Páginas 163-171 de Hojas susurrantes

Estados dentro del Estado: las leyes y la siquiatría


El hombre de ciencia actual es una mezcla de psicólogo y policía que estudia… los efectos de las drogas… la terapéutica del shock y la tortura física.

Orwell [1]



Según Hobbes, una de las definiciones de Estado es el monopolio de la violencia. Un individuo común no puede ejercer violencia hacia otro individuo, pero el poder ejecutivo, amparado por los poderes legislativo y judicial, puede hacerlo. El poder ejecutivo no sólo cuenta con un ejército para proteger a su pueblo o para atacar a una nación, sino que a través de la policía puede ejercer violencia hacia los ciudadanos en los casos estipulados por la ley.

Si los siquiatras fueran ciudadanos comunes y corrientes jamás podrían ejercer, o amenazar con ejercer, violencia alguna. Pero los siquiatras representan una clase privilegiada de ciudadanos: la sociedad les permite ejercer violencia hacia otros. Y no sólo eso: poseen cárceles especiales para estos fines que eufemísticamente llaman hospitales, que se encuentran fuera de la jurisdicción del sistema penal común.

El status excepcional de los siquiatras se descubre al estudiar tanto las leyes de las naciones democráticas como las leyes internacionales. En 1948 la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó la Declaración Universal de los Derechos Humanos, cuyo artículo 9 proclama que nadie puede ser arbitrariamente detenido o llevado preso. El último artículo de la Declaración promulga que ni el noveno ni el resto de los artículos pueden ser relativizados: “Artículo 30. Nada en esta Declaración podrá interpretarse [mis cursivas] en el sentido de que confiere derecho alguno al Estado, a un grupo o a una persona para emprender y desarrollar actividades o realizar actos tendientes a la supresión de cualquiera de los derechos y libertades en esta Declaración”.[2]

Entre otros artículos, la existencia de la siquiatría viola el artículo 30. El hecho de que algunos médicos tengan poderes para encarcelar a quienes diagnostiquen muestra que pertenecen a una elite que puede suprimir el derecho a la libertad. Es importante recalcar que, según el artículo 30, nada en la Declaración puede interpretarse como una excepción a los derechos ahí proclamados. Pero la excepción es evidente incluso en los países considerados modelo en la calidad de sus leyes.

Las leyes inglesas sobre salud mental son un medio mediante el cual se hace a un lado el derecho a la libertad de un ciudadano, garantizado tanto por la jurisprudencia común de esa nación como por la Declaración Universal de los Derechos Humanos y por el Artículo 5.1 de la Convención Europea de los Derechos Humanos. En la cita del folleto inglés había mencionado que la Ley de Salud Mental de 1983 del Reino Unido permite la admisión compulsiva al hospital siquiátrico, y que existen disposiciones similares en otros países. Esto significa una excepción dentro de la ley: el derecho a la libertad está garantizado en el trato de civiles entre sí excepto si el civil es un siquiatra. Al igual que el Estado, el siquiatra monopoliza la violencia legal en nuestras sociedades. Al igual que el Estado, el siquiatra tiene poderes para enviar a otro ciudadano a una prisión.

Nótese cómo los derechos constitucionales de un individuo a quien el siquiatra ha decidido etiquetarlo automáticamente quedan anulados. Si ahora tomamos como paradigma el derecho constitucional de los Estados Unidos, este individuo pierde el derecho a un rápido juicio público con un jurado imparcial (sexta enmienda), el derecho a fianza (octava enmienda) y el derecho a que ninguna persona sea privada de su libertad sin el debido proceso legal (catorceava enmienda). Desde este ángulo, no sólo Estados Unidos sino México, España, Canadá, Inglaterra y muchos otros países europeos, asiáticos, africanos y latinoamericanos albergan una suerte de miniestado dentro del Estado.

“Estado Terapéutico” es una expresión acuñada por Szasz en 1963 para referirse a las naciones que se presumen libres pero que, a través de la institución médica, poseen algunos rasgos totalitarios. Si el acusado de enfermo en una de estas naciones, digamos, en un país europeo, no está de acuerdo con la excepción legal de su país a favor del siquiatra, tampoco puede apelar al derecho internacional.

El artículo 5 de la Convención Europea de los Derechos Humanos inicia: “Todo individuo tiene derecho a la libertad y a la seguridad de su persona. Nadie puede ser privado de su libertad” (5.1). No obstante, el artículo continúa: “excepto en los siguientes casos y de acuerdo con los procedimientos descritos por la ley […]: la detención legal de personas para prevenir la diseminación de enfermedades infecciosas; de personas de mente insana, alcohólicos, drogadictos o malvivientes”.[3]

Podemos estar de acuerdo con el inciso de prevenir infecciones y epidemias: el poder de decidir quién está infectado y/o infectando recae sobre los científicos que pueden detectar en sus laboratorios la existencia de enfermedades patógenas. Pero qué significa exactamente el otro grupo, personas de “mente insana”, es algo que sólo el siquiatra tiene el poder de decidir, ya que en estos casos no existen pruebas de laboratorio. El mismo Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales, cuarta edición (DSM-IV), dice sin reparos sobre el caso más típico de mente insana para los siquiatras: “Ningún hallazgo de laboratorio ha sido identificado que sea diagnóstico de la esquizofrenia”.[4] En julio de 2005 Steven Sharfstein, presidente de la Asociación Psiquiátrica Americana, fue citado en People Magazine: “No tenemos una prueba limpia de laboratorio” refiriéndose a las enfermedades mentales. Así, la segunda parte del artículo de la Convención Europea invalida tácitamente a la primera: deja a la entera discreción del siquiatra decidir quién será privado de su libertad por una “enfermedad” acerca de la cual pruebas de laboratorio no existen: es decir, una enfermedad metafórica.

Estampar a alguien con la etiqueta de enfermo significa que se ha dado el primer paso político para su encarcelamiento. Por ejemplo, en la década de los sesenta más estadounidenses perdieron su libertad acusados de mente insana que por un crimen.[5] En otras palabras, los siquiatras tienen los poderes para encarcelar a un ciudadano que no ha roto la ley.

Algo similar a lo dicho sobre la Convención Europea puede decirse de la Unión Americana por los Derechos Civiles y el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos: los siquiatras que ejercen su profesión en el continente americano tienen los poderes para derogar el status civil de un ciudadano a un nivel inferior al del criminal común. Pongamos el caso del asaltante de un banco que mató al policía y a unos clientes en la escaramuza. De ser aprehendido, tiene derecho a un juicio imparcial y a un abogado, así como el derecho a no ser atormentado o mutilado. En cambio, el individuo identificado por un siquiatra automáticamente pierde estos derechos: se le encarcela sin juicio y sin un abogado que pueda apelar su causa. Lo que es más: puede ser incapacitado con electroshocks, atormentado con neurolépticos (y, en casos excepcionales, mutilado con psicocirugía).

Szasz ha dicho que las instituciones sociales involucradas en la violencia siquiátrica son la familia, la institución médica y el Estado. En mi caso, sólo por haber tenido un conflicto con mis padres el status de mis derechos, derogados por un siquiatra, fue inferior al del criminal común: no tuve a ninguna institución que pudiera defenderme legalmente ante su infame bombardeo químico. Siguiendo la línea del derecho internacional, en el caso del conflicto de mi familia la sociedad delegó a la discreción del siquiatra, en este caso al doctor Giuseppe Amara, decidir si algún miembro de la familia poseía una “mente insana”, con las potenciales consecuencias de encarcelamiento y/o empleo punitivo de drogas de la etiqueta. Y como hemos visto, en conflictos generacionales de los padres con los hijos la “identificación” invariablemente recae sobre los últimos.

Ronald Laing, el antisiquiatra más popular de los sesenta, declaró en una entrevista de 1988, un año antes que falleciera:

La economía controla la política, así que el punto central es la economía. Para saber lo que está sucediendo vea usted el manual llamado DSM-III, el Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales, tercera edición. Traducido a términos económicos y políticos, trastorno mental significa estados mentales, actitudes y conducta indeseables […].

El criterio del manual es muy útil para controlar a la población porque se lo puedes aplicar a cualquiera si surge una ocasión que así lo demande. Mire éste, “Trastorno negativista desafiante”, [6] éste está muy bueno (Laing lee del DSM-III):

La característica esencial es un patrón de desobediencia negativista y oposición provocativa dirigido a las figuras de autoridad. Por ejemplo, si existe una regla, es común que se viole. Si se le sugiere algo al individuo, éste está en contra de ello. Si se pide hacer algo, el individuo rehúsa o comienza a discutir. Si se pide contención en un acto, el niño o el adolescente se ve compelido a llevarlo a cabo.

Este no es un ejemplo excepcional sacado del DSM-III. La tendencia general es lo que la siquiatría moderna, compendiada en este manual traducido a dieciocho idiomas, está imponiendo al mundo: un mandato para desnudar a cualquiera de sus derechos civiles […] a fin de homogeneizar a la gente que está fuera de línea. Presentado como un ejercicio médico, es una operación encubierta.[7]

El DSM se redacta y se reelabora constantemente en Estados Unidos y se traduce, entre otros idiomas, al español.[8] En ese país la decisión de la Suprema Corte de Justicia Parham vs. J.R. de 1979 le dio carta blanca a los estados para promulgar leyes que permitan que los menores de edad sean hospitalizados si los padres y un siquiatra lo desean; no teniendo el chico ningún derecho a audiencia o juicio.[9] Qué mejor que darle la palabra a una de estas víctimas. A continuación traduzco la carta que el 12 de diciembre de 1999 una adolescente de nombre Rachel envió a un abogado norteamericano:

Soy una niña de dieciséis años que apenas acaba de salir de un “centro de tratamiento siquiátrico”. Estuve ahí más de cuatro meses porque se me diagnosticó el trastorno de personalidad limítrofe y depresión maníaca. Eso de personalidad limítrofe es la mayor pendejada [fucking joke] que he escuchado, lo único que describe es una adolescente inmadura. ¡Ja ja! Tampoco soy una maníaca depresiva. Los loqueros de ahí se las ingeniaron para convencer a todos que lo era, incluyendo a mis padres (“Ella tiene altas y bajas severas y también es impulsiva”). Me dieron muchas medicinas.

