Páginas 207-222 de Hojas susurrantes

“Yo nunca hice nada innoble” —Freud



Llevo toda una vida combatiendo contra el sentimiento de culpabilidad y contra todas esas palabrejas que el sicoanálisis nos ha metido en la cabeza.

David Cooper [1]



Se habrá observado que en ocasiones usé intercambiablemente los términos siquiatra y sicoanalista. Antes de leer a Jeffrey Masson creía que eran cosas esencialmente diferentes. Cierto que tenía la experiencia con Amara, quien aparece en los medios mexicanos como sicoanalista pero que ante problemas familiares actúa como siquiatra. Pero aún así creía que eran cosas básicamente distintas.

Estaba equivocado. Ahora sé que desde sus orígenes el sicoanálisis ha estado vinculado a la siquiatría, y que en Norteamérica muchos analistas habían sido, como Amara, a la vez médicos y siquiatras. Sigmund Freud mismo, quien inició su carrera como electroterapeuta, floreció gracias a una amalgama de su sistema con actitudes siquiátricas.

Eugen Bleuler, el siquiatra que inventó la palabra esquizofrenia, publicó con Freud la primera revista de sicoanálisis. Desde el primer círculo de seguidores de Freud hubo siquiatras. Ludwig Binswanger y Jung, del grupo de Bleuler y representantes de la siquiatría oficial en Europa, comenzaron a relacionarse con Freud en 1907. Karl Abraham era un siquiatra de Zurich y fundó en Berlín la sociedad de sicoanálisis más estructurada. En el primer congreso de sicoanálisis Abraham y Jung presentaron ponencias sobre la demencia precoz, que actualmente se le llama esquizofrenia, y Freud los escuchó con beneplácito. Max Eitingon también era un siquiatra joven y fue el primer traductor de Freud al inglés. Al otro lado del Atlántico el siquiatra norteamericano Stanley Hall invitó a Freud a Estados Unidos, donde la Universidad de Clark le otorgó el título de doctor honoris causa en 1909. Ese fue el punto inicial para que las ideas de Freud se diseminaran en Norteamérica.

Las ideas freudianas son parte de nuestra matriz cultural: memorias reprimidas, sublimación sexual, símbolos fálicos, ansia de castración. No puedo detenerme a hacer un examen de la teoría analítica. Me enfocaré en los aspectos de la biografía de Freud en los que su personalidad está comprometida con el sistema que creó.

Freud escribió: “Considero que la ética se da por sentada. En verdad, yo nunca hice nada innoble”.[2] Para comprobar si eso es cierto, es ilustrativo leer la correspondencia que mantuvo con sus amigos íntimos más que la versión oficial de su vida que aparece en las hagiografías de sus discípulos. En su correspondencia con Eduard Silberstein, su amigo de la adolescencia, el muchacho Freud escribió: “a quienes la naturaleza ha inclinado, además, a ser vanas, una combinación que suele encontrarse en las muchachas”.[3] Como puede verse en los lucidísimos ensayos de Roger Devlin, esto resultó ser verdad. Donde creo que Freud falló fue en creer que las mujeres envidiaban, literalmente, el pene de los hombres.

La carrera de Freud como terapeuta inició de manera horrenda. Cuando Pauline, la esposa de Silberstein, se deprimió en 1891, Silberstein la mandó con Freud. Por razones desconocidas Pauline se tiró del cuarto piso, donde Freud tenía su consulta. Aunque hay quienes tratan de defender a Freud arguyendo que Pauline se tiró sin haberlo conocido aún, hay que señalar que Freud nunca habló del caso.[4] Pero yo tengo mis conjeturas. ¿Habrá Freud revictimado a Pauline por sus problemas conyugales con su amigo de la juventud? ¿Habrá sufrido la joven un pánico suicida en plena consulta a causa de la retraumatización (recuérdese lo que me hizo Amara de muchacho)?

Es sabido que, por lo que a la política familiar respecta, Freud se ponía de parte de los maridos en conflictos con sus mujeres. Asimismo, al igual que Kraepelin y Bleuler Freud encontraba difícil ponerse del lado de los hijos y fácil del lado de los padres. Por ejemplo, al siquiatra Richard von Krafft-Ebing le disgustó una carta que le envió una muchacha de diecinueve años, Nina R., manifestando que tenía sueños eróticos. Le escribió a Freud acusándola que sufría de “masturbación psíquica”. En 1891, el año en que Pauline se tiró del piso de Freud, éste escribió: “Nina R. siempre ha sido excitada en exceso, llena de ideas románticas, cree que no le agrada a sus padres. Tiene fantasías ocasionales de que su padre no la ama. La paciente no hace otra cosa que leer y escribir” (esto evoca en cierto modo el diagnóstico de Amara). Dos años más tarde Freud le escribió al doctor Binswanger sobre esta misma joven: “La perversión congénita en su carácter se manifiesta en el olvido de sus deberes inmediatos y su adaptación al medio ambiente, mientras se empeñaba en ganar intereses a un nivel más idealista y absorber estímulos intelectuales más exaltados”.[5]

