Transferencia maternal en el Ministerio del Amor

Como un mandarín, de la Fuente influyó en su profesión en México. Pero no deseo discutir más en abstracto. Un solo crimen de este hombre ilustrará mis críticas de forma más elocuente que otros cien silogismos.

El año 2001 conocí al señor José Andrés Arriola en la Ciudad de México, un hijo de refugiados españoles que huyeron del régimen de Francisco Franco. Arriola me contó que, cuando tenía veintiún años, tuvo un duelo de diez días por haber reprobado el examen de admisión de la UNAM en 1964. Arriola hace especial énfasis en la palabra “duelo” para distinguir su aflicción de las categorías siquiátricas. La reprobación lo hizo sentirse terriblemente humillado. Eso fue suficiente para que sus ignorantes padres lo enviaran al Hospital Español, donde de la Fuente trabajaba.

Según la historia que cuenta Arriola, de la Fuente y otra doctora lo diagnosticaron de esquizofrénico “en sólo media hora: sin examen y sin nada determinaron esa tremenda enfermedad”. Arriola fue internado en el pabellón de siquiatría del hospital. Ahí, por orden de de la Fuente le administraron: “Veintiocho pastillas al día. No conformes con eso, me dieron gases [bióxido de carbono] al treinta por ciento. Me dejaron como zombi. No conformes con eso me dieron choques de insulina”.[1] Además del bióxido de carbono que estuvo a punto de asfixiarlo, el shock insulínico que le administraron le produjo crisis epilépticas. En esos tiempos a la víctima del shock insulínico se le solía mantener en un coma profundo de veinte minutos a dos horas, y se le revivía con una inyección de glucosa para resucitar la parte del cerebro que nos hace pensar (sólo el cerebro primitivo, que nos permite mantener activos nuestros órganos, se encuentra vivo durante el coma insulínico). Cuando la víctima despierta, renace momentáneamente con mente de infante. Pregunta por su mami, se chupa el dedo y toma la mano de la enfermera en la Secretaría del Amor. Orwell no exageró cuando Winston se dejó abrazar por el pesado brazo de un O’Brien paternal y consolador. Escribiendo en Psychiatric Quarterly, el doctor Marcus Schatner reconoció:

La inyección de insulina reduce al paciente a un estado de bebé indefenso que lo predispone a una transferencia maternal […]. En esta condición tan miserable busca ayuda de cualquiera que se la dé. ¿Y quién puede ayudarle a una persona enferma sino el médico que está en el pabellón, cerca del paciente y lo observa como si fuera un niño enfermo? Éste se encuentra de nuevo en necesidad de una madre tierna, amorosa y pendiente de sus necesidades. Aunque no se dé cuenta, el médico es la persona que ahora asume aquella actitud hacia el paciente que realizó la madre cuando era un niño indefenso. En esta condición el paciente le confiere al médico el amor que en otro tiempo tenía hacia su mamá. Esto no es otra cosa que una transferencia maternal.[2]

Experimentos con animales han demostrado que los shocks de insulina causan hemorragias cerebrales, destruyen el tejido de la corteza cerebral, y en las autopsias a humanos se ha encontrado un ablandamiento del cerebro y algunas áreas de devastación en la corteza.[3] Volviendo al caso de Arriola. ¿Cómo fue que, ante un revés escolar que podría haberse superado rápidamente, de la Fuente diagnosticó esquizofrenia y asaltó con shocks a un cerebro joven y perfectamente sano? Dado que Arriola ya cruzaba por la crisis de haber reprobado el examen de admisión, el ataque de de la Fuente fue un caso clínico de revictimación siquiátrica. La pérdida en la facultad de la memoria de Arriola a causa de la terapia que de la Fuente le aplicó mermó su capacidad de adaptación.

Me encuentro que soy una persona totalmente desidentificada conmigo mismo, que no es capaz de tener iniciativa, que no es capaz de dormir, que no es capaz de concentrarse, que no es capaz de tener memoria inmediata. Esto fue un crimen siquiátrico que estoy pagando toda la vida, y a estos señores no se les ha castigado, no se les ha investigado, y han hecho de mi vida un horror. No me dan empleo. No hay manera de salir adelante. Soy un hombre que el resultado final de la siquiatría es que termine tirado en la calle, indigente y enfermo. Que se metan de esa manera tan salvaje en el cerebro es imperdonable… Les guardo mucho rencor.[4]

“¿Cómo fue posible esta inhumanidad institucionalizada?” Esta pregunta no fue formulada por Arriola ni por mí; fue formulada por Ramón de la Fuente al referirse a la siquiatría del siglo XVII.[5] Para responder a su pregunta basta señalar qué es la siquiatría humanitaria para tan influyente médico.

De la Fuente escribió que en la década de los 1930 “se desarrollaron por primera vez tratamientos de eficacia probada como la terapia electroconvulsiva, el coma insulínico y la psicocirugía”.[6] La terapia electroconvulsiva fue la que sufrió Cantú; el coma insulínico, lo que le hizo a Arriola; y la psicocirugía, cortar el cerebro de personas. Pero para de la Fuente estos tratamientos eran de tal “eficacia probada” que no dudó en aplicarle uno de éstos a Arriola. Decenios después de lo que hizo, de la Fuente seguía teniendo una elevada opinión de los métodos del Hospital Español, como se desprende de Salud Mental en México, un manual del que de la Fuente es primer autor:

En 1942 se creó el servicio de psiquiatría del Hospital Español en la Ciudad de México […]. Este servicio semiprivado, que continúa operando con éxito, es un ejemplo del papel que los servicios de psiquiatría en hospitales generales pueden desempeñar en la atención psiquiátrica de los enfermos mentales. Este servicio, con personal eficiente y suficiente en todos los niveles, trata enfermos agudos y subagudos y cuenta con un servicio abierto que, en muchos sentidos, se anticipó a los cambios que habrían de ocurrir en varios países avanzados en la década de 1960.[7]

De la Fuente vio al duelo escolar de Arriola como una “enfermedad aguda”. Sobre el Hospital San Rafael, donde borraron parte de la personalidad de Cantú, el manual de de la Fuente dice que en ese hospital “el trato y tratamiento de los enfermos es amable y el personal tiene experiencia”.[8] Pero no dice media palabra de las violaciones a los derechos humanos que sufrieron Cantú y muchos otros jóvenes. Y sobre la siquiatría del país en general su manual nos dice: “Los psiquiatras mexicanos hemos propugnado por el cabal respeto a los derechos humanos de los pacientes y demandado enérgicamente la vigencia de principios de justicia y equidad en las políticas de salud pública”.[9]

¡Habrá que preguntarle a Arriola qué piensa de esta afirmación! De la Fuente y los demás autores no sólo legitimaron a instituciones como el San Rafael y el Hospital Español. En el capítulo final de su manual, “Lineamientos para un Programa Nacional de Salud” dicen que es necesario aumentar el número de especialistas en siquiatría infantil. Hablan, además, de la necesidad de “reforzar los programas universitarios de especialización en psiquiatría”, de “aumentar la disponibilidad de psiquiatras en el país con al menos 50 médicos por año durante los próximos cinco”, y, por si fuera poco, también hablan de “nombrar un responsable de salud mental en cada estado de la República”.[10]

Son políticas de este tipo, especialmente por estar apoyadas por el aparato gubernamental, las que Thomas Szasz denosta como embrionarias de lo que podría llamarse un Estado Terapéutico Mexicano. En el capítulo final y conclusivo del manual, de la Fuente y sus seguidores también nos hablan de “la supresión de conductas extravagantes”. Interesante. Qué es exactamente una “conducta extravagante” a la que hay que aplicarle “la supresión”, según sus propias palabras, es algo que queda a la discreción del siquiatra decidir. En los entimemas de la profesión siquiátrica este tipo de pronunciamientos se dan por sentados.

UNA ÚLTIMA palabra sobre lo que le sucedió a José Andrés Arriola.

Es evidente que este joven, que en su cándida ignorancia sus padres entregaron a la discreción del siquiatra, no estaba enfermo. A sus veintiún años Arriola padecía del terrible duelo, como él mismo nos confiesa, de haber reprobado el examen que definiría su futuro. Tratar el duelo adolescente como una enfermedad es un salto conceptual que sólo un ideólogo puede atreverse a dar.

Ataques a la dignidad de una persona como el que sufrió Arriola provocan en la víctima un resentimiento de por vida. Han pasado casi cuarenta años desde su experiencia con de la Fuente y la anónima doctora. Dado el daño moral y cerebral causado por la terapia que de la Fuente y su colega le aplicaron, al momento de escribir Arriola continúa desempleado. Carece de profesión y vive de la caridad. Es innecesario hablar de su biografía hasta sus sesenta años, cuando lo conocí. Lo importante es señalar que Arriola insiste en que el asalto a su cerebro en el Hospital Español, y la consecuente pérdida de memorias, destruyó su vida. No quisiera ponerle punto y aparte a su testimonio sin apostillar el caso con palabras suyas cuando aún vivía su O’Brien:

Como fue una injusticia, me hizo minusválido de cierta manera. Quisiera enfrentar a de la Fuente en televisión por lo que me hizo.[11]

El de Arriola no es el único crimen que, al ejercer su profesión de siquiatra tal y como lo dictan los cánones médicos, de la Fuente ha cometido. En la casa de Carmen Ávila, la activista en derechos humanos que ayuda a Arriola, el archivo de éste y el de otras víctimas de de la Fuente se encuentra abierto para su inspección.[12]

Referencias

[1] Aunque he hablado con Arriola varias veces, anoté estas palabras en una cabina durante el programa de Ricardo Rocha al que me he referido en estas notas. Durante las grabaciones de julio de 2001 estuve en la cabina de monitores escuchando a varios sobrevivientes de la siquiatría, entre ellos, a Arriola.

[2] Marcus Schatner, citado en Whitaker: Mad in America, p. 88.

[3] Leí todo esto en ibídem, p. 89.

[4] Lo que Arriola dijo en el segundo párrafo, también lo escuché en la cabina. Lo que Arriola dijo en el primer párrafo, lo escuché en otro programa televisivo que TV Azteca sacó al aire en las noticias del 7 de febrero de 2001 con el reportero Edgar Galicia.

[5] De la Fuente: Nuevos caminos de la psiquiatría, p. 11.

[6] Ibídem, p. 14.

[7] De la Fuente y otros: Salud mental en México, p. 17.

[8] Ibídem, p. 20.

[9] Ibídem, p. 38.

[10] Ibídem, pp. 417s.

[11] Arriola me dijo esto por teléfono en diciembre de 2001.

[12] El archivo se encuentra en Tuxpan 68, Colonia Roma, 06760 DF, México.

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Published in: on mayo 15, 2009 at 7:11 pm  Dejar un comentario  

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