Páginas 184-197 de Hojas susurrantes

La naturaleza del mal: Amara (II)




Psicopatología:

Si no hay nada malo con una persona, la mejor manera de curarlo es explicarle de qué enfermedad padece.

Karl Kraus [1]



Con el caso Helfgott he tratado de exponer qué es el modelo del trauma, el modelo de la causa psicológica de la locura: un modelo que no se enseña en los departamentos de siquiatría. Ahora diré algo sobre el modelo médico de las perturbaciones del alma, el modelo de la causa física: el único que actualmente se enseña en las universidades.

En febrero de 1988, semana y media después de haber iniciado la larga epístola a mi madre, fui a ver a Amara a su consultorio. Habían pasado tantos años desde aquellos terribles acontecimientos que quería darme una idea de su versión de los hechos sin que estuviera contaminada siquiera por la mención de que estaba escribiendo sobre el tema. No le confesé a Amara que escribía una larga epístola sino hasta que nuestra entrevista estaba por concluir; y le entregué una copia fotostática, una versión más primitiva que la publicada Carta, en mayo de 1988. Ya he hablado de su respuesta: elogios sobre mis habilidades literarias, silencio sobre las acusaciones, y cuando lo confronté sobre el saldo emocional por la conducta de mis padres —“Es miopía”.

Ahora quisiera hablar del pensamiento de Amara anterior a su lectura de mi epístola, cuando fui a verlo en febrero de ese año. Era importante conocer su pensamiento de entonces: como no lo había visto por años, lo que me dijo en esa entrevista refleja el punto de vista con el que se había quedado sobre los sucesos de mi adolescencia. La entrevista fue un encuentro cordial entre nosotros dos.

Citaré mi diario del 22 de febrero de 1988, en el que anoté de memoria los puntos principales una vez terminada la entrevista. Corregiré la sintaxis de los seis incisos de mi diario (incluiré el sexto inciso al finalizar este libro), y a continuación ofreceré mis comentarios:

“El medio, la ciudad, te eran opresivos. Estabas angustiado por el medio ambiente (ruidos) de la Ciudad de México. Había incapacidad de relacionarse con la mujer debido quizá a timidez”. Amara “promovía” la escuela Zumárraga, y dijo: “El único contacto que tenías con gente era por medio del ajedrez, por lo que trataba de conducirte vía ellos a la adaptación”.

Ya desde el inicio de nuestra entrevista me extrañó que Amara no hablara del acontecimiento máximo que representó para mí el trato de mis padres. Supongo que bajo su cielo no había lugar para traumas familiares. Recuerdo que desde que inició nuestra entrevista me sorprendió que saliera con las irrelevancias de arriba. Cierto: recuerdo muy bien esos ruidos y la horrenda metrópoli de la que hablaba, y es verdad que de adolescente no me relacionaba con muchachas. ¿No se le ocurrió a Amara que eso tenía que ver con la escuela medieval, sin mujer alguna, a la que me habían metido mis padres: escuela que el mismo “promovía”?

Prosigamos con el diagnóstico:

Amara usó varias veces la palabra “reticente” al hablar del 76, en una ocasión como si hablara de una patología. Que en esos tiempos “no le conté mucho” y que mi no hablar o explayarme con él era síntoma —así lo interpretó— de esquizoidismo.

Traté de hablarle de los malos tratos de mis padres usando una lista, mencionada en la Carta, donde enumeraba varios “injustos casos de violencia psicológica”. Ese recuerdo de 1976 aún me llega fresco a la memoria. Si no quise hablarle después fue porque ignoró mis acusaciones, como también conté en la epístola. Y si luego me cerré con él se debió a que iba a sus sesiones contra mi voluntad cuando se puso cien por ciento del lado de mis padres.

¿Es eso síntoma de esquizoidismo? ¿Cómo no se dio cuenta el profesional de la sicología profunda de una reacción humana tan elemental?

Según Amara, “aparentemente, externamente no había indicios” de que mamá “estuviera mal”.

