La “enfermedad mental” según la familia

EL HOSPITAL Fray Bernardino Álvarez, el gran siquiátrico público de la capital mexicana, funciona con frecuencia como una institución punitiva para los miembros identificados de algunas familias donde los responsables de la admisión son los familiares mismos. Que mucha gente identificada que sus familiares encarcela no están locos se desprende del diagnóstico de internamiento que la periodista Teresa Gurza descubrió en los años setenta, la década en que tuve el problema con Amara. A los pacientes de nuevo ingreso se les diagnosticaba entonces “neurosis de carácter”: un diagnóstico tan vago, ambiguo y fraudulento como el de “carácter esquizoide” de Amara.

La práctica continúa en el siglo XXI. En Estados Unidos se oye mucho la expresión behaviour disorders (trastornos de la conducta) al hablar de la población joven que se desea someter: otro diagnóstico demasiado vago que puede aplicarse a cualquier menor. De hecho, los diagnósticos más comunes para someter a los menores en el nuevo siglo son vagos: “trastorno de la conducta”, “trastorno de ajuste adolescente”, “oposicionismo”, “déficit de atención”, etcétera. En los 1980 el portavoz oficial del Fray Bernardino concedió una entrevista a los reporteros. Al referirse a los internados en esa institución, observó:

“La familia los trae esposados, amarrados, como sea. Es algo de lo más folclórico”. Para cambiar conductas, los médicos del Fray Bernardino cuentan con herramientas poderosas. Una de ellas la explica el portavoz oficial: “A ellos se les dan también unos toques [electroshocks] y al segundo o tercer día ya están bien”.[1]

En 2005 Marco López Butron, director del Fray Bernardino, dijo que en su institución hay una petición muy alta de familiares que acuden. “En muchos casos la petición de la familia es internar”. Añadió que la familia demanda “que lo tengan permanentemente” internado,[2] aunque López Butron recomienda menos de un mes de internamiento. Esto demuestra que el agente controlador original no es la siquiatría, sino la familia. En la primera parte de este libro vimos que el director del departamento donde Jeffrey Masson hizo sus prácticas enseñaba que cuando un niño era “identificado” como paciente por sus padres, estaba trastornado siquiátricamente hablando. Para ese siquiatra los padres no erraban al hacer este tipo de diagnósticos caseros. Es muy ilustrativo tomar nota de lo que dicen las autoridades cuando los reporteros les hacen preguntas difíciles sobre el asunto. En tiempos en que tuve el problema con Amara Teresa Gurza trató de entrevistar a Ramón de la Fuente, titular de la Dirección de Salud Mental de la entonces llamada Secretaría de Salubridad y Asistencia. De la Fuente declinó y designó a un subalterno, el doctor Leonardo Iglesias. Las siguientes declaraciones de este siquiatra están basadas en la trascripción de la grabación hecha por la periodista.

Iglesias le dijo a Gurza que “la situación de las granjas psiquiátricas es buena”. Y añadió: “Lo que menciona acerca de la desnudez, y en esto le voy a ser muy sincero, gran parte de la desnudez de nuestros enfermos se debe a una expresión de su patología mental”.[3] Gurza le respondió que en los siquiátricos que visitó había visto a niños cuyos reportes no hablaban de trastornos mentales, y sin embargo estaban desnudos y atados a sillas; y que había visto también a enfermeras que les pegaban a los niños y a los adultos más débiles. El doctor Iglesias era el jefe del Departamento de Ciencia Psiquiátrica de la Dirección de Salud Mental en México cuando Gurza le preguntó, además, por qué los siquiátricos reciben a ancianos sanos y a niños cuerdos. Iglesias respondió que a veces la conducta de un individuo “es peligrosa para sí mismo, como en el caso de los suicidas o peligrosa para los demás”, fórmula que, como hemos visto, es la fórmula clásica de arresto preventivo en las mal llamadas sociedades libres. Luego definió a la enfermedad mental de manera tan honesta que su definición debiera grabarse en mármol en las facultades de medicina:

En otras ocasiones, sencillamente es una patología que los demás no toleran; y cuando digo los demás quiero decir la familia o el grupo social con el cual convive.[4]

Más claro y transparente no puede estar. Gurza quiso entrevistar a Ramón de la Fuente acerca de por qué hay gente cuerda en los siquiátricos mexicanos, el funcionario de más alto rango de salud mental en México en aquellos tiempos. De la Fuente declinó y asignó a Iglesias, también un funcionario mexicano de salud mental. Y para este último los niños y ancianos cuerdos que menciona Gurza tienen una patología. ¡Pero por patología entiende una conducta que los cercanos “no toleran” según sus propias palabras! Así que Amara no es el único seudogaleno que diagnosticó de enfermo al muchacho cuerdo con problemas con sus padres. Esos años las más altas autoridades de salud mental en México se comportaban exactamente igual. La política de internamiento siquiátrico ha sido simplemente la intolerancia de los cercanos hacia un miembro de la familia. Si a un padre le disgusta la conducta de su hijo, tal conducta puede considerarse oficialmente enferma, esquizoide, patológica. La definición de arriba no es exclusiva de la siquiatría mexicana. Karl Menninger, eminente siquiatra estadounidense en tiempos de la posguerra, definió la enfermedad mental como “cierto estado de existencia que es incómodo para alguien […], el sufrimiento puede estar en al persona afligida, en los cercanos, o en ambos”.[5] No es exagerado decir que la siquiatría es una profesión cuyo propósito expreso es caer a un estado de folie à deux del profesional con los padres a fin de proteger la familia nuclear.

Antes de su reforma, este estado de locura compartida era patente en el Hospital Sáyago que albergaba a 450 de mexicanas, la mayoría provenientes de la antigua Castañeda, cuando Gurza lo visitó. ¿Se recuerda cómo el tío de John Bell quiso deshacerse de su sobrino? Algunas de las ancianas del Sáyago eran víctimas de familiares que se deshicieron de ellas. Según Gurza, estas mujeres ni siquiera se encontraban en estado senil al ingresar. Pero también había muchachas muy jóvenes en ese siquiátrico público, y quisiera darle voz a una de ellas:

“Yo quiero a mi mamá que vive en Durango, yo quiero a mi mamá que vive en Durango”, y Margarita llora y llora recordando a su familia, abrumada por el dolor de saberse abandonada y encerrada en este hospital. [Su] recuperación sería posible en otro ambiente. Otras mujeres consuelan a Margarita: “Ya niña, no llores Margarita, por favor Margarita”, y nos informan que así pasa el día “la pobre Margarita”.[6]

Es imposible que a prisioneras como Margarita se les haga justicia en un mundo que define, como lo hizo el funcionario del sector salud, la enfermedad mental como una conducta que los familiares no toleran. Casos como el de esta niña muestran que la raíz del problema no se encuentra dentro de los muros del siquiátrico, sino afuera: en la institución familiar. Aludí al viejo reportaje de Teresa Gurza por una razón personal: quería hablar de la siquiatría pública en los mismos años en que me atacó un siquiatra privado. Pero a finales del siglo XX y a principios del XXI la situación en los siquiátricos mexicanos es prácticamente la misma.

En julio de 1996, agosto de 1998 y noviembre de 2000 la sociedad norteamericana Mental Disability Rights International (MDRI) realizó estudios in situ en siete siquiátricos mexicanos: Ramírez Moreno, Nieto, Sáyago, Ocaranza (posteriormente reformado), Navarro, Jalisco y Fray Bernardino. En conjunto estas instituciones albergaban entonces a dos mil internados. Aunque al equipo MDRI no se les autorizó videograbar a los pacientes del Fray Bernardino, publicó un informe sobre el estado de los derechos humanos en los siquiátricos visitados. Acerca de los sesenta niños internados en el Hospital Jalisco en los albores del nuevo siglo, el equipo MDRI observó:

En la institución psiquiátrica Jalisco, las condiciones en el pabellón de niños son más graves. A los niños los dejan acostados sobre un colchón en el piso, algunos de ellos cubiertos de orina y excremento. Durante la visita realizada por el equipo en agosto de 1998 abundaban las moscas y el olor era abrumador. Es común el autoabuso y la falta de atención médica básica. Se observaron niños que, por no tener supervisión adecuada, se comían su propio excremento y abusaban de sí mismos sin que el personal les prestara atención […]. Se observó que otros niños permanecían atados a las camas o con las mangas atadas sobre las manos.[7]

Al igual que el reportaje de Gurza, MDRI observó que a finales del siglo XX: “la mayoría de las personas internadas en las instituciones visitadas permanecen ahí de por vida”.[8] Que algunos de éstos han sido repudiados por su familia se desprende de otra declaración del equipo MDRI:

