La gran Castañeda

Antes del Fray Bernardino y del archipiélago mexicano de siquiátricos existía el Manicomio General de La Castañeda, en el que el Estado mexicano jugó un papel predominante a nivel administrativo convirtiéndose en el guardián de la “salud mental” de la nación. En el Manicomio General la mayoría de los internamientos fueron resultado de órdenes gubernamentales. Construido en 142,000 metros cuadrados de los terrenos de la Hacienda de La Castañeda, este gran siquiátrico, calcado de los grandes siquiátricos de Francia y Alemania, fue inaugurado en 1910 para ochocientos prisioneros; pero llegó a encerrar a tres mil quinientos y quizá a más (la cocina que se reconstruyó en 1940 estaba destinada a la alimentación de cinco mil personas). La Castañeda tenía veinticinco edificios y dos pabellones; al fondo tenía incluso un departamento mortuorio y un anfiteatro de disección. Había cuatro distintas clases de prisioneros dependiendo de la clase social a la que pertenecían. La cuarta clase, los llamados pensionistas, la constituía la mayoría de los internados, cuyas familias no pagaban costo alguno. Cuando no se habían inventado los neurolépticos, en La Castañeda se usaba el cloral, el opio y los bromuros: sustancias que deprimen la corteza cerebral. A partir de los 1930 se inició la práctica del shock insulínico y el shock de Metrazol, agregándose después el electroshock clásico y la lobotomía. En los 1960 se inició la drogadicción de los prisioneros con neurolépticos: un programa auspiciado, entre otros, por el doctor Dionisio Nieto, un refugiado español considerado “un organicista empedernido” (ahora lo llamaríamos un biorreduccionista empedernido) que influyó considerablemente en la siquiatría mexicana. La mayoría de los internados en La Castañeda eran hombres y mujeres de veinte a cuarenta años, aunque a partir de la reconstrucción de 1940 el manicomio contó con un pabellón para niños. A juzgar por el registro fotográfico estos niños parecen normales: no tienen la mirada de pánico que caracteriza al sujeto perturbado.[1]

Es sabido que, en México, los padres invocaban al gran manicomio de la nación para amenazar con encerrar a sus hijos rebeldes. Naturalmente también se encerraba a la gente trastornada, aunque sin reconocer al maltrato parental como el factor causativo de la caída psíquica de una persona. La siguiente es parte de una entrevista de 1935 en La Castañeda a una joven diagnosticada de “demencia precoz”:

—¿Qué es verdad que oyes voces?
—Sí la de mi mamá, de mi papá también.
—¿Qué te dicen?
—No me ha pegado.[2]

Oír este tipo de voces es uno de los síntomas típicos para que los médicos diagnostiquen demencia precoz (“esquizofrenia” en nuestra época). Desde los 1870 hubo reportajes periodísticos en El Monitor Republicano y El siglo XIX sobre los abusos que ocurrían en los viejos predecesores de la Castañeda, La Canoa y el Hospital San Hipólito; y en los 1920 El Universal, El Imparcial y La Prensa publicaron notas alarmantes sobre las violaciones a los derechos humanos en el Manicomio General. El siguiente es un caso horrendo de suplicio siquiátrico en La Castañeda confesado por la enfermera Margarita Torres, una de las perpetradoras:

Eran unos baños de agua casi hirviendo, muy caliente, porque recuerdo que a nosotras [las enfermeras] nos quemaba, porque se necesitaron dos o tres de nosotras para sumergir a la enferma. Llevaba bolsas de hielo en la cabeza. Pero hubieron casos en que murieron las enfermas cuando se les aplicó el tratamiento. A mí me tocó realizar uno de esos tratamientos. Habíamos tres sumergiéndola y una más poniéndole el hielo en la cabeza. La enferma comenzó a ponerse negra y a echar espuma con sangre por la boca, entonces llamamos al médico de guardia, pero ya no había remedio.[3]

“Tratamiento” es nuevahabla por tormento. Eso de hielos en la cabeza a la par de meter a una persona “a agua casi hirviendo” da una idea de lo que era la siquietría previa al electroshock en los manicomios. En 1968 el Manicomio General de La Castañeda, que a lo largo de los decenios llegó a albergar a decenas de miles de mexicanos, se fragmentó en un archipiélago de islas llamadas granjas-hospitales: cárceles de menor tamaño si evitamos hacer uso de la nuevahabla. A continuación citaré algunos testimonios de quienes han estudiado los registros de La Castañeda.

