¿Qué causa la depresión?

Cuando reprimimos nuestro enojo es probable que nos deprimamos. –Sue Forward

Un signo de madurez es no tener gurús ni hacerle el culto de la personalidad a nadie. El individuo independiente discrepa incluso de sus guías o mentores.

Cuando inicié mi estudio de la siquiatría y leí los libros mencionados en las últimas páginas Szasz se convirtió en una figura tutelar el tema. Pero cuando leí otros de sus libros me percaté que, como todo ser humano, se equivoca. Por ejemplo, a diferencia de Jeffrey Masson en sus escritos Szasz no rechaza del todo al sicoanálisis, aunque recomienda una forma de análisis muy particular que él mismo practicó por largo tiempo. Más curioso es el hecho de que Szasz haga la apología del libre mercado de su país, Estados Unidos. Esto es divertido. En los 1960 y 70 Laing, Cooper y Basaglia, especialmente estos dos últimos, hacían la crítica a la siquiatría desde la izquierda marxista. Ahora Szasz la hace desde la derecha capitalista. Por otra parte, Szasz no parece tener idea del saldo psicológico que conlleva el vapuleo parental, que ocasiona las perturbaciones más severas del ser humano. De hecho, a veces Szasz ha culpado a la gente que se trastorna de su condición, acerca de lo que escribiré en mi próximo libro.

Algo similar puede decirse de la revista recomendada en el capítulo anterior, Ethical human psychology and psychiatry (EHPP). Cuando me suscribía a esta revista crítica de las diversas teorías en siquiatría biologicista los editores eran Peter Breggin y David Cohen. Al momento de escribir el editor es Laurence Simon. Si bien Simon es escéptico del modelo médico de los trastornos mentales, rechaza el modelo del trauma con igual vehemencia. Confieso que he tenido largas discusiones con Simon por correo electrónico; pero el hombre parece estar tan cerrado a la idea de que la violencia familiar pueda trastornar a un chico como la reaccionaria sociedad anti-trauma NAMI, que tantos fondos recibe de las farmacéuticas. Como Breggin y Cohen originalmente crearon la revista EHPP les envié una queja formal sobre el nuevo editor, pero no respondieron mis argumentos.

La lectura que en 2003 hice de The meaning of mind marca mi distanciamiento de Szasz, y mi denuncia del editor de Breggin aparecerá en mi siguiente libro. A pesar de sus diferencias, Szasz y el editor de Breggin tienen algo en común. Los críticos de la siquiatría que florecieron alrededor de la década de los 1960, y el paradigma sería Ronald Laing, vislumbraron lo más importante en su profesión: los padres abusivos son los responsables de los desajustes mentales. Pero apenas iniciado, el embrionario y radical movimiento propuesto por Laing y otros fue abortado por el establishment. Los críticos de hoy día son mucho más cautos que los críticos de los sesenta. Tanto Szasz como los del EHPP e incluso asociaciones de sobrevivientes de la siquiatría como Mind Freedom padecen de una gran ceguera en el centro de su visión. Aunque combaten a la siquiatría biologicista, estos profesionales y sobrevivientes no ven lo que tienen enfrente: los padres abusivos son la causa número uno de los trastornos mentales. Desde este ángulo es muy superior la crítica a la profesión de un John Modrow, quien no padece este punto ciego. Hago estas críticas sólo para mostrar que aun los críticos de la siquiatría son seres humanos, y jamás debemos olvidar que errare humanum est.

A pesar de lo dicho es recomendable leer a Szasz y a Breggin. Muchas de las ideas que expongo en este libro están sacadas de su pensamiento, y mi deuda con ellos es considerable. Aunque no los conozco personalmente, este libro no existiría sin su guía. Szasz, por ejemplo, es el crítico más entendido de la siquiatría involuntaria que he leído. Pero en este epílogo [en una versión que quería publicar éste era un epílogo] quisiera hablar de la otra cara de la siquiatría: la siquiatría voluntaria.

Más de cien millones de recetas para antidepresivos se prescribieron sólo en 2002. Uno de los mitos universales que promulgan los siquiatras es que los antidepresivos, que se administran voluntariamente, alivian nuestras profundas melancolías (“depresión” en nuevahabla). Millones de seres humanos han sido engañados con este alegato debido a la propaganda multimillonaria que hacen las corporaciones farmacéuticas. Sólo con el supuesto antidepresivo Prozac (fluoxetina) la compañía Eli Lilly se ha embolsado billones de dólares. El costo de la publicidad de las corporaciones farmacéuticas en solo un año llega a más de diez billones de dólares. Se podrá imaginar cómo con tales recursos puede una empresa transnacional vendernos una idea a través del sistema mediático. A qué grado el mundo ha aceptado la publicidad siquiátrica sobre la depresión puede verse en cientos de miles de artículos de periódicos y revistas, pero citaré sólo uno.

En un periódico mexicano apareció un artículo titulado: “Depresión: el resfriado de los trastornos mentales”. La articulista reconoce que la causa de que la gente se sienta desgraciada es, naturalmente, las desgracias de la vida: “Los factores afectivos que detonan este padecimiento están relacionados con una gran pérdida como la de un ser querido, de un negocio, de un trabajo o de los hijos”. No obstante, la articulista cita a una sicóloga que alega que el tratamiento de las desgracias de la vida, que les llama “trastornos”, debe ser “multi-disciplinario”; recomienda los “antidepresivos” y en las palabras finales del artículo aconseja “acudir con un especialista”.

Este es el mismo salto conceptual del que me burlé al hablar de los consejos del doctor Giuseppe Amara en radio, los cuales pueden resumirse en la conocida fórmula: a problemas familiares, soluciones médicas. Como dijo Kraus respecto a las analogías entre cosas distintas, esto es una broma, quizá la mejor broma que el materialismo ha producido. Pero ni a la articulista ni a la sicóloga que cita ni (presumiblemente) a los lectores del artículo se les ha ocurrido que cualquier droga, legal o ilegal, produce aparentes mejoras en el estado de ánimo, aunque sea la salida falsa de nuestros problemas existenciales.

Aquél que crea que existen píldoras de la felicidad debiera leer este epílogo.


Andrew Solomon: El demonio de la depresión (Barcelona: Ediciones B, 2002).

No todos los casos de melancolía, la más frecuente de las perturbaciones mentales, se deben a un enojo reprimido. La tristeza puede deberse a un sin fin de causas existenciales: la infinita gama de problemas irresolubles en la vida. Sin embargo, en casos de maltrato parental reprimido el enojo catártico puede ser el bálsamo para su cura, como se verá en este ensayo que iba a ser la parte final de mi libro a publicar.

A veces hojeo en las librerías los áridos libros de texto de los siquiatras. Si recomiendo el libro de Andrew Solomon como contrapunto de los libros recomendados en las páginas anteriores, es sólo porque está bien escrito. Los libros de texto de siquiatría están hechos para los estudiantes de medicina y sicología, no para el lector común. Solomon no es un siquiatra. Es un escritor, pero un escritor peculiar, el hijo de un magnate de Forest Laboratories: una compañía de drogas siquiátricas.

Lo inmersos que estamos en la matriz que nos controla es patente en los elogios que ha recibido El demonio de la depresión, especialmente los que provienen de quienes han padecido de depresión en un momento de sus vidas. Haré una reseña extensa de este libro que estuvo en la lista de los bestsellers del New York Times. Es tal la propaganda seudocientífica con la que a lo largo de 700 páginas nos inunda que fácilmente podría llenar un libro para rebatir cada falacia que detecté.

El demonio de la depresión, al que me referiré como El demonio, recibió el Premio Nacional del Libro en Estados Unidos en 2001. Solomon ha contribuido así con su grano de arena a que los norteamericanos permanezcan dormidos en el sistema. Aunque Solomon menciona a Szasz y a Valenstein, omite decir que éstos y otros profesionales no están de acuerdo con las teorías biológicas que Solomon nos presenta como ciencia real. De hecho, no es aparente que Solomon los haya estudiado.

