Un siquiátrico para los niños

EL HOSPITAL Fray Bernardino es considerado un siquiátrico modelo en México, tanto así que ahí se capacita a los médicos siquiatras de la república. Haciendo un poco de historia sobre lo que ha sucedido en ese lugar, en el año en que mi madre le puso drogas a mis comidas hubo quejas que en el Fray Bernardino se usaron a los internados como conejillos de indias para la experimentación de nuevos tipos de drogas. La reportera Teresa Gurza nos dice del Fray Bernardino:

Fuertes denuncias fueron hechas en relación con el uso y la experimentación de drogas no suficientemente probadas. Algunos directores reciben a cambio de esta experimentación en enfermos indefensos, que están a su cuidado, diversos beneficios tales como viajes, viáticos para congresos, automóviles, menciones en revistas médicas, invitaciones para presentar ponencias, etcétera. Todo lo cual les reporta ganancias materiales y currículum. Los laboratorios transnacionales que más interesados se muestran en los experimentos son: Roche, Sandoz, Johnson & Johnson, Roya y Squibb. Las medicinas que se han probado son las siguientes: Haldol [nombre comercial] en dosis altas, clozapina, clonazepam, penfluridol, bronperidol y la bromocriptina en niños del hospital infantil de enfrente.[1]

El “hospital de enfrente” es el Hospital Infantil Juan N. Navarro. Es un hecho confirmado que se han realizado experimentos siquiátricos con seres humanos en Estados Unidos; y es muy posible que en México también.[2]

Alicia Collado, una sicóloga amiga mía que hizo sus prácticas en el Navarro en tiempos del reportaje de Gurza, me dijo que había salido de ahí “con el corazón por los suelos” después de haber visto a niños de ocho años con camisa de fuerza. No tengo información si esta práctica continúa en el Navarro, pero sí he podido comprobar que se les administran neurolépticos a los niños de ese siquiátrico, que son mucho más nocivos que el metilfenidato que se les da a los niños que se distraen en la escuela. Hablando de los efectos de los neurolépticos en un programa de televisión, Marcos Moreno, un estudiante de sicología de la Universidad de las Américas que hizo sus prácticas en un pabellón del Navarro en 1998-1999, atestiguó que los niños que vio en ese siquiátrico “estaban como zombis: en cualquier lugar se quedaban dormidos”.[3]

Por razones que resultarán evidentes en el capítulo siguiente, no todos los estudiantes que hacen sus prácticas en los siquiátricos mexicanos se atreven, como Moreno, a confesar en los medios lo que han presenciado en esos lugares. Mi amiga Gina Chía también realizó sus prácticas en el Navarro. Originalmente mi idea era entrar a ese siquiátrico con Gina, pero su maestra de prácticas desaprobó la idea (la maestra, por cierto, es la mencionada sicóloga a quien Amara “le voló el paciente”). Así que lo que a continuación escribiré está basado en el reporte de Gina y en lo que me contó.

La siquiatría no sólo tiene la faceta del sector privado como los servicios que contrató la madre de Cantú en el San Rafael. También tiene la faceta del sector público donde se custodia a algunos niños con retraso mental que los padres confinan indefinidamente a siquiátricos como el Navarro: una institución subvencionada por el Estado mexicano. En este hospital infantil también se practica la consulta externa. Descifrada la nuevahabla, “consulta externa” significa drogar a la niñez mexicana. Gina me reveló que le sorprendió la facilidad con la que los niños en consulta externa son diagnosticados de hiperactivos, o de atención deficiente, a fin de ser drogados con metilfenidato. Es común que los médicos del Navarro prescriban drogar no a aquellos padres que maltratan a su hijo, sino al niño. El caso que Gina tomó ejemplifica cómo funciona la llamada consulta externa en el siquiátrico infantil.

