Por qué la siquiatría es una falsa ciencia

César Tort© 2007

Sumario

La siquiatría nunca ha sido una ciencia. La manera en que los siquiatras presentan sus hipótesis —enfermedades biológicas “de etiologías desconocidas”— las convierte en hipótesis no contrastables o irrefutables.

Introducción

“Así que una hipótesis irrefutable es una señal segura de que estamos ante una seudociencia”

Terence Hines [1]

De acuerdo a Ron Leifer, ha habido cuatro críticas paralelas a la siquiatría: 1.- La crítica conceptual y lógica de Thomas Szasz sobre la idea de enfermedad mental; 2.- La propia crítica de Leifer de control social a través de la siquiatría; 3.- La evaluación de Peter Breggin sobre los asaltos al cerebro con drogas, electroshocks y lobotomías; y 4.- la queja de aquellos que han sido dañados por ello.[2] Otra manera de cuestionar la validez de la siquiatría es examinar la base científica de la siquiatría biológica. Esta quinta crítica paralela, que yo llamaría 5.- la evaluación del estatus científico de la siquiatría, pone en tela de juicio a la siquiatría desde su base teórica. Los exponentes de esta estrategia se han enfocado en los diversos alegatos biorreduccionistas y falacias lógicas en siquiatría;[3] en la dudosa ciencia detrás de la psicofarmacología,[4] y en análisis estadísticos que muestran que a los países pobres con pocos psicofármacos llamados neurolépticos (“antipsicóticos”) les va mucho mejor en el tratamiento de la gente en crisis psicóticas que a los países ricos.[5] En este artículo presentaré una manera aparentemente novedosa de cuestionar el estatus científico de la siquiatría biológica.

Por más extraño que pueda parecer, la biosiquiatría no ha sido atacada desde el criterio más clásico para detectar seudociencias: la prueba de Karl Popper que distingue entre ciencia real y falsa ciencia, y el precepto conocido como principio de economía o navaja de Occam. Ambos principios han sido muy útiles para desenmascarar los alegatos de lo paranormal, así como a seudociencias biológicas tales como la frenología o la genética de Lysenko.[6] Argüiré que es en este último marco de seudociencias biológicas dentro del cual la siquiatría puede reconocerse y entenderse.


El argumento de Bunge

Mario Bunge, el filósofo de la ciencia, mantiene que todas las seudociencias son estériles. A pesar del subsidio multimillonario de las compañías farmacéuticas, la siquiatría biológica ha sido y continúa siendo una profesión estéril hoy día.[7]

A pesar de su larga historia de teorías biológicas desde 1884, cuando Johann Thudichum, el fundador de la neuroquímica moderna, creía que la causa de la locura eran “venenos fermentados en el cuerpo” hasta la teoría actual de la dopamina sobre la esquizofrenia, los siquiatras han sido incapaces de encontrar la causa biológica de los principales trastornos listados en DSM.[8] Esta falta de progreso era de esperar. Si el postulado biologicista del que parte la siquiatría está equivocado, esto es si la causa de las enfermedades mentales no es somatogénica sino psicogénica, real progreso jamás podrá ocurrir en biosiquiatría: y el asunto de los trastornos mentales no debiera pertenecer a la ciencia médica sino a la psicología.

Como vimos en el capítulo sobre mi crítica al diagnóstico de Giuseppe Amara [me refiero al segundo libro de la serie Hojas susurrantes], Nancy Andreasen, la editora de American Journal of Psychiatry, la revista siquiátrica más influyente del mundo, reconoce en un libro publicado en 2001 que no se ha encontrado evidencia de patología fisiológica detrás de los trastornos mentales; ni se han encontrado desequilibrios químicos en la gente diagnosticada con una enfermedad mental; ni se han encontrado genes responsables de alguna enfermedad mental; ni existe prueba de laboratorio que determine quién está enfermo mentalmente y quién no lo está. Mejor prueba sobre la esterilidad de la biosiquiatría es difícil de hallar. Vale la pena mencionar que el libro de Andreasen ha sido considerado por un reseñador como “el libro de siquiatría más importante en los últimos veinte años.”[9]

Los hechos arriba mencionados nos muestran por qué, desde sus orígenes, la siquiatría y la neurología están separadas. Si bien la neurología trata con auténtica biología cerebral, podemos suponer que la siquiatría busca un espejismo biológico.


La “prueba de tornasol” de Popper

En Lógica de la investigación científica el filósofo de la ciencia Karl Popper nos dice que la diferencia entre ciencia y seudociencia estriba en el poder de refutabilidad de una hipótesis.[10] A pesar de su respaldo académico, gubernamental e impresionante financiamiento en el sector privado, la siquiatría no descansa en un cuerpo de descubrimientos experimentalmente contrastables o refutables. De hecho, la entidad central en siquiatría, el concepto de enfermedad mental —digamos, la esquizofrenia—, no puede presentarse como una hipótesis contrastable o refutable.

Consideremos el alegato que los siquiatras usan neurolépticos para restablecer el equilibrio químico cerebral de un esquizofrénico. Un popperiano haría inmediatamente las preguntas: (1) Exactamente ¿qué es un desequilibrio químico cerebral? (2) ¿Cómo se reconoce esta condición neurológica en quienes ustedes llaman esquizofrénicos y con qué pruebas de laboratorio la diagnostican? (3) ¿Qué evidencia pueden presentarme que el desequilibrio bioquímico del llamado esquizofrénico ha sido equilibrado —o no lo ha sido— por la ingestión del neuroléptico?

Ante este tipo de preguntas el siquiatra contesta de tal manera que, aquél que no está versado en la lógica de la investigación científica, tendrá graves dificultades en detectar una trampa. Por ejemplo, Andreasen reconoció que no se han encontrado desequilibrios bioquímicos en la gente diagnosticada con una enfermedad mental y que no existe prueba de laboratorio que determine quién está mentalmente enfermo y quién no lo está. Es decir, reconoce que su profesión es incapaz de responder las preguntas segunda y tercera de arriba. ¿Cómo, entonces, Andreasen y sus colegas se han convencido que los neurolépticos restauran el equilibrio a los cerebros “químicamente desequilibrados” de los esquizofrénicos? Lo que es más, ¿por qué Andreasen afirma tan confiadamente en su libro Brave New Brain que la esquizofrenia “no es una enfermedad que los padres causen”?

Hablando en términos popperianos la respuesta es: ideando una hipótesis no contrastable o refutable. A diferencia de los neurólogos que pueden demostrar la fisiopatología, la histopatología o la presencia de microorganismos patógenos, Andreasen y sus colegas reconocen que no pueden demostrar ni estos marcadores biológicos (genes aberrantes o desequilibrios bioquímicos) que postulan en los principales trastornos clasificados en la edición en boga del DSM. Si pudieran hacerlo, la siquiatría como especialidad habría desaparecido y su cuerpo de conocimientos habría quedado fusionado con la ciencia neurológica. Lo que los siquiatras hacen es declarar que, después de casi un siglo de investigar, por ejemplo, la esquizofrenia, la etiología médica de la “enfermedad” continúa siendo “desconocida”: y lo mismo alegan de las conductas más conocidas del DSM. Dicho de otra manera, en la ciencia médica real los médicos observan primero las alteraciones patológicas en los órganos, tejidos y células, así como las invasiones microbianas, y el nombrar a la enfermedad viene después. La siquiatría invierte esta secuencia. Primero bautiza una supuesta enfermedad, sea la esquizofrenia o cualquier otra, y la existencia de un marcador biológico nunca se descubre aunque, eso sí, se postula dogmáticamente. Un postulado es una proposición que se admite sin pruebas. Sólo postulando que estos trastornos son básicamente biológicos y que el medio ambiente juega sólo un papel “detonante” o “desencadenante” pueden los siquiatras justificar tratarlos por medios físicos. En cambio, si las perturbaciones mentales se originan en malos tratos parentales, tratarlos con drogas o electroshock sería revictimar brutalmente al hijo.

Tomemos como ejemplo un artículo de julio de 2002 de la revista Time. El articulista tomó el caso de Rodney Yoder, maltratado de niño y hospitalizado de adulto en Chester, Illinois. Desde el siquiátrico Yoder ha emprendido una campaña en internet para su liberación. Haciéndose eco de las frases favoritas de los siquiatras, el articulista de Time nos dice: “A los científicos les hacen falta decenios [mis cursivas] para poder hacer uso del escaneo cerebral al diagnosticar algo como los alegados trastornos de personalidad de Yoder”.[11] En esa misma línea, Rodrigo Muñoz, quien fuera presidente de la Asociación Psiquiátrica Americana en los noventa, declaró en una entrevista: “Gradualmente estamos avanzando hacia el punto en que seremos capaces [cursivas añadidas] de señalar cambios funcionales y estructurales en el cerebro que están relacionados con la esquizofrenia”.[12] Es decir, los siquiatras reconocen que no pueden medir la perturbación mental por medios puramente físicos, aunque tienen una enorme fe de que lo harán en el futuro próximo. Esto nos hace comprender lo que otro siquiatra le dijo al Washington Post: “Los diagnósticos siquiátricos son descriptivos; en realidad, no entendemos los trastornos siquiátricos a nivel biológico”.[13] Los siquiatras se basan únicamente en la conducta, no en el cuerpo del sujeto, al decir que hay una enfermedad. Luis Méndez Cárdenas, el director del único siquiátrico público en México que se especializa en hospitalizar niños, me dijo en una entrevista: “Como no se conoce la causa de ningún trastorno, el diagnóstico es clínico”.

Yendo más al punto, cuando en 2002 discutí con el mencionado Gerard Heinze, director del Instituto Nacional de Psiquiatría, sobre la carencia de marcadores biológicos en su profesión, Heinze me respondió enumerando dos o tres enfermedades que, como el reumatismo, la ciencia médica no ha llegado a comprender del todo. El distinguido siquiatra quiso decirme que los trastornos mentales se encuentran en esta categoría de enfermedades incomprensibles. La respuesta de Heinze no habría estresado mi credulidad hasta el punto de ruptura si la mayoría de los 374 diagnósticos del DSM-IV fueran enfermedades biomédicas probadas con sólo un puñado de enfermedades residuales misteriosas. Pero se nos quiere hacer creer que la inmensa mayoría de los trastornos del DSM son enfermedades “de etiología desconocida”.

Un último ejemplo relacionado con una huelga de hambre en 2003 de sobrevivientes de siquiatría en Pasadena, California, que demandaban pruebas científicas de la enfermedad mental como una genuina condición biomédica, ilustrará esta actitud.

La demanda de los huelguistas se dirigió a la Asociación Psiquiátrica Americana y a las oficinas del Inspector General de Sanidad. El siquiatra Ron Sterling desechó la demanda de los huelguistas sobre una prueba científica positiva describiendo el campo de salud mental de la siguiente manera: “El campo está como la cardiología estaba antes de que los cardiólogos pudieran tener acceso a procedimientos como electrocardiogramas, cirugía de corazón, angiografías y ultrasonido […]. Como la estructura y fisiología del cerebro son tan complejas, la comprensión de su biología y de sus circuitos se encuentran en la infancia”.[14] La oficina del Inspector General de Sanidad ni siquiera se molestó en responder. No obstante, en una declaración de septiembre de 2003 la APA concedió:

La ciencia del cerebro no ha avanzado al nivel en que los científicos o clínicos puedan señalar ya las lesiones patológicas o las anormalidades genéticas que en sí mismas sirvan como biomarcadores confiables de una enfermedad mental dada o un grupo de trastornos mentales […]. Probablemente se demostrará [mis cursivas] que los trastornos mentales representan trastornos en la comunicación intracelular o un sistema de circuitos neuronales desorganizado”.[15]

El truco a notar en todas estas declaraciones al público es que los siquiatras, médicos a fin de cuentas, están declarando que aunque la etiología de las perturbaciones mentales es desconocida tal etiología es, por definición, biológica, y que es sólo cosa de tiempo para que esto probablemente se demuestre. Tal es el significado oculto de la frase “de etiología desconocida”. Al hacer esto los siquiatras, apriorísticamente y en bloque, invalidan el trabajo de todos los investigadores que han postulado un origen psicógeno de las perturbaciones mentales.[16] A pesar que para el sentido común es más natural pensar en una causa psicológica para una perturbación mental, con su postulado somatógeno la siquiatría ignora la hipótesis alternativa, el modelo del trauma. Así, incursionar en la infancia de un Yoder por ejemplo es descartado axiomáticamente por esta ciencia que se aferra a una sola hipótesis. En otras palabras, al hablar de etiologías desconocidas que se descubrirán en el futuro por la ciencia médica —jamás por los psicólogos—, estos médicos nos han presentado una hipótesis biológica sobre las perturbaciones mentales de forma tal que, ni siquiera estando errada, puede ser refutada.

Si los siquiatras fueran verdaderos científicos presentarían su idolatrada hipótesis biológica bajo del protocolo de refutabilidad que Popper observó en las ciencias exactas. Consideremos la hipótesis: “A nivel del mar, el agua hierve a los 30º C”. Esta es una hipótesis científica independientemente del hecho de que la proposición sea falsa (el agua no hierve a los 30º sino a los 100º C). Es científica porque está presentada de forma tal que basta ponerla a prueba en nuestra cocina con un termómetro para ver si es o no cierta: si el agua no hierve a los 30º C, la hipótesis es falsa. En otras palabras, según Popper lo científico de una hipótesis no estriba en que sea verdadera sino en que, por más paradójico que pueda parecer, la hipótesis pueda refutarse suponiendo que sea falsa. Así, la hipótesis que en el presente el agua hierve a los 30º C puede ser refutada: es una hipótesis científica. En cambio, la hipótesis que la esquizofrenia y las demás perturbaciones mentales son biológicas y que esto “probablemente se demostrará”, por usar las citadas palabras de la Asociación Psiquiátrica Americana, no puede ser refutada: no es una hipótesis científica. Contra esta hipótesis no existe evidencia posible en el presente, esto es, no hay ningún tipo de evidencia empírica que pueda mostrar que la hipótesis sea falsa.

Esta es la señal inequívoca de una seudociencia.


Conclusión

Los verdaderos científicos, digamos: los geólogos o los biólogos, nunca postulan sus hipótesis centrales, las placas tectónicas y el principio de la selección natural, como hipótesis no contrastables que “probablemente se demostrarán”. Es la postura futurista de los siquiatras lo que le da el mentís al alegato que su sistema de creencias sea científico.

Una seudociencia es un sistema de creencias que pretende ser científico. La siquiatría no es la única seudociencia biológica, pero exhibe el mismo signo inequívoco de seudociencia presente en todo sistema que pretende ser científico. Otros médicos seudocientíficos como los frenólogos o los genetistas partidarios de Lysenko en tiempos de Stalin, tampoco cumplieron el requisito popperiano de presentar sus conjeturas de forma contrastable o refutable. No entraré en detalle sobre la frenología o la seudociencia comunista. Baste decir que todas las seudociencias, sean biologicistas o paranormalistas, tienen cuatro cosas en común.

Al igual que sus hermanas biológicas (la frenología, la genética de Lysenko) y sus primas paranormalistas (por ejemplo, la parasicología y la ovnilatría), la siquiatría es una “ciencia” que (1) presenta su hipótesis central de manera irrefutable; (2) idolatra a perpetuidad esa sola hipótesis; (3) viola el principio de la economía ignorando la más parsimoniosa hipótesis alternativa, y (4) es completamente estéril. Después de decenios de investigación ni los frenólogos ni los siquiatras ni los parasicólogos ni los ovnilatras han demostrado la existencia del (supuesto) fenómeno que estudian.

Dicho de otra manera, los siquiatras no tienen evidencia médica o científica que respalde sus afirmaciones. El reconocimiento de los siquiatras que no pueden decirnos nada respecto a la pregunta formulada arriba —¿con qué pruebas de laboratorio diagnostican esta llamada condición neurológica?— demuestra que su hipótesis de la esquizofrenia no es científica. Lo mismo puede decirse del autismo, la depresión severa, la “enfermedad” bipolar y las demás categorías del DSM.

En pocas palabras, la siquiatría no es una ciencia. Desde mediados de los años 1950 la falta de una ciencia de salud mental ha sido compensada en la profesión médica por el marketing invasivo y la venta agresiva de las corporaciones farmacéuticas.[17]

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Referencias:

[1] Terence Hines: Pseudoscience and the paranormal: a critical examination of the evidence (Prometheus Books, 1988), pág. 2.

[2] Ron Leifer: “A critique of medical coercive psychiatry, and an invitation to dialogue” en Ethical Human Sciences and Services (EHSS), 2001, 3 (3), págs. 161-173. Aunque esta revista ha cambiado de nombre a Ethical Human Psychology and Psychiatry, como sólo uso los primeros números a lo largo de este sitio, en la sección de referencias bibliográficas siempre aparecerán las siglas EHSS.

[3] Ross y Pam: Pseudoscience in biological psychiatry.

[4] Valenstein: Blaming the brain.

[5] Un estudio mostró que han muerto miles de norteamericanos debido al síndrome neuroléptico maligno. Es tan iatrogénica la profesión que estudios publicados en 1979 por la Organización Mundial de la Salud (OMS) revelaron el dato más devastador que podamos imaginar para la legitimidad de la siquiatría. A lo largo de ocho años la OMS hizo estudios en Colombia, India y Nigeria, países donde se administran muchas menos drogas siquiátricas que en los países ricos. La OMS descubrió que en estos países pobres el índice de mejoría de quienes sufren crisis psicóticas fue exponencialmente más alto que en Estados Unidos, la Unión Soviética, Inglaterra, Dinamarca, Irlanda, Checoslovaquia y Japón. ¿Cómo fue eso posible? La respuesta es simple: en Colombia, India y Nigeria no se consumen tantos neurolépticos. Al no ser capaces de importar en grandes cantidades los medicamentos occidentales, los países pobres han tenido una gran ventaja sobre los ricos. En el estudio de la OMS resultó muy revelador que donde menos se recuperaban los pacientes mentales fue en la Unión Soviética: el país de la lista en el que se han administrado la mayor cantidad de neurolépticos. Es una estupenda ironía que, en sus intentos de sanar a la gente en crisis, los métodos de las potencias sean contraproducentes comparados con los de los países en desarrollo. La información de esta nota la obtuve de Whitaker: Mad in America.

[6] El CSICOP o Committee for the Scientific Investigation of Claims of the Paranormal (Comité de investigación científica sobre alegatos de lo paranormal), que publica el bimensual Skeptical Inquirer y cuyos miembros incluían celebridades como Martin Gardner, Isaac Asimov y Carl Sagan, ha sido la organización más conocida en el desenmascaramiento de seudociencias desde 1976.

[7] Hay toda una revista especializada en que un grupo de profesionales en salud mental demuestran la esterilidad de la investigación siquiátrica, Ethical Human Psychology and Psychiatry.

[8] Para una revisión crítica de la teoría de la dopamina en la esquizofrenia véase, por ejemplo, Valenstein, Blaming the brain, págs. 82-89; Ross y Pam, Pseudoscience, págs. 106-109.

[9] Ty Colbert, reseña en Ethical Human Sciences and Services, 2001, 3 (3), pág. 213.

[10] Especialmente los capítulos 4 y 6 del libro de Popper.

[11] Cloud: Time (15 julio 2002).

[12] Rodrigo Muñoz, citado en Jeanette De Wyze: “Still crazy after all these years” en San Diego Weekly Reader (9 enero 2003).

[13] Thomas Laughren, citado en Shankar Vedantam: “Against depression, a sugar pill is hard to beat: placebos improve mood, change biochemistry in majority of trials of antidepressants” en The Washington Post (6 mayo 2002).

[14] Ron Sterling: “Hoeller does a disservice to professionals” (op-ed rebuttal) en The Seattle Post-Intelligencer (6 septiembre 2003)

[15] Citado en David Davis: “Losing the mind” en Los Angeles Times Magazine (26 octubre 2003). Leí estos pasajes del comunicado de la APA en el cibersitio de Mind Freedom, la organización antisiquiátrica que organizó la huelga.

[16] Además de Theodore Lidz, a quien cité en mi anterior libro, podría mencionar a los siguientes autores: Silvano Arieti: Interpretación de la esquizofrenia (Editorial Labor 1965); Ronald Laing: The divided self: Selected works of R.D. Laing, 1 (Routledge, 1999); Alice Miller: Breaking down the wall of silence: the liberating experience of facing painful truth (Dutton, 1987); Modrow, How to become a schizophrenic (op. cit.); Colin Ross, Schizophrenia: an innovative approach to diagnosis and treatment (Haworth Press, 2004); John Read, Loren Mosher y Richard Bentall, Modelos de locura: aproximaciones psicológicas, sociales y biológicas a la esquizofrenia (Barcelona: Herder 2006).

[17] Valenstein: Blaming the brain.

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Published in: on mayo 16, 2009 at 8:00 pm  Comments (14)