Páginas 153-163 de Hojas susurrantes

La naturaleza del mal: Amara (I)



Podría parecer que mi objetivo es panfletario: mostrar a los siquiatras como la enfermera Ratched en Alguien voló sobre el nido del cuco: uno los villanos más fríos, aunque de habla más suave, que ha visto el cine (en México bautizaron esa película como Atrapado sin salida). Pero eso es Hollywood: la realidad no es como una película donde el villano posee conciencia del mal que hace, tanto así que el espectador se excita cuando Jack Nicholson se arroja al cuello de la enfermera para estrangularla. Los alienistas no son Ratched, ni mi objetivo filmarlos como tales.

En México muchos han sido seducidos por la suave y gentil voz con que Amara habla en los medios de comunicación. En mayo de 1988 visité a este gentleman no como paciente, sino para escuchar sus comentarios sobre una copia de la recién escrita epístola a mi madre que le había dado.

En ese envidiable consultorio con vista a un parque-oasis en la jungla de asfalto que es la Ciudad de México, Amara colmó mis habilidades literarias con elogios. Pero algo extraño había en el ditirambo: las acusaciones de la epístola no eran mencionadas. Pensé que era cosa de tiempo para que llegara al grano. Lo dejé hablar. Cuando nada sustancial salió del monólogo le pregunté directamente:

—¿Pero qué crees de lo que digo, que la etiología de que mi problema fue la madre?

¡Oh! De qué manera tan educada, tan caballerosa, tan temerosa me atrevería a decir, respondió: “Es miopía” explicando que virtualmente en toda familia existen neurosis, y que la mía era simplemente “una familia neurótica más”.

Eso, no una Ratched consciente de lo que hace, es lo que son los siquiatras. ¿En qué rincón de su subconsciente reprimió Amara lo escrito sobre mi pánico causado por su sordera? ¿En qué lugar reprimió la tortura medusea de impedirme dormir, o el trauma de la traición de un padre Jekyll-Hyde como lo cuento en la epístola? La categoría de vapuleo parental, que cualquier jovenzuela es capaz de comunicarle al público en un talkshow, no entró en la cabeza del sofisticado analista. Decir “todos neuróticos” en el sentido que Amara explicó equivale a decir “todos inocentes” ya que una familia típicamente disfuncional no necesariamente destruye la vida de los hijos.

Luego Amara me contó que un sujeto lo quiso sobornar mostrándole un enorme fajo de billetes para internar a su esposa a un siquiátrico, algo así como los casos aludidos por Defoe y Masson en las páginas anteriores. El objeto de la anécdota era que lo viera como un analista ajeno a las corrupciones de su profesión: un médico con escrúpulos que no puede ser tentado por el mal.

Pero ése no es el mal, mi buen doctor.

El mal no es aceptar sobornos sabiendo que destruyes a una inocente sino creer que el bien se hace: la fe con sonrisa o el dogma educado no tocado por la duda, la ideología con carisma.

Fueron teologías las que movieron a asesinar a miles de mujeres etiquetadas de brujas y a millones de infieles que cayeron bajo la espada en Medina. Fue la ideología con sonrisa ilustrada lo que llevó a los jacobinos a descabezar no sólo a aristócratas, sino a miles de paisanos simples. Fue el dogma de un filósofo judío que media humanidad tomó como segundo Mesías lo que llevó a los comisarios judíos y gentiles del Gulag a un holocausto mayor que el de Himmler. ¿Cuántas otras almas no han sido destruidas por hombres tan bienintencionados como usted, señor siquiatra? Porque es la creencia que al hijo “identificado” por los padres hay que tratarlo con drogas lo que les lleva a retraumatizar a niños y púberes hundiéndolos en los infiernos del pánico.

En la misma televisión donde apareces airando tus lúcidos comentarios se ven programas sobre nuestra hermosa megalópolis, la más grande del orbe, mostrando toda suerte de crímenes familiares. Ahora me viene a la mente la terrible imagen de un bebé que había perdido un ojo debido a los golpes de su madre. Si una de estas desdichadas criaturas aparece en los medios, concederás que es una víctima. Pero si ya crecido se le ocurre entrar a tu consultorio, crimen y víctima desaparecen.

Todo lo que dice tu paciente es un lazo infantil con los padres, un actuar afuera quizá (“acting out”); una imaginería retroactiva no sobre lo que sucedió, sino sobre cómo tu paciente lo tomó. Es miopía, una actitud victimista en el mejor de los casos y en el peor vivir en un universo paranoide; y no aceptar la interpretación del analista es “resistencia”.

