Archipiélago de cotos cerrados

Kolymá era la mayor y más conocida isla, el polo de la crueldad del GULAG, un sorprendente país de geografía dispersa como la de un archipiélago y, al mismo tiempo, como una presencia en las mentes tan compacta como la de un continente, un país casi invisible, casi impalpable, poblado por la estirpe de los zeks [en slang ruso: presos].

Un archipiélago de cotos cerrados, incrustado como una tabla policroma dentro de otro país, impregnando sus ciudades, flotando sobre sus calles. A pesar de ello, quienes no formaban parte de él no podían advertir su presencia. Y si bien eran bastantes los que tenían de él aunque fuera una vaga referencia, sólo lo conocían bien quienes lo habían visitado. No obstante, cual si hubieran perdido el habla en las islas del Archipiélago, éstos guardaban silencio.[1]

Solyenitsin escribió estas líneas el año en que nací, y es de llamar la atención que más de cuarenta años después mucha gente ignore qué significa la metáfora del libro de no-ficción más importante del siglo XX.

Guillermo Calderón Narváez pretendió ser un arquitecto del Estado Terapéutico Mexicano. En 1970 vivió un mes en la Unión Soviética en calidad de invitado a un seminario de salud mental organizado por la Organización Mundial de la Salud. Sobre el trabajo forzado en los siquiátricos Calderón Narváez nos dice: “Los beneficios obtenidos por los talleres protegidos son de tal magnitud que, por ejemplo, en la Unión Soviética existe en ellos un puesto para cada 1000 habitantes; o sea, más de 200,000 enfermos mentales trabajan en talleres que abarcan desde las actividades más sencillas, hasta trabajos electrónicos de gran precisión […]. Las ganancias que su trabajo aporta permitirán las construcción de nuevas clínicas, hospitales, escuelas, talleres protegidos”.[2] En tiempos de Breshnev estos “talleres protegidos” eran, como en el Gulag de Stalin, campos de trabajo forzado. Calderón Narváez añade cándidamente que, en México, “tratamos de iniciar un programa de esta naturaleza integrando dieciséis centros y los cuatro hospitales psiquiátricos en el Distrito Federal”.[3] No se le ocurrió a Calderón Narváez que, en los tiempos en que visitó a la Unión Soviética, el solo deseo de emigrar era considerado oficialmente esquizofrenia; y que muchos de los esclavos que vio eran prisioneros políticos cuerdos. “Todo este magnífico sistema de terapia por el trabajo, que en mi opinión debe constituir un motivo de orgullo para la URSS, es posible gracias a que la economía soviética ha eliminado totalmente el problema del desempleo”.[4] Siguiendo la lógica del siquiatra mexicano podría argüirse que todo régimen esclavista que secuestró a la sociedad civil para forzarla a trabajar resolvió el problema del desempleo.

Es indiscutible que en los siquiátricos han muerto, o han sido psíquicamente destruidos, sólo una fracción de los millones que fueron victimados en los campos de trabajo forzado del bloque socialista. No obstante, el principio es el mismo: secuestrar a una porción de la población civil y someterla a una institución totalitaria. Es pertinente recordar que en un poema Leo Frank les llamó “pequeños Auschwitzes” a los hospitales mentales.

Un buen ejemplo de institución totalitaria es el Hospital Samuel Ramírez. Este siquiátrico, nombrado en honor del mexicano que introdujo el electroshock en el país y quien fuera amigo de las figuras más importantes de la siquiatría mundial de su época, está ubicado en el kilómetro seis de la autopista México-Puebla. En el pasado varios internados en el Samuel Ramírez murieron después de haber sido electrochocados, por lo que en la actualidad se ha sustituido esa práctica por la drogadicción. En la Introducción dije que según los disidentes cultos a quienes el régimen soviético les inyectó neurolépticos, estas drogas eran una tortura. Tengo un enorme interés en pasarles ahora el micrófono a algunos internados en el Samuel Ramírez, mexicanos del lumpen-proletariado cuyas voces fueron registradas por unos estudiantes con una grabadora que introdujeron subrepticiamente al hospital:

