Página 115 de Hojas susurrantes


Libro II:


Cómo asesinar el alma de tu hijo




Página 117 de Hojas susurrantes


Índice al libro II


Abreviaturas utilizadas   118

Prólogo    119

Papá y mamá:   121

Introducción   127

Re-victimación siquiátrica y pánico demoledor del yo interno  133

Padres abusivos y siquiatras: una asociación delictuosa    141

La naturaleza del mal: Amara (I)     153

Estados dentro del Estado: las leyes y la siquiatría    163

Dentro de la Secretaría del Amor     171

Shine: un papá más devastador que Mengele    177

La naturaleza del mal: Amara (II)     184

La naturaleza del mal: Amara (III)    197

“Yo nunca hice nada innoble” —Freud      207

La naturaleza del mal: Amara (IV)    222

Cómo asesinar el alma de tu hijo    225

Página 118 de Hojas susurrantes

Abreviaturas utilizadas en las notas a pié de página
 



Alternativas

Francisco Gomezjara (ed.): Alternativas a la psiquiatría y a la psicología social (México: Fontamara, 1989). Este dossier de artículos publicados en diversas revistas y periódicos mexicanos fue publicado originalmente en 1982. La edición a la que me refiero es la edición ampliada de 1989.


EHSS

Ethical human sciences and services: an international journal of critical inquiry (Springer Publishing Company). Esta revista ha cambiado de nombre a Ethical human psychology and psychiatry.

Páginas 119-120 de Hojas susurrantes

Prólogo

En mi Carta a mamá Medusa, a la que me referiré simplemente como la Carta, hablé de unos acontecimientos terribles a mis dieciséis y diecisiete años. Después de la paliza emocional que me propinó mi padre a instancias de mi madre, en las primeras páginas veremos que junto con el siquiatra, uno de los más renombrados sicoanalistas en la Ciudad de México, a mis dieciocho años mi madre me propinó una brutal paliza física.

En este libro demostraré que la profesión llamada siquiatría, la nueva arma con la que mi madre intentó sojuzgarme, es una falsa ciencia. Y mostraré que, desde sus orígenes, esta seudociencia se ha aliado con los padres controladores en conflicto con sus hijos cuerdos.

Como conté en mi libro anterior, cuando osé huir con mi abuela por los golpes de mi padre, mi madre me difamó con la palabra “enfermo”: palabra que aprendió del siquiatra que fungió como abogado de mis padres. De esa manera, y aun de lejos, mi madre socavó aún más mi autoestima en su guerra de voluntades contra el adolescente que fui. En otras palabras, a pesar de que no tuve desvarío psicótico alguno fui calumniado ante la familia y los parientes de “enfermo”. Además del maltrato en casa, esta vejación fue resultado directo de la confabulación con el falso médico, el representante de una profesión que las naciones del mundo acreditan: la siquiatría.[1]

A diferencia de la Carta, en este libro no me enfocaré ni en mi madre ni en mi padre. Me referiré a ellos ocasionalmente, así como a otros padres que traumatizan a sus hijos. Mas ante todo hablaré de los siquiatras. La conducta del médico sicoanalista que me atacó me hace desviar la atención del maltrato parental, el tema central de mis libros, a la siquiatría. Sin embargo, tal desviación es sólo aparente. Como veremos, la paidosiquiatría está íntimamente relacionada al maltrato de menores e hijos de familia.

En las siguientes páginas hago pública otra carta: una que le escribí a mis padres más de un cuarto de siglo después de los fatídicos sucesos de mi adolescencia. En esta relativamente breve misiva si la comparamos con la anterior, muestro cómo el asalto siquiátrico a un menor es meramente una escalada del maltrato parental.


____________________

[1] En mis escritos le quito la “p” a las palabras psiquiatría y psicoanálisis. También se la quito a psicología, pero sólo cuando me refiero a la sicología académica, no a la psicología intuitiva que todos manejamos en la vida cotidiana.

Páginas 121-125 de Hojas susurrantes



Papá y mamá:

El 28 de abril de 1976 huí con abue Mecho después de que tú, papá, me abofetearas y me rompieras el corazón.

Añadiendo insulto a la injuria, el doctor Giuseppe Amara, el siquiatra pagado por mamá, me calumnió a mí, al indefenso menor de edad, no al adulto que me pegó, de “esquizoide”, y en su consultorio me dijo que quería asaltar mi cerebro. Sus palabras exactas fueron:

“¡A bombardear el cerebro con metabolitos franceses!”

Me sentí molido. Sus palabras fueron un terrible golpe para un muchacho que acababa de sufrir la traición de su vida. No sólo mis padres me habían roto el corazón en casa: ahora un sujeto pagado por ellos quería atentar contra la sede de mi inteligencia.

En esos días visité a tío Chepo. Siendo doctor quería preguntarle qué era “Majeptil”, la droga con la que Amara quería “bombardearme el cerebro” según sus propias palabras. Descubrí que era el nombre comercial de la droga que le dan a la gente muy perturbada (tiempo después supe que algunos médicos la llaman lobotomía química). Después de mi investigación decidí que jamás tomaría la temible droga de Amara: además de una ofensa mortal era un atentado a mis facultades.

Pasó un cuarto de siglo…

Mamá:

En el primer año del nuevo siglo mi hermana me confesó que me ponías esa droga, que yo había jurado jamás tomar, en los desayunos cuando regresé a casa. Según ella, varias veces “te cachó” haciendo eso y tú le explicaste: “Ésas se las mandó el doctor Amara y no las quiere tomar”.

Cori me dijo que le confesaste que a diario me ponías esa droga y que lo hiciste por meses; y papá estaba perfectamente enterado de lo que me hacías.

Le pregunté entonces a Germán y me confesó que te vio poniéndole gotas de un medicamento a un jugo de naranja. Que lo que se le grabó fue tu reacción sospechosa cuando te descubrió. Se le quedó muy grabado que, de tus hijos, ponías las sospechosas gotas sólo a mi comida.

Lloré con Germán como nunca lo hago porque de chico papá me vio todo chueco en mis músculos —resultado de la droga— y a pesar de que papá detestaba a la siquiatría, jamás me dijo nada sobre lo que me hacías.

Haz de saber que, junto con la golpiza emocional que a lo largo de años me propinaste con mi padre, tu médico destruyó mi vida. La droga que me pusiste es la más peligrosa del mercado. Más peligrosa que la cocaína y la heroína. ¿Cuál fue el resultado de esa falta de respeto hacia tu hijo?

En casa de abue Mecho padecí unos ataques de pánico que nunca había entendido con anterioridad a mi investigación de las drogas siquiátricas; y de enero a julio de 1977, cuando regresé a casa, padecí algo que se llama acatisia. Un doctor que ha hecho campañas en Estados Unidos para prohibir la misma droga que me ponías define la acatisia como “un tormento psicológico permanente”. Es similar al ansia física de aquellos heroinómanos a quienes, de golpe, se les retira la heroína. No obstante, cuando le retiran la droga a un drogadicto el tormento dura sólo unos cuantos días. Pero como yo sentí la acatisia de enero a julio de 1977, significa que fui torturado ¡a lo largo de siete meses!

Cuando iba a ver a Amara ese año le decía que me sentía muy mal; que sentía una suerte de “ansia física”. En aquel entonces desconocía la palabra acatisia. Antes de la revelación de mis hermanos no lograba comprender por qué rayos me habían dado esas malditas “ansias físicas” que paraban en seco mi rendimiento cotidiano. Ahora sé que, como médico, Amara sabía perfectamente que eran los efectos de la espantosa droga: mi cerebro se rebelaba ante un agresivo bombardeo químico del que yo no sabía ni pío. Pero a tu médico le importó un bledo verme torturado por la droga, torturado con tu complicidad, mamá. Como te dije hace años en mi larga carta: “Todos esos meses me la pasé tumbado en cama, sólo dormir me sacaba de la atosigante sensación psíquica. Me quedaba en la cama en posición fetal para ‘protegerme’ de aquella constante sensación”. Incluso se ha visto en escaneos cerebrales y autopsias que a los chicos que se les administra esa droga por mucho tiempo se les encoge el cerebro. No me extraña que en el caló norteamericano les llamen shrinks a los siquiatras, “encogedores”.

A pesar de su gentil aspecto cuando aparece en televisión, el doctor Amara es, en realidad, un monstruo.

En la investigación que en tiempos recientes hice de la siquiatría me topé con el caso de un joven llamado Ricardo. Su madre le dio el mismo tipo de droga que me dabas y me confesó que Ricardo también padeció acatisia: una palabra que ella conocía muy bien. Fue tal la tortura de la acatisia que Ricardo se suicidó. Ya no aguantaba el tormento, las ansias de todos los días similares a quitarle de golpe la heroína a una persona. La madre de Ricardo me confesó que se arrepintió de haberle creído a los médicos que consultó; según ella, “los mejores siquiatras de México”.

Yo no me suicidé, aunque bien me dieron ganas. Resistí heroicamente la tortura que tu médico-brujo y tú me infligieron por tanto tiempo. ¡Si me hubiera enterado de lo que me hacían habría huido del hogar! Ahora me llega el recuerdo de cierta ocasión que yacía tumbado en cama abatido en tal suplicio de acatisia que me dije a mí mismo: “Si tuviera una pistola en la mano no dudaría en dispararme”.

Nadie me socorrió en esos momentos. Yo mismo no podía hacer nada: ignoraba lo que a instancias de tu médico-brujo me hacías. Esa droga que me pusiste furtivamente, lo digo una vez más, contribuyó a destruir mi vida.

Me ponías esa maldita cosa a pesar que en tu mismo diario anotabas las crisis de acatisia que me daban a lo largo de ese tiempo. Ese diario tú misma me lo regalaste y lo iniciaste el día que huí con abue Mecho por el ultraje de las bofetadas de mi padre. En la primera página de tu diario, la noche en que mi padre me ultrajó, escribiste:

César chico

Salió el Martes 28 de abril de 1976 a las 9 de la noche. El diagnóstico empezó a principios de Marzo. El tratamiento empezó en el mes de Abril.

Lunes 17 de Mayo:

Nuevas medicinas: Majeptil 2 gotas: 8-11-2-5-8. Akineton grageas: 2-1-2.

¡Se me parte el alma al leer tu diario! Este fue el inicio de un ataque médico similar a la tortura de siquiatras a disidentes políticos (los números que citas se refieren a las horas del día; aunque semana y media después tu diario menciona un incremento a “3 gotas 5 veces al día”).

Como resultado de tu “tratamiento”, tiempo después escribiste:

César se puso muy malo, primero con dolor de cabeza y después se torció del cuello y del cuerpo. Fue algo horrible, no sé adonde va a llegar.

A este torcerse se le llama “distonía”, otro resultado de la droga. Luego el médico-monstruo incrementó la dosis. Continúa tu diario:

Se sigue quejando de sentirse mal, el jueves pasado el 12, y el 14 tuvo un bajón acentuado… el Doctor piensa que es un poco de teatro para conquistarme. No lo creo, él sufre horriblemente, se le nota en su semblante.

Papá:

Si el cuerpo es el templo del espíritu, el cerebro es el sanctum sanctuorum del cuerpo. Violar al cerebro sería entonces, como dijo Daniel sobre la profanación del templo, la “abominación de la desolación”.

Ante esta abominación, este asalto a mis derechos más elementales, y, me siento violado al decirlo, al lugar más sagrado de mi ser, tú no hiciste nada. ¡Absolutamente nada! Jugaste un papel estúpidamente pasivo. Anulaste tu voluntad, como un niño pequeño, ante las locuras de mamá y del monstruo mercenario. A pesar de que la droga me enchuecó los músculos varias veces ese año —la distonía— y me produjo un molesto tic en el hombro derecho —disquinesia tardía en lenguaje médico—, no te tentaste el corazón, papá.

Es sabido que la monstruosidad que me ponía mamá causa esos síntomas. Recuerda esa noche en casa en que, chueco cual Cuasimodo y grotescamente encorvado, fui al baño. Ya adulto, en mi lucha contra la falsa ciencia que contribuyó a destruir mi vida, traduje para internet el artículo de una joven norteamericana que quedó en silla de ruedas de por vida por haber tomado el mismo tipo de droga que, contra mi voluntad, mamá me ponía.

Recuerdo bien que durante mi niñez decías con gran vehemencia: “El sicoanálisis es la plasta que vino a usurpar al confesionario”. Bien. Si hubiéramos ido todos con un buen sacerdote en lugar de llevarme a mí solo con un analista nos habríamos dado la oportunidad de comunicarnos y de resolver el problema en casa. ¡Un sacerdote jamás les habría sugerido: “No tengan piedad: bombardeen el cerebro de su primogénito con la droga más agresiva”, papá!