En la Carta se ve con extraordinaria transparencia que mis hermanos tuvieron perfecta conciencia de lo mal que estaba nuestra madre esos tiempos, especialmente Corina. Lo que una niña de trece años vio, no lo pudo ver el profesional de las perturbaciones del alma.

“Debido a sentirte diferente de tus hermanos (ellos se estaban realizando) la tendencia era huir del hogar, además de por los padres… Huida, retracción a la casa de la abuela y vivir como ermitaño. Ahí se acentuaba el tipo esquizoide”. Síntomas de esquizoidismo: “salirse de la escuela, vida de ermitaño en casa de la abuela, el ajedrez como única actividad”.

Ese “además de por los padres” es todo lo que, por lo visto, registró el analista sobre mi holocausto personal. Yo huí debido a unas bofetadas que me dio mi padre enfrente de la familia. ¿Cómo pasó este acontecimiento a la mente de Amara?: “Debido a sentirte diferente de tus hermanos la tendencia era huir del hogar”.

¿De dónde sacó Amara que huí por acomplejarme ante mis hermanos? ¿Qué demonios es esto?, ¿sicoanálisis? ¿Cuándo le dije algo sobre mis hermanos respecto a la salida del hogar? ¡Fueron las bofetadas de mi padre que partieron mi vida en dos lo que precipitó la huida! ¿Dónde quedó el ultraje en las memorias del analista?

Ignorar los relatos de maltrato parental es una patología endémica en la profesión siquiátrica. Por ejemplo, Psicología médica del finado Ramón de la Fuente (el padre del político mexicano) no menciona a los clásicos del modelo del trauma ni siquiera para mostrar desacuerdos.[2] ¿Por qué? ¿No es demasiado irónico que la siquiatría, profesión de la que más esperaríamos que hable del trauma psicológico, trate de eludir el tema? Curiosamente, en la vieja versión de Psicología médica, publicada en 1959, de la Fuente dedica dos páginas a la merma emocional que sufren los hijos de madres posesivas.[3] Como de este dato podría inferirse que las perturbaciones psíquicas son causadas por los padres, el contenido de esas páginas fue expurgado en la nueva versión de Psicología médica. Actualmente la nueva versión censurada es la única existente en el mercado, y se les presenta a los jóvenes mexicanos como el resultado de los grandes avances en biosiquiatría en los últimos decenios.

Pero volviendo a Amara y a su diagnóstico. Para añadir insulto a la injuria, por segunda vez menciona su etiqueta con un tono tan profesional como un cardiólogo hablándole a un paciente sobre su coronaria (“Síntomas de esquizoidismo: salirse de la escuela…”). Lo único que puedo preguntar, y aquí me dirijo personalmente al lector: ¿Crees que un chico que huye de una escuela y hogar abusivos para refugiarse con la abuelita sea un “esquizoide”? El método de Amara para establecer esquizoidismo a partir de conducta tan normal fue simplemente proclamar que lo padecía y usar toda su autoridad y poder para trasformar semejante juicio en una realidad social. No es de extrañar que Szasz les llame a doctores como Amara calumniadores con licencia.

Cabe decir que en esa sesión de 1988 no dije nada del diagnóstico de Amara. Aún estaba en mis veintes; ignoraba lo que era la siquiatría, y me comporté de manera receptiva. Mi propósito era registrar sus opiniones sobre lo ocurrido en mi vida y nada más. Sigamos con el diagnóstico:

Amara me dijo: “No eras [énfasis en el tono de voz] esquizofrénico, sólo esquizoidesegún la clasificación de x autor que decía “Todos somos o esquizoides o deprimidos”. Cuando le dije que en Psicología médica Ramón de la Fuente hablaba de esquizofrénicos ambulantes, Amara enfatizó que yo no lo era, varias veces.