Un gran número de personas internadas en este tipo de instituciones son calificados oficialmente de abandonados: personas internadas porque no tienen familia u otro lugar a donde ir. En noviembre de 1999 los directores de dos instituciones calcularon que el número de abandonados en sus propias instituciones ascendía al 75-80 por ciento.[9]

Algunos de los abandonados son como Margarita, quien lloraba diciendo “Yo quiero a mi mamá que vive en Durango, yo quiero a mi mamá que vive en Durango”. Esta niña estaba cuerda. Pero el siguiente dato sugiere que otro tipo de internados no padecían de trastornos mentales sino de enfermedades neurológicas y auténticos síndromes genéticos. Según su informe: “El equipo MDRI identificó otros grupos detenidos injustificadamente en instituciones psiquiátricas. Entre un tercio y la mitad de las personas internadas en las ‘granjas’ mexicanas se identificaban como personas que padecen epilepsia o retraso mental”.[10] Los epilépticos abandonados en las granjas tienen una auténtica enfermedad cerebral por lo que, según los criterios de MDRI, no está justificado tenerlos en siquiátricos. Algo similar puede decirse de los retrasados mentales. Que otros internos tampoco son “enfermos mentales” en el sentido siquiátrico ortodoxo, sino que se les etiquetó simplemente para llenar los formularios de internamiento como lo hicieron con John Bell, lo sugiere esta otra observación del equipo MDRI:

Los registros carecen de un diagnóstico completo e incluyen muy poca información sobre los antecedentes sociales y médicos del paciente. En general, el diagnóstico se limita a señalar que el paciente es “psicótico” o “esquizofrénico”. A menudo, el único detalle adicional en el historial clínico es si el paciente se considera de condición “aguda” o “crónica”.[11]

La etiqueta es el preámbulo para encarcelar a un ciudadano al margen de la ley. En los siquiátricos visitados por MDRI se administraban neurolépticos a los internos. Como he dicho, su uso prolongado causa las enfermedades neurológicas permanentes disquinesia y distonía tardía, además de la frecuente acatisia y el ocasional síndrome neuroléptico maligno. El equipo MDRI observó que varios internos presentaban los efectos de altas dosis de estos químicos. Reportaron haber visto movimientos rítmicos en los labios y lengua de los internos, crujido de dientes y hacer gestos torcidos con las manos: signos inequívocos de disquinesias tardías.

El año 2000 el equipo MDRI publicó su devastador informe de 94 páginas sobre el estado de los derechos humanos en los siquiátricos mexicanos. En el siglo XXI se continúan administrando minusvalidantes neurolépticos a niños, adultos y ancianos en todos los siquiátricos, recintos y casas de medio camino, como lo atestiguan los directores de siquiátricos que he entrevistado y un reporte del año 2003 auspiciado por la Organización Panamericana de la Salud.[12] La gente ha sido recluida debido a que “la familia no los tolera”: una de las definiciones más honestas que he leído de enfermedad mental en boca de un siquiatra.

Referencias

[1] Cortina y otros: Alternativas, p. 369.

[2] Marco López Butron hizo estos pronunciamientos en la mencionada ponencia magistral en la Asamblea Legislativa en octubre de 2005.

[3] Leonardo Iglesias-González, citado en Teresa Gurza: “En jaulas de tigres X: de la Castañeda a las granjas, una mejoría en materia de salud mental” en Alternativas, p. 324.

[4] Ibídem, pp. 326s.

[5] Karl Menninger, citado en Szasz: Pharmacracy, pp. 94s.

[6] Teresa Gurza: “En jaulas de tigres IV: las enfermas mentales se consumen en el hospital psiquiátrico José Sáyago” en Alternativas, pp. 294s.

[7] Eric Rosenthal, Robert Okin, Humberto Martínez, Débora Benchoam, Lynda Frost Clausel y Britanny Bemowitz: Derechos humanos y salud mental en México (Mental Disability Rights International, 1156 15th St. NW, Suite 1001, Washington, D.C. 20005: year 2000), p. vii.

[8] Ibídem, p. xiii.

[9] Ibídem.

[10] Ibídem.

[11] Ibídem, p. 38. En el texto las frases segunda y tercera aparecen en una nota a pie de página.

[12] El reporte Evaluación de servicios de salud mental en la República Mexicana de la Organización Panamericana de la Salud fue expedido en la Ciudad de México en junio de 2003.

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Published in: on mayo 15, 2009 at 1:49 pm  Comments (1)  

Si te sales de la media eres un enfermo

La psiquiatría es la nueva religión. Decidimos qué es bueno y malo, lo loco y lo sano. – Los doce monos [1]

DEL INSTITUTO que creó Ramón de la Fuente Muñiz hablo en otro lugar de este e-book. El hijo de Ramón de la Fuente, que lleva el nombre del padre, se graduó como siquiatra en Rochester, la Meca de la siquiatría mundial, y llegó a ser rector de la UNAM, la máxima casa de estudios en México. (En el programa de radio del 28 de octubre de 2004 el doctor Ernesto Lammoglia declaró que de la Fuente Jr. ocupó el cargo de rector como premio por haber controlado la conducta de la esposa de Ernesto Zedillo con drogas siquiátricas cuando éste era presidente de México.) En la biblioteca del Departamento de Psiquiatría de la UNAM aparecen fotografías de las diversas generaciones de médicos siquiatras de la universidad. De la Fuente padre aparece como la figura central entre los estudiantes recién egresados.

Debo decir que, como mi lectura del cibersitio de NAMI, le lectura que hice de los textos de Ramón de la Fuente Muñiz fue una empresa capciosa. Lo primero que el investigador avispado debe hacer al enfrentarse con el texto de un sofisticado siquiatra es ponerse los guantes. La manera como de la Fuente y sus colegas usan la nuevahabla impregna tanto sus escritos que, de no haber sido por mi marcatextos con el que señalé cada trampa semántica que encontré, habría sido imposible entenderlo. Me sorprendió la frecuencia de palabras como “enfermo” y “enfermos mentales” en los escritos de de la Fuente. El uso frecuente de una expresión que no se define es pura retórica.

Aristóteles le llamaba entimema a este truco. Los manuales de de la Fuente pueden entenderse como un enorme silogismo engañoso o entimema. Por ejemplo, en más de cuatrocientas páginas de Salud mental en México el lector buscará en vano la definición de “salud mental”. Por más extraño que pueda parecer, ni la salud mental ni la enfermedad mental, los conceptos centrales de la siquiatría, se definen: se dan por supuestos. Sólo se dan ejemplos de las alegadas enfermedades mentales. En el capítulo de la adolescencia del manual, por ejemplo, se habla de “intentos de suicidio, “conducta sexual”, “abuso de sustancias”, “bandas juveniles” y de las “medidas de prevención” para estas enfermedades. Pero el concepto central de la siquiatría queda sin definición precisa. Hablando en cristiano podría pensarse que éstos son malos hábitos de adolescentes confundidos, pero no enfermedades en sentido médico. Ocasionalmente un reportero le hace al siquiatra la pregunta directa: “¿Qué es para usted un enfermo mental?” Teresa Gurza le hizo esta pregunta, la pregunta cardinal que debe hacérsele a todo siquiatra, al doctor Leonardo Iglesias en la entrevista grabada; la misma entrevista que de la Fuente evitó. Es muy ilustrativo escuchar lo que Iglesias respondió:

Realmente ésta es una pregunta muy difícil de contestar, puesto que tiene implicaciones de orden propiamente médico, técnico, filosófico, ideológico y sociológico. Requeriría de todo un tratamiento amplio. Para nosotros, en términos prácticos, esto es momentáneo: alguna persona que en algún momento dado requiere asistencia especializada en el área de salud mental.[2]

No podría señalar con mayor elocuencia la charlatanería que es la siquiatría que con esta definición circular. Un verdadero médico —un cardiólogo, neurólogo o gastroenterólogo— respondería a la pregunta ¿Qué es para usted la enfermedad? señalando la patología celular en los tejidos, o la patología fisiológica o bioquímica, o la presencia de bacterias o de virus parásitos en un organismo. Si una reportera tuviera dudas de que la enfermedad fuera real, el médico la invitaría al laboratorio para que viera por sí misma las bacterias o las disfunciones histopatológicas en el microscopio. Sobre una coronaria bloqueada con placas de colesterol, por ejemplo, un cardiólogo jamás argüiría que “es algo muy difícil de definir porque tiene implicaciones filosóficas, sociológicas e ideológicas”. El cardiólogo simplemente nos mostraría las fotografías de las placas de grasa animal acumuladas en las arterias que se han extraído de los pacientes operados del corazón. El verdadero científico apela a lo que puede verse y cuantificarse; usa microscopios, telescopios y su simple vista. No se le oye hablar de filosofías o ideologías. Si la definición de enfermedad mental tiene las implicaciones ideológicas mencionadas por Iglesias, es más que obvio que la siquiatría poco tiene que ver con las ciencias exactas.

