, enmascarada como si fuera medicina y ciencia. El último punto que quisiera discutir en mi ponencia se refiere al asunto de la legalidad. Lo que me sucedió en 1963 —el encarcelamiento y el tratamiento forzado— es legal. Tanto mis padres como los psiquiatras llenaron todos los requisitos legales. La tendencia actual es realmente deplorable. La visión del pasado con respecto al tratamiento forzado parece destinado a ser la actitud del futuro, a menos que haya un cambio drástico en la actitud del público.[5]

Desde que Frank pronunció estas palabras en Cuernavaca en 1981, no ha habido cambios drásticos en la actitud del público. La voluntad de los padres sigue siendo sagrada en nuestra cultura. Si un hijo se rebela en México o en Estados Unidos, como se rebelaron Cantú y Frank, existen instituciones de salud mental que se encargan de eliminar las pautas rebeldes.

El maratón de la muerte de electroshocks a los adolescentes rebeldes fue una práctica muy común. En 1958, por ejemplo, Jonika Upton, de diecisiete años, huyó de su casa con su novio artista. Poco tiempo después sus padres, que sospechaban que el novio había sido homosexual, internaron a su hija en el Sanatorio Nazaret de Alburquerque en Nuevo México. A lo largo de tres meses Jonika fue electrochocada más de sesenta veces. El día en que la dieron de alta no reconoció a sus padres ni recordaba que había tenido novio. El siquiatra consideró que el tratamiento había sido un éxito. Aunque parezca increíble, en Estados Unidos el electroshock intensivo también se practicó en niños de cuatro a once años con el objeto de eliminar sus pautas rebeldes.[6]

Algunos años después de la ponencia de Frank en México, Kate Millett, una de las principales figuras del movimiento feminista en los sesenta y setenta, concedió una entrevista a la revista mexicana Proceso. Citaré un pasaje de la entrevista:

—Hablemos de su libro sobre la psiquiatría.

—El sistema psiquiátrico es un verdadero poder en los Estados Unidos. En mi libro analizo ese poder. Analizo la ideología de los psiquiatras y su lenguaje. Analizo las relaciones del Estado y de la familia con la institución psiquiátrica. Hay mucha tela de donde cortar. Pasé años con ese trabajo. Recopilé centenares de testimonios. Llegué a la conclusión de que en mi país hay un uso netamente represivo de la psiquiatrí…

—Es una acusación muy grave.

—Lo sé. Por eso también me fue difícil conseguir editor. En los Estados Unidos se utilizan los electrochoques de manera desenfrenada. Es bastante fácil encerrar a alguien en un servicio psiquiátrico. Basta que la familia obtenga el visto bueno de un psiquiatra y es muy sencillo convencerlos. ¿Tiene un hijo homosexual o le choca? Corra a ver un psiquiatra: le ayudará a encerrar a su hijo y a devolverlo a la normalidad a base de drogas y electrochoques. ¿Su hija tiene novios? Es una ninfómana: a ella también le hacen falta unos cuantos electrochoques y una estadía en una clínica psiquiátrica. La sociedad norteamericana desconfía profundamente de quien no se apega a sus normas y, por lo tanto, permitió que se desarrollara una psiquiatría todopoderosa. Eso es aún más patente desde hace diez años. Es un tema tabú.

—¿Qué la llevó a trabajar ese tema?

—Pasé por eso. Por todo eso. Sé de lo que estoy hablando: me salvé porque mi instinto de vida es más fuerte que todo.[7]

Referencias

[1] Ewen Cameron, citado en Gordon Thomas: Las torturas mentales de la CIA (Ediciones B, 2001), p. 123.

[2] Ibídem, p. 128.

[3] Estas cifras también aparecen en el citado artículo de Leonard Frank de 2001 en ect.org.

[4] Leonard Roy Frank: “El crimen del tratamiento forzado” en Sylvia Marcos: Manicomios y prisiones, p. 147.

[5] Ibídem, pp. 147-154. Como lo hice en la cita de Cantú en el capítulo anterior, eliminé los corchetes con puntos suspensivos.

[6] Leí el caso de Jonika Upton y la mención de los niños electrochocados en Whitaker: Mad in America, pp. 100s.

[7] Kate Millett, entrevistada por Anne Marie Mergier: “Ya no hay libertad de expresión: retrocedió con Reagan y sigue igual, dice Kate Millett” en Proceso (17 abril 1989).

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Published in: on mayo 15, 2009 at 3:20 pm  Comments (3)  

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3 comentariosDeja un comentario

  1. Se combatió el nazismo y sus integrantes por la práctica aberrante de su doctrina…Y a estos quién los juzga por la aplicación de su moral sobre aquellos que piensan diferente? O es que no han cometido y cometen aún los mismos crímenes sobre la humanidad con métodos más refinados?

  2. Pienso que las habiles artima~as irrefutables que declaran los siquiatras, esta revestida de un aura convincente y provechoso para sociedades como la estadounidense y sus imitadores sur y centroamericanos -Mexico, Chile. Realmente considero que se enfrenta a un dilema desafiante, por un lado la disidencia de los cuerdos, cuya percepcion empirica del mundo es aceptable y comprobable por cualquier persona perteneciente a las costumbres mantenidas por una cultura determinada. Por el otro se encuentra el extremo de la peculiaridad, aquellos seres cuya perspectiva sobre el mundo es bastante curiosa o se encuentran inundados por miedos que una persona `normal’ consideraria irracionales.

    Quizas la posible genesis de esta negacion rotunda de la realidad y la creacion de una realidad que mezcla los elementos aprendidos con elementos magicos, recida en la forma en como nuestra identidad y voluntad se consolido, en donde nuestras infancias, al ser la vision primogenita del mundo, poseen una especial relevancia; ahora el paradigma es la forma en como se puede prevenir las predisposiciones a quiebres psicoticos o `fugas esquizofrenicas’ como exclamaria un inquisidor ortodoxo, en una edad adulta.

    Sin duda los padres determina un factor de extrema relevancia, pues por decirlo de alguna manera, son ellos quienes poseen el acceso a la manipulacion de esa dichosa vision primogenita y pura de un mundo por descubrir para los chicos, y es por lo tanto que los progenitores de un ser humano pueden implantar concepciones absolutamente pesimistas o fatalistas de este mundo o simplemente vulnerables a este mundo, p.e. a traves de malos tratos, lisiando asi de forma parcial y en distinto grado la autoimagen de este nuevo ser, algo crucial, una robusta autoimagen, en el momento de evitar percibir la realidad como algo absolutamente caotico e indominable, que parece ser una de las esencias del cosmos.

  3. Entre mis disciplinas están, la ciencia de materiales y la química. Quede sorprendido (estoy mintiendo) al ver que los psiquiatras desconocen absolutamente todas las substancias de las que hablan. Se diferencian de un chaman del Amazonas en que éste último utiliza métodos genuinamente científicos, aunque desconozca la composición de las drogas que utiliza. A su lado, un psiquiatra es un primate que habla como un loro y desconoce el significado de las palabras que salen por su boca.
    Medican en función a lo que les dice el representante de la compañía farmacéutica. Supongo que electrocutaran gente en función a lo que les dice GE.


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