Ahora que, gracias a Devlin y otros, he transvalorado mi previo liberalismo—en que como millones de occidentales me suscribía a los valores posteriores a la revolución sexual iniciada en los años sesenta—, veo con buenos ojos a esta represión decimonónica. Nina fue un caso de una de mujer liberada a finales del siglo XIX que estaba en la mira de policías de la mente. Pero aún mantengo que a los siquiatras se les pasaba la mano. Freud mismo envió a algunas mujeres al siquiátrico Bellevue en la década de 1890.[6]

Una cosa es el noble propósito de mantener las normas puritanas de la época, y otra el curanderismo. En su primer libro, Estudios sobre la histeria que publicó junto con Josef Breuer, Freud escribió sobre otras mujeres. Breuer, quien le había conseguido estas pacientes a Freud, había sido una figura paternal. En la década de los ochenta del siglo XIX, cuando Freud aún era un médico desconocido y relativamente pobre, le abonó sumas de dinero mensual. Aunque Breuer no estaba siempre de acuerdo con las interpretaciones que Freud hacía de las mujeres en el libro que publicaron juntos, expresó sus diferencias de manera muy cauta y respetuosa hacia su protegido. Eso fue suficiente para que el discípulo repudiara a su maestro y no volviera a dirigirle la palabra el resto de su vida. Josef Breuer quedó muy dolido por la desproporcionada reacción de Freud. Hanna, la nuera de Breuer, cuenta algo que sucedió muchos años después: “Cuán profundamente debió haber afectado esta ruptura a mi suegro es algo que se puede adivinar a partir de un pequeño pero significativo incidente que ocurrió cuando él ya era un anciano: iba caminando por la calle, en Viena, cuando de pronto vio a Freud, que venía hacia él. Intuitivamente, abrió los brazos. Freud pasó a su lado fingiendo que no lo había visto”.[7]

Freud así le pagó a la persona más protectora en su vida. Posteriormente Adler, Stekel, Jung, Rank y Ferenczi, al igual que Breuer, cayeron de la gracia de Freud por la misma razón: no se adhirieron a todas y cada una de las doctrinas freudianas. Si Freud se comportaba así con su protector y sus discípulos ¿cómo se habrá comportado con sus pacientes? Además del suicidio de Pauline Silberstein, se sabe a ciencia cierta que Freud llegó a poner en peligro la vida de una de sus pacientes: Emma Eckstein.

En 1895, cuando Freud vio que Emma no se curaba de su histeria, mandó llamar a Wilhelm Fliess. Los sicoanalistas omiten decir cuando hablan de su maestro que Fliess, el mejor amigo de Freud, era “uno de los gigantes de la chifladura alemana”.[8] Fliess estaba convencido de que las neurosis estaban relacionadas con la nariz, por lo que extirpaba un trozo de algún hueso nasal en sus pacientes “severos”. En los diez años que duró la amistad de Fliess con Freud éste tomó la charlatanería de su amigo como ciencia real. De hecho, Freud llegó a llamarle “el nuevo Kepler” a su compadre por sus descubrimientos en el campo de la otolaringología. Así que Fliess, el nuevo Kepler, operó a Emma.

Después de la operación Fliess regresó a Berlín pero la joven comenzó a tener una hemorragia imparable. Alarmado, Freud la llevó con un verdadero cirujano quien volvió a abrirle la nariz y halló un pedazo de gasa yodada que Fliess había olvidado durante la operación. La gasa había impedido la cicatrización en la torturada nariz. Aunque sanó después de que el cirujano la curara, Emma quedó deformada de por vida por una cavidad en la mejilla. Sin embargo —y esto es lo importante— Freud interpretó lo sucedido a Emma Eckstein de forma tal que exculpó al peligroso curandero. En una de sus cartas Freud le escribió a Fliess:

Ante todo, Eckstein. Estoy en condiciones de probarte que tenías razón, que sus hemorragias eran histéricas, fueron ocasionadas por ansiedad, y probablemente ocurrieron en épocas sexualmente propicias. La mujer, debido a su resistencia, todavía no me ha revelado las fechas.[9]

Freud concluyó: “Por lo que se refiere a la sangre ¡estás totalmente libre de culpa!” [10] Eso de las fechas era parte de la charlatanería de Fliess quien, cual astrólogo, hacía asociaciones de fechas y períodos menstruales para pronosticar los destinos humanos. Pero lo que nos interesa es la interpretación de Freud. No puedo pensar en un mejor ejemplo para mostrar cómo, a pesar de las más que obvias pruebas de la culpabilidad de Fliess, en un conflicto entre personas el sicoanalista exonera al compadre, y la manera de hacerlo es culpar a la víctima. A esto le llamo revictimación.

