Por qué la siquiatría es una falsa ciencia

César Tort© 2007

Sumario

La siquiatría nunca ha sido una ciencia. La manera en que los siquiatras presentan sus hipótesis —enfermedades biológicas “de etiologías desconocidas”— las convierte en hipótesis no contrastables o irrefutables.

Introducción

“Así que una hipótesis irrefutable es una señal segura de que estamos ante una seudociencia”

Terence Hines [1]

De acuerdo a Ron Leifer, ha habido cuatro críticas paralelas a la siquiatría: 1.- La crítica conceptual y lógica de Thomas Szasz sobre la idea de enfermedad mental; 2.- La propia crítica de Leifer de control social a través de la siquiatría; 3.- La evaluación de Peter Breggin sobre los asaltos al cerebro con drogas, electroshocks y lobotomías; y 4.- la queja de aquellos que han sido dañados por ello.[2] Otra manera de cuestionar la validez de la siquiatría es examinar la base científica de la siquiatría biológica. Esta quinta crítica paralela, que yo llamaría 5.- la evaluación del estatus científico de la siquiatría, pone en tela de juicio a la siquiatría desde su base teórica. Los exponentes de esta estrategia se han enfocado en los diversos alegatos biorreduccionistas y falacias lógicas en siquiatría;[3] en la dudosa ciencia detrás de la psicofarmacología,[4] y en análisis estadísticos que muestran que a los países pobres con pocos psicofármacos llamados neurolépticos (“antipsicóticos”) les va mucho mejor en el tratamiento de la gente en crisis psicóticas que a los países ricos.[5] En este artículo presentaré una manera aparentemente novedosa de cuestionar el estatus científico de la siquiatría biológica.

Por más extraño que pueda parecer, la biosiquiatría no ha sido atacada desde el criterio más clásico para detectar seudociencias: la prueba de Karl Popper que distingue entre ciencia real y falsa ciencia, y el precepto conocido como principio de economía o navaja de Occam. Ambos principios han sido muy útiles para desenmascarar los alegatos de lo paranormal, así como a seudociencias biológicas tales como la frenología o la genética de Lysenko.[6] Argüiré que es en este último marco de seudociencias biológicas dentro del cual la siquiatría puede reconocerse y entenderse.


El argumento de Bunge

Mario Bunge, el filósofo de la ciencia, mantiene que todas las seudociencias son estériles. A pesar del subsidio multimillonario de las compañías farmacéuticas, la siquiatría biológica ha sido y continúa siendo una profesión estéril hoy día.[7]

A pesar de su larga historia de teorías biológicas desde 1884, cuando Johann Thudichum, el fundador de la neuroquímica moderna, creía que la causa de la locura eran “venenos fermentados en el cuerpo” hasta la teoría actual de la dopamina sobre la esquizofrenia, los siquiatras han sido incapaces de encontrar la causa biológica de los principales trastornos listados en DSM.[8] Esta falta de progreso era de esperar. Si el postulado biologicista del que parte la siquiatría está equivocado, esto es si la causa de las enfermedades mentales no es somatogénica sino psicogénica, real progreso jamás podrá ocurrir en biosiquiatría: y el asunto de los trastornos mentales no debiera pertenecer a la ciencia médica sino a la psicología.

Como vimos en el capítulo sobre mi crítica al diagnóstico de Giuseppe Amara [me refiero al segundo libro de la serie Hojas susurrantes], Nancy Andreasen, la editora de American Journal of Psychiatry, la revista siquiátrica más influyente del mundo, reconoce en un libro publicado en 2001 que no se ha encontrado evidencia de patología fisiológica detrás de los trastornos mentales; ni se han encontrado desequilibrios químicos en la gente diagnosticada con una enfermedad mental; ni se han encontrado genes responsables de alguna enfermedad mental; ni existe prueba de laboratorio que determine quién está enfermo mentalmente y quién no lo está. Mejor prueba sobre la esterilidad de la biosiquiatría es difícil de hallar. Vale la pena mencionar que el libro de Andreasen ha sido considerado por un reseñador como “el libro de siquiatría más importante en los últimos veinte años.”[9]

Los hechos arriba mencionados nos muestran por qué, desde sus orígenes, la siquiatría y la neurología están separadas. Si bien la neurología trata con auténtica biología cerebral, podemos suponer que la siquiatría busca un espejismo biológico.


La “prueba de tornasol” de Popper

En Lógica de la investigación científica el filósofo de la ciencia Karl Popper nos dice que la diferencia entre ciencia y seudociencia estriba en el poder de refutabilidad de una hipótesis.[10] A pesar de su respaldo académico, gubernamental e impresionante financiamiento en el sector privado, la siquiatría no descansa en un cuerpo de descubrimientos experimentalmente contrastables o refutables. De hecho, la entidad central en siquiatría, el concepto de enfermedad mental —digamos, la esquizofrenia—, no puede presentarse como una hipótesis contrastable o refutable.

Consideremos el alegato que los siquiatras usan neurolépticos para restablecer el equilibrio químico cerebral de un esquizofrénico. Un popperiano haría inmediatamente las preguntas: (1) Exactamente ¿qué es un desequilibrio químico cerebral? (2) ¿Cómo se reconoce esta condición neurológica en quienes ustedes llaman esquizofrénicos y con qué pruebas de laboratorio la diagnostican? (3) ¿Qué evidencia pueden presentarme que el desequilibrio bioquímico del llamado esquizofrénico ha sido equilibrado —o no lo ha sido— por la ingestión del neuroléptico?

Ante este tipo de preguntas el siquiatra contesta de tal manera que, aquél que no está versado en la lógica de la investigación científica, tendrá graves dificultades en detectar una trampa. Por ejemplo, Andreasen reconoció que no se han encontrado desequilibrios bioquímicos en la gente diagnosticada con una enfermedad mental y que no existe prueba de laboratorio que determine quién está mentalmente enfermo y quién no lo está. Es decir, reconoce que su profesión es incapaz de responder las preguntas segunda y tercera de arriba. ¿Cómo, entonces, Andreasen y sus colegas se han convencido que los neurolépticos restauran el equilibrio a los cerebros “químicamente desequilibrados” de los esquizofrénicos? Lo que es más, ¿por qué Andreasen afirma tan confiadamente en su libro Brave New Brain que la esquizofrenia “no es una enfermedad que los padres causen”?

Hablando en términos popperianos la respuesta es: ideando una hipótesis no contrastable o refutable. A diferencia de los neurólogos que pueden demostrar la fisiopatología, la histopatología o la presencia de microorganismos patógenos, Andreasen y sus colegas reconocen que no pueden demostrar ni estos marcadores biológicos (genes aberrantes o desequilibrios bioquímicos) que postulan en los principales trastornos clasificados en la edición en boga del DSM. Si pudieran hacerlo, la siquiatría como especialidad habría desaparecido y su cuerpo de conocimientos habría quedado fusionado con la ciencia neurológica. Lo que los siquiatras hacen es declarar que, después de casi un siglo de investigar, por ejemplo, la esquizofrenia, la etiología médica de la “enfermedad” continúa siendo “desconocida”: y lo mismo alegan de las conductas más conocidas del DSM. Dicho de otra manera, en la ciencia médica real los médicos observan primero las alteraciones patológicas en los órganos, tejidos y células, así como las invasiones microbianas, y el nombrar a la enfermedad viene después. La siquiatría invierte esta secuencia. Primero bautiza una supuesta enfermedad, sea la esquizofrenia o cualquier otra, y la existencia de un marcador biológico nunca se descubre aunque, eso sí, se postula dogmáticamente. Un postulado es una proposición que se admite sin pruebas. Sólo postulando que estos trastornos son básicamente biológicos y que el medio ambiente juega sólo un papel “detonante” o “desencadenante” pueden los siquiatras justificar tratarlos por medios físicos. En cambio, si las perturbaciones mentales se originan en malos tratos parentales, tratarlos con drogas o electroshock sería revictimar brutalmente al hijo.

Tomemos como ejemplo un artículo de julio de 2002 de la revista Time. El articulista tomó el caso de Rodney Yoder, maltratado de niño y hospitalizado de adulto en Chester, Illinois. Desde el siquiátrico Yoder ha emprendido una campaña en internet para su liberación. Haciéndose eco de las frases favoritas de los siquiatras, el articulista de Time nos dice: “A los científicos les hacen falta decenios [mis cursivas] para poder hacer uso del escaneo cerebral al diagnosticar algo como los alegados trastornos de personalidad de Yoder”.[11] En esa misma línea, Rodrigo Muñoz, quien fuera presidente de la Asociación Psiquiátrica Americana en los noventa, declaró en una entrevista: “Gradualmente estamos avanzando hacia el punto en que seremos capaces [cursivas añadidas] de señalar cambios funcionales y estructurales en el cerebro que están relacionados con la esquizofrenia”.[12] Es decir, los siquiatras reconocen que no pueden medir la perturbación mental por medios puramente físicos, aunque tienen una enorme fe de que lo harán en el futuro próximo. Esto nos hace comprender lo que otro siquiatra le dijo al Washington Post: “Los diagnósticos siquiátricos son descriptivos; en realidad, no entendemos los trastornos siquiátricos a nivel biológico”.[13] Los siquiatras se basan únicamente en la conducta, no en el cuerpo del sujeto, al decir que hay una enfermedad. Luis Méndez Cárdenas, el director del único siquiátrico público en México que se especializa en hospitalizar niños, me dijo en una entrevista: “Como no se conoce la causa de ningún trastorno, el diagnóstico es clínico”.

Yendo más al punto, cuando en 2002 discutí con el mencionado Gerard Heinze, director del Instituto Nacional de Psiquiatría, sobre la carencia de marcadores biológicos en su profesión, Heinze me respondió enumerando dos o tres enfermedades que, como el reumatismo, la ciencia médica no ha llegado a comprender del todo. El distinguido siquiatra quiso decirme que los trastornos mentales se encuentran en esta categoría de enfermedades incomprensibles. La respuesta de Heinze no habría estresado mi credulidad hasta el punto de ruptura si la mayoría de los 374 diagnósticos del DSM-IV fueran enfermedades biomédicas probadas con sólo un puñado de enfermedades residuales misteriosas. Pero se nos quiere hacer creer que la inmensa mayoría de los trastornos del DSM son enfermedades “de etiología desconocida”.

Un último ejemplo relacionado con una huelga de hambre en 2003 de sobrevivientes de siquiatría en Pasadena, California, que demandaban pruebas científicas de la enfermedad mental como una genuina condición biomédica, ilustrará esta actitud.

La demanda de los huelguistas se dirigió a la Asociación Psiquiátrica Americana y a las oficinas del Inspector General de Sanidad. El siquiatra Ron Sterling desechó la demanda de los huelguistas sobre una prueba científica positiva describiendo el campo de salud mental de la siguiente manera: “El campo está como la cardiología estaba antes de que los cardiólogos pudieran tener acceso a procedimientos como electrocardiogramas, cirugía de corazón, angiografías y ultrasonido […]. Como la estructura y fisiología del cerebro son tan complejas, la comprensión de su biología y de sus circuitos se encuentran en la infancia”.[14] La oficina del Inspector General de Sanidad ni siquiera se molestó en responder. No obstante, en una declaración de septiembre de 2003 la APA concedió:

La ciencia del cerebro no ha avanzado al nivel en que los científicos o clínicos puedan señalar ya las lesiones patológicas o las anormalidades genéticas que en sí mismas sirvan como biomarcadores confiables de una enfermedad mental dada o un grupo de trastornos mentales […]. Probablemente se demostrará [mis cursivas] que los trastornos mentales representan trastornos en la comunicación intracelular o un sistema de circuitos neuronales desorganizado”.[15]

El truco a notar en todas estas declaraciones al público es que los siquiatras, médicos a fin de cuentas, están declarando que aunque la etiología de las perturbaciones mentales es desconocida tal etiología es, por definición, biológica, y que es sólo cosa de tiempo para que esto probablemente se demuestre. Tal es el significado oculto de la frase “de etiología desconocida”. Al hacer esto los siquiatras, apriorísticamente y en bloque, invalidan el trabajo de todos los investigadores que han postulado un origen psicógeno de las perturbaciones mentales.[16] A pesar que para el sentido común es más natural pensar en una causa psicológica para una perturbación mental, con su postulado somatógeno la siquiatría ignora la hipótesis alternativa, el modelo del trauma. Así, incursionar en la infancia de un Yoder por ejemplo es descartado axiomáticamente por esta ciencia que se aferra a una sola hipótesis. En otras palabras, al hablar de etiologías desconocidas que se descubrirán en el futuro por la ciencia médica —jamás por los psicólogos—, estos médicos nos han presentado una hipótesis biológica sobre las perturbaciones mentales de forma tal que, ni siquiera estando errada, puede ser refutada.

Si los siquiatras fueran verdaderos científicos presentarían su idolatrada hipótesis biológica bajo del protocolo de refutabilidad que Popper observó en las ciencias exactas. Consideremos la hipótesis: “A nivel del mar, el agua hierve a los 30º C”. Esta es una hipótesis científica independientemente del hecho de que la proposición sea falsa (el agua no hierve a los 30º sino a los 100º C). Es científica porque está presentada de forma tal que basta ponerla a prueba en nuestra cocina con un termómetro para ver si es o no cierta: si el agua no hierve a los 30º C, la hipótesis es falsa. En otras palabras, según Popper lo científico de una hipótesis no estriba en que sea verdadera sino en que, por más paradójico que pueda parecer, la hipótesis pueda refutarse suponiendo que sea falsa. Así, la hipótesis que en el presente el agua hierve a los 30º C puede ser refutada: es una hipótesis científica. En cambio, la hipótesis que la esquizofrenia y las demás perturbaciones mentales son biológicas y que esto “probablemente se demostrará”, por usar las citadas palabras de la Asociación Psiquiátrica Americana, no puede ser refutada: no es una hipótesis científica. Contra esta hipótesis no existe evidencia posible en el presente, esto es, no hay ningún tipo de evidencia empírica que pueda mostrar que la hipótesis sea falsa.

Esta es la señal inequívoca de una seudociencia.


Conclusión

Los verdaderos científicos, digamos: los geólogos o los biólogos, nunca postulan sus hipótesis centrales, las placas tectónicas y el principio de la selección natural, como hipótesis no contrastables que “probablemente se demostrarán”. Es la postura futurista de los siquiatras lo que le da el mentís al alegato que su sistema de creencias sea científico.

Una seudociencia es un sistema de creencias que pretende ser científico. La siquiatría no es la única seudociencia biológica, pero exhibe el mismo signo inequívoco de seudociencia presente en todo sistema que pretende ser científico. Otros médicos seudocientíficos como los frenólogos o los genetistas partidarios de Lysenko en tiempos de Stalin, tampoco cumplieron el requisito popperiano de presentar sus conjeturas de forma contrastable o refutable. No entraré en detalle sobre la frenología o la seudociencia comunista. Baste decir que todas las seudociencias, sean biologicistas o paranormalistas, tienen cuatro cosas en común.

Al igual que sus hermanas biológicas (la frenología, la genética de Lysenko) y sus primas paranormalistas (por ejemplo, la parasicología y la ovnilatría), la siquiatría es una “ciencia” que (1) presenta su hipótesis central de manera irrefutable; (2) idolatra a perpetuidad esa sola hipótesis; (3) viola el principio de la economía ignorando la más parsimoniosa hipótesis alternativa, y (4) es completamente estéril. Después de decenios de investigación ni los frenólogos ni los siquiatras ni los parasicólogos ni los ovnilatras han demostrado la existencia del (supuesto) fenómeno que estudian.

Dicho de otra manera, los siquiatras no tienen evidencia médica o científica que respalde sus afirmaciones. El reconocimiento de los siquiatras que no pueden decirnos nada respecto a la pregunta formulada arriba —¿con qué pruebas de laboratorio diagnostican esta llamada condición neurológica?— demuestra que su hipótesis de la esquizofrenia no es científica. Lo mismo puede decirse del autismo, la depresión severa, la “enfermedad” bipolar y las demás categorías del DSM.

En pocas palabras, la siquiatría no es una ciencia. Desde mediados de los años 1950 la falta de una ciencia de salud mental ha sido compensada en la profesión médica por el marketing invasivo y la venta agresiva de las corporaciones farmacéuticas.[17]

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Referencias:

[1] Terence Hines: Pseudoscience and the paranormal: a critical examination of the evidence (Prometheus Books, 1988), pág. 2.

[2] Ron Leifer: “A critique of medical coercive psychiatry, and an invitation to dialogue” en Ethical Human Sciences and Services (EHSS), 2001, 3 (3), págs. 161-173. Aunque esta revista ha cambiado de nombre a Ethical Human Psychology and Psychiatry, como sólo uso los primeros números a lo largo de este sitio, en la sección de referencias bibliográficas siempre aparecerán las siglas EHSS.

[3] Ross y Pam: Pseudoscience in biological psychiatry.

[4] Valenstein: Blaming the brain.

[5] Un estudio mostró que han muerto miles de norteamericanos debido al síndrome neuroléptico maligno. Es tan iatrogénica la profesión que estudios publicados en 1979 por la Organización Mundial de la Salud (OMS) revelaron el dato más devastador que podamos imaginar para la legitimidad de la siquiatría. A lo largo de ocho años la OMS hizo estudios en Colombia, India y Nigeria, países donde se administran muchas menos drogas siquiátricas que en los países ricos. La OMS descubrió que en estos países pobres el índice de mejoría de quienes sufren crisis psicóticas fue exponencialmente más alto que en Estados Unidos, la Unión Soviética, Inglaterra, Dinamarca, Irlanda, Checoslovaquia y Japón. ¿Cómo fue eso posible? La respuesta es simple: en Colombia, India y Nigeria no se consumen tantos neurolépticos. Al no ser capaces de importar en grandes cantidades los medicamentos occidentales, los países pobres han tenido una gran ventaja sobre los ricos. En el estudio de la OMS resultó muy revelador que donde menos se recuperaban los pacientes mentales fue en la Unión Soviética: el país de la lista en el que se han administrado la mayor cantidad de neurolépticos. Es una estupenda ironía que, en sus intentos de sanar a la gente en crisis, los métodos de las potencias sean contraproducentes comparados con los de los países en desarrollo. La información de esta nota la obtuve de Whitaker: Mad in America.

[6] El CSICOP o Committee for the Scientific Investigation of Claims of the Paranormal (Comité de investigación científica sobre alegatos de lo paranormal), que publica el bimensual Skeptical Inquirer y cuyos miembros incluían celebridades como Martin Gardner, Isaac Asimov y Carl Sagan, ha sido la organización más conocida en el desenmascaramiento de seudociencias desde 1976.

[7] Hay toda una revista especializada en que un grupo de profesionales en salud mental demuestran la esterilidad de la investigación siquiátrica, Ethical Human Psychology and Psychiatry.

[8] Para una revisión crítica de la teoría de la dopamina en la esquizofrenia véase, por ejemplo, Valenstein, Blaming the brain, págs. 82-89; Ross y Pam, Pseudoscience, págs. 106-109.

[9] Ty Colbert, reseña en Ethical Human Sciences and Services, 2001, 3 (3), pág. 213.

[10] Especialmente los capítulos 4 y 6 del libro de Popper.

[11] Cloud: Time (15 julio 2002).

[12] Rodrigo Muñoz, citado en Jeanette De Wyze: “Still crazy after all these years” en San Diego Weekly Reader (9 enero 2003).

[13] Thomas Laughren, citado en Shankar Vedantam: “Against depression, a sugar pill is hard to beat: placebos improve mood, change biochemistry in majority of trials of antidepressants” en The Washington Post (6 mayo 2002).

[14] Ron Sterling: “Hoeller does a disservice to professionals” (op-ed rebuttal) en The Seattle Post-Intelligencer (6 septiembre 2003)

[15] Citado en David Davis: “Losing the mind” en Los Angeles Times Magazine (26 octubre 2003). Leí estos pasajes del comunicado de la APA en el cibersitio de Mind Freedom, la organización antisiquiátrica que organizó la huelga.

[16] Además de Theodore Lidz, a quien cité en mi anterior libro, podría mencionar a los siguientes autores: Silvano Arieti: Interpretación de la esquizofrenia (Editorial Labor 1965); Ronald Laing: The divided self: Selected works of R.D. Laing, 1 (Routledge, 1999); Alice Miller: Breaking down the wall of silence: the liberating experience of facing painful truth (Dutton, 1987); Modrow, How to become a schizophrenic (op. cit.); Colin Ross, Schizophrenia: an innovative approach to diagnosis and treatment (Haworth Press, 2004); John Read, Loren Mosher y Richard Bentall, Modelos de locura: aproximaciones psicológicas, sociales y biológicas a la esquizofrenia (Barcelona: Herder 2006).

[17] Valenstein: Blaming the brain.

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Published in: on mayo 16, 2009 at 8:00 pm  Comments (14)  

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de Hojas susurrantes

Published in: on mayo 16, 2009 at 7:59 pm  Dejar un comentario  

Por qué jamás debemos llamarle a nadie “esquizofrénico”

Aquél que desee avanzar, incluso con el más pequeño de los pasos, deberá primero liberarse a sí mismo de la palabra, de las supersticiones de los nombres y de la tiranía del lenguaje. –Fritz Mauthner [i]



En una entrevista de 1971 Theodore Lidz declaró:

Personalmente, como puede que sepa, no considero la esquizofrenia como una afección o una enfermedad, sino más bien como un determinado tipo de reacción ante una organización enferma, como un trastorno de la personalidad […]. Si bien yo utilizo la palabra esquizofrenia, por ejemplo, creo que nunca diría que un paciente tiene esquizofrenia. Nosotros decimos que un paciente es esquizofrénico.[ii]

A lo largo de su larga carrera—yo llegué a hablar por teléfono con él casi al final de su vida—, Lidz rechazó que la “esquizofrenia” fuera biológica. Pero esa palabra es la palabra equivalente a “bruja” en tiempos de la Inquisición. De haber vivido Lidz en esa época ¿le habría gustado que un inquisidor dijera que su madre era una bruja (como le dijeron a Johannes Kepler)? Hugh Trevor-Roper, quien estudió ese capítulo negro de la historia, ha dicho que la cacería de brujas sólo cesó hasta que occidente cuestionó la idea de Satán: es decir, hasta los albores de la Ilustración. Lo mismo puede decirse de la siquiatría, que ya lleva trescientos años de existencia, el tiempo que duró la Inquisición.