Que bonito suena hablar de ese autor x. Pero hay un abismo entre etiquetar a un indefenso menor de edad ante sus padres abusivos y decir que la mitad de la humanidad es deprimida y la otra mitad esquizoide. Si Amara sabía de la terrible guerra que se libraba en casa (¿lo sabía?) era de suponer que el estamparme esa etiqueta a mis espaldas iba a tener un significado muy distinto al del autor. A mi madre le fascinó tanto la calumnia de Amara que la regó por la familia, tanto así que una de mis primas me confesó: “Yo no sé qué significa eso de ‘César es un esquizoide’”.

Me sentí infinitamente peor que me dijeran cerdo.

“Cerdo” es un epíteto insultante, pero tiene la enorme ventaja de que cualquiera reconocería al insulto como insulto. Por el contrario, como me dijo mi prima, esquizoide sugiere “que estás a un paso del esquizofrénico”, un vejamen infinitamente mayor. El hombre de la calle no tiene idea que la palabra “esquizoide” puede usarse como calumnia. La respuesta de Amara ante su calumnia de antaño se parece a la del niño que avienta la piedra y luego esconde la mano (“la mitad de la humanidad esquizoide, la otra mitad deprimida”). La verdad es que su diagnóstico lesionó terriblemente mi autoimagen. Que el diagnóstico siquiátrico es una acción política y no médica se descubre al señalar que el diagnóstico invariablemente ayuda a algunas personas en un conflicto y perjudica a otra. Además, suponiendo que fuera cierto que Amara me veía tan normal como la mitad de la humanidad, ¿por qué le solicitó tanto a mi madre que tomara Majeptil (tioproperazina)? Que a mis espaldas Amara insistió mucho que debía tomar una droga siquiátrica me lo confesó décadas después mi misma madre.

Un manual mexicano sobre psicofarmacología dice: “La tioproperazina está considerada como el NLP [neuroléptico] fenotiazímico más potente, y se recomienda en casos de brote psicótico agudo con agitación psicomotriz […], por ello su uso se reserva al medio hospitalario y por médicos que tengan experiencia en el manejo del NLP”.[4] Entre el amplio repertorio de psicofármacos, los neurolépticos están considerados las drogas más agresivas (los siquiatras las llaman eufemísticamente “tranquilizantes mayores”). A su vez, entre los neurolépticos fenotiazímicos la tioproperazina es considerada la más potente. En las tablas del siquiatra suizo Walter Pöldinger, Majeptil se encuentra en el extremo de una lista de veintinueve neurolépticos en el sentido de propiedades “anti-autísticas”.[5] ¿Por qué Amara le insistió tanto a mi madre que tomara el psicofármaco si está en contra de todo sentido común recetar drogas a quien se sale de la escuela? Llamarle a éste un outsider, el primer diagnóstico que salió en boca de Amara, me colocaría en el borde y no fuera de la normalidad.

Que yo sepa, con anterioridad a la década de setenta, cuando tuve el problema con Amara, sólo Ewen Cameron había recomendado, en 1938, medicar a adolescentes normales con drogas para psicóticos como insulina y Metrazol: una supuesta “medicina preventiva”. Cameron es considerado el Mengele americano de la fraternidad médica. Este siquiatra borró la memoria de varias personas en series maratónicas de electroshocks. Pero después de que Harry Sullivan rebatiera la infame propuesta de Cameron en American Journal of Psychiatry no se volvió a escuchar hablar sobre drogar a adolescentes sanos, aunque outsiders, hasta mediados de los noventa.[6] A fin de ampliar el mercado, las transnacionales hicieron campañas para reducir las libertades civiles y alcanzar al mayor número de gente a quienes se les pudieran administrar estas drogas con o contra su voluntad. La campaña me recuerda el terror comunista en que las purgas, arrestos, torturas y asesinatos sin juicio no se infringían como castigos de crímenes que se hubieran cometido, sino que eran el exterminio de quienes pudieran cometer un acto desleal hacia el gobierno. Pero si suponemos que la moral siquiátrica está arriba de la de un Pol Pot, ¿por qué Amara le sugirió a mi madre que yo, un muchacho perfectamente cuerdo, tomara el psicofármaco más potente e incisivo que estaba en su poder recetarme?