¿Se recuerda la cláusula de admisión en el estado de Illinois mencionada en la primera parte en la que el marido podía internar a su esposa aun si ésta estaba perfectamente cuerda? En Análisis de expedientes clínicos del Manicomio General “La Castañeda” de 1910 a 1920 Patricia Chávez descubrió una serie de cartas que el director del Manicomio General intercambió en 1918 con un sujeto que deseaba internar a su esposa. ¿Se recuerda la lettre de cachet con la que el rey podía internar a un joven en la odiada Bastilla? Al revisar algunos expedientes Chávez también encontró que era muy común que algunos individuos fueran internados por la simple petición de una autoridad del gobierno, la cual siempre iba acompañada de un diagnóstico o certificado médico fraudulento. Como dije, la gran mayoría de los internamientos en La Castañeda fueron resultado de órdenes del gobierno.

Consideremos los diagnósticos de internamiento durante el período de la Revolución Mexicana. En El diagnóstico de la locura en el Manicomio General de La Castañeda Guillermo Gaytan menciona, entre otros, los siguientes diagnósticos para este período: “intoxicación alcohólica”, “demencia”, demencia senil”, “demencia precoz”, “confusión mental”, “enajenación mental” e incluso había internamientos sin diagnóstico.[4] “Confusión mental” y enajenación mental” son tan vagos que podrían aplicarse a cualquier persona, y el que hubiera casos sin diagnóstico era una forma mucho más honesta de encarcelar a alguien que usar cualquiera de los diagnósticos mencionados. Salta a la vista que estas no eran enfermedades médicas. En los diagnósticos de “demencia” y demencia senil” de La Castañeda es obvio que los familiares no quisieron hacerse responsables ni siquiera de llevar al anciano a un asilo, y prefirieron internarlo en el gran siquiátrico público de la ciudad. “Demencia precoz” es la otra cara de la moneda de “demencia senil”, pero en este caso los familiares fueron intolerantes hacia un miembro muy joven de la familia. Como dije en la primeta parte, fue precisamente debido al parecido de este diagnóstico con el de “demencia moral” que le aplicaban a las mujeres liberadas, por lo que actualmente los siquiatras usan “esquizofrenia” para referirse a la conducta que, al fundar La Castañeda, aún llamaban “demencia precoz” en México. La ventaja de estudiar a la siquiatría de un país en sus orígenes es que es más fácil detectar la política que en la actualidad.

El encarcelamiento de la gente que cumplía la ley se originó en el siglo XVII como una forma de burlar las restricciones legales para encarcelar a los parias. Esta política continuó en los siguientes siglos. En el siglo XX las cárceles gigantescas como La Castañeda que disimulaban la marginación por medio de políticas asilares se volvieron imprácticas. Entonces los siquiatras inventaron la lobotomía y el electroshock para someter a estas personas sin necesidad de internarlas. En los 1950 la ciencia dio un paso adelante y el proceso de opresión se transformó una vez más: se inventaron drogas para inducir pasajeras lobotomías químicas, los neurolépticos. La Castañeda fue una institución de regulaciones decimonónicas anterior a estos deslumbrantes avances científicos. Patricia Chávez afirma sobre la época conocida en México como el porfiriato:

Es lógico que la mayoría de los ingresos [a La Castañeda] hayan sido por orden del gobierno, respaldando la idea de un México afrancesado, abierto a sus acreedores extranjeros y dispuesto a limpiar sus calles de la mugre, pobreza y de todo aquello que no resultara grato. Las demarcaciones de policía o comisarías se convirtieron en los filtros o embudos en donde se hacía una selección de los indeseables, por lo que personas sin hogar, indigentes y mendigos eran detenidos y muchos de ellos enviados al Manicomio General como enajenados mentales.[5]

Tan cierto es lo que dice Chávez que incluso los apologistas de la siquiatría mexicana parecen conceder este punto. Hablando sobre La Castañeda, Guillermo Calderón Narváez afirma que esa institución existía: “cuando privaba el criterio de que el establecimiento psiquiátrico tenía como objetivo único [mis cursivas] el aislar al paciente con miras a proteger a la sociedad en que vive”.[6] Así entendida, La Castañeda fue la versión mexicana en el siglo XX del Hospital General de París del XVII, y para los historiadores contemporáneos su estudio podría arrojar luz sobre cómo surge la siquiatría en una nación. Por los tratos y la casi nula alimentación que recibían, algunos de los internados en La Castañeda morían.