En el nuevo siglo se les presentó a algunos estudiantes de sicología de la Universidad Nacional Autónoma de México el caso de Marco Antonio, un niño de once años que ya se encontraba en consulta externa en el Navarro con anterioridad a las prácticas de los estudiantes. Los padres del niño eran típicamente abusivos. El padre tenía antecedentes de ideación suicida y había estado internado un par de meses en el Instituto Nacional de Psiquiatría. En las prácticas del Navarro, ante los estudiantes la madre dijo que su marido le pegaba y que en alguna ocasión estuvo a punto de atacarla con un cuchillo. Cuando el niño intentaba proteger a mamá durante las agresiones, el padre también le pegaba. Según el testimonio de la madre, el padre había intentado ahorcarla enfrente del niño. Al parecer, era común que Marco Antonio estuviera presente en estas escenas de violencia. Acerca de su papá, Marco Antonio dijo: “Cuando me pega a veces me dice: ‘Te voy a matar con la hebilla del cinturón’”. En otra ocasión lo amenazó con aventarle un ladrillo que le enseñó, diciéndole: “Que ganas no le faltaban de matarme y que no le importaba”. Cuando en una de las sesiones le tocó el turno al padre de responder las preguntas de los estudiantes, confesó: “Sí: le he pegado a mi esposa, pero es que ellos [madre e hijo] no me entienden”.

En el código de conducta de la familia mexicana tradicional está prohibido que el niño explaye el coraje que siente hacia la figura del padre. El padre fue muy explícito en esto: “¡No me puede responder porque soy su padre!” La madre comparte el celo educativo. El niño no puede manifestar sus sentimientos hacia sus padres ni siquiera al ser agredido, como se ve en la siguiente entrevista de Gina a la madre frente a los estudiantes:

—¿Le pega a su hijo?

—Sí. Y se pone muy grosero.

—¿Cómo que “grosero”?

—Se pone como a la defensiva, como si me fuera a pegar; como si yo no fuera su mamá. ¡Ah!, como por ejemplo ayer. Su papá le dijo: ‘¡Apúrate para ir a la escuela’ ‘Ya voy’ dijo el niño. ‘¿Que ya te enojaste con tu papá?’, le dije. Y entonces me miró muy feo.

—¿Y le pegó usted a su hijo?

—Sí.

Pegarle a un niño siempre es humillación y maltrato, tanto así que en algunos países—Suecia, Dinamarca, Noruega, Finlandia, Holanda y Alemania—se han expedido leyes que les prohiben a los padres pegarles a lous niños.[4] Cuando al final de una de las prácticas Gina entrevistó a Marco Antonio a solas, le preguntó: “¿Qué sientes?” Marco Antonio respondió: “Impotencia…” y se quedó callado. “¿Qué más?” insistió Gina. El niño respondió: “Coraje. Odio”.

La impotencia, coraje y odio por la represión de sus sentimientos explica el desplazamiento de su coraje en conductas como cortar las cortinas y quemar unos muebles del hogar. Esto fue suficiente para que los siquiatras y neurólogos del Navarro hablaran de una disfunción cerebral en el niño. Pero Marco Antonio ve las cosas de otra manera. Aquí reproduzco sus palabras capturadas por Gina al realizar una prueba sicológica en la que, a través de unos dibujos, Marco Antonio se proyectó: “Era su mamá que le pegaba mucho al niño. ¡Ah no!, lo estaba bañando y el niño no quería bañarse y por eso le daba una nalgada su mamá, y el niño lloraba y decía que sus papás eran muy malos y que de todas maneras los quería y fue creciendo y sus papás ya eran viejitos y siempre los ayudaba dándoles dinero, comprándoles cosas, una casa, yéndolos a visitar”. A través de esta prueba proyectiva podemos adivinar los ambivalentes sentimientos de Marco Antonio hacia sus padres, a quienes sigue queriendo a pesar de los malos tratos. John Modrow ha dicho que es el amor que el hijo siente hacia el agresor lo que trastorna al hijo,[5] y el caso de David Helfgott lo ejemplifica.

En lugar de hacer algo para ponerle fin a la violencia en el hogar, los médicos del Hospital Navarro recetaron drogar al niño con Tegretol (carbamacepina): una droga siquiátrica que alegadamente estabiliza el ánimo del sujeto. No conformes con eso, también le recetaron el agresivo neuroléptico Haldol (haloperidol). Fue la madre de Marco Antonio quien, a solas, le confesó el nombre de los medicamentos a Gina. Marco Antonio manifestó su deseo que le retiraran la droga, que le hace sentir una somnolencia inusual (reitero que según Moreno los niños del Navarro “estaban como zombis: en cualquier lugar se quedaban dormidos”), pero sus padres no lo dejan dormir siestas en casa. En su reporte universitario Gina concluyó que Marco Antonio “siente inconscientemente que los demás lo ven como un niño loco”.

