La manera como el status quo se defiende

Si la siquiatría no es una ciencia, ¿qué es pues? En pocas palabras, es la manera como el status quo se defiende: negando la relevancia del trauma y de los estragos psíquicos causados por los padres y la sociedad. Al declarar que sus problemas son biológicos, se encubre el hecho de que las víctimas son víctimas. Lo que las profesiones de salud mental hacen es silenciar ante la opinión pública el lenguaje cifrado del hijo mentalmente destruido. Cuando la víctima es diagnosticada médicamente, se oculta la génesis del trastorno mental; por ejemplo, relacionar el acoso pedagógico de Schreber padre con las manías persecutorias del hijo (el lenguaje cifrado). Así como el padre del sicoanálisis, Freud, culpó a la mente de Schreber hijo, los epígonos de Bleuler culpan a su cuerpo. Y de manera análoga a la investigación parasicológica que tanto le gustaba a Bleuler, los siquiatras que en nuestra época se dedican a la investigación también se pasan la vida buscando un fenómeno elusivo que están convencidos que encontrarán tarde o temprano. A lo largo de los últimos cincuenta años nuestra sociedad, tan reacia a cuestionar a la familia, ha financiado la millonaria búsqueda de un santo grial biológico que no existe. ¿Cómo podría existir el gen malo o el neurotrasmisor malo que hace que miles de Schrebers acosados por sus padres se sientan, naturalmente, acosados?

No es exagerado decir que los siquiatras promulgan un sistema tan delirante como los propios delirios de Schreber. Veamos más de cerca a su biblia, el DSM-IV. Ahí se expone en qué circunstancias aparece un “trastorno” infantil. Según los siquiatras, descubrieron un trastorno que aparece en los niños que se distraen en las escuelas y lo llaman “Trastorno de Déficit de Atención e Hiperactividad”. El DSM afirma que si los niños se distraen en actividades escolares —:

que carecen de atractivo o novedad intrínsecos (p. ej., escuchar al maestro en clase, hacer los deberes, escuchar o leer textos largos, o trabajar en tareas monótonas y repetitivas).[1]

—es que están trastornados: sufren del “Déficit de Atención”. En otras palabras, los niños del mundo no tienen derecho de aburrirse o distraerse al leer textos largos o trabajar en las monótonas tareas de las escuelas tradicionales. Si se distraen, es porque están enfermos. Y no sólo eso. Su enfermedad es tan grave que hay que drogarlos con una anfetamina, como se verá en la tercera parte de este libro.

El hacer negocio a costa de los niños exhibe a la siquiatría como una empresa psicópata. El aclamado documental canadiense La corporación, crítico del mercado salvaje, muestra que una corporación típica cumple todos los incisos de la definición siquiátrica de psicopatía que aparecen en el ICD o International Classification of Diseases (Clasificación internacional de enfermedades), un manual inspirado en el DSM.[2] Entre estos criterios puede señalarse el atropello de los derechos humanos más elementales por las lucrativas empresas sin sensación alguna de culpa. Así que, según los cánones mismos de la siquiatría, las multinacionales que lucran drogando a los niños son el paradigma perfecto de “conducta psicópata”.

Peter Breggin es una excepción entre sus colegas, como se comprueba en la guerra que ha emprendido contra las drogas siquiátricas. Dada la relevancia de lo que a continuación expondré prefiero citar algunos pasajes de uno de sus artículos en lugar de refrasearlo, aunque las comillas en las palabras derivadas de “esquizofrenia” son mías. El artículo de Breggin se titula:

¿Debiera limitarse estrictamente el uso de neurolépticos?

Mientras que los enfoques psicosociales se han desprestigiado entre los psiquiatras, las drogas llamadas neurolépticos han sido promovidas como causantes de un efecto “antipsicótico” específico contra síntomas “esquizofrénicos”. Los pacientes han sido instruidos a que tomen neurolépticos toda su vida, y se les ha dicho que no conlleva riesgos. A su vez, al público se le ha dicho que la “milagrosa” droga ha vaciado los hospitales y que millones de pacientes han vuelto a tener vidas normales.