Los primeros dos meses en el hospital rehusé tomarlas. Mi conducta, pensamiento y estabilidad estaban bien, pero como no las tomaba era una “no condescendiente o preparada para dar de alta”. De manera que decidí tomar las medicinas en mi cachete. Era la única manera de salir de ese maldito lugar. Pero descubrieron que las ponía en mi cachete.

No he sido dada de alta aún. Y nunca lo seré, nunca. Pero mis padres decidieron firmar un CCM [contra el consejo médico] para que saliera de ese lugar. Por fin se dieron cuenta que no necesitaba estar en ese lugar y que nunca lo necesité.

A gente completamente normal se le tiene en esos centros de tratamiento. Adolescentes completamente normales. Nadie estaba loco. Ni siquiera una persona. Sólo eran adolescentes de padres divorciados. O adolescentes que tomaron pocas drogas. O adolescentes que expulsaron de la escuela. De pronto todos éramos limítrofes, esquizofrénicos, maníacos depresivos que “necesitábamos” hospitalización y medicación de largo plazo. Nos pusieron en grandes dosis de anti-psicóticos, estabilizadores del humor, anti-depresivos, anti lo que sea. Yo fui la única paciente que no tomó medicinas. Nunca tomaría medicinas siquiátricas. Las he tomado antes. No hacen nada excepto volverte en una zombi. Me embotan. Hacen que no puedas pensar bien. Todos los demás las tomaron.[10]

Más clara confabulación entre padres y siquiatras no puede haber. La sola voluntad de los padres bastó para encarcelar y liberar a un hijo. Es de admirar que Rachel, quien escribió la citada carta a los dieciséis años, la edad que yo tenía durante el conflicto con mis padres, tiene noción sobre qué son realmente los diagnósticos siquiátricos.

En los albores del siglo XXI los diagnósticos que se usaron contra ella y sus compañeros (“limítrofes”, “esquizofrénicos”, “maníacos depresivos”) son tan fraudulentos como los diagnósticos que los siquiatras del siglo XIX usaban contra las mujeres emancipadas (“demencia moral”, “folie lucide”, “ninfomanía”). El que esta situación continúe en nuestros tiempos es resultado de que nuestras sociedades han desnudado a los adolescentes del derecho a una audiencia o juicio cuando son acusados por sus padres y el siquiatra pagado por ellos.

El derecho a un juicio imparcial es uno de los rasgos que distingue a las sociedades libres de las totalitarias. Cuando existe un poder no restringido por el derecho, como el comunismo o el poder siquiátrico, tal poder corrompe. Y corrompe independientemente de que el poder de la siquiatría sea comparativamente menor que el poder del gobierno de un Stalin. Fue Lenin quien dijo que la dictadura es el poder que no está limitado por ninguna ley. ¿Cómo no va a estar corrupta la siquiatría si la manera como etiquetan a una niña para desnudarla de sus derechos no tiene dentro de nuestras sociedades fuerza alguna que lo supervise? La siquiatría es una profesión que se autorregula a sí misma; cumple la función del control de indeseables, sean mujeres liberadas de antaño, adolescentes rebeldes en la actualidad, drogadictos, malvivientes y muchos otros.

¿Cómo saber si una nación alberga a un miniestado dentro del Estado? Basta ver si tiene un sistema extralegal de penalidades, la operación encubierta de la que hablaba Laing en la cita de arriba, con el fin de no manchar la constitución del país. Para los legisladores sería demasiado embarazoso promulgar leyes contra mujeres en disputas con sus maridos, o contra adolescentes en disputas con sus padres. Los siquiatras se encargan de hacer el trabajo sucio (“demencia moral”, “demencia precoz”) que la sociedad en general, y los legisladores en particular, no se atreverían hacer abiertamente. Según esta definición, el ideal democrático de los derechos humanos ha sido abandonado en las naciones modernas.

Toda una crítica a esta política podría escribirse al respecto. Por ahora me limito a citar al siquiatra Guillermo Calderón Narváez, quien de 1966 a 1973 tuvo a su cargo la Dirección General de Salud Mental en México. A Calderón Narváez le dejó muy buena impresión el antiguo modelo siquiátrico soviético, y en su libro Salud mental comunitaria: un nuevo enfoque de la psiquiatría lo toma como un paradigma que el resto del mundo debiera imitar. El médico mexicano, con quien llegué a hablar por teléfono antes de que muriera, explica qué es esta novedosa siquiatría que contrae nupcias con el Estado:

La orientación moderna de la psiquiatría, que tiende a incorporarse a la salud pública […] ha suscitado la necesidad de transformar totalmente los programas pertinentes en todos los países. En los países de alto desarrollo, este cambio se está realizando con considerables recursos presupuestales que pueden solventarse en virtud de una economía próspera. En los países del ámbito socialista, por otra parte, se cuenta con un personal técnico muy numeroso, preparado para llevar los beneficios hasta el último de sus habitantes.[11]

Hasta el último de los habitantes… El ideal totalitario de la entonces Unión Soviética se explica por sí solo y no necesita comentarios. El unir la agenda del Estado al de la profesión siquiátrica da como resultado la formación de un “estado terapéutico”.

La lucha de Szasz es desmantelar el edificio médico-político construido por estos ingenieros sociales. Hay que reformar a la sociedad para separar a la institución médica del Estado así como en la primera enmienda de la constitución estadounidense se habla de una separación de la iglesia y el Estado. Infortunadamente, este sueño va a contrapelo del proyecto de las naciones. El poder inquisitorial de los siquiatras se encuentra bien afianzado en occidente, y la sociedad civil no se está movilizando para cuestionarlo. Sólo así es posible entender los honores que recibieron Viktor Frankl, Egas Moniz, Walter Freeman y muchos otros mutiladores de cerebros sanos.


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[1] George Orwell: Rebelión en la granja & 1984 (Editorial Porrúa, 2002), págs. 250s.

[2] Manual de derechos humanos: conceptos elementales y consejos prácticos (Castillo Impresores, 2000), pág. 52.

[3] Ian Brownlie (ed.): Basic documents on human rights (Clarendon, 1981), pág. 244.

[4] Diagnostic and statistical manual of mental disorders, fourth edition, DSM-IV (American Psychiatric Association), 1994, pág. 280.

[5] Thomas Szasz: The manufacture of madness (Syracuse University Press, 1997), pág. 65. El capítulo “The defense of the dominant ethic” no aparece en la traducción de este libro, La fabricación de la locura, que he estado citando en su versión en español.

[6] En inglés se le llama oppositional defiant disorder.

[7] Ronald Laing, entrevistado en OMNI (April 1988).

[8] DSM-IV: Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (Masson, 1995), pág. 273. Esta es la edición traducida del manual citado arriba.

[9] Parham v. J.R., 442 U.S. 584 (United States Reports, vol. 442).

[10] Citado en http://www.antipsychiatry.org/e-mail, página consultada en 2008. Rachel firma su carta como “Rach”.

[11] Guillermo Calderón-Narváez: Salud mental comunitaria: un nuevo enfoque de la psiquiatría (Editorial Trillas, 1981), págs. 136s.

Páginas 171-176 de Hojas susurrantes

Dentro de la Secretaría del Amor


Una y otra vez sucede en la historia que un hombre que se atreve a decir que dos y dos son cuatro
es condenado a muerte.

Albert Camus [1]



De no haber tenido poderes excepcionales, el doctor Amara no habría podido amenazarme. Habría dejado de verlo y no habría podido jugar el papel de cómplice de mis padres. No me habría sentido revictimado ni habría caminado en pánico en su Parque Hundido sintiendo que se me hundía el mundo.

Nada hay más terrible que asaltar continuamente la autoimagen de una persona, especialmente la de un adolescente. Ni siquiera la muerte natural produce pánico. Sí lo produce, en cambio, un oído sordo ante los alaridos de un alma; y el ser compelido a asistir a sesiones de un profesional en la sordera es ser compelido a sesiones de tortura psíquica. Parafraseando al médico de mi hipotética Dora, es como si el sujeto pagado por mis padres me hubiera dicho: “Tu historia de malos tratos parentales es miopía. La manera como tienes estructurado tu yo es ridícula. Aquí te lo vamos a deconstruir, César. Sólo yo, el médico, el sicoanalista, el doctor en siquiatría tiene las credenciales académicas, y los poderes legales, para interpretar tu mente. El trato de tus padres no te causó trauma alguno. ¡Eso está completamente superado en la psiquiatría científica! Vivís en un universo paranoide, mi querido César. Más bien, por tus síntomas mi diagnóstico es que estás enfermo… Veo que mi interpretación científica te angustia. ¿Sabes, César, que el primer signo de recuperación de todo angustiado es aceptar que es un enfermo? Por lo mismo, y para ayudarte a que lo aceptes, mi prescripción es que bombardeemos tu cerebro con metabolitos franceses. Cierto que no presentas conductas esquizofrénicas; pero esta es una medida profiláctica. Todo rechazo ante mi diagnóstico y prescripción será interpretado como resistencia. Y recuerda, César, el Estado le confiere poderes especiales al terapeuta. Si éste quisiera, podría… Así que más te vale venir a estas sesiones. Es por tu bien —y por el de tu familia”.

¿Qué podía hacer un menor de edad salvo caer en pánico?, mismo que a su vez sería reinterpretado como síntoma de “radicales químicos en el cerebro”, sin pruebas físicas, que requería de psicofármacos aún más fuertes (Amara inició su “tratamiento” con antidepresivos y lo culminó con un agresivo neuroléptico).

A mis diecisiete años Amara fue un inquisidor que quería que lo viera como un amigo. Él era el encargado por la sociedad de ocultar el hecho de que existen inenarrables estrangulamientos psíquicos hacia los menores en algunas de las “mejores familias” de México. El objetivo era desmantelar mi autoimagen hasta el punto donde ya no hubiera vuelta atrás. No hubo un solo instante en que sintiera que Amara tuviera un átomo de compasión sobre lo que mis padres me hacían en casa. Ni uno solo. Nada fuera de lo común pudo haber ocurrido dentro de la reputada familia.

