“Los pacientes sólo son gentuza” – Freud

Muchos sobrevivientes de la siquiatría han escrito manuscritos acerca de sus experiencias, pero rara vez tienen éxito en publicar sus libros. – Al Siebert [1]

“Permanecer callado es signo de cómo hemos sido oprimidos e ignorados”, nos dice otro sobreviviente. “Las fuerzas que nos mantienen callados e invisibles son muy vulnerables a que hablemos”.[2] La nueva autobiografía es el camino real hacia el inconsciente torturado, hacia aquel continente apenas explorado; no el sicoanálisis. Pero para ser justo con Freud debo reconocer que nos legó algunas contribuciones importantes en el conocimiento de la mente.

En la Carta misma, por ejemplo, usé un concepto freudiano: la idea de abba (papá Dios) en el Jesús histórico. Aunque sólo en un par de líneas, en la epístola también usé la palabra superyó que Freud explicó en El yo y el ello: un concepto que ha pasado a nuestra cultura y lo usamos en conversaciones. Freud también popularizó la noción del inconsciente e intuyó que los sueños nos querían decir algo, aunque esto no significa que su libidinosa interpretación sea atinada. De mayor relevancia es algo vinculado a una de las tesis centrales de este libro. En la alternativa al modelo médico de los trastornos mentales que he presentado me guié indirectamente por un concepto freudiano. El modelo Sullivan-Modrow sobre el pánico y el quiebre psicótico fue inspirado en un clásico mecanismo de defensa que cualquier analista podría entender.

Freud y su hija Anna descubrieron los diversos mecanismos de defensa del yo, que Harry Sullivan denominaba “operaciones de seguridad” del ego. Al igual que Modrow, creo que el descubrimiento fundamental de Freud y su hija fue que el ser humano distorsiona continuamente la realidad para auxiliar su autovalía. Este autoengaño es completamente involuntario y prácticamente ineludible porque la autovalía de una persona es el principio básico de la “psíquica”, así como la gravedad es el principio básico de la física. En el modelo Sullivan-Modrow de la locura, de aquí se deduce que lo más peligroso para la cordura de un individuo es un continuo asalto a su autoimagen, algo que los torturadores psicológicos de Stalin sabían muy bien. En su autobiografía Modrow ilustra el asalto al ego de un púber. El amor de nuestros padres le da al ego cohesión interna —“gravedad”— y salud mental. El humillar continuamente al niño conduce a la desintegración del ego, al pánico y a la locura. Ahora bien, del principio de mantener la autovalía a toda costa, es decir, del principio del autoengaño, surgen toda suerte de ilusiones: ilusiones religiosas, ilusiones políticas, ilusiones nacionalistas e incluso ilusiones amorosas. El fin siempre es darle cohesión al ego aunque sea de manera falsa y artificial: algo en lo que profundizaré en otros escritos.

Reconozco la aportación del modelo Modrow inspirado en descubrimientos freudianos. Pero Freud también creó una profesión lucrativa en base al sufrimiento humano, y eso fue precisamente un autoengaño de Freud mismo. Sándor Ferenczi, uno de sus más allegados discípulos, tan allegado que fue el único miembro del círculo de analistas que solía irse de vacaciones con Freud, se percató del engaño. Me limitaré a citar únicamente tres líneas del diario íntimo que escribió Ferenczi; diario que consagró a las serias dudas que tenía de su profesión: el sicoanálisis. Durante una conversación privada con Ferenczi, Freud —:

dijo que los pacientes sólo eran gentuza (Die Patienten sind ein Gesindel). Que para lo único que servían es para ayudar al analista a ganarse la vida y proporcionar material para la teoría. Está claro que no podemos ayudarles.[3]

Así que el mismo fundador del sicoanálisis, Freud, se percató que no era posible ayudar a sus clientes en los problemas de la vida. Ferenczi se percató, además, que el rechazo de Freud a su propia teoría de la seducción había sido un error. Trató de confrontar a su maestro sobre el tema pero se desilusionó por la agria disputa que surgió entre él y Freud y sus colegas, quienes cerraron filas contra Ferenczi. Debido a su naturaleza compasiva Ferenczi se percató de la veracidad de los relatos de incesto que le contaban sus pacientes mujeres. Freud, desde su frío Olimpo intelectual, permaneció escéptico. Al final del último encuentro que tuvo con Freud Ferenczi le tendió la mano para mostrar que, independientemente de sus diferencias, le seguía mostrando afecto a su mentor. Freud se dio media vuelta y salió de la habitación.

Ferenczi era un individuo muy impresionable. Hay quienes piensan que el cruel rechazo de su maestro tuvo que ver con su súbita enfermedad y muerte a los cincuenta y nueve años. Michael Balint, uno de los discípulos de Ferenczi, creía que “el estado emocional de Ferenczi sufrió un tremendo golpe durante el último encuentro con Freud, y no es posible saber si la posterior enfermedad fue una coincidencia o una consecuencia”.[4] Lo más triste es que Ernest Jones, uno de los acólitos más ortodoxos de Freud, difamó a Ferenczi con una catarata de diagnósticos siquiátricos a raíz de que Ferenczi osara cuestionar el dogma del maestro. Azuzado por Freud, Jones continuó con la difamación siquiátrica incluso después de que Ferenczi muriera. Según Jeffrey Masson, la disidencia intelectual de Jung no atentaba contra los cimientos del sicoanálisis. Pero la de Ferenczi sí: él había visto algo que tocaba los cimientos.[5] Jung se limitó a canjear la metanarrativa pansexualista de Freud por la suya mítico-religiosa, pero el análisis junguiano, como el freudiano, se presume capaz de ayudar a la gente a entenderse y resolver los problemas de la vida. Ferenczi, en cambio, sabía que estos problemas no pueden resolverse con “sicoanálisis”. Freud también lo sabía (“Está claro que no podemos ayudarles”) y pudo haberlo confesado al mundo externo.

No lo hizo: eso habría abortado el nacimiento de una lucrativa profesión.

Además de las limitaciones morales de su fundador, esta faceta del sicoanálisis también debe ponerse al descubierto. Mi visión es que tanto la siquiatría como el sicoanálisis son una suerte de retórica maquiavélica, algo que en mis soliloquios he llamado el arte de culpar a la víctima. Una seudociencia inquisitorial, la siquiatría, culpa al cuerpo de quien fue agredido por sus padres. El sicoanálisis culpa a la mente. Piénsese en la “histeria”, la “perversión” y la “manía” que, según Lacan y sus epígonos, supuestamente padecemos todos los humanos. En realidad, estas seudociencias son dos distintos aspectos del mismo movimiento de control social. Surgieron de las mismas fuentes, sólo que Freud tenía poderes intelectuales y dotes literarias. Pero tenía poco corazón ante el sufrimiento, como se ve en su conducta ante las guerras mundiales y la cacería de brujas (como mostré en la primera parte del libro).

Al igual que Freud, lejos de ayudar a sus clientes los sicoterapeutas lucran en base a su sufrimiento. Existen más de doscientas sicoterapias en Estados Unidos y millones de individuos que ahí consultan a sicoterapeutas. Las sicoterapias son un negocio multimillonario y su popularidad continúa en España, Italia y Latinoamérica. Freud fue el padre de la mistificación de ver a los problemas de la vida como “neurosis”. En realidad son problemas familiares, conyugales, laborales, económicos, sociales, políticos y existenciales. El sicoterapeuta contemporáneo también redefine estos problemas como “problemas mentales” de “pacientes”. De otra manera no podría justificar su profesión e ingresos. La gran verdad es que cualquier sujeto que diga vender soluciones individuales y mentales para los problemas económicos y sociales ha entrado, conscientemente o no, al reino del fraude. A menos que alguien apadrine económicamente a la persona nadie es capaz de hacer algo por sus problemas. Pero ningún terapeuta apadrina a sus clientes: en esa profesión el dinero fluye en un sólo sentido.

Para una víctima de una tragedia una terapia puede ser algo intrínsecamente insultante. Imaginemos a un ruso que escapa del gulag soviético y que a sus padres y hermanas se los llevan los bolcheviques a un campo de trabajo y exterminio. Después de la tragedia este sobreviviente busca consuelo en un analista que no ha estado interesado en lo más mínimo en denunciar al Terror Rojo. Lo único que hace el profesional es escucharlo, darle algunos consejos no solicitados que cualquier conocido podría darle, y cobrar su cuota semanal.