El médico cirujano que suscribe, certifica: que [nombre de la persona], padece, probablemente, de enajenación mental, por lo que necesita pasar para su observación y curación al hospital correspondiente. Y a pedimento del [Sr. Prefecto Político de esta Municipalidad], extiendo el presente en Ixtapalapa, a 26 de noviembre de 1910.[7]

Este caso, por ejemplo, pertenece a la Asilada 901 de la sección de mujeres: una señora de 54 años que fue internada en la recién inaugurada Castañeda por orden del gobernador del Distrito Federal. Esta señora murió pocos días después, el 5 de diciembre. Claudia Acosta menciona otros casos de gente que moría casi inmediatamente después de ingresar al Manicomio General, lo que me recuerda lo que harían los alemanes con los retrasados insitucionalizados un cuarto de siglo después. Otro caso que me llamó la atención fue el de un joven en la flor de la edad internado a solicitud del gobernador de Hidalgo que intentó escapar varias veces. El joven siempre fue capturado hasta que su voluntad fue quebrantada. ¿Y qué decir de este otro caso?: una mujer joven ingresó en 1910 y vivió treinta y nueve años en la institución, es decir, hasta que murió.[8]

Para entender a La Castañeda no basta revisar los certificados empolvados. Es necesario entender la mente de los siquiatras vivos. Las primeras palabras del prólogo del libro de Calderón Narváez que he estado citando son las siguientes: “En el transcurso de la vida, mi interés y cariño por la obra social, compartidos siempre en forma entusiasta por mi esposa…” Debo decir que he hablado con Calderón Narváez por teléfono, y al igual que la voz de Amara en los medios la de Calderón Narváez me pareció la de un hombre honorable. En su libro, el siquiatra mexicano dice sin reparos sobre el campo de concentración en el que se convirtió La Castañeda: “Con un cupo que se calculó no pasaría de 800 a 1000 enfermos, el Manicomio General llegó a alojar a 3,500 enfermos cumpliendo firme y calladamente con su papel asistencial, sin rechazar jamás a un enfermo, atendiendo a las clases económicamente más débiles del país, formando a generaciones de psiquiatras mexicanos que en este viejo recinto aprendimos a atender, a querer y a comprender a nuestros enfermos mentales”.[9] La nuevahabla de Calderón Narváez es tan patente que es obvio que ni la mujer que sumergieron viva en agua casi hirviendo, ni el muchacho que tanto intentó escapar, estarían de acuerdo con “los atendieron, los quisieron y los comprendieron”. Pero al igual que las lobotomías bienintencionadas de Viktor Frankl, la sociedad, en este caso las casas editoriales, le pasan el micrófono al inquisidor, no al prisionero. En México se han publicado varios libros de Calderón Narváez. Pero no existe publicado un solo libro de un sobreviviente de la siquiatría. A Mario Cantú, por ejemplo, no le han querido publicar su manuscrito.[10]

Quisiera referirme a algo que Calderón Narváez escribió sobre un tema ajeno a la siquiatría (en realidad, sólo en apariencias es un tema ajeno). La educación azteca de los jóvenes era cruel y totalitaria. A los jóvenes que se les encontraba ebrios, por ejemplo, se les castigaba apaleándolos hasta matarlos. En la página 239 de su libro Calderón Narváez publica una ilustración donde un joven es sujetado del cuello por un hombre mientras dos aztecas lo apalean y otros observan. No obstante, al igual que la definición de anabaptista del pequeño Larousse ilustrado que cité anteriormente, la manera en que Calderón Narváez frasea sus pensamientos sugiere que parece aprobar estas medidas:

Sin embargo, ni el repudio social ni los consejos y amenazas de sus soberanos [aztecas] ni la formación dentro de un ambiente de austeridad con orientación hacia el deporte lograron controlar el problema, por lo cual fue necesario crear una serie de leyes que tenían como objeto castigar severamente a los que, a pesar de todo, insistían en ingerir en forma desmedida la bebida embriagante.[11]

Como buen siquiatra, Calderón Narváez se pone aquí de parte del status quo y en contra de los adolescentes indios; en este caso, de parte de la férrea teocracia azteca. Varios capítulos del libro de Calderón Narváez tratan de los problemas del alcoholismo y la drogadicción en México. Si Calderón Narváez incursionó en el mundo prehispánico fue precisamente para hablar de los antecedentes de un problema que él abordó en el México moderno. Una de las incumplidas metas de Calderón Narváez en el Hospital San Rafael fue usar a los internados como conejillos de indias para ver si era viable tratar, por métodos siquiátricos, el problema del alcoholismo en México. Pero la magnitud social del problema rebasó con mucho a sus modelos médicos.