Solyenitsin escribió:

¿Cómo hay que entender una palabra como malvado? ¿Qué queremos decir exactamente con ella? ¿Existe tal cosa en el mundo?

Nuestra primera reacción sería que no puede haber malvados, que no los hay. En los cuentos es lícito hablar de ellos porque son para niños y hay que simplificar las escenas. Pero cuando la gran literatura mundial de los siglos pasados —Shakespeare, Schiller, Dickens— nos presenta una tras otra semblanza de malvados de un negro espeso, los malvados nos parecen casi de guiñol y poco acorde con la sensibilidad moderna. El problema radica en cómo están caracterizados. Tienen perfecta conciencia de su maldad y de su alma tiznada. Razonan así: “No puedo vivir sin hacer el mal. A ver si enfrento al padre contra el hermano. Qué deleite ver padecer a mis víctimas”. Yago dice sin tapujos que sus objetivos e impulsos son negros, nacidos del odio.

¡Pero las cosas no son así! Para hacer el mal un hombre debe antes de concebirlo como un bien, como un acto meditado y legítimo. Afortunadamente el hombre está obligado, por naturaleza, a encontrar justificación en sus actos. Las justificaciones de Macbeth eran endebles, y por eso su conciencia lo devoraba. Yago era otro corderito. La imaginación y la fuerza espiritual de los malvados shakesperianos se agotaban con la docena de cadáveres porque carecían de una ideología.

Gracias a la ideología el siglo XX ha conocido la práctica de la maldad contra millones de seres. Y esto es algo que no se puede negar, ni pasar por alto ni silenciar. ¿Cómo después de esto nos atrevemos a seguir afirmando que no existen los malvados? ¿Y los que exterminaron a esos millones? Sin malvados no hubiera habido Archipiélago.

Esta es la raya que el malvado shakesperiano no puede atravesar. Pero los malvados con ideología la atraviesan, y su conciencia permanece limpia y clara.[1]

De quince a treinta millones de personas —del triple al séxtuple del Holocausto judío tomando incluso las cifras más infladas sobre el Holocausto—, murieron en el Gulag a causa de los verdugos voluntarios de Stalin (la mayoría de estos verdugos eran judíos).[2] Cuando mi madre embestía al diablo, que creía que habitaba en mí, lo hacía con una conciencia casi limpia: y lo mismo puede decirse de la revictimación de Amara. Quisiera ilustrar la visión solyenitsiana del mal con un par de anécdotas sobre este último.

Hay una memoria insólita en mi mente. Cierta ocasión vi que Amara tenía un extraño aparato en su consultorio. Le pregunté qué era y me contestó que servía para electrochocar a algunos de sus pacientes. Lo dijo con toda naturalidad. Tan azorado me quedé que por mucho tiempo dudé que mi memoria fuera una representación de algo sucedido en la vida real.

Ahora sé que fue una memoria real. En un programa de radio llamado Parejas disparejas y la familia que salió al aire el 25 de julio de 2001 Amara se expresó muy favorablemente del electroshock y lo promovió como algo “bastante inofensivo”. En ese programa una madre habló preocupada sobre la depresión de su hija y Amara recomendó electrochocarla.

El objeto del electroshock es un lavado de cerebro. “Lavar el cerebro” significa, literalmente, lavarlo de su contenido, es decir, de sus ideas. El electroshock destruye las ideas y las memorias al destruir las células cerebrales que las contienen. Después del tratamiento es posible reprogramar a los sujetos electrochocados. Como reconocieron los siquiatras J. C. Kennedy y David Anchel: “Sus mentes parecen tabulas rasas donde podemos escribir”.[3]

El procedimiento es el siguiente. Se aplica jalea en las sienes para aumentar la conductividad eléctrica de la persona a electrochocar y se le inyecta una droga en sus venas para producir una anestesia total. Un respirador artificial se deja de usar cuando la víctima puede volver a respirar por sí misma después del disparo eléctrico de 70 a 400 voltios de sien a sien. El blanco del ataque son los lóbulos frontales, el orgullo del Homo sapiens, al provocar artificialmente un ataque epiléptico. El ataque es tan severo que hace tiempo, cuando el cuerpo no se sujetaba y paralizaba con drogas, el espasmo ocasionalmente rompía las vértebras de la persona. Aún con estas drogas el siquiatra está atento a que su víctima anestesiada tenga un espasmo involuntario, una encorvadura hacia arriba, que le permite saber si el martillazo eléctrico “funcionó”. Sin esta reacción el siquiatra continúa aplicando shocks hasta obtener la reacción deseada. En los instantes subsecuentes las ondas del electroencefalograma marcan por unos segundos una línea recta: muerte cerebral. Millones de células cerebrales mueren. En las salas del electroshock se encuentra un desfibrilador: un equipo de emergencia para resucitar el corazón de la persona electrochocada en caso de paro cardíaco.