El trato sordo lleva a la sensación de un pánico revictimante, como el testimonio de Dora sobre la violación de su padre fue desoído para dar lugar a una interpretación biológica. Lo que Amara pedía era que abandonara la visión que tenía de mí mismo y de mis problemas y que aceptara otra muy, muy extraña.

Imaginemos un consultorio a puerta cerrada con un renombrado profesional y un muchacho. Es imposible redefinir allí los problemas de un chico apaleado en casa sin hacer algo psicológica y moralmente destructivo en su mentalidad. El objeto oculto del sicoanálisis forzado, como el objeto de la Secretaría del Amor, es destruir la mente del disidente:

—Te han traído porque te han faltado humildad y autodisciplina. No has querido realizar el acto de sumisión que es el precio de la cordura. Preferiste ser un lunático, una minoría de uno solo. Sólo una mente disciplinada puede ver la realidad. Esa es la enseñanza que tienes que volver a aprender, Winston. Para ello se necesita un acto de autodestrucción, un esfuerzo de voluntad. Tienes que humillarte antes de recobrar la razón.

O’Brien hizo una pausa para permitir que asimilara sus palabras.

—¿Recuerdas —continuó— haber escrito estas palabras en tu diario: “La libertad es poder decir que dos y dos son cuatro”?

—Sí— contestó Winston.

O’Brien levantó la mano con el dorso hacia Winston, el pulgar oculto en la palma, y extendió los otros cuatro.

—¿Cuántos dedos ves, Winston?

—Cuatro.

—¿Y si el Partido dijera que son cinco y no cuatro? ¿Cuántos verías?

—Cuatro.

La palabra terminó con un jadeo de dolor. La aguja de la carátula había subido a cincuenta y cinco.

—¿Cuántos dedos, Winston?

—¡Cuatro! ¡Para eso, para eso! ¡No sigas, es inútil!

—¿Cuántos dedos, Winston?

—¡Cinco! ¡Cinco! ¡Cinco!

—No Winston, así no vale. Estás mintiendo. Sigues creyendo que son cuatro. ¿Cuántos dedos, por favor?

—¡¡Cuatro!! ¡¡Cinco!! ¡¡Cuatro!! ¡Lo que quieras, pero basta! ¡¡Para ese dolor!!

De repente estaba sentado y con el brazo de O’Brien sobre sus hombros. Quizá había perdido el conocimiento algunos segundos. Se habían aflojado las ligaduras que sujetaban su cuerpo. Sentía mucho frío, temblaba como un azogado, le castañeteaban los dientes y las lágrimas corrían por sus mejillas. Durante unos instantes se colgó de O’Brien como un niño, curiosamente reconfortado por el macizo brazo sobre sus hombros. Tenía la sensación de que O’Brien era su protector, de que el dolor venía de fuera, de otra fuente, y que O’Brien lo protegería.

—Tardas mucho en aprender, Winston— dijo O’Brien con amabilidad.

—¿Cómo puedo evitarlo?— lloriqueó Winston —. ¿Cómo puedo evitar ver lo que tengo frente a los ojos? Dos y dos son cuatro.

—Algunas veces, Winston. Pero otras veces son cinco. Y otras, tres. En ocasiones son cuatro, cinco y tres a la vez. Tienes que esforzarte más. No es fácil recobrar la cordura.[2]

Todo siquiatra biorreduccionista es, por definición, un negador de holocaustos. 1976 fue mi holocausto. Yo que lo fue. Eso es algo tan claro como que dos más dos son cuatro. Y sé que fui asaltado desde fuera, del medio familiar, no por una misteriosa anormalidad biológica en mi cuerpo que ningún laboratorio pudo detectar —¡dos más dos no son cinco por favor! La interpretación del analista fue tan insultante, tan revictimante diría yo, como la de Dora (“La violación de tu padre no te causó trauma alguno”). Quien diga eso, y lo diga desde una plataforma de poder, juega al inquisidor O’Brien en la Secretaría del Amor (haciendo un uso negro-blanco del lenguaje, Orwell nombró así a la Secretaría de la Tortura en la novela Mil novecientos ochenta y cuatro).

¿Se me ha entendido? El problema no está en Amara o en cualquier otro siquiatra que haya “abusado” de su poder. Todo uso involuntario de la siquiatría es, por definición, abuso; de igual manera como todo uso de la Inquisición también lo fue. Es muy difícil practicar la profesión sin hacer daño. Si bien pocos siquiatras pueden validar su identidad como médicos a menos que estigmaticen a algún sujeto cuerdo con una etiqueta insultante, es imposible practicar la siquiatría involuntaria sin hacer daño. Me apenaría que se interpretara esta invectiva como un intento de asesinar la personalidad de Amara. ¡Qué horror!: ¡eso dejaría ilesa a su profesión! El problema con lo que sucedido se encuentra en su profesión, no en el carácter o en la moral del médico italiano-mexicano. Una profesión que, como vimos, nació vendiéndose mercenariamente al sistema y a los pudientes. Una profesión fraudulenta a la que quienes luchamos por los derechos humanos debemos tratar de eliminar como la Inquisición fue abolida por la reina María Cristina en 1834. No es Amara el blanco de mi ataque. Él sólo tuvo la mala suerte de ser el siquiatra pagado por mis padres. Cualquier otro profesional que me revictimara estaba destinado a pasar a la historia de la literatura. Pero por otros testimonios como el mío estoy convencido de que lo que me ha pasado le ha pasado a miles de adolescentes cuerdos. Sólo que muy pocos hemos sobrevivido o tenido el coraje de denunciar el caso.

La última cita provino de la gran novela de George Orwell. A continuación cito el testimonio de una víctima de un O’Brien de la vida real. Los hechos sucedieron en la Fundación de Salud Mental del Valle Delaware en Doylestown, Pensilvania (DVMHF en sus siglas inglesas): una clínica dirigida por el doctor Albert Honig, quien aplicaba terapia a una catatónica.

Perdí la capacidad de abrir los ojos, de caminar y también de hablar. Honig me dijo que odiaba mis ojos y que no soportaba verlos. Me hizo cerrarlos y mantenerlos así durante una sesión completa. Después de que mis ojos quedaron cerrados y que perdí mi capacidad de hablar, me dijeron, durante otra sesión, que me pusiera en el piso boca abajo, y lo hice. Sin embargo, cuando el doctor Honig me dijo que me levantara y no lo hice, él dijo:

“Miren qué obstinación”. En ese momento, me levantó sólo del pelo, que estaba trenzado en una sola trenza. Estaba tan aterrada de que me alzara sólo del pelo, que me oriné. Entonces, aún teniéndome tomada del pelo, me lanzó sobre el diván. Pidió a los ayudantes varones que sujetaran mis brazos por encima de mi cabeza y que otros me sujetaran las piernas, y se sentó en mi estómago. Entonces Honig puso sus manos alrededor de mi cuello y comenzó a apretar, diciendo:

“¡Abre los ojos; quiero que me mires, abre los ojos! Tú sabes que puedo matarte”.

El personal me confrontó y amenazó con que si no los abría, iban a hacérmelos sacar para donarlos a un banco de ojos. Entonces me llevaron al cuarto trasero del terapeuta acompañada por Adam Houtz y un médico joven. Éste le dijo a Adam que abrochara mis piernas, lo cual hizo. El médico ordenó abrir los ojos, lo cual no pude hacer en mi estado catatónico. Luego él dijo a Adam que conectara La Máquina. El voltaje subió y subió en flujo constante. Sentía como si me estuvieran arrancando las piernas del cuerpo. En medio de esto el médico aullaba: “¡Abre los ojos! ¡Abre los ojos!”

Finalmente me volví hacia él, y aunque no podía abrir los ojos, aún podía mover el cuerpo. Giré hacia él con los brazos extendidos y alzados le supliqué con la totalidad de mi ser, ya que no podía hablar, que apagara La Máquina.[3]

Si tal tipo de siquiatría que nuestras sociedades alberga no es la Secretaría del Amor ¡díganme por favor qué es! ¿Cuál es la diferencia entre este testimonio y el Cuarto 101 de la novela de Orwell? Y si esto, “terapia”, no es nuevahabla orwelliana, ¿qué lo es pues?

Hemos visto que el derecho internacional le da poderes excepcionales a los siquiatras, poderes que en la praxis se aprovechan para hacer estas cosas. Muchas organizaciones internacionales de derechos humanos no parecen reconocer casos de tortura como el electroshock involuntario (ECT en sus siglas inglesas, electro-convulsive treatment), el cual se practica diario alrededor del mundo. ¿Por qué, nos pregunta Leo Frank, un sobreviviente del electroshock, 10 voltios de electricidad aplicados a las partes nobles se considera tortura mientras que diez o quince veces más esa cantidad aplicado al cerebro se le llama “tratamiento”?

Jeffrey Masson cuenta que en 1978 la oficina del procurador del distrito del condado de Bucks en Pensilvania expidió un reporte de diez páginas donde se encontró que en la clínica de Honig se habían estado usando utensilios para pinchar ganado y paletas para azotar a los “pacientes” (con comillas, porque un verdadero paciente es quien va a una clínica voluntariamente). Aún así, la oficina del procurador concluyó:

Los utensilios fueron usados de buena fe por los terapeutas y con la sincera creencia [mis cursivas] de que ayudarían al proceso de tratamiento. Los utensilios eran empleados a veces como “castigo”, pero sólo como se entiende tal término dentro de las teorías de modificación de conductas. La metodología de terapia de aversión y modificación conductual [aunque Honig nunca dijo haber practicado la modificación conductual; él lo llamaba análisis], practicada por el DVMHF, cae dentro de las técnicas legítimas y reconocidas de tratamiento de los enfermos mentales.[4]

“Buena fe”, “sincera creencia”. Esto es el mal… ¿Se ve por qué es una aberración que la sociedad le otorgue estos poderes a los siquiatras? La gente que tienen a su cargo son despojados de su más elemental derecho, el de no ser atormentado. Pero como comenta Masson, lo revelador del reporte de Pensilvania es que la sociedad no sólo está permitiendo estas atrocidades sino que, ocasionalmente, las promueve. Lo único que tienen que hacer los Honig y los Amaras del mundo es declarar que cometen estas acciones “de buena fe” y definir a los castigos como parte del “análisis”. Al igual que las lobotomías bienintencionadas de Viktor Frankl, sobra decir que desde la perspectiva del paciente no importa que el doctor crea que le está salvando la vida: lo que le hace con La Máquina o los neurolépticos es tortura. Punto.