En julio de 1968 el Manicomio General de la Castañeda fue clausurado por el presidente Gustavo Díaz Ordáz. De 1910 a 1968 alrededor de 65,000 personas fueron internadas, atormentadas, vivieron indignamente y murieron dentro del Manicomio General en un silencio casi absoluto.[12] Silencio que me recuerda el silencio de los zeks, y quisiera romperlo un poco con una viñeta personal.

En mayo de 2002 fui a la Fundación Octavio Paz a hablar con la señora Mercedes Orozco, quien a finales de los 1940 visitó a una amiga suya internada en La Castañeda por un problema de alcoholismo. A la señora Orozco le llamó mucho la atención que le dijeran que para entrar a La Castañeda tenía que llevar una gran bolsa de bolillos, como se le llama en México a un pan similar a la baguette, aunque más pequeño. En las celdas por las que Orozco cruzó para llegar adonde estaba su maestra salían innumerables manos pidiendo comida a los visitantes, quienes repartían los bolillos a las manos suplicantes. La escena es tan visual que podría muy bien ser recreada en un filme. La señora Orozco me dijo que las autoridades “les daban cinco frijoles” a los internados para comer, quienes se encontraban en estado de semiinanición. Al momento de escribir la señora Orozco es una persona mayor. Después de entrevistarla salí de la fundación y, ya en la calle, lamenté el hecho de que aquellos que conocieron a La Castañeda, y que pueden contar las anécdotas más reveladoras, han estado muriendo. En algunos años no existirá nadie que pueda contar cómo era este campo de concentración, ni quien narre los horrores que decenas de miles de mexicanos y mexicanas sufrieron allí. A menos que un historiador haga inmediatamente una serie de entrevistas videograbadas de los contados sobrevivientes, las vivencias subjetivas de quienes estuvieron en La Castañeda, tanto de internados como de las enfermeras y visitantes, se perderán para la posteridad.

PARA REEMPLAZAR la función social de La Castañeda, Díaz Ordáz inauguró diversas granjas-hospitales. La situación de los internados en las granjas ha sido tan mala como la que hubo en La Castañeda. Gurza observó que, en los años 70, en una de estas granjas-hospitales existían: “celdas de castigo semejantes a las peores prisiones del mundo; carentes de agua, luz y muebles de baño; instaladas a la intemperie e invadidas por ratas, chinches y todo tipo de insectos; expuestas a las inclemencias del tiempo y los roedores”.[13] Esta granja-hospital, el San Pedro del Monte, había sido inaugurada desde 1945 en Guanajuato, antes de la reforma de Díaz Ordáz, como la primera unidad foránea para descongestionar a la abarrotada Castañeda. En la celda de castigo de otra isla de nuestro archipiélago mexicano, el Hospital Fernando Ocaranza (por fortuna clausurado), el piso estaba empapado de desperdicios humanos: “Charcos, excrementos y orines sirven de asiento a aquellos enfermos que en posición de feto esperan que se les levante el castigo y se les abra la jaula donde fueron llevados ‘porque dan mucha lata’, según explicó uno de los empleados del turno saliente”.[14] Una vez abierta la jaula, sobre el cemento los castigados eran limpiados de la inmundicia con manguerazos de agua fría. Como dije, estos apandos tipo Lecumberri existen en otras granjas donde los dormitorios también estaban llenos de materia fecal y orines, y en la cocina de esas granjas-hospitales los alimentos eran servidos en botes de metal y sin cubiertos.

México es sólo una de las naciones del mundo que ha tolerado un archipiélago de siquiátricos escatológicos o snake pits. Pero lo mismo ha sucedido en los países ricos. En 1945, el año en que inauguraron el San Pedro del Monte en México, Albert Deutsch realizó una inspección periodística de los hospitales mentales estatales de Estados Unidos. Es su libro Shame of the States (La vergüenza de los Estados Unidos) Deutsch describió al archipiélago estadounidense de cotos cerrados:

En su mayor parte estaban colocados en grandes centros de cultura o cerca de ellos, en nuestros Estados más prósperos—como New York, Michigan, Ohio, California y Pennsylvania—. En algunos de los departamentos había escenas que rivalizaban con los horrores de los campos de concentración alemanes: cientos de pacientes mentales desnudos se amontonaban en enormes salas como pocilgas, infestadas de suciedad, en todos sus grados de deterioro humano, sin vigilancia ni tratamiento, despojados de todo vestigio de decencia humana, muchos en estado de profunda desnutrición.[15]

