Una definición corregida de Estado Terapéutico

AL LEER un pasaje autobiográfico de un abogado estadounidense, que decía que de joven había vivido engañado al creer que su país era una democracia, entendí que las naciones donde se respetan los derechos humanos no existen.[1] Y no existirán hasta que el maltrato a los hijos y la siquiatría sea abolidas en una de las naciones llamadas democráticas.

En el rubro de la siquiatría, ilustraré lo que quiero decir con una de las ideas rectoras del liberalismo moderno, heredero de la Ilustración y la Revolución francesa: la separación de los poderes en ejecutivo, legislativo y judicial y, además, la separación entre la iglesia y el Estado. Esta separación fue una reacción frente a los poderes absolutistas del rey y de la iglesia. Recordemos, por ejemplo, que la voluntad del rey era suficiente para encarcelar en la Bastilla a la gente que no había roto la ley. Asimismo, la voluntad del inquisidor era suficiente para acusar a algún cristiano de hereje y destruirlo. En teoría la idea de la separación de poderes parece excelente; pero en la práctica los derechos constitucionales de muchos siguen siendo invalidados por los poderosos.

Los siquiatras tienen su propio Congreso de la Unión o Parlamento con poderes legislativos: el derecho de expedir leyes especiales sobre delitos mentales o ideacrímenes, como decía Orwell. La Asociación Psiquiátrica Americana ha incluido en su manual DSM conductas normales como distraerse en colegios hostiles para el niño. Por medio del acuerdo internacional de usar el DSM como el criterio para pagarle a las compañías de seguros en casos de alegada enfermedad mental, el DSM y sus copias europeas se han impuesto virtualmente como ley especial en muchos países. Pero, como hemos visto, los criterios del DSM para distinguir a la enfermedad de la salud mental son tan amplios que, según reconocen algunos médicos, con las cientos de etiquetas “cualquiera en esta sala podría encuadrar en dos o tres de los diagnósticos”.[2] Incluso en España y en los países donde las compañías de seguros no son tan ubicuas como en Norteamérica, la influencia del DSM es formidable debido al ICD o International Classification of Diseases (Clasificación internacional de enfermedades) que publica la Organización Mundial de la Salud, que trabaja estrechamente con los redactores del DSM.

Además de su status de “legisladores”, al igual que los inquisidores los siquiatras tienen poderes judiciales para estigmatizar oficialmente a un individuo específico ante la sociedad: declararlo enfermo mental según una categoría del DSM o del ICD. A diferencia de la jurisprudencia común, que requiere de un juicio imparcial con un abogado defensor en un juzgado establecido, los poderes judiciales del siquiatra son absolutistas: puede acusar y declarar culpable a un individuo a su entera discreción, justo como se hacía con la lettre de cachet. A Mario Cantú, por ejemplo, el siquiatra contratado lo juzgó y lo encontró culpable —es decir lo declaró enfermo— sin conocerlo personalmente. La madre simplemente contrató sus servicios. Aunque en teoría la ley española especifica que el internamiento involuntario lo tiene que aprobar un juez, en la práctica éste no pone en duda el diagnóstico del siquiatra. Sé de un caso en Las Palmas de Gran Canaria en que una mujer fue internada en un siquiátrico sin juicio alguno.[3] Asimismo, al igual que los inquisidores los siquiatras tienen un poder ejecutivo. Por medio de una policía especial pueden secuestrar a ciudadanos para llevarlos a una cárcel bajo su total jurisdicción.

EL SER juzgado de enfermo mental es la clasificación más denigrante que se le puede imputar a una persona, y en el mundo actual la tendencia es clasificar cada vez a más seres humanos de enfermos. Sobra decir que la calumnia beneficia únicamente a quien contrata al profesional en un conflicto entre personas; nunca a la persona calumniada.