Como ha dicho Peter Breggin acerca de otros niños, el caso muestra que los siquiatras fallan miserablemente en relacionar los malos tratos con los pacientes que ven día tras día. Niño tras niño desfilan ante los médicos con todos los estigmas de maltrato—sólo para ser maltratados aún más con diagnósticos médicos y tratamientos físicos. Es importante notar que para los profesionales del hospital no hay lugar para los juicios de valor. Hay que ser objetivo. Hay que comportarse como un científico. Hay que tratar con cerebros y metabolismos más que con problemas familiares. Este no fue un caso de locura infantil sino de folie à trois entre las instituciones familiar, médica y universitaria. Cierto que Gina y sus compañeras le hicieron a Marco Antonio una serie de pruebas sicológicas como el Test Gestáltico Visomotor Bender; la Escala de Inteligencia revisada para el nivel escolar de Wechsler; el Test del Dibujo de la Figura Humana de Koppitz y muchas otras pruebas que nada tienen que ver con la ideología biologicista del Navarro. Pero el problema central, que los padres violentaban al niño y que esa dinámica debiera penalizarse en México—como está penalizada en otros países—jamás fue abordado. El fin de las prácticas universitarias es que los estudiantes de sicología traten “científicamente” a niños como Marco Antonio sin cuestionar la cultura que ve normal que los padres le peguen a un niño. Gina vio “a niños tan pequeños como de tres o cuatro años” en consulta externa a la entrada del Navarro, y Moreno me comentó que “a todos les dan sus pastillas”. Es más fácil culpar a nuestros infantes que culparnos a nosotros por sus conductas. Como dije, a Gina le sorprendió la facilidad con la que los médicos del Navarro les recetan metilfenidato a los niños por distraerse en las escuelas mexicanas. La institución escolar es una coyuntura en la que los padres son incapaces de cuestionar la cultura en la que viven.

Gracias a una carta enviada a Vicente Fox, presidente de México, en septiembre de 2002 unos activistas en derechos del niño consiguieron entrevistar al doctor Luis Méndez Cárdenas, director del Hospital Navarro, a la que me invitaron.[6] En la entrevista Méndez Cárdenas, un médico tan amable y civil como todos los siquiatras que conozco, nos informó que la tendencia mundial, en la que incluye al Navarro, “no es hospitalizar sino la consulta externa”. Este siquiatra infantil concedió que prescribe metilfenidato, y a mí me dijo personalmente que se administran neurolépticos a los niños en la institución que dirige. Méndez Cárdenas también nos dijo: “Mi hija es TD”, es decir, la diagnosticó con el trastorno del déficit de atención. Diagnosticó a su hija a pesar que, y cito una vez más sus palabras: “En ningún punto dice el DSM [el manual siquiátrico] a qué se deben [los trastornos] ni tampoco habla del tratamiento”. Méndez Cárdenas también reconoció que la institución que él dirige “atiende” a la población de mexicanos “de cero a dieciocho años”, y mencionó los intentos de suicidio adolescentes que requieren de los “servicios” de la institución. Pero Méndez Cárdenas no nos mostró los pabellones. Nunca presenciamos qué ocurría detrás de sus oficinas y de su civismo. No pude ver a un solo niño o adolescente internado. Pero Moreno, quien realizó sus prácticas universitarias en los pabellones del Navarro, me informó que había visto a niños de quince y catorce años, y tan chicos como de once o más jóvenes, entre los permanentemente sedados en el Navarro.[7]

En términos generales, el tratamiento siquiátrico para adultos es más agresivo que el tratamiento a los niños. Teresa Gurza observó que en el cuarto piso del Fray Bernardino, que como dije se encuentra enfrente del Hospital Infantil Navarro, se ha castigado con electroshocks a los prisioneros adultos que han querido escapar y son capturados. También escribió:

Actualmente ya no se practica la leucotomía, pero hasta que fue jefe del tercer piso el doctor Castillejos, esta operación que consiste en meter agujas por las órbitas de los ojos y movilizarlas para romper la sustancia blanca que conecta el polo frontal con el polo temporal, se hacía a aquellos pacientes considerados “agresivos” por responder en esta forma a ciertas presiones sociales. La lobotomía tiene la misma finalidad, quitar lo agresivo y se hace a cráneo abierto. Pero en ninguna de las dos operaciones hay parámetros establecidos sobre cuándo debe y cuándo no debe hacerse; la decisión queda a cargo exclusivo de los médicos que tratan a los pacientes […]. Afortunadamente, la muerte del doctor Castillejos hizo que declinara esta actividad dentro del Fray Bernardino, pero aún existen infinidad de pacientes a los que les fue practicada alguna de las dos operaciones.[8]

Es intrigante que en el manual de texto Salud mental en México del Instituto Nacional de Psiquiatría, publicado en 1997, los autores citen el artículo 128 del Reglamento de la Ley General de Salud: “En los hospitales psiquiátricos el responsable debe ser médico cirujano, con especialidad en psiquiatría […]. Asimismo, los jefes de los servicios de urgencias, consulta externa y hospitalización deberán ser médicos cirujanos con especialidad en psiquiatría”.[9] La cita es intrigante porque en la primera página del manual los autores Ramón de la Fuente, María Elena Medina y Jorge Caraveo reconocen que:

la salud mental de los habitantes de un país no es ajena a su salud general. Ambas dependen de las condiciones de la sociedad, tales como la estabilidad económica, la educación, la calidad de la convivencia social y la integración familiar […]. Es un hecho establecido que la ruptura severa de la relación del hombre con su medio físico, socioeconómico y cultural genera tensiones que las personas vulnerables no pueden tolerar.[10]

Si los problemas de salud mental son, como reconocen los autores, problemas del medio socioeconómico y cultural, por qué el reglamento estipula que sólo los cirujanos siquiatras deben tratarlos es incomprensible.

Seguiré citando el reportaje de Gurza, que fue escrito en 1978, por dos razones. La primera es una razón, como he dicho en otro lugar, es personal: el reportaje refleja qué estaban haciendo los siquiatras públicos en México en tiempos en que tuve el problema con un siquiatra privado. Pero hay algo más, y de mayor relevancia. Si hay algo que los manuales oficiales de siquiatría mexicana, como los de Ramón de la Fuente, silencian, son precisamente los testimonios de periodistas como Gurza que lograron infiltrar las instituciones. Mucho menos se citan las voces de los prisioneros que no han roto la ley. La manera como los manuales oficiales se escriben en México es tan aséptica que los crímenes que han ocurrido en la profesión pasan desapercibidos. Si un estudiante lee los libros de texto de de la Fuente y sus colegas que se venden en las librerías, pensará que nada de gravedad ha ocurrido. “El que controla el pasado controla el futuro” dijo Orwell. El pasado histórico, lo que denunció Gurza por ejemplo, ha sido controlado por el lenguaje aséptico de los manuales oficiales. Así la opinión pública está bajo el control. Siguiendo el mensaje orwelliano, la historia de lo que ha sucedido en los siquiátricos mexicanos está aún por escribirse, y eso tiene que hacerse para civilizar el presente y el futuro.

La situación de los niños en el Navarro era, y es, un lugar común en otros siquiátricos del país. Gurza nos cuenta lo que, en 1978, vio en el entonces llamado Hospital Fernando Ocaranza, cuya cima ostentaba en grandes letras “Secretaría de Salubridad y Asistencia”:

La sección para niños es una de las que más dolor causa.

Ciento cuatro pequeños, el mayor de ocho años, pasan ahí unos días sin fin. La mitad, aproximadamente, no debía estar en este lugar según los reportes médicos. No son enfermos mentales, sino niños con el síndrome de Down—mongólicos—o niños abandonados que recoge el DIF [Desarrollo Integral de la Familia] y ahí los envía.

Su dormitorio no se salva de la inmundicia y del terrible olor que invade todo el hospital. La mayoría están desnudos. Algunos amarrados a las sillas permanecen al cuidado de una enferma mental que les pega y les grita. Muchos gimen desconsoladamente, se encogen para adoptar la postura de fetos y se chupan el dedo.

Algunos corren hacia donde yo estoy, otros se arrastran con la misma intención. Otros me llaman a gritos. Me quieren contar sus cosas; están tristes; quieren salir de ahí; ¿soy yo su mamá?, ¿por qué no vienen por ellos?

Un niñito de lindísima cara y enormes ojos llenos de pestañas, cuya única causa para estar ahí consiste en que “es muy rasguñón” según dice la enfermera que acaba de llegar, se acerca; me platica que el Día del Niño les llevaron una piñata; de cómo la rompieron; de lo que les gustó la fruta, “¿cuándo traen otra?” Durante meses—me dijeron después—éste ha sido su único tema de conversación; sueña y vive sólo por el recuerdo de la piñata.

Otro tiene las manos pegándose y arañándose la cara. Se junta a mi cuerpo y voltea su cabecita para verme a los ojos. Llora y me pide que lo saque de ahí. Todos se unen a la petición. Imposible el poder escribir las vocecitas suplicantes.[11]

Cuando Gurza visitó el Ocaranza, 540 seres humanos estaban internados de por vida entre los cuales “delgados, delgadísimos, con grados visibles de desnutrición, encuentro aproximadamente a cincuenta enfermos de todas las edades—4 a 60 años—encerrados en una inmensa jaula”.[12]

Quienes no hemos pisado un siquiátrico público del interior de la república no podemos imaginar que quienes lo han hecho comentan que estas escenas evocan las imágenes de los campos de concentración que vemos en la televisión. A Gurza le hicieron súplicas como la siguiente: “Por favor, cuando venga mi hermano Guillermo—dijo una anciana—me va a dar dinero para pagarle y que no me encierre ni me de la pastilla. Por favor. Por favor… por favor… por favor por favor… por favor…”[13]

Estas citas del reportaje de Gurza se refieren a las granjas-hospitales de México: sitios que se conocen como snake pits (nidos de víboras) en el slang angloparlante. Pero en nuestros tiempos también se han escuchado historias de horror en los siquiátricos infantiles privados del primer mundo. Por ejemplo, ha habido quejas sobre los siquiátricos para niños y adolescentes que pagan las multimillonarias compañías de seguros médicos en Estados Unidos. La silla de Benjamin Rush, que parecía una antigualla de una época superada, ha hecho su reaparición en las modernas terapias de modificación de conducta infantil. A los niños y púberes estadounidenses también se les ha atormentado con camisas de fuerza: lo que asustó a mi amiga Alicia Collado en el Navarro. En la llamada “terapia para reducir el enojo” Ken Magid y Carole McKelvey, apologistas de la violencia médica hacia los niños, escribieron en uno de sus libros:

La terapia consiste de un diálogo explosivo mientras se le anima al paciente psicopático a trabajar con su increíble rabia y enojo mientras se le fuerza a aceptar el control total de otro.[14]

Resonancias de O’Brien. Pero ahora hacia los niños. “Paciente psicopático” es nuevahabla por niño malcriado. Estas terapias las hay también en la Ciudad de México, en el Centro Terapéutico e Interdisciplinario que preside el doctor Gregorio Katz. En 2005 oí decir a la señora Gabriela Islas que en la clínica del doctor Katz encerraron a su pequeño hijo Adrián en una cámara estrecha. El objeto era castigar terapéuticamente su enojo.

Referencias

[1] Teresa Gurza: “En jaulas de tigres III: la miseria humana al descubierto en el hospital Fray Bernardino Álvarez” en Alternativas, pp. 289s. El reportaje de Gurza sobre los manicomios mexicanos consistió de diez artículos que fueron publicados del 16 al 25 de agosto de 1978 en El Día.

[2] En el capítulo 10 de Mad in America Whitaker habla de los experimentos con humanos en Estados Unidos. En septiembre de 2003 Luis Manuel Serrano me contó que, en tiempos del reportaje de Gurza, él y otros cineastas realizaron un documental sobre varios siquiátricos mexicanos, incluido el Fray Bernardino. Aunque el documental no se exhibió Serrano conserva en su casa el registro fílmico de lo que presenció en los siquiátricos. Según Serrano, al hacer el documental se enteró que las compañías presentaban sus fármacos en el Fray Bernardino y tomaban a los pacientes como conejillos de Indias para probarlos.

[3] En 2001 Marcos Moreno habló sobre lo que vio en el programa de televisión de los estudios de Ricardo Rocha mencionado arriba en estas notas.

[4] Véase el libro de Alice Miller Por tu propio bien: raíces de la violencia en la educación del niño.

[5] Modrow: How to become a schizophrenic, p. 17.

[6] Mis acompañantes fueron Carmen Ávila, Angélica Sánchez y Morris Lan.

[7] Moreno me informó lo que presenció en 1998-1999 en una conversación telefónica de marzo de 2003.

[8] Gurza: Alternativas, p. 290.

[9] Citado en de la Fuente y otros: Salud mental en México, p. 342 (el reglamento fue publicado en el Diario oficial de la federación el 6 de enero de 1987).

[10] Ibídem, p. 9.

[11] Teresa Gurza: “En jaulas de tigres II: chorros de agua fría, escasa comida y trato inhumano para curar enfermos mentales” en Alternativas, p. 281.

[12] Ibídem, p. 280.

[13] Ibídem, p. 283.

[14] Ken Magid y Carole McKelvey, citados Sharkey: Bedlam, p. 129. El libro referido es High risk: children without a conscience.

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Published in: on mayo 15, 2009 at 10:44 pm  Comments (16)  

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16 comentariosDeja un comentario

  1. Está bueno tu blog. Pero es importante saber si la psquiatría es ficción; como ayudar a personas con enfermedades mentales reales; no problemas de cultura y sociedad que a mi parecer es la tesis de la antisiquiatría. Es lo mismo que una enfermedad que vas con el medico general y te receta ácido acetalicilico como único medio para un diagnostico falso. Sólo dice el doctor que pase el siguiente y sabemos que muchos medicamentos alópatas son dañiños o con efectos sercundarios graves.

    Tu servidor es hijo de una mujer con ezquizofrenia y una hija con un trastorno no definido. La pregunta es como las ayudo; que debo de saber. Pues es obvio que no podrán valerse por si mismas en una sociedad tan agresiva (lo económico, lo social). A ver explícame ¿cómo se resuelve eso ?

    Tal vez hay en la denominada medicina alterna la base para ayudarles: jugos herbolaria fitoterapia, terapias de sanación, segun los omega3: sustancia que les ayuda a los ezquizofrenicos o no comer mucha grasa.

    En fin estamos ante un problema muy dificil y si a lo dificil le pones maldad de los que segun tratan a los pacientes que esperamos
    por lo que pones me das a entender que es mejor no ingresar a mi hijo a consulta sino aceptarlo asi. Que opinas

    P.D. me interesan tus articulos, felicidades por alzar la voz

    • Alan,

      En este blog también menciono, en otro capítulo, la alternativa de las “casas Soteria”. Lo demás es charlatanería (incluyendo eso del Omega 3 para esquizofrénicos, etc).

      Sugeriría que leyeras el resto de este grueso e-book. Si quieres profundizar, lee a Alice Miller, y mi página web.

      Un saludo,

      El autor

  2. yo estuve internada alli en el ano 1998 por aproximadamente 4 meses…Estuve en la UAM.
    Me parece que hay cosas un poco exageradas en tu blog…Pero otras que son muy ciertas y algunas experiensias que vivi alli, no son buenas para ningun nino…Ahora yo vivo en USA, pero siempre he querido regresar y ayudar a mejorar ese hospital.

    • Sólo parece exagerado porque hablas de finales de siglo, mientras que los testimonios que cito en este blog son de los años setenta.

      Gracias por tu comentario. Si visitas México ponte en contacto conmigo (vivo a pocas cuadras de ese hospital por cierto).

      • Me interesa meter a mí hermana aquí, ha tenido varios intentos suicidas. Me pone nerviosa el dejarla sóla en un pabellón, no sé si esto la ayudará en verdad o la perjudicará mas en su autoestima.
        Me encantaría recibir tú opinión.

      • Sólo una persona que no ha leído este sitio puede hacer semejante pregunta.

  3. John Modrow es una verdadera autoridad en la genesis de la esquizofrenia.

  4. Yo estudio Filosofia, y me encanta mucho su trabajo.

  5. Que tal,mi nombre es Monica y tengo un hijo de 15 años que padese eneuresis,lo canalisarhaon al Juan N Navarro.tengo muchas dudas de como ayudarlo ya que despes de intentar varias cosas no logramos tener exito,y tengo miedo la verdad ojala puedan ayudarme a tomar desiciones gracias

    • No le vayas a dar drogas psiquiátricas.

  6. Mi hija (menor de edad) esta actualmente hospitalizada en el el Juan N. Navarro, los días que tengo oportunidad de verla me pide que la saque y generalmente veo que está sedada (haloperidona), es correcto que tengan bajo esas condiciones a las pacientes? Que consejo me dan por favor ayudenme!!!

  7. Buenas,

    Yo fui internada en el hospital Juan N. Navarro a la edad de 15 años; y estuve estuve en consulta externa hasta mi mayoría de edad.
    Mi estancia internada fue breve, menos de un mes, se suponía que me internaron porque se tenía miedo a que me fuera a suicidar (cosa que no recuerdo tener intención de), sin embargo se me permitió salir por “buena” conducta.
    Como sea, ¿cómo no portarme bien?, cuándo las personas que me cuidaban me amenazaban con ponerme una sonda si no dejaba limpio el plato, si me obligaban a comer una dieta carnívora incluso cuando yo era vegetariana, y aún diciéndoles, no me creían y hasta se burlaban de mí…, ¿cómo no portarme bien? si un día me amarraron a la cama con grilletes, de pies y manos…, si todo el tiempo estaba tan medicada que no podía más que dejarme hacer…
    (continuaré en el siguiente mensaje…).

    • Karen,

      Tu testimonio impresiona.

      Sugeriría que cuando te presionen pongas las medicinas en el cachete y luego las tires: son venenos peores que la mariguana.

      También, sugeriría que contactes al grupo CCHR en la Ciudad de México para asesoría inmediata.

      Un saludo.

  8. ¿Hacer qué?, no lo sé, no lo recuerdo…, no es como que yo haya sido alguien con una excepcional memoria, pero, puedo asegurar, que mis recuerdos de esa temporada son casi nulos y, a parte, borrosos.
    A veces, tengo que preguntarle a mi mamá si es que alguna vez fui internada, porque por momentos siento que todo es un sueño, o una pesadilla, como si realmente jamás hubiera sucedido.
    Por si fuera poco, ahora que reflexiono, desde que salí de ese hospital siento como si mi memoria se fuera deteriorando.
    Trato de aferrarme a lo que se que pasó, esto pasó, porque vengo aferrándome a ésto, porque siempre lo he comentado, platicado… siempre lo menciono para que quede constancia de lo que viví; por si un día olvido, yo ya lo habré dicho tanto que habrá quedado grabado en la memoria de los que están a mi alrededor.
    No sé si habrá pasado algo más conmigo allá, o si habré sido testigo de algo a alguien de mis compañeras, pero, ahora, cada vez que escucho que contemplen la posibilidad de llevarme al psiquiátrico e internarme… me da pavor, tengo un miedo increíble a ello, me pone histérica la posibilidad…
    Me dicen: <>. Yo no quiero eso más que nada, así que tomo mi medicina.

    Actualmente tengo 21. Esta es mi experiencia y quería compartirla. Por cierto, muy bueno tu blog.

    Saludos, Karen.

    • Lo siento, quedó incompleto mi mensaje:

      Me dicen: “Tienes que tomar tus medicamentos, si no, vas a sentirte mal y nos veremos en la penosa necesidad de hostitalizarte, y no queremos eso, ¿verdad?. Todo es por tu bien”.


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