Páginas 197-206 de Hojas susurrantes

La naturaleza del mal: Amara (III)




En la epístola original y primitiva a mi madre de 1988, no en la corregida y publicada Carta, cometí un error garrafal: interioricé la calumnia de Amara como algo real. Ese era precisamente el propósito del sicoanálisis forzado al que fui sometido de chico. Por ejemplo, en la sección de La Medusa la epístola primitiva dice: “La etiología de mi enfermedad mental fue la madre”; en Locura à deux: “¿Qué podía responder un enfermo bloqueado y tartamudo?”, y en La profecía: “el hijo enfermo…” en lugar de “el hijo asolado” en la versión corregida. Estos son sólo unos ejemplos de cómo escribí la epístola que puse en el escritorio de mi madre con la vana esperanza que la leyera.

¡Pero jamás fui un enfermo, sólo la víctima de unos padres enloquecidos y de un ataque médico! ¿Cómo fue pues que en mis veintes, cuando escribí la epístola, usé esas imbéciles palabras?

A fin de exonerar a los padres y al status quo, la idea rectora en siquiatría no es sólo Culpad a la Víctima, sino que la víctima misma se culpe ante la sociedad: una suerte del San Benito que usaba el disidente del sistema en los tiempos más gloriosos de Nueva España. Esto me recuerda un estudio de Octavio Paz sobre algo que, 281 años antes de mi autoestigmatización, le sucedió a una poetiza con un inquisidor en la misma ciudad en la que vivo. Tanto el confesor de Juana de Asbaje como el obispo de México acorralaron a esta pobre mujer al grado de hacerle creer que ella, no estos prelados soberbios, era una pecadora, “la peor de todas” según la pluma de la poetiza misma. Después de interiorizar la calumnia Juana se autoinmoló y murió. Su confesor, vale decirlo, ocupaba un importante cargo en la Inquisición de Nueva España. Aunque Sor Juana nunca fue una pecadora, ni yo un enfermo, lo que le sucedió con el confesor-inquisidor (“la peor de todas”) fue el equivalente novohispano de lo que me sucedió con el analista-inquisidor (“el hijo enfermo…”). [1]

La biblia de los siquiatras, el Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales o DSM, es un glosario que sirve de base clínica a la siquiatría de hoy día, usado como sustituto de las pruebas físicas dado que no existe tal cosa como pruebas de laboratorio en siquiatría. El DSM está basado en una lista de control que acompaña los síntomas de los alegados males mentales que atacan al ser humano: precisamente el método que seguían los redactores de los manuales de brujas.

El DSM-II incluía al trastorno de “homosexualidad”, y una edición posterior incluía a un trastorno que ocasionalmente se les atribuyó a las mujeres apaleadas por sus maridos, el “trastorno de la personalidad masoquista”, renombrado después como el “trastorno de la personalidad autoderrotista”. Debido a la presión de los grupos de homosexuales y feministas, los diagnósticos fueron retirados. En 1973 la homosexualidad dejó de ser un trastorno mental, y en la siguiente década se dejó de etiquetar a algunas mujeres con el diagnóstico “trastorno de la personalidad masoquista”.[2] No obstante, como los niños y los púberes no pueden formar organizaciones de activismo político, el “déficit de atención” no ha sido expurgado del DSM. El manual a veces parece ser un termómetro para medir la escala de valores de la época. Por ejemplo, según el DSM jugar compulsivamente juegos de azar es un trastorno, pero en nuestra sociedad que promueve el consumismo no se considera que los compradores compulsivos estén trastornados.

Como en el caso del homosexualismo, los editores del DSM constantemente revisan y reeditan su manual, modificando lo que se entiende por trastorno por medio de votos en congresos siquiátricos. Sí: votos, no pruebas de laboratorio. El precedente del DSM fue el Statistical manual for the use of institutions for the insane, reeditado diez veces de 1918 a 1942, que listaba veintidós categorías diagnósticas. El primer DSM, editado en 1952, ya contaba con 112 conductas humanas que para los siquiatras eran trastornos. Aparte de los contados trastornos auténticamente psicóticos, este DSM incluyó muchas otras conductas que no son locura propiamente dicha sino una cornucopia de ansiedades, fobias, obsesiones, compulsiones, adicciones, depresiones y manías. Lo que es más, el DSM actual es un glosario no sólo de trastornos como generalmente se cree, sino de conductas normales que la sociedad mayoritaria considera malsanas. Algunos de estos supuestos trastornos rayan en lo ridículo: “trastorno de las matemáticas” (recordemos cómo muchos odiamos esa materia), “trastorno de no cumplimiento con el tratamiento” (¡no querer ir con el siquiatra!), “trastorno de rivalidad entre hermanos” y muchos otros. En los últimos tiempos la sociedad y los siquiatras han etiquetado de “déficit de atención e hiperactividad” a incontables niños. Así como el homosexualismo ha dejado de ser una enfermedad por decreto, ahora distraerse en la escuela lo es. En el DSM-II de 1968 el número de conductas consideradas trastornos se incrementó en 163. El DSM-III de 1980 ya contaba con 224 y el DSM-IV de 1994 escaló a 374: una enorme diferencia con los manuales de los años 1920 a 1940 con su veintena de categorías diagnósticas. Al momento de revisar este capítulo la versión en uso del DSM es el DSM-IV-TR, esto es, el DSM-IV revisado, publicado el año 2000, y la Asociación Psiquiátrica Americana elabora el DSMV con otras conductas que los siquiatras consideran trastornos, además de las existentes.

Curiosamente, el DSM no explica con claridad qué es la “enfermedad mental” en su sentido más amplio y genérico: la entidad central que el manual presumiblemente estudia. Lo que hace el DSM, y esta es la innovación en siquiatría respecto a las otras especialidades médicas, es concretarse a clasificar los síntomas de una perturbación mental específica —o una conducta normal hacia la que la sociedad es intolerante—, haciendo caso omiso del aspecto etiológico de la conducta o perturbación. Nunca en medicina se había visto algo semejante: la elaboración de un sofisticado sistema taxonómico de conductas humanas que presumiblemente son síntomas de enfermedades biológicas ocultas. Cierto que hay información publicitaria sobre recientes descubrimientos en neurosiquiatría que se realizaron mediante técnicas de tomografía: técnicas que en los artículos de revistas comerciales se nos presentan con imágenes a color. Pero esa es la publicidad. La verdad es que no existen pruebas de laboratorio que puedan distinguir a un etiquetado con alguno de los principales diagnósticos del DSM moderno del individuo que no ha sido etiquetado. Que la publicidad de imágenes de tomografía es seudocientífica se revela en el siguiente hecho. Suponiendo que algunas de las perturbaciones mentales tuvieran una causa biológica, ya no se encontrarían bajo la jurisdicción del siquiatra, sino del neurólogo: quien las trataría como un tumor o como cualquier otra enfermedad cerebral.[3]

Las preguntas inmediatas que nos vienen a la mente son: ¿Por qué, si la siquiatría es una especialidad médica, está dividida de su supuesta hermana, la neurología? ¿Será porque los principales trastornos del DSM son entidades biológicas de “etiología desconocida”, como nos quieren hacer creer los siquiatras? Y si lo son ¿por qué, a fuerza de pura presión política, expurgaron los siquiatras a la homosexualidad y a otros diagnósticos de su manual? Hasta que se publicaron unas investigaciones en Nature en marzo de 2006, el síndrome Hutchinson-Gilford, que hace que algunos niños comiencen a envejecer desde su infancia, solía ser una auténtica enfermedad de etiología desconocida. Pero antes de 2006 su existencia no era controversial ni tenía que decretarse en congresos médicos: bastaba ver a los niños envejecidos para saber que su problema era claramente somático. En cambio, en algunos diagnósticos siquiátricos las alegadas enfermedades “de etiología desconocida” son tan subjetivas que su inclusión en el DSM tiene que hacerse mediante un alzar de manos en los congresos de siquiatras influyentes. El ejemplo que inmediatamente me viene a la mente es el rótulo de esquizoide que me colgó Amara, que devino en el empleo punitivo de drogas.

¿Cómo fue posible eso?

Para entenderlo debemos pensar un poco en el lenguaje. En las versiones al español de Mil novecientos ochenta y cuatro que conozco, Newspeak es traducido como “neolengua”. Creo que esa palabra no refleja la idea del autor. Prefiero una traducción literal, “nuevahabla”, porque en la novela de Orwell la intención de los ingenieros sociales era crear un lenguaje simple a fin de que los simples lo hablaran. Los sucesos históricos de su época motivaron a Orwell a escribir su novela. La compacta palabra “Stalin”, por ejemplo, contribuyó a unificar a la masa como una colmena. Su nombre real, Jósif Visariónovich Dzhugachvili, no habría tenido el mismo efecto psicológico.