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[1] Albert Camus: The plague (Modern Library, 1948), pág. 121.

[2] George Orwell: 1984. Además de leer el original en inglés, cotejé dos distintas traducciones de la novela: Ediciones Destino (1999) y Lectorum (2002). He tomado el pasaje citado del Capítulo II de la Tercera Parte.

[3] Masson: Juicio a la sicoterapia, pág. 170.

[4] Ibídem, pág. 167. En 2001 Albert Honig publicó Hard boiled eggs, una apología de su terapéutica a lo largo de cuarenta años en su clínica. La denuncia de Masson fue aparentemente desoída en la profesión.

Páginas 177-184 de Hojas susurrantes

Shine: un papá más devastador que Mengele


De ahí que la situación de un niño pequeño víctima de malos tratos sea a veces hasta peor que la situación de un adulto en un campo de concentración.

Alice Miller [1]



La enfermedad mental en sentido biológico es un mito. Pero es obvio que la locura no lo es. La locura existe, pero es una catástrofe psicológica, una disfunción en el “software” de la persona.

Millones han visto este fenómeno en la pantalla grande. La película Shine se basó en la vida de David Helfgott, quien pasó a la fama desde que Geoffrey Rush interpretó su trágica vida y ganó un Oscar al mejor actor. Bosquejaré su vida tan escuetamente que la historia perderá su patetismo.

David, un niño sensible y con talento para el piano, no sólo fue el varón mayor de Peter Helfgott, sino su hijo espiritual. Solía correr en la calle para abrazar a su papá cuando éste regresaba del trabajo, a quien le consagra su carrera pianística. Pero Peter hizo algo muy malo. De chico, había sido víctima de terribles humillaciones de su propio padre, el rabino “Djadja” como le llamaba David a su abuelo. El odio reprimido y sepultado de Peter hacia Djadja necesitaba una válvula de escape, y la encontró en su querido hijo David. La violencia psicológica y el asalto al ego del muchacho duraron años. David quedó trastornado. Su historia es la historia del homicidio de un alma.

Este es un caso de la vida real. Al momento de escribir estas líneas David Helfgott aún vive en Australia y sigue tocando el piano, aunque al cuidado de su esposa Gillian debido a que nunca logró recuperar su razón. En su biografía Gillian atestigua que “David creyó siempre” que su padre “había sido el causante de su enfermedad”.[2]

La tragedia de la familia Helfgott es un ejemplo clásico de las ideas de Theodore Lidz, citado en mi primer libro, sobre una esquizógena “familia sesgada” (aunque en este caso el rol pasivo provino de la madre). También ejemplifica lo que Alice Miller ha escrito sobre cómo un padre se venga con el hijo de lo que le hizo su propio padre. Los proponentes del enfoque humanista de la locura estudian a padres como Peter en lugar de tratar al cerebro de la víctima de esos padres, que es lo que hacen los siquiatras biologicistas.

Ahora quisiera mencionar otro caso de la vida real, el muchacho Yakoff Skurnik a quien vi, ya anciano, en una presentación de su libro en Houston.[3] Basándose en el testimonio de Yakoff, Gene Church escribió uno de los libros más perturbadores que he leído sobre el Holocausto: 80629: a Mengele experiment (el número es la cifra que le marcaron en su antebrazo). Había visto varios documentales sobre el tema, pero no un testimonio sobre cómo era la vida cotidiana de los prisioneros, especialmente judíos, en el campo de concentración Birkenau donde se encontraban los hornos crematorios, a unas dos millas de Auschwitz.

Yakoff Skurnik es uno de los sobrevivientes no sólo del infierno de Birkenau y Auschwitz donde asesinaron a toda su familia, sino de la experimentación médica con niños a cargo de Josef Mengele. Inmovilizado por ayudantes, un doctor llamado Doering lo castró con escasa anestesia medular. Las vívidas páginas de la operación me impresionaron tanto que tuve que recostarme en el suelo por temor a desmayarme. Es de verdad admirable que tanto Yakoff como otros sobrevivientes del Holocausto, incluyendo otros muchachos castrados por Doering, fueron capaces de rehacer sus vidas y prosperar económicamente después de la liberación.

Ahora bien, Yakoff no enloqueció en el infierno y mutilación nazi. Pero David sí ante su papá. ¿Cómo fue eso posible?

Siguiendo el modelo Sullivan-Modrow sobre el quiebre psicótico, de alguna manera los nazis se toparon con mayores resistencias para llegar al yo interno de Yakoff y lesionarlo que Peter con su hijo. Un pasaje de Silvano Arieti arroja cierta luz sobre estos diferentes casos. Según Arieti: “Las condiciones de peligro externo inmediato como guerras, desastres o adversidades que afectan a la colectividad [mis cursivas] no producen el tipo de ansiedad que hiere al yo interior, y por sí mismas no propician [la locura]. Ni siquiera la pobreza extrema, la enfermedad o las tragedias personales conducen necesariamente a [la locura] a menos que tengan consecuencias que hieran la facultad del yo”.[4]

Estudios como el de Arieti eran tomados muy en serio en las décadas de los años cincuenta, sesenta, hasta mediados de los setenta. Aunque en su tratado Arieti le dedicó un gran espacio a los estudios orgánicos sobre la locura, reveló que al no haber avance en ese modelo nunca siguió esa línea de investigación, sino “sobre todo la línea psicológica”.[5] Ideas como las de Arieti solían escucharse antes del gigantesco paso hacia atrás que dio la siquiatría desde los años 1980 al adoptar dogmáticamente el modelo médico, el modelo de la causa física del siglo XIX, al tratar a aquellos jóvenes cuyos egos habían sufrido un asalto total por los padres.

Pero volviendo a lo que Arieti dijo. Siendo una colectividad las víctimas de los nazis, el yo de Yakoff Skurnik no fue asaltado de manera exclusiva y excluyente respecto a sus compañeros, por lo que éstos tuvieron mejores oportunidades de sobrevivir psicológicamente que la víctima sola de asalto parental. Arieti escribió: “Un hogar desecho por la muerte, el divorcio o el abandono puede ser menos destructivo que otro en el que los padres vivan juntos y socaven constantemente la imagen que el hijo tiene de sí mismo”.[6]

Estos pasajes contestan uno de los argumentos favoritos de los siquiatras biologicistas en sus intentos de refutar el modelo del trauma. Por ejemplo, en una crítica a sus colegas el siquiatra August Piper razona que:

La lógica del alegato que el trauma infantil causa [la locura] tiene un error fatal. Si el alegato fuera cierto, los maltratos de años a millones de niños debieron haber causado muchos casos de [locura]. Pongamos como ejemplo a los niños que padecieron inenarrable trato en guettos, vagones cerrados y campos de concentración en la Alemania nazi. A pesar de los maltratos, no existe evidencia que alguno [haya enloquecido] (Bower 1994; Des Pres 1976; Eitinger 1980; Krystal 1991; Sofsky 1997) o que haya disociado o reprimido sus memorias traumáticas (Eisen 1988; Wagenaar y Growneweg 1990).

Lo mismo puede decirse de estudios que presenciaron el asesinato de un padre (Eth y Pynoos 1994; Malmquist 1986); estudios de niños secuestrados (Terr 1979; Terr 1983); estudios de niños que han sido víctimas de maltratos (Gold y otros 1994); y demás investigaciones (Chudoff 1963; Pynoos y Nader 1989; Strom y otros 1962). Estas víctimas ni reprimieron eventos traumáticos, ni los olvidaron ni [enloquecieron].[7]

El caso de Yakoff y sus compañeros, quienes tampoco enloquecieron, ejemplifica lo que Piper quiso decir en la cita de arriba. Sin embargo, es claro que Piper no ha leído a los investigadores que critica con atención. Yo conozco personalmente a uno de ellos, Colin Ross, a quien visité en marzo de 1997 en el Instituto Ross del Trauma Psicológico: una clínica siquiátrica al norte de Dallas. Le escribí a Ross porque había leído uno de sus libros y me admitió un día entero en su clínica en calidad de visitante investigador. En las terapias vi a muchas mujeres devastadas por malos tratos en el hogar. A continuación cito un pasaje de un texto que se les da a las pacientes nuevo ingreso:

El “apego con el perpetrador” es una expresión ideada por el doctor Ross para entender el conflicto básico en sobrevivientes de maltrato físico y abuso sexual por padres, parientes y ayas. El conflicto existe en todos nosotros hasta cierto grado, ya que todos hemos tenido padres imperfectos, pero es mucho más intenso y doloroso en los sobrevivientes de vapuleo. Este apego afectivo y ambivalente no necesariamente es el problema central si el perpetrador no es un miembro familiar [mis cursivas] o una figura de apego.

El móvil básico de [la locura] es simplemente el tipo de personas que eran mamá y papá, y cómo era vivir día tras día en la familia.

El punto central de la terapia no es el contenido de las memorias, la serie de memorias como tales o algo particular que pasó. Esto se debe a que el dolor y el conflicto más profundo no provienen de un evento específico.

Como los niños son mamíferos, están biológicamente construidos para apegarse afectivamente a sus padres. No hay manera de evitar esto. Tu biología decide por ti y funciona automáticamente. En una familia común y corriente todo esto funciona relativamente bien con los conflictos neuróticos comunes. El problema que muchos pacientes afrontan es que no crecieron en una familia normal, razonablemente saludable. Crecieron en una familia incoherente, abusiva y traumática.