Algunos médicos reconocen que el electroshock es perjudicial. Antes de que los siquiatras se volvieran más cautos en sus pronunciamientos, Max Fink reconoció que el electroshock se asemeja “a un severo trauma en la cabeza” y sostuvo que “la terapia convulsiva provee un excelente método experimental para los estudios del trauma craneocerebral”.[4] Las mismas autopsias de los sujetos electrochocados que murieron mostraron que el electroshock causó hemorragias cerebrales, especialmente en el área de la corteza cerebral. Tanto le temen los pacientes al martillazo eléctrico que en los hospitales siquiátricos es común ver a las víctimas siendo arrastradas por los enfermeros hacia el cuarto del electroshock.

Pero el dato clave para entender la práctica es señalar algo que el hombre de la calle ignora. El electroshock sólo se administra a los cerebros perfectamente sanos. No se aplica en los cerebros enfermos, digamos, de un glioma o tumor maligno. Como lo han denunciado los críticos de la siquiatría a lo largo de las décadas, el objeto del electroshock es simplemente matar neuronas sanas y producir pérdida de memorias en el sujeto cuya conducta se desea controlar. Esto es exactamente lo que ocurre con la lobotomía, a la que con fines eufemísticos los cirujanos le cambiaron el nombre. Psicocirugía significa extirpar porciones sanas del cerebro de quien se desea controlar. Neurocirugía significa operar cerebros genuinamente enfermos, como de un tumor canceroso (aunque los siquiatras usan engañosamente la palabra “neurosiquiatría”, es pertinente distinguir entre seudociencia siquiátrica y ciencia neurológica).

Para que Amara aconseje abiertamente a una madre en la radio electrochocar a su hija es evidente que, como dice Solyenitsin, tiene una ideología: está convencido de que lo que hace es bueno y necesario. Recuérdese la carta del doctor Massini sobre Julie. La revictimó encerrándola con la más limpia conciencia. Así como Amara hace sus pronunciamientos bárbaros en la radio sin importarle que sus enemigos lo graben, para Massini el ponerse mercenariamente de parte del padre fue algo tan natural que lo dejó sobre el papel para que futuras generaciones pudieran juzgarlo.

La otra anécdota que quería contar también tiene que ver con asaltos al cerebro. Que los siquiatras tratan a los hijos que les llevan sus padres como ciudadanos de tercera se nota al señalar que no les advierten nada sobre el peligro que entraña la ingestión de las drogas que les recetan. Amara, por ejemplo, no nos advirtió en lo más mínimo sobre los ataques de pánico o la acatisia ocasionada por el neuroléptico que me ponía mi madre (y/o por un antiparkinsoniano que me recetó), que él llamaba eufemísticamente “metabolito francés”. Como dije, a lo largo de siete meses fue muy frecuente que el tormento de la acatisia me tuviera tumbado en cama.

La más extensa guía sobre las drogas lícitas e ilícitas en español es Historia general de las drogas de Antonio Escohotado. Sobre los neurolépticos, que son legales, Escohotado nos dice:

El principio general de estos fármacos es inducir una reacción que en altas dosis constituye catalepsia, por reducir el consumo de oxígeno en el tejido cerebral […]. Bloquean o destruyen algunos de los principales neurotransmisores (dopamina, norepinefrina, serotonina) […]. Los llamados tranquilizantes mayores pueden alinearse entre las drogas muy peligrosas. Ningún tipo de psicofármacos crea en clínicas tantas intoxicaciones agudas y letales por prescripción del propio personal terapéutico.[5]

Los neurotransmisores son sustancias químicas liberadas en la sinapsis de las células cerebrales. En Historia general de las drogas también leí algo sobre la acatisia que había sospechado pero que era sólo una intuición basada en mis experiencias. Escohotado nos dice que a nadie le gusta que le amarren su espíritu por medio de drogas (“neuroléptico” viene del griego: neuro, nervio y lepto, atar: droga ata-nervios literalmente):

