Páginas 127-131 de Hojas susurrantes

Introducción


Estas drogas no son usadas para sanar o ayudar, sino para torturar y controlar. Así de simple.

Janet Gotkin [1]



Mucho tiempo antes de que se diseñara en laboratorio la droga que me ponía mi madre, los siquiatras ya usaban sustancias para controlar a la gente. El caso más sonado fue el del rey Jorge III de Inglaterra. El mismo año en que estalló la Revolución francesa un alienista le roció secretamente un emético en sus comidas para sojuzgarlo. Pero el efecto de las drogas contemporáneas es tan tormentoso que, como el caso del joven Ricardo, algunas personas actualmente se han ahorcado, tirado de edificios, apuñalado o matado de otras maneras. Un estudio norteamericano mostró que el ochenta por ciento de estos suicidas sufrían de acatisia debida a neurolépticos como el que compraba mi madre en la farmacia. Se podría decir que si drogas como la mariguana se toman voluntariamente para causar placer, los neurolépticos se administran involuntariamente para causar tormento.

A principios de los años sesenta, la década de la lucha civil por excelencia, las víctimas de la acatisia comenzaron a defenderse de la tortura negándose a tomar las píldoras. Las compañías de drogas reaccionaron: comenzaron a reemplazar las pastillas por líquidos incoloros e inodoros a fin de que se pudieran mezclar secretamente en las comidas. En Estados Unidos, un año antes de que yo tomara por vez primera un psicofármaco, los abogados de las corporaciones farmacéuticas arguyeron en las cortes que era legítimo forzar a un individuo a inyectarle estas drogas o ponérselas furtivamente en sus comidas.[2] Hay incluso organizaciones de salud mental que ocasionalmente aconsejan poner drogas siquiátricas en la comida de los niños a fin de controlarlos.[3] Estos son los antecedentes legales y sociales que explican lo aparentemente inexplicable: cómo fue que mi madre y un reputado analista hicieron eso en mi adolescencia. Que el objeto de estas drogas es el control fue reconocido en casos de disidentes del sistema soviético comunista que fueron encarcelados en hospitales siquiátricos y se les administró el mismo tipo de droga que me ponía mi madre: un neuroléptico.

En marzo de 1976, precisamente el año y mes en que comenzaba a ir con el sicoanalista, el matemático ruso Leonid Plyush dijo en una reunión científica en Nueva York que sus compañeros encerrados en el Hospital Psiquiátrico Especial Dneprospetrovsk vivían en constante temor por los efectos de los neurolépticos, y que había escuchado historias que esas drogas habían enloquecido a algunos de los internos. Otros declararon que esos químicos se usaron en ellos “para infligirles sufrimiento y así subyugarlos completamente”. Hablando en el senado de Estados Unidos, Vassily Chernishov declaró sobre la acatisia que experimentó: “Aunque temo a la muerte prefiero que me disparen que esto”. Estos disidentes políticos se quejaron de que el neuroléptico moderno es una manera más inhumana de reclusión que lo que cualquier prisionero haya experimentado anteriormente.[4]

Lo que nos distingue de los animales es un desarrollo protuberante de los lóbulos frontales: la parte de nuestro cerebro que nos permite tener ideas abstractas y planificar el futuro. Si nos comparamos con las otras especies de animales, en los lóbulos frontales residen nuestras facultades aristocráticas: los tenemos mucho más desarrollados que en los primates y apenas son visibles en otros mamíferos. Estos lóbulos son la sede de nuestra inteligencia, la parte del cerebro responsable de la civilización. Por lo mismo, son el blanco predilecto de lo que Orwell llamaba “policías de la mente”. Ahora bien, que en la antigua Unión Soviética los policías de la mente usaran neurolépticos para atentar contra las facultades del disidente es explicable en un régimen totalitario. ¿Cómo fue posible que intentaran eso conmigo en una nación presumiblemente libre y democrática? ¿En qué mente perversa pudo caber la idea de hacerle eso a un muchachito? ¿No debería el profesional que les recomienda a los padres ponerle a su hijo cuerdo esa droga estar en la cárcel? ¿Por qué uno de los sicoanalistas de mayor prestigio en México, que ha llegado a ser profesor de posgrado en la universidad más grande del país, le aconsejó a mi madre semejante cosa? ¿Hay otros analistas, profesores o médicos en occidente que se confabulen con los padres para sojuzgar al hijo a la manera soviética?