Al nacimiento de los Estados Unidos sólo uno de cada mil individuos era considerado un enfermo mental. A principios del siglo XX los siquiátricos estatales albergaban a 150,000 internados, y al iniciar la segunda guerra mundial ya había medio millón. A finales de siglo los Estados Unidos estaban gastando más dinero en los individuos internados en siquiátricos que en el tratamiento del cáncer.[4] Actualmente los siquiatras creen que muchos jóvenes requieren de algún tipo de servicio siquiátrico. Richard Sarles, quien fuera presidente de la Sociedad Americana de Psiquiatría de Adolescentes que representa a cinco mil siquiatras estadounidenses, declaró: “Aproximadamente el 20 por ciento del los niños y adolescentes sufren de enfermedades psiquiátricas lo suficientemente significativas como para requerir de servicios de salud mental. Mientras el campo de enfermedades psiquiátricas se vuelve más sofisticado e informado, estamos identificando a muchos niños y adolescentes que manifiestan psicopatología severa a edades cada vez más tempranas”.[5] En 1992 Robert Trachtenberg, un funcionario público en el área e salud mental, declaró: “En un día dado, más de veintitrés millones de estadounidenses, incluyendo casi ocho millones de niños, sufren de enfermedad mental”.[6]

Desde el punto de vista sociológico, la movilización de un ejército de calumniadores profesionales puede significar una reencarnación del espíritu del Gran Encierro del siglo XVII. Aunque en España no está tan difundida la siquiatría como en Estados Unidos, las autoridades españolas de sanidad alegan que ochocientos mil ciudadanos, es decir, el dos por ciento de la población, sufren de enfermedad mental.

El 25 de enero de 1569 Felipe II firmó una real célula en la que fundaba el Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición en las Indias Occidentales (México). Por medio de la Inquisición Felipe II trató de influir cada vez más en el mundo para beneficio de la iglesia de Roma. Similarmente, algunos siquiatras han querido influir cada vez más en sus naciones para beneficio del gremio de los médicos. Esto se desprende de las palabras de Howard Rome, uno de los presidentes de la Asociación Psiquiátrica Americana (APA). En 1968 Rome declaró: “Realmente, el área de actuación de la psiquiatría de hoy es el mundo entero, y la psiquiatría no tiene por qué aterrarse ante la magnitud de su tarea”.[7] Rome no fue el único presidente de la APA que ha hecho este tipo de declaraciones. En su conferencia magistral como presidente de la APA, Harvey Tompkins ostentó: “Nos estamos acercando a una población de psiquiatras de veinte mil, cifra unas cuatro veces superior a la de hace dos décadas. Este ubérrimo crecimiento no habría acontecido sin los subsidios del Gobierno que han sido canalizados hacia nuestra educación profesional”.[8]

Tompkins dijo eso en 1967. A esta nueva criatura social, el poder creciente de los médicos, Szasz le llama farmacracia. Desde la década de los cuarenta hasta los años setenta los subsidios gubernamentales estadounidenses para el entrenamiento de siquiatras excedieron los dos mil millones de dólares. Dinero federal ya había sido vertido en siquiatría desde la segunda guerra mundial. En 1946 había unos tres mil siquiatras en Estados Unidos, pero en 1956 ya había diez mil. Durante la administración de los presidentes Kennedy y Johnson se aprobó la canalización de dinero para un nuevo boom de crecimiento farmacrático. En 1963 el gasto público en salud mental fue de mil millones de dólares, pero en 1967 ya había llegado a diecisiete. El mantenimiento de los centros de salud mental y de las clínicas siquiátricas estadounidenses se elevó de 140 millones de dólares en 1969 a 9.75 mil millones en 1994. Sólo el financiamiento del Instituto Nacional de Salud Mental (NIMH), que no es otra cosa que la sanción estatal de la siquiatría, ya costaba mil millones en 1992. En 1997 los gastos en salud mental y en abuso de sustancias en los Estados Unidos llegaron a la astronómica cifra de 82.2 mil millones de dólares, aproximadamente lo que costó ganar la guerra contra Irak en 2003. La mayor parte de ese dinero (86 por ciento) se dirigió al área de salud mental. La cifra incluye el dinero gastado tanto en el sector público como en el privado. La proporción de gastos entre estos sectores fue cercana al 50:50.[9]