Como el espíritu humano no se presta con facilidad a esa drogadicción, uno de los efectos secundarios más conocidos es la llamada acatisia, un estado de inquietud extrema descrito como “sensación de querer saltar fuera de la propia piel” […]. No en vano la principal eficacia terapéutica atribuida a los neurolépticos es el sentimiento de alivio posterior a la supresión del empleo, cuando el cuerpo logra liberarse de la intoxicación.[6]

Esto de querer saltar fuera de la propia piel me recuerda una mujer a quien le recetaron el muy conocido neuroléptico Haldol (haloperidol) y me describió la acatisia que sufrió con estas palabras: “¡Me daban ganas de aventarme por la ventana! ¡con ganas de suicidarme!” [7]

Escohotado no se limitó a teorizar sobre las drogas. Experimentó con una dosis baja de haloperidol. Las gotas le “borraron cualquier rastro de autoconciencia” y no volvió a tener el coraje científico para repetir el experimento, como nos confiesa en su voluminoso texto. Es curioso notar que Leptopsique (perfenacina), otro neuroléptico, significa etimológicamente “psique adelgazada”.

Además de la acatisia Amara tampoco nos dijo, ni a mí ni a mis padres, una sola palabra sobre la distonía que me enchuecó. Como ignoraba que me ponían la espantosa droga en los desayunos, a mis dieciocho y diecinueve años me culpé de lo que los adultos locos me hicieron: creí que las crisis de enchuecamiento en mis músculos habían sido psicosomáticas. Mucho tiempo tuvo que pasar para que leyera algo sobre los efectos de estas drogas. Sólo así me enteré que, además de la torturante acatisia, Majeptil (tioproperazina) también puede causar disquinesias tardías, además del síndrome neuroléptico maligno que mata a quienes toman la droga (“tardía” se refiere a que los síntomas tardan en desarrollarse).

Al igual que el electroshock, neurolépticos como Majeptil y una veintena de otros que se venden en el mercado no sanan enfermedades neurológicas: las causan. Esto es tan cierto que incluso un texto de siquiatría confiesa: “Estas drogas antipsicóticas han sido llamadas ‘neurolépticos’ porque su acción imita a la enfermedad neurológica”.[8] El supuesto efecto “antipsicótico” del neuroléptico es en realidad un estado de indiferencia emocional. Los individuos bajo esta droga se vuelven letárgicos, conducta que los vuelve más dóciles y manejables para los familiares. William Winkelman, uno de los primeros investigadores de la clorpromacina, creía que “la droga produce un efecto similar a la lobotomía frontal”. Peter Sterling, un neuroanatomista de la Universidad de Pensilvania, constató: “En cualquier caso, un siquiatra tendría dificultades en distinguir a un paciente lobotomizado de uno tratado con clorpromacina”.[9]

La lobotomía quirúrgica cercena las fibras que van y vienen de los lóbulos frontales. La lobotomía química por medio de neurolépticos inhabilita las fibras que van hacia esos lóbulos. El objeto del neuroléptico es suprimir la función de los lóbulos frontales: la parte del cerebro que nos sirve para planear nuestras acciones. Una anécdota de mi adolescencia ilustrará este punto.

Después de algunas semanas de mi huida a la casa de mi abuela Amara formó una terapia de grupo. Éramos cuatro. Recuerdo muy bien a las muchachas Claudia, Luisa y Giovanna. A la salida de una sesión Giovanna me dijo: “Claudia está muy aplatanada” y Luisa asintió con emoción. Ahora, años después, conjeturo que esa chica se encontraba bajo el efecto de altas dosis de algún neuroléptico.

El recetar abiertamente neurotoxinas tanto a Claudia como a mí muestra que Amara estaba tan convencido de su propia rectitud que no dijo media palabra sobre tales efectos. Pero Amara no es un caso aislado ni aberrante. Ese mismo afán iatrogénico aparece incluso en los siquiatras más queridos del mundo y considerados los más humanos. Qué mejor que citar a Viktor Frankl, a quien veintinueve universidades le confirieron títulos de doctor honoris causa:

En mi departamento, en la Policlínica de Viena, utilizamos medicinas [neurolépticos] y tratamiento electroconvulsivo [electroshock]. He firmado la autorización para efectuar lobotomías y no tengo ningún motivo para lamentarlo. En unos cuantos casos incluso he llevado a cabo la lobotomía transorbital [a través de la cuenca del ojo]. Sin embargo, afirmo que la dignidad humana de nuestros pacientes no ha sido violada en estos casos […]. Lo que importa no es la técnica ni el enfoque terapéutico como tales, trátese de tratamiento con medicinas o con electroshocks, sino sólo la intención con la que se realiza [mis cursivas].[10]

A Viktor Frankl la capital de Tejas lo nombró “hijo predilecto de la ciudad” en 1976, el año en que uno de sus colegas me atacó con la mejor de las intenciones. Las palabras de Frankl son un paradigma perfecto de la visión solyenitsiana del mal: si las intenciones de un sujeto son buenas sus acciones tienen que ser buenas.