Una de las razones es que mi madre deseaba una acción más drástica que el llamarme outsider en su guerra de voluntades contra el adolescente que fui. Amara le dio a su clienta lo que pedía. Lo que es más, según lo que él mismo me dijo en 1976, algo que resentí como extremo insultante, me recetó Majeptil “para eliminar los radicales químicos negativos del cerebro”. Pero he aquí un dato que prueba que los siquiatras son falsos médicos: Amara me recetó esa droga sin mandarme a hacer ningún tipo de pruebas neurológicas.

Si Amara fuera un verdadero médico ¿cómo pudo, sin pruebas físicas, atreverse a diagnosticar categóricamente que existían “radicales químicos” tan “negativos” que no había sino que combatirlos con una peligrosa droga? ¿Era Amara un neurólogo adivino? No fue sino hasta que emprendí la tarea de escribir este libro que me enteré por qué Amara y el resto de sus colegas no envían a quienes sospechan que padecen disfunciones químicas cerebrales a hacerse pruebas neurológicas precisamente.

Es elemental que no puede haber tratamiento sin enfermedad. Este es el espíritu del Código de Nuremberg para evitar las violaciones a los derechos humanos como las que vimos en las páginas anteriores: los experimentos médicos de Mengele con los niños judíos. Sin embargo, en contraste con verdaderas enfermedades cerebrales como tumores, esclerosis múltiple, meningitis, epilepsia o neurosífilis, después de más de un siglo de biosiquiatría nadie ha logrado demostrar que los trastornos que diagnostican los siquiatras estén relacionados con lesiones en el cerebro. De manera que por medio de un acto de fe y una lógica diametralmente opuesta a la jurisprudencial, los siquiatras supusieron que las personas a su cargo estaban enfermas (“culpables”) hasta que su salud fuera probada. Al igual que la seudociencia de la parasicología, que inició aproximadamente al mismo tiempo que la siquiatría moderna y que después de más de cien años no ha logrado demostrar lo paranormal, los siquiatras creyeron que era simplemente cuestión de tiempo para que la patología celular de misteriosas “enfermedades” como la depresión fuera descubierta. Asimismo, los parasicólogos continúan persiguiendo el espejismo que tarde o temprano demostrarán la realidad de la “percepción extrasensorial”. Las palabras de Szasz son contundentes al respecto:

El propósito de mi argumento es que hombres como Kraepelin, Bleuler y Freud no eran lo que pretendían o parecían ser —es decir, médicos o investigadores médicos—; eran, de hecho, líderes políticos, religiosos y conquistadores. En vez de descubrir nuevas enfermedades, extendieron, a través de la psiquiatría, las imágenes, el vocabulario, la jurisdicción, y de ahí el territorio de la medicina, a lo que no eran, y no son: enfermedades en el sentido original y virchowiano de la palabra.[7]

Rudolf Virchow, el creador de la patología celular, dijo en una serie de conferencias de 1858 ante sus colegas médicos que “no existe la enfermedad en general, sino solamente enfermedades de los órganos y de las células”. El libro de Virchow Die Cellularpathologie es piedra angular en la ciencia médica. Actualmente se considera que una enfermedad es una condición que tiene una causa conocida, y que puede identificarse por una o varias pruebas de laboratorio. La osteoporosis, la diabetes o las infecciones, por ejemplo, pueden diagnosticarse con tecnología moderna. En Esquizofrenia: el símbolo sagrado de la psiquiatría, Szasz puntualiza:

De hecho, tomando el criterio virchowiano de la enfermedad [la patología celular], no creo que Kraepelin, Bleuler, o los otros psiquiatras de ese período podrían haber tomado tal posición, y haberse salido con la suya. La razón es sencilla. Habrían tenido que llegar a la conclusión de que la mayoría de los “pacientes” en sus hospitales no estaban enfermos; o por lo menos no podrían haber encontrado nada palpablemente mal en la estructura anatómica o el funcionamiento fisiológico de sus cuerpos.[8]