Como aún sucede en México, Deutsch vio en Estados Unidos a cientos de internados que vivían en techos con goteras, revolcándose en sus heces, conviviendo con ratas, cucarachas y muriendo en la porquería: una “eutanasia por negligencia” le llamaba. Pero un siquiatra ortodoxo como Calderón Narváez ha visto a este tipo de instituciones con lentes algo más rosados: “El edificio, en el que fue respetado el estilo colonial mexicano, es muy bello y el ambiente de paz y tranquilidad que priva en él contribuye en forma importante a tranquilizar y confortar a los pacientes”.[16] Asimismo, Ramón de la Fuente y sus discípulos del Instituto Nacional de Psiquiatría dicen que estos siquiátricos están “regidos por principios humanísticos”.[17] Pero su manual de texto Salud mental en México no nos dice nada sobre las preguntas más elementales que cualquier reportero, un Deutsch por ejemplo, haría sobre la siquiatría del país: ¿Cuántos internados hay en los siquiátricos? ¿Qué porcentaje purga cadenas perpetuas? ¿Cuantos electroshocks se administran por año? ¿A cuántos se les electrochoca contra su voluntad? ¿Por qué se les dan neurolépticos a los niños internados?

En México es extremadamente difícil conocer a quienes han sido mutilados por los neurocirujanos (en Estados Unidos hay un cibersitio dedicado a las víctimas de la lobotomía de ese país, Psychosurgery.org). Gracias a un artículo de la revista Proceso me enteré del caso del pintor Manuel González Serrano. Aprovechándose de que se había luxado un tobillo su hermano lo llevó con engaños al San Pedro del Monte, donde lo lobotomizaron. González Serrano no pudo pintar más después de la mutilación.[18] Otra pregunta clave que debiera hacerse y responder todo autor de un manual sobre la siquiatría nacional es: ¿dónde pueden obtenerse los expedientes de los mexicanos lobotomizados a fin de entrevistarlos? Pero creo que una pregunta más fundamental podría ser la siguiente: ¿por qué en México los problemas familiares han sido tratados por médicos y por neurocirujanos?

Salud mental en México, el libro de texto oficial sobre la siquiatría del país, no proporciona información elemental sobre el estado de los derechos humanos en estos siquiátricos. Eso sí: en el manual hay cientos de páginas-paja, estadísticas y gráficas irrelevantes. Es lamentable que en la edición de octubre de 2003 de Muy Interesante, una revista mexicana de producción masiva, al final de un artículo pro siquiátrico hayan recomendado a sus lectores profundizar en el tema con el texto de Salud mental en México.

A través de, literalmente, millones de páginas-paja en la literatura siquiátrica, la profesión ha eliminado el lenguaje cargado de moralidad de la literatura, la tragedia y las humanidades; y ha adoptado el lenguaje aparentemente neutral y desprovisto de valoración moral de las ciencias. Los siquiatras que escriben sobre su disciplina medicalizan su vocabulario al hablar de temas que, tradicionalmente, consideramos patrimonio de la moral: como la lista de preguntas que hice hace unos párrafos. Aquél que está bajo la impresión de que la siquiatría tiene un fundamento médico no se percata de esto. En varios de sus libros Szasz nos ha advertido que aceptar la literalización de las metáforas siquiátricas sólo refleja nuestra aversión a ver las cosas como lo que son: conflictos morales y tragedias humanas. Yo añadiría perturbaciones mentales reales causadas por un medio insultante. La metáfora por excelencia de la profesión siquiátrica es el concepto de enfermedad mental a pesar de que, desde Tomás de Aquino, se sabe que el “alma” no está expuesta a enfermedades corporales. Kraepelin mismo escribió: “Es cierto que, en términos estrictos, no podemos decir que la mente se enferme”.[19] No obstante, es tan imposible ver lo que sucede a través del juego de humo y espejos alrededor del concepto biomédico “enfermedad mental” en un manual como Salud mental en México que, reitero lo dicho, un tratado sobre la siquiatría mexicana está aún por escribirse.

He señalado que los siquiatras ven a sus hospitales, y aun a sus celdas de castigo, como terapia. El verlos como tal va incluso más allá de la literalización de metáforas: es una inversión semántica de los significados comunes. Debido a la “terapia” las muertes son comunes en las celdas de castigo, como el fallecimiento de una paciente en el Hospital Fray Bernardino según lo reportó un familiar de la difunta en el periódico Uno más uno: “La enferma Nohemí Calderón Arellano, con afiliación del Seguro Social número 1171-53-9504, fue internada en el cuatro piso de ese hospital por padecer de ataques epilépticos y el día 4 del actual, como castigo, la amarraron a un poste y cuando la paciente ya no pudo sostenerse fue cayendo y se ahorcó con las amarras que le pusieron”.[20] Nótese que la paciente padecía epilepsia, una auténtica enfermedad, pero que tuvo la desgracia de que en lugar de llevarla a un hospital de neurología la llevaron al siquiátrico más popular del país.

