Los siquiatras le responden a Breggin

En 1976, el año en que mi madre me obligó a sicoanalizarme, la Organización Mundial de la Salud definió a la lobotomía como la destrucción de las vías neuronales que se hace con el fin de influenciar la conducta. Antes de que el doctor Breggin hiciera sus campañas en contra de drogar a niños y adolescentes ya había hecho campañas contra el electroshock y la lobotomía quirúrgica en Estados Unidos. He citado a Breggin en extenso. Citaré ahora a sus contradictores: colegas que no sólo han defendido el uso de neurolépticos, sino del electroshock e incluso de la lobotomía.

Maurice Dongier y Eric Wittkower, profesores de siquiatría en la Universidad McGill de Alberta, Canadá, editaron Divergent views in psychiatry (Puntos de vista divergentes en psiquiatría): un libro en el que interpusieron sus introducciones y comentarios al inicio y al final de los diversos artículos con puntos de vista opuestos. Citaré la respuesta de estos profesores al artículo de Breggin sobre el electroshock. No citaré lo que Breggin escribió en su artículo: lo que ahora me interesa mostrar es lo que piensan los siquiatras de esa práctica. Después de hacer mención del artículo de Breggin, Dongier y Wittkower comentaron:

Sin embargo, el trabajo coordinado de especialistas ha confirmado el uso del ECT [electroshock] como parte integral del armamento terapéutico para casos seleccionados (maníacos-depresivos deprimidos). No han encontrado demostrada su utilidad en la psiquiatría infantil, los trastornos del carácter, las llamadas depresiones reactivas y la esquizofrenia. Puede que en algunos años las nuevas quimioterapias [drogas siquiátricas] conduzcan a una valoración distinta. Pero por el momento la hipótesis del Dr. Breggin de la minusvalidación del cerebro [por medio del electroshock] se apoya en información menos convincente que aquella de una superior eficacia del ECT sobre las mejores drogas disponibles en el tratamiento de la depresión: una condición que atenta contra la vida.[1]

Llama la atención en el primer párrafo que estos profesores no tienen escrúpulos en aplicar electroshocks en el área que llaman “psiquiatría infantil”. Si lo evitan no es porque electrochocar a los niños les tiente el corazón, sino porque “no han encontrado demostrada su utilidad” en la población muy joven. Habría que ver qué quieren decir estos siquiatras con la palabra “utilidad”. Por otra parte ¿qué son exactamente los “trastornos de carácter” de los que hablan Dongier y Wittkower? ¿Algo análogo a la calumnia de su colega Amara? No olvidemos que por haber osado huir de mis abusivos padres y de la escuela opresiva a la que me metieron, ese siquiatra me calumnió diciendo que yo tenía un “carácter esquizoide”.

Pero el segundo párrafo de Dongier y Wittkower es aún más interesante. No responde a la crítica que había hecho Breggin. En su artículo y en su libro sobre el electroshock, Breggin no se enfoca en el alegato que esta práctica “vuelve a la realidad” a quienes se sienten deprimidos. Un martillazo en la cabeza haría olvidarnos momentáneamente de nuestras penas a cualquiera de nosotros. Más bien Breggin nos expone los daños, desde el punto de vista médico, que semejante práctica ocasiona en los cerebros sanos de quienes han sido tratados con electroshocks.

Por otra parte, es nuevahabla lo que Dongier y Wittkower dicen del tratamiento de la “depresión” y de los “maníacos-depresivos deprimidos”. El aspecto más obvio de la profesión, algo que la distingue de la praxis médica real, es que la siquiatría es única entre las especialidades médicas en tanto que los “pacientes” no quieren ser pacientes: ruegan que no se les imponga ese rol ni que se les “trate” con electroshock. La expresión de Dongier y Wittkower “depresión: una condición que atenta contra la vida” es nuevahabla engañosa porque implica que si Hamlet se siente miserable y acaricia la idea de tirarse desde su castillo no es un agente libre y moral. Es un cuerpo sin juicio propio que padece de la enfermedad biomédica depresión cuyo “síntoma” es no querer seguir viviendo con un tío usurpador. Como he dicho, el biorreduccionismo es el absurdo cognitivo de reducir una persona a su cuerpo; es la ideología radical que nos quiere hacer creer, por ejemplo, que el suicidio se debe a los neurotrasmisores. Desde esta perspectiva la “condición” de Hamlet, la palabra médica que usan Dongier y Wittkower, y no la voluntad de Hamlet, es lo que “atenta contra la vida” de Hamlet mismo.

Como he dicho, reducir las humanidades, como una tragedia shakesperiana, a la ciencia, es tan absurdo como reducir las ciencias a las humanidades. Los siquiatras biorreduccionistas entienden al ser humano como un autómata que no sabe lo que hace y cuya decisión de abandonarnos es una patología que, por definición, debe tratarse como cualquier otra enfermedad. Por eso los siquiatras nunca citan en sus textos lo que dicen los Hamlet de la vida real, quienes nos cuentan las tragedias que los orillaron a la desesperación y, a algunos, a ideaciones suicidas (“To be or not to be, that is the question — Whether ‘tis nobler in the mind to suffer The slings and arrows of outrageous fortune, Or to take arms against a sea of troubles, And by opposing, end them. To die, to sleep —”). Partiendo de esta premisa mecanicista que niega no sólo la libertad del individuo sino la existencia misma de una voluntad activa, Dongier y Wittkower subrayan que el ECT es de mayor “eficacia” que las drogas disponibles en el “tratamiento” de la “depresión”.

¡Cada palabra es una trampa semántica! Dongier y Wittkower no dijeron nada sobre la elemental distinción entre un problema existencial, incluyendo el derecho de un Hamlet a sentirse mal por “la airada fortuna a las saetas” (“depresión” para Dongier y Wittkower) y la enfermedad en sentido biológico. De hecho, dado que el electroshock es involuntario estos siquiatras tratan a la desesperación e ideación suicida del adulto exactamente como si fuera una caries de un niño al que amarran para taladrarle la muela en el dentista, como solía hacerse en otros tiempos. Dongier y Wittkower tampoco dijeron nada de lo que Breggin trataba de mostrarles en su artículo: el daño que produce el martillazo al cerebro conocido como ECT. Evadieron el tema y contestaron simplemente que el procedimiento es “eficaz” para controlar la conducta de la persona deprimida que quieren controlar.

En realidad, el electroshock es eficaz para cualquier conducta que quisiéramos controlar. Por ejemplo, si la gente que ha sido electrochocada por siquiatras pudiera tratar a sus atormentadores, y aún electrochocarlos, después de algunas sesiones de tratamiento estos siquiatras quedarían tan mansos y olvidadizos que ya no querrían ser agentes del sistema. Sus conductas siquiátricas represivas estarían tan controladas como las conductas de los deprimidos y potenciales suicidas. Este hipotético escenario puede verse en la película mexicana El lugar de todos tan temido, donde los internos de un siquiátrico se sublevan, toman el poder en la institución y electrochocan a los médicos.

Detrás de la frase de Dongier y Wittkower se oculta un principio que nada tiene que ver con la ciencia médica. Este principio tácito podría enunciarse así: “Nadie tiene derecho a sentirse miserable o a quitarse la vida, ni siquiera quien haya sufrido una tragedia”. El principio es presentado no como un juicio moral, sino como un problema de salud (“la depresión: una condición que atenta contra la vida”). Así, el libre albedrío del ser humano es eclipsado por el lenguaje de la medicina. A partir de este principio, a Dongier y Wittkower les importa un rábano los señalamientos de Breggin sobre el daño que el electroshock pudiera causar en el cerebro humano de los melancólicos. A estos médicos no los mueve el juramento hipocrático (“En primer lugar no hagas daño”) sino el afán de control de conductas.

En teoría, las conductas que algunos consideran indeseables no debieran caer en la jurisdicción de un profesional del cuerpo humano (¿no dice el dicho “Zapatero: a tus zapatos”?). Pero la manera como Dongier y Wittkower le responden a Breggin sobre otro de sus artículos en Divergent views in psychiatry, que trata de la “psicocirugía”, popularmente conocida como lobotomía, es muy similar a lo que dijeron del electroshock. Después de conceder que esta operación radical se ha aplicado en cerebros sanos, Dongier y Wittkower afirmaron:

En ese sentido los argumentos del doctor Breggin se encuentran justificados y la mala publicidad que [Breggin] le ha dado a la psicocirugía le ha ayudado a la psiquiatría. Sin embargo, hay mucho lugar para desacuerdos respecto a su explicación universal de los efectos de la psicocirugía, como su hipótesis “discapacitante del cerebro”, y parece ignorar el hecho que la ansiedad crónica o la depresión pueden ser más destructivas para un ser humano que la mayoría de las intervenciones psicoquirúrgicas contemporáneas. El doctor Pierre Flor-Henry, un psiquiatra y neurofisiólogo clínico, presenta un estudio erudito sobre información reciente a favor de la continuación de la psicocirugía.[2]

El mismo no responder al tema de Breggin (el daño cerebral que causa el electroshock y la lobotomía). El mismo despotismo oculto. “Si te sientes con la moral en los suelos y quieres suicidarte, te electrochocamos. O te cortamos el cerebro. Así de simple”. Estas hipotéticas palabras le quitan lo tácito y lo oculto a la praxis siquiátrica sobre la depresión profunda y la ideación suicida.

