Páginas 197-206 de Hojas susurrantes

La naturaleza del mal: Amara (III)




En la epístola original y primitiva a mi madre de 1988, no en la corregida y publicada Carta, cometí un error garrafal: interioricé la calumnia de Amara como algo real. Ese era precisamente el propósito del sicoanálisis forzado al que fui sometido de chico. Por ejemplo, en la sección de La Medusa la epístola primitiva dice: “La etiología de mi enfermedad mental fue la madre”; en Locura à deux: “¿Qué podía responder un enfermo bloqueado y tartamudo?”, y en La profecía: “el hijo enfermo…” en lugar de “el hijo asolado” en la versión corregida. Estos son sólo unos ejemplos de cómo escribí la epístola que puse en el escritorio de mi madre con la vana esperanza que la leyera.

¡Pero jamás fui un enfermo, sólo la víctima de unos padres enloquecidos y de un ataque médico! ¿Cómo fue pues que en mis veintes, cuando escribí la epístola, usé esas imbéciles palabras?

A fin de exonerar a los padres y al status quo, la idea rectora en siquiatría no es sólo Culpad a la Víctima, sino que la víctima misma se culpe ante la sociedad: una suerte del San Benito que usaba el disidente del sistema en los tiempos más gloriosos de Nueva España. Esto me recuerda un estudio de Octavio Paz sobre algo que, 281 años antes de mi autoestigmatización, le sucedió a una poetiza con un inquisidor en la misma ciudad en la que vivo. Tanto el confesor de Juana de Asbaje como el obispo de México acorralaron a esta pobre mujer al grado de hacerle creer que ella, no estos prelados soberbios, era una pecadora, “la peor de todas” según la pluma de la poetiza misma. Después de interiorizar la calumnia Juana se autoinmoló y murió. Su confesor, vale decirlo, ocupaba un importante cargo en la Inquisición de Nueva España. Aunque Sor Juana nunca fue una pecadora, ni yo un enfermo, lo que le sucedió con el confesor-inquisidor (“la peor de todas”) fue el equivalente novohispano de lo que me sucedió con el analista-inquisidor (“el hijo enfermo…”). [1]

La biblia de los siquiatras, el Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales o DSM, es un glosario que sirve de base clínica a la siquiatría de hoy día, usado como sustituto de las pruebas físicas dado que no existe tal cosa como pruebas de laboratorio en siquiatría. El DSM está basado en una lista de control que acompaña los síntomas de los alegados males mentales que atacan al ser humano: precisamente el método que seguían los redactores de los manuales de brujas.

El DSM-II incluía al trastorno de “homosexualidad”, y una edición posterior incluía a un trastorno que ocasionalmente se les atribuyó a las mujeres apaleadas por sus maridos, el “trastorno de la personalidad masoquista”, renombrado después como el “trastorno de la personalidad autoderrotista”. Debido a la presión de los grupos de homosexuales y feministas, los diagnósticos fueron retirados. En 1973 la homosexualidad dejó de ser un trastorno mental, y en la siguiente década se dejó de etiquetar a algunas mujeres con el diagnóstico “trastorno de la personalidad masoquista”.[2] No obstante, como los niños y los púberes no pueden formar organizaciones de activismo político, el “déficit de atención” no ha sido expurgado del DSM. El manual a veces parece ser un termómetro para medir la escala de valores de la época. Por ejemplo, según el DSM jugar compulsivamente juegos de azar es un trastorno, pero en nuestra sociedad que promueve el consumismo no se considera que los compradores compulsivos estén trastornados.

