Un gentleman en los medios

DESDE los años ochenta el doctor Giuseppe Amara [1] aparece constantemente en televisión, además de tener varios libros publicados. El domingo 6 de marzo de 2005 Amara habló de las bondades de la siquiatría en la llamada Hora Nacional del radio, y sus comentarios se escucharon en todos los canales mexicanos. Uno de sus colegas me comentó que en un programa Amara se dedicaba a dar consejos por la radio. Nunca lo había escuchado con atención, y si lo hice fue sólo para averiguar si lo que decía en la radio era relevante para este libro.

Lo es. Y de qué forma. En un programa escuché el caso de un sujeto en España que asesinó a su hijo con dos hachazos en la cabeza, y Amara se condolió no de la víctima, sino de los padres que no pueden soportar este tipo de hijos. A diferencia de mis capítulos sobre el diagnóstico de Amara, que pueden despertar sospechas de si fui fiel a sus palabras, en este caso lo grabé. Eso significa que ahora puedo citarlo verbatim.

Desde finales del siglo XX hasta principios del nuevo siglo la voz de Amara se escucha de lunes a viernes en el programa Parejas disparejas y la familia que dirige la doctora María Elena Micher. Parejas disparejas sale al aire en la Ciudad de México, Monterrey y Guadalajara. En el programa del 11 de octubre de 2000 Micher leyó un desplegado sobre el padre que mató: “de dos hachazos en la cabeza a su hijo, enfermo psíquico, mientas dormía. La víctima, J.C.D. de treinta y tres años frecuentemente maltrataba tanto verbal como físicamente a sus padres según el alcalde de la población”. Micher no nos dice si los padres habían maltratado verbal y físicamente a su hijo cuando era un niño. Pero añadió que el filicidio: “se produjo en el domicilio familiar y el agresor, J.C.N. de setenta y tres años, se entregó a la policía sin oponer resistencia. La familia había denunciado por malos tratos al enfermo que tras ser internado en un centro psiquiátrico volvió a la casa”. Durante el comercial dejé de grabar. Cuando accioné la grabadora de nuevo perdí el inicio de la siguiente frase de la conductora. Pero registré la parte crucial de su charla con Amara:

Micher: […] después de años de, pues de, de sentirse víctimas ¿verdad?, o de ser víctimas de este enfermo [énfasis en la voz de Micher]. Pero obviamente este enfermo psíquico —y lo hemos hablado en muchas ocasiones aquí Giuseppe: ¿qué hacer [pausa retórica en la frase de Micher]—

Amara: Así es.

Micher: —con estos familiares que tenemos enfermos que no controlan sus impulsos, que ya ni las medicinas los controlan y que los regresan y les dan de alta? [entonación de súplica y casi de angustia en la voz de Micher].

Amara: Por eso—

Micher: Tú has hecho mucha insistencia en eso—

Amara: Por eso sigo haciendo insistencia porque no es un caso aislado.

Micher: ¡Ay!

Amara: Por eso leemos notas tan tristes, tan desagradables, de ataques de los propios padres a los pacientes psiquiátricos. O al revés: muchas veces son los pacientes quienes atacan a los padres, o los mantienen en un nivel de vida casi intolerable, insoportable. ¿Cuántas madres, cuántos padres no tienen algún hijo con un problema psiquiátrico grave [pausa y énfasis en la voz de Amara] que no pueden atenderlo, no pueden desde luego ayudarlo? Sabemos que se resisten a tomar medicamentos. Sabemos…

Micher (interrumpiendo): Aquí tuvimos un caso. ¿Recuerdas que vino la hija y la mamá estaba en la cárcel precisamente porque había matado a su hijo esquizofrénico?

Amara: Sí. En fin. Hay un sin fin de casos así donde, eh, los recursos que tienen los padres son por ejemplo emplear enfermeros para que con la fuerza [énfasis en la voz de Amara] lo lleven a algún hospital, o incluso a veces a la policía. Y esto implica golpes, maltratos, faltas de comprensión. Tienen que darles medicinas en forma encubierta, cuando pueden. No siempre se puede hacer.

Más de dos decenios después de lo que le aconsejó a mi madre, Amara continúa creyendo que drogar a los hijos “en forma encubierta” es algo bueno y necesario según sus propias palabras. Prosigamos con su discurso:

Son peligrosos para sí mismos y para los otros. Causan disturbios sociales. Y esta es la crisis de la psiquiatría llamada institucionalizada. En los años sesenta, hasta los años sesenta había sistemas de hospitales psiquiátricos, había la idea de tener hospitales psiquiátricos, había la idea de tener recintos, casas de medio camino, en fin. Con las reformas de la llamada antipsiquiatría se trató de vaciar los hospitales psiquiátricos y enviar a los pacientes psiquiátricos a las calles por decirlo así; a las familias. Esto no se ha resuelto completamente y sigue siendo un drama, un dilema tanto en Europa como aquí. No podemos, no podemos responsabilizar a los padres de mantener a raya, de contener y de medicar a los hijos que sean trastornados psiquiátricos, porque los trastornos son tan severos que es casi imposible: la familia se desquicia y además no hay, no hay capacidad alguna de contención. De manera que sigue siendo un dilema. Lo hemos planteado muchas veces. Hemos pedido ayuda a algunos asesores de la Cámara de Diputados que ayuden a ver qué hacer en el futuro con estos numerosos casos de pacientes con trastornos psiquiátricos graves [énfasis en la voz de Amara] que los familiares no pueden atender.

Esto me recuerda la iniciativa de NAMI de acudir al Congreso de Estados Unidos para que el siquiatra tenga aún más poder sobre los niños y adolescentes. Lo que llama la atención de esta conversación grabada es que, como lo hizo Freud con los inquisidores que martillaban a mujeres indefensas, Amara y Micher dialogaron implicando que el enfermo no fue el padre que le abrió la cabeza a su hijo, sino el joven asesinado. El indefenso que dormía resultó ser el culpable.

¿Se ve por qué no exagero al decir que después de que un padre martillea a su hijo hasta la muerte —literalmente— el siquiatra toca la armónica sobre el cadáver y charco de sangre? Para siquiatras como Amara los padres son siempre las víctimas aun si cometen filicidio; los hijos, los trastornados. La etiqueta se la lleva el hijo independientemente del nivel del crimen del padre, quien libra la etiqueta. Para Amara, una vez estampada la etiqueta a un chico es imposible pensar que la falta pudo provenir del padre. En lugar de aprovechar la ocasión para abordar el tema de los padres asesinos, Amara prefirió tocar su armónica. Pero lo más wonderlandesco que se desprende de las palabras de Micher es que el crimen no se le imputó al padre, sino al hijo (“después de años de, pues de, de sentirse víctimas ¿verdad?” “Así es” —Amara). Y en esta Lógica Wonderland donde todo está invertido Amara habló de las verdaderas víctimas, como el que inocentemente dormía durante el atentado, como “peligrosos para sí mismos y para los otros”.

Debo decir que este “peligrosos para sí mismos y para los otros” es la fórmula siquiátrica estándar que los siquiatras usan para encarcelar a un civil que no ha roto la ley. La trampa de la fórmula estriba en que es imposible predecir la conducta futura de un individuo, y por esa razón las sociedades libres prohíben el llamado arresto preventivo. Pero es un hecho indiscutible que este tipo de arrestos continúan, y de manera masiva en nuestras sociedades, aunque disfrazados de ejercicio médico. De hecho, con la fórmula “peligrosos para sí mismos y para los otros” en alguna parte del mundo los siquiatras están arrestando ahora mismo a algún ciudadano que ni siquiera tiene antecedentes penales. Se podría decir que la sociedad le ha concedido a los siquiatras el derecho de jugar el rol de precogs o individuos dotados con cognición previa de los crímenes, como en la película de Spielberg Minority report: sentencia previa. Pero en el mundo real los siquiatras no son dotados de película de ciencia-ficción. El diagnóstico de “esquizofrenia” no tiene validez predictiva, y si nadie puede adivinar el futuro el arresto preventivo debiera ser abolido en nuestras sociedades. No obstante, como indicó Amara, el siquiatra (que se cree precog) no duda en arrestar “a la fuerza” al joven a pesar que eso implique “golpes y maltratos” según sus palabras.

Para quienes jamás han escuchado a Amara es importante notar que en los medios habla con tal serenidad, elegancia y dominio del idioma que despoja a su discurso de toda sospecha inquisitorial. Confieso que fue sólo al capturar sus palabras exactas de mi grabadora al papel que, al leerlo ya en frío y sin su cautivante voz, me horroricé al descubrir que, como en los años setenta, Amara continúa siendo un inquisidor en el nuevo siglo. Pero Amara encubre su rol detrás de su aparentemente inofensiva profesión de sicoanalista con la que se presenta en los medios. Su cautivante voz y la manera de presentarse al público me recuerda el llamado teflón de los evangelistas de televisión. Desde la pantalla éstos ya no amenazan con el infierno a los fieles, pero algunos no han abandonado esa doctrina medieval. La modernidad se les resbala a los televangelistas a lo largo del teflón fundamentalista. Análogamente, Amara no amenaza con la lobotomía o el electroshock a sus radioescuchas, pero no ha abandonado “la idea [su énfasis] de tener hospitales psiquiátricos” como aquél donde John Bell fue encarcelado por años.

La retórica del teflón explica que casi nadie se haya percatado de las barbaridades que dice en su programa. Con Amara como estrella principal, Parejas disparejas y la familia ha salido al aire en la Ciudad de México por años, y hasta la fecha nadie lo ha denunciado. Este dato me lo reveló el productor del programa el mismo día en que se transmitió el caso del asesinato del joven y le hablé por teléfono.

“La adolescencia es la edad de las enfermedades mentales”

Amara pronunció estas palabras en el programa del día anterior del caso de los hachazos. Thomas Szasz ha dicho que cada vez que un siquiatra dice: “Fulano de tal es un enfermo mental” hay que interpretarlo como: “Este médico quiere internar a Fulano de tal”. Así que yo interpreto las palabras de Amara de la siguiente manera. La adolescencia es la edad de internar a los adolescentes si surgen conflictos con sus padres —la misma consigna de hace ya trescientos años con que se encarcelaba a los adolescentes en las horrorosas Bicêtre, Salpêtrière y más tarde en la Bastilla de París: lugar tan odiado que fue lo primero que tomaron en la Revolución. Si se descifra lo que significan los eslóganes del siquiatra se verá que la siquiatría no ha cambiado desde sus orígenes.

Como vimos al hablar de las convenciones internacionales de derechos humanos, declarar que alguien es un enfermo equivale a desnudarlo de sus derechos civiles. Así que cuando en base a que “la adolescencia es la edad de las enfermedades mentales” el siquiatra identifica a un adolescente específico, como aquél que identificó a John Bell cuando murieron sus padres, significa que su confinamiento “a la fuerza y por medio de golpes y maltratos” ya no está lejos del horizonte. Esto es lo que hace Amara en el programa de conflictos familiares que sale al aire en las ciudades más grandes de México. Cada vez que sugiere internar a un adolescente primero lo diagnostica como trastornado desde el punto de vista siquiátrico, o bien, usa tal diagnóstico para desviar la atención del padre abusivo y enfocarlo en el “enfermo”.

Como buen siquiatra, Amara no puede concebir que la adolescencia de los hijos sea la edad cuando algunos padres no toleran independencia en su progenie; que estos padres caen en actitudes devoradoras y que estas actitudes ocasionan reacciones. Amara no tiene excusa de ignorar los estudios que se han hecho sobre este tipo de padres enloquecedores. Además de haber leído mi larga epístola a la madre, los libros donde se habla de estos padres han sido traducidos al español y se han encontrado disponibles en México desde hace muchos años. (Ernesto Lammoglia, su colega que habla en otra estación mexicana sobre problemas familiares, sí menciona a estos padres tóxicos.)

Nostálgico de las instituciones de antaño, Amara dijo que debido a las reformas de “la llamada antipsiquiatría se trató de vaciar los hospitales psiquiátricos”, y que “numerosos casos de pacientes con trastornos psiquiátricos” son tan intolerables que los familiares no los pueden atender. Aquí Amara representa los intereses de tutores como el tío de John Bell que, horrorizado cuando regresaron al huérfano del hospital, lo calumnió diciendo que no podía tener a un esquizofrénico en casa. En realidad, la llamada desinstitucionalización no fue un movimiento altruista o antisiquiátrico como dijo Amara. Antisiquiatras auténticos como Ronald Laing o David Cooper jamás tuvieron el más mínimo poder en la sociedad; y Szasz, reprimido en su universidad, no tuvo la oportunidad de educar a las nuevas generaciones de jóvenes siquiatras. En Estados Unidos el haber vaciado algunos de los enormes edificios siquiátricos en los años cincuenta y sesenta no tuvo que ver con “las reformas de la llamada antipsiquiatría”. Fue el resultado de unas reformas fiscales que les permitieron a los estados transferir la carga económica de los asilos estatales a la comunidad. Los pagadores de impuestos solían pagar enormes sumas para tener encerrados a algunos de sus conciudadanos en los asilos tradicionales (en los años cuarenta el estado de Nueva York tenía que pagar un tercio de su presupuesto para mantener a estas instituciones).[2] Pero eso no significa que en la actualidad los hospitales siquiátricos se hayan extinguido. En los ochenta se construyeron varias clínicas en Norteamérica, particularmente para encerrar temporalmente a niños y adolescentes, como el hospital donde estuvo la citada niña Rachel. De hecho, en 1984 había 220 siquiátricos privados en Estados Unidos pero cuatro años después ya había 466.[3]

A grandes rasgos, la agenda política de Amara en el programa de radio es la siguiente. Ante problemas familiares como los que mencionaba Rachel —abandono de hogar, violencia física o verbal, relaciones sexuales de menores que escandalizan a los padres— el siquiatra ofrece soluciones médicas. Algunas de las declaraciones de Amara que escuché en la radio fueron increíbles. En uno de los programas afirmó: “Esa fobia hay que tratarla medicamentosamente”. En un caso de celos amorosos Amara sugirió que había que tratarlo con “medicación antidelirante” (¿neurolépticos?). Un solo sueño bastó para que Amara le diagnosticara “depresión” a una señora y aconsejara terapia, todo en menos de un minuto. (Mucha gente habla por teléfono al programa pidiendo ayuda y a veces lo único que relatan es un sueño para que el afamado sicoanalista lo analice.) Otra mujer que no quería tener relaciones sexuales con su esposo resultó tener un “trastorno de personalidad”. El aguerrido general Patton resultó un “psicópata” y no podía faltar la palabra “esquizoide” en otro caso y el mantra siquiátrico que “la dopamina interviene en la esquizofrenia”. El sesgo biologicista en estos programas para medicalizar los problemas familiares es tal que Amara ha llegado a enfrentarse a sus colegas no médicos. Me refiero a los sicoterapeutas que jamás recetan drogas siquiátricas. A diferencia de muchos analistas, los sicólogos no son siquiatras; y algunas de las críticas que hago en este libro no están dirigidas a esos profesionales.

Loana Téllez, una sicóloga graduada en la Universidad Autónoma Metropolitana que tiene su consulta en Médica Sur, me confesó a principios de 2003 que trataba a una niña cuando la madre escuchó el programa de Micher y Amara. La madre de su pacientita fue a visitar a Amara a su consultorio, y éste le dijo que quería ver un reporte clínico del trabajo de la terapeuta sobre la niña. Naturalmente, Loana resintió la intrusión en su consulta privada. Pero la madre, cautivada por el elocuente profesional —como muchas señoras en México que escuchan su programa— retiró a la niña del tratamiento con Loana para mandársela a Amara. Loana me comentó que Amara, según las palabras que inmediatamente anoté: “¡Me cuestionó mi trabajo! ¡Me voló el paciente!” (caló mexicano por robo de paciente).

