Qué es realmente la siquiatría

“Cuando es la sociedad misma el tirano—la sociedad colectivamente— ejerce una tiranía social más formidable… ya que deja menos medios de escapar de ella”. – John Stuart Mill [1]

HE DEFINIDO al Estado como el monopolio de la violencia. A lo largo de la historia el monopolio estatal de la violencia ha sido teocrático, autocrático, aristocrático, fascista, comunista o democrático. Pero el concepto de un estado dentro de un estado representa otra forma del uso legal de la fuerza: el farmacrático. Del griego pharmakon, medicina o droga, la farmacracia sería el dominio por su familia de algunos miembros de la población joven en colusión con algunos médicos en aras de un colectivismo coercitivo.[2] Por otro lado, he definido a la siquiatría como la manera seudocientífica como el status quo se defiende. El sistema se defiende negando que algunos padres destruyen las mentes de sus hijos. Quisiera ampliar esta definición, pero antes debo mencionar lo que Kingsley Davis escribió en la revista Psychiatry en 1938. Tiene ya tantos años su artículo que el reputado sociólogo usó expresiones que han caído en desuso, por lo que en las siguientes citas remplazaré la “higiene mental” textual por “siquiatría”. El pensamiento de Davis arroja luz sobre por qué los pronunciamientos de los citados ideólogos no han escandalizado a la opinión pública.

Familiarizado de antemano con la postura de Platón, Rousseau y otros ingenieros sociales, Davis escribió: “La siquiatría resulta ser no tanto una ciencia para la prevención del trastorno mental, como una ciencia para la prevención de la delincuencia moral […]. Una vez definida la salud mental en términos de conformidad respecto a una ética básica, la siquiatría es un logro para el cual hay que librar batalla en muchos otros frentes”.[3] En otro de sus escritos Davis aclara qué son estas batallas: “Presionar sobre las legislaturas, utilizar armas políticas y sobre todo negar públicamente su auténtica finalidad”.[4] En su artículo de Psychiatry Davis añadió: “Asimismo, dado que se mantiene la ficción científica, el carácter ético del movimiento no puede ser nunca consciente y deliberadamente establecido, y por ende sus metas conservan su naturaleza nebulosa y oscurantista”.[5] Maquiavelo no lo pudo haber dicho más claro. Estos pasajes me recuerdan tanto la innovación de Heinroth, usar las palabras “pecado” y “enfermedad” intercambiablemente, como la política de Luis XIV que encarceló a la gente considerada “insensata” por la mayoría dominante. Y precisamente porque el siquiatra, nos dice Davis, “sanciona por vía secular y bajo el disfraz de la ciencia las normas de la sociedad entera”, eso le da carta blanca para “lanzarse a hacer evaluaciones, incursionar en campos que la ciencia social no tocaría, porque posee un sistema ético implícito que, siendo el mismo de nuestra sociedad, le permite enunciar juicios de valor, obtener apoyo del público y gozar de un inalterable optimismo”.

Unos años después de que Davis escribiera su artículo la misma Organización Mundial de la Salud (OMS) definió a la enfermedad de forma revolucionaria, rompiendo con el concepto tradicional que se tenía de enfermedad como una condición somática. En 1946 la OMS definió a la salud como “el estado de completo bienestar físico, mental y social, y no meramente la ausencia de enfermedad o endeblez”.[6] Tal definición le da a la profesión médica, como nos dice Davis, el poder político para hacer evaluaciones e incursionar en campos que la ciencia no se atrevería a tocar. El mismo Kraepelin definió a la siquiatría como “un regidor absoluto que, guiado por nuestro conocimiento actual, podría intervenir despiadadamente en las condiciones de vida de la gente”.[7] Como ejemplo podemos notar que a quienes acarician la idea de abandonar este mundo, se les electrochoca. Si la gente no se percata que esto es una acción inquisitorial se debe a que el continente fue conquistado por una sola religión: la cristiana. No fue conquistado, digamos, por los japoneses: cultura en la que el suicidio es un acto honroso.América fue colonizada por una civilización que mantiene que la vida humana no le pertenece al ser humano, sino a la providencia: una cultura tan intolerante hacia el suicidio que la intolerancia persiste en nuestros tiempos secularizados. Davis añade: “Disfrazado su sistema valorativo por medio de la posición psicologista como consejo racional fundado en la ciencia, puede alabar y condenar convenientemente protegiéndose en el escudo médico-autoritario”.[8]