Esta es la cardinal distinción que Amara no quiso reconocer en nuestro encuentro de 1988 cuando me dijo que la tesis de mi epístola “era miopía”.

Las mismas personas con quienes tuene que apegarse el niño para sobrevivir eran también los perpetradores de los malos tratos que lo lastimaron feamente. Una manera de arreglárselas con el vapuleo es replegarse: cerrar el propio sistema de apego afectivo y meterse en un capullo. Eso sería suicidio psicológico, y te impediría florecer. Tu biología no te permitirá tomar esta decisión: la inercia del apego con el medio tiene mayor fuerza que el reflejo de replegarse. Debes mantener tu sistema de apego funcionando a fin de sobrevivir.

El conflicto básico, el dolor más hondo y la causa más profunda de síntomas es el hecho que la conducta de mamá y papá duele, no encaja y no tiene sentido; era loca y abusiva.[8]

Lo que dice Ross complementa lo dicho por Arieti: la persona ante la que somos vulnerables es aquella con quien estamos apegados desde pequeños (en el último libro explicaré este fenómeno a través de mi relación con mi padre). Si la cita de Piper se refiere a alguien como Yakoff Skurnik, esta última puede referirse a un David Helfgott. Ross habla de la relación abusiva de un menor con alguien que representa algo muy especial para él o ella, alguien que formó su universo personal. Los maltratos y crímenes de los que habla Piper no son conducentes al tipo de pánico que padecimos Modrow y yo: la sensación de la traición del universo. Son cosas enteramente distintas.

Por ejemplo, he sido secuestrado dos veces en México, una ciudad con uno de los más altos índices de criminalidad de las Américas. Ahora bien, diría que el tener una ametralladora golpeando mi cara durante el primer secuestro en 1980, o una pistola en la sien por una hora en un coche durante el segundo secuestro en 1992, donde incluso hicieron que me bajara los pantalones y los calzones, no llegó, ni remotamente, al uno por ciento del inefable trauma que sentí con la metamorfosis de mi querido papá, tal y como lo narro en la Carta (como seguramente sintió David con su padre).

Yo lo que daña. lo que me dañó: que la persona que más he querido y que construyó mi universo me haya traicionado tan inexplicable y zafiamente. Ni Piper ni ningún otro siquiatra puede decirme lo que sentí o tiene derecho a hacer “comparaciones” por la sencilla razón que no saben de qué hablan.

Este es uno de los problemas no sólo con la siquiatría, sino con la sicología en general. Con su complejo positivista de imitar a las ciencias exactas, el sicólogo pretende estudiar objetivamente al sujeto en el plano de la mera conducta. Eso equivale a negar que existan universos enteros de vivencias dentro de nosotros. En realidad, no es posible estudiar a una mente exclusivamente desde afuera: faltan los testimonios individuales, las autobiografías de los sobrevivientes. A pesar de la erudición que ostenta Piper —su artículo tiene cien referencias bibliográficas—, sus casos poco tienen que ver conmigo, Modrow o un David Helfgott. Robert W. Godwin escribió:

Ya van más de dos siglos desde que Kant probara la futilidad de usar el lenguaje del “esto” del naturalismo objetivo de la razón pura para describir o capturar el dominio del “yo”, la subjetividad. No obstante, la envidia de la física de la mayoría de los sicólogos universitarios hace que cometan el error categorial de estudiar el yo interno como un objeto, cosa que los convierte en eruditos de lo obvio (por ejemplo, los conductistas) o en campeones de lo absurdo (como las feministas teóricas del anti-apego). Si tu única herramienta es un martillo tratarás todas las cosas como si fueran clavos, y si tu único método es la “ciencia empírica” tus conclusiones están escondidas en tu método: el yo es reducido a otro hecho objetivo, sin diferencia alguna de las rocas o los planetas.[9]

La mención a Kant o Godwin no significa que yo sea, como John Beloff (quien publicó algunos de mis artículos en su revista), un “dualista radical”. Como Ross escribió en su libro The trauma model, esta no es una cuestión del modelo del trauma versus un modelo biológico. “El modelo del trauma es biológico en sí mismo. Debe serlo, porque en la naturaleza la mente y el cerebro son un campo unificado”. Recuérdese mi analogía del software/hardware para comprenderlo.

El caso Helfgott contesta otro argumento predilecto de los siquiatras biologicistas, argumento que me esgrimió el mismo Amara en tiempos en que escribía la epístola a mi madre. Amara me reprochó:

—La cuestión es por qué uno se enferma y los hermanos no.

¡Aún recuerdo el tono franco de Amara al decir eso! Éste era un médico convencido de la verdad de su ciencia, seguro de que el hecho que existan “hermanos invulnerables” invalida todo intento de culpar a cualquier padre en la caída emocional de un hijo. Pero si hay algo que testimonié una y otra vez en la epístola es que el vapuleo de mis padres se dirigió casi exclusivamente hacia mí, no tanto a mis hermanos: justo como el vapuleo de Peter se dirigió hacia David, no hacia sus otros hijos, y exactamente lo mismo puede leerse en la autobiografía de John Modrow.

En la comparación que hago de los judíos David y Yakoff, uno victimado por su padre, otro por Mengele, hay algo más. La dinámica de los nazis hacia Yakoff no consistía de una mezcla de crueldad y amor como la de Peter hacia David —el “corto circuito” ocasionado por oscilaciones “Jekyll-Hyde” del que hablaba en la Carta. Esta dinámica resulta en un “apego con el perpetrador” que, según Ross, es terriblemente ambivalente. Hay una diferencia sideral entre ser víctima de los nazis, que aparecieron en la mente de Yakoff como extraños, y ser víctima de aquél que con todo su amor formó el universo psíquico de David niño. En palabras de David a su esposa: “Todo es culpa de papi. Todo es culpa de papi […]. Padre tenía dentro de él una especie de demonio y un ángel al mismo tiempo, y fue así toda mi vida. Papá siempre tuvo un diablo y un ángel toda su vida. Es como una dicotomía, un desdoblamiento”.[10]

“Padre” no parece ser la misma persona que “papá” en la mente dividida del pobre David. Que esta dicotomía produce desdoblamientos fue precisamente lo que vi en las pacientes de Dallas (mi cuarto libro, El retorno de Quetzalcóatl, contiene algunas páginas donde expongo con más detalle el modelo del trauma de Ross).

La resiliencia es la capacidad de un objeto que fue sometido al estrés de recuperar su tamaño y forma después de la deformación causada por dicho estrés. En los elásticos la capacidad de resiliencia es harto conocida: si un elástico es extendido más allá de su punto de resiliencia se quebrará y no podrá recuperar su forma original. Partiendo de esta comparación yo diría que la agresión que sufrió Yakoff, por más infame que haya sido, se encontró dentro del límite de resiliencia de su mente. No fue así con David. El martirio al que fue sometido rebasó el límite y sufrió un quebranto psicótico permanente.

En pocas palabras, el parámetro para medir el trauma debiera ser el quiebre mental que resulta de la agresión, no el “nivel” de la agresión para un observador externo (como los autores que cita Piper). Un padre que ama a su hijo judío puede quebrarlo más fácilmente que un nazi que aborrece a los prisioneros judíos. El quebranto de David ocurrió porque relativamente la agresión de Peter fue mayor que la de los nazis: provino de quien menos debió haber provenido del mundo entero: quien formó su alma.


___________________

[1] Miller: Por tu propio bien, pág. 119.

[2] Gillian Helfgott y Alissa Tanskaya: Shine (Ediciones B, 1997), pág. 293.

[3] Gene Church: 80629: a Mengele experiment (Route 66 Publishing, 1996).

[4] Silvano Arieti: Interpretation of schizophrenia (Aronson, 1994), pág. 197. En los corchetes sustituí la palabra “esquizofrenia” por “locura”.

[5] Ibídem, pág. 3. En la página 441 Arieti dice que, ya desde esa época, no había avance alguno en el modelo médico de la locura.

[6] Ibídem, pág. 197.

[7] August Piper Jr: “Multiple personality disorder: witchcraft survives in the twentieth century” en Skeptical inquirer (May/June 1998). Aunque la crítica de Piper no se refiere a la locura en general sino a la llamada “personalidad múltiple”, la sustitución de términos siquiátricos que he hecho en estas citas es pertinente tomando en cuenta el problema de la comorbilidad en siquiatría.

[8] [Colin Ross]: Dissociative disorders program: patient information packet (Ross Institute for Psychological Trauma, sin fecha). He eliminado los puntos suspensivos entre los párrafos no citados.

[9] Robert Godwin, “The End of Psychohistory” en The Journal of Psychohistory, 25:3, 1998.

[10] Los dos pasajes separados por el corchete fueron traducidos directamente del original en inglés de Gillian Helfgott y Alissa Tanskaya: Love you to bits and pieces (Penguin Books, 1996), páginas 42 &104. En la traducción española, Shine, los mismos pasajes aparecen en las páginas 55 & 119. La relación entre David Helfgott y su padre se relata en los capítulos 5, 11, 12, 21, 22 y 28.

Páginas 184-197 de Hojas susurrantes

La naturaleza del mal: Amara (II)




Psicopatología:

Si no hay nada malo con una persona, la mejor manera de curarlo es explicarle de qué enfermedad padece.

Karl Kraus [1]



Con el caso Helfgott he tratado de exponer qué es el modelo del trauma, el modelo de la causa psicológica de la locura: un modelo que no se enseña en los departamentos de siquiatría. Ahora diré algo sobre el modelo médico de las perturbaciones del alma, el modelo de la causa física: el único que actualmente se enseña en las universidades.