La realidad. En 1973 el psiquiatra George Crane se ganó la atención de la comunidad médica al revelar que muchos, si no es que casi todos los pacientes que toman neurolépticos por largos períodos, desarrollan un trastorno neurológico esencialmente irreversible e intratable: la disquinesia tardía. Aún en sus formas más leves esta enfermedad desfigura al que la padece con movimientos involuntarios de la cara, boca o lengua. Es común que los pacientes hagan muecas pareciendo locos, minando así su credibilidad ante la gente. En los casos más severos los pacientes quedan incapacitados por sacudidas, espasmos y otros movimientos anormales de algún grupo muscular del cuello, hombros, espalda, brazos, piernas, manos o pies; los músculos de la respiración y del habla también pueden deshabilitarse. En los peores casos los pacientes se revuelcan continuamente.

Desde los años cincuenta, antes del importante artículo de Crane, algunos médicos ya habían advertido los efectos parkinsonianos de la clorpromacina. Lo que estos síntomas indican es que algo horrible debió haber sucedido en los centros del cerebro que controlan el movimiento; tanto así que, aunque se retire la droga, los movimientos involuntarios continúan en el paciente que los ha consumido.

Los porcentajes de disquinesia tardía son astronómicos. El cálculo más reciente de la Asociación Psiquiátrica Americana indica un porcentaje del cinco por ciento al año, de manera que el quince por ciento de pacientes desarrollan la enfermedad dentro de sólo tres años […]. Se han descubierto otros trastornos neurológicos relacionados y variantes de la disquinesia tardía. La acatisia tardía es la atosigante sensación de tensión interna y ansiedad, y la compulsión de mover el cuerpo. En el caso extremo el individuo sufre de una tortura interna y no puede permanecer quieto. La acatisia tardía se presenta generalmente en los niños que han sido tratados para la “hiperactividad”. Es irónico y trágico que estos niños hayan sido sometidos a una tortura interna permanente.

Como he dicho, esto último fue lo que Amara y mi madre me hicieron.

La distonía tardía involucra espasmos musculares comunes en la cara, cuello y hombros; y también puede ser desfigurante, minusvalidante y agonizante. No hay estudios apropiados sobre el número total de pacientes afligidos con disquinesia tardía. Probablemente hay un millón o más de pacientes con este achaque en Estados Unidos y decenas de millones más alrededor del mundo desde el surgimiento del tratamiento con neurolépticos. A pesar de esta tragedia, los psiquiatras son reticentes de advertirles a sus pacientes o a sus familiares sobre estos riesgos, y es común que no les digan que están sufriendo de disquinesia tardía aún cuando los síntomas son flagrantes.

Como dije en la carta a mis padres publicada al principio de este libro, cuando me enchuequé grotescamente el médico-brujo Amara no me informó que era resultado de la droga que, a hurtadillas, me ponían.

En 1983 publiqué el primer análisis detallado sobre la vulnerabilidad de los niños ante una forma particularmente nociva de disquinesia tardía que ataca los músculos del tronco, haciendo difícil que los niños se levanten o caminen. Esto es ahora un hecho establecido. En el mismo libro médico presenté el primer estudio que mostró que casi todos los pacientes con disquinesia tardía también padecen signos de demencia: una pérdida irreversible de las más altas funciones cerebrales o mentales. Es inevitable que esto ocurra. Los ganglios basales, que se encuentran afectados por la disquinesia tardía, están profusamente interconectados con los principales centros del cerebro, de manera que su disfunción conduce casi inevitablemente a disturbios en el proceso cognitivo. Desde que hice estas observaciones una multitud de estudios ha confirmado que, a largo plazo, el uso de neurolépticos está relacionado tanto con el deterioro cognitivo como con la atrofia cerebral. Los defensores de las drogas alegan algunas veces que este deterioro mental y neurológico es causado por la “esquizofrenia” misma. Pero su posición es insostenible. Más de cien años de autopsias a pacientes etiquetados de “esquizofrénicos” han fallado en detectar este deterioro que sólo apareció desde el reciente uso de neurolépticos.

