Páginas 121-125 de Hojas susurrantes



Papá y mamá:

El 28 de abril de 1976 huí con abue Mecho después de que tú, papá, me abofetearas y me rompieras el corazón.

Añadiendo insulto a la injuria, el doctor Giuseppe Amara, el siquiatra pagado por mamá, me calumnió a mí, al indefenso menor de edad, no al adulto que me pegó, de “esquizoide”, y en su consultorio me dijo que quería asaltar mi cerebro. Sus palabras exactas fueron:

“¡A bombardear el cerebro con metabolitos franceses!”

Me sentí molido. Sus palabras fueron un terrible golpe para un muchacho que acababa de sufrir la traición de su vida. No sólo mis padres me habían roto el corazón en casa: ahora un sujeto pagado por ellos quería atentar contra la sede de mi inteligencia.

En esos días visité a tío Chepo. Siendo doctor quería preguntarle qué era “Majeptil”, la droga con la que Amara quería “bombardearme el cerebro” según sus propias palabras. Descubrí que era el nombre comercial de la droga que le dan a la gente muy perturbada (tiempo después supe que algunos médicos la llaman lobotomía química). Después de mi investigación decidí que jamás tomaría la temible droga de Amara: además de una ofensa mortal era un atentado a mis facultades.

Pasó un cuarto de siglo…

Mamá:

En el primer año del nuevo siglo mi hermana me confesó que me ponías esa droga, que yo había jurado jamás tomar, en los desayunos cuando regresé a casa. Según ella, varias veces “te cachó” haciendo eso y tú le explicaste: “Ésas se las mandó el doctor Amara y no las quiere tomar”.

Cori me dijo que le confesaste que a diario me ponías esa droga y que lo hiciste por meses; y papá estaba perfectamente enterado de lo que me hacías.

Le pregunté entonces a Germán y me confesó que te vio poniéndole gotas de un medicamento a un jugo de naranja. Que lo que se le grabó fue tu reacción sospechosa cuando te descubrió. Se le quedó muy grabado que, de tus hijos, ponías las sospechosas gotas sólo a mi comida.

Lloré con Germán como nunca lo hago porque de chico papá me vio todo chueco en mis músculos —resultado de la droga— y a pesar de que papá detestaba a la siquiatría, jamás me dijo nada sobre lo que me hacías.

Haz de saber que, junto con la golpiza emocional que a lo largo de años me propinaste con mi padre, tu médico destruyó mi vida. La droga que me pusiste es la más peligrosa del mercado. Más peligrosa que la cocaína y la heroína. ¿Cuál fue el resultado de esa falta de respeto hacia tu hijo?

En casa de abue Mecho padecí unos ataques de pánico que nunca había entendido con anterioridad a mi investigación de las drogas siquiátricas; y de enero a julio de 1977, cuando regresé a casa, padecí algo que se llama acatisia. Un doctor que ha hecho campañas en Estados Unidos para prohibir la misma droga que me ponías define la acatisia como “un tormento psicológico permanente”. Es similar al ansia física de aquellos heroinómanos a quienes, de golpe, se les retira la heroína. No obstante, cuando le retiran la droga a un drogadicto el tormento dura sólo unos cuantos días. Pero como yo sentí la acatisia de enero a julio de 1977, significa que fui torturado ¡a lo largo de siete meses!

Cuando iba a ver a Amara ese año le decía que me sentía muy mal; que sentía una suerte de “ansia física”. En aquel entonces desconocía la palabra acatisia. Antes de la revelación de mis hermanos no lograba comprender por qué rayos me habían dado esas malditas “ansias físicas” que paraban en seco mi rendimiento cotidiano. Ahora sé que, como médico, Amara sabía perfectamente que eran los efectos de la espantosa droga: mi cerebro se rebelaba ante un agresivo bombardeo químico del que yo no sabía ni pío. Pero a tu médico le importó un bledo verme torturado por la droga, torturado con tu complicidad, mamá. Como te dije hace años en mi larga carta: “Todos esos meses me la pasé tumbado en cama, sólo dormir me sacaba de la atosigante sensación psíquica. Me quedaba en la cama en posición fetal para ‘protegerme’ de aquella constante sensación”. Incluso se ha visto en escaneos cerebrales y autopsias que a los chicos que se les administra esa droga por mucho tiempo se les encoge el cerebro. No me extraña que en el caló norteamericano les llamen shrinks a los siquiatras, “encogedores”.