“A veces el doctor Trujillo me quiere inyectar y eso no me gusta porque me enferma. Una vez lo amenacé con matarlo y ya no me inyectó”, dice uno de los pacientes. Otro, luego de externar los sentimientos que le provoca el psiquiatra, señaló que “sólo sabe jodernos más, nos da pastillas aunque estemos bien y luego nos apendejamos [vulgarismo de aletargamos] por días”. “Aquí —dice otro—, en este pinche lugar no se puede crear ni hacer nada, nos tienen apendejados todo el tiempo con sus pinches pastillas”.[5]

Al igual que en La Salud Tlazolteotl, la gente que ha sido abandonada por sus familiares en el Samuel Ramírez proviene de la clase obrera y del campo. Son los despojos de padres abusivos, el alcohol, la miseria y los inhalantes a quienes el hospital droga con sustancias aún más tóxicas. Mi amiga Gina Chía me comentó que, en su visita guiada de 2002 al Samuel Ramírez, su maestro de prácticas omitió decir que la disquinesia tardía, tan conspicua en algunos de los internados, es debida única y exclusivamente a las drogas que les administran ahí. He hablado personalmente con este profesor universitario, Juan Carlos Muñoz, y me sorprendió que no tuviera la más remota idea de la nocividad de los efectos que ocasionan las drogas siquiátricas. La ocultación por ignorancia de este dato tuvo un efecto antipedagógico en los estudiantes: se quedaran bajo la impresión que los extraños movimientos musculares que hacían los recluidos se debían a su “enfermedad”. En todos los siquiátricos se administran neurolépticos por largos períodos. Los movimientos involuntarios que vieron Gina y sus compañeros son producto del daño en el sistema psicomotriz de los internados, y el deterioro de sus facultades es debido, en parte, al daño que ocasionan en el ganglio basal.

En Latinoamérica se administran los mismos neurolépticos que se usan en México y el resto del mundo. Sólo en Brasil hay decenas de miles de personas internadas en siquiátricos. Una internada en un siquiátrico argentino escribió un poema:

La psiquis te ato
y el cuerpo te maniato.
Olvídate de la plasticidad corporal
y de la velocidad mental.
Si osaras huir
del reducto amurallado de contención
sufrirás bloqueo, inseguridad, miedo…[6]

Al igual que el Gran Encierro europeo del siglo XVII hasta el XX, como se ve en la vida de huérfanos como John Bell, la sociedad latinoamericana tampoco ha sabido qué hacer con sus desheredados. En lugar de idear escenarios de ingeniería social para atacar el problema social prefiere encerrarlos, controlarlos con químicos ata-psiques, apartarlos de la vista pública. Loana Téllez, Ángeles Villavicencio y Fernando Téllez, unos estudiantes mexicanos de la UAM (Universidad Autónoma Metropolitana) que realizaron sus prácticas en el Samuel Ramírez, escribieron:

Si el individuo no es sino el emergente de una estructura y problemática familiar, que a su vez es el reflejo de la conflictiva social, el tratar de rehabilitarlo sin cambiar a la familia y a la sociedad es una falsa concepción que encubre el origen del malestar. Tratar la enfermedad como algo puramente biológico falsea su verdadera génesis, puesto que la aceptación de ésta implicaría el cuestionamiento no sólo de la institución, sino de la sociedad que los produce. [7]