Como en el caso del homosexualismo, los editores del DSM constantemente revisan y reeditan su manual, modificando lo que se entiende por trastorno por medio de votos en congresos siquiátricos. Sí: votos, no pruebas de laboratorio. El precedente del DSM fue el Statistical manual for the use of institutions for the insane, reeditado diez veces de 1918 a 1942, que listaba veintidós categorías diagnósticas. El primer DSM, editado en 1952, ya contaba con 112 conductas humanas que para los siquiatras eran trastornos. Aparte de los contados trastornos auténticamente psicóticos, este DSM incluyó muchas otras conductas que no son locura propiamente dicha sino una cornucopia de ansiedades, fobias, obsesiones, compulsiones, adicciones, depresiones y manías. Lo que es más, el DSM actual es un glosario no sólo de trastornos como generalmente se cree, sino de conductas normales que la sociedad mayoritaria considera malsanas. Algunos de estos supuestos trastornos rayan en lo ridículo: “trastorno de las matemáticas” (recordemos cómo muchos odiamos esa materia), “trastorno de no cumplimiento con el tratamiento” (¡no querer ir con el siquiatra!), “trastorno de rivalidad entre hermanos” y muchos otros. En los últimos tiempos la sociedad y los siquiatras han etiquetado de “déficit de atención e hiperactividad” a incontables niños. Así como el homosexualismo ha dejado de ser una enfermedad por decreto, ahora distraerse en la escuela lo es. En el DSM-II de 1968 el número de conductas consideradas trastornos se incrementó en 163. El DSM-III de 1980 ya contaba con 224 y el DSM-IV de 1994 escaló a 374: una enorme diferencia con los manuales de los años 1920 a 1940 con su veintena de categorías diagnósticas. Al momento de revisar este capítulo la versión en uso del DSM es el DSM-IV-TR, esto es, el DSM-IV revisado, publicado el año 2000, y la Asociación Psiquiátrica Americana elabora el DSMV con otras conductas que los siquiatras consideran trastornos, además de las existentes.

Curiosamente, el DSM no explica con claridad qué es la “enfermedad mental” en su sentido más amplio y genérico: la entidad central que el manual presumiblemente estudia. Lo que hace el DSM, y esta es la innovación en siquiatría respecto a las otras especialidades médicas, es concretarse a clasificar los síntomas de una perturbación mental específica —o una conducta normal hacia la que la sociedad es intolerante—, haciendo caso omiso del aspecto etiológico de la conducta o perturbación. Nunca en medicina se había visto algo semejante: la elaboración de un sofisticado sistema taxonómico de conductas humanas que presumiblemente son síntomas de enfermedades biológicas ocultas. Cierto que hay información publicitaria sobre recientes descubrimientos en neurosiquiatría que se realizaron mediante técnicas de tomografía: técnicas que en los artículos de revistas comerciales se nos presentan con imágenes a color. Pero esa es la publicidad. La verdad es que no existen pruebas de laboratorio que puedan distinguir a un etiquetado con alguno de los principales diagnósticos del DSM moderno del individuo que no ha sido etiquetado. Que la publicidad de imágenes de tomografía es seudocientífica se revela en el siguiente hecho. Suponiendo que algunas de las perturbaciones mentales tuvieran una causa biológica, ya no se encontrarían bajo la jurisdicción del siquiatra, sino del neurólogo: quien las trataría como un tumor o como cualquier otra enfermedad cerebral.[3]

Las preguntas inmediatas que nos vienen a la mente son: ¿Por qué, si la siquiatría es una especialidad médica, está dividida de su supuesta hermana, la neurología? ¿Será porque los principales trastornos del DSM son entidades biológicas de “etiología desconocida”, como nos quieren hacer creer los siquiatras? Y si lo son ¿por qué, a fuerza de pura presión política, expurgaron los siquiatras a la homosexualidad y a otros diagnósticos de su manual? Hasta que se publicaron unas investigaciones en Nature en marzo de 2006, el síndrome Hutchinson-Gilford, que hace que algunos niños comiencen a envejecer desde su infancia, solía ser una auténtica enfermedad de etiología desconocida. Pero antes de 2006 su existencia no era controversial ni tenía que decretarse en congresos médicos: bastaba ver a los niños envejecidos para saber que su problema era claramente somático. En cambio, en algunos diagnósticos siquiátricos las alegadas enfermedades “de etiología desconocida” son tan subjetivas que su inclusión en el DSM tiene que hacerse mediante un alzar de manos en los congresos de siquiatras influyentes. El ejemplo que inmediatamente me viene a la mente es el rótulo de esquizoide que me colgó Amara, que devino en el empleo punitivo de drogas.

¿Cómo fue posible eso?

Para entenderlo debemos pensar un poco en el lenguaje. En las versiones al español de Mil novecientos ochenta y cuatro que conozco, Newspeak es traducido como “neolengua”. Creo que esa palabra no refleja la idea del autor. Prefiero una traducción literal, “nuevahabla”, porque en la novela de Orwell la intención de los ingenieros sociales era crear un lenguaje simple a fin de que los simples lo hablaran. Los sucesos históricos de su época motivaron a Orwell a escribir su novela. La compacta palabra “Stalin”, por ejemplo, contribuyó a unificar a la masa como una colmena. Su nombre real, Jósif Visariónovich Dzhugachvili, no habría tenido el mismo efecto psicológico.

Ya he dicho que hasta muy recientemente no había estudiado a los críticos de la siquiatría: por eso usé expresiones siquiátricas en mis textos juveniles. Ahora veo que como por años estuve influenciado por el diagnóstico de Amara caí en una trampa, la nuevahabla de la que Orwell nos advirtiera: un vocabulario que nos hace ver las mentiras como verdades. Así que debo reiterar que, independientemente de algunas frases de la epístola que escribí de joven —que conservo en mis archivos y que muchos amigos leyeron—, jamás he sido un “enfermo”: esa misma epístola evidenció que de chico sólo fui víctima de palizas psicológicas en casa y de un asalto médico. Cierto, el muchacho que tuvo una “autoobservación” galopante, extravíos místicos y angustias terribles se encontraba sufriendo de devastación emocional. Usando la tonta metáfora, podría decirse que “estaba enfermo” como podría decirse que Dora “estaba emocionalmente enferma” ¡omitiendo decir que ese día había sido violada por su padre! La tontería de la metáfora consiste en que los siquiatras hablan literalmente cuando dicen que una persona está enferma, y siempre omiten hacer mención del ultraje que acaba de sufrir. Lo más natural sería decir: “Este pobre adolescente, César, está acomplejado porque su tiránica madre lo acosa todo el día”, o “Dora está traumada porque la violó su padre”. Pero nunca llamarle “enfermos”, a secas, a las víctimas: eso sólo puede beneficiar al perpetrador y a la sociedad que no quiere ver estos crímenes.

Otra manera de mostrar lo equívoco de la metáfora siquiátrica sería, por ejemplo, decir que la economía de México “estaba enferma” después de la devaluación del peso en 1982 o 1994. Siguiendo la comparación con la siquiatría, ¿qué pensaríamos si algunos economistas dijeran que la devaluación se debió a un virus que afectó a las reservas de oro en las arcas del Banco de México; virus que aún no detectan en sus laboratorios pero que tienen fe que lo harán con el debido tiempo? Eso sería un disparate lógico, lingüístico y científico. Pero es justamente lo que están diciendo los siquiatras de los hijos apaleados por sus padres: literalizan una metáfora.

La palabra “enfermo” elude toda referencia al crimen, a un agresor y a su víctima. Es como si los siquiatras etiquetaran de enfermos a prisioneros como Yakoff Skurnik y sus compañeros que sufren devastación emocional omitiendo decir que están en Auschwitz. Dado que hay padres tan devastadores como Mengele, algo similar a esta omisión es lo que hacen los profesionales como Amara.

“Enfermo mental” es una pésima metáfora para referirse a una víctima. Nadie en su sano juicio la usaría para referirse a un Skurnik devastado psicológicamente en tiempos en que lo castraron. Si este judío la usara, la metáfora habría resultado autoestigmática. Como Winston con O’Brien, habría caído en la nuevahabla de su atormentador y, por tanto, en su agenda política. Vale señalar que durante el nazismo los judíos que ocupaban puestos importantes dentro de su condición de esclavos en los campos de trabajo y exterminio tenían que presentarse ante sus superiores arios con el título: “El cerdo judío Fulano de tal…” Asimismo, lo primero que en siquiatría se les pide a los jóvenes que han sido identificados por sus padres es que tengan insight de que ellos, no sus abusivos padres, son los enfermos. Esto causa pánico, y es lo que quise transmitir en la sección sobre “Re-victimación siquiátrica y pánico demoledor del yo interno”.

Algunos filósofos y lingüistas han argüido que el lenguaje es retórico y que cometemos un gran error al creer que, si un grupo de individuos usa con seriedad una palabra, significa que algo real existe detrás de la misma. Ya Voltaire nos advertía acerca de los equívocos en historia, jurisprudencia, teología y medicina; y nos recuerda que Locke recomendaba definir los términos. Sólo definiendo rigurosamente los términos detectaremos las tonterías semánticas de la profesión.

Entre los precursores de la siquiatría moderna, Kraepelin ha tenido la mayor influencia en la clasificación de los trastornos. Pero el cientismo siquiátrico de clasificar a las perturbaciones del alma a la manera de los biólogos taxónomos precede a sus esfuerzos por más de un siglo.[4] Digo cientismo porque, en lugar de esa transferencia positivista del orden de la vegetación al de los trastornos del espíritu, el sentido común debía haber llevado a los investigadores a sondear la subjetividad del trastornado (como posteriormente lo hicieron Lidz, Sullivan, Arieti, Laing, Miller, Ross y Modrow). La fenomenología puramente descriptiva y sintomática no nos ha llevado a entender la locura. Hacer un inventario de las diversas perturbaciones mentales sin conocimiento de causa es un ejercicio que no nos lleva a ninguna parte. Además, como he dicho, el hecho que los siquiatras hayan elaborado y reelaborado el DSM no significa que todas las entidades del DSM, o las de Kraepelin, sean patológicas. En su obra magna Kraepelin incluyó seudotrastornos como la masturbación, así como el DSM incluyó al homosexualismo en sus primeras ediciones. (En mi opinión la mayoría, mas no todas las conductas homosexuales—especialmente entre adolescentes andróginos—son patológicas.)

Según Orwell, el objetivo de la nuevahabla es el control social y se caracteriza por el abuso de las palabras y la eliminación del viejohablar: el vocabulario de las milenarias culturas del mundo, las voces y el alma de los pueblos. Al igual que los políticos, los siquiatras han sido virtuosos en abusar de las palabras. Han tenido el descaro de denominar “derecho al tratamiento” a la hospitalización involuntaria y “terapia” al castigo del electroshock. Estas palabras van mucho más allá del eufemismo: anestesian nuestro entendimiento para que no veamos la realidad. El “derecho” al tratamiento es, en realidad, el derecho del siquiatra a forzar tratamiento en la persona. De hacerse fuera de la sanción médica eso constituiría secuestro y asalto, ambas ofensas criminales. En lenguaje despolitizado, el tratamiento electroconvulsivo tampoco se denominaría tratamiento sino lavado de cerebro electroconvulsivo, o si quisiéramos respetar las siglas en inglés ECT, tortura electroconvulsiva. Si la sociedad civil quisiera moralizarse un poco tendrá que repudiar los términos siquiátricos, o al menos traducirlos al lenguaje común. Esta declaración se comprenderá mejor si comparamos a la siquiatría con una ideología que, a diferencia de los totalitarismos del siglo XX, triunfó e impuso su nuevahabla por siglos.

Durante el reinado de Teodocio, el siglo IV A.D. presenció la consolidación del poder de los obispos en el imperio romano después de la prematura muerte de Juliano el Apóstata. Los inconversos a la nueva religión, quienes en tiempos de Juliano gozaron de protección especial, pasaron a ser ciudadanos de segunda clase. Es particularmente significativo que Teodocio fuera la primera autoridad en la historia que diagnosticó oficialmente de locos a todos aquellos que no eran cristianos. Surgió una nueva palabra, “pagano”, para etiquetar al adepto de la milenaria cultura helénica. Una vez creada la nuevahabla los estigmatizados “paganos”, y especialmente los “herejes”, fueron perseguidos con mayor celo que las persecuciones de paganos a cristianos en tiempos del emperador Decio en el siglo III. Sólo así logró imponerse la nueva teocracia. Pero la destrucción de los templos de la religión grecorromana y la quema de bibliotecas fue sólo el preludio de otras persecuciones. A lo largo de la cristiandad la palabra “hereje” fue usada con fines de asesinato social, esto es: como estigma. El mundo precristiano también conoció el poder del estigma. En Grecia, marcas corporales como quemaduras o cortes en la cara indicaban que el portador era un criminal, un esclavo o un traidor. Estas marcas eran el “estigma”. Si bien nuestra época se ha librado de los estigmas corporales, la virulencia de los estigmas siquiátricos mantiene toda su capacidad de significar el mal en un individuo.

Esto es patente incluso en aquellos diagnosticados de esquizofrenia que han llegado a asesinar debido a un trastorno que realmente tenían. Casos de este tipo han escandalizado a la conciencia pública, y han sido aprovechados por los siquiatras para legitimar su profesión. Pero la gente muy perturbada no es más violenta que la gente cuerda. Según las estadísticas, los perturbados muy deteriorados son incluso menos proclives a la violencia o al asesinato que los cuerdos. Somos los normales quienes, con alevosía y ventaja, calculamos nuestros crímenes. Recordemos al Quijote y al Licenciado Vidriera. ¿Quién podría creer que el estupendo delirio del hidalgo era tan peligroso como el de una doctora diagnosticada de esquizofrénica que, en 2003, acuchilló a sus colegas en Madrid? El Quijote fue escrito como ficción, evidentemente; pero el sentirse quebradizo como Vidriera fue una psicosis muy chusca que estuvo de moda en tiempos de Cervantes. La padeció el escritor holandés Caspar Baraleus y muchos otros.[5] Un inofensivo Baraleus que se creyera de vidrio en nuestra época sería inmediatamente diagnosticado de esquizofrénico, drogado con neurolépticos e internado. Pero la probabilidad de que un Baraleus cometa un asesinato en la España moderna es idéntica a la probabilidad de que un individuo cuerdo lo cometa; y lo mismo puede decirse de la infinidad de ideas ilusorias que padece la gente que los siquiatras denominan esquizofrénicos. Por eso es engañoso que los siquiatras utilicen el caso de una asesina etiquetada con esa palabra para justificar el asalto al cerebro de ésta y del resto de los individuos perturbados. ¡Eso es tan absurdo como justificar la drogadicción involuntaria de un asesino cuerdo y del resto de la población cuerda!

El hecho que la sociedad sea incapaz de ver algo tan elemental se debe al inmenso poder retórico de la palabra esquizofrenia para significar el mal en un individuo, de igual manera como la palabra hereje tenía ese poder en otra época. Quienes se creen hombres de vidrio podrán ser unos locos inofensivos, mas si no violan la ley debieran ser dejados en paz (piénsese, por ejemplo, en el loquillo de la plaza del pequeño pueblo italiano en la película Cinema Paradiso).

Por otra parte, además de haber clasificado a un número de conductas que podríamos considerar trastornos, están los seudotrastornos. Esto se le hace a la población muy joven: como los diagnósticos a Rachel y sus amigos, la mencionada niña de dieciséis años que internaron sus padres. Si bien esos diagnósticos pudieran muy bien reflejar auténticas psicopatologías en algunas personas, según Raquel, a ella y sus amigos se los aplicaron estando cuerdos a fin de controlarlos —como a mí a la edad que tenían esos chicos. Actualmente no se usan marcas físicas: la genérica palabra enfermo es suficiente para mermar la credibilidad que pudiera tener el joven en la comunidad. Thomas Szasz ha estado consciente de estas trampas y nos advierte que el abuso del lenguaje —pagano, hereje o esquizoide— es el primer paso para abusar de las personas. Es por esto por lo que, nos dicen algunos lingüistas, todo discurso debe iniciar con una limpia en nuestro vocabulario. Sólo la higiene semántica puede prevenir que nos contaminemos políticamente.

Por consiguiente, temo decir que el vocabulario que usé en mis textos juveniles, que escribí antes de leer a Szasz, fue autoestigmático. Con las palabras siquiátricas que usé me presenté ante mis amigos y lectores con una autoinjuria análoga a “el cerdo judío César”. Y es que en mis veintes me encontraba bajo el cautiverio de la nuevahabla de Amara: algo que me recuerda no sólo a Sor Juana y a su confesor-inquisidor, sino a las autoacusaciones resultantes del lavado de cerebro en los procesos de Moscú en los años 1930. Después de los tormentos psicológicos en la Secretaría del Amor, muchos rusos se presentaron al público inculpándose de crímenes increíbles. Análogamente, habiendo interiorizado la calumnia de que algo malo había en mí, en la epístola tuve la ocurrencia de basarme en Lidz y en Laing, quienes en sus trabajos usaron palabras derivadas del sufijo “esqui” (Laing en especial habla mucho de los esquizoides en El yo dividido).

Estos espíritus tutelares resultaron de doble filo, y quienes conocen mi vida han sido capaces de verlo. Por ejemplo, acerca de lo que mi madre y su siquiatra me hicieron una conocida de la familia que leyó mi epístola original me comentó: “Cuando leí tu epístola se me salieron las lágrimas… No te dejaron ni respirar… Se ve clarísimo cómo te acorralaron… Te hicieron creer una idea estigmatizante”.[6] La idea estigmática que me hicieron creer aparece en un pronunciamiento de una madre entrevistada por Newsweek: “La enfermedad mental es una enfermedad. Las compañías de seguros deben actuar consecuentemente. Los hospitales y escuelas deben actuar consecuentemente. Sobre todo, nosotros los padres debemos actuar consecuentemente. Entonces quizá los hijos lo creerán”.[7]

Dicho de otra manera: después del ataque de O’Brien y de las calumnias de mi madre, por momentos llegué a creer que dos más dos sumaban, efectivamente, cinco. El análisis que de chico me aplicó Amara había sido particularmente exitoso… Pero existe una razón más obvia y de mayor peso que toda la argumentación de arriba por la que no debo usar más esos términos.

De adolescente yo era el único cuerdo entre mi madre, mi padre y Amara. ¡El llamarle enfermo precisamente al único sano fue la mayor truhanería política que uno puede imaginar! Si hubo gente “enferma” eran ellos y sólo ellos (folie à trois). Piénsese en la susceptibilidad paranoide de mi madre, eje alrededor del cual gira mi larga Carta; y cómo mi padre y Amara se subieron animosos al barco de los locos capitaneado por mi madre. Es cierto que el efecto de la violencia de mis padres y Amara se reflejaba en mí, la víctima de tres adultos enloquecidos. Pero volviendo a mi hipotética Dora, ¡qué surrealista fue etiquetarla a ella en lugar de tomar medidas contra el padre violador!

En la Rusia comunista la gente más cuerda eran los disidentes y contra ellos usó la siquiatría la palabra “esquizofrénicos”. Esta es una de las realidades más perturbadoras para el hombre de la calle: los profesionales de salud mental, como Amara, atacan a la gente más cuerda: aquellos que se rebelan ante la injusticia familiar.


___________________

[1] Octavio Paz: Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe (Fondo de Cultura Económica, 1990).

[2] Véase por ejemplo, Judith Herman: Trauma y recuperación (Espasa 2004), págs. 191s.

[3] La crítica de la técnica de imágenes cerebrales como biomarcadores rebasa el alcance de este libro. Se han escrito artículos de especialistas como Jonathan Leo y David Cohen que desenmascaran esa técnica. He leído artículos más populares, como el de Kelly Patricia O Meara “In ADHD studies, pictures may lie” publicado en Insight Magazine el 11 de agosto de 2003; y “Some question value of brain scans” de Lisa M. Krieger en San Jose Mercury News (3 mayo 2004).

[4] Michel Foucault: Historia de la locura en la época clásica, volumen I (Fondo de Cultura Económica, 1999), págs. 298-321.

[5] Véase, por ejemplo, Andrew Solomon: El demonio de la depresión (Ediciones B, 2002), págs. 377s.

[6] A principios de siglo sostuve varias conversaciones con la maestra de música Inés Medina, algunos de cuyos pensamientos iba anotando en un papel y eventualmente en mi diario, a fin de poder citarla verbatim.

[7] Estas palabras de Anna Quindlen las tomé de Pharmacracy de Thomas Szasz (pág. 126).

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