Este último es un argumento favorito entre siquiatras y neurólogos. Por ejemplo, en la mencionada discusión con Miguel Pérez de la Mora, éste rebatió mi argumento que la siquiatría no presenta marcadores biológicos arguyendo que sí se han encontrado algunos: los ventrículos cerebrales agrandados de los esquizofrénicos. No pudo sorprenderme más el hecho que Pérez de la Mora ignorara que ese estudio se hizo en un pequeño grupo no representativo de “esquizofrénicos” crónicos, y que además hay una enorme cantidad de gente sin diagnóstico de esquizofrenia que tiene ventrículos agrandados. Pérez de la Mora pareció ignorar también que en algunos casos la atrofia cerebral se debe precisamente al uso de neurolépticos. En otros casos, nada prueban esas diferencias dado que se han hallado mermas en niños seriamente traumatizados, como ampliaciones ventriculares y asimetría cerebral invertida, lo que presenta el viejo debate: ¿innato o adquirido? (qué fue primero el huevo o la gallina). Además de experimentar en el área de fisiología cerebral en un laboratorio universitario, Pérez de la Mora dirige la revista Ciencia. Sorprende que el director de una de las revistas más prestigiosas de divulgación científica en México ignore la verdadera causa del daño en los cerebros de quienes consumen neurolépticos. ¡Sin ser médico yo tenía mayor información de este dato que un neurólogo experimental! En las universidades la propaganda en pro de la biosiquiatría es tal que mantiene en la ignorancia no sólo a los estudiantes, sino a los profesores sobre el hecho que, como nos dice Breggin, un siglo de autopsias a “esquizofrénicos” fallaron en detectar la atrofia cerebral y otros daños en el tálamo, el ganglio basal, así como un encogimiento de los lóbulos frontales que sólo aparecieron desde el indiscriminado uso de neurolépticos en los años cincuenta. Continúa Breggin:

Por increíble que parezca, este breve artículo trata sólo de algunos trastornos asociados con estas drogas, dejando de lado el vasto número de otras reacciones secundarias potenciales. Por ejemplo, en un pequeño porcentaje de pacientes la reacción al neuroléptico se sale de control produciendo el síndrome neuroléptico maligno. Este trastorno es indistinguible de inflamaciones cerebrales como la encefalitis letárgica y puede ser fatal. Dado que estas son drogas en extremo peligrosas ¿qué decir de sus ventajas? ¿Cómo funcionan? Es bien sabido que suprimen la neurotrasmisión de dopamina en el cerebro, perjudicando la función de los ganglios basales, el sistema límbico de regulación de emociones y los lóbulos frontales, perjudicando indirectamente el sistema de activación reticular también. El impacto general es lobotomía química —literalmente, pues la función del lóbulo frontal queda suprimida. El paciente se de-energetiza o de-enerva. La voluntad o volición es aplastada, induciendo una conducta dócil y pasiva. Así, el paciente se queja menos y se vuelve manejable. A pesar de los alegatos psiquiátricos de que esta droga cura los síntomas, estudios clínicos múltiples muestran un efecto de aplanamiento psíquico no específico.

Esto no puede sino recordarme las ya citadas palabras de Giovanna a mí y a Luisa sobre nuestra compañera de grupo en la terapia Amara: “Claudia está muy aplatanada.”

No existen investigaciones sustanciales que prueben que los neurolépticos produzcan un efecto específico sobre síntomas psicóticos como alucinaciones o pensamientos ilusorios. Al contrario, éstos son resistentes a las drogas. Los neurolépticos sólo suprimen la agresión, la rebeldía y la espontaneidad en general. Por esta razón son tan efectivos cuando de control social se trata: como sucede en hospitales mentales, asilos, prisiones, instituciones para retardados o desajustados; en clínicas públicas y privadas para niños, así como en prisiones políticas rusas y cubanas. Este difundido uso de control social es de tal variedad de gente e instituciones que la afirmación que esta droga es específica para la “esquizofrenia” nos parece ridícula. Incluso en veterinaria se usa para doblegar la voluntad de los animales. Cuando a uno de nuestros perros se le dio un neuroléptico para controlar su sobreexcitación durante un viaje automovilístico, nuestra hija comentó: “Por primera vez en su vida se está comportando”.