Sólo ponte en mi lugar. Recuerda cómo de adolescente te rebelabas ante tu familia de ingenieros y sus consejos de que estudiaras arquitectura. También recuerda cómo tu hermano Alejandro y tu primo Guillermo te zaherían de modo muy hiriente. ¿Cómo te habrías sentido si, además de los malos tratos de tu padre, en lugar de buscarte una beca para que estudiaras música en España mi abuelo hubiera solicitado los “servicios” de un siquiatra? Imagínate que el siquiatra hubiera “descubierto” que eras un “esquizoide”. Tu enfermedad era “estar fuera de la realidad”: querer ser músico. Imagínate que, después de recetar “bombardear el cerebro” del musiquillo, un siquiatra pagado por tu padre te hubiera amenazado con hospitalizarte si, ante tal insulto, decidieras no volver a sus sesiones (¡como el loco monstruo de Amara hizo conmigo!). No conformes con eso, imagínate que a tus espaldas te hubieran puesto en los desayunos una droga considerada “lobotomía química” para “curarte” de la rebeldía artística.

Eso habría destruido tu carrera de músico…

Algo análogo a este escenario sucedió en mi vida, papá. No pude hacer mi carrera de director de cine después de lo que ustedes y su médico-brujo me hicieron.

¿Cómo fue que accediste a los deseos de mamá: llevarme con alguien cuya profesión perfectamente sabías que era fraudulenta? ¿Cómo fue que violaste tus más caros principios? ¿Por qué demonios te autolobotomizas ante la voluntad de tu esposa?

Papá y mamá:

Hace muchos años intenté comunicarles una tragedia que ocurrió en nuestra querida casa de Palenque, y lo que el siquiatra con quien me obligaban a ir de chico me hacía en la privacidad de su consulta. Traté de comunicar todo eso a través de una carta muy larga. Por años y más años albergué la esperanza que la leyeran.

Esperé, esperé, esperé… Llegó el nuevo siglo pero no recibí respuesta.

Ya no puedo esperar más. Tengo que publicar la Carta a mamá Medusa. Necesito catarsis. Necesito vindicación. Necesito que otros lean lo que ustedes me hicieron.

César.

Páginas 127-131 de Hojas susurrantes

Introducción


Estas drogas no son usadas para sanar o ayudar, sino para torturar y controlar. Así de simple.

Janet Gotkin [1]



Mucho tiempo antes de que se diseñara en laboratorio la droga que me ponía mi madre, los siquiatras ya usaban sustancias para controlar a la gente. El caso más sonado fue el del rey Jorge III de Inglaterra. El mismo año en que estalló la Revolución francesa un alienista le roció secretamente un emético en sus comidas para sojuzgarlo. Pero el efecto de las drogas contemporáneas es tan tormentoso que, como el caso del joven Ricardo, algunas personas actualmente se han ahorcado, tirado de edificios, apuñalado o matado de otras maneras. Un estudio norteamericano mostró que el ochenta por ciento de estos suicidas sufrían de acatisia debida a neurolépticos como el que compraba mi madre en la farmacia. Se podría decir que si drogas como la mariguana se toman voluntariamente para causar placer, los neurolépticos se administran involuntariamente para causar tormento.

A principios de los años sesenta, la década de la lucha civil por excelencia, las víctimas de la acatisia comenzaron a defenderse de la tortura negándose a tomar las píldoras. Las compañías de drogas reaccionaron: comenzaron a reemplazar las pastillas por líquidos incoloros e inodoros a fin de que se pudieran mezclar secretamente en las comidas. En Estados Unidos, un año antes de que yo tomara por vez primera un psicofármaco, los abogados de las corporaciones farmacéuticas arguyeron en las cortes que era legítimo forzar a un individuo a inyectarle estas drogas o ponérselas furtivamente en sus comidas.[2] Hay incluso organizaciones de salud mental que ocasionalmente aconsejan poner drogas siquiátricas en la comida de los niños a fin de controlarlos.[3] Estos son los antecedentes legales y sociales que explican lo aparentemente inexplicable: cómo fue que mi madre y un reputado analista hicieron eso en mi adolescencia. Que el objeto de estas drogas es el control fue reconocido en casos de disidentes del sistema soviético comunista que fueron encarcelados en hospitales siquiátricos y se les administró el mismo tipo de droga que me ponía mi madre: un neuroléptico.

En marzo de 1976, precisamente el año y mes en que comenzaba a ir con el sicoanalista, el matemático ruso Leonid Plyush dijo en una reunión científica en Nueva York que sus compañeros encerrados en el Hospital Psiquiátrico Especial Dneprospetrovsk vivían en constante temor por los efectos de los neurolépticos, y que había escuchado historias que esas drogas habían enloquecido a algunos de los internos. Otros declararon que esos químicos se usaron en ellos “para infligirles sufrimiento y así subyugarlos completamente”. Hablando en el senado de Estados Unidos, Vassily Chernishov declaró sobre la acatisia que experimentó: “Aunque temo a la muerte prefiero que me disparen que esto”. Estos disidentes políticos se quejaron de que el neuroléptico moderno es una manera más inhumana de reclusión que lo que cualquier prisionero haya experimentado anteriormente.[4]

Lo que nos distingue de los animales es un desarrollo protuberante de los lóbulos frontales: la parte de nuestro cerebro que nos permite tener ideas abstractas y planificar el futuro. Si nos comparamos con las otras especies de animales, en los lóbulos frontales residen nuestras facultades aristocráticas: los tenemos mucho más desarrollados que en los primates y apenas son visibles en otros mamíferos. Estos lóbulos son la sede de nuestra inteligencia, la parte del cerebro responsable de la civilización. Por lo mismo, son el blanco predilecto de lo que Orwell llamaba “policías de la mente”. Ahora bien, que en la antigua Unión Soviética los policías de la mente usaran neurolépticos para atentar contra las facultades del disidente es explicable en un régimen totalitario. ¿Cómo fue posible que intentaran eso conmigo en una nación presumiblemente libre y democrática? ¿En qué mente perversa pudo caber la idea de hacerle eso a un muchachito? ¿No debería el profesional que les recomienda a los padres ponerle a su hijo cuerdo esa droga estar en la cárcel? ¿Por qué uno de los sicoanalistas de mayor prestigio en México, que ha llegado a ser profesor de posgrado en la universidad más grande del país, le aconsejó a mi madre semejante cosa? ¿Hay otros analistas, profesores o médicos en occidente que se confabulen con los padres para sojuzgar al hijo a la manera soviética?

Un enorme tiempo me llevó contestar estas preguntas. Después de mi libro anterior pasaron doce años para sentarme a escribir: casi veinticinco años después de los sucesos que narro en la Carta. La tardanza en entender lo que había sucedido en mi adolescencia no se debe a que carezca de perspicacia, ni al hecho de que mi hermana haya tardado tanto en confesarme lo que había visto. Yo sabía que algo terrible me había sucedido cuando mi madre solicitó los “servicios” del siquiatra. La razón de mi previa ignorancia es otra. No hay literatura relevante en español sobre la confabulación entre padres y siquiatras. Cuando a mi tardía edad de cuarenta años leí en internet lo que el siquiatra Peter Breggin escribió acerca de los efectos de los neurolépticos, me quedé pasmado. Inmediatamente sospeché que mi madre me los había puesto de chico; y lo sospeché antes de la revelación de mi hermana. Pero ni Breggin ni los críticos de la siquiatría que escriben en el nuevo siglo son conocidos en América Latina o en España. Su pensamiento no había sido traducido al español sino hasta 2006 con Modelos de locura, un tratado académico escrito por veintiséis autores. Así que, en los dos decenios subsecuentes al asalto químico, carecía de las bases más elementales para saber qué me habían hecho unos adultos represores.

Si bien de adolescente intuía que la siquiatría no era una verdadera ciencia, de su pasado criminal mi ignorancia era casi total. Durante una estancia en Inglaterra en 1998-1999 tomé materias de biología y salud mental en la Open University. Gracias a mi estancia en Manchester pude leer a dos autores extra curriculares: Thomas Szasz y Jeffrey Masson. No hay crítico más devastador de una religión, secta, partido o seudociencia que aquél que le dedicó años de su vida y se percató de sus erróneos cimientos. Aunque, como veremos en mi siguiente libro, me he distanciado del pensamiento de Szasz, me encuentro en inmensa deuda con estos dos apóstatas de su profesión. Ambos me abrieron los ojos sobre lo que la siquiatría y el sicoanálisis realmente son. Jeffrey Masson me mostró que la inmensa mayoría de las sicoterapias, al menos como se practican en la actualidad, son las hermanas menores del siquiatra, como veremos en la sección sobre Freud en este libro. Ambas son profesiones que culpan a la víctima de los estragos que causan los padres abusivos. Sin Szasz y Masson difícilmente habría podido corregir mi postura previa a mi madurez, cuando aún creía en la pertinencia del sicoanálisis.

Peter Breggin ha hablado de la folie à trois entre algunos padres que maltratan a sus hijos y la profesión siquiátrica que droga no a los agresores, sino a los niños agredidos. En este libro me enfoco en esta confabulación de los padres con los siquiatras. Es un hecho conocido que, desde los orígenes de la institución manicomial en el siglo XVII, los padres han usado a la siquiatría para controlar a sus hijos. Breggin ha hablado mucho del daño que causan las drogas que los padres aconsejados por los siquiatras les administran a sus hijos, incluyendo la moda de medicar a los niños que se ponen inquietos o se distraen en las escuelas tradicionales. En la actualidad, sólo en Norteamérica se está drogando legalmente a varios millones de estos niños, algunos hasta de uno o dos años de edad. La Big Pharma hace su agosto considerando enfermedades a condiciones como la “hiperactividad” o el “déficit de atención”, haciendo de los niños del mundo un mercado ilimitado.

Otra guía para este libro fue la heroica autobiografía de John Modrow, quien nos confiesa que, debido a los maltratos propinados por sus padres y unos siquiatras, sufrió terribles ataques de pánico cuando era un muchacho. Sin su valiente denuncia no me habría enterado de que otros jóvenes habían cruzado por una experiencia como la mía —pánico— ocasionada por idénticas causas.

El crimen que cometieron mis padres y su médico-brujo fue legal, como mostraré al revisar tanto las increíbles leyes de mi ex país como las increíbles leyes internacionales que le confieren poderes especiales al siquiatra.

Respecto a los casos en que la familia usa a la siquiatría no para reprimir la conducta de un miembro cuerdo, sino la de un auténtico perturbado, mostraré que aún en esos casos la profesión siquiátrica es nociva y fraudulenta.

Para visualizarlo comparemos la mente humana con una computadora. Hay enfermedades neurológicas, como los tumores o las embolias, que afectan al “hardware” de una persona. Pero las perturbaciones mentales no se encuentran en este grupo. Si la computadora donde escribo esta introducción fue cargada con una versión defectiva de un procesador de palabras y es necesario formatearla, el problema radica en el software de la máquina. Asimismo, en un ser humano puede programarse un mal “software” a través de maltratos emocionales, físicos e incluso sexuales a temprana edad: la provincia del psicólogo. Los siquiatras ignoran esta realidad y atacan al hardware del individuo: su cerebro.

Pero la mente no es el cerebro. Es tan absurdo confundir la mente humana con el cerebro como confundir el programa Word con el que escribo este libro con mi CPU. Si algo funciona mal con la manera como un individuo ve al mundo —digamos, alguien que se cree Jesucristo— el problema está en su proceso cognitivo, en sus mecanismos de defensa; no necesariamente en una disfunción fisiológica de su cerebro. Al atacar al cerebro con drogas siquiátricas, electroshocks y lobotomías la profesión que llamamos siquiatría victima una vez más a la víctima perturbada. Siguiendo la analogía de arriba, es como si en mi desesperación de componer el mal funcionamiento de mi máquina me metiera con pinzas de corte en los circuitos del Mother Board en lugar de instalar de nuevo el programa.

Aclarado esto, reitero que en este libro me enfoco en los hijos cuerdos asaltados por siquiatras.

En mi blog, ubicado en https://biopsiquiatria.wordpress.com, publico un artículo en que señalo cómo la llamada siquiatría biológica no cumple con los estándares de una verdadera ciencia. Entre varios criterios que distinguen entre ciencia verdadera y falsa le doy especial valor al criterio de Karl Popper, que trato de explicar en los términos más didácticos que me fue posible. Si este libro llega a caer en manos de un individuo sofisticado que crea que la siquiatría tiene fundamento médico, lo invito a leer ese artículo cuya dirección aparece arriba, donde le quito la máscara de ciencia a la siquiatría de un tirón.

