Científicos e intelectuales obcecados

Todos los gobernantes de todas las épocas intentaron imponer una falsa cosmovisión a sus súbditos. – Orwell[1]

De adolescente me gustaba la colección de libros Time-Life sobre temas culturales. En el tomo de colección titulado La mente vemos el óleo de Ciccione de Rapho Guillumette donde se ve a Pinel en la Salpêtrière, y los autores de Time-Life se refieren a las internadas como “locas” y “enfermas mentales”.[2] En mi ingenuidad adolescente podía mirar el famoso óleo de de Rapho Guillumette; podía leer el lenguaje de la opresión representada en los comentarios de los redactores de Time-Life; pero no veía opresión alguna. Ignoraba que muchas de las mujeres internadas eran las parias de París; e ignoraba que en Europa se había intentado suprimir a la pobreza por decreto (véase el capítulo “Del gran encierro de Foucault a un Gulag químico” en otra sección). Quienes redactaron el libro de Time-Life nos informan que los tratamientos de antaño eran inhumanos y réprobos. Pero a vuelta de página nos dicen qué es el tratamiento humano: “La topectomía es la extirpación de partes de la corteza. En la lobotomía, una aguja eléctrica destruye parte del tálamo”.[3] Y a renglón seguido nos hablan de camisas de fuerza químicas: “Hoy, las drogas han reemplazado en gran parte a la cirugía del cerebro…” El libro de Time-Life para jóvenes incluye un diagrama en que se ven los grandes trozos de cerebro removidos en estas operaciones. Menciono esto porque antes de educarme en estos temas aceptaba el contenido de estos libros ilustrados con la naturalidad de un niño. Era incapaz de percatarme del poder opresivo de la metáfora “enfermedad mental” y la tiranía sociopolítica que conlleva tal opresión. En la conferencia que Tom Sazsz impartió en la Ciudad de México en 1975, puso un ejemplo muy claro:

Nada tiene de gracioso el tomar literalmente las metáforas si los intérpretes poseen poder político, como sucede con los psiquiatras y como antes tenían los sacerdotes. No necesito traer a cuento que muchas personas creían—muchos aún lo creen; por lo que sé, algunos de ustedes aún lo creen—que un pedazo de pan es el cuerpo de Jesús. Cuando las guerras abiertamente religiosas estaban más de moda que en la actualidad, murieron muchas personas que pensaban, o decían, que el pan era pan y no Dios. Hoy en día nadie muere por eso, pero muchos se meten en problemas por no creer en otras cosas, por no creer en las metáforas de la psiquiatría.[4]

Pero ni siquiera las mejores mentes del siglo XX se libraron de estas metáforas. No vieron que el pan es pan y creyeron en transubstanciaciones. Para ilustrar este hecho quisiera hablar de los divulgadores de la ciencia más ilustres que vio el siglo anterior.

En mis veintes me decepcionó Isaac Asimov. A pesar de haber sido un brillante crítico de las seudociencias se me cayó su imagen al descubrir que en su Introducción a la ciencia escribió que, gracias a la bioquímica, se había podido entender y tratar a la esquizofrenia. Asimov tenía un doctorado en química, pero sólo debido a este lapsus dejé de leer sus libros científicos por muchos años. Otro de los divulgadores de ciencia muy querido por la juventud de los ochenta y noventa era Carl Sagan. En el último de sus libros que alcanzó a ver publicado antes de que muriera, Sagan escribió:

Podemos rezar por una víctima del cólera o podemos darle quinientos miligramos de tetraciclina cada doce horas […]. Podemos intentar una terapia psicoanalítica casi fútil con el paciente esquizofrénico, o darle de trescientos a quinientos miligramos de clozapina [un neuroléptico] al día. Los tratamientos científicos son cientos o miles de veces más eficaces que los alternativos. E incluso cuando parece que las alternativas funcionan, no sabemos si realmente han tenido algún papel: pueden producirse remisiones espontáneas, incluso del cólera y la esquizofrenia, sin oración y sin psicoanálisis.[5]

