Páginas 222-225 de Hojas susurrantes

La naturaleza del mal: Amara (IV)



No es que brujas y pacientes mentales sean cosas parecidas. Al contrario: es la semejanza existente entre psiquiatras e inquisidores lo que hace que traten a las víctimas de idéntico modo.

Thomas  Szasz [1]



En abril de 2001 mi hermano Germán me reveló algo que me dejó mudo. Según Germán, Amara “le vendió la idea a nuestros padres” que yo tenía “un mal genético”, que iba a “ponerme mal” y que nuestros padres “no tenían la culpa” de esa “enfermedad”. Tan nada de culpa tenían nuestros padres del daño que me habían causado de chico que, según les informó el profesional: “Ni siquiera si ambos de ustedes fueran sicoanalistas habrían podido ayudar a su hijo enfermo”.

Pocas cosas, lector: muy pocas cosas han despertado un odio más abismal en mí que la confesión de mi hermano.

Si Amara pronunció esas palabras contribuyó no sólo a destruir mi vida sino a que mi familia no se redimiera. Como cuento en la Carta, en mi adolescencia mis padres me metieron a una espiral de estrangulamiento emocional. Ahora bien, el ver devastado a su hijo podría haberlos hecho reflexionar sobre sus actos. Al menos era una posibilidad. La gracia podría haber llegado a sus corazones: uno de ellos podría haberse arrepentido y tratar de enmendar lo que hizo.

¡Qué fácil habría sido para el menor que fui perdonarlos y rehacer mi vida!

Pero como ni mi padre ni mi madre hicieron un examen de conciencia, mi perdón jamás llegó. Mi alma nunca alcanzó la paz ni pude rehacer mi vida. Abandoné mi vocación de cineasta; no hice carrera ni tuve pareja y caí en enajenantes sectas.

¡Y es que la absolución biologicista de Amara ante el crimen parental fue total, absoluta! Ni la sociedad ni mis padres ni mis conocidos cobraron conciencia del crimen. Si le doy credibilidad al testimonio de Germán, el siquiatra fungió como un diablo susurrante en sus oídos para que nuestros padres jamás vieran su pecado. De hecho, su conciencia quedó tan limpia por la absolución de Amara que, en años subsecuentes, mi madre repitió sus patrones de conducta hacia sus otros hijos. Acosó, maltrató y humilló terriblemente a las dos hermanas que me siguen y sus vidas quedaron arruinadas.

¿Se entiende por qué aborrezco al diabólico reduccionismo de Giuseppe Amara? Volvamos a la entrevista que tuve con él el 22 de febrero de 1988. Había citado cinco puntos de mi diario, pero omitido el último.

Dijo Amara que “como no tenía la capacidad de agarrar de la orejita al padre esquizógeno y regañarlo”, entonces trata “al eslabón más afectado”. Pero que sí era una enfermedad familiar y social: último eslabón – padres – abuelos – toda la sociedad. Que Laing decía que “estamos mal debido a otros” y que “si no fuera por los otros, no estaríamos mal”. Pero que un maestro italiano suyo de siquiatría le dijo que “sólo se trata al último eslabón”. Por lo mismo, y como no es posible lo de la orejita, “hay que tratar con el eslabón más afectado solamente” [énfasis en su voz]. Que por eso me recetó Majeptil como antipsicótico. “Había la posibilidad” [de quiebre psíquico] según él. Que pensó en la posibilidad del quiebre por mi ocasional tortícolis, que aunque le sucede a la gente normal el problema es que me pasó “dentro del cuadro de carácter esquizoide”.