He detectado este pecado de omisión en otras seudociencias. En parasicología, de la que tendré que hablar mucho en otro lugar, es sabido que los escépticos que la han estudiado han leído las revistas de literatura parasicológica a lo largo de sus vidas. No sucede así con los creyentes de lo paranormal. Éstos no sólo no se molestan en leer lo que dicen sus críticos, sino que la inmensa mayoría de los parasicólogos ni siquiera los mencionan. Cuando en mis veintes inicié mis lecturas de parasicología, los libros que compraba no me informaron que existía un sofisticado cuerpo de literatura escéptica sobre lo paranormal, y permanecí en la ignorancia a lo largo de mi juventud. Lo mismo puede decirse de los teólogos tradicionalistas, los marxistas y los sicoanalistas. Un miembro culto del Opus Dei no lee a Hans Küng, un teólogo católico progresista, y mucho menos lo que dice un crítico incrédulo de la iglesia como Karlheinz Deschner. Mis amigos comunistas jamás leyeron ni los libros de Solyenitsin sobre la matanza de rusos, ni a los críticos de la teoría marxista como Karl Popper o Lessek Kolakowski. Ni siquiera habían escuchado este último nombre cuando se los mencioné. La disonancia cognitiva ha de ser evitada a toda costa. Igualmente, los sicoanalistas no leen a Adolf Grünbaum, el filósofo de la ciencia que hizo un examen crítico exhaustivo de la teoría analítica, ni tampoco leen los libros más populares de Jeffrey Masson. De hecho, dudo que los analistas que conozco hayan escuchado estos nombres. Los siquiatras o los simpatizantes de la siquiatría tampoco leen los libros que recomendé bajo el encabezado “Sobre la seudocientificidad de la siquiatría” en la sección anterior . Son gente de mente cerrada —como Solomon, quien en sus 860 referencias bibliográficas que ostenta su libro no menciona una sola de mis lecturas recomendadas. A pesar de todo, recomiendo la lectura de El demonio porque nos muestra algo que, como decía arriba, ignoré: la siquiatría voluntaria.

Según el bestseller de Solomon, casi veinte millones de norteamericanos sufren de depresión, y la terapia que muchos de éstos encuentran en la consulta del siquiatra privado es perfectamente voluntaria. Solomon nos confiesa en su libro cómo a él mismo lo acosó este mal desde que murió su madre, y narra la odisea de la terapia antidepresiva voluntaria que encontró en una siquiatría que él considera benigna. En el inglés original su libro se titula The noonday demon. Los “demonios del mediodía” fue una metáfora usada desde la Baja Edad Media para designar lo que desde el Renacimiento sería la melancolía, y en nuestra época la depresión. A lo largo de los siglos, quienes han estado al borde del pánico cuando lo atacan estos demonios, han sido muy proclives a experimentar todo tipo de remedios para exorcizarlos. Solomon mismo probó desde un rito mágico en África hasta los psicofármacos siquiátricos, pasando por los remedios alternativos del new age. Incluso experimentó con el alcohol, la cocaína y el opio, como nos confiesa en su libro.

Los mismos siquiatras que hacen su modus vivendi mandando a drogar a los adolescentes rebeldes o a los niños que no les gusta la escuela, también recetan antidepresivos a sus clientes adultos. Ni yo ni Szasz mismo proponemos abolir esta última práctica, la siquiatría voluntaria, siempre y cuando el profesional mantenga bien informado al cliente sobre los riesgos que conlleva la ingestión de psicofármacos, algo que muy rara vez hacen. En buena medida el poder económico de la siquiatría proviene de esta faceta no tan oscura de la profesión, la voluntaria: una faceta que a individuos como Solomon los ciega en ver que la profesión tiene otra faceta involuntaria e inquisitorial.

Parte de la siquiatría voluntaria no está en la lista de nuestro pliego petitorio abolicionista. Si un individuo quiere drogarse con antidepresivos, tranquilizantes, estimulantes y ansiolíticos, con drogas legales o ilegales, debe ser libre de hacerlo. Solomon va más lejos y menciona algunos casos de gente en pleno ataque de pánico que solicitaron que los electrochocaran. Aunque en estos casos el electroshock es voluntario, no creo que la terapia debiera ser legal. Solomon mismo cita el caso de una mujer joven que le confesó que salió de una sesión voluntaria de electroshocks “sin recordar nada de lo que había aprendido en la facultad de derecho”. Y también citó el grotesco testimonio de un individuo que pidió que le hicieran una psicocirugía para eliminar su persistente depresión y los neurosiquiatras se la hicieron —que ni le sirvió al pobre pues su problema siempre estuvo en el software y no en el hardware de su cerebro. Ni qué decir que estos procedimientos radicales afectaron las facultades de estos solicitantes voluntarios, resultando el remedio peor que la enfermedad.

En lugar de estos lesivos tratamientos, yo le sugeriría al paciente que escribiera una furiosa y larga epístola al padre que causó su crisis. Y si la crisis es aguda le aconsejaría que hable con otros sobrevivientes de maltrato parental, como los del grupo de Susan Forward cuyo libro recomendé en la sección anterior. En el peor de los casos, digamos, una crisis psicótica, le sugeriría que pensara en una casa de medio camino tipo Soteria, aunque hay muy pocas en el mundo debido a que la institución médica monopoliza el tratamiento. Lo que ni Solomon ni los siquiatras que practican la siquiatría voluntaria pueden entender es que al tratar médicamente a la gente que ha sido agredida por el medio promueven un status quo que debiera cambiar. Quienes queremos una sociedad mejor no proponemos prohibir las drogas que se consumen voluntariamente: queremos eliminar las condiciones familiares y sociales que causan el pánico. Eso sí: señalamos que con el modelo médico nos estamos dirigiendo, a paso lento pero seguro, a la distopía farmacrática de Aldous Huxley. En octubre de 1949, cuando 1984 fue publicado, Huxley le escribió a Orwell diciéndole que el Estado totalitario controlaría a la población no tanto a través de la bota en la cara de 1984, sino a través de formas mucho más sutiles como las voluntarias drogas del mundo feliz.

La eficacia de los antidepresivos, que comenzaron a manufacturarse artificialmente desde los 1950, ha sido enormemente exagerada por la publicidad de compañías como la del padre de Solomon, y a lo largo de su bestseller resuena el eco de esta publicidad. Solomon ignora que, al igual que los medicamentos homeopáticos, el antidepresivo que distribuye su papá funciona básicamente debido al efecto del placebo: el poder de la sugestión y autosugestión. Los estudios muestran que un buen porcentaje de la gente que se le dice que un antidepresivo maravilloso acaba de descubrirse se curan de su depresión a pesar que les dieron píldoras de azúcar. A este efecto se le llama “placebo” en la profesión médica. Los efectos nocivos de los antidepresivos también son minimizados por empresas como la que enriqueció al padre de Solomon. En una sociedad de mercado salvaje como la nuestra, es muy difícil encontrar el estudio de un investigador independiente sobre los efectos nocivos de los antidepresivos. Los pocos estudios existentes, digamos los de Peter Breggin y Joseph Glenmullen, no han sido rebatidos ni por las compañías que los fabrican, ni por los siquiatras que recetan esas drogas. En la literatura siquiátrica no existe una refutación punto por punto de lo que Breggin y Glenmullen dicen sobre los efectos nocivos de las drogas siquiátricas, incluyendo la treintena de psicofármacos que Solomon recomienda en su bestseller. De manera análoga a los parasicólogos, teólogos, marxistas y sicoanalistas que jamás leen a sus críticos, Solomon tampoco rebate estos estudios. Ni dice media palabra sobre los testimonios de los ex adictos a las drogas siquiátricas que han escrito reseñas en internet sobre los libros de Breggin con frases como: “Este libro me ha salvado la vida” (Breggin recomienda abandonar toda clase de droga siquiátrica, aunque gradualmente, a fin de evitar los síndromes de abstinencia). Es irritante que los admiradores de El demonio digan que Solomon es “compasivo y no paternalista” y que en la publicidad de la portada del libro en inglés se le declare “profundamente humano”. La realidad es que Solomon frecuentemente aconseja a la gente depresiva a no dejar las drogas que el siquiatra les recetó. Nos confiesa que le aconsejó eso incluso a su tía abuela y, sin ser médico, se enfureció con su gerontólogo porque le retiró Celexa (citalopram): la misma droga que distribuye su papá (en México el nombre comercial de Celexa es Seropram).

Solomon nos presenta toda la mitología siquiátrica como ciencia real a la par de recomendar infinidad de métodos alternativos. Como en la carrera de aves de Alicia en el país de las maravillas en su libro todas las terapias, alópatas, homeópatas y alternativas, ganan el primer lugar en el tratamiento de la depresión. La Lógica Wonderland con la que razona Solomon hace que las recomiende absolutamente a todas, incluida la lobotomía: “Pero muchos otros tratamientos, desde el hipérico a la psicocirugía, son prometedores de un modo razonable”. Jamás se le ocurre que, si todo este curanderismo aparentemente da resultado, se debe precisamente al efecto del placebo. Su libro está inundado de tratamientos increíbles; de una buena cantidad de testimonios personales de sus amigos y conocidos deprimidos, y de las doctrinas de la biosiquiatría. Por ejemplo: “Entre los familiares de las personas que abusan de los estimulantes existen altas tasas de depresión, lo cual parecería indicar que una predisposición genética puede preceder al consumo de cocaína y de otros estimulantes”. No se le ocurre a Solomon que no puede haber genes responsables de la adicción a los estimulantes por la simple razón de que los genes de nuestra especie son anteriores a la manufactura de muchos de estos químicos. Por ejemplo, un putativo gen que impulsa a un alcohólico a beber no puede existir porque el alcohol es cronológicamente posterior al genotipo del alcohólico; y no ha habido cambios genéticos sustanciales en nuestra especie desde el hombre de Cro-Magnon. No obstante, haciendo gala de una enciclopédica ignorancia en biología, los siquiatras mantienen que el alcoholismo es una enfermedad de predisposición genética.