A pesar de su gentil aspecto cuando aparece en televisión, el doctor Amara es, en realidad, un monstruo.

En la investigación que en tiempos recientes hice de la siquiatría me topé con el caso de un joven llamado Ricardo. Su madre le dio el mismo tipo de droga que me dabas y me confesó que Ricardo también padeció acatisia: una palabra que ella conocía muy bien. Fue tal la tortura de la acatisia que Ricardo se suicidó. Ya no aguantaba el tormento, las ansias de todos los días similares a quitarle de golpe la heroína a una persona. La madre de Ricardo me confesó que se arrepintió de haberle creído a los médicos que consultó; según ella, “los mejores siquiatras de México”.

Yo no me suicidé, aunque bien me dieron ganas. Resistí heroicamente la tortura que tu médico-brujo y tú me infligieron por tanto tiempo. ¡Si me hubiera enterado de lo que me hacían habría huido del hogar! Ahora me llega el recuerdo de cierta ocasión que yacía tumbado en cama abatido en tal suplicio de acatisia que me dije a mí mismo: “Si tuviera una pistola en la mano no dudaría en dispararme”.

Nadie me socorrió en esos momentos. Yo mismo no podía hacer nada: ignoraba lo que a instancias de tu médico-brujo me hacías. Esa droga que me pusiste furtivamente, lo digo una vez más, contribuyó a destruir mi vida.

Me ponías esa maldita cosa a pesar que en tu mismo diario anotabas las crisis de acatisia que me daban a lo largo de ese tiempo. Ese diario tú misma me lo regalaste y lo iniciaste el día que huí con abue Mecho por el ultraje de las bofetadas de mi padre. En la primera página de tu diario, la noche en que mi padre me ultrajó, escribiste:

César chico

Salió el Martes 28 de abril de 1976 a las 9 de la noche. El diagnóstico empezó a principios de Marzo. El tratamiento empezó en el mes de Abril.

Lunes 17 de Mayo:

Nuevas medicinas: Majeptil 2 gotas: 8-11-2-5-8. Akineton grageas: 2-1-2.

¡Se me parte el alma al leer tu diario! Este fue el inicio de un ataque médico similar a la tortura de siquiatras a disidentes políticos (los números que citas se refieren a las horas del día; aunque semana y media después tu diario menciona un incremento a “3 gotas 5 veces al día”).

Como resultado de tu “tratamiento”, tiempo después escribiste:

César se puso muy malo, primero con dolor de cabeza y después se torció del cuello y del cuerpo. Fue algo horrible, no sé adonde va a llegar.

A este torcerse se le llama “distonía”, otro resultado de la droga. Luego el médico-monstruo incrementó la dosis. Continúa tu diario:

Se sigue quejando de sentirse mal, el jueves pasado el 12, y el 14 tuvo un bajón acentuado… el Doctor piensa que es un poco de teatro para conquistarme. No lo creo, él sufre horriblemente, se le nota en su semblante.

Papá:

Si el cuerpo es el templo del espíritu, el cerebro es el sanctum sanctuorum del cuerpo. Violar al cerebro sería entonces, como dijo Daniel sobre la profanación del templo, la “abominación de la desolación”.

Ante esta abominación, este asalto a mis derechos más elementales, y, me siento violado al decirlo, al lugar más sagrado de mi ser, tú no hiciste nada. ¡Absolutamente nada! Jugaste un papel estúpidamente pasivo. Anulaste tu voluntad, como un niño pequeño, ante las locuras de mamá y del monstruo mercenario. A pesar de que la droga me enchuecó los músculos varias veces ese año —la distonía— y me produjo un molesto tic en el hombro derecho —disquinesia tardía en lenguaje médico—, no te tentaste el corazón, papá.