Contra el protocolo que, como editores, Dongier y Wittkower habrían debido de guardar, éstos le concedieron a Pierre Flor-Henry, el opositor de Breggin en el libro, la ventaja de poner un asterisco con nota al pié de página dentro del mismo artículo de Breggin. En su nota, aunque Flor-Henry elogió la labor crítica de Breggin sobre la lobotomía, le llamó “dramáticos eslóganes y de falsas apariencias” a las palabras con las que Breggin concluyó su artículo. Las palabras finales de Breggin fueron: “En suma, no creo que la mutilación del cerebro sea jamás una vía ética para resolver los problemas humanos”. Por supuesto, tanto Flor-Henry como los editores no ven ningún problema ético en el hecho de cortar cerebros sanos. Su procedimiento es sólo el quehacer médico que se hace son fines de salud. La tarea del siquiatra es neutral y sus criterios son desapasionados y objetivos. Son tan objetivos que el hecho que las operaciones afecten el intelecto del sujeto se considera irrelevante. Después de publicar los dos artículos antagónicos, Dongier y Wittkower comentaron favorablemente el artículo de Flor-Henry en pro de la lobotomía. Luego añadieron:

El declive de la psicocirugía en los años cincuenta tuvo que ver en particular con el desarrollo de la psicofarmacología. Llevó más de una década comprender que los neurolépticos no eran tan inocuos como se creía inicialmente: la frecuencia de reacciones secundarias como las disquinesias tardías han demostrado ahora que el daño neuronal permanente puede ocurrir, cuando menos, en algunas áreas. Está de por verse si es más fácil minimizar los efectos adversos mediante estimular o producir lesiones solamente en una pequeña área del tejido cerebral [como se hace con la psicocirugía], o revisar cuidadosamente el impacto mucho más difuso de las drogas en varias áreas cerebrales. Debido a su drástico carácter, el tópico de la psicocirugía ha provocado una inquietud considerable en el público. Actualmente los peligros del abuso de esta terapia podrían ser menores que los riesgos del abuso de la quimioterapia [neurolépticos].[3]

Estos párrafos son importantes. En primer lugar, Dongier y Wittkower reconocen que, en ciertos casos, los neurolépticos pueden ser más nocivos que la lobotomía. El mismo lobotomista Walter Freeman, a quien he mencionado en más de una ocasión, fue otro de los siquiatras francos que solía referirse al efecto del neuroléptico como “lobotomía química”.[4] Irónicamente, este pasaje de Dongier y Wittkower vindica al doctor Breggin, quien, desde que se publicó el libro de sus editores críticos, se ha dedicado a denunciar por todos los medios a su alcance los daños que causan los psicofármacos. A Breggin le duele especialmente la moda norteamericana de drogar a la población muy joven con estas peligrosas drogas. Cabe señalar que las palabras francas de los editores citadas arriba aparecen precisamente en la última y conclusiva página del libro. También al final de su libro Dongier y Wittkower hicieron un interesante comentario. Estos profesores canadienses dicen que “la Asociación Psiquiátrica Americana se opone a la psicocirugía en los niños debido a información insustancial”.[5] Es decir, si no fuera porque la APA se opone a la práctica, Dongier y Wittkower aprobarían la lobotomía de los niños. Su postura, claro está, tiene antecedentes en las lobotomías infantiles que realizaban Walter Freeman y James Watts, mencionadas en la primera parte.

Divergent views in psychiatry fue publicado en 1981 cuando la lobotomía era más popular en Inglaterra: país cuya siquiatría es imitada en el Canadá. Pero en el siglo XXI hay una manera mucho más sutil de atentar contra el cerebro de los hijos que han caído de la gracia de sus padres, como veremos a continuación.

Referencias

[1] Maurice Dongier and Eric Wittkower (eds.): Divergent views in psychiatry (Harper & Row, 1981), p. 277.

[2] Ibídem, p. 279.

[3] Ibídem, p. 328.

[4] Walter Freeman, citado en Valenstein: Blaming the brain, p. 26.

[5] Dongier and Wittkower: Divergent views in psychiatry, p. 327.

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Published in: on mayo 16, 2009 at 10:48 am  Comments (5)  

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5 comentariosDeja un comentario

  1. Estoy muy preocupada por el tema de los electroshock, pues mi hermana tuvo un brote psicótico después de 5 años de estar estable; su doc le retiro la medicación hace un año… dice que si no responde ahora a la medicación, habrá que internarla y harán electro…argumentando que sino después será peor su cuadro. Yo me opongo a tal tratamiento, pues a mi madre si lo hicieron 2 veces y los resultados fueron nulos. Mi hermana está en el entorno de los 35 años y por ahora conserva su trabajo, quisiera me asesoraran en tal caso para tener argumentos para que no le hagan esto, ella es una persona que no se niega a tomar medicación. Ella jura que si la internan se matará. Necesito ayuda. Gracias por escucharme

    • Lo que si es seguro, es descartar el electroshock

      • POR DIOS QUE ALGUIEN IMPIDA SEMEJANTE BARBARIDAD.NO ME EXTRAÑA QUE TU HERMANA QUIERA QUITARSE DE EN MEDIO.HAZ QUE CAMBIE DE PROFESIONAL

    • Y medicacion

  2. Yo soy una victima de los siquiatras, este articullo es muy cierto


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