Esto me mueve a mencionar un dato del sector privado. Desde los tiempos de la desregularización del presidente Reagan los seguros médicos aceptaron al tratamiento siquiátrico en su cobertura de salud en el sector privado. A fines de los ochenta la siquiatría se había beneficiado enormemente del dinero de los seguros: situación que indujo a una hospitalización artificial de innumerables niños y adolescentes. La paidosiquiatría se convirtió en el mayor segmento de crecimiento en la profesión. En 1989 George Bush padre designó a la década de los noventa “La Década del Cerebro”, un triunfo para la siquiatría biologicista. En 1991 ya había cuarenta mil siquiatras en Estados Unidos: número aproximado que se mantuvo a finales de siglo. Así la cantidad de gente a tratar por la pandemia se amplió. Se alega que la existencia de una gama de nuevas perturbaciones justifica la gran cantidad de siquiatras: perturbaciones que van desde la infancia a la ancianidad, como el “trastorno infantil de apego reactivo”, la “dependencia a la nicotina” o el “trastorno posparto” en las mujeres. En 1992 Frederick Goodwin del NIMH definió a los problemas sociales de manera novedosa: “Existe un factor genético en cualquier trastorno de personalidad. El medio no hace que uno se vuelva violento o desarrolle conducta criminal si no existe ya una vulnerabilidad ahí”.[10] Para este funcionario público los problemas sociales son, fundamentalmente, problemas médicos; y la persona subjetiva y su libre albedrío son irrelevantes.

No obstante, la definición szasziana de Estado Terapéutico como un gobierno que busca soluciones médicas ante los problemas sociales es imperfecta. Cierto que el hecho que el gobierno haya financiado las carreras de los agentes del sistema hace que veamos a la siquiatría como un apéndice del gobierno, al menos en el caso estadounidense. Pero la siquiatría norteamericana y mundial también tiene la faceta del sector privado, como cuando los miembros pudientes de una familia contratan los servicios de un profesional sin intervención estatal. En su faceta de empresa privada la siquiatría funciona como un intercambio clásico entre profesional y cliente. Para actuar, el siquiatra de consulta privada sólo necesita que el padre o un familiar solvente contrate sus servicios. Si una faceta de la siquiatría es la de apéndice del gobierno, la faceta mayor es la dinámica de libre empresa entre los profesionales y la sociedad civil.

La noción szasziana de Estado Terapéutico debe, por tanto, ampliarse. No sólo debe entenderse el Estado en sentido de gobierno, sino también en sentido de nación. En los diccionarios la palabra estado tiene esta doble acepción. Yo iría más lejos y entendería al “estado” como una nación que comprende tanto al gobierno como a la sociedad civil. Partiendo de esta acepción amplia, e invocando una vez más el nombre de Tocqueville, definiría al Estado Terapéutico como una sociedad que lesiona los cerebros sanos no sólo de los perturbados, sino de los desviados y disidentes. A lo largo del libro he estado usando la expresión “Estado Terapéutico” imitando el oxímoron Tribunal del Santo Oficio, lo diametralmente opuesto a un oficio santo. Las sociedades modernas son lo diametralmente opuesto a un Estado terapéutico: lesionan los cerebros sanos de sus hijos a fin de controlarlos. Y como dijo Leo Frank nadie, o muy pocos, parecen inmutarse.

Desde la orilla del camino

los mirones cara de palo

llenos de deliberada ignorancia

sancionan lo indecible —

El silencio es complicidad, es traición.

Referencias

[1] La confesión autobiográfica de Douglas Smith puede leerse en su web (www.antipsychiatry.org).

[2] Las palabras entrecomilladas provienen del siquiatra Walter Afield, citado en Fred Baughman: “The future of mental health: radical changes” in USA today magazine (1 March 1997).

[3] Esta persona me pidió que no revelara su nombre por temor al estigma social.

[4] Sharkey: Bedlam, pp. 173 & 12

[5] Richard Sarles, citado en ibídem, p. 97.

[6] Robert Trachtenberg, citado en ibídem, p. 277.

[7] Howard Rome, citado en Szasz: La fabricación de la locura, p. 346.

[8] Harvey Tompkins, citado en ibídem, p. 344.

[9] Cory Gilbertson, quien trabaja en el United States Department of Health and Human Services (HHS) y la Office of the Assistant Secretary for Budget, Technology and Finance (ASBTF), gentilmente respondió una misiva mía en la que le preguntaba sobre los gastos nacionales en salud mental en su país. Las cifras del año 1997 que menciono provienen de su carta.

[10] Frederick Goodwin, citado en Sharkey: Bedlam, p. 283.

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Published in: on mayo 15, 2009 at 1:30 pm  Dejar un comentario  

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