En este libro me enfocaré más bien a cómo unos padres abusivos usan a la siquiatría para terminar de destruir a uno de sus hijos.

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[1] Janet Gotkin: Too much anger, too many tears (Time Book, 1975), pág. 385. Gotkin es una de las contadas sobrevivientes de la siquiatría que ha logrado publicar un libro sobre lo que le hicieron los siquiatras.

[2] Leí esto en Robert Whitaker: Mad in America: bad science, bad medicine, and the enduring mistreatment of the mentally ill (Perseus, 2001), pág. 214.

[3] Un norteamericano me dijo en un mail personal de agosto de 2005, y capturo sus palabras sin traducirlas: “I remember when I first got involved with anti-psych activities, and heard a NAMI psychiatrist (she was on the national board of NAMI, this was the late 80’s), and she was advising True Believers to sneak psych drugs into their children’s food, as she had done with her son —whom I never was able to meet to ask how he felt about this”.

[4] Leí lo mencionado acerca de los disidentes en Mad in America, págs. 216s.

Página 133 de Hojas susurrantes

(Epígrafe)


“Para cometer actos injustos y violentos no es suficiente que un gobierno tenga voluntad o incluso poder: los hábitos, las ideas y las pasiones del tiempo deben permitir cometerlos”.

Alexis  de  Tocqueville

Páginas 133-141 de Hojas susurrantes

Re-victimación siquiátrica
y pánico demoledor del yo interno



Imaginemos a Dora, una muchacha en estado de trauma por haber sido violada por su padre. Imaginemos que en lugar de llevarla a un hospital común es llevada por su mismo padre a un hospital siquiátrico. La muchacha no quiere ir allá. Lo único que desea es que alguno de sus seres queridos la consuele. ¿Qué sentiría si el encargado de admisiones le dijera?:

Te vamos a internar. La violación no te causó trauma alguno. Eso está completamente superado en la siquiatría científica. Vivís en un mundo paranoide, Dora. Por tus síntomas mi diagnóstico es que padeces de esquizoidismo. Y corres el peligro de esquizofrenia. Un desequilibrio químico en tu cerebro está causando tus ataques de angustia.

Veo que mi interpretación científica te causa pánico… ¿Sabes, Dora, que el primer signo de recuperación de una mujer que se siente violada es aceptar que es una enferma? Por lo mismo, y para ayudarte a que lo aceptes, mi prescripción es que bombardeemos tu cerebro con metabolitos franceses. Todo rechazo ante mi diagnóstico y prescripción será considerado resistencia. Y la resistencia a que tomes tus medicamentos, mi querida Dora, aquí se paga con la hospitalización por la fuerza.

¿No sería esta interpretación “biorreduccionista” —que reduce nuestras penas a un factor biológico— un golpe adicional a la menor de edad, algo tan devastador como la violación de su padre? El ejemplo, aunque hipotético, ilustra lo que le sucede a muchos adolescentes en la consulta de siquiatras privados: algo que llamo la retraumatización o revictimación de una víctima, y que podría definir de la siguiente manera. En la jurisprudencia común, se toman medidas contra el agresor. En la jurisprudencia siquiátrica, se toman medidas contra la víctima.

¿Suena esto a Alicia en el país de las maravillas? En la vida real se dio el caso en que los siquiatras diagnosticaron de “esquizofrénico” a un joven víctima de una violación. Y aún más increíble: a una niña de catorce años en estado de trauma por haber sido violada los siquiatras la electrochocaron contra su voluntad.[1]

Éstos no son casos aislados. El siguiente es un ejemplo de revictimación siquiátrica en Estados Unidos:

Rana Lee recuerda cuando fue a ver a su doctor porque su marido le pegaba. El doctor, dijo ella ante un comité del congreso, “recetó 10 miligramos de Valium tres veces al día para calmarme, y lo rellenó por cinco años sin hacerme más preguntas”.[2]

Al igual que Amara este doctor prescribía drogar no al agresor, sino a la víctima del agresor. He escuchado testimonios de mujeres que les sucedió algo similar en México. Pero al menos estas mujeres se salvaron de un diagnóstico siquiátrico, no esta otra víctima de maltrato doméstico:

Los siquiatras se complacen en señalar cuánto sufrimiento causa la esquizofrenia. Sin embargo, puedo constatar con veracidad que el ser etiquetado de esquizofrénico me causó cien veces más sufrimiento que la susodicha “enfermedad” misma. Desde que recobré mi salud mental en 1961 me he pasado decenios luchando para lograr algo de autoentendimiento y autoestima. Y en este respecto nunca me recobré totalmente de lo que la siquiatría y mis padres me hicieron hasta que finalmente comprendí que en realidad nunca había estado enfermo.[3]

Esta confesión proviene de John Modrow. Revictimado por siquiatras, Modrow concluye que la praxis siquiátrica parece estar calculada para enloquecer a una persona que ya ha sido traumatizada. Una retraumatización psicológica es una violación directa al juramento hipocrático: Primum non nocere!, en primer lugar no hagas daño. El oficio mismo de la siquiatría representa una violación a este juramento. “¿Cómo puede un siquiatra validar su identidad como doctor sin etiquetar a otros como enfermos mentales”, pregunta Modrow, “esto es, sin deshumanizarlos y destruir del todo sus identidades?” [4]

Como buen practicante de su profesión, Amara violó el juramento hipocrático. Como expliqué detalladamente en mi libro anterior, mi adolescencia fue la etapa cuando más necesité de ayuda en mi vida. Mis padres habían enloquecido y dirigían su psicosis casi exclusivamente hacia mí. Dado que había sido su hijo favorito, la confusión de sentimientos socavó mi estado emocional. Mis angustias eran tales que estropearon mis lazos sociales. Un oído amigo era todo lo que necesitaba.

No tuve ninguno, y cuando se me ordenó ir con un sicoanalista éste hizo todo lo posible para no escucharme. En lugar de confrontar a los agresores me colgó un insultante rótulo; y su confabulación con mis padres disparó mis angustias a niveles desconocidos de dolor.

El siquiatra le dijo a mi madre que yo iba a “ponerme peor” inmediatamente después de su tratamiento. Eso me lo confesó mi misma madre. Pero el siquiatra jamás sugirió que ese mal se debería única y exclusivamente a la retraumatización psicológica en su consulta, y a la droga que le recomendó ponerme furtivamente. De esa manera los efectos de la droga no sólo eran maquiavélicamente disimulados, sino que los síntomas de que “se pondrá peor” eran evidencia de la sabia prognosis del médico. Aunque parezca increíble, el mío no sólo fue un caso de iatrogenia médica: fue un caso perverso de profecía autocumplidora.

La profecía autocumplidora es un truco: una “profecía” en la que el profeta ayuda a que se cumpla en la realidad (como el profeta que predice el incendio del teatro de la ópera y es pillado intentando prenderle fuego). Ya podremos imaginar qué pánico sentiría un muchacho a quien se le dice que el vapuleo en el hogar no le causó trauma alguno; se le ponen secretamente drogas para atormentar a disidentes políticos, ¡y a la vez el médico predice un derrumbe definitivo! No olvidemos que para los rusos la droga que me ponían era la peor de las torturas posibles. Pero al menos ellos sabían que se les administraba una temible droga. En cuanto al aspecto puramente psicológico del ataque médico, Modrow le pegó al clavo sobre cómo la retraumatización produce un pánico demoledor del yo interno: “Por consiguiente, así como el médico-brujo del vudú es capaz de ocasionar la muerte tan sólo maldiciendo a alguien, el siquiatra es capaz de ocasionar la locura tan sólo diciéndole a alguien que está demente, o al menos que está en proceso de serlo. A esto se le conoce como una profecía autocumplidora”.[5]

Rompí todo contacto con ustedes. Amara fungió como tu vocero. Llegó incluso a aconsejarme que estudiara para presentar las pruebas extraordinarias del Zumárraga al final del año escolar, cosa que te había concedido el subdirector del colegio según él.

Este es un pasaje de mi Carta. Lo vuelvo a publicar junto con otros pasajes a fin de ofrecer mis comentarios sobre cómo un renombrado analista puede acorralar a un chico al borde de enloquecerlo.

El pánico del que hablaré fue una experiencia similar a la acatisia, pero incomparablemente más terrorífico. En casa de mi abuela Amara ya me había recetado algunos antidepresivos, meses antes de que mi madre me pusiera las drogas subrepticiamente. Originalmente, en mi inocencia me los tomé sin saber nada de sus posibles reacciones secundarias.

El tormento fue un inmisericorde bombardeo por aire, tierra y mar calculado para minar la moral, el intelecto y el rendimiento cerebral de un chico. De hecho, la sensación constante del insultante rótulo que me colgaron aunado al empleo punitivo de drogas al mismo tiempo que sufría del trauma de las bofetadas de mi padre —un triple asalto en realidad— fue tan infernal que me reservaré la narrativa de esta experiencia para otro lugar. Aquí sólo la bosquejaré:

Luego me dio un folleto propagandístico sobre un hospital siquiátrico para que lo leyera y me pidió que le diera “mi opinión”. ¿A qué se debería su introducción a los manicomios?

Esto es precisamente lo que quise ilustrar con el ejemplo de Dora: una retraumatización psicológica que causa pánico. El mío fue otro caso surrealista de jurisprudencia siquiátrica donde las medidas no se tomaron contra el agresor, sino contra la víctima del agresor. Si ya había sido mortalmente herido por la alianza del médico con mis abusivos padres no puedo imaginar algo que, en ese estado de trauma e indefensión, podría haberme agredido aún más que la injuria de sugerir que yo, no los adultos locos que me agredían se fuera a un siquiátrico.

Como Amara era el abogado del diablo, ya no contestaba a sus preguntas. Su complicidad con ustedes me tronaba. Decidí no ir más a sus sesiones pero habló por teléfono a casa de abue y educadamente sugirió que si no iba con él podía terminar en un siquiátrico.

¿Qué hacer? Los misérrimos salarios mexicanos me impedían salir a buscar trabajo y huir definitivamente de la pesadilla familiar (y ahora de una siquiatría a la soviética). Iba a verlo sólo por temor a que cumpliera su amenaza. ¡Era como tener a la sociedad entera contra mí!

Que los siquiatras cumplen sus amenazas de internar a los hijos de familia perfectamente cuerdos sólo porque se niegan ir a sus sicoterapias se comprueba por los testimonios de otros adolescentes que, ya adultos, han denunciado al terapeuta.[6] Cabe decir que sin la amenaza latente de usar la fuerza los despotismos no existirían. Esto lo sabía muy bien Maquiavelo. Thomas Szasz ha dicho que toda intervención siquiátrica involuntaria es un crimen contra la humanidad. Yo añadiría que la sola amenaza de intervención a un menor de edad también es criminal.

Como decliné la ultra-grotesca invitación a que me internaran (¡qué habrá sentido Dora al escuchar que ella, no el violador, iba a ser el blanco de un ataque médico!), Amara cambió de estrategia. En la Carta escribí:

En una sesión de esas el alienista dijo algo que me causó un auténtico shock:

“¡A bombardear el cerebro con metabolitos franceses!”

¡Lo dijo tan entusiasmado, tan de buena fe, que fue una experiencia doblemente esquizógena! Sentí que querían minar mi personalidad, que querían extirpar la sensibilidad de mi alma. Independientemente de mis conflictos familiares, a mis diecisiete me sentía una figura romántica apasionada. Recetarle a una alma bella Majeptil —droga tan ofensiva que produce reacciones como la acción refleja de sacar la lengua— ¡era una ofensa mortal! En sesiones posteriores Amara recalcó animosamente sobre los ofensivos fármacos:

“¡Son franceses!” —¡como si me fuera a ir con esa propaganda malinchista para ingerirlos! También manifestó:

“Hay que remover esos radicales químicos negativos del cerebro. Para eso sirven los metabolitos”.

Como les dije a mis padres en la carta publicada páginas atrás, la sórdida política de “Diagnosticad a la víctima” y los planes de atacar mi cerebro representaron un más que descomunal golpe para mi moral juvenil. A mis diecisiete me entendía como una víctima de problemas familiares —¡de ninguna manera médicos!— y se lo traté de comunicar al doctor:

En otra sesión, debido a mi nudo en la garganta apenas si pude balbucearle mi visión sobre la verdadera causa de mis angustias: la “sensibilidad valorativa” de un alma bella ante las aberrantes circunstancias que le había tocado vivir, le dije. Él se limitó a refutarme con habla fluida:

“Ya está superado eso que los sensibles son los que se enferman”.