El objeto del científico es el mundo empírico. El del ideólogo, las doctrinas y metanarrativas. Y el del inquisidor, la persecución de los disidentes. Un físico no nos habla de la energía o de la materia, el concepto central en física, como entidades filosóficas o ideológicas: es obvio que existen y nadie se atreve a cuestionarlas. Pero Iglesias nos habla de la enfermedad mental, el concepto central en siquiatría, como una entidad que omite definir: “Para nosotros, en términos prácticos, alguna persona que en algún momento dado requiere de asistencia especializada en el área de salud mental” es el enfermo. Así, al igual que los manuales de de la Fuente, la criatura “enfermedad mental” queda sin definición: es un entimema. El mismo DSM evita definir la entidad de su materia de estudio. En la introducción del DSM -IV se nos dice: “El término ‘trastorno mental’, al igual que otros muchos términos en la medicina y en la ciencia, carece de una definición operacional consistente que englobe todas las posibilidades”.[3]

Que los términos en ciencia son ambiguos es falso. Basta conocer los rudimentos de la física, por ejemplo, para saber que las entidades que estudian los físicos están claramente definidas, además de ser perfectamente cuantificables. No obstante, si se busca con persistencia es posible hallar en un rincón de las bibliotecas alguna definición de salud y de enfermedad mental, tanto en boca de siquiatras como de la pluma de legisladores.

En una entrevista concedida a Proceso el doctor Hermelindo Oliva, subdirector del Fray Bernardino, el siquiátrico más importante de la Secretaría de Salud y al momento de la entrevista el vocero oficial de la siquiatría institucional en México, expresó que a la salud mental hay que ubicarla “en ciertos parámetros dentro de los que se mueve una persona en su rendimiento familiar, en sus relaciones sociales, en su productividad en el trabajo y en su ajuste psicológico. La gente que se aparta de esta media estadística es la que consideramos fuera de la normalidad”.[4] ¡Esta es una excelente definición del concepto central de la siquiatría! Me recuerda la franqueza de Heinroth y complementa la definición del siquiatra en el capítulo anterior (“Lo que la familia no tolera”). La enfermedad mental es, pues, una fuga de las estadísticas: una disidencia de la norma homogeneizadora con la que el status quo juzga quién de nosotros se está saliendo de línea.

Si el enfermo no está de acuerdo con esta definición, el tratamiento siquiátrico lo iluminará. El doctor Oliva fue implacable: “El enfermo mental muchas veces no tiene advertencia de su enfermedad, no acepta estar enfermo; entonces, se muestra renuente a tomar sus medicamentos y esto favorece las recaídas. Parte del tratamiento consiste en hacer consciente al paciente y a la familia de que está enfermo y de que necesita seguir su tratamiento”.[5]

En junio de 2002, veinte años después de la entrevista a Oliva, Carmen Rojas, la sicóloga del Hospital Fray Bernardino, hizo unas declaraciones similares a otro reportero sobre el interno que “no acepta su enfermedad, por lo tanto no quiere que se le aplique un tratamiento y prefiere huir del hospital”.[6] Que la enfermedad mental es salirse de línea, una “fuga de las estadísticas”, lo pude comprobar además en una plática que sostuve en julio de 2001 con un sicólogo clínico del CORA (Consejo de Orientación para Adolescentes) en la Ciudad de México. El sicólogo me informó que a la mayoría de los jóvenes que le llevaban sus padres él los diagnosticaba de “boarders”. Boarder es un término siquiátrico muy popular en Norteamérica que se refiere al boarder personality disorder (personalidad fronteriza) del DSM : el “trastorno” de un individuo que se sale de la media estadística.

En la legislación mexicana también encontré una franca definición de enfermedad mental. El artículo 144 del Código Sanitario mexicano define qué cae bajo la designación de enfermedades mentales: “I. Las diversas formas de psicosis. II. Las diversas formas de neurosis. III. Los defectos de desarrollo mental, los determinados por regresión orgánica cerebral, los trastornos de personalidad, los trastornos somáticos de origen psíquico presumible, los padecimientos psicosociales y otros que señale el Consejo de Salubridad General”. En pocas palabras: cualquier conducta humana puede ser interpretada como enfermedad mental. Todos los seres humanos somos “neuróticos” o tenemos “problemas de personalidad” en cierta medida. Por lo tanto, los cien millones de mexicanos podemos estar mentalmente enfermos. La definición del Código Sanitario es tan amplia que a auténticas enfermedades neurológicas “determinadas por regresión orgánica cerebral” las mete en el mismo costal que “los padecimientos psicosociales”. Esta es la táctica del DSM norteamericano: un siquiatra puede considerar prácticamente cualquier conducta humana como trastornada, definición de donde proviene su poder político para encarcelar a quien se le dé la gana. Una definición de enfermedad mental tan amplia explica que en los diagnósticos de los expedientes de un siquiátrico público se incluyeran, por ejemplo: “prostitución”, “alcoholismo”, “homosexualidad”, “afectividad inapropiada” e incluso “personas abandonadas”.[7] El expediente de Berta dice: “Agresividad, tendencia a la fuga, desaliño personal”. Las siguientes son otras voces de las “enfermas” del siquiátrico público:

“Esta niña, por ejemplo, ¿cuántos años cree que tiene? Debe tener como trece. Ella no es reo. La encontraron en Salud Mental; alguien la abandonó ahí y no sabemos quiénes son sus padres”.

Con el cuerpo envuelto en la oscuridad de la celda, Consuelo Orozco relata el motivo de su encierro:

“Me trajo mi mamá porque tomaba y luego me portaba mal. Aquí dicen que estoy loca. Bueno, si quieren sí. Pero que me saquen de este pabellón. No podemos salir al jardín. Nos tienen con cadena y candado. Con cadena y candado como en la cárcel. Queremos ver el sol, ver la tiendita, aunque no compremos”.[8]

Las enfermedades de Berta y de Consuelo son tan temibles que las democracias del mundo las mantienen en cárceles donde se suprime el proceso penal y la fecha límite para cumplir una condena. Con este tipo de definiciones de enfermedad mental el imperio de la ley ha sido reemplazado por el imperio de la discreción médica. Nuestras sociedades, y me refiero no sólo a México, se basan ocasionalmente en este último porque los siquiatras son virtuosos en vendernos la idea de que la entidad que llaman enfermedad mental, algo que rarísima vez definen, existe. La manera como, sin definirla, Ramón de la Fuente nos vende la idea es martillar sin tregua y sin ninguna piedad con la palabra “enfermos”, una y otra vez a lo largo de sus libros, hasta que el lector desprevenido se da por rendido ante el entimema y la idea de enfermedad mental es implantada. Eso sí: estos siquiatras nos dejan saber quiénes son los enfermos cuando hablan de “programas específicos para el manejo de niños, adolescentes, pacientes seniles, alcohólicos, etc.”[9]

La ambigüedad del concepto “enfermedad mental” es un tema tan actual que en los años 2002 y 2003 se discutió acaloradamente a raíz de una propuesta de ley en Estados Unidos para obligar a las compañías aseguradoras a incluir a la “enfermedad mental” en la cobertura de los seguros de salud: la llamada Mental Health Parity Law.[10]

Referencias

[1] Palabras de la actriz Madeleine Stowe en la película The twelve monkeys.

[2] Leonardo Iglesias-González, citado en Gurza: Alternativas, p. 331.

[3] DSM-IV: Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales, p. xxi.

[4] María Cortina y otros: Alternativas, p. 374.

[5] Ibídem, p. 375.

[6] Carmen Rojas, citada en Milenio semanal (10 junio 2002), p. 61.

[7] María Cortina y otros: Alternativas, p. 378.

[8] Ibídem, p. 380.

[9] De la Fuente y otros: Salud mental en México, p. 411.

[10] Una detallada exposición del equívoco concepto “enfermedad mental” aparece en Szasz: Pharmacracy.

Published in: on mayo 15, 2009 at 1:39 pm  Dejar un comentario  

Una definición corregida de Estado Terapéutico

AL LEER un pasaje autobiográfico de un abogado estadounidense, que decía que de joven había vivido engañado al creer que su país era una democracia, entendí que las naciones donde se respetan los derechos humanos no existen.[1] Y no existirán hasta que el maltrato a los hijos y la siquiatría sea abolidas en una de las naciones llamadas democráticas.

En el rubro de la siquiatría, ilustraré lo que quiero decir con una de las ideas rectoras del liberalismo moderno, heredero de la Ilustración y la Revolución francesa: la separación de los poderes en ejecutivo, legislativo y judicial y, además, la separación entre la iglesia y el Estado. Esta separación fue una reacción frente a los poderes absolutistas del rey y de la iglesia. Recordemos, por ejemplo, que la voluntad del rey era suficiente para encarcelar en la Bastilla a la gente que no había roto la ley. Asimismo, la voluntad del inquisidor era suficiente para acusar a algún cristiano de hereje y destruirlo. En teoría la idea de la separación de poderes parece excelente; pero en la práctica los derechos constitucionales de muchos siguen siendo invalidados por los poderosos.

Los siquiatras tienen su propio Congreso de la Unión o Parlamento con poderes legislativos: el derecho de expedir leyes especiales sobre delitos mentales o ideacrímenes, como decía Orwell. La Asociación Psiquiátrica Americana ha incluido en su manual DSM conductas normales como distraerse en colegios hostiles para el niño. Por medio del acuerdo internacional de usar el DSM como el criterio para pagarle a las compañías de seguros en casos de alegada enfermedad mental, el DSM y sus copias europeas se han impuesto virtualmente como ley especial en muchos países. Pero, como hemos visto, los criterios del DSM para distinguir a la enfermedad de la salud mental son tan amplios que, según reconocen algunos médicos, con las cientos de etiquetas “cualquiera en esta sala podría encuadrar en dos o tres de los diagnósticos”.[2] Incluso en España y en los países donde las compañías de seguros no son tan ubicuas como en Norteamérica, la influencia del DSM es formidable debido al ICD o International Classification of Diseases (Clasificación internacional de enfermedades) que publica la Organización Mundial de la Salud, que trabaja estrechamente con los redactores del DSM.

Además de su status de “legisladores”, al igual que los inquisidores los siquiatras tienen poderes judiciales para estigmatizar oficialmente a un individuo específico ante la sociedad: declararlo enfermo mental según una categoría del DSM o del ICD. A diferencia de la jurisprudencia común, que requiere de un juicio imparcial con un abogado defensor en un juzgado establecido, los poderes judiciales del siquiatra son absolutistas: puede acusar y declarar culpable a un individuo a su entera discreción, justo como se hacía con la lettre de cachet. A Mario Cantú, por ejemplo, el siquiatra contratado lo juzgó y lo encontró culpable —es decir lo declaró enfermo— sin conocerlo personalmente. La madre simplemente contrató sus servicios. Aunque en teoría la ley española especifica que el internamiento involuntario lo tiene que aprobar un juez, en la práctica éste no pone en duda el diagnóstico del siquiatra. Sé de un caso en Las Palmas de Gran Canaria en que una mujer fue internada en un siquiátrico sin juicio alguno.[3] Asimismo, al igual que los inquisidores los siquiatras tienen un poder ejecutivo. Por medio de una policía especial pueden secuestrar a ciudadanos para llevarlos a una cárcel bajo su total jurisdicción.

EL SER juzgado de enfermo mental es la clasificación más denigrante que se le puede imputar a una persona, y en el mundo actual la tendencia es clasificar cada vez a más seres humanos de enfermos. Sobra decir que la calumnia beneficia únicamente a quien contrata al profesional en un conflicto entre personas; nunca a la persona calumniada.

Al nacimiento de los Estados Unidos sólo uno de cada mil individuos era considerado un enfermo mental. A principios del siglo XX los siquiátricos estatales albergaban a 150,000 internados, y al iniciar la segunda guerra mundial ya había medio millón. A finales de siglo los Estados Unidos estaban gastando más dinero en los individuos internados en siquiátricos que en el tratamiento del cáncer.[4] Actualmente los siquiatras creen que muchos jóvenes requieren de algún tipo de servicio siquiátrico. Richard Sarles, quien fuera presidente de la Sociedad Americana de Psiquiatría de Adolescentes que representa a cinco mil siquiatras estadounidenses, declaró: “Aproximadamente el 20 por ciento del los niños y adolescentes sufren de enfermedades psiquiátricas lo suficientemente significativas como para requerir de servicios de salud mental. Mientras el campo de enfermedades psiquiátricas se vuelve más sofisticado e informado, estamos identificando a muchos niños y adolescentes que manifiestan psicopatología severa a edades cada vez más tempranas”.[5] En 1992 Robert Trachtenberg, un funcionario público en el área e salud mental, declaró: “En un día dado, más de veintitrés millones de estadounidenses, incluyendo casi ocho millones de niños, sufren de enfermedad mental”.[6]

Desde el punto de vista sociológico, la movilización de un ejército de calumniadores profesionales puede significar una reencarnación del espíritu del Gran Encierro del siglo XVII. Aunque en España no está tan difundida la siquiatría como en Estados Unidos, las autoridades españolas de sanidad alegan que ochocientos mil ciudadanos, es decir, el dos por ciento de la población, sufren de enfermedad mental.

El 25 de enero de 1569 Felipe II firmó una real célula en la que fundaba el Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición en las Indias Occidentales (México). Por medio de la Inquisición Felipe II trató de influir cada vez más en el mundo para beneficio de la iglesia de Roma. Similarmente, algunos siquiatras han querido influir cada vez más en sus naciones para beneficio del gremio de los médicos. Esto se desprende de las palabras de Howard Rome, uno de los presidentes de la Asociación Psiquiátrica Americana (APA). En 1968 Rome declaró: “Realmente, el área de actuación de la psiquiatría de hoy es el mundo entero, y la psiquiatría no tiene por qué aterrarse ante la magnitud de su tarea”.[7] Rome no fue el único presidente de la APA que ha hecho este tipo de declaraciones. En su conferencia magistral como presidente de la APA, Harvey Tompkins ostentó: “Nos estamos acercando a una población de psiquiatras de veinte mil, cifra unas cuatro veces superior a la de hace dos décadas. Este ubérrimo crecimiento no habría acontecido sin los subsidios del Gobierno que han sido canalizados hacia nuestra educación profesional”.[8]

Tompkins dijo eso en 1967. A esta nueva criatura social, el poder creciente de los médicos, Szasz le llama farmacracia. Desde la década de los cuarenta hasta los años setenta los subsidios gubernamentales estadounidenses para el entrenamiento de siquiatras excedieron los dos mil millones de dólares. Dinero federal ya había sido vertido en siquiatría desde la segunda guerra mundial. En 1946 había unos tres mil siquiatras en Estados Unidos, pero en 1956 ya había diez mil. Durante la administración de los presidentes Kennedy y Johnson se aprobó la canalización de dinero para un nuevo boom de crecimiento farmacrático. En 1963 el gasto público en salud mental fue de mil millones de dólares, pero en 1967 ya había llegado a diecisiete. El mantenimiento de los centros de salud mental y de las clínicas siquiátricas estadounidenses se elevó de 140 millones de dólares en 1969 a 9.75 mil millones en 1994. Sólo el financiamiento del Instituto Nacional de Salud Mental (NIMH), que no es otra cosa que la sanción estatal de la siquiatría, ya costaba mil millones en 1992. En 1997 los gastos en salud mental y en abuso de sustancias en los Estados Unidos llegaron a la astronómica cifra de 82.2 mil millones de dólares, aproximadamente lo que costó ganar la guerra contra Irak en 2003. La mayor parte de ese dinero (86 por ciento) se dirigió al área de salud mental. La cifra incluye el dinero gastado tanto en el sector público como en el privado. La proporción de gastos entre estos sectores fue cercana al 50:50.[9]

Esto me mueve a mencionar un dato del sector privado. Desde los tiempos de la desregularización del presidente Reagan los seguros médicos aceptaron al tratamiento siquiátrico en su cobertura de salud en el sector privado. A fines de los ochenta la siquiatría se había beneficiado enormemente del dinero de los seguros: situación que indujo a una hospitalización artificial de innumerables niños y adolescentes. La paidosiquiatría se convirtió en el mayor segmento de crecimiento en la profesión. En 1989 George Bush padre designó a la década de los noventa “La Década del Cerebro”, un triunfo para la siquiatría biologicista. En 1991 ya había cuarenta mil siquiatras en Estados Unidos: número aproximado que se mantuvo a finales de siglo. Así la cantidad de gente a tratar por la pandemia se amplió. Se alega que la existencia de una gama de nuevas perturbaciones justifica la gran cantidad de siquiatras: perturbaciones que van desde la infancia a la ancianidad, como el “trastorno infantil de apego reactivo”, la “dependencia a la nicotina” o el “trastorno posparto” en las mujeres. En 1992 Frederick Goodwin del NIMH definió a los problemas sociales de manera novedosa: “Existe un factor genético en cualquier trastorno de personalidad. El medio no hace que uno se vuelva violento o desarrolle conducta criminal si no existe ya una vulnerabilidad ahí”.[10] Para este funcionario público los problemas sociales son, fundamentalmente, problemas médicos; y la persona subjetiva y su libre albedrío son irrelevantes.