La interpretación analítica que Freud le aplicó a Emma, “hemorragia histérica”, no fue un lapsus epistolar en su correspondencia con Fliess. En su obra más importante, La interpretación de los sueños, le dedica dieciséis páginas al caso Emma, de seudónimo “Irma” en ese libro: el tema analítico más largo de La interpretación. En ese libro Freud confiesa que tuvo un sueño con Irma (es decir, con Emma Eckstein). No viene al caso transcribirlo aquí. Lo importante es que, según Freud, el sueño era la declaración de inocencia de su propio inconsciente respecto a la acusación de error médico, y según continúa el autoanálisis de Freud, el sueño culpaba a varias personas: a Emma / Irma por no aceptar su interpretación, a Breuer, y a otro médico que apareció en su sueño. Es una exquisita ironía que una obra que muchos consideran seminal para desenterrar la verdad de la mente humana —La interpretación de los sueños es el libro favorito de Amara por cierto— inicie tergiversando lo que Freud y Fliess le hicieron a Emma.

Para colmo de lo grotesco, el año de la operación que deformó a Emma Freud le escribió una carta a Fliess en la que le preguntaba si la casa en que tuvo el sueño con Emma no ostentaría algún día una placa de mármol con una lapidaria leyenda, según estas palabras del mismo Freud:

Aquí, el 24 de julio de 1895
el secreto del sueño fue revelado
al doctor Sigmund Freud [11]

Diez años después, en 1905, Freud le escribió a Emma y volvió a tocar el tema de la chapucera operación de Fliess. Podría suponerse que después de tantos años el gran conocedor del alma humana habría hecho un examen de conciencia y se habría arrepentido de lo que él y su compadre le hicieron. No fue así. En la carta Freud la siguió acusando de creer que su problema era físico y que otro médico la había curado. Increíblemente, Freud reiteró que esta “resistencia” de Emma ante su interpretación había sido la responsable de que su “sicoanálisis” no hubiera prosperado.[12]

El peor error en la carrera de Freud, un error que causaría estragos no en una sola mujer sino en la manera como sus seguidores tratarían a los pacientes a lo largo del siglo XX, fue el haber repudiado uno de sus descubrimientos.

A finales del siglo XIX Freud se había percatado que algunas mujeres que lo consultaban sufrían de recuerdos de haber sido violadas por sus padres: algo que pasó a la posteridad como “la teoría de la seducción”. En 1896 Freud escribió un artículo sobre el tema, La etiología de la histeria. Jeffrey Masson sugiere que, al ver Freud que estas revelaciones sólo lo alejaban de sus colegas en una Viena incapaz de poner en el banquillo de los acusados a los padres, muy a la manera de los siquiatras invirtió su ideología y decidió culpar a las víctimas. Freud las etiquetó de “histéricas” y definió la histeria como un deseo oculto de ser seducida. Actualmente se sabe que el incesto ocurre con mayor frecuencia de lo aceptado en la Europa decimonónica, pero esta inversión de culpas iba a ser la piedra angular sobre la que Freud levantaría su edificio. Para el sicoanálisis el año 1897 marca tanto el abandono de la teoría freudiana de la seducción (si dices que te molestaba tu progenitor…) como el “descubrimiento” del complejo de Edipo (…significa que en realidad lo fantaseabas).

En el año 1900 Freud vio por primera vez a la muchacha Ida Bauer, a quien llamó “Dora”. El señor K., un industrial amigo del padre de Dora, trató de seducirla dos veces: la primera cuando era apenas una púber de trece años, y la segunda, una muchacha de quince. El señor K. la besó por la fuerza en la boca y Dora respondió “con una viva sensación de asco”.[13] Cuando la joven denunció la situación, su padre quiso llevarla al médico. Dora rehusó: lo único que quería es que la vindicaran ante el acosador de la Lolita. Pero con el tiempo cedió.

En sesión con Freud, y ya a sus diecisiete años, Dora le contó su historia. Como su papá no la había apoyado quizá el doctor Freud lo haría. Freud la escuchó durante varias sesiones y, a diferencia de su padre, creyó su historia. Pero hizo algo más. La siguiente es una cita de un artículo en que Freud nos confiesa lo que, en su consulta, le dijo a Dora:

Estarás de acuerdo en que nada te enfurece tanto como el que se piense que sólo te imaginaste la escena junto al lago [el lugar de la seducción]. Yo sé ahora —y esto es lo que no quieres recordar—, que tú deseabas que las proposiciones del señor K. fueran serias, y que no cejaría hasta que se casaran.[14]

Este es uno de los pecados que a diario cometen los analistas. Ahora mismo alguno de ellos está “interpretando” la mente de uno de sus incautos clientes de manera tan caprichosa como ésta. Recuérdese cómo Amara interpretó que, por acomplejarme ante mis hermanos, había huido a la casa de mi abuela. Ante la interpretación de Freud, que estaba enamorada de un señor que le triplicaba la edad, y que la sensación de asco cuando el señor K. había querido besarla había sido “histérica” —Freud supuso que si fuera normal Dora habría respondido con agrado—, la muchacha no lo rebatió. Se despidió del curandero de Viena para no volver a entrar a su consulta.