¡Ya está superado que la violación incestuosa trauma a las mujeres, Dora!

Modrow señala que, de los investigadores que abordaron el tema de lo que aquí he llamado víctimas revictimadas, Harry Sullivan hizo la contribución más valiosa para entender el mundo interior de estos individuos. De acuerdo al modelo Sullivan-Modrow, el pánico que hace que una víctima revictimada entre a un estado de locura ocurre debido a una serie consecutiva de asaltos que colapsa las defensas de un individuo. En su propio autoanálisis, Modrow ratifica el parecer de Sullivan que cuando estas defensas colapsan “el individuo cae a un intenso estado de pánico y simplemente ‘se desprende’ por así decirlo, cayendo a una terrible visión de sí mismo como una persona sin valor o mérito alguno”. Hablando de sus propias experiencias Modrow añade que “memorias dolorosas otrora reprimidas surgen inundando la conciencia con vivacidad alucinatoria”.[7]

Cada vez que el sicoanalista se ensordecía ante mis acusaciones sobre ustedes, me asaltaba el pánico.

Durante una cita con una doctora amiga de Amara para hacerme diversos exámenes sicológicos en el Departamento de Psiquiatría de la UNAM me asaltaron tan pavorosas angustias que sudé, me bloqueé y suspendimos las pruebas. Yendo por el Corredor Universitario sufrí de tan horripilante estadio mental que sentía como plomo en la nuca; algo que distorsiona bosquianamente mi sensación —toda mi sensación psíquica. Era como estar en una pintura de El Bosco y sentir sus nauseabundos surrealismos. En el pasado algo de eso había llegado a sentir, mas nunca a este extremo.

La experiencia del pánico, exacerbada por las drogas del médico, podría describirse como un desgarramiento del yo donde se experimenta la traición del universo. Podríamos ilustrarlo si imaginamos que una Dora bajo los horribles efectos de las drogas del hospital escapara de las garras del médico sólo para ser repudiada por su familia, como solía hacerse en otros tiempos con las violadas. ¿Qué sentiría? Según Modrow, el estado de pánico que inmediatamente precedió a su propia locura “fue la experiencia más desgarradora que puede sufrir una persona”.[8]

Otro día, de regreso de consulta con Amara caminando en el Parque Hundido sentí que se me hundía el mundo. Al pasar por el Audiorama oía a Ricardo Strauss, una de mis melodías favoritas. Pero los radicales químicos o lo que fuera tenían tal peso, mis angustias eran tan pavorosísimas y mi mente tan aplastada, que me seguí de largo.

¡No podía darme siquiera un respiro debido al tren de vida interior que me estaba moliendo!

El pánico es el estado cuando el juicio de un individuo se encuentra en mayor peligro. En ese estado la mente pierde la fuerza que le da cohesión a su yo interno, por así decirlo. En mi caso, aunque lo sufrí fui lo suficientemente “centrípeto” para sobrevivir al martirio del médico y no crucé la línea que cruzaron Modrow y muchos otros. No obstante, si bien jamás tuve un episodio psicótico, las citadas experiencias fueron el nadir psíquico al que puede llegar un ser humano. Después de padecerlas mi visión de la humanidad había grandemente cambiado (como confesaré al final del libro final).

El “plomo” al que me referí al regresar de la cita del Departamento de Psiquiatría durante el primer ataque de pánico eran las angustias y/o los efectos de las drogas siquiátricas —jamás en mi vida había tomado drogas— que engendraron la terrible sensación de tener una suerte de garrote adentro de la nuca y cerebelo. La terapia que me aplicó Amara había sido como recetar quimioterapia a un niño enteramente sano, sin evidencia de células cancerígenas en lo absoluto. Infortunadamente para mi testimonio la sensación del “plomo” es inusual, y por ende, inefable. Lo único que puedo añadir es que el pánico fue dantesco. En mis soliloquios a tales experiencias les llamé por muchos años “el séptimo círculo del infierno”.

Ahora bien, al analizar el segundo ataque de pánico, cuando caminaba en un parque, es de notar que para describirlo repetía conceptos que mi torturador psicológico me había inculcado durante esas forzadas sesiones (“radicales químicos”, “mente aplastada”). Esta observación, y otra que se colige del texto —los ataques ocurrieron yendo o viniendo de citas con siquiatras—, puede ser la clave para mostrar qué disparó la crisis del parque.

El que una figura de tal autoridad ante la sociedad me calumniara con una de las etiquetas más insultantes en su repertorio, me amenazara para que no dejara de ir a sus calumniantes sesiones, y ya en las mismas recetara abiertamente bombardear mi cerebro, representó la puntilla revictimante que condujo al pánico. Y es que al no tener a nadie ya no se diga que me defendiera, sino ni siquiera que estuviera en disposición de escucharme sobre lo que me hacían mis padres, y ahora un médico-monstruo, hubo momentos en que sentí que el universo estaba realmente contra mí. Durante mi adolescencia nadie, absolutamente nadie me confesó haber visto las locuras de mi madre, los injuriantes arrebatos de mi padre, la vejación en los colegios y, para rematar, la puntilla del siquiatra —una sinfonía en crescendo de asaltos a la moral de un muchacho que, exacerbado por las drogas, culminó en los ataques de pánico.

Aunque me disgusta la terminología médica para hablar de problemas del alma, podría decir que esas crisis de pánico fueron iatrogénicas. La iatrogenia (del griego yatros, médico) es una de las aberraciones de la profesión siquiátrica. En sus descarriados y estúpidos intentos de sanar, el terapeuta provoca un trastorno nuevo y más serio que el conflicto familiar existente.[9] No puede ser de otra manera: un diagnóstico siquiátrico aplicado a un cuerdo siempre es un método de difamación y asesinato social que hiere mortalmente los sentimientos de una persona ¡y más aún los de un chico! A esto le llamo revictimación.

La retraumatización psicológica de hijos de familia víctimas de vapuleo parental es central para entender la naturaleza de la siquiatría, pero muy pocos críticos de la misma han señalado algo tan importante. La excepción es Modrow:

El daño psicológico que los siquiatras infligen a sus pacientes es un tema del que no se oye hablar mucho. Una de las razones de esta situación se debe al hecho que quienes saben más de este tema —los que han sido dañados psicológicamente por la siquiatría— rara vez son escuchados o tomados en serio. Toda la sección narrativa de este libro [el de Modrow] ilustra el tipo de daño psicológico que la siquiatría puede causar.[10]

A diferencia de mí, debido al pánico causado por la doble espiral de vapuleo, parental y siquiátrico, el joven Modrow tuvo un episodio psicótico. Por un breve tiempo creyó ser Juan Bautista: un delirio de grandeza que, según Modrow mismo, no fue otra cosa que un intento desesperado de su inconsciente de supercompensar el sentimiento de bestial humillación ocasionado por sus padres y los médicos pagados por su madre.


___________________

[1] El caso del joven se menciona en Breggin: Beyond conflict: From self-help and psychotherapy to peacemaking (St. Martin’s Press, 1992) pág. 107. El de la niña, en T. Baker: “The minor issue of electroconvulsive therapy”, Nature Medicine, 1, págs. 199-200.

[2] Rana Lee, citada en Breggin: Toxic psychiatry: why therapy, empathy and love must replace the drugs, electroshock, and biochemical theories of the “new psychiatry” (St. Martin’s Press, 1994), pág. 219.

[3] John Modrow: How to become a schizophrenic: the case against biological psychiatry (Apollyon Press, 1996), págs. 147s.

[4] Ibídem, pág. 227.

[5] Ibídem, pág. 75.

[6] “A pesar que como un mes antes había admitido conmigo y mis padres que no tenía una enfermedad mental, el siquiatra, con la aprobación de mis padres, me amenazó con internarme de nuevo si rehusaba ir a verlo a su consultorio. Continué rehusando ir a verlo y sólo por esa razón —ninguna otra— me metió de nuevo al siquiátrico”. Este testimonio de la adolescencia del abogado Douglas Smith aparece en el artículo “Por qué las leyes para internar a pacientes externos no cambian casi nada”, que traduje al español en http://www.antipsychiatry.org.

[7] Modrow: How to become a schizophrenic, pág. 18.

[8] Ibídem, pág. 19.

[9] Una exposición de la iatrogenia siquiátrica aparece en el capítulo 5 de Robert Baker: Mind games: are we obsessed with therapy? (Prometheus Books, 1996).

[10] Modrow: How to become a schizophrenic, pág. 226.

Páginas 141-153 de Hojas susurrantes

Padres abusivos y siquiatras: una asociación delictuosa


Creo que deberíamos prohibir todas las relaciones siquiátricas entre adultos y niños y llamar a la siquiatría infantil por su nombre correcto y verdadero:
violación siquiátrica.

Thomas Szasz [1]



Desde los terribles sucesos de mi adolescencia me quedé con la idea que el doctor Amara simplemente fue incompetente en su profesión. Más de veinte años iban a pasar para que leyera a los críticos de la siquiatría y las sicoterapias. La mayor sorpresa con que me topé al leer a estos autores fue el descubrimiento que, desde sus inicios, la siquiatría se ha aliado con los padres en conflictos con los hijos; y se ha aliado independientemente de la cordura de los hijos o la disfunción de los padres en cuestión.

Esto significa que Amara no fue incompetente en su profesión. Se portó como los siquiatras se han estado comportando desde hace mucho tiempo.

En el siglo XVII las regulaciones de admisión en dos manicomios franceses para hijos de familia estipulaban: “Los hijos de artesanos u otros habitantes pobres de París, menores de veinticinco años, que abusaron de sus padres o se negaron por holgazanería a trabajar, o en el caso de las muchachas que hubieran sido prostituídas o estuvieran en peligro evidente de serlo, debían ser encerrados: los muchachos en la Bicêtre y las muchachas en la Salpêtrière. Esta medida ha de ser tomada a petición de los padres”.[2]

De igual manera, en el siglo XVIII los padres podían apelar directamente al rey para que mediante una lettre de cachet aprisionaran a un hijo rebelde en la Bastilla. Antes de la Revolución las condiciones en estos asilos eran tan malas que la mitad de los internados moría al año debido a la desnutrición, el frío y la enfermedad. Nótese que tanto en la Bicêtre como en la Salpêtrière se internaba a adolescentes perfectamente cuerdos, aunque rebeldes, por no querer trabajar —“holgazanería”— o por haber tenido sexo premarital —“en peligro de ser prostituída”. En el siglo XIX aparece la misma estratagema en Norteamérica. En 1865 el Boston Times Messenger describió al manicomio McLean Hospital como “bastilla para el encarcelamiento de ciertas personas molestas para sus parientes”.[3]

Estas insólitas cláusulas de internamiento podrían comprenderse si vemos a la siquiatría desde un punto de vista que no estamos acostumbrados a hacerlo: no como se presenta a sí misma, una ciencia objetiva, sino como una profesión mercenaria que, desde sus orígenes, se ha aliado al mejor postor. Y el mejor postor no sólo han sido los padres, sino los maridos. En los años cincuenta del siglo XIX, por ejemplo, la regulación de admisión en el estado de Illinois en Estados Unidos estipulaba que: “Las mujeres casadas pueden ser ingresadas o detenidas en el hospital a petición del marido sin la evidencia de insanía exigida en otros casos”.[4]

En nuestros tiempos la siquiatría se ha convertido en una gran industria farmacéutica que se mueve dentro de las realidades del mercado y las leyes de la oferta y la demanda. La palabra clave es: la demanda. Cuando surgen problemas familiares son los padres, y sólo los padres, quienes poseen los medios económicos para pagarle a profesionales. Por eso desde sus orígenes a estos profesionales les ha convenido ver a los problemas familiares como problemas médicos. La causa del autoengaño, como observó un pediatra, se debe a que “Los púberes y adolescentes son un gran negocio para los siquiatras”.[5]

Entre 1980 y 1987 el número de niños y adolescentes internados temporalmente en siquiátricos estadounidenses se elevó el 43 por ciento. Investigadores sociales como Ira Schwartz encontraron que estos internamientos no se debieron a trastornos mentales, sino a que los chicos estaban en guerra con sus padres.[6] La profesión llamada siquiatría no está orientada a defender a estos adolescentes frente a sus padres. De hacerlo pondría a los siquiatras en conflicto con su fuente natural de ingresos. En algunos siquiátricos privados de Estados Unidos los siquiatras de alto rango se han llegado a embolsar anualmente entre seiscientos mil y novecientos mil dólares al año. Paul Fink, presidente de la Asociación Psiquiátrica Americana (APA) en la década de los ochenta, dijo sin rodeos: “Es la tarea de la APA proteger el poder de ingresos de los siquiatras”.[7]

Que los siquiatras han jugado el papel de abogados de los padres, los maridos y el status quo se ve con extraordinaria transparencia al estudiar cómo diagnosticaban los médicos en los siglos XVIII y XIX.