Sin embargo, los hospitales de neurología también se han confabulado con la siquiatría. Se han hecho psicocirugías —lobotomías y leucotomías— en el Instituto Nacional de Neurología, la institución vecina al San Rafael.[21] En vano busqué información específica sobre estos crímenes en los manuales oficiales de la siquiatría mexicana publicados por editoras de renombre. Pero en un libro publicado por una pequeña editora capitalina encontré el testimonio de Ramón Goded y Eligio Calderón, quienes estuvieron presos en el Sanatorio Floresta. En su testimonio, “Una temporada en el infierno”, hablan de Víctor, un interno, del que escriben: “Antes era muy agresivo hasta que le hicieron una lobotomía. Ahora es un niño. En las comidas se revuelve sobre la silla, come con desesperación. Entre bocado y bocado aleja a las moscas de las mesas”.[22]

Es importante reiterar que, en los libros de siquiatras mexicanos que he revisado como los de Ramón de la Fuente y Guillermo Calderón Narváez, no hay una sola línea en la que estos autores le pasen el micrófono a alguno de los internos. Eso sí: sus libros ostentan cientos de referencias de literatura especializada, especialmente los libros de de la Fuente. Pero jamás se oye la voz de los prisioneros. Nuestra sociedad nos ha hecho creer que los enfermos mentales no tienen nada que decir. ¿Pero qué sería si gente como Ramón Goded y Eligio Calderón, los autores del artículo donde hablan de la víctima que lobotomizaron, jamás estuvieron “enfermos” sino que fueron simples prisioneros? Tendrían algunas cosas importantes que contarnos, las cuales podrían reflejar lo que sucede en esas instituciones. Al leer “Una temporada en el infierno” me percaté de que las voces de los internos que citaban Goded y Calderón eran las de muchachos y muchachas a quienes les había ocurrido una tragedia en la vida. Muchos fueron internados por sus padres y, al menos al momento de ingresar, no estaban trastornados.

En agosto de 2004 confirmé que en el Instituto Nacional de Neurología se corta el cerebro de la gente de manera involuntaria. Ese mes el doctor Carlos Orozco López, que no es siquiatra, se encontró en una sala con mesa redonda de Neurología: un lugar privado donde los neurocirujanos toman las decisiones más graves sobre sus pacientes. Orozco escuchó a los cirujanos planear lobotomizar al joven de veinte años Álvaro Ortiz Monasterio con las nuevas técnicas del instituto. No siendo partidario de la siquiatra, y con el consentimiento de los padres del joven, Orozco tomó el caso para tratarlo con medicina alternativa. Que los médicos de Neurología habían planeado lobotomizarlo me lo corroboró Rosa María Escobar, la secretaria de Orozco, quien estuvo presente en la mesa privada del instituto y, por separado, me confirmó la historia de Orozco sin que éste estuviera presente.

Había citado un reportaje en que Gurza decía que a finales de los años setenta ya no se hacían lobotomías en el Fray Bernardino. Una entrevista que tuve con Adrián Méndez Arriaga en marzo de 2004 me hizo pensar que la práctica continúa. Méndez Arriaga trabajó en siquiátricos de 1986 a 1991, y su experiencia dentro de la Clínica Falcon como director administrativo le permitió ver de primera mano cómo funciona el modelo médico en la institución privada. Según el testimonio de Méndez Arriaga, de los ciento veinte internos en la Clínica Falcon, conocida hoy como La Florida, se hacían aproximadamente dos lobotomías al año. No obstante, en las facturas de las operaciones que aún posee no se menciona la palabra “leucotomía” sino el eufemismo “intervención quirúrgica por agresividad del paciente”. Méndez Arriaga no es médico y no fue entrenado para tratar mal a los internos. Su trabajo era puramente administrativo. Cuenta que en la clínica los internados lo querían mucho, y me describió los efectos de la leucotomía en aquellos que conocía. Respetaré el tono de sus palabras que iba escribiendo durante nuestra entrevista:

Y se vuelven —¡uuuh! Has de cuenta que estás manejando una cámara lenta. Cuando lo vi en el patio [al recientemente leucotomizado] estaba leeento, leeento el paciente, y ahora lo más tranquilo.