El hecho que se usen neurolépticos para amansar animales desacredita a tal grado la afirmación que estas drogas tienen un efecto “antipsicótico” específico que a los estudiantes de medicina se les oculta este dato veterinario.[3] Pero los siquiatras no sólo no informan, sino que desinforman a los estudiantes y a los medios de comunicación. Pondré sólo un ejemplo de una de las mentiras que más vocean al público. En una declaración al periódico español El país en abril de 2003, Fernando Cañas, jefe del Servicio de Psiquiatría del Hospital Psiquiátrico de Madrid, aseveró que el uso de neurolépticos “no pretende modificar conductas mediante drogas, sino corregir las alteraciones neuroquímicas que se producen en su cerebro y que causan la enfermedad”.[4]

La realidad es lo diametralmente opuesto: cuando los neurolépticos se utilizan en cárceles, manicomios y para doblegar la voluntad de animales el fin es modificar conductas. Esto nada tiene que ver en lo absoluto con “corregir” las alteraciones neuroquímicas de los presos y de los animales. De hecho, a cualquier conducta de un individuo que nos disguste, por ejemplo la de un disidente político, podemos controlarla incapacitando con neurolépticos a los lóbulos que le permite idear sus pensamientos políticos. Pondré un ejemplo de la vida real. A principios de 2002 hospitalizaron a mi madrina debido a una grave infección en el riñón. Una noche que fui a cuidarla al Hospital del Seguro Social en la avenida Xola de la Ciudad de México me horroricé al ver en el expediente que los médicos le administraban haloperidol: uno de los neurolépticos más populares del mundo. En México los hospitales del Seguro Social son para las clases no acomodadas. De este hecho deduje que, como una enfermera tenía la obligación de cuidar a varias pacientes ancianas a lo largo de la noche, les resultaba muy cómodo a los médicos mantenerlas sedadas con la peligrosa droga. Así que eso de “corregir las alteraciones bioquímicas del cerebro” es un embuste: mi madrina sólo sufría de una condición en el riñón.

Sigamos citando al doctor Breggin:

Pero ¿no es la “esquizofrenia” bioquímica o genética? En realidad, no existe evidencia convincente de que la “esquizofrenia” sea un trastorno bioquímico. Aunque existen un sinnúmero de conjeturas acerca de los radicales bioquímicos, los únicos radicales que conocemos en los cerebros de los pacientes mentales son los producidos por estas drogas. Asimismo, no existe evidencia sustancial de una base genética de la “esquizofrenia”. De hecho, el muy citado estudio escandinavo confirma un factor ambiental y descalifica el genético. Estas conclusiones parecerán increíbles para aquellos que han sido bombardeados con propaganda psiquiátrica, y sólo puedo albergar la esperanza que lean la literatura pertinente sobre el tema y Toxic psychiatry [un libro de Breggin]. Pero incluso suponiendo que la “esquizofrenia” sea una enfermedad cerebral, no tendría sentido dañar aún más a un cerebro con neurolépticos. Ahora bien, si los neurolépticos son tan peligrosos y tienen una utilidad tan limitada, y si las terapias psicosociales son relativamente eficaces, ¿por qué la profesión se encuentra tan consagrada a estos medicamentos? La respuesta es: para mantener el poder, prestigio e ingresos psiquiátricos. Lo que distingue a los psiquiatras de otros profesionales de salud mental, y de los no profesionales, es su poder de recetar drogas. Para competir con otros profesionales de salud mental la psiquiatría ha contraído nupcias con el modelo médico, incluyendo tanto las explicaciones biológicas y genéticas como los tratamientos físicos. No tiene alternativa: cualquier otra cosa que hiciera sería suicidio profesional […]. Cuando se quedaron atrás en la competencia económica con las terapias psicosociales, los psiquiatras formaron la Asociación Psiquiátrica Americana, que admite como “socios” a las compañías de drogas. La psiquiatría organizada se ha vuelto completamente dependiente del apoyo económico y de esta colaboración vergonzosa con la industria farmacéutica. De negar la efectividad de las drogas, o de admitir su peligrosidad, resultaría en inmensas pérdidas económicas desde el psiquiatra individual que se gana la vida recetando medicamentos hasta la Asociación Psiquiátrica Americana que se enriquece con los donativos de las compañías de drogas. Si los neurolépticos se usaran para tratar a cualquiera que no fuera paciente mental, habrían sido prohibidos hace tiempo. Si el uso de neurolépticos no fuera promovido por grupos poderosos, como la industria farmacéutica y la psiquiatría organizada, caerían prácticamente en desuso. Pero el caso es que los neurolépticos han ocasionado la peor epidemia de enfermedad neurológica en la historia. Su uso debiera, cuando menos, restringirse severamente.[5]

