Páginas 133-141 de Hojas susurrantes

Re-victimación siquiátrica
y pánico demoledor del yo interno



Imaginemos a Dora, una muchacha en estado de trauma por haber sido violada por su padre. Imaginemos que en lugar de llevarla a un hospital común es llevada por su mismo padre a un hospital siquiátrico. La muchacha no quiere ir allá. Lo único que desea es que alguno de sus seres queridos la consuele. ¿Qué sentiría si el encargado de admisiones le dijera?:

Te vamos a internar. La violación no te causó trauma alguno. Eso está completamente superado en la siquiatría científica. Vivís en un mundo paranoide, Dora. Por tus síntomas mi diagnóstico es que padeces de esquizoidismo. Y corres el peligro de esquizofrenia. Un desequilibrio químico en tu cerebro está causando tus ataques de angustia.

Veo que mi interpretación científica te causa pánico… ¿Sabes, Dora, que el primer signo de recuperación de una mujer que se siente violada es aceptar que es una enferma? Por lo mismo, y para ayudarte a que lo aceptes, mi prescripción es que bombardeemos tu cerebro con metabolitos franceses. Todo rechazo ante mi diagnóstico y prescripción será considerado resistencia. Y la resistencia a que tomes tus medicamentos, mi querida Dora, aquí se paga con la hospitalización por la fuerza.

¿No sería esta interpretación “biorreduccionista” —que reduce nuestras penas a un factor biológico— un golpe adicional a la menor de edad, algo tan devastador como la violación de su padre? El ejemplo, aunque hipotético, ilustra lo que le sucede a muchos adolescentes en la consulta de siquiatras privados: algo que llamo la retraumatización o revictimación de una víctima, y que podría definir de la siguiente manera. En la jurisprudencia común, se toman medidas contra el agresor. En la jurisprudencia siquiátrica, se toman medidas contra la víctima.

¿Suena esto a Alicia en el país de las maravillas? En la vida real se dio el caso en que los siquiatras diagnosticaron de “esquizofrénico” a un joven víctima de una violación. Y aún más increíble: a una niña de catorce años en estado de trauma por haber sido violada los siquiatras la electrochocaron contra su voluntad.[1]

Éstos no son casos aislados. El siguiente es un ejemplo de revictimación siquiátrica en Estados Unidos:

Rana Lee recuerda cuando fue a ver a su doctor porque su marido le pegaba. El doctor, dijo ella ante un comité del congreso, “recetó 10 miligramos de Valium tres veces al día para calmarme, y lo rellenó por cinco años sin hacerme más preguntas”.[2]

Al igual que Amara este doctor prescribía drogar no al agresor, sino a la víctima del agresor. He escuchado testimonios de mujeres que les sucedió algo similar en México. Pero al menos estas mujeres se salvaron de un diagnóstico siquiátrico, no esta otra víctima de maltrato doméstico:

Los siquiatras se complacen en señalar cuánto sufrimiento causa la esquizofrenia. Sin embargo, puedo constatar con veracidad que el ser etiquetado de esquizofrénico me causó cien veces más sufrimiento que la susodicha “enfermedad” misma. Desde que recobré mi salud mental en 1961 me he pasado decenios luchando para lograr algo de autoentendimiento y autoestima. Y en este respecto nunca me recobré totalmente de lo que la siquiatría y mis padres me hicieron hasta que finalmente comprendí que en realidad nunca había estado enfermo.[3]

Esta confesión proviene de John Modrow. Revictimado por siquiatras, Modrow concluye que la praxis siquiátrica parece estar calculada para enloquecer a una persona que ya ha sido traumatizada. Una retraumatización psicológica es una violación directa al juramento hipocrático: Primum non nocere!, en primer lugar no hagas daño. El oficio mismo de la siquiatría representa una violación a este juramento. “¿Cómo puede un siquiatra validar su identidad como doctor sin etiquetar a otros como enfermos mentales”, pregunta Modrow, “esto es, sin deshumanizarlos y destruir del todo sus identidades?” [4]

Como buen practicante de su profesión, Amara violó el juramento hipocrático. Como expliqué detalladamente en mi libro anterior, mi adolescencia fue la etapa cuando más necesité de ayuda en mi vida. Mis padres habían enloquecido y dirigían su psicosis casi exclusivamente hacia mí. Dado que había sido su hijo favorito, la confusión de sentimientos socavó mi estado emocional. Mis angustias eran tales que estropearon mis lazos sociales. Un oído amigo era todo lo que necesitaba.

