Una victimariología

El asesino [en serie], como no puede soportar su dolor, mata a gente inocente en lugar de sentir el dolor de su niñez. – Alice Miller [1]


Como los siquiatras diagnostican a la gente que en realidad son víctimas del medio, su postulado fundamental es negar que lo son. En el DSM prácticamente toda expresión que pudiera transmitir la idea “víctima del medio” ha sido eliminada. El biorreduccionismo, un positivismo radical, no es otra cosa que buscar el origen del achaque emocional en el reino objetivo, de lo somático; jamás en el universo interno del individuo. Es el absurdo cognitivo de reducir una persona a su cuerpo. De esa manera es metodológicamente imposible que la profesión culpe a los padres incluso en casos de flagrante maltrato físico, abuso sexual, o violencia emocional hacia los hijos. La siquiatría cumple una importante función: exonerar a la familia, el cemento de la civilización, del desastre manifiesto en los hijos.

La sociedad civil vive en idéntica negación. No ha querido ver que dentro de su más sagrada institución existen martirios enloquecedores hacia sus miembros más vulnerables. Tanto las profesiones universitarias como la sociedad civil son tan ignorantes y supersticiosas de esta situación como la Edad Media lo fue sobre los hombres y mujeres calumniados de herejes y brujas.

Voltaire vio a los letrados inquisidores como lo que eran en lugar de diagnosticar como herejes a las personas que la Inquisición torturaba y asesinaba. De ahí su llamado Écrasez l’infâme! contra la iglesia con el que apostillaba sus cartas libertadoras. Este llamado no puede ser más pertinente al referirnos a una profesión que asesina almas de niños y adolescentes a través de cachiporras semánticas como la palabra esquizoide, retraumatizaciones psicológicas en la consulta y psicofármacos minusvalidantes.

La victimario-logía es una Umwertung aller Werte de la siquiatría: una nueva ciencia que en vez de martillar a últimos eslabones estudia a los victimarios o agresores. En esta transvaloración de los valores siquiátricos y sociales habrá que reorientar la ciencia hacia el estudio de padres enloquecedores (confiérase Alice Miller), siquiatras revictimadores (cf. John Modrow), charlatanes que se autonombran analistas (cf. Jeffrey Masson) y la lucha civil para abolir al Estado Terapéutico (cf. Thomas Szasz).

Además de estas líneas de investigación y lucha mi sueño es que la victimariología incluya un nuevo tipo de literatura: el estudio del alma humana por los nuevos autobiógrafos. Otro de mis sueños es que en el futuro la sicología universitaria incluya en su currículo el estudio de aquellos hombres y mujeres que tuvieron vidas desgraciadas. Cómo quisiera, por ejemplo, que los jóvenes que ingresan a las facultades de sicología estudiaran las vidas de Nietzsche, van Gogh o Mary Baker Eddy de manera respetuosa y sin la nefanda palabra “esquizofrénicos”. Pocas cosas me ofenden más que ver en las liberarías a un tratado de siquiatría de mil páginas, el de Jaspers, con un autorretrato del pintor en la portada.[2] Van Gogh ha sido una de las figuras más difamadas por los siquiatras. Sed de vivir, la novela de Irving Stone, retrata infinitamente mejor la tragedia del hermano Vincent que el fárrago novohablista que Jaspers mismo contribuyó a desarrollar.

Respecto a la “nueva” autobiografía un paradigma es la vida de John Modrow, quien contribuyó a resolver el misterio de por qué algunos adolescentes enloquecen ante la crueldad parental. Alice Miller, otro faro guía en psicología intuitiva a quien le dedicaré un lugar especial en mi siguiente libro ha dicho que no son los sicólogos académicos, sino los autobiógrafos contemporáneos que hablan de sus padres, quienes se han anticipado a una época. Si este nuevo tipo de autobiografía vindicativa no se desarrolla en tiempos venideros, el estudio del alma humana seguirá los derroteros bobos de la sicología académica. El poeta lituano Czeslaw Milosz, Premio Nobel en literatura, ha dicho que sucesos como las guerras napoleónicas, la guerra civil norteamericana e incluso la guerra de trincheras no se rememoraron literariamente por testigos de manera satisfactoria, independientemente del hecho que los historiadores hayan escrito bibliotecas enteras sobre esos sucesos.[3]

Lo mismo debe decirse de las ausentes autobiografías de las víctimas de los padres y su sociedad. Cientos de miles de Doras no remembraron literariamente sus testimonios. Políticos como Kraepelin, Bleuler, Freud y sus epígonos les arrebataron la palabra y hablaron en sus nombres. Hersilie Rouy, Modrow y unos cuantos más son las excepciones.

Referencias

[1] Alice Miller, entrevistada por Diane Connors: “Alice Miller: the roots of violence” en OMNI (March 1987).

[2] Karl Jaspers: Psicopatología general (Fondo de Cultura Económica, 2000). El libro de Jaspers originalmente fue publicado en 1913.

[3] Czeslaw Milosz, en Octavio Paz y Enrique Krauze (coordinadores): La experiencia de la libertad/3: la palabra liberada (Espejo de Obsidiana Ediciones, 1991), pp. 102s.

Anuncios
Published in: on mayo 16, 2009 at 1:10 pm  Dejar un comentario  

“Los pacientes sólo son gentuza” – Freud

Muchos sobrevivientes de la siquiatría han escrito manuscritos acerca de sus experiencias, pero rara vez tienen éxito en publicar sus libros. – Al Siebert [1]

“Permanecer callado es signo de cómo hemos sido oprimidos e ignorados”, nos dice otro sobreviviente. “Las fuerzas que nos mantienen callados e invisibles son muy vulnerables a que hablemos”.[2] La nueva autobiografía es el camino real hacia el inconsciente torturado, hacia aquel continente apenas explorado; no el sicoanálisis. Pero para ser justo con Freud debo reconocer que nos legó algunas contribuciones importantes en el conocimiento de la mente.

En la Carta misma, por ejemplo, usé un concepto freudiano: la idea de abba (papá Dios) en el Jesús histórico. Aunque sólo en un par de líneas, en la epístola también usé la palabra superyó que Freud explicó en El yo y el ello: un concepto que ha pasado a nuestra cultura y lo usamos en conversaciones. Freud también popularizó la noción del inconsciente e intuyó que los sueños nos querían decir algo, aunque esto no significa que su libidinosa interpretación sea atinada. De mayor relevancia es algo vinculado a una de las tesis centrales de este libro. En la alternativa al modelo médico de los trastornos mentales que he presentado me guié indirectamente por un concepto freudiano. El modelo Sullivan-Modrow sobre el pánico y el quiebre psicótico fue inspirado en un clásico mecanismo de defensa que cualquier analista podría entender.

Freud y su hija Anna descubrieron los diversos mecanismos de defensa del yo, que Harry Sullivan denominaba “operaciones de seguridad” del ego. Al igual que Modrow, creo que el descubrimiento fundamental de Freud y su hija fue que el ser humano distorsiona continuamente la realidad para auxiliar su autovalía. Este autoengaño es completamente involuntario y prácticamente ineludible porque la autovalía de una persona es el principio básico de la “psíquica”, así como la gravedad es el principio básico de la física. En el modelo Sullivan-Modrow de la locura, de aquí se deduce que lo más peligroso para la cordura de un individuo es un continuo asalto a su autoimagen, algo que los torturadores psicológicos de Stalin sabían muy bien. En su autobiografía Modrow ilustra el asalto al ego de un púber. El amor de nuestros padres le da al ego cohesión interna —“gravedad”— y salud mental. El humillar continuamente al niño conduce a la desintegración del ego, al pánico y a la locura. Ahora bien, del principio de mantener la autovalía a toda costa, es decir, del principio del autoengaño, surgen toda suerte de ilusiones: ilusiones religiosas, ilusiones políticas, ilusiones nacionalistas e incluso ilusiones amorosas. El fin siempre es darle cohesión al ego aunque sea de manera falsa y artificial: algo en lo que profundizaré en otros escritos.

Reconozco la aportación del modelo Modrow inspirado en descubrimientos freudianos. Pero Freud también creó una profesión lucrativa en base al sufrimiento humano, y eso fue precisamente un autoengaño de Freud mismo. Sándor Ferenczi, uno de sus más allegados discípulos, tan allegado que fue el único miembro del círculo de analistas que solía irse de vacaciones con Freud, se percató del engaño. Me limitaré a citar únicamente tres líneas del diario íntimo que escribió Ferenczi; diario que consagró a las serias dudas que tenía de su profesión: el sicoanálisis. Durante una conversación privada con Ferenczi, Freud —:

dijo que los pacientes sólo eran gentuza (Die Patienten sind ein Gesindel). Que para lo único que servían es para ayudar al analista a ganarse la vida y proporcionar material para la teoría. Está claro que no podemos ayudarles.[3]

Así que el mismo fundador del sicoanálisis, Freud, se percató que no era posible ayudar a sus clientes en los problemas de la vida. Ferenczi se percató, además, que el rechazo de Freud a su propia teoría de la seducción había sido un error. Trató de confrontar a su maestro sobre el tema pero se desilusionó por la agria disputa que surgió entre él y Freud y sus colegas, quienes cerraron filas contra Ferenczi. Debido a su naturaleza compasiva Ferenczi se percató de la veracidad de los relatos de incesto que le contaban sus pacientes mujeres. Freud, desde su frío Olimpo intelectual, permaneció escéptico. Al final del último encuentro que tuvo con Freud Ferenczi le tendió la mano para mostrar que, independientemente de sus diferencias, le seguía mostrando afecto a su mentor. Freud se dio media vuelta y salió de la habitación.

Ferenczi era un individuo muy impresionable. Hay quienes piensan que el cruel rechazo de su maestro tuvo que ver con su súbita enfermedad y muerte a los cincuenta y nueve años. Michael Balint, uno de los discípulos de Ferenczi, creía que “el estado emocional de Ferenczi sufrió un tremendo golpe durante el último encuentro con Freud, y no es posible saber si la posterior enfermedad fue una coincidencia o una consecuencia”.[4] Lo más triste es que Ernest Jones, uno de los acólitos más ortodoxos de Freud, difamó a Ferenczi con una catarata de diagnósticos siquiátricos a raíz de que Ferenczi osara cuestionar el dogma del maestro. Azuzado por Freud, Jones continuó con la difamación siquiátrica incluso después de que Ferenczi muriera. Según Jeffrey Masson, la disidencia intelectual de Jung no atentaba contra los cimientos del sicoanálisis. Pero la de Ferenczi sí: él había visto algo que tocaba los cimientos.[5] Jung se limitó a canjear la metanarrativa pansexualista de Freud por la suya mítico-religiosa, pero el análisis junguiano, como el freudiano, se presume capaz de ayudar a la gente a entenderse y resolver los problemas de la vida. Ferenczi, en cambio, sabía que estos problemas no pueden resolverse con “sicoanálisis”. Freud también lo sabía (“Está claro que no podemos ayudarles”) y pudo haberlo confesado al mundo externo.

No lo hizo: eso habría abortado el nacimiento de una lucrativa profesión.

Además de las limitaciones morales de su fundador, esta faceta del sicoanálisis también debe ponerse al descubierto. Mi visión es que tanto la siquiatría como el sicoanálisis son una suerte de retórica maquiavélica, algo que en mis soliloquios he llamado el arte de culpar a la víctima. Una seudociencia inquisitorial, la siquiatría, culpa al cuerpo de quien fue agredido por sus padres. El sicoanálisis culpa a la mente. Piénsese en la “histeria”, la “perversión” y la “manía” que, según Lacan y sus epígonos, supuestamente padecemos todos los humanos. En realidad, estas seudociencias son dos distintos aspectos del mismo movimiento de control social. Surgieron de las mismas fuentes, sólo que Freud tenía poderes intelectuales y dotes literarias. Pero tenía poco corazón ante el sufrimiento, como se ve en su conducta ante las guerras mundiales y la cacería de brujas (como mostré en la primera parte del libro).

Al igual que Freud, lejos de ayudar a sus clientes los sicoterapeutas lucran en base a su sufrimiento. Existen más de doscientas sicoterapias en Estados Unidos y millones de individuos que ahí consultan a sicoterapeutas. Las sicoterapias son un negocio multimillonario y su popularidad continúa en España, Italia y Latinoamérica. Freud fue el padre de la mistificación de ver a los problemas de la vida como “neurosis”. En realidad son problemas familiares, conyugales, laborales, económicos, sociales, políticos y existenciales. El sicoterapeuta contemporáneo también redefine estos problemas como “problemas mentales” de “pacientes”. De otra manera no podría justificar su profesión e ingresos. La gran verdad es que cualquier sujeto que diga vender soluciones individuales y mentales para los problemas económicos y sociales ha entrado, conscientemente o no, al reino del fraude. A menos que alguien apadrine económicamente a la persona nadie es capaz de hacer algo por sus problemas. Pero ningún terapeuta apadrina a sus clientes: en esa profesión el dinero fluye en un sólo sentido.

Para una víctima de una tragedia una terapia puede ser algo intrínsecamente insultante. Imaginemos a un ruso que escapa del gulag soviético y que a sus padres y hermanas se los llevan los bolcheviques a un campo de trabajo y exterminio. Después de la tragedia este sobreviviente busca consuelo en un analista que no ha estado interesado en lo más mínimo en denunciar al Terror Rojo. Lo único que hace el profesional es escucharlo, darle algunos consejos no solicitados que cualquier conocido podría darle, y cobrar su cuota semanal.

Este hipotético ejemplo ilustra la experiencia absurda que muchos hemos tenido con sicoterapeutas, especialmente los innumerables Helfgotts del mundo. En la profesión llamada sicoterapia nadie, que yo conozca, ha luchado por legislar la protección hacia hijos de padres como el de David. En medicina los problemas cardíacos son la causa número uno de enfermedad mortal en el hombre occidental. En psicología los padres abusivos son la causa número uno de trastorno psíquico en nuestra especie. Pero la siquiatría, el sicoanálisis y la sicología clínica traicionan a su materia de estudio al ignorar la realidad. Estas seudociencias se enfocan en la víctima, en el “último eslabón” a fin de no tocar a los padres y realizar hitos legislativos como en los países nórdicos. Lo que los profesionales de salud mental ignoran es que los problemas con los que tratan en su consulta no debieran estar bajo su cuidado, sino bajo la jurisdicción del Ministerio Público. Alice Miller le ha pegado al clavo al proponer que, dado que las perturbaciones psíquicas se deben al maltrato parental, una sociedad justa compelería al padre agresor a salirse del hogar. Esta medida no sólo salvaría al hijo de un ulterior daño sino que ubicaría el problema donde está: en el agresor. En el caso de la víctima que fue traumatizada de niño y ya ha crecido, los agresores debieran indemnizar a su hijo. Pero como no hay leyes que obliguen a los padres a salirse del hogar del niño o a indemnizar al adulto traumado, la sicoterapia se enfoca única y exclusivamente en la víctima. Eso fue lo que hizo Amara.

Desde este ángulo, la profesión es similar al siguiente escenario. Imaginemos que después de una serie de denuncias por violaciones en serie de una pandilla, la policía dejara libres a los agresores y se enfocara única y exclusivamente en llevar a las víctimas con terapeutas y trabajadores sociales. La policía procedería así de oficio mientras la pandilla continúa secuestrando y violando a otras mujeres. Esta es otra de mis ilustraciones sobre lo que llamo Lógica Wonderland. Es más que significativo que, en Suiza, antes de la legislación que prohíbe a los padres pegarles a sus hijos, los sicoterapeutas se opusieron a tal legislación a pesar que a diario atienden a pacientes adultos con las llagas psíquicas de los maltratos aún abiertas. Esto no debe sorprendernos si recordamos cómo Freud traicionó sus descubrimientos iniciales sobre el incesto a fin de ajustarse a los cánones de su época.

La sicoterapia es una profesión que no hace justicia porque no ve víctimas ni victimarios. Es un órgano ultraconservador de la sociedad que fundamenta y promueve el status quo familiar. La actitud cómplice de los terapeutas de salud mental con la sociedad es parte del problema de las perturbaciones mentales, no de su solución. Por consiguiente, buscar ayuda en un extraño que nos limpia el bolsillo y que nada hace por el cambio social es más que un error: es una estupidez.

Como el curandero es aquél que gana dinero haciendo de médico sin ejercer la medicina real, Vladimir Nabokov le llamó a Freud “el curandero de Viena”. El vienés Karl Kraus, contemporáneo de Freud, fue más lejos. Kraus escribió que el sicoanálisis “reinaba sobre todas las demás sectas y cultos” y lo definió como “la enfermedad que se presenta como la cura”. Yo añadiría que el legado de Freud tiene cierta analogía con el legado de Marx. Ambos propusieron metanarrativas totalizantes que embaucaron a buena parte de la intelligentsia occidental, uno sobre economía política, otro sobre la política de la psique. Actualmente, después de la caída del muro de Berlín el marxismo agoniza. Pero el sicoanálisis vive. Es mi esperanza que el siglo XXI vea florecer a más críticos y apóstatas del sicoanálisis como Kraus, Miller y Masson. Aunque reconozco las luces que Freud nos mostró —Marx también nos mostró algunas— hay que exponer el curanderismo de su legado.

Los epígonos de Freud son una clase parasitaria de la que la sociedad debe librarse.[6]

Referencias

[1] Volante publicado por el archivo Kenneth Donaldson archive for the autobiographies of psychiatric survivors que dirige Al Siebert.

[2] Harvey Jackins: What is wrong with the ‘mental health’ system and what can be done about it: a draft policy prepared for the Re-evaluation Counseling Communities (Rational Island Publishers, 1991), p. 21.