¿Se ve por qué caí en pánico ante el orwelliano Amara? Aunque de chico no había leído a Breggin su brutal amenaza de “bombardear mi cerebro” tuvo el efecto psicológico de algo como lo citado arriba. Los niños y los adolescentes no somos tontos. Nos damos cuenta cuando un adulto nos quiere hacer algo malo; y yo sentí las palabras del siquiatra como si la sociedad me estuviera declarando una gran guerra. Sentí que querían mermar lo más sagrado que tenía: la sede de mi inteligencia.

A principios de 1995 me encontré a Claudia acompañada por sus padres en el Museo Carrillo Gil en la Cuidad de México. Ya en sus treintas me dijo que apenas estaba estudiando la preparatoria en el sistema de enseñanza abierta. A veces me pregunto a cuántos jóvenes no habrá contribuido Amara a destruir. ¿A cuántos, por ejemplo, no habrá mandado a incapacitar con estos infames químicos de los que habla Breggin, administrados sin que los adolescentes se enteraran? Casos como el de Claudia e incontables otros alrededor del mundo —aproximadamente de 250 a 300 millones de personas se les han dado neurolépticos—, muestran por qué Jeffrey Masson quiere un juicio de Nuremberg para todo siquiatra que haya contribuido a arruinar una vida.

Amara y muchos otros merecen la horca.[6]

Referencias

[1] DSM-IV: Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales, pp. 83s.

[2] The corporation de Mark Achbar y Jennifer Abbot, un documental de 2003, entrevista a Noam Chomsky, Milton Friedman y muchos otros críticos del sistema.

[3] Breggin: Toxic psychiatry, p. 58.

[4] Fernando Cañas, citado en Mayka Sánchez: “Esquizofrenia: más marginados que peligrosos” en El país (8 abril 2003).

[5] Este artículo, “Should the use of neuroleptics be severely limited?” originalmente fue publicado en Stuart Kirk y Susan Einbinder (eds.): Controversial issues in mental health (Allyn & Bacon, 1993), y aparece en una página web del autor (www.breggin.com/ neuroleptics) que abrí en abril de 2000. Me tomé la libertad de eliminar las referencias bibliográficas dentro de la cita. Una lista de los escritos de profesionales sobre el daño que ocasionan los neurolépticos aparece en el artículo de Loren Mosher “The biopsychiatric model of ‘mental illness’: a critical overview” (www.moshersoteria.com).

[6] Masson hizo esas declaraciones en el talkshow Geraldo del 30 de noviembre de 1990.El dato de los millones de seres humanos a quienes se les han dado neurolépticos lo leí en Toxic psychiatry, p. 90.