En 1728 Daniel Defoe, el autor de Robinson Crusoe, escribió que era una “práctica vil” y una “inquisición clandestina” el hecho de “mandar a las esposas a las Casas de los Locos por cualquier capricho o disgusto”.[8] Defoe fue el primer escritor del que tengo conocimiento que comparó a la siquiatría con la Inquisición. En 1851, cuando la esclavitud era legal en Estados Unidos, el doctor Samuel Cartwright descubrió que los esclavos que huían de sus amos padecían de drapetomanía (del griego drapetes, que trasmite la idea de huir): enfermedad mental exclusiva de los negros que tenían “un delirante deseo de huir de sus dueños”. Su hallazgo fue publicado en el New Orleans Medical and Surgical Journal. Otros negros padecían de distesia etiópica, cuyo síntoma era “no prestarle atención a la propiedad privada”. Se creía que el negro cuerdo era el que tenía una conducta dócil hacia su amo. Benjamin Rush, el padre de la siquiatría norteamericana y uno de los firmantes de la declaración de independencia de los Estados Unidos, también descubrió varias enfermedades nerviosas. A una de ellas le llamó anarquía y la definió como una enfermedad cerebral de aquellos que estaban descontentos con el nuevo sistema americano.[9] Rush inventó la Silla Tranquilizante, un artefacto que inmovilizaba a sus pacientes a lo largo de medio día o un día entero. También fue uno de los precursores en concebir al alcoholismo como una entidad biomédica. En la actualidad el retrato de Rush sigue adornando el logo oficial de la Asociación Psiquiátrica Americana.[10]

En la Europa del siglo XIX las cosas no estaban mejor. Como se sabía desde tiempos de Defoe, los hombres han estado usando a la siquiatría para dominar a sus esposas. Aquellas que no cumplían el rol asignado por la sociedad eran etiquetadas de folie lucide en Francia (“locura lúcida” literalmente) y moral insanity (“insanía moral”) en Inglaterra y su equivalente en Suiza y Alemania. Muchas fueron internadas en hospitales siquiátricos a iniciativa de sus esposos, padres o hermanos. De hecho, en el siglo XIX las mujeres fueron el principal blanco de ataque de la siquiatría organizada, como en las últimas décadas del siglo XX y albores del XXI lo son los niños.

En 1820 Elizabeth Packard fue hospitalizada por su esposo debido a que daba clases sobre la Biblia de manera libre y según sus propias reflexiones. Esta mujer sobrevivió al encierro, describió lo que vio en el asilo siquiátrico y, al igual que Defoe, comparó a la siquiatría con la Inquisición. Jeffrey Masson sacó a la luz otros testimonios de mujeres que lograron escapar de los hospitales y denunciaron tanto a sus familiares como a los siquiatras. Hersilie Rouy, hospitalizada en la Salpêtrière por una disputa con su hermano, testimonia en un libro publicado en 1883: “Durante catorce años he vivido en un encierro que me ha separado del mundo real, me ha despojado de mis derechos civiles, me ha privado de mi nombre, me ha quitado lo que poseía y destruido mi existencia sin siquiera poder decir por qué”.[11] Cabe decir que el afamado médico Jean Martin Charcot, a quien se le atribuye la investigación sobre la histeria en las mujeres, dirigía la Salpêtrière cuando Hersilie fue encarcelada.

De los escritos de Masson y Szasz se colige que desde esos tiempos no sólo ha existido una confabulación entre siquiatras y familiares controladores, sino otra confabulación entre los siquiatras y el Estado. Por ejemplo, cuando después de escapar y publicar su libro Hersilie apeló al Ministerio de Justicia de Francia, éste se plegó del lado de los siquiatras: “Pero nuestro médico, que sabe de esto más que nosotros, tiene la convicción de que ella está loca y nos inclinamos ante su ciencia infalible”.[12] El de Hersilie no fue el único caso decimonónico que desenterró Masson, pero el patrón de los sucesos es similar: mujeres jóvenes y perfectamente cuerdas diagnosticadas de “insanía moral” a pesar del hecho reconocido por los doctores que nada malo había en su intelecto (por eso la llamaban también folie lucide). Esta “ciencia infalible” según el pronunciamiento del Ministerio de Justicia de Francia hospitalizaba a mucha gente en sus cabales.

Otra curiosa etiqueta siquiátrica para las solteras de clase alta que tenían pretendientes de más bajos estratos sociales —y aquí no puede sino venirme a la cabeza la trama de la película Titanic— era ninfomanía.[13] Hubo casos en que estas mujeres eran internadas en la flor de su edad para ser liberadas viejas a un asilo de ancianos. A continuación cito parte de una carta del doctor Massini al doctor Binswanger para internar a Julie La Roche en un manicomio suizo:

A mediados de enero huyó de ahí, supuestamente con su hermano, pero en realidad fue con el aventurero von Smirnoff y apareció sorpresivamente en Basilea, presentándolo como su prometido. Desde luego, esta relación no estaba aprobada.

Todo esto me lleva a concluir que la Srta. La Roche, que por otra parte es una criatura adorable, se encamina hacia la “insanía moral”, lo que hace aconsejable la supervisión médica […]. De seguro intentará escapar o quizás al menos simule que se suicidará. Será necesario entonces ponerla a cargo de guardias incorruptibles que la vigilen de cerca […].

Yo no creo que el Sr. La Roche haya maltratado alguna vez a su hija, aunque pudo haberla amonestado duramente.[14]

Podría pensarse que estas son reliquias de un pasado médico superado, que nada tienen que ver con nuestra civilizada época. Pero esta última línea de Massini me recuerda la postura de Amara: declarar con toda su autoridad la inocencia de mis padres ante mis acusaciones y, además, haber sugerido internarme —justo lo que hizo Massini con Julie La Roche. La acusación de esta mujer había sido la siguiente:

Mi padre me maltrataba de una manera terrible […]. A las 10 de la noche me echó a la calle, tras haberme lanzado a la cabeza un objeto puntiagudo con tal fuerza que mi rostro quedó cubierto con la sangre que manaba de una profunda herida. Hay testigos de todos estos hechos […].

Un día en Saarburg, a donde regresábamos después de nuestra boda [con von Smirnoff] y tuve que permanecer en cama, fuimos sorprendidos por la policía y luego por mi padre […]. Pese a estar enferma, fui arrastrada bajo lluvia y tormenta por el Sr. La Roche [su padre]. Todo, incluyendo mi certificado de matrimonio, resultó inútil. Fui llevada con escolta policial a Kreuzlingen, que es un manicomio privado, como se puede comprobar buscando cualquier guía comercial. Ahí, el primer día, se me diagnosticó como melancólica y demente.[15]

Al igual que Hersilie, Julie logró escapar y nos legó su testimonio, publicado originalmente en el periódico suizo Thurgauer Tagblatt. Y también, como en el caso de Hersilie los médicos unidos hicieron frente a la denuncia. Julie nunca fue vindicada ante la sociedad. El periódico donde apareció su acusación tuvo que publicar una vergonzosa retractación aseverando que Julie padecía, efectivamente, de insanía moral.[16]

Masson comenta que si existió insanía alguna ésta provenía del padre y los siquiatras; no de la muchacha. La opinión pública de la ciudadanía civil suiza, o francesa en el caso de Hersilie, defería hacia la institución familiar representada por el padre, y defería también hacia la institución médica y el Estado.

Las etiquetas del siglo XIX no siempre eran inventadas para causar estigma en ciudadanos de segunda clase como las mujeres: a veces eran inventadas para evitarlo en las clases favorecidas. Cuando una hija de buena familia robaba y era arrestada, se le pedía a un siquiatra que diagnosticara que padecía de cleptomanía: enfermedad cuyo síntoma era una incontrolable compulsión de robar.[17] Así, la ley era burlada y la hija podía regresar a casa. Pero al igual que las etiquetas estigmáticas es notorio cómo las autoridades entraban en franca complicidad con los siquiatras para evitar, o causar, una sanción social.

Estos diagnósticos —“drapetomanía” y “distesia etiópica” para los negros, “insanía moral” y “ninfomanía” para las mujeres— pueden parecernos risibles. Han cambiado tanto los valores que el carácter esencialmente político de las etiquetas que el rol de los siquiatras como agentes del sistema es a todas luces visible.

Sin embargo, aunque con etiquetas más oscuras, técnicas y difíciles de detectar, la situación hoy día sigue siendo esencialmente la misma. Etiquetar de “hiperactivo” al niño o de “esquizoide” al adolescente sólo mistifica realidades que pueden decirse en vernáculo: niño travieso, adolescente retraído. Además, como en el caso de las sociedades donde los negros y las mujeres eran discriminados, estos seudodiagnósticos ocultan las acciones políticas que desean emprenderse. Digo seudodiagnósticos porque jamás un médico ha logrado ver en el microscopio el deteriorado tejido nervioso del niño hiperactivo o del adolescente etiquetado de esquizoide. Las nuevas enfermedades son tan quiméricas como las viejas: existen sólo en la mente de ideólogos que la gente llama siquiatras pero que en realidad son abogados de los padres que desean tomar medidas de control con sus hijos.

Haciendo a un lado los casos auténticamente patológicos puede decirse que, tanto en siglos pasados como en la actualidad, el objetivo encubierto de la siquiatría es el control, especialmente el control de los miembros potencialmente rebeldes de la sociedad: negros prófugos y mujeres liberadas de antaño, o la población joven en la actualidad. Que esta política persistió en el siglo XX se comprueba en las declaraciones de Francis Braceland, presidente de la Asociación Psiquiátrica Americana en tiempos del movimiento hippie de los sesenta. Braceland declaró:

Rasgo común a algunas enfermedades es que los pacientes no tienen conciencia [insight] de su propia enfermedad. En resumen: que a veces es necesario protegerlos contra sí mismos durante un período determinado. Si un hombre me trae a su hija desde California [sede del movimiento hippie] porque corre el peligro manifiesto de hundirse en el vicio o de lastimarse a sí misma de alguna forma, evidentemente no espera de mí que la deje libre en mi propia ciudad a la expectativa que suceda lo mismo.[18]

Más claro no puede estar. Nótese cómo los siquiatras no han cambiado desde el siglo XVII cuando enviaban a estas hijas “en peligro de caer en deshonra” al hospital Salpêtrière de París. Sobra decir que la conducta de estas adolescentes, tanto las del siglo XVII como las del XX era rebeldía, no trastorno mental. Activistas como Phyllis Chesler han escrito clásicos en filosofía feminista sobre el tema, como Women and madness.

Veamos ahora a la siquiatría en tiempos aún más recientes. En el folleto Schizophrenia (Esquizofrenia) publicado en 1998 por el Colegio Real de Psiquiatras de Inglaterra y el Consejo Nacional sobre la Esquizofrenia de ese país, podemos leer: “¿Cómo reaccionan las familias si un hijo, hija, hermano o hermana desarrolla esquizofrenia y se vuelve raro e impredecible? Pueden ver el cambio de conducta como rebelde, perverso e inaceptable sin comprender al principio que se debe a una enfermedad mental”.[19]

El folleto no pregunta cómo le parecen los padres al hijo. No pregunta, por ejemplo: “¿Es tu madre tan absorbente que te trata como un niño? ¿Es tirana, posesiva, te acosa constantemente y por eso al distanciarte de ella le pareces raro e impredecible?” Los siquiatras no harían un folleto para jóvenes que no puedan remunerarlos. Quienes redactaron el folleto, las asociaciones oficiales de siquiatría en Inglaterra, tuvieron oídos exclusivamente para los padres. Ni siquiera se les ocurre que la versión del joven exista o que su rebeldía pudiera estar justificada. La ecuación del folleto: rebelde / perverso / inaceptable = esquizofrénico me recuerda que durante el gobierno de Breshnev la rebeldía del disidente político, una perversidad inaceptable para las autoridades rusas, era considerada oficialmente esquizofrenia. Hubo muchos casos de este tipo y están bien documentados, pero me referiré a uno solo.