En febrero de 1988, semana y media después de haber iniciado la larga epístola a mi madre, fui a ver a Amara a su consultorio. Habían pasado tantos años desde aquellos terribles acontecimientos que quería darme una idea de su versión de los hechos sin que estuviera contaminada siquiera por la mención de que estaba escribiendo sobre el tema. No le confesé a Amara que escribía una larga epístola sino hasta que nuestra entrevista estaba por concluir; y le entregué una copia fotostática, una versión más primitiva que la publicada Carta, en mayo de 1988. Ya he hablado de su respuesta: elogios sobre mis habilidades literarias, silencio sobre las acusaciones, y cuando lo confronté sobre el saldo emocional por la conducta de mis padres —“Es miopía”.

Ahora quisiera hablar del pensamiento de Amara anterior a su lectura de mi epístola, cuando fui a verlo en febrero de ese año. Era importante conocer su pensamiento de entonces: como no lo había visto por años, lo que me dijo en esa entrevista refleja el punto de vista con el que se había quedado sobre los sucesos de mi adolescencia. La entrevista fue un encuentro cordial entre nosotros dos.

Citaré mi diario del 22 de febrero de 1988, en el que anoté de memoria los puntos principales una vez terminada la entrevista. Corregiré la sintaxis de los seis incisos de mi diario (incluiré el sexto inciso al finalizar este libro), y a continuación ofreceré mis comentarios:

“El medio, la ciudad, te eran opresivos. Estabas angustiado por el medio ambiente (ruidos) de la Ciudad de México. Había incapacidad de relacionarse con la mujer debido quizá a timidez”. Amara “promovía” la escuela Zumárraga, y dijo: “El único contacto que tenías con gente era por medio del ajedrez, por lo que trataba de conducirte vía ellos a la adaptación”.

Ya desde el inicio de nuestra entrevista me extrañó que Amara no hablara del acontecimiento máximo que representó para mí el trato de mis padres. Supongo que bajo su cielo no había lugar para traumas familiares. Recuerdo que desde que inició nuestra entrevista me sorprendió que saliera con las irrelevancias de arriba. Cierto: recuerdo muy bien esos ruidos y la horrenda metrópoli de la que hablaba, y es verdad que de adolescente no me relacionaba con muchachas. ¿No se le ocurrió a Amara que eso tenía que ver con la escuela medieval, sin mujer alguna, a la que me habían metido mis padres: escuela que el mismo “promovía”?

Prosigamos con el diagnóstico:

Amara usó varias veces la palabra “reticente” al hablar del 76, en una ocasión como si hablara de una patología. Que en esos tiempos “no le conté mucho” y que mi no hablar o explayarme con él era síntoma —así lo interpretó— de esquizoidismo.

Traté de hablarle de los malos tratos de mis padres usando una lista, mencionada en la Carta, donde enumeraba varios “injustos casos de violencia psicológica”. Ese recuerdo de 1976 aún me llega fresco a la memoria. Si no quise hablarle después fue porque ignoró mis acusaciones, como también conté en la epístola. Y si luego me cerré con él se debió a que iba a sus sesiones contra mi voluntad cuando se puso cien por ciento del lado de mis padres.

¿Es eso síntoma de esquizoidismo? ¿Cómo no se dio cuenta el profesional de la sicología profunda de una reacción humana tan elemental?

Según Amara, “aparentemente, externamente no había indicios” de que mamá “estuviera mal”.

En la Carta se ve con extraordinaria transparencia que mis hermanos tuvieron perfecta conciencia de lo mal que estaba nuestra madre esos tiempos, especialmente Corina. Lo que una niña de trece años vio, no lo pudo ver el profesional de las perturbaciones del alma.

“Debido a sentirte diferente de tus hermanos (ellos se estaban realizando) la tendencia era huir del hogar, además de por los padres… Huida, retracción a la casa de la abuela y vivir como ermitaño. Ahí se acentuaba el tipo esquizoide”. Síntomas de esquizoidismo: “salirse de la escuela, vida de ermitaño en casa de la abuela, el ajedrez como única actividad”.

Ese “además de por los padres” es todo lo que, por lo visto, registró el analista sobre mi holocausto personal. Yo huí debido a unas bofetadas que me dio mi padre enfrente de la familia. ¿Cómo pasó este acontecimiento a la mente de Amara?: “Debido a sentirte diferente de tus hermanos la tendencia era huir del hogar”.

¿De dónde sacó Amara que huí por acomplejarme ante mis hermanos? ¿Qué demonios es esto?, ¿sicoanálisis? ¿Cuándo le dije algo sobre mis hermanos respecto a la salida del hogar? ¡Fueron las bofetadas de mi padre que partieron mi vida en dos lo que precipitó la huida! ¿Dónde quedó el ultraje en las memorias del analista?

Ignorar los relatos de maltrato parental es una patología endémica en la profesión siquiátrica. Por ejemplo, Psicología médica del finado Ramón de la Fuente (el padre del político mexicano) no menciona a los clásicos del modelo del trauma ni siquiera para mostrar desacuerdos.[2] ¿Por qué? ¿No es demasiado irónico que la siquiatría, profesión de la que más esperaríamos que hable del trauma psicológico, trate de eludir el tema? Curiosamente, en la vieja versión de Psicología médica, publicada en 1959, de la Fuente dedica dos páginas a la merma emocional que sufren los hijos de madres posesivas.[3] Como de este dato podría inferirse que las perturbaciones psíquicas son causadas por los padres, el contenido de esas páginas fue expurgado en la nueva versión de Psicología médica. Actualmente la nueva versión censurada es la única existente en el mercado, y se les presenta a los jóvenes mexicanos como el resultado de los grandes avances en biosiquiatría en los últimos decenios.

Pero volviendo a Amara y a su diagnóstico. Para añadir insulto a la injuria, por segunda vez menciona su etiqueta con un tono tan profesional como un cardiólogo hablándole a un paciente sobre su coronaria (“Síntomas de esquizoidismo: salirse de la escuela…”). Lo único que puedo preguntar, y aquí me dirijo personalmente al lector: ¿Crees que un chico que huye de una escuela y hogar abusivos para refugiarse con la abuelita sea un “esquizoide”? El método de Amara para establecer esquizoidismo a partir de conducta tan normal fue simplemente proclamar que lo padecía y usar toda su autoridad y poder para trasformar semejante juicio en una realidad social. No es de extrañar que Szasz les llame a doctores como Amara calumniadores con licencia.

Cabe decir que en esa sesión de 1988 no dije nada del diagnóstico de Amara. Aún estaba en mis veintes; ignoraba lo que era la siquiatría, y me comporté de manera receptiva. Mi propósito era registrar sus opiniones sobre lo ocurrido en mi vida y nada más. Sigamos con el diagnóstico:

Amara me dijo: “No eras [énfasis en el tono de voz] esquizofrénico, sólo esquizoidesegún la clasificación de x autor que decía “Todos somos o esquizoides o deprimidos”. Cuando le dije que en Psicología médica Ramón de la Fuente hablaba de esquizofrénicos ambulantes, Amara enfatizó que yo no lo era, varias veces.

Que bonito suena hablar de ese autor x. Pero hay un abismo entre etiquetar a un indefenso menor de edad ante sus padres abusivos y decir que la mitad de la humanidad es deprimida y la otra mitad esquizoide. Si Amara sabía de la terrible guerra que se libraba en casa (¿lo sabía?) era de suponer que el estamparme esa etiqueta a mis espaldas iba a tener un significado muy distinto al del autor. A mi madre le fascinó tanto la calumnia de Amara que la regó por la familia, tanto así que una de mis primas me confesó: “Yo no sé qué significa eso de ‘César es un esquizoide’”.

Me sentí infinitamente peor que me dijeran cerdo.

“Cerdo” es un epíteto insultante, pero tiene la enorme ventaja de que cualquiera reconocería al insulto como insulto. Por el contrario, como me dijo mi prima, esquizoide sugiere “que estás a un paso del esquizofrénico”, un vejamen infinitamente mayor. El hombre de la calle no tiene idea que la palabra “esquizoide” puede usarse como calumnia. La respuesta de Amara ante su calumnia de antaño se parece a la del niño que avienta la piedra y luego esconde la mano (“la mitad de la humanidad esquizoide, la otra mitad deprimida”). La verdad es que su diagnóstico lesionó terriblemente mi autoimagen. Que el diagnóstico siquiátrico es una acción política y no médica se descubre al señalar que el diagnóstico invariablemente ayuda a algunas personas en un conflicto y perjudica a otra. Además, suponiendo que fuera cierto que Amara me veía tan normal como la mitad de la humanidad, ¿por qué le solicitó tanto a mi madre que tomara Majeptil (tioproperazina)? Que a mis espaldas Amara insistió mucho que debía tomar una droga siquiátrica me lo confesó décadas después mi misma madre.

Un manual mexicano sobre psicofarmacología dice: “La tioproperazina está considerada como el NLP [neuroléptico] fenotiazímico más potente, y se recomienda en casos de brote psicótico agudo con agitación psicomotriz […], por ello su uso se reserva al medio hospitalario y por médicos que tengan experiencia en el manejo del NLP”.[4] Entre el amplio repertorio de psicofármacos, los neurolépticos están considerados las drogas más agresivas (los siquiatras las llaman eufemísticamente “tranquilizantes mayores”). A su vez, entre los neurolépticos fenotiazímicos la tioproperazina es considerada la más potente. En las tablas del siquiatra suizo Walter Pöldinger, Majeptil se encuentra en el extremo de una lista de veintinueve neurolépticos en el sentido de propiedades “anti-autísticas”.[5] ¿Por qué Amara le insistió tanto a mi madre que tomara el psicofármaco si está en contra de todo sentido común recetar drogas a quien se sale de la escuela? Llamarle a éste un outsider, el primer diagnóstico que salió en boca de Amara, me colocaría en el borde y no fuera de la normalidad.

