La zorra cuida del gallinero

Las grandes corporaciones basan su poder en la publicidad y en la sociedad de libre mercado. El poder económico de las farmacéuticas mantiene a raya los intentos de control de parte del poder político, como la Administración de Alimentos y Medicinas estadounidense (FDA). Los intentos de la FDA han sido tímidos si tomamos en cuenta el conflicto de intereses que representa el hecho de que cerca de la mitad del presupuesto de la FDA proviene de las tasas que pagan las compañías farmacéuticas. Esta zorra que cuida del gallinero significa que la sociedad no cuenta con el apoyo de la intervención legislativa del gobierno.

El poder publicitario de las multinacionales es tal que ha llegado a infiltrarse en algunos medios culturales de televisión y de revistas. Por ejemplo, antes de leer al doctor Breggin ignoraba que la compañía farmacéutica Upjohn había financiado el programa El cerebro, el cual ha aparecido en los canales culturales. Asimismo, quien navegue por internet y se tope con Schizophrenia.com podrá tragarse el mensaje de que es “Un centro sin ánimo de lucro que ofrece información, apoyo y formación”. Sin embargo, ese sitio recibe patrocinio de Janssen Pharmaceuticals. Desde los años cuarenta del siglo XX la desinformación ha infectado a Time y a Newsweek. Estas revistas han sido uno de los medios propagandísticos de la siquiatría oficial. Incluso en el nuevo siglo han publicado varios artículos de portada haciéndole publicidad a la postura de los siquiatras biologicistas sobre el autismo, la esquizofrenia y el trastorno bipolar.

La imagen vale más que mil palabras, nos dicen los periodistas. En los artículos de estas revistas de supermercado aparecen dibujos y diagramas en los que se muestran cosas del tipo “la proteína x” que presuntamente causa alguno de los citados trastornos. Es alarmante ver que incluso Scientific American se ha unido al coro de popularizadores de seudociencia siquiátrica, publicando artículos con este tipo de diagramas sobre la depresión. Recuerdo vívidamente cómo regañé a uno de mis más inteligentes amigos por tragarse lo que venía en uno de estos artículos. El amigo guardó un atónito silencio ante mi enojo: no podía concebir que un artículo con diagramas tan artísticos y referencias de neurociencia tan doctas en Scientific American pudiera ser tan seudo como el pasquín de OVNIS que se vende al lado del puesto de revistas.

En un artículo de 1995 de Scientific American se publicaron unos retratos de los artistas y escritores que sufrieron “enfermedad maniaco-depresiva”.[1] En lugar de esta nuevahabla yo diría simplemente que la cólera reprimida hacia sus seres queridos orilló a Edgar Allan Poe, Walt Withman, Virginia Woolf, Ernest Hemingway, Hermann Hesse, Sylvia Plath, Ezra Pound y Tennessee Williams a escribir, y a veces a caer en los terribles abismos de la melancolía e incluso el suicidio. Antonin Artaud le pegó al clavo de porqué los escritores escribimos: para salir de un infierno existencial. Cuando en 1961 los siquiatras electrochocaron a Hemingway por una crisis de melancolía, tanto resintió el escritor el ultraje que se dio un escopetazo en la cabeza. Los artistas muchas veces nos salimos de lo común y de las convenciones sociales, por lo que hemos sido uno de los blancos predilectos del policía de la mente. Hay incluso un libro, Marcados con fuego, del mismo autor del artículo de Scientific American que tiene como blanco expreso a poetas, pintores y demás artistas.[2] Contra semejante libro debo citar las palabras de Hemingway antes de suicidarse: “¿Qué sentido tiene arruinar mi cabeza y borrar mi memoria [por los electroshocks que le aplicaron], que es mi capital, y dejarme fuera de la jugada? Fue una cura brillante. Pero perdimos al paciente”. En lugar de denunciar a la siquiatría por el crimen del que fue objeto su tesoro nacional, en 2003 Scientific American publicó otro artículo seudocientífico sobre la supuesta base biológica del suicidio. Tal artículo vuelve a ilustrar la Lógica Wonderland con la que han razonado los siquiatras, y ahora una parte de la sociedad civil, desde el surgimiento del modelo médico en el siglo XIX: en que se hacían autopsias para buscar la base biológica del suicidio, deshumanizando así a lo humano.

Para mostrar la falacia de Time, Newsweek y Scientific American quisiera referirme a las revistas de científicos profesionales de donde proviene toda esta metástasis. En 1988 dos artículos fueron publicados en Nature sobre el supuesto descubrimiento de un gen que causa la esquizofrenia, uno de los típicos pronunciamientos de “¡el reciente descubrimiento científico!” Como siempre, después de numerosos fallos al intentar repetir los resultados de los investigadores que afirmaron eso, en los años noventa esa hipótesis fue descartada. Pero muchos ya se encuentran bajo la impresión de que la locura es algo biológico y que, al tratar de descubrir la causa específica, los siquiatras son benefactores públicos.

La irresponsabilidad periodística de quienes no se retractan de la seudociencia es vergonzosa. No he sabido que una revista de producción masiva, digamos Time, haya publicado artículo alguno donde se desdiga de la desinformación siquiátrica que publicó en sus artículos de portada. Es muy significativo que sólo a una quinceañera le publicaran en 2002 una carta al editor quejándose de la etiqueta “bipolar” que estaba de moda para estigmatizar a adolescentes. Las mencionadas revistas son sólo la cresta del iceberg del sistema mediático de desinformación siquiátrica. Como ha dicho Mark Hertsgaard, un crítico de la sociedad norteamericana, los estadounidenses tienen una prensa que se limita a repetir como loros las declaraciones de los poderosos, incluidas las grandes empresas. A quienes lean esta línea les pido un favor: Cada vez que escuches a un médico o a un periodista decir que se acaba de descubrir que el “neurotrasmisor y” causa una psicosis, o que el “gen z” causa la depresión, sólo recuerda la larga lista de sustancias con la que a lo largo del siglo XX los médicos se autoengañaron en creer que “x”, “y” o “z” causaban la esquizofrenia.[3]

La verdad última de todo este asunto del TDAH en la escuela es que el etiquetar a la población muy joven, aún si son niños pequeños, se hace con el fin de culpar a la víctima en una sociedad que se niega y reniega a cuestionar un sistema pedagógico hostil a la vitalidad del niño. Pasémosle el micrófono a lo que, en palabra hablada, dijo Thomas Szasz en una de sus conferencias de 2004:

Otra lamentable moda es la afirmación que millones de niños sufren de una enfermedad mental llamada “hiperactividad por déficit de atención”, y que el Ritalín administrado a los niños es un tratamiento para ello. Bien, si ustedes creen eso, pueden creer cualquier cosa. Cuando las autoridades de la escuela le dicen a una madre que su hijo está enfermo y que necesita que le den drogas ¿cómo podría ella saber que eso es simplemente una mentira? ¿Cómo podría saber que lo que los expertos ahora llaman “hiperactividad por déficit de atención” simplemente no es una enfermedad? Claro: esa madre no conoce la historia de la siquiatría. No sabe que por cientos de años la siquiatría ha usado los diagnósticos para estigmatizar y controlar a la gente.

¡Ninguna conducta o mala conducta es una enfermedad! ¡Eso no es lo que son las enfermedades! Así que no importa cómo se comporte el niño. No hay nada que examinar. Si está enfermo, debe haber una ciencia objetiva sobre ello que pueda diagnosticarse por médicos y pruebas objetivas. Por eso tan pronto como vamos al doctor nos hacen muchas pruebas de sangre y rayos X. Los médicos no quieren oír sobre cómo nos comportamos.

El etiquetar a un niño de enfermo mental es estigmatización, no diagnosis. Darle a un niño una droga siquiátrica es envenenamiento, no tratamiento. Desde hace mucho he mantenido que el paidosiquiatra es uno de los enemigos más peligrosos no sólo de los niños, sino de los adultos: de todos nosotros que atesoramos lo más apreciado y valioso en la vida: los niños y la libertad.[4]

Referencias

[1] Kay Redfield Jamison: “Manic-depressive illness and creativity” in Scientific American (February 1995).

[2] Kay Redfield Jamison: Marcados con fuego: la enfermedad maniaco-depresiva y el temperamento artístico (Fondo de Cultura Económica, 1998).

[3] En la tercera parte de How to become a schizophrenic Modrow expone muchas de las teorías biologicistas del tipo “esta proteína x” que a lo largo de las décadas se han desprestigiado entre los siquiatras mismos.

[4] He unido diversas frases de la conferencia de Thomas Szasz sin el uso de corchetes. Szasz impartió su ponencia magistral en el Comité de Ciudadanos por los Derechos Humanos en Los Angeles, 2004.

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Published in: on mayo 15, 2009 at 4:05 pm  Dejar un comentario  

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