En 1968, el año de las revueltas estudiantiles y poco después de la invasión soviética a Checoslovaquia, Natalia Gorbanevskaya protestó contra la invasión en la plaza roja de Moscú. Fue arrestada en agosto de ese año y enviada a un siquiátrico llamado Instituto Serbsky. El presidente de la comisión, el profesor Morozov, diagnosticó que Natalia sufría de “una enfermedad mental crónica, de tipo de la esquizofrenia”. La comisión concluyó que Natalia mostraba cambios en el proceso de raciocinio y en las facultades críticas y emotivas. Se dedujo que Natalia había participado en la manifestación de la Plaza Roja en estado de enfermedad mental y fue hospitalizada.[20] Ya antes de Breshnev, Nikita Jruschov había manifestado en Pravda: “El delito implica una desviación respecto de las normas de conducta aprobadas generalmente, y a menudo su causa es el trastorno mental […]. Es evidente que el estado mental de las personas que llaman a oponerse al comunismo no es normal”.[21]

A las mujeres rebeldes no les ha ido mejor en occidente. Como escribió Chesler hace pocos decenios, las estadísticas seguían mostrando que a las mujeres se les colgaban más rótulos siquiátricos que a los hombres; se les daban mucho más antidepresivos, y a veces continuaban siendo hospitalizadas por sus esposos o familiares. Yo mismo me enteré de una adinerada familia del Opus Dei en Monterrey que a principios del nuevo siglo usó a la siquiatría para internar a una hija cuando ésta se divorció —pecado inconcebible para los del Opus— para irse con un rockero. Según me contó personalmente Alejandro Fonseca, el roquero, cuando lo entrevisté en Monterrey en agosto de 2004, su pareja continuaba prisionera por su familia. El hecho que en occidente se haya criticado lo que la siquiatría soviética hizo con Natalia mientras se toman medidas semejantes con las mujeres de nuestro hemisferio es un doble rasero.

Pero volviendo al folleto inglés. Como decía, el folleto estaba destinado a la masa de ciudadanos del Reino Unido. Para los manuales americanos y europeos de la profesión siquiátrica los cinco síntomas de la esquizofrenia son: (1) alucinaciones, (2) delirios, (3) pensamiento desorganizado, (4) comportamiento extremadamente desorganizado y (5) comportamiento catatónico: requiriéndose dos de los cinco síntomas para un diagnóstico de esquizofrenia. Sin embargo, en el folleto se lee algo análogo a lo que hizo la comisión del Instituto Serbsky con Natalia: que la familia del (seudo) esquizofrénico “puede ver el cambio de conducta como rebelde” sin comprender “que se debe a una enfermedad”. En otras palabras, en la praxis y muy independientemente de una conducta perturbada, la rebeldía adolescente puede ser una enfermedad: esquizofrenia. La liberación femenina del siglo XIX podía ser vista como una enfermedad: insanía moral. Las ansias de escapar del esclavo negro eran una enfermedad: drapetomanía. Todas estas enfermedades han requerido de intervención médica, que frecuentemente termina en un encarcelamiento sin juicio legal. A este respecto, en otra parte del mismo folleto se lee: “La gente con esquizofrenia no siempre se percata de que están enfermos y suelen rehusar el tratamiento cuando lo necesitan con urgencia. En estas circunstancias, la Ley de Salud Mental en Inglaterra y Gales [promulgada en 1983] y disposiciones similares en otros países permiten la admisión compulsiva al hospital”.[22]

Tómese en cuenta que este es un folleto publicado en 1998, y que lo obtuve en las prácticas de mi curso de la Open University en 1999. Como dije arriba, las posturas siquiátricas no han cambiado desde los tiempos de la esclavitud norteamericana o del sexismo europeo, sólo los valores sociales han cambiado. Los siquiatras siempre se han comportado, y continúan comportándose, como agentes de status quo en turno: sean terratenientes del sur de Estados Unidos; padres que aborrecen los amoríos plebeyos de sus hijas, o madres controladoras que no toleran en el hijo independencia alguna.

Otra clase de evidencia de la alianza entre padres y siquiatras proviene de alguien que abandonó la profesión del sicoanálisis y he citado en páginas anteriores: Jeffrey Masson. En Final analysis (Análisis final), uno de los libros que atesoro porque me abrió los ojos para entender lo que me hizo Amara, Masson nos cuenta:

“Cuando en la familia un hijo manifiesta una gruesa patología…” Estas palabras me impresionaron. Para dar más énfasis fueron enunciadas muy lentamente y con una resonante voz. No cabía la menor duda: el que presidía la junta era un buen orador. Había actuado bien. Su voz, sus modales, su compañerismo, sus ademanes y hasta sus conocimientos literarios eran admirables. Reía mucho y le gustaba hacer bromas. Nos caía bien.

Pero no tenía que gustarnos lo que decía, y a decir verdad a mí no me gustó. Este era el caso de un niño de ocho años, el paciente “identificado”. Esta palabra, “identificado”, era un término siquiátrico popular y venerable. El niño había sido “identificado” como paciente por su madre y por su padre simplemente porque no le estaba yendo bien en la escuela, tenía pocos amigos y era un “problema” en casa. ¿Qué significa eso, me pregunté, de una “gruesa patología”? ¿Dónde estaba? En la visita de enfermos.[23]

La visita de enfermos era ir a un hospital siquiátrico en Toronto durante el entrenamiento para sicoanalista en la carrera de Masson. Masson es el único analista del mundo que se ha atrevido a denunciar en varios libros “el proceso de adoctrinamiento” de esta “sociedad semisecreta” que es la formación de sicoanalistas. Durante las juntas, el personal del hospital se reunía y un siquiatra de alto rango presentaba el caso de uno de los hospitalizados, cosa que, observó Masson, era humillante para este último. “Pronto se vio claro que en cada presentación sólo se le pasaba el micrófono al intelecto y corazón del ponente. No sabíamos, no podíamos saber nada del paciente; pero sí del ponente. Así que aquí teníamos al director del departamento hablando sobre otra ‘paciente’, Jill, de diecinueve años, ‘quien fue admitida al hospital por una descompensación psicótica esquizofrénica’”.[24]

El director del departamento que presentaba estos casos era un respetado siquiatra que creía en la conveniencia del electroshock. Sigue contando Masson:

¿Cómo sabíamos que alguien estaba “enfermo”? Simple: fueron llevados al hospital. El director dejó claro que cuando una persona había sido “identificada” como paciente por la familia, estaba, de hecho, trastornada siquiátricamente hablando. La gente aparentemente no erraba al hacer este tipo de diagnósticos caseros. Por lo mismo, al hablar de ese niño “mal adaptado” (¿término médico?) nos dijo que debíamos aceptar que

el paciente ‘identificado’ se encuentra ‘más enfermo’ que los otros. Un estudio de S. Wolff en la British Journal of Psychiatry tiende a confirmar la identificación familiar de su miembro más perturbado como ‘el enfermo’”.

Para mí, todo esto era sospecho y muy conveniente para el siquiatra. ¿Quién le había dado a la comunidad siquiátrica tal poder? [25]

¿Quién le da poderes especiales sobre niños y adolescentes? La sociedad y sus leyes por supuesto; el Estado, la cultura misma.

En 1995 un estudio publicado por siquiatras estadounidenses concluyó que los familiares son tan capaces como los profesionales para “identificar” una conducta que requiera de hospitalización involuntaria.[26] Otra pieza de evidencia de una confabulación entre padres y siquiatras lo sugiere el hecho que la asociación oficial de siquiatría estadounidense, la Asociación Psiquiátrica Americana, ha entrado en abierta colaboración con una de las organizaciones más abyectas de Norteamérica: NAMI. Muchos de quienes integran la Alianza Nacional para Enfermos Mentales (NAMI en sus siglas inglesas) son padres que desean emprender medidas represivas hacia sus hijos. Su postura ha sido tan extrema que ha llegado a justificar la lobotomía y a acosar a aquellos siquiatras que no son practicantes de la fe biorreduccionista.[27]

Es importante estar consciente que esta alianza entre padres tiránicos y siquiatras es una historia muy vieja, y que continúa sin impugnación en nuestras sociedades. En mi propio caso, cuando en 1991 le reclamé a mi padre que él y mi madre habían ignorado las acusaciones de mi Carta, que le habían “dado el carpetazo”, respondió por escrito: “No dimos carpetazo a nada, pagamos tu siquiatra y vimos a otros. Todos, incluyendo Amara, nos dieron la razón” (énfasis en el original).

¿Por qué los siquiatras son capaces de “darles la razón” a los padres que han vapuleado horrendamente a un hijo? ¿Por qué siempre culpan al niño y exoneran al adulto? En la Carta incursioné en la mente de mis padres, pero no en lo que pudo haber pasado en la cabeza del médico que fungió como su representante. Ahora, doce años después de haberla escrito, creo que estoy preparado para analizar a los analistas, aunque tal empresa me lleve el resto de este libro.


__________________

[1] Discurso videograbado de Thomas Szasz en la sede de Citizen Commission of Human Rights en Los Ángeles, California (28 febrero 2004).

[2] Citado en Thomas Szasz: La fabricación de la locura (Kairós, 1981), pág. 28.

[3] Ibídem, pág. 329.

[4] Citado en Thomas Szasz: Pharmacracy: medicine and politics in America (Praeger, 2001), pág. 90.

[5] Robert Mendelssohn, citado en Breggin: Toxic psychiatry, pág. 298.

[6] Joe Sharkey: Bedlam: greed, profiteering and fraud in a mental system gone crazy (St. Martin’s Press), 1994, págs. 12 & 98.

[7] Paul Fink, citado en Breggin: Toxic psychiatry, pág. 360. Leí lo de estos ingresos millonarios en Sharkey: Bedlam, pág. 202.

[8] Daniel Defoe, citado en Thomas Szasz: Esquizofrenia: el símbolo sagrado de la psiquiatría (México: Ediciones Coyoacán, 2002), pág. 133. El texto en que Defoe se pronunció contra la siquiatría de su tiempo se titula “Demand for public control of madhouses”.

[9] Citado en Sharkey: Bedlam, pág. 182.

[10] Whitaker resume el quehacer siquiátrico de Benjamin Rush en los primeros dos capítulos de Mad in America.

[11] Citado en Jeffrey Masson: Juicio a la sicoterapia: la tiranía emocional y el mito de la sanación sicológica (Cuatro Vientos, 1993), pág. 19. La alianza entre padres y siquiatras se expone especialmente en los capítulos 1, 5 y 6. El libro de Masson fue publicado en inglés bajo el título de Against therapy. En varias de las citas que hago cotejé la traducción con el original en inglés.

[12] Ibídem, pág. 22.

[13] Roger Gomm: “Reversing deviance” en Tom Heller (ed.): Mental health matters (The Open University, 1996), pág. 80.

[14] Masson: Juicio a la sicoterapia, págs. 31s.

[15] Ibídem, págs. 33s.

[16] Ibídem, pág. 37.

[17] Gomm: Mental health matters, pág. 80.

[18] Francis Braceland, citado en Szasz: La fabricación de la locura, pág. 69.

[19] Schizophrenia (National Schizophrenia Fellowship & Royal College of Psychiatrists, 1998), pág. 12.

[20] Víctor Miguel Lozano: “La psiquiatría y la psicocirugía como instrumentos de represión” en Alternativas, págs. 207s.

[21] Citado en Paul Johnson: Tiempos modernos (Ediciones B, 2000), pág. 834.

[22] Schizophrenia (folleto, op. cit.), pág. 9.

[23] Jeffrey Masson: Final analysis: the making and unmaking of a psychoanalyst (HarperCollins, 1991), págs. 48s.

[24] Ibídem, págs. 50s.

[25] Ibídem, pág. 51.

[26] J. R. Husted y A. Nehemkis: “Civil commitment viewed from three perspectives: professional, family and police” en Bulletin of American Academy of Psychiatry Law (1995; 23, 4), págs. 533-546.

[27] Breggin: Toxic psychiatry, págs. 425s. NAMI también trató de boicotear un proyecto del doctor Loren Mosher.

Páginas 153-163 de Hojas susurrantes

La naturaleza del mal: Amara (I)



Podría parecer que mi objetivo es panfletario: mostrar a los siquiatras como la enfermera Ratched en Alguien voló sobre el nido del cuco: uno los villanos más fríos, aunque de habla más suave, que ha visto el cine (en México bautizaron esa película como Atrapado sin salida). Pero eso es Hollywood: la realidad no es como una película donde el villano posee conciencia del mal que hace, tanto así que el espectador se excita cuando Jack Nicholson se arroja al cuello de la enfermera para estrangularla. Los alienistas no son Ratched, ni mi objetivo filmarlos como tales.

En México muchos han sido seducidos por la suave y gentil voz con que Amara habla en los medios de comunicación. En mayo de 1988 visité a este gentleman no como paciente, sino para escuchar sus comentarios sobre una copia de la recién escrita epístola a mi madre que le había dado.