Méndez Arriaga cuenta que también tuvo contacto con el personal de los siquiátricos públicos, por lo que me enteré que el director de la Clínica Falcon había sido director del Fray Bernardino. Méndez Arriaga me aseguró que en éste también se hacían leucotomías en los años 1980 y 90, y que la Clínica Falcon tan sólo imitaba lo que era una práctica estándar en el gran siquiátrico mexicano. Salvo lo que me confesó Gerardo Heinze, que en el Instituto de Neurología se realizan psicocirugías en el siglo XXI, no he podido corroborar en boca de otro funcionario público que se sigan haciendo estas operaciones radicales en el país; así que no poseo confirmación oficial de lo que Méndez Arriaga me comentó sobre el Fray Bernardino. La Secretaría de Salud es hermética en este punto, pero el testimonio de Méndez Arriaga me mueve a escribir algo que me pasó en 2003 en la clínica donde trabajó.

Mi propósito era visitar a Juan Carlos Vidal, el nieto de Victor Serge al que me he referido en más de una ocasión, quien estaba internado en La Florida por su hermano represor, amigo de mi hermano. Al igual que el San Rafael donde asaltaron a Cantú, esta clínica también está a cargo de religiosos: las madres de La Caridad de la Virgen María. Pero en mi visita las madres no me dejaron ni ver a Juan Carlos ni pasar más allá de la antesala, donde por cierto se encuentra un gran retrato de la virgen. Este seudohospital con sesenta años de antigüedad, ubicado en Iztaccihuatl #180 en la Colonia Florida, colinda con mi antigua escuela de primaria Tepeyac del Valle (ahora una universidad). Ambas clínicas privadas, el San Rafael y La Florida, lucran asesinando almas de familiares indeseables; y no son los únicos siquiátricos controlados por la iglesia católica.

Referencias

[1] Véase por ejemplo la fotografía de los niños internados en La Castañeda que aparece en la página 92 de Secuencia #51, revista de historia y ciencias sociales: Para una historia de la psiquiatría en México (Instituto Mora, septiembre-diciembre, 2001).

[2] Citado en Alberto Carvajal: “Mujeres sin historia: del hospital de La Canoa al Manicomio de La Castañeda” en ibídem, p. 48.

[3] Mónica Martínez: “La Castañeda desde adentro: entrevista a Margarita Torres Mora, enfermera” en ibídem, p. 171.

[4] Gaytan-Bonfil: El diagnóstico de la locura en el Manicomio General de La Castañeda, pp. 29 & 31 (tesis de licenciatura, op. cit.).

[5] Patricia Chávez-García: Análisis de expedientes clínicos del Manicomio General “La Castañeda” de 1910 a 1920 (UNAM, 1997), p. 59.

[6] Calderón-Narváez: Salud mental comunitaria, p. 117.

[7] Citado en Acosta-Ramírez: Los derechos humanos de los enfermos mentales, p. 22.

[8] Ibídem, pp. 27 & 30s.

[9] Calderón-Narváez: Salud mental comunitaria, p. 114.

[10] Por años Cantú ha enviando un manuscrito sobre lo que le sucedió a las editoras del país. Hasta ahora que escribo sus esfuerzos han sido infructuosos.

[11] Calderón-Narváez: Salud mental comunitaria, p. 238.

[12] Acosta-Ramírez: Los derechos humanos de los enfermos mentales, p. 29.

[13] Teresa Gurza: “En jaulas de tigres V: celdas de castigo en la granja para enfermos mentales San Pedro del Monte” en Alternativas, p. 300.

[14] Ibídem, p. 280.

[15] Albert Deutsch, citado en Szasz: La fabricación de la locura, p. 338.

[16] Calderón-Narváez: Salud mental comunitaria, p. 124.

[17] De la Fuente y otros: Salud mental en México, p. 411.

[18] Felipe Cobián: “La lobotomía practicada al pintor Manuel González Serrano, sin su consentimiento, acabó con su vida de artista” en Proceso (15 marzo 1999).

[19] Emil Kraepelin, citado en Szasz: Pharmacracy, p. 84. El ensayo de Kraepelin es Lectures in clinical psychiatry de 1901.

[20] Francisco Arellano: “Señala un atroz caso en el psiquiátrico Fray Bernardino” en Alternativas, p. 366. La nota apareció originalmente en Uno más uno (14 junio 1981).

[21] Gomezjara: Alternativas, p. 110.

[22] Ramón Goded y Eligio Calderón: “Una temporada en el infierno: Sanatorio Floresta, particular” en Alternativas, p. 225. Este artículo apareció originalmente en Siempre! (25 noviembre 1970).

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Published in: on mayo 15, 2009 at 8:39 pm  Comments (24)  

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24 comentariosDeja un comentario

  1. este articulo es genial……no lo tendran en pdf??’