Es sabido que la monstruosidad que me ponía mamá causa esos síntomas. Recuerda esa noche en casa en que, chueco cual Cuasimodo y grotescamente encorvado, fui al baño. Ya adulto, en mi lucha contra la falsa ciencia que contribuyó a destruir mi vida, traduje para internet el artículo de una joven norteamericana que quedó en silla de ruedas de por vida por haber tomado el mismo tipo de droga que, contra mi voluntad, mamá me ponía.

Recuerdo bien que durante mi niñez decías con gran vehemencia: “El sicoanálisis es la plasta que vino a usurpar al confesionario”. Bien. Si hubiéramos ido todos con un buen sacerdote en lugar de llevarme a mí solo con un analista nos habríamos dado la oportunidad de comunicarnos y de resolver el problema en casa. ¡Un sacerdote jamás les habría sugerido: “No tengan piedad: bombardeen el cerebro de su primogénito con la droga más agresiva”, papá!

Sólo ponte en mi lugar. Recuerda cómo de adolescente te rebelabas ante tu familia de ingenieros y sus consejos de que estudiaras arquitectura. También recuerda cómo tu hermano Alejandro y tu primo Guillermo te zaherían de modo muy hiriente. ¿Cómo te habrías sentido si, además de los malos tratos de tu padre, en lugar de buscarte una beca para que estudiaras música en España mi abuelo hubiera solicitado los “servicios” de un siquiatra? Imagínate que el siquiatra hubiera “descubierto” que eras un “esquizoide”. Tu enfermedad era “estar fuera de la realidad”: querer ser músico. Imagínate que, después de recetar “bombardear el cerebro” del musiquillo, un siquiatra pagado por tu padre te hubiera amenazado con hospitalizarte si, ante tal insulto, decidieras no volver a sus sesiones (¡como el loco monstruo de Amara hizo conmigo!). No conformes con eso, imagínate que a tus espaldas te hubieran puesto en los desayunos una droga considerada “lobotomía química” para “curarte” de la rebeldía artística.

Eso habría destruido tu carrera de músico…

Algo análogo a este escenario sucedió en mi vida, papá. No pude hacer mi carrera de director de cine después de lo que ustedes y su médico-brujo me hicieron.

¿Cómo fue que accediste a los deseos de mamá: llevarme con alguien cuya profesión perfectamente sabías que era fraudulenta? ¿Cómo fue que violaste tus más caros principios? ¿Por qué demonios te autolobotomizas ante la voluntad de tu esposa?

Papá y mamá:

Hace muchos años intenté comunicarles una tragedia que ocurrió en nuestra querida casa de Palenque, y lo que el siquiatra con quien me obligaban a ir de chico me hacía en la privacidad de su consulta. Traté de comunicar todo eso a través de una carta muy larga. Por años y más años albergué la esperanza que la leyeran.

Esperé, esperé, esperé… Llegó el nuevo siglo pero no recibí respuesta.

Ya no puedo esperar más. Tengo que publicar la Carta a mamá Medusa. Necesito catarsis. Necesito vindicación. Necesito que otros lean lo que ustedes me hicieron.

César.

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7 comentariosDeja un comentario

  1. César antes que nada deja te digo, eres valiente. Para poder desnudarte el alma y la mente ante lectores desconocidos, se requiere mucho coraje, es muy triste lo que te sucedió, sin embargo eres el claro ejemplo de que lo que no te mata, te hace más fuerte. Sobrevivir a la adversidad te hace un guerrero de la vida, compartir tu experiencia con otros que quizás pasan o pasaron lo mismo que tú, es algo sumamente valioso. Te felicito.

    • Gabriela: El percatarme de lo que eran las profesiones de salud mental—la siquiatría, el Hermano Mayor; y el sicoanálisis y la sicología clínica, las hermanas menores—me llevó un largo tiempo, y en escritos míos incluso ajenos a los de este blog. Nada fácil para un pez es “hacer la crítica del agua” por así decirlo. La mentira de la corrección política nos envuelve no sólo en la academia, sino en los medios de comunicación e incluso en lo que vemos y oímos en la vida cotidiana.