El alegato de Solomon, que el tipo de psicofármacos que su papá y el resto de las corporaciones farmacéuticas manufacturan es medicina real, es insostenible. Por ejemplo, reconoce que la cocaína alivia la depresión, pero la desaprueba por ser ilegal. En la siguiente página Solomon reconoce que las píldoras de Xanax (alprazolam), conocido como Tafil en México y Trankimazin en España, una benzodiacepina del grupo del Valium (diazepam), “enturbian a la mente”. Xanax / Tafil / Trankimazin es el ansiolítico que Solomon solía tomar, según sus propias palabras, “para hundirme por completo en un sueño profundo, espeso y plagado de sueños”. Pero a Xanax sí la recomienda porque es una droga legal. Otro ejemplo: jamás en su libro Solomon nos dice que Ritalín/Tradea/Rubifen (metilfenidato) puede ser moral e ilegal en el adulto que la consume sin receta médica como estupefaciente, pero que, paradójicamente, puede ser inmoral y legal si se le receta a un niño para controlarlo en la escuela. Solomon razona como el buen chico del establishment: la legalidad de la compañía de su papá hace que sus drogas sean, por definición, morales; y la ilegalidad de la cocaína y el éxtasis hace que sean, por definición, inmorales. En base a esta postura Solomon habla del “daño permanente en los sistemas dopaminérgicos del cerebro” ocasionado por la cocaína. Pero omite decir que Zyprexa (olanzapina), el neuroléptico que el siquiatra le recetó a Solomon y que le causó desagradables efectos, causa exactamente el mismo daño. Solomon también habla del síndrome de abstinencia que causa la cocaína, pero no disuade a sus lectores a que tomen neurolépticos a pesar que la acatisia tiene similitudes con tal síndrome. Curiosamente, Solomon dice que aceptaría tomar cocaína y éxtasis con tal de aliviar su horrenda depresión, pero que el síndrome de abstinencia que le producen esas drogas ilegales lo disuade. En otra parte Solomon reconoce que el alprazolam le quitó angustia en sus arranques depresivos, pero confiesa que lo convirtió en un adicto. También nos dice: “Yo tomo alrededor de doce píldoras por día para asegurarme de no sufrir un bajón demasiado estrepitoso”, pero en otras ocasiones sugiere que la etiología de su depresión es puramente existencial. El cóctel de psicofármacos que ha tomado Solomon incluye Zoloft (sertralina), Xanax (alprazolam), Paxil (paroxetina), Navane (tiotixeno), Valium (diazepam), BuSpar (buspirona), Wellbutrin (bupoprion) y Zyprexa (olanzapina). Algunas veces habla de las desventuras de un alma en pena: de un hombre, de una mujer o de él mismo (“he descubierto algo que debería llamar alma”); otras, aparece como el portavoz del biologicismo. Su libro es un compendio contradictorio tanto de apología fehaciente como de crítica suave a la biosiquiatría; tanto de testimonios existenciales de gente deprimida como de los mitos de la profesión. En una parte le hace propaganda a Prozac (fluoxetina), y en otra reconoce que su misma madre se quejaba de los mal llamados efectos secundarios del Prozac. (Si Prozac y los antidepresivos funcionan como placebos, los molestos “efectos secundarios” son en realidad los efectos primarios, los únicos efectos de la droga; y el efecto antidepresivo sería debido únicamente al poder de la sugestión.) Otras veces nos presenta una mezcla de ambas cosas: problemas existenciales y biológicos como la causa de la melancolía. Concede que la pobreza extrema y la indigencia pueden causar la “depresión”, pero recomienda tratar a los indigentes con drogas siquiátricas y añade que “en éste más que en ningún otro caso, la resistencia es un síntoma de la enfermedad”. Cita a los seudos que dicen que “los caminos que conducen a la adicción están en el cerebro”, cuando el sentido común contradice esta lógica biorreduccionista. Algunos orientales, tan adictos a los juegos de azar, desaprobarían que los occidentales declararan que su pasión por el juego “está en sus defectivos cerebros”, no en su cultura. Lo mismo podría decirse de los occidentales adictos a las compras en una sociedad de consumo: el problema está en la cultura, no en sus cerebros. Es notorio cómo a lo largo de su libro Solomon se contradice de mil maneras al aceptar tanto el modelo médico como el modelo psicológico de las perturbaciones mentales. En el capítulo sobre el suicidio repite los eslóganes del siquiatra, como cuando dice que hay que “tomar conciencia de que el suicidio es a menudo resultado de una enfermedad mental y de que la enfermedad mental es tratable”, recomendando electroshock. Bajo esta postura, dos casos particularmente horrendos de personas que tenían toda la razón en abandonar el mundo no despertaron la compasión de Solomon, quien no condenó a la institución que los mantiene vivos a fuerza. Tampoco reprobó las redes en que vio inmovilizados como mosquitos en enormes telarañas a algunas personas en el Hospital Norristown cerca de Filadelfia a fin de que las desdichadas criaturas no se suicidaran. No obstante, cuando se refiere al suicidio de su propia madre Solomon se convierte en el proverbial hijo compasivo, y el suicidio es “el acto de una mente torturada”. Lo que es más, debido a su propia mente torturada Solomon nos confiesa: “Nada me horroriza más que el pensamiento de que, en algún momento, pudiera verme privado de la capacidad de suicidarme”.

A lo largo de mi lectura del libro de Solomon me vino a la mente esta pregunta: ¿Por qué alguien como yo, que escribo en un estado de virtual pobreza, jamás caí en depresiones mientras que Solomon, el junior que gastó millones en sus tratamientos no sólo sufrió de bajones del ánimo, sino de depresiones espantosas? En resumidas cuentas, creo que tanto Solomon como los lectores deprimidos que les gustó el libro no han escuchado lo que el demonio que llevan dentro quiere decirles.

Me explico. Solomon nos habla de unos niños a quienes sus padres mandan con siquiatras para tratarlos por conductas de enojo (debido al autoritarismo de sus padres, omite decir el autor). Solomon señala que, una vez que estos niños han sido aplacados y tranquilizados por el tratamiento siquiátrico, el enojo desaparece. Pero el saldo de haber aplastado sus emociones hacia sus padres, reconocen los terapeutas mismos, es alto: los niños caen a un estado de profunda melancolía. Sin estar consciente de ello, a Solomon le sucedió exactamente lo mismo. En otra parte de su libro Solomon reconoce que su depresión se originó a raíz de la muerte de su madre. Y fue precisamente un conflicto con su madre, quien rechazaba la orientación sexual de Solomon, lo que lo motivó a escribir otro de sus libros: A stone boat (Un bote de piedra). Si decidí extender las lecturas recomendadas en este epílogo fue precisamente porque el proyecto literario de Solomon es la antítesis del mío. Hay un reverso casi exacto entre mi Carta a mamá Medusa y A stone boat, y entre Cómo asesinar el alma de tu hijo y El demonio. A stone boat es un testimonio novelado en el que Solomon elude descargar la rabia que siente hacia su madre: “Podría estar en el silencio de mi recámara imaginando el dolor que le causaría a mi madre […]. De alguna manera quería cobrar una indescriptible venganza”. Pero éstos y otros que citaré son comentarios escuetos y raros en su muy educada y políticamente correcta novela confesional.

La trama de A stone boat inicia cuando el personaje principal, el alter ego de Solomon, llega a París para confrontar a la madre por su actitud hacia Bernard, su amante. “Me fui a París enojado, y estaba determinado a actuar por vez primera en un estado de enojo”. Pero no pudo hacerlo porque descubrió que su madre tenía cáncer. “Quizá estaba más enojado esa semana de lo que recuerdo, pero es claro que cuando vi que podía estar enferma, mi enojo tuvo que irse a otro lado y mi madre se volvió tan gloriosa para mí como lo había sido en mi niñez”. Así que “aunque había ido a Francia para cortarla” la visión beatífica continuó hasta la muerte de su madre. En el último capítulo de A stone boat nos confiesa: “Perdono a mi madre como si fuera el vocero de las mismas puertas del Cielo”. Pero como muchos seres humanos, Solomon ignora que el perdón unilateral es una imposibilidad psicológica. La gracia del perdón sólo llega cuando el ofensor reconoce su falta y se desagravia con la parte ofendida. Pero ni en la vida real ni en su novela su madre se arrepintió, ni Solomon se atrevió a confrontarla (lo opuesto a mi Carta a mamá Medusa). Al contrario: como nos confiesa en A stone boat, en el funeral la vio “como un ángel” y al verla así se entregó, sin saberlo, a los brazos de la depresión.