Aunque yo tampoco aconsejaría recurrir a la oración o al sicoanálisis en los casos de hijos maltratados y dañados psicológicamente por sus padres, este lapsus seudocientífico de Sagan me llama mucho la atención. No es verdad que la clozapina cure al esquizofrénico. Todo lo contrario: como vimos al hablar de las estadísticas de la Organización Mundial de la Salud, la gente que sufre de crisis psicóticas en los países pobres sin neurolépticos tiene muchos más chances de recuperarse que la gente en los países ricos. Además, el popular astrónomo no se percató que incluso el individuo muy trastornado está cerebralmente sano, y parece creer en la “transubstanciación” de un trastorno puramente psíquico en una enfermedad del grupo del cólera. Este milagro es lo que nos quieren hacer creer los intérpretes de la metáfora enfermedad mental. Lo ridiculicé desde la introducción a este libro señalando que es tan absurdo confundir a la mente humana con el cerebro como lo es confundir al procesador de palabras con el que escribo esta frase con el CPU que tengo enfrente. En la profesión médica el dogma es creer en la “transubstanciación” del software al hardware, de la mente al cerebro: mi procesador Word y el aparato físico entendidos como uno y lo mismo. En las facultades de medicina decir que el pan es pan, y el vino vino, es herejía. Si existe tal cosa como la “esquizofrenia”, ésta se encuentra, por así decirlo, en el ciberespacio del cerebro; no es el cerebro en sí. Esto es algo que debiera ser obvio incluso para quienes, como Sagan y yo, no creemos ni en el más allá, ni en espíritus desencarnados, ni en las religiones ni en nada que tenga que ver con lo paranormal.[6]

Asimov y Sagan pueden considerarse, paradójicamente, un par de “escépticos crédulos”: oxímoron acuñado por Szasz para referirse a los intelectuales que critican las seudociencias paranormales, pero que han sido embaucados por la siquiatría.[7] En 1994 estreché la mano de Sagan precisamente durante una conferencia sobre seudociencias en Seattle, Washington, en la que Sagan mismo nos dio la ponencia magistral. Pero lo que él y Asimov enseñaron es asombroso: Haz de ser escéptico de las seudociencias populacheras, pero no de la única seudo que se enseña en la universidad.

Algo similar puedo decir de otro tipo de figuras tutelares: aquellos que me enseñaron a pensar en lo que a las humanidades respecta. Karl Popper, y especialmente Octavio Paz, me ayudaron a despertar del sueño de los filósofos totalitarios.

Por el hecho de haber desenmascarado a Platón, Hegel y Marx, considero que Karl Popper fue el filósofo más lúcido del siglo XX. Las principales obras de Popper son Lógica de la investigación científica y La sociedad abierta y sus enemigos: la plataforma idónea para que el filósofo despertara al hecho que la siquiatría es ambas cosas: una falsa ciencia y una Inquisición. Una de las mayores sorpresas que recibí al leer La sociedad abierta fue la similitud entre la siquiatría y el totalitarismo que Platón ideó en su República y en sus Leyes, en las que se inspiró no en su ciudad de Atenas, sino en Esparta. Tanto el colectivismo platónico como el colectivismo siquiátrico son proyectos destinados a suprimir la libertad humana. Las similitudes son muchas, pero mencionaré sólo una. Siguiendo a John Stuart Mill, Popper nos dice que en una sociedad abierta debe existir “la protección de aquella libertad que no perjudica a los demás ciudadanos”.[8] Un ejemplo de este principio puede ser la libertad de las muchachas Hersilie Rouy y Julie La Roche en el siglo XIX, o de John Bell, Leo Frank y Mario Cantú en el XX. Pero es obvio que en las sociedades “abiertas” de occidente estos jóvenes, quienes jamás perjudicaron a otros ciudadanos, no gozaron de esa libertad que propugnaron los seguidores de Mill.

Popper cooperó con Alfred Adler en sus clínicas de guía social en Viena para niños y jóvenes, pero posteriormente se alejó de él.[9] Aunque Popper se percató que los sistemas alderiano y freudiano eran seudocientíficos, en su crítica al movimiento de salud mental nunca fue más allá de una crítica del sicoanálisis. Esto es muy extraño porque fue Popper mismo quien ideó la prueba de ácido para distinguir entre ciencia y seudociencia, el principio de refutabilidad de una hipótesis, y además ideó una aguda noción de democracia que evita la dictadura. El que un individuo con dos ideas geniales haya callado respecto a la siquiatría—que la siquiatría es ambas cosas: una seudociencia y una propuesta dictatorial de la mayoría—es algo que debe investigarse un poco. Quizá algunos pasajes de la correspondencia que Popper mantuvo con Szasz arrojen alguna luz sobre el tema. En una carta de 1984, año orwelliano por excelencia, Popper escribió:

Estimado Profesor Szasz:

Debe ser hace veinte años desde que intercambiamos algunas cartas. He estado leyendo sus libros con la mayor admiración. The Therapeutic State [El Estado Terapéutico] es un monumento para usted, su racionalidad, independencia mental y valor […].

Estoy completamente de acuerdo con usted en luchar contra los psiquiatras y su intolerable poder; y me da gusto que haya escrito contra Freud y contra el nacionalismo y prejuicios raciales judíos como lo ha hecho. Pero este es un tema secundario respecto a su urgente y espléndida lucha contra el poder de los nuevos sacerdotes-médicos y curanderos, una lucha en la que seguramente necesitará aliados.