      Mezclando metáforas, desenchufarse de la Matriz es una auténtica proeza. No todos pueden hacerlo y morirán con esa falsa visión del mundo. Estoy en deuda con quienes me ayudaron a salir de la ciber-prisión.

      Gracias también por tus comentarios aquí, aquí y acá en este blog (en realidad, un texto que debió haber terminado en las librerías en un mundo menos entregado a la mentira). Bienvenida a este foro en el que pocos comentan. 🙂

  2. hola Cesar. Te escribo desde España.Soy psicologo de profesion y de corazon y estoy totalmente deacuerdo con tus opiniones sobre la psiquiatria y su forma de entender los mal llamados trastornos mentales. Existe otras formas de ayudar a las personas con problemas siempre y cuando estas, de motu propio, reconozcan su malestar y siempre bajo un respeto infinito a su persona, su fe religiosa, su cultura. y su voluntad. trabajando juntos en aquellas creencias y factores que le hacen sufrir.
    Se puede conseguir sin apelar a esoterismos psicologicos, terapias de feria y sobre todo sin utilizar la superioridad moral que muchos psicologos y psiquiatras tienen bajo un complejo de inferioridad.

  3. Toda tu lucha tiene y seguirá teniendo más de una meta: sacar del cuadro las líneas para hacernos notar el cubo que se ve de más afuera, al igual que con otras voces que no se escuchan jamás. Aunque no por eso dejan de existir para quienes las emiten aunque sea con el pensamiento y energías.

    Nadie tiene derecho de violentarnos, abusar ni mucho menos de elegir por nosotros. Tu historia, tu vivencia me deja en claro lo despiadados que pueden ser incluso los más cercanos a nuestra carne y sangre.

    Muchas veces nos martirizamos y exageramos nuestros padecimientos, cuando hay personas que al igual que tú sufren de miles de formas, a ti,que te tocó padecerlo de esta forma te extiendo mis sinceras y más que sinceras bienaventuranzas, ya que si resistes a eso, eres Fuerte y Adaptable, tu ser prevalecerá y evolucionara de muchas maneras.

    Demasiada es la suerte, no es mero accidente.

    • Gracias, Viridiana, por estos comentarios.

  4. Hola Cesar, comienzo por decirte que me encanto tu escrito, pero desafortunadamente tambien sufri las consecuencias del Majeptil, que me administraron via intramuscular, me imagino que fue una dosis altisima, lo que me produjo unas convulsiones durante unas dos horas, que me parecieron siglos y los dolores muy intensos, me dolia hasta la punta del pelo, que el unico pensamiento que cruzaba ´por mi mente era: me quiero morir, no puedo soportar esto.
    Tambien me dieron otras porquerias parecidas con unos efectos secundarios tremendos.
    En ese tiempo en el que estuve en dos hospitales siquiatricos, los “siquiatras” me diagnosticaron sicosis maniaco depresiva y que tenia que tomar carbonato de litio para toda la vida.
    Eso hace unos 25 años, desde que sali de aquellos antros de terror y horror, nunca volvi a tomar ni una aspirina y gracias a Dios me ha ido muy bien.
    Tambien como tu, descubri que me echaban porquerias en la comida y tambien me di cuenta. Solucion: me fui a vivir solo.
    Este es un tema super extenso, pero nos hace ver que la equivocacion de un medico nos puede “Asesinar el alma”, pero gracias a Dios con nosotros no pudieron.

    Con cariño, Manuel

    • Gracias, Manuel.

      Qué impresión. Es la primera vez que alguien me dice en este blog que también le dieron esa torturante droga (porque eso es lo que es: una droga para torturar a los chicos que entran en conflicto con sus padres).

      Si vives en México sería bueno que algún día de estos nos conociéramos.

      Un saludo,

      César


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