El género literario que intento inaugurar no sólo es opuesto al biologicismo que se respira en El demonio, sino a la elegante prosa de A stone boat: una novela poética que ha sido descrita por algunos como un alcance de Proust. La autobiografía vindicativa, en cambio, no cuida la forma literaria: es un género bárbaro que se limita a romper el tabú de milenios. Sin escrúpulos, represiones y con los nombres reales —no con personajes novelados— le echa en cara al padre abusivo lo que nos hizo de chicos. El demonio es un libro que aborda el tema de la depresión desde todos los ángulos imaginables, un atlas del mundo de la depresión como reza el subtítulo en inglés. Sin embargo “lo que necesitamos es más profundidad, no amplitud; más profundidad en lo que causó los diversos episodios depresivos del autor”, nos dice uno de los reseñadores. Esta es la gran verdad sobre El demonio y muchos otros libros que tratan de la depresión. Las causas de las perturbaciones mentales están en el núcleo de la psique, no en la superficie que un erudito atlas pueda explorar.

Mi antípoda Solomon escribió: “Era terrible cuánto quería a mi madre. Era la cosa más terrible del mundo […]. Para mi padre todos debíamos de entender que mi madre era más importante que cualquier otra persona […] y yo estaba habituado a creer esto tanto como él”. Solomon la amaba a pesar que “en las primeras semanas de su enfermedad mi madre revelaría más claramente su terrible brutalidad: podía ser áspera, exigente y egoísta”. Helen, una amiga íntima de Solomon, se percató de la manipulación y de la relación edípica: “Con tu madre tú tienes que liberarte a ti mismo. Si eres un esclavo, eso no es amor. Es otra cosa”. Y posteriormente: “Helen me dijo: ‘Ya basta. Si estás cada minuto con ella te volverás loco'”. La metáfora “bote de piedra” que le dio el título a su novela provino de Helen para referirse a la idea de Solomon sobre la familia perfecta: una idea que, según Helen, se hundiría en el mar. A veces Solomon parece aceptar los regaños de su amiga: “En las primeras semanas que regresé con Bernard temía llamarle a mi madre; temía estar deprimido o enojado; temía que se me salpicara otra vez con sangre”. “Salpicado con sangre” era una metáfora de Solomon para referirse a cómo se sentía en la habitación de su mamá. Pero cuando se refiere a los trastornos mentales resultantes del maltrato parental, Solomon nos advierte: “El viejo principio freudiano de culpar a la madre ha sido descartado”.

En realidad, culpar a la madre ni es un principio freudiano, ni ha sido descartado, ¡y Solomon tendría que ajustar cuentas en su yo interno con su difunta madre si quiere ganar la batalla contra la depresión! Esa es precisamente la terapia de Forward, quien le recomienda al adulto deprimido que fue agredido de chico leer una carta vindicativa al difunto padre enfrente de su tumba a fin de alcanzar la paz interior. En los casos más severos de trastorno mental, como el que padeció Solomon, añadiría que el desahogo y catarsis total es la única ayuda para la víctima, como vi en el Instituto Ross del Trauma Psicológico en Dallas. Me refiero a las sesiones que describí como las espectaculares erupciones de odio puro que me estremecieron: la “fuerza demoniaca y abismal” que al reaccionar con el oxígeno de nuestra conciencia “estalla en santa furia”. Estas no son criaturas de la superficie sino los demonios del mundo primigenio que Solomon y los deprimidos que lo admiran no osan invocar. Quienes se deprimen son como los volcanes extintos de un archipiélago de islas donde las placas tectónicas ya cruzaron sobre el punto caliente del magma debajo de ellas. Solomon no ha hecho una buena endospección: es un volcán extinto. Sólo así se entiende que escriba cosas como lo siguiente: “Parte de lo más horrible de la depresión, y sobre todo de la angustia y el pánico, es que no se pone en juego la voluntad: los sentimientos ‘ocurren’ sin que haya en absoluto ninguna razón que los explique”. Es evidente que Solomon no tiene idea del demoniaco magma que habita debajo de él y que quiere salir. El autor del bestseller sobre la depresión no sabe que su congestión depresiva, un peñasco volcánico enfriado, impide la válvula de escape de un monstruo. Si Solomon hubiera escogido el género de la epístola eruptiva, y no el de la templada novela, podría haberle hecho frente al demonio interior que lo acosa, y vomitarlo. El siguiente pasaje de El demonio sugiere esta fuerte interpretación:

Después creí que mi sexualidad era en cierto modo responsable del sufrimiento que mi madre soportó durante su enfermedad final, pues ella odiaba lo que yo era, y ese odio fue un veneno que fue impregnando mi alma y corrompió mis placeres románticos. No puedo separar su homofobia de la mía, pero sé que ambas me costaron caro. ¿Es sorprendente entonces que cuando empecé a tener sentimientos suicidas decidiera exponerme al VIH [el virus del sida]? Sólo era una forma de convertir la tragedia interna de mis deseos en una realidad física. He supuesto que mi primera crisis estaba vinculada a la publicación de una novela que aludía a la enfermedad y muerte de mi madre [A stone boat], pero también era un libro con un contenido gay explícito, y sin duda eso también estaba involucrado en la crisis. Quizás, en realidad, ésa era la angustia dominante: el obligarme a mí mismo a hacer público lo que durante tanto tiempo había guardado en silencio.

Hay otros pasajes que sugieren que, aún después de publicada su novela, Solomon no pudo hacer contacto psíquico con su “veneno” interno, como dice al principio de la cita de arriba, y que éste siguió “impregnando su alma”. “Cuando era niño mi mayor felicidad era hacer feliz a mi madre”, nos dice. Pero la madre le decía cosas tan crueles como algunas que cuento en mi primer libro autobiográfico: “Comeré gusanos y moriré, y tú te lamentarás por haberte portado mal conmigo”.

Estas palabras de su madre pueden ayudarnos a entender la depresión de Solomon que Solomon no entiende. Como nos cuenta en El demonio, que no es una novela, la madre de Solomon se suicidó para poner fin a la miseria resultante de un cáncer de ovarios. El 19 de junio de 1991, enfrente de Solomon, se suicidó tomando píldoras rojas de Seconal (secobarbital: un barbitúrico). Solomon nos confiesa que él y el resto de su familia asistieron al suicidio. “De hecho, junto con mi padre y mi hermano ayudé a mi madre a matarse”. Luego nos dice: “El suicidio de mi madre es el cataclismo de mi vida […]. La realidad de lo que ocurrió, sin embargo, está enterrada en mí como la hoja de un cuchillo y siento cómo se revuelve en mis entrañas y me lastima cada vez que me muevo”. En unos pasajes emotivos Solomon nos cuenta la peculiar manera en que su madre se tomó píldora tras píldora del Seconal, los “gusanos” que había amenazado comer que le harían lamentarse “por haberse portado tan mal” con ella. Solomon escribe: “Del mismo modo, después yo aprendí a tomar puñados de antidepresivos”.

La radiografía psíquica de Solomon se comienza a vislumbrar. No obstante, como el buen chico que reprime los maltratos verbales y la manera como su madre lo chantajeó con su cáncer, Solomon nos dice: “Es un disparate que los adolescentes reprochen a sus padres cuando éstos han hecho todo lo que han podido por ellos”. El resentimiento no reprochado a la madre se transformó en depresión, justo como le pasó a los niños a quienes los siquiatras eliminaron sus conductas de enojo. Es el tabú de tocar al padre lo que hace que Solomon escriba: “No nos andemos con rodeos: en realidad desconocemos cuál es la causa de la depresión y no sabemos en qué consiste ni cómo se abrió paso a través del proceso evolutivo”.