Sin pruebas físicas de laboratorio, y al igual que hiciera conmigo un cuarto de siglo antes, Amara diagnosticó un problema biológico y terminó drogando a la niña.

Referencias

[1] La información sustancial sobre este sujeto aparece en la primera parte del libro, la cual sólo estará disponible en papel.

[2] Sharkey: Bedlam, p. 173.

[3] Ibídem, p. 11.

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Published in: on mayo 15, 2009 at 4:56 pm  Comments (5)  

Giuseppe Amara: “Un shock interno, importante”

El drogar a la niñez no se hace solamente en los casos de los menores que se aburren la escuela. Como veremos más adelante, también se diagnostica a los niños indigentes a fin de internarlos en siquiátricos públicos.

Uno de mis primos filmó una película sobre los niños que viven en las alcantarillas de la Ciudad de México: una ciudad donde al lado de inmensos edificios de acero y cristal coexiste un mundo literalmente underground para los desposeídos. En los diversos programas que he escuchado sobre salud mental en México jamás he oído que se hable de las injusticias sociales. Como buenos agentes del status quo, la ideología que los médicos siquiatras nos vende es que las angustias, las depresiones y toda suerte de perturbaciones son endógenas: que se originan en las biologías internas de quienes sufren estas injusticias.

Por ejemplo, la retórica de culpar a la víctima de la sociedad apareció, una vez más, en el programa de radio del 19 de octubre de 2000. María Elena Micher y Giuseppe Amara convocaron a varios de sus colegas para hablar sobre el déficit de atención en los niños. Pero en la hora y media que dura el programa (descartando los comerciales) en ningún momento los diversos especialistas hicieron crítica alguna de la educación escolarizada. Si el niño no puede concentrarse en los estúpidos programas escolares es porque su mente o cerebro están enfermos. Así de simple. Sólo el niño que no puede defenderse ante el sistema es diagnosticado y medicado. Los burros pedagogos, frase de Octavio Paz, que elaboran los tediosos programas escolares libran la etiqueta y la droga. Una buena cantidad de médicos, sicólogos clínicos, neurólogos y pediatras se encuentran cautivos en una lógica en la que sólo pueden culpar a las víctimas de la sociedad, aun si son niños muy pequeños.

Pero de lo que me concierne hablar en este libro es sobre lo que los siquiatras le hacen a los adolescentes. En otro programa de Parejas disparejas ¿y la familia? una mujer llamada Yolanda habló por teléfono para quejarse de la infidelidad de su esposo y de su hijo de diecinueve años, quien había metido a la casa a una chica para acostarse con ella además de que ocasionalmente le robaba algún dinero. Con estos datos, y sin el testimonio del hijo y del marido, no me atrevería a pronunciar un juicio. Pero no soy siquiatra ni lanzo anatemas radiofónicos contra los hijos de familia. ¿Se recuerda la cita de Laing donde le leyó a su entrevistador el “trastorno negativista desafiante” del DSM (también conocido como “oposicionismo”): un “trastorno” cuya característica principal es “el desafío hacia las figuras de autoridad”? Cuando leí la entrevista a Laing no me imaginé que en la vida real los siquiatras se atrevieran a diagnosticar con esa “enfermedad” a adolescentes como el hijo de la señora Yolanda.

El programa me desengañó. Amara lanzó un discurso de novecientas palabras ignorando el problema de la infidelidad del marido y enfocándose exclusivamente en el adolescente, discurso que grabé y capturé en mi computadora pero del que citaré sólo las primeras palabras: “Es impresionante cómo se está dando una cantidad de casos en que hay adolescentes y jóvenes que actúan como sin miramiento alguno a la realidad. Uno, como psiquiatra tradicional, se vería casi, eh, digamos así, inducido a considerarlos con aquel término de psicopatía ¿no? o de falta de respeto a la sociedad. También podríamos decir oposicionismo ¿no?, negativismo desafiante, actitud antisocial, actitud delictiva. Quizá si no siguió estudiando hubo déficit de concentración”.[1]

¡Seis diagnósticos por haber metido a la novia a hurtadillas a la cama! Nótese la similitud de estos diagnósticos con aquellos con los que en el siglo XVII se encerraba a los jóvenes (pródigo, libertino, disipador, hijo ingrato, insensato) y en el siglo XIX a las mujeres (insania moral, ninfomanía). En el resto de su discurso Amara habló del “clima de impunidad” en la sociedad mexicana respecto a estos jóvenes y repitió la palabra “impunidad” varias veces. Esto retrata mejor al siquiatra que cualquier alegato médico que podamos imaginar. También me llamó la atención que Amara se presentara como un “psiquiatra tradicional” y que el resto del discurso lo elaborara a partir de una etiqueta en desuso: “psicopatía”. Esta etiqueta es el antecedente al “oposicionismo” que, como “esquizoide”, “esquizofrenia” y “personalidad limítrofe” o fronteriza, mencionada también en ese programa, se están usando contra los adolescentes en la actualidad. Además de “oposicional” en Estados Unidos también se usa mucho la palabra “desafiante” en la hospitalización de adolescentes.

Como dije, Amara ha aparecido en los medios desde la década de los ochenta. Esto significa que por años ha estado desinformando al pueblo mexicano con ideología biorreduccionista y consejos sobre adolescentes cuya conducta él juzga inadecuada. No vacila en aconsejar internarlos. Por ejemplo, en otro programa Amara aconsejó a un padre internar a su hija al pabellón siquiátrico del Hospital General de la Ciudad de México por haber intentado suicidarse. Este es un caso particularmente ilustrativo porque las ganas de abandonar el mundo ha sido una de las herejías más celosamente perseguidas por los inquisidores que llamamos siquiatras. Pontificando sobre la ausente joven, Amara declaró:

Si no dejamos ahora una huella, una memoria, un impacto de lo que hizo, una terapia a fondo, un tratamiento enérgico, eh, y la dejamos suelta, ¿qué tal si en tres o cuatro semanas vuelve otra vez a las andadas, a la idea de matarse, y esta vez usará un tóxico de tal forma que ya aunque se arrepienta no hay manera?[2]

En el programa de radio en vivo, el padre de la chica manifestó que prefería llevar a su hija con un sicoterapeuta a fin de evitar la drástica medida de internarla. Amara respondió con un docto discurso biorreduccionista mencionando la corteza cerebral, el lóbulo izquierdo y los estados alterados de la conciencia—sin ninguna prueba física, claro está, del estado neurológico de la acusada. Luego añadió:

Yo creo que si ella está quince días, veinte días revisando su vida, teniendo un shock interno importante, porque la sicoterapia para los casos, para estos casos es sumamente débil […]. Yo diría que la, la experiencia de estar internada, de ver a un médico, de hacer conciencia de su patología viendo a otros pacientes, cosa que no se puede con la terapia individual, todas esas cosas dejarían una marca […] en su mente, en su alma, de decidirse por la vida.[3]

Luego intervino Micher para darle la razón a Amara y éste lanzó una profecía sobre la muchacha: “Ante el impacto hospitalario emerge y puede liberarse”. En el siguiente capítulo se verá a qué impacto parecía referirse. Por el momento lo único que puedo decir es que Amara no alberga ninguna duda de que el médico tiene el derecho de patologizar las ganas de morir de una muchacha. Me pregunto cómo trataría al muchacho Hamlet cuando, acongojado por la sospecha del asesinato de su padre y desde arriba de un castillo en Dinamarca, vacilaba entre el ser y el no ser. ¿No ha pensado Amara que para otras culturas como la Roma antigua, la celta y la japonesa el suicidio era un derecho civil? ¿Con qué derecho este moderno Torquemada osa basarse en los prejuicios de nuestra cultura para juzgar a una mexicana de cuya vida íntima nada sabe? Amara finalizó su cátedra al confundido padre con las palabras:

Creemos que al principio hay que asegurarse con un cambio drástico para que ella se someta a la realidad y que se libere de estas tendencias.[4]

Sólo un siquiatra puede hablar con esta soberbia. Si en tan sólo unos días que lo escuché en la radio Amara dijo las barbaridades que aquí cito, ¿qué más no habrá dicho en los años de vida que tiene el programa? Y lo más triste es que los oyentes son de tan bajo estrato sociocultural que ignoran que se encuentran ante un sofisticado inquisidor que, por estar convencido de su propia rectitud, es una amenaza pública.

Referencias

[1] Programa del 23 de octubre de 2000.

[2] Programa del 12 de octubre de 2000.

[3] Ibídem.

[4] Ibídem.

Published in: on mayo 15, 2009 at 4:47 pm  Comments (6)  

La “hiperactividad” infantil

La manera de vender drogas es vender la enfermedad psiquiátrica. Carl Elliot[1]

En septiembre de 1970 en una audiencia denominada Federal Involvement in the Use of Behavior Modification Drugs on Grammar School Children el doctor Ronald Lipman de la agencia gubernamental Administración de Alimentos y Medicinas estadounidense (FDA por sus siglas en inglés) testificó: “La hiperquinesia es algo que hace que el niño entre en conflicto con sus padres, compañeros y profesores.” Aunque en teoría la FDA debiera regular los intereses de la Big Pharma, en la práctica no cumple su papel. La audiencia de 1970 fue el primer paso en lo que podría llamarse el diseño empresarial de enfermedades. Diecisiete años después, en 1987, los siquiatras votaron para que el “Trastorno de Déficit de Atención e Hiperactividad” (TDAH), el nuevo nombre para la hiperquinesia y literalmente una lista de conductas, fuera considerado existente y lo incluyeron en el DSM-IV. Como resultado, al año siguiente medio millón de niños alrededor del mundo ya habían sido diagnosticados con el “trastorno”.

Una de las mayores inmoralidades de Amara me pareció su frecuente diagnóstico del “déficit de atención” a los niños que no pueden concentrarse en el sistema pedagógico medieval que subsiste en México. En los programas Amara diagnosticó a varios niños y expresó que algunos iban “a necesitar medicación”. Es muy sospechoso que, a lo largo de una de las semanas que grabé el programa, María Elena Micher, la interlocutora, anunciara una conferencia de Amara en la sala de conferencias de Laboratorios Novartis.[2] Novartis es la firma que manufactura Ritalín, llamado Rubifen en España y manufacturado por Laboratorios Rubió en ese país. Ritalín/Rubifen es la droga que se les da a los niños “hiperactivos”. Ahora bien, Amara es uno entre varios siquiatras que hace la propaganda al “trastorno”. Por lo mismo, la conexión con Novartis no puede pasarse por alto: ese “trastorno” generalmente va acompañado de medicar al niño con Ritalín. Irónicamente, en los años ochenta Amara inscribió a su hijo no a una aburrida escuela pública como las de sus radioescuchas, sino al Instituto Freire, una de las menos represivas en México. Ahí su hijo logró poner atención. Por eso dije que es inmoral el hecho que Amara diagnostique de atención deficiente a los niños de las madres de bajo estrato sociocultural que hablan al programa. Estas señoras jamás tuvieron los recursos para que sus hijos se educaran en escuelas progresistas.

En octubre de 2005 escuché a un alto funcionario mexicano de salud mental, el doctor Enrique Camarena Robles, decir que en el país “están afectados seis millones de niños” con problemas de salud mental. En la ponencia el funcionario dejó claro su deseo de “diagnósticos tempranos” y reiteradamente habló de “detección temprana de trastornos” siquiátricos en los chicos. A Camarena Robles le molesta que en Quintana Roo sólo haya siete siquiatras familiares (en la capital hay 600 siquiatras familiares y en Guadalajara 400).

La campaña para convencer a la sociedad civil de la realidad de la epidemia no sólo la hacen los funcionarios públicos. También la hacen las ONGs que tienen nexos con la industria farmacéutica. Por ejemplo, en noviembre de 2004 la Comisión de Salud de la Cámara de Diputados, conjuntamente con la Fundación Federico Hoth, presentó un simposio sobre la llamada hiperactividad. Las declaraciones que escuché de estos profesionales y siquiatras fueron increíbles. Todos los ponentes estuvieron de acuerdo en administrarle anfetaminas y estimulantes al niño para controlarlo.

El primer ponente, el doctor Alfredo Suárez Reynaga, declaró que en México hay 1, 600,000 niños que padecen TDAH y se quejó de que muy pocos de éstos estén medicados; y la última ponente se quejó de que en México sólo exista un hospital siquiátrico para niños. La maestra María Elena Frade Rubio, la segunda ponente, invirtió causa-efecto al declarar que el niño que no pone atención “produce violencia intrafamiliar”. La declaración de Frade Rubio fue un pronunciamiento psicótico. Lo más natural es pensar que son los padres que violentan al niño quienes ocasionan las conductas desagradables del niño en casa. ¡No viceversa! Exactamente la misma psicosis padeció la doctora Carmen Armengol al decir: “los padres son más punitivos” con los niños. En la Lógica Wonderland de estas doctoras quienes tienen el poder en una familia —los padres— son las víctimas desamparadas del niño, y estos grandullones no tienen más remedio que recurrir a “acciones punitivas” con el pequeño que se distrae en la escuela. Armengol añadió que “el diagnóstico no estigmatiza” omitiendo decir que incontables niños se han quejado de que lesionó su autoestima. Tanto esta doctora como el doctor Luis Barragán Díaz presentaron el rosario de hipótesis biologicistas sobre la hiperactividad —sobrecargo de dopamina, defectos en el patrón migrante de neuronas, metabolismo ineficaz, estudios genéticos— no como meras hipótesis. Las presentaron a los diputados y al resto del público como hechos comprobados. El doctor Barragán Díaz incluso comparó a la hiperactividad con la diabetes. A mí se me revolvían los hígados a lo largo de las varias horas que duró el simposio en la Cámara de Diputados. Al final el diputado José Ángel Córdoba Villalobos, quien presidió el simposio, declaró que la evidencia científica que presentaron los médicos era contundente. Solicité el micrófono y con suma indignación rebatí, desde el público, los alegatos biologicistas. Armengol también había dicho que lo biológico del trastorno era evidente al notar que la población con hiperactividad tenía “menos materia cerebral”. Una vez más: la siquiatra invirtió causa-efecto. No es la llamada “hiperactividad” lo que encoge los cerebros, sino la administración a largo plazo de anfetaminas al niño. ¡No por nada en Estados Unidos les llaman shrinks —encogedores— a los siquiatras!

QUISIERA llamar la atención sobre un truco particularmente efectivo con el que los siquiatras nos han estado engañando por mucho tiempo. En el programa del 10 de julio de 2001 Amara dijo que después de una larga búsqueda ¡por fin se había encontrado la causa biológica del TDAH en los niños! Que hasta muy recientemente se desconocía la causa, pero que se acababa de detectar algo relacionado con la carencia de cierta proteína. La carencia se debía presumiblemente a un mal genético: la etiología de ese trastorno infantil.