Ya he dicho que hasta muy recientemente no había estudiado a los críticos de la siquiatría: por eso usé expresiones siquiátricas en mis textos juveniles. Ahora veo que como por años estuve influenciado por el diagnóstico de Amara caí en una trampa, la nuevahabla de la que Orwell nos advirtiera: un vocabulario que nos hace ver las mentiras como verdades. Así que debo reiterar que, independientemente de algunas frases de la epístola que escribí de joven —que conservo en mis archivos y que muchos amigos leyeron—, jamás he sido un “enfermo”: esa misma epístola evidenció que de chico sólo fui víctima de palizas psicológicas en casa y de un asalto médico. Cierto, el muchacho que tuvo una “autoobservación” galopante, extravíos místicos y angustias terribles se encontraba sufriendo de devastación emocional. Usando la tonta metáfora, podría decirse que “estaba enfermo” como podría decirse que Dora “estaba emocionalmente enferma” ¡omitiendo decir que ese día había sido violada por su padre! La tontería de la metáfora consiste en que los siquiatras hablan literalmente cuando dicen que una persona está enferma, y siempre omiten hacer mención del ultraje que acaba de sufrir. Lo más natural sería decir: “Este pobre adolescente, César, está acomplejado porque su tiránica madre lo acosa todo el día”, o “Dora está traumada porque la violó su padre”. Pero nunca llamarle “enfermos”, a secas, a las víctimas: eso sólo puede beneficiar al perpetrador y a la sociedad que no quiere ver estos crímenes.

Otra manera de mostrar lo equívoco de la metáfora siquiátrica sería, por ejemplo, decir que la economía de México “estaba enferma” después de la devaluación del peso en 1982 o 1994. Siguiendo la comparación con la siquiatría, ¿qué pensaríamos si algunos economistas dijeran que la devaluación se debió a un virus que afectó a las reservas de oro en las arcas del Banco de México; virus que aún no detectan en sus laboratorios pero que tienen fe que lo harán con el debido tiempo? Eso sería un disparate lógico, lingüístico y científico. Pero es justamente lo que están diciendo los siquiatras de los hijos apaleados por sus padres: literalizan una metáfora.

La palabra “enfermo” elude toda referencia al crimen, a un agresor y a su víctima. Es como si los siquiatras etiquetaran de enfermos a prisioneros como Yakoff Skurnik y sus compañeros que sufren devastación emocional omitiendo decir que están en Auschwitz. Dado que hay padres tan devastadores como Mengele, algo similar a esta omisión es lo que hacen los profesionales como Amara.

“Enfermo mental” es una pésima metáfora para referirse a una víctima. Nadie en su sano juicio la usaría para referirse a un Skurnik devastado psicológicamente en tiempos en que lo castraron. Si este judío la usara, la metáfora habría resultado autoestigmática. Como Winston con O’Brien, habría caído en la nuevahabla de su atormentador y, por tanto, en su agenda política. Vale señalar que durante el nazismo los judíos que ocupaban puestos importantes dentro de su condición de esclavos en los campos de trabajo y exterminio tenían que presentarse ante sus superiores arios con el título: “El cerdo judío Fulano de tal…” Asimismo, lo primero que en siquiatría se les pide a los jóvenes que han sido identificados por sus padres es que tengan insight de que ellos, no sus abusivos padres, son los enfermos. Esto causa pánico, y es lo que quise transmitir en la sección sobre “Re-victimación siquiátrica y pánico demoledor del yo interno”.

Algunos filósofos y lingüistas han argüido que el lenguaje es retórico y que cometemos un gran error al creer que, si un grupo de individuos usa con seriedad una palabra, significa que algo real existe detrás de la misma. Ya Voltaire nos advertía acerca de los equívocos en historia, jurisprudencia, teología y medicina; y nos recuerda que Locke recomendaba definir los términos. Sólo definiendo rigurosamente los términos detectaremos las tonterías semánticas de la profesión.

Entre los precursores de la siquiatría moderna, Kraepelin ha tenido la mayor influencia en la clasificación de los trastornos. Pero el cientismo siquiátrico de clasificar a las perturbaciones del alma a la manera de los biólogos taxónomos precede a sus esfuerzos por más de un siglo.[4] Digo cientismo porque, en lugar de esa transferencia positivista del orden de la vegetación al de los trastornos del espíritu, el sentido común debía haber llevado a los investigadores a sondear la subjetividad del trastornado (como posteriormente lo hicieron Lidz, Sullivan, Arieti, Laing, Miller, Ross y Modrow). La fenomenología puramente descriptiva y sintomática no nos ha llevado a entender la locura. Hacer un inventario de las diversas perturbaciones mentales sin conocimiento de causa es un ejercicio que no nos lleva a ninguna parte. Además, como he dicho, el hecho que los siquiatras hayan elaborado y reelaborado el DSM no significa que todas las entidades del DSM, o las de Kraepelin, sean patológicas. En su obra magna Kraepelin incluyó seudotrastornos como la masturbación, así como el DSM incluyó al homosexualismo en sus primeras ediciones. (En mi opinión la mayoría, mas no todas las conductas homosexuales—especialmente entre adolescentes andróginos—son patológicas.)

Según Orwell, el objetivo de la nuevahabla es el control social y se caracteriza por el abuso de las palabras y la eliminación del viejohablar: el vocabulario de las milenarias culturas del mundo, las voces y el alma de los pueblos. Al igual que los políticos, los siquiatras han sido virtuosos en abusar de las palabras. Han tenido el descaro de denominar “derecho al tratamiento” a la hospitalización involuntaria y “terapia” al castigo del electroshock. Estas palabras van mucho más allá del eufemismo: anestesian nuestro entendimiento para que no veamos la realidad. El “derecho” al tratamiento es, en realidad, el derecho del siquiatra a forzar tratamiento en la persona. De hacerse fuera de la sanción médica eso constituiría secuestro y asalto, ambas ofensas criminales. En lenguaje despolitizado, el tratamiento electroconvulsivo tampoco se denominaría tratamiento sino lavado de cerebro electroconvulsivo, o si quisiéramos respetar las siglas en inglés ECT, tortura electroconvulsiva. Si la sociedad civil quisiera moralizarse un poco tendrá que repudiar los términos siquiátricos, o al menos traducirlos al lenguaje común. Esta declaración se comprenderá mejor si comparamos a la siquiatría con una ideología que, a diferencia de los totalitarismos del siglo XX, triunfó e impuso su nuevahabla por siglos.

Durante el reinado de Teodocio, el siglo IV A.D. presenció la consolidación del poder de los obispos en el imperio romano después de la prematura muerte de Juliano el Apóstata. Los inconversos a la nueva religión, quienes en tiempos de Juliano gozaron de protección especial, pasaron a ser ciudadanos de segunda clase. Es particularmente significativo que Teodocio fuera la primera autoridad en la historia que diagnosticó oficialmente de locos a todos aquellos que no eran cristianos. Surgió una nueva palabra, “pagano”, para etiquetar al adepto de la milenaria cultura helénica. Una vez creada la nuevahabla los estigmatizados “paganos”, y especialmente los “herejes”, fueron perseguidos con mayor celo que las persecuciones de paganos a cristianos en tiempos del emperador Decio en el siglo III. Sólo así logró imponerse la nueva teocracia. Pero la destrucción de los templos de la religión grecorromana y la quema de bibliotecas fue sólo el preludio de otras persecuciones. A lo largo de la cristiandad la palabra “hereje” fue usada con fines de asesinato social, esto es: como estigma. El mundo precristiano también conoció el poder del estigma. En Grecia, marcas corporales como quemaduras o cortes en la cara indicaban que el portador era un criminal, un esclavo o un traidor. Estas marcas eran el “estigma”. Si bien nuestra época se ha librado de los estigmas corporales, la virulencia de los estigmas siquiátricos mantiene toda su capacidad de significar el mal en un individuo.

Esto es patente incluso en aquellos diagnosticados de esquizofrenia que han llegado a asesinar debido a un trastorno que realmente tenían. Casos de este tipo han escandalizado a la conciencia pública, y han sido aprovechados por los siquiatras para legitimar su profesión. Pero la gente muy perturbada no es más violenta que la gente cuerda. Según las estadísticas, los perturbados muy deteriorados son incluso menos proclives a la violencia o al asesinato que los cuerdos. Somos los normales quienes, con alevosía y ventaja, calculamos nuestros crímenes. Recordemos al Quijote y al Licenciado Vidriera. ¿Quién podría creer que el estupendo delirio del hidalgo era tan peligroso como el de una doctora diagnosticada de esquizofrénica que, en 2003, acuchilló a sus colegas en Madrid? El Quijote fue escrito como ficción, evidentemente; pero el sentirse quebradizo como Vidriera fue una psicosis muy chusca que estuvo de moda en tiempos de Cervantes. La padeció el escritor holandés Caspar Baraleus y muchos otros.[5] Un inofensivo Baraleus que se creyera de vidrio en nuestra época sería inmediatamente diagnosticado de esquizofrénico, drogado con neurolépticos e internado. Pero la probabilidad de que un Baraleus cometa un asesinato en la España moderna es idéntica a la probabilidad de que un individuo cuerdo lo cometa; y lo mismo puede decirse de la infinidad de ideas ilusorias que padece la gente que los siquiatras denominan esquizofrénicos. Por eso es engañoso que los siquiatras utilicen el caso de una asesina etiquetada con esa palabra para justificar el asalto al cerebro de ésta y del resto de los individuos perturbados. ¡Eso es tan absurdo como justificar la drogadicción involuntaria de un asesino cuerdo y del resto de la población cuerda!

El hecho que la sociedad sea incapaz de ver algo tan elemental se debe al inmenso poder retórico de la palabra esquizofrenia para significar el mal en un individuo, de igual manera como la palabra hereje tenía ese poder en otra época. Quienes se creen hombres de vidrio podrán ser unos locos inofensivos, mas si no violan la ley debieran ser dejados en paz (piénsese, por ejemplo, en el loquillo de la plaza del pequeño pueblo italiano en la película Cinema Paradiso).

Por otra parte, además de haber clasificado a un número de conductas que podríamos considerar trastornos, están los seudotrastornos. Esto se le hace a la población muy joven: como los diagnósticos a Rachel y sus amigos, la mencionada niña de dieciséis años que internaron sus padres. Si bien esos diagnósticos pudieran muy bien reflejar auténticas psicopatologías en algunas personas, según Raquel, a ella y sus amigos se los aplicaron estando cuerdos a fin de controlarlos —como a mí a la edad que tenían esos chicos. Actualmente no se usan marcas físicas: la genérica palabra enfermo es suficiente para mermar la credibilidad que pudiera tener el joven en la comunidad. Thomas Szasz ha estado consciente de estas trampas y nos advierte que el abuso del lenguaje —pagano, hereje o esquizoide— es el primer paso para abusar de las personas. Es por esto por lo que, nos dicen algunos lingüistas, todo discurso debe iniciar con una limpia en nuestro vocabulario. Sólo la higiene semántica puede prevenir que nos contaminemos políticamente.

Por consiguiente, temo decir que el vocabulario que usé en mis textos juveniles, que escribí antes de leer a Szasz, fue autoestigmático. Con las palabras siquiátricas que usé me presenté ante mis amigos y lectores con una autoinjuria análoga a “el cerdo judío César”. Y es que en mis veintes me encontraba bajo el cautiverio de la nuevahabla de Amara: algo que me recuerda no sólo a Sor Juana y a su confesor-inquisidor, sino a las autoacusaciones resultantes del lavado de cerebro en los procesos de Moscú en los años 1930. Después de los tormentos psicológicos en la Secretaría del Amor, muchos rusos se presentaron al público inculpándose de crímenes increíbles. Análogamente, habiendo interiorizado la calumnia de que algo malo había en mí, en la epístola tuve la ocurrencia de basarme en Lidz y en Laing, quienes en sus trabajos usaron palabras derivadas del sufijo “esqui” (Laing en especial habla mucho de los esquizoides en El yo dividido).

Estos espíritus tutelares resultaron de doble filo, y quienes conocen mi vida han sido capaces de verlo. Por ejemplo, acerca de lo que mi madre y su siquiatra me hicieron una conocida de la familia que leyó mi epístola original me comentó: “Cuando leí tu epístola se me salieron las lágrimas… No te dejaron ni respirar… Se ve clarísimo cómo te acorralaron… Te hicieron creer una idea estigmatizante”.[6] La idea estigmática que me hicieron creer aparece en un pronunciamiento de una madre entrevistada por Newsweek: “La enfermedad mental es una enfermedad. Las compañías de seguros deben actuar consecuentemente. Los hospitales y escuelas deben actuar consecuentemente. Sobre todo, nosotros los padres debemos actuar consecuentemente. Entonces quizá los hijos lo creerán”.[7]

Dicho de otra manera: después del ataque de O’Brien y de las calumnias de mi madre, por momentos llegué a creer que dos más dos sumaban, efectivamente, cinco. El análisis que de chico me aplicó Amara había sido particularmente exitoso… Pero existe una razón más obvia y de mayor peso que toda la argumentación de arriba por la que no debo usar más esos términos.

De adolescente yo era el único cuerdo entre mi madre, mi padre y Amara. ¡El llamarle enfermo precisamente al único sano fue la mayor truhanería política que uno puede imaginar! Si hubo gente “enferma” eran ellos y sólo ellos (folie à trois). Piénsese en la susceptibilidad paranoide de mi madre, eje alrededor del cual gira mi larga Carta; y cómo mi padre y Amara se subieron animosos al barco de los locos capitaneado por mi madre. Es cierto que el efecto de la violencia de mis padres y Amara se reflejaba en mí, la víctima de tres adultos enloquecidos. Pero volviendo a mi hipotética Dora, ¡qué surrealista fue etiquetarla a ella en lugar de tomar medidas contra el padre violador!

En la Rusia comunista la gente más cuerda eran los disidentes y contra ellos usó la siquiatría la palabra “esquizofrénicos”. Esta es una de las realidades más perturbadoras para el hombre de la calle: los profesionales de salud mental, como Amara, atacan a la gente más cuerda: aquellos que se rebelan ante la injusticia familiar.


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[1] Octavio Paz: Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe (Fondo de Cultura Económica, 1990).

[2] Véase por ejemplo, Judith Herman: Trauma y recuperación (Espasa 2004), págs. 191s.

[3] La crítica de la técnica de imágenes cerebrales como biomarcadores rebasa el alcance de este libro. Se han escrito artículos de especialistas como Jonathan Leo y David Cohen que desenmascaran esa técnica. He leído artículos más populares, como el de Kelly Patricia O Meara “In ADHD studies, pictures may lie” publicado en Insight Magazine el 11 de agosto de 2003; y “Some question value of brain scans” de Lisa M. Krieger en San Jose Mercury News (3 mayo 2004).

[4] Michel Foucault: Historia de la locura en la época clásica, volumen I (Fondo de Cultura Económica, 1999), págs. 298-321.

[5] Véase, por ejemplo, Andrew Solomon: El demonio de la depresión (Ediciones B, 2002), págs. 377s.

[6] A principios de siglo sostuve varias conversaciones con la maestra de música Inés Medina, algunos de cuyos pensamientos iba anotando en un papel y eventualmente en mi diario, a fin de poder citarla verbatim.

[7] Estas palabras de Anna Quindlen las tomé de Pharmacracy de Thomas Szasz (pág. 126).

Páginas 207-222 de Hojas susurrantes

“Yo nunca hice nada innoble” —Freud



Llevo toda una vida combatiendo contra el sentimiento de culpabilidad y contra todas esas palabrejas que el sicoanálisis nos ha metido en la cabeza.

David Cooper [1]



Se habrá observado que en ocasiones usé intercambiablemente los términos siquiatra y sicoanalista. Antes de leer a Jeffrey Masson creía que eran cosas esencialmente diferentes. Cierto que tenía la experiencia con Amara, quien aparece en los medios mexicanos como sicoanalista pero que ante problemas familiares actúa como siquiatra. Pero aún así creía que eran cosas básicamente distintas.

Estaba equivocado. Ahora sé que desde sus orígenes el sicoanálisis ha estado vinculado a la siquiatría, y que en Norteamérica muchos analistas habían sido, como Amara, a la vez médicos y siquiatras. Sigmund Freud mismo, quien inició su carrera como electroterapeuta, floreció gracias a una amalgama de su sistema con actitudes siquiátricas.

Eugen Bleuler, el siquiatra que inventó la palabra esquizofrenia, publicó con Freud la primera revista de sicoanálisis. Desde el primer círculo de seguidores de Freud hubo siquiatras. Ludwig Binswanger y Jung, del grupo de Bleuler y representantes de la siquiatría oficial en Europa, comenzaron a relacionarse con Freud en 1907. Karl Abraham era un siquiatra de Zurich y fundó en Berlín la sociedad de sicoanálisis más estructurada. En el primer congreso de sicoanálisis Abraham y Jung presentaron ponencias sobre la demencia precoz, que actualmente se le llama esquizofrenia, y Freud los escuchó con beneplácito. Max Eitingon también era un siquiatra joven y fue el primer traductor de Freud al inglés. Al otro lado del Atlántico el siquiatra norteamericano Stanley Hall invitó a Freud a Estados Unidos, donde la Universidad de Clark le otorgó el título de doctor honoris causa en 1909. Ese fue el punto inicial para que las ideas de Freud se diseminaran en Norteamérica.

Las ideas freudianas son parte de nuestra matriz cultural: memorias reprimidas, sublimación sexual, símbolos fálicos, ansia de castración. No puedo detenerme a hacer un examen de la teoría analítica. Me enfocaré en los aspectos de la biografía de Freud en los que su personalidad está comprometida con el sistema que creó.

Freud escribió: “Considero que la ética se da por sentada. En verdad, yo nunca hice nada innoble”.[2] Para comprobar si eso es cierto, es ilustrativo leer la correspondencia que mantuvo con sus amigos íntimos más que la versión oficial de su vida que aparece en las hagiografías de sus discípulos. En su correspondencia con Eduard Silberstein, su amigo de la adolescencia, el muchacho Freud escribió: “a quienes la naturaleza ha inclinado, además, a ser vanas, una combinación que suele encontrarse en las muchachas”.[3] Como puede verse en los lucidísimos ensayos de Roger Devlin, esto resultó ser verdad. Donde creo que Freud falló fue en creer que las mujeres envidiaban, literalmente, el pene de los hombres.

La carrera de Freud como terapeuta inició de manera horrenda. Cuando Pauline, la esposa de Silberstein, se deprimió en 1891, Silberstein la mandó con Freud. Por razones desconocidas Pauline se tiró del cuarto piso, donde Freud tenía su consulta. Aunque hay quienes tratan de defender a Freud arguyendo que Pauline se tiró sin haberlo conocido aún, hay que señalar que Freud nunca habló del caso.[4] Pero yo tengo mis conjeturas. ¿Habrá Freud revictimado a Pauline por sus problemas conyugales con su amigo de la juventud? ¿Habrá sufrido la joven un pánico suicida en plena consulta a causa de la retraumatización (recuérdese lo que me hizo Amara de muchacho)?

Es sabido que, por lo que a la política familiar respecta, Freud se ponía de parte de los maridos en conflictos con sus mujeres. Asimismo, al igual que Kraepelin y Bleuler Freud encontraba difícil ponerse del lado de los hijos y fácil del lado de los padres. Por ejemplo, al siquiatra Richard von Krafft-Ebing le disgustó una carta que le envió una muchacha de diecinueve años, Nina R., manifestando que tenía sueños eróticos. Le escribió a Freud acusándola que sufría de “masturbación psíquica”. En 1891, el año en que Pauline se tiró del piso de Freud, éste escribió: “Nina R. siempre ha sido excitada en exceso, llena de ideas románticas, cree que no le agrada a sus padres. Tiene fantasías ocasionales de que su padre no la ama. La paciente no hace otra cosa que leer y escribir” (esto evoca en cierto modo el diagnóstico de Amara). Dos años más tarde Freud le escribió al doctor Binswanger sobre esta misma joven: “La perversión congénita en su carácter se manifiesta en el olvido de sus deberes inmediatos y su adaptación al medio ambiente, mientras se empeñaba en ganar intereses a un nivel más idealista y absorber estímulos intelectuales más exaltados”.[5]

Ahora que, gracias a Devlin y otros, he transvalorado mi previo liberalismo—en que como millones de occidentales me suscribía a los valores posteriores a la revolución sexual iniciada en los años sesenta—, veo con buenos ojos a esta represión decimonónica. Nina fue un caso de una de mujer liberada a finales del siglo XIX que estaba en la mira de policías de la mente. Pero aún mantengo que a los siquiatras se les pasaba la mano. Freud mismo envió a algunas mujeres al siquiátrico Bellevue en la década de 1890.[6]

Una cosa es el noble propósito de mantener las normas puritanas de la época, y otra el curanderismo. En su primer libro, Estudios sobre la histeria que publicó junto con Josef Breuer, Freud escribió sobre otras mujeres. Breuer, quien le había conseguido estas pacientes a Freud, había sido una figura paternal. En la década de los ochenta del siglo XIX, cuando Freud aún era un médico desconocido y relativamente pobre, le abonó sumas de dinero mensual. Aunque Breuer no estaba siempre de acuerdo con las interpretaciones que Freud hacía de las mujeres en el libro que publicaron juntos, expresó sus diferencias de manera muy cauta y respetuosa hacia su protegido. Eso fue suficiente para que el discípulo repudiara a su maestro y no volviera a dirigirle la palabra el resto de su vida. Josef Breuer quedó muy dolido por la desproporcionada reacción de Freud. Hanna, la nuera de Breuer, cuenta algo que sucedió muchos años después: “Cuán profundamente debió haber afectado esta ruptura a mi suegro es algo que se puede adivinar a partir de un pequeño pero significativo incidente que ocurrió cuando él ya era un anciano: iba caminando por la calle, en Viena, cuando de pronto vio a Freud, que venía hacia él. Intuitivamente, abrió los brazos. Freud pasó a su lado fingiendo que no lo había visto”.[7]

Freud así le pagó a la persona más protectora en su vida. Posteriormente Adler, Stekel, Jung, Rank y Ferenczi, al igual que Breuer, cayeron de la gracia de Freud por la misma razón: no se adhirieron a todas y cada una de las doctrinas freudianas. Si Freud se comportaba así con su protector y sus discípulos ¿cómo se habrá comportado con sus pacientes? Además del suicidio de Pauline Silberstein, se sabe a ciencia cierta que Freud llegó a poner en peligro la vida de una de sus pacientes: Emma Eckstein.

En 1895, cuando Freud vio que Emma no se curaba de su histeria, mandó llamar a Wilhelm Fliess. Los sicoanalistas omiten decir cuando hablan de su maestro que Fliess, el mejor amigo de Freud, era “uno de los gigantes de la chifladura alemana”.[8] Fliess estaba convencido de que las neurosis estaban relacionadas con la nariz, por lo que extirpaba un trozo de algún hueso nasal en sus pacientes “severos”. En los diez años que duró la amistad de Fliess con Freud éste tomó la charlatanería de su amigo como ciencia real. De hecho, Freud llegó a llamarle “el nuevo Kepler” a su compadre por sus descubrimientos en el campo de la otolaringología. Así que Fliess, el nuevo Kepler, operó a Emma.

Después de la operación Fliess regresó a Berlín pero la joven comenzó a tener una hemorragia imparable. Alarmado, Freud la llevó con un verdadero cirujano quien volvió a abrirle la nariz y halló un pedazo de gasa yodada que Fliess había olvidado durante la operación. La gasa había impedido la cicatrización en la torturada nariz. Aunque sanó después de que el cirujano la curara, Emma quedó deformada de por vida por una cavidad en la mejilla. Sin embargo —y esto es lo importante— Freud interpretó lo sucedido a Emma Eckstein de forma tal que exculpó al peligroso curandero. En una de sus cartas Freud le escribió a Fliess:

Ante todo, Eckstein. Estoy en condiciones de probarte que tenías razón, que sus hemorragias eran histéricas, fueron ocasionadas por ansiedad, y probablemente ocurrieron en épocas sexualmente propicias. La mujer, debido a su resistencia, todavía no me ha revelado las fechas.[9]

Freud concluyó: “Por lo que se refiere a la sangre ¡estás totalmente libre de culpa!” [10] Eso de las fechas era parte de la charlatanería de Fliess quien, cual astrólogo, hacía asociaciones de fechas y períodos menstruales para pronosticar los destinos humanos. Pero lo que nos interesa es la interpretación de Freud. No puedo pensar en un mejor ejemplo para mostrar cómo, a pesar de las más que obvias pruebas de la culpabilidad de Fliess, en un conflicto entre personas el sicoanalista exonera al compadre, y la manera de hacerlo es culpar a la víctima. A esto le llamo revictimación.

La interpretación analítica que Freud le aplicó a Emma, “hemorragia histérica”, no fue un lapsus epistolar en su correspondencia con Fliess. En su obra más importante, La interpretación de los sueños, le dedica dieciséis páginas al caso Emma, de seudónimo “Irma” en ese libro: el tema analítico más largo de La interpretación. En ese libro Freud confiesa que tuvo un sueño con Irma (es decir, con Emma Eckstein). No viene al caso transcribirlo aquí. Lo importante es que, según Freud, el sueño era la declaración de inocencia de su propio inconsciente respecto a la acusación de error médico, y según continúa el autoanálisis de Freud, el sueño culpaba a varias personas: a Emma / Irma por no aceptar su interpretación, a Breuer, y a otro médico que apareció en su sueño. Es una exquisita ironía que una obra que muchos consideran seminal para desenterrar la verdad de la mente humana —La interpretación de los sueños es el libro favorito de Amara por cierto— inicie tergiversando lo que Freud y Fliess le hicieron a Emma.

Para colmo de lo grotesco, el año de la operación que deformó a Emma Freud le escribió una carta a Fliess en la que le preguntaba si la casa en que tuvo el sueño con Emma no ostentaría algún día una placa de mármol con una lapidaria leyenda, según estas palabras del mismo Freud:

Aquí, el 24 de julio de 1895
el secreto del sueño fue revelado
al doctor Sigmund Freud [11]

Diez años después, en 1905, Freud le escribió a Emma y volvió a tocar el tema de la chapucera operación de Fliess. Podría suponerse que después de tantos años el gran conocedor del alma humana habría hecho un examen de conciencia y se habría arrepentido de lo que él y su compadre le hicieron. No fue así. En la carta Freud la siguió acusando de creer que su problema era físico y que otro médico la había curado. Increíblemente, Freud reiteró que esta “resistencia” de Emma ante su interpretación había sido la responsable de que su “sicoanálisis” no hubiera prosperado.[12]

El peor error en la carrera de Freud, un error que causaría estragos no en una sola mujer sino en la manera como sus seguidores tratarían a los pacientes a lo largo del siglo XX, fue el haber repudiado uno de sus descubrimientos.

A finales del siglo XIX Freud se había percatado que algunas mujeres que lo consultaban sufrían de recuerdos de haber sido violadas por sus padres: algo que pasó a la posteridad como “la teoría de la seducción”. En 1896 Freud escribió un artículo sobre el tema, La etiología de la histeria. Jeffrey Masson sugiere que, al ver Freud que estas revelaciones sólo lo alejaban de sus colegas en una Viena incapaz de poner en el banquillo de los acusados a los padres, muy a la manera de los siquiatras invirtió su ideología y decidió culpar a las víctimas. Freud las etiquetó de “histéricas” y definió la histeria como un deseo oculto de ser seducida. Actualmente se sabe que el incesto ocurre con mayor frecuencia de lo aceptado en la Europa decimonónica, pero esta inversión de culpas iba a ser la piedra angular sobre la que Freud levantaría su edificio. Para el sicoanálisis el año 1897 marca tanto el abandono de la teoría freudiana de la seducción (si dices que te molestaba tu progenitor…) como el “descubrimiento” del complejo de Edipo (…significa que en realidad lo fantaseabas).

En el año 1900 Freud vio por primera vez a la muchacha Ida Bauer, a quien llamó “Dora”. El señor K., un industrial amigo del padre de Dora, trató de seducirla dos veces: la primera cuando era apenas una púber de trece años, y la segunda, una muchacha de quince. El señor K. la besó por la fuerza en la boca y Dora respondió “con una viva sensación de asco”.[13] Cuando la joven denunció la situación, su padre quiso llevarla al médico. Dora rehusó: lo único que quería es que la vindicaran ante el acosador de la Lolita. Pero con el tiempo cedió.

En sesión con Freud, y ya a sus diecisiete años, Dora le contó su historia. Como su papá no la había apoyado quizá el doctor Freud lo haría. Freud la escuchó durante varias sesiones y, a diferencia de su padre, creyó su historia. Pero hizo algo más. La siguiente es una cita de un artículo en que Freud nos confiesa lo que, en su consulta, le dijo a Dora:

Estarás de acuerdo en que nada te enfurece tanto como el que se piense que sólo te imaginaste la escena junto al lago [el lugar de la seducción]. Yo sé ahora —y esto es lo que no quieres recordar—, que tú deseabas que las proposiciones del señor K. fueran serias, y que no cejaría hasta que se casaran.[14]

Este es uno de los pecados que a diario cometen los analistas. Ahora mismo alguno de ellos está “interpretando” la mente de uno de sus incautos clientes de manera tan caprichosa como ésta. Recuérdese cómo Amara interpretó que, por acomplejarme ante mis hermanos, había huido a la casa de mi abuela. Ante la interpretación de Freud, que estaba enamorada de un señor que le triplicaba la edad, y que la sensación de asco cuando el señor K. había querido besarla había sido “histérica” —Freud supuso que si fuera normal Dora habría respondido con agrado—, la muchacha no lo rebatió. Se despidió del curandero de Viena para no volver a entrar a su consulta.

Freud se vengó ideando la teoría de que si alguien no había estado de acuerdo con la interpretación del analista es simplemente debido a falta de insight, de no querer enfrentar la propia realidad psicológica. A esta sobreinterpretación, elevada a doctrina en sicoanálisis, la bautizó como “resistencia”: un concepto que ya había usado en el caso de Emma Eckstein. Para Freud y los sicoanalistas esta palabra significa que, una vez que el analista ha hecho una interpretación, el caso está cerrado: lo demás es resistencia. Escuchemos una vez más a Freud:

Sin dejarnos desorientar por su negativa inicial, insistiremos en nuestras deducciones, y nuestra firme convicción acabará por vencer toda resistencia.[15]

Luego Freud añade que “esta convicción ha llegado a ser en mí tan absoluta…”

Este es el lenguaje del dogmático, no del estudiante de la mente y mucho menos de la mente ajena. Lo que en realidad Freud quería es que Dora cayera a un estado de folie à deux con él (como caí yo con Amara al impedirme que dejara de ir a su consulta). Freud no sólo no le pidió perdón a Dora por la estupidez que le había dicho sobre el señor K., sino que elevó su estúpida interpretación a nivel de ciencia con todos los recursos literarios de su intelecto. El ensayo de Freud sobre Dora, Análisis fragmentario sobre una histeria, es la más extensa historia clínica del legado freudiano y la más citada sobre la “histeria” femenina. En Análisis fragmentario Freud osó interpretar la tos de Dora como una expresión de su deseo de hacerle una felación al señor K., y también interpretó dos de sus sueños en esa línea sexual. Obviamente el desacuerdo de la adolescente ante tales interpretaciones eran “resistencias”. No conforme con eso, con el caso Dora Freud también elaboró la famosa doctrina de la “transferencia”. Leamos una vez más a Freud:

aquellos indicios que hacen verosímil una transferencia sobre mí […]. Llego a la conclusión de que en alguna de las sesiones del tratamiento se le ocurrió a la paciente [Dora] desear que yo la besara.[16]

Freud se autoengañó en creer que una muchacha en plena flor no sólo quería ser besada por el señor K., sino por él mismo. En una de las pocas buenas biografías que se han escrito sobre Freud el analista Louis Breger afirma: “Queda claro que la terapia que aplicó Freud a Dora fue bastante perjudicial, y resulta doloroso leer el caso hoy”.[17] La perjudicial terapia aparece en la estupenda obra teatral mexicana Feliz nuevo siglo doktor Freud de Sabina Berman. La comedia de Berman, que gocé enormemente y llegó a exhibirse en España, trata precisamente de lo dicho aquí sobre Freud y Dora.

Me pregunto cómo alguien como Freud fue a parar a la historia como un astuto observador de la mente. Como los analistas continúan siguiendo las doctrinas freudianas, a lo largo de decenios han manchado la imagen de Dora sin haberla conocido. Masson nos dice que analistas famosos como Ernest Jones, Felix Deutch, Jacques Lacan e incluso feministas como Toril Moi se han expresado de Dora con desprecio. Jenny Pavisic, una analista lacaniana, me dijo personalmente: “Dora era una histérica que—”. En otras palabras, continúa la folie à deux de los seguidores con las ideas de Freud. La verdad es que el doktor Freud culpó a Dora para absolver al industrial y culpó a Emma para absolver a su compadre; antecedentes de lo que, tres cuartos de siglo después, me haría Amara: culparme para absolver a mis padres. A lo largo del siglo XX e inicios del XXI los seguidores de Freud han culpado a incontables Doras, Emmas y Césares.

A finales del siglo XIX, en una carta a Wilhelm Fliess Freud le confesó que, debido a su ensayo sobre la seducción, en que Freud hablaba del incesto en la clase media y alta, “la sentencia de abandonarme ha sido dada y me encuentro aislado”.[18] Masson cree que el caso Dora lo reivindicó. Su nueva teoría sobre la histeria significó un giro de ciento ochenta grados de su posición anterior. Ahora Freud ya no tenía como blanco a poderosos industriales como el señor K., sino a una indefensa jovencita. La conducta de Freud estaba en línea con la siquiatría: ponerse de lado de los padres, las clases pudientes y en contra de sus víctimas. Desde este ángulo no es exagerado decir que el sicoanálisis fue fundado sobre la traición de las mujeres y de los adolescentes en la Viena de principios del siglo XX.

El caso Dora y el abandono de su teoría de la seducción no son pecados veniales del fundador del sicoanálisis. Invalidan dos pilares del edificio freudiano: la noción de la histeria y el famoso complejo de Edipo. Pero Freud también usaba su prestigio para ponerse de parte de los padres en conflictos con adolescentes varones. Esto se desprende de sus propios escritos. En Psicopatología de la vida cotidiana Freud cuenta que una madre le pidió que examinara a su hijo. Freud notó una mancha en sus pantalones y el adolescente le dijo que se le había caído un huevo. Freud no creyó la historia y habló con su madre a solas: “Tomamos como base de discusión su confesión de estar sufriendo los problemas originados por la masturbación”.[19] El punto de la anécdota, y se lo debo a Thomas Szasz, es que el muchacho no sufría absolutamente de nada: era una madre ignorante la que estaba preocupada por la sexualidad emergente del hijo. Freud vio como “psicopatológico” algo tan normal como una eyaculación adolescente. Se haya debido a la masturbación o no, al igual que los católicos que llevan al hijo al confesionario, la polución del chico ameritó toda una ceremonia médica que culminó en un diagnóstico formal.

Este no fue otro hipotético lapsus aislado de Freud. A lo largo de su vida compartió la histeria victoriana de su época sobre la masturbación: la verdadera histeria, no la “histeria” de Emma y Dora que no dañó a nadie. Freud creía que la masturbación era algo muy serio. A Fliess le escribió que la masturbación era la “adicción primaria” de la que surgían todas las demás, incluyendo la adicción a la morfina y al homosexualismo.[20] Estamos tan acostumbrados a ver en Freud al pionero en la valiente revelación de la sexualidad humana que nos resulta difícil verlo como lo que era: un exponente de la moral de su época. A sus propios hijos no les dijo cómo venían los niños al mundo: los mandaba con el médico de la familia para que se los explicara. La anécdota más fascinante que conozco sobre el tema es algo que cuenta Oliver Freud, uno de los hijos de Freud.

Cuando Oliver tenía dieciséis años le pidió consejo a su papá sobre la masturbación. El chico esperaba que el reputado médico del alma humana lo librara del sentimiento de culpa. Freud hizo lo opuesto: le advirtió que no se masturbara. Según las palabras de Oliver mismo, estuvo “bastante disgustado durante algún tiempo”. [21] Louis Breger comenta que Oliver “tuvo la sensación de que la censura de su padre había erigido una barrera que evitaba la comunicación entre ellos”.[22] Años después Oliver sería el hijo de los Freud que más se distanciaría de la familia.

Qué mejor ejemplo que éste para retratar al verdadero Freud, el creador de una omnicomprensiva teoría que giraba alrededor de la erótica humana. ¡Quien fundó la profesión de escuchar a quienes necesitaban hablar de su sexualidad no quiso escuchar a su hijo!

Me referiré ahora a la postura de Freud frente a la realidad política de su tiempo.

La primera guerra mundial fue la mayor catástrofe que Europa experimentó a inicios del siglo. Despertó violentamente a la gente del sueño optimista de progreso irrefrenable del siglo XIX. Nunca antes habían muerto millones de seres humanos en una sola guerra. La guerra no sólo mató y minusvalidó a muchos soldados durante los combates, sino que las secuelas emocionales se dejaron sentir después con sus esposas y familias.

Freud estaba en la cumbre de sus capacidades intelectuales cuando el conflicto estalló. Al principio participó en el nacionalismo de la época y llegó a decirle a un discípulo: “Toda mi libido está puesta en Austria-Hungría”.[23] La euforia de Freud se enfrió, como la de sus compatriotas, cuando las crudas realidades de la guerra y el número de las muertes comenzaron a conocerse. No puedo extenderme en los hechos, sólo señalar la postura de Freud ante los miles de soldados traumatizados que sobrevivieron a los combates. La película Paths of glory de Stanley Kubrick retrata por vez primera el infierno de la guerra de trincheras en la primera guerra mundial, incluyendo el trauma psicológico de algunos soldados que en tiempos de Freud se denominaba peyorativamente “neurosis de guerra”. Para algunos médicos ingleses y franceses, y esto no es película sino historia real, les era obvio que los traumas eran causados por las experiencias en la guerra. (Actualmente se habla del “trastorno de estrés postraumático” en algunos casos de veteranos de Vietnam y las guerras del golfo pérsico).

Freud, en cambio, se cegó ante lo obvio. En su contribución a la monografía El psicoanálisis y la neurosis de guerra escribió que los trastornos mentales de los soldados tenían un origen puramente sexual, y sus discípulos cercanos lo secundaron. Josef Breuer, a pesar de su avanzada edad durante la guerra, ayudó a tratar médicamente a algunos de los sobrevivientes. Su actitud filantrópica contrasta con la de Freud, quien jamás atendió a uno solo de los soldados. A Freud le bastó sacar sus conclusiones directamente de sus teorías. Para Freud estas teorías eran leyes de la naturaleza, y de ellas era posible deducir todo lo referente a la conducta humana. Si la teoría freudiana partía del axioma de la sexualidad humana todas las neurosis, incluyendo la “neurosis de guerra”, debían por necesidad tener una etiología sexual. Un solo caso bastará para ilustrar la postura de Freud. En 1919 Lou Andreas-Salomé, una de las más famosas discípulas de Freud, le escribió a Freud sobre el caso de un soldado que había sufrido la muerte de su hermano gemelo en la guerra. Ni Andreas-Salomé ni Freud le prestaron atención a la pérdida. Con la guía de Freud Andreas-Salomé condujo el “análisis” del gemelo sobreviviente alrededor de doctrinas freudianas clásicas como la homosexualidad latente, el complejo de Edipo y la fijación hacia la figura paternal.[24]

La interpretación freudiana es tan caprichosa como las interpretaciones de Emma y Dora, o como la interpretación de Amara sobre mi huida a la casa de mi abuela. Pero Freud fue culpable de algo más que una postura teórica. El fundador del sicoanálisis no sólo se aliaba con los individuos poderosos en conflictos con las jóvenes: se aliaba también al Estado en conflicto con los soldados.

El siquiatra alemán Julius Wagner-Jauregg administró dolorosos shocks eléctricos en la primera guerra mundial a los jóvenes que querían abandonar el servicio militar. Después de la guerra, algunos de los que habían sido tratados en la división de siquiatría del Hospital General de Viena a cargo de Wagner-Jauregg se quejaron, y en 1920 se designó una comisión para investigar los cargos. La comisión le pidió a Freud su opinión. Freud defendió a Wagner-Jauregg, y no sólo eso. Insistió en denominar “pacientes” a los soldados que acusaban al célebre médico y hablar de su temor como “enfermedad” (¡qué más perfecto paradigma para entender a gente como Amara!). La comisión decidió a favor de Wagner-Jauregg. Como Freud era un hombre convencido de su propia rectitud y creía que nunca había hecho nada innoble, jamás se arrepintió de lo que le hizo a los jóvenes soldados.[25]

Insisto que éstos no fueron pecados aislados en las biografías de Freud y de Jung. En toda la vasta obra de estos pensadores no hay una sola línea crítica de la hospitalización siquiátrica involuntaria. Como Jung aprendió su oficio en el hospital Burghölzli en Zurich bajo la supervisión de Bleuler, estaba familiarizado con el neologismo que su jefe acuñó: esquizofrenia. En una ocasión Freud jugó al cómplice de la siquiatría carcelaria de Bleuler y Jung. El 16 de mayo de 1908 Freud le escribió a Jung:

Aquí te mando el certificado de Otto Gross. Una vez que lo tengas no lo dejes salir antes de octubre, cuando seré capaz de hacerme cargo de él.[26]

Esto huele a mafia. Gross mismo era un médico que, irónicamente, ese mismo año publicó una carta a un editor donde objetaba el internamiento involuntario de una muchacha por su padre. El 17 de junio Gross se escapó del Burghölzli. Jung se vengó etiquetándolo de “esquizofrénico”. Freud aceptó el diagnóstico con entusiasmo.[27]

En 1975 el Instituto Mexicano del Seguro Social convocó una conferencia internacional en la Ciudad de México sobre siquiatría y sicoanálisis, en la que Tom Szasz participó junto con otros siquiatras y analistas europeos y latinoamericanos. En una mesa redonda Szasz confrontó a sus colegas. Les dijo qué pensaba sobre los médicos lobotomistas y los siquiatras:

La otra conclusión es que se trata de gángsteres, de carniceros, criminales y delincuentes. Esa es mi conclusión. Y añadiría yo que gentes como Freud son también simpatizantes de estos carniceros, ya que durante cuarenta años nunca señaló que esto era algo equivocado. Y esto ocurría en la casa de al lado. Se comportó como uno de esos alemanes que cuando los judíos estaban en las cámaras de gas decían no oler nada. Y en último señalamiento mi conclusión es que Freud y Jung, especialmente Freud —quien tuvo muchas buenas ideas y era muy inteligente— era básicamente un gángster, porque no estaba interesado en estudiar científicamente nada. Estaba sólo interesado en construir lo que él llamaba el movimiento psicoanalítico.

Las palabras son muy importantes. Galileo no tenía un movimiento. Darwin no tenía un movimiento. Mendel no tenía un movimiento. Einstein no tenía un movimiento. Freud decía ser científico, pero puesto que necesitaba un movimiento esto lo convierte en un político. Sólo queda la pregunta: ¿les gusta Freud como político o no? A mí me parece detestable.[28]

Los analistas que compartían la mesa redonda con Szasz no respondieron el cargo que le hacía a Freud: que a lo largo de su carrera guardó silencio sobre los crímenes siquiátricos en la casa de al lado. Igor Caruso y Marie Langer lo ofendieron y Szasz tuvo que abandonar la mesa de discusión.[29] Lo importante es recalcar que estos letrados en el sicoanálisis no respondieron nada sobre la indiferencia de Freud ante el crimen.

No tenían nada qué decir.

No sólo pecaba Freud de falta de compasión hacia las víctimas de las guerras mundiales y de los encarcelamientos siquiátricos sino que, como su mentor Charcot, al referirse a las mujeres perseguidas por la Inquisición habló de “histéricas”. Este es uno de los datos que más me horrorizó al leer un clásico de Szasz, La fabricación de la locura: Freud y su mentor no hablaron de perpetradores sino que diagnosticaron a las víctimas de los perpetradores. En su nota necrológica sobre Charcot, Freud escribió:

Al dictaminar la posesión diabólica como causa de los fenómenos de la histeria, la Edad Media está optando en realidad por esta solución; sería tan sólo una cuestión de cambiar la terminología religiosa de esa época oscurantista y supersticiosa por el lenguaje científico de la actualidad.[30]

Como ha señalado Szasz, esta es una afirmación extraordinaria. ¡Freud reconoce que la descripción sicoanalítica de la histeria es tan sólo una revisión semántica de la demonológica! Freud escribió su nota en 1893. En tiempos más recientes hay siquiatras e historiadores simpatizantes de la siquiatría que siguen diciendo exactamente la misma imbecilidad. Por ejemplo, en Nueva historia de la psiquiatría, publicado en Francia en 1983, los editores Jaques Poster y Claude Quétel escribieron una nota biográfica sobre Johann Christian Heinroth y las palabras que usaba. Este siquiatra decimonónico identificaba a la enfermedad mental con el pecado. Poster y Quétel comentaron que el vocabulario luterano de Heinroth había sido muy criticado, y que en nuestros tiempos había caído en desuso. Pero a renglón seguido añadieron: “Sin embargo, si sustituimos la noción de ‘pecado’ por la de ‘culpabilidad’, muchas de sus ideas adquieren una dimensión curiosamente moderna”.[31] Otro de los contribuyentes de artículos, el siquiatra mexicano Héctor Pérez Rincón, escribió: “No se puede hablar de la historia de la psiquiatría de la Nueva España sin tomar en consideración […] la actividad de la Inquisición en algunas conductas que hoy día serían calificadas de psiquiátricas”.[32] Así que en un libro publicado un siglo después del pronunciamiento de Freud hay siquiatras que siguen manteniendo que su nuevahabla es sólo una revisión semántica de la ideología de la Inquisición.

En el siglo IV las etiquetas estigmáticas eran pagano y hereje. Mil años después ya no había paganos grecorromanos, sólo herejes, pero surgió un nuevo grupo a estigmatizar: las brujas. En 1486 los teólogos dominicos Jacob Sprenger y Heinrich Krämer publicaron el Malleus Maleficarum, literalmente el martillo de las brujas: el manual medieval que sería el Mein Kampf de su tiempo, la fuente ideológica de terror para innumerables mujeres: una cacería inhumana que duraría siglos.[33] No se sabe a ciencia cierta el número de mujeres asesinadas, pero algunos cálculos arrojan la cifra de cien mil a medio millón. La última ejecución por “brujería” se realizó en Polonia en 1793.

Por increíble que parezca, estas víctimas de cristianos enloquecidos no son consideradas como tales en los escritos de los siquiatras. Siguiendo a Charcot y a Freud, los siquiatras hablan de neuropatologías refiriéndose no a los inquisidores, sino a sus víctimas. Szasz observa que, para los historiadores de la siquiatría Franz Alexander y Sheldon Selesnick, el hecho que estas mujeres fueron torturadas y quemadas fue suficiente para convertirlas a ellas, no a sus asesinos, en objetos de interés médico. ¿Y qué dicen los siquiatras de los autores del Malleus? Gregory Zilboorg, otro historiador de la siquiatría, les llamó “dos dominicos honestos”. Similares palabras de admiración pueden leerse en los escritos de Jules Masserman, otro siquiatra.[34] Evidentemente, estos médicos tan soberbios como esos teólogos medievales diagnostican “psicopatologías” siglos después, sin haber examinado médicamente a ninguna de las mujeres. A esto le llamo Lógica Wonderland, haciendo referencia al cuento de Lewis Carroll: el surrealismo de castigar a la víctima y no al perpetrador. El punto de mayor relevancia en la Wonderlandia siquiátrica es que actualmente muchos siquiatras creen en esas historias oficiales de siquiatría. Incluso hay estudiantes que en el nuevo siglo aceptan tales historias. Por ejemplo, en su tesis para obtener el título de licenciado en sicología en la Universidad Nacional Autónoma de México en 2001, Guillermo Gaytan escribió: “el Malleus Maleficarum de Sprenger y Krämer, libro que puede ser considerado como un verdadero tratado de psicopatología, que además contaba con una buena cantidad de medidas correctivas”.[35]

¡Medidas correctivas! Esto casi aprueba la quema de las mujeres en la estaca. Afortunadamente, para los historiadores que no son siquiatras o sicólogos, como Hugh Trevor-Roper, la cacería de brujas fue a todas luces una empresa paranoica en la cristiandad. Después de la Ilustración no hay excusa en ver de otra manera ese capítulo de la historia. No me extraña que un individuo que etiqueta de histérica a la víctima de fanáticos haya tratado como trató a algunas de sus pacientes.


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[1] David Cooper, citado en Francisco Gomezjara: “La otra psicología” en Alternativas, pág. 76.

[2] Freud a James Putnam, citado en Thomas Szasz: Ideología y enfermedad mental (Amorrortu, 2000), pág. 30. También leí esto en Masson: Final analysis, págs. 39s.

[3] Citado en Louis Breger: Freud: el genio y sus sombras (Javier Vergara, 2001), pág. 71.

[4] Ibídem, pág. 72.

[5] Citado en Masson: Juicio a la sicoterapia, pág. 43.

[6] Ibídem, págs. 27 & 42.

[7] Hanna Breuer, citada en Breger: Freud, pág. 174. La relación entre Josef Breuer y Freud se explica en tres capítulos del libro de Breger.

[8] Martin Gardner: “Freud, Fliess y la nariz de Emma” en La nueva era (Alianza Editorial, 1990), pág. 52.

[9] Freud a Wilhelm Fliess, citado en Breger: Freud, pág. 184.

[10] Gardner: La nueva era, pág. 55.

[11] Freud a Wilhelm Fliess, citado en Breger: Freud, pág. 196.

[12] Leí esto en ibídem, pág. 511.

[13] Ibídem, pág. 212.

[14] Masson: Juicio a la sicoterapia, pág. 56.

[15] Citado en Breger: Freud, pág. 162.

[16] Ibídem, pág. 213.

[17] Ibídem.

[18] Masson: Juicio a la sicoterapia, pág. 65.

[19] Freud, citado en Szasz: La fabricación de la locura, pág. 191.

[20] Leí varias citas de Freud a Fliess sobre la masturbación en Szasz: Pharmacracy, págs. 102s. Véase también La fabricación de la locura, págs. 189-194.

[21] Oliver Freud, citado en Breger: Freud, pág. 375.

[22] Ibídem. En las páginas 244ss Breger escribe sobre un caso distinto en el que Freud mostró un amplio criterio y no condenó la masturbación de Albert Hirst, uno de sus pacientes. Pero Freud jamás habló del caso en sus escritos: lo que se sabe se debe a lo que Hirst mismo contó.

[23] Freud, citado en ibídem, pág. 305.

[24] Ibídem, pág. 339.

[25] El mito de la psicoterapia de Szasz contiene un capítulo sobre Freud y la electroterapia.

[26] Szasz: Anti-Freud, págs. 135s (nota a pie de página).

[27] Estas observaciones las tomé enteramente de ibídem, pág. 136. Un relato más detallado sobre estos sucesos y la extraviada vida de Otto Gross aparece en Richard Noll: Jung: el Cristo ario (Vergara 2002), págs. 106-114.

[28] Basaglia y otros: Razón locura y sociedad, págs. 178s.

[29] Ibídem, 179-184.

[30] Freud, citado en Szasz: La fabricación de la locura, pág. 87.

[31] Jaques Poster y Claude Quétel (coordinadores): “Diccionario biográfico” en Nueva historia
de la psiquiatría
(Fondo de Cultura Económica, 2000), pág. 652.

[32] Héctor Pérez-Rincón: “México” en ibídem, pág. 525.

[33] Hay una versión en castellano del Malleus bajo el título de Compendium Maleficarum publicado en 2001 en Valencia por el Club Universitario.

[34] En el capítulo “La bruja como paciente mental” de La fabricación de la locura Szasz expone la postura de Charcot, Freud, Zilboorg y demás médicos sobre la Inquisición, así como en “Teología, hechicería e histeria” de El mito de la enfermedad mental (Amorrortu, 1982).

[35] Guillermo Gaytan-Bonfil: El diagnóstico de la locura en el Manicomio General de La Castañeda (tesis de licenciatura en la Facultad de Psicología, UNAM, 2001), pág. 3.

Páginas 222-225 de Hojas susurrantes

La naturaleza del mal: Amara (IV)



No es que brujas y pacientes mentales sean cosas parecidas. Al contrario: es la semejanza existente entre psiquiatras e inquisidores lo que hace que traten a las víctimas de idéntico modo.

Thomas  Szasz [1]



En abril de 2001 mi hermano Germán me reveló algo que me dejó mudo. Según Germán, Amara “le vendió la idea a nuestros padres” que yo tenía “un mal genético”, que iba a “ponerme mal” y que nuestros padres “no tenían la culpa” de esa “enfermedad”. Tan nada de culpa tenían nuestros padres del daño que me habían causado de chico que, según les informó el profesional: “Ni siquiera si ambos de ustedes fueran sicoanalistas habrían podido ayudar a su hijo enfermo”.

Pocas cosas, lector: muy pocas cosas han despertado un odio más abismal en mí que la confesión de mi hermano.

Si Amara pronunció esas palabras contribuyó no sólo a destruir mi vida sino a que mi familia no se redimiera. Como cuento en la Carta, en mi adolescencia mis padres me metieron a una espiral de estrangulamiento emocional. Ahora bien, el ver devastado a su hijo podría haberlos hecho reflexionar sobre sus actos. Al menos era una posibilidad. La gracia podría haber llegado a sus corazones: uno de ellos podría haberse arrepentido y tratar de enmendar lo que hizo.

¡Qué fácil habría sido para el menor que fui perdonarlos y rehacer mi vida!

Pero como ni mi padre ni mi madre hicieron un examen de conciencia, mi perdón jamás llegó. Mi alma nunca alcanzó la paz ni pude rehacer mi vida. Abandoné mi vocación de cineasta; no hice carrera ni tuve pareja y caí en enajenantes sectas.

¡Y es que la absolución biologicista de Amara ante el crimen parental fue total, absoluta! Ni la sociedad ni mis padres ni mis conocidos cobraron conciencia del crimen. Si le doy credibilidad al testimonio de Germán, el siquiatra fungió como un diablo susurrante en sus oídos para que nuestros padres jamás vieran su pecado. De hecho, su conciencia quedó tan limpia por la absolución de Amara que, en años subsecuentes, mi madre repitió sus patrones de conducta hacia sus otros hijos. Acosó, maltrató y humilló terriblemente a las dos hermanas que me siguen y sus vidas quedaron arruinadas.

¿Se entiende por qué aborrezco al diabólico reduccionismo de Giuseppe Amara? Volvamos a la entrevista que tuve con él el 22 de febrero de 1988. Había citado cinco puntos de mi diario, pero omitido el último.

Dijo Amara que “como no tenía la capacidad de agarrar de la orejita al padre esquizógeno y regañarlo”, entonces trata “al eslabón más afectado”. Pero que sí era una enfermedad familiar y social: último eslabón – padres – abuelos – toda la sociedad. Que Laing decía que “estamos mal debido a otros” y que “si no fuera por los otros, no estaríamos mal”. Pero que un maestro italiano suyo de siquiatría le dijo que “sólo se trata al último eslabón”. Por lo mismo, y como no es posible lo de la orejita, “hay que tratar con el eslabón más afectado solamente” [énfasis en su voz]. Que por eso me recetó Majeptil como antipsicótico. “Había la posibilidad” [de quiebre psíquico] según él. Que pensó en la posibilidad del quiebre por mi ocasional tortícolis, que aunque le sucede a la gente normal el problema es que me pasó “dentro del cuadro de carácter esquizoide”.

La estupidez, monstruosidad e inmoralidad de esta posición es apenas concebible. Si a Dora la viola el padre, OK, como el siquiatra no puede traer de la oreja a una figura poderosa trata al último eslabón, ¡la víctima! Y no duda en administrar peligrosísimas drogas que producen tormentos no al violador ¡sino a la víctima! A fin de cuentas, el que le paga es el violador ¿no? Por si este surrealismo fuera poco, la supuesta “tortícolis” —distonía en realidad— ¡él mismo, Amara, la causó! Había sido el efecto directo de su droga. ¿No pudo relacionar Amara el químico que le sugirió a mi madre ponerme a hurtadillas con la distonía que provocó (curiosamente, sin ser médicos mis padres sí vieron la relación)?

Comparemos la filosofía de Amara con cualquier crimen. ¿Qué sería de un mundo donde los violadores, asesinos y asaltantes quedaran impunes mientras que sus víctimas fueran a las cárceles y se les administrara químicos que producen acatisia y distonías?

Este es el arte de culpar a la víctima. Esta es la Lógica Wonderland donde vive una casta parasitaria en nuestra sociedad: martillar no al inquisidor, sino a su bruja.

Esta es la naturaleza del mal. Lo que Amara hizo en mi familia fue sancionar una psicosis parental (“Todos, incluyendo Amara, nos dieron la razón” —mi padre). Para el médico de Julie La Roche, para Freud con Dora, para el director del departamento donde estudió Masson —ese gran retórico que hablaba con resonante voz sobre un indefenso niño—, los padres son intocables. Todas las acciones, incluyendo la hospitalización involuntaria, se toman contra Dora, contra los jóvenes, contra “el eslabón más afectado” según el maestro de Amara.

Hemos visto que un padre puede ser más devastador que Mengele; hemos visto que según Modrow su pánico fue la experiencia más demoledora que puede sufrir una persona, y que la revictimación de una víctima conduce a la sensación de la traición del universo. Tomando en cuenta que Yakoff logró mantener la cordura después del ataque de Mengele pero no Modrow ante el ataque de sus padres y el siquiatra, el terapeuta que contribuye al asesinato de almas ¿no es peor que un Mengele?

Lo más grave es que en el fondo estos siquiatras vislumbran la verdad y hasta citan a sus enemigos antisiquiatras (“Estamos mal debido a otros; si no fuera por los otros no estaríamos mal”). ¡Pero a esos otros los tienen por intocables! ¿Y cómo van a tocarlos si son precisamente la fuente de ingresos del siquiatra?

Los terapeutas no pueden traer de la oreja al poderoso industrial que sedujo a Dora. A tratar pues al último eslabón: a la jovencita. Encarcelémosla en falsos hospitales o controlémosla con drogas que producen el peor de los tormentos psíquicos según los disidentes rusos. Eso fue lo que enseñó no sólo el maestro de Amara sino lo que enseñan las escuelas de siquiatría en el mundo (“Cuando en la familia un hijo manifiesta una gruesa patología…”). Si tales revictimaciones producen pánico, más fuertes drogas han de administrarse (Amara inició su “tratamiento” con antidepresivos y lo culminó con el neuroléptico más agresivo).


Análisis final

Los paidosiquiatras fueron víctimas de inefables abusos por sus padres, pero, gracias a su profesión biorreduccionista, idealizaron a sus padres y reprimieron la rabia que sienten hacia ellos. Amara mismo, quien no puede soportar el dolor de su niñez, me confesó que de chico él había sido víctima de una madre esquizógena y que en su patética vida no salía de su casa: se quedaba dando vueltas y vueltas oyendo la Sinfonía Patética de Tchaikovski.

En esta Wonderland donde todo está invertido son los chicos más cuerdos quienes se rebelan ante la insanía adulta; quienes inadvertidamente les recuerdan a estos profesionales cómo habían sido ellos mismos sojuzgados. A fin de evitar el ansia que provoca tal saber proscrito, reprimen el asunto en bloque; les cuelgan un rótulo, y les administran la minusvalidante droga. El añejo y transferido odio hacia los padres del propio analista culmina así con el asesinato del alma de una nueva Dora.


[1] Szasz: La fabricación de la locura, pág. 140.

Páginas 225-227 de Hojas susurrantes

Cómo asesinar el alma de tu hijo *



En primer lugar cásate con un hombre supercariñoso con los niños: alguien que tenga ángel con ellos y que a la vez que puedas manipular.

En segundo lugar debes de entender que tu hijo es parte de tu mente. Sus pensamientos, sentimientos y deseos son propiedad privada tuya: son parte de tu heredad. Su emergente mentalidad es como una computadora y tienes el deber y el derecho de programarla a tu antojo.

Toda iniciativa, espontaneidad natural o voluntad propia del niño que no refleje tu programación es síntoma de enfermedad mental, por lo que debes acosarlo inmisericordemente.

Si al llegar a la pubertad se rebela ante tu conducta absorbente, acude a tu esposo. Él tiene más fuerza que el chico y si usas tus artes femeninas para que lo humille públicamente con tremendas bofetadas en la carita, mejor. Mientras más duro le pegue el supercariñoso papá, mayor trauma ocasionará.

El objetivo es provocar una bestial confusión de sentimientos: que aquél que más amor le dio de niño sea quien le muestre el mayor odio de adolescente.

Esta es la clave para asesinar el alma de tu hijo, y si tu marido falla en desarrollar el don de la licantropía quizá no alcances tus objetivos. Recuerda que nada socava más la mentalidad sensible y en formación de un niño o jovencito que adora a su querido papá que este tipo de inexplicables cambios.

Si aún con estas medidas no has llegado a su yo interno para lesionarlo, ¡busca los servicios de un especialista! Un siquiatra o médico sicoanalista hará un buen trabajo. Tu hijo irá en sesiones forzadas a la Secretaría del Amor…

Dado que ya se encuentra en estado de shock por los tamaños insultos y golpes de su querido papá tendrás una oportunidad de oro para precisamente en ese instante de máxima vulnerabilidad volverlo a victimar a fin de producir un daño psíquico irreversible. Si además escoges a un profesional de gentiles modales y fama en los medios, nadie sospechará nada de la drástica medida que tomaste.

Si en la terapia del O’Brien tu hijo sufre de ataques de pánico y desarrolla delirios (“mi mamá quiere poseer mis pensamientos”, “mi padre se convierte en el Sr. Hyde”, “un médico que ellos contrataron me quiere envenenar con drogas”), no vayas a creer que son resonancias de tu espléndida educación o del ataque médico. El terapeuta te informará que bajo ninguna circunstancia hay que culpar a los padres de la perturbación emocional de tu hijo. Todo lo contrario: la evidencia de un defecto biológico en tu crío es irrefutable. Este hombre sabio en bata blanca tiene un Malleus Maleficarum DSM donde fácilmente encontrará el nombre de su padecimiento. Una vez diagnosticado su prescripción será bombardear el cerebro del alucinado con el neuroléptico más incisivo. Los ataques de pánico y la acatisia consecuentes, ambos efectos de la droga, serán más que suficientes para controlarlo. La acatisia es realmente infernal: y la gente creerá que las crisis son cosa de tu enfermito, no de la droga que a escondidas le sueles poner en sus sagrados alimentos.

Eso sí: asegúrate que no se salga con la suya y evite la lobotomía química. ¡No sea que ya crecido vaya a escribir una autobiografía! En cambio, si toma sus medicinas quedará tan manso como un cordero, y jamás podrá decir lo que tú, tu marido y el siquiatra le hicieron.

Entonces tendrás al adorado hijito de tus sueños. Podrás vestirlo, darle de comer y, dada su irreversible disquinesia tardía, cambiarle sus pañales.

Y recuerda: tienes a tu esposo, a la institución médica y a la sociedad entera de tu lado…


*  con la ayuda de un siquiatra

 

Fin del segundo libro de Hojas susurrantes