Que yo sepa, con anterioridad a la década de setenta, cuando tuve el problema con Amara, sólo Ewen Cameron había recomendado, en 1938, medicar a adolescentes normales con drogas para psicóticos como insulina y Metrazol: una supuesta “medicina preventiva”. Cameron es considerado el Mengele americano de la fraternidad médica. Este siquiatra borró la memoria de varias personas en series maratónicas de electroshocks. Pero después de que Harry Sullivan rebatiera la infame propuesta de Cameron en American Journal of Psychiatry no se volvió a escuchar hablar sobre drogar a adolescentes sanos, aunque outsiders, hasta mediados de los noventa.[6] A fin de ampliar el mercado, las transnacionales hicieron campañas para reducir las libertades civiles y alcanzar al mayor número de gente a quienes se les pudieran administrar estas drogas con o contra su voluntad. La campaña me recuerda el terror comunista en que las purgas, arrestos, torturas y asesinatos sin juicio no se infringían como castigos de crímenes que se hubieran cometido, sino que eran el exterminio de quienes pudieran cometer un acto desleal hacia el gobierno. Pero si suponemos que la moral siquiátrica está arriba de la de un Pol Pot, ¿por qué Amara le sugirió a mi madre que yo, un muchacho perfectamente cuerdo, tomara el psicofármaco más potente e incisivo que estaba en su poder recetarme?

Una de las razones es que mi madre deseaba una acción más drástica que el llamarme outsider en su guerra de voluntades contra el adolescente que fui. Amara le dio a su clienta lo que pedía. Lo que es más, según lo que él mismo me dijo en 1976, algo que resentí como extremo insultante, me recetó Majeptil “para eliminar los radicales químicos negativos del cerebro”. Pero he aquí un dato que prueba que los siquiatras son falsos médicos: Amara me recetó esa droga sin mandarme a hacer ningún tipo de pruebas neurológicas.

Si Amara fuera un verdadero médico ¿cómo pudo, sin pruebas físicas, atreverse a diagnosticar categóricamente que existían “radicales químicos” tan “negativos” que no había sino que combatirlos con una peligrosa droga? ¿Era Amara un neurólogo adivino? No fue sino hasta que emprendí la tarea de escribir este libro que me enteré por qué Amara y el resto de sus colegas no envían a quienes sospechan que padecen disfunciones químicas cerebrales a hacerse pruebas neurológicas precisamente.

Es elemental que no puede haber tratamiento sin enfermedad. Este es el espíritu del Código de Nuremberg para evitar las violaciones a los derechos humanos como las que vimos en las páginas anteriores: los experimentos médicos de Mengele con los niños judíos. Sin embargo, en contraste con verdaderas enfermedades cerebrales como tumores, esclerosis múltiple, meningitis, epilepsia o neurosífilis, después de más de un siglo de biosiquiatría nadie ha logrado demostrar que los trastornos que diagnostican los siquiatras estén relacionados con lesiones en el cerebro. De manera que por medio de un acto de fe y una lógica diametralmente opuesta a la jurisprudencial, los siquiatras supusieron que las personas a su cargo estaban enfermas (“culpables”) hasta que su salud fuera probada. Al igual que la seudociencia de la parasicología, que inició aproximadamente al mismo tiempo que la siquiatría moderna y que después de más de cien años no ha logrado demostrar lo paranormal, los siquiatras creyeron que era simplemente cuestión de tiempo para que la patología celular de misteriosas “enfermedades” como la depresión fuera descubierta. Asimismo, los parasicólogos continúan persiguiendo el espejismo que tarde o temprano demostrarán la realidad de la “percepción extrasensorial”. Las palabras de Szasz son contundentes al respecto:

El propósito de mi argumento es que hombres como Kraepelin, Bleuler y Freud no eran lo que pretendían o parecían ser —es decir, médicos o investigadores médicos—; eran, de hecho, líderes políticos, religiosos y conquistadores. En vez de descubrir nuevas enfermedades, extendieron, a través de la psiquiatría, las imágenes, el vocabulario, la jurisdicción, y de ahí el territorio de la medicina, a lo que no eran, y no son: enfermedades en el sentido original y virchowiano de la palabra.[7]

Rudolf Virchow, el creador de la patología celular, dijo en una serie de conferencias de 1858 ante sus colegas médicos que “no existe la enfermedad en general, sino solamente enfermedades de los órganos y de las células”. El libro de Virchow Die Cellularpathologie es piedra angular en la ciencia médica. Actualmente se considera que una enfermedad es una condición que tiene una causa conocida, y que puede identificarse por una o varias pruebas de laboratorio. La osteoporosis, la diabetes o las infecciones, por ejemplo, pueden diagnosticarse con tecnología moderna. En Esquizofrenia: el símbolo sagrado de la psiquiatría, Szasz puntualiza:

De hecho, tomando el criterio virchowiano de la enfermedad [la patología celular], no creo que Kraepelin, Bleuler, o los otros psiquiatras de ese período podrían haber tomado tal posición, y haberse salido con la suya. La razón es sencilla. Habrían tenido que llegar a la conclusión de que la mayoría de los “pacientes” en sus hospitales no estaban enfermos; o por lo menos no podrían haber encontrado nada palpablemente mal en la estructura anatómica o el funcionamiento fisiológico de sus cuerpos.[8]

Por la que Szasz concluye:

Como dice el dicho, nadie es tan ciego como la persona que no quiere ver. Mucha gente en el pasado no quería, y tampoco quiere ver ahora, los hechos desnudos de la psiquiatría: que los psiquiatras diagnostican enfermedades sin lesiones y tratan a pacientes sin derechos. Este, entonces, fue el terrible punto de partida en el origen de la psiquiatría moderna: la invención de la supuesta enfermedad “esquizofrenia”, una enfermedad cuya lesión nadie podía ver y que “afligía” a personas de tal manera que a menudo no querían otra cosa que no ser pacientes.[9]

A muchos siquiatras les gusta decir que, después de diversos avances en neurociencia, la crítica de Szasz está obsoleta.

No lo está. Lo que Szasz escribió en Esquizofrenia sobre el criterio virchowiano, por ejemplo, lo amplificó y detalló en Pharmacracy: medicine and politics in America, publicado en 2001; y un libro publicado en 2004 por uno de sus discípulos responde a los críticos de Szasz.[10] Cuando en abril de 2000 se celebró un simposio en la Universidad de Siracusa en honor del cumpleaños ochenta de Szasz, Jeffrey Schaler pronunció estas palabras: “Sus escritos, enseñanza, discursos y tutoría continúan influenciando y cambiando la manera en que pensamos sobre la psiquiatría”.[11] Cuando algunos estudiantes de medicina confrontan a Szasz sobre su incredulidad de que la “enfermedad” mental exista, el médico veterano les responde: “Muéstrenme cien estudios ciegos de escaneos CAT [tomografía axial computada] que muestren que los pacientes tienen enfermedad mental tan confiablemente como cien estudios ciegos de rayos X que muestren que otros pacientes tienen fracturas en las piernas, y creeré que existe la enfermedad mental”.[12] Es decir, necesitamos buena evidencia física de que la enfermedad mental es biológica, y no hay ninguna.

Szasz no está solo entre sus colegas. El doctor Loren Mosher, quien presidió el Centro de Estudios sobre Esquizofrenia del Instituto Nacional de Salud Mental (NIMH en sus siglas inglesas) de 1969 a 1980, dijo en una entrevista de 2003: “Si usted me enseña algo —sea una lesión, es decir una estructura anormal, o un proceso neurofisiológico que sea identificable, que pueda replicarse y que se encuentre sólo en aquellas personas a quienes se les ha etiquetado de esquizofrenia— cambiaría de opinión inmediatamente. He estado diciendo esto por treinta años”.[13] Asimismo, cuando invitaron a Mary Ann Block al programa televisivo The Montel Williams Show también invitaron a un siquiatra que aprobaba el uso de drogas siquiátricas para los niños. Frente a las cámaras Block arguyó que a los niños no les hacen pruebas de laboratorio antes de diagnosticarlos. El siquiatra respondió: “Mire usted, nosotros somos siquiatras. El trastorno del déficit de atención e hiperactividad es un diagnóstico siquiátrico. Los diagnósticos siquiátricos están basados en la historia. Los siquiatras no hacen exámenes físicos” (énfasis en el original).[14]

Una viñeta personal ilustrará esta aparente incongruencia. En octubre de 2005 presenté una ponencia en la Asamblea Legislativa en la Ciudad de México; los otros ponentes representaban a la siquiatría oficial del país: Marco López Butron y Enrique Camarena Robles. Finalicé mi presentación con la pregunta al público: “¿Sabían ustedes que la siquiatría es la única especialidad médica en la que no existe prueba de laboratorio sobre la causa o fisiología de los diagnósticos siquiátricos?” Luego añadí: “Y a partir de esta pregunta quisiera hacerle otra pregunta a usted [López Butron, viéndolo a los ojos] como director del Fray Bernardino, el siquiátrico más grande del país, y a usted también [Camarena Robles, viéndolo a los ojos], como jefe de ese hospital y del Navarro: ¿Cómo justifican tratamientos invasivos como el electroshock en sus instituciones si no hay prueba de laboratorio?”

Ni López Butron ni Camarena Robles hicieron el menor esfuerzo por contestar mi pregunta. Pero a pesar de la falta de evidencia, los profesores de medicina se aferran al dogma. Nancy Andreasen, editora de American Journal of Psychiatry, publicó en 2001 Brave new brain: conquering mental illness in the era of the genome. Para entender qué es una mente dogmática es ilustrativo señalar que, en su libro, Andreasen reconoce lo siguiente:

  • No se ha encontrado evidencia de patología fisiológica detrás de los trastornos mentales.
  • No se han encontrado desequilibrios químicos en la gente diagnosticada con una enfermedad mental.
  • No se han encontrado genes responsables de alguna enfermedad mental.
  • No existe prueba de laboratorio que determine quién está enfermo mentalmente y quién no lo está.
  • Algunos trastornos mentales son causados por el medio ambiente.

Esto, repito, lo afirma la editora de la revista especializada de siquiatría más influyente en un libro publicado en 2001. Lo que llama enormemente la atención es que, a pesar de reconocer que los siquiatras no tienen nada entre las manos y que algunos trastornos se deben al medio, en su libro Andreasen declara que el proyecto genoma le va a resolver todo a los siquiatras en el futuro.