No tuve ninguno, y cuando se me ordenó ir con un sicoanalista éste hizo todo lo posible para no escucharme. En lugar de confrontar a los agresores me colgó un insultante rótulo; y su confabulación con mis padres disparó mis angustias a niveles desconocidos de dolor.

El siquiatra le dijo a mi madre que yo iba a “ponerme peor” inmediatamente después de su tratamiento. Eso me lo confesó mi misma madre. Pero el siquiatra jamás sugirió que ese mal se debería única y exclusivamente a la retraumatización psicológica en su consulta, y a la droga que le recomendó ponerme furtivamente. De esa manera los efectos de la droga no sólo eran maquiavélicamente disimulados, sino que los síntomas de que “se pondrá peor” eran evidencia de la sabia prognosis del médico. Aunque parezca increíble, el mío no sólo fue un caso de iatrogenia médica: fue un caso perverso de profecía autocumplidora.

La profecía autocumplidora es un truco: una “profecía” en la que el profeta ayuda a que se cumpla en la realidad (como el profeta que predice el incendio del teatro de la ópera y es pillado intentando prenderle fuego). Ya podremos imaginar qué pánico sentiría un muchacho a quien se le dice que el vapuleo en el hogar no le causó trauma alguno; se le ponen secretamente drogas para atormentar a disidentes políticos, ¡y a la vez el médico predice un derrumbe definitivo! No olvidemos que para los rusos la droga que me ponían era la peor de las torturas posibles. Pero al menos ellos sabían que se les administraba una temible droga. En cuanto al aspecto puramente psicológico del ataque médico, Modrow le pegó al clavo sobre cómo la retraumatización produce un pánico demoledor del yo interno: “Por consiguiente, así como el médico-brujo del vudú es capaz de ocasionar la muerte tan sólo maldiciendo a alguien, el siquiatra es capaz de ocasionar la locura tan sólo diciéndole a alguien que está demente, o al menos que está en proceso de serlo. A esto se le conoce como una profecía autocumplidora”.[5]

Rompí todo contacto con ustedes. Amara fungió como tu vocero. Llegó incluso a aconsejarme que estudiara para presentar las pruebas extraordinarias del Zumárraga al final del año escolar, cosa que te había concedido el subdirector del colegio según él.

Este es un pasaje de mi Carta. Lo vuelvo a publicar junto con otros pasajes a fin de ofrecer mis comentarios sobre cómo un renombrado analista puede acorralar a un chico al borde de enloquecerlo.

El pánico del que hablaré fue una experiencia similar a la acatisia, pero incomparablemente más terrorífico. En casa de mi abuela Amara ya me había recetado algunos antidepresivos, meses antes de que mi madre me pusiera las drogas subrepticiamente. Originalmente, en mi inocencia me los tomé sin saber nada de sus posibles reacciones secundarias.

El tormento fue un inmisericorde bombardeo por aire, tierra y mar calculado para minar la moral, el intelecto y el rendimiento cerebral de un chico. De hecho, la sensación constante del insultante rótulo que me colgaron aunado al empleo punitivo de drogas al mismo tiempo que sufría del trauma de las bofetadas de mi padre —un triple asalto en realidad— fue tan infernal que me reservaré la narrativa de esta experiencia para otro lugar. Aquí sólo la bosquejaré:

Luego me dio un folleto propagandístico sobre un hospital siquiátrico para que lo leyera y me pidió que le diera “mi opinión”. ¿A qué se debería su introducción a los manicomios?