No obstante, la definición szasziana de Estado Terapéutico como un gobierno que busca soluciones médicas ante los problemas sociales es imperfecta. Cierto que el hecho que el gobierno haya financiado las carreras de los agentes del sistema hace que veamos a la siquiatría como un apéndice del gobierno, al menos en el caso estadounidense. Pero la siquiatría norteamericana y mundial también tiene la faceta del sector privado, como cuando los miembros pudientes de una familia contratan los servicios de un profesional sin intervención estatal. En su faceta de empresa privada la siquiatría funciona como un intercambio clásico entre profesional y cliente. Para actuar, el siquiatra de consulta privada sólo necesita que el padre o un familiar solvente contrate sus servicios. Si una faceta de la siquiatría es la de apéndice del gobierno, la faceta mayor es la dinámica de libre empresa entre los profesionales y la sociedad civil.

La noción szasziana de Estado Terapéutico debe, por tanto, ampliarse. No sólo debe entenderse el Estado en sentido de gobierno, sino también en sentido de nación. En los diccionarios la palabra estado tiene esta doble acepción. Yo iría más lejos y entendería al “estado” como una nación que comprende tanto al gobierno como a la sociedad civil. Partiendo de esta acepción amplia, e invocando una vez más el nombre de Tocqueville, definiría al Estado Terapéutico como una sociedad que lesiona los cerebros sanos no sólo de los perturbados, sino de los desviados y disidentes. A lo largo del libro he estado usando la expresión “Estado Terapéutico” imitando el oxímoron Tribunal del Santo Oficio, lo diametralmente opuesto a un oficio santo. Las sociedades modernas son lo diametralmente opuesto a un Estado terapéutico: lesionan los cerebros sanos de sus hijos a fin de controlarlos. Y como dijo Leo Frank nadie, o muy pocos, parecen inmutarse.

Desde la orilla del camino

los mirones cara de palo

llenos de deliberada ignorancia

sancionan lo indecible —

El silencio es complicidad, es traición.

Referencias

[1] La confesión autobiográfica de Douglas Smith puede leerse en su web (www.antipsychiatry.org).

[2] Las palabras entrecomilladas provienen del siquiatra Walter Afield, citado en Fred Baughman: “The future of mental health: radical changes” in USA today magazine (1 March 1997).

[3] Esta persona me pidió que no revelara su nombre por temor al estigma social.

[4] Sharkey: Bedlam, pp. 173 & 12

[5] Richard Sarles, citado en ibídem, p. 97.

[6] Robert Trachtenberg, citado en ibídem, p. 277.

[7] Howard Rome, citado en Szasz: La fabricación de la locura, p. 346.

[8] Harvey Tompkins, citado en ibídem, p. 344.

[9] Cory Gilbertson, quien trabaja en el United States Department of Health and Human Services (HHS) y la Office of the Assistant Secretary for Budget, Technology and Finance (ASBTF), gentilmente respondió una misiva mía en la que le preguntaba sobre los gastos nacionales en salud mental en su país. Las cifras del año 1997 que menciono provienen de su carta.

[10] Frederick Goodwin, citado en Sharkey: Bedlam, p. 283.

Published in: on mayo 15, 2009 at 1:30 pm  Dejar un comentario  

Hacia una sociedad psicocivilizada

Llegado este punto percibo una dificultad retórica. El seguir denunciando a la sociedad a este nivel, a toda la sociedad, hace que mi crítica parezca irreal y excesiva. No obstante, he decidido llegar al fondo del asunto, y pocas cosas muestran mejor que la sociedad es criminal que el Premio Nobel que le dieron a Egas Moniz por cortar el cerebro de personas en forma involuntaria.

Los poderes inquisitoriales que tanto el gobierno como la sociedad civil le han otorgado al siquiatra son tales que se vuelven aún más alucinantes cuando percibimos lo que algunos médicos planean para el futuro de la humanidad. Si se toman en serio, por ejemplo, las propuestas del neurólogo José R. Delgado, se verá que este médico quiso darle al mundo donde vivimos algunos toques auténticamente orwellianos. Delgado fue profesor de fisiología en la Universidad de Madrid y director de neurosiquiatría en la Facultad de Medicina de la Universidad de Yale. Por medio de la estimulación intracerebral con electrodos insertados en cerebros de animales, Delgado logró controlar la agresividad de los chimpancés e incluso detener en seco la embestida de un toro furioso en una plaza de Madrid. Pero Delgado acarició la idea de aplicar estos experimentos a la raza humana. En su libro Physical control of the mind: towards a psychocivilized society (Control físico de la mente: hacia una sociedad psicocivilizada) Delgado propuso usar sus electrodos para modelar y corregir a la civilización, y promulgó “la necesidad de crear institutos neuroconductuales”. Al principio de su libro Delgado alardeó: “Las siguientes páginas contienen una discusión sobre lo que es la mente, los problemas tecnológicos involucrados en su control por medios físicos, y la visión para el desarrollo de una futura sociedad psicocivilizada”.[1]

De llevarse a cabo, estas medidas empequeñecerían no sólo a Torquemada sino a Stalin mismo. Pero la ominosa realidad es que, al igual que Delgado, algunos siquiatras también creen que tienen derecho a meterse quirúrgicamente con el cerebro humano para controlar a la población. La manera como creen en su propia rectitud para que no les tiemble el bisturí al remover el tejido cerebral de los individuos a controlar es convencerse de que todos los problemas sociales son problemas médicos. Un buen ejemplo de esta postura es la del doctor Miguel Ángel Pérez, quien presidió la Sociedad Mexicana de Psiquiatría Biológica en la Ciudad de México. En una apasionada defensa de la lobotomía que hizo en la prensa mexicana, el doctor Pérez alegó:

La gran mayoría de los cautivos delincuentes (los offenders) en todas las cárceles del mundo no son sino dañados cerebrales […] cuya clasificación antigua era la de “sociópatas” y en la actualidad de individuos con una “personalidad antisocial” y que constituyen el material biológico enfermo que los neurocirujanos manejarían terapéuticamente, dentro de las prisiones.[2]

Delgado y Pérez escribieron estas cosas a finales de los 1960 y a principios de los 70. Pero en las décadas de los ochenta y noventa, e incluso en los albores del siglo XXI, hay siquiatras que continúan fantaseando con escenarios orwellianos. En el año 2000 Bruce Price, Raymond Adams y Joseph Coyle, prominentes siquiatras de Harvard, escribieron en Neurology, la revista oficial de la Academia Americana de Neurología, lo siguiente:

¿Qué intervenciones podremos emplear para rehabilitar el cerebro del paciente y su conducta?… ¿La psicofarmacología? ¿La neurocirugía, es decir lesiones estereotáxicas [lobotomías], transplantes celulares? Con las probabilidades que se ciernen de nuestra capacidad de fungir como ingenieros sociales del cerebro por medios genéticos o médicos, algunas preguntas esenciales deben abordarse.[3]

Skinner, el fundador del conductismo, también fantaseó mucho con controlar al individuo en un mundo psicocivilizado. Más alarmante es ver que la misma ONU le hace propaganda a la siquiatría en diversas naciones. Conjuntamente con el gobierno mexicano, en marzo de 2004 Anders Kompass, el Alto Comisionado de la ONU para los derechos humanos en México, elaboró un proyecto denominado Diagnóstico sobre la situación de los derechos humanos en México, que incluye el área de salud mental del país. Aunque parezca increíble, el objetivo de ese rubro en especial es escalar, bajo el paraguas de la ONU, la represión siquiátrica de la sociedad civil mexicana. Citaré el documento publicado y firmado por el Alto Comisionado de las Naciones Unidas:

Descripción

De acuerdo con la SSA [Secretaría de Salud], una quinta parte de la población padece en el curso de su vida algún trastorno mental: cuatro millones de adultos presentan depresión, medio millón esquizofrenia […]. Aunque hay grandes avances en las neurociencias, son pocos los mexicanos que disfrutan de estos avances por el rezago en el sistema de salud de nuestro país y la falta de equidad en el acceso de salud. Ni siquiera los conocimientos básicos, clínicos y terapéuticos, acerca de los trastornos mentales han tenido el impacto que debieran, ya que son desconocidos por parte de la población […]. La mayoría de los médicos no psiquiatras desconocen los manuales diagnósticos […]. Por ejemplo, en 70% de los casos la esquizofrenia empieza en la adolescencia. Desafortunadamente, se estima que 50% de los enfermos de esquizofrenia no son tratados adecuadamente o no han tenido contacto con médicos especializados […]. Hay pocos especialistas y están mal distribuidos. Son escasos los recursos económicos dedicados a la salud mental. Del gasto total destinado al ámbito de la salud, se destina menos de 1% a la salud mental, siendo que, de acuerdo con la Organización Mundial de la Salud, debería ser de un 10% […]. Para la hospitalización psiquiátrica hay 50 instituciones que se encuentran distribuidas de manera desigual en sólo 25 estados del país […]. En el caso de la atención psiquiátrica infantil la magnitud del problema es mucho mayor, pues en el país existe un solo hospital. De acuerdo con la recomendación de la Organización Mundial de la Salud, el número adecuado de médicos psiquiatras especializados en niños debería ser de uno por cada diez mil. En México, en cambio, hay uno por cada 200 mil […].