Estas palabras en un simple trabajo de unos muchachos para aprobar el semestre retratan infinitamente mejor lo que es la siquiatría que los tratados oficiales del mandarín mexicano en siquiatría, Ramón de la Fuente Muñiz. Al momento de escribir, estos estudiantes son maestros universitarios; Villavicencio, una analista. En febrero de 2003 me entrevisté personalmente con Loana Téllez (una vez más: aquella terapeuta a quien Amara le robó su paciente). Loana me reveló cómo le mandaron su trabajo a un reportero en 1981. En varios artículos, el reportero publicó la cita de arriba; la cita anterior sobre la drogadicción involuntaria a los internados por el doctor Trujillo, y muchas otras que fueron grabadas subrepticiamente. Felipe Bojalil, el entonces rector de la UAM, mandó llamar a los estudiantes a su despacho y les hizo saber que, debido a la publicación del artículo, las autoridades del hospital rompieron el convenio que tenían con la UAM para que los estudiantes hicieran sus prácticas. Sin saber que lo grababan, Saúl Gómez Tezuela, administrador del Samuel Ramírez a principios de los ochenta, les había confesado abiertamente a estos estudiantes: “Tengo veintitrés años de trabajar con enfermos mentales y nunca he visto que alguien salga”.[8] En el siglo XXI las autoridades de salud han comenzado a ver el error de la política asilar de Gómez Tezuela. Actualmente existe un nuevo pabellón en el Samuel Ramírez en el que a algunos de los recluidos se les permite realizar actividades diversas e incluso salir a vender pan. No obstante, de los trescientos internados en el hospital en 2002 sólo seis son capaces de realizar este tipo de actividades. Muchos otros han sido mentalmente destruidos. La primera vez que leí que Gómez Tezuela se jactaba que nadie había salido del Samuel Ramírez me imaginé que lo que había sucedido en esa institución era una aberración en el archipiélago de siquiátricos mexicanos. Ahora sé que, aún hoy día, algunos funcionarios mexicanos reconocen que hay recluidos que, debido a que han deteriorado intelectualmente a lo largo de los años, podría decirse que cumplen cadenas perpetuas en esas instituciones. Por ejemplo, el doctor Salvador González Gutiérrez, director general de Servicios de Salud Mental en México en 2002, ha afirmado reiteradas veces que existen muchos recluidos en los siquiátricos mexicanos que ya no pueden salir porque no hay familiares que los reciban.

Para explicar la metáfora “archipiélago” estuve tentado a incluir en esta página un mapa de los hospitales siquiátricos que existen en y alrededor de la Ciudad de México: hospitales y granjas-hospitales como el Samuel Ramírez donde muchos hombres, mujeres y niños mexicanos han sido internados. La siguiente es una lista parcial:

Siquiátricos en la Ciudad de México y carreteras aledañas: Hospital Psiquiátrico Infantil Juan Navarro, Hospital Psiquiátrico Fray Bernardino Álvarez, Hospital Campestre Dr. Samuel Ramírez Moreno, Hospital Campestre José Sáyago, Hospital Campestre Dr. Adolfo Nieto, Hospital-Granja La Salud Tlazolteotl, Clínica San Rafael, Clínica La Florida, Pabellón de Psiquiatría del Hospital Español.[9] Las tres últimas son instituciones privadas. Como veremos más adelante, el Sáyago y el Nieto han sido reformados. Las granjas-hospitales se formaron a raíz de un proyecto de nueve de estas instituciones entre 1960 y 1970 que sustituyeron el abarrotado Manicomio General, llamado “La Castañeda” por los capitalinos. El San Rafael, como sabemos, fue donde electrochocaron a Cantú. Como todos estos siquiátricos se encuentran en la Ciudad de México y en las carreteras que salen de la gran ciudad podría decirse que forman un “archipiélago” de siquiátricos. El ochenta por ciento de los siquiatras del país se concentran en la Ciudad de México, Monterrey y Guadalajara.

Siquiátricos en los estados: Villa Ocaranza (Pachuca), antes de su reforma radical llamado Hospital Campestre Fernando Ocaranza, Hospital Campestre Dr. Rafael Serrano (Puebla), Hospital-Granja Cruz del Sur (Oaxaca), Hospital Campestre Cruz del Norte (Sonora), Hospital Psiquiátrico San Juan de Dios (Zapopan), Hospital Psiquiátrico Nuestra Señora de Guadalupe (Cholula), Antiguo Hospital Civil (Guadalajara), Hospital-Granja Villahermosa (Villahermosa), Fundación de Beneficencia Social (Monterrey, institución privada).

Existen, además, varios hospitales generales con “servicios” de siquiatría a lo largo del país. Como dije, la lista de arriba es parcial. Aunque la cifra oficial es de tres mil, a principios del siglo XXI hay aproximadamente cinco mil personas recluidas en los siquiátricos mexicanos.[10] Pero si contamos a los pacientes que entran y salen al año, digamos, a quienes se les ha aplicado voluntaria o involuntariamente tratamientos por alcoholismo o adicciones, la cifra ascendería a 67,000. Esta última cifra proviene del doctor Eduardo Nuñez, director de Operación y Supervisión de Servicios de la Dirección de Salud Mental en México.[11] Más aún, si contamos a todo paciente externo a la red hospitalaria, esto es, aquellos que se encuentran tomando drogas siquiátricas, la cifra ascendería a dos millones de usuarios de servicios de salud mental en México.[12] Pero según los siquiatras aún esta cifra se encuentra muy por debajo del ideal. Al igual que las epidemias que ve NAMI en la población adolescente e infantil, de acuerdo a algunos funcionarios que se han pronunciado sobre el tema uno de cada cinco o diez mexicanos padece de algún problema relacionado con la salud mental. Tal cálculo arrojaría la cifra de un total de diez a veinte millones de mexicanos que, en teoría, debieran buscar algún tipo de atención siquiátrica en un momento de sus vidas.