Por la que Szasz concluye:

Como dice el dicho, nadie es tan ciego como la persona que no quiere ver. Mucha gente en el pasado no quería, y tampoco quiere ver ahora, los hechos desnudos de la psiquiatría: que los psiquiatras diagnostican enfermedades sin lesiones y tratan a pacientes sin derechos. Este, entonces, fue el terrible punto de partida en el origen de la psiquiatría moderna: la invención de la supuesta enfermedad “esquizofrenia”, una enfermedad cuya lesión nadie podía ver y que “afligía” a personas de tal manera que a menudo no querían otra cosa que no ser pacientes.[9]

A muchos siquiatras les gusta decir que, después de diversos avances en neurociencia, la crítica de Szasz está obsoleta.

No lo está. Lo que Szasz escribió en Esquizofrenia sobre el criterio virchowiano, por ejemplo, lo amplificó y detalló en Pharmacracy: medicine and politics in America, publicado en 2001; y un libro publicado en 2004 por uno de sus discípulos responde a los críticos de Szasz.[10] Cuando en abril de 2000 se celebró un simposio en la Universidad de Siracusa en honor del cumpleaños ochenta de Szasz, Jeffrey Schaler pronunció estas palabras: “Sus escritos, enseñanza, discursos y tutoría continúan influenciando y cambiando la manera en que pensamos sobre la psiquiatría”.[11] Cuando algunos estudiantes de medicina confrontan a Szasz sobre su incredulidad de que la “enfermedad” mental exista, el médico veterano les responde: “Muéstrenme cien estudios ciegos de escaneos CAT [tomografía axial computada] que muestren que los pacientes tienen enfermedad mental tan confiablemente como cien estudios ciegos de rayos X que muestren que otros pacientes tienen fracturas en las piernas, y creeré que existe la enfermedad mental”.[12] Es decir, necesitamos buena evidencia física de que la enfermedad mental es biológica, y no hay ninguna.

Szasz no está solo entre sus colegas. El doctor Loren Mosher, quien presidió el Centro de Estudios sobre Esquizofrenia del Instituto Nacional de Salud Mental (NIMH en sus siglas inglesas) de 1969 a 1980, dijo en una entrevista de 2003: “Si usted me enseña algo —sea una lesión, es decir una estructura anormal, o un proceso neurofisiológico que sea identificable, que pueda replicarse y que se encuentre sólo en aquellas personas a quienes se les ha etiquetado de esquizofrenia— cambiaría de opinión inmediatamente. He estado diciendo esto por treinta años”.[13] Asimismo, cuando invitaron a Mary Ann Block al programa televisivo The Montel Williams Show también invitaron a un siquiatra que aprobaba el uso de drogas siquiátricas para los niños. Frente a las cámaras Block arguyó que a los niños no les hacen pruebas de laboratorio antes de diagnosticarlos. El siquiatra respondió: “Mire usted, nosotros somos siquiatras. El trastorno del déficit de atención e hiperactividad es un diagnóstico siquiátrico. Los diagnósticos siquiátricos están basados en la historia. Los siquiatras no hacen exámenes físicos” (énfasis en el original).[14]

Una viñeta personal ilustrará esta aparente incongruencia. En octubre de 2005 presenté una ponencia en la Asamblea Legislativa en la Ciudad de México; los otros ponentes representaban a la siquiatría oficial del país: Marco López Butron y Enrique Camarena Robles. Finalicé mi presentación con la pregunta al público: “¿Sabían ustedes que la siquiatría es la única especialidad médica en la que no existe prueba de laboratorio sobre la causa o fisiología de los diagnósticos siquiátricos?” Luego añadí: “Y a partir de esta pregunta quisiera hacerle otra pregunta a usted [López Butron, viéndolo a los ojos] como director del Fray Bernardino, el siquiátrico más grande del país, y a usted también [Camarena Robles, viéndolo a los ojos], como jefe de ese hospital y del Navarro: ¿Cómo justifican tratamientos invasivos como el electroshock en sus instituciones si no hay prueba de laboratorio?”