La estupidez, monstruosidad e inmoralidad de esta posición es apenas concebible. Si a Dora la viola el padre, OK, como el siquiatra no puede traer de la oreja a una figura poderosa trata al último eslabón, ¡la víctima! Y no duda en administrar peligrosísimas drogas que producen tormentos no al violador ¡sino a la víctima! A fin de cuentas, el que le paga es el violador ¿no? Por si este surrealismo fuera poco, la supuesta “tortícolis” —distonía en realidad— ¡él mismo, Amara, la causó! Había sido el efecto directo de su droga. ¿No pudo relacionar Amara el químico que le sugirió a mi madre ponerme a hurtadillas con la distonía que provocó (curiosamente, sin ser médicos mis padres sí vieron la relación)?

Comparemos la filosofía de Amara con cualquier crimen. ¿Qué sería de un mundo donde los violadores, asesinos y asaltantes quedaran impunes mientras que sus víctimas fueran a las cárceles y se les administrara químicos que producen acatisia y distonías?

Este es el arte de culpar a la víctima. Esta es la Lógica Wonderland donde vive una casta parasitaria en nuestra sociedad: martillar no al inquisidor, sino a su bruja.

Esta es la naturaleza del mal. Lo que Amara hizo en mi familia fue sancionar una psicosis parental (“Todos, incluyendo Amara, nos dieron la razón” —mi padre). Para el médico de Julie La Roche, para Freud con Dora, para el director del departamento donde estudió Masson —ese gran retórico que hablaba con resonante voz sobre un indefenso niño—, los padres son intocables. Todas las acciones, incluyendo la hospitalización involuntaria, se toman contra Dora, contra los jóvenes, contra “el eslabón más afectado” según el maestro de Amara.

Hemos visto que un padre puede ser más devastador que Mengele; hemos visto que según Modrow su pánico fue la experiencia más demoledora que puede sufrir una persona, y que la revictimación de una víctima conduce a la sensación de la traición del universo. Tomando en cuenta que Yakoff logró mantener la cordura después del ataque de Mengele pero no Modrow ante el ataque de sus padres y el siquiatra, el terapeuta que contribuye al asesinato de almas ¿no es peor que un Mengele?

Lo más grave es que en el fondo estos siquiatras vislumbran la verdad y hasta citan a sus enemigos antisiquiatras (“Estamos mal debido a otros; si no fuera por los otros no estaríamos mal”). ¡Pero a esos otros los tienen por intocables! ¿Y cómo van a tocarlos si son precisamente la fuente de ingresos del siquiatra?

Los terapeutas no pueden traer de la oreja al poderoso industrial que sedujo a Dora. A tratar pues al último eslabón: a la jovencita. Encarcelémosla en falsos hospitales o controlémosla con drogas que producen el peor de los tormentos psíquicos según los disidentes rusos. Eso fue lo que enseñó no sólo el maestro de Amara sino lo que enseñan las escuelas de siquiatría en el mundo (“Cuando en la familia un hijo manifiesta una gruesa patología…”). Si tales revictimaciones producen pánico, más fuertes drogas han de administrarse (Amara inició su “tratamiento” con antidepresivos y lo culminó con el neuroléptico más agresivo).


Análisis final

Los paidosiquiatras fueron víctimas de inefables abusos por sus padres, pero, gracias a su profesión biorreduccionista, idealizaron a sus padres y reprimieron la rabia que sienten hacia ellos. Amara mismo, quien no puede soportar el dolor de su niñez, me confesó que de chico él había sido víctima de una madre esquizógena y que en su patética vida no salía de su casa: se quedaba dando vueltas y vueltas oyendo la Sinfonía Patética de Tchaikovski.

En esta Wonderland donde todo está invertido son los chicos más cuerdos quienes se rebelan ante la insanía adulta; quienes inadvertidamente les recuerdan a estos profesionales cómo habían sido ellos mismos sojuzgados. A fin de evitar el ansia que provoca tal saber proscrito, reprimen el asunto en bloque; les cuelgan un rótulo, y les administran la minusvalidante droga. El añejo y transferido odio hacia los padres del propio analista culmina así con el asesinato del alma de una nueva Dora.


[1] Szasz: La fabricación de la locura, pág. 140.

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  1. Me encanta!!!


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