Un enorme tiempo me llevó contestar estas preguntas. Después de mi libro anterior pasaron doce años para sentarme a escribir: casi veinticinco años después de los sucesos que narro en la Carta. La tardanza en entender lo que había sucedido en mi adolescencia no se debe a que carezca de perspicacia, ni al hecho de que mi hermana haya tardado tanto en confesarme lo que había visto. Yo sabía que algo terrible me había sucedido cuando mi madre solicitó los “servicios” del siquiatra. La razón de mi previa ignorancia es otra. No hay literatura relevante en español sobre la confabulación entre padres y siquiatras. Cuando a mi tardía edad de cuarenta años leí en internet lo que el siquiatra Peter Breggin escribió acerca de los efectos de los neurolépticos, me quedé pasmado. Inmediatamente sospeché que mi madre me los había puesto de chico; y lo sospeché antes de la revelación de mi hermana. Pero ni Breggin ni los críticos de la siquiatría que escriben en el nuevo siglo son conocidos en América Latina o en España. Su pensamiento no había sido traducido al español sino hasta 2006 con Modelos de locura, un tratado académico escrito por veintiséis autores. Así que, en los dos decenios subsecuentes al asalto químico, carecía de las bases más elementales para saber qué me habían hecho unos adultos represores.

Si bien de adolescente intuía que la siquiatría no era una verdadera ciencia, de su pasado criminal mi ignorancia era casi total. Durante una estancia en Inglaterra en 1998-1999 tomé materias de biología y salud mental en la Open University. Gracias a mi estancia en Manchester pude leer a dos autores extra curriculares: Thomas Szasz y Jeffrey Masson. No hay crítico más devastador de una religión, secta, partido o seudociencia que aquél que le dedicó años de su vida y se percató de sus erróneos cimientos. Aunque, como veremos en mi siguiente libro, me he distanciado del pensamiento de Szasz, me encuentro en inmensa deuda con estos dos apóstatas de su profesión. Ambos me abrieron los ojos sobre lo que la siquiatría y el sicoanálisis realmente son. Jeffrey Masson me mostró que la inmensa mayoría de las sicoterapias, al menos como se practican en la actualidad, son las hermanas menores del siquiatra, como veremos en la sección sobre Freud en este libro. Ambas son profesiones que culpan a la víctima de los estragos que causan los padres abusivos. Sin Szasz y Masson difícilmente habría podido corregir mi postura previa a mi madurez, cuando aún creía en la pertinencia del sicoanálisis.

Peter Breggin ha hablado de la folie à trois entre algunos padres que maltratan a sus hijos y la profesión siquiátrica que droga no a los agresores, sino a los niños agredidos. En este libro me enfoco en esta confabulación de los padres con los siquiatras. Es un hecho conocido que, desde los orígenes de la institución manicomial en el siglo XVII, los padres han usado a la siquiatría para controlar a sus hijos. Breggin ha hablado mucho del daño que causan las drogas que los padres aconsejados por los siquiatras les administran a sus hijos, incluyendo la moda de medicar a los niños que se ponen inquietos o se distraen en las escuelas tradicionales. En la actualidad, sólo en Norteamérica se está drogando legalmente a varios millones de estos niños, algunos hasta de uno o dos años de edad. La Big Pharma hace su agosto considerando enfermedades a condiciones como la “hiperactividad” o el “déficit de atención”, haciendo de los niños del mundo un mercado ilimitado.