Ni López Butron ni Camarena Robles hicieron el menor esfuerzo por contestar mi pregunta. Pero a pesar de la falta de evidencia, los profesores de medicina se aferran al dogma. Nancy Andreasen, editora de American Journal of Psychiatry, publicó en 2001 Brave new brain: conquering mental illness in the era of the genome. Para entender qué es una mente dogmática es ilustrativo señalar que, en su libro, Andreasen reconoce lo siguiente:

  • No se ha encontrado evidencia de patología fisiológica detrás de los trastornos mentales.
  • No se han encontrado desequilibrios químicos en la gente diagnosticada con una enfermedad mental.
  • No se han encontrado genes responsables de alguna enfermedad mental.
  • No existe prueba de laboratorio que determine quién está enfermo mentalmente y quién no lo está.
  • Algunos trastornos mentales son causados por el medio ambiente.

Esto, repito, lo afirma la editora de la revista especializada de siquiatría más influyente en un libro publicado en 2001. Lo que llama enormemente la atención es que, a pesar de reconocer que los siquiatras no tienen nada entre las manos y que algunos trastornos se deben al medio, en su libro Andreasen declara que el proyecto genoma le va a resolver todo a los siquiatras en el futuro.

Pero tal fe futurista no está basada en la ciencia, sino en la ciencia-ficción. Los científicos no basan sus afirmaciones en esperanzas sobre proyectos prometedores, sino en lo que existe en el mundo empírico. Andreasen mantiene la esperanza en un futuro que ella imagina que será el proyecto genoma.

Como en todas las seudociencias en las que los creyentes se pasan la vida buscando algo que no existe, más que estudiar a la siquiatría habría que estudiar a los siquiatras, especialmente aquellos que ocupan cargos importantes en la profesión. Las palabras de Amara y de muchos otros siquiatras que recomiendan drogar a sus pacientes “para corregir un desequilibrio químico” significan, traducidas al lenguaje de la realidad, tratar una enfermedad que existe sólo en su imaginación. Es fascinante notar que, en su DSM, el Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales, por muchos años la misma Asociación Psiquiátrica Americana excluyó a las condiciones orgánicas como responsables de la esquizofrenia. Por ejemplo, en la revisión publicada en 1983, DSM-IIIR, el manual dice que un diagnóstico “se hace solamente cuando no puede establecerse que un factor orgánico originó y mantuvo la alteración”.[15] Ahora bien, si reconocen que no han encontrado causas orgánicas, ¿cómo se atreven estos Amaras a decirles diario a sus clientes que su condición se debe a radicales químicos en el cerebro? ¿Qué clase de esquizofrenia padecen estos profesionales? Quizá la explicación de su mente dividida la encontremos en el siguiente hecho. No fue sino hasta la edición de 1994, el DSM-IV, en que el pasaje honesto (“no puede establecerse que un factor orgánico…”) fue censurado de la versión anterior. El siquiatra Fuller Torrey reconoce que la censura pudo deberse “a las actuales teorías sicoanalíticas y de interacción familiar sobre la esquizofrenia”.[16] Otra explicación es que si los siquiatras no tomaran dogmáticamente al biorreduccionismo y se solidarizaran con las víctimas que oyen día tras día en sus consultorios, podría venirse abajo su negocio de recetar psicofármacos en sólo diez minutos de consulta: y eso es algo que no van a permitir. Como decía Laing, la economía controla la política.

También controla la ciencia, o mejor dicho, la seudociencia política en las universidades. Si el modelo de la causa física persiste es porque provee un interminable campo de investigación seudocientífica para psicofármacos que generan miles de millones de dólares. Esta investigación insensata se originó desde que los siquiatras decidieron que las personas a su cargo estaban enfermas, y proseguirá porque las causas biológicas de la mayoría de los trastornos mentales no existen. Es exactamente lo que ocurre en parasicología: tanto los parasicólogos como los siquiatras biologicistas persiguen un espejismo. Quizá valga mencionar que Eugen Bleuler, el siquiatra que acuñó la palabra esquizofrenia, fue un obstinado defensor de los fenómenos espiritistas y parasicológicos de su tiempo.[17] Y quizá también valga mencionar que, cierta ocasión que le reproché a Amara su extrema credulidad en un libro sobre la licantropía (en sesión me dijo que un pacientito suyo había visto cómo le crecía la cara a su padre), despachara mi crítica con un ademán despectivo. La anécdota es ilustrativa: la cognición del “paciente” estaba en el marco de la realidad mientras el “terapeuta” padecía el delirio de creer que transformaciones en hombre lobo suceden como en las películas.

Sólo para mostrar que además de Szasz hay una nueva generación de médicos que se ha percatado de cómo los siquiatras, al engañarse a sí mismos engañan a los estudiantes de medicina, citaré una vez más a Colin Ross:

Cuando entré a mi interinato de psiquiatría, creía que se había demostrado el fundamento genético de la esquizofrenia y que se había demostrado también que la esquizofrenia era básicamente una enfermedad biomédica del cerebro. Este parecer era casi universalmente compartido en mi escuela de medicina, y jamás escuché una crítica seria a este respecto en el interinato. Fue por un proceso gradual que comencé a percatarme cada vez más de los errores cognitivos que prevalecen en la psiquiatría clínica […]. También vi cómo se afanaban los psiquiatras biológicos para que los consideraran doctores y que fueran aceptados por el resto de la profesión médica. En su deseo de ser aceptados como verdaderos doctores clínicos, estos psiquiatras construían un edificio demasiado dogmático sobre cimientos científicos muy endebles.

Uno de los efectos más perturbadores de errores lógicos en la psiquiatría biológica que presencié durante los diez años como residente y psiquiatra académico, de 1981 a 1991, fue su influencia sobre los estudiantes de medicina. Ya intensamente socializados en el biorreduccionismo médico cuando llegaron a los pabellones de psiquiatría, muchos estudiantes de medicina aceptaban la idiosincrasia y los errores lógicos de la psiquiatría biológica como un hecho científico. Los escuchaba repitiendo como loros que la enseñanza de la psiquiatría se ha convertido más científica recientemente; que tiene muchas drogas efectivas; que ha demostrado el fundamento genético de la esquizofrenia, y que se mueve siempre adelante en pos de psicofarmacologías más específicas. El problema no es que todas estas proposiciones sean completamente falsas: era la aceptación incondicional del dogma lo que me alarmaba.[18]

El pasaje de arriba aparece en el libro Pseudoscience in biological psychiatry (Seudociencia en psiquiatría biológica), y es triste observar que en occidente no sólo se enseña tal seudociencia a los estudiantes de medicina, sino a los de sicología y pedagogía. Es indignante ver cómo la facultad de sicología de la universidad más grande de Latinoamérica incluye materias de biosiquiatría en su currículo. En la Universidad Nacional Autónoma de México y en muchas otras universidades la llamada sicología clínica está orientada hacia el modelo médico.

En otro capítulo de su libro Ross rebate varios artículos biorreduccionistas publicados en American Journal of Psychiatry (AJP). En el presente libro no profundizaré en detalles científicos y técnicos. Es un tema complejo que me llevaría engrosar más de lo tolerable a un libro presumiblemente literario. Me limitaré a citar las palabras finales de un capítulo de Pseudoscience in biological psychiatry:

Esto completa un análisis detallado de seudociencia en American Journal of Psychiatry desde 1990 hasta 1993. El número de enero de 1994 de la revista muestra que los errores lógicos y la ideología biorreduccionista continuarán dominando la psiquiatría por algún tiempo. Un análisis similar no podría hacerse de una revista profesional en ninguna otra área de un campo verdaderamente científico.[19]

Cabe decir que, además de dirigir un siquiátrico que lleva su nombre, Ross ha sido contratista de compañías de psicofármacos; ha sido llamado a participar en juicios legales sobre neurolépticos en Estados Unidos, y continúa publicando en la AJP. Pero a pesar de que sus credenciales son puro establishment, Ross saca a la luz publica la seudociencia en su profesión.