Este hipotético ejemplo ilustra la experiencia absurda que muchos hemos tenido con sicoterapeutas, especialmente los innumerables Helfgotts del mundo. En la profesión llamada sicoterapia nadie, que yo conozca, ha luchado por legislar la protección hacia hijos de padres como el de David. En medicina los problemas cardíacos son la causa número uno de enfermedad mortal en el hombre occidental. En psicología los padres abusivos son la causa número uno de trastorno psíquico en nuestra especie. Pero la siquiatría, el sicoanálisis y la sicología clínica traicionan a su materia de estudio al ignorar la realidad. Estas seudociencias se enfocan en la víctima, en el “último eslabón” a fin de no tocar a los padres y realizar hitos legislativos como en los países nórdicos. Lo que los profesionales de salud mental ignoran es que los problemas con los que tratan en su consulta no debieran estar bajo su cuidado, sino bajo la jurisdicción del Ministerio Público. Alice Miller le ha pegado al clavo al proponer que, dado que las perturbaciones psíquicas se deben al maltrato parental, una sociedad justa compelería al padre agresor a salirse del hogar. Esta medida no sólo salvaría al hijo de un ulterior daño sino que ubicaría el problema donde está: en el agresor. En el caso de la víctima que fue traumatizada de niño y ya ha crecido, los agresores debieran indemnizar a su hijo. Pero como no hay leyes que obliguen a los padres a salirse del hogar del niño o a indemnizar al adulto traumado, la sicoterapia se enfoca única y exclusivamente en la víctima. Eso fue lo que hizo Amara.

Desde este ángulo, la profesión es similar al siguiente escenario. Imaginemos que después de una serie de denuncias por violaciones en serie de una pandilla, la policía dejara libres a los agresores y se enfocara única y exclusivamente en llevar a las víctimas con terapeutas y trabajadores sociales. La policía procedería así de oficio mientras la pandilla continúa secuestrando y violando a otras mujeres. Esta es otra de mis ilustraciones sobre lo que llamo Lógica Wonderland. Es más que significativo que, en Suiza, antes de la legislación que prohíbe a los padres pegarles a sus hijos, los sicoterapeutas se opusieron a tal legislación a pesar que a diario atienden a pacientes adultos con las llagas psíquicas de los maltratos aún abiertas. Esto no debe sorprendernos si recordamos cómo Freud traicionó sus descubrimientos iniciales sobre el incesto a fin de ajustarse a los cánones de su época.

La sicoterapia es una profesión que no hace justicia porque no ve víctimas ni victimarios. Es un órgano ultraconservador de la sociedad que fundamenta y promueve el status quo familiar. La actitud cómplice de los terapeutas de salud mental con la sociedad es parte del problema de las perturbaciones mentales, no de su solución. Por consiguiente, buscar ayuda en un extraño que nos limpia el bolsillo y que nada hace por el cambio social es más que un error: es una estupidez.

Como el curandero es aquél que gana dinero haciendo de médico sin ejercer la medicina real, Vladimir Nabokov le llamó a Freud “el curandero de Viena”. El vienés Karl Kraus, contemporáneo de Freud, fue más lejos. Kraus escribió que el sicoanálisis “reinaba sobre todas las demás sectas y cultos” y lo definió como “la enfermedad que se presenta como la cura”. Yo añadiría que el legado de Freud tiene cierta analogía con el legado de Marx. Ambos propusieron metanarrativas totalizantes que embaucaron a buena parte de la intelligentsia occidental, uno sobre economía política, otro sobre la política de la psique. Actualmente, después de la caída del muro de Berlín el marxismo agoniza. Pero el sicoanálisis vive. Es mi esperanza que el siglo XXI vea florecer a más críticos y apóstatas del sicoanálisis como Kraus, Miller y Masson. Aunque reconozco las luces que Freud nos mostró —Marx también nos mostró algunas— hay que exponer el curanderismo de su legado.

Los epígonos de Freud son una clase parasitaria de la que la sociedad debe librarse.[6]

Referencias

[1] Volante publicado por el archivo Kenneth Donaldson archive for the autobiographies of psychiatric survivors que dirige Al Siebert.

[2] Harvey Jackins: What is wrong with the ‘mental health’ system and what can be done about it: a draft policy prepared for the Re-evaluation Counseling Communities (Rational Island Publishers, 1991), p. 21.

[3] Masson: Juicio a la sicoterapia, p. 91.

[4] Breger: Freud, p. 448.

[5] Hay un fascinante capítulo sobre las revelaciones del diario de Ferenczi en Juicio a la sicoterapia.

[6] En el gran pajar de sicoterapias inútiles hallé una aguja: la terapia de Susan Forward que se enfoca en los padres tóxicos. Véase lo que digo de Forward en el apartado de lecturas recomendadas.

Published in: on mayo 16, 2009 at 1:07 pm  Dejar un comentario  

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