Es irónico que alguien como Frankl, quien de joven fuera víctima de la barbarie en Auschwitz, una vez habiendo obtenido libertad y poder haya perpetrado actos aún más abominables en otros seres humanos. Sobra decir que desde la perspectiva del paciente es irrelevante que Frankl se haya sentido bienintencionado. Lo que hizo fue mutilarlo. En Viktor Frankl se cumple la sentencia de Cioran: “No hay seres más peligrosos que los que han sufrido por una ideología: los grandes perseguidores se reclutan entre los mártires a los que no se ha cortado la cabeza”.

Es muy ilustrativo notar que Frankl afirme que la dignidad de sus pacientes, cuyos cerebros sanos fueron mutilados, no fue violada. Es obvio que el único que podía pronunciar semejante juicio es el paciente. Pero nuestra sociedad ha dejado que sea el cirujano quien hable en su nombre. El no dejar hablar a quien grita “¡No me operen!” y decir lo opuesto a la opinión pública, “La dignidad de mi paciente no fue violada”, es robarle la voz al paciente.

Frankl inició una escuela de sicoterapia, la “logoterapia”. En la colonia Narvarte, en la que vivo, hay un instituto que ostenta el nombre de Viktor Frankl en un enorme relieve en la pared. Confieso que cada vez que paso por ahí no puedo esquivar pensar en lo mal que anda nuestra cultura.

Pero Frankl no ha sido el único lobotomista convencido de su propia rectitud. En 1936 el siquiatra Walter Freeman ideó un tipo de lobotomía que no requiere abrir el cráneo: un pequeño picahielo introducido siete centímetros por la órbita del ojo para movilizarlo de izquierda a derecha, cual parabrisas, rompe el tejido que conecta el lóbulo frontal con el temporal (el tipo de operación que Frankl se jactaba de hacer). El procedimiento tenía la ventaja que ahorraba los gastos de la anestesia: Freeman electrochocaba a sus víctimas y sostenía que el shock era un elemento terapéutico adicional. Freeman le llamó a su terapia “cirugía del alma” y realizó unas 3,500 operaciones de este tipo en los años cuarenta. Las hacía con la conciencia tan limpia que solía viajar de ciudad en ciudad promoviendo su procedimiento, dando conferencias y dejándose fotografiar en la sala de operaciones.

He visto algunas de estas fotografías. De hecho, los realizadores de la película Frances, donde una madre manda leucotomizar a su rebelde hija, se inspiraron en el registro fotográfico que Freeman nos legó. Tan convencido estaba de su rectitud que en uno de sus libros Freeman publicó una fotografía en que se ve a una mujer llevada a rastras a la sala de operación. Eso sí: las leyes de California exigían que la familia otorgara su consentimiento al lobotomista. En 1950 Freeman y su ayudante James Watts operaron a once niños cuyas conductas sus padres no toleraban, uno de tan sólo cuatro años. Freeman escribió:

El objetivo es destrozar el mundo de fantasía en el que estos niños se han sumergido cada vez más. Es más fácil destrozar el mundo de fantasía, derribar el interés emocional que el niño tiene con su vivencia interna, que dirigir su conducta a canales socialmente aceptables.[11]

Como ha demostrado Robert Whitaker en Mad in America, Freeman floreció en los tiempos en que la siquiatría norteamericana cruzaba por su etapa más negra. No obstante, en el siglo XXI los siquiatras continúan practicando sus “psicocirugías”.

El 1 de diciembre de 2004 presenté la ponencia “Seudociencia en el diagnóstico de hiperactividad por déficit de atención” en una mesa redonda de la Secretaría de Educación Pública sobre esa supuesta condición médica.[12] Aunque la mesa estaba integrada en su mayoría por profesores, algunos neurosiquiatras fueron invitados a participar y me atacaron durante y después de mi presentación. Cuando denuncié las psicocirugías uno de éstos, Rodolfo Ondarza me interrumpió enojado alegando: “¡Yo las hago!” Luego insistió reiteradas veces que estas operaciones, que él afirmó hacer en el Instituto Nacional de Neurología, eran perfectamente morales. En sus propias palabras: “Hay fundamentos éticos, bioéticos” para esta cirugía radical. Una vez finalizada mi ponencia Ondarza tomó la palabra y ostentó impresionantes credenciales académicas de doctorados y posdoctorados en México, Europa y Estados Unidos.