Eso es la siquiatría biologicista: buscarlo todo en el cuerpo por la cobardía intelectual de tocar al progenitor. La biosiquiatría también se desentiende de las otras condiciones existenciales que causan la “grieta en el amor” llamada depresión, expresión que Solomon mismo usa en las primeras palabras de su primer capítulo. No obstante, en sus desesperados intentos de escapar de la “depre” Solomon se encontró en la puerta de salida. A veces parafrasea a los sicoanalistas que han dicho cosas interesantes de la melancolía: “Enfadado ante la ambivalencia del objeto de su amor, el melancólico emprende la revancha, de modo que vuelve su furia hacia adentro para no castigar al ser amado”. Y en base a sus lecturas de Freud y Karl Abraham se autoanaliza bien, como se ve en el siguiente pasaje:

En el momento de mi primera crisis, estaba devastado por la muerte de mi madre, y en mis sueños, mis imágenes y mi escritura sin duda la incorporé a mi ser. El dolor de perderla me enfurecía, y también lamenté todo el dolor que alguna vez le había causado y los complejos sentimientos encontrados que persistían en mí. Su muerte impidió que la relación tuviera un cierre satisfactorio para ambos. Creo que los sistemas internos de conflicto y de reproche a mí mismo jugaron un papel importante en mi caída y se centraron en la publicación de mi novela.

Pero Solomon no cruzó la puerta que abrió y que podía haberlo liberado. A diferencia de John Modrow y de mí, que sin remordimientos publicamos lo que nos hicieron nuestros padres, Solomon lucha terriblemente contra el demonio interno de honrar a la madre:

Decidí publicar de todas maneras, lo cual me proporcionó la sensación de que me liberaba de mis demonios, pero también me hizo sentir que adoptaba una actitud desafiante hacia mi madre y experimenté un sentimiento de culpabilidad. Cuando llegó el momento de declarar de manera pública lo que estaba haciendo, el reproche empezó a consumirme; y cuanto más intentaba no pensar en mi madre en esa situación, más se imponía el “amor-objeto internalizado” de mi madre.

Al escribir lo que he escrito sobre mis padres yo también he experimentado esta terrible ambivalencia y sentimiento de culpa. Pero gracias a Miller lo superé del todo. La venganza literaria era la única vía de sanación y de reconciliarme con el pasado. Solomon nunca llegó a este nivel. Curiosamente, sus amigos sí llegaron y entendieron mejor el problema con su madre que este escritor devorado de falsos sentimientos de culpa:

Mientras mis amigos me decían que debía estar furioso, lo que yo sentía era desesperación y dudas con respecto a mí mismo. Me acusaba de modo interminable como manera de acusar a la otra persona. Mi propia atención se fijó en la persona cuya atención buscaba, aquella que estaba ausente aunque seguía viva en mi interior. Mi angustia parecía seguir al pie de letra las pautas de mi infancia y la historia de la pérdida de mi madre. ¡Oh, ahí no faltó sadismo internalizado!

Solomon no sólo nos confiesa que fue sádico consigo mismo para defender la idealizada imagen de su difunta madre, un espíritu que lo atormentaba desde la tumba y al que ya no podía confrontar. También nos habla de una situación desagradable con su padre: “Estaba enfadado con mi padre; enfadado de una manera irracional, infantil, infame […]. Sus palabras me precipitaron en una histeria a la que ahora no encuentro ningún sentido. De vez en cuando telefoneaba y dejaba un recado en su contestador: ‘Te odio. Ojalá te mueras'”. Y también: “Poco tiempo después de salir de mi tercera depresión cené con mi padre y él me dijo algo que me perturbó; entonces me di cuenta de que elevaba el tono de mi voz y de que hablaba con aspereza, de modo que me alarmé. Respiré de manera profunda y después de una tensa pausa…” Solomon se disculpó tontamente con su papá sin aclararle a sus lectores por qué lo había hecho enojar.

Una amiga que leyó mi epístola a la madre me comentó que al tratar de comunicar mi propuesta literaria a un conocido suyo éste se sobresaltó y le prohibió que continuara. Habló de una “ley divina” que nos prohibe juzgar al padre. Es precisamente ese honrar, ese idealizar al padre independientemente de sus crímenes, esa incapacidad de hacer pleno contacto con el niño furioso que llevamos dentro, lo que no nos deja seguir adelante en nuestras vidas y provoca la congestión psíquica llamada depresión. El volcán congestionado estalla a fin de cuentas, pero no hacia los responsables, sino hacia objetos sustitutorios. Solomon confiesa:

Pero un día, a los treinta y pico [de sus años], fui presa de una furia irracional y empecé a tramar asesinatos. Con el tiempo descargaba esa furia golpeando los retratos míos que mi novia había colgado en su casa, y dejaba los vidrios rotos en el suelo y el martillo en medio de éstos.

Un año más tarde tuve una seria pelea con un hombre al que estimaba mucho y por el que me sentí absoluta y cruelmente traicionado. Ya me encontraba en un estado en cierta manera depresivo, de modo que me puse furioso y lo ataqué con una ferocidad diferente de la que había experimentado antes, pues lo empujé contra la pared y lo golpeé repetidas veces hasta romperle la mandíbula y la nariz. El hombre fue hospitalizado, y nuca olvidaré la sensación que me produjo su rostro abollándose con cada uno de mis golpes. Recuerdo que después de golpearlo tuve su cuello en mis manos, y que fue necesario una poderosa llamada de superyó para evitar que lo estrangulara.

Solomon omite decir si fue arrestado o si el dinero de su papá lo ayudó a salir ileso del embrollo. Pero sí nos confiesa que no se arrepiente de lo que hizo. Más bien, en el estado que convenientemente llama “enfermedad mental” se justifica. Solomon escribió: “Porque creo con sinceridad que me habría vuelto loco de forma irremisible si no hubiera actuado como lo hice”. Y luego añade: “Parte de la sensación de miedo e impotencia que me atenazaba en esa época era aliviada por aquellos actos salvajes”. Y un par de frases más adelante nos hace esta iluminadora confesión:

Negar el poder curativo innato de la violencia sería un error terrible. La noche de la pelea llegué a mi casa cubierto de sangre y con una sensación de horror y al mismo tiempo de euforia. Me sentía por completo aliviado.

Completamente aliviado. ¡Pero esa es la ira que inconscientemente sentía hacia su madre! Habrá que preguntarle al amigo de la cara abollada qué piensa de los elogios a la “compasión” y “humanidad” de Solomon en las reseñas más pías de su libro. En la siguiente página de El demonio Solomon nos da la llave para entrar a su mente:

Me di cuenta entonces de que la depresión puede manifestarse con facilidad en forma de rabia.

Este es el meollo de todo el asunto. La gente que se deprime y que acude al siquiatra para que los trate con antidepresivos no sabe qué sucede en sus cabezas. Lo que en el fondo muchos deprimidos sienten es odio, cólera y rabia hacia sus progenitores. Pero los padres son ley divina. Es imposible tocarlos. Los tabúes introyectados de la cultura no nos permiten reconocer la legitimidad de nuestras emociones. Sólo si sabemos exactamente quién, cómo y cuándo abusó de nosotros de chicos, y hablamos o escribimos cosas muy duras sobre sus crímenes, no desplazaremos nuestra rabia hacia amigos inocentes, ni nos desquitaremos con chivos expiatorios. Un conocido suyo le dijo a Solomon que estaba “terriblemente socializado”, deferencia hacia los valores de la cultura que le impide enjuiciar a su madre. Comparado con sus libros, los míos parecen obra de un Hulk furioso que abiertamente ostenta su rencor.

Solomon nos confiesa que desplazó su furia hacia su amante inglés porque “esto hacía más fácil amar a mi madre”, y lucubró con castrarlo con una hoja de afeitar e incluso ponerle veneno de ratas en el café. Pero esta búsqueda de un chivo expiatorio, de un odio sustitutorio del de su madre, lo experimentó Solomon —literalmente. En sus desesperados intentos de sanar el junior nos cuenta que partió rumbo a Senegal en África, donde los nativos creen que los espíritus son responsables de todo mal. Solomon se entregó a un rito similar al vudú llamado ndeup. Los negros le echaron una sábana encima para cubrirlo junto con un carnero, al que Solomon abrazó. “Yo apenas podía respirar; el olor del carnero era muy fuerte”. Los tamborazos sonaban cuando una mujer cayó en trance histérico. Uno de los que tocaban los tambores le cortó el cuello a un carnero. Las mujeres cubrieron con su sangre cada centímetro del cuerpo de Solomon, que quedó todo de rojo incluyendo sus genitales. Luego las mujeres lo ataron con los intestinos del chivo expiatorio. Tiempo después, al finalizar el exorcismo, la bruja que lo llevó a cabo declaró: “Estás libre de espíritus”. Solomon nos cuenta esta historia a lo largo de varias páginas, y en un párrafo de dieciséis líneas se expresó muy bien del ndeup: un rito “tonificante y energético, una apoteosis de movimiento y sonido”.

Pero Solomon no quedó libre de espíritus. El poderoso hechizo de su madre — “Comeré gusanos y moriré, y tú te lamentarás por haberte portado mal conmigo”— no fue roto con la brujería africana. Después de su experiencia en Senegal, este Proust de las letras siguió evitando hacer contacto con el monstruo verde que lleva dentro, que encuentra válvulas de escape en chivos expiatorios y en amigos a quienes les rompe la cara. En base a esta dinámica de represión y desplazamiento Solomon muestra una falta total de sentido común en cuestiones psicológicas elementales, lo que lo conduce a coquetear con el biologicismo. Por ejemplo, durante los inviernos en los países del hemisferio norte los siquiatras y algunos neurólogos nos quieren hacer creer que los cambios de melatonina son los responsables de la “depresión”. Solomon regurgita este alegato sin cuestionamiento alguno. Suponiendo que sea cierto, que no sea un estudio seudocientífico sino científico, lo más natural es suponer que la tristeza que un alma sensible experimenta en un lóbrego invierno alteró la secreción de melatonina, y no viceversa.

Además de las drogas siquiátricas para aliviar la depresión Solomon recomienda la terapia lumínica, la vitamina B6, la langosta y el mousse de chocolate, el hipérico o hierba de San Juan, los huevos, la levadura de cerveza, el zinc e infinidad de otras terapias. El curanderismo no ha cambiado en el tratamiento de la melancolía. En los 1620 Robert Burton recetaba a los melancólicos caléndula, diente de león, fresno, sauce, manzanas dulces, jarabe de amapolas ¡y la misma hierba de San Juan que Solomon nos recomienda más de tres siglos después! Cuando se aconsejan tantos remedios para un solo mal es elemental que el auténtico remedio no se ha encontrado. A lo largo de los siglos jamás se incursionó, ni en Oriente ni en Occidente, en el conflicto existencial que causa la depresión. El estudio profundo del yo apenas ha iniciado: no con Freud, sino con Alice Miller, Lloyd deMause y los psicohistoriadores. Por eso le parecía a Burton más fácil “notar el movimiento de un grano de sal en el aire que penetrar en el corazón del melancólico”. Pero así como la tecnología actual ya nos permite filmar el movimiento del grano, quienes por vez primera en la historia incursionamos en el núcleo del yo penetramos el corazón de los melancólicos. Cierto que Solomon estuvo en sicoanálisis y que en una terapia de grupo trató de hablar de la muerte de su madre. Pero Solomon ignora que, a pesar de sus ocasionales luces, el sicoanálisis es un curanderismo que nada tiene que ver con la furia literaria abierta, explosiva y desinhibida que nos devuelve el alma perdida.

Muchos sicoanalistas inhiben esta catarsis liberadora. Cómo recuerdo a dos renombrados analistas mexicanos que no me permitieron llorar en su consulta cuando quise transmitirles lo que me había hecho mi querido papá. Los siquiatras se comportan peor. Una amiga española sobreviviente de internamiento involuntario me escribió lo siguiente: “Y siempre he supuesto que yo misma cavé mi propia tumba cuando, al confesarme confiadamente con la famosa siquiatra del hospital que posteriormente me encerró, al preguntarme sobre mis padres mencioné en mi discurso la sentimental palabra odio”. Esta española me contó, en varias misivas, la historia de una amiga suya diagnosticada de esquizofrénica, a quien su siquiatra le decía: “La enfermedad ésa hace que uno se vuelva en contra de las personas que más quiere”.

La verdad es lo opuesto. Ponerle un tapón al monstruo que llevamos dentro hace que la víctima ultrajada por sus padres enloquezca, como le sucedió a Solomon. Por ejemplo, Solomon nos dice que los groenlandeses se deprimen no por el clima de Groenlandia, donde no hay ni árboles, sino por “el tabú de hablar de sí mismos”. Pero precisamente al impedirse hacer erupción Solomon mantiene el tabú de hablar de él mismo. Jamás saca el magma de su yo profundo (como se lee en la biografía de Breger que recomiendo en las lecturas, Freud tampoco lo sacó a pesar que popularizó la idea del inconsciente). En lugar de llegar al núcleo de su inconsciente Solomon le dedica un capítulo entero a la biología evolucionista para tratar de contestar la estúpida pregunta de cómo fue posible que la selección natural permitiera el surgimiento de la depresión en el ser humano.

En una buena parte de El demonio Solomon nos da el gran tour en el país de la siquiatría voluntaria. Pero cuando toca el tema de la siquiatría involuntaria no se percata que nos encontramos en un país enteramente distinto. Por ejemplo, sin bien Solomon reconoce que en el siglo XIX los siquiátricos, llamados asilos en aquel entonces, “pululaban como hongos” en el país de la Revolución Industrial, el chico rico no se percata de que así se barría el problema de la pobreza debajo de la alfombra institucional. Con increíble inmoralidad escribe: “El número de personas pobres mentalmente enfermas identificadas se duplicó. Esto se debió en parte a la creciente buena disposición de la gente a identificar a sus parientes como locos”. Solomon también habla de los niños a quienes sus padres los mandan al terapeuta, y lo que es mil veces peor, para orientar a los padres recomienda el cibersitio de la National Alliance for the Mentally Ill .

NAMI es un paradigma perfecto de siquiatría involuntaria y represora. En diez páginas de su libro que me enfurecieron, Solomon regurgita el lenguaje de NAMI. Nos dice que “la necesidad de intervenciones tempranas y terapias preventivas es absolutamente evidente. Los padres deberían vigilar la aparición de un aislamiento notorio”. ¡Esto fue lo que mi madre “vigiló” cuando me “aislé” de ellos y de la infame escuela a la que me metieron (como le recriminé en Carta a mamá Medusa)! Pero como Solomon no escribió una carta vindicativa a su madre, añade: “Los niños que muestran estos signos de depresión deberían ser evaluados por un profesional”. Es evidente que Solomon toma partido por su madre en contra de sí mismo: y proyecta el odio del lastimado niño que lleva adentro hacia otros niños. Solomon tampoco reprueba las acciones siquiátricas involuntarias que se toman contra los ancianos profundamente entristecidos. Sanciona al modelo biorreduccionista de la depresión de los ancianos a pesar que es evidente que la vejez nos entristecería a muchos de nosotros. De hecho, Solomon recomienda electrochocarlos.

Qué distinto sería el mundo si los escritores defendiéramos a Antonin Artaud, Ernest Hemingway, Sylvia Plath y a otros escritores deprimidos electrochocados por siquiatras. En lugar de dedicarle su libro a una de estas víctimas de la siquiatría Solomon se lo dedica a su papá, el empresario que comercia con antidepresivos y que financió su investigación. Junto con los profesionales la gente más peligrosa son los pacientes siquiátricos voluntarios, especialmente si tienen dinero, el don de las letras y le hacen propaganda a la siquiatría involuntaria en sus libros. Habla pestes de la cultura norteamericana que un libro como El demonio de la depresión goce de premios, honores y popularidad.

* * *

Analizada a fondo, la susodicha globalización es más bien una americanización. El imperio norteamericano conquista mentes, no territorios. Los suecos no suelen darle Ritalín / Rubifen a sus niños. Pero Suecia no exporta su cultura al resto del mundo. Estados Unidos, en cambio, consume el noventa por ciento del metilfenidato mundial y en un mundo donde “el mercado es el rey”, como declaró con entusiasmo Ronald Reagan, es previsible que transnacionales como la del padre de Solomon quieran expandir sus ventas al resto del globo. Duele ver a un libro como el de Solomon traducido a mi lengua materna.

Aquellos que se creen disidentes del sistema por participar en manifestaciones contra guerras como la de Irak, yerran. Yo jamás me he manifestado sobre este tipo de acciones imperiales que destituyen a sátrapas sanguinarios. Y jamás lo haré. Hay formas infinitamente más sutiles de control y de dominio de la sociedad civil que la guerra abierta. Una de éstas es la dominación ejercida por la siquiatría. En la ciudad donde vivo se escuchan ahora a los manifestantes y a su gritería frente a la embajada del vecino país del norte. Pero jamás han realizado no se diga las manifestaciones masivas de estos días, sino ni siquiera una manifestación mediana en contra de la nueva Inquisición.