Mis mejores deseos,

Karl Popper.[10]

Popper estaba consciente de que Szasz necesitaba aliados. Pero cuando Szasz invitó a Popper a que contribuyera con un artículo para su revista, Popper declinó arguyendo: “Simplemente no sé suficiente acerca de la psiquiatría: mi conocimiento es de oídas. La libertad sí, la psiquiatría no”.[11] Lo que resulta extraño en la negativa de Popper es que este hombre se pasó toda la vida impugnando al totalitarismo comunista y escribió gruesos tratados combatiendo a la “ciencia” marxista y filosofando sobre la ciencia real. Sin embargo, no se atrevió a escribir el artículo sobre los siquiatras: los nuevos sacerdotes-médicos cuya profesión floreció tanto en su Austria natal como en la Inglaterra donde vivió. ¿A qué se debió esta omisión si Popper mismo dice que debemos “luchar contra los siquiatras y su intolerable poder”? Si había un hombre de la estatura intelectual que podría haberle hecho daño a la siquiatría, ése era Karl Popper. ¿Por qué no lo hizo?

Es un misterio. Lo que me parece evidente es que la visión incorregiblemente optimista que en sus últimos años ostentó Popper sobre las democracias occidentales[12] no se encuentra justificada a la luz de las revelaciones de los libros de Szasz que leyó “con la mayor admiración”. A pesar de que Popper es el filósofo europeo del siglo XX que más debiera leerse, el no ver la amenaza que representaban los nuevos sacerdotes-médicos para aquella libertad que tanto defendía significa que, usando la metáfora que uso en mi blog, no quiso acabar de despertar de la matriz. Prefirió la somnífera píldora azul que le ofreció Morfeo. Ya lo decía Horacio en su Arte poética: Quandoque bonus dormitat Homerus. También alguna vez dormita el bueno de Homero.

Ahora quisiera decir algo de Octavio Paz, quien fuera mi conciudadano y con quien me encuentro en grandísima deuda. De mis espíritus tutelares, fue él quien más me ayudó a despertar del sueño del marxismo-leninismo que me inculcaron en la escuela. No obstante, al igual que Popper Paz dormitó a lo largo de su vida sobre la siquiatría, una institución que para entenderla hay que entender al mal:

Los campos de exterminio me abrieron una inesperada vista sobre la naturaleza humana. Expusieron ante mis ojos la indudable e insondable realidad del mal. Nuestro siglo —y con el nuestro todos los siglos: nuestra civilización entera— nos ha enfrentado a una cuestión que la razón moderna, desde el siglo XVIII, ha tratado inútilmente de esquivar […]. Salvo las religiones, ¿quién ha dicho algo que valga la pena sobre el mal? ¿Qué nos han dicho las filosofías y las ciencias? Para Platón y sus discípulos —también para San Agustín— el mal es la Nada, lo contrario al Ser. ¡Pero el planeta está lleno hasta los bordes de las obras y los actos de la Nada! […]. El mal no es únicamente una noción metafísica o religiosa: es una realidad sensible, biológica, psicológica e histórica. El mal se toca, el mal duele.[13]

Pero noticias similares a las que leyó Paz en los periódicos sobre Europa las divulgaron los reporteros sobre la realidad del mal en América. Recuérdense las palabras de Albert Deutsch en 1946 sobre los siquiátricos estadounidenses : “En algunos de los pabellones había escenas que rivalizaban con los horrores de los campos de concentración nazis: cientos de pacientes mentales desnudos se amontonaban en enormes salas como pocilgas, infestadas de suciedad, en todos sus grados de deterioro humano, sin vigilancia ni tratamiento, despojados de todo vestigio de decencia humana, muchos en estado de profunda desnutrición.” ¿Cómo fue que los campos europeos expusieron ante los ojos de Paz la realidad del mal y no los campos de Norteamérica, o incluso el campo de concentración del mismísimo pueblo donde vivió?

El niño y joven Octavio vivió en el pueblo de Mixcoac hasta los veintitrés años, en la vieja casa de su abuelo paterno.[14] En tiempos de la familia Paz el Manicomio General de La Castañeda ya era un campo de concentración en Mixcoac antes de que Octavio naciera. La ineluctable realidad del mal se palpa en las palabras de aquella enfermera que cité en el capítulo sobre La Castañeda. La enfermera confesó que ella y otras tres sumergieron a una señora en agua calientísima. La víctima comenzó a ponerse negra y a echar espuma con sangre por la boca. Luego murió. Si en México hubo algo similar al ministerio de la tortura orwelliano fue La Castañeda: institución total que hasta hornos crematorios tenía para deshacerse de los cadáveres de los prisioneros. Algunas moléculas de los restos de los prisioneros incinerados debieron haber ido a parar al sistema respiratorio del joven Paz. Ya me lo imagino pasar por La Castañeda en los únicos momentos en que, según él mismo nos confiesa en la conferencia del Premio Nobel en Estocolmo, vivía el “tiempo presente” de la vida.

En lo personal, si me dieran a escoger entre morir en un campo de exterminio como el de Treblinka, y La Castañeda, escogería Treblinka: ahí al menos las víctimas eran inmediatamente conducidas a las cámaras de gas y la agonía no duraba meses, años o decenios como en México. Pero Paz no dijo nada sobre La Castañeda a pesar de que escribió nostálgicamente sobre su pueblo de Mixcoac. Tampoco escribió nada sobre la siquiatría o sobre alguna de las escatológicas granjas-hospitales de su país. Ni siquiera está claro que tocara el tema con sus amigos. Cuando le pregunté a Ramón Xirau, un amigo cercano al finado Paz, si éste le había comentado algo sobre la siquiatría, Xirau no recordaba nada.[15]

No hay peor infierno que el que ya no se ve, decía Calvino. El archipiélago de ministerios de la tortura en México, como el del Gulag en otros tiempos, ha sido un país casi invisible, casi impalpable. Los 65,000 recluidos que estuvieron de 1910 a 1968 en La Castañeda pasaron su cautiverio en una invisibilidad casi absoluta. La invisibilidad de estos prisioneros fue idéntica a la invisibilidad de los zeks del Gulag, con la diferencia que Paz vio el distante crimen de la Siberia mas no el crimen de su mismo pueblo de Mixcoac.

EL RESTO de los intelectuales mexicanos tampoco ha despertado. De hecho, en México ningún intelectual de renombre ha denunciado estos tormentos perpetrados en suelo mexicano.

La revista que Enrique Krauze dirige es una de las dos únicas revistas mexicanas de temas de fondo (la otra es su rival Nexos). No obstante, cuando en 2001 hice indagaciones me enteré que, según algunos miembros del consejo editorial de la desaparecida Vuelta (la revista de Paz), y según el editor y el subdirector de Letras Libres, que también se vende en España, las revistas jamás publicaron nada sobre la siquiatría. Uno de los editores me informó que incluso algunos empleados de Letras Libres le administran Ritalín a sus hijos. Así que tendré que evaluar a los intelectuales que ahí escriben no por lo que dicen, sino por lo que han omitido decir.

En el número de marzo de 2000 de Letras Libres dedicado a las drogas no se mencionó, ni siquiera de paso, a las drogas siquiátricas.[16] Los escritores que contribuyeron con sus artículos sucumbieron tácitamente a la trampa novohablística de distinguir entre “psicofármacos legales” y “estupefacientes ilegales”. En realidad, el que los gobiernos hagan esta distinción arbitraria oscurece el hecho que ambos son simplemente drogas. Antes de que se prohibieran los opiáceos Kraepelin mismo prescribía morfina para aliviar la depresión. En nuestros días de prohibición, una prohibición idéntica a la ley seca del siglo pasado, se necesita haber sido embaucado por los medios para sostener que algunos ciudadanos responsables enfrentan la realidad con Prozac mientras que los irresponsables huyen de la realidad con la mariguana. ¡Ambos son drogas, simplemente drogas! Lo que es peor: los neurolépticos, que son legales, incapacitan al cerebro más y son más peligrosos que los “estupefacientes” ilegales cocaína y heroína (los cuales, dicho sea de paso, no se administran contra la voluntad del sujeto). Esto es algo que ni Letras Libres ni Nexos ni el resto de la prensa mexicana, americana o europea ha podido ver.[17] Al hacer estas distinciones semánticas, el mundo duerme. Tan obcecados están que no hay intelectual renombrado que se haya percatado que Belsasso, el mismísimo Comisionado Nacional contra las Adicciones en México de 2000 a 2003, promovió drogar a millones de niños sanos con Ritalín y otros estimulantes o metanfetaminas. México durmió ante la política represiva de este funcionario-pusher.

En Estados Unidos la masa también duerme. La televisión gringa constantemente nos bombardea con imágenes de un negro o un hispano arrestado, humillado ante las cámaras boca abajo en el asfalto, y flanqueado por un policía de la DEA y el heroico perro que olió la mercancía. Nótese que el negro o el hispano esposado sólo vendía drogas para causar placer al adulto que las consume voluntariamente. Pero jamás se nos ha concedido el espectáculo de ver a un médico caucásico que receta drogas para causar tormento al niño, o a sus padres que se las administran involuntariamente (como me hicieron), boca abajo y esposados en un arresto. Ni siquiera los escritores de las columnas científicas, quienes en teoría debieran estar arriba de la masa, están conscientes. Cuando hablé con Carlos Chimal sobre el crimen que significa esta drogadicción siquiátrica de niños sanos, descubrí que no tenía la más remota idea de lo que la siquiatría es (desde que existía Vuelta y después en Letras Libres Chimal escribió artículos sobre temas científicos). Pero la ignorancia no se limita a los escritores de revistas.

En México ningún escritor parece tener una idea exacta de lo que es la siquiatría. El hecho que un sujeto como Ramón de la Fuente padre haya pertenecido a la elite de mexicanos ilustres, El Colegio Nacional, sin que nadie de nombre impugnara su membresía, habla por sí solo. Y nadie parece percatarse que de la Fuente Jr., el rector de la máxima casa de estudios del país al momento de escribir, se haya graduado en una seudociencia biológica tan seudo como la frenología. Si el mundo académico mexicano no fuera parte de la matriz social que controla a la población, el rector habría denunciado los crímenes de su padre publicados en los capítulos anteriores, y habría expulsado a tambor batiente todo modelo siquiátrico de las facultades de medicina y de sicología. Pero nadie en México ha sugerido esto, ni remotamente.

Ilustremos este punto con en el único caso en que ha aparecido una noticia de primera plana sobre un escándalo siquiátrico en el país. La nota periodística hizo referencia a una cuestión política en que la siquiatría se vio involucrada. El 5 de septiembre de 2004 La Jornada sacó el titular “En siquiátricos, nombres de 134 desaparecidos” refiriéndose a los desaparecidos de la guerra sucia de los 1970 y 80. Para la fiscalía de asuntos del pasado en México, el hecho de que los siquiátricos Fray Bernardino y Samuel Ramírez coludieron con el gobierno de Echeverría y López Portillo fue “de enorme trascendencia” . Pero jamás se cuestionó la legitimidad de la profesión. Algo similar sucedió en Estados Unidos cuando salieron a la luz pública las atrocidades de Ewen Cameron en el Instituto Allan Memorial en Montreal. Algunos políticos y periodistas reaccionaron sólo porque la CIA le había enviado fondos a Cameron, a pesar que éste ignoraba que la CIA era uno de sus patrocinadores. Pero la siquiatría, como tal, no fue cuestionada en Norteamérica. Tan no ha sido cuestionada que, como vimos, la capital de Tejas le otorgó el título de “hijo predilecto de la ciudad” al lobotomista Viktor Frankl.

Los casos de Cameron, Frankl y la nota en La Jornada reflejan el sueño profundo en que duermen los “críticos” de la siquiatría. Pero volviendo a los intelectuales. A pesar de que las mujeres han sido uno de los blancos predilectos de los siquiatras desde hace unos siglos—estadísticamente se electrochocan más mujeres que hombres y se les dan más antidepresivos—, las escritoras mexicanas también duermen. El 17 de octubre de 2000 la historiadora Isabel Turrent en toda su inocencia fue a charlar al programa de Amara sin sospechar que se encontraba ante otro pusher de drogas para la niñez mexicana. Cuando en el programa se tocó el tema de la sicología infantil, Turrent le dijo a la doctora Micher y al doctor Amara: “Ustedes tienen mucho más credenciales que yo”.

Isabel Turrent es la esposa de Krauze. El grupo de los Krauze convocó en julio de 2000 a políticos, artistas e intelectuales, quienes suscribieron un documento con propuestas, entre otros rubros, sobre política social y justicia a propósito de la alternancia del poder en México después de la dictadura de setenta años del partido PRI. Las sugerencias de este grupo plural de firmantes sobre los más diversos tópicos fueron publicados en un documento titulado “Agenda para un México nuevo”. En ninguna parte de este documento aparece, ni por asomo, referencia alguna a las violaciones a los derechos humanos en el área de salud mental; ni siquiera en el apartado titulado “Justicia”. Ciento dos firmantes de la comunidad pensante del país endosaron este documento tan ciego hacia estas violaciones como Asimov, Sagan, Popper, Paz y los intelectuales del mundo se obcecaron ante la siquiatría de sus naciones. Los firmantes del documento fueron:

Alberto Aguilar, Adolfo Aguilar Zinser, Jorge Alcocer, Javier Aranda Luna, Homero Aridjis, Aurelio Asiain, Alejandro Aura, Luis de la Barreda, Huberto Batis, Héctor Bonilla, Carmen Boullosa, Federico Campbell, Jorge Carpizo, Adolfo Castañón, José Carreño Carlón, Bulmaro Castellanos MAGÚ, Ricardo Cayuela Gally, Miguel Cervantes, Teresa del Conde, Arnaldo Córdoba, Santiago Creel, José Luis Cuevas, Jorge Chabat, Christopher Domínguez Michael, Felipe Ehrenberg Enríquez, Salvador Elizondo, Manuel Felguérez, Enrique Florescano, Fernando García Ramírez, Sergio García Ramírez, Felipe Garrido, Teodoro González de León, Juliana González, Sergio González Rodríguez, Miguel Ángel Granados Chapa, Antonio Helguera, Luis Ignacio Helguera, Jorge Hernández Campos, Francisco Hinojosa, Hugo Hiriart, David Huerta, Julio Hubard, Graciela Iturbide, Teresa Jardí, Alberto Kalach, Gerardo Kleinburg, Arnoldo Kraus, Enrique Krauze, Hernán Lara Zavala, Mario Lavista, Paulina Lavista, Guadalupe Loaeza, Soledad Loaeza, Tedi López Mills, Froylán López Narváez, Denisse Maercker, Aurelio Major, José Luis Martínez, Eduardo Matos Moctezuma, Álvaro Matute, Fabrizio Mejía Madrid, Carlos Monsiváis, Jaime Moreno Villareal, Marcos Moshinsky, Rogelio Naranjo, Guillermo Ochoa, Pablo Ortiz Monasterio, José Agustín Ortiz Pinchetti, Julio Patán Tobío, Rafael Pérez Gay, Aline Pettersson, Sergio Pitol, Elena Poniatowska, Vicente Quirarte, Juan José Reyes, Marta Robles, Ricardo Rocha, Alejandro Rosas Robles, Daniel Sada, Josué Sáenz, Juan Sánchez Navarro, Sebastián, Ilán Semo, Enrique Serna, Guillermo Sheridan, Ignacio Solares, Jordi Soler, Cecilia Soto, Carlos Tello Díaz, Francisco Toledo, Julio Trujillo, Isabel Turrent, Álvaro Uribe, Diego Valadés, Eduardo Vázquez Martín, Sergio Vela, José Manuel Villalpando César, Juan Villoro, Ramón Xirau, Leopoldo Zea, Emilio Zebadúa y Federico Zertuche.[18]

Una lista similar de escritores, políticos y artistas obcecados podría hacerse en las demás naciones.

De los firmantes arriba mencionados sólo he hablado sobre la siquiatría con Fernando García Ramírez, Ricardo Rocha y Ricardo Cayuela Gally. Únicamente Rocha tomó en serio mi denuncia de la siquiatría. No obstante, en noviembre de 2001 salí al aire en la televisión solamente unos segundos en uno de sus programas. García Ramírez y Cayuela Gally han realizado trabajo editorial en Letras Libres. Me entrevisté con García Ramírez en las oficinas de la revista pero luego no contestó mis correos electrónicos. Cayuela Gally fue más tajante. En agosto de 2006 me quejé con él a propósito de un artículo desinformativo que, ese mismo mes, publicó la revista: artículo que había salido de la misma pluma de Ramón de la Fuente Muñiz (el padre). Cayuela Gally me dijo, textualmente—anotaba sus palabras mientras hablábamos—: “Tenemos mucho respeto por Ramón de la Fuente”. Una vez que mencioné el crimen que de la Fuente cometió con el señor Arriola, que aparece en el capítulo “Transferencia maternal”, Cayuela Gally se limitó a decir: “Es un tema que no nos importa, no nos atañe, no nos interesa”. (Aún ahora que corrijo la sintaxis de este texto, tres años después, me enfurecen estas imbéciles palabras de Cayuela Gally.) Experiencias similares he tenido con la prensa de izquierda: los editores de La Jornada y Proceso me ignoraron cuando les hablé de las lobotomías que se realizan en la misma ciudad en que residen las oficinas de estas revistas y periódicos.

Los medios nos han adormecido a grado tal que incluso los académicos que no son médicos ven las cosas con los ojos de los estudiantes de medicina. Como ejemplo quisiera mencionar un libro sobre La Castañeda publicado por el Instituto Mora a finales de 2001. En seis artículos eruditos de diversos historiadores y sociólogos mexicanos y extranjeros, los autores expusieron sus ideas omitiendo hablar de las lobotomías, los electroshocks, los tormentos como el de la mujer asesinada con agua calientísima, y el injusto encierro en La Castañeda de quienes no habían violado la ley. Tampoco entrevistaron a quienes estuvieron presos en el siquiátrico más populoso que ha visto México. Hablando en nuevahabla, una de estos historiadores usó la palabra “enfermo” al hablar del internado luego de mencionar el hecho que “tanto el Estado como la familia estaban autorizados para internar a los pacientes”.[19] Esta profesora no despertó al hecho que si el gobierno o la familia internaban a algunas personas, lo que se reprimía en La Castañeda no eran enfermedades ni delitos, sino conductas que la familia y la mayoría no toleraban. Otra historiadora, la misma que coordinó la edición del libro, cayó exactamente en el mismo error semántico.[20] De hecho, todos los contribuyentes de artículos, incluso los historiadores que criticaron levemente a la siquiatría, frecuentemente usaron la palabra “enfermos” a lo largo del libro. Esto sucedió incluso en la entrevista a aquella enfermera de La Castañeda que junto con otras sumergió a su víctima en agua caliente hasta que se puso negra y murió. Después de escuchar de esta enfermera anciana que las internas que vigiló en su juventud “platicaban como si estuvieran normales”, una egresada de filosofía estúpidamente escribió más de treinta veces “enfermas” en su artículo, a veces a renglón seguido de una declaración de cordura (Enfermera: “Muchas de ellas decían ‘yo no estoy loca’”. Entrevistadora: “¿Las enfermas podían tener revistas, libros o tejidos?”).[21] Algo muy similar a esta deferencia hacia la calumnia siquiátrica puede decirse de la tradición historiográfica española, escrita por no médicos, sobre las centenarias instituciones manicomiales de España.

Ni siquiera quienes han criticado a la siquiatría han podido despertar de estos engaños semánticos. Por ejemplo, gracias a la tesis de licenciatura que Claudia Acosta me obsequió pude orientarme en la bibliografía para escribir muchas de las páginas sobre la siquiatría en México. No obstante, al hablar de los recluidos en los siquiátricos mexicanos, Acosta escribió: “algunos no deben de estar ahí”.[22] Esta posición supone que el resto, los auténticamente perturbados, deben sufrir el empleo punitivo de drogas y que su hospitalización fue buena y necesaria. Acosta y los críticos de la siquiatría mexicana han sido capaces de debatir que algunos internamientos fueron indebidos, pero no que nadie deba ser internado. Esta es una idea que simplemente no puede ocurrírseles. Dado que su postura tiene que ver con el concepto central en la profesión siquiátrica, la enfermedad mental, los antisiquiatras hispanohablantes no son del todo “anti” al parecer. Ni siquiera están al tanto de la opción humanitaria y perfectamente voluntaria de Loren Mosher y las Casas Soteria de Europa, como expliqué en el apéndice de mi libro.

El periodista Federico Campbell, otro de los firmantes de la lista de arriba, ha difundido materiales de antisiquiatría clásica en las revistas Mundo Médico y Proceso. De hecho, yo mismo cito uno de sus viejos artículos antisiquiátricos en las notas bibliográficas al final de este libro. Pero Campbell nunca criticó el vocabulario de los llamados críticos de la siquiatría que menciona, y en un artículo cayó tan miserablemente en la nuevahabla que prácticamente sancionó la agenda represora en casos de gente excéntrica o outsiders, a quienes rotuló de “personalidad fronteriza”—¡justo a quienes Mill trataba más de defender![23] Para colmo, aún los sobrevivientes de la siquiatría que han intentado formar asociaciones antisiquiátricas en México han caído en la trampa. He escuchado a Mario Cantú hablar en la radio de “enfermos mentales” y a Aliosha Tavizon de “pacientes siquiátricos”. Nunca se le ocurrió a este par que con esas expresiones ellos mismos se autoestigmatizaron ante la opinión pública. Toda esta gente bienintencionada quisieron ser hermanos de las víctimas. Pero con su vocabulario resultaron ser cómplices de sus verdugos. Su lapsus semántico es común en otros sobrevivientes de crimen siquiátrico. Más que lapsus debiera decir, como diría Alexander Pope, error garrafal alrededor de un significado.

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Más capítulos sobre la siquiatría en México aparecen en la tercera sección del libro.

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Referencias

[1] George Orwell: 1984 (Ediciones Destino), p. 195. Sustituí la palabra “concepto” del traductor por “cosmovisión” que se acerca más al original en inglés “view of the world” de Nineteen eighty-four (Secker & Warburg, 1999), p. 155.

[2] John Rowan Wilson y otros: La mente, colección científica de Time-Life (Time-Life, 1979), p. 71.

[3] Ibídem, p. 63.

[4] Basaglia y otros: Razón cordura y familia, p. 94.

[5] Carl Sagan: El mundo y sus demonios: la ciencia como luz en la oscuridad (Planeta, 1997), p. 26.

[6] La relación entre mente y cerebro, recientemente estudiada por celebridades tan dispares como Roger Penrose y Francis Crick, es en extremo compleja y excede el ámbito de este libro. Lo único que puedo señalar es que ni siquiera Karl Popper, quien defendía una postura “interaccionista” entre la mente y su cerebro, creía en la vida postmortem ni tomaba en serio la existencia de los fenómenos paranormales.

[7] Tomas Szasz: “Gullible skeptics” in The Freeman (May 1999). Leí este artículo en una página web (www.enabling.org./ia/szasz/gullible) que abrí en diciembre de 2001.

[8] Karl Popper: La sociedad abierta y sus enemigos (Paidós, 1957), p. 115.

[9] Popper: Conjeturas y refutaciones: el desarrollo del pensamiento científico (Paidós, 1994), p. 58.

[10] Leí esta carta del 8 de agosto de 1984 en una página web (www.enabling.org/ia/szasz/ popper) que abrí en mayo de 2000.

[11] Leí esta carta del 7 de julio de 1981 en ibídem.

[12] Karl Popper: La responsabilidad de vivir: escritos sobre política, historia y conocimiento (Altaya, 1999).

[13] Octavio Paz: Ideas y costumbres I: la letra y el cetro. Este es el volumen IX de las obras completas de Octavio Paz (Fondo de Cultura Económica, 1995), pp. 34s.

[14] Esa casa, que aún existe, se ubica a sólo una cuadra del lugar en que, tiempo después, se construiría el edificio donde Giuseppe Amara tendría su consultorio.

[15] Hablé por teléfono con Ramón Xirau en diciembre de 2001. También le escribí una carta a Marie José Paz, la viuda de Octavio Paz, preguntándole si recordaba algún pronunciamiento de su esposo sobre la siquiatría. Mi carta no fue contestada.

[16] Letras Libres sólo menciona a los laboratorios clandestinos de metanfetaminas (pp. 48s), pero no a Ritalín, la metanfetamina más popular, manufacturado legalmente por Novartis.

[17] La excepción es el artículo de Michael Pollan: “A very fine line” (12 September 1999) que apareció en el New York Times Magazine. Pollan sostiene que no existe un fundamento coherente para justificar la legalidad o ilegalidad de una droga.

[18] “Agenda para un México nuevo” en Letras Libres (julio 2000). Aunque el documento fue publicado en esa revista “no pertenece a Letras Libres sino a todos los que lo firman” (p. 16).

[19] Cristina Rivera-Garza: “Por la salud mental de la nación: vida cotidiana y Estado en el Manicomio General de La Castañeda, México 1910-1930” en Secuencia #51, revista de historia y ciencias sociales: Para una historia de la psiquiatría en México (Instituto Mora, septiembre-diciembre, 2001), p. 70.

[20] María Cristina Sacristán: “Una valoración sobre el fracaso del Manicomio de La Castañeda como institución terapéutica, 1910-1944” en ibídem. Véanse especialmente las páginas 97-100.

[21] Mónica Martínez: “La Castañeda desde adentro: entrevista a Margarita Torres Mora, enfermera” en ibídem, p. 161. Véanse también las páginas 155 y 164.

[22] Acosta-Ramírez: Los derechos humanos de los enfermos mentales, p. 42.

[23] Federico Campbell: “La personalidad fronteriza” en Proceso (19 octubre 1987).

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Published in: on mayo 15, 2009 at 6:25 pm  Comments (3)  

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3 comentariosDeja un comentario

  1. Me ha gustado mucho este artículo; la psiquiatría se queda, en lo no dicho… personalmente, he tenido serios conflictos con las implicaciones semánticas de los términos psiquiátricos y del mundo de las drogas; hasta el momento, no se como nombrar esos “objetos” de estudio, ni a los sujetos implicados en ellos.

  2. Como mencionó anteriormente, muchos intelectuales no se ocupan de conocer las etimologías de las palabras que usan (o abusan). Recuerdo cómo en un capítulo de “Historia Gral. de las Drogas” (Cap. 30 “La Evolución semántica de lo prohibido”), Antonio Escohotado hace referencia a la manera arbitraria en que se han utilizado términos como estupefaciente, fármaco, narcótico, etc. Creo que es muy pertinente su análisis de estos “lapsus” institucionalizados.

    Por otra parte, me gustaría que me sugieriera algunos libros, películas u otros materiales, sobre el conflicto contemporáneo de las drogas, específicamente, el de las drogas “prohibidas”. Creo que reflexionar acerca de las mentiras que sustentan la prohibición y el combate al narcotráfico, es algo de la mayor importancia, en virtud de la “guerra” que está librando el gobierno federal.

    En algunas ocasiones he participado como coordinador de talleres con familiares y profesores de preparatoria y educación básica, sobre el tema de las drogas. Casi siempre, hablan de la angustia que implica la decisión de tener que internar hijos en los anexos porque no encuentran una forma de contener el conflicto. Una película que les ha impresionado, y que les ha movido a hablar sobre el tema es “El infierno de todos tan temido” de Sergio Ohlovich. Me gustaría conocer otros materiales como este, que puedan aplicarse a la historia de nuestro país.

    De antemano, gracias por leer mis mensajes.

    • Vi esa película. La trampa social es tan enorme que es tan difícil hacer que la gente despierte como desenchufarse de “Matrix” (como en la película). Si lees estos capítulos Alberto quizá encuentres las respuestas. Un saludo.


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