Pero tal fe futurista no está basada en la ciencia, sino en la ciencia-ficción. Los científicos no basan sus afirmaciones en esperanzas sobre proyectos prometedores, sino en lo que existe en el mundo empírico. Andreasen mantiene la esperanza en un futuro que ella imagina que será el proyecto genoma.

Como en todas las seudociencias en las que los creyentes se pasan la vida buscando algo que no existe, más que estudiar a la siquiatría habría que estudiar a los siquiatras, especialmente aquellos que ocupan cargos importantes en la profesión. Las palabras de Amara y de muchos otros siquiatras que recomiendan drogar a sus pacientes “para corregir un desequilibrio químico” significan, traducidas al lenguaje de la realidad, tratar una enfermedad que existe sólo en su imaginación. Es fascinante notar que, en su DSM, el Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales, por muchos años la misma Asociación Psiquiátrica Americana excluyó a las condiciones orgánicas como responsables de la esquizofrenia. Por ejemplo, en la revisión publicada en 1983, DSM-IIIR, el manual dice que un diagnóstico “se hace solamente cuando no puede establecerse que un factor orgánico originó y mantuvo la alteración”.[15] Ahora bien, si reconocen que no han encontrado causas orgánicas, ¿cómo se atreven estos Amaras a decirles diario a sus clientes que su condición se debe a radicales químicos en el cerebro? ¿Qué clase de esquizofrenia padecen estos profesionales? Quizá la explicación de su mente dividida la encontremos en el siguiente hecho. No fue sino hasta la edición de 1994, el DSM-IV, en que el pasaje honesto (“no puede establecerse que un factor orgánico…”) fue censurado de la versión anterior. El siquiatra Fuller Torrey reconoce que la censura pudo deberse “a las actuales teorías sicoanalíticas y de interacción familiar sobre la esquizofrenia”.[16] Otra explicación es que si los siquiatras no tomaran dogmáticamente al biorreduccionismo y se solidarizaran con las víctimas que oyen día tras día en sus consultorios, podría venirse abajo su negocio de recetar psicofármacos en sólo diez minutos de consulta: y eso es algo que no van a permitir. Como decía Laing, la economía controla la política.

También controla la ciencia, o mejor dicho, la seudociencia política en las universidades. Si el modelo de la causa física persiste es porque provee un interminable campo de investigación seudocientífica para psicofármacos que generan miles de millones de dólares. Esta investigación insensata se originó desde que los siquiatras decidieron que las personas a su cargo estaban enfermas, y proseguirá porque las causas biológicas de la mayoría de los trastornos mentales no existen. Es exactamente lo que ocurre en parasicología: tanto los parasicólogos como los siquiatras biologicistas persiguen un espejismo. Quizá valga mencionar que Eugen Bleuler, el siquiatra que acuñó la palabra esquizofrenia, fue un obstinado defensor de los fenómenos espiritistas y parasicológicos de su tiempo.[17] Y quizá también valga mencionar que, cierta ocasión que le reproché a Amara su extrema credulidad en un libro sobre la licantropía (en sesión me dijo que un pacientito suyo había visto cómo le crecía la cara a su padre), despachara mi crítica con un ademán despectivo. La anécdota es ilustrativa: la cognición del “paciente” estaba en el marco de la realidad mientras el “terapeuta” padecía el delirio de creer que transformaciones en hombre lobo suceden como en las películas.

Sólo para mostrar que además de Szasz hay una nueva generación de médicos que se ha percatado de cómo los siquiatras, al engañarse a sí mismos engañan a los estudiantes de medicina, citaré una vez más a Colin Ross:

Cuando entré a mi interinato de psiquiatría, creía que se había demostrado el fundamento genético de la esquizofrenia y que se había demostrado también que la esquizofrenia era básicamente una enfermedad biomédica del cerebro. Este parecer era casi universalmente compartido en mi escuela de medicina, y jamás escuché una crítica seria a este respecto en el interinato. Fue por un proceso gradual que comencé a percatarme cada vez más de los errores cognitivos que prevalecen en la psiquiatría clínica […]. También vi cómo se afanaban los psiquiatras biológicos para que los consideraran doctores y que fueran aceptados por el resto de la profesión médica. En su deseo de ser aceptados como verdaderos doctores clínicos, estos psiquiatras construían un edificio demasiado dogmático sobre cimientos científicos muy endebles.

Uno de los efectos más perturbadores de errores lógicos en la psiquiatría biológica que presencié durante los diez años como residente y psiquiatra académico, de 1981 a 1991, fue su influencia sobre los estudiantes de medicina. Ya intensamente socializados en el biorreduccionismo médico cuando llegaron a los pabellones de psiquiatría, muchos estudiantes de medicina aceptaban la idiosincrasia y los errores lógicos de la psiquiatría biológica como un hecho científico. Los escuchaba repitiendo como loros que la enseñanza de la psiquiatría se ha convertido más científica recientemente; que tiene muchas drogas efectivas; que ha demostrado el fundamento genético de la esquizofrenia, y que se mueve siempre adelante en pos de psicofarmacologías más específicas. El problema no es que todas estas proposiciones sean completamente falsas: era la aceptación incondicional del dogma lo que me alarmaba.[18]

El pasaje de arriba aparece en el libro Pseudoscience in biological psychiatry (Seudociencia en psiquiatría biológica), y es triste observar que en occidente no sólo se enseña tal seudociencia a los estudiantes de medicina, sino a los de sicología y pedagogía. Es indignante ver cómo la facultad de sicología de la universidad más grande de Latinoamérica incluye materias de biosiquiatría en su currículo. En la Universidad Nacional Autónoma de México y en muchas otras universidades la llamada sicología clínica está orientada hacia el modelo médico.

En otro capítulo de su libro Ross rebate varios artículos biorreduccionistas publicados en American Journal of Psychiatry (AJP). En el presente libro no profundizaré en detalles científicos y técnicos. Es un tema complejo que me llevaría engrosar más de lo tolerable a un libro presumiblemente literario. Me limitaré a citar las palabras finales de un capítulo de Pseudoscience in biological psychiatry:

Esto completa un análisis detallado de seudociencia en American Journal of Psychiatry desde 1990 hasta 1993. El número de enero de 1994 de la revista muestra que los errores lógicos y la ideología biorreduccionista continuarán dominando la psiquiatría por algún tiempo. Un análisis similar no podría hacerse de una revista profesional en ninguna otra área de un campo verdaderamente científico.[19]

Cabe decir que, además de dirigir un siquiátrico que lleva su nombre, Ross ha sido contratista de compañías de psicofármacos; ha sido llamado a participar en juicios legales sobre neurolépticos en Estados Unidos, y continúa publicando en la AJP. Pero a pesar de que sus credenciales son puro establishment, Ross saca a la luz publica la seudociencia en su profesión.

En el mundo del mercado la propaganda que las compañías de drogas nos vende es tomada como ciencia real. Esta propaganda es precisamente la de los estudiantes de medicina que repiten como loros que la siquiatría ha demostrado el fundamento biológico de la esquizofrenia, de la depresión y de otras enfermedades nerviosas. La impresión del público general sobre estos supuestos avances médicos ha sido creada por la incesante repetición de estos eslóganes siquiátricos en los medios de comunicación.


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[1] Karl Kraus, citado en Tomas Szasz: Anti-Freud: Karl Kraus’s criticism of psychoanalysis and psychiatry (Syracuse University Press, 1990), pág. 109.

[2] En Psicología médica: nueva versión (Fondo de Cultura Económica, 2000) Ramón de la Fuente Muñiz sólo menciona a Laing y a Lidz en un contexto distinto al maltrato enloquecedor que algunos padres infligen a sus hijos.

[3] Ramón de la Fuente Muñiz: Psicología médica (Fondo de Cultura Económica, 1959), págs. 190s.

[4] Víctor Uriarte-Bonilla: Psicofarmacología (Trillas, 1999), pág. 368.

[5] Walter Pöldinger: “Neurolépticos” en Raymond Battegay, Johann Glatzel, Walter Pöldinger y Udo Rauchfleisch, Diccionario de psiquiatría (Herder, 1989), pág. 348. Véanse también las págs. 350s.

[6] Véase Richard Gosden: “Prepsychotic treatment for schizophrenia: preventive medicine, social control, or drug marketing strategy?” en EHSS (verano de 1999), págs. 165-177.

[7] Thomas Szasz: Esquizofrenia, p 35.

[8] Ibídem, págs. 25s.

[9] Ibídem, págs. 40s.

[10] Jeffrey Schaler: Szasz under fire (Open Court, 2004).

[11] Nelson Borelli y Jeffrey Schaler: “Liberty and/or psychiatry?: 40 years after The myth of mental illness, a symposium in honor of Thomas S. Szasz on his 80th birthday”.

[12] Thomas Szasz, citado en E.V.D. Luft: “Thomas Szasz, MD: philosopher, psychiatrist, libertarian”. Leí este artículo y el anterior en un website sobre Szasz.

[13] Loren Mosher, citado en Jeanette De Wyze: “Still crazy after all these years” en San Diego Weekly Reader (January 9, 2003).

[14] Mary Ann Block: No more ADHD (Block System Inc., 2001), pág. 19.

[15]Diagnostic and statistical manual of mental disorders, DSM-IIIR (American Psychiatric Association, 1987), pág. 187.

[16]E. Fuller Torrey: Surviving schizophrenia: a family manual (Harper & Row, 1988), pág. 149. En 1974 Torrey había publicado The death of psychiatry, un libro crítico de su profesión. Sospecho que cambió de bando por temor de confrontar el origen psicógeno de la psicosis de su hermana: algo similar a la represión de Margaret Helfgott.

[17] George Windholz: “Bleuler’s view on inheritance of acquired characteristics and on psi phenomena” en Skeptical inquirer (primavera de 1994).

[18] Colin Ross: “Errors of logic in biological psychiatry” en Colin Ross y Alvin Pam (eds.), Pseudoscience in biological psychiatry: blaming the body (Wiley & Sons, 1995), págs. 85-87.

[19] Colin Ross: “Pseudoscience in the American Journal of Psychiatry” en Pseudoscience in biological psychiatry, pág. 191.