Ni la harán. Como en los mundos de Orwell, la sociedad le permite a la masa sus “Dos Minutos de Odio”. Quienes ahora participan en la manifestación vuelcan su coraje sobre un objeto sustitutorio para no volcarlo sobre las fuentes de su propia opresión, de la que no están conscientes. Al igual que el rompe-caras Solomon, el sistema, basado en la familia nuclear, les permite una válvula de escape para que no dirijan su rabia hacia la fuente que los oprime a ellos. A todos nos llegan hondo las imágenes de la guerra. Pero es astigmatismo exhibir pancartas con inmensas fotos de una niña mutilada cuando el manifestante no puede ver que a medio metro le pide limosna un niño que vive en las alcantarillas de la gran capital mexicana. ¿Cuándo se ha manifestado la raza humana por los indigentes de Nueva York, Moscú o Tokio? ¿Cuándo se ha manifestado por los Arriola (de quien hablo en la sección sobre la siquiatría en México) y miles de otros a quienes les sucedieron cosas peores que la experiencia de una guerra? No es que no haya gente buena entre los manifestantes. La compasión por los que sufren es el más elevado de los sentimientos; el más alto valor de todo lo imaginable de hecho. Pero a la masa se le escapa lo conspicuo. Ya lo decía Goethe: lo más difícil de ver es lo que tiene uno exactamente enfrente. En vez de hacer algo para eliminar a los padres abusivos y reestructurar la sociedad, los humanos drogan a sus cerebros con químicos legales e ilegales; con la TV, deportes, y películas en DVD; con sectas, tonterías new age, religiones, nacionalismos y toda suerte de terapias y entretenimientos banales. Pero los crímenes lesa humanidad que acontecen no en el lejano oriente, sino enfrente de sus narices, pasan desapercibidos.

Dejad a la chusma lanzarle improperios al tío Sam Goldstein. Dadles pan, circo, sus dos minutos de odio y perpetuaremos el status quo hacia una sociedad psicocivilizada.

EL ASALTO AL CEREBRO ES TERAPIA

LA OPRESIÓN EN SIQUIÁTRICOS ES LIBERTAD

DORMIR EN LA MATRIZ ES PODER

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Published in: on mayo 16, 2009 at 6:57 pm  Comments (29)  

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29 comentariosDeja un comentario

  1. Muy bueno su articulo. Suerte que existen publicaciones gratuitas sobre temas como estos. Usted me ayuda mucho en lo personal también.

    Gracis y siga escribiendo.

    Silvia de Argentina

  2. Excelente artículo, es más le diría que he tenido depresión, por tener padres abusivos y sufrir maltrato infantil. Fui a dos psicologas, una que eligío mi madre, a esa fui una vez y a otra que la elegí yo, a esa fui casi un año, luego tome 9 pildoras de xanax y ninguna me hizo efecto, estoy desprendiendome de las estructuras mentales del pasado. Depende de mi misma ser feliz. Los demás no van a curarme, solo yo misma por mis propios medios, porque deseo en el alma ser feliz y tener la consciencia en paz. Es una decisión que debo tomar para mi bien, no para el de los demás.

  3. Ciertamente estoy de acuerdo con usted en las múltiples veces que menciona cuando un creyente o fanático o activista o como pueda llamarse a quien apoya una causa o postura por lo general no toman en cuenta las críticas a la misma. Algo que aprendí hace algún tiempo con mi profesora de análisis literario es que no podemos cerrarnos a una sola postura, hay que observar y conocer todos los ángulos y cuando deseemos hacer critica de cualquier cosa primero debemos hacer es conocerlo, sino seria para nosotros una realidad incompleta.

  4. Muy buen articulo. Yo sufro de depresion porque me dieron un antidepresivo si que yo quiera, me dijeron que activaba las endorfinas, el “medico” hizo que que las compren las tome y despues vaya a verlo sin ni siquiera saber mi nombre. Yo en mi humilde opinion considereo que por la cultura, respeto al medico y la ignorancia de la gente sobre los daños que causan los sicofarmacos es una batalla perdida a menos que tomemos medias extremas. (hay que matarlos a todos)
    Saludos

  5. Magistral y elocuente articulo mi estimado escritor; admiro mucho las ideas de varios autores que ha expuesto y sus respectivos y originales retoques hechos por ti mismo.

    Aprecio mucho la denuncia literaria que realizas a traves de estos articulos y en general la protesta hacia las construcciones del proyecto absolutista que adelanta el reduccionismo mecanicista de la psiquiatria actual.

    Y de este modo es de crucial interes para algunos gremios la perpetuacion del poder justamente por medio de la elaboracion de convincentes razones para el pueblo desinformado y en cierto sentido vulnerable a la sugestion, que seran escritas en el epitafio de la voluntad humana.

  6. Estoy de acuerdo en mucha parte con el articulo,primero porque hasta el momento no se ha podido demostrar que la enfermedad mental proviene de un desbalance bioquímico y segundo que las empresas farmacéuticas dándose cuenta del mercado tan amplio en miles de millones han dirigido una investigación amañada con el beneplácito de gobiernos corruptos y la pasividad y a la vez corrupción del sector médico. En lo que no estoy de acuerdo es el bajo reconocimiento que le da a las medicinas alternativas en especial a la homeopatía donde habla del aspecto placebo que tiene ,me gustaría en lo posible que ahondará más en esta doctrina ,cuyos efectos terapéuticos han sido probados ha pesar de toda la mala atmósfera que la medicina oficial le han hecho.
    El ser humano es mas que un conjunto de células órganos glándulas y tejidos y está equipado con la capacidad suficiente para resolver cualquier tipo de problema,pero la educación actual ,la religión lo han convertido en un gigante dormido

    • Ivan, Buen día.
      He querido contactarte en Medellín, pero no logro hacerlo. Podrías enviarme un mensaje con los datos de tu consultorio? Necesito una cita.
      Mil gracias!
      natamesa@hotmail.com

  7. fascinante revelación

  8. Te lo compro, todo lo que escribes de la mala praxis psiquiátrica.
    Pero me quedan muchas dudas sobre tu postura, no de los trastornos mentales, sino del funcionamiento cerebral.
    ¿Acaso eres neurólogo o médico?

    Resumiendo tu punto de vista y lo que entendí de él, si bien es cierto que los antidepresivos etc no tienen un efecto positivo muy tangible a largo plazo en la depresión eso no quiere decir que la depresión no sea un desequilibrio bioquímico o un error anatomico o funcional del cerebro. Por que una droga como el MDMA si que tiene efectos biológicos y obviamente bioquimicos, independientemente de la visión y personalidad de la persona y sus experiencias o conocimientos. Es como las personas que aprenden a controlar la borrachera. Que no se desinhiban no quiere decir que no sientan los efectos del alcohol en sus cuerpos. Por lo tanto, ignorar que la bioquimica forma parte del cerebro es una estupidez. Prueba de la existencia de una bioquimica cerebral son todas las modificaciones conductuales que se pueden hacer mediante químicos. Que impresion sería la de que una persona pueda inducirse una borrachera sin alcohol. A lo mucho podrá asumir el rol de borracho pero nadamás.

    La bioquímica cerebral es un axioma y partiendo de ahi, teoricamente se pueden inducir cambios positivos en los cerebros humanos o -mentalmente enfermos-.Que los fármacos para tratar las enfermedades mentales no sean quimicamente adecuados, es otra cosa.

    Por cierto ¿afirmas que las imágenes de IMRf e IMR de pacientes esquizofrénicos en donde se ve la diferencia funcional respecto a personas sanas son falsas? No sabia que las maquinas de diagnostico por imagen también mintieran.

    Por desgracia, la depresión por ejemplo no se puede curar unicamente por medio de fámacos. Estando de acuerdo contigo, se sabe que las creencias, perspectivas y experiencias de una persona inducen cambios quimicos en el cerebro (“psicosomasia”, efecto nocebo). Por ejemplo hay evidencia de que en personas con un estrés crónico, la región CA3 del hipocampo pierde un gran número de neuronas, creando un circulo vicioso de menor tolerancia al estrés. O el número reducido de receptores de glucocorticoides también en el hipocampo y en la coreza prefrontal de personas vicitmas de un suicidio. Por lo tanto, los malos pensamientos de las personas les inducen -daño- en la estructura del cerebro y por consiguiente un desajuste bioquimico que provoca que la estructura cerebral se estropee más creando más pensamientos negativos para que así el circulo empiece de nuevo.

    Dado que el cerebro es una estructura que cambia a lo largo de la vida (neurogénesis) se supone que lo mejor para tratar la depresión serían antidepresivos para controlar la quimica cerebral y una dieta casi macrabiótica pero sumando todas las terapias y actividades posibles para mejorar la perspectiva que tenga la persona respecto al determinado problema que tenga, ya que de lo contrario, los fármacos no van a servir de nada a largo plazo cuando la persona se desquiibre a sí misma otra vez.

    Así que del hecho de que la causa de la depresión en los pacientes sea provocada por sus propios malos pensamientos, emociones, educación y experiencia no descarta la posibilidad de que también sea causada por alguna malformación anatomo-funcional en el cerebro. Afirmar eso sería como dar a entender que el cerebro es inmune a complicaciones congénitas o mutaciones genéticas (Sindrome de Down).