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Published in: on mayo 16, 2009 at 11:08 am  Comments (6)  

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6 comentariosDeja un comentario

  1. Le felicito por su libro . No lo he leído entero, pero con lo que he leído me queda claro algo que ya intuía aunque nunca tuve tratos firmes con la psiquiatría. Solo se que tanto la salud mental como la física son responsabilidad de uno mismo y encontrar la salud mental significa hacerse justicia a uno mismo ya que, como usted dice, los traumas son consecuencia de experiencias vividas. La salud mental es un tema de justicia , pero que solo uno puede llevar a cabo, porque solo uno mismo conoce toda la verdad y solo uno mismo tiene en su mano el poder para equilibrar y compensar lo que se desequilibró.
    Creo que la única posibilidad real de cura está en el interior de uno mismo, en la fe y en el amor; o como dice el budismo, que como psicología es brillante, cuando el hombre amplia su conciencia hasta la totalidad y su corazón abarca a todas las criaturas, entonces se libera del sufrimiento. Creo que la cura de toda enfermedad o sufrimiento físico o psíquico, está en el mundo espiritual y nuestra civilización es demasiado materialista .
    Yo empecé a estudiar psicología y me fui, porque me pareció una cosa repelente. Solo el lenguaje que utilizan indica que el paciente no es un ser humano para ellos.

    Le animo a que continue con su trabajo

    Un saludo:
    Ana

    • Gracias, Ana.

      Efectivamente: la sicología académica es una carrera de verdad repugnante. Traiciona su materia de estudio desde el inicio, desde su postulado epistemológico. Es increíble que a estas alturas la verdadera psicología (con “p”, ahora sí) no se enseñe en la academia.

      Tengo un blog en que hablo del trabajo de Miller y deMause, enlazado al lado de mi e-book: la real psicología.

      Gracias de nuevo y hasta la vista.

      CT

      • De nuevo, al hilo del artículo y del comentario, ya me queda claro por qué, el primer día en la facultad de sicología, me dieron ganas físicas de vomitar. Por suerte, pero aún sintiéndome culpable por “anormal”, pude revender mis libros de primer curso y marcharme. Luego vino la censura propia de los padres, evidentemente…

  2. De nuevo admiro la elocuencia de estos articulos, apreciando su continuacion con esta clase de temas. La psiquiatria siempre ha causado intriga en mi, principalmente la forma innovadora con la cual reviste su cuerpo ideologico a traves de sendores aparentemente cientificos-materialistas.

    Pienso que el transfondo se reduce a un constante malestar social hacia los `wicked problems’ que constituyen los problemas humanos. El poco pragmatismo que representa abordar los problemas de los seres humanos en terminos de la subjetividad y de sus vivencias personales debido a que el colaborador se debe implicar en la supuesta ilusion del sufridor y con ello en una posible liberacion de sus propios temores e incapacidades, lleva a gremios pseudocientificos al intento de establecer algoritmos frustrados que finalmente terminan consolidando formas destructivas para mantener la homogeneidad de la especie humana de una forma practica e invasiva a traves de la sugestion y la cercenacion del sustento de nuestras percepciones: el cerebro, de modo que a la sanacion se le considera la ausencia de determinados comportamientos, ya que se ha destruido su fundamento neuronal o incapacidad para sentir determinados sentiminientos de nuevo- similar a la analogia del hardware y el software de un ordenador-.

    Me veo influenciado parcialmente por la filosofia Nietzscheana, al concebir que un posible modo de sanacion se reduce a la reconstruccion de la identidad a traves de la auto-confirmacion de la existencia de la voluntad, como el unico medio que asegura el trato y disgregamiento con este mundo y con ello la falta de la necesidad de entrar en los procesos auto-hipnoticos de negacion de la realidad.

    Como quiza sugeria Jung, la recuperacion del fuerte de la consciencia se puede lograr a traves de la expulsion de los lagos del inconsciente de los interiores del castillo, para lograr esto es necesario el enfrentamiento a distinto tipos de regresiones con el fin de propinar una solucion progresiva a los miedos interiores, reafirmando asi la propia identidad.

    Gracias.

    • Gracias por tus comentarios Lyth.

      P.D. de enero de 2012

      Ahora estoy subiendo mi segundo libro a este sitio. Espero que sea de tu ayuda.