En ese envidiable consultorio con vista a un parque-oasis en la jungla de asfalto que es la Ciudad de México, Amara colmó mis habilidades literarias con elogios. Pero algo extraño había en el ditirambo: las acusaciones de la epístola no eran mencionadas. Pensé que era cosa de tiempo para que llegara al grano. Lo dejé hablar. Cuando nada sustancial salió del monólogo le pregunté directamente:

—¿Pero qué crees de lo que digo, que la etiología de que mi problema fue la madre?

¡Oh! De qué manera tan educada, tan caballerosa, tan temerosa me atrevería a decir, respondió: “Es miopía” explicando que virtualmente en toda familia existen neurosis, y que la mía era simplemente “una familia neurótica más”.

Eso, no una Ratched consciente de lo que hace, es lo que son los siquiatras. ¿En qué rincón de su subconsciente reprimió Amara lo escrito sobre mi pánico causado por su sordera? ¿En qué lugar reprimió la tortura medusea de impedirme dormir, o el trauma de la traición de un padre Jekyll-Hyde como lo cuento en la epístola? La categoría de vapuleo parental, que cualquier jovenzuela es capaz de comunicarle al público en un talkshow, no entró en la cabeza del sofisticado analista. Decir “todos neuróticos” en el sentido que Amara explicó equivale a decir “todos inocentes” ya que una familia típicamente disfuncional no necesariamente destruye la vida de los hijos.

Luego Amara me contó que un sujeto lo quiso sobornar mostrándole un enorme fajo de billetes para internar a su esposa a un siquiátrico, algo así como los casos aludidos por Defoe y Masson en las páginas anteriores. El objeto de la anécdota era que lo viera como un analista ajeno a las corrupciones de su profesión: un médico con escrúpulos que no puede ser tentado por el mal.

Pero ése no es el mal, mi buen doctor.

El mal no es aceptar sobornos sabiendo que destruyes a una inocente sino creer que el bien se hace: la fe con sonrisa o el dogma educado no tocado por la duda, la ideología con carisma.

Fueron teologías las que movieron a asesinar a miles de mujeres etiquetadas de brujas y a millones de infieles que cayeron bajo la espada en Medina. Fue la ideología con sonrisa ilustrada lo que llevó a los jacobinos a descabezar no sólo a aristócratas, sino a miles de paisanos simples. Fue el dogma de un filósofo judío que media humanidad tomó como segundo Mesías lo que llevó a los comisarios judíos y gentiles del Gulag a un holocausto mayor que el de Himmler. ¿Cuántas otras almas no han sido destruidas por hombres tan bienintencionados como usted, señor siquiatra? Porque es la creencia que al hijo “identificado” por los padres hay que tratarlo con drogas lo que les lleva a retraumatizar a niños y púberes hundiéndolos en los infiernos del pánico.

En la misma televisión donde apareces airando tus lúcidos comentarios se ven programas sobre nuestra hermosa megalópolis, la más grande del orbe, mostrando toda suerte de crímenes familiares. Ahora me viene a la mente la terrible imagen de un bebé que había perdido un ojo debido a los golpes de su madre. Si una de estas desdichadas criaturas aparece en los medios, concederás que es una víctima. Pero si ya crecido se le ocurre entrar a tu consultorio, crimen y víctima desaparecen.

Todo lo que dice tu paciente es un lazo infantil con los padres, un actuar afuera quizá (“acting out”); una imaginería retroactiva no sobre lo que sucedió, sino sobre cómo tu paciente lo tomó. Es miopía, una actitud victimista en el mejor de los casos y en el peor vivir en un universo paranoide; y no aceptar la interpretación del analista es “resistencia”.

Solyenitsin escribió:

¿Cómo hay que entender una palabra como malvado? ¿Qué queremos decir exactamente con ella? ¿Existe tal cosa en el mundo?

Nuestra primera reacción sería que no puede haber malvados, que no los hay. En los cuentos es lícito hablar de ellos porque son para niños y hay que simplificar las escenas. Pero cuando la gran literatura mundial de los siglos pasados —Shakespeare, Schiller, Dickens— nos presenta una tras otra semblanza de malvados de un negro espeso, los malvados nos parecen casi de guiñol y poco acorde con la sensibilidad moderna. El problema radica en cómo están caracterizados. Tienen perfecta conciencia de su maldad y de su alma tiznada. Razonan así: “No puedo vivir sin hacer el mal. A ver si enfrento al padre contra el hermano. Qué deleite ver padecer a mis víctimas”. Yago dice sin tapujos que sus objetivos e impulsos son negros, nacidos del odio.

¡Pero las cosas no son así! Para hacer el mal un hombre debe antes de concebirlo como un bien, como un acto meditado y legítimo. Afortunadamente el hombre está obligado, por naturaleza, a encontrar justificación en sus actos. Las justificaciones de Macbeth eran endebles, y por eso su conciencia lo devoraba. Yago era otro corderito. La imaginación y la fuerza espiritual de los malvados shakesperianos se agotaban con la docena de cadáveres porque carecían de una ideología.

Gracias a la ideología el siglo XX ha conocido la práctica de la maldad contra millones de seres. Y esto es algo que no se puede negar, ni pasar por alto ni silenciar. ¿Cómo después de esto nos atrevemos a seguir afirmando que no existen los malvados? ¿Y los que exterminaron a esos millones? Sin malvados no hubiera habido Archipiélago.

Esta es la raya que el malvado shakesperiano no puede atravesar. Pero los malvados con ideología la atraviesan, y su conciencia permanece limpia y clara.[1]

De quince a treinta millones de personas —del triple al séxtuple del Holocausto judío tomando incluso las cifras más infladas sobre el Holocausto—, murieron en el Gulag a causa de los verdugos voluntarios de Stalin (la mayoría de estos verdugos eran judíos).[2] Cuando mi madre embestía al diablo, que creía que habitaba en mí, lo hacía con una conciencia casi limpia: y lo mismo puede decirse de la revictimación de Amara. Quisiera ilustrar la visión solyenitsiana del mal con un par de anécdotas sobre este último.

Hay una memoria insólita en mi mente. Cierta ocasión vi que Amara tenía un extraño aparato en su consultorio. Le pregunté qué era y me contestó que servía para electrochocar a algunos de sus pacientes. Lo dijo con toda naturalidad. Tan azorado me quedé que por mucho tiempo dudé que mi memoria fuera una representación de algo sucedido en la vida real.

Ahora sé que fue una memoria real. En un programa de radio llamado Parejas disparejas y la familia que salió al aire el 25 de julio de 2001 Amara se expresó muy favorablemente del electroshock y lo promovió como algo “bastante inofensivo”. En ese programa una madre habló preocupada sobre la depresión de su hija y Amara recomendó electrochocarla.

El objeto del electroshock es un lavado de cerebro. “Lavar el cerebro” significa, literalmente, lavarlo de su contenido, es decir, de sus ideas. El electroshock destruye las ideas y las memorias al destruir las células cerebrales que las contienen. Después del tratamiento es posible reprogramar a los sujetos electrochocados. Como reconocieron los siquiatras J. C. Kennedy y David Anchel: “Sus mentes parecen tabulas rasas donde podemos escribir”.[3]

El procedimiento es el siguiente. Se aplica jalea en las sienes para aumentar la conductividad eléctrica de la persona a electrochocar y se le inyecta una droga en sus venas para producir una anestesia total. Un respirador artificial se deja de usar cuando la víctima puede volver a respirar por sí misma después del disparo eléctrico de 70 a 400 voltios de sien a sien. El blanco del ataque son los lóbulos frontales, el orgullo del Homo sapiens, al provocar artificialmente un ataque epiléptico. El ataque es tan severo que hace tiempo, cuando el cuerpo no se sujetaba y paralizaba con drogas, el espasmo ocasionalmente rompía las vértebras de la persona. Aún con estas drogas el siquiatra está atento a que su víctima anestesiada tenga un espasmo involuntario, una encorvadura hacia arriba, que le permite saber si el martillazo eléctrico “funcionó”. Sin esta reacción el siquiatra continúa aplicando shocks hasta obtener la reacción deseada. En los instantes subsecuentes las ondas del electroencefalograma marcan por unos segundos una línea recta: muerte cerebral. Millones de células cerebrales mueren. En las salas del electroshock se encuentra un desfibrilador: un equipo de emergencia para resucitar el corazón de la persona electrochocada en caso de paro cardíaco.

Algunos médicos reconocen que el electroshock es perjudicial. Antes de que los siquiatras se volvieran más cautos en sus pronunciamientos, Max Fink reconoció que el electroshock se asemeja “a un severo trauma en la cabeza” y sostuvo que “la terapia convulsiva provee un excelente método experimental para los estudios del trauma craneocerebral”.[4] Las mismas autopsias de los sujetos electrochocados que murieron mostraron que el electroshock causó hemorragias cerebrales, especialmente en el área de la corteza cerebral. Tanto le temen los pacientes al martillazo eléctrico que en los hospitales siquiátricos es común ver a las víctimas siendo arrastradas por los enfermeros hacia el cuarto del electroshock.

Pero el dato clave para entender la práctica es señalar algo que el hombre de la calle ignora. El electroshock sólo se administra a los cerebros perfectamente sanos. No se aplica en los cerebros enfermos, digamos, de un glioma o tumor maligno. Como lo han denunciado los críticos de la siquiatría a lo largo de las décadas, el objeto del electroshock es simplemente matar neuronas sanas y producir pérdida de memorias en el sujeto cuya conducta se desea controlar. Esto es exactamente lo que ocurre con la lobotomía, a la que con fines eufemísticos los cirujanos le cambiaron el nombre. Psicocirugía significa extirpar porciones sanas del cerebro de quien se desea controlar. Neurocirugía significa operar cerebros genuinamente enfermos, como de un tumor canceroso (aunque los siquiatras usan engañosamente la palabra “neurosiquiatría”, es pertinente distinguir entre seudociencia siquiátrica y ciencia neurológica).

Para que Amara aconseje abiertamente a una madre en la radio electrochocar a su hija es evidente que, como dice Solyenitsin, tiene una ideología: está convencido de que lo que hace es bueno y necesario. Recuérdese la carta del doctor Massini sobre Julie. La revictimó encerrándola con la más limpia conciencia. Así como Amara hace sus pronunciamientos bárbaros en la radio sin importarle que sus enemigos lo graben, para Massini el ponerse mercenariamente de parte del padre fue algo tan natural que lo dejó sobre el papel para que futuras generaciones pudieran juzgarlo.

La otra anécdota que quería contar también tiene que ver con asaltos al cerebro. Que los siquiatras tratan a los hijos que les llevan sus padres como ciudadanos de tercera se nota al señalar que no les advierten nada sobre el peligro que entraña la ingestión de las drogas que les recetan. Amara, por ejemplo, no nos advirtió en lo más mínimo sobre los ataques de pánico o la acatisia ocasionada por el neuroléptico que me ponía mi madre (y/o por un antiparkinsoniano que me recetó), que él llamaba eufemísticamente “metabolito francés”. Como dije, a lo largo de siete meses fue muy frecuente que el tormento de la acatisia me tuviera tumbado en cama.

La más extensa guía sobre las drogas lícitas e ilícitas en español es Historia general de las drogas de Antonio Escohotado. Sobre los neurolépticos, que son legales, Escohotado nos dice:

El principio general de estos fármacos es inducir una reacción que en altas dosis constituye catalepsia, por reducir el consumo de oxígeno en el tejido cerebral […]. Bloquean o destruyen algunos de los principales neurotransmisores (dopamina, norepinefrina, serotonina) […]. Los llamados tranquilizantes mayores pueden alinearse entre las drogas muy peligrosas. Ningún tipo de psicofármacos crea en clínicas tantas intoxicaciones agudas y letales por prescripción del propio personal terapéutico.[5]

Los neurotransmisores son sustancias químicas liberadas en la sinapsis de las células cerebrales. En Historia general de las drogas también leí algo sobre la acatisia que había sospechado pero que era sólo una intuición basada en mis experiencias. Escohotado nos dice que a nadie le gusta que le amarren su espíritu por medio de drogas (“neuroléptico” viene del griego: neuro, nervio y lepto, atar: droga ata-nervios literalmente):

Como el espíritu humano no se presta con facilidad a esa drogadicción, uno de los efectos secundarios más conocidos es la llamada acatisia, un estado de inquietud extrema descrito como “sensación de querer saltar fuera de la propia piel” […]. No en vano la principal eficacia terapéutica atribuida a los neurolépticos es el sentimiento de alivio posterior a la supresión del empleo, cuando el cuerpo logra liberarse de la intoxicación.[6]

Esto de querer saltar fuera de la propia piel me recuerda una mujer a quien le recetaron el muy conocido neuroléptico Haldol (haloperidol) y me describió la acatisia que sufrió con estas palabras: “¡Me daban ganas de aventarme por la ventana! ¡con ganas de suicidarme!” [7]

Escohotado no se limitó a teorizar sobre las drogas. Experimentó con una dosis baja de haloperidol. Las gotas le “borraron cualquier rastro de autoconciencia” y no volvió a tener el coraje científico para repetir el experimento, como nos confiesa en su voluminoso texto. Es curioso notar que Leptopsique (perfenacina), otro neuroléptico, significa etimológicamente “psique adelgazada”.