Imaginémonos que vamos manejando en el coche una mañana y que escuchamos el programa de radio. ¿Qué efecto tendrían las palabras del médico en nuestros oídos, especialmente si van acompañadas de términos técnicos sobre la fisiología cerebral de los niños, referencias médicas e instituciones respetadas? Hace años, cuando oía a un profesional hablar así en la televisión, me tragaba lo que decía el profesional. ¿Cómo podía imaginar que muchos médicos y profesores son gente autoengañada? ¿Qué individuo común puede sospechar que en las universidades del mundo se enseña una ciencia charlatana? Sólo para mostrar dónde radica la falacia de Amara sobre la carencia de la proteína x que causa el TDAH mencionaré cómo, con esa misma retórica, los siquiatras nos han engañado con otra de sus putativas enfermedades: la esquizofrenia.

Desde sus orígenes la empresa siquiátrica inició de manera poco creíble. En la ciencia médica real y en las ciencias exactas en general, el trabajo de aquellos científicos a quienes no les concierne el proceso causativo se considera de escasa importancia. Ya desde tiempos de Demócrito se decía “Preferiría descubrir una causa antes de poseer el reino de los persas”. En medicina, los diagnósticos científicos son etiológicos. Los diagnósticos sindromáticos no son tan relevantes. Por eso es notable que en un libro publicado en 1985 Jerrold Maxmen, profesor de siquiatría en la Universidad de Columbia, escribiera: “Generalmente no es reconocido el hecho que los psiquiatras son los únicos especialistas médicos que tratan trastornos que, por definición, no tienen causas o curas conocidas” (cursivas de Maxmen).[3] Por lo mismo desde el siglo XIX los siquiatras han estado diciendo que estaban a un tris de encontrar la causa biológica de la locura.

En 1884 Johann Thudichum, el fundador de la neuroquímica moderna, creía que la causa de la locura eran “unos venenos que se fermentaban en el cuerpo”. Algún tiempo después el alegato de Thudichum fue descartado por sus colegas. Posteriormente, a lo largo del siglo XX las más diversas y mutuamente exclusivas aseveraciones fueron propuestas como el supuesto descubrimiento que causaba la esquizofrenia: desde toda vitamina, hormona y enzima imaginable en las décadas anteriores a los 1950, hasta sustancias exóticas y neurotrasmisores como serotonina, taraxeina, ceruloplasmina, adrenalina-adrenocroma y endorfina posteriormente. El neurotrasmisor que actualmente se encuentra de moda como “el descubrimiento científico” que causa la esquizofrenia es la dopamina.[4]

La verdad es que cada nueva generación de médicos y siquiatras se ha desilusionado con los “descubrimientos” de sus predecesores porque el paso del tiempo mostró que las sustancias y neurotrasmisores arriba mencionados no causaban la locura. Esto es algo sobre lo que muchos siquiatras se encuentran perfectamente conscientes. No obstante, jamás se les ocurre pensar que toda esa búsqueda médica que tiene más de cien años sea una vana búsqueda porque los sacaría del mercado. No olvidemos lo dicho por Mosher y Breggin: la Asociación Psiquiátrica Americana no podría subsistir sin el apoyo de las multinacionales farmacéuticas. Lo que es más, la siquiatría es la única profesión que utiliza sus fracasos para justificar más subsidios millonarios, y hasta la fecha se ha salido con la suya. A menos que los científicos despierten y expulsen a los seudos de las universidades la investigación siquiátrica continuará indefinidamente. Pero como en los últimos decenios los siquiatras anunciaron cada “descubrimiento” con gran fanfarria en los medios de comunicación, la gente ha sido implantada con la idea que se está descubriendo que las perturbaciones mentales son de naturaleza biológica. No importa que cada una de las teorías biológicas de la esquizofrenia citadas arriba haya sido abandonada: el daño en la mentalidad pública está hecho. ¿Quién recuerda haber escuchado en los medios que, después de largas investigaciones sobre el ceruloplasmina, “resultó que no es la sustancia que causa la esquizofrenia, como se creía”? Lo que la Big Pharma airea a los cuatro vientos es únicamente lo que promueve la fe biologicista.

Mi diagnóstico es que los siquiatras, neurólogos, pediatras y médicos generales que hacen su modus vivendi recetando psicofármacos son gente que se ha autoengañado para lucrar. Sólo en Estados Unidos la industria farmacéutica invierte más de 12 mil millones de dólares al año en publicidad (más del veinte por ciento de los 55 mil millones de ventas totales de fármacos). ¿Cómo estos profesionales pueden estar libres de engaño si esta industria invierte en ese país cinco mil dólares de propaganda por año por cada médico a fin de influir en los medicamentos que receta? El engaño es patente al señalar que ni siquiera la experiencia de fracasos a lo largo de todo un siglo, el siglo XX, en una quijotesca búsqueda de la locura en el reino de lo biológico, ha desengañado a estos profesionales.

Si los siquiatras fueran científicos el rosario de fracasos los habría hecho descartar la hipótesis biológica de la llamada esquizofrenia. Como dijo el filósofo Jerry Fodor: “Cuando le sigues haciendo preguntas a la Naturaleza y la Naturaleza te responde ‘no’, es razonable suponer que en algún lugar de las cosas que crees hay algo que no es verdad”. Pero los siquiatras han hecho lo opuesto: idearon otra hipótesis que está hoy día en boga: que los sistemas dopaminérgicos cerebrales del esquizofrénico están sobreactivados. No hay evidencia científica que respalde esta hipótesis.[5] Tampoco hay evidencia que los niños que se distraen en las escuelas tradicionales estén, biológicamente hablando, enfermos de hiperactividad. Al igual que en la “esquizofrenia”, los niños así diagnosticados no presentan anormalidades en sus cuerpos y su “enfermedad” no puede detectarse con análisis de sangre, rayos X, tomografía cerebral o biopsia. Asimismo, al igual que en la “esquizofrenia” la ausencia de una causa orgánica identificable es la mejor prueba contra la hipótesis biológica de los niños hiperactivos. Esto lo reconoce la misma compañía Novartis. En el Diccionario de especialidades farmacéuticas puede leerse: “Se desconoce la etiología de este síndrome y no existe un examen único para diagnosticarlo. El diagnóstico adecuado requiere el uso de procedimientos médicos, psicológicos, educativos y sociales”.[6]

Los autores del artículo de Novartis ni siquiera se atreven llamarle enfermedad al hecho que los niños no quieran poner atención en la escuela tradicional. Lo llaman “síndrome”, y su misteriosa etiología sugiere más un problema educativo y social que uno médico. En medicina, síndrome designa un conglomerado de síntomas que, al no haber marcador biológico, no pueden considerarse aún una enfermedad. Todas las categorías del DSM, por ejemplo, son clasificadas a través de sus síntomas en lugar de a través de sus causas como en el resto de las especialidades médicas. La misma Asociación Psiquiátrica Americana ha admitido que “no se han establecido pruebas de laboratorio” que identifiquen el TDAH. Por eso de cuando en cuando siquiatras como Amara lanzan al público el formidable dato desinformativo que el misterio acaba de resolverse con un gran descubrimiento —mismo que después de algún tiempo se ve que era un espejismo más de aquellos con los que los siquiatras del siglo XX se engañaron: la taraxeina, el ceruloplasmina, la adrenalina-adrenocroma, la serotonina, la endorfina…

Como he dicho, los alegatos de reduccionismo biológico como la proteína de la que hablaba Amara no aparecen en revistas financiadas por científicos independientes, sino en revistas financiadas por las mismas compañías de drogas. Esto lo ha señalado mucho Fred Baughman, un neurólogo veterano con más treinta y cinco años de experiencia clínica que ha investigado qué hay detrás de la propaganda que se nos vende como el “TDAH” del niño. Baughman es uno de los pocos neurólogos que se ha atrevido a decir públicamente que la única epidemia que existe no se encuentra en la cabeza de los niños, sino en la del adulto; y cómo a través de la publicidad las compañías nos han infectado para hacernos creer en una enfermedad espuria.

El químico comercialmente conocido como Ritalín fue sintetizado desde los años cincuenta. Pero la epidemia de la hiperactividad ha crecido de 150,000 niños en 1970 a cinco millones en 1997, y en Estados Unidos la producción de Ritalín subió el setecientos por ciento entre 1990 y 1997. Se estima que a principios del siglo siete millones de niños toman Ritalín y otros estimulantes en Norteamérica.[7] Un estudio reveló que en diez países el consumo de psicoestimulantes incrementó 12 por ciento al año de 1994 a 2000. Australia y Nueva Zelanda fueron ranqueados en tercer lugar en el uso de estas drogas para niños después de Estados Unidos y Canadá. Una comparación internacional de 2002 mostró que el consumo en Europa es relativamente bajo, aunque ese año se encontraba subiendo.[8] De quince a veinte millones niños se les prescribe algún psicotrópico en todo el mundo (además de los estimulantes están los antidepresivos, los estabilizadores de ánimo, los ansiolíticos e incluso los neurolépticos). El mercado global de psicofármacos para niños es de aproximadamente 1.7 mil millones según Gloria Tsuen, analista de First Investors Corp. en Nueva York. Los escrúpulos de los médicos que le hacen publicidad a la epidemia pueden evaluarse con el dato que los padres de doscientos mil infantes de dos a cuatro años de edad están drogando a estos infantes con Ritalín.[9] Desde 2005 otro laboratorio comenzó a vender la misma droga con otro nombre: Tradea.

En México, el consumo de estimulantes y psicotrópicos a niños ha aumentado dramáticamente. En 1993 las ventas anuales del país fueron de $1,300,000 y para 1996 $5,000,000 según datos del doctor Roberto Kreshmer de Epidemiología IMSS Centro Médico Nacional. Para 2001 las ventas escalaron dramáticamente a $21, 000,000 según el doctor Alfonso Moguel de la misma empresa Novartis.

La sustancia activa del Ritalín/Tradea/Rubifen es la metanfetamina llamada metilfenidato. El resto del capítulo usaré el nombre genérico, metilfenidato, en vez de los nombres comerciales. Es sabido que el metilfenidato afecta a la glándula pituitaria que controla el crecimiento. La misma Drug Enforcement Administration (DEA) ha informado que el efecto entre la cocaína, las anfetaminas y el metilfenidato es indistinguible en los animales y humanos a quienes se les administra. “En suma, producen efectos que son casi idénticos”.[10] La Ley General de Salud mexicana concuerda con la DEA. El artículo 234 clasifica al metilfenidato como “estupefaciente” en la misma categoría que la morfina, cocaína, mariguana, heroína y opio. Pero en el programa del 13 de octubre de 2000 Amara le mintió al pueblo de México declarando que el metilfenidato y estimulantes afines “son inocuos, son benignos”. La realidad es que hay peligros en darle metilfenidato al niño. La DEA ha reportado que en ocasiones el fármaco conlleva “consecuencias médicas severas, incluyendo la muerte”.[11] Mencionaré sólo cuatro casos de muertes infantiles en Estados Unidos: Shaina Dunkle (1991-2001), Samuel Grossman (1973-1986), Matthew Smith (1986-2000) y Stephanie Hall (1984-1996).[12]

La gallina de los huevos de oro que ha resultado el TDAH es explotada por Novartis y otras multinacionales farmacéuticas. Por años Baughman se ha comunicado con diversos médicos para preguntarles en qué revista se encuentran publicados los artículos que contienen evidencia de que la hiperactividad es una enfermedad que cumple el criterio de una enfermedad auténtica. Hasta la fecha nadie le ha respondido, y la razón es simple. Como vimos, los mismos médicos reconocen que la causa biológica de que los niños no presten atención en las escuelas tradicionales es un misterio (el sólo hecho de parafrasear así lo que dice el DSM sugiere que la siquiatría es una ideología psicótica). El móvil de la búsqueda de Baughman ha sido comprobar si sus colegas estaban drogando a millones de niños e infantes sanos con metilfenidato u otro psicofármaco. A principios del nuevo siglo la compañía Janssen comenzó a distribuir Concerta. Concerta es el nombre comercial de un tipo de metilfenidato de acción retardada: una pastilla basta para tener dopado al niño por 24 horas. En la propaganda sobre Concerta he visto fotografías de niños aplicados haciendo sus tareas con el beneplácito de sus padres. Y en 2004 Eli Lilly sacó al mercado Strattera: una nueva droga para los niños cuya publicidad ya he visto en los periódicos. La conclusión de Baughman sobre este escándalo es que los padres, los maestros de escuela y los médicos deben—:

detener toda mención de los niños como “enfermos”, “anormales” o como “pacientes”. Esto no es otra cosa que una industria multimillonaria y fraudulenta […]. Por más increíble que pueda parecer, lo que tenemos es ni más ni menos una enfermedad y una epidemia inventadas para hacer dinero, quizá la más exitosa de todos los tiempos en términos monetarios. El Código de Nuremberg no permite el “tratamiento” de niños normales sin enfermedades con drogas adictivas del Tipo II con el fin de lucrar […]. Esto es criminal. Esto es abusar del niño. Nada de esto es una práctica legítima de la medicina y debe denunciarse. Aquellos responsables de este timo deben ser identificados públicamente, acusados legalmente y enjuiciados.[13]

El motor que mueve el megafraude es la codicia. La industria siquiátrica es movida por las necesidades del mercado; no por necesidades médicas. La pura economía explica el interés que en las últimas décadas la profesión ha cobrado por los niños. No sólo la DEA ha reconocido la similitud entre anfetaminas y la cocaína, o que el metilfenidato pertenece a las drogas del tipo II. El mismo DSM-IIIR reconoció en 1983 que “estudios controlados han mostrado que los usuarios experimentados son incapaces de distinguir entre la anfetamina y la cocaína. Una de las pocas diferencias entre las dos clases de sustancias es que los efectos psicoactivos de la anfetamina duran más, y sus […] efectos pueden ser más potentes”. La edición en boga del DSM censuró este pasaje.

Algunas organizaciones internacionales han tomado cartas en el asunto. Por ejemplo, según la Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes (JIFE): “La Junta reitera su petición a todos los Gobiernos de que hagan todo lo posible para evitar el diagnóstico excesivo del ADD [Attention-deficit disorder] entre los niños y el tratamiento a base de metilfenidato que no esté justificado por razones médicas válidas”.[14] Aunque en años posteriores la JIFE ha continuado expresando serias dudas sobre el uso de estimulantes para los niños, su frase es equívoca. Los médicos no están diagnosticando en exceso, ni siquiera diagnosticando erróneamente. El llamado Trastorno de Déficit de Atención e Hiperactividad, en palabras de Baughman, “es un fraude total, al cien por ciento”.

A Baughman le alarma que, en colusión con los padres, en las escuelas norteamericanas millones de niños estén siendo legalmente drogados. Lo que más le ha llamado la atención a Baughman es que los siquiatras eluden hábilmente la pregunta central: ¿Es el TDAH una enfermedad, o no lo es? Como vimos, la retórica de los médicos consiste en que se limitan a declarar al público que la causa biológica es desconocida, exactamente el mismo ardid en el caso de la esquizofrenia, “una enfermedad de etiología desconocida”. Capítulos atrás vimos que, al razonar así, los siquiatras suponen que los diagnosticados son culpables (“enfermos”) hasta que su salud quede demostrada. Pero una enfermedad así entendida —misteriosas etiologías que por misteriosas razones han eludido ser detectadas en laboratorio— no puede refutarse científicamente. La característica principal de una seudociencia es que presenta su hipótesis central de forma tal que no pueda ser refutada. La hipótesis en siquiatría es que la causa de las enfermedades mentales es biológica, no psicológica. Pero el hablar de misteriosas etiologías es un perfecto ejemplo de los que los popperianos llamamos una hipótesis no refutable. Al insistir en un misterio biológico los siquiatras no presentan su hipótesis central de forma que, de estar errada, pueda ser evidenciada como tal. Si la biosiquiatría no logra pasar la prueba de tornasol que distingue entre ciencia verdadera y falsa es que estamos ante una seudociencia. Reitero: es precisamente debido a esto por lo que algunos siquiatras taimados lanzan a los medios el formidable dato desinformativo de que ¡por fin se descubrió la proteína x, la etiología de tal trastorno mental!, que sólo tiempo después se descubre como un espejismo más.