Freud se vengó ideando la teoría de que si alguien no había estado de acuerdo con la interpretación del analista es simplemente debido a falta de insight, de no querer enfrentar la propia realidad psicológica. A esta sobreinterpretación, elevada a doctrina en sicoanálisis, la bautizó como “resistencia”: un concepto que ya había usado en el caso de Emma Eckstein. Para Freud y los sicoanalistas esta palabra significa que, una vez que el analista ha hecho una interpretación, el caso está cerrado: lo demás es resistencia. Escuchemos una vez más a Freud:

Sin dejarnos desorientar por su negativa inicial, insistiremos en nuestras deducciones, y nuestra firme convicción acabará por vencer toda resistencia.[15]

Luego Freud añade que “esta convicción ha llegado a ser en mí tan absoluta…”

Este es el lenguaje del dogmático, no del estudiante de la mente y mucho menos de la mente ajena. Lo que en realidad Freud quería es que Dora cayera a un estado de folie à deux con él (como caí yo con Amara al impedirme que dejara de ir a su consulta). Freud no sólo no le pidió perdón a Dora por la estupidez que le había dicho sobre el señor K., sino que elevó su estúpida interpretación a nivel de ciencia con todos los recursos literarios de su intelecto. El ensayo de Freud sobre Dora, Análisis fragmentario sobre una histeria, es la más extensa historia clínica del legado freudiano y la más citada sobre la “histeria” femenina. En Análisis fragmentario Freud osó interpretar la tos de Dora como una expresión de su deseo de hacerle una felación al señor K., y también interpretó dos de sus sueños en esa línea sexual. Obviamente el desacuerdo de la adolescente ante tales interpretaciones eran “resistencias”. No conforme con eso, con el caso Dora Freud también elaboró la famosa doctrina de la “transferencia”. Leamos una vez más a Freud:

aquellos indicios que hacen verosímil una transferencia sobre mí […]. Llego a la conclusión de que en alguna de las sesiones del tratamiento se le ocurrió a la paciente [Dora] desear que yo la besara.[16]

Freud se autoengañó en creer que una muchacha en plena flor no sólo quería ser besada por el señor K., sino por él mismo. En una de las pocas buenas biografías que se han escrito sobre Freud el analista Louis Breger afirma: “Queda claro que la terapia que aplicó Freud a Dora fue bastante perjudicial, y resulta doloroso leer el caso hoy”.[17] La perjudicial terapia aparece en la estupenda obra teatral mexicana Feliz nuevo siglo doktor Freud de Sabina Berman. La comedia de Berman, que gocé enormemente y llegó a exhibirse en España, trata precisamente de lo dicho aquí sobre Freud y Dora.

Me pregunto cómo alguien como Freud fue a parar a la historia como un astuto observador de la mente. Como los analistas continúan siguiendo las doctrinas freudianas, a lo largo de decenios han manchado la imagen de Dora sin haberla conocido. Masson nos dice que analistas famosos como Ernest Jones, Felix Deutch, Jacques Lacan e incluso feministas como Toril Moi se han expresado de Dora con desprecio. Jenny Pavisic, una analista lacaniana, me dijo personalmente: “Dora era una histérica que—”. En otras palabras, continúa la folie à deux de los seguidores con las ideas de Freud. La verdad es que el doktor Freud culpó a Dora para absolver al industrial y culpó a Emma para absolver a su compadre; antecedentes de lo que, tres cuartos de siglo después, me haría Amara: culparme para absolver a mis padres. A lo largo del siglo XX e inicios del XXI los seguidores de Freud han culpado a incontables Doras, Emmas y Césares.

A finales del siglo XIX, en una carta a Wilhelm Fliess Freud le confesó que, debido a su ensayo sobre la seducción, en que Freud hablaba del incesto en la clase media y alta, “la sentencia de abandonarme ha sido dada y me encuentro aislado”.[18] Masson cree que el caso Dora lo reivindicó. Su nueva teoría sobre la histeria significó un giro de ciento ochenta grados de su posición anterior. Ahora Freud ya no tenía como blanco a poderosos industriales como el señor K., sino a una indefensa jovencita. La conducta de Freud estaba en línea con la siquiatría: ponerse de lado de los padres, las clases pudientes y en contra de sus víctimas. Desde este ángulo no es exagerado decir que el sicoanálisis fue fundado sobre la traición de las mujeres y de los adolescentes en la Viena de principios del siglo XX.

El caso Dora y el abandono de su teoría de la seducción no son pecados veniales del fundador del sicoanálisis. Invalidan dos pilares del edificio freudiano: la noción de la histeria y el famoso complejo de Edipo. Pero Freud también usaba su prestigio para ponerse de parte de los padres en conflictos con adolescentes varones. Esto se desprende de sus propios escritos. En Psicopatología de la vida cotidiana Freud cuenta que una madre le pidió que examinara a su hijo. Freud notó una mancha en sus pantalones y el adolescente le dijo que se le había caído un huevo. Freud no creyó la historia y habló con su madre a solas: “Tomamos como base de discusión su confesión de estar sufriendo los problemas originados por la masturbación”.[19] El punto de la anécdota, y se lo debo a Thomas Szasz, es que el muchacho no sufría absolutamente de nada: era una madre ignorante la que estaba preocupada por la sexualidad emergente del hijo. Freud vio como “psicopatológico” algo tan normal como una eyaculación adolescente. Se haya debido a la masturbación o no, al igual que los católicos que llevan al hijo al confesionario, la polución del chico ameritó toda una ceremonia médica que culminó en un diagnóstico formal.

Este no fue otro hipotético lapsus aislado de Freud. A lo largo de su vida compartió la histeria victoriana de su época sobre la masturbación: la verdadera histeria, no la “histeria” de Emma y Dora que no dañó a nadie. Freud creía que la masturbación era algo muy serio. A Fliess le escribió que la masturbación era la “adicción primaria” de la que surgían todas las demás, incluyendo la adicción a la morfina y al homosexualismo.[20] Estamos tan acostumbrados a ver en Freud al pionero en la valiente revelación de la sexualidad humana que nos resulta difícil verlo como lo que era: un exponente de la moral de su época. A sus propios hijos no les dijo cómo venían los niños al mundo: los mandaba con el médico de la familia para que se los explicara. La anécdota más fascinante que conozco sobre el tema es algo que cuenta Oliver Freud, uno de los hijos de Freud.

Cuando Oliver tenía dieciséis años le pidió consejo a su papá sobre la masturbación. El chico esperaba que el reputado médico del alma humana lo librara del sentimiento de culpa. Freud hizo lo opuesto: le advirtió que no se masturbara. Según las palabras de Oliver mismo, estuvo “bastante disgustado durante algún tiempo”. [21] Louis Breger comenta que Oliver “tuvo la sensación de que la censura de su padre había erigido una barrera que evitaba la comunicación entre ellos”.[22] Años después Oliver sería el hijo de los Freud que más se distanciaría de la familia.

Qué mejor ejemplo que éste para retratar al verdadero Freud, el creador de una omnicomprensiva teoría que giraba alrededor de la erótica humana. ¡Quien fundó la profesión de escuchar a quienes necesitaban hablar de su sexualidad no quiso escuchar a su hijo!

Me referiré ahora a la postura de Freud frente a la realidad política de su tiempo.

La primera guerra mundial fue la mayor catástrofe que Europa experimentó a inicios del siglo. Despertó violentamente a la gente del sueño optimista de progreso irrefrenable del siglo XIX. Nunca antes habían muerto millones de seres humanos en una sola guerra. La guerra no sólo mató y minusvalidó a muchos soldados durante los combates, sino que las secuelas emocionales se dejaron sentir después con sus esposas y familias.

Freud estaba en la cumbre de sus capacidades intelectuales cuando el conflicto estalló. Al principio participó en el nacionalismo de la época y llegó a decirle a un discípulo: “Toda mi libido está puesta en Austria-Hungría”.[23] La euforia de Freud se enfrió, como la de sus compatriotas, cuando las crudas realidades de la guerra y el número de las muertes comenzaron a conocerse. No puedo extenderme en los hechos, sólo señalar la postura de Freud ante los miles de soldados traumatizados que sobrevivieron a los combates. La película Paths of glory de Stanley Kubrick retrata por vez primera el infierno de la guerra de trincheras en la primera guerra mundial, incluyendo el trauma psicológico de algunos soldados que en tiempos de Freud se denominaba peyorativamente “neurosis de guerra”. Para algunos médicos ingleses y franceses, y esto no es película sino historia real, les era obvio que los traumas eran causados por las experiencias en la guerra. (Actualmente se habla del “trastorno de estrés postraumático” en algunos casos de veteranos de Vietnam y las guerras del golfo pérsico).

Freud, en cambio, se cegó ante lo obvio. En su contribución a la monografía El psicoanálisis y la neurosis de guerra escribió que los trastornos mentales de los soldados tenían un origen puramente sexual, y sus discípulos cercanos lo secundaron. Josef Breuer, a pesar de su avanzada edad durante la guerra, ayudó a tratar médicamente a algunos de los sobrevivientes. Su actitud filantrópica contrasta con la de Freud, quien jamás atendió a uno solo de los soldados. A Freud le bastó sacar sus conclusiones directamente de sus teorías. Para Freud estas teorías eran leyes de la naturaleza, y de ellas era posible deducir todo lo referente a la conducta humana. Si la teoría freudiana partía del axioma de la sexualidad humana todas las neurosis, incluyendo la “neurosis de guerra”, debían por necesidad tener una etiología sexual. Un solo caso bastará para ilustrar la postura de Freud. En 1919 Lou Andreas-Salomé, una de las más famosas discípulas de Freud, le escribió a Freud sobre el caso de un soldado que había sufrido la muerte de su hermano gemelo en la guerra. Ni Andreas-Salomé ni Freud le prestaron atención a la pérdida. Con la guía de Freud Andreas-Salomé condujo el “análisis” del gemelo sobreviviente alrededor de doctrinas freudianas clásicas como la homosexualidad latente, el complejo de Edipo y la fijación hacia la figura paternal.[24]

La interpretación freudiana es tan caprichosa como las interpretaciones de Emma y Dora, o como la interpretación de Amara sobre mi huida a la casa de mi abuela. Pero Freud fue culpable de algo más que una postura teórica. El fundador del sicoanálisis no sólo se aliaba con los individuos poderosos en conflictos con las jóvenes: se aliaba también al Estado en conflicto con los soldados.

El siquiatra alemán Julius Wagner-Jauregg administró dolorosos shocks eléctricos en la primera guerra mundial a los jóvenes que querían abandonar el servicio militar. Después de la guerra, algunos de los que habían sido tratados en la división de siquiatría del Hospital General de Viena a cargo de Wagner-Jauregg se quejaron, y en 1920 se designó una comisión para investigar los cargos. La comisión le pidió a Freud su opinión. Freud defendió a Wagner-Jauregg, y no sólo eso. Insistió en denominar “pacientes” a los soldados que acusaban al célebre médico y hablar de su temor como “enfermedad” (¡qué más perfecto paradigma para entender a gente como Amara!). La comisión decidió a favor de Wagner-Jauregg. Como Freud era un hombre convencido de su propia rectitud y creía que nunca había hecho nada innoble, jamás se arrepintió de lo que le hizo a los jóvenes soldados.[25]

Insisto que éstos no fueron pecados aislados en las biografías de Freud y de Jung. En toda la vasta obra de estos pensadores no hay una sola línea crítica de la hospitalización siquiátrica involuntaria. Como Jung aprendió su oficio en el hospital Burghölzli en Zurich bajo la supervisión de Bleuler, estaba familiarizado con el neologismo que su jefe acuñó: esquizofrenia. En una ocasión Freud jugó al cómplice de la siquiatría carcelaria de Bleuler y Jung. El 16 de mayo de 1908 Freud le escribió a Jung:

Aquí te mando el certificado de Otto Gross. Una vez que lo tengas no lo dejes salir antes de octubre, cuando seré capaz de hacerme cargo de él.[26]

Esto huele a mafia. Gross mismo era un médico que, irónicamente, ese mismo año publicó una carta a un editor donde objetaba el internamiento involuntario de una muchacha por su padre. El 17 de junio Gross se escapó del Burghölzli. Jung se vengó etiquetándolo de “esquizofrénico”. Freud aceptó el diagnóstico con entusiasmo.[27]

En 1975 el Instituto Mexicano del Seguro Social convocó una conferencia internacional en la Ciudad de México sobre siquiatría y sicoanálisis, en la que Tom Szasz participó junto con otros siquiatras y analistas europeos y latinoamericanos. En una mesa redonda Szasz confrontó a sus colegas. Les dijo qué pensaba sobre los médicos lobotomistas y los siquiatras:

La otra conclusión es que se trata de gángsteres, de carniceros, criminales y delincuentes. Esa es mi conclusión. Y añadiría yo que gentes como Freud son también simpatizantes de estos carniceros, ya que durante cuarenta años nunca señaló que esto era algo equivocado. Y esto ocurría en la casa de al lado. Se comportó como uno de esos alemanes que cuando los judíos estaban en las cámaras de gas decían no oler nada. Y en último señalamiento mi conclusión es que Freud y Jung, especialmente Freud —quien tuvo muchas buenas ideas y era muy inteligente— era básicamente un gángster, porque no estaba interesado en estudiar científicamente nada. Estaba sólo interesado en construir lo que él llamaba el movimiento psicoanalítico.