Kingsley Davis publicó su artículo más de veinte años antes de que Foucault publicara su historia de la siquiatría.[9] Pero el marco conceptual para entender al movimiento de salud mental puede ya colegirse de algunos textos de Alexis de Tocqueville y de John Stuart Mill. Sobre la Inglaterra decimonónica Mill nos dice: “Hay algo a la vez denigrante y horrible, en la especie de testimonio sobre el cual, en los años últimos, toda persona puede ser judicialmente declarada incapaz […], como muestra de locura”. Y añade: “Estos juicios dicen más que volúmenes enteros sobre el estado de la opinión vulgar respecto a la libertad humana”. Estas son las notas finales de Sobre la libertad. Mill concluye: “En otros tiempos, cuando se proponía quemar los ateos, gente caritativa acostumbraba a sugerir su reclusión en una casa de locos; no sería sorprendente que viéramos esto mismo hecho en nuestros días”.[10]

La “tiranía de la mayoría” que tanto temían Jefferson y Madison no tolera la excentricidad.Toda desviación de la norma, aunque sea una excentricidad que no dañe a nadie, es considerada desleal. La intolerancia, esto es, la disposición de la mayoría de imponer sus normas sobre la minoría, es el otro lado de la moneda del conformismo social. En Sobre la libertad Mill no propuso tanto defender los derechos del individuo excéntrico —un ateo por ejemplo— frente al Estado. Propuso defender sus derechos frente a la sociedad misma: un Leviatán gigante. Para Mill su gran misión fue decir lo que pensaba de la sociedad moderna, especialmente del poder de la opinión pública sobre el individuo distinto. La solución colectivista propuesta desde Platón, Aristóteles y Rousseau teme al Otro y no permite aristas. Si hay algo que, a lo largo de su prolongada carrera, Peter Breggin notó en su consulta es que es precisamente a los niños y adolescentes más despiertos e individualistas a quienes los padres y los médicos los controlan con drogas siquiátricas. En mi familia, por ejemplo, yo era el más individualista de mis hermanos, y a mí fue al único que mi madre drogó en contra de la propia voluntad. Pero una hechura homogénea decidida a establecer una norma de igualdad en una familia tradicional es una forma de despotismo. El colectivismo familiar es opuesto al ideal de Píndaro ¡Llega a ser lo que eres!, realízate; y también es opuesto al ideal romántico del “derecho del individuo a desarrollarse por sí mismo” ejemplificado en Goethe. Aunque parezca paradójico, en filosofía del derecho no se considera que el derecho a la vida ocupe el primer lugar, sino el derecho al libre desarrollo de la personalidad, porque la vida sola coaccionada y esclavizada de un individuo ya no es vida. Sobre la presión social de millones de atmósferas que impide este desarrollo, Tocqueville escribió en La democracia en América: “La clase de opresión por la que las naciones democráticas están amenazadas es completamente distinta de lo que jamás ha existido en el mundo”. “Nuestros contemporáneos no encontrarán prototipo de esto en sus memorias. En vano busco una expresión que transmita adecuadamente la idea que tengo de todo esto. Las viejas palabras ‘despotismo’ y ‘tiranía’ son inapropiadas. Estamos ante algo nuevo”.[11] Las observaciones de Tocqueville dejaron una profunda huella en el pensamiento que Mill expresaría un poco más tarde en Sobre la libertad. “He notado que la ventaja de la democracia no es, como se había dicho algunas veces, que procura protección a los intereses de todos, sino simplemente a los intereses de la mayoría”.[12]

Tocqueville y Mill se percataron de una parte oscura, de unas consecuencias no queridas ni planeadas, de la democracia moderna. En las naciones democráticas la fuerza política de la mayoría se ha convertido en una fuerza que sobrepasa la de las antiguas tiranías; aunque la manera de ejercer tal fuerza es mucho más sutil, e infinitamente más difícil de detectar, que el de una tiranía clásica. La razón de esto es que los valores de la mayoría nos rodean tanto como el océano al pez. La invisibilidad de este “totalitarismo suave” es el corolario de la democracia, el gobierno del dêmos: el omnipresente pueblo o masa. Como la siquiatría basa su poder en las mayorías, tanto las universidades como el gobierno, que sólo reflejan las pasiones de la masa, han ignorado a los desenmascaradores del movimiento de salud mental. “En América”, escribió Tocqueville, “la mayoría levanta barreras formidables contra la libertad de expresión; siempre que no atente contra estas barreras, un autor puede escribir lo que le guste. Pero ¡ay de él si las traspasa!” Tocqueville puntualiza que no hay peligro de persecución. Al pensador disidente, a un Szasz o a un Breggin por ejemplo, prácticamente se le ignora. Se le aplica lo que los alemanes llaman Totschweigetaktik: la táctica de matar al opositor mediante ignorar todo lo que dice. Nunca ha habido en las facultades de medicina una discusión leal sobre el trabajo de decenios de Szasz y de Breggin. Existe una convención tácita para que los fundamentos del movimiento de salud mental no sean siquiera discutidos.[13]

La masa forma su opinión por la escuela, los periódicos y la televisión. Mill creía que el individuo autodidacta es el antídoto de la nueva forma de control de la masa. Por ejemplo, ninguna organización denunció a la Inquisición a lo largo de los siglos de su existencia. Fueron los individuos, muchas veces individuos aislados, quienes vieron los crímenes de la iglesia; y desde el siglo de Mill hasta el nuestro, Zolá, Solyenitsin, Robert Spencer, Oriana Fallaci entre otros, vieron otros tipos de crímenes. Por eso Mill amaba tanto al individuo distinto y temía a la masa ciega; y recelaba de la democracia por ser potencialmente la forma más opresiva de gobierno. Por eso también el siquiatra, el agente de la mayoría aplastante, recela del individuo y de la formación de individualidades originales, y ama a la masa gracias a la cual hace su modus vivendi. En contra de lo que generalmente se cree, nos dice Isaiah Berlin en un lucidísimo ensayo conmemorativo del centenario de Sobre la libertad, la nota predominante en los escritos del Mill no es el utilitarismo. Este manifiesto “es la exposición más clara, simple, persuasiva y conmovedora del punto de vista de aquellos que desean una sociedad abierta y tolerante” —tolerante hacia el individuo distinto, quiso decir Berlin. Mill es la antítesis de Platón y de Rousseau; del siquiatra y de las fuerzas sociales que dieron origen a su profesión. Lo que más llegó a valorar fue la chispa del genio individual, la anomalía humana, y Sobre la libertad, que empezó a escribir en 1855 a sus cincuenta años, es la obra clásica en pro de la libertad individual. Sobre todas las cosas amaba Mill al pensador independiente, al trabajador solitario; al disidente, al eterno cuestionador de los valores establecidos, al joven oposicionista que se sale de la regla siempre y cuando no viole los derechos de los demás; al que cuestiona el dogma y los prejuicios de la masa; en una palabra, al outsider calumniado de esquizoide por su familia y los policías de la mente.

En última instancia, lo que me sucedió con mi madre y su policía estriba en ver al individuo joven ya sea como una persona privada, o como propiedad parental.

Referencias

[1] John Stuart Mill: Sobre la libertad (Biblioteca Alianza Editorial, 30 aniversario, 1997), pp. 86s. Al igual que la sección en que hablé del Gran Encierro de Foucault, muchas frases de este capítulo están sacadas, a veces literalmente, de esta espléndida edición de Sobre la libertad, especialmente del comentario de Isaiah Berlin. La única novedad es que me enfoco en la siquiatría: un tema que Berlin no aborda.

[2] Thomas Szasz explica detalladamente el concepto de “Estado Terapéutico” en su libro Pharmacracy. La mayor diferencia entre su postura y la mía es que Szasz generaliza demasiado esta noción, y es ciego ante los hallazgos de los pioneros del modelo del trauma.

[3] Kingsley Davis, citado en Szasz: Ideología y enfermedad mental, p. 220. El artículo de Davis en Psychiatry se encuentra en el vol. 1, 1938, pp. 55-65.

[4] Ibídem, p. 52. El artículo de Davis en American sociological review se encuentra en el vol. 1, 1936, pp. 236-47.

[5] Ibídem, p. 220.

[6] “Mental hygiene” in Encyclopaedia Britannica, Deluxe edition (Windows CD-ROM 2000).

[7] Emil Kraepelin, citado en Erwin Ackerknecht: A short history of psychiatry (Hafner Publishing Co, 1959), pp. 33s.

[8] Davis, citado en Szasz: Ideología y enfermedad mental, p. 220. La edición en uso del DSM nos presenta la siguiente patraña en su introducción: “Ni el comportamiento desviado (p. ej., político, religioso o sexual) ni los conflictos entre individuo y sociedad son trastornos mentales, a no ser que la desviación o el conflicto sean síntomas de una disfunción” (DSM-IV: Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales, p. xxi). La verdad es que en la práctica los siquiatras usan el DSM precisamente como Amara lo usa al censurar la conducta socialmente desviada de los adolescentes que estigmatiza en su consulta y programa de radio. Esto es intrínsecamente inherente al DSM, no a los “abusos” de su interpretación de supuestos médicos sin escrúpulos.

[9] En la primera parte había mencionado Nueva historia de la psiquiatría, el erudito tratado pro siquiátrico que escribieron cuarenta autores. Héctor Pérez Rincón, uno de los contribuyentes, escribió: “No se puede hablar de la historia de la psiquiatría de la Nueva España sin tomar en consideración la actividad de la Inquisición en algunas conductas que hoy día serían calificadas de psiquiátricas”. Pero omití decir que el primer ejemplo que este siquiatra mexicano puso de una de estas conductas siquiátricas es el de “las desviaciones sexuales” (citado en Poster y Quétel: Nueva historia de la psiquiatría, p. 525). Fue precisamente la represión siquiátrica que debido a su homosexualidad sufrió Foucault de joven lo que lo movió a escoger el tema de su ahora famosa tesis doctoral, Historia de la locura, escrita desde el punto de vista opuesto a Nueva historia de la psiquiatría. Pérez Rincón, que contribuyó a esta última, resuena a Freud. Como vimos en la primera parte, la descripción freudiana de la histeria puede interpretarse como una revisión semántica de la demonológica (las brujas).

[10] Mill: Sobre la libertad, p. 262.

[11] Alexis de Tocqueville: Democracy in America (Vintage, 1945), vol. II, p. 336.

[12] Tocqueville, citado en Mill: Sobre la libertad, p. 62 del álbum.

[13] En La sombre del águila Mark Hertsgaard, un estadounidense crítico del proyecto de su nación, dice lo mismo que decía Tocqueville más de siglo y medio antes: en la sociedad norteamericana actual no hay una libre discusión de los temas fundamentales. Exactamente lo mismo puede decirse de otras culturas.

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Published in: on mayo 15, 2009 at 12:41 pm  Dejar un comentario  

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