Propuestas

• El gobierno federal debe realizar campañas permanentes de sensibilización para el paciente, los familiares, los acompañantes terapéuticos, el personal de enfermería y los amigos cercanos. Estas campañas deben dedicar una atención especial a las enfermedades que se han disparado, como la depresión y la esquizofrenia, que pueden conducir al suicidio.

• En el plano de la economía familiar la Secretaría de Salud, con asesoría del Instituto Nacional de Neurología, debe elaborar una lista de medicamentos básicos […]. La lista recomendada de medicamentos cuyo precio debe reducirse es la siguiente: risperidona [neuroléptico], clozapina [neuroléptico], olanzapina [neuroléptico], perfenacina [neuroléptico]; haloperidol [neuroléptico]; doxepina [antidepresivo]; amitriptilina [antidepresivo]; clorimipramina [antidepresivo]; imipramina [antidepresivo]; fluoxetina [el famoso Prozac]; paroxetina [antidepresivo]; citalopram [antidepresivo]; sertralina [antidepresivo]; diazepam [tranquilizante]; lorazepam [tranquilizante]; midazolam [tranquilizante]; flunitrazepam [tranquilizante]; levomepromacina [neuroléptico] […].

• Deben ponerse en funcionamiento efectivamente centros de atención intermediarios entre el hospital y la casa […] y equipos de atención ambulatoria integrados por un psiquiatra, psicólogo, enfermero y trabajador social y con atención domiciliaria cuando se requiera.[4]

Si las propuestas al gobierno federal se siguen, indican el surgimiento de un Estado Terapéutico en México. Respecto a los neurolépticos el pasaje más desinformante dice: “Desafortunadamente, se estima que 50% de los enfermos de esquizofrenia no son tratados adecuadamente o no han tenido contacto con médicos especializados. Es por ello que el 80% se vuelven discapacitados”.

Como vimos en la primera parte, lo diametralmente opuesto es verdad. Son los países más pobres, que no pueden comprar tanto neuroléptico, donde los índices de recuperación para la gente en crisis son más altos. La propuesta de la ONU de bajar los precios de neurolépticos en estos países es algo que, en lo personal, me duele hondo. Estos países no han sido tan infectados con la siquiatría; culturalmente hablando, son naciones relativamente vírgenes, no globalizadas. ¡Pero es precisamente allí donde la Big Pharma codicia introducir sus iatrogénicos productos! Esto lo hacen alegando, como lo hizo la ONU en México, que de otra manera esta gente “se vuelve discapacitada” —¡el inverso exacto de la realidad según los datos que posee la misma Organización Mundial de la Salud! Si el mundo termina globalizándose bajo los lineamientos de unas multinacionales, la ONU y una OMS sin escrúpulos, en el futuro no habrá gente que se recupere después de sus, hasta ahora, temporales crisis psicóticas. Terminarán como los países en que se practican los tratamientos invasivos donde la gente hace “carrera” de enfermos mentales.

El 19 de abril de 2005 Anders Kompass, quien firmó el documento del que saqué los extractos arriba, presentó en el Auditorio Nacional de la Academia de Medicina en la Ciudad de México una conferencia sobre el citado documento. Eso me dio la oportunidad de confrontarlo, y lo hice tanto en público como en privado. Entre un público de cientos de profesionales tomé el micrófono al final de su presentación. Antes de intervenir hice unas notas desde mi asiento sobre lo que diría, por lo que puedo citar casi verbatim lo que le dije a Kompass:

He leído el documento que su oficina y el gobierno de México firmaron sobre salud mental, y temo decir que discrepo. Presenta la opresión siquiátrica como una salvaguardia a los derechos humanos, especialmente en el área de administración de drogas siquiátricas al pueblo de México. Su documento promueve a la siquiatría como si fuera una ciencia real. Quisiera saber si usted sabe que aún se realizan lobotomías en México, y que aquí se practica el electroshock involuntario. En lo personal, conozco gente cuerda que ha sido electrochocada contra su voluntad. Me alarma que, bajo el paraguas de la ONU, el documento que usted firmó permita estas violaciones a los más elementales derechos humanos.

Aunque Kompass se molestó por mi intervención, ya en privado me atreví a abordarlo durante un receso. Kompass se limitó a responder en perfecto español que, como funcionario de la ONU que colabora con la Organización Mundial de la Salud, tiene que seguir los lineamientos de su cargo. No pude discutir más allá de esta confesión. Me pareció que el Alto Comisionado en Derechos Humanos estaba más interesado en su carrera que en los derechos. Por ejemplo, nada me dijo de las lobotomías o electroshocks a gente cuerda que había denunciado cuando me pasaron el micrófono. Casos como el de Mario Cantú debieran haber sido centrales en su documento que presumía defender los derechos humanos en el área de salud mental. Aunque me concreté al caso de México, la propaganda que Naciones Unidas hizo en la ciudad en que vivo es paradigma del tipo de sociedad psicocivilizada que está implementándose internacionalmente bajo el paraguas de las organizaciones más respetadas. Dado que la opresión siquiátrica se disfraza en luchar por estos derechos, el caso de la ONU es el más cínico y desvergonzado que conozco.

Algo similar puede decirse de los escritos de los siquiatras más influyentes. En Nuevos caminos de la psiquiatría, uno de los últimos libros de Ramón de la Fuente, quien aprecia el trabajo de su colega Delgado de meter alambres en el cerebro, el siquiatra mexicano manifestó acerca de estas intervenciones: “La estimulación intracerebral, cuyas técnicas se han diversificado y refinado en los últimos años, pueden ser un recurso importante en el tratamiento de los desórdenes graves de la conducta dentro del marco de referencia de la teoría del aprendizaje. Es de preverse que el potencial de la estimulación intracerebral será más intensamente explorado en el futuro próximo”. Y al final de su libro apostilló: “Hoy en día, la gran expectativa es actuar sobre la mente a través del cerebro”. Ni más ni menos que El Colegio Nacional (conjuntamente con el FCE) publicó el libro donde de la Fuente escribió esta monstruosidad.[5] Un artículo que leí en 2003 decía algo similar. Algunos científicos lucubran con idear un chip para implantarlo en el cerebro de los sujetos a controlar.[6] Ya me imagino en un futuro una sociedad psicocivilizada en la que a los disidentes del sistema (“desórdenes graves de la conducta”) no sólo se les quimicalice su cerebro con neurolépticos sino se les implante dispositivos para que sea aún más fácil controlarlos. Fueron precisamente unos electrodos implantados en los cerebros de unos pobres gatos lo que vi en uno de los laboratorios del Instituto Nacional de Psiquiatría. Ahí, un neurofisiólogo me confesó que en el Instituto Nacional de Neurología se hacían experimentos cerebrales con humanos.

Referencias

[1] José M. R. Delgado: Physical control of the mind: towards a psychocivilized society (Harper & Row, 1969), p. 20.

[2] Miguel Ángel Pérez-Toledo: “La psicocirugía y lo tendencioso: acerca de la manipulación de la información científica” en Alternativas, p. 197. Este artículo apareció originalmente en Diorama de la Cultura (15 abril 1973).

[3] Bruce Price, Raymond Adams y Joseph Coyle, citados en Szasz: Pharmacracy, p. 105.

[4] Diagnóstico sobre la situación de los derechos humanos en México. Publicado por la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos (2004), pp. 177-78.

[5] De la Fuente: Nuevos caminos de la psiquiatría (El Colegio Nacional & Fondo de Cultura Económica, 1992), pp. 54 & 101.