Referencias

[1] Shankar Vedantam: “Drugs ads hyping anxiety make some uneasy”, in Washington Post (16 July 2001).

[2] Escuché esto en Parejas disparejas y la familia del 10 al 20 de octubre de 2000.

[3] Jerrold Maxmen: The new psychiatry (Mentor, 1985), pp. 19 & 36.

[4] En el capítulo 28 de Interpretation of schizophrenia de Arieti se mencionan las teorías del siglo XX en boga hasta principios de los setenta. En la tercera parte de How to become a schizophrenic Modrow nos habla además de las teorías que están en boga en tiempos más recientes. Véase también Valenstein: Blaming the brain.

[5] Valenstein: Blaming the brain, pp. 81-91, 110-115 & 222s. Una espléndida crítica a esta teoría aparece en las páginas 179-182 del libro de Modrow. Véase también Ross y Pam: Pseudoscience in biological psychiatry, pp. 106-109.

[6] Diccionario de especialidades farmacéuticas (México: Ediciones PCM, 1999), p. 1856.

[7] Véase, por ejemplo, Breggin: Reclaiming your children, p. 144.

[8] Constantine Berbatis, Bruce Sunderland and Max Bulsara: “Licit psycho stimulant consumption in Australia, 1984-2000: international and jurisdictional comparison” in MJA, 2002, 177 (10): pp. 539-543.

[9] Fred Baughman: Attention-deficit hyperactivity disorder & all biological psychiatry as fraud. En junio de 2001 Baughman envió este reporte al Secretariado del Comité de Derechos Humanos del Niño en Ginebra, Suiza.

[10] Testimonio de la DEA por Terrance Woodworth ante el Comité de Educación del Congreso el 16 de mayo de 2000.

[11] Ibídem.

[12] Sobre las reacciones adversas a las drogas que se les dan a los niños, Peter Breggin escribió Talking back to Ritalin: what doctors aren’t telling you about stimulants for children (Common Courage Press, edición revisada 2001). Para información inmediata sobre el déficit de la atención, la hiperactividad y Ritalín/Rubifen véase el cibersitio de Breggin (www.breggin.com), que contiene varios artículos sobre el tema, incluida la conferencia de Breggin en la Casa de los Representantes (www.breggin.com/congress), página que abrí en enero de 2002.

[13] Baughman: Attention-deficit hyperactivity disorder & all biological psychiatry as fraud.

[14] Servicio de Información de las Naciones Unidas, Viena; informe anual de la JIFE (nota informativa 4 para su difusión después del 4 de marzo de 1997).

Published in: on mayo 15, 2009 at 4:15 pm  Comments (6)  

La zorra cuida del gallinero

Las grandes corporaciones basan su poder en la publicidad y en la sociedad de libre mercado. El poder económico de las farmacéuticas mantiene a raya los intentos de control de parte del poder político, como la Administración de Alimentos y Medicinas estadounidense (FDA). Los intentos de la FDA han sido tímidos si tomamos en cuenta el conflicto de intereses que representa el hecho de que cerca de la mitad del presupuesto de la FDA proviene de las tasas que pagan las compañías farmacéuticas. Esta zorra que cuida del gallinero significa que la sociedad no cuenta con el apoyo de la intervención legislativa del gobierno.

El poder publicitario de las multinacionales es tal que ha llegado a infiltrarse en algunos medios culturales de televisión y de revistas. Por ejemplo, antes de leer al doctor Breggin ignoraba que la compañía farmacéutica Upjohn había financiado el programa El cerebro, el cual ha aparecido en los canales culturales. Asimismo, quien navegue por internet y se tope con Schizophrenia.com podrá tragarse el mensaje de que es “Un centro sin ánimo de lucro que ofrece información, apoyo y formación”. Sin embargo, ese sitio recibe patrocinio de Janssen Pharmaceuticals. Desde los años cuarenta del siglo XX la desinformación ha infectado a Time y a Newsweek. Estas revistas han sido uno de los medios propagandísticos de la siquiatría oficial. Incluso en el nuevo siglo han publicado varios artículos de portada haciéndole publicidad a la postura de los siquiatras biologicistas sobre el autismo, la esquizofrenia y el trastorno bipolar.

La imagen vale más que mil palabras, nos dicen los periodistas. En los artículos de estas revistas de supermercado aparecen dibujos y diagramas en los que se muestran cosas del tipo “la proteína x” que presuntamente causa alguno de los citados trastornos. Es alarmante ver que incluso Scientific American se ha unido al coro de popularizadores de seudociencia siquiátrica, publicando artículos con este tipo de diagramas sobre la depresión. Recuerdo vívidamente cómo regañé a uno de mis más inteligentes amigos por tragarse lo que venía en uno de estos artículos. El amigo guardó un atónito silencio ante mi enojo: no podía concebir que un artículo con diagramas tan artísticos y referencias de neurociencia tan doctas en Scientific American pudiera ser tan seudo como el pasquín de OVNIS que se vende al lado del puesto de revistas.

En un artículo de 1995 de Scientific American se publicaron unos retratos de los artistas y escritores que sufrieron “enfermedad maniaco-depresiva”.[1] En lugar de esta nuevahabla yo diría simplemente que la cólera reprimida hacia sus seres queridos orilló a Edgar Allan Poe, Walt Withman, Virginia Woolf, Ernest Hemingway, Hermann Hesse, Sylvia Plath, Ezra Pound y Tennessee Williams a escribir, y a veces a caer en los terribles abismos de la melancolía e incluso el suicidio. Antonin Artaud le pegó al clavo de porqué los escritores escribimos: para salir de un infierno existencial. Cuando en 1961 los siquiatras electrochocaron a Hemingway por una crisis de melancolía, tanto resintió el escritor el ultraje que se dio un escopetazo en la cabeza. Los artistas muchas veces nos salimos de lo común y de las convenciones sociales, por lo que hemos sido uno de los blancos predilectos del policía de la mente. Hay incluso un libro, Marcados con fuego, del mismo autor del artículo de Scientific American que tiene como blanco expreso a poetas, pintores y demás artistas.[2] Contra semejante libro debo citar las palabras de Hemingway antes de suicidarse: “¿Qué sentido tiene arruinar mi cabeza y borrar mi memoria [por los electroshocks que le aplicaron], que es mi capital, y dejarme fuera de la jugada? Fue una cura brillante. Pero perdimos al paciente”. En lugar de denunciar a la siquiatría por el crimen del que fue objeto su tesoro nacional, en 2003 Scientific American publicó otro artículo seudocientífico sobre la supuesta base biológica del suicidio. Tal artículo vuelve a ilustrar la Lógica Wonderland con la que han razonado los siquiatras, y ahora una parte de la sociedad civil, desde el surgimiento del modelo médico en el siglo XIX: en que se hacían autopsias para buscar la base biológica del suicidio, deshumanizando así a lo humano.

Para mostrar la falacia de Time, Newsweek y Scientific American quisiera referirme a las revistas de científicos profesionales de donde proviene toda esta metástasis. En 1988 dos artículos fueron publicados en Nature sobre el supuesto descubrimiento de un gen que causa la esquizofrenia, uno de los típicos pronunciamientos de “¡el reciente descubrimiento científico!” Como siempre, después de numerosos fallos al intentar repetir los resultados de los investigadores que afirmaron eso, en los años noventa esa hipótesis fue descartada. Pero muchos ya se encuentran bajo la impresión de que la locura es algo biológico y que, al tratar de descubrir la causa específica, los siquiatras son benefactores públicos.

La irresponsabilidad periodística de quienes no se retractan de la seudociencia es vergonzosa. No he sabido que una revista de producción masiva, digamos Time, haya publicado artículo alguno donde se desdiga de la desinformación siquiátrica que publicó en sus artículos de portada. Es muy significativo que sólo a una quinceañera le publicaran en 2002 una carta al editor quejándose de la etiqueta “bipolar” que estaba de moda para estigmatizar a adolescentes. Las mencionadas revistas son sólo la cresta del iceberg del sistema mediático de desinformación siquiátrica. Como ha dicho Mark Hertsgaard, un crítico de la sociedad norteamericana, los estadounidenses tienen una prensa que se limita a repetir como loros las declaraciones de los poderosos, incluidas las grandes empresas. A quienes lean esta línea les pido un favor: Cada vez que escuches a un médico o a un periodista decir que se acaba de descubrir que el “neurotrasmisor y” causa una psicosis, o que el “gen z” causa la depresión, sólo recuerda la larga lista de sustancias con la que a lo largo del siglo XX los médicos se autoengañaron en creer que “x”, “y” o “z” causaban la esquizofrenia.[3]

La verdad última de todo este asunto del TDAH en la escuela es que el etiquetar a la población muy joven, aún si son niños pequeños, se hace con el fin de culpar a la víctima en una sociedad que se niega y reniega a cuestionar un sistema pedagógico hostil a la vitalidad del niño. Pasémosle el micrófono a lo que, en palabra hablada, dijo Thomas Szasz en una de sus conferencias de 2004:

Otra lamentable moda es la afirmación que millones de niños sufren de una enfermedad mental llamada “hiperactividad por déficit de atención”, y que el Ritalín administrado a los niños es un tratamiento para ello. Bien, si ustedes creen eso, pueden creer cualquier cosa. Cuando las autoridades de la escuela le dicen a una madre que su hijo está enfermo y que necesita que le den drogas ¿cómo podría ella saber que eso es simplemente una mentira? ¿Cómo podría saber que lo que los expertos ahora llaman “hiperactividad por déficit de atención” simplemente no es una enfermedad? Claro: esa madre no conoce la historia de la siquiatría. No sabe que por cientos de años la siquiatría ha usado los diagnósticos para estigmatizar y controlar a la gente.

¡Ninguna conducta o mala conducta es una enfermedad! ¡Eso no es lo que son las enfermedades! Así que no importa cómo se comporte el niño. No hay nada que examinar. Si está enfermo, debe haber una ciencia objetiva sobre ello que pueda diagnosticarse por médicos y pruebas objetivas. Por eso tan pronto como vamos al doctor nos hacen muchas pruebas de sangre y rayos X. Los médicos no quieren oír sobre cómo nos comportamos.

El etiquetar a un niño de enfermo mental es estigmatización, no diagnosis. Darle a un niño una droga siquiátrica es envenenamiento, no tratamiento. Desde hace mucho he mantenido que el paidosiquiatra es uno de los enemigos más peligrosos no sólo de los niños, sino de los adultos: de todos nosotros que atesoramos lo más apreciado y valioso en la vida: los niños y la libertad.[4]

Referencias

[1] Kay Redfield Jamison: “Manic-depressive illness and creativity” in Scientific American (February 1995).

[2] Kay Redfield Jamison: Marcados con fuego: la enfermedad maniaco-depresiva y el temperamento artístico (Fondo de Cultura Económica, 1998).

[3] En la tercera parte de How to become a schizophrenic Modrow expone muchas de las teorías biologicistas del tipo “esta proteína x” que a lo largo de las décadas se han desprestigiado entre los siquiatras mismos.

[4] He unido diversas frases de la conferencia de Thomas Szasz sin el uso de corchetes. Szasz impartió su ponencia magistral en el Comité de Ciudadanos por los Derechos Humanos en Los Angeles, 2004.

Published in: on mayo 15, 2009 at 4:05 pm  Dejar un comentario  

Podemos hacer hasta que tu nombre se te olvide

Nosotros cambiamos conductas; no descubrimos causas. – psiquiatra[1]

EN MARZO de 2001 me entrevisté con Mario Cantú en un restaurante de la Ciudad de México. La historia que me contó es tan impresionante que quisiera citarlo en extenso como lo hice con John Bell. Cantú mismo me obsequió algunas fotocopias de periódicos mexicanos. En la siguiente reseña me baso en esas notas.

El problema de Cantú comenzó, naturalmente, en su familia. Al cumplir la mayoría de edad Cantú quiso salirse de su casa. Su madre no estuvo de acuerdo “y buscó la manera de hacerme desistir”. Cantú se refugiaba del conflicto con drogas ilícitas y la madre con drogas lícitas como el alcohol. Ambos se recriminaban mutuamente sus respectivas adicciones hasta que la madre solicitó los servicios de un siquiatra. Con su ayuda pudo, efectivamente, impedir que Mario se independizara. ¿Cómo lo logró?

Escribiendo sobre Cantú en El Día Rafael Morales nos dice: “Cuando una madre ha atormentado durante toda la infancia a su hijo, en la adolescencia no encuentra otra forma de controlarlo que con la aplicación de electrochoques”.[2] Si parece extrema la declaración de Morales recordemos lo aconsejado por Amara en el programa de radio: “Hay un sin fin de casos así donde, eh, los recursos que tienen los padres son por ejemplo emplear enfermeros para que con la fuerza [énfasis en su voz] lo lleven a algún hospital, o incluso a veces a la policía; y esto implica golpes, maltratos, faltas de comprensión”. Así que Amara recomienda a los padres internar al hijo “en un sin fin de casos” según sus propias palabras. Pero como buen retórico omitió decir qué le harían ahí.

En el artículo “Torturado por la siquiatría” Cantú nos dice cómo fue que, a instancias de su madre, el 10 de septiembre de 1980 unos enfermeros lo sorprendieron mientras dormía. Forzaron la cerradura de su recámara, lo inyectaron contra su voluntad y se lo llevaron a la Clínica San Rafael: una auténtica la Secretaría del Amor orwelliana ubicada en avenida Insurgentes Sur #4177 de la Ciudad de México, donde estuvo preso e incomunicado hasta el 28 de septiembre. Cantú nos cuenta qué sucede cuando los padres siguen el consejo de un Amara:

Usted duerme plácidamente en su cama. En ese momento entran cinco hombres que lo inmovilizan, mientras otro le inyecta una droga somnífera. Ya inconsciente, se lo llevan a una celda de confinamiento. Ahí le colocan unos grilletes en manos y pies. Cuando despierta, descubre que está incomunicado. Llega entonces un hombre que le coloca una diadema con electrodos sobre su sien. Dos meses antes, los parientes, que pueden ser sus padres, hermanos o esposo, van con el siquiatra para comentarle de ti, con el pretexto de que te niegas a ir a ver al loquero. Después entrará la parte donde todos navegan con bandera blanca y empezará la parte más seria, el suministro de fármacos por parte de la sirvienta o de la misma amorosa madre.

Una vez más, lo que me hacían de adolescente. Pero en el caso de Cantú la madre llevó el tratamiento al extremo final:

Ahora ella es cómplice voluntaria de este crimen y se comentará la reacción del “paciente” de esta improvisada enfermera que sirve al siquiatra sin recibir sueldo. Todos los comentarios son ahora sobre tu coherencia, pues los neurolépticos bloquean el procesamiento mental, creando un letargo en el pensamiento, entonces se reafirma que el loco sí está verdaderamente loco. Toda actitud que contradiga las ideas de tus padres o de tu derredor será usado en tu contra. Si tienes ganas de estudiar música, si no eres millonario como tu papá o no eres dócil como tus demás hermanos, si quieres casarte o dejar la casa o independizarte económicamente puedes meterte en graves problemas, porque ahora irán con el chisme al siquiatra de que estás empeorando. Entonces el seudogaleno invocará la calma, meditará unos días medidas más drásticas, aunque más costosas. Dejará pasar quince días, dejará que los familiares lleguen a la decisión de un internamiento involuntario y les advertirá de esta última opción. Entonces se planea el internamiento involuntario, que para efectos reales es clandestino y ahora legal. Sólo tiene que ser en el más estricto secreto, para que a parientes lejanos se les pueda comentar de que fue una crisis, que intempestivamente te pusiste mal, qué mejor en la noche, qué mejor sedado con succinicotina mientras estás dormido, así ningún vecino se dará cuenta. Al cabo se está haciendo todo legalmente para ayudarte, ¿o alguien podría decir lo contrario?

Vale decir que los secuestros que realizaba la policía secreta en los países comunistas también se hacían de noche. También es importante mencionar que el siquiatra que contrató la madre de Cantú lo diagnosticó sin haberlo conocido. Esto me lo dijo Cantú personalmente. La palabra de la madre fue más que suficiente para planear, con el siquiatra, el secuestro del hijo mientras dormía.

El de Cantú no es un caso aislado. Sin conocerlos o hablar con los hijos para ver si realmente tienen un trastorno mental, hay siquiatras que los internan si los padres quieren castigarlos duramente. Ya había dicho que, desde sus orígenes, a petición de los padres la siquiatría francesa internaba a los muchachos varones que no trabajaban y a las muchachas que tenían un amorío no aprobado por los padres. En el siglo XIX las mujeres liberadas Hersilie Rouy y Julie La Roche fueron internadas sin que los médicos se dignaran a hablar con ellas. En los siglos XX y XXI los siquiatras continuaron, y continúan, internando a niñas como la citada Rachel únicamente porque los padres lo solicitaron. Amara mismo sugirió hospitalizar a una hija de familia que intentó suicidarse sin conocerla y, por tanto, sin saber si una tragedia tipo Hamlet la había orillado al atentado.

Entonces prenderán la luz de tu recámara y a la voz de “somos tus amigos” te inyectarán en la vena del antebrazo para dormirte. Mi verdugo lo conozco, el tuyo puede tener cualquier nombre. Recuerdo la cordialidad de todos los empleados de esta cárcel-hospital. Se capacita a los empleados para atenderte con amabilidad, lo único que no puedes es salir. Tu médico preguntará por tu salud, oirá tus comentarios, pero sin interés pues ya es innecesario escucharte. Con los electrochoques sencillamente ya no podrás decir lo mismo al día siguiente, pues obviamente dirás menos cosas, tu identidad irá desapareciendo paulatinamente, por eso lo que digas es ya intrascendente. Mi realidad se quedó pequeña, tan sólo la sombra de un sueño, que al no despertar sería una pesadilla sin fin. Entonces despertarás en una bartolina, a la que llaman celda de castigo en un hospital. Despertarás amarrado, no sentirás angustia, pues tienes adicionalmente drogas siquiátricas en la sangre y abrirás los ojos: nada ha cambiado, sólo que te lavaron el cerebro, te pusieron electricidad en la cabeza. Te aplicaron lo mejor de la ciencia siquiátrica, la terapia electroconvulsiva. Sí señor, te dieron electrochoques. Ahora eres muy diferente, casi podría decirse que eres una nueva persona, ahora eres un vegetal con piel humana. Te atenderán religiosos con acento español, te darán un diferente medio ambiente para que no trates de recordar cómo era tu vida anterior, ya que médicamente tú estás enfermo, tus ideas, tu identidad, tu pasado, tu presente. Todo está enfermo. Pusieron a cocer todas tus neuronas, pero si te preguntan cómo te sientes, dirás que bien pues te salvaste de que no te mataran, sobreviviste a los estados de coma, a la fibrilación ventricular, al paro cardiaco. Podemos hacer hasta que tu nombre se te olvide.[3]

¿No es esto formatear el C de una computadora —u “ordenador”, como dirían los religiosos españoles del San Rafael? En otro de sus escritos Cantú cuenta lo que sucedió después: “Regresé a mi casa, no tenía proceso mental, aún así me siguieron dando medicamentos. Cinco meses después recordé que quería salirme de mi casa”.[4] Después del robo de sus memorias Cantú añade: “Los padres pueden empezar de nuevo a reprogramar al hijo, pero ahora con menor edad mental, al que no entendieron ni entenderán por perseguir ambiciones vanas. El siquiatra festejará que el drogadicto indomable ahora es más manejable, dócil y obedece a su madre”.[5]

Los electroshocks no fueron el único suplicio borra-mente que el siquiatra contratado por la madre le infligió a Cantú. Cantú también cita el aislamiento, la incomunicación física y telefónica, el bombardeo a su cerebro con grandes cantidades de neurolépticos, la asfixia por bióxido de carbono y tormentos psicológicos como amenazas de internamiento de por vida y de lobotomizarlo quirúrgicamente. Los electroshocks, la gasoterapia y el neuroléptico se le administraron “hasta callarlo y dejarlo como maceta de adorno” en el hospital, según sus palabras. En el expediente médico del San Rafael leí que le administraron Majeptil (tioproperazina): la misma droga que Amara recetó contra mi voluntad, y precisamente a las mismas dosis que aparecen en el mencionado diario de mi madre. Pero la experiencia que asesinó el alma de Cantú fue el electroshock:

No recuerdo cómo era mi persona antes de las sesiones de terapia electroconvulsiva. ¿Cómo me van a reponer quince años de andarme arrastrando por el piso, con insomnio permanente, sufriendo la incapacidad de concentrarme más de dos horas? ¿Cómo me pueden reponer lo que yo era y todo lo que no he podido realizar?[6]

Más de quince años después Cantú comenzó a denunciar su caso en diversos periódicos mexicanos, recogiendo los fragmentos de memorias que halló para tratar de entender qué le había pasado:

Por ser “agresivo e incontrolable”, yo, Mario Cantú, fui sometido a electrochoques que me aplicaron dieciocho días y que lograron quemar mi cerebro y mi historia, porque perdí la memoria y mis habilidades: tocar el piano y hablar inglés. Culpo de ello al Hospital San Rafael y al doctor Pedro González Jáuregui.[7]

Cantú me comentó que González Jáuregui, el autor intelectual del crimen junto con su madre, solía protegerse con dos agentes de la policía judicial al salir a la calle. Pero Cantú ha querido vindicar su caso por la vía legal según escribe en otro periódico mexicano:

Un amigo me comentó que no lograré que se cierre la clínica San Rafael, supongo porque cumple una función social. ¿Qué clase de función social? La de deshacerse de los “estorbos humanos”, los jóvenes drogadictos.[8]

Ni qué decir que las drogas que le inyectaban a Cantú son mucho más nocivas que la mariguana que a escondidas toman los adolescentes. La Clínica San Rafael, dirigida por juaninos, es una orden religiosa que llegó a México en 1596 y que tres siglos más tarde estableció una red de siquiátricos en España. Según Cantú, los juaninos del San Rafael “con la Cruz acompañan al electroshock”, interesante resonancia de los tiempos más gloriosos de la Inquisición. La Edad Media continúa en el siglo XXI, aunque disfrazada como ejercicio médico y contando con tecnología de punta. El potro de tortura es pieza de museo. Ahora se usa el Thymatron DGX made in USA: aparato de electrosock cuyo último modelo he visto fotografiado en anuncios publicitarios de la misma American Journal of Psychiatry. Ya no se persigue a los anabaptistas: la rebeldía del hijo es la nueva herejía a combatir. Cuando hice indagaciones en 2005, me enterné que en el San Rafael una sola sesión de electroshock les cuesta a los familiares aproximadamente $500 dólares sin contar los gastos de la anestesia.

Es muy significativo que en México la institución médica tenía que haber surgido precisamente en el mismo edificio de la Inquisición novohispana. En el segundo Encuentro Mexicano de Alternativas a la Psiquiatría realizado en 1981 en Cuernavaca, México (el primero se realizó en 1978), Eduardo Cooley, un siquiatra mexicano, reconoció:

La intervención eclesiástica es el ariete colonizante a base de una occidentalización de los indígenas y de un control de la ideología política y religiosa ejercido a través de la Santa Inquisición como institución represiva, demonológica y condenatoria, que a base de torturas y ritos purificatorios corregía o desaparecía a los disidentes. El trato ignominioso a la dignidad humana realizado en los sótanos de su edificio y otros recintos especiales aparentemente desapareció y quedó en el olvido con la independencia de España y la remodelación del palacio de la antigua Facultad de Medicina, pero cabría preguntar si la función social del Santo Oficio desapareció con la colonia en cuanto a los miles de presos, perseguidos políticos y desaparecidos, y si este mecanismo ha desaparecido. La respuesta es evidente. Esta institución generó en la vida independiente una serie de organismos estatales llamados “instituciones de protección social” (léase instituciones de represión). Lo anterior es historia poco conocida.[9]

“Protección social” es nuevahabla. La represión que ofrecen instituciones como el San Rafael es muy eficaz para controlar a los nuevos herejes en un México que aún tiene mucho de Nueva España. Pero destruyó la vida de Cantú. Años después de lo ocurrido en el San Rafael Cantú nos confiesa:

Ya no se es feliz, no hay explicación, no hay razón de nada. La sensación de malestar se vuelve manifiesta antes de la hora de dormir, maldices a los que te dañaron y a ti mismo. Empezará con treinta minutos hasta llevarte toda la noche, porque ahora estás enojado y te costará trabajo dormirte, tratarás de olvidar porque sabes que el odio no sirve de nada, estás enajenado y la noche siguiente será igual, la cólera invadirá la tarde y tu mañana, invadirá a tus seres queridos, a tus amigos, a tu trabajo, serás un inconsolado. Entonces asistirás a psicoterapia para buscar la explicación de lo inexplicable. Por qué estoy tan enojado, por qué odio a todo y a todos. Las palabras quemarán mi garganta y mi boca y me lastimaré con el ácido del sonido, escoriaré mi lengua y no podré hablar más en ese día. Una pesadilla de vida, no se despierta, no tiene fin, se acrecienta, invade toda tu existencia, tu horizonte se cierra, todo es gris, el color desaparece. Y aún los terapeutas no te comprenden, pues no tienen la experiencia anterior de un paciente electrochocado. ¿Por qué la cólera, por qué la rabia, por qué el odio? Si fui torturado fue pasado, si fui castigado eso ya terminó, ¿por qué sigue? Creo que la esencia del hombre es su alma. Los electrochoques la matan, la ponen fuera del lugar, desfasada, su espíritu fue severamente destruido, no había amor ni perdón dentro de mí, quizá me encontraba como un animal, en el instinto más básico de destruirme a mí mismo y si era posible todo lo de mi alrededor. Eres un aborto de la estupidez humana, concebido por la iatrogenia siquiátrica.[10]

Dado que el secuestro y el tratamiento de Cantú se hizo a iniciativa de su madre este fue, literalmente, un caso de asesinato del alma de un hijo con la ayuda de un siquiatra.

El testimonio de Mario Cantú es el más monstruoso y perturbador que he escuchado en boca de un individuo martillado por siquiatras. Nos muestra con claridad extrema por qué la comparación de la sociedad en la que vivimos con los mundos de Orwell no es una hipérbole. También nos muestra hasta dónde ha llegado la siquiatría en su alianza incondicional con los padres. Y nos muestra, además, que sigue viva la herencia de las cámaras de tortura de Heinroth, aunque con tecnología mucho más avanzada; aunque, a diferencia de Heinroth, el blanco del ataque actual es el cerebro humano. Tal parece que en nuestras sociedades hacer algo que moleste a una mamá controladora es mucho más arriesgado que matar o robar. “Toda actitud que contradiga las ideas de tus padres será usado en tu contra: si tienes ganas de estudiar música, si no eres dócil como tus demás hermanos, si quieres casarte o dejar la casa o independizarte económicamente puedes meterte en graves problemas: porque ahora irán con el chisme al siquiatra de que estás empeorando…”

Referencias

[1] Gloria Ruiz-Castañeda, citada en María Cortina, Victoria Azurduy, Juan Antonio Zúñiga y Pablo Hiriart: “El ser social marginado de la psiquiatría: en su ignorancia, el médico responde con la represión al mal mental” en Proceso (12 enero 1981). Al momento de entrevistarla, Gloria Ruiz Castañeda era doctora en siquiatría y jefa de consulta externa del Hospital Infantil Juan N. Navarro.

[2] Rafael Morales-Vargas: “Después de quince años Mario denuncia el abuso psiquiátrico que sufrió” en El Día (20 abril 1997).

[3] Mario Cantú-Gundlach: “Torturado por la siquiatría: primera de dos partes” en Excélsior (15 octubre 1997). A fin de darle más agilidad a la prosa de Cantú, en la versión final de este libro quité los corchetes que originalmente había interpuesto en algunas de sus frases.

[4] Estas palabras de un apunte autobiográfico de Cantú están en el expediente de su caso, que se encuentra disponible para el investigador.

[5] Ibídem.

[6] Mario Cantú autofinanció la publicación de su libro donde habla del crimen del que fue objeto, Ni todas coloradas ni todas descoloridas

(Madrid: Sociedad de Nuevos Autores, 2005).

[7] Citado en Bertha Fernández: “Denuncia a un médico por aplicar brutales métodos de readaptación” en El Universal (20 marzo 1998).

[8] Mario Cantú-Gundlach: “Denuncia Cantú a los siquiatras de una clínica” en Foro Excélsior (16 agosto 2000). “¡No sabía cómo controlarlo!” Estas son las palabras de la madre de Cantú según Carmen Ávila de Gutiérrez. No quise entrevistar a la madre de Cantú porque habría tenido que consultarlo con Cantú mismo, quien después del crimen que sufrió desarrolló un carácter difícil, y el asunto era muy delicado. De cualquier manera, he leído la versión de la madre en el expediente del Hospital San Rafael.

[9] Eduardo Cooley: “Desarrollo institucional de la atención del psiquismo en México” en Sylvia Marcos: Manicomios y prisiones: aportaciones críticas del I Encuentro Latinoamericano y V Internacional de Alternativas a la Psiquiatría realizado en la ciudad de Cuernavaca del 2 al 6 de octubre de 1981 (Red ediciones, 1983), p. 58.

[10] Mario Cantú-Gundlach: “Degradación en la psiquiatría: tercera de cuatro partes” en Excélsior (20 julio 1997).

Published in: on mayo 15, 2009 at 3:57 pm  Comments (29)  

Epígrafe de Tocqueville I

El caso Cantú puede parecer extraordinario: algo excepcional que pudo haber ocurrido alguna vez pero que ya no sucede en la actualidad. Desgraciadamente eso no es verdad. De las naciones del mundo sólo en la República de Eslovenia está prohibido el electroshock. En los países occidentales sólo hay restricciones del mismo, como en Italia; y en Estados Unidos el estado de Tejas sólo lo prohíbe en menores de dieciséis años.

En febrero de 2002 me enteré que se continúan haciendo lobotomías en México. Esto me lo dijo personalmente el doctor Gerard Heinze, director del Instituto Nacional de Psiquiatría y un acérrimo partidario del electroshock. Heinze me comentó que en el siglo XXI se realizan “muy pocas” lobotomías en el país, y mencionó a Neurología: una institución vecina al San Rafael donde electrochocaron a Cantú. No obstante, en su calidad de funcionario del gobierno Heinze no quiso darme más detalles sobre el tema, por ejemplo, si las operaciones son o no voluntarias; y cuando quise concertar una cita con el director de Neurología a través de la Secretaría de Salud para confirmar lo que Heinze me había informado, mis intentos fueron infructuosos.

El hermetismo sólo atizó mi curiosidad. A pesar del recelo de las autoridades mexicanas para revelar información vital al público, si uno se toma la molestia de consultar sus libros de texto comprobará que los siquiatras aprueban la lobotomía, a la que eufemísticamente llaman “psicocirugía”. En el texto Comprehensive textbook of psychiatry IV, John Donnelly nos dice: “La psicocirugía es una intervención para cercenar las fibras que conectan una parte del cerebro con otra; para remover, destruir o estimular el tejido cerebral con la intención de modificar las perturbaciones alternantes de la conducta, el contenido del pensamiento o el estado de ánimo del que no se ha demostrado causa patológica orgánica”.[1]

Estas cursivas, que son mías, son fundamentales porque significan que los siquiatras están “cercenando, removiendo tejido y destruyendo” cerebros perfectamente sanos por conductas que la sociedad no aprueba. Independientemente que no sepamos cuántas psicocirugías se hacen en México, lo que los siquiatras son incapaces de reconocer es que según la Constitución es un crimen. El artículo 22 estipula claramente que en México está prohibida toda pena de mutilación. Yo añadiría que la peor mutilación posible es la cerebral: las operaciones que realizan los neurosiquiatras asesinan, literalmente, parte de nuestra alma o mente. Y algo similar puede decirse de la lobotomía eléctrica: el maratón de electroshocks que le aplicaron a Cantú.

Lo que le hicieron a Cantú fue, y continúa siendo, legal en México. La legislación más reciente sobre salud mental es la Norma Oficial Mexicana 025 (en adelante, Norma Oficial Mexicana). El artículo 4.4 de esta norma dice: “El ingreso de los usuarios a las unidades que presten servicio de atención integral hospitalaria médico-psiquiátrica podrá ser voluntario, involuntario u obligatorio”.[2] El artículo, redactado en nuevahabla, suena relativamente inocente. Pero la hospitalización involuntaria tácitamente implica secuestrar, y en ocasiones electrochocar, a una persona. Según el artículo 4.4.2 de la norma la acción únicamente: “Requiere [de] la indicación de un médico psiquiatra y la solicitud de un familiar responsable”.[3]

En jurisprudencia mexicana la Norma Oficial Mexicana se considera un instrumento avanzado que regula las transacciones entre siquiatras y los familiares de los individuos “identificados” por estos últimos. Pero la norma no es la única que regula en México estas transacciones: el campo denominado salud mental es cubierto en varias legislaciones (como en España, donde el internamiento siquiátrico está regulado por el Código Penal, el Código Civil y la Ley General de Sanidad). Por ejemplo, además de la Norma Oficial Mexicana, la Ley General de Salud destina cinco artículos al tema, los artículos 72 al 77: otra de las fuentes de violencia siquiátrica legal hacia los hijos que burla a la Constitución. El artículo 77 de la Ley General de Salud dice: “Los padres, tutores o quienes ejerzan la patria potestad de menores […] procurarán la atención inmediata de los menores que presenten alteraciones de conducta que permitan suponer la existencia de enfermedades mentales”.[4]

“Alteraciones de la conducta” es nuevahabla: exactamente la misma expresión de Donnelly que acabo de citar en su definición de lobotomía de cerebros sanos. La patria potestad así entendida es un poder que la sociedad le confiere a los padres sobre sus hijos para desnudarlos de sus derechos constitucionales, especialmente del derecho más importante de todos, un derecho que aparece no sólo en la carta magna mexicana sino en muchas otras. En el artículo 14 de la Constitución de los Estados Unidos Mexicanos se estipula que nadie puede ser privado de su libertad a menos que la ley sea infringida. Tal artículo es complementado por el artículo 16, y es un hecho a tomar en seria consideración que los hijos que sus padres mandan a encerrar en siquiátricos generalmente no han infringido la ley. En España la situación es similar. Una investigación de siquiatras españoles publicada en 2002 reveló que el motivo más frecuente de internamiento involuntario en ese país “fueron las alteraciones de conducta en su entorno sociofamiliar”.[5] Traducida la nuevahabla, alteraciones de conducta significa una conducta que el familiar poderoso, generalmente un padre, no tolera.

GUILLERMO Calderón Narváez fue el director del San Rafael en los días en que electrochocaron a Cantú. Es interesante observar que, en sus libros, Calderón Narváez mantiene una visión idílica del electroshock.

Este siquiatra dice que la persona a quien someten al martillazo eléctrico puede “sin molestia alguna volver a su casa en perfectas condiciones”.[6] Acerca de los “servicios” del San Rafael, Calderón Narváez se expresó de la siguiente manera: “Toda persona que acuda al Centro Comunitario de Salud Mental San Rafael recibirá la atención de un servicio médico y paramédico de alta calidad”.[7] El libro de Calderón Narváez contiene varios capítulos dedicados al San Rafael, pero en ninguna parte se mencionan los secuestros como el que sufrió Cantú o la celda de castigo llamada bartolina. Sí se menciona, en cambio, el espaldarazo que al San Rafael le dieron las más altas casas de estudio en México: “Los resultados positivos no se hicieron esperar, ya que en poco tiempo logramos que el Departamento de Psicología Médica, Psiquiatría y Salud Mental de la Universidad Nacional Autónoma de México [UNAM] aceptara a la Clínica San Rafael y al Centro Comunitario anexo como hospital escuela reconocido y aprobado para que los alumnos de sus cursos de especialización en psiquiatría realizaran, durante dos años, sus prácticas en él”. La aceptación del San Rafael no se limita a la Facultad de Medicina. “La Facultad de Psicología de la UNAM ubicó en nuestro centro las prácticas de su curso de psicología clínica, y las universidades Iberoamericana y Anáhuac autorizaron a nuestra institución para que sus alumnos pudieran desarrollar en ella su servicio social”.[8]

Más notorio fue el espaldarazo que recibió el San Rafael de una organización internacional. En febrero de 1976, el mismo mes en que mis padres me mandaron por vez primera con Amara, la señora Joy Moser de la división de salud mental de la Organización Mundial de la Salud, con sede en Ginebra, Suiza, escribió una carta en la que decía:

En esta visita al Centro de Salud Mental Comunitaria San Rafael me llevo la impresión de que éste es el modelo para la atención de los problemas de salud mental en el futuro.[9]

Si recordamos ahora la nota de 2006 en la primera plana del periódico mexicano El Universal (mencionada en la primera parte) sobre cómo un lobotomista “cauterizó o destruyó el tejido del cerebro aparentemente normal”, y que “en el futuro con ese procedimiento se prevé poder atacar también el alcoholismo y la drogadicción” añadiendo que esa técnica en particular también se usa “en países como Chile, Estados Unidos y Suecia”, se aprecia que Tocqueville tiene razón: la sociedad es cómplice del crimen. La misma revista National Geographic habló idílicamente de esta operación radical en el número de junio de 1995. Y cuando en septiembre de 2006 envié varias cartas a Letras Libres quejándome de que la revista publicara un artículo del finado siquiatra Ramón de la Fuente, alegando que con algunos de sus pacientes cometió crímenes del tipo caso Cantú, me enfrenté con un muro. Eso sí: a pesar de mis quejas la revista que dirige Enrique Krauze, uno de los intelectuales más conocidos en México, publicó, en octubre de 2006, la carta de un académico fan del finado mandarín de la siquiatría nacional.

El hecho que estos crímenes, por más horrendos que sean, se cometan con la sanción social explica por qué décadas después del asalto siquiátrico Cantú no ha logrado que la sociedad mexicana le haga justicia. Como se verá en el próximo capítulo, Cantú buscó inútilmente que se le hiciera justicia llegando incluso a apelar ante el Procurador del Distrito Federal. También se quejó infructuosamente ante la Iglesia con el arzobispo Norberto Rivera, en tanto que los electroshocks le fueron dispensados en un hospital manejado por una orden monástica fiel a la iglesia.

En el siglo XXI los juaninos continúan electrochocando a sus víctimas. No está de más decir que el 2 de julio de 2001 Amara invitó al doctor Salvador González Gutiérrez a hablar en su programa de radio: un funcionario público que aprueba el electroshock. González Gutiérrez fue otro de los directores del San Rafael y en el programa habló de la necesidad de incrementar los servicios siquiátricos en aquellos lugares de la república que carecen de ellos, y además propuso redoblar el número de siquiatras en México a cinco mil.[10] Lejos de protestar, la sociedad mexicana hace que las nuevas generaciones de estudiantes de medicina y sicología hagan sus prácticas en el San Rafael.

En la primera parte mencioné que confronté a funcionarios públicos de siquiatría en la Asamblea Legislativa en la Ciudad de México. No sé de otro caso en que altos funcionarios hayan sido confrontados por un crítico conocedor desde el panel. Quisiera añadir que dos diputados se encontraban en la parte central de las mesas del panel. El diputado José Antonio Arévalo González me hizo la grosería de hablarle a su colega un buen tiempo durante mi presentación. El mensaje del diputado que presidía la sesión de ponencias magistrales fue claro: Nada queremos saber de esto.

Referencias

[1] John Donnelly, citado en Kaplan and Sadock: Comprehensive textbook of psychiatry/IV, 1985, p. 1563. Leí esta cita en el artículo Stevens: “The brain-butchery called psychosurgery” (www.antipsychiatry.org.psychosu).

[2] “Norma oficial mexicana NOM – 025 – SSA2 – 1994, para la prestación de servicios de salud en unidades de atención integral hospitalaria médico-psiquiátrica”. Esta norma se publicó en el Diario oficial de la federación (16 noviembre 1995).

[3] Ibídem.

[4] Ley general de salud (Sista, 1993), p. 21.

[5] María José Andrés, Luis Donaire, Carmen Juárez, Mercedes Hernández, José Luis de Miguel y Juan A. Guisado: “Internamientos no voluntarios en el hospital general” (www. psiquiatria.com./articulos/psiquiatria_legal/8319). Abrí esta página web en enero de 2003.

[6] Guillermo Calderón-Narváez: Una agonía llamada locura: historia de la psiquiatría (Edamex, 1980), p. 194.

[7] Calderón-Narváez: Salud mental comunitaria, p. 142.

[8] Ibídem, p. 183.

[9] Ibídem, p. 192.

[10] No escuché el programa de radio en el que habló Salvador González Gutiérrez. La información de este párrafo me la proporcionó la activista Carmen Ávila de Gutiérrez, quien solía escuchar lo que Amara dice en su programa.

Published in: on mayo 15, 2009 at 3:49 pm  Comments (3)  

Epígrafe de Tocqueville II

¿De qué nos sirve la ilustración si no sabemos acabar con los abusos? – Voltaire [1]

AL PRINCIPIO de este libro escogí como epígrafe las palabras de Tocqueville: Para cometer actos injustos no es suficiente que el gobierno tenga voluntad o incluso poder: los hábitos, las ideas y las pasiones del tiempo deben permitir cometerlos. Lo que le sucedió a Cantú no fue un caso de abuso del poder siquiátrico. Fue un uso del mismo. Hay quienes están bajo la impresión de que se requieren dos médicos para hospitalizar a un ciudadano contra su voluntad. En realidad, existen recursos legales para que, en casos de alegada urgencia, cualquiera de nosotros pueda ser hospitalizado con la sola orden del médico de una institución.

En México esto se estipula claramente en el artículo 4.4.2 de la Norma Oficial Mexicana publicada en el Diario Oficial de la Federación y aprobada estúpidamente por la Comisión Nacional de Derechos Humanos, la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal, la Organización Panamericana de la Salud e incluso la Red de la Reforma Psiquiátrica de México.[2] La Norma es una violación ni más ni menos que del primer artículo de la Constitución mexicana que promulga que en ningún caso los derechos constitucionales de quien se encuentre en suelo mexicano “podrán restringirse ni suspenderse”. Que en la práctica se restringen y se suspenden puede ilustrarse al examinar una entrevista que le hice a un alto funcionario de salud mental en México.

Junto con otros activistas en derechos humanos en mayo de 2002 entrevisté al doctor Salvador González Gutiérrez, entonces director general de Servicios de Salud Mental en México. El funcionario público resultó ser un siquiatra afable con quien pudimos hablar con toda sinceridad, como puede escucharse en la entrevista grabada.[3] Le pregunté a González Gutiérrez si, como antiguo director del San Rafael, había sabido de casos de hospitalización involuntaria en esa clínica, y le mencioné específicamente el caso de Cantú. Citaré algunas de mis preguntas y sus respuestas:

—Usted, como director del San Rafael, ¿vio que esto sucedía, que era común?

—No. No vi que fuera común. Sí vi con frecuencia, con cierta frecuencia, que llegaban enfermos en ambulancias llevados en contra de su voluntad. Lo que se hace en el San Rafael y lo que pedimos ahora que estoy acá [la dirección general de Servicios de Salud Mental] es hacer una evaluación muy, muy objetiva con el paciente […]: que si por una razón se tiene que hacer un internamiento involuntario se establezca con toda claridad el porqué de ello, y por supuesto de inmediato dar aviso al Ministerio Público.

—Dar aviso al Ministerio Público, pero el que da aviso ¿es el médico o es el siquiatra o el familiar?

—El familiar va con un documento que el médico le firme […] para que quede muy claro por qué una persona puede estar hospitalizada [contra su voluntad], con la salvedad que a las cuarenta y ocho horas se tiene que hacer una reevaluación y volver a informar al Ministerio Público cuál es el estado del paciente.

—Eso al parecer no fue lo que le sucedió a Cantú.

—Yo creo que no, eh, porque ha habido muchos cambios. Lo que le pasó a Mario Cantú fue hace veinte años […]. Por supuesto: ustedes nos pueden mandar todas las quejas, es lo que les iba a comentar. En todos los hospitales siquiátricos hay un comité de ética: el Comité Ciudadano, incluso, de apoyo, que tiene que haber en todos los hospitales, digamos que es algo así como la primera instancia para cualquier queja que pudiera haber. Todos los hospitales deben tener su comité de ética [grabación indescifrable] para llevar quejas y sugerencias. Es la primera instancia.

El mismo mes de la entrevista hablé con Cantú. Le cité las palabras de González Gutiérrez y le pedí que me diera su opinión. Mario dijo que los cambios a los que se refiere el funcionario son irrelevantes: en un internamiento involuntario se violan tanto los artículos constitucionales 1, 14 y 16 como los derechos humanos proclamados por la Organización de las Naciones Unidas, y los “cambios” de los últimos veinte años no han hecho nada para salvaguardar estos derechos. Por ejemplo, respecto a las cuarenta y ocho horas reglamentarias para otro examen siquiátrico, el dar una nueva notificación al Ministerio Público es un cambio irrelevante. ¡Los que le informan al ministerio son precisamente los familiares y el siquiatra contratado! A diferencia del encarcelamiento en la jurisprudencia común, en el encarcelamiento siquiátrico no hay abogado que pueda interceder por el internado o impugnar la decisión siquiátrica. Tampoco puede hacerlo el ciudadano cuerdo etiquetado de “paciente”, quien a esas alturas ya se encuentra incomunicado en el siquiátrico y drogado contra su voluntad. Además, en casos como el de Cantú el cuerdo puede ser electrochocado al grado de perder parte de sus memorias e identidad, crimen que viola flagrantemente el artículo 20 de la Constitución (en varios incisos del artículo se estipulan los derechos de los inculpados de algún crimen).

Como ejemplo de la futilidad de las reformas que menciona González Gutiérrez quisiera mencionar un caso más reciente de internamiento involuntario en la Clínica La Florida, antes llamada Clínica Falcon. Una señora frisando los cincuenta años teme al estigma social y no desea publicidad, pero su historia es desgarradora. A finales de 2001 su marido se confabuló con las autoridades de La Florida y, exactamente como en el caso Cantú, unos enfermeros entraron con violencia a su recámara y la bajaron a gritos y a rastras por las escaleras para llevarla a la clínica. Este caso se encuentra abierto para su investigación en los archivos de la activista Carmen Ávila.[4] Ahora bien, siguiendo la lógica de González Gutiérrez ¿en qué podría beneficiarle a esta señora encerrada en un cuarto acolchonado, drogada con litio al grado del estupor e incomunicada, el hecho de que su marido y el siquiatra contratado le notificaran al Ministerio Público? No sé de un solo caso en que el Ministerio Público se haya puesto de parte no de sus informadores, sino de la persona internada y que haya tomado las medidas procedentes. Respecto a los hipotéticos comités de ética para vigilar lo que sucede en los siquiátricos, Cantú me informó que no hay una sola asociación civil en México que pueda tener apostadas a personas que vigilen que se cumplan los derechos del paciente; y como pude comprobar yo mismo, para un ciudadano común el acceso a los siquiátricos está restringido.

En la entrevista a González Gutiérrez el funcionario continuó hablando de las diversas instancias donde, en teoría, un ciudadano agraviado podría denunciar algún atropello y buscar justicia. Después de hablar de las instancias menos importantes en México González Gutiérrez mencionó a las más poderosas:

Luego está por supuesto la Comisión Nacional de Arbitraje Médico [CONAMED]: sería una cuarta instancia de apoyo para cualquier irregularidad que se dé. Una quinta instancia, por supuesto, ya viene siendo la Comisión Nacional de Derechos Humanos —¿y por qué no?: la sexta instancia sería ya una instancia de tipo jurídico […]. Yo como mexicano puedo ir y decir: en este hospital me pasó esto y me trataron así y así y así. O sea: protección tenemos mucha.

Sobre la CONAMED Cantú me relató que había acudido a ella y que su proceder fue una farsa. “Nombran a un médico y citan a las dos partes para una conciliación”, me dijo. “No tiene ninguna fuerza jurídica y la otra parte ni siquiera está obligada a ir”. Cantú concluyó: “La CONAMED no sirve para nada; ni siquiera entregó un informe”. (Algo similar sucede en España y en el Reino Unido cuando las víctimas de crimen siquiátrico se quejan a una institución llamada “El Defensor del Pueblo”.) Cantú recurrió entonces a la “quinta instancia”. En 1997 envió una queja formal a la doctora Mireille Rocatti, entonces presidenta de la Comisión Nacional de Derechos Humanos o CNDH. Después de realizar las averiguaciones procedentes la CNDH le dijo a Cantú y a su representante que no podían ayudarles.[5] Esto no me extraña si tomamos en cuenta que la CNDH, la comisión de mayor prestigio en México sobre derechos humanos, aprobó la Norma Oficial Mexicana que legitima las violaciones como la que sufrió Cantú.

Cantú también apeló a la sexta instancia de la que habló González Gutiérrez. En 1996 presentó una denuncia al Ministerio Público, que designó como perito en la averiguación del caso al doctor Luis Gamiochipi, un médico cirujano especializado en siquiatría. Después de algunas horas de entrevista Gamiochipi diagnosticó que Cantú “presenta trastornos mentales de tipo psicótico y que por tanto no tiene capacidad de conocer ni de querer adecuadamente” (sic).[6] El diagnóstico me recuerda al citado diagnóstico que Freud le aplicó a Nina R.: “Tiene fantasías ocasionales de que su padre no la ama”. También me recuerda el juicio en el que Freud se puso del lado del Estado austro-húngaro y en contra de los soldados atormentados con electroterapia. Pero más pertinente es notar cómo tal diagnóstico (“No tiene capacidad de querer”) revela a los siquiatras como lo que son: gente que juzga y condena la conducta de otro, algo que poco tiene que ver con el cuerpo humano y lo que esperaríamos de un médico.

Cantú impugnó el dictamen del perito en siquiatría. En la pregunta #59 de la impugnación Cantú se defendió ante la acusación de “trastorno mental de tipo psicótico” con las siguientes palabras: “Que [Gamiochipi] diga si un psicótico e incapaz puede trabajar en empresas de primer nivel”. En el debate por escrito Gamiochipi tuvo que contestar las sesenta preguntas de Cantú. En la pregunta #51 Cantú inquirió: “¿Diga Usted por qué no justifica esta actitud del querellante en contra de su madre?” El perito en siquiatría respondió: “No se justifica la actitud ante su madre porque la sola pregunta ya es un síntoma psicótico, puesto que pide 20 mil pesos sin tomar en cuenta primero que es su madre”.[7] La madre de Cantú es una mujer rica y su hijo había reclamado que lo indemnizara por haber mandado a lesionar su cerebro en el San Rafael. A mi juicio, considerar la legítima petición de Cantú una “psicosis” constituye en sí mismo una psicosis ideológica no de Cantú, sino del siquiatra.

En el primer dictamen Gamiochipi había dicho que la actitud de Cantú hacia su madre no era normal, por lo que Cantú inquiere en la pregunta #52: “¿Diga Usted cuál debería ser la actitud normal del querellante, cuando se le aplican a un hijo dos internamientos, bartolina [celda de castigo], terapias electroconvulsivas, gasoterapia, sin justificación como es el caso?” El perito en siquiatría respondió: “La conducta sana que debería tener es respetar y querer a su madre. Si fuera sano, considerando que él es más potente que ella, cuidándola como el fuerte debe proteger al débil y no guardando actitudes de rabia, envidia y venganza en contra de la figura de su madre”.[8] Una vez más, la respuesta es tan grotesca que no tiene sentido contestarla. Basta señalar que en la especialidad médica llamada siquiatría la figura parental, independientemente de sus crímenes, es intocable.

En México la Procuraduría General de la República, o PGR, es una especie de fiscalía y Secretaría de Justicia (o Ministerio de Justicia, como se diría en España). En el caso Cantú la PGR erró desde el principio. Jamás debió de haber solicitado la opinión de un perito en la materia. Haberlo hecho presupone que la siquiatría es una legítima especialidad médica, y que sólo excepcionalmente se cometen abusos que un perito puede detectar. Una manera de visualizarlo es imaginar que Cantú, un mexicano conservador y católico, hubiera nacido un par de siglos antes para ser torturado no por los juaninos del San Rafael, sino por los dominicos del Santo Oficio. Suponiendo que en Nueva España hubiera habido un tribunal donde apelar el caso, solicitarle a un dominico perito inquisidor una segunda opinión sería no entender el crimen original, dado que el dominico se pondría de lado de su orden monástica y del Tribunal de la Fe. La PGR carece de las bases conceptuales para imaginar, o siquiera sospechar, lo que la siquiatría es. No puede ver que la siquiatría viola el primer artículo de la Constitución que estipula que los derechos humanos ahí garantizados no pueden ser restringidos por nadie. Asimismo, ni la Procuraduría ni los políticos ni los abogados mexicanos pueden ver que la siquiatría viola el artículo 13 constitucional: “Nadie puede ser juzgado por leyes privativas ni por tribunales especiales”. Y tampoco pueden ver que viola el artículo 21: “La imposición de penas es propia y exclusiva de la autoridad judicial”. La ceguera de prácticamente todo el aparato judicial explica que, en octubre de 1997, la contestación de la Procuraduría concluyera que en el caso Cantú “no es procedente autorizar el ejercicio de la acción penal que se consulta”.[9]

El dictamen hizo enfermar a Cantú. En su desesperación, en esos tiempos Cantú se quejó con el rector de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). A fin de cuentas, lo que le hicieron los siquiatras del San Rafael se enseña en la universidad como legítima praxis médica. Pero las oficinas de Rectoría de la UNAM le respondieron de manera ofensiva. En una carta le aconsejaron que consultara “las revistas e información médica sobre las características, los efectos, los beneficios y todo lo concerniente a la Terapia Electroconvulsiva”.[10] El firmante, el secretario del rector de la universidad más grande de México, le llamó “beneficios” y usó mayúsculas en “Terapia Electroconvulsiva”, como si fuera un cumplido, al referirse al maratón de la muerte que borró parte de la identidad de Cantú.

Mario me confesó rendido: “Esta es la situación a nivel legal y la única vertiente es la publicidad”. ¡Pero a quienes trabajan en las editoras también les es inconcebible publicitar! Por ejemplo, un sujeto llamado Vicente Herrasti, uno de los editores de la casa Aguilar en México que pertenece a Grupo Santillana, me dijo que él personalmente rechazó el manuscrito de este libro porque le disgustó mi denuncia del doctor Amara. Herrasti no está solo. ¿Quién en los medios ha equiparado a las droga siquiátricas con las drogas ilícitas?[11] La sociedad en general no puede ver que cualquier acción siquiátrica involuntaria es una acción inquisitorial. Lo que se persigue con un diagnóstico siquiátrico es estigmatizar al individuo en la sociedad. Lo que se persigue con una receta es mermar sus facultades mentales. Los procuradores ante los que Cantú buscó vindicación también son ciegos frente a estas realidades elementales. La experiencia de Cantú en pos de la justicia le ha amargado la vida pero, antes de pasar a otro tema, quisiera añadir algo sobre el pequeño discurso que me dio González Gutiérrez cuando le hice las preguntas sobre el caso Cantú.

Es sabido que la retórica de los políticos levanta una cortina de humo para ocultar el elemento constituyente del que se habla. En la entrevista este elemento eran los derechos humanos y constitucionales de Mario. La conclusión de González Gutiérrez fue que en la actualidad el ciudadano mexicano cuenta con mucha protección legal y jurídica ante el abuso siquiátrico. Pero si la dirección general de Servicios de Salud Mental fuera una dependencia ética y constitucional, lo primero que habría buscado su director sería que se le hiciera justicia a alguien como Cantú. De hecho, si México fuera una auténtica democracia los responsables del crimen ya habrían sido identificados públicamente, acusados legalmente y enjuiciados, incluidos los directores y ex directores del San Rafael —¡incluido Salvador González Gutiérrez mismo!

Debo decir que tiempo antes de que fuéramos a hablar con González Gutiérrez, Cantú ya había ido con él a las mismas oficinas a presentar su queja. González Gutiérrez estaba perfectamente familiarizado con su caso de primera mano. Pero ni entonces ni en la entrevista conmigo hizo ningún esfuerzo por vindicarlo, y por razones obvias. Si bien Calderón Narváez había sido el director del San Rafael cuando se cometió el crimen de Cantú, González Gutiérrez fue otro de sus directores. Hacerle justicia a Cantú habría sido, indirectamente, un acto autoincriminatorio (“Sí vi con frecuencia, con cierta frecuencia, que llegaban enfermos en ambulancias llevados en contra de su voluntad”). Si en los medios de comunicación un mexicano escuchara el discurso que nos dio González Gutiérrez (“seis instancias para mandar todas las quejas”, “protección tenemos mucha”) se quedaría bajo la impresión que desde el suceso Cantú en 1980 las cosas han cambiado para bien en el país. Pero no ha habido cambio sustancial alguno. Si lo hubiera habido los médicos respetarían la Constitución y los políticos que presumen defender la ley averiguarían a cuántos jóvenes les han borrado sus memorias tanto en el San Rafael como en los demás siquiátricos del país a fin de enjuiciar a los perpetradores. De hecho, si hubiera habido verdaderos cambios la siquiatría involuntaria habría sido oficialmente abolida en el país.

Otras autoridades en siquiatría han hecho pronunciamientos públicos casi idénticos a los de González Gutiérrez. Marco López Butron, el director del Fray Bernardino, el gran siquiátrico de la Ciudad de México, declaró en junio de 2002: “Todas las leyes jurídicas, civiles, penales y sanitarias, desde una forma protectora han evolucionado para prevenir cualquier tipo de acción negativa contra los enfermos”.[12] Otra vil mentira. La verdad es que si un crimen lesa humanidad como el que sufrió Cantú, quien jamás fue un “enfermo”, no ha sido penalizado en México es porque el sistema y los valores culturales lo han permitido, lo permiten y lo seguirán permitiendo en el futuro cercano. Por ejemplo, en pleno siglo XXI se continúa electrochocando a los internos del Fray Bernardino, como reconoce públicamente López Butron. (¡Cómo recuerdo ahora que Solyenitsin se quejaba que en Rusia nunca hubo una suerte de juicio de Nuremberg para los antiguos bolcheviques!)

Algo similar debemos decir en occidente. No ha habido un juicio de Nuremberg que vindique a miles de hombres y mujeres cuyas almas han sido asesinadas en nuestros hospitales. La razón es que estos crímenes no se consideran crímenes ni en las leyes de un país, ni en la conciencia pública. Aunque parezca mentira, el edicto de Luis XIV que dio inicio a lo que más tarde sería la siquiatría sigue vigente en nuestros días, y no sólo en París sino en el resto del mundo. Los carceleros del rey sol, dice el edicto para encarcelar a ciudadanos que no cometieron delito, “tienen todo poder de autoridad, de dirección, de administración, de comercio, de policía, de jurisdicción, de corrección y de sanción sobre todos los pobres de París, tanto dentro como fuera del Hôpital Général. Para ese efecto los directores tendrían estacas y argollas de suplicio, prisiones y mazmorras, en el dicho hospital y lugares que de él dependan, como ellos lo juzguen conveniente, sin que se puedan apelar las ordenanzas que serán redactadas por los directores para el interior de dicho hospital.” Las estacas y argollas de suplicio de hoy día son la administración involuntaria de neurolépticos y electroshocks como los que sufrió Cantú. Como este caso demuestra, tanto en la Francia del siglo XVII como en nuestro siglo no es posible “apelar las ordenanzas” de los nuevos inquisidores.

¡Lo que le hicieron a Cantú fue legal! No puedo imaginar un ejemplo más claro para mostrar cómo, al igual que los inquisidores, el siquiatra encarna un poder sin ningún contrapeso que de facto se le oponga; y por qué digo que los ideales de la democracia aún están por cumplirse en el mundo actual.

Referencias

[1] Voltaire: Diccionario filosófico, tomo I, p. 157.

[2] Norma Oficial Mexicana, citada en de la Fuente y otros: Salud Mental en México, p. 373. Que la asociación civil que preside la activista pro derechos humanos Virginia González Torres aprobó esta norma se lee en el sexto objetivo de su asociación: “Impulsar el cumplimiento de la Norma Oficial Mexicana 025”, según la conferencia de prensa del 6 de junio de 2002 en el auditorio de las oficinas de Rehabilitación Psicosocial de la Secretaría de Salud. La regulación Principios para el manejo y tratamiento de enfermos mentales hospitalizados formada a iniciativa de la Secretaría de Salud en 1993 también estipula que en casos de supuesta urgencia el médico a cargo de la admisión en un siquiátrico tiene los poderes para encarcelar a un ciudadano.

[3] Mis acompañantes fueron Carmen Ávila, Jaime Rodríguez y Morris Lan.

[4] El archivo se encuentra en Tuxpan 68, Colonia Roma Sur, código postal 06760, en la Ciudad de México.

[5] La correspondencia entre Mario Cantú y la Comisión Nacional de Derechos Humanos se encuentra en el expediente de Cantú, del cual poseo fotocopias de los documentos más relevantes.

[6] El peritaje de Luis Antonio Gamiochipi y la declaración a la PGR con fecha del 27 de octubre de 1996 también se encuentra en el expediente de Cantú.

[7] Citado en Mario Cantú-Gundlach: “Cuestionario para ser contestado por el médico psiquiatra Luis Antonio Gamiochipi en relación al dictamen que rindió el 27 de octubre de 1996 en la averiguación previa 24 / 03362 / 96-09, con oficio I-30814”.

[8] Citado en ibídem.

[9] Los firmantes de este dictamen del 5 de octubre de 1997 son: Lic. Ana Flavia Camarena Béjar, Lic. Laura Elena Rojas Villalobos y Lic. Ludibilda Ramírez Barrera.

[10] La carta del ingeniero Francisco Torres Roldán está fechada el 17 de septiembre de 1997.

[11] Véase Breggin and Cohen: Your drug may be your problem.

[12] Marco Antonio López-Butron, citado Milenio semanal (10 junio 2002).

Published in: on mayo 15, 2009 at 3:35 pm  Dejar un comentario  

Al norte del Río Bravo

EN NUEVAHABLA siquiátrica, al lavado de cerebro por medio de electricidad que le aplicaron a Mario se le llama depatterning (eliminación de pautas). Esta es la expresión que usaba Ewen Cameron, mencionado en la primera parte, en los experimentos que realizó con seres humanos en el Instituto Allan Memorial en Montreal, Canadá, en los años cincuenta y sesenta.

En 2001 el investigador de espionaje internacional Gordon Thomas publicó un libro sobre lo que algunos afirman ha sido el mayor crimen contra sus ciudadanos en que el gobierno de los Estados Unidos ha estado involucrado. Thomas describe las sesiones maratónicas de electroshocks que le administraron a varios norteamericanos según el testimonio de su amigo, William Buckley. La veracidad de las afirmaciones de Buckley, quien trabajaba para la CIA, no está en disputa. Existen documentos en la Asociación Psiquiátrica Americana y testimonios de los médicos del instituto de Cameron que confirman sus observaciones. Buckley había observado que en el Instituto Allan Memorial una joven había salido corriendo de una de las salas del hospital con dos enfermeras correteándola. Después de inyectarla, sedarla y sacarla a rastras, el doctor Cameron le explicó el incidente. Según el testimonio de Buckley:

La joven se encontraba en las primeras etapas de una “eliminación de pautas”. Estaba empezando a perder la memoria, explicó el doctor Cameron, pero “todavía sabía quién era y por qué estaba ahí. En el siguiente paso mostraría ansiedad cuando le preguntaran quién era y por qué estaba ahí. La tercera y última fase llegaría cuando desapareciera la ansiedad”. Cameron añadió que la paciente sólo “percibiría el momento presente, y únicamente hablaría y recordaría ese momento. El pasado habría desaparecido. Viviría en el presente inmediato”.[1]

Cameron y su grupo de siquiatras le hicieron esto a la joven bajo el consentimiento de los gobiernos de Estados Unidos y Canadá. Espero que a estas alturas se me conceda que la comparación de siquiatras como Cameron con el O’Brien orwelliano no fue exagerada. Tan no exagerada que a Buckley le llamó la atención que en el estante de Cameron hubiera un ejemplar de 1984: presumiblemente, especula Thomas, una inspiración sobre cómo elaborar técnicas de lavado de cerebro. Cuando consternado Buckley le preguntó a Cameron si experimentos como el de la joven corriendo se hacían con la voluntad de la chica, el siquiatra evadió la pregunta arguyendo que sus intenciones eran buenas: la misma excusa que esgrimió Viktor Frankl cuando lo interrogaron sobre los pacientes que lobotomizaba.[2]

Cameron no fue una aberración en la profesión. Era un siquiatra reconocido. Fue presidente de las siguientes asociaciones: Asociación Psiquiátrica Americana, Asociación Psicopatológica Americana, Sociedad de Psiquiatría Biológica, Asociación Psiquiátrica Québec, Asociación Psiquiátrica Canadiense y la Asociación Psiquiátrica Mundial que él mismo ayudó a formar. En sus tiempos era común usar maratones de electroshocks y shocks de insulina para eliminar las pautas mentales de la gente. Esto se hizo tanto en Europa como en Estados Unidos, y llegó a haber congresos internacionales para que los siquiatras compartieran sus experiencias sobre las diversas técnicas. El testimonio de Cantú es sólo uno entre muchos otros testimonios de sobrevivientes cuyas identidades han sido borradas no en una novela de futurismo antiutópico, sino en el mundo real. Aunque no en sesiones maratónicas como las que le aplicaron a Cantú, la eliminación de pautas es perfectamente legal en las democracias del mundo actual. En un periódico de 2001, el “Año de la salud mental” según los Estados Terapéuticos del mundo, leí que en Estados Unidos se siguen electrochocando a cien mil personas por año, y se calcula que a lo largo de los últimos decenios se han electrochocado a diez millones de personas en Norteamérica.[3]

La siquiatría mexicana imita lo que se hace en el país que sufre la siquiatría más agresiva del mundo. Algunos siquiatras mexicanos opinan que la siquiatría del sector privado es indistinguible de la del vecino del norte. México es una nación codependiente cuya ciencia y seudociencia depende de los Estados Unidos. Una seudociencia clásica como el estudio de los OVNIS proviene de ese país, y la subcultura mexicana del new age sigue las pautas estadounidenses. De manera análoga, en las explicaciones mecanicistas de la academia se trata de explicar toda conducta humana desde la biología. Sólo para mostrar que lo que le sucedió a Cantú no fue un caso aberrante en la siquiatría mexicana, sino que los adolescentes rebeldes también han sido ultrarreprimidos al norte del Río Bravo, citaré el testimonio de Leonard Roy Frank. La cita que haré está basada en la ponencia que Frank presentó en un encuentro antisiquiátrico realizado en México.

En su ponencia, Frank aseveró que fue hospitalizado en tres siquiátricos estadounidenses: el Hospital Mt. Zion, el Hospital Estatal de Napa y el Hospital Twin Pines: todos en California. Como Frank se resistió al tratamiento, este último hospital obtuvo una orden judicial que autorizó al hospital para tratar a Frank contra su voluntad. Robert E. James fue el siquiatra que jugó el mismo papel del doctor Pedro González Jáuregui con Cantú. El reporte del doctor James sobre Frank dice: “Es mi opinión personal que este hombre padece una reacción esquizofrénica de tipo paranoide, crónica, severa; le beneficiaría seguir el tratamiento adecuado”. En base al diagnóstico se prescribió electrochocar al joven cerebro de Frank. El padre de Frank dio el consentimiento al hospital. El doctor James escribió en sus notas: “El paciente ha tenido 37 comas insulínicos y 31 ECT. Sus pensamientos son menos agudos y ha permitido que lo rasuremos. Se ha cortado el cabello. Se motiva al paciente para que se rasure cada día, lo cual hace bajo vigilancia”.[4]

En la década de los sesenta, tiempos de la liberación juvenil en la California donde vivía Frank, este joven tuvo inquietudes espirituales que se apartaban del estilo de vida de su familia. Se volvió vegetariano y tenía lecturas de religiones que horrorizaron a sus padres. Lo de las barbas parece irrelevante, pero fue su rebeldía de rasurárselas, aunado a haber abandonado su trabajo de vendedor de bienes raíces, lo que ocasionó la represión parental-siquiátrica. Frank era un joven bohemio de la posguerra, un beatnik perfectamente cuerdo, no un enfermo mental. Pero en 1962 su rebeldía le costó que le colgaran el rótulo “esquizofrénico”. Milagrosamente, Frank sobrevivió intelectualmente al martillazo al cerebro que conlleva la etiqueta, y en 1978 publicó The history of shock treatment: un clásico sobre el electroshock a pesar que es difícil hallarlo en las bibliotecas de siquiatría académica. Los shocks con inyecciones de insulina, que millones de espectadores vimos en la película A beautiful mind, producen un coma hipoglucémico: una baja en el azúcar que es el medio a través del cual nuestros cerebros aprovechan el oxígeno. A continuación transcribo parte de la ponencia de Frank en México:

En total fueron 85 tratamientos de choques (50 de coma insulínicos y 35 terapias de electroconvulsión). Mis recuerdos de la etapa de institucionalización, el año y medio precedente y grandes partes de mi vida anterior, fueron destruidos. Para algunos, entre los cuales me incluyo, esta amnesia en sí es evidencia de la existencia de daño cerebral sustancial ocasionado por el tratamiento de choques, que es precisamente lo que se intenta. Como escribió un defensor del tratamiento de choques: “No debe olvidarse que el objetivo de la terapia del coma insulínico es la destrucción de las células del cerebro, o sea, producir una lesión cerebral controlada”. Con respecto a la terapia de remover la barba, el resultado fue menos exitoso desde el punto de vista de los psiquiatras. Como pueden ver, las barbas vuelven a crecer, el tejido cerebral no.

Como ya mencioné, no tengo ningún recuerdo de esta época, pero considero mi expediente tal cual está. El primer recuerdo que tengo del período que siguió al tratamiento de choques fue cuando salía del último coma. Estaba sudando profusamente, una sensación de malestar invadía todo mi cuerpo; el dolor causado por el hambre no tenía que ver con nada que haya sentido antes ni después. De repente, oí un grito penetrante, más parecido a un chillido agudo, proveniente de la sección de tratamiento. El técnico cerró la puerta rápidamente. Aún así, los gritos no fueron ahogados por completo. He olvidado mis propios gritos, pero los de este compañero interno todavía me acompañan. De mi expediente psiquiátrico no se puede deducir nada del horror y la brutalidad del tratamiento de choque ni de mi resistencia a él. Con raras excepciones los psiquiatras no reportan lo que han visto sucederle a la gente que se somete a sus tratamientos. Tampoco discuten la experiencia subjetiva de los tratamientos que imponen a los sujetos psiquiátricos o que les administran sin su consentimiento informado.

Volviendo a mi expediente. El doctor James hace un juicio de valor acerca de mis “ideas en torno a (mi) barba, dieta y prácticas religiosas”. El calificar estas ideas como “fantasías” es un intento por hacer pasar un juicio de valor por un juicio de orden clínico. Mi barba, dieta, creencias religiosas y no conformismo en general son una amenaza para el status quo de la familia. Son considerados signos de mi rompimiento con el control de mis padres. Al tener la balanza de poder a su favor, mis padres acudieron a la psiquiatría institucional, a través de la cual pudieran restablecer su autoridad sobre mí, aunque fuera temporalmente. Para resumir, mi opinión es que el sujeto de la psiquiatría son los valores y el control y no la enfermedad y el tratamiento. La psiquiatría es política y religión a la vez, enmascarada como si fuera medicina y ciencia. El último punto que quisiera discutir en mi ponencia se refiere al asunto de la legalidad. Lo que me sucedió en 1963 —el encarcelamiento y el tratamiento forzado— es legal. Tanto mis padres como los psiquiatras llenaron todos los requisitos legales. La tendencia actual es realmente deplorable. La visión del pasado con respecto al tratamiento forzado parece destinado a ser la actitud del futuro, a menos que haya un cambio drástico en la actitud del público.[5]

Desde que Frank pronunció estas palabras en Cuernavaca en 1981, no ha habido cambios drásticos en la actitud del público. La voluntad de los padres sigue siendo sagrada en nuestra cultura. Si un hijo se rebela en México o en Estados Unidos, como se rebelaron Cantú y Frank, existen instituciones de salud mental que se encargan de eliminar las pautas rebeldes.

El maratón de la muerte de electroshocks a los adolescentes rebeldes fue una práctica muy común. En 1958, por ejemplo, Jonika Upton, de diecisiete años, huyó de su casa con su novio artista. Poco tiempo después sus padres, que sospechaban que el novio había sido homosexual, internaron a su hija en el Sanatorio Nazaret de Alburquerque en Nuevo México. A lo largo de tres meses Jonika fue electrochocada más de sesenta veces. El día en que la dieron de alta no reconoció a sus padres ni recordaba que había tenido novio. El siquiatra consideró que el tratamiento había sido un éxito. Aunque parezca increíble, en Estados Unidos el electroshock intensivo también se practicó en niños de cuatro a once años con el objeto de eliminar sus pautas rebeldes.[6]

Algunos años después de la ponencia de Frank en México, Kate Millett, una de las principales figuras del movimiento feminista en los sesenta y setenta, concedió una entrevista a la revista mexicana Proceso. Citaré un pasaje de la entrevista:

—Hablemos de su libro sobre la psiquiatría.

—El sistema psiquiátrico es un verdadero poder en los Estados Unidos. En mi libro analizo ese poder. Analizo la ideología de los psiquiatras y su lenguaje. Analizo las relaciones del Estado y de la familia con la institución psiquiátrica. Hay mucha tela de donde cortar. Pasé años con ese trabajo. Recopilé centenares de testimonios. Llegué a la conclusión de que en mi país hay un uso netamente represivo de la psiquiatrí…

—Es una acusación muy grave.

—Lo sé. Por eso también me fue difícil conseguir editor. En los Estados Unidos se utilizan los electrochoques de manera desenfrenada. Es bastante fácil encerrar a alguien en un servicio psiquiátrico. Basta que la familia obtenga el visto bueno de un psiquiatra y es muy sencillo convencerlos. ¿Tiene un hijo homosexual o le choca? Corra a ver un psiquiatra: le ayudará a encerrar a su hijo y a devolverlo a la normalidad a base de drogas y electrochoques. ¿Su hija tiene novios? Es una ninfómana: a ella también le hacen falta unos cuantos electrochoques y una estadía en una clínica psiquiátrica. La sociedad norteamericana desconfía profundamente de quien no se apega a sus normas y, por lo tanto, permitió que se desarrollara una psiquiatría todopoderosa. Eso es aún más patente desde hace diez años. Es un tema tabú.

—¿Qué la llevó a trabajar ese tema?

—Pasé por eso. Por todo eso. Sé de lo que estoy hablando: me salvé porque mi instinto de vida es más fuerte que todo.[7]

Referencias

[1] Ewen Cameron, citado en Gordon Thomas: Las torturas mentales de la CIA (Ediciones B, 2001), p. 123.

[2] Ibídem, p. 128.

[3] Estas cifras también aparecen en el citado artículo de Leonard Frank de 2001 en ect.org.

[4] Leonard Roy Frank: “El crimen del tratamiento forzado” en Sylvia Marcos: Manicomios y prisiones, p. 147.

[5] Ibídem, pp. 147-154. Como lo hice en la cita de Cantú en el capítulo anterior, eliminé los corchetes con puntos suspensivos.

[6] Leí el caso de Jonika Upton y la mención de los niños electrochocados en Whitaker: Mad in America, pp. 100s.

[7] Kate Millett, entrevistada por Anne Marie Mergier: “Ya no hay libertad de expresión: retrocedió con Reagan y sigue igual, dice Kate Millett” en Proceso (17 abril 1989).

Published in: on mayo 15, 2009 at 3:20 pm  Comments (3)