Otra guía para este libro fue la heroica autobiografía de John Modrow, quien nos confiesa que, debido a los maltratos propinados por sus padres y unos siquiatras, sufrió terribles ataques de pánico cuando era un muchacho. Sin su valiente denuncia no me habría enterado de que otros jóvenes habían cruzado por una experiencia como la mía —pánico— ocasionada por idénticas causas.

El crimen que cometieron mis padres y su médico-brujo fue legal, como mostraré al revisar tanto las increíbles leyes de mi ex país como las increíbles leyes internacionales que le confieren poderes especiales al siquiatra.

Respecto a los casos en que la familia usa a la siquiatría no para reprimir la conducta de un miembro cuerdo, sino la de un auténtico perturbado, mostraré que aún en esos casos la profesión siquiátrica es nociva y fraudulenta.

Para visualizarlo comparemos la mente humana con una computadora. Hay enfermedades neurológicas, como los tumores o las embolias, que afectan al “hardware” de una persona. Pero las perturbaciones mentales no se encuentran en este grupo. Si la computadora donde escribo esta introducción fue cargada con una versión defectiva de un procesador de palabras y es necesario formatearla, el problema radica en el software de la máquina. Asimismo, en un ser humano puede programarse un mal “software” a través de maltratos emocionales, físicos e incluso sexuales a temprana edad: la provincia del psicólogo. Los siquiatras ignoran esta realidad y atacan al hardware del individuo: su cerebro.

Pero la mente no es el cerebro. Es tan absurdo confundir la mente humana con el cerebro como confundir el programa Word con el que escribo este libro con mi CPU. Si algo funciona mal con la manera como un individuo ve al mundo —digamos, alguien que se cree Jesucristo— el problema está en su proceso cognitivo, en sus mecanismos de defensa; no necesariamente en una disfunción fisiológica de su cerebro. Al atacar al cerebro con drogas siquiátricas, electroshocks y lobotomías la profesión que llamamos siquiatría victima una vez más a la víctima perturbada. Siguiendo la analogía de arriba, es como si en mi desesperación de componer el mal funcionamiento de mi máquina me metiera con pinzas de corte en los circuitos del Mother Board en lugar de instalar de nuevo el programa.

Aclarado esto, reitero que en este libro me enfoco en los hijos cuerdos asaltados por siquiatras.

En mi blog, ubicado en https://biopsiquiatria.wordpress.com, publico un artículo en que señalo cómo la llamada siquiatría biológica no cumple con los estándares de una verdadera ciencia. Entre varios criterios que distinguen entre ciencia verdadera y falsa le doy especial valor al criterio de Karl Popper, que trato de explicar en los términos más didácticos que me fue posible. Si este libro llega a caer en manos de un individuo sofisticado que crea que la siquiatría tiene fundamento médico, lo invito a leer ese artículo cuya dirección aparece arriba, donde le quito la máscara de ciencia a la siquiatría de un tirón.

En este libro me enfocaré más bien a cómo unos padres abusivos usan a la siquiatría para terminar de destruir a uno de sus hijos.

_______________________

[1] Janet Gotkin: Too much anger, too many tears (Time Book, 1975), pág. 385. Gotkin es una de las contadas sobrevivientes de la siquiatría que ha logrado publicar un libro sobre lo que le hicieron los siquiatras.

[2] Leí esto en Robert Whitaker: Mad in America: bad science, bad medicine, and the enduring mistreatment of the mentally ill (Perseus, 2001), pág. 214.

[3] Un norteamericano me dijo en un mail personal de agosto de 2005, y capturo sus palabras sin traducirlas: “I remember when I first got involved with anti-psych activities, and heard a NAMI psychiatrist (she was on the national board of NAMI, this was the late 80’s), and she was advising True Believers to sneak psych drugs into their children’s food, as she had done with her son —whom I never was able to meet to ask how he felt about this”.

[4] Leí lo mencionado acerca de los disidentes en Mad in America, págs. 216s.

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