Las palabras son muy importantes. Galileo no tenía un movimiento. Darwin no tenía un movimiento. Mendel no tenía un movimiento. Einstein no tenía un movimiento. Freud decía ser científico, pero puesto que necesitaba un movimiento esto lo convierte en un político. Sólo queda la pregunta: ¿les gusta Freud como político o no? A mí me parece detestable.[28]

Los analistas que compartían la mesa redonda con Szasz no respondieron el cargo que le hacía a Freud: que a lo largo de su carrera guardó silencio sobre los crímenes siquiátricos en la casa de al lado. Igor Caruso y Marie Langer lo ofendieron y Szasz tuvo que abandonar la mesa de discusión.[29] Lo importante es recalcar que estos letrados en el sicoanálisis no respondieron nada sobre la indiferencia de Freud ante el crimen.

No tenían nada qué decir.

No sólo pecaba Freud de falta de compasión hacia las víctimas de las guerras mundiales y de los encarcelamientos siquiátricos sino que, como su mentor Charcot, al referirse a las mujeres perseguidas por la Inquisición habló de “histéricas”. Este es uno de los datos que más me horrorizó al leer un clásico de Szasz, La fabricación de la locura: Freud y su mentor no hablaron de perpetradores sino que diagnosticaron a las víctimas de los perpetradores. En su nota necrológica sobre Charcot, Freud escribió:

Al dictaminar la posesión diabólica como causa de los fenómenos de la histeria, la Edad Media está optando en realidad por esta solución; sería tan sólo una cuestión de cambiar la terminología religiosa de esa época oscurantista y supersticiosa por el lenguaje científico de la actualidad.[30]

Como ha señalado Szasz, esta es una afirmación extraordinaria. ¡Freud reconoce que la descripción sicoanalítica de la histeria es tan sólo una revisión semántica de la demonológica! Freud escribió su nota en 1893. En tiempos más recientes hay siquiatras e historiadores simpatizantes de la siquiatría que siguen diciendo exactamente la misma imbecilidad. Por ejemplo, en Nueva historia de la psiquiatría, publicado en Francia en 1983, los editores Jaques Poster y Claude Quétel escribieron una nota biográfica sobre Johann Christian Heinroth y las palabras que usaba. Este siquiatra decimonónico identificaba a la enfermedad mental con el pecado. Poster y Quétel comentaron que el vocabulario luterano de Heinroth había sido muy criticado, y que en nuestros tiempos había caído en desuso. Pero a renglón seguido añadieron: “Sin embargo, si sustituimos la noción de ‘pecado’ por la de ‘culpabilidad’, muchas de sus ideas adquieren una dimensión curiosamente moderna”.[31] Otro de los contribuyentes de artículos, el siquiatra mexicano Héctor Pérez Rincón, escribió: “No se puede hablar de la historia de la psiquiatría de la Nueva España sin tomar en consideración […] la actividad de la Inquisición en algunas conductas que hoy día serían calificadas de psiquiátricas”.[32] Así que en un libro publicado un siglo después del pronunciamiento de Freud hay siquiatras que siguen manteniendo que su nuevahabla es sólo una revisión semántica de la ideología de la Inquisición.

En el siglo IV las etiquetas estigmáticas eran pagano y hereje. Mil años después ya no había paganos grecorromanos, sólo herejes, pero surgió un nuevo grupo a estigmatizar: las brujas. En 1486 los teólogos dominicos Jacob Sprenger y Heinrich Krämer publicaron el Malleus Maleficarum, literalmente el martillo de las brujas: el manual medieval que sería el Mein Kampf de su tiempo, la fuente ideológica de terror para innumerables mujeres: una cacería inhumana que duraría siglos.[33] No se sabe a ciencia cierta el número de mujeres asesinadas, pero algunos cálculos arrojan la cifra de cien mil a medio millón. La última ejecución por “brujería” se realizó en Polonia en 1793.

Por increíble que parezca, estas víctimas de cristianos enloquecidos no son consideradas como tales en los escritos de los siquiatras. Siguiendo a Charcot y a Freud, los siquiatras hablan de neuropatologías refiriéndose no a los inquisidores, sino a sus víctimas. Szasz observa que, para los historiadores de la siquiatría Franz Alexander y Sheldon Selesnick, el hecho que estas mujeres fueron torturadas y quemadas fue suficiente para convertirlas a ellas, no a sus asesinos, en objetos de interés médico. ¿Y qué dicen los siquiatras de los autores del Malleus? Gregory Zilboorg, otro historiador de la siquiatría, les llamó “dos dominicos honestos”. Similares palabras de admiración pueden leerse en los escritos de Jules Masserman, otro siquiatra.[34] Evidentemente, estos médicos tan soberbios como esos teólogos medievales diagnostican “psicopatologías” siglos después, sin haber examinado médicamente a ninguna de las mujeres. A esto le llamo Lógica Wonderland, haciendo referencia al cuento de Lewis Carroll: el surrealismo de castigar a la víctima y no al perpetrador. El punto de mayor relevancia en la Wonderlandia siquiátrica es que actualmente muchos siquiatras creen en esas historias oficiales de siquiatría. Incluso hay estudiantes que en el nuevo siglo aceptan tales historias. Por ejemplo, en su tesis para obtener el título de licenciado en sicología en la Universidad Nacional Autónoma de México en 2001, Guillermo Gaytan escribió: “el Malleus Maleficarum de Sprenger y Krämer, libro que puede ser considerado como un verdadero tratado de psicopatología, que además contaba con una buena cantidad de medidas correctivas”.[35]