[6] Esta información también aparece en Thomas Szasz: The meaning of mind: language, morality and pseudoscience (Praeger, 1996), p. 79.

Published in: on mayo 15, 2009 at 1:10 pm  Comments (5)  

Qué es realmente la siquiatría

“Cuando es la sociedad misma el tirano—la sociedad colectivamente— ejerce una tiranía social más formidable… ya que deja menos medios de escapar de ella”. – John Stuart Mill [1]

HE DEFINIDO al Estado como el monopolio de la violencia. A lo largo de la historia el monopolio estatal de la violencia ha sido teocrático, autocrático, aristocrático, fascista, comunista o democrático. Pero el concepto de un estado dentro de un estado representa otra forma del uso legal de la fuerza: el farmacrático. Del griego pharmakon, medicina o droga, la farmacracia sería el dominio por su familia de algunos miembros de la población joven en colusión con algunos médicos en aras de un colectivismo coercitivo.[2] Por otro lado, he definido a la siquiatría como la manera seudocientífica como el status quo se defiende. El sistema se defiende negando que algunos padres destruyen las mentes de sus hijos. Quisiera ampliar esta definición, pero antes debo mencionar lo que Kingsley Davis escribió en la revista Psychiatry en 1938. Tiene ya tantos años su artículo que el reputado sociólogo usó expresiones que han caído en desuso, por lo que en las siguientes citas remplazaré la “higiene mental” textual por “siquiatría”. El pensamiento de Davis arroja luz sobre por qué los pronunciamientos de los citados ideólogos no han escandalizado a la opinión pública.

Familiarizado de antemano con la postura de Platón, Rousseau y otros ingenieros sociales, Davis escribió: “La siquiatría resulta ser no tanto una ciencia para la prevención del trastorno mental, como una ciencia para la prevención de la delincuencia moral […]. Una vez definida la salud mental en términos de conformidad respecto a una ética básica, la siquiatría es un logro para el cual hay que librar batalla en muchos otros frentes”.[3] En otro de sus escritos Davis aclara qué son estas batallas: “Presionar sobre las legislaturas, utilizar armas políticas y sobre todo negar públicamente su auténtica finalidad”.[4] En su artículo de Psychiatry Davis añadió: “Asimismo, dado que se mantiene la ficción científica, el carácter ético del movimiento no puede ser nunca consciente y deliberadamente establecido, y por ende sus metas conservan su naturaleza nebulosa y oscurantista”.[5] Maquiavelo no lo pudo haber dicho más claro. Estos pasajes me recuerdan tanto la innovación de Heinroth, usar las palabras “pecado” y “enfermedad” intercambiablemente, como la política de Luis XIV que encarceló a la gente considerada “insensata” por la mayoría dominante. Y precisamente porque el siquiatra, nos dice Davis, “sanciona por vía secular y bajo el disfraz de la ciencia las normas de la sociedad entera”, eso le da carta blanca para “lanzarse a hacer evaluaciones, incursionar en campos que la ciencia social no tocaría, porque posee un sistema ético implícito que, siendo el mismo de nuestra sociedad, le permite enunciar juicios de valor, obtener apoyo del público y gozar de un inalterable optimismo”.

Unos años después de que Davis escribiera su artículo la misma Organización Mundial de la Salud (OMS) definió a la enfermedad de forma revolucionaria, rompiendo con el concepto tradicional que se tenía de enfermedad como una condición somática. En 1946 la OMS definió a la salud como “el estado de completo bienestar físico, mental y social, y no meramente la ausencia de enfermedad o endeblez”.[6] Tal definición le da a la profesión médica, como nos dice Davis, el poder político para hacer evaluaciones e incursionar en campos que la ciencia no se atrevería a tocar. El mismo Kraepelin definió a la siquiatría como “un regidor absoluto que, guiado por nuestro conocimiento actual, podría intervenir despiadadamente en las condiciones de vida de la gente”.[7] Como ejemplo podemos notar que a quienes acarician la idea de abandonar este mundo, se les electrochoca. Si la gente no se percata que esto es una acción inquisitorial se debe a que el continente fue conquistado por una sola religión: la cristiana. No fue conquistado, digamos, por los japoneses: cultura en la que el suicidio es un acto honroso.América fue colonizada por una civilización que mantiene que la vida humana no le pertenece al ser humano, sino a la providencia: una cultura tan intolerante hacia el suicidio que la intolerancia persiste en nuestros tiempos secularizados. Davis añade: “Disfrazado su sistema valorativo por medio de la posición psicologista como consejo racional fundado en la ciencia, puede alabar y condenar convenientemente protegiéndose en el escudo médico-autoritario”.[8]

Kingsley Davis publicó su artículo más de veinte años antes de que Foucault publicara su historia de la siquiatría.[9] Pero el marco conceptual para entender al movimiento de salud mental puede ya colegirse de algunos textos de Alexis de Tocqueville y de John Stuart Mill. Sobre la Inglaterra decimonónica Mill nos dice: “Hay algo a la vez denigrante y horrible, en la especie de testimonio sobre el cual, en los años últimos, toda persona puede ser judicialmente declarada incapaz […], como muestra de locura”. Y añade: “Estos juicios dicen más que volúmenes enteros sobre el estado de la opinión vulgar respecto a la libertad humana”. Estas son las notas finales de Sobre la libertad. Mill concluye: “En otros tiempos, cuando se proponía quemar los ateos, gente caritativa acostumbraba a sugerir su reclusión en una casa de locos; no sería sorprendente que viéramos esto mismo hecho en nuestros días”.[10]

La “tiranía de la mayoría” que tanto temían Jefferson y Madison no tolera la excentricidad.Toda desviación de la norma, aunque sea una excentricidad que no dañe a nadie, es considerada desleal. La intolerancia, esto es, la disposición de la mayoría de imponer sus normas sobre la minoría, es el otro lado de la moneda del conformismo social. En Sobre la libertad Mill no propuso tanto defender los derechos del individuo excéntrico —un ateo por ejemplo— frente al Estado. Propuso defender sus derechos frente a la sociedad misma: un Leviatán gigante. Para Mill su gran misión fue decir lo que pensaba de la sociedad moderna, especialmente del poder de la opinión pública sobre el individuo distinto. La solución colectivista propuesta desde Platón, Aristóteles y Rousseau teme al Otro y no permite aristas. Si hay algo que, a lo largo de su prolongada carrera, Peter Breggin notó en su consulta es que es precisamente a los niños y adolescentes más despiertos e individualistas a quienes los padres y los médicos los controlan con drogas siquiátricas. En mi familia, por ejemplo, yo era el más individualista de mis hermanos, y a mí fue al único que mi madre drogó en contra de la propia voluntad. Pero una hechura homogénea decidida a establecer una norma de igualdad en una familia tradicional es una forma de despotismo. El colectivismo familiar es opuesto al ideal de Píndaro ¡Llega a ser lo que eres!, realízate; y también es opuesto al ideal romántico del “derecho del individuo a desarrollarse por sí mismo” ejemplificado en Goethe. Aunque parezca paradójico, en filosofía del derecho no se considera que el derecho a la vida ocupe el primer lugar, sino el derecho al libre desarrollo de la personalidad, porque la vida sola coaccionada y esclavizada de un individuo ya no es vida. Sobre la presión social de millones de atmósferas que impide este desarrollo, Tocqueville escribió en La democracia en América: “La clase de opresión por la que las naciones democráticas están amenazadas es completamente distinta de lo que jamás ha existido en el mundo”. “Nuestros contemporáneos no encontrarán prototipo de esto en sus memorias. En vano busco una expresión que transmita adecuadamente la idea que tengo de todo esto. Las viejas palabras ‘despotismo’ y ‘tiranía’ son inapropiadas. Estamos ante algo nuevo”.[11] Las observaciones de Tocqueville dejaron una profunda huella en el pensamiento que Mill expresaría un poco más tarde en Sobre la libertad. “He notado que la ventaja de la democracia no es, como se había dicho algunas veces, que procura protección a los intereses de todos, sino simplemente a los intereses de la mayoría”.[12]

