Páginas 171-176 de Hojas susurrantes

Dentro de la Secretaría del Amor


Una y otra vez sucede en la historia que un hombre que se atreve a decir que dos y dos son cuatro
es condenado a muerte.

Albert Camus [1]



De no haber tenido poderes excepcionales, el doctor Amara no habría podido amenazarme. Habría dejado de verlo y no habría podido jugar el papel de cómplice de mis padres. No me habría sentido revictimado ni habría caminado en pánico en su Parque Hundido sintiendo que se me hundía el mundo.

Nada hay más terrible que asaltar continuamente la autoimagen de una persona, especialmente la de un adolescente. Ni siquiera la muerte natural produce pánico. Sí lo produce, en cambio, un oído sordo ante los alaridos de un alma; y el ser compelido a asistir a sesiones de un profesional en la sordera es ser compelido a sesiones de tortura psíquica. Parafraseando al médico de mi hipotética Dora, es como si el sujeto pagado por mis padres me hubiera dicho: “Tu historia de malos tratos parentales es miopía. La manera como tienes estructurado tu yo es ridícula. Aquí te lo vamos a deconstruir, César. Sólo yo, el médico, el sicoanalista, el doctor en siquiatría tiene las credenciales académicas, y los poderes legales, para interpretar tu mente. El trato de tus padres no te causó trauma alguno. ¡Eso está completamente superado en la psiquiatría científica! Vivís en un universo paranoide, mi querido César. Más bien, por tus síntomas mi diagnóstico es que estás enfermo… Veo que mi interpretación científica te angustia. ¿Sabes, César, que el primer signo de recuperación de todo angustiado es aceptar que es un enfermo? Por lo mismo, y para ayudarte a que lo aceptes, mi prescripción es que bombardeemos tu cerebro con metabolitos franceses. Cierto que no presentas conductas esquizofrénicas; pero esta es una medida profiláctica. Todo rechazo ante mi diagnóstico y prescripción será interpretado como resistencia. Y recuerda, César, el Estado le confiere poderes especiales al terapeuta. Si éste quisiera, podría… Así que más te vale venir a estas sesiones. Es por tu bien —y por el de tu familia”.

¿Qué podía hacer un menor de edad salvo caer en pánico?, mismo que a su vez sería reinterpretado como síntoma de “radicales químicos en el cerebro”, sin pruebas físicas, que requería de psicofármacos aún más fuertes (Amara inició su “tratamiento” con antidepresivos y lo culminó con un agresivo neuroléptico).

A mis diecisiete años Amara fue un inquisidor que quería que lo viera como un amigo. Él era el encargado por la sociedad de ocultar el hecho de que existen inenarrables estrangulamientos psíquicos hacia los menores en algunas de las “mejores familias” de México. El objetivo era desmantelar mi autoimagen hasta el punto donde ya no hubiera vuelta atrás. No hubo un solo instante en que sintiera que Amara tuviera un átomo de compasión sobre lo que mis padres me hacían en casa. Ni uno solo. Nada fuera de lo común pudo haber ocurrido dentro de la reputada familia.

El trato sordo lleva a la sensación de un pánico revictimante, como el testimonio de Dora sobre la violación de su padre fue desoído para dar lugar a una interpretación biológica. Lo que Amara pedía era que abandonara la visión que tenía de mí mismo y de mis problemas y que aceptara otra muy, muy extraña.

Imaginemos un consultorio a puerta cerrada con un renombrado profesional y un muchacho. Es imposible redefinir allí los problemas de un chico apaleado en casa sin hacer algo psicológica y moralmente destructivo en su mentalidad. El objeto oculto del sicoanálisis forzado, como el objeto de la Secretaría del Amor, es destruir la mente del disidente:

—Te han traído porque te han faltado humildad y autodisciplina. No has querido realizar el acto de sumisión que es el precio de la cordura. Preferiste ser un lunático, una minoría de uno solo. Sólo una mente disciplinada puede ver la realidad. Esa es la enseñanza que tienes que volver a aprender, Winston. Para ello se necesita un acto de autodestrucción, un esfuerzo de voluntad. Tienes que humillarte antes de recobrar la razón.