A principios del siglo XXI en México hay 2,700 siquiatras activos y 6,500 médicos, paramédicos, enfermeras y personal administrativo que trabajan en el sector de salud mental. En 2004 hay 28 hospitales públicos, de los que seis son hospitales de gran tamaño, y diez hospitales privados predominantemente de salud mental. Para distinguir a un hospital de los consultorios o clínicas comunes, en la profesión médica se habla de hospital sólo cuando hay “recurso-cama”. Según los funcionarios de siquiatría existen 195 centros para atender la demanda de salud mental en el país, y en 2001 se realizaron más de 600,000 consultas siquiátricas en México.[13] No obstante, en México la entrada a los siquiátricos está vedada a los investigadores. ¡Está vedada a mí, de hecho!

Como había leído el artículo de Julio Frenk creí que, como titular de Secretario de Salud, Frenk me abriría las puertas de los siquiátricos durante mi investigación. Cierto que le llegó una carta que le envié a través de su padre, y que sostuve una entrevista personal con su secretario. Pero tardé en reconocer que el sistema había cambiado al otrora joven idealista. Eso no significa que Frenk haya girado ciento ochenta grados después del jalón de oreja que le propinaron en la escuela. En el Primer Encuentro Internacional de la Reforma Psiquiátrica celebrado en México en agosto de 2004, Frenk prometió hacer cambios radicales sobre la calidad de vida de los internos en base al modelo de Virginia González Torres.[14] Es grave que en el nuevo siglo los siquiátricos mexicanos sigan igual que en los tiempos en que Frenk era un joven universitario, incluyendo “La Salud” que sigue manteniendo el Pabellón G, “abiertamente un sitio de tortura”. Algunos de los internados que estaban cuando Frenk escribió su artículo a finales de 1976 continúan en la granja-hospital. Enrique Trejo Lugo lleva treinta y nueva años encerrado allí; Francisco González Tapia, cuarenta años; Enrique Ortega Barragán y Atenógenes Ruiz Hurtado, cuarenta y un años; Carlos Villar Navarrete y Francisco Pérez Nieto, cuarenta y dos años… Son 168 los internados que en el nuevo siglo se pudren en la granja que Frenk y los suyos denunciaron de jóvenes. En un programa de televisión que salió al aire en agosto de 2003 uno de estos prisioneros le dijo a la cámara: “¡Quiero salir de aquí, quiero salir de aquí, quiero salir de aquí!”[15] Sólo el futuro será testigo de si el gobierno mexicano tiene la voluntad no sólo de reformar, sino de clausurar estas instituciones; aunque la clausura es una idea que Frenk rechazó ante los medios durante el Primer Encuentro Internacional de la Reforma Psiquiátrica de 2004. Si bien, como veremos más adelante, gracias a la asistencia de Frenk visité un hospital siquiátrico, el Instituto Nacional de Psiquiatría, este “hotel de cinco estrellas” es la única isla del archipiélago en que, al menos oficialmente, la estancia es voluntaria. Mi propósito era entrar a las snake pits, las pocilgas: el archipiélago de cotos cerrados donde se practica la siquiatría involuntaria, como la famosa granja que el joven idealista Frenk había querido clausurar. Pero a pesar de insistir reiteradas veces con los secretarios de Frenk, éstos sólo me dieron largas; y con Frenk nunca pude hablar personalmente.

Mi experiencia no es única. A otros investigadores de la siquiatría mexicana no se les ha permitido visitar las instituciones donde se practica la siquiatría involuntaria. El año 2000 Claudia Acosta, una estudiante de derecho de la Universidad Panamericana, escribió su tesis de licenciatura sobre los derechos humanos de los internados. A la joven licenciada le pareció “muy sospechoso el recelo tan grande que guardan las instituciones psiquiátricas hacia el exterior”. Por ejemplo, le fue negado el permiso de visitar el Fray Bernardino a pesar de haber hecho una petición por escrito al director de ese hospital. Acosta menciona esto en su tesis e incluso publica la carta que le envió al director. Luego añadió: “Lamentablemente no me fue posible seguir insistiendo. El hermetismo y las dificultades para poder entrar a conocer este hospital, que personalmente constaté, coinciden con las versiones hemerográficas consultadas en el sentido de que el personal de los hospitales psiquiátricos por lo general tratan de impedir que los medios de comunicación, Organismos No Gubernamentales y la sociedad en general puedan conocer las condiciones en que el servicio psiquiátrico es proporcionado a los internos”.[16]

Afortunadamente, algunos reporteros han infiltrado estas instituciones y han denunciado lo que han visto. Sólo gracias a ellos y a los sobrevivientes que he logrado contactar pude escribir estas páginas.

Referencias

[1] Solzhenitsyn: Archipiélago Gulag, pp. 13s.

[2] Calderón-Narváez: Salud mental comunitaria, pp. 129s.

[3] Ibídem, p. 130.

[4] Ibídem, p. 63.

[5] Alternativas, p. 361. Javier Rodríguez Gómez publicó una serie de tres artículos sobre la siquiatría mexicana en Uno más uno (26-28 mayo 1981). Los artículos fueron recogidos en Alternativas.

[6] La radio de los internos del Hospital Borda, “La psiquis te ato”. Este poema aparece en la pista 21 del CD ROM gratuito proporcionado por el grupo La Colifata (www.lacolifata. org), que realizó actividades en la Ciudad de México del 12 al 24 de mayo de 2003.

[7] Alternativas, pp. 364s.

[8] Saúl Gómez-Tezuela, citado en ibídem, p. 355.

[9] Con excepción del Hospital Infantil Juan Navarro y la Clínica La Florida, la lista de siquiátricos que publico en este párrafo y los siguientes es la del Directorio 1995: Asociación Psiquiátrica Mexicana (APM, A.C., sin fecha), pp. 85ss. El Directorio 2001 de la APM no incluye la lista de hospitales siquiátricos, sólo de los médicos afiliados a la asociación.

[10] Virginia González-Torres, citada en Jaime Avilés: “Proponen aplicar nuevo modelo para dar atención digna a enfermos mentales” en La Jornada (25 abril 2002).

[11] La periodista Ivette Sosa Salinas entrevistó a Eduardo Nuñez Bernal en diciembre de 2001 y compartió esta información conmigo.

[12] El dato de los dos millones de usuarios se menciona en María Scherer-Ibarra: “Miseria, abandono y derechos humanos conculcados en los hospitales psiquiátricos” en Proceso (30 enero 2000).

[13] Los datos de este párrafo provienen de la entrevista a Eduardo Nuñez Bernal y del programa “Salud mental y hospitales psiquiátricos en México” en Once noticias: perspectiva, conducido por Adriana Pérez Cañedo y televisado el 12 de mayo de 2002.

[14] El 11 de agosto de 2004 aparecieron notas periodísticas sobre este Encuentro en casi todos los periódicos de la Ciudad de México; por ejemplo, en El Universal y en La Jornada.

[15] Del 11 al 15 de agosto de 2003 fueron airados cinco programas sobre el estado de los siquiátricos mexicanos en el noticiero nocturno de Televisa. También obtuve información de un artículo de Jaime Avilés: “Julio Frenk vs. Polonio Frenk” en La Jornada (28 junio 2003). Avilés basó su nota en un reporte del Instituto de Salud del estado de México.

[16] Claudia Acosta-Ramírez: Los derechos humanos de los enfermos mentales: tesis profesional para obtener el título de licenciada en derecho (tesis de licenciatura en la Facultad de Derecho, Universidad Panamericana, 24 noviembre 2000), p. 366.

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Published in: on mayo 15, 2009 at 9:05 pm  Comments (1)  

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  1. Necesito que por favor que me ayuden. Tengo un paciente con problemas de transtorno de psicosis, algo asi y la verda no veo que tenga avance en su tratamiento. ¿Seria conveniente que tome vitaminas para que pueda hacer un poco de actividades, porque dice que no tiene fuerzas en su cuerpo, o sera por las medicinas? Por favor contesteme


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