[3] Masson: Juicio a la sicoterapia, p. 91.

[4] Breger: Freud, p. 448.

[5] Hay un fascinante capítulo sobre las revelaciones del diario de Ferenczi en Juicio a la sicoterapia.

[6] En el gran pajar de sicoterapias inútiles hallé una aguja: la terapia de Susan Forward que se enfoca en los padres tóxicos. Véase lo que digo de Forward en el apartado de lecturas recomendadas.

Published in: on mayo 16, 2009 at 1:07 pm  Dejar un comentario  

Genes: el comodín del siquiatra

El curanderismo es la comercialización de productos o procedimientos de salud no probados, sin valor terapéutico alguno y aun dañinos. Si los sicoanalistas usan procedimientos sin valor terapéutico, los siquiatras usan productos dañinos: los psicofármacos. La confusión de problemas existenciales con entidades médicas a tratar es común aun en casos de los siquiatras más respetados. Un paradigma es David Rosenthal, el editor de The Genain quadruplets (Las cuadrúpletos Genain), un erudito tratado sobre cuatro mujeres, gemelas idénticas, y la dinámica familiar.

El padre de la familia Genain era un alcohólico que les pegaba a su mujer y a las niñas, a quienes restringía el contacto con el mundo externo. Según su esposa “siempre estaba enojado, era infame y mezquino” y en una ocasión la amenazó de muerte cuando quiso huir del hogar. El padre jugaba sexualmente con una de sus hijas, pero cuando se percató que las chicas se masturbaban las envió con un cirujano sin escrúpulos que mutiló sus genitales. La madre también abusaba de las hijas. En una ocasión agarró las cabezas de dos de sus hijas y las golpeó una con la otra para que dejaran de llorar. Cuando el esposo quiso prevenir la masturbación de las adolescentes la madre participó en el uso de ácido en sus genitales. Eso ocurrió antes de que aprobara la iniciativa de su marido de operarlas.

Las cuatro hijas enloquecieron.

The Genain quadruplets es un tratado para académicos saturado de referencias doctas. Se esperaría que, ante tal historia, los siquiatras que contribuyeron con sus artículos expusieran el caso como prueba que algunos padres enloquecen a sus hijos.

Hicieron lo opuesto. Rosenthal ostenta el caso Genain como prueba de una etiología genética de la locura de las hijas. El libro es un estudio sobre los factores hereditarios y ambientales de la familia, pero Rosenthal, apologista del modelo de la causa física de las perturbaciones mentales, puso énfasis en el aspecto hereditario. Los genes resultaron responsables de la enfermedad mental de estas pobres mujeres. El mismo apellido “Genain” es un seudónimo que inventó Rosenthal cuyas raíces griegas vienen de “gen espantoso”. Peter Breggin leyó The Genain quadruplets y descubrió que, a lo largo del libro, aunque oculto entre el irrelevante material escolástico, existía información sobre los sucesos en esa familia. Según Breggin —:

El libro presenta una de las más trágicas crónicas de abuso y maltrato a niñas que ha sido registrado. No obstante, en ningún momento se discute el maltrato como tal. En ningún lugar del libro se resume el maltrato. Esta información se encuentra esparcida a lo largo de seiscientas páginas en los reportes de los diversos profesionales. Gran parte de la información se encuentra en las notas a pie de página. La sinopsis que aquí he hecho fue acopiada por estas observaciones dispersas.[1]

Breggin concluye que omitir hablar de lo que ocurría en esa familia constituye una complicidad intelectual de Rosenthal y los demás autores con los agresores. Si renombrados siquiatras genetistas ignoran este nivel de abuso parental e invierten la historia, culpando a los genes de las víctimas, ¿cómo sorprenderse que los siquiatras comunes y corrientes ignoren el testimonio de sus pacientes en casos relativamente menores de maltrato? Los genes son el comodín del siquiatra para exonerar a los padres de la devastación manifiesta en los hijos. ¡Cómo recuerdo esa ocasión que vi a Amara declarar con certeza profesional en la televisión que el suicidio tenía una causa genética ante su sorprendido interlocutor!

Jay Joseph ha dicho que no se ha descubierto gen relacionado con ningún trastorno mental y no se descubrirá porque, según sus palabras, el emperador no tiene genes. Joseph dedicó dos libro a rebatir las mentiras de siquiatras como Amara: The gene illusion: genetic research in psychiatry and psychology under the microscope (La ilusión del gen: la investigación genética en psiquiatría y psicología bajo el microscopio) y The missing gene: Psychiatry, Heredity, and the Fruitless Search for Genes (El gen ausente: psiquiatría, herencia y la inútil búsqueda de genes), este último publicado en 2006.[2] Los genes no producen trastornos. Lo más que pueden producir es cierta predisposición en el carácter. Pero para entender nuestras conductas las circunstancias familiares no pueden soslayarse. Es absurdo afirmar que nuestras acciones se deducen matemáticamente a partir de nuestros genes. La biología de un individuo no es su destino. Ira Schwartz, un líder de opinión en asuntos públicos sobre la juventud estadounidense, ha sido muy crítico sobre lo que la siquiatría le hace a sus jóvenes. Schwartz retrata la mentira de culpar a la herencia que Amara le dijo a mis padres según mi hermano Germán:

Una gran cantidad de estos chicos y sus padres están en guerra unos con los otros. Es endemoniadamente más fácil para un padre que le digan: “Mira, este no es tu problema. Juanito anda deprimido y rebelde porque tiene en realidad un problema de salud mental. No es tu problema, y sabemos cómo componerlo. Mándanos a Juanito”.[3]

Referencias

[1] Breggin: Toxic psychiatry, p. 106.

[2] Muchos artículos críticos sobre las teorías genéticas de los siquiatras de los que tengo conocimiento provienen de la pluma de Jay Joseph: “The genetic theory of schizophrenia: a critical overview” in EHSS (Summer 1999), pp. 119-145, y “A critique of the spectrum concept as used in the Danish-American schizophrenia adoption studies” in EHSS (Autumn/Winter 2000), pp. 135-160.

[3] Ira Schwartz, citado en Sharkey: Bedlam, p. 106.

Published in: on mayo 16, 2009 at 12:58 pm  Comments (1)  

El huérfano internado

No vejéis al extranjero, al huérfano y a la viuda, no los maltratéis y no derraméis en este lugar sangre inocente. – Jeremías [1]

ALGUNOS lectores se habrán quedado bajo la impresión que exageré con mi hipotética Dora —no la Dora real de Freud— al afirmar que los siquiatras son el martillo de las víctimas. Para despejarla citaré completo y sin interrupción el testimonio de John Bell: un niño a quien se le murieron sus padres y, como mi Dora, fue martillado por siquiatras. El testimonio de este huérfano complementa lo que he querido decir sobre por qué debemos abandonar el vocabulario de los siquiatras, y por qué jamás debemos insultar a un hermano con un diagnóstico siquiátrico independientemente del grado de devastación emocional que esté sufriendo.

El testimonio de John Bell fue publicado en Speaking our minds, una antología tanto de gente perturbada por las tragedias de la vida como de sobrevivientes de la siquiatría.

Etiqueta removida, pero la huella permanece

Hay un dicho que dice “Los palos y las piedras pueden romper mis huesos, pero los insultos nunca me herirán”. La verdad es que hay un insulto que me causó más dolor y pena de lo que se pueda imaginar, y no sólo la palabra, sino todo lo que va con ella. El insulto en cuestión es “esquizofrénico”.

Tres días antes de la Navidad de 1968, mi padre murió de cáncer. Cinco semanas más tarde mi madre le seguía. En tan corto tiempo había dejado de ser un niño de escuela feliz y despreocupado para convertirme en un huérfano. Apenas había cumplido catorce años en ese tiempo. Fui a quedarme con mi tío hasta que se hicieran los arreglos para que alguien me adoptara o se me enviara a un orfanato.

Desgraciadamente nunca llegué a ese nivel. Un día al regresar de la escuela un coche me tumbó de la bicicleta. Como resultado fui admitido al hospital con una severa contusión. Salí después de una semana pero comencé a tener ataques de ansiedad, algo que me han dicho es muy común después de una contusión.

Mi médico no lo vio de ese modo y me mandó con un siquiatra, quien dijo que estaría mejor en un hospital. Cuando me dijo qué hospital rehusé categóricamente: era el lugar que mi madre había llamado “Asilo Lunático Cotford” donde metían a los locos. Su nombre era Hospital Mental del Valle Tone. Pero el siquiatra de todos modos me recetó unas drogas que, según él, me ayudarían.

Hicieron lo opuesto. Los efectos de las drogas fueron terribles y como resultado terminé en otro hospital donde me hicieron pruebas, incluyendo una punción lumbar. En septiembre de 1969 me llevaron al Hospital del Valle Tone y la única razón que me dieron es que querían darme de alta del otro hospital y no tenía a donde ir. La verdad es que el siquiatra le había dicho a mi tío que sospechaba que tenía esquizofrenia y que estaría mejor en ese hospital.

Este fue el inicio de una serie de eventos que destruyó mi vida.

En el Hospital del Valle Tone había una unidad especial llamada Merryfield donde, debido a mi edad, me correspondía haber ido. En lugar de eso me llevaron al hospital principal, que resultó en una experiencia pavorosa. Yo sabía que nada malo había conmigo, que no necesitaba estar en un hospital mental, pero desafortunadamente era el único que veía las cosas de esa manera.

Los siguientes siete meses fueron el infierno. No tenía sentido tratar de hablar con los enfermeros ya que todo lo que hacían era burlarse de mí. Mi tío se tomó la molestia de visitarme entonces y después, pero siempre sabían cuándo iba a venir y subían la dosis de Largactil [un neuroléptico] a un nivel que me impedía levantarme.

Más de una ocasión los enfermeros me dieron una paliza. Les gustaba hacerlo y me dijeron que nadie me creería. Tenían razón. Como me dijo el enfermero encargado: “¿Quién va a creerle a alguien en un hospital mental? Nosotros te clasificamos que estás enfermo. Diles a otros lo que quieras pero no te harán caso”. Una vez traté de decirle a mi tío lo que me hacían pero no creyó una palabra. Como resultado, me inyectaron Paraldehido.

La peor cosa que padecí en los primeros siete meses es algo que he tratado de ocultar todos estos años. Una noche fui objeto de abuso sexual por otro paciente. Cuando terminó me tiró al suelo y me enfurecí sobremanera. Lo único que hizo el enfermero es quedarse parado y reírse.

Tuve una tregua cuando el médico superintendente principal salió de vacaciones. La doctora que ocupó su lugar me llamó un día a su oficina, y me dijo que un hospital mental no era lugar para un muchacho de mi edad, que no veía nada malo en mí, y me dio de alta.

Lo que creí que era el fin fue sólo una tregua. Se le llamó a un trabajador social para que regresara a casa de mi tío, pero cuando llegué mi tío se horrorizó. Dijo que no podía tener a un esquizofrénico en casa y todos compartieron su punto de vista. No había una sola persona que quisiera saber de mí.

Mi alma no podía más: robé una motocicleta y me estrellé adrede en un muro de ladrillo. Quería morir, no tenía ya nada por qué vivir; estaba solo en un mundo inmenso y desalmado y con la amenaza de regresar al hospital. Cómo fue que sobreviví es un milagro. Pero quedé muy mal. ¡Ojalá y no hubiera sobrevivido: me habría salvado de lo que se venía!

Me regresaron al Hospital del Valle Tone bajo el artículo 25 de la Ley de Salud Mental de 1959. Antes que terminaran los veintiocho días [estipulados por la ley] me dieron un papel diciendo que se me detenía bajo el artículo 26 y que el diagnóstico oficial era “esquizofrenia”. Entonces me llevaron a la parte trasera del hospital, a unos pabellones cerrados. El enfermero encargado de este pabellón me dijo que la única manera de salir de allí sería cuando me transfirieran al pabellón geriátrico de abajo, o en un ataúd.

Había setenta pacientes en ese pabellón y era imposible hablar con ellos. Sus mentes habían sido destruidas. Vi que a algunos de estos pobres tipos les daban electroshocks sin ningún doctor presente. Yo fui víctima de eso un par de veces. Apenas pasaba un día sin que fuera golpeado por un enfermero. Ni eran enfermeros, más bien custodios. Algunas cosas que sucedieron fueron verdaderamente increíbles.

Un día me llevaron a la oficina del médico superintendente principal, quien me dijo que mi condición estaba empeorando y que estaban considerando hacerme una pequeña operación que me aseguró me haría sentir mucho mejor. De regreso al pabellón fui escoltado por dos enfermeros que se deleitaron en mostrarme el cuarto de las operaciones donde “compondrían” mi cerebro.

Creo sinceramente que la perrera municipal trata mejor a los perros callejeros que como fui tratado en el pabellón Hood. Después de dos años me dieron de alta. Me llevaría mucho decir cómo, pero puedo decir que fue casi un milagro. No obstante, el hecho que me hayan etiquetado de esquizofrénico destruyó mi vida desde entonces. Todo lo que he querido hacer ha sido estropeado por esa sola palabra y por el hecho que, de chico, estuve en un hospital mental. Para conseguir empleo, por ejemplo, la gente es renuente a trabajar con uno cuando averigua que estuvo internado. Se sienten amenazados.

Lo que me pasó hace años me hizo un gran daño, un daño que jamás podrá repararse o revertirse. Me lo quitaron todo: mi juventud, mis derechos como ser humano, mi dignidad, mi respeto. Pero logré asirme de mi mente, por lo que en los últimos dieciocho años he tratado de luchar para probar que fui agraviado. Luché tan duro que al final no pude más y caí enfermo, tan enfermo que en junio de 1990 me admitieron una vez más al Hospital del Valle Tone: ¡el lugar del que había jurado jamás volver! “Otra vez a la escena del crimen” dijo un enfermero.

Pero valió la pena regresar. ¿Por qué? Porque las respuestas que había estado buscando por tanto, tanto tiempo las obtuve en el lugar que menos me imaginaría: el lugar responsable de todo lo ocurrido.

Me asombró cuánto había cambiado en dieciocho años. El edificio era el mismo, pero los métodos de enfermería habían cambiado y para bien me alegra decir.

El pabellón donde estuve hace años estaba cerrado y tapiado. Lo que me sorprendió es que se tomaron la molestia de abrirlo por un breve tiempo para que pudiera dejar descansar algunos fantasmas de mi pasado. El lugar llegó a mis emociones y me llenó de enojo pensar cuántas vidas fueron arruinadas en ese pabellón.

Mi otra gran sorpresa fue que durante una junta con mi siquiatra, el doctor Hunt, éste me dijo que no podía hallar evidencia que haya sido un esquizofrénico, que el diagnóstico de esquizofrenia fue erróneo y que me daría una carta para ese efecto. Todos los empleados se asombraron y me dijeron que de ninguna manera el doctor Hunt lo haría. Pero lo hizo. Muchas personas me han dicho que en la profesión médica es la primera vez que esto sucede. Significa mucho para mí porque ya no tengo que probar que jamás sufrí de esquizofrenia. Pero no justifica lo que sucedió y cómo arruinó mi vida desde entonces. Nadie puede regresarme lo que perdí. Cuando estuve en el Hospital del Valle Tone el último año me sugirieron que escribiera un libro, y lo estoy haciendo. Necesito escribirlo no sólo por mí, sino por todos los demás que no pueden contar su historia: cómo fueron destruidos y cómo jamás tuvieron la más leve oportunidad. Lograr que se publique es mi único problema. No sé cómo hacerlo. También quiero luchar para mejorar las condiciones de aquellos diagnosticados de “enfermos mentales”. Como me dijo el enfermero de llaves, Chris Parker, “La siquiatría ha cambiado mucho desde que dejaste el hospital en 1972, pero aún tiene un largo camino por recorrer”.[2]

Este caso es sólo uno entre miles de personas revictimadas por la siquiatría institucional. Es obvio que si sus padres no hubieran muerto John Bell jamás habría sido diagnosticado ni internado. El caso ilustra perfectamente que sus perturbaciones emocionales se debieron a la tragedia de la muerte de sus padres, no a una anormalidad biológica que requiriera de encarcelamiento médico. Diagnosticar y encarcelar fue a todas luces revictimar a una víctima: algo que ni el doctor Hunt pudo indemnizar.

El caso Bell muestra una vez más que los siquiatras se alían incondicionalmente con los padres o tutores. El hecho que un tío egoísta haya querido desembarazarse de la tutela de su sobrino de catorce años fue suficiente para que un siquiatra lo etiquetara como paso previo a internarlo a un lugar donde otras víctimas eran sistemáticamente retraumatizadas hasta ser enloquecidas. Cierto que en algunos aspectos las condiciones siquiátricas han mejorado en Inglaterra, pero como se verá en las próximas páginas los siquiatras han cambiado la tradición de encarcelar a los huérfanos, maltratados y desposeídos por la moda actual de controlarlos con químicos.

Bell tuvo la increíble suerte de toparse con un médico compasivo que le dijo que nunca había sido un enfermo. En realidad, nadie es un enfermo mental en sentido biológico, por lo que no puedo estar de acuerdo con Chris Parker en que la siquiatría “aún tiene un largo camino por recorrer”. Szasz diría simplemente que hay que abolir al tipo de institución que penitenció a un Bell. Asimismo, la Inquisición no requería de reforma alguna: sólo de abolición. Lo que los nuevos inquisidores le hicieron a Bell fue posible debido a los artículos 25 y 26 de la Ley de Salud Mental de 1959, la base del poder siquiátrico de Inglaterra en ese tiempo. En la actualidad está en vigencia la equivalente ley de 1983.

Quienes creemos en los derechos humanos debemos luchar para derogar la ley inglesa del 83 y las leyes equivalentes en las demás naciones.

Referencias

[1] Jeremías: 22:3.

[2] John Bell: “Label removed, but scar remains” in Jim Read and Jill Reynolds (eds.): Speaking our minds: an anthology of personal experiences of mental distress and its consequences (The Open University, 1996), pp. 105-110.

Published in: on mayo 16, 2009 at 12:45 pm  Comments (4)  

Del gran encierro de Foucault a un Gulag químico

Aristóteles decía que para obtener un conocimiento verdaderamente profundo sobre algo es necesario conocer su historia. Para entender lo que le sucedió al huérfano John Bell (el testimonio de Bell aparece en otro capítulo de este e-book) es necesario saber cómo fue que surgió la profesión que lo revictimó. Las siguientes ideas sobre cómo surgió la profesión siquiátrica provienen de Historia de la locura de Michel Foucault, a quien seguiré de cerca en muchas de sus frases.

En Inglaterra, trescientos años antes de que naciera John Bell apareció el folleto Grievous groan of the poor (Atroces gemidos de los pobres), en el que se proponía que a los indigentes “se les destierre y traslade a las tierras recientemente descubiertas de las Indias orientales”. Desde el siglo XIII existía el famoso Bedlam para lunáticos en Londres, pero en el siglo XVI sólo albergaba a veinte recluidos. En el siglo XVII, cuando apareció el folleto para desterrar a los pobres, ya había más de cien prisioneros en el Bedlam. En 1630 el rey Charles I convocó a una comisión para enfrentar el problema de la pobreza y la comisión decretó la persecución policíaca de vagabundos, mendigos “y de todos aquellos que vivan en la ociosidad y que no deseen trabajar por salarios razonables”.[1] En el siglo XVIII muchos pobres e indigentes fueron llevados a correccionales y a casas de confinamiento en las ciudades donde la industrialización había marginado a parte de la población.

También se fundaron cárceles para los pobres en la Europa continental. El espíritu del siglo XVII era poner orden en el mundo y, al erradicarse la lepra, las leproserías medievales que habían quedado vacías fueron llenadas con los nuevos leprosos: los indigentes. Foucault le llama a este período “El Gran Encierro” y hace hincapié en el hecho de que el concepto de enfermedad mental aún no existía.

El aislar al leproso, un verdadero enfermo, había tenido un objetivo higiénico en el medievo. Pero aislar a los indigentes no tenía tal objetivo: era un fenómeno nuevo. 1656 fue un año axial en esta política de limpieza de la basura humana en las calles. El 27 de abril Luis XIV mandó a construir el Hospital General, un lugar que de hospital sólo tenía el nombre: ningún médico lo presidía. El artículo 11 del edicto del rey especificaba a quiénes se encarcelaría: “De todos los sexos, lugares y edades, de cualquier ciudad y nacimiento y en cualquier estado en que se encuentren, válidos o inválidos, enfermos o convalecientes, curables o incurables”.[2] Se nombraron a directores vitalicios para dirigir el Hospital General. Su poder absolutista era una calca en miniatura del poder del rey sol, como se lee en los artículos 12 y 13 del edicto:

Tienen todo poder de autoridad, de dirección, de administración, de comercio, de policía, de jurisdicción, de corrección y de sanción sobre todos los pobres de París, tanto dentro como fuera del Hôpital Général. Para ese efecto los directores tendrían estacas y argollas de suplicio, prisiones y mazmorras, en el dicho hospital y lugares que de él dependan, como ellos lo juzguen conveniente, sin que se puedan apelar las ordenanzas que serán redactadas por los directores para el interior de dicho hospital.[3]

El objetivo de estas medidas draconianas era suprimir a la mendicidad por decreto. A pocos años de su fundación el Hospital General albergaba al uno por ciento de la población de París. Había miles de mujeres y niños en la Salpêtrière, en la Bicêtre y en los demás edificios de un “Hospital” que no era hospital sino una entidad administrativa que, paralelamente a los poderes reales y de la policía, reprimía y custodiaba a los marginados.

El 16 de junio de 1676 otro edicto real establece la fundación de hospitales generales en cada ciudad del reino. Por toda Francia se abren este tipo de prisiones y, cien años después, en las vísperas de la Revolución, existían en treinta y dos ciudades provincianas. El archipiélago de cárceles para los pobres cubrió a Europa. En los Hôpitaux Généraux de Francia, las Workhouses de Inglaterra y las Zuchthaüsern de Alemania se encarcelaba a muchachos jóvenes que tenían conflictos con sus padres; a vagabundos, borrachos, impúdicos y a los “insensatos”. Estas cárceles no se distinguían de las cárceles comunes. En el siglo XVIII un inglés se extrañaba de una de las prisiones comunes “en que se encierra a los idiotas y los insensatos porque no se sabe dónde confinarlos aparte”.[4] Los llamados alienados se confundían con los indigentes y a veces era imposible distinguir uno del otro.

En la Edad Media el pecado capital fue la soberbia. Al florecer la banca durante el Renacimiento se decía que la avaricia era el mayor pecado. Pero en el siglo XVII, cuando se impone la ética del trabajo no sólo en los países protestantes sino en los católicos, la pereza —en realidad: el desempleo— fue el más notorio de los pecados. Una ciudad donde se proyectaba que cada individuo fuera un engranaje de la máquina social era el gran sueño burgués. Dentro de este sueño los grupos que no se integraran a la maquinaria estaban destinados a cargar un estigma. Los hombres del siglo XVII habían sustituido a la lepra medieval por la indigencia como el nuevo grupo de exclusión. Es en este marco ideológico de la indigencia considerada vicio donde va a aparecer el gran concepto de locura en los siglos XVIII y XIX. Por vez primera en la historia la locura sería juzgada con la vara de la ética del trabajo. Un mundo donde rige esta ética rechaza todas las formas de inutilidad. Quien no puede ganarse el pan transgrede los límites del orden burgués. Aquél o aquélla que no puede integrarse al grupo debe ser un enajenado o una enajenada.

El edicto de creación del Hospital General es muy claro a este respecto: considera a “la mendicidad y la ociosidad como fuentes de todos los desórdenes”.[5] Es muy significativo que “desorden” siga siendo la palabra que usan los siquiatras. El mismo manual DSM se lee en inglés Diagnostic and statistical manual of mental disorders y hay siquiatras que traducen esta última palabra como “desorden” en lugar de “trastorno”. Como el siglo XVII marca la línea en que se decidió encerrar a un grupo de seres humanos, sería erróneo creer que la locura esperó pacientemente por siglos hasta que algunos científicos la descubrieron y se encargaron de ella. Asimismo, sería erróneo creer que hubo una mutación espontánea en la que los pobres, inexplicable y súbitamente, enloquecieron.

Encarcelar a las víctimas de la ciudad fue un fenómeno de dimensiones europeas. Una vez consumado el Gran Encierro del que habla Foucault, los censos de la época sobre los prisioneros que no habían roto la ley dieron cuenta del tipo de gente que eran: ancianos que no podían cuidarse por sí mismos, epilépticos repudiados por sus familias, gente deforme, gente con enfermedades venéreas e incluso prisioneros por cartas del rey. Este fue el procedimiento de encierro más difundido desde los 1690, y los peticionarios de la lettre de cachet eran los familiares o los parientes más próximos de quien se encarcelaba. El caso más sonado de encarcelamiento en la Bastilla por lettre de cachet fue el de Voltaire. Hubo casos de insensatas o “muchachas incorregibles” que fueron internadas. “Insensato” era una etiqueta que correspondería más o menos a lo que en el siglo XIX se llamaría “insanía moral” y que actualmente equivale al oposicionismo adolescente o “negativismo desafiante” del DSM. Quisiera ejemplificarlo con un solo caso del siglo XVIII:

Una mujer de dieciséis años cuyo marido se llama Beaudoin publica abiertamente que jamás amará a su marido, que no hay ley que se lo ordene, que cada quien es libre de disponer de su corazón y de su cuerpo como le plazca, y que es una especie de crimen dar el uno sin el otro.[6]

Aunque la mujer de Beaudoin era considerada insensata o loca, las etiquetas de entonces para encarcelar no tenían connotación médica alguna. Las conductas se percibían bajo otro cielo, y el encierro era un asunto arreglado entre las familias y la autoridad jurídica sin injerencia médica. Se encerraba al “mendaz”, “ocioso”, “depravado”, “hechicero”, “imbécil”, “pródigo”, “impedido”, “alquimista”, “desequilibrado”, “venéreo”, “libertino”, “disipador”, “blasfemo”, “hijo ingrato”, “padre disipado”, “prostituída” y al “insensato”. En los registros puede leerse que las fórmulas de internamiento también decían cosas como “hombre muy malvado y tramposo” o “alegador empedernido”. Francia tuvo que esperar hasta 1785 para que una orden médica interviniera en el encierro de toda esta gente: práctica que posteriormente cobró forma con Pinel. Como dije, del apartarse de la norma social surgiría el gran tema de la locura en el siglo XIX, como veremos al hablar de Tocqueville y John Stuart Mill al final de este libro. Es a partir de aquí de donde debemos entender la ulterior clasificación de Kraepelin, Bleuler y del DSM de los siglos XX y XXI.

En nuestro siglo hay siquiatras que dicen abiertamente que “el suicidio es un desorden cerebral”: un pronunciamiento descaradamente seudocientífico. En el siglo XVII el “homicida de sí mismo” era un criminal “lesa majestad divina” y en los registros de internamiento de suicidas que fallaron en cumplir sus objetivos se lee: “ha querido deshacerse”. Es a ellos a quienes se les aplicaron por vez primera los instrumentos de tortura que luego usarían los siquiatras del siglo XIX: jaulas con tapa abierta para la cabeza y armarios que encerraban al sujeto hasta el cuello. La transformación de un juicio abiertamente religioso (“crimen lesa majestad divina”) al reino de la medicina (“desorden cerebral”) fue paulatina. Lo que ahora se considera enfermedad biomédica en los siglos XVII y XVIII se entendía como conducta extravagante, impía o que ponía en peligro el prestigio de una familia.

En el siglo XVII por primera vez en la historia se obliga a vivir bajo un mismo techo a personas muy distintas entre sí. Ninguna de las culturas anteriores había hecho algo parecido ni habían visto similitudes entre ese tipo de gente (venéreos, insensatos, blasfemos, hijos ingratos, hechiceros, prostituídas, etcétera). Que detrás del encierro había un juicio moralista se descubre en el hecho que se encerraba a quienes padecían enfermedades venéreas, el gran mal de la época, sólo si contrajeron la enfermedad fuera del matrimonio. Las mujeres a quienes las infectaba el marido no corrían riesgo de ser llevadas al Hospital General de París. Asimismo, los homosexuales, llamados peyorativamente sodomitas, fueron encerrados en los hospitales o casas de detención. De hecho, cualquier individuo que causara un escándalo público era reo de detención y encierro. La familia, y más específicamente la familia burguesa con sus exigencias de guardar las apariencias, se convirtió en la regla que definió el encierro de algunos de sus miembros. Este fue el momento en que se pactarían las oscuras alianzas entre padres y siquiatras que darían luz a la profesión del doctor Amara. La siquiatría tendría un fácil parto con la gestación del par de siglos que transcurren desde el Gran Encierro del XVII. Los orígenes de la siquiatría pueden rastrearse a ese siglo de intolerancia.

El encierro de la gente que no rompía la ley continuó a lo largo del siglo XVIII, y a finales del siglo las casas de internamiento estaban llenas de “blasfemos”. La Inquisición medieval había tenido fuerza en el sur de Francia, pero una vez abolida la sociedad encontró una manera legal de controlar a los individuos que se salían de línea. Es conocido el caso de un hombre en Saint-Lazare que fue encerrado por no querer arrodillarse en los momentos más solemnes de la misa. Esta estrategia también fue practicada un siglo antes. En el siglo XVII los incrédulos fueron considerados “libertinos”. Bonaventure Forcroy escribió una biografía de Apolonio de Tiana, un contemporáneo de Jesús a quien se le adjudicaron milagros, y mostró con este paradigma que las historias evangélicas también podían haber sido ficticias. Forcroy fue acusado de “libertinaje” y encerrado en Saint-Lazare.

El encarcelamiento de los parias e indeseables fue un acontecimiento cultural que puede rastrearse a un momento específico en la larga historia de intolerancia de la Europa posrenacentista y posreformista. Los valores del hombre occidental fueron moldeados en los siglos XVII y XVIII, los cuales continúan determinando la manera como vemos el mundo.

Hasta aquí he citado y parafraseado a Foucault.

A FINALES del siglo XVIII no existía la siquiatría como especialidad médica. La palabra “siquiatría” la acuñó Johann Reil en 1808. La nueva profesión dio por cierto un postulado que tenía raíces en la medicina de la Grecia antigua. Un postulado es una proposición que se admite sin pruebas. El postulado plataforma de la nueva profesión es suponer el origen orgánico de las perturbaciones psíquicas. Este postulado elevado a axioma e incluso a dogma evitó que se introdujera la subjetividad en el estudio de las perturbaciones mentales.

Como vimos al hablar de John Modrow, la realidad es lo diametralmente opuesto. Sólo introduciendo la subjetividad de un alma en pena, y rechazando la hipótesis orgánica, es posible entender qué diablos sucede en los adentros de quienes se trastornan. La objetividad en cuestiones del mundo interno de un sujeto es tan imposible como el caso opuesto: abordar al mundo empírico a la manera de filósofos como Platón, quien desde su Olimpo idealista despreciaba el estudio práctico de la naturaleza. Este colosal error le costó a la cultura griega su ascendencia, así como el error antípoda de reducir las humanidades a la ciencia está extraviando a nuestra civilización. Es simplemente un “error categorial” querer entender al trauma psicológico en base a la neurociencia, como es un error posmodernista querer entender al mundo empírico, digamos la astronomía, en base al discurso social. Los filósofos posmodernistas y los siquiatras representan dos intentos simétricos, aunque diametralmente opuestos, de ideologías extremas. Unos quieren reducir la ciencia a las humanidades; otros, las humanidades a la ciencia: y ninguno respeta al otro como un campo separado e intrínsecamente legítimo. En otro lugar profundizaré sobre estos dos errores antitéticos.

El nacimiento de la siquiatría moderna ocurre cuando el marginado sale de jurisdicción de las casas de confinamiento de Francia y del resto de Europa para quedar a cargo de la institución médica. En la profesión del siglo XXI, con todo su armamento de genética, neurología y taxonomía nosológica, es imposible ver qué es la siquiatría en su raíz. Pero en el libro de Johann Christian Heinroth Lehrbuch der Störungen des Seelenlebens
(Libro de texto sobre las perturbaciones de la vida mental), publicado en 1818, pueden verse los fundamentos de la siquiatría sin cortina de humo seudocientífica que los oculte. Siguiendo la tradición de los siglos XVII y XVIII Heinroth usó la expresión “enfermedad mental” y la definió como “egoísmo” o “pecado”: términos que usó indistintamente. Heinroth no sólo equiparó el concepto cristiano de pecado con el de enfermedad mental. Aunque consideraba a la enfermedad mental un defecto ético, la gran innovación de Heinroth fue que la trató con procedimientos médicos.

¿Cómo dio Heinroth este salto conceptual? O preguntado de otro modo: ¿por qué los encargados de reencauzar al rebaño a las ovejas descarriadas habrían de ser los médicos? Este giro no estaba contemplado en los planos de los arquitectos del Gran Encierro del siglo XVII. Una vez que la Inquisición fue oficialmente abolida Heinroth mismo se pregunta quién sería el nuevo controlador social: “¿Debe ser tarea del doctor, o quizá de un clérigo, o de un filósofo, o de un educador?”[7]

La tarea recayó, finalmente, en el médico. Presumiblemente esto se debió a que, como el médico trata directamente con el físico de los seres humanos, era más fácil encubrir la violencia física en la profesión médica que en las otras. En tiempos en que los ideales de la Revolución francesa estaban aún en el aire la sociedad civil habría sospechado del clérigo o del filósofo que tuviera jurisdicción sobre cuerpos ajenos. Pero no del médico.

Para que la gente aceptara al nuevo inquisidor había, además, que literalizar la metáfora central de la profesión. Originalmente “enfermedad mental” era entendida como una mera metáfora de aquello que en siglos anteriores se había llamado “sinrazón”, como el caso de los “insensatos”. Al asumir el médico la responsabilidad de ocupar el papel que ocupaban los funcionarios de las casas de confinamiento, Heinroth dio por sentado que el egoísmo y el pecado que trataba eran entidades médicas: algo como decir que los “virus” que infectan nuestras PCs no son metáfora de programas subversivos, sino microorganismos.

La literalización de la metáfora “enfermedad mental” en una auténtica enfermedad no habría sido posible si Heinroth y muchos otros siquiatras no hubieran contado con la sanción social. El siglo XIX fue el más burgués de los últimos siglos, y las fuerzas sociales que impulsaron a los pudientes a encerrar a los indeseables aún estaban en auge, mayor incluso, que en la época en que Heinroth nació. La única manera de entender a Heinroth y a su filosofía del martillo es dejarlo hablar. He tomado los siguientes párrafos de un estudio de Szasz. El primer párrafo está sacado de Medicina Psychica Politica (Medicina psico-política): título que ilustra perfectamente cómo en sus orígenes los siquiatras no hablaban en nuevahabla, sino en lengua franca. Heinroth escribió: “Compete al Estado cuidar de las personas que están perturbadas mentalmente cuando son una carga para la comunidad o representan un peligro público; el alojamiento, la cura y el cuidado de tales individuos es un deber político”. ¿Y quiénes están “perturbados mentalmente”?

Quienes menos merecen la libertad, es decir los manici [maníacos], son los que aman más la libertad; y mientras más se les deje libres para realizar sus actividades perversas, incluso dentro de una cámara de Autenreith, no puede pensarse en su recuperación.[8]

La cámara de Autenreith y la máscara del mismo nombre eran aparatos de tortura sobre los que él mismo nos explica su funcionamiento.

La experiencia nos ha mostrado que dentro del saco el paciente corre el peligro de asfixiarse y ser víctima de convulsiones […]. [En la silla de confinamiento] el paciente puede permanecer continuamente atado en la silla durante semanas, sin incurrir en el menor daño corporal. [La pera es un] pedazo de madera dura, con la forma y dimensiones de una pera de tamaño mediano; tiene una barra atravesada con tiras que pueden atarse a la nuca del paciente. Como la cavidad bucal del paciente queda más o menos llena por este instrumento, el paciente no puede articular sonido; pero sí puede gritar sordamente.[9]

Heinroth articuló algunos mandamientos que deben guiar al siquiatra: “Primero, ser dueño de la situación. Segundo, ser dueño del paciente”.[10] Szasz comenta que en estas frases la siquiatría aparece al desnudo como lo que fue y continúa siendo hoy día: subyugación, esclavización y control de un ser humano por otro; y comenta además que los siquiatras contemporáneos, aunque hacen cosas similares, no hablan con franqueza como solía hablarse en tiempos de Heinroth. No obstante, Heinroth entendió desde el principio que en su profesión había que disimular las cámaras de tortura y el control social como una acción hospitalaria, por lo que recomendó: “Debe asegurarse una seguridad perfecta, debe evitarse toda apariencia de prisión”, situación que persiste en la actualidad.

En España, por ejemplo, algunos siquiátricos modernos han cambiado las rejas en las ventanas por unas persianas externas: unas láminas cosméticas, aunque rígidas, que cumplen la función de barrotes carcelarios. Análogamente, en México el Instituto Nacional de Neurología es un hospital aparentemente decoroso. Jamás pude entrevistar a las autoridades del Instituto Nacional de Neurología, llamado abreviadamente Neurología en la Ciudad de México. Pero Carlos Díaz Jasso, de sesenta años de edad, estuvo internado en el pabellón nuevo del instituto del 16 de marzo al 22 de abril de 2004, y me proporcionó alguna información. Con síntomas de su muy visible temblorín de manos (disquinesia tardía) debido a la droga Zyprexa que le administraron en Neurología, Díaz Jasso me contó que le impresionó que dos internos adolescentes se rebelaran. Fueron reprimidos por cuatro camilleros treintones de complexión robusta y luego por otros tres más. Díaz Jasso sólo oyó los sonidos de una golpiza pero, por precaución, no se asomó al aula. Posteriormente vio la entrada del aula cubierta de manchas de sangre, y cuenta que los adolescentes insurrectos fueron amarrados con correas por las cuatro extremidades. Como otros hospitales, lo que sucede en los pabellones contrasta fuertemente con la imagen que se le vende al público; por ejemplo, con el jardín tan esmeradamente cuidado que Neurología ostenta a las visitas.

La fachada de jardines siquiátricos de nuestro siglo sigue las regulaciones decimonónicas. Sobre lo que sucede detrás de la fachada, según Heinroth, el hospital—:

Debe tener una sección especial de baños, con toda clase de baños, duchas y tinas de inmersión. También debe tener una habitación especial correctiva y de castigo con todo el equipo necesario, incluyendo un resorte Cox (o aún mejor, una máquina de rotación), una rueda voladora de Reils, poleas, silla de castigo, celda de Langermann, etc. […]. Pero el maestro y amo principal es el médico. Sus instrumentos alcanzan a todos.[11]

He aquí otras palabras de este médico que vivió un siglo antes de Orwell:

El médico de la psique se le aparece al paciente como su ayudante y salvador, como padre y benefactor, como amigo compasivo, como maestro amigable pero también como juez que sopesa evidencias, juzga y ejecuta la sentencia: al mismo tiempo parece ser el Dios visible para el paciente.[12]

Heinroth parece un híbrido entre el O’Brien orwelliano y un hombre de la historia real del que fue contemporáneo: Sade. El que algunos siquiatras vean en Heinroth a uno de los fundadores de la siquiatría moderna y precursor de Bleuler, habla por sí solo y no necesita comentarios.

GRACIAS A Heinroth y a otros apologistas de la violencia médica, a mediados del siglo XIX la metáfora “enfermedad mental” fue reconocida como una enfermedad auténtica. En Inglaterra el parlamento le dio a la fraternidad médica el derecho exclusivo para tratar a la nueva enfermedad descubierta. Las primeras revistas especializadas en siquiatría comenzaron a aparecer. La American Journal of Psychiatry, que originalmente se llamaba American Journal of Insanity y cuyo primer número apareció en 1844, desde sus inicios publicó datos que ahora se sabe que son fraudulentos.[13] A lo largo del siglo XIX incontables mujeres “insensatas” como Hersilie Rouy y Julie La Roche fueron encarceladas por sus padres y esposos; y los siquiatras resistieron los intentos de inspección de sus “asilos”, como se les llamaba entonces, porque interfería con la autonomía médica. Muchos médicos trataron de obtener importantes puestos en los asilos.

La profesión siquiátrica, en su versión moderna, había nacido.

En el siglo XX la profesión siquiátrica consolidó su poder y prestigio en la sociedad. La terminología se refinó y para el ciudadano común se hizo imposible ver a la siquiatría al desnudo. Algunos sádicos como Heinroth se convirtieron en “psiquiatras”; sus torturas en “tratamientos”; los marginados sociales en “pacientes”; los asilos en “hospitales”, y la demencia precoz en “esquizofrenia”. Antes de la creación de la nuevahabla a los asilos se les llamaba adecuadamente Poorhouses (Casas para los pobres). Antes de que se diseñaran drogas para inducir estados tortuosos, Kraepelin y Bleuler usaban otros métodos de subyugación. En 1911 este último experimentó con un medicamento particularmente repugnante que provocaba vómito sangrante, pero al menos Bleuler confesó con una franqueza que ya no se ve en la siquiatría de hoy día: “Su conducta mejora. Desde el punto de vista ético, no puedo recomendar este método”.[14] De manera similar, en 1913 Kraepelin solía inyectar nucleinato de sodio para causar fiebre en sus pacientes, quienes “se vuelven más dóciles y obedecen las órdenes de los médicos”.[15]

La gran revolución en siquiatría moderna ocurrió en la década de los 1930. Anteriormente, con sus instrumentos Heinroth y sus colegas habían asaltado el cuerpo de los ciudadanos a controlar. Pero en los treinta el asalto al cuerpo fue abandonado por un método más eficaz: asaltar directamente al cerebro. Se introdujo el shock de Metrazol, el shock de insulina y el electroshock a sabiendas de que mataba células cerebrales.

El pentilenetetrazol (de nombre comercial Metrazol en Norteamérica y Cardiazol en Europa) causa una gran reacción en las víctimas. Éstas sufrían convulsiones tan violentas que frecuentemente se rompían los dientes, los huesos y la columna vertebral. El shock de Metrazol era tan devastador para el cerebro que, una vez pasado su efecto, algunos sufrían estados regresivos y actuaban como bebés; jugaban con sus heces, se masturbaban y querían que las enfermeras los mimaran. Cuando recuperaban sus cabales rogaban “en nombre de la humanidad” que no les volvieran a inyectar Metrazol, droga que subyugaba incluso a los militares duros. Pero para 1939 era común usar Metrazol en la mayoría de los hospitales de Estados Unidos, lo que significó que en esos tiempos un internado solía recibir varias inyecciones.

El New York Times, Harper’s, Time y hasta el Reader’s Digest se unieron al coro de alabanzas sobre un tratamiento siquiátrico similar: el shock de insulina, que también producía convulsiones espantosas. Un articulista de Time escribió que mientras el paciente desciende en el coma “grita, brama, le da rienda suelta a sus temores y obsesiones ocultos y le abre de par en par su mente a los siquiatras”. Increíblemente, los sicoanalistas interpretaron las quejas de las víctimas a favor de sus colegas. En un encuentro de la Asociación Psiquiátrica Americana Roy Grinker interpretó que “el paciente experimenta el tratamiento como un ataque y castigo sádico que satisface su sensación inconsciente de culpa”.[16] Robert Whitaker, autor de un estudio sobre la siquiatría estadounidense, le llama a los primeros cincuenta años del siglo XX “la época más oscura” en la historia de la siquiatría. 1935 marcó el nacimiento de la lobotomía. Egas Moniz, un siquiatra portugués, había iniciado sus experimentos usando alcohol para destruir el tejido cerebral de los lóbulos frontales, pero cambió de método al cercenarlos directamente con un escalpelo. Su primera conejillo de indias fue una prostituta, y tres meses más tarde ya había lobotomizado a veinte personas; cada vez atreviéndose a cercenar más tejido cerebral de sus víctimas. Según Moniz “para curar a estos pacientes debemos destruir la disposición más o menos establecida de las conexiones celulares que existen en el cerebro”.[17] El trabajo de Moniz condujo a una explosión de lobotomías en occidente, especialmente en Estados Unidos, pero también en el Reino Unido, Italia, Rumania, Brasil, Cuba y eventualmente en México.

En 1941 Walter Freeman, el neurocirujano a quien cité al hablar de Victor Frankl [una vez más: me refiero al contenido de Hojas susurrantes], le llamaba a esta práctica brain-damaging therapeutics, esto es, terapéutica lesionadora del cerebro.[18] Al menos debemos darle crédito a Freeman que no se expresó en nuevahabla, sino en la lengua franca de Heinroth: reconoció que la lobotomía daña al cerebro. Pero en esa década la academia sueca le otorgó a Moniz el Premio Nobel en medicina y los medios se mostraron entusiastas con la novedosa terapia, incluyendo New York Times, Time y Newsweek. Una editorial del New York Timescelebró que los lobotomizados que habían querido suicidarse antes de la operación “ahora encontrarían la vida aceptable”.[19] Con tal respaldo social se practicaron decenas de miles de lobotomías en los años cuarenta y cincuenta. Se creía que los jóvenes universitarios que tenían problemas emocionales, e incluso los niños problema, eran candidatos ideales para la lobotomía de Freeman.

En Mad in America Whitaker menciona cuáles eran los efectos de esta operación radical. A una mujer lobotomizada se le describió como “gorda, tonta y sonriente”. Aunque había sido de alcurnia, otra mujer que sufrió la operación defecaba en un basurero. Los pacientes lobotomizados agarraban la comida del plato del vecino, o vomitaban en la sopa y seguían comiendo. Unos no se levantaban de la cama a menos que un familiar se los ordenara, y era común que se orinaran allí. Otros se quedaban viendo a la calle por la ventana. Quienes habían tenido empleos con anterioridad a la operación, vivían como zánganos. Era posible insultarlos y obtener como respuesta una sonrisa. Algunos se refirieron a la lobotomía como “una infancia quirúrgicamente inducida”, y ya podrá imaginarse la carga que representó para las familias mantenerlos. Pero Freeman y su ayudante Watts tenían una visión más positiva de las cosas. Escribieron que el paciente lobotomizado podría considerarse “una mascota doméstica”.[20] Los reportes de las revistas científicas también pintaron las cosas de manera favorable para la profesión médica. El lenguaje de la ciencia pretende ser neutral, apolítico y aemocional. No esgrime juicios de valor: lo diametralmente opuesto a lo que hago en este libro. En la literatura donde abundan las gráficas y las cifras es fácil escribir artículos donde la tragedia que dejó este sendero de humanos semivegetales no fuera percibida como un crimen.

La “terapéutica lesionadora del cerebro” de Moniz y Freeman perdió auge en los 1960 y 70. En la actualidad es difícil saber cuántas lobotomías se hacen en el mundo cada año. Según un artículo en defensa de la psicocirugía que apareció en Psychology today en marzo/abril de 1992, a principios de los noventa se hacían “cuando menos de 200 a 300 psicocirugías abiertamente declaradas cada año”. De hecho, en el nuevo siglo “unos cuantos médicos aún promueven la psicocirugía para problemas emocionales severos y en algunos estados de Estados Unidos se han formado consejos especiales para revisar todas las propuestas de estas operaciones”.[21] No obstante, aunque la lobotomía cayó en relativo desuso, el electroshock sigue siendo una práctica siquiátrica estándar en la profesión del siglo XXI.

El electroshock fue desarrollado en 1938, inspirado en un rastro de Roma donde los cerdos eran electrochocados para que fuera más fácil rebanarles el pescuezo. Un siquiatra, Ugo Cerletti, había estado experimentando con choques eléctricos en perros, poniéndole a un perro electrodos en el hocico y en el ano. La mitad de los animales morían por paro cardiaco. Después de ver a los puercos electrochocados Cerletti decidió usarlo en seres humanos. El primer conejillo de indias de Cerletti fue un indigente que vagaba en la estación de trenes en Roma. Poco después, en 1940, el electroshock era admitido al otro lado del Atlántico. Manfred Sakel, quien introdujo el shock insulínico en la praxis médica, comparó su técnica con el electroshock y comentó sobre este último: “mientras más fuerte sea la amnesia, más severo debió haber sido el daño a las células cerebrales”.[22] Esta era otra forma de la “terapéutica lesionadora del cerebro” de Moniz y Freeman. Aunque los siquiatras reconocieron todo esto en sus revistas especializadas, en sus pronunciamientos públicos fueron más cautos. Pintaron al electroshock como una terapéutica inocua y dijeron que la pérdida de memorias era pasajera. Los medios de información tomaron la propaganda como ciencia honesta y para 1946 la mitad de las camas de los hospitales estadounidenses eran ocupadas por pacientes siquiátricos, algunos de estos electrochocados. Ese mismo año apareció el libro de Albert Deutsch Shame of the States (La vergüenza de los Estados Unidos) y un artículo de la revista Life con impresionantes fotografíassobre una realidad que el pueblo norteamericano desconocía: los que sucedía en los campos de concentración llamados hospitales siquiátricos. Aunque las imágenes contribuyeron a la reforma de los siquiátricos públicos en Estados Unidos, el siglo XX fue testigo de otras dos revoluciones en siquiatría. Una fue el consorcio entre siquiatras y las multinacionales farmacéuticas; otra, la invención de lobotomías químicas en los 1950. La lobotomía quirúrgica cayó en relativo desuso en favor del uso de neurolépticos: una forma más sutil de control.

Mayo de 1954 es una fecha memorable para los siquiatras. Por vez primera se comercializó un neuroléptico, la clorpromacina (de nombre comercial Thorazine en Estados Unidos y Largactil en México y algunos países de Europa), que revolucionó el tratamiento en la profesión. La primera generación de fenotiazinas de las que surgió la clorpromacina había sido empleada con fines pesticidas en agricultura. Además, por experimentos se sabía que inducía catalepsia en los animales. El neuroléptico era un químico diseñado intencionalmente como neurotoxina, pero millones de recetas de Thorazine fueron prescritas en Estados Unidos. Bajo los efectos de la clorpromacina los pacientes ahora “podían ser movidos como títeres”, y el primer siquiatra que experimentó en Estados Unidos con este neuroléptico dijo que “podría ser un sustituto farmacológico de la lobotomía”.[23] La campaña para venderle Thorazine a la sociedad americana fue tan feroz que los mismos profesionales llamaron “tropas de asalto Thorazine” a los propagandistas de productos de la compañía que los manufacturó.[24]

Esta fue la primera incursión masiva en el mundo de las relaciones públicas realizada por una empresa farmacéutica en un mercado que anteriormente era muy reducido: la psiquiatría institucional. En su primer año de mercado, Smith, Klein and French obtuvo 75 millones de dólares con ese fármaco. El resto, como se dice, es historia.[25]

En 1955 la revista Time le llamó “críticos de torre de marfil” a los profesionales que se oponían a la clorpromacina. Gregory Zilboorg, el mismo siquiatra que tenía en alta estima a los autores del Malleus Maleficarum, dijo que el público estaba siendo engañado y que la droga sólo servía para controlar al paciente internado. Otro médico alzó su voz y dijo que la clorpromacina era más peligrosa que la heroína y la cocaína. Pero la publicidad terminó ahogando la disidencia interna. A mediados de los 1960 más de diez mil artículos médicos se habían escrito sobre la clorpromacina. Hubo campañas en televisión donde se omitía toda mención de los efectos parkinsonianos de la droga, y a las revistas se les pagó sustanciosas sumas si publicaban sus artículos principales sobre el milagroso químico. Time, Fortune y el New York Times fueron algunas de estas prostitutas de las corporaciones farmacéuticas. El uso de neurolépticos tomó la frontera de tratamientos siquiátricos ante los comas de insulina, el electroshock y la lobotomía. En los sesenta la revolución de esta alquimia publicitaria, de pesticidas a antipsicóticos, estaba consumada y la mentalidad del público había sido implantada con el mensaje que eran medicinas “antiesquizofrénicas”: una idea que persiste en la actualidad. Para 1970 ya se habían prescrito 19 millones de recetas de neurolépticos, y no sólo a la gente perturbada. Algunos delincuentes menores de edad y adolescentes rebeldes a quienes se les administró el neuroléptico lo llamaron “jugo zombi”, pero los profesionales contraatacaron introduciendo el eufemismo “tranquilizantes mayores”. A finales de marzo del 2001 en Francia, Alemania, Italia, España, Reino Unido y Estados Unidos la cifra de prescripción de neurolépticos fue de 43 millones. En el caso de niños y adolescentes, un estudio mostró que entre 1987 y 1996 se había duplicado el número de chicos a quienes se les daban. Entre 1996 y 2000 la cifra se multiplicó hasta alcanzar la cifra de uno de cada cincuenta, aunque la franja más importante se produjo en la edad entre los niños de 5 y 9 años.[26] La propaganda con la que las multinacionales infectan a la sociedad civil sobre la “necesidad” de estas neurotoxinas se hace a través de campañas de “educación” a visitadores médicos y consejeros de las escuelas y de padres.

Joe Sharkey, un periodista de temas financieros y autor de Bedlam: greed, profiteering and fraud in a mental health system gone crazy (Bedlam: codicia, acaparamiento y fraude en un sistema de salud mental que se volvió loco), ha denunciado que al final de los 1980 el 25 por ciento de las ganancias pagadas por los seguros médicos fueron a parar a los bolsillos de quienes trabajan en el área de salud mental, en buena medida por el tratamiento siquiátrico de estos adolescentes rebeldes.[27] Lo que es más, desde los 1970, la década en la que Amara y mi madre me asaltaron con el químico, estos profesionales entraron en franca asociación con las compañías de drogas. El consorcio entre los siquiatras y la Big Pharma (las multinacionales farmacéuticas) es tan descarado que todas las conferencias de siquiatría son financiadas por esas corporaciones, y en algunos centros médicos toda la investigación de laboratorio también es financiada por las multinacionales. Estas compañías también financian a las revistas de siquiatría. Además, un estudio de ochocientos artículos de algunas de las más prestigiosas revistas científicas que no se especializan en siquiatría (Science, Nature, Lancet, The New England Journal of Medicine y el Proceedings of the National Academy of Medicine) descubrió que el 34 por ciento de los autores tenían intereses financieros con la Big Pharma. La industria farmacéutica es el mayor patrocinador de la investigación siquiátrica en Estados Unidos, incluyendo la investigación en universidades y facultades de medicina. Se calcula que sólo en 1994 gastó mil y medio millones de dólares en investigación académica.[28] Hay quienes han usado la expresión “Is academic medicine for sale?” (¿Está a la venta la medicina académica?) para describir esta situación.

Esto es fundamental para entender por qué digo que los siquiatras, a pesar de sus impecables credenciales médicas, promulgan una ciencia tendenciosa. Es evidente que el patrocinio de estas compañías le da un sesgo biologicista y pro drogas a la investigación. Los editores de las revistas especializadas son muy cautos a la hora de publicar artículos de aquellos profesionales que critican a la siquiatría biologicista, especialmente si ponen en duda la efectividad de los psicofármacos o si mencionan los terribles efectos de las drogas (como la disquinesia y la distonía tardía que producen los neurolépticos, a las que los médicos eufemísticamente llaman “síntomas extrapiramidales”). Las compañías de drogas gastan enormes sumas en los anuncios que aparecen en las revistas especializadas, y los editores no están dispuestos a ofender a sus patrocinadores con ese tipo de artículos por la amenaza de que retiren la publicidad. La dependencia económica de las revistas con estas compañías da cabida no sólo a la discrecionalidad, sino a que muchos contribuyentes se autocensuren: la peor de las censuras posibles. Como dicen unos profesionales de salud mental:

La industria farmacéutica es la propietaria de los datos obtenidos en los ensayos clínicos que subvenciona, decide qué estudios deben publicarse, elige a los autores, escribe los artículos y los revisa para ofrecer la mejor interpretación posible de los datos.[29]

Por otra parte, es natural que los nuevos profesionales en investigación médica escojan el área del futuro más prometedor, la que financian generosamente las compañías de drogas: ahí es donde se encuentran los fondos para sus carreras. Hay todo un libro sobre el tema, How the pharmaceutical industry bankrolled the unholy marriage between science and business de Linda Marsa (Cómo la industria farmacéutica financió el impío matrimonio entre la ciencia y el negocio), y esta tendencia es mucho más acusada en siquiatría. En una revista siquiátrica hay menor garantía de cientificidad que en otras revistas especializadas. En la profesión ya no se oye hablar, como solía hacerse en los 1950 y 60, de padres abusivos que enloquecen a sus hijos. Los intereses para ocultar esta realidad son enormes.

Por ejemplo, a mediados de los 1990 un analista del mercado farmacéutico afirmó que el mercado norteamericano de neurolépticos, que era de mil millones de dólares, podía crecer a 4.5 mil millones al año. En mayo de 2001 un reporte del Wall Street Journal evaluó al mercado de neurolépticos en 5 mil millones de dólares al año, un crecimiento del quinientos por ciento en un lustro. El total de ventas de neurolépticos en Estados Unidos en 2000 fue de 2.5 mil millones de dólares, y las ventas internacionales llegaron a 6 mil millones ese mismo año. Sólo el neuroléptico Zyprexa le dio utilidades de mil millones de dólares a Eli Lilly en 1998. En 1999/2000 Estados Unidos encabezó el consumo occidental de neurolépticos con el 65 por ciento, Europa le siguió con el 22 por ciento y Latinoamérica con el 2.5 por ciento (no cuento a Rusia, Asia ni a África). Dado que hay mucha gente que quiere controlar a otros en cárceles, asilos, manicomios, correccionales para menores y aun en el hogar, el mercado de estas terribles drogas tiene previsto ventas que podrían aumentar.[30]

Estas cifras son clave para entender a la siquiatría de nuestros días: un Gulag químico.

Enfrentados a un negocio multimillonario que sutilmente ha comprado a los médicos, a las universidades y a los medios, es virtualmente imposible que la sociedad civil vea lo que está sucediendo. Así como en tiempos de Heinroth las acciones políticas se encubrieron con ropaje médico cuando los ideales de la Revolución estaban en el aire, después de la rebelión de los 1960 la siquiatría reaccionó cubriéndose cada vez más con el ropaje de la ciencia dura, el paradigma de nuestros días. En 1999 el profesor Leonard Duhl de la Universidad de California definió a la enfermedad mental y a la pobreza en el más perfecto sentido de los ideólogos del Gran Encierro del siglo XVII: “la incapacidad de tener dominio en los sucesos que afectan la propia vida”.[31]

La consolidación y el agrandamiento del poder siquiátrico continúa en el siglo XXI. El incremento en diez veces del uso de neurolépticos en menores de edad desde mediados de los noventa al primer lustro del nuevo siglo, cosa que se hace con el ardid publicitario de que están “en situación de riesgo”, muestra el cinismo con el que se ha realizado este diseño.

Heinroth fue un gran visionario. Previó que las drogas podrían ser las prisiones del futuro. Aunque no se habían inventado los neurolépticos Heinroth ya hablaba de “medios farmacéuticos de restricción” y de “medios quirúrgicos restrictivos”, adelantándose a la lobotomía que Moniz desarrollaría un siglo más tarde. Desde que en el siglo XIX se dictaran las regulaciones que definirían las políticas que rigen a los siquiátricos del mundo, la expansión del Gulag químico hizo que la hospitalización involuntaria a largo plazo cambiara a la drogadicción involuntaria a largo plazo, que es lo que actualmente está de moda. Los siquiatras, naturalmente, dirían las cosas de otra manera. Dirían que en el tratamiento de las enfermedades mentales el acontecimiento más sobresaliente del siglo XX fue la síntesis de estos medicamentos en los laboratorios. Pero este es uno de los alegatos de avance científico que, analizado de cerca, se descubre falaz. En psicofarmacología no existen las biografías de Juan, de Pedro o de María ni cuando se recetan neurolépticos, ni cuando se recetan antidepresivos, ni cuando se recetan estimulantes, ni cuando se recetan tranquilizantes. No hay personas en psiquiatría biológica —o siquiatría biologicista como prefiero llamarla—, sólo radicales bioquímicos que hay que normalizar mediante otras sustancias químicas. En una época que busca soluciones fáciles para los problemas del mundo no es necesario hurgar en el pasado. Basta con calcular la dosis de las píldoras de la felicidad, sea Prozac o cualquier otra. Esto sucede también con el abuso de drogas ilegales y la única diferencia es que los psicofármacos son legales. Aproximadamente treinta millones de personas han tomado Prozac (fluoxetina), droga a la que revistas como Newsweek le ha hecho propaganda con artículos de portada. La situación apunta cada vez más a los escenarios de El mundo feliz de Aldous Huxley donde, a instancias del Estado, todo ciudadano tomaba la droga llamada soma.

En la profesión médica los factores ambientales que aguijonean nuestras almas han desaparecido del mapa. Si la filosofía de los siquiatras biologicistas estuviera en lo cierto, todas nuestras pasiones, traumas y conflictos, amores y temores son resultado no de nuestros deseos en pugna con el mundo externo, sino de los vaivenes de pequeños polipéptidos en nuestros cuerpos que se transforman en desesperación.

En el prefacio de algunas ediciones del DSM se dice que el futuro borrará completamente la “desafortunada” distinción entre el concepto popular de perturbación mental y la enfermedad física. El 1 de enero de 1990 California se convirtió en el primer estado norteamericano en aceptar el principal dogma en siquiatría: que las perturbaciones mentales son, en realidad, enfermedades originadas en disfunciones cerebrales. Por ejemplo, se afirma que un alta de dopamina causa la locura, y una baja de serotonina, la depresión. (Esto me recuerda que para Benjamin Rush, el padre de la siquiatría norteamericana, la locura era causada por una baja de circulación sanguínea en la cabeza.) Dato curioso: a los animales en estado silvestre no les falla la serotonina ni se deprimen. Pero por razones que los siquiatras biologicistas no se explican, a millones de seres humanos nos falla constantemente. La siquiatría biorreduccionista es cualquier cosa en que se hable de supuestas anormalidades biológicas en el cuerpo más bien que en la familia o medio social: como estudiar el trauma no como reacción ante un acto que nos ultraja —digamos, la violación incestuosa a Dora—, sino al lóbulo temporal de la ultrajada, hacia donde se dirige el tratamiento. Las drogas, o el martillazo eléctrico del electroshock, son resultado del axioma médico: “El que sólo sabe usar el martillo trata todas las cosas como si fueran clavos”.

No caricaturizo a la profesión. En noviembre de 2002 sostuve una larga discusión con el doctor Miguel Pérez de la Mora, un médico experimental de fisiología celular del Departamento de Biofísica de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y director de la Academia Mexicana de Ciencias. En la discusión con Pérez de la Mora me llamó enormemente la atención que, cuando mencioné el estado mental de los internos en los campos de concentración de la Segunda Guerra Mundial, mi disputador saltara inmediatamente al tema de la amígdala y el ansia que él estudia en su laboratorio: un ansia entendida de manera estrictamente biológica. En nuestra discusión tardé un buen tiempo en hacerle ver lo obvio al doctor: que la causa de las perturbaciones mentales de los internos eran las brutalidades en los campos. Pero aún concedido este punto Pérez de la Mora añadió —sin pruebas de laboratorio— que sólo aquellos internos en los campos que tenían una predisposición genética podrían haber sido quienes se trastornaron. ¡Para este neurólogo y sus colegas los campos de concentración fueron un mero “mecanismo disparador” del trastorno de un prisionero cuya biología, presuntamente, ya estaba defectuosa!

Debo aclarar que el concepto de “mecanismo disparador”, “detonador” o “desencadenante” de un supuesto trastorno mental latente es uno de los principales mantras del siquiatra, y ejemplifica lo que he llamado biorreduccionismo. Para el biorreduccionista los derechos humanos y el trauma psicológico pasan a segundo plano, y lo único que al hombre de ciencia le interesa es el proyecto genoma y la búsqueda del “gen” responsable del trastorno (u otra línea estrictamente biológica). Por ejemplo, la especialidad de Pérez de la Mora es estudiar los trastornos de ansiedad en los laboratorios de la UNAM, y durante nuestra discusión me confesó que la firma que manufactura la droga siquiátrica Valium ha financiado su investigación. Le llamé la atención a Pérez de la Mora que una investigación financiada por las mismas compañías de drogas produce resultados con un claro sesgo biologicista. El eminente científico mexicano me respondió que muy pocas veces los investigadores se venden a las compañías.

La realidad es que la manera como las multinacionales farmacéuticas compran a los científicos es infinitamente más sutil que el soborno directo. Roche, que manufactura Valium, simplemente financia a los profesionales que postulan hipótesis biológicas, y a ningún otro. Jamás Roche o la competencia nos daría un centavo a quienes investigamos el trauma psicológico. Nuestra línea de investigación es una propuesta libertaria que requiere de ingeniería social y cambios en la familia nuclear para evitar el maltrato hacia los niños. Pero en un mundo conservador nadie quiere financiar al investigador que pone en el banquillo de los acusados a los padres. Por ejemplo, ninguna institución financió la investigación para escribir este libro. En cambio, el modelo médico droga al niño maltratado sin promover cambio social alguno: sólo así goza del beneplácito de la sociedad. Si la ansiedad que estudia Pérez de la Mora; o el pánico, la depresión, las adicciones, las fobias, la manía, las obsesiones y las compulsiones son resultado de una biología anormal, el contenido humano y existencial de estas experiencias se vuelve irrelevante.

El pensamiento de nuestra época está siendo confinado a un mundo unidimensional por lo que a salud mental respecta. El biorreduccionismo, la ideología de los médicos con anteojeras que no quieren ver a los lados sociales, es una doctrina cuyo marco conceptual es bastante simple: determinismo y reduccionismo (“Tu biología es tu destino”). Pero como los siquiatras y neurólogos nos presentan esa doctrina con toda su sofisticación científica, el asunto aparentemente es complicado. La siguiente analogía szasziana ilustra lo simple que, en el fondo, la biosiquiatría es.

El médico-brujo primitivo, que intentaba comprender a la Naturaleza en términos humanos, trataba a los objetos como agentes: postura que se conoce como animismo. El médico-brujo moderno, que intenta comprender a la subjetividad del hombre en términos de Naturaleza, trata a los agentes como objetos: postura que se conoce como biorreduccionismo. El hombre primitivo ha sido desmitificado en nuestra era científica. ¿Quien desmitificará a los médicos siquiatras? Hay un reducido grupo de pensadores que puede hacerlo: los que saben distinguir entre ciencia verdadera y falsa.


Referencias

[1] Citado en Foucault: Historia de la locura en la época clásica (volumen I), p. 106.

[2] Edicto de Luis XIV, citado en ibídem, p. 81.

[3] Ibídem, p. 81s.

[4] Ibídem, p. 182.

[5] Ibídem, p. 115.

[6] Citado en ibídem, p. 213. Es interesante comparar la enciclopédica historia de la locura de Foucault, con infinidad de pasajes opacos y prosa impenetrable, con la breve y concisa historia de Thomas Szasz en Cruel Compassion: the psychiatric control of the society’s unwanted (Syracuse University Press, 1998).

[7] Johann Christian Heinroth, citado en Szasz: El mito de la sicoterapia, p. 80.

[8] Ibídem, pp. 84 & 81.

[9] Ibídem, pp. 82s.

[10] Ibídem, p. 83.

[11] El mito de la sicoterapia, p. 85.

[12] Ibídem, p. 84.

[13] Véase, por ejemplo, Whitaker: Mad in America, p. 75ss.

[14] Eugen Bleuler, citado en John Read, Loren Mosher y Richard Bentall: Modelos de locura (Herder, 2006), p. 39.

[15] Emil Kraepelin, citado en ibídem.

[16] He tomado todas estas citas y revelaciones sobre el Metrazol del libro de Whitaker.

[17] Egas Moniz, citado en ibídem, p. 113.

[18] Freeman, citado en ibídem, p. 96.

[19] Citado en ibídem, p. 138.

[20] Freeman, citado en ibídem, p. 124.

[21] Lobotomy, Microsoft® Encarta® Encyclopedia 2000. Sobre el resurgimiento de la lobotomía, véase Breggin: Toxic psychiatry, pp. 261ss, y un artículo de Lawrence Stevens que puede leerse en internet: “The brain-butchery called psychosurgery”.

[22] Manfred Sakel, citado en Whitaker: Mad in America, p. 98.

[23] Heinz Lehmann, citado en ibídem, p. 144.

[24] Estas palabras de la compañía farmacéutica Smith, Kline & French aparecen en Loren Mosher: “Soteria and other alternatives to acute psychiatric hospitalization” en The journal of nervous and mental disease (1999, 187), artículo que leí en internet.

[25] Loren Mosher, Richard Gosden y Sharon Beder, “Las empresas farmacéuticas y la esquizofrenia” en Modelos de locura, pp. 141s.

[26] Saqué estas cifras de Modelos de locura, páginas 124s.

[27] Sharkey: Bedlam, p. 4. El libro de Sharkey toma como tema eje a los injustificados internamientos fraguados por siquiatras, especialmente de niños y adolescentes, para sacarle todo el dinero posible a las compañías aseguradoras de sus padres.

[28] Tomé esta información de Valenstein: Blaming the brain, pp. 199 & 187.

[29] Modelos de locura, p. 144.

[30] Véase Whitaker: Mad in America; y Valenstein: Blaming the brain, capítulo 6; y Richard Gosden and Sharon Beder: “Pharmaceutical industry agenda setting in mental health policies” in EHSS (Autumn/Winter 2000).

[31] Leonard Duhl, citado en Szasz: Pharmacracy, p. 95.

Published in: on mayo 16, 2009 at 11:26 am  Comments (7)  

La manera como el status quo se defiende

Si la siquiatría no es una ciencia, ¿qué es pues? En pocas palabras, es la manera como el status quo se defiende: negando la relevancia del trauma y de los estragos psíquicos causados por los padres y la sociedad. Al declarar que sus problemas son biológicos, se encubre el hecho de que las víctimas son víctimas. Lo que las profesiones de salud mental hacen es silenciar ante la opinión pública el lenguaje cifrado del hijo mentalmente destruido. Cuando la víctima es diagnosticada médicamente, se oculta la génesis del trastorno mental; por ejemplo, relacionar el acoso pedagógico de Schreber padre con las manías persecutorias del hijo (el lenguaje cifrado). Así como el padre del sicoanálisis, Freud, culpó a la mente de Schreber hijo, los epígonos de Bleuler culpan a su cuerpo. Y de manera análoga a la investigación parasicológica que tanto le gustaba a Bleuler, los siquiatras que en nuestra época se dedican a la investigación también se pasan la vida buscando un fenómeno elusivo que están convencidos que encontrarán tarde o temprano. A lo largo de los últimos cincuenta años nuestra sociedad, tan reacia a cuestionar a la familia, ha financiado la millonaria búsqueda de un santo grial biológico que no existe. ¿Cómo podría existir el gen malo o el neurotrasmisor malo que hace que miles de Schrebers acosados por sus padres se sientan, naturalmente, acosados?

No es exagerado decir que los siquiatras promulgan un sistema tan delirante como los propios delirios de Schreber. Veamos más de cerca a su biblia, el DSM-IV. Ahí se expone en qué circunstancias aparece un “trastorno” infantil. Según los siquiatras, descubrieron un trastorno que aparece en los niños que se distraen en las escuelas y lo llaman “Trastorno de Déficit de Atención e Hiperactividad”. El DSM afirma que si los niños se distraen en actividades escolares —:

que carecen de atractivo o novedad intrínsecos (p. ej., escuchar al maestro en clase, hacer los deberes, escuchar o leer textos largos, o trabajar en tareas monótonas y repetitivas).[1]

—es que están trastornados: sufren del “Déficit de Atención”. En otras palabras, los niños del mundo no tienen derecho de aburrirse o distraerse al leer textos largos o trabajar en las monótonas tareas de las escuelas tradicionales. Si se distraen, es porque están enfermos. Y no sólo eso. Su enfermedad es tan grave que hay que drogarlos con una anfetamina, como se verá en la tercera parte de este libro.

El hacer negocio a costa de los niños exhibe a la siquiatría como una empresa psicópata. El aclamado documental canadiense La corporación, crítico del mercado salvaje, muestra que una corporación típica cumple todos los incisos de la definición siquiátrica de psicopatía que aparecen en el ICD o International Classification of Diseases (Clasificación internacional de enfermedades), un manual inspirado en el DSM.[2] Entre estos criterios puede señalarse el atropello de los derechos humanos más elementales por las lucrativas empresas sin sensación alguna de culpa. Así que, según los cánones mismos de la siquiatría, las multinacionales que lucran drogando a los niños son el paradigma perfecto de “conducta psicópata”.

Peter Breggin es una excepción entre sus colegas, como se comprueba en la guerra que ha emprendido contra las drogas siquiátricas. Dada la relevancia de lo que a continuación expondré prefiero citar algunos pasajes de uno de sus artículos en lugar de refrasearlo, aunque las comillas en las palabras derivadas de “esquizofrenia” son mías. El artículo de Breggin se titula:

¿Debiera limitarse estrictamente el uso de neurolépticos?

Mientras que los enfoques psicosociales se han desprestigiado entre los psiquiatras, las drogas llamadas neurolépticos han sido promovidas como causantes de un efecto “antipsicótico” específico contra síntomas “esquizofrénicos”. Los pacientes han sido instruidos a que tomen neurolépticos toda su vida, y se les ha dicho que no conlleva riesgos. A su vez, al público se le ha dicho que la “milagrosa” droga ha vaciado los hospitales y que millones de pacientes han vuelto a tener vidas normales.

La realidad. En 1973 el psiquiatra George Crane se ganó la atención de la comunidad médica al revelar que muchos, si no es que casi todos los pacientes que toman neurolépticos por largos períodos, desarrollan un trastorno neurológico esencialmente irreversible e intratable: la disquinesia tardía. Aún en sus formas más leves esta enfermedad desfigura al que la padece con movimientos involuntarios de la cara, boca o lengua. Es común que los pacientes hagan muecas pareciendo locos, minando así su credibilidad ante la gente. En los casos más severos los pacientes quedan incapacitados por sacudidas, espasmos y otros movimientos anormales de algún grupo muscular del cuello, hombros, espalda, brazos, piernas, manos o pies; los músculos de la respiración y del habla también pueden deshabilitarse. En los peores casos los pacientes se revuelcan continuamente.

Desde los años cincuenta, antes del importante artículo de Crane, algunos médicos ya habían advertido los efectos parkinsonianos de la clorpromacina. Lo que estos síntomas indican es que algo horrible debió haber sucedido en los centros del cerebro que controlan el movimiento; tanto así que, aunque se retire la droga, los movimientos involuntarios continúan en el paciente que los ha consumido.

Los porcentajes de disquinesia tardía son astronómicos. El cálculo más reciente de la Asociación Psiquiátrica Americana indica un porcentaje del cinco por ciento al año, de manera que el quince por ciento de pacientes desarrollan la enfermedad dentro de sólo tres años […]. Se han descubierto otros trastornos neurológicos relacionados y variantes de la disquinesia tardía. La acatisia tardía es la atosigante sensación de tensión interna y ansiedad, y la compulsión de mover el cuerpo. En el caso extremo el individuo sufre de una tortura interna y no puede permanecer quieto. La acatisia tardía se presenta generalmente en los niños que han sido tratados para la “hiperactividad”. Es irónico y trágico que estos niños hayan sido sometidos a una tortura interna permanente.

Como he dicho, esto último fue lo que Amara y mi madre me hicieron.

La distonía tardía involucra espasmos musculares comunes en la cara, cuello y hombros; y también puede ser desfigurante, minusvalidante y agonizante. No hay estudios apropiados sobre el número total de pacientes afligidos con disquinesia tardía. Probablemente hay un millón o más de pacientes con este achaque en Estados Unidos y decenas de millones más alrededor del mundo desde el surgimiento del tratamiento con neurolépticos. A pesar de esta tragedia, los psiquiatras son reticentes de advertirles a sus pacientes o a sus familiares sobre estos riesgos, y es común que no les digan que están sufriendo de disquinesia tardía aún cuando los síntomas son flagrantes.

Como dije en la carta a mis padres publicada al principio de este libro, cuando me enchuequé grotescamente el médico-brujo Amara no me informó que era resultado de la droga que, a hurtadillas, me ponían.

En 1983 publiqué el primer análisis detallado sobre la vulnerabilidad de los niños ante una forma particularmente nociva de disquinesia tardía que ataca los músculos del tronco, haciendo difícil que los niños se levanten o caminen. Esto es ahora un hecho establecido. En el mismo libro médico presenté el primer estudio que mostró que casi todos los pacientes con disquinesia tardía también padecen signos de demencia: una pérdida irreversible de las más altas funciones cerebrales o mentales. Es inevitable que esto ocurra. Los ganglios basales, que se encuentran afectados por la disquinesia tardía, están profusamente interconectados con los principales centros del cerebro, de manera que su disfunción conduce casi inevitablemente a disturbios en el proceso cognitivo. Desde que hice estas observaciones una multitud de estudios ha confirmado que, a largo plazo, el uso de neurolépticos está relacionado tanto con el deterioro cognitivo como con la atrofia cerebral. Los defensores de las drogas alegan algunas veces que este deterioro mental y neurológico es causado por la “esquizofrenia” misma. Pero su posición es insostenible. Más de cien años de autopsias a pacientes etiquetados de “esquizofrénicos” han fallado en detectar este deterioro que sólo apareció desde el reciente uso de neurolépticos.

Este último es un argumento favorito entre siquiatras y neurólogos. Por ejemplo, en la mencionada discusión con Miguel Pérez de la Mora, éste rebatió mi argumento que la siquiatría no presenta marcadores biológicos arguyendo que sí se han encontrado algunos: los ventrículos cerebrales agrandados de los esquizofrénicos. No pudo sorprenderme más el hecho que Pérez de la Mora ignorara que ese estudio se hizo en un pequeño grupo no representativo de “esquizofrénicos” crónicos, y que además hay una enorme cantidad de gente sin diagnóstico de esquizofrenia que tiene ventrículos agrandados. Pérez de la Mora pareció ignorar también que en algunos casos la atrofia cerebral se debe precisamente al uso de neurolépticos. En otros casos, nada prueban esas diferencias dado que se han hallado mermas en niños seriamente traumatizados, como ampliaciones ventriculares y asimetría cerebral invertida, lo que presenta el viejo debate: ¿innato o adquirido? (qué fue primero el huevo o la gallina). Además de experimentar en el área de fisiología cerebral en un laboratorio universitario, Pérez de la Mora dirige la revista Ciencia. Sorprende que el director de una de las revistas más prestigiosas de divulgación científica en México ignore la verdadera causa del daño en los cerebros de quienes consumen neurolépticos. ¡Sin ser médico yo tenía mayor información de este dato que un neurólogo experimental! En las universidades la propaganda en pro de la biosiquiatría es tal que mantiene en la ignorancia no sólo a los estudiantes, sino a los profesores sobre el hecho que, como nos dice Breggin, un siglo de autopsias a “esquizofrénicos” fallaron en detectar la atrofia cerebral y otros daños en el tálamo, el ganglio basal, así como un encogimiento de los lóbulos frontales que sólo aparecieron desde el indiscriminado uso de neurolépticos en los años cincuenta. Continúa Breggin:

Por increíble que parezca, este breve artículo trata sólo de algunos trastornos asociados con estas drogas, dejando de lado el vasto número de otras reacciones secundarias potenciales. Por ejemplo, en un pequeño porcentaje de pacientes la reacción al neuroléptico se sale de control produciendo el síndrome neuroléptico maligno. Este trastorno es indistinguible de inflamaciones cerebrales como la encefalitis letárgica y puede ser fatal. Dado que estas son drogas en extremo peligrosas ¿qué decir de sus ventajas? ¿Cómo funcionan? Es bien sabido que suprimen la neurotrasmisión de dopamina en el cerebro, perjudicando la función de los ganglios basales, el sistema límbico de regulación de emociones y los lóbulos frontales, perjudicando indirectamente el sistema de activación reticular también. El impacto general es lobotomía química —literalmente, pues la función del lóbulo frontal queda suprimida. El paciente se de-energetiza o de-enerva. La voluntad o volición es aplastada, induciendo una conducta dócil y pasiva. Así, el paciente se queja menos y se vuelve manejable. A pesar de los alegatos psiquiátricos de que esta droga cura los síntomas, estudios clínicos múltiples muestran un efecto de aplanamiento psíquico no específico.

Esto no puede sino recordarme las ya citadas palabras de Giovanna a mí y a Luisa sobre nuestra compañera de grupo en la terapia Amara: “Claudia está muy aplatanada.”

No existen investigaciones sustanciales que prueben que los neurolépticos produzcan un efecto específico sobre síntomas psicóticos como alucinaciones o pensamientos ilusorios. Al contrario, éstos son resistentes a las drogas. Los neurolépticos sólo suprimen la agresión, la rebeldía y la espontaneidad en general. Por esta razón son tan efectivos cuando de control social se trata: como sucede en hospitales mentales, asilos, prisiones, instituciones para retardados o desajustados; en clínicas públicas y privadas para niños, así como en prisiones políticas rusas y cubanas. Este difundido uso de control social es de tal variedad de gente e instituciones que la afirmación que esta droga es específica para la “esquizofrenia” nos parece ridícula. Incluso en veterinaria se usa para doblegar la voluntad de los animales. Cuando a uno de nuestros perros se le dio un neuroléptico para controlar su sobreexcitación durante un viaje automovilístico, nuestra hija comentó: “Por primera vez en su vida se está comportando”.

El hecho que se usen neurolépticos para amansar animales desacredita a tal grado la afirmación que estas drogas tienen un efecto “antipsicótico” específico que a los estudiantes de medicina se les oculta este dato veterinario.[3] Pero los siquiatras no sólo no informan, sino que desinforman a los estudiantes y a los medios de comunicación. Pondré sólo un ejemplo de una de las mentiras que más vocean al público. En una declaración al periódico español El país en abril de 2003, Fernando Cañas, jefe del Servicio de Psiquiatría del Hospital Psiquiátrico de Madrid, aseveró que el uso de neurolépticos “no pretende modificar conductas mediante drogas, sino corregir las alteraciones neuroquímicas que se producen en su cerebro y que causan la enfermedad”.[4]

La realidad es lo diametralmente opuesto: cuando los neurolépticos se utilizan en cárceles, manicomios y para doblegar la voluntad de animales el fin es modificar conductas. Esto nada tiene que ver en lo absoluto con “corregir” las alteraciones neuroquímicas de los presos y de los animales. De hecho, a cualquier conducta de un individuo que nos disguste, por ejemplo la de un disidente político, podemos controlarla incapacitando con neurolépticos a los lóbulos que le permite idear sus pensamientos políticos. Pondré un ejemplo de la vida real. A principios de 2002 hospitalizaron a mi madrina debido a una grave infección en el riñón. Una noche que fui a cuidarla al Hospital del Seguro Social en la avenida Xola de la Ciudad de México me horroricé al ver en el expediente que los médicos le administraban haloperidol: uno de los neurolépticos más populares del mundo. En México los hospitales del Seguro Social son para las clases no acomodadas. De este hecho deduje que, como una enfermera tenía la obligación de cuidar a varias pacientes ancianas a lo largo de la noche, les resultaba muy cómodo a los médicos mantenerlas sedadas con la peligrosa droga. Así que eso de “corregir las alteraciones bioquímicas del cerebro” es un embuste: mi madrina sólo sufría de una condición en el riñón.

Sigamos citando al doctor Breggin:

Pero ¿no es la “esquizofrenia” bioquímica o genética? En realidad, no existe evidencia convincente de que la “esquizofrenia” sea un trastorno bioquímico. Aunque existen un sinnúmero de conjeturas acerca de los radicales bioquímicos, los únicos radicales que conocemos en los cerebros de los pacientes mentales son los producidos por estas drogas. Asimismo, no existe evidencia sustancial de una base genética de la “esquizofrenia”. De hecho, el muy citado estudio escandinavo confirma un factor ambiental y descalifica el genético. Estas conclusiones parecerán increíbles para aquellos que han sido bombardeados con propaganda psiquiátrica, y sólo puedo albergar la esperanza que lean la literatura pertinente sobre el tema y Toxic psychiatry [un libro de Breggin]. Pero incluso suponiendo que la “esquizofrenia” sea una enfermedad cerebral, no tendría sentido dañar aún más a un cerebro con neurolépticos. Ahora bien, si los neurolépticos son tan peligrosos y tienen una utilidad tan limitada, y si las terapias psicosociales son relativamente eficaces, ¿por qué la profesión se encuentra tan consagrada a estos medicamentos? La respuesta es: para mantener el poder, prestigio e ingresos psiquiátricos. Lo que distingue a los psiquiatras de otros profesionales de salud mental, y de los no profesionales, es su poder de recetar drogas. Para competir con otros profesionales de salud mental la psiquiatría ha contraído nupcias con el modelo médico, incluyendo tanto las explicaciones biológicas y genéticas como los tratamientos físicos. No tiene alternativa: cualquier otra cosa que hiciera sería suicidio profesional […]. Cuando se quedaron atrás en la competencia económica con las terapias psicosociales, los psiquiatras formaron la Asociación Psiquiátrica Americana, que admite como “socios” a las compañías de drogas. La psiquiatría organizada se ha vuelto completamente dependiente del apoyo económico y de esta colaboración vergonzosa con la industria farmacéutica. De negar la efectividad de las drogas, o de admitir su peligrosidad, resultaría en inmensas pérdidas económicas desde el psiquiatra individual que se gana la vida recetando medicamentos hasta la Asociación Psiquiátrica Americana que se enriquece con los donativos de las compañías de drogas. Si los neurolépticos se usaran para tratar a cualquiera que no fuera paciente mental, habrían sido prohibidos hace tiempo. Si el uso de neurolépticos no fuera promovido por grupos poderosos, como la industria farmacéutica y la psiquiatría organizada, caerían prácticamente en desuso. Pero el caso es que los neurolépticos han ocasionado la peor epidemia de enfermedad neurológica en la historia. Su uso debiera, cuando menos, restringirse severamente.[5]

¿Se ve por qué caí en pánico ante el orwelliano Amara? Aunque de chico no había leído a Breggin su brutal amenaza de “bombardear mi cerebro” tuvo el efecto psicológico de algo como lo citado arriba. Los niños y los adolescentes no somos tontos. Nos damos cuenta cuando un adulto nos quiere hacer algo malo; y yo sentí las palabras del siquiatra como si la sociedad me estuviera declarando una gran guerra. Sentí que querían mermar lo más sagrado que tenía: la sede de mi inteligencia.

A principios de 1995 me encontré a Claudia acompañada por sus padres en el Museo Carrillo Gil en la Cuidad de México. Ya en sus treintas me dijo que apenas estaba estudiando la preparatoria en el sistema de enseñanza abierta. A veces me pregunto a cuántos jóvenes no habrá contribuido Amara a destruir. ¿A cuántos, por ejemplo, no habrá mandado a incapacitar con estos infames químicos de los que habla Breggin, administrados sin que los adolescentes se enteraran? Casos como el de Claudia e incontables otros alrededor del mundo —aproximadamente de 250 a 300 millones de personas se les han dado neurolépticos—, muestran por qué Jeffrey Masson quiere un juicio de Nuremberg para todo siquiatra que haya contribuido a arruinar una vida.

Amara y muchos otros merecen la horca.[6]

Referencias

[1] DSM-IV: Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales, pp. 83s.

[2] The corporation de Mark Achbar y Jennifer Abbot, un documental de 2003, entrevista a Noam Chomsky, Milton Friedman y muchos otros críticos del sistema.

[3] Breggin: Toxic psychiatry, p. 58.

[4] Fernando Cañas, citado en Mayka Sánchez: “Esquizofrenia: más marginados que peligrosos” en El país (8 abril 2003).

[5] Este artículo, “Should the use of neuroleptics be severely limited?” originalmente fue publicado en Stuart Kirk y Susan Einbinder (eds.): Controversial issues in mental health (Allyn & Bacon, 1993), y aparece en una página web del autor (www.breggin.com/ neuroleptics) que abrí en abril de 2000. Me tomé la libertad de eliminar las referencias bibliográficas dentro de la cita. Una lista de los escritos de profesionales sobre el daño que ocasionan los neurolépticos aparece en el artículo de Loren Mosher “The biopsychiatric model of ‘mental illness’: a critical overview” (www.moshersoteria.com).

[6] Masson hizo esas declaraciones en el talkshow Geraldo del 30 de noviembre de 1990.El dato de los millones de seres humanos a quienes se les han dado neurolépticos lo leí en Toxic psychiatry, p. 90.

Published in: on mayo 16, 2009 at 11:08 am  Comments (6)  

Los siquiatras le responden a Breggin

En 1976, el año en que mi madre me obligó a sicoanalizarme, la Organización Mundial de la Salud definió a la lobotomía como la destrucción de las vías neuronales que se hace con el fin de influenciar la conducta. Antes de que el doctor Breggin hiciera sus campañas en contra de drogar a niños y adolescentes ya había hecho campañas contra el electroshock y la lobotomía quirúrgica en Estados Unidos. He citado a Breggin en extenso. Citaré ahora a sus contradictores: colegas que no sólo han defendido el uso de neurolépticos, sino del electroshock e incluso de la lobotomía.

Maurice Dongier y Eric Wittkower, profesores de siquiatría en la Universidad McGill de Alberta, Canadá, editaron Divergent views in psychiatry (Puntos de vista divergentes en psiquiatría): un libro en el que interpusieron sus introducciones y comentarios al inicio y al final de los diversos artículos con puntos de vista opuestos. Citaré la respuesta de estos profesores al artículo de Breggin sobre el electroshock. No citaré lo que Breggin escribió en su artículo: lo que ahora me interesa mostrar es lo que piensan los siquiatras de esa práctica. Después de hacer mención del artículo de Breggin, Dongier y Wittkower comentaron:

Sin embargo, el trabajo coordinado de especialistas ha confirmado el uso del ECT [electroshock] como parte integral del armamento terapéutico para casos seleccionados (maníacos-depresivos deprimidos). No han encontrado demostrada su utilidad en la psiquiatría infantil, los trastornos del carácter, las llamadas depresiones reactivas y la esquizofrenia. Puede que en algunos años las nuevas quimioterapias [drogas siquiátricas] conduzcan a una valoración distinta. Pero por el momento la hipótesis del Dr. Breggin de la minusvalidación del cerebro [por medio del electroshock] se apoya en información menos convincente que aquella de una superior eficacia del ECT sobre las mejores drogas disponibles en el tratamiento de la depresión: una condición que atenta contra la vida.[1]

Llama la atención en el primer párrafo que estos profesores no tienen escrúpulos en aplicar electroshocks en el área que llaman “psiquiatría infantil”. Si lo evitan no es porque electrochocar a los niños les tiente el corazón, sino porque “no han encontrado demostrada su utilidad” en la población muy joven. Habría que ver qué quieren decir estos siquiatras con la palabra “utilidad”. Por otra parte ¿qué son exactamente los “trastornos de carácter” de los que hablan Dongier y Wittkower? ¿Algo análogo a la calumnia de su colega Amara? No olvidemos que por haber osado huir de mis abusivos padres y de la escuela opresiva a la que me metieron, ese siquiatra me calumnió diciendo que yo tenía un “carácter esquizoide”.

Pero el segundo párrafo de Dongier y Wittkower es aún más interesante. No responde a la crítica que había hecho Breggin. En su artículo y en su libro sobre el electroshock, Breggin no se enfoca en el alegato que esta práctica “vuelve a la realidad” a quienes se sienten deprimidos. Un martillazo en la cabeza haría olvidarnos momentáneamente de nuestras penas a cualquiera de nosotros. Más bien Breggin nos expone los daños, desde el punto de vista médico, que semejante práctica ocasiona en los cerebros sanos de quienes han sido tratados con electroshocks.

Por otra parte, es nuevahabla lo que Dongier y Wittkower dicen del tratamiento de la “depresión” y de los “maníacos-depresivos deprimidos”. El aspecto más obvio de la profesión, algo que la distingue de la praxis médica real, es que la siquiatría es única entre las especialidades médicas en tanto que los “pacientes” no quieren ser pacientes: ruegan que no se les imponga ese rol ni que se les “trate” con electroshock. La expresión de Dongier y Wittkower “depresión: una condición que atenta contra la vida” es nuevahabla engañosa porque implica que si Hamlet se siente miserable y acaricia la idea de tirarse desde su castillo no es un agente libre y moral. Es un cuerpo sin juicio propio que padece de la enfermedad biomédica depresión cuyo “síntoma” es no querer seguir viviendo con un tío usurpador. Como he dicho, el biorreduccionismo es el absurdo cognitivo de reducir una persona a su cuerpo; es la ideología radical que nos quiere hacer creer, por ejemplo, que el suicidio se debe a los neurotrasmisores. Desde esta perspectiva la “condición” de Hamlet, la palabra médica que usan Dongier y Wittkower, y no la voluntad de Hamlet, es lo que “atenta contra la vida” de Hamlet mismo.

Como he dicho, reducir las humanidades, como una tragedia shakesperiana, a la ciencia, es tan absurdo como reducir las ciencias a las humanidades. Los siquiatras biorreduccionistas entienden al ser humano como un autómata que no sabe lo que hace y cuya decisión de abandonarnos es una patología que, por definición, debe tratarse como cualquier otra enfermedad. Por eso los siquiatras nunca citan en sus textos lo que dicen los Hamlet de la vida real, quienes nos cuentan las tragedias que los orillaron a la desesperación y, a algunos, a ideaciones suicidas (“To be or not to be, that is the question — Whether ‘tis nobler in the mind to suffer The slings and arrows of outrageous fortune, Or to take arms against a sea of troubles, And by opposing, end them. To die, to sleep —”). Partiendo de esta premisa mecanicista que niega no sólo la libertad del individuo sino la existencia misma de una voluntad activa, Dongier y Wittkower subrayan que el ECT es de mayor “eficacia” que las drogas disponibles en el “tratamiento” de la “depresión”.

¡Cada palabra es una trampa semántica! Dongier y Wittkower no dijeron nada sobre la elemental distinción entre un problema existencial, incluyendo el derecho de un Hamlet a sentirse mal por “la airada fortuna a las saetas” (“depresión” para Dongier y Wittkower) y la enfermedad en sentido biológico. De hecho, dado que el electroshock es involuntario estos siquiatras tratan a la desesperación e ideación suicida del adulto exactamente como si fuera una caries de un niño al que amarran para taladrarle la muela en el dentista, como solía hacerse en otros tiempos. Dongier y Wittkower tampoco dijeron nada de lo que Breggin trataba de mostrarles en su artículo: el daño que produce el martillazo al cerebro conocido como ECT. Evadieron el tema y contestaron simplemente que el procedimiento es “eficaz” para controlar la conducta de la persona deprimida que quieren controlar.

En realidad, el electroshock es eficaz para cualquier conducta que quisiéramos controlar. Por ejemplo, si la gente que ha sido electrochocada por siquiatras pudiera tratar a sus atormentadores, y aún electrochocarlos, después de algunas sesiones de tratamiento estos siquiatras quedarían tan mansos y olvidadizos que ya no querrían ser agentes del sistema. Sus conductas siquiátricas represivas estarían tan controladas como las conductas de los deprimidos y potenciales suicidas. Este hipotético escenario puede verse en la película mexicana El lugar de todos tan temido, donde los internos de un siquiátrico se sublevan, toman el poder en la institución y electrochocan a los médicos.

Detrás de la frase de Dongier y Wittkower se oculta un principio que nada tiene que ver con la ciencia médica. Este principio tácito podría enunciarse así: “Nadie tiene derecho a sentirse miserable o a quitarse la vida, ni siquiera quien haya sufrido una tragedia”. El principio es presentado no como un juicio moral, sino como un problema de salud (“la depresión: una condición que atenta contra la vida”). Así, el libre albedrío del ser humano es eclipsado por el lenguaje de la medicina. A partir de este principio, a Dongier y Wittkower les importa un rábano los señalamientos de Breggin sobre el daño que el electroshock pudiera causar en el cerebro humano de los melancólicos. A estos médicos no los mueve el juramento hipocrático (“En primer lugar no hagas daño”) sino el afán de control de conductas.

En teoría, las conductas que algunos consideran indeseables no debieran caer en la jurisdicción de un profesional del cuerpo humano (¿no dice el dicho “Zapatero: a tus zapatos”?). Pero la manera como Dongier y Wittkower le responden a Breggin sobre otro de sus artículos en Divergent views in psychiatry, que trata de la “psicocirugía”, popularmente conocida como lobotomía, es muy similar a lo que dijeron del electroshock. Después de conceder que esta operación radical se ha aplicado en cerebros sanos, Dongier y Wittkower afirmaron:

En ese sentido los argumentos del doctor Breggin se encuentran justificados y la mala publicidad que [Breggin] le ha dado a la psicocirugía le ha ayudado a la psiquiatría. Sin embargo, hay mucho lugar para desacuerdos respecto a su explicación universal de los efectos de la psicocirugía, como su hipótesis “discapacitante del cerebro”, y parece ignorar el hecho que la ansiedad crónica o la depresión pueden ser más destructivas para un ser humano que la mayoría de las intervenciones psicoquirúrgicas contemporáneas. El doctor Pierre Flor-Henry, un psiquiatra y neurofisiólogo clínico, presenta un estudio erudito sobre información reciente a favor de la continuación de la psicocirugía.[2]

El mismo no responder al tema de Breggin (el daño cerebral que causa el electroshock y la lobotomía). El mismo despotismo oculto. “Si te sientes con la moral en los suelos y quieres suicidarte, te electrochocamos. O te cortamos el cerebro. Así de simple”. Estas hipotéticas palabras le quitan lo tácito y lo oculto a la praxis siquiátrica sobre la depresión profunda y la ideación suicida.

Contra el protocolo que, como editores, Dongier y Wittkower habrían debido de guardar, éstos le concedieron a Pierre Flor-Henry, el opositor de Breggin en el libro, la ventaja de poner un asterisco con nota al pié de página dentro del mismo artículo de Breggin. En su nota, aunque Flor-Henry elogió la labor crítica de Breggin sobre la lobotomía, le llamó “dramáticos eslóganes y de falsas apariencias” a las palabras con las que Breggin concluyó su artículo. Las palabras finales de Breggin fueron: “En suma, no creo que la mutilación del cerebro sea jamás una vía ética para resolver los problemas humanos”. Por supuesto, tanto Flor-Henry como los editores no ven ningún problema ético en el hecho de cortar cerebros sanos. Su procedimiento es sólo el quehacer médico que se hace son fines de salud. La tarea del siquiatra es neutral y sus criterios son desapasionados y objetivos. Son tan objetivos que el hecho que las operaciones afecten el intelecto del sujeto se considera irrelevante. Después de publicar los dos artículos antagónicos, Dongier y Wittkower comentaron favorablemente el artículo de Flor-Henry en pro de la lobotomía. Luego añadieron:

El declive de la psicocirugía en los años cincuenta tuvo que ver en particular con el desarrollo de la psicofarmacología. Llevó más de una década comprender que los neurolépticos no eran tan inocuos como se creía inicialmente: la frecuencia de reacciones secundarias como las disquinesias tardías han demostrado ahora que el daño neuronal permanente puede ocurrir, cuando menos, en algunas áreas. Está de por verse si es más fácil minimizar los efectos adversos mediante estimular o producir lesiones solamente en una pequeña área del tejido cerebral [como se hace con la psicocirugía], o revisar cuidadosamente el impacto mucho más difuso de las drogas en varias áreas cerebrales. Debido a su drástico carácter, el tópico de la psicocirugía ha provocado una inquietud considerable en el público. Actualmente los peligros del abuso de esta terapia podrían ser menores que los riesgos del abuso de la quimioterapia [neurolépticos].[3]

Estos párrafos son importantes. En primer lugar, Dongier y Wittkower reconocen que, en ciertos casos, los neurolépticos pueden ser más nocivos que la lobotomía. El mismo lobotomista Walter Freeman, a quien he mencionado en más de una ocasión, fue otro de los siquiatras francos que solía referirse al efecto del neuroléptico como “lobotomía química”.[4] Irónicamente, este pasaje de Dongier y Wittkower vindica al doctor Breggin, quien, desde que se publicó el libro de sus editores críticos, se ha dedicado a denunciar por todos los medios a su alcance los daños que causan los psicofármacos. A Breggin le duele especialmente la moda norteamericana de drogar a la población muy joven con estas peligrosas drogas. Cabe señalar que las palabras francas de los editores citadas arriba aparecen precisamente en la última y conclusiva página del libro. También al final de su libro Dongier y Wittkower hicieron un interesante comentario. Estos profesores canadienses dicen que “la Asociación Psiquiátrica Americana se opone a la psicocirugía en los niños debido a información insustancial”.[5] Es decir, si no fuera porque la APA se opone a la práctica, Dongier y Wittkower aprobarían la lobotomía de los niños. Su postura, claro está, tiene antecedentes en las lobotomías infantiles que realizaban Walter Freeman y James Watts, mencionadas en la primera parte.

Divergent views in psychiatry fue publicado en 1981 cuando la lobotomía era más popular en Inglaterra: país cuya siquiatría es imitada en el Canadá. Pero en el siglo XXI hay una manera mucho más sutil de atentar contra el cerebro de los hijos que han caído de la gracia de sus padres, como veremos a continuación.

Referencias

[1] Maurice Dongier and Eric Wittkower (eds.): Divergent views in psychiatry (Harper & Row, 1981), p. 277.

[2] Ibídem, p. 279.

[3] Ibídem, p. 328.

[4] Walter Freeman, citado en Valenstein: Blaming the brain, p. 26.

[5] Dongier and Wittkower: Divergent views in psychiatry, p. 327.

Published in: on mayo 16, 2009 at 10:48 am  Comments (5)  

La carta de un siquiatra de buen corazón

EN UN lugar de internet aparece la foto de Justin, un niño de unos cuatro años de edad con expresión de súplica, y dice:

Conoce a Justin: un niño con una enfermedad mental. Justin fue diagnosticado con el trastorno obsesivo compulsivo que le hacía difícil tener éxito en la escuela. Actualmente la medicación le ayuda a Justin a ir a las clases con sus compañeros y a evitar la conducta incontrolable que tenía con anterioridad.[1]

Al final de “Padres abusivos y siquiatras” había mencionado a una organización de padres de familia que se autonombra Alianza Nacional para Enfermos Mentales (NAMI por sus siglas en inglés). Esta organización publicó la página web sobre Justin. Aunque hay otras organizaciones norteamericanas más antiguas que NAMI como NMHA, o más grandes como CHADD (ambas por sus siglas en inglés), he escogido hablar de NAMI porque ejemplifica mejor la asociación delictuosa entre padres abusivos y siquiatras. Como el eje de este libro es esa asociación, es pertinente ahondar un poco más sobre esta organización de padres que, con la ayuda de siquiatras, ha etiquetado, drogado y hospitalizado a incontables niños y adolescentes durante conflictos familiares. Últimamente NAMI ha cobrado tal poder en la sociedad norteamericana que me siento obligado a hablar de lo que le está haciendo a pequeños como Justin, aunque tenga que hacer estómago para enfrentar la mayor sarta de mentiras siquiátricas y propaganda novohablística que conozco. Citaré otras páginas del lujoso cibersitio de esta organización. Leamos con atención las mentiras de NAMI. La siguiente es una de sus reseñas de libros, It’s nobody’s fault (No es culpa de nadie) de Harold Koplewicz, un siquiatra de niños y adolescentes en un centro médico de Nueva York:

It’s nobody’s fault no pudo haberse escrito hace veinticinco años. El libro refleja el monumental cambio que ha tenido lugar en el entendimiento de todas las enfermedades mentales: que son trastornos cerebrales, disturbios en la química cerebral y que no es culpa de nadie. Esta obra trata sobre trastornos cerebrales serios en niños y adolescentes […]. Los padres de familia no pueden perderse de leer el libro de Koplewicz. Es indispensable para aquellos que sienten culpa o remordimientos acerca del trastorno cerebral de un hijo.[2]

Las palabras del reseñador resuenan a aquellas palabras de las que hablaba al final de la primera parte a raíz de una confesión de mi hermano. Ahora me resulta evidente que este tipo de infames calumnias hacia los hijos de familia es un lugar común en la profesión (declarar que el cerebro de un miembro de la familia está enfermo sin ningún tipo de pruebas físicas es obvia difamación). Al igual que Amara, NAMI no habla de verdaderas enfermedades cerebrales como epilepsia, embolias o cisticercosis cerebral sino de las inventadas por los siquiatras. La lista de NAMI incluye: “esquizofrenia, trastorno bipolar o enfermedad maníaco depresiva, depresión severa, trastorno obsesivo-compulsivo [la etiqueta al pequeño Justin] y severos trastornos de ansiedad”.[3] Como entidades somáticas, estas enfermedades son tan quiméricas como drapetomanía, distesia etiópica, ninfomanía, cleptomanía e insanía moral para la mentalidad siquiátrica de otros tiempos (de las que hablé en la primera parte). En “Cosas que usted debe saber sobre NAMI” esta organización declara quiénes son el blanco de estas etiquetas: “Lo más frecuente es que las enfermedades mentales severas se diagnostiquen en gente joven entre dieciséis y veinticinco años”.[4] Más extraordinaria es la agenda de esta organización de padres de familia hacia sus hijos:

META: NAMI será reconocida como la fuente primaria de información y referencia sobre todos los aspectos de las enfermedades mentales. El público general entenderá que las enfermedades mentales no son culpa de nadie; están basadas en lo biológico, son tratables y eventualmente podrán curarse.[5]

Una encuesta que NAMI hizo a novecientos padres a finales del siglo es ilustrativa. Mostró que más de la mitad de los padres encuestados dijo que sus médicos generales no reconocían las enfermedades mentales que los encuestados creían ver en los hijos.[6] En otras palabras, según NAMI son los padres, no los médicos, quienes pueden diagnosticar enfermedades biomédicas. Esto es lo que en la primera parte decía Jeffrey Masson del hijo identificado por sus padres. Un siquiatra de alto rango implicaba que los padres no erraban al hacer diagnósticos caseros y hasta citaba revistas de siquiatría académica para fundamentarlo. Los padres de NAMI también usan la palabra “identificado” aludiendo a alguno de sus hijos. La obcecación de NAMI es tal que incluso cuando escuchan la opinión de un médico humanitario de que los conflictos en el hogar pueden afectar al niño, proclaman la causa biológica de los mismos:

Los padres [de la mencionada encuesta] percibieron que la mayoría de los profesionales y servicios no están al corriente con las últimas investigaciones y tratamientos, y que usan viejas teorías como culpar a los padres del trastorno de su hijo. “Llevé a mi hijo al siquiatra y dijo que si nosotros, los padres, dejábamos de pelear, mi hijo estaría bien; que era nuestra culpa”.[7]

NAMI cita estas palabras como prueba de que el siquiatra humanitario no estaba al tanto del último grito de moda en el reduccionismo biológico, descartando la posibilidad de que estas peleas entre papá y mamá pudieran afectar al niño. La siguiente es una cita sobre otros padres:

La mayor dificultad con que nos topamos cuando nuestra hija comenzó a manifestar problemas cuando tenía cinco años fue convencer a los “profesionales” que ella realmente tenía una enfermedad biológica no causada por malos tratos o mala crianza.[8]

¿Habrá otro grupo que se atreva airar a los cuatro vientos que los padres saben más de síntomas biomédicos que los médicos? Además de estos médicos humanitarios, es revelador que algunas personas que conocen a los padres encuestados tienen la impresión de que éstos pudieran tener algo que ver con el estado mental de sus hijos. Esto se desprende de la misma información de la encuesta de NAMI. A la afirmación “Siento que otros me culpan frecuentemente de la condición de mi hijo” el 29 por ciento de los encuestados marcó el apartado “Estoy completamente de acuerdo”, el 21 por ciento “Estoy de acuerdo” y el 20 por ciento “Quizá estoy de acuerdo”. Es decir, el 70 por ciento de la gente que conoce a estos padres pueden sospechar una etiología parental del problema. No obstante, nada le molesta más a NAMI que “la injusticia de culpar directamente a los padres”.[9] NAMI dice que las enfermedades mentales afectan “a una entre cinco familias” y “alrededor del 20 por ciento de niños y adolescentes”, y que “se calcula que 7.5 millones de niños [en Estados Unidos], 12 por ciento menores de dieciocho años, tienen trastornos mentales”.[10] Es divertido observar que esta última cifra contradice a la citada anteriormente. Laurie Flynn, una directora de NAMI en los 1990, dijo además que “más de los dos millones de americanos que padecen esquizofrenia actualmente reciben tratamientos por debajo de la norma”.[11] Como han señalado algunos críticos de esta organización de padres de familia “preocupados”, NAMI no sólo inventa enfermedades: también inventa epidemias. Son los padres controladores que se subscriben a NAMI los que hacen perfecta mancuerna con siquiatras tipo Amara para drogar involuntariamente a uno de sus hijos, por más cuerdo que esté.

Aunque parezca increíble, una organización que ve epidemias quiméricas en la población muy joven ha influido la política americana. El 7 de junio de 1999 se convocó la primera conferencia de salud mental en la Casa Blanca donde hablaron el presidente Bill Clinton y Harold Koplewicz, autor del libro que NAMI reseñó arriba. En la conferencia Koplewicz tuvo el descaro de decir que los traumas, por más serios que sean, no causan perturbaciones emocionales en los niños y adolescentes. La primera dama, Hillary Clinton, estuvo de acuerdo y propuso un plan federal para forzar a los hijos a tomar drogas siquiátricas contra su voluntad con el apoyo de jueces locales y trabajadores sociales sin necesidad de internarlos.[12] La conferencia de la Casa Blanca fue realizada por influencia de Tipper Gore, la esposa del vicepresidente: una ciega creyente en NAMI.

¿Cómo fue posible que NAMI haya obtenido tal poder en la sociedad americana? Según la revista Mother Jones, de 1996 a 1999 dieciocho firmas que manufacturan drogas siquiátricas le donaron casi doce millones de dólares a NAMI: Janssen ($2.08 millones), Novartis ($1.87 millones), Pfizer ($1.3 millones), Abbot Laboratories ($1.24 millones), Wyeth-Ayerst ($658,000), Bristol-Myers Squibb ($613,000) y Eli Lilly, que entre otros psicofármacos manufactura el antidepresivo Prozac y el neuroléptico Zyprexa ($2.87 millones).[13] Muestra más clara de una confabulación entre padres intolerantes (NAMI), siquiatras, el libre mercado y el gobierno mismo es difícil de hallar. Pero ¿por qué la profesión médica se presta a este juego?

De los tres mil millones de dólares de ganancias que recibieron los siquiátricos estadounidenses en 1989, sólo el encarcelar a los niños y adolescentes proporcionó más de mil millones: la tercera parte. En ese año más del 30 por ciento del encarcelamiento de niños y adolescentes se basaba en etiquetas siquiátricas como “trastorno negativista desafiante”, “trastorno de conducta” y “trastorno por ajuste en adolescentes”. En tiempos recientes más de 300,000 adolescentes y pre-adolescentes fueron internados temporalmente cada año en Estados Unidos.[14] Esto se debe a que en su sección de “Infancia, niñez y adolescencia” en los últimas decenios la Asociación Psiquiátrica Americana ha agregado nuevas conductas a su manual DSM. Así que la causa de este movimiento social es el lucro. La cantidad de padres que no se percatan que al vapulear a uno de sus hijos le ocasionarán graves problemas emocionales (confiérase mi libro anterior) es legión. Por lo mismo, este tipo de padres representan un mercado gigantesco para que el consorcio de siquiatras y multinacionales farmacéuticas los embauque en drogar al niño. Culpar a la biología del niño maltratado hace que los padres jamás tomen conciencia de lo que le hicieron. Drogarlo con neurolépticos es la solución final para silenciar las quejas y los estragos emocionales que ellos mismos causaron. Debe recordarse en este punto que un reporte de 2001 evaluó al mercado de neurolépticos en cinco mil millones de dólares al año.

La existencia de NAMI y de otras organizaciones similares en pleno siglo XXI hace que comprenda mucho mejor lo sucedido con mis padres y un siquiatra hace ya tantos años; y exhibe a la siquiatría como lo que ha sido y será hasta su abolición: una profesión compuesta de seudocientíficos mercenarios que abogan por los intereses de la gente pudiente. Las metas de NAMI (“La voz de la nación sobre enfermedades mentales” reza su logotipo) de controlar, estigmatizar y drogar a sus hijos rebeldes son tan abiertas y descaradas que debo continuar citándolas:

Metas políticas de NAMI: Un incremento del financiamiento federal y la investigación de proyectos de ley para la Casa de Representantes y el Senado teniendo como blanco a niños […]. Una gran participación de siquiatras entrenados en siquiatría infantil y adolescente para diagnósticos y tratamientos, incluyendo el tratamiento en residencias [hospitalización involuntaria]. Identificar al menos tres barreras del gobierno federal que obstaculicen el tratamiento de niños con serias enfermedades mentales, con el fin de apelar a las autoridades federales correspondientes y del Congreso para hacer algo sobre tales barreras.[15]

La mentira que más repite NAMI fue la misma mentira de Amara: que estos chicos tienen “trastornos biológicos del cerebro”. Esto me recuerda que en tiempos de Stalin no había discurso o desplegado oficial de la prensa rusa en que no se mintiera sobre alguna estadística de propaganda o asunto social. Pero sigamos escuchando a los americanos:

NAMI cree que los niños y adolescentes con trastornos cerebrales tienen derecho a prosperar en medios propicios de crianza; que todos los niños y adolescentes con trastornos cerebrales merecen diagnósticos tempranos y tratamientos adecuados.[16]

Orwell no podría haberlo dicho mejor en nuevahabla. Si NAMI llegara a realizar sus distópicas metas, la imagen que me llega es la de un sujeto pisando con dos botas la cara de su hijo y mirando hacia abajo en nombre de su crianza, diagnóstico y tratamiento. Orwell escribió: “Doce voces gritaban y todas eran iguales. No había duda de la transformación ocurrida en las caras de los cerdos. Los animales asombrados pasaron su mirada del cerdo al hombre y del hombre al cerdo, y nuevamente del cerdo al hombre; pero ya era imposible distinguir quién era uno y quién era el otro”.[17] Aunque creo que en este punto en especial exageró sin lugar a dudas, Szasz citó este pasaje de Rebelión en la granja en uno de sus libros porque teme que con el tiempo las diferencias entre lo que fue el Estado Comunista Soviético y lo que podría llegar a ser el Estado Terapéutico Americano sean indistinguibles.

Otra iluminadora cita es una carta de renuncia del conocido siquiatra Loren Mosher al presidente de la Asociación Psiquiátrica Americana, el doctor Rodrigo Muñoz fechada el 4 de diciembre de 1998:

Estimado Rod,

Después de casi tres décadas como miembro, con una mezcla de placer y desencanto presento esta carta de renuncia a la Asociación Psiquiátrica Americana. La razón principal es mi creencia de que en realidad estoy renunciando a la Asociación Psicofarmacológica Americana. Afortunadamente, la verdadera identidad de la organización no requiere de un cambio de siglas [APA].

Este no es un grupo para mí. A mi parecer, en este momento de la historia, la siquiatría ha sido casi completamente comprada por las compañías de drogas. La APA no podría continuar sin el apoyo de las compañías farmacéuticas […].

Ya no buscamos entender a las personas enteras en sus contextos sociales. Más bien, intentamos realinear los neurotrasmisores de nuestros pacientes. El problema es que es muy difícil tener una relación con un neurotrasmisor, cualquiera que sea su configuración.

Así, nuestra organización provee un móvil, con su visión túnel neurobiológica, para mantenernos a distancia de los conglomerados moleculares que hemos definido como pacientes […]. Me entristece que después de treinta y cinco años como siquiatra ahora deseo distanciarme de la organización. De ninguna manera esta organización representa mis intereses. No puedo estar involucrado en el actual modelo biomédico y reduccionista proclamado por el liderazgo siquiátrico como un matrimonio con la medicina somática. Esta es una cuestión de moda, política y, como la conexión con la firma farmacéutica, de dinero.

Además, la APA se ha aliado vergonzosamente con NAMI —no recuerdo que a los miembros se nos haya preguntado si apoyábamos a tal organización—, de manera que las dos organizaciones han adoptado creencias públicas similares sobre la naturaleza de la locura. Mientras que profesan defender a sus clientes, la APA está apoyando a quienes no lo son —los padres— en sus deseos de controlar, vía la subordinación legalmente implementada, a sus hijos locos/malos. Con el tácito apoyo de la APA, NAMI ha emprendido un programa pro neurolépticos y de un fácil internamiento a siquiátricos que viola los derechos civiles de los hijos; y la mayoría de nosotros nos mantenemos al margen y permitimos que este programa fascista siga adelante […].

Este matrimonio por conveniencia entre la APA, NAMI y las compañías de drogas —quienes apoyan a ambos grupos por su posición común en pro de las drogas— es una abominación. No quiero parte alguna en una siquiatría de opresión y control social […].

Por último ¿por qué debemos en la APA decir que sabemos más de lo que sabemos? El DSM-IV es una invención bajo la cual la siquiatría busca la aceptación general de la medicina. Los insiders sabemos que es un documento más político que científico […]. El punto central es ¿qué nos dicen las categorías? ¿Representan en realidad a la persona con un problema? No, ni lo pueden hacer porque no existen criterios externos de validación para los diagnósticos siquiátricos. No hay pruebas de sangre ni lesiones anatómicas específicas para ninguno de los principales trastornos siquiátricos. ¿Así que qué estamos haciendo? La APA es una organización que implícitamente, y algunas veces también explícitamente, ha caído en un fraude teórico […].

Hemos olvidado un principio básico, tener como causa la satisfacción del paciente/cliente/consumidor. Cómo recuerdo la sabiduría de Manfred Bleuler: “Loren, nunca debes olvidar que eres el empleado de tu paciente”. Al final, ellos determinarán si la siquiatría sobrevive en el mundo mercantil.

Atentamente,

Dr. Loren R. Mosher.

Esta confesión de un apóstata de la siquiatría biologicista muestra que hay gente buena en todos lados, incluso en esa profesión.

Referencias

[1] nami.org. Abrí estas páginas NAMI que estaré citando el año 2000, las cuales cambiaron de dirección ahora que intenté abrirlas nueve años después. Afortunadamente, poseo los impresos de todas las páginas que cito.

[2] Ibídem. Esa página tenía de título “Reseñas NAMI de libros”. En Reclaiming your children: a healing plan for a nation in crisis (Perseus, 2000), páginas 22ss. Peter Breggin rebate lo que Koplewicz dice en el libro reseñado.

[3] Véase nota 58.

[4] Ibídem.

[5] Ibídem.

[6] Ibídem.

[7] Ibídem.

[8] Ibídem.

[9] Ibídem.

[10] Ibídem.

[11] Ibídem.

[12] La información sobre lo dicho en la conferencia de la Casa Blanca proviene de Breggin: Reclaiming our children, chapter 2.

[13] Citado en Richard Gosden y Sharon Beder: “Pharmaceutical industry agenda setting in mental health policies” in EHSS (Autumn/Winter 2000), p. 149.

[14] Joe Sharkey: Bedlam, p. 93.

[15] Véase la nota 58.

[16] Ibídem.

[17] La cita de Szasz son las últimas palabras de Rebelión en la granja de Orwell. En un capítulo de The therapeutic state (Prometheus Books, 1984) Szasz compara a la siquiatría soviética con la americana en detrimento de la última. Tomé la imagen de las botas en la cara como símbolo de desalmada opresión de un pasaje de 1984.

Published in: on mayo 16, 2009 at 10:43 am  Comments (6)  

Consejo al hijo víctima de crimen siquiátrico

Negarse a ir con el médico —un abogado de tus padres— tiene sus peligros. Puede confabularse con ellos para, además de colgarte un insultante rótulo, drogarte en forma encubierta o incluso internarte. Eso te desquiciaría de forma tal que es algo que jamás debe ocurrir. Si te enteras que tus padres están yendo con un Amara para hablar de ti a tus espaldas debes huir inmediatamente del hogar o mostrarles una liga de internet a este libro. Si la lectura no les tienta a tus progenitores el corazón, te convencerá a ti de que corres gran peligro. En el caso que, desprevenido, tu madre y el médico contratado te hayan atormentado con drogas a la manera soviética, escribe una denuncia de lo que te hizo el terapeuta y envíala al Archivo Kenneth Donaldson en Oregón, Estados Unidos. El propósito del archivo, que acepta  manuscritos en español, es el siguiente:

Este archivo existe para proporcionar a los sobrevivientes de la psiquiatría con un lugar que preserve las autobiografías no publicadas de sus experiencias para futuras generaciones (Archives, P.O. Box 535, Portland, OR 97207, USA).[1]

Como verás en la siguiente sección ha habido casos en que un padre se confabula con un siquiatra para secuestrar al hijo, enviarlo a un falso hospital y borrarle la mente por medio de electroshocks. Aunque te parezca increíble, las leyes de las naciones aprueban estas medidas ultra-represivas hacia los chicos. El hecho que las naciones llamadas democráticas permitan un crimen de tal magnitud significa, como estoy por mostrarte, que los países donde se respetan los derechos humanos no existen.

Referencia

[1] Al Siebert: “Kenneth Donaldson archives for the autobiographies of psychiatric survivors: statement of purpose” in Successful schizophrenia.

Published in: on mayo 16, 2009 at 10:36 am  Comments (6)