  3. Buenos días desde España. Quisiera felicitarle por su blog, donde explica con clarividencia, la experiencia misma individual y colectiva, que los pacientes sufren.

    Después de mucho tiempo aclarando y ordenando el internamiento psiquiátrico y con varios diagnósticos y un mismo y único tratamiento (neurolépticos), con la consecuente desestructuración tanto individual, como social y colectiva, he recibido ayuda de un maestro en psiquiatría a través de su sistema terapéutico sin drogas. Alejado del sistema sanitario publico y privado.

    Mantengo una autonomía económica modesta pero suficiente, he recuperado todas mis aptitudes anteriores y me he beneficiado de un gran numero de, aparentemente, virtudes.

    Pero todo gracias a mi convencimiento e intuición de que no era las drogas psiquiátricas lo que me sacaría del laberinto.

    Siempre he cuestionado todo pero tenía buena capacidad de adaptación, aunque el corazón no me dejaba aprender de las cuestiones educativas y culturales rígidas.

    El miedo y la desesperación me llevó a aprender a leer y a conservar lo que el intelecto y emoción consensuaran, una teoría. (Obviamente no me queda muy claro la ortografía).

    Lo peor fue luchar contra el convencimiento de familiares y amigos de los hallazgos que en la mayoría son hechos. Pero nadie cuestiona el sistema sanitario, a menos que exista una prueba que demuestre negligencia.

    En el caso de negligencia psiquiátrica hacia el profesional no existe. Pues en sus aseveraciones para cubrirse de cualquier amenaza, está aprobada en sus libros emitidos y aprobados por los distintos sistemas de salud y jurídicos de todo el mundo.

    Si después de salir de dicho laberinto quisiera denunciarlo echarían mano de uno de sus artículos donde alegaran que es un síntoma de mi enfermedad que ha derivado a otro trastorno más y me arriesgo a que me vuelvan a medicar y me tutele el estado asegurándose que no vuelva a “recaer”.

    He tenido unos cinco internamientos, todos ellos al poco tiempo de abandonar la “medicación”. Ello se debía a mi cambio exagerado de actividad y actitud pues la apatía y el hastío contínuo desaparecía sin ningún esfuerzo. Pero eso hacia sospechar a los que me rodeaban que algo no funcionaba, por lo que su inseguridad y nerviosismo me era trasmitido y absorbía en dosis de inseguridad y rechazo hacia los demás.

    Ahora estoy bien; un tanto alterado al ver su blog pero feliz de saber de gente como usted. Y también ser conciente de que lo que sufrí era necesario para ser más consciente.

    Bueno me he extendido demasiado; dejo mi correo por si alguien necesita hacer algo con todo este misterio que es la vida.

    rusodrum@yahoo.es

    Gracias.

    Ah!! se me olvidaba. Hace unos días intente hacerle caso a mi impulso de tratar de buscar vías para la denuncia legal de lo que acontece, pues agarrense, existe una organización aceptada por el sistema español que filtra las denuncias contra la psiquiatría. Ellos me atendieron con una simpatía y atención desbordante, y aunque después de contarle algo de mi historia y yo poder escucharlos con total atención. Piensan que tal vez no hay caso, pues yo no intento denunciar a una persona en particular, sino a la ignorancia de los métodos y resultados, pero me invitan a integrarme en dicha organización para repartir propaganda e integrarme en sus que haceres diarios.

    Tengo curiosidad de probar adónde conduce todo esto, pudiera ser que ellos tuvieran un sistema terapéutico que puedan ayudar a salir de un laberinto para después meterte en otro.

    Pero todo esto le hace un flaco favor a las personas científicas y honestas que tratan de liberar al individuo de sus ataduras y sufrimiento.

    Además refuerza aun más a pacientes que están “medicados” y ayudan a los psiquiatras biologistas a su terapia de adherencia a los neurolépticos; acusando a todo intento por convencer de otros cauces de ayuda y metiendo a todos en el mismo saco.


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