Tocqueville y Mill se percataron de una parte oscura, de unas consecuencias no queridas ni planeadas, de la democracia moderna. En las naciones democráticas la fuerza política de la mayoría se ha convertido en una fuerza que sobrepasa la de las antiguas tiranías; aunque la manera de ejercer tal fuerza es mucho más sutil, e infinitamente más difícil de detectar, que el de una tiranía clásica. La razón de esto es que los valores de la mayoría nos rodean tanto como el océano al pez. La invisibilidad de este “totalitarismo suave” es el corolario de la democracia, el gobierno del dêmos: el omnipresente pueblo o masa. Como la siquiatría basa su poder en las mayorías, tanto las universidades como el gobierno, que sólo reflejan las pasiones de la masa, han ignorado a los desenmascaradores del movimiento de salud mental. “En América”, escribió Tocqueville, “la mayoría levanta barreras formidables contra la libertad de expresión; siempre que no atente contra estas barreras, un autor puede escribir lo que le guste. Pero ¡ay de él si las traspasa!” Tocqueville puntualiza que no hay peligro de persecución. Al pensador disidente, a un Szasz o a un Breggin por ejemplo, prácticamente se le ignora. Se le aplica lo que los alemanes llaman Totschweigetaktik: la táctica de matar al opositor mediante ignorar todo lo que dice. Nunca ha habido en las facultades de medicina una discusión leal sobre el trabajo de decenios de Szasz y de Breggin. Existe una convención tácita para que los fundamentos del movimiento de salud mental no sean siquiera discutidos.[13]

La masa forma su opinión por la escuela, los periódicos y la televisión. Mill creía que el individuo autodidacta es el antídoto de la nueva forma de control de la masa. Por ejemplo, ninguna organización denunció a la Inquisición a lo largo de los siglos de su existencia. Fueron los individuos, muchas veces individuos aislados, quienes vieron los crímenes de la iglesia; y desde el siglo de Mill hasta el nuestro, Zolá, Solyenitsin, Robert Spencer, Oriana Fallaci entre otros, vieron otros tipos de crímenes. Por eso Mill amaba tanto al individuo distinto y temía a la masa ciega; y recelaba de la democracia por ser potencialmente la forma más opresiva de gobierno. Por eso también el siquiatra, el agente de la mayoría aplastante, recela del individuo y de la formación de individualidades originales, y ama a la masa gracias a la cual hace su modus vivendi. En contra de lo que generalmente se cree, nos dice Isaiah Berlin en un lucidísimo ensayo conmemorativo del centenario de Sobre la libertad, la nota predominante en los escritos del Mill no es el utilitarismo. Este manifiesto “es la exposición más clara, simple, persuasiva y conmovedora del punto de vista de aquellos que desean una sociedad abierta y tolerante” —tolerante hacia el individuo distinto, quiso decir Berlin. Mill es la antítesis de Platón y de Rousseau; del siquiatra y de las fuerzas sociales que dieron origen a su profesión. Lo que más llegó a valorar fue la chispa del genio individual, la anomalía humana, y Sobre la libertad, que empezó a escribir en 1855 a sus cincuenta años, es la obra clásica en pro de la libertad individual. Sobre todas las cosas amaba Mill al pensador independiente, al trabajador solitario; al disidente, al eterno cuestionador de los valores establecidos, al joven oposicionista que se sale de la regla siempre y cuando no viole los derechos de los demás; al que cuestiona el dogma y los prejuicios de la masa; en una palabra, al outsider calumniado de esquizoide por su familia y los policías de la mente.

En última instancia, lo que me sucedió con mi madre y su policía estriba en ver al individuo joven ya sea como una persona privada, o como propiedad parental.

Referencias

[1] John Stuart Mill: Sobre la libertad (Biblioteca Alianza Editorial, 30 aniversario, 1997), pp. 86s. Al igual que la sección en que hablé del Gran Encierro de Foucault, muchas frases de este capítulo están sacadas, a veces literalmente, de esta espléndida edición de Sobre la libertad, especialmente del comentario de Isaiah Berlin. La única novedad es que me enfoco en la siquiatría: un tema que Berlin no aborda.

[2] Thomas Szasz explica detalladamente el concepto de “Estado Terapéutico” en su libro Pharmacracy. La mayor diferencia entre su postura y la mía es que Szasz generaliza demasiado esta noción, y es ciego ante los hallazgos de los pioneros del modelo del trauma.

[3] Kingsley Davis, citado en Szasz: Ideología y enfermedad mental, p. 220. El artículo de Davis en Psychiatry se encuentra en el vol. 1, 1938, pp. 55-65.

[4] Ibídem, p. 52. El artículo de Davis en American sociological review se encuentra en el vol. 1, 1936, pp. 236-47.

[5] Ibídem, p. 220.

[6] “Mental hygiene” in Encyclopaedia Britannica, Deluxe edition (Windows CD-ROM 2000).

[7] Emil Kraepelin, citado en Erwin Ackerknecht: A short history of psychiatry (Hafner Publishing Co, 1959), pp. 33s.

[8] Davis, citado en Szasz: Ideología y enfermedad mental, p. 220. La edición en uso del DSM nos presenta la siguiente patraña en su introducción: “Ni el comportamiento desviado (p. ej., político, religioso o sexual) ni los conflictos entre individuo y sociedad son trastornos mentales, a no ser que la desviación o el conflicto sean síntomas de una disfunción” (DSM-IV: Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales, p. xxi). La verdad es que en la práctica los siquiatras usan el DSM precisamente como Amara lo usa al censurar la conducta socialmente desviada de los adolescentes que estigmatiza en su consulta y programa de radio. Esto es intrínsecamente inherente al DSM, no a los “abusos” de su interpretación de supuestos médicos sin escrúpulos.

[9] En la primera parte había mencionado Nueva historia de la psiquiatría, el erudito tratado pro siquiátrico que escribieron cuarenta autores. Héctor Pérez Rincón, uno de los contribuyentes, escribió: “No se puede hablar de la historia de la psiquiatría de la Nueva España sin tomar en consideración la actividad de la Inquisición en algunas conductas que hoy día serían calificadas de psiquiátricas”. Pero omití decir que el primer ejemplo que este siquiatra mexicano puso de una de estas conductas siquiátricas es el de “las desviaciones sexuales” (citado en Poster y Quétel: Nueva historia de la psiquiatría, p. 525). Fue precisamente la represión siquiátrica que debido a su homosexualidad sufrió Foucault de joven lo que lo movió a escoger el tema de su ahora famosa tesis doctoral, Historia de la locura, escrita desde el punto de vista opuesto a Nueva historia de la psiquiatría. Pérez Rincón, que contribuyó a esta última, resuena a Freud. Como vimos en la primera parte, la descripción freudiana de la histeria puede interpretarse como una revisión semántica de la demonológica (las brujas).

[10] Mill: Sobre la libertad, p. 262.

[11] Alexis de Tocqueville: Democracy in America (Vintage, 1945), vol. II, p. 336.

[12] Tocqueville, citado en Mill: Sobre la libertad, p. 62 del álbum.

[13] En La sombre del águila Mark Hertsgaard, un estadounidense crítico del proyecto de su nación, dice lo mismo que decía Tocqueville más de siglo y medio antes: en la sociedad norteamericana actual no hay una libre discusión de los temas fundamentales. Exactamente lo mismo puede decirse de otras culturas.

Published in: on mayo 15, 2009 at 12:41 pm  Dejar un comentario  

Breve definición

El pensamiento de Tocqueville y de Mill provee la plataforma conceptual para entender los artículos de Davis y el estudio de Foucault; y me mueve a intentar una definición del movimiento de salud mental que, además de lo dicho en capítulos anteriores, tome en cuenta sus observaciones.

Desde el punto de vista de la ciencia, y específicamente en base a la prueba de tornasol que distingue entre ciencia y seudociencia, la siquiatría, una supuesta especialidad médica, no es una ciencia. El concepto central en siquiatría, la entidad llamada enfermedad mental no está definido en términos biomédicos sino políticos; y la llamada siquiatría biológica no ha presentado sus teorías de forma contrastable o refutable: un signo inequívoco de seudociencia.

Desde el punto de vista de la política y del derecho, la siquiatría es un órgano de la sociedad que, desde la familia, regula la conducta humana. Es una institución paralegal de penalidades de las democracias. Con tecnologías en base a drogas controla a los individuos que se salen de lo común: especialmente a la gente perturbada y/o vapuleada por sus padres o familiares abusivos (en el sector privado), o marginada por una sociedad desigual (en el sector público). La gente estigmatizada ante la sociedad no ha infringido la ley. A través de esta especialidad médica las sociedades escamotean el hecho que algunos padres destruyen la salud mental de sus hijos. En el caso de la población cuerda, que es considerable —piénsese en los millones de niños y adolescentes drogados a iniciativa de sus padres y la escuela—, se eliminan las aristas la iniciativa individual.

La verdad última sobre este asunto es que la sociedad ha creado toda una profesión con el propósito expreso de cegarse ante lo que los siquiatras disidentes denominan el modelo del trauma de los trastornos mentales.

Published in: on mayo 15, 2009 at 12:21 pm  Comments (10)