    Generalmente la psiquiatría vaya que está errada en muchas cosas.En su praxis. Y reconozco que las terapias son inprescindibles pero el tratamiento farmácológico tiene la ventaja de acelerar el tratamiento mismo.

    Y efectivamente, las neurociencias están en pañales y determinar patrones biopatológicos en las enfermedades mentales es dificil pues cada cerebro es un complejo conjunto de combinaciones diferentes en cada ser humano y saber que cosas son comunes en todos es una tarea que llevará un largo tiempo.

    Y respecto a tu capítulo de “Por qué la siquiatría es una falsa ciencia” en donde dices que la hipótesis de que el agua hierve a 30° C a nivel del mar es una hipotesis válida por ser refutable no quiere decir que se pueda extrapolar al estudio del cerebro. Las hipotesis del cerebro no se pueden tachar de falsas o verdaderas basandose solamente en las hipotesis de otras ciencias simplemente por que no son las mismas variables. La causa, es esa inexplicable cosa llamada conciencia que logra cambios en el cuerpo y el cerebro sin nosotros tocarlo y como nada en el universo que sea inerte tiene conciencia no se pueden comparar esas hipotesis en cuerpos bióticos que si poseen la dicha conciencia.

    Es parecido a la física clásica con la cuántica.
    No aplican los mismos paradigmas.

    • “¿Acaso eres neurólogo o médico?”

      ¿Has leído el e-libro entero que aparece en este sitio? En él menciono que la gente en que me basé tienen doctorados en biología o son siquiatras o médicos disidentes que publican en revistas especializadas.

      Por cierto ¿afirmas que las imágenes de IMRf e IMR de pacientes esquizofrénicos en donde se ve la diferencia funcional respecto a personas sanas son falsas? No sabia que las maquinas de diagnostico por imagen también mintieran.

      Una vez más: ¿ya leíste todo el e-libro? No tengo tiempo de repetir las cosas (por cierto, si ya hubieran biomarcadores en la profesión la siquiatría desaparecería y su cuerpo de evidencia quedaría circunscrito a la neurología).

      Y respecto a tu capítulo de “Por qué la siquiatría es una falsa ciencia”… Es parecido a la física clásica con la cuántica.
 No aplican los mismos paradigmas.

      Has puesto precisamente un ejemplo de lo que es una hipótesis irrefutable, y por consiguiente seudocientífica: no me refiero a la física cuántica, sino a intentos de volver la hipótesis central en siquiatría—que es una entidad biomédica—en una hipótesis no contrastable.

  9. Tengo depresión, pero es muy dificil vivir en esta sociedad en donde la gente nos ve como locos, como cobardes y cuando te dicien que no tomes las medicinas que te receta el psiquiatra y que solo le “heches ganas” como si fuera así de sencillo… porque critican y juzgan a los que cometen suicidio y bueno hasta la iglesia dice que no entran al cielo… porque? si es una enfermedad lo que lo provoca… sé lo que es tener esa sensación horrible de querer quitarte la vida, sentir ese dolor indescriptible, pero como para la gente que esta al rededor no es visible como un cancer por ejemplo por eso creen que no duele, por eso creen que es fácil de vivir con él… los que tenemos depresión sabemos lo complicado que es.

  10. 20 de octubre del 2011
    estoy totalmente de acuerdo con todo lo que dices en el comentario.
    La humildad es vivir en verdad y nos enfermamos por reprimirnos las cosas.
    Gracias lo pondré en práctica.

    • Recomiédeme libros buenos para la depresion.
      gracias

      • Alice Miller ya ha sido traducida al español. Además, está mi propio libro, pero es una bomba, Hojas susurrantes.

  11. Desde mi punto de vista usted esta hablando de padecimientos mentales que al parecer uno se autoinflinge por no ser capaz de darle un adecuado manejo a sus emociones. En ese sentido estoy totalmente de acuerdo con su postura; sin embargo, que hay respecto a esas patologìas en las cuales se habla de daño organico cerebral que conlleva un deterioro en las capacidades neurologicas y, por ende transtornos psiquiatricos como los mencionados?

    • Es obvio que no has leído el contenido de este blog (“que al parecer uno se autoinflinge”, “daño organico cerebral”). Sugeriría leer antes de comentar. Gracias.

      • En general hago eso. Primeramente una disculpa por mi error ortogràfico, no se dice “autoinflinge”, sino “autoinflige”. Y no, no estoy sugiriendo que uno se provoque un daño orgánico cerebral, aùn en mi nivel de extrema ignorancia en estos temas, lo considero poco factible. Hablo de esos casos en que la patología comienza a manifestarse en etapas muy tempranas en las que es poco probable que haya habido una interacciòn suficiente como para establecer que los patrones de conducta de terceros pudieran tener alguna influencia negativa en el desarrollo neurològico del paciente. Existe alguna circunstancia en que considerarías factible el tratamiento farmacológico como opción viable de manejo en padecimientos psiquiátricos?

      • ¿Has leído al menos este importante artículo? Sólo a partir de ello podríamos comenzar a discutir…

  12. En efecto, me había perdido de información importante. No obstante, y a riesgo de parecer incisiva (porque solo soy una madre en busca de respuestas), cual sería la opinión de la Neurología a mi pregunta anterior de acuerdo a su visión particular?

    • No respondí porque la pregunta está mal formulada: es obvio que quien hace esa pregunta poco sabe que existe una profesión fraudulenta y nociva en la sociedad (la siquiatría). Para formular bien tu pregunta tienes que decir de qué diagnóstico específico estámos hablando.

  13. Hablando específicamente de un transtorno llamado “rasgos autistas”, entre cuyas conmorbilidades se encuentran, a decir de los especialistas (neurólogos y psiquiatras que he consultado), la depresión, ansiedad (esta en particular es la que actualmente se pretende contrarrestar a través de un ansiolítico, la sertralina), la hiperactividad, el transtorno obsesivo- compulsivo, etc. Por otra parte dices bien, en realidad poco y nada sé sobre estas cuestiones, sin embargo, dado que mi desinformación puede conducirme a tomar decisiones equivocadas con respecto al manejo clínico de mi hijo, he tomado esta vía de comunicacion con los que yo creo que “sí saben”

    • Sugeriría que JAMÁS le administraras un neuroléptico (“antipsicótico”) a tu hijo, y de preferencia tampoco darle un ansiolítico o antidepresivo. Si vives en la Ciudad de México házmelo saber y te dirijo a un médico que trata a los niños con ese tipo de problemas SIN drogas siquiátricas (las cuales sólo agravan la situación).

      • Desafortunadamente no vivo en la Ciudad, sin embargo, si tu me das la información que me ofreces, yo podría trasladarme (vivo en Aguascalientes). Por otra parte, me dices que el Dr. al que haces referencia “trata” a niños con estos transtornos, sé de muchos que lo hacen (o que dicen hacerlo, verás, mi recorrido por estos caminos ha sido largo y no muy afortunado), pero, que hay de sus “resultados”, desde luego no inmediatos, pero sí REALES, qué te hace recomendármelo?. Una cosa más, mi hijo tiene ya casi 12 años, también vé a pacientes ya no tan pequeños?

      • Escríbeme a cesartort (en) yahoo y te daré el teléfono de su consultorio.

  14. Ya he enviado un mensaje sin haber recibido respuesta. Ojalá pudieras (y quisieras) hacerme llegar esa información por algún medio. Mi correo es liliprm@hotmail.com. Estoy en espera.

  15. Buenas noches, quisiera la recomendación de un especialista que pueda atender a mi sobrina, le recetaron Fluoxetina, pero no me siento confiada sobre esta prescripción. Quisiera una alternativa distina a la psiquiatría.
    Gracias,

    • Basta con leer este blog para saber cual es la alternativa.

    • Guadalupe quisiera saber si tu sobrina tomo ese medicamento fluoxetina y si se sintio mejor? Esque a mi me lo recetaron lo tome por un mes pero no sentia ni un cambio ni nada me sentia igual deprimida y el psiquiatra me dijo qe no te hacia efecto luego me subio la cantidad a 2 pastillas por la noche y por la mañana y ps la verdad no sentia ni un cambio y le dije qe ya no las queria tomar y me dijo qe las siguiera tomando porqe no las podia dejar asi me las receto por 6 meses mas pero la verdad ya no las quise tomar sentia qe no me hacian nada o me sentia mas peor.

      • Hola abigail, gracias a Dios mi sobrina no se tomó las pastillas, la asistió una terapeuta que le recetó flores de bach, le ayudaron muchísimo y actualmente esta muy bien. 😃


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