En el mundo del mercado la propaganda que las compañías de drogas nos vende es tomada como ciencia real. Esta propaganda es precisamente la de los estudiantes de medicina que repiten como loros que la siquiatría ha demostrado el fundamento biológico de la esquizofrenia, de la depresión y de otras enfermedades nerviosas. La impresión del público general sobre estos supuestos avances médicos ha sido creada por la incesante repetición de estos eslóganes siquiátricos en los medios de comunicación.


_________________

[1] Karl Kraus, citado en Tomas Szasz: Anti-Freud: Karl Kraus’s criticism of psychoanalysis and psychiatry (Syracuse University Press, 1990), pág. 109.

[2] En Psicología médica: nueva versión (Fondo de Cultura Económica, 2000) Ramón de la Fuente Muñiz sólo menciona a Laing y a Lidz en un contexto distinto al maltrato enloquecedor que algunos padres infligen a sus hijos.

[3] Ramón de la Fuente Muñiz: Psicología médica (Fondo de Cultura Económica, 1959), págs. 190s.

[4] Víctor Uriarte-Bonilla: Psicofarmacología (Trillas, 1999), pág. 368.

[5] Walter Pöldinger: “Neurolépticos” en Raymond Battegay, Johann Glatzel, Walter Pöldinger y Udo Rauchfleisch, Diccionario de psiquiatría (Herder, 1989), pág. 348. Véanse también las págs. 350s.

[6] Véase Richard Gosden: “Prepsychotic treatment for schizophrenia: preventive medicine, social control, or drug marketing strategy?” en EHSS (verano de 1999), págs. 165-177.

[7] Thomas Szasz: Esquizofrenia, p 35.

[8] Ibídem, págs. 25s.

[9] Ibídem, págs. 40s.

[10] Jeffrey Schaler: Szasz under fire (Open Court, 2004).

[11] Nelson Borelli y Jeffrey Schaler: “Liberty and/or psychiatry?: 40 years after The myth of mental illness, a symposium in honor of Thomas S. Szasz on his 80th birthday”.

[12] Thomas Szasz, citado en E.V.D. Luft: “Thomas Szasz, MD: philosopher, psychiatrist, libertarian”. Leí este artículo y el anterior en un website sobre Szasz.

[13] Loren Mosher, citado en Jeanette De Wyze: “Still crazy after all these years” en San Diego Weekly Reader (January 9, 2003).

[14] Mary Ann Block: No more ADHD (Block System Inc., 2001), pág. 19.

[15]Diagnostic and statistical manual of mental disorders, DSM-IIIR (American Psychiatric Association, 1987), pág. 187.

[16]E. Fuller Torrey: Surviving schizophrenia: a family manual (Harper & Row, 1988), pág. 149. En 1974 Torrey había publicado The death of psychiatry, un libro crítico de su profesión. Sospecho que cambió de bando por temor de confrontar el origen psicógeno de la psicosis de su hermana: algo similar a la represión de Margaret Helfgott.

[17] George Windholz: “Bleuler’s view on inheritance of acquired characteristics and on psi phenomena” en Skeptical inquirer (primavera de 1994).

[18] Colin Ross: “Errors of logic in biological psychiatry” en Colin Ross y Alvin Pam (eds.), Pseudoscience in biological psychiatry: blaming the body (Wiley & Sons, 1995), págs. 85-87.

[19] Colin Ross: “Pseudoscience in the American Journal of Psychiatry” en Pseudoscience in biological psychiatry, pág. 191.

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