¡Medidas correctivas! Esto casi aprueba la quema de las mujeres en la estaca. Afortunadamente, para los historiadores que no son siquiatras o sicólogos, como Hugh Trevor-Roper, la cacería de brujas fue a todas luces una empresa paranoica en la cristiandad. Después de la Ilustración no hay excusa en ver de otra manera ese capítulo de la historia. No me extraña que un individuo que etiqueta de histérica a la víctima de fanáticos haya tratado como trató a algunas de sus pacientes.


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[1] David Cooper, citado en Francisco Gomezjara: “La otra psicología” en Alternativas, pág. 76.

[2] Freud a James Putnam, citado en Thomas Szasz: Ideología y enfermedad mental (Amorrortu, 2000), pág. 30. También leí esto en Masson: Final analysis, págs. 39s.

[3] Citado en Louis Breger: Freud: el genio y sus sombras (Javier Vergara, 2001), pág. 71.

[4] Ibídem, pág. 72.

[5] Citado en Masson: Juicio a la sicoterapia, pág. 43.

[6] Ibídem, págs. 27 & 42.

[7] Hanna Breuer, citada en Breger: Freud, pág. 174. La relación entre Josef Breuer y Freud se explica en tres capítulos del libro de Breger.

[8] Martin Gardner: “Freud, Fliess y la nariz de Emma” en La nueva era (Alianza Editorial, 1990), pág. 52.

[9] Freud a Wilhelm Fliess, citado en Breger: Freud, pág. 184.

[10] Gardner: La nueva era, pág. 55.

[11] Freud a Wilhelm Fliess, citado en Breger: Freud, pág. 196.

[12] Leí esto en ibídem, pág. 511.

[13] Ibídem, pág. 212.

[14] Masson: Juicio a la sicoterapia, pág. 56.

[15] Citado en Breger: Freud, pág. 162.

[16] Ibídem, pág. 213.

[17] Ibídem.

[18] Masson: Juicio a la sicoterapia, pág. 65.

[19] Freud, citado en Szasz: La fabricación de la locura, pág. 191.

[20] Leí varias citas de Freud a Fliess sobre la masturbación en Szasz: Pharmacracy, págs. 102s. Véase también La fabricación de la locura, págs. 189-194.

[21] Oliver Freud, citado en Breger: Freud, pág. 375.

[22] Ibídem. En las páginas 244ss Breger escribe sobre un caso distinto en el que Freud mostró un amplio criterio y no condenó la masturbación de Albert Hirst, uno de sus pacientes. Pero Freud jamás habló del caso en sus escritos: lo que se sabe se debe a lo que Hirst mismo contó.

[23] Freud, citado en ibídem, pág. 305.

[24] Ibídem, pág. 339.

[25] El mito de la psicoterapia de Szasz contiene un capítulo sobre Freud y la electroterapia.

[26] Szasz: Anti-Freud, págs. 135s (nota a pie de página).

[27] Estas observaciones las tomé enteramente de ibídem, pág. 136. Un relato más detallado sobre estos sucesos y la extraviada vida de Otto Gross aparece en Richard Noll: Jung: el Cristo ario (Vergara 2002), págs. 106-114.

[28] Basaglia y otros: Razón locura y sociedad, págs. 178s.

[29] Ibídem, 179-184.

[30] Freud, citado en Szasz: La fabricación de la locura, pág. 87.

[31] Jaques Poster y Claude Quétel (coordinadores): “Diccionario biográfico” en Nueva historia
de la psiquiatría
(Fondo de Cultura Económica, 2000), pág. 652.

[32] Héctor Pérez-Rincón: “México” en ibídem, pág. 525.

[33] Hay una versión en castellano del Malleus bajo el título de Compendium Maleficarum publicado en 2001 en Valencia por el Club Universitario.

[34] En el capítulo “La bruja como paciente mental” de La fabricación de la locura Szasz expone la postura de Charcot, Freud, Zilboorg y demás médicos sobre la Inquisición, así como en “Teología, hechicería e histeria” de El mito de la enfermedad mental (Amorrortu, 1982).

[35] Guillermo Gaytan-Bonfil: El diagnóstico de la locura en el Manicomio General de La Castañeda (tesis de licenciatura en la Facultad de Psicología, UNAM, 2001), pág. 3.

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  1. Me alimento en demasía de todo lo que amplìan aqui. Muchas Gracias


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