Ronald Laing, otro siquiatra no biologicista, seguía la misma política semántica que su colega Lidz. Laing escribió:

Quizá aún podamos retener el ahora viejo término y leerlo en su significado etimológico, esqui, roto; frenos, alma o corazón. El esquizofrénico en este sentido es alguien con el corazón roto, pero aquellos con corazones rotos pueden curarse si se lo permitimos.[iii]

Esta postura se solidariza con la víctima. Pero Laing no pareció advertir que en la praxis el término que retuvo se usa como cachiporra semántica para revictimar a esa víctima. Aunque Laing fue considerado el antisiquiatra por excelencia, falló en hacer una crítica al lenguaje, la más básica de todas las críticas. No abandonó las palabras “esquizofrenia” y “esquizoidismo” a pesar de los casos en que los siquiatras las usan como estigma en la cara de adolescentes cuerdos.

Se me podrá objetar que el diagnóstico de esquizofrenia o esquizoidismo sólo es inapropiado cuando se usa con fines de doblegar la voluntad del miembro cuerdo, aunque rebelde, de una familia. A esto respondo que, dado que la palabra no tiene la acepción de “corazón roto” como hubiera querido Laing sino una acepción enteramente distinta, el individuo con principios debe rechazar todo diagnóstico de esquizofrenia, incluyendo el diagnóstico a los individuos auténticamente trastornados.

Para ilustrar este punto quisiera referirme a Juan Carlos Vidal, un joven conocido por mi familia desde hace muchos años. Vidal ha sufrido varias crisis que podrían calificarse de quebrantos psicóticos; ha estado internado en varios siquiátricos mexicanos, y no tiene proyecto de vida. Cuando visité a la familia dependía del cuidado de su madre, la hija de Victor Serge. He hablado con el nieto de Serge personalmente y me confesó algo que demuestra mi punto a la perfección. Juan Vidal se siente extremadamente ultrajado cada vez que uno de sus hermanos le dice “esquizofrénico”. Sus emociones al confesarme esto fueron patentes.

Vidal quedó relativamente perturbado por los horrores familiares que presenció de niño, horrores que le rompieron el corazón y que aquí me refrenaré de contar. Pero a lo que quiero llegar es que, si lo que trastornó a Juan fue la dinámica familiar, lo peor que se le puede hacer es precisamente agredir aún más a su ya lesionada autoestima con insultos. Y en nuestra sociedad “esquizofrénico” es el mayor insulto que uno puede imaginar, especialmente si el insulto proviene de una institución respetada como la institución médica y se esgrime como diagnóstico absoluto de lo que la persona es (el verbo que usó Lidz). Juan Vidal mismo, por más perturbado que esté, está consciente de esto y me lo confesó cuando lo visité.

John Modrow, quien sufrió un quiebre psicótico temporal, también ha entendido el impacto iatrogénico de la palabra. Su autobiografía es un testimonio que muestra por qué ni a quienes sufren de quebrantos psicóticos debemos nombrarlos con una palabra cuya eufonía agrede al ego de la manera más hiriente posible. Decir “Oye John: tu perturbación temporal se debió al maltrato de tus padres” no es una injuria. Pero decir “Eres un enfermo: un esquizofrénico, Juan” lo es. A pesar de haber escrito El yo dividido, un brillante ensayo sobre el mundo interior de quienes sufren crisis psicóticas, o que están cerca de sufrirlas, Laing no vio algo tan elemental. De hecho, es muy común que el epíteto insultante sea la puntilla en una serie de malos tratos que rompen el límite de resiliencia de un alma en pena: justo lo que quiso decir Modrow [me refiero al segundo libro de Hojas susurrantes: la base conceptual para entender este blog] con su vívida ilustración de cómo el pánico resultante de la maldición de un brujo del vudú puede matar a un crédulo.

Hasta aquí mi respuesta a Laing. Defendiéndose ante Szasz y otros críticos de la palabra esquizofrenia, Silvano Arieti arguyó:

Creo que cuando los psiquiatras examinan casos típicos de, por ejemplo, un paciente que dice ser Jesucristo porque tomó leche Carnation y por consiguiente reencarnó, o que usa neologismos peculiares o distorsiones metonímicas o una mezcla incongruente de palabras, o que ve agentes del FBI por doquier espiándolo, o que alucina todo el tiempo, o que se encuentra en posturas catatónicas, o que se repliega completamente en sí mismo, los psiquiatras están confrontados con una constelación o Gestalt inconfundible. Ciertamente, no se le debe dar una connotación peyorativa a una disfunción del ser humano. Pero si los seres humanos están inclinados a hacerlo no se refrenarán de darle tal connotación al término que reemplaza al viejo.[iv]

A Arieti le diría lo mismo que a Lidz y a Laing. Quienes no creemos en la siquiatría involuntaria no usamos la palabra “esquizofrenia” al hablar de adolescentes rebeldes o incluso de los verdaderamente trastornados aún si con ello queremos decir que son víctimas de vapuleo familiar. De usar el epíteto el efecto psicológico sobre ellos sería iatrogénico, como lo fue para nuestro amigo Vidal, y para Modrow.

Colin Ross, quien por cierto buscó afanosamente una copia del DSM para señalarme algo durante la entrevista que tuve con él en Dallas, fue aún más lejos que Arieti. Ross escribió: “El sistema DSM-IV es uno de los logros verdaderamente importantes de la psiquiatría del siglo XX, y vale mucho más que la aportación biologicista. Soy un firme creyente en la necesidad de criterios diagnósticos operacionales”.[v]

Anti-Freud, el estudio de Szasz sobre Karl Kraus, me convenció que esto es riesgoso, al menos en el caso de la palabra “esquizofrénico”. Lo primero que debe hacer el disidente de una ideología es abandonar su nuevahabla, y más aún sus epítetos insultantes. Lo que el buen doctor Ross pasa por alto es que, en boca de siquiatras poco éticos, en la praxis la palabra esquizofrenia designa la infinita gama de conducta indeseable entre adolescentes. Esta conducta puede ir desde los jóvenes auténticamente trastornados hasta los perfectamente cuerdos, aunque rebeldes y distantes de sus padres, pasando por aquellos que actúan de manera excéntrica, tonta, ermitaña o que presentan conductas inaceptables para la sociedad dominante.

La misma crítica puede hacérsele al pasaje de Arieti. Szasz había dicho que el término esquizofrenia es un pancreston (del griego, palabra buena para todo: ese cajón de sastre que es la esquizofrenia). En el contexto de la cita de Arieti, pancreston es una palabra que se limita a bautizar con un nombre una gran constelación de trastornos distintos cuando tal nombre sólo mistifica y oscurece lo que la palabra popular, locura, expresa mejor. Los siquiatras biologicistas bautizan la locura con un nombre técnico para hacerle creer a la gente que saben exactamente con qué están tratando, pero la verdad es que de su etiología no saben nada en lo absoluto. Incluso un editorial de 1997 en la American Journal of Psychiatry concedió que “hasta la fecha no hemos identificado agentes etiológicos en los principales trastornos siquiátricos”.[vi] Por eso el diagnosticar a un ser humano con esta palabra es algo tan subjetivo que, se dice, cada año más de cien mil norteamericanos son erróneamente diagnosticados de esquizofrénicos.

De los diagnósticos siquiátricos del DSM, los únicos que son resultado de factores bioquímicos son las psicosis inducidas por drogas lícitas e ilícitas. Algunos siquiatras reconocen únicamente a dos perturbaciones mentales —el “trastorno de estrés postraumático” y el “trastorno de disociación de identidad” (PTSD y DDI en las siglas del DSM en inglés)— como causadas por traumas en la vida. La mayoría son considerados trastornos de presumible causa biológica. Arieti acierta al señalar que el viejo epíteto loco es peyorativo. Pero omitió decir que el nuevo epíteto, esquizofrénico, conlleva además acciones políticas como la drogadicción y/o hospitalización involuntaria. Aprecio que, a diferencia de los siquiatras biologicistas, Arieti mantuviera la etiología parental de este trastorno mental. John Modrow, he dicho, por un tiempo creyó ser Juan Bautista a fin de compensar un ego terriblemente humillado por sus padres. Si esto es así, poca utilidad puede tener una sofisticada nosología diagnóstica como el DSM si los siquiatras omiten decir que la gente perturbada cruzó por algo tan grave como la experiencia de un campo de concentración. Ninguna persona razonable diagnosticaría de esquizofrénica o depresiva severa a una Dora acabada de violar [una vez más: me refiero a capítulos de Hojas susurrantes, libro del que este blog son "apostillas"] omitiendo además decir lo que le acaba de pasar.

Esta comparación es clave para contestarle tanto a Colin Ross como a su antagonista, el citado August Piper. Según el testimonio de Yakoff Skurnik, el trato de los internos en los campos de concentración provocó una severa depresión en un tal Martin Klein que lo llevó a un estado de inconfundible autismo. Además, provocó conductas suicidas en algunos prisioneros e incluso catatonias en otros, y el trabajo forzado de construir chimeneas en Auschwitz también provocó un episodio de psicosis maníaca en un joven llamado Lulek.[vii] Por qué no todos enloquecieron tiene que ver con el estado de robustez psíquica de los prisioneros al entrar al campo de concentración; esto es, cómo habían sido tratados en sus infancias (Yakoff por ejemplo fue tratado bien por su padre incluso en Auschwitz, como puede leerse en el libro de Gene Church).

El trastorno mental puede inducirse en cualquier ser humano si es lo suficientemente brutalizado. Los siquiatras se autoengañan al hablar de achaques “endógenos” que provienen del cuerpo de las personas que los padecen. Médicos con puestos universitarios alegan que tienen evidencia del carácter endógeno de, por ejemplo, la depresión severa. La verdad es que su trabajo es tan seudocientífico como lo sería decir que la causa de la depresión de Martin Klein en Auschwitz fue una exigua actividad en la transmisión de serotonina de su cerebro, y escribir artículos técnicos y eruditos sobre el tema. Esta infinitamente necia búsqueda de las causas de nuestras penas en el cuerpo no es otra cosa que no querer ver la realidad psicológica de los desventurados. Quienes presentan estos síntomas en nuestras sociedades fueron víctimas de algo tan horrendo como lo que le ocurrió a Klein y a los otros prisioneros de Auschwitz, como traté de ilustrar con el caso de Helfgott. Esto es tan cierto que ha sido reconocido por algunos de los sicoanalistas más distinguidos. Kurt Eissler, quien fuera director de los Archivos Freud, alegó apasionadamente en un artículo de 1963 que cuando el trauma es lo suficientemente grande, y habló de los campos de concentración, no es posible distinguir entre un individuo normal y uno que ha enloquecido.[viii]

Así que aunque las palabras “depresión severa”, “autismo”, “manía” o “catatonia” representan conductas reales como se infiere del testimonio de Yakoff, mientras no se usen para señalar que quienes las padecen cruzaron por un infierno, es mejor no usarlas. Eso sería como diagnosticar a Klein, Lulek, a los suicidas y a los catatónicos de los que habla Yakoff omitiendo decir que cruzaron por Auschwitz. En otras palabras, si toda la gente usara las categorías siquiátricas para señalar que quienes padecen esos trastornos son víctimas de tragedias no me molestarían las categorías. Pero la hipótesis de trabajo de los siquiatras es que la locura es endógena, que proviene del cuerpo del trastornado.

En última instancia todo tiene que ver con la manera como vemos al mundo. Como agentes del sistema, los siquiatras y algunos sicólogos clínicos ubican el problema en el individuo. Los disidentes del sistema lo ubicamos en el medio, especialmente en la institución familiar.

Además, analizada a fondo la clasificación de los diagnósticos siquiátricos del DSM-IV es artificial. En su clínica siquiátrica Colin Ross mismo me confesó que es muy común que los siquiatras se confundan y que diagnostiquen a quienes padecen personalidad múltiple de esquizofrénicos y viceversa.[ix] Lo mismo sucede con aquellos que son diagnosticados de esquizofrenia y que, como los neurolépticos no les hacen efecto, a fin de probar el litio el siquiatra cambia el diagnóstico de esquizofrenia a trastorno bipolar. Esto muestra que la afirmación “El maniaco necesita del litio como el diabético de la insulina”, uno de los eslóganes favoritos del siquiatra, es un pronunciamiento seudocientífico. ¡Ya me imagino a un endocrinólogo cambiando el diagnóstico de “diabetes” a “hipotiroidismo” sólo porque la insulina no le hiciera efecto a uno de sus pacientes y quisiera probar un medicamento en base al sodio!

A pesar de que en teoría es posible distinguir entre la manía del prisionero Lulek —“trastorno unipolar” le llaman ahora los siquiatras— y la depresión autista de Martin Klein, ambos prisioneros en Auschwitz, un sistema formal de categorías como el DSM sale sobrando. Quienes luchamos por los derechos humanos no estamos obligados a hacer estas sutiles distinciones. Sutiles, porque incluso alguien como Franco Basaglia declaró: “Yo, en el momento en que ingresé al manicomio, no pude absolutamente distinguir entre esta gente: vi únicamente personas oprimidas o personas atadas, personas destruidas, personas que pedían poder salir, irse a su casa”.[x] Basaglia también comparó al siquiátrico que dirigió en Italia con el campo de concentración en el que había estado prisionero. En lugar de enfocarnos en un Klein o en un Lulek para hacer las distinciones que hacen los siquiatras nosotros nos enfocamos en los perpetradores a fin de rescatar a la víctima de los agresores. Hacer la distinción ubica el problema en el individuo, no en el medio. De hecho, hacer la distinción encubre retóricamente la existencia de un medio insultante.

Por lo mismo, prefiero englobar toda psicosis con la palabra vernácula “locura”. Así lo hice en el capítulo de Helfgott y Skurnik al interpolar entre corchetes el término textual de Piper MPD (siglas en inglés del “trastorno de personalidad múltiple”) y el término esquizofrenia de Arieti. A pesar de haber colaborado estrechamente con Laing, David Cooper, otro escritor de la contracultura de los 1960, habría aprobado mis cambios textuales. Cooper afirmó: “La esquizofrenia no existe. La locura sí que existe. En el lenguaje médico secreto y esotérico de la medicina la etiqueta de esquizofrenia se aplica a la amplia mayoría de personas que son consideradas socialmente como locas”.[xi] Las palabras de John Modrow explican espléndidamente qué quiero decir:

Como no pueden establecerse diferencias claras y precisas entre esquizofrenia y un sinnúmero de otros síntomas siquiátricos, etiquetas como esquizofrenia, paranoia, enfermedad maníaco depresiva y demás son meras abstracciones artificiales que oscurecen la naturaleza unitaria de la locura. Yo iría más lejos y diría que la dicotomía entre salud mental y locura también es una convención artificial que oscurece la unidad fundamental de la mente humana.[xii]

Como he dicho, el mayor mal de los diagnósticos siquiátricos es que frecuentemente estigmatizan conductas perfectamente normales. En la vida real algunos siquiatras diagnostican de esquizofrenia no sólo casos como la bizarra constelación de la cita de Arieti, sino el proceso normal de individuación de los adolescentes. Es decir, usan el viejo truco de dar una impresión de culpabilidad por medio de la asociación de los rebeldes con los trastornados. Ese es precisamente el carácter pancrestoniano (“buenas para todo”) de las palabras esquizofrenia y esquizoidismo.

Además del carácter de comodín de la palabra esquizofrenia, debemos pensar en el aspecto eufónico de la misma. Fritz Mauthner habló de la logocracia, el poder de las palabras. Según Mauthner, las palabras son tan poderosas que pueden inducir humores, sentimientos e incluso movernos a actuar en cierta dirección.[xiii] Es imposible no pensar acá en palabras como “proletariado”, “burguesía” o “explotadores” que Lenin y Trotski usaron tan elocuentemente. En siquiatría, el término hiperactivo inadvertidamente nos mueve a cierta dirección: hacia la terapia de los enfermitos. Más deletéreo es el poder siquiátrico de estigmatizar a alguien con la palabra que Lidz, Laing, Arieti y Ross mantuvieron: el diagnóstico de esquizofrenia equivale a una quemadura-marca en la cara hecha por un herrero. Decir “Juan es un esquizofrénico” suena a “Juan es un engendro”. Por eso la palabra se usa precisamente para maldecir a una persona ante la sociedad. Me apena reiterarlo: pero así lo hace un hermano intolerante de nuestro amigo Juan Carlos Vidal. A pesar de que lo violaron en uno de los siquiátricos, su familia no vacila en continuar internándolo. Todo se le permite a la familia con un “esquizofrénico” en casa.

El punto crucial es que todas estas no son palabras descriptivas sino dispositivas. El objetivo es legitimar, a instancias de los padres, un empleo punitivo de drogas en los cerebros sanos de niños y adolescentes. “A gente completamente normal se les tiene en esos centros de tratamiento, adolescentes completamente normales; nadie estaba loco, ni siquiera una persona” —palabras citadas de la niña Rachel [como en muchas otras frases en este blog, me refiero al contenido de Cómo asesinar el alma de tu hijo, el segundo libro de Hojas susurrantes]. Es en este sentido que digo que jamás debemos usar palabras como esquizoide mientras exista la Institución Psiquiátrica así como en el pasado la gente con principios no usaba la palabra hereje mientras existía la Inquisición. En tiempos del Tribunal de la Fe esta era una palabra dispositiva. Decir “Juan es una hereje” significaba, en realidad, “Queremos que Juan termine en la hoguera”. Pongamos un ejemplo más concreto. “Cristiano anabaptista” era una expresión descriptiva y por lo tanto correcta desde el punto de vista ético. “Hereje anabaptista”, en cambio, era una expresión dispositiva y su fin era la persecución.

Las palabras dispositivas están tanto en el aire como en el papel. Esto se demuestra al pasar revista a los diccionarios de nuestras sociedades. Según el Webster’s third new international dictionary nuevahabla (newspeak) es “lenguaje propagandístico caracterizado por el eufemismo, el circunloquio y la inversión de los significados acostumbrados”. Sin embargo, en esa misma página los editores del célebre diccionario usaron lenguaje propagandístico: definieron al neuroléptico como “cualquiera de los tranquilizantes poderosos, como las fenotiazinas o butirofenonas, usados especialmente para tratar a las psicosis”.[xiv] Esta definición omite decir que es común que los siquiatras usen la expresión “tratar a las psicosis” para doblegar a adolescentes como Rachel y sus amigos más bien que estamos ante una droga de control social.

Esta complicidad de los diccionarios con el sistema aparece también en definiciones sobre otros grupos de minorías estigmatizadas. Por más increíble que pueda parecer, en el diccionario que he usado para escribir este libro, el Pequeño Larousse ilustrado, continúa una complicidad histórica de los editores con la intolerancia religiosa de antaño. En mi diccionario la definición de anabaptista inicia con las palabras: “Secta nacida del protestantismo…” Y termina con las frases: “Tuvieron que sufrir crueles persecuciones. Existen aún sus sectarios en Inglaterra y en los Estados Unidos”. La manera de frasear la definición sugiere que las persecuciones emprendidas contra este grupo minoritario fueron necesarias. ¡Mi Pequeño Larousse ilustrado es un diccionario editado no en el siglo XVI, sino a finales del XX! El hecho que los redactores de diccionarios no purguen sus definiciones de aspectos propagandísticos en palabras como “anabaptista”, “esquizoide”, “neuroléptico” o “hiperactivo” es signo de complacencia social ante la intolerancia.

A diferencia de los siquiatras, antisiquiatras y redactores de diccionarios, mi esperanza es que algún día el lenguaje propagandístico como “esquizoide” sea considerado supersticioso o al menos político. Estos profesionales y lingüistas no vieron lo grave que es usar la nuevahabla siquiátrica porque ninguno fue víctima de un diagnóstico insultante. No está de sobra citar lo citado, las palabras de John Modrow: “Y en este respecto nunca me recobré totalmente de lo que la siquiatría y mis padres me hicieron hasta que finalmente comprendí que en realidad nunca había estado enfermo”.

Referencias

[i] Fritz Mauthner, citado en Szasz: Anti-Freud, pág. 50.

[ii] Theodore Lidz, en Robert Orrill y Robert Boyers: “Entrevista con Theodore Lidz” en Laing y la antipsiquiatría (Alianza Editorial, 1978), págs. 147s.

[iii] R.D. Laing: The politics of experience (Ballantine Books, 1968), pág. 130.

[iv] Arieti: Interpretation of schizophrenia, pág. 693.

[v] Ross: Pseudoscience in biological psychiatry, pág. 122.

[vi] Las palabras del editorial de G.J. Tucker: “Putting DSM-IV in perspective” aparecen en AJP, 155, pág. 159.

[vii] Church: 80629. El caso Lulek aparece en la página 149; el de Martin Klein en las páginas 177-180. En el libro se cuentan varios casos de suicidios en Birkenau y Auschwitz, por ejemplo en las páginas 42, 48, 94s y 100s.

[viii] Masson: Juicio a la sicoterapia, págs. 261s. El artículo de Kurt Eissler apareció originalmente en Psyche (17, págs. 241-301).

[ix] En las versiones más recientes del DSM al “trastorno de personalidad múltiple” se le cambió de nombre por “trastorno de disociación de identidad”.