O’Brien hizo una pausa para permitir que asimilara sus palabras.

—¿Recuerdas —continuó— haber escrito estas palabras en tu diario: “La libertad es poder decir que dos y dos son cuatro”?

—Sí— contestó Winston.

O’Brien levantó la mano con el dorso hacia Winston, el pulgar oculto en la palma, y extendió los otros cuatro.

—¿Cuántos dedos ves, Winston?

—Cuatro.

—¿Y si el Partido dijera que son cinco y no cuatro? ¿Cuántos verías?

—Cuatro.

La palabra terminó con un jadeo de dolor. La aguja de la carátula había subido a cincuenta y cinco.

—¿Cuántos dedos, Winston?

—¡Cuatro! ¡Para eso, para eso! ¡No sigas, es inútil!

—¿Cuántos dedos, Winston?

—¡Cinco! ¡Cinco! ¡Cinco!

—No Winston, así no vale. Estás mintiendo. Sigues creyendo que son cuatro. ¿Cuántos dedos, por favor?

—¡¡Cuatro!! ¡¡Cinco!! ¡¡Cuatro!! ¡Lo que quieras, pero basta! ¡¡Para ese dolor!!

De repente estaba sentado y con el brazo de O’Brien sobre sus hombros. Quizá había perdido el conocimiento algunos segundos. Se habían aflojado las ligaduras que sujetaban su cuerpo. Sentía mucho frío, temblaba como un azogado, le castañeteaban los dientes y las lágrimas corrían por sus mejillas. Durante unos instantes se colgó de O’Brien como un niño, curiosamente reconfortado por el macizo brazo sobre sus hombros. Tenía la sensación de que O’Brien era su protector, de que el dolor venía de fuera, de otra fuente, y que O’Brien lo protegería.

—Tardas mucho en aprender, Winston— dijo O’Brien con amabilidad.

—¿Cómo puedo evitarlo?— lloriqueó Winston —. ¿Cómo puedo evitar ver lo que tengo frente a los ojos? Dos y dos son cuatro.

—Algunas veces, Winston. Pero otras veces son cinco. Y otras, tres. En ocasiones son cuatro, cinco y tres a la vez. Tienes que esforzarte más. No es fácil recobrar la cordura.[2]

Todo siquiatra biorreduccionista es, por definición, un negador de holocaustos. 1976 fue mi holocausto. Yo que lo fue. Eso es algo tan claro como que dos más dos son cuatro. Y sé que fui asaltado desde fuera, del medio familiar, no por una misteriosa anormalidad biológica en mi cuerpo que ningún laboratorio pudo detectar —¡dos más dos no son cinco por favor! La interpretación del analista fue tan insultante, tan revictimante diría yo, como la de Dora (“La violación de tu padre no te causó trauma alguno”). Quien diga eso, y lo diga desde una plataforma de poder, juega al inquisidor O’Brien en la Secretaría del Amor (haciendo un uso negro-blanco del lenguaje, Orwell nombró así a la Secretaría de la Tortura en la novela Mil novecientos ochenta y cuatro).

¿Se me ha entendido? El problema no está en Amara o en cualquier otro siquiatra que haya “abusado” de su poder. Todo uso involuntario de la siquiatría es, por definición, abuso; de igual manera como todo uso de la Inquisición también lo fue. Es muy difícil practicar la profesión sin hacer daño. Si bien pocos siquiatras pueden validar su identidad como médicos a menos que estigmaticen a algún sujeto cuerdo con una etiqueta insultante, es imposible practicar la siquiatría involuntaria sin hacer daño. Me apenaría que se interpretara esta invectiva como un intento de asesinar la personalidad de Amara. ¡Qué horror!: ¡eso dejaría ilesa a su profesión! El problema con lo que sucedido se encuentra en su profesión, no en el carácter o en la moral del médico italiano-mexicano. Una profesión que, como vimos, nació vendiéndose mercenariamente al sistema y a los pudientes. Una profesión fraudulenta a la que quienes luchamos por los derechos humanos debemos tratar de eliminar como la Inquisición fue abolida por la reina María Cristina en 1834. No es Amara el blanco de mi ataque. Él sólo tuvo la mala suerte de ser el siquiatra pagado por mis padres. Cualquier otro profesional que me revictimara estaba destinado a pasar a la historia de la literatura. Pero por otros testimonios como el mío estoy convencido de que lo que me ha pasado le ha pasado a miles de adolescentes cuerdos. Sólo que muy pocos hemos sobrevivido o tenido el coraje de denunciar el caso.

La última cita provino de la gran novela de George Orwell. A continuación cito el testimonio de una víctima de un O’Brien de la vida real. Los hechos sucedieron en la Fundación de Salud Mental del Valle Delaware en Doylestown, Pensilvania (DVMHF en sus siglas inglesas): una clínica dirigida por el doctor Albert Honig, quien aplicaba terapia a una catatónica.

Perdí la capacidad de abrir los ojos, de caminar y también de hablar. Honig me dijo que odiaba mis ojos y que no soportaba verlos. Me hizo cerrarlos y mantenerlos así durante una sesión completa. Después de que mis ojos quedaron cerrados y que perdí mi capacidad de hablar, me dijeron, durante otra sesión, que me pusiera en el piso boca abajo, y lo hice. Sin embargo, cuando el doctor Honig me dijo que me levantara y no lo hice, él dijo:

“Miren qué obstinación”. En ese momento, me levantó sólo del pelo, que estaba trenzado en una sola trenza. Estaba tan aterrada de que me alzara sólo del pelo, que me oriné. Entonces, aún teniéndome tomada del pelo, me lanzó sobre el diván. Pidió a los ayudantes varones que sujetaran mis brazos por encima de mi cabeza y que otros me sujetaran las piernas, y se sentó en mi estómago. Entonces Honig puso sus manos alrededor de mi cuello y comenzó a apretar, diciendo:

“¡Abre los ojos; quiero que me mires, abre los ojos! Tú sabes que puedo matarte”.

El personal me confrontó y amenazó con que si no los abría, iban a hacérmelos sacar para donarlos a un banco de ojos. Entonces me llevaron al cuarto trasero del terapeuta acompañada por Adam Houtz y un médico joven. Éste le dijo a Adam que abrochara mis piernas, lo cual hizo. El médico ordenó abrir los ojos, lo cual no pude hacer en mi estado catatónico. Luego él dijo a Adam que conectara La Máquina. El voltaje subió y subió en flujo constante. Sentía como si me estuvieran arrancando las piernas del cuerpo. En medio de esto el médico aullaba: “¡Abre los ojos! ¡Abre los ojos!”

Finalmente me volví hacia él, y aunque no podía abrir los ojos, aún podía mover el cuerpo. Giré hacia él con los brazos extendidos y alzados le supliqué con la totalidad de mi ser, ya que no podía hablar, que apagara La Máquina.[3]

Si tal tipo de siquiatría que nuestras sociedades alberga no es la Secretaría del Amor ¡díganme por favor qué es! ¿Cuál es la diferencia entre este testimonio y el Cuarto 101 de la novela de Orwell? Y si esto, “terapia”, no es nuevahabla orwelliana, ¿qué lo es pues?

Hemos visto que el derecho internacional le da poderes excepcionales a los siquiatras, poderes que en la praxis se aprovechan para hacer estas cosas. Muchas organizaciones internacionales de derechos humanos no parecen reconocer casos de tortura como el electroshock involuntario (ECT en sus siglas inglesas, electro-convulsive treatment), el cual se practica diario alrededor del mundo. ¿Por qué, nos pregunta Leo Frank, un sobreviviente del electroshock, 10 voltios de electricidad aplicados a las partes nobles se considera tortura mientras que diez o quince veces más esa cantidad aplicado al cerebro se le llama “tratamiento”?

Jeffrey Masson cuenta que en 1978 la oficina del procurador del distrito del condado de Bucks en Pensilvania expidió un reporte de diez páginas donde se encontró que en la clínica de Honig se habían estado usando utensilios para pinchar ganado y paletas para azotar a los “pacientes” (con comillas, porque un verdadero paciente es quien va a una clínica voluntariamente). Aún así, la oficina del procurador concluyó:

Los utensilios fueron usados de buena fe por los terapeutas y con la sincera creencia [mis cursivas] de que ayudarían al proceso de tratamiento. Los utensilios eran empleados a veces como “castigo”, pero sólo como se entiende tal término dentro de las teorías de modificación de conductas. La metodología de terapia de aversión y modificación conductual [aunque Honig nunca dijo haber practicado la modificación conductual; él lo llamaba análisis], practicada por el DVMHF, cae dentro de las técnicas legítimas y reconocidas de tratamiento de los enfermos mentales.[4]

“Buena fe”, “sincera creencia”. Esto es el mal… ¿Se ve por qué es una aberración que la sociedad le otorgue estos poderes a los siquiatras? La gente que tienen a su cargo son despojados de su más elemental derecho, el de no ser atormentado. Pero como comenta Masson, lo revelador del reporte de Pensilvania es que la sociedad no sólo está permitiendo estas atrocidades sino que, ocasionalmente, las promueve. Lo único que tienen que hacer los Honig y los Amaras del mundo es declarar que cometen estas acciones “de buena fe” y definir a los castigos como parte del “análisis”. Al igual que las lobotomías bienintencionadas de Viktor Frankl, sobra decir que desde la perspectiva del paciente no importa que el doctor crea que le está salvando la vida: lo que le hace con La Máquina o los neurolépticos es tortura. Punto.


_____________________

[1] Albert Camus: The plague (Modern Library, 1948), pág. 121.

[2] George Orwell: 1984. Además de leer el original en inglés, cotejé dos distintas traducciones de la novela: Ediciones Destino (1999) y Lectorum (2002). He tomado el pasaje citado del Capítulo II de la Tercera Parte.

[3] Masson: Juicio a la sicoterapia, pág. 170.

[4] Ibídem, pág. 167. En 2001 Albert Honig publicó Hard boiled eggs, una apología de su terapéutica a lo largo de cuarenta años en su clínica. La denuncia de Masson fue aparentemente desoída en la profesión.

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3 comentariosDeja un comentario

  1. Es realmente indignante la clase de atrocidades que estos sujetos llevaron a cabo, en nombre de la ciencia, no es justo que pasen esta clase de cosas y se oculten. Gracias por difundir la realidad.

  2. Lo peor es que lo hagan en nombre de la ciencia y de lo que piensan que es lo meramente recomendado médicamente, habríamos de considerar cómo se abusa con la tortura no solo en ese campo, sino también judicialmente en “nombre de la Ley”, y muchos más.

    Sé que habrá en el gremio, médicos reales y que no se dejan regir por estas doctrinas. A todos ellos también hay que reconocerles y no catalogarlos a todos por igual ya que sería convertirnos en el reflejo de aquellos a quienes criticamos.

    • Infortunadamente, no hay médicos, que yo sepa, que salgan en la televisión diciendo la gran verdad sobre su profesión: que la siquiatría es una falsa ciencia. Si sabes de alguno, dímelo por favor. El mal, como decía Burke, es la cobardía de no confrontar al Mal.


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