Esto es precisamente lo que quise ilustrar con el ejemplo de Dora: una retraumatización psicológica que causa pánico. El mío fue otro caso surrealista de jurisprudencia siquiátrica donde las medidas no se tomaron contra el agresor, sino contra la víctima del agresor. Si ya había sido mortalmente herido por la alianza del médico con mis abusivos padres no puedo imaginar algo que, en ese estado de trauma e indefensión, podría haberme agredido aún más que la injuria de sugerir que yo, no los adultos locos que me agredían se fuera a un siquiátrico.

Como Amara era el abogado del diablo, ya no contestaba a sus preguntas. Su complicidad con ustedes me tronaba. Decidí no ir más a sus sesiones pero habló por teléfono a casa de abue y educadamente sugirió que si no iba con él podía terminar en un siquiátrico.

¿Qué hacer? Los misérrimos salarios mexicanos me impedían salir a buscar trabajo y huir definitivamente de la pesadilla familiar (y ahora de una siquiatría a la soviética). Iba a verlo sólo por temor a que cumpliera su amenaza. ¡Era como tener a la sociedad entera contra mí!

Que los siquiatras cumplen sus amenazas de internar a los hijos de familia perfectamente cuerdos sólo porque se niegan ir a sus sicoterapias se comprueba por los testimonios de otros adolescentes que, ya adultos, han denunciado al terapeuta.[6] Cabe decir que sin la amenaza latente de usar la fuerza los despotismos no existirían. Esto lo sabía muy bien Maquiavelo. Thomas Szasz ha dicho que toda intervención siquiátrica involuntaria es un crimen contra la humanidad. Yo añadiría que la sola amenaza de intervención a un menor de edad también es criminal.

Como decliné la ultra-grotesca invitación a que me internaran (¡qué habrá sentido Dora al escuchar que ella, no el violador, iba a ser el blanco de un ataque médico!), Amara cambió de estrategia. En la Carta escribí:

En una sesión de esas el alienista dijo algo que me causó un auténtico shock:

“¡A bombardear el cerebro con metabolitos franceses!”

¡Lo dijo tan entusiasmado, tan de buena fe, que fue una experiencia doblemente esquizógena! Sentí que querían minar mi personalidad, que querían extirpar la sensibilidad de mi alma. Independientemente de mis conflictos familiares, a mis diecisiete me sentía una figura romántica apasionada. Recetarle a una alma bella Majeptil —droga tan ofensiva que produce reacciones como la acción refleja de sacar la lengua— ¡era una ofensa mortal! En sesiones posteriores Amara recalcó animosamente sobre los ofensivos fármacos:

“¡Son franceses!” —¡como si me fuera a ir con esa propaganda malinchista para ingerirlos! También manifestó:

“Hay que remover esos radicales químicos negativos del cerebro. Para eso sirven los metabolitos”.

Como les dije a mis padres en la carta publicada páginas atrás, la sórdida política de “Diagnosticad a la víctima” y los planes de atacar mi cerebro representaron un más que descomunal golpe para mi moral juvenil. A mis diecisiete me entendía como una víctima de problemas familiares —¡de ninguna manera médicos!— y se lo traté de comunicar al doctor:

En otra sesión, debido a mi nudo en la garganta apenas si pude balbucearle mi visión sobre la verdadera causa de mis angustias: la “sensibilidad valorativa” de un alma bella ante las aberrantes circunstancias que le había tocado vivir, le dije. Él se limitó a refutarme con habla fluida:

“Ya está superado eso que los sensibles son los que se enferman”.

¡Ya está superado que la violación incestuosa trauma a las mujeres, Dora!