Además de la acatisia Amara tampoco nos dijo, ni a mí ni a mis padres, una sola palabra sobre la distonía que me enchuecó. Como ignoraba que me ponían la espantosa droga en los desayunos, a mis dieciocho y diecinueve años me culpé de lo que los adultos locos me hicieron: creí que las crisis de enchuecamiento en mis músculos habían sido psicosomáticas. Mucho tiempo tuvo que pasar para que leyera algo sobre los efectos de estas drogas. Sólo así me enteré que, además de la torturante acatisia, Majeptil (tioproperazina) también puede causar disquinesias tardías, además del síndrome neuroléptico maligno que mata a quienes toman la droga (“tardía” se refiere a que los síntomas tardan en desarrollarse).

Al igual que el electroshock, neurolépticos como Majeptil y una veintena de otros que se venden en el mercado no sanan enfermedades neurológicas: las causan. Esto es tan cierto que incluso un texto de siquiatría confiesa: “Estas drogas antipsicóticas han sido llamadas ‘neurolépticos’ porque su acción imita a la enfermedad neurológica”.[8] El supuesto efecto “antipsicótico” del neuroléptico es en realidad un estado de indiferencia emocional. Los individuos bajo esta droga se vuelven letárgicos, conducta que los vuelve más dóciles y manejables para los familiares. William Winkelman, uno de los primeros investigadores de la clorpromacina, creía que “la droga produce un efecto similar a la lobotomía frontal”. Peter Sterling, un neuroanatomista de la Universidad de Pensilvania, constató: “En cualquier caso, un siquiatra tendría dificultades en distinguir a un paciente lobotomizado de uno tratado con clorpromacina”.[9]

La lobotomía quirúrgica cercena las fibras que van y vienen de los lóbulos frontales. La lobotomía química por medio de neurolépticos inhabilita las fibras que van hacia esos lóbulos. El objeto del neuroléptico es suprimir la función de los lóbulos frontales: la parte del cerebro que nos sirve para planear nuestras acciones. Una anécdota de mi adolescencia ilustrará este punto.

Después de algunas semanas de mi huida a la casa de mi abuela Amara formó una terapia de grupo. Éramos cuatro. Recuerdo muy bien a las muchachas Claudia, Luisa y Giovanna. A la salida de una sesión Giovanna me dijo: “Claudia está muy aplatanada” y Luisa asintió con emoción. Ahora, años después, conjeturo que esa chica se encontraba bajo el efecto de altas dosis de algún neuroléptico.

El recetar abiertamente neurotoxinas tanto a Claudia como a mí muestra que Amara estaba tan convencido de su propia rectitud que no dijo media palabra sobre tales efectos. Pero Amara no es un caso aislado ni aberrante. Ese mismo afán iatrogénico aparece incluso en los siquiatras más queridos del mundo y considerados los más humanos. Qué mejor que citar a Viktor Frankl, a quien veintinueve universidades le confirieron títulos de doctor honoris causa:

En mi departamento, en la Policlínica de Viena, utilizamos medicinas [neurolépticos] y tratamiento electroconvulsivo [electroshock]. He firmado la autorización para efectuar lobotomías y no tengo ningún motivo para lamentarlo. En unos cuantos casos incluso he llevado a cabo la lobotomía transorbital [a través de la cuenca del ojo]. Sin embargo, afirmo que la dignidad humana de nuestros pacientes no ha sido violada en estos casos […]. Lo que importa no es la técnica ni el enfoque terapéutico como tales, trátese de tratamiento con medicinas o con electroshocks, sino sólo la intención con la que se realiza [mis cursivas].[10]

A Viktor Frankl la capital de Tejas lo nombró “hijo predilecto de la ciudad” en 1976, el año en que uno de sus colegas me atacó con la mejor de las intenciones. Las palabras de Frankl son un paradigma perfecto de la visión solyenitsiana del mal: si las intenciones de un sujeto son buenas sus acciones tienen que ser buenas.

Es irónico que alguien como Frankl, quien de joven fuera víctima de la barbarie en Auschwitz, una vez habiendo obtenido libertad y poder haya perpetrado actos aún más abominables en otros seres humanos. Sobra decir que desde la perspectiva del paciente es irrelevante que Frankl se haya sentido bienintencionado. Lo que hizo fue mutilarlo. En Viktor Frankl se cumple la sentencia de Cioran: “No hay seres más peligrosos que los que han sufrido por una ideología: los grandes perseguidores se reclutan entre los mártires a los que no se ha cortado la cabeza”.

Es muy ilustrativo notar que Frankl afirme que la dignidad de sus pacientes, cuyos cerebros sanos fueron mutilados, no fue violada. Es obvio que el único que podía pronunciar semejante juicio es el paciente. Pero nuestra sociedad ha dejado que sea el cirujano quien hable en su nombre. El no dejar hablar a quien grita “¡No me operen!” y decir lo opuesto a la opinión pública, “La dignidad de mi paciente no fue violada”, es robarle la voz al paciente.

Frankl inició una escuela de sicoterapia, la “logoterapia”. En la colonia Narvarte, en la que vivo, hay un instituto que ostenta el nombre de Viktor Frankl en un enorme relieve en la pared. Confieso que cada vez que paso por ahí no puedo esquivar pensar en lo mal que anda nuestra cultura.

Pero Frankl no ha sido el único lobotomista convencido de su propia rectitud. En 1936 el siquiatra Walter Freeman ideó un tipo de lobotomía que no requiere abrir el cráneo: un pequeño picahielo introducido siete centímetros por la órbita del ojo para movilizarlo de izquierda a derecha, cual parabrisas, rompe el tejido que conecta el lóbulo frontal con el temporal (el tipo de operación que Frankl se jactaba de hacer). El procedimiento tenía la ventaja que ahorraba los gastos de la anestesia: Freeman electrochocaba a sus víctimas y sostenía que el shock era un elemento terapéutico adicional. Freeman le llamó a su terapia “cirugía del alma” y realizó unas 3,500 operaciones de este tipo en los años cuarenta. Las hacía con la conciencia tan limpia que solía viajar de ciudad en ciudad promoviendo su procedimiento, dando conferencias y dejándose fotografiar en la sala de operaciones.

He visto algunas de estas fotografías. De hecho, los realizadores de la película Frances, donde una madre manda leucotomizar a su rebelde hija, se inspiraron en el registro fotográfico que Freeman nos legó. Tan convencido estaba de su rectitud que en uno de sus libros Freeman publicó una fotografía en que se ve a una mujer llevada a rastras a la sala de operación. Eso sí: las leyes de California exigían que la familia otorgara su consentimiento al lobotomista. En 1950 Freeman y su ayudante James Watts operaron a once niños cuyas conductas sus padres no toleraban, uno de tan sólo cuatro años. Freeman escribió:

El objetivo es destrozar el mundo de fantasía en el que estos niños se han sumergido cada vez más. Es más fácil destrozar el mundo de fantasía, derribar el interés emocional que el niño tiene con su vivencia interna, que dirigir su conducta a canales socialmente aceptables.[11]

Como ha demostrado Robert Whitaker en Mad in America, Freeman floreció en los tiempos en que la siquiatría norteamericana cruzaba por su etapa más negra. No obstante, en el siglo XXI los siquiatras continúan practicando sus “psicocirugías”.

El 1 de diciembre de 2004 presenté la ponencia “Seudociencia en el diagnóstico de hiperactividad por déficit de atención” en una mesa redonda de la Secretaría de Educación Pública sobre esa supuesta condición médica.[12] Aunque la mesa estaba integrada en su mayoría por profesores, algunos neurosiquiatras fueron invitados a participar y me atacaron durante y después de mi presentación. Cuando denuncié las psicocirugías uno de éstos, Rodolfo Ondarza me interrumpió enojado alegando: “¡Yo las hago!” Luego insistió reiteradas veces que estas operaciones, que él afirmó hacer en el Instituto Nacional de Neurología, eran perfectamente morales. En sus propias palabras: “Hay fundamentos éticos, bioéticos” para esta cirugía radical. Una vez finalizada mi ponencia Ondarza tomó la palabra y ostentó impresionantes credenciales académicas de doctorados y posdoctorados en México, Europa y Estados Unidos.

Se sienten tan buenos los lobotomistas que el 6 de abril de 2006 salió en primera plana del periódico mexicano El Universal una gran imagen a color representando a una mujer anoréxica, y, en esa misma plana, las palabras del doctor Manuel Hernández explicando cómo “cauterizó o destruyó el tejido del cerebro aparentemente normal” de su víctima. La nota añade: “En el futuro con ese procedimiento se prevé poder atacar también el alcoholismo y la drogadicción”.

Es innecesario elaborar sobre tal rectitud pagada de uno mismo. Me limito a decir que ni Frankl ni Freeman en el siglo XX, ni Ondarza ni Hernández en el siglo XXI, habrían podido operar a niños y adultos si la sociedad no les hubiera otorgado —poder.


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[1] Aleksandr Solzhenitsyn: Archipiélago Gulag (TusQuets, 1998), págs. 210s. La sintaxis fue ligeramente alterada de acuerdo a una versión del Archipiélago en inglés y eliminé los puntos suspensivos entre corchetes a fin de agilizar el texto.

[2] Según Andrew Nagorski, de veinte millones de presos cuando menos doce millones murieron en los campos de trabajo forzado del Gulag (“Repressed nightmare” en Newsweek, 19 febrero 1996).

[3] J. C. Kennedy y David Anchel, citados en Leonard Roy Frank: “Testimony of Leonard Roy Frank at a public hearing on electroconvulsive ‘treatment’ before the Mental Health Committee of the New York State Assembly, Martin A. Luster (Chairman), Manhattan, 18 May 2001”. Este es uno de los mejores artículos que he leído sobre el electroshock.

[4] Max Fink, citado en Whitaker: Mad in America, pág. 102.

[5] Antonio Escohotado: Historia general de las drogas (Espasa, 2002), pág. 1232.

[6] Ibídem, pág. 1234. En la siguiente página Escohotado justifica el uso de neurolépticos en los casos agudos de trastorno mental; política en la que estamos en desacuerdo.

[7] Esta mujer me pidió que no revelara su nombre, pero mis archivos de sobrevivientes de la siquiatría pueden consultarse contactándome directamente.

[8] Citado en Breggin: Toxic psychiatry, pág. 68. El libro referido es el manual Textbook of psychiatry de 1988.

[9] Estas citas aparecen respectivamente en Elliot Valenstein: Blaming the brain: the truth about drugs and mental health (The Free Press, 1998), pág. 34, y en Toxic psychiatry, pág. 57.

[10] Viktor Frankl, citado en Thomas Szasz: El mito de la psicoterapia (México: Ediciones Coyoacán, 1996), pág. 191. Las palabras de Frankl originalmente aparecieron en Encounter (noviembre de 1969).

[11] Walter Freeman, citado en Whitaker: Mad in America, pág. 136. He escuchado la voz de Howard Dully, quien fuera uno de los niños víctimas de Freeman, en internet. El testimonio de Dully es tan impresionante que copio y pego, sin traducir, la reseña: “Best Documentary: Gold Award, My Lobotomy by Piya Kochhar and Dave Isay, Sound Portraits, USA. My Lobotomy explores one of medical history’s most controversial chapters—when transorbital lobotomies were widely condoned—through one man’s personal journey. Howard Dully, a 57 year-old bus driver from California, takes listeners along on his quest to discover why he was lobotomized when he was just twelve”.

[12] La mesa de trabajo, presidida por Carmen Libreros, fue convocada por la Subcomisión de Educación del Consejo Nacional Consultivo para la Integración de las Personas con Discapacidad de la SEP. La mayoría de las ponencias mensuales de los participantes fueron presentadas en 2004, en el piso 13 de Avenida Cuauhtémoc #1230 en la Ciudad de México.