Se sienten tan buenos los lobotomistas que el 6 de abril de 2006 salió en primera plana del periódico mexicano El Universal una gran imagen a color representando a una mujer anoréxica, y, en esa misma plana, las palabras del doctor Manuel Hernández explicando cómo “cauterizó o destruyó el tejido del cerebro aparentemente normal” de su víctima. La nota añade: “En el futuro con ese procedimiento se prevé poder atacar también el alcoholismo y la drogadicción”.

Es innecesario elaborar sobre tal rectitud pagada de uno mismo. Me limito a decir que ni Frankl ni Freeman en el siglo XX, ni Ondarza ni Hernández en el siglo XXI, habrían podido operar a niños y adultos si la sociedad no les hubiera otorgado —poder.


____________________

[1] Aleksandr Solzhenitsyn: Archipiélago Gulag (TusQuets, 1998), págs. 210s. La sintaxis fue ligeramente alterada de acuerdo a una versión del Archipiélago en inglés y eliminé los puntos suspensivos entre corchetes a fin de agilizar el texto.

[2] Según Andrew Nagorski, de veinte millones de presos cuando menos doce millones murieron en los campos de trabajo forzado del Gulag (“Repressed nightmare” en Newsweek, 19 febrero 1996).

[3] J. C. Kennedy y David Anchel, citados en Leonard Roy Frank: “Testimony of Leonard Roy Frank at a public hearing on electroconvulsive ‘treatment’ before the Mental Health Committee of the New York State Assembly, Martin A. Luster (Chairman), Manhattan, 18 May 2001”. Este es uno de los mejores artículos que he leído sobre el electroshock.

[4] Max Fink, citado en Whitaker: Mad in America, pág. 102.

[5] Antonio Escohotado: Historia general de las drogas (Espasa, 2002), pág. 1232.

[6] Ibídem, pág. 1234. En la siguiente página Escohotado justifica el uso de neurolépticos en los casos agudos de trastorno mental; política en la que estamos en desacuerdo.

[7] Esta mujer me pidió que no revelara su nombre, pero mis archivos de sobrevivientes de la siquiatría pueden consultarse contactándome directamente.

[8] Citado en Breggin: Toxic psychiatry, pág. 68. El libro referido es el manual Textbook of psychiatry de 1988.

[9] Estas citas aparecen respectivamente en Elliot Valenstein: Blaming the brain: the truth about drugs and mental health (The Free Press, 1998), pág. 34, y en Toxic psychiatry, pág. 57.

[10] Viktor Frankl, citado en Thomas Szasz: El mito de la psicoterapia (México: Ediciones Coyoacán, 1996), pág. 191. Las palabras de Frankl originalmente aparecieron en Encounter (noviembre de 1969).

[11] Walter Freeman, citado en Whitaker: Mad in America, pág. 136. He escuchado la voz de Howard Dully, quien fuera uno de los niños víctimas de Freeman, en internet. El testimonio de Dully es tan impresionante que copio y pego, sin traducir, la reseña: “Best Documentary: Gold Award, My Lobotomy by Piya Kochhar and Dave Isay, Sound Portraits, USA. My Lobotomy explores one of medical history’s most controversial chapters—when transorbital lobotomies were widely condoned—through one man’s personal journey. Howard Dully, a 57 year-old bus driver from California, takes listeners along on his quest to discover why he was lobotomized when he was just twelve”.

[12] La mesa de trabajo, presidida por Carmen Libreros, fue convocada por la Subcomisión de Educación del Consejo Nacional Consultivo para la Integración de las Personas con Discapacidad de la SEP. La mayoría de las ponencias mensuales de los participantes fueron presentadas en 2004, en el piso 13 de Avenida Cuauhtémoc #1230 en la Ciudad de México.

Anuncios

The URI to TrackBack this entry is: https://biopsiquiatria.wordpress.com/2012/02/02/paginas-153-163-de-hojas-susurrantes/trackback/

RSS feed for comments on this post.

One CommentDeja un comentario

  1. Realmente impresionante, gracias por difundir esta información.


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: