El huérfano internado

No vejéis al extranjero, al huérfano y a la viuda, no los maltratéis y no derraméis en este lugar sangre inocente. – Jeremías [1]

ALGUNOS lectores se habrán quedado bajo la impresión que exageré con mi hipotética Dora —no la Dora real de Freud— al afirmar que los siquiatras son el martillo de las víctimas. Para despejarla citaré completo y sin interrupción el testimonio de John Bell: un niño a quien se le murieron sus padres y, como mi Dora, fue martillado por siquiatras. El testimonio de este huérfano complementa lo que he querido decir sobre por qué debemos abandonar el vocabulario de los siquiatras, y por qué jamás debemos insultar a un hermano con un diagnóstico siquiátrico independientemente del grado de devastación emocional que esté sufriendo.

El testimonio de John Bell fue publicado en Speaking our minds, una antología tanto de gente perturbada por las tragedias de la vida como de sobrevivientes de la siquiatría.

Etiqueta removida, pero la huella permanece

Hay un dicho que dice “Los palos y las piedras pueden romper mis huesos, pero los insultos nunca me herirán”. La verdad es que hay un insulto que me causó más dolor y pena de lo que se pueda imaginar, y no sólo la palabra, sino todo lo que va con ella. El insulto en cuestión es “esquizofrénico”.

Tres días antes de la Navidad de 1968, mi padre murió de cáncer. Cinco semanas más tarde mi madre le seguía. En tan corto tiempo había dejado de ser un niño de escuela feliz y despreocupado para convertirme en un huérfano. Apenas había cumplido catorce años en ese tiempo. Fui a quedarme con mi tío hasta que se hicieran los arreglos para que alguien me adoptara o se me enviara a un orfanato.

Desgraciadamente nunca llegué a ese nivel. Un día al regresar de la escuela un coche me tumbó de la bicicleta. Como resultado fui admitido al hospital con una severa contusión. Salí después de una semana pero comencé a tener ataques de ansiedad, algo que me han dicho es muy común después de una contusión.

Mi médico no lo vio de ese modo y me mandó con un siquiatra, quien dijo que estaría mejor en un hospital. Cuando me dijo qué hospital rehusé categóricamente: era el lugar que mi madre había llamado “Asilo Lunático Cotford” donde metían a los locos. Su nombre era Hospital Mental del Valle Tone. Pero el siquiatra de todos modos me recetó unas drogas que, según él, me ayudarían.

Hicieron lo opuesto. Los efectos de las drogas fueron terribles y como resultado terminé en otro hospital donde me hicieron pruebas, incluyendo una punción lumbar. En septiembre de 1969 me llevaron al Hospital del Valle Tone y la única razón que me dieron es que querían darme de alta del otro hospital y no tenía a donde ir. La verdad es que el siquiatra le había dicho a mi tío que sospechaba que tenía esquizofrenia y que estaría mejor en ese hospital.

Este fue el inicio de una serie de eventos que destruyó mi vida.

En el Hospital del Valle Tone había una unidad especial llamada Merryfield donde, debido a mi edad, me correspondía haber ido. En lugar de eso me llevaron al hospital principal, que resultó en una experiencia pavorosa. Yo sabía que nada malo había conmigo, que no necesitaba estar en un hospital mental, pero desafortunadamente era el único que veía las cosas de esa manera.

Los siguientes siete meses fueron el infierno. No tenía sentido tratar de hablar con los enfermeros ya que todo lo que hacían era burlarse de mí. Mi tío se tomó la molestia de visitarme entonces y después, pero siempre sabían cuándo iba a venir y subían la dosis de Largactil [un neuroléptico] a un nivel que me impedía levantarme.

Más de una ocasión los enfermeros me dieron una paliza. Les gustaba hacerlo y me dijeron que nadie me creería. Tenían razón. Como me dijo el enfermero encargado: “¿Quién va a creerle a alguien en un hospital mental? Nosotros te clasificamos que estás enfermo. Diles a otros lo que quieras pero no te harán caso”. Una vez traté de decirle a mi tío lo que me hacían pero no creyó una palabra. Como resultado, me inyectaron Paraldehido.

La peor cosa que padecí en los primeros siete meses es algo que he tratado de ocultar todos estos años. Una noche fui objeto de abuso sexual por otro paciente. Cuando terminó me tiró al suelo y me enfurecí sobremanera. Lo único que hizo el enfermero es quedarse parado y reírse.

Tuve una tregua cuando el médico superintendente principal salió de vacaciones. La doctora que ocupó su lugar me llamó un día a su oficina, y me dijo que un hospital mental no era lugar para un muchacho de mi edad, que no veía nada malo en mí, y me dio de alta.

Lo que creí que era el fin fue sólo una tregua. Se le llamó a un trabajador social para que regresara a casa de mi tío, pero cuando llegué mi tío se horrorizó. Dijo que no podía tener a un esquizofrénico en casa y todos compartieron su punto de vista. No había una sola persona que quisiera saber de mí.

Mi alma no podía más: robé una motocicleta y me estrellé adrede en un muro de ladrillo. Quería morir, no tenía ya nada por qué vivir; estaba solo en un mundo inmenso y desalmado y con la amenaza de regresar al hospital. Cómo fue que sobreviví es un milagro. Pero quedé muy mal. ¡Ojalá y no hubiera sobrevivido: me habría salvado de lo que se venía!

Me regresaron al Hospital del Valle Tone bajo el artículo 25 de la Ley de Salud Mental de 1959. Antes que terminaran los veintiocho días [estipulados por la ley] me dieron un papel diciendo que se me detenía bajo el artículo 26 y que el diagnóstico oficial era “esquizofrenia”. Entonces me llevaron a la parte trasera del hospital, a unos pabellones cerrados. El enfermero encargado de este pabellón me dijo que la única manera de salir de allí sería cuando me transfirieran al pabellón geriátrico de abajo, o en un ataúd.

Había setenta pacientes en ese pabellón y era imposible hablar con ellos. Sus mentes habían sido destruidas. Vi que a algunos de estos pobres tipos les daban electroshocks sin ningún doctor presente. Yo fui víctima de eso un par de veces. Apenas pasaba un día sin que fuera golpeado por un enfermero. Ni eran enfermeros, más bien custodios. Algunas cosas que sucedieron fueron verdaderamente increíbles.

Un día me llevaron a la oficina del médico superintendente principal, quien me dijo que mi condición estaba empeorando y que estaban considerando hacerme una pequeña operación que me aseguró me haría sentir mucho mejor. De regreso al pabellón fui escoltado por dos enfermeros que se deleitaron en mostrarme el cuarto de las operaciones donde “compondrían” mi cerebro.

Creo sinceramente que la perrera municipal trata mejor a los perros callejeros que como fui tratado en el pabellón Hood. Después de dos años me dieron de alta. Me llevaría mucho decir cómo, pero puedo decir que fue casi un milagro. No obstante, el hecho que me hayan etiquetado de esquizofrénico destruyó mi vida desde entonces. Todo lo que he querido hacer ha sido estropeado por esa sola palabra y por el hecho que, de chico, estuve en un hospital mental. Para conseguir empleo, por ejemplo, la gente es renuente a trabajar con uno cuando averigua que estuvo internado. Se sienten amenazados.

Lo que me pasó hace años me hizo un gran daño, un daño que jamás podrá repararse o revertirse. Me lo quitaron todo: mi juventud, mis derechos como ser humano, mi dignidad, mi respeto. Pero logré asirme de mi mente, por lo que en los últimos dieciocho años he tratado de luchar para probar que fui agraviado. Luché tan duro que al final no pude más y caí enfermo, tan enfermo que en junio de 1990 me admitieron una vez más al Hospital del Valle Tone: ¡el lugar del que había jurado jamás volver! “Otra vez a la escena del crimen” dijo un enfermero.

Pero valió la pena regresar. ¿Por qué? Porque las respuestas que había estado buscando por tanto, tanto tiempo las obtuve en el lugar que menos me imaginaría: el lugar responsable de todo lo ocurrido.

Me asombró cuánto había cambiado en dieciocho años. El edificio era el mismo, pero los métodos de enfermería habían cambiado y para bien me alegra decir.

El pabellón donde estuve hace años estaba cerrado y tapiado. Lo que me sorprendió es que se tomaron la molestia de abrirlo por un breve tiempo para que pudiera dejar descansar algunos fantasmas de mi pasado. El lugar llegó a mis emociones y me llenó de enojo pensar cuántas vidas fueron arruinadas en ese pabellón.

Mi otra gran sorpresa fue que durante una junta con mi siquiatra, el doctor Hunt, éste me dijo que no podía hallar evidencia que haya sido un esquizofrénico, que el diagnóstico de esquizofrenia fue erróneo y que me daría una carta para ese efecto. Todos los empleados se asombraron y me dijeron que de ninguna manera el doctor Hunt lo haría. Pero lo hizo. Muchas personas me han dicho que en la profesión médica es la primera vez que esto sucede. Significa mucho para mí porque ya no tengo que probar que jamás sufrí de esquizofrenia. Pero no justifica lo que sucedió y cómo arruinó mi vida desde entonces. Nadie puede regresarme lo que perdí. Cuando estuve en el Hospital del Valle Tone el último año me sugirieron que escribiera un libro, y lo estoy haciendo. Necesito escribirlo no sólo por mí, sino por todos los demás que no pueden contar su historia: cómo fueron destruidos y cómo jamás tuvieron la más leve oportunidad. Lograr que se publique es mi único problema. No sé cómo hacerlo. También quiero luchar para mejorar las condiciones de aquellos diagnosticados de “enfermos mentales”. Como me dijo el enfermero de llaves, Chris Parker, “La siquiatría ha cambiado mucho desde que dejaste el hospital en 1972, pero aún tiene un largo camino por recorrer”.[2]

Este caso es sólo uno entre miles de personas revictimadas por la siquiatría institucional. Es obvio que si sus padres no hubieran muerto John Bell jamás habría sido diagnosticado ni internado. El caso ilustra perfectamente que sus perturbaciones emocionales se debieron a la tragedia de la muerte de sus padres, no a una anormalidad biológica que requiriera de encarcelamiento médico. Diagnosticar y encarcelar fue a todas luces revictimar a una víctima: algo que ni el doctor Hunt pudo indemnizar.

El caso Bell muestra una vez más que los siquiatras se alían incondicionalmente con los padres o tutores. El hecho que un tío egoísta haya querido desembarazarse de la tutela de su sobrino de catorce años fue suficiente para que un siquiatra lo etiquetara como paso previo a internarlo a un lugar donde otras víctimas eran sistemáticamente retraumatizadas hasta ser enloquecidas. Cierto que en algunos aspectos las condiciones siquiátricas han mejorado en Inglaterra, pero como se verá en las próximas páginas los siquiatras han cambiado la tradición de encarcelar a los huérfanos, maltratados y desposeídos por la moda actual de controlarlos con químicos.

Bell tuvo la increíble suerte de toparse con un médico compasivo que le dijo que nunca había sido un enfermo. En realidad, nadie es un enfermo mental en sentido biológico, por lo que no puedo estar de acuerdo con Chris Parker en que la siquiatría “aún tiene un largo camino por recorrer”. Szasz diría simplemente que hay que abolir al tipo de institución que penitenció a un Bell. Asimismo, la Inquisición no requería de reforma alguna: sólo de abolición. Lo que los nuevos inquisidores le hicieron a Bell fue posible debido a los artículos 25 y 26 de la Ley de Salud Mental de 1959, la base del poder siquiátrico de Inglaterra en ese tiempo. En la actualidad está en vigencia la equivalente ley de 1983.

Quienes creemos en los derechos humanos debemos luchar para derogar la ley inglesa del 83 y las leyes equivalentes en las demás naciones.

Referencias

[1] Jeremías: 22:3.

[2] John Bell: “Label removed, but scar remains” in Jim Read and Jill Reynolds (eds.): Speaking our minds: an anthology of personal experiences of mental distress and its consequences (The Open University, 1996), pp. 105-110.

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Published in: on mayo 16, 2009 at 12:45 pm  Comments (4)  

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4 comentariosDeja un comentario

  1. Mi novia tiene 25 años, estudiaba estaba comiendo y durmiendo mal y bebiendo poco, tuvo un shock emosional y por una discucion con su ex se olvido 2 anticonceptivas, tomo 2 juntas y se volvio a olvidar, se sentia rara y tenia altibajos de animo, fui a pedir un sertificado a un psiquiatra y le diagnóstico estress y me dio para tomar 0,25 de bromasepan lo que le dio taquicardia, al ir nuevamente al psiquiatra por obsecion y comensar a tener ideas raras le dio quetiapina 200mg, la cual le hacia tambalear y ver borroso, la llevaron a otro psiquiatra y me diagnosticaron brote psicotico y le dieron bromperidol, olanzapina y pastilla para dormir, tubo rigides y parquinson químico, le hicieron estudios luego de medicarse y le salio un quiste aracnoideo en el temporal izquierdo, le sacaron la medicación y la movilidad no le volvia. Le dieron akineton y tampoco. luego Cloripramida, Benzodiasepina y Monoperidona. No se si fue casualidad pero le volvio. En total estuvo 3 meses con antisicoticos y 3 semanas con el antidepresivo y la pastilla para dormir…Ahora no toma nada y se siente extraña…Siento su mente desequilibrada y tiene la sensacion que los mismos antisicoticos provocan la enfermedad.Mi idea es con alimentacion sana volver a equilibrar el cuerpo…Como puede mejorar?!!!…

  2. Si estoy de acuerdo en algunas cosas pero ami me serbia el medicamento,pero un dia no lo necesite mas porque conosi a un dios vivo y con su inmenso poder y misericordia me ha liberado y ya no tomo esas horribles pastas que por diez años fueron una verdadera tortura para mi gloria y honrra para Dios Todo poderoso que esta en el trono.

  3. Mau los efectos de los psicotropicos son exactamente los qu tu novia ha tenido esoas son los verdaderos cambios sobre el comportamiento y sobre la salud.Si tu novia necesita ayuda que se vaya a alguien que sea experto en modificación de conducta

  4. María y Anónimo: Ni las drogas siquiátricas ni el misticismo ni la terapia son respuesta racional a los traumas que nos infligieron en casa. Por favor, lean los libros de Alice Miller. Ahí está gran parte de la respuesta.


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