[x] Franco Basaglia, Marie Langer, Thomas Szasz, Igor Caruso, Eliseo Verón, Armando Suárez y Guillermo Barrientos: Razón locura y sociedad (Siglo XXI, 1982), pág. 18.

[xi] David Cooper: El lenguaje de la locura (Seix y Barral, 1979), pág. 174.

[xii] Modrow: How to become a schizophrenic, pág. 238.

[xiii] Szasz: Anti-Freud, págs. 48s.

[xiv] Webster’s third new international dictionary unabridged with seven language dictionary, vol. I (Encyclopaedia Britannica, 1993), pág. 96a (addenda).

Published in: on mayo 16, 2009 at 7:53 pm  Comments (20)  

¿Qué causa la depresión?

Cuando reprimimos nuestro enojo es probable que nos deprimamos. –Sue Forward

Un signo de madurez es no tener gurús ni hacerle el culto de la personalidad a nadie. El individuo independiente discrepa incluso de sus guías o mentores.

Cuando inicié mi estudio de la siquiatría y leí los libros mencionados en las últimas páginas Szasz se convirtió en una figura tutelar el tema. Pero cuando leí otros de sus libros me percaté que, como todo ser humano, se equivoca. Por ejemplo, a diferencia de Jeffrey Masson en sus escritos Szasz no rechaza del todo al sicoanálisis, aunque recomienda una forma de análisis muy particular que él mismo practicó por largo tiempo. Más curioso es el hecho de que Szasz haga la apología del libre mercado de su país, Estados Unidos. Esto es divertido. En los 1960 y 70 Laing, Cooper y Basaglia, especialmente estos dos últimos, hacían la crítica a la siquiatría desde la izquierda marxista. Ahora Szasz la hace desde la derecha capitalista. Por otra parte, Szasz no parece tener idea del saldo psicológico que conlleva el vapuleo parental, que ocasiona las perturbaciones más severas del ser humano. De hecho, a veces Szasz ha culpado a la gente que se trastorna de su condición, acerca de lo que escribiré en mi próximo libro.

Algo similar puede decirse de la revista recomendada en el capítulo anterior, Ethical human psychology and psychiatry (EHPP). Cuando me suscribía a esta revista crítica de las diversas teorías en siquiatría biologicista los editores eran Peter Breggin y David Cohen. Al momento de escribir el editor es Laurence Simon. Si bien Simon es escéptico del modelo médico de los trastornos mentales, rechaza el modelo del trauma con igual vehemencia. Confieso que he tenido largas discusiones con Simon por correo electrónico; pero el hombre parece estar tan cerrado a la idea de que la violencia familiar pueda trastornar a un chico como la reaccionaria sociedad anti-trauma NAMI, que tantos fondos recibe de las farmacéuticas. Como Breggin y Cohen originalmente crearon la revista EHPP les envié una queja formal sobre el nuevo editor, pero no respondieron mis argumentos.

La lectura que en 2003 hice de The meaning of mind marca mi distanciamiento de Szasz, y mi denuncia del editor de Breggin aparecerá en mi siguiente libro. A pesar de sus diferencias, Szasz y el editor de Breggin tienen algo en común. Los críticos de la siquiatría que florecieron alrededor de la década de los 1960, y el paradigma sería Ronald Laing, vislumbraron lo más importante en su profesión: los padres abusivos son los responsables de los desajustes mentales. Pero apenas iniciado, el embrionario y radical movimiento propuesto por Laing y otros fue abortado por el establishment. Los críticos de hoy día son mucho más cautos que los críticos de los sesenta. Tanto Szasz como los del EHPP e incluso asociaciones de sobrevivientes de la siquiatría como Mind Freedom padecen de una gran ceguera en el centro de su visión. Aunque combaten a la siquiatría biologicista, estos profesionales y sobrevivientes no ven lo que tienen enfrente: los padres abusivos son la causa número uno de los trastornos mentales. Desde este ángulo es muy superior la crítica a la profesión de un John Modrow, quien no padece este punto ciego. Hago estas críticas sólo para mostrar que aun los críticos de la siquiatría son seres humanos, y jamás debemos olvidar que errare humanum est.

A pesar de lo dicho es recomendable leer a Szasz y a Breggin. Muchas de las ideas que expongo en este libro están sacadas de su pensamiento, y mi deuda con ellos es considerable. Aunque no los conozco personalmente, este libro no existiría sin su guía. Szasz, por ejemplo, es el crítico más entendido de la siquiatría involuntaria que he leído. Pero en este epílogo [en una versión que quería publicar éste era un epílogo] quisiera hablar de la otra cara de la siquiatría: la siquiatría voluntaria.

Más de cien millones de recetas para antidepresivos se prescribieron sólo en 2002. Uno de los mitos universales que promulgan los siquiatras es que los antidepresivos, que se administran voluntariamente, alivian nuestras profundas melancolías (“depresión” en nuevahabla). Millones de seres humanos han sido engañados con este alegato debido a la propaganda multimillonaria que hacen las corporaciones farmacéuticas. Sólo con el supuesto antidepresivo Prozac (fluoxetina) la compañía Eli Lilly se ha embolsado billones de dólares. El costo de la publicidad de las corporaciones farmacéuticas en solo un año llega a más de diez billones de dólares. Se podrá imaginar cómo con tales recursos puede una empresa transnacional vendernos una idea a través del sistema mediático. A qué grado el mundo ha aceptado la publicidad siquiátrica sobre la depresión puede verse en cientos de miles de artículos de periódicos y revistas, pero citaré sólo uno.

En un periódico mexicano apareció un artículo titulado: “Depresión: el resfriado de los trastornos mentales”. La articulista reconoce que la causa de que la gente se sienta desgraciada es, naturalmente, las desgracias de la vida: “Los factores afectivos que detonan este padecimiento están relacionados con una gran pérdida como la de un ser querido, de un negocio, de un trabajo o de los hijos”. No obstante, la articulista cita a una sicóloga que alega que el tratamiento de las desgracias de la vida, que les llama “trastornos”, debe ser “multi-disciplinario”; recomienda los “antidepresivos” y en las palabras finales del artículo aconseja “acudir con un especialista”.

Este es el mismo salto conceptual del que me burlé al hablar de los consejos del doctor Giuseppe Amara en radio, los cuales pueden resumirse en la conocida fórmula: a problemas familiares, soluciones médicas. Como dijo Kraus respecto a las analogías entre cosas distintas, esto es una broma, quizá la mejor broma que el materialismo ha producido. Pero ni a la articulista ni a la sicóloga que cita ni (presumiblemente) a los lectores del artículo se les ha ocurrido que cualquier droga, legal o ilegal, produce aparentes mejoras en el estado de ánimo, aunque sea la salida falsa de nuestros problemas existenciales.

Aquél que crea que existen píldoras de la felicidad debiera leer este epílogo.


Andrew Solomon: El demonio de la depresión (Barcelona: Ediciones B, 2002).

No todos los casos de melancolía, la más frecuente de las perturbaciones mentales, se deben a un enojo reprimido. La tristeza puede deberse a un sin fin de causas existenciales: la infinita gama de problemas irresolubles en la vida. Sin embargo, en casos de maltrato parental reprimido el enojo catártico puede ser el bálsamo para su cura, como se verá en este ensayo que iba a ser la parte final de mi libro a publicar.

A veces hojeo en las librerías los áridos libros de texto de los siquiatras. Si recomiendo el libro de Andrew Solomon como contrapunto de los libros recomendados en las páginas anteriores, es sólo porque está bien escrito. Los libros de texto de siquiatría están hechos para los estudiantes de medicina y sicología, no para el lector común. Solomon no es un siquiatra. Es un escritor, pero un escritor peculiar, el hijo de un magnate de Forest Laboratories: una compañía de drogas siquiátricas.

Lo inmersos que estamos en la matriz que nos controla es patente en los elogios que ha recibido El demonio de la depresión, especialmente los que provienen de quienes han padecido de depresión en un momento de sus vidas. Haré una reseña extensa de este libro que estuvo en la lista de los bestsellers del New York Times. Es tal la propaganda seudocientífica con la que a lo largo de 700 páginas nos inunda que fácilmente podría llenar un libro para rebatir cada falacia que detecté.

El demonio de la depresión, al que me referiré como El demonio, recibió el Premio Nacional del Libro en Estados Unidos en 2001. Solomon ha contribuido así con su grano de arena a que los norteamericanos permanezcan dormidos en el sistema. Aunque Solomon menciona a Szasz y a Valenstein, omite decir que éstos y otros profesionales no están de acuerdo con las teorías biológicas que Solomon nos presenta como ciencia real. De hecho, no es aparente que Solomon los haya estudiado.

He detectado este pecado de omisión en otras seudociencias. En parasicología, de la que tendré que hablar mucho en otro lugar, es sabido que los escépticos que la han estudiado han leído las revistas de literatura parasicológica a lo largo de sus vidas. No sucede así con los creyentes de lo paranormal. Éstos no sólo no se molestan en leer lo que dicen sus críticos, sino que la inmensa mayoría de los parasicólogos ni siquiera los mencionan. Cuando en mis veintes inicié mis lecturas de parasicología, los libros que compraba no me informaron que existía un sofisticado cuerpo de literatura escéptica sobre lo paranormal, y permanecí en la ignorancia a lo largo de mi juventud. Lo mismo puede decirse de los teólogos tradicionalistas, los marxistas y los sicoanalistas. Un miembro culto del Opus Dei no lee a Hans Küng, un teólogo católico progresista, y mucho menos lo que dice un crítico incrédulo de la iglesia como Karlheinz Deschner. Mis amigos comunistas jamás leyeron ni los libros de Solyenitsin sobre la matanza de rusos, ni a los críticos de la teoría marxista como Karl Popper o Lessek Kolakowski. Ni siquiera habían escuchado este último nombre cuando se los mencioné. La disonancia cognitiva ha de ser evitada a toda costa. Igualmente, los sicoanalistas no leen a Adolf Grünbaum, el filósofo de la ciencia que hizo un examen crítico exhaustivo de la teoría analítica, ni tampoco leen los libros más populares de Jeffrey Masson. De hecho, dudo que los analistas que conozco hayan escuchado estos nombres. Los siquiatras o los simpatizantes de la siquiatría tampoco leen los libros que recomendé bajo el encabezado “Sobre la seudocientificidad de la siquiatría” en la sección anterior . Son gente de mente cerrada —como Solomon, quien en sus 860 referencias bibliográficas que ostenta su libro no menciona una sola de mis lecturas recomendadas. A pesar de todo, recomiendo la lectura de El demonio porque nos muestra algo que, como decía arriba, ignoré: la siquiatría voluntaria.

Según el bestseller de Solomon, casi veinte millones de norteamericanos sufren de depresión, y la terapia que muchos de éstos encuentran en la consulta del siquiatra privado es perfectamente voluntaria. Solomon nos confiesa en su libro cómo a él mismo lo acosó este mal desde que murió su madre, y narra la odisea de la terapia antidepresiva voluntaria que encontró en una siquiatría que él considera benigna. En el inglés original su libro se titula The noonday demon. Los “demonios del mediodía” fue una metáfora usada desde la Baja Edad Media para designar lo que desde el Renacimiento sería la melancolía, y en nuestra época la depresión. A lo largo de los siglos, quienes han estado al borde del pánico cuando lo atacan estos demonios, han sido muy proclives a experimentar todo tipo de remedios para exorcizarlos. Solomon mismo probó desde un rito mágico en África hasta los psicofármacos siquiátricos, pasando por los remedios alternativos del new age. Incluso experimentó con el alcohol, la cocaína y el opio, como nos confiesa en su libro.

Los mismos siquiatras que hacen su modus vivendi mandando a drogar a los adolescentes rebeldes o a los niños que no les gusta la escuela, también recetan antidepresivos a sus clientes adultos. Ni yo ni Szasz mismo proponemos abolir esta última práctica, la siquiatría voluntaria, siempre y cuando el profesional mantenga bien informado al cliente sobre los riesgos que conlleva la ingestión de psicofármacos, algo que muy rara vez hacen. En buena medida el poder económico de la siquiatría proviene de esta faceta no tan oscura de la profesión, la voluntaria: una faceta que a individuos como Solomon los ciega en ver que la profesión tiene otra faceta involuntaria e inquisitorial.

Parte de la siquiatría voluntaria no está en la lista de nuestro pliego petitorio abolicionista. Si un individuo quiere drogarse con antidepresivos, tranquilizantes, estimulantes y ansiolíticos, con drogas legales o ilegales, debe ser libre de hacerlo. Solomon va más lejos y menciona algunos casos de gente en pleno ataque de pánico que solicitaron que los electrochocaran. Aunque en estos casos el electroshock es voluntario, no creo que la terapia debiera ser legal. Solomon mismo cita el caso de una mujer joven que le confesó que salió de una sesión voluntaria de electroshocks “sin recordar nada de lo que había aprendido en la facultad de derecho”. Y también citó el grotesco testimonio de un individuo que pidió que le hicieran una psicocirugía para eliminar su persistente depresión y los neurosiquiatras se la hicieron —que ni le sirvió al pobre pues su problema siempre estuvo en el software y no en el hardware de su cerebro. Ni qué decir que estos procedimientos radicales afectaron las facultades de estos solicitantes voluntarios, resultando el remedio peor que la enfermedad.

En lugar de estos lesivos tratamientos, yo le sugeriría al paciente que escribiera una furiosa y larga epístola al padre que causó su crisis. Y si la crisis es aguda le aconsejaría que hable con otros sobrevivientes de maltrato parental, como los del grupo de Susan Forward cuyo libro recomendé en la sección anterior. En el peor de los casos, digamos, una crisis psicótica, le sugeriría que pensara en una casa de medio camino tipo Soteria, aunque hay muy pocas en el mundo debido a que la institución médica monopoliza el tratamiento. Lo que ni Solomon ni los siquiatras que practican la siquiatría voluntaria pueden entender es que al tratar médicamente a la gente que ha sido agredida por el medio promueven un status quo que debiera cambiar. Quienes queremos una sociedad mejor no proponemos prohibir las drogas que se consumen voluntariamente: queremos eliminar las condiciones familiares y sociales que causan el pánico. Eso sí: señalamos que con el modelo médico nos estamos dirigiendo, a paso lento pero seguro, a la distopía farmacrática de Aldous Huxley. En octubre de 1949, cuando 1984 fue publicado, Huxley le escribió a Orwell diciéndole que el Estado totalitario controlaría a la población no tanto a través de la bota en la cara de 1984, sino a través de formas mucho más sutiles como las voluntarias drogas del mundo feliz.

La eficacia de los antidepresivos, que comenzaron a manufacturarse artificialmente desde los 1950, ha sido enormemente exagerada por la publicidad de compañías como la del padre de Solomon, y a lo largo de su bestseller resuena el eco de esta publicidad. Solomon ignora que, al igual que los medicamentos homeopáticos, el antidepresivo que distribuye su papá funciona básicamente debido al efecto del placebo: el poder de la sugestión y autosugestión. Los estudios muestran que un buen porcentaje de la gente que se le dice que un antidepresivo maravilloso acaba de descubrirse se curan de su depresión a pesar que les dieron píldoras de azúcar. A este efecto se le llama “placebo” en la profesión médica. Los efectos nocivos de los antidepresivos también son minimizados por empresas como la que enriqueció al padre de Solomon. En una sociedad de mercado salvaje como la nuestra, es muy difícil encontrar el estudio de un investigador independiente sobre los efectos nocivos de los antidepresivos. Los pocos estudios existentes, digamos los de Peter Breggin y Joseph Glenmullen, no han sido rebatidos ni por las compañías que los fabrican, ni por los siquiatras que recetan esas drogas. En la literatura siquiátrica no existe una refutación punto por punto de lo que Breggin y Glenmullen dicen sobre los efectos nocivos de las drogas siquiátricas, incluyendo la treintena de psicofármacos que Solomon recomienda en su bestseller. De manera análoga a los parasicólogos, teólogos, marxistas y sicoanalistas que jamás leen a sus críticos, Solomon tampoco rebate estos estudios. Ni dice media palabra sobre los testimonios de los ex adictos a las drogas siquiátricas que han escrito reseñas en internet sobre los libros de Breggin con frases como: “Este libro me ha salvado la vida” (Breggin recomienda abandonar toda clase de droga siquiátrica, aunque gradualmente, a fin de evitar los síndromes de abstinencia). Es irritante que los admiradores de El demonio digan que Solomon es “compasivo y no paternalista” y que en la publicidad de la portada del libro en inglés se le declare “profundamente humano”. La realidad es que Solomon frecuentemente aconseja a la gente depresiva a no dejar las drogas que el siquiatra les recetó. Nos confiesa que le aconsejó eso incluso a su tía abuela y, sin ser médico, se enfureció con su gerontólogo porque le retiró Celexa (citalopram): la misma droga que distribuye su papá (en México el nombre comercial de Celexa es Seropram).

Solomon nos presenta toda la mitología siquiátrica como ciencia real a la par de recomendar infinidad de métodos alternativos. Como en la carrera de aves de Alicia en el país de las maravillas en su libro todas las terapias, alópatas, homeópatas y alternativas, ganan el primer lugar en el tratamiento de la depresión. La Lógica Wonderland con la que razona Solomon hace que las recomiende absolutamente a todas, incluida la lobotomía: “Pero muchos otros tratamientos, desde el hipérico a la psicocirugía, son prometedores de un modo razonable”. Jamás se le ocurre que, si todo este curanderismo aparentemente da resultado, se debe precisamente al efecto del placebo. Su libro está inundado de tratamientos increíbles; de una buena cantidad de testimonios personales de sus amigos y conocidos deprimidos, y de las doctrinas de la biosiquiatría. Por ejemplo: “Entre los familiares de las personas que abusan de los estimulantes existen altas tasas de depresión, lo cual parecería indicar que una predisposición genética puede preceder al consumo de cocaína y de otros estimulantes”. No se le ocurre a Solomon que no puede haber genes responsables de la adicción a los estimulantes por la simple razón de que los genes de nuestra especie son anteriores a la manufactura de muchos de estos químicos. Por ejemplo, un putativo gen que impulsa a un alcohólico a beber no puede existir porque el alcohol es cronológicamente posterior al genotipo del alcohólico; y no ha habido cambios genéticos sustanciales en nuestra especie desde el hombre de Cro-Magnon. No obstante, haciendo gala de una enciclopédica ignorancia en biología, los siquiatras mantienen que el alcoholismo es una enfermedad de predisposición genética.

El alegato de Solomon, que el tipo de psicofármacos que su papá y el resto de las corporaciones farmacéuticas manufacturan es medicina real, es insostenible. Por ejemplo, reconoce que la cocaína alivia la depresión, pero la desaprueba por ser ilegal. En la siguiente página Solomon reconoce que las píldoras de Xanax (alprazolam), conocido como Tafil en México y Trankimazin en España, una benzodiacepina del grupo del Valium (diazepam), “enturbian a la mente”. Xanax / Tafil / Trankimazin es el ansiolítico que Solomon solía tomar, según sus propias palabras, “para hundirme por completo en un sueño profundo, espeso y plagado de sueños”. Pero a Xanax sí la recomienda porque es una droga legal. Otro ejemplo: jamás en su libro Solomon nos dice que Ritalín/Tradea/Rubifen (metilfenidato) puede ser moral e ilegal en el adulto que la consume sin receta médica como estupefaciente, pero que, paradójicamente, puede ser inmoral y legal si se le receta a un niño para controlarlo en la escuela. Solomon razona como el buen chico del establishment: la legalidad de la compañía de su papá hace que sus drogas sean, por definición, morales; y la ilegalidad de la cocaína y el éxtasis hace que sean, por definición, inmorales. En base a esta postura Solomon habla del “daño permanente en los sistemas dopaminérgicos del cerebro” ocasionado por la cocaína. Pero omite decir que Zyprexa (olanzapina), el neuroléptico que el siquiatra le recetó a Solomon y que le causó desagradables efectos, causa exactamente el mismo daño. Solomon también habla del síndrome de abstinencia que causa la cocaína, pero no disuade a sus lectores a que tomen neurolépticos a pesar que la acatisia tiene similitudes con tal síndrome. Curiosamente, Solomon dice que aceptaría tomar cocaína y éxtasis con tal de aliviar su horrenda depresión, pero que el síndrome de abstinencia que le producen esas drogas ilegales lo disuade. En otra parte Solomon reconoce que el alprazolam le quitó angustia en sus arranques depresivos, pero confiesa que lo convirtió en un adicto. También nos dice: “Yo tomo alrededor de doce píldoras por día para asegurarme de no sufrir un bajón demasiado estrepitoso”, pero en otras ocasiones sugiere que la etiología de su depresión es puramente existencial. El cóctel de psicofármacos que ha tomado Solomon incluye Zoloft (sertralina), Xanax (alprazolam), Paxil (paroxetina), Navane (tiotixeno), Valium (diazepam), BuSpar (buspirona), Wellbutrin (bupoprion) y Zyprexa (olanzapina). Algunas veces habla de las desventuras de un alma en pena: de un hombre, de una mujer o de él mismo (“he descubierto algo que debería llamar alma”); otras, aparece como el portavoz del biologicismo. Su libro es un compendio contradictorio tanto de apología fehaciente como de crítica suave a la biosiquiatría; tanto de testimonios existenciales de gente deprimida como de los mitos de la profesión. En una parte le hace propaganda a Prozac (fluoxetina), y en otra reconoce que su misma madre se quejaba de los mal llamados efectos secundarios del Prozac. (Si Prozac y los antidepresivos funcionan como placebos, los molestos “efectos secundarios” son en realidad los efectos primarios, los únicos efectos de la droga; y el efecto antidepresivo sería debido únicamente al poder de la sugestión.) Otras veces nos presenta una mezcla de ambas cosas: problemas existenciales y biológicos como la causa de la melancolía. Concede que la pobreza extrema y la indigencia pueden causar la “depresión”, pero recomienda tratar a los indigentes con drogas siquiátricas y añade que “en éste más que en ningún otro caso, la resistencia es un síntoma de la enfermedad”. Cita a los seudos que dicen que “los caminos que conducen a la adicción están en el cerebro”, cuando el sentido común contradice esta lógica biorreduccionista. Algunos orientales, tan adictos a los juegos de azar, desaprobarían que los occidentales declararan que su pasión por el juego “está en sus defectivos cerebros”, no en su cultura. Lo mismo podría decirse de los occidentales adictos a las compras en una sociedad de consumo: el problema está en la cultura, no en sus cerebros. Es notorio cómo a lo largo de su libro Solomon se contradice de mil maneras al aceptar tanto el modelo médico como el modelo psicológico de las perturbaciones mentales. En el capítulo sobre el suicidio repite los eslóganes del siquiatra, como cuando dice que hay que “tomar conciencia de que el suicidio es a menudo resultado de una enfermedad mental y de que la enfermedad mental es tratable”, recomendando electroshock. Bajo esta postura, dos casos particularmente horrendos de personas que tenían toda la razón en abandonar el mundo no despertaron la compasión de Solomon, quien no condenó a la institución que los mantiene vivos a fuerza. Tampoco reprobó las redes en que vio inmovilizados como mosquitos en enormes telarañas a algunas personas en el Hospital Norristown cerca de Filadelfia a fin de que las desdichadas criaturas no se suicidaran. No obstante, cuando se refiere al suicidio de su propia madre Solomon se convierte en el proverbial hijo compasivo, y el suicidio es “el acto de una mente torturada”. Lo que es más, debido a su propia mente torturada Solomon nos confiesa: “Nada me horroriza más que el pensamiento de que, en algún momento, pudiera verme privado de la capacidad de suicidarme”.

A lo largo de mi lectura del libro de Solomon me vino a la mente esta pregunta: ¿Por qué alguien como yo, que escribo en un estado de virtual pobreza, jamás caí en depresiones mientras que Solomon, el junior que gastó millones en sus tratamientos no sólo sufrió de bajones del ánimo, sino de depresiones espantosas? En resumidas cuentas, creo que tanto Solomon como los lectores deprimidos que les gustó el libro no han escuchado lo que el demonio que llevan dentro quiere decirles.

Me explico. Solomon nos habla de unos niños a quienes sus padres mandan con siquiatras para tratarlos por conductas de enojo (debido al autoritarismo de sus padres, omite decir el autor). Solomon señala que, una vez que estos niños han sido aplacados y tranquilizados por el tratamiento siquiátrico, el enojo desaparece. Pero el saldo de haber aplastado sus emociones hacia sus padres, reconocen los terapeutas mismos, es alto: los niños caen a un estado de profunda melancolía. Sin estar consciente de ello, a Solomon le sucedió exactamente lo mismo. En otra parte de su libro Solomon reconoce que su depresión se originó a raíz de la muerte de su madre. Y fue precisamente un conflicto con su madre, quien rechazaba la orientación sexual de Solomon, lo que lo motivó a escribir otro de sus libros: A stone boat (Un bote de piedra). Si decidí extender las lecturas recomendadas en este epílogo fue precisamente porque el proyecto literario de Solomon es la antítesis del mío. Hay un reverso casi exacto entre mi Carta a mamá Medusa y A stone boat, y entre Cómo asesinar el alma de tu hijo y El demonio. A stone boat es un testimonio novelado en el que Solomon elude descargar la rabia que siente hacia su madre: “Podría estar en el silencio de mi recámara imaginando el dolor que le causaría a mi madre […]. De alguna manera quería cobrar una indescriptible venganza”. Pero éstos y otros que citaré son comentarios escuetos y raros en su muy educada y políticamente correcta novela confesional.

La trama de A stone boat inicia cuando el personaje principal, el alter ego de Solomon, llega a París para confrontar a la madre por su actitud hacia Bernard, su amante. “Me fui a París enojado, y estaba determinado a actuar por vez primera en un estado de enojo”. Pero no pudo hacerlo porque descubrió que su madre tenía cáncer. “Quizá estaba más enojado esa semana de lo que recuerdo, pero es claro que cuando vi que podía estar enferma, mi enojo tuvo que irse a otro lado y mi madre se volvió tan gloriosa para mí como lo había sido en mi niñez”. Así que “aunque había ido a Francia para cortarla” la visión beatífica continuó hasta la muerte de su madre. En el último capítulo de A stone boat nos confiesa: “Perdono a mi madre como si fuera el vocero de las mismas puertas del Cielo”. Pero como muchos seres humanos, Solomon ignora que el perdón unilateral es una imposibilidad psicológica. La gracia del perdón sólo llega cuando el ofensor reconoce su falta y se desagravia con la parte ofendida. Pero ni en la vida real ni en su novela su madre se arrepintió, ni Solomon se atrevió a confrontarla (lo opuesto a mi Carta a mamá Medusa). Al contrario: como nos confiesa en A stone boat, en el funeral la vio “como un ángel” y al verla así se entregó, sin saberlo, a los brazos de la depresión.

El género literario que intento inaugurar no sólo es opuesto al biologicismo que se respira en El demonio, sino a la elegante prosa de A stone boat: una novela poética que ha sido descrita por algunos como un alcance de Proust. La autobiografía vindicativa, en cambio, no cuida la forma literaria: es un género bárbaro que se limita a romper el tabú de milenios. Sin escrúpulos, represiones y con los nombres reales —no con personajes novelados— le echa en cara al padre abusivo lo que nos hizo de chicos. El demonio es un libro que aborda el tema de la depresión desde todos los ángulos imaginables, un atlas del mundo de la depresión como reza el subtítulo en inglés. Sin embargo “lo que necesitamos es más profundidad, no amplitud; más profundidad en lo que causó los diversos episodios depresivos del autor”, nos dice uno de los reseñadores. Esta es la gran verdad sobre El demonio y muchos otros libros que tratan de la depresión. Las causas de las perturbaciones mentales están en el núcleo de la psique, no en la superficie que un erudito atlas pueda explorar.

Mi antípoda Solomon escribió: “Era terrible cuánto quería a mi madre. Era la cosa más terrible del mundo […]. Para mi padre todos debíamos de entender que mi madre era más importante que cualquier otra persona […] y yo estaba habituado a creer esto tanto como él”. Solomon la amaba a pesar que “en las primeras semanas de su enfermedad mi madre revelaría más claramente su terrible brutalidad: podía ser áspera, exigente y egoísta”. Helen, una amiga íntima de Solomon, se percató de la manipulación y de la relación edípica: “Con tu madre tú tienes que liberarte a ti mismo. Si eres un esclavo, eso no es amor. Es otra cosa”. Y posteriormente: “Helen me dijo: ‘Ya basta. Si estás cada minuto con ella te volverás loco'”. La metáfora “bote de piedra” que le dio el título a su novela provino de Helen para referirse a la idea de Solomon sobre la familia perfecta: una idea que, según Helen, se hundiría en el mar. A veces Solomon parece aceptar los regaños de su amiga: “En las primeras semanas que regresé con Bernard temía llamarle a mi madre; temía estar deprimido o enojado; temía que se me salpicara otra vez con sangre”. “Salpicado con sangre” era una metáfora de Solomon para referirse a cómo se sentía en la habitación de su mamá. Pero cuando se refiere a los trastornos mentales resultantes del maltrato parental, Solomon nos advierte: “El viejo principio freudiano de culpar a la madre ha sido descartado”.

En realidad, culpar a la madre ni es un principio freudiano, ni ha sido descartado, ¡y Solomon tendría que ajustar cuentas en su yo interno con su difunta madre si quiere ganar la batalla contra la depresión! Esa es precisamente la terapia de Forward, quien le recomienda al adulto deprimido que fue agredido de chico leer una carta vindicativa al difunto padre enfrente de su tumba a fin de alcanzar la paz interior. En los casos más severos de trastorno mental, como el que padeció Solomon, añadiría que el desahogo y catarsis total es la única ayuda para la víctima, como vi en el Instituto Ross del Trauma Psicológico en Dallas. Me refiero a las sesiones que describí como las espectaculares erupciones de odio puro que me estremecieron: la “fuerza demoniaca y abismal” que al reaccionar con el oxígeno de nuestra conciencia “estalla en santa furia”. Estas no son criaturas de la superficie sino los demonios del mundo primigenio que Solomon y los deprimidos que lo admiran no osan invocar. Quienes se deprimen son como los volcanes extintos de un archipiélago de islas donde las placas tectónicas ya cruzaron sobre el punto caliente del magma debajo de ellas. Solomon no ha hecho una buena endospección: es un volcán extinto. Sólo así se entiende que escriba cosas como lo siguiente: “Parte de lo más horrible de la depresión, y sobre todo de la angustia y el pánico, es que no se pone en juego la voluntad: los sentimientos ‘ocurren’ sin que haya en absoluto ninguna razón que los explique”. Es evidente que Solomon no tiene idea del demoniaco magma que habita debajo de él y que quiere salir. El autor del bestseller sobre la depresión no sabe que su congestión depresiva, un peñasco volcánico enfriado, impide la válvula de escape de un monstruo. Si Solomon hubiera escogido el género de la epístola eruptiva, y no el de la templada novela, podría haberle hecho frente al demonio interior que lo acosa, y vomitarlo. El siguiente pasaje de El demonio sugiere esta fuerte interpretación:

Después creí que mi sexualidad era en cierto modo responsable del sufrimiento que mi madre soportó durante su enfermedad final, pues ella odiaba lo que yo era, y ese odio fue un veneno que fue impregnando mi alma y corrompió mis placeres románticos. No puedo separar su homofobia de la mía, pero sé que ambas me costaron caro. ¿Es sorprendente entonces que cuando empecé a tener sentimientos suicidas decidiera exponerme al VIH [el virus del sida]? Sólo era una forma de convertir la tragedia interna de mis deseos en una realidad física. He supuesto que mi primera crisis estaba vinculada a la publicación de una novela que aludía a la enfermedad y muerte de mi madre [A stone boat], pero también era un libro con un contenido gay explícito, y sin duda eso también estaba involucrado en la crisis. Quizás, en realidad, ésa era la angustia dominante: el obligarme a mí mismo a hacer público lo que durante tanto tiempo había guardado en silencio.

Hay otros pasajes que sugieren que, aún después de publicada su novela, Solomon no pudo hacer contacto psíquico con su “veneno” interno, como dice al principio de la cita de arriba, y que éste siguió “impregnando su alma”. “Cuando era niño mi mayor felicidad era hacer feliz a mi madre”, nos dice. Pero la madre le decía cosas tan crueles como algunas que cuento en mi primer libro autobiográfico: “Comeré gusanos y moriré, y tú te lamentarás por haberte portado mal conmigo”.

Estas palabras de su madre pueden ayudarnos a entender la depresión de Solomon que Solomon no entiende. Como nos cuenta en El demonio, que no es una novela, la madre de Solomon se suicidó para poner fin a la miseria resultante de un cáncer de ovarios. El 19 de junio de 1991, enfrente de Solomon, se suicidó tomando píldoras rojas de Seconal (secobarbital: un barbitúrico). Solomon nos confiesa que él y el resto de su familia asistieron al suicidio. “De hecho, junto con mi padre y mi hermano ayudé a mi madre a matarse”. Luego nos dice: “El suicidio de mi madre es el cataclismo de mi vida […]. La realidad de lo que ocurrió, sin embargo, está enterrada en mí como la hoja de un cuchillo y siento cómo se revuelve en mis entrañas y me lastima cada vez que me muevo”. En unos pasajes emotivos Solomon nos cuenta la peculiar manera en que su madre se tomó píldora tras píldora del Seconal, los “gusanos” que había amenazado comer que le harían lamentarse “por haberse portado tan mal” con ella. Solomon escribe: “Del mismo modo, después yo aprendí a tomar puñados de antidepresivos”.

La radiografía psíquica de Solomon se comienza a vislumbrar. No obstante, como el buen chico que reprime los maltratos verbales y la manera como su madre lo chantajeó con su cáncer, Solomon nos dice: “Es un disparate que los adolescentes reprochen a sus padres cuando éstos han hecho todo lo que han podido por ellos”. El resentimiento no reprochado a la madre se transformó en depresión, justo como le pasó a los niños a quienes los siquiatras eliminaron sus conductas de enojo. Es el tabú de tocar al padre lo que hace que Solomon escriba: “No nos andemos con rodeos: en realidad desconocemos cuál es la causa de la depresión y no sabemos en qué consiste ni cómo se abrió paso a través del proceso evolutivo”.

Eso es la siquiatría biologicista: buscarlo todo en el cuerpo por la cobardía intelectual de tocar al progenitor. La biosiquiatría también se desentiende de las otras condiciones existenciales que causan la “grieta en el amor” llamada depresión, expresión que Solomon mismo usa en las primeras palabras de su primer capítulo. No obstante, en sus desesperados intentos de escapar de la “depre” Solomon se encontró en la puerta de salida. A veces parafrasea a los sicoanalistas que han dicho cosas interesantes de la melancolía: “Enfadado ante la ambivalencia del objeto de su amor, el melancólico emprende la revancha, de modo que vuelve su furia hacia adentro para no castigar al ser amado”. Y en base a sus lecturas de Freud y Karl Abraham se autoanaliza bien, como se ve en el siguiente pasaje:

En el momento de mi primera crisis, estaba devastado por la muerte de mi madre, y en mis sueños, mis imágenes y mi escritura sin duda la incorporé a mi ser. El dolor de perderla me enfurecía, y también lamenté todo el dolor que alguna vez le había causado y los complejos sentimientos encontrados que persistían en mí. Su muerte impidió que la relación tuviera un cierre satisfactorio para ambos. Creo que los sistemas internos de conflicto y de reproche a mí mismo jugaron un papel importante en mi caída y se centraron en la publicación de mi novela.

Pero Solomon no cruzó la puerta que abrió y que podía haberlo liberado. A diferencia de John Modrow y de mí, que sin remordimientos publicamos lo que nos hicieron nuestros padres, Solomon lucha terriblemente contra el demonio interno de honrar a la madre:

Decidí publicar de todas maneras, lo cual me proporcionó la sensación de que me liberaba de mis demonios, pero también me hizo sentir que adoptaba una actitud desafiante hacia mi madre y experimenté un sentimiento de culpabilidad. Cuando llegó el momento de declarar de manera pública lo que estaba haciendo, el reproche empezó a consumirme; y cuanto más intentaba no pensar en mi madre en esa situación, más se imponía el “amor-objeto internalizado” de mi madre.

Al escribir lo que he escrito sobre mis padres yo también he experimentado esta terrible ambivalencia y sentimiento de culpa. Pero gracias a Miller lo superé del todo. La venganza literaria era la única vía de sanación y de reconciliarme con el pasado. Solomon nunca llegó a este nivel. Curiosamente, sus amigos sí llegaron y entendieron mejor el problema con su madre que este escritor devorado de falsos sentimientos de culpa:

Mientras mis amigos me decían que debía estar furioso, lo que yo sentía era desesperación y dudas con respecto a mí mismo. Me acusaba de modo interminable como manera de acusar a la otra persona. Mi propia atención se fijó en la persona cuya atención buscaba, aquella que estaba ausente aunque seguía viva en mi interior. Mi angustia parecía seguir al pie de letra las pautas de mi infancia y la historia de la pérdida de mi madre. ¡Oh, ahí no faltó sadismo internalizado!

Solomon no sólo nos confiesa que fue sádico consigo mismo para defender la idealizada imagen de su difunta madre, un espíritu que lo atormentaba desde la tumba y al que ya no podía confrontar. También nos habla de una situación desagradable con su padre: “Estaba enfadado con mi padre; enfadado de una manera irracional, infantil, infame […]. Sus palabras me precipitaron en una histeria a la que ahora no encuentro ningún sentido. De vez en cuando telefoneaba y dejaba un recado en su contestador: ‘Te odio. Ojalá te mueras'”. Y también: “Poco tiempo después de salir de mi tercera depresión cené con mi padre y él me dijo algo que me perturbó; entonces me di cuenta de que elevaba el tono de mi voz y de que hablaba con aspereza, de modo que me alarmé. Respiré de manera profunda y después de una tensa pausa…” Solomon se disculpó tontamente con su papá sin aclararle a sus lectores por qué lo había hecho enojar.

Una amiga que leyó mi epístola a la madre me comentó que al tratar de comunicar mi propuesta literaria a un conocido suyo éste se sobresaltó y le prohibió que continuara. Habló de una “ley divina” que nos prohibe juzgar al padre. Es precisamente ese honrar, ese idealizar al padre independientemente de sus crímenes, esa incapacidad de hacer pleno contacto con el niño furioso que llevamos dentro, lo que no nos deja seguir adelante en nuestras vidas y provoca la congestión psíquica llamada depresión. El volcán congestionado estalla a fin de cuentas, pero no hacia los responsables, sino hacia objetos sustitutorios. Solomon confiesa:

Pero un día, a los treinta y pico [de sus años], fui presa de una furia irracional y empecé a tramar asesinatos. Con el tiempo descargaba esa furia golpeando los retratos míos que mi novia había colgado en su casa, y dejaba los vidrios rotos en el suelo y el martillo en medio de éstos.

Un año más tarde tuve una seria pelea con un hombre al que estimaba mucho y por el que me sentí absoluta y cruelmente traicionado. Ya me encontraba en un estado en cierta manera depresivo, de modo que me puse furioso y lo ataqué con una ferocidad diferente de la que había experimentado antes, pues lo empujé contra la pared y lo golpeé repetidas veces hasta romperle la mandíbula y la nariz. El hombre fue hospitalizado, y nuca olvidaré la sensación que me produjo su rostro abollándose con cada uno de mis golpes. Recuerdo que después de golpearlo tuve su cuello en mis manos, y que fue necesario una poderosa llamada de superyó para evitar que lo estrangulara.

Solomon omite decir si fue arrestado o si el dinero de su papá lo ayudó a salir ileso del embrollo. Pero sí nos confiesa que no se arrepiente de lo que hizo. Más bien, en el estado que convenientemente llama “enfermedad mental” se justifica. Solomon escribió: “Porque creo con sinceridad que me habría vuelto loco de forma irremisible si no hubiera actuado como lo hice”. Y luego añade: “Parte de la sensación de miedo e impotencia que me atenazaba en esa época era aliviada por aquellos actos salvajes”. Y un par de frases más adelante nos hace esta iluminadora confesión:

Negar el poder curativo innato de la violencia sería un error terrible. La noche de la pelea llegué a mi casa cubierto de sangre y con una sensación de horror y al mismo tiempo de euforia. Me sentía por completo aliviado.

Completamente aliviado. ¡Pero esa es la ira que inconscientemente sentía hacia su madre! Habrá que preguntarle al amigo de la cara abollada qué piensa de los elogios a la “compasión” y “humanidad” de Solomon en las reseñas más pías de su libro. En la siguiente página de El demonio Solomon nos da la llave para entrar a su mente:

Me di cuenta entonces de que la depresión puede manifestarse con facilidad en forma de rabia.

Este es el meollo de todo el asunto. La gente que se deprime y que acude al siquiatra para que los trate con antidepresivos no sabe qué sucede en sus cabezas. Lo que en el fondo muchos deprimidos sienten es odio, cólera y rabia hacia sus progenitores. Pero los padres son ley divina. Es imposible tocarlos. Los tabúes introyectados de la cultura no nos permiten reconocer la legitimidad de nuestras emociones. Sólo si sabemos exactamente quién, cómo y cuándo abusó de nosotros de chicos, y hablamos o escribimos cosas muy duras sobre sus crímenes, no desplazaremos nuestra rabia hacia amigos inocentes, ni nos desquitaremos con chivos expiatorios. Un conocido suyo le dijo a Solomon que estaba “terriblemente socializado”, deferencia hacia los valores de la cultura que le impide enjuiciar a su madre. Comparado con sus libros, los míos parecen obra de un Hulk furioso que abiertamente ostenta su rencor.

Solomon nos confiesa que desplazó su furia hacia su amante inglés porque “esto hacía más fácil amar a mi madre”, y lucubró con castrarlo con una hoja de afeitar e incluso ponerle veneno de ratas en el café. Pero esta búsqueda de un chivo expiatorio, de un odio sustitutorio del de su madre, lo experimentó Solomon —literalmente. En sus desesperados intentos de sanar el junior nos cuenta que partió rumbo a Senegal en África, donde los nativos creen que los espíritus son responsables de todo mal. Solomon se entregó a un rito similar al vudú llamado ndeup. Los negros le echaron una sábana encima para cubrirlo junto con un carnero, al que Solomon abrazó. “Yo apenas podía respirar; el olor del carnero era muy fuerte”. Los tamborazos sonaban cuando una mujer cayó en trance histérico. Uno de los que tocaban los tambores le cortó el cuello a un carnero. Las mujeres cubrieron con su sangre cada centímetro del cuerpo de Solomon, que quedó todo de rojo incluyendo sus genitales. Luego las mujeres lo ataron con los intestinos del chivo expiatorio. Tiempo después, al finalizar el exorcismo, la bruja que lo llevó a cabo declaró: “Estás libre de espíritus”. Solomon nos cuenta esta historia a lo largo de varias páginas, y en un párrafo de dieciséis líneas se expresó muy bien del ndeup: un rito “tonificante y energético, una apoteosis de movimiento y sonido”.

Pero Solomon no quedó libre de espíritus. El poderoso hechizo de su madre — “Comeré gusanos y moriré, y tú te lamentarás por haberte portado mal conmigo”— no fue roto con la brujería africana. Después de su experiencia en Senegal, este Proust de las letras siguió evitando hacer contacto con el monstruo verde que lleva dentro, que encuentra válvulas de escape en chivos expiatorios y en amigos a quienes les rompe la cara. En base a esta dinámica de represión y desplazamiento Solomon muestra una falta total de sentido común en cuestiones psicológicas elementales, lo que lo conduce a coquetear con el biologicismo. Por ejemplo, durante los inviernos en los países del hemisferio norte los siquiatras y algunos neurólogos nos quieren hacer creer que los cambios de melatonina son los responsables de la “depresión”. Solomon regurgita este alegato sin cuestionamiento alguno. Suponiendo que sea cierto, que no sea un estudio seudocientífico sino científico, lo más natural es suponer que la tristeza que un alma sensible experimenta en un lóbrego invierno alteró la secreción de melatonina, y no viceversa.

Además de las drogas siquiátricas para aliviar la depresión Solomon recomienda la terapia lumínica, la vitamina B6, la langosta y el mousse de chocolate, el hipérico o hierba de San Juan, los huevos, la levadura de cerveza, el zinc e infinidad de otras terapias. El curanderismo no ha cambiado en el tratamiento de la melancolía. En los 1620 Robert Burton recetaba a los melancólicos caléndula, diente de león, fresno, sauce, manzanas dulces, jarabe de amapolas ¡y la misma hierba de San Juan que Solomon nos recomienda más de tres siglos después! Cuando se aconsejan tantos remedios para un solo mal es elemental que el auténtico remedio no se ha encontrado. A lo largo de los siglos jamás se incursionó, ni en Oriente ni en Occidente, en el conflicto existencial que causa la depresión. El estudio profundo del yo apenas ha iniciado: no con Freud, sino con Alice Miller, Lloyd deMause y los psicohistoriadores. Por eso le parecía a Burton más fácil “notar el movimiento de un grano de sal en el aire que penetrar en el corazón del melancólico”. Pero así como la tecnología actual ya nos permite filmar el movimiento del grano, quienes por vez primera en la historia incursionamos en el núcleo del yo penetramos el corazón de los melancólicos. Cierto que Solomon estuvo en sicoanálisis y que en una terapia de grupo trató de hablar de la muerte de su madre. Pero Solomon ignora que, a pesar de sus ocasionales luces, el sicoanálisis es un curanderismo que nada tiene que ver con la furia literaria abierta, explosiva y desinhibida que nos devuelve el alma perdida.

Muchos sicoanalistas inhiben esta catarsis liberadora. Cómo recuerdo a dos renombrados analistas mexicanos que no me permitieron llorar en su consulta cuando quise transmitirles lo que me había hecho mi querido papá. Los siquiatras se comportan peor. Una amiga española sobreviviente de internamiento involuntario me escribió lo siguiente: “Y siempre he supuesto que yo misma cavé mi propia tumba cuando, al confesarme confiadamente con la famosa siquiatra del hospital que posteriormente me encerró, al preguntarme sobre mis padres mencioné en mi discurso la sentimental palabra odio”. Esta española me contó, en varias misivas, la historia de una amiga suya diagnosticada de esquizofrénica, a quien su siquiatra le decía: “La enfermedad ésa hace que uno se vuelva en contra de las personas que más quiere”.

La verdad es lo opuesto. Ponerle un tapón al monstruo que llevamos dentro hace que la víctima ultrajada por sus padres enloquezca, como le sucedió a Solomon. Por ejemplo, Solomon nos dice que los groenlandeses se deprimen no por el clima de Groenlandia, donde no hay ni árboles, sino por “el tabú de hablar de sí mismos”. Pero precisamente al impedirse hacer erupción Solomon mantiene el tabú de hablar de él mismo. Jamás saca el magma de su yo profundo (como se lee en la biografía de Breger que recomiendo en las lecturas, Freud tampoco lo sacó a pesar que popularizó la idea del inconsciente). En lugar de llegar al núcleo de su inconsciente Solomon le dedica un capítulo entero a la biología evolucionista para tratar de contestar la estúpida pregunta de cómo fue posible que la selección natural permitiera el surgimiento de la depresión en el ser humano.

En una buena parte de El demonio Solomon nos da el gran tour en el país de la siquiatría voluntaria. Pero cuando toca el tema de la siquiatría involuntaria no se percata que nos encontramos en un país enteramente distinto. Por ejemplo, sin bien Solomon reconoce que en el siglo XIX los siquiátricos, llamados asilos en aquel entonces, “pululaban como hongos” en el país de la Revolución Industrial, el chico rico no se percata de que así se barría el problema de la pobreza debajo de la alfombra institucional. Con increíble inmoralidad escribe: “El número de personas pobres mentalmente enfermas identificadas se duplicó. Esto se debió en parte a la creciente buena disposición de la gente a identificar a sus parientes como locos”. Solomon también habla de los niños a quienes sus padres los mandan al terapeuta, y lo que es mil veces peor, para orientar a los padres recomienda el cibersitio de la National Alliance for the Mentally Ill .

NAMI es un paradigma perfecto de siquiatría involuntaria y represora. En diez páginas de su libro que me enfurecieron, Solomon regurgita el lenguaje de NAMI. Nos dice que “la necesidad de intervenciones tempranas y terapias preventivas es absolutamente evidente. Los padres deberían vigilar la aparición de un aislamiento notorio”. ¡Esto fue lo que mi madre “vigiló” cuando me “aislé” de ellos y de la infame escuela a la que me metieron (como le recriminé en Carta a mamá Medusa)! Pero como Solomon no escribió una carta vindicativa a su madre, añade: “Los niños que muestran estos signos de depresión deberían ser evaluados por un profesional”. Es evidente que Solomon toma partido por su madre en contra de sí mismo: y proyecta el odio del lastimado niño que lleva adentro hacia otros niños. Solomon tampoco reprueba las acciones siquiátricas involuntarias que se toman contra los ancianos profundamente entristecidos. Sanciona al modelo biorreduccionista de la depresión de los ancianos a pesar que es evidente que la vejez nos entristecería a muchos de nosotros. De hecho, Solomon recomienda electrochocarlos.

Qué distinto sería el mundo si los escritores defendiéramos a Antonin Artaud, Ernest Hemingway, Sylvia Plath y a otros escritores deprimidos electrochocados por siquiatras. En lugar de dedicarle su libro a una de estas víctimas de la siquiatría Solomon se lo dedica a su papá, el empresario que comercia con antidepresivos y que financió su investigación. Junto con los profesionales la gente más peligrosa son los pacientes siquiátricos voluntarios, especialmente si tienen dinero, el don de las letras y le hacen propaganda a la siquiatría involuntaria en sus libros. Habla pestes de la cultura norteamericana que un libro como El demonio de la depresión goce de premios, honores y popularidad.

* * *

Analizada a fondo, la susodicha globalización es más bien una americanización. El imperio norteamericano conquista mentes, no territorios. Los suecos no suelen darle Ritalín / Rubifen a sus niños. Pero Suecia no exporta su cultura al resto del mundo. Estados Unidos, en cambio, consume el noventa por ciento del metilfenidato mundial y en un mundo donde “el mercado es el rey”, como declaró con entusiasmo Ronald Reagan, es previsible que transnacionales como la del padre de Solomon quieran expandir sus ventas al resto del globo. Duele ver a un libro como el de Solomon traducido a mi lengua materna.

Aquellos que se creen disidentes del sistema por participar en manifestaciones contra guerras como la de Irak, yerran. Yo jamás me he manifestado sobre este tipo de acciones imperiales que destituyen a sátrapas sanguinarios. Y jamás lo haré. Hay formas infinitamente más sutiles de control y de dominio de la sociedad civil que la guerra abierta. Una de éstas es la dominación ejercida por la siquiatría. En la ciudad donde vivo se escuchan ahora a los manifestantes y a su gritería frente a la embajada del vecino país del norte. Pero jamás han realizado no se diga las manifestaciones masivas de estos días, sino ni siquiera una manifestación mediana en contra de la nueva Inquisición.

Ni la harán. Como en los mundos de Orwell, la sociedad le permite a la masa sus “Dos Minutos de Odio”. Quienes ahora participan en la manifestación vuelcan su coraje sobre un objeto sustitutorio para no volcarlo sobre las fuentes de su propia opresión, de la que no están conscientes. Al igual que el rompe-caras Solomon, el sistema, basado en la familia nuclear, les permite una válvula de escape para que no dirijan su rabia hacia la fuente que los oprime a ellos. A todos nos llegan hondo las imágenes de la guerra. Pero es astigmatismo exhibir pancartas con inmensas fotos de una niña mutilada cuando el manifestante no puede ver que a medio metro le pide limosna un niño que vive en las alcantarillas de la gran capital mexicana. ¿Cuándo se ha manifestado la raza humana por los indigentes de Nueva York, Moscú o Tokio? ¿Cuándo se ha manifestado por los Arriola (de quien hablo en la sección sobre la siquiatría en México) y miles de otros a quienes les sucedieron cosas peores que la experiencia de una guerra? No es que no haya gente buena entre los manifestantes. La compasión por los que sufren es el más elevado de los sentimientos; el más alto valor de todo lo imaginable de hecho. Pero a la masa se le escapa lo conspicuo. Ya lo decía Goethe: lo más difícil de ver es lo que tiene uno exactamente enfrente. En vez de hacer algo para eliminar a los padres abusivos y reestructurar la sociedad, los humanos drogan a sus cerebros con químicos legales e ilegales; con la TV, deportes, y películas en DVD; con sectas, tonterías new age, religiones, nacionalismos y toda suerte de terapias y entretenimientos banales. Pero los crímenes lesa humanidad que acontecen no en el lejano oriente, sino enfrente de sus narices, pasan desapercibidos.

Dejad a la chusma lanzarle improperios al tío Sam Goldstein. Dadles pan, circo, sus dos minutos de odio y perpetuaremos el status quo hacia una sociedad psicocivilizada.

EL ASALTO AL CEREBRO ES TERAPIA

LA OPRESIÓN EN SIQUIÁTRICOS ES LIBERTAD

DORMIR EN LA MATRIZ ES PODER

Published in: on mayo 16, 2009 at 6:57 pm  Comments (29)  

Lecturas recomendadas

El que controla al lenguaje controla al mundo. – Doug Vaughn [1]



Sobre el lenguaje

Thomas Szasz: Anti-Freud: Karl Kraus’s criticism of psychoanalysis and psychiatry (NY: Syracuse University Press, 1990).

George Orwell: 1984 (Barcelona: Ediciones Destino).

La crítica al lenguaje es la más radical de todas las críticas. Éstos son los primeros libros de mi lista porque si en nuestro vocabulario no arrancamos de raíz la nuevahabla de siquiatras, sicoanalistas y sicólogos clínicos nos será imposible entender los problemas familiares, sociales, económicos y existenciales que todos tenemos. La psicohistoria y especialmente la psicología intuitiva (a la que sí escribo con “p”) son suficientes para abordar la patología humana. Las ideologías siquiátricas y sicoanalíticas, y en especial el lenguaje de las mismas, sólo mixtifican y envilecen el entendimiento de nosotros mismos. Nos hacen ver una realidad virtual que no existe. “Hay que resucitar al alma humana del sepulcro terapéutico en el que ha sido enterrada por nuestra era tecnológica”, nos dice Szasz.

El libro de Szasz trata sobre Karl Kraus, un periodista que floreció en la Viena de Freud. Kraus fue el gran moralista de su época, tanto así que algunos le llamaron Casandra. Percibió la amenaza que la nuevahabla de la siquiatría y el sicoanálisis representaba para la salud de la cultura europea. Trató de denunciarla en su revista Die Fackel (La antorcha), pero sus admoniciones cayeron en oídos sordos. Kraus escribió: “Existe una tendencia médica en la actualidad de aplicar términos técnicos al alma. Como todas las analogías entre cosas distintas esto es una broma, quizá la mejor broma que el materialismo ha producido”. Y también: “Se dice que se ha decidido desde lo alto disolver a la siquiatría como ciencia y como profesión y permitir su existencia sólo de manera modesta, como una fe. ¡Basta ya de esta farsa que ha engañado a la humanidad por tanto tiempo!”[2] Szasz comenta: “Medio siglo antes de Orwell, Kraus luchó contra los novohablistas de su tiempo. En su lista de novohablistas sobresalían Freud y el sicoanálisis. Es imposible entender al sicoanálisis o a la crítica que Kraus le hizo sin entender la plataforma de la que parte Kraus: la relación entre el respeto al lenguaje y el respeto a las personas”.

Orwell quería titular The last man a su último y más importante libro, pero pasó a la posteridad como Nineteen eighty four.

Hay quienes mantienen que 1984 no es meramente un ataque al bolchevismo y al fascismo, sino que Orwell trató de advertirnos cómo sería el totalitarismo en Inglaterra y Estados Unidos si las fuerzas del colectivismo de su época continuaran irrefrenables. En su novela, el superestado llamado Oceanía comprendía al Reino Unido y a toda América. En los 1940 Orwell escribió que sus conciudadanos no tenían idea que se dirigían hacia “el verdadero ambiente totalitario en el que el Estado se esfuerza por controlar las ideas y las palabras de la gente”.[3] Más de medio siglo después de su publicación es inquietante que, de las casi quinientas reseñas de 1984 que he leído en Amazon Books, nadie haya percibido que la siquiatría representa esas fuerzas colectivistas. Un poder mórfico ha dormido incluso a los libertarios que aman esta gran novela.

Sugeriría leer Anti-Freud conjuntamente con 1984, incluyendo el apéndice de la novela orwelliana “Los fundamentos de la nuevahabla”.[4]


Sobre la importancia de la autobiografía vindicativa

John Modrow: How to become a schizophrenic: the case against biological psychiatry (New York: Writers Club Press, 2003).

La psicohistoria y la autobiografía son suficientes para entender el alma humana, pero no cualquier tipo de autobiografía. Llamo “autobiografía vindicativa” a un género innovador que demuestra subjetivamente la vigencia del modelo del trauma y su relevancia para la civilización.

En lugar de listar un tratado académico de Lidz, Laing o Arieti sobre padres enloquecedores, recomiendo el libro de un autobiógrafo vindicativo que no tiene título académico alguno. ¿Por qué? Porque, a diferencia de la ciencia empírica, el universo subjetivo sólo puede ser cabalmente comprendido desde el universo subjetivo mismo.

El libro de Modrow consiste de una parte autobiográfica sobre su martirio psicológico en una familia abusiva y de un enjuiciamiento muy duro a la siquiatría. Comparado con, digamos, un ensayo brillante de Laing sobre la locura, Modrow nos explica desde su propia vivencia subjetiva cómo fue que, debido a las palizas psicológicas que le propinaron sus padres, perdió la razón (antes de recuperarla y poder escribir sobre su experiencia). En la parte autobiográfica de su libro Modrow nos habla de un tema fundamental: el daño psicológico masivo que produjo el estigma “esquizofrénico” en el muchacho que fue. Dado el valor único que en el estudio de la psique humana tiene el viaje al espacio interior, el autoanálisis de Modrow debiera ser un paradigma para entender a los adolescentes que sus padres enloquecen. El finado Robert Baker, profesor de sicología a quien conocí personalmente, dijo sobre Modrow: “Aunque no reconocido ni apreciado, es quizá la mayor autoridad del mundo sobre la locura”.[5]

El libro de Modrow contiene además una de las críticas más completas que conozco de las teorías biosiquiátricas sobre la “esquizofrenia”. Al igual que Modelos de locura, que contiene artículos de veintitrés profesionales en salud mental y que reseñaré más adelante, Modrow rebate las teorías que van desde los supuestos defectos anatómicos a quienes se les ha diagnosticado de esquizofrenia, hasta los supuestos defectos bioquímicos y genéticos. Con la excepción de la teoría de la dopamina, los mismos siquiatras han perdido la fe en la mayoría de estas teorías biológicas.

Creo que el libro de Modrow es la autobiografía más importante que se ha publicado en inglés. De todos los libros que se han escrito éste es uno de los contados que calan hondo sobre qué siente la víctima de vapuleo parental. Junto con los de Alice Miller, el libro de Modrow es el único que llega a la médula del dolor del niño o jovencito martirizado en casa: dolor que le hace perder la razón. Sullivan, Lidz, Laing y Arieti, profesionales que jamás perdieron el juicio, se quedaron cortos en sus intentos de describir qué siente el alma infantil ante la crueldad parental; y el libro de Susan Forward que reseñaré aquí se limita a sus pacientes neuróticos que lograron hacer carreras; no habla de quienes han tenido quebrantos psicóticos y quedaron en la marginación.


Sobre el sicoanálisis y las sicoterapias

Jeffrey Masson: Juicio a la sicoterapia [título original: Against therapy]: la tiranía emocional y el mito de la sanación sicológica (Santiago: Cuatro Vientos, 1993).

—————–: Final analysis: the making and unmaking of a psychoanalyst (London: HarperCollins, 1991).

“Todos deberían saber que el entrar al consultorio de un sicoterapeuta, sea cual sea la escuela de este último, significa ingresar a un mundo donde es posible que se les dañe gravemente”.[7] Estas palabras me hicieron recapacitar tanto; me hicieron cuestionarme tantas cosas que daba por sentado, que debo idear una fábula.

Había una vez un pez que nadaba alegremente en una laguna. Un día el pez se sintió muy mal. Una fábrica, cuyos dueños parecían monos desnudos, vertía desperdicios en la laguna. A los monos de la fábrica, que eran más inteligentes que el pez, les convenía que el pez no descubriera la existencia de la fábrica. Desde debajo del agua el pez consultó al mono aconsejador de los animales, quien le dijo que su malestar se debía a su cerebro, y además le dijo que su alma estaba llena de complejos y de histerias. El pez le creyó al mono aconsejador. No podía imaginar que nada malo había en él, sino que el mono lo había engañado. Sólo el ver la fábrica desde afuera de la laguna lo habría desengañado. Pero un pez no puede salir del agua y ver la verdad. El agua es la matriz del mundo piscícola, y el pez nunca se enteró que en el agua había una sustancia muy mala. Murió junto con los demás animales de la laguna mientras los monos desnudos se hicieron ricos con los productos de la fábrica.

Moraleja: Lo más difícil para un pez es hacer la crítica del agua.

La sicoterapia es una profesión aceptada y respetada por la sociedad. Es parte de la matriz cultural en la que respiramos, vivimos y en la que nos movemos todos los días. En este instante muchos terapeutas le están diciendo a sus clientes que sus malestares se deben a sus cerebros, o que sus mentes están llenas de complejos y de histerias. Los clientes les creen a los terapeutas. No pueden imaginar que nada malo hay en ellos, sino que el terapeuta los ha engañado. Sólo el ver la sociedad desde afuera de la cultura los desengañaría. Pero su condición de humanos no les permite salir del sistema y ver la verdad. La cultura es la matriz del mundo humano. Lo más difícil es hacer una crítica de la cultura en turno, que nos envuelve tanto como el agua al pez.

Gracias a estos dos libros de Jeffrey Masson salí, cual anfibio, de la laguna y pude ver no sólo que el medio nos envenena, sino que las “sicoterapias” mismas pueden ser algo muy tóxico. Sin estos libros no habría comprendido lo que me pasó con Amara y con otros terapeutas con quienes intenté hablar, dentro y fuera de sus consultorios, sobre lo que sucedía en mi familia. Como Freud ofendió a Dora, casi todo intento de comunicación con ellos resultó en ofensas hacia mi persona (acerca de lo que hablaré en otro lugar).

Confieso que he tenido acaloradas discusiones sobre la conveniencia de las sicoterapias con Corina: la misma hermana que me reveló aquello de las drogas en las comidas que me ponía mi madre. Debido al hecho que algunos siquiatras y sicoterapeutas la ayudaron durante sus conflictos con nuestros padres, mi hermana cree que exagero demasiado al rechazar a una profesión en su totalidad.

Pero el rechazo es pertinente y debo justificarlo.

En primer lugar, hay que distinguir entre siquiatría, sicoanálisis y sicoterapia por un lado; y siquiatras, analistas y terapeutas por otro. Lo primero es una profesión yatrogénica, al menos en su forma actual. Lo segundo son individuos concretos. Si los profesionales que mi hermana consultó se mostraron comprensivos al apoyarla en su conflicto familiar se debió a que hicieron a un lado sus doctrinas y la trataron como persona. En otras palabras, se portaron humanamente porque desobedecieron la consigna de medicar siquiátricamente, o interpretar analíticamente, los problemas de una hija con sus padres. Los profesionales que consultó mi hermana colgaron momentáneamente sus batas de médicos, por así decirlo, y la trataron con sentido común. Lo hicieron porque lo que ella les contó, la intolerancia de nuestra madre hacia su divorcio, es un tema tan simple que hasta los terapeutas fueron capaces de entender. Lo que mucha gente no entiende es que cualquier persona, incluso una persona iletrada, puede escucharnos en problemas de divorcio y darnos el oído que tanto necesitamos, y sin que le paguemos. No son necesarios los títulos para convertirse en el confidente de otra persona. Al contrario: dadas las consignas terapéuticas, medicar o interpretar, los títulos pueden ser contraproducentes.

Por otra parte, el hecho que algunos terapeutas se confabulen con los padres para torturar a un hijo con drogas debiera hacernos ver con desconfianza a todos los terapeutas por la simple razón que no han denunciado este tipo de crímenes. Es muy significativo, nos dice Masson en Juicio a la sicoterapia, que ni siquiera las llamadas terapeutas radicales o terapeutas feministas hayan denunciado al electroshock. Si el terapeuta del que contratamos sus servicios no denuncia a sus colegas ¿cómo estar seguro que no se comportará como un Amara se portó conmigo? La siguiente es mi prueba de ácido para recomendar o no a un sicoterapeuta:

¿Has publicado sobre los padres que destruyeron las vidas de tus clientes? ¿Has denunciado en los medios a tus colegas que prescriben drogas siquiátricas? Enfatizo “en los medios” porque muchos terapeutas critican casualmente a los abusivos padres o a los siquiatras “pastilleros” a puerta cerrada en sus consultorios, pero no se atreven hacerlo en público. En mi caso, si hubiera habido un solo terapeuta que le advirtiera a mis padres del peligro que entrañaba la terapia de Amara, podría haberme salvado. Pero nadie les dijo nada, ni dentro ni fuera de los consultorios. El mismo sicoanalista que consultaron mis padres a principios de 1976, por cierto, padre de uno de mis compañeros de la escuela primaria y del que tendré que decir un par de cosas en otro de mis libros, elogió la decisión de mis padres de haber escogido a Amara como mi “analista”. Su actitud fue pura complicidad con el status quo criminal. Sólo alguien que denuncia en público los crímenes de la profesión puede proveer el sello de garantía de que en privado tratará a un chico con algo de compasión.

Como viñeta personal quisiera decir que en un restaurante cierta vez vi que quien se sentaba en la mesa de al lado tenía un grueso tratado de siquiatría. Lo abordé y le pregunté por qué en México la información sobre las lobotomías es tan difícil de obtener, y le mencioné mi experiencia con la Secretaría de Salud. Para mi sorpresa, el desconocido me dijo que no era siquiatra sino sicoanalista, y justificó al ciento por ciento la lobotomía hablándome de cómo inició la práctica en los años treinta. El punto de la anécdota no es que algunos analistas discrepen de este colega, sino que existen sicoanalistas que creen en la necesidad de esta mutilación cerebral.

En mi discusión con mi hermana hay algo más. Incluso si algunos sicoterapeutas reprueban la drogadicción involuntaria de los jóvenes hay que recordar que los análisis “puros”, es decir sin drogas, también pueden ser tóxicos. Considérese el hecho, por ejemplo, que para los sicoanalistas el ensayo de Freud sobre Dora es el mejor de los estudios freudianos sobre cualquier persona. ¡Cómo estarán los otros! Dora no ha sido el único caso de yatrogenia puramente sicoterapéutica en la profesión. Desde 1900 en que Freud vio a Dora ha ocurrido tanto abuso, tanto daño moral en las terapias, que tengo pocas dudas de que mi hermana corrió con suerte.

Jeffrey Masson, que al momento de escribir vive en Nueva Zelanda, fue un analista. De hecho, fue un gran apasionado del sicoanálisis y llegó tan alto en su carrera que iba a heredar la dirección de los Archivos Freud en Londres. Pero abandonó su profesión al descubrir que el análisis y la sicoterapia “puros” dañaban más que ayudaban. Masson nos cuenta la odisea de esta revelación en Final analysis: una autobiografía que se lee como una entretenidísima novela. Él me convenció que el 100 por ciento de las escuelas de sicoanálisis, y el 99.9 por ciento de las escuelas de sicoterapia, no han roto con las fuerzas sociales que dieron nacimiento a la siquiatría. Ya he dicho que tanto el siquiatra como el sicoterapeuta tienen algo en común: ambos ubican el problema en la víctima del medio insultante, en su cuerpo o en su mente respectivamente (como en mi fábula). Ninguno es el ingeniero social que propone cambios en el medio. Aquellos que aún creen que la sicoterapia y la siquiatría son cosas esencialmente distintas se beneficiarán leyendo los libros de Masson. Todo siquiatra que culpe a nuestros genes, y toda sicoterapeuta que culpe a nuestras mentes, es agente del status quo. Podría decirse que la sicoterapeuta es la little sister de Big Brother: el siquiatra.

Hay una razón de otra índole sobre por qué la llamada sicoterapia representa un mal para la salud de nuestra cultura. Muchas veces me he preguntado por qué el género de la autobiografía vindicativa, como el que apenas he iniciado con dos libros, aún no se ha desarrollado. Una posible explicación es que el sicoanálisis fue una de las ideologías que infectó al siglo, y la creencia popular que las tragedias de la vida han de contarse a un (supuesto) profesional interrumpió el desarrollo de la confesión secular que venía gestándose desde el Romanticismo. En otras palabras, si de adulto hubiera caído en la trampa de analizarme, digamos, con una terapeuta comprensiva y distinta a Amara, este libro podría no haber sido escrito. Habría querido desahogarme con una de ésas que lucran escuchando a las víctimas del sistema familiar sin mover un dedo por el cambio social. El contar nuestras penas a puerta cerrada en lugar de pasarlas al papel y eventualmente publicarlas hace que jamás salgan a la luz los horrores de la familia, y en particular de la familia burguesa con toda su hipocresía e interés en guardar las apariencias. Muy complacido me sentí al notar en la posdata a la segunda edición en inglés de Juicio a la sicoterapia que Masson concluye su libro aconsejando a sus lectores que, en lugar de buscar terapia en una figura maternal, mejor escriban sus autobiografías. Sólo esa catársis puede conducir a que la sociedad se repiense a sí misma.


Louis Breger: Freud, el genio y sus sombras (Barcelona: Javier Vergara, 2001).

Cuando discuto en cafés advierto que es imposible manchar el aura que Sigmund Freud tiene en la opinión pública. Las siniestras revelaciones sobre la vida de Freud no la afectan. La gente parece creer que el sistema freudiano es ajeno a los defectos de su fundador, a quien ven como una blanca flor de loto que flota incólume sobre el fango de mis acusaciones.

A mi juicio, en lugar de enfrascarse en discusiones escolásticas sobre las teorías de un pensador influyente es mejor tomar nota de los hechos de su vida. Los hechos hablan de manera más elocuente sobre las bondades o deficiencias de un individuo y su sistema que las ideas que éste y sus discípulos pregonen. Vale más conocer los hechos perpetrados por los cristianos azuzados por Agustín que sus tratados teológicos. Vale más conocer los hechos perpetrados por los comunistas azuzados por Lenin que sus tratados ideológicos. Asimismo, más vale conocer los hechos de la vida real de Freud que sus tratados analíticos. Freud: el genio y sus sombras fue publicado en 2000 en inglés y al siguiente año en español. A lo largo de cientos de páginas, Louis Breger desmitifica a Freud. Lo hace de forma tan docta y ecuánime que recomiendo esta lectura a los candidatos a analistas a quienes se les oculta este tipo de literatura en sus cursos.

A fin de apostillar mi pequeña discusión con mi hermana, es importante notar algo que en esta biografía se menciona sobre varios casos de consulta con Freud. Breger muestra que Freud sólo ayudó a sus clientes cuando hizo a un lado su teoría analítica y trató al cliente con empatía y sentido común.[8]


Susan Forward: Padres que odian [título original: Toxic parents]. (México: Grijalbo Mondadori, 2002).

Al hablar de los libros de Masson reconocí que existe una excepción del 0.1 por ciento sobre lo que dije de la sicoterapia. Esta excepción es la terapia de aquellos profesionales que enfocan sus esfuerzos en el trauma ocasionado por el maltrato parental: lo diametralmente opuesto de lo que me hizo Amara. En términos generales no recomendaría la sicoterapia a nadie. Entrar al consultorio de un sicoterapeuta significa ingresar a un mundo donde es posible que se nos dañe gravemente: algo que tuve el infortunio de comprobar. Partiendo de mi prueba de tornasol podría decir que no sé de ningún terapeuta en México que se haya opuesto públicamente a las drogas siquiátricas. Pero la excepción, el terapeuta benigno, existe. En Estados Unidos algunas de estas excepciones son Susan Forward y Peter Breggin.

En este punto difiero de Forward. En su libro aconseja alegremente a sus lectores que vayan con sicoterapeutas siempre y cuando no sean freudianos (en otro de sus libros incluye a los siquiatras). Pero omite decir que no sólo las terapias que niegan la realidad del incesto parental, como las freudianas, son nocivas. Amara es frommiano, y su consejo a sus clientas de poner drogas en los desayunos del adolescente rebelde me resultó infinitamente más nocivo que la terapia del freudiano más ortodoxo. Pero para ser justo con Forward debo constatar que ella ha ayudado a algunas personas en terapias de grupo sacando a la luz las horribles historias de sus vidas. Tan públicamente denuncia Forward a los padres que trastornan a sus hijos que en la ciudad de Los Ángeles tenía un programa de radio en que hablaba sobre el tema. Comparado al programa de Amara en México, el programa de Forward era su antítesis.

El libro de Forward sobre los “padres tóxicos” está escrito en un español tan sencillo que cualquiera que sepa leer podrá entenderlo.


Sobre la seudo-cientificidad de la siquiatría

Colin Ross and Alvin Pam (eds.): Pseudoscience in biological psychiatry: blaming the body (NY: Wiley & Sons, 1995).

Elliot Valenstein: Blaming the brain: the truth about drugs and mental health (NY: The Free Press, 1998).

Lo más difícil para un pez es hacer la crítica del agua. Lo más difícil para un soñante es despertar de la matriz. Y lo más difícil de todo, más aún que cuestionar la validez de la sicoterapia, es desenmascarar a una “ciencia” que se les enseña a los estudiantes de medicina alrededor del mundo.

Los siquiatras decimonónicos tuvieron el genio político de percatarse que la ciencia iba a ser el paradigma del futuro. Por eso invistieron a su ideología con ropaje científico. El doctor Alvin Pam nos advierte: “Lo que quiero decir es mucho más fundamental: la psiquiatría biológica no puede cumplir adecuadamente su misión porque en su estado actual tiene más la vestidura de una disciplina científica que la sustancia de la misma. Seguramente algunos se sorprenderán ante esta afirmación. El objetivo de este capítulo será precisamente mostrar las bases de tal afirmación iconoclástica”.[9]

El Homo videns que a diario enchufa su mente al televisor oye cosas como las siguientes: “Se ha descubierto el gen que causa la depresión”; “Le dieron el Nobel a un eminente médico por sus investigaciones de la dopamina, que algunos siquiatras relacionan con la esquizofrenia”; “La esquizofrenia es una enfermedad cerebral comprobada”; “Van Gogh y otros artistas padecieron de esa terrible enfermedad”; “Las autoridades de salud recomiendan metilfenidato para los niños hiperactivos”; “El alcoholismo es una enfermedad y el autismo tiene un origen genético”; “La depresión es una falla de la química, no del carácter”; “Estudios de gemelos idénticos han demostrado que las enfermedades mentales son hereditarias”. El Homo videns puede escuchar aseveraciones aún más técnicas que se hacen con un absoluto aire de cientificidad: “El funcionamiento alterado del grupo de neurotrasmisores llamados monoaminos como la epinefrina, dopamina, norepinefrina y serotonina, particularmente estos dos últimos, causa la depresión”, o “En la orina de los esquizofrénicos paranoides se ha encontrado una excreción elevada de una amina endógena llamada feniletilamina”. A diario oímos estas cosas como si fueran hechos científicos firmemente establecidos.

En 1997 la Administración de Alimentos y Medicinas (FDA por sus siglas en inglés) legalizó en Estados Unidos los comerciales televisivos y radiofónicos de drogas siquiátricas, y millones de televidentes fueron implantados con la idea de que la depresión es una enfermedad como cualquier otra que puede tratarse con medicinas. Pero a nadie parece importarle que su doctor le haya prescrito una droga para cambiar la química de su cerebro sin jamás haber examinado su cerebro. Ante tal propaganda mediática no me extraña que, cuando un francotirador comenzó a asesinar serialmente a algunas personas en Washington, no faltó quien opinara que su problema mental era biológico ¡antes de que la policía lo identificara!

El Homo videns también puede escuchar declaraciones muy simples en la pantalla grande. En el tiempo en que escribí este libro se estrenaron películas con estrellas de cine del calibre de Bruce Willis, Michael Douglas, Andy García y Russell Crowe: The sixth sense, Don’t say a word, The unsaid y A beautiful mind. Los sicoterapeutas y siquiatras son los buenos de la película. Lo que en Don’t say a word Michael Douglas le dice a una jovencita prisionera en un siquiátrico es proverbial: “Nadie está aquí sin alguna razón”.

A beautiful mind se basó en un hecho de la vida real, pero fue hermoseado con muchas mentiras piadosas para ganar el Oscar. El John Nash real, el matemático que Russell Crowe representó, dijo que Hollywood lo había puesto tomando neurolépticos cuando la verdad es que al recibir el Premio Nobel no los había tomado desde 1970, esto es, por decenios. El no dañar más a su cerebro después del encarnizamiento terapéutico que sufrió en el siquiátrico ayudó a Nash a recuperar el juicio. En la película pudimos ver los ataques convulsivos que Nash sufrió por la terapia maratónica del coma insulínico que le aplicaron. Pero los guionistas de Hollywood omitieron decir que esa terapia resulta en una suerte de muerte cerebral similar a la muerte por ahorcamiento. “Ocasionalmente uno puede recobrarse después de haber sido colgado” dice Marie Beynon Ray, autora de un libro sobre la siquiatría. “¿Pero al lunático se le cuelga, y cuelga, y cuelga?”[10] A beautiful mind nos muestra que el director del siquiátrico le explica a la señora Nash la necesidad de aplicarle el maratón de la muerte a su esposo, y como este doctor es interpretado elegantemente por Christopher Plummer la audiencia no se percata del crimen. La película nos oculta además la infancia de Nash: una ventana a su mundo interior que nos habría dado la pista de por qué más tarde se refugió en delirios de grandeza. Quien vive inmerso en la matriz del mercado no se percata que la siquiatría que ve en el cine sólo existe en las películas. Tampoco se percata que los terapeutas de la vida real que ve en la televisión no representan a una profesión legítima, sino que son médicos que se han autoengañado para lucrar. Lo más difícil de todo es detectar los autoengaños de los doctos y de los profesores de universidad.

Por encuestas se sabe que la masa tiende a depositar su fe en los profesores y desconfiar de los políticos. Este es el error que explica la existencia de una Inquisición en nuestros días. Muchos profesores son criminales. “El criminal de los criminales es el filósofo” dijo Nietzsche. Es el profesor, el médico, el teólogo, el autor intelectual de los crímenes más horrendos de la historia. Basta recordar que en sus escritos los dos más grandes teólogos de la cristiandad, Agustín y Tomás, idearon y aprobaron la persecución de los disidentes por la iglesia oficial. Lo mismo puede decirse de Sartre y de muchos profesores universitarios de izquierda. No sólo aprobaron el terrorismo: sus ideas inspiraron a los comunistas de Pol Pot a asesinar a dos millones de civiles inocentes en Camboya.

Los intelectuales y los profesores de siquiatría hablan como Christopher Plummer en los canales culturales de la televisión. La masa confía en lobos con piel de cordero que promueven una ciencia que ha sido aceptada acríticamente en la universidad. Pero como ha dicho Franco Basaglia, quien reformó algunos siquiátricos en Italia: “En un determinado momento tenemos que pensar que lo que nos enseñan en la universidad es una gran mistificación, es toda una delincuencia porque los delincuentes son los profesores, no los delincuentes. Yo siento que tengo derecho a hablar de esta manera porque soy profesor universitario y, está claro, me aplico a mí también la etiqueta y no tengo por qué tener inhibiciones”.[11]

Pseudoscience in biological psychiatry y Blaming the brain le asestan un duro golpe a las bases conceptuales de la siquiatría biologicista. Este par de libros son ideales para sicólogos, doctores y hombres de ciencia. El médico honesto que los lea se percatará que en su universidad le enseñaron tonterías: todo lo relacionado con la psicopatología. Por ejemplo, el largo artículo de Alvin Pam que aparece en Pseudoscience, originalmente publicado en una revista siquiátrica, representó el despertar para Susan Kemker, una siquiatra del Hospital Central de Bronx en Nueva York que lo leyó y se percató que en su universidad la habían engañado (la confesión de Kemker se recoge junto con los artículos de otros profesionales en Pseudoscience).

La propaganda que hacen los farmácratas es tan ubicua que no sólo se enseñan mentiras en las facultades de medicina, sino que muy pocos saben que dentro de la profesión misma existe un grupo de disidentes. Por más de medio siglo Elliot Valenstein, profesor emérito de sicología y neurociencia en la Universidad de Michigan, ha estudiado a la siquiatría. En Blaming the brain (Culpando al cerebro) nos presenta una detallada arqueología sobre cómo surgió la ideología biorreduccionista cuando las fuerzas del mercado crearon la psicofarmacología, y cómo esta ideología fue aceptada en la matriz social. Blaming the brain trata de las principales drogas siquiátricas: desde la clorpromazina que inauguró toda una era de neurolépticos en 1954, seguido por el haloperidol y los más recientes atípicos hasta los más diversos antidepresivos, ansiolíticos y estabilizadores del ánimo. Una buena parte del estudio de Valenstein trata de la validez de las teorías siquiátricas sobre la esquizofrenia y la depresión que se idearon a partir del efecto de estas drogas. Valenstein nos muestra que la hipótesis de la dopamina como etiología de la esquizofrenia está infundada, y expone sus dudas sobre lo que se dice de Prozac, de la serotonina y del origen biológico de la depresión. Los últimos capítulos son fascinantes y a la vez deprimentes. Valenstein saca a la luz toda la política de la profesión médica y cómo la industria farmacéutica influyó en la investigación académica para venderle a la población una teoría científica como un hecho comprobado.

No recomendaría el libro de Valenstein a quien se inicia en la literatura sobre la Inquisición de nuestros días. Blaming the brain es un estudio que usa el lenguaje frío, técnico y aparentemente objetivo de la academia. A diferencia del libro que editaron Ross y Pam, Valenstein ignora el modelo del trauma y afirma que “no conocemos las causas de ningún trastorno mental”. Incluso desde las primeras páginas de su libro Valenstein no expresa indignación al hablar de los infames tratamientos siquiátricos: la actitud opuesta a la de Szasz, Breggin, Masson y Modrow. No obstante, junto con Pseudoscience in biological psychiatry y el libro en español que a continuación reseñaré, el de Valeinstein es imprescindible para mostrar la falta de fundamento médico en el “modelo médico” de las perturbaciones mentales.


John Read, Loren Mosher y Richard Bentall: Modelos de locura: aproximaciones psicológicas, sociales y biológicas a la esquizofrenia (Barcelona: Herder 2006).

Modelos de locura es un tratado en que colaboraron veintitrés profesionales de salud mental. Aunque está dirigido a académicos, lo incluyo porque es uno de los pocos disponibles en castellano. Intenta mostrar que las ideas delirantes son comprensibles por aspectos del entorno del paciente, más que síntomas de una predisposición genética. El libro critica al modelo médico e ilustra el papel de las farmacéuticas; describe alternativas sin drogas, y apunta a cómo prevenir la psicosis. El primero de los veinticuatro capítulos se titula “La ‘esquizofrenia’ no es una enfermedad”; el último, “Intervención en un primer episodio de psicosis sin hospitalización ni fármacos”.


Peter Breggin: Toxic psychiatry: why therapy, empathy and love must replace the drugs, electroshock, and biochemical theories of the “new psychiatry” (NY: St. Martin’s Press, 1994).

La búsqueda del santo grial de la biosiquiatría continúa en el nuevo siglo: aquella necia búsqueda de las causas de nuestros problemas familiares, sociales y económicos en nuestros cuerpos. Aquél que desee actualizar las referencias bibliográficas de los libros reseñados arriba puede hacerlo leyendo una revista de profesionales de salud mental que se especializan en rebatir las teorías siquiátricas biorreduccionistas: Ethical human psychology and psychiatry (originalmente creada por Peter Breggin con el título de Ethical human sciences and services). Confieso que, antes de sentarme a escribir este libro, estuve tentado a hacer una carrera de biólogo para contribuir a la crítica académica de la siquiatría ortodoxa en este fascinante campo. La biología es una verdadera ciencia, una ciencia exacta; y la estudié un tiempo en Inglaterra. Pero abandoné la carrera al percatarme que me sentiría mejor escribiendo sobre el trauma psicológico.

En los años setenta comenzó a resurgir la lobotomía en Estados Unidos. Lo que más admiro de Breggin fue su campaña heroica: una lucha prácticamente al solo contra sus colegas que promovían el resurgimiento de esta mutilación de almas. Breggin, graduado en siquiatría en Harvard en 1966, ha luchado a contracorriente en su profesión. Creó el Centro Internacional para Investigar a la Psiquiatría y a la Psicología a fin de oponerse al resurgimiento de la lobotomía.[12] Actualmente el centro se enfoca en denunciar la drogadicción siquiátrica de niños y adolescentes, acerca de la cual Breggin testificó en la Casa de los Representantes del Congreso de Estados Unidos en septiembre de 2000. A diferencia de los libros de Ross, Pam y Valenstein y el aburrido tratado mencionado arriba de esta reseña, los libros de Breggin son muy digeribles. Al final de Toxic psychiatry Breggin concluye: “El escenario que he presentado parece abrumador, sin embargo no es exagerado. La psiquiatría es una industria gigantesca, protegida por un monopolio estatal y promovida por un consorcio psicofarmacéutico con un poder de billones de dólares”.[13] Aquél que crea que la depresión o cualquier desequilibrio emocional puede tratarse medicamentosamente debiera leer Toxic psychiatry u otros libros de Breggin, especialmente si se encuentra tomando algún psicofármaco.

El capítulo de Breggin sobre el electroshock causa shock en el lector: muestra que lo que le hicieron a Arriola es una práctica común en la profesión médica. También es impresionante el capítulo sobre la alianza de la siquiatría con las escuelas de medicina en las universidades, las compañías de seguros y de psicofármacos, los medios masivos de comunicación, algunas entidades del gobierno y asociaciones de padres como NAMI —todos menos el niño “identificado” por esa mafia.


Debates en las páginas web del abogado Douglas Smith y del sobreviviente David Oaks.

Pocas cosas iluminan más que un debate entre expertos sobre un tema controversial. En 2003 Mind Freedom, el grupo de sobrevivientes de la siquiatría mejor organizado del mundo, realizó una huelga de hambre en Pasadena, California. Este grupo le puso un ultimátum a la Asociación Psiquiátrica Americana (APA), a NAMI y a las oficinas del Inspector General de Sanidad (Surgeon General) en los Estados Unidos. Si alguna de estas organizaciones no le mostraba a los huelguistas un estudio científico que demuestre a ciencia cierta la biología de las perturbaciones del alma, rehusarían comer. Asesorados por un panel de científicos las preguntas concretas que hicieron los huelguistas fueron las siguientes:

1. EVIDENCIA QUE DEMUESTRE CLARAMENTE la validez de la “esquizofrenia”, la “depresión” u otros de los “trastornos mentales principales” como enfermedades biológicas del cerebro.

2. EVIDENCIA DE UN EXAMEN DIAGNÓSTICO —como escaneos cerebrales, pruebas de sangre, de orina, de genes, etc.— que distinga confiablemente entre individuos con esos diagnósticos (antes de que les administren drogas siquiátricas) y los individuos sin esos diagnósticos.

3. EVIDENCIA DE UN ESTÁNDAR O LíNEA DE BASE de una personalidad “normal” neuroquímicamente equilibrada, contra la cual un “desequilibrio” neuroquímico pueda medirse y corregirse por medios farmacéuticos.

Los huelguistas incluyeron otras tres preguntas científicas en su pliego petitorio. El director de la APA respondió a estas preguntas aconsejándoles que leyeran libros de texto siquiátricos de miles de páginas; pero jamás señaló un solo estudio específico que contestara alguna de sus preguntas. NAMI hizo algo similar: en la carta que escribió su director eludió las preguntas ¡e invitó a los huelguistas a unirse a NAMI! El Inspector General de Sanidad ni siquiera se molestó en responder. Así que ninguno de los tres organismos contestó de manera sustancial a las preguntas: este fue el dictamen del panel de catorce médicos y científicos que evaluó la respuesta de la APA a los huelguistas.[14]

Un solo ejemplo ilustrará por qué los huelguistas derrotaron a estas influyentes instituciones de medicina y siquiatría.

Se recordará que el criterio para distinguir la enfermedad de la no enfermedad es el criterio de Rudolf Virchow: no existe la enfermedad en abstracto, sino solamente enfermedades de los órganos y de las células. A este criterio se le llama actualmente “marcador biológico” y cumple los requerimientos de una ciencia exacta, como las especialidades de medicina que no tienen que ver con la siquiatría. En los últimos años los siquiatras, que jamás han logrado demostrar la existencia de la enfermedad mental bajo el microscopio, han pretendido ampliar el criterio a fin de que comprenda a los síntomas y síndromes que ellos consideran posibles enfermedades. Por ejemplo, los siquiatras han estado presentando seudomarcadores biológicos, como lo que puede verse en aparatos de imágenes generadas por resonancia magnética (aparato MRI) o de tomografía por emisión de positrones (aparato PET). En la publicidad está de moda decir que estos aparatos muestran que la perfusión sanguínea se reduce en uno de los hemisferios cerebrales de la gente que sufre “depresión”. Pero omiten aclarar que eso no significa que la perfusión sea la causa de tal déficit. Más bien, la profunda tristeza pudo haber causado el bajo flujo sanguíneo. Tan simple como eso.

Este es uno de los temas de un debate entre Douglas Smith, y lo ilustraré con el siguiente ejemplo. Cuando un asalto a mano armada en la calle nos causa pavor, el ritmo del pulso se acelera. Imaginémonos que un siquiatra biorreduccionista nos dijera ¡que el pulso acelerado causó el pavor y no viceversa![15] Los aparatos MRI y PET son los juguetes que tiene el Instituto Nacional de Psiquiatría en México para dar la imagen al público de que la siquiatría es una ciencia médica. Pero la realidad es que, sin que yo se lo preguntara, en la visita guiada al instituto el director Heinze me confesó en los mismos cuartos de esos aparatos que lo que medían: “No es un marcador biológico” según sus propias palabras. La carencia de marcadores biológicos en la profesión explica que la APA no esgrimiera los escaneos ante los huelguistas. Eso sí: los escaneos nos inundan en el sistema mediático. Diagramas artísticos aparecen en Scientific American: una revista que publica artículos de ciencia siquiátrica tan poco veraces como los de Pravda en la antigua URSS.[16]


Robert Whitaker: Mad in America: bad science, bad medicine, and the enduring mistreatment of the mentally ill (Cambridge: Perseus, 2001); y los mejores libros de Foucault y Szasz.

Para obtener un conocimiento profundo sobre algo es necesario conocer su historia. Estuve tentado a incluir en estas lecturas recomendadas la Historia de la locura de Michel Foucault, pero debido a la oscuridad de la prosa en gran parte de sus novecientas páginas prefiero recomendar literatura sobre historia siquiátrica escrita por no pedantes.

De los libros de Szasz que han sido traducidos al español, creo que La fabricación de la locura debe ser el punto inicial para que el hispanohablante aborde el pensamiento szasziano, y no El mito de la enfermedad mental. En cuanto a didacticismo encontré a este último libro, que muchos consideran la obra magna de Szasz, muy malo. El mito de la enfermedad mental fue el segundo libro de Szasz crítico de su profesión y, con la excepción de algunos capítulos, la concepción del libro es demasiado sofisticada para un tema tan importante: legado de la pedantería filosófica europea. Además, El mito de la enfermedad mental confundió a sus lectores dando la equivocada impresión de que Szasz no cree en la existencia de las conductas que consideramos trastornos mentales. Con el tiempo Szasz escribió libros más didácticos y su postura sobre el mito de la enfermedad mental comenzó a dilucidarse, pero el daño de su sofisticada retórica original estaba hecho. La fabricación de la locura sigue siendo tediosa en muchos pasajes, especialmente en la versión en inglés (la traducción de este libro por la editorial Kairós es una versión abreviada del original). No obstante, tiene muchas otras páginas que contienen el tipo de información que asombra a quienes no sabíamos nada de la siquiatría y nos enfrentamos, por vez primera, a un manifiesto que nos despierta a la realidad. A diferencia de Foucault, que en su carrera de filósofo pedante escribió en un estilo cada vez más oscuro, con los años Szasz escribió en un estilo cada vez más claro, como puede verse en El mito de la psicoterapia, también disponible en castellano. Pero no deja de impresionarme el hecho que cuando un auténtico escritor, más que un filósofo, escribe algo sobre la siquiatría, la Inquisición de nuestros días puede apreciarse a toda luz.

Tal es el caso de la prosa de Robert Whitaker en Mad in America. Whitaker ha escrito el libro más leíble y dilucidador sobre la historia de la siquiatría norteamericana. Cierto que Whitaker no tiene la experiencia de Szasz, quien ha escrito una veintena de libros sobre el tema a lo largo de cuarenta años. Pero es tal la fama de El mito de la enfermedad mental de Szasz y de Historia de la locura de Foucault, publicados a principios de los 1960, que un estudio en un inglés tan literario como el de Mad in America es bienvenido. Es muy refrescante leer a Whitaker: la antítesis estilística de los posmodernistas y de un Foucault. Ningún otro libro nos muestra con mayor elocuencia el daño que causan los neurolépticos y las bondades de las Soteria Houses para la gente en crisis psicóticas que este libro. Whitaker también nos explica cómo la Asociación Psiquiátrica Americana se volvió títere de las compañías de drogas. En México muchos creen que los estadounidenses son muy escrupulosos en el manejo de fármacos para el consumo público. En el último capítulo Whitaker expone lo increíblemente corrupta que se encuentra la política médica en nuestro vecino país. Expone las bribonadas de las que se han valido las compañías de drogas para que las más influyentes revistas de ciencia médica escriban artículos en pro de sus productos. Pero el dato de Mad in America que más me asombró es que la gente severamente trastornada puede mejorar, e incluso recuperar la cordura, mediante un trato humanitario —¡sin médicos! Whitaker ilustra este punto con el tratamiento no médico de los cuáqueros decimonónicos y el proyecto de las Soteria Houses inspiradas en la labor de Loren Mosher (vale decir que el famoso edificio Kingsley Hall en Londres le fue prestado a Laing por los cuáqueros). Las siguientes fueron las palabras finales de la única conferencia que Thomas Szasz impartió en México:

El electrochoque, la lobotomía, no son ningún tratamiento. Digo esto, como ya lo expliqué, porque si no existe una lesión corporal no hay una enfermedad que tratar; y si no hay paciente voluntario, no hay paciente que tratar. Por uno o por los dos aspectos los tratamientos psiquiátricos —en contraste con los tratamientos médicos o quirúrgicos— no son verdaderos tratamientos, tan sólo se asemejan a ellos […].

Son castigos, controles sociales, torturas, encarcelamientos, envenenamientos, mutilaciones cerebrales. Pero ya que todo tiene lugar bajo auspicios médicos parece correcto a la mentalidad contemporánea, al igual que las coerciones y brutalidades en nombre de la iglesia parecían correctas a las mentalidades medioevales. Entonces la gente creía en la Inquisición. Ahora cree en la psiquiatría. Se piensa que la abolición de la Inquisición fue algo bueno. Pienso que la abolición de la psiquiatría involuntaria sería algo bueno.

Muchas gracias.[17]

Al momento de escribir no hay, que yo sepa, un solo profesor que se exprese así del modelo médico en ningún departamento de siquiatría del mundo. Desde que Szasz publicara sus primeros libros críticos de la siquiatría fue reprimido junto con otros profesores que se salían de línea.[18] Ninguno de estos siquiatras críticos de su profesión pudo dar clase ni tener alumnos en la Universidad de Siracusa. La disidencia interna de la academia no tuvo seguidores, y ningún estudiante de siquiatría fue instruido en la alternativa al modelo médico. A lo largo de las cuatro décadas subsecuentes de la represión a Szasz y sus colegas, esta política ha dado la impresión que el único modelo válido para entender las psicosis es el modelo médico de la siquiatría involuntaria. En la universidad no puede enseñarse otro.

Desconocer la obra de los críticos de la siquiatría que recomiendo en estas lecturas me recuerda al ruso que desconocía el Archipiélago Gulag antes de la glasnost. En otras palabras, querer entender a nuestras sociedades sin leer a estos autores es como querer entender a las sociedades comunistas sin leer a Solyenitsin, Koestler, Popper o Kolakowski. Los libros que he estado reseñando podrían entenderse como un tour de force para despertarnos. Szasz, por ejemplo, ve un mal que muy pocos podemos ver. Sus revelaciones debieran discutirse en los parlamentos y en las cámaras de diputados y senadores; en las cátedras universitarias de medicina, ciencias políticas, sociología, filosofía y derecho; en los cafés e incluso en la soledad de nuestras conciencias. Lo que fue Voltaire en el siglo XVIII y John Stuart Mill en el XIX, lo ha sido Szasz en el siglo XX y principios del XXI: el luchador incansable de la tolerancia y de la libertad individual que no afecta a los demás. La única diferencia es que a Szasz no se le ha leído tanto como a Voltaire o a Mill. Si los libros más importantes de estos dos últimos son el Diccionario filosófico y Sobre la libertad, yo recomendaría Pharmacracy, como el mejor de los libros de Szasz publcado en el nuevo siglo.

Gracias a estos luchadores no he perdido la fe sobre la etapa bárbara en la que la humanidad se encuentra. La guerra sin cuartel que han librado contra la intolerancia ha sido un ejemplo a seguir.

Écrasez l’infâme!


Referencias

[1] Doug Vaughn: “Control the language; control the world” – reseña de 1984 que leí en Amazon Books, 8 diciembre 1999.

[2] Anti-Freud, pp. 109 & 131.

[3] George Orwell, citado en Jeffrey Meyers: Orwell: La conciencia de una generación (Ediciones B, 2002), p. 327.

[4] En las traducciones disponibles el apéndice a 1984 aparece como “Los fundamentos de la neolengua”. Al momento de escribir esta nota, Anti-Freud no ha sido traducido al español. El mito de la psicoterapia —cuyo subtítulo La sanación mental como religión, represión y retórica fue omitido en la traducción— también toca el tema de la nuevahabla siquiátrica; aunque la editora que lo publica sólo lo distribuye en México.

[5] Robert Baker: Mind games, p. 223.

[7] Masson: Juicio a la sicoterapia, p. 262. En la traducción al español del libro de Masson fue muy desacertado incluir el prefacio de un siquiatra.

[8] Debo decir que veo un problema con esta biografía. Breger no parece percatarse de que la siquiatría es una falsa ciencia (véanse las páginas 115, 143, 287ss, 293, 330, 361 y 542).

[9] Pseudoscience, p. 7.

[10] Marie Beynon Ray, citada en Whitaker: Mad in America, p. 90.

[11] Basaglia y otros: Razón, locura y sociedad (Siglo XXI México), p. 22.

[12] Puede obtenerse información sobre el International Center for the Study of Psychiatry and Psychology, que publica el EHSS, en http://www.icspp.org.

[13] Toxic Psychiatry, p. 370.

[14] El panel de médicos y científicos que evaluó las respuestas a los huelguistas estuvo compuesto, en orden alfabético, por Fred Baughman, Peter Breggin, Mary Boyle, David Cohen, Ty Colbert, Pat Deegan, Al Galves, Thomas Greening, David Jacobs, Jay Joseph, Jonathan Leo, Bruce Levine, Loren Mosher y Stuart Shipko.

[15] Aunque presentado de manera más técnica, la confusión siquiátrica de causa con efecto también es uno de los temas centrales de los libros de Valenstein, de Read y otros, citados en estas lecturas recomendadas.

[16] En la reciente edición del libro de Modrow se refutan los alegatos siquiátricos sobre los escaneos cerebrales.

[17] Basaglia y otros: Razón, locura y familia, pp. 94s.

[18] Véase Ron Leifer: “The psychiatric repression of Dr. Thomas Szasz and its implications for modern society” en Review of existential psychology and psychiatry, 23, pp. 85-114.

Published in: on mayo 16, 2009 at 2:22 pm  Comments (2)  

Una victimariología

El asesino [en serie], como no puede soportar su dolor, mata a gente inocente en lugar de sentir el dolor de su niñez. – Alice Miller [1]


Como los siquiatras diagnostican a la gente que en realidad son víctimas del medio, su postulado fundamental es negar que lo son. En el DSM prácticamente toda expresión que pudiera transmitir la idea “víctima del medio” ha sido eliminada. El biorreduccionismo, un positivismo radical, no es otra cosa que buscar el origen del achaque emocional en el reino objetivo, de lo somático; jamás en el universo interno del individuo. Es el absurdo cognitivo de reducir una persona a su cuerpo. De esa manera es metodológicamente imposible que la profesión culpe a los padres incluso en casos de flagrante maltrato físico, abuso sexual, o violencia emocional hacia los hijos. La siquiatría cumple una importante función: exonerar a la familia, el cemento de la civilización, del desastre manifiesto en los hijos.

La sociedad civil vive en idéntica negación. No ha querido ver que dentro de su más sagrada institución existen martirios enloquecedores hacia sus miembros más vulnerables. Tanto las profesiones universitarias como la sociedad civil son tan ignorantes y supersticiosas de esta situación como la Edad Media lo fue sobre los hombres y mujeres calumniados de herejes y brujas.

Voltaire vio a los letrados inquisidores como lo que eran en lugar de diagnosticar como herejes a las personas que la Inquisición torturaba y asesinaba. De ahí su llamado Écrasez l’infâme! contra la iglesia con el que apostillaba sus cartas libertadoras. Este llamado no puede ser más pertinente al referirnos a una profesión que asesina almas de niños y adolescentes a través de cachiporras semánticas como la palabra esquizoide, retraumatizaciones psicológicas en la consulta y psicofármacos minusvalidantes.

La victimario-logía es una Umwertung aller Werte de la siquiatría: una nueva ciencia que en vez de martillar a últimos eslabones estudia a los victimarios o agresores. En esta transvaloración de los valores siquiátricos y sociales habrá que reorientar la ciencia hacia el estudio de padres enloquecedores (confiérase Alice Miller), siquiatras revictimadores (cf. John Modrow), charlatanes que se autonombran analistas (cf. Jeffrey Masson) y la lucha civil para abolir al Estado Terapéutico (cf. Thomas Szasz).

Además de estas líneas de investigación y lucha mi sueño es que la victimariología incluya un nuevo tipo de literatura: el estudio del alma humana por los nuevos autobiógrafos. Otro de mis sueños es que en el futuro la sicología universitaria incluya en su currículo el estudio de aquellos hombres y mujeres que tuvieron vidas desgraciadas. Cómo quisiera, por ejemplo, que los jóvenes que ingresan a las facultades de sicología estudiaran las vidas de Nietzsche, van Gogh o Mary Baker Eddy de manera respetuosa y sin la nefanda palabra “esquizofrénicos”. Pocas cosas me ofenden más que ver en las liberarías a un tratado de siquiatría de mil páginas, el de Jaspers, con un autorretrato del pintor en la portada.[2] Van Gogh ha sido una de las figuras más difamadas por los siquiatras. Sed de vivir, la novela de Irving Stone, retrata infinitamente mejor la tragedia del hermano Vincent que el fárrago novohablista que Jaspers mismo contribuyó a desarrollar.

Respecto a la “nueva” autobiografía un paradigma es la vida de John Modrow, quien contribuyó a resolver el misterio de por qué algunos adolescentes enloquecen ante la crueldad parental. Alice Miller, otro faro guía en psicología intuitiva a quien le dedicaré un lugar especial en mi siguiente libro ha dicho que no son los sicólogos académicos, sino los autobiógrafos contemporáneos que hablan de sus padres, quienes se han anticipado a una época. Si este nuevo tipo de autobiografía vindicativa no se desarrolla en tiempos venideros, el estudio del alma humana seguirá los derroteros bobos de la sicología académica. El poeta lituano Czeslaw Milosz, Premio Nobel en literatura, ha dicho que sucesos como las guerras napoleónicas, la guerra civil norteamericana e incluso la guerra de trincheras no se rememoraron literariamente por testigos de manera satisfactoria, independientemente del hecho que los historiadores hayan escrito bibliotecas enteras sobre esos sucesos.[3]

Lo mismo debe decirse de las ausentes autobiografías de las víctimas de los padres y su sociedad. Cientos de miles de Doras no remembraron literariamente sus testimonios. Políticos como Kraepelin, Bleuler, Freud y sus epígonos les arrebataron la palabra y hablaron en sus nombres. Hersilie Rouy, Modrow y unos cuantos más son las excepciones.

Referencias

[1] Alice Miller, entrevistada por Diane Connors: “Alice Miller: the roots of violence” en OMNI (March 1987).

[2] Karl Jaspers: Psicopatología general (Fondo de Cultura Económica, 2000). El libro de Jaspers originalmente fue publicado en 1913.

[3] Czeslaw Milosz, en Octavio Paz y Enrique Krauze (coordinadores): La experiencia de la libertad/3: la palabra liberada (Espejo de Obsidiana Ediciones, 1991), pp. 102s.

Published in: on mayo 16, 2009 at 1:10 pm  Dejar un comentario  

“Los pacientes sólo son gentuza” – Freud

Muchos sobrevivientes de la siquiatría han escrito manuscritos acerca de sus experiencias, pero rara vez tienen éxito en publicar sus libros. – Al Siebert [1]

“Permanecer callado es signo de cómo hemos sido oprimidos e ignorados”, nos dice otro sobreviviente. “Las fuerzas que nos mantienen callados e invisibles son muy vulnerables a que hablemos”.[2] La nueva autobiografía es el camino real hacia el inconsciente torturado, hacia aquel continente apenas explorado; no el sicoanálisis. Pero para ser justo con Freud debo reconocer que nos legó algunas contribuciones importantes en el conocimiento de la mente.

En la Carta misma, por ejemplo, usé un concepto freudiano: la idea de abba (papá Dios) en el Jesús histórico. Aunque sólo en un par de líneas, en la epístola también usé la palabra superyó que Freud explicó en El yo y el ello: un concepto que ha pasado a nuestra cultura y lo usamos en conversaciones. Freud también popularizó la noción del inconsciente e intuyó que los sueños nos querían decir algo, aunque esto no significa que su libidinosa interpretación sea atinada. De mayor relevancia es algo vinculado a una de las tesis centrales de este libro. En la alternativa al modelo médico de los trastornos mentales que he presentado me guié indirectamente por un concepto freudiano. El modelo Sullivan-Modrow sobre el pánico y el quiebre psicótico fue inspirado en un clásico mecanismo de defensa que cualquier analista podría entender.

Freud y su hija Anna descubrieron los diversos mecanismos de defensa del yo, que Harry Sullivan denominaba “operaciones de seguridad” del ego. Al igual que Modrow, creo que el descubrimiento fundamental de Freud y su hija fue que el ser humano distorsiona continuamente la realidad para auxiliar su autovalía. Este autoengaño es completamente involuntario y prácticamente ineludible porque la autovalía de una persona es el principio básico de la “psíquica”, así como la gravedad es el principio básico de la física. En el modelo Sullivan-Modrow de la locura, de aquí se deduce que lo más peligroso para la cordura de un individuo es un continuo asalto a su autoimagen, algo que los torturadores psicológicos de Stalin sabían muy bien. En su autobiografía Modrow ilustra el asalto al ego de un púber. El amor de nuestros padres le da al ego cohesión interna —“gravedad”— y salud mental. El humillar continuamente al niño conduce a la desintegración del ego, al pánico y a la locura. Ahora bien, del principio de mantener la autovalía a toda costa, es decir, del principio del autoengaño, surgen toda suerte de ilusiones: ilusiones religiosas, ilusiones políticas, ilusiones nacionalistas e incluso ilusiones amorosas. El fin siempre es darle cohesión al ego aunque sea de manera falsa y artificial: algo en lo que profundizaré en otros escritos.

Reconozco la aportación del modelo Modrow inspirado en descubrimientos freudianos. Pero Freud también creó una profesión lucrativa en base al sufrimiento humano, y eso fue precisamente un autoengaño de Freud mismo. Sándor Ferenczi, uno de sus más allegados discípulos, tan allegado que fue el único miembro del círculo de analistas que solía irse de vacaciones con Freud, se percató del engaño. Me limitaré a citar únicamente tres líneas del diario íntimo que escribió Ferenczi; diario que consagró a las serias dudas que tenía de su profesión: el sicoanálisis. Durante una conversación privada con Ferenczi, Freud —:

dijo que los pacientes sólo eran gentuza (Die Patienten sind ein Gesindel). Que para lo único que servían es para ayudar al analista a ganarse la vida y proporcionar material para la teoría. Está claro que no podemos ayudarles.[3]

Así que el mismo fundador del sicoanálisis, Freud, se percató que no era posible ayudar a sus clientes en los problemas de la vida. Ferenczi se percató, además, que el rechazo de Freud a su propia teoría de la seducción había sido un error. Trató de confrontar a su maestro sobre el tema pero se desilusionó por la agria disputa que surgió entre él y Freud y sus colegas, quienes cerraron filas contra Ferenczi. Debido a su naturaleza compasiva Ferenczi se percató de la veracidad de los relatos de incesto que le contaban sus pacientes mujeres. Freud, desde su frío Olimpo intelectual, permaneció escéptico. Al final del último encuentro que tuvo con Freud Ferenczi le tendió la mano para mostrar que, independientemente de sus diferencias, le seguía mostrando afecto a su mentor. Freud se dio media vuelta y salió de la habitación.

Ferenczi era un individuo muy impresionable. Hay quienes piensan que el cruel rechazo de su maestro tuvo que ver con su súbita enfermedad y muerte a los cincuenta y nueve años. Michael Balint, uno de los discípulos de Ferenczi, creía que “el estado emocional de Ferenczi sufrió un tremendo golpe durante el último encuentro con Freud, y no es posible saber si la posterior enfermedad fue una coincidencia o una consecuencia”.[4] Lo más triste es que Ernest Jones, uno de los acólitos más ortodoxos de Freud, difamó a Ferenczi con una catarata de diagnósticos siquiátricos a raíz de que Ferenczi osara cuestionar el dogma del maestro. Azuzado por Freud, Jones continuó con la difamación siquiátrica incluso después de que Ferenczi muriera. Según Jeffrey Masson, la disidencia intelectual de Jung no atentaba contra los cimientos del sicoanálisis. Pero la de Ferenczi sí: él había visto algo que tocaba los cimientos.[5] Jung se limitó a canjear la metanarrativa pansexualista de Freud por la suya mítico-religiosa, pero el análisis junguiano, como el freudiano, se presume capaz de ayudar a la gente a entenderse y resolver los problemas de la vida. Ferenczi, en cambio, sabía que estos problemas no pueden resolverse con “sicoanálisis”. Freud también lo sabía (“Está claro que no podemos ayudarles”) y pudo haberlo confesado al mundo externo.

No lo hizo: eso habría abortado el nacimiento de una lucrativa profesión.

Además de las limitaciones morales de su fundador, esta faceta del sicoanálisis también debe ponerse al descubierto. Mi visión es que tanto la siquiatría como el sicoanálisis son una suerte de retórica maquiavélica, algo que en mis soliloquios he llamado el arte de culpar a la víctima. Una seudociencia inquisitorial, la siquiatría, culpa al cuerpo de quien fue agredido por sus padres. El sicoanálisis culpa a la mente. Piénsese en la “histeria”, la “perversión” y la “manía” que, según Lacan y sus epígonos, supuestamente padecemos todos los humanos. En realidad, estas seudociencias son dos distintos aspectos del mismo movimiento de control social. Surgieron de las mismas fuentes, sólo que Freud tenía poderes intelectuales y dotes literarias. Pero tenía poco corazón ante el sufrimiento, como se ve en su conducta ante las guerras mundiales y la cacería de brujas (como mostré en la primera parte del libro).

Al igual que Freud, lejos de ayudar a sus clientes los sicoterapeutas lucran en base a su sufrimiento. Existen más de doscientas sicoterapias en Estados Unidos y millones de individuos que ahí consultan a sicoterapeutas. Las sicoterapias son un negocio multimillonario y su popularidad continúa en España, Italia y Latinoamérica. Freud fue el padre de la mistificación de ver a los problemas de la vida como “neurosis”. En realidad son problemas familiares, conyugales, laborales, económicos, sociales, políticos y existenciales. El sicoterapeuta contemporáneo también redefine estos problemas como “problemas mentales” de “pacientes”. De otra manera no podría justificar su profesión e ingresos. La gran verdad es que cualquier sujeto que diga vender soluciones individuales y mentales para los problemas económicos y sociales ha entrado, conscientemente o no, al reino del fraude. A menos que alguien apadrine económicamente a la persona nadie es capaz de hacer algo por sus problemas. Pero ningún terapeuta apadrina a sus clientes: en esa profesión el dinero fluye en un sólo sentido.

Para una víctima de una tragedia una terapia puede ser algo intrínsecamente insultante. Imaginemos a un ruso que escapa del gulag soviético y que a sus padres y hermanas se los llevan los bolcheviques a un campo de trabajo y exterminio. Después de la tragedia este sobreviviente busca consuelo en un analista que no ha estado interesado en lo más mínimo en denunciar al Terror Rojo. Lo único que hace el profesional es escucharlo, darle algunos consejos no solicitados que cualquier conocido podría darle, y cobrar su cuota semanal.

Este hipotético ejemplo ilustra la experiencia absurda que muchos hemos tenido con sicoterapeutas, especialmente los innumerables Helfgotts del mundo. En la profesión llamada sicoterapia nadie, que yo conozca, ha luchado por legislar la protección hacia hijos de padres como el de David. En medicina los problemas cardíacos son la causa número uno de enfermedad mortal en el hombre occidental. En psicología los padres abusivos son la causa número uno de trastorno psíquico en nuestra especie. Pero la siquiatría, el sicoanálisis y la sicología clínica traicionan a su materia de estudio al ignorar la realidad. Estas seudociencias se enfocan en la víctima, en el “último eslabón” a fin de no tocar a los padres y realizar hitos legislativos como en los países nórdicos. Lo que los profesionales de salud mental ignoran es que los problemas con los que tratan en su consulta no debieran estar bajo su cuidado, sino bajo la jurisdicción del Ministerio Público. Alice Miller le ha pegado al clavo al proponer que, dado que las perturbaciones psíquicas se deben al maltrato parental, una sociedad justa compelería al padre agresor a salirse del hogar. Esta medida no sólo salvaría al hijo de un ulterior daño sino que ubicaría el problema donde está: en el agresor. En el caso de la víctima que fue traumatizada de niño y ya ha crecido, los agresores debieran indemnizar a su hijo. Pero como no hay leyes que obliguen a los padres a salirse del hogar del niño o a indemnizar al adulto traumado, la sicoterapia se enfoca única y exclusivamente en la víctima. Eso fue lo que hizo Amara.

Desde este ángulo, la profesión es similar al siguiente escenario. Imaginemos que después de una serie de denuncias por violaciones en serie de una pandilla, la policía dejara libres a los agresores y se enfocara única y exclusivamente en llevar a las víctimas con terapeutas y trabajadores sociales. La policía procedería así de oficio mientras la pandilla continúa secuestrando y violando a otras mujeres. Esta es otra de mis ilustraciones sobre lo que llamo Lógica Wonderland. Es más que significativo que, en Suiza, antes de la legislación que prohíbe a los padres pegarles a sus hijos, los sicoterapeutas se opusieron a tal legislación a pesar que a diario atienden a pacientes adultos con las llagas psíquicas de los maltratos aún abiertas. Esto no debe sorprendernos si recordamos cómo Freud traicionó sus descubrimientos iniciales sobre el incesto a fin de ajustarse a los cánones de su época.

La sicoterapia es una profesión que no hace justicia porque no ve víctimas ni victimarios. Es un órgano ultraconservador de la sociedad que fundamenta y promueve el status quo familiar. La actitud cómplice de los terapeutas de salud mental con la sociedad es parte del problema de las perturbaciones mentales, no de su solución. Por consiguiente, buscar ayuda en un extraño que nos limpia el bolsillo y que nada hace por el cambio social es más que un error: es una estupidez.

Como el curandero es aquél que gana dinero haciendo de médico sin ejercer la medicina real, Vladimir Nabokov le llamó a Freud “el curandero de Viena”. El vienés Karl Kraus, contemporáneo de Freud, fue más lejos. Kraus escribió que el sicoanálisis “reinaba sobre todas las demás sectas y cultos” y lo definió como “la enfermedad que se presenta como la cura”. Yo añadiría que el legado de Freud tiene cierta analogía con el legado de Marx. Ambos propusieron metanarrativas totalizantes que embaucaron a buena parte de la intelligentsia occidental, uno sobre economía política, otro sobre la política de la psique. Actualmente, después de la caída del muro de Berlín el marxismo agoniza. Pero el sicoanálisis vive. Es mi esperanza que el siglo XXI vea florecer a más críticos y apóstatas del sicoanálisis como Kraus, Miller y Masson. Aunque reconozco las luces que Freud nos mostró —Marx también nos mostró algunas— hay que exponer el curanderismo de su legado.

Los epígonos de Freud son una clase parasitaria de la que la sociedad debe librarse.[6]

Referencias

[1] Volante publicado por el archivo Kenneth Donaldson archive for the autobiographies of psychiatric survivors que dirige Al Siebert.

[2] Harvey Jackins: What is wrong with the ‘mental health’ system and what can be done about it: a draft policy prepared for the Re-evaluation Counseling Communities (Rational Island Publishers, 1991), p. 21.

[3] Masson: Juicio a la sicoterapia, p. 91.

[4] Breger: Freud, p. 448.

[5] Hay un fascinante capítulo sobre las revelaciones del diario de Ferenczi en Juicio a la sicoterapia.

[6] En el gran pajar de sicoterapias inútiles hallé una aguja: la terapia de Susan Forward que se enfoca en los padres tóxicos. Véase lo que digo de Forward en el apartado de lecturas recomendadas.

Published in: on mayo 16, 2009 at 1:07 pm  Dejar un comentario  

Genes: el comodín del siquiatra

El curanderismo es la comercialización de productos o procedimientos de salud no probados, sin valor terapéutico alguno y aun dañinos. Si los sicoanalistas usan procedimientos sin valor terapéutico, los siquiatras usan productos dañinos: los psicofármacos. La confusión de problemas existenciales con entidades médicas a tratar es común aun en casos de los siquiatras más respetados. Un paradigma es David Rosenthal, el editor de The Genain quadruplets (Las cuadrúpletos Genain), un erudito tratado sobre cuatro mujeres, gemelas idénticas, y la dinámica familiar.

El padre de la familia Genain era un alcohólico que les pegaba a su mujer y a las niñas, a quienes restringía el contacto con el mundo externo. Según su esposa “siempre estaba enojado, era infame y mezquino” y en una ocasión la amenazó de muerte cuando quiso huir del hogar. El padre jugaba sexualmente con una de sus hijas, pero cuando se percató que las chicas se masturbaban las envió con un cirujano sin escrúpulos que mutiló sus genitales. La madre también abusaba de las hijas. En una ocasión agarró las cabezas de dos de sus hijas y las golpeó una con la otra para que dejaran de llorar. Cuando el esposo quiso prevenir la masturbación de las adolescentes la madre participó en el uso de ácido en sus genitales. Eso ocurrió antes de que aprobara la iniciativa de su marido de operarlas.

Las cuatro hijas enloquecieron.

The Genain quadruplets es un tratado para académicos saturado de referencias doctas. Se esperaría que, ante tal historia, los siquiatras que contribuyeron con sus artículos expusieran el caso como prueba que algunos padres enloquecen a sus hijos.

Hicieron lo opuesto. Rosenthal ostenta el caso Genain como prueba de una etiología genética de la locura de las hijas. El libro es un estudio sobre los factores hereditarios y ambientales de la familia, pero Rosenthal, apologista del modelo de la causa física de las perturbaciones mentales, puso énfasis en el aspecto hereditario. Los genes resultaron responsables de la enfermedad mental de estas pobres mujeres. El mismo apellido “Genain” es un seudónimo que inventó Rosenthal cuyas raíces griegas vienen de “gen espantoso”. Peter Breggin leyó The Genain quadruplets y descubrió que, a lo largo del libro, aunque oculto entre el irrelevante material escolástico, existía información sobre los sucesos en esa familia. Según Breggin —:

El libro presenta una de las más trágicas crónicas de abuso y maltrato a niñas que ha sido registrado. No obstante, en ningún momento se discute el maltrato como tal. En ningún lugar del libro se resume el maltrato. Esta información se encuentra esparcida a lo largo de seiscientas páginas en los reportes de los diversos profesionales. Gran parte de la información se encuentra en las notas a pie de página. La sinopsis que aquí he hecho fue acopiada por estas observaciones dispersas.[1]

Breggin concluye que omitir hablar de lo que ocurría en esa familia constituye una complicidad intelectual de Rosenthal y los demás autores con los agresores. Si renombrados siquiatras genetistas ignoran este nivel de abuso parental e invierten la historia, culpando a los genes de las víctimas, ¿cómo sorprenderse que los siquiatras comunes y corrientes ignoren el testimonio de sus pacientes en casos relativamente menores de maltrato? Los genes son el comodín del siquiatra para exonerar a los padres de la devastación manifiesta en los hijos. ¡Cómo recuerdo esa ocasión que vi a Amara declarar con certeza profesional en la televisión que el suicidio tenía una causa genética ante su sorprendido interlocutor!

Jay Joseph ha dicho que no se ha descubierto gen relacionado con ningún trastorno mental y no se descubrirá porque, según sus palabras, el emperador no tiene genes. Joseph dedicó dos libro a rebatir las mentiras de siquiatras como Amara: The gene illusion: genetic research in psychiatry and psychology under the microscope (La ilusión del gen: la investigación genética en psiquiatría y psicología bajo el microscopio) y The missing gene: Psychiatry, Heredity, and the Fruitless Search for Genes (El gen ausente: psiquiatría, herencia y la inútil búsqueda de genes), este último publicado en 2006.[2] Los genes no producen trastornos. Lo más que pueden producir es cierta predisposición en el carácter. Pero para entender nuestras conductas las circunstancias familiares no pueden soslayarse. Es absurdo afirmar que nuestras acciones se deducen matemáticamente a partir de nuestros genes. La biología de un individuo no es su destino. Ira Schwartz, un líder de opinión en asuntos públicos sobre la juventud estadounidense, ha sido muy crítico sobre lo que la siquiatría le hace a sus jóvenes. Schwartz retrata la mentira de culpar a la herencia que Amara le dijo a mis padres según mi hermano Germán:

Una gran cantidad de estos chicos y sus padres están en guerra unos con los otros. Es endemoniadamente más fácil para un padre que le digan: “Mira, este no es tu problema. Juanito anda deprimido y rebelde porque tiene en realidad un problema de salud mental. No es tu problema, y sabemos cómo componerlo. Mándanos a Juanito”.[3]

Referencias

[1] Breggin: Toxic psychiatry, p. 106.

[2] Muchos artículos críticos sobre las teorías genéticas de los siquiatras de los que tengo conocimiento provienen de la pluma de Jay Joseph: “The genetic theory of schizophrenia: a critical overview” in EHSS (Summer 1999), pp. 119-145, y “A critique of the spectrum concept as used in the Danish-American schizophrenia adoption studies” in EHSS (Autumn/Winter 2000), pp. 135-160.

[3] Ira Schwartz, citado en Sharkey: Bedlam, p. 106.

Published in: on mayo 16, 2009 at 12:58 pm  Comments (1)  

El huérfano internado

No vejéis al extranjero, al huérfano y a la viuda, no los maltratéis y no derraméis en este lugar sangre inocente. – Jeremías [1]

ALGUNOS lectores se habrán quedado bajo la impresión que exageré con mi hipotética Dora —no la Dora real de Freud— al afirmar que los siquiatras son el martillo de las víctimas. Para despejarla citaré completo y sin interrupción el testimonio de John Bell: un niño a quien se le murieron sus padres y, como mi Dora, fue martillado por siquiatras. El testimonio de este huérfano complementa lo que he querido decir sobre por qué debemos abandonar el vocabulario de los siquiatras, y por qué jamás debemos insultar a un hermano con un diagnóstico siquiátrico independientemente del grado de devastación emocional que esté sufriendo.

El testimonio de John Bell fue publicado en Speaking our minds, una antología tanto de gente perturbada por las tragedias de la vida como de sobrevivientes de la siquiatría.

Etiqueta removida, pero la huella permanece

Hay un dicho que dice “Los palos y las piedras pueden romper mis huesos, pero los insultos nunca me herirán”. La verdad es que hay un insulto que me causó más dolor y pena de lo que se pueda imaginar, y no sólo la palabra, sino todo lo que va con ella. El insulto en cuestión es “esquizofrénico”.

Tres días antes de la Navidad de 1968, mi padre murió de cáncer. Cinco semanas más tarde mi madre le seguía. En tan corto tiempo había dejado de ser un niño de escuela feliz y despreocupado para convertirme en un huérfano. Apenas había cumplido catorce años en ese tiempo. Fui a quedarme con mi tío hasta que se hicieran los arreglos para que alguien me adoptara o se me enviara a un orfanato.

Desgraciadamente nunca llegué a ese nivel. Un día al regresar de la escuela un coche me tumbó de la bicicleta. Como resultado fui admitido al hospital con una severa contusión. Salí después de una semana pero comencé a tener ataques de ansiedad, algo que me han dicho es muy común después de una contusión.

Mi médico no lo vio de ese modo y me mandó con un siquiatra, quien dijo que estaría mejor en un hospital. Cuando me dijo qué hospital rehusé categóricamente: era el lugar que mi madre había llamado “Asilo Lunático Cotford” donde metían a los locos. Su nombre era Hospital Mental del Valle Tone. Pero el siquiatra de todos modos me recetó unas drogas que, según él, me ayudarían.

Hicieron lo opuesto. Los efectos de las drogas fueron terribles y como resultado terminé en otro hospital donde me hicieron pruebas, incluyendo una punción lumbar. En septiembre de 1969 me llevaron al Hospital del Valle Tone y la única razón que me dieron es que querían darme de alta del otro hospital y no tenía a donde ir. La verdad es que el siquiatra le había dicho a mi tío que sospechaba que tenía esquizofrenia y que estaría mejor en ese hospital.

Este fue el inicio de una serie de eventos que destruyó mi vida.

En el Hospital del Valle Tone había una unidad especial llamada Merryfield donde, debido a mi edad, me correspondía haber ido. En lugar de eso me llevaron al hospital principal, que resultó en una experiencia pavorosa. Yo sabía que nada malo había conmigo, que no necesitaba estar en un hospital mental, pero desafortunadamente era el único que veía las cosas de esa manera.

Los siguientes siete meses fueron el infierno. No tenía sentido tratar de hablar con los enfermeros ya que todo lo que hacían era burlarse de mí. Mi tío se tomó la molestia de visitarme entonces y después, pero siempre sabían cuándo iba a venir y subían la dosis de Largactil [un neuroléptico] a un nivel que me impedía levantarme.

Más de una ocasión los enfermeros me dieron una paliza. Les gustaba hacerlo y me dijeron que nadie me creería. Tenían razón. Como me dijo el enfermero encargado: “¿Quién va a creerle a alguien en un hospital mental? Nosotros te clasificamos que estás enfermo. Diles a otros lo que quieras pero no te harán caso”. Una vez traté de decirle a mi tío lo que me hacían pero no creyó una palabra. Como resultado, me inyectaron Paraldehido.

La peor cosa que padecí en los primeros siete meses es algo que he tratado de ocultar todos estos años. Una noche fui objeto de abuso sexual por otro paciente. Cuando terminó me tiró al suelo y me enfurecí sobremanera. Lo único que hizo el enfermero es quedarse parado y reírse.

Tuve una tregua cuando el médico superintendente principal salió de vacaciones. La doctora que ocupó su lugar me llamó un día a su oficina, y me dijo que un hospital mental no era lugar para un muchacho de mi edad, que no veía nada malo en mí, y me dio de alta.

Lo que creí que era el fin fue sólo una tregua. Se le llamó a un trabajador social para que regresara a casa de mi tío, pero cuando llegué mi tío se horrorizó. Dijo que no podía tener a un esquizofrénico en casa y todos compartieron su punto de vista. No había una sola persona que quisiera saber de mí.

Mi alma no podía más: robé una motocicleta y me estrellé adrede en un muro de ladrillo. Quería morir, no tenía ya nada por qué vivir; estaba solo en un mundo inmenso y desalmado y con la amenaza de regresar al hospital. Cómo fue que sobreviví es un milagro. Pero quedé muy mal. ¡Ojalá y no hubiera sobrevivido: me habría salvado de lo que se venía!

Me regresaron al Hospital del Valle Tone bajo el artículo 25 de la Ley de Salud Mental de 1959. Antes que terminaran los veintiocho días [estipulados por la ley] me dieron un papel diciendo que se me detenía bajo el artículo 26 y que el diagnóstico oficial era “esquizofrenia”. Entonces me llevaron a la parte trasera del hospital, a unos pabellones cerrados. El enfermero encargado de este pabellón me dijo que la única manera de salir de allí sería cuando me transfirieran al pabellón geriátrico de abajo, o en un ataúd.

Había setenta pacientes en ese pabellón y era imposible hablar con ellos. Sus mentes habían sido destruidas. Vi que a algunos de estos pobres tipos les daban electroshocks sin ningún doctor presente. Yo fui víctima de eso un par de veces. Apenas pasaba un día sin que fuera golpeado por un enfermero. Ni eran enfermeros, más bien custodios. Algunas cosas que sucedieron fueron verdaderamente increíbles.

Un día me llevaron a la oficina del médico superintendente principal, quien me dijo que mi condición estaba empeorando y que estaban considerando hacerme una pequeña operación que me aseguró me haría sentir mucho mejor. De regreso al pabellón fui escoltado por dos enfermeros que se deleitaron