Modrow señala que, de los investigadores que abordaron el tema de lo que aquí he llamado víctimas revictimadas, Harry Sullivan hizo la contribución más valiosa para entender el mundo interior de estos individuos. De acuerdo al modelo Sullivan-Modrow, el pánico que hace que una víctima revictimada entre a un estado de locura ocurre debido a una serie consecutiva de asaltos que colapsa las defensas de un individuo. En su propio autoanálisis, Modrow ratifica el parecer de Sullivan que cuando estas defensas colapsan “el individuo cae a un intenso estado de pánico y simplemente ‘se desprende’ por así decirlo, cayendo a una terrible visión de sí mismo como una persona sin valor o mérito alguno”. Hablando de sus propias experiencias Modrow añade que “memorias dolorosas otrora reprimidas surgen inundando la conciencia con vivacidad alucinatoria”.[7]

Cada vez que el sicoanalista se ensordecía ante mis acusaciones sobre ustedes, me asaltaba el pánico.

Durante una cita con una doctora amiga de Amara para hacerme diversos exámenes sicológicos en el Departamento de Psiquiatría de la UNAM me asaltaron tan pavorosas angustias que sudé, me bloqueé y suspendimos las pruebas. Yendo por el Corredor Universitario sufrí de tan horripilante estadio mental que sentía como plomo en la nuca; algo que distorsiona bosquianamente mi sensación —toda mi sensación psíquica. Era como estar en una pintura de El Bosco y sentir sus nauseabundos surrealismos. En el pasado algo de eso había llegado a sentir, mas nunca a este extremo.

La experiencia del pánico, exacerbada por las drogas del médico, podría describirse como un desgarramiento del yo donde se experimenta la traición del universo. Podríamos ilustrarlo si imaginamos que una Dora bajo los horribles efectos de las drogas del hospital escapara de las garras del médico sólo para ser repudiada por su familia, como solía hacerse en otros tiempos con las violadas. ¿Qué sentiría? Según Modrow, el estado de pánico que inmediatamente precedió a su propia locura “fue la experiencia más desgarradora que puede sufrir una persona”.[8]

Otro día, de regreso de consulta con Amara caminando en el Parque Hundido sentí que se me hundía el mundo. Al pasar por el Audiorama oía a Ricardo Strauss, una de mis melodías favoritas. Pero los radicales químicos o lo que fuera tenían tal peso, mis angustias eran tan pavorosísimas y mi mente tan aplastada, que me seguí de largo.

¡No podía darme siquiera un respiro debido al tren de vida interior que me estaba moliendo!

El pánico es el estado cuando el juicio de un individuo se encuentra en mayor peligro. En ese estado la mente pierde la fuerza que le da cohesión a su yo interno, por así decirlo. En mi caso, aunque lo sufrí fui lo suficientemente “centrípeto” para sobrevivir al martirio del médico y no crucé la línea que cruzaron Modrow y muchos otros. No obstante, si bien jamás tuve un episodio psicótico, las citadas experiencias fueron el nadir psíquico al que puede llegar un ser humano. Después de padecerlas mi visión de la humanidad había grandemente cambiado (como confesaré al final del libro final).

El “plomo” al que me referí al regresar de la cita del Departamento de Psiquiatría durante el primer ataque de pánico eran las angustias y/o los efectos de las drogas siquiátricas —jamás en mi vida había tomado drogas— que engendraron la terrible sensación de tener una suerte de garrote adentro de la nuca y cerebelo. La terapia que me aplicó Amara había sido como recetar quimioterapia a un niño enteramente sano, sin evidencia de células cancerígenas en lo absoluto. Infortunadamente para mi testimonio la sensación del “plomo” es inusual, y por ende, inefable. Lo único que puedo añadir es que el pánico fue dantesco. En mis soliloquios a tales experiencias les llamé por muchos años “el séptimo círculo del infierno”.

Ahora bien, al analizar el segundo ataque de pánico, cuando caminaba en un parque, es de notar que para describirlo repetía conceptos que mi torturador psicológico me había inculcado durante esas forzadas sesiones (“radicales químicos”, “mente aplastada”). Esta observación, y otra que se colige del texto —los ataques ocurrieron yendo o viniendo de citas con siquiatras—, puede ser la clave para mostrar qué disparó la crisis del parque.

El que una figura de tal autoridad ante la sociedad me calumniara con una de las etiquetas más insultantes en su repertorio, me amenazara para que no dejara de ir a sus calumniantes sesiones, y ya en las mismas recetara abiertamente bombardear mi cerebro, representó la puntilla revictimante que condujo al pánico. Y es que al no tener a nadie ya no se diga que me defendiera, sino ni siquiera que estuviera en disposición de escucharme sobre lo que me hacían mis padres, y ahora un médico-monstruo, hubo momentos en que sentí que el universo estaba realmente contra mí. Durante mi adolescencia nadie, absolutamente nadie me confesó haber visto las locuras de mi madre, los injuriantes arrebatos de mi padre, la vejación en los colegios y, para rematar, la puntilla del siquiatra —una sinfonía en crescendo de asaltos a la moral de un muchacho que, exacerbado por las drogas, culminó en los ataques de pánico.

Aunque me disgusta la terminología médica para hablar de problemas del alma, podría decir que esas crisis de pánico fueron iatrogénicas. La iatrogenia (del griego yatros, médico) es una de las aberraciones de la profesión siquiátrica. En sus descarriados y estúpidos intentos de sanar, el terapeuta provoca un trastorno nuevo y más serio que el conflicto familiar existente.[9] No puede ser de otra manera: un diagnóstico siquiátrico aplicado a un cuerdo siempre es un método de difamación y asesinato social que hiere mortalmente los sentimientos de una persona ¡y más aún los de un chico! A esto le llamo revictimación.

La retraumatización psicológica de hijos de familia víctimas de vapuleo parental es central para entender la naturaleza de la siquiatría, pero muy pocos críticos de la misma han señalado algo tan importante. La excepción es Modrow:

El daño psicológico que los siquiatras infligen a sus pacientes es un tema del que no se oye hablar mucho. Una de las razones de esta situación se debe al hecho que quienes saben más de este tema —los que han sido dañados psicológicamente por la siquiatría— rara vez son escuchados o tomados en serio. Toda la sección narrativa de este libro [el de Modrow] ilustra el tipo de daño psicológico que la siquiatría puede causar.[10]

A diferencia de mí, debido al pánico causado por la doble espiral de vapuleo, parental y siquiátrico, el joven Modrow tuvo un episodio psicótico. Por un breve tiempo creyó ser Juan Bautista: un delirio de grandeza que, según Modrow mismo, no fue otra cosa que un intento desesperado de su inconsciente de supercompensar el sentimiento de bestial humillación ocasionado por sus padres y los médicos pagados por su madre.


___________________

[1] El caso del joven se menciona en Breggin: Beyond conflict: From self-help and psychotherapy to peacemaking (St. Martin’s Press, 1992) pág. 107. El de la niña, en T. Baker: “The minor issue of electroconvulsive therapy”, Nature Medicine, 1, págs. 199-200.

[2] Rana Lee, citada en Breggin: Toxic psychiatry: why therapy, empathy and love must replace the drugs, electroshock, and biochemical theories of the “new psychiatry” (St. Martin’s Press, 1994), pág. 219.

[3] John Modrow: How to become a schizophrenic: the case against biological psychiatry (Apollyon Press, 1996), págs. 147s.

[4] Ibídem, pág. 227.

[5] Ibídem, pág. 75.

[6] “A pesar que como un mes antes había admitido conmigo y mis padres que no tenía una enfermedad mental, el siquiatra, con la aprobación de mis padres, me amenazó con internarme de nuevo si rehusaba ir a verlo a su consultorio. Continué rehusando ir a verlo y sólo por esa razón —ninguna otra— me metió de nuevo al siquiátrico”. Este testimonio de la adolescencia del abogado Douglas Smith aparece en el artículo “Por qué las leyes para internar a pacientes externos no cambian casi nada”, que traduje al español en http://www.antipsychiatry.org.

[7] Modrow: How to become a schizophrenic, pág. 18.

[8] Ibídem, pág. 19.

[9] Una exposición de la iatrogenia siquiátrica aparece en el capítulo 5 de Robert Baker: Mind games: are we obsessed with therapy? (Prometheus Books, 1996).

[10] Modrow: How to become a schizophrenic, pág. 226.

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