  2. Excelente artículo. Mucha de esta información la leí en una exposición que se presentó en 2011 en la Ciudad de México. ¿quién tomó la información de quién?

    • Pues verás: yo escribí esto, si bien recuerdo, no después de 2005; en tanto que después de ese año abandoné virtualmente toda investigación sobre la profesión siquiátrica.

      • Que lastima que no seguiste investigando, mi abuelo murió en uno de estos hospitales por el 43 y mi madre biológica fue encerrada ahí en los 70s, también no salió viva. se que será difícil encontrar el registro de mis familiares pero lo intentaré, gracias me sirvió de mucho tu artículo.

  3. Hola, desde hace poco tiempo, descubri y comence a leer tu blog, en el cual he quedado fascinada, por que me identifico mucho con varias cosas por lo cual quisiera conseguir tus libros y decirte que i alguna vez haz encontrado a alguien que ayude a gente, que como tu o varias personas que conozco, han sido victimas de los padres, pues yo misma necesito ayuda, gracias y gracias por tu blog

  4. ESTA MUY INTERESANTE LO QUE AQUI LEI, LO QUE SE VIVIO EN LA CASTAÑEDA MUCHA GENTE DE ESTE SIGLO LO DESCONOCEMOS Y COMO ESCRIBISTE OJALA ALGUIEN PUEDA ENTREVISTAR A ALGUN INTERNO, ENFERMERA O MEDICO DE AQUELLA EPOCA Y AMPLIAR MAS ESTE TEMA.

  5. Increíble, he estado investigando sobre hospitales psiquiátricos preferentemente en su forma física (edificios, jardines, etc) soy estudiante de arquitectura y cómo me encantaría poder visitar uno y ver no solo el testimonio de estos reclusos mentales a través de sus ojos también me gustaría saber cómo es que se relacionan e interactuan con su entorno y como este afecta o ayuda a su condición mental. Pues aquí en Puebla se me niega la entrada simplemente porque lo que hago y estudio no tiene nada que ver con psiquiatría 😦 ahh y por si les interesa, tenga algunas fotos del Hospital Rafael Serrano, por si alguien desea ver como se supone que “fueron” esos Hospitales.

    • Hola Gerardo ,yo tambien soy estudiante , tengo un proyecto en mente por favor si podrias enviarme esas fotos,, estoy muy interesada ,gracias

  6. Mi bis abuelo murió hoy y me gustaría saber donde están los expedientes de 1940 a 1950, la historia que. Cuenta mi abuela es muy interesante pero poco precisa

  7. Hace poco me entere de la Castañeda me impresiono mucho los metodos y la forma de internar a cualquier persona, muchas gracias por el articulo es muy interesante. me gustaria saber donde puedo encontrar las fotos de esa epoca..

    • No lo sé, pero podríamos investigarlo.

  8. es muy interesante un articulo muy completo en lo personal no conocia nada sobre la castaneda solo sabia que el asesino de tacuba habia estado alli incluso escapo un diciembre el esesino fue gregorio cardenaz hernandez

  9. No es comentario sino una pregunta dónde puedo encontrar el expediente de un familiar que fue recluido en La Castañeda por esquizofrenia por la decada de los 30 o 40. Agradecería muchísimo la información

    • Necesito la frase exacta.

    • Podrías checar el en Archivo de la Secretaria de Salud en lo que corresponde al Hospital de La Castañeda, solo que si te piden bastantes requisitos pero ve nada con solicitar igual como es familiar te sea mas sencillo. El Archivo esta exactamente frente al teatro de la ciudad de México, en la calle de Donceles en el Centro Histórico.

  10. Donde puedo comprar el libro de Monica Martinez?

  11. Pregunta este manicomio podria albergar a mi jovenciti hijo con discapacidad con retraso mental moderado tengo 61 años de edad y el tiempoo hace su trabajo tambien en nio cuenti con otra nena regular de 8 añis y mi ex ya vive con otro y veo q ella ni para adelante ni para atras temo por la vida de mis dos hijos asi como de la mia por eso estoy desesperado q alguien me escuche ayudenme por favor!

  12. Wow impactada, muy interesante el artículo. ojalá hubiera más gente interesada en estos temas..

  13. hola , me ha parecido muy interesante este pequeño articulo, bastante completo , me podrías conceder una entrevista estoy realizando un trabajo escolar y me gustaria darte el crédito correspondiente.
    gracias

    • Claro: vivo en el DF.

      • me podrías dar un correo donde contactarte, para ponernos descuero, uvameza@hotmail.com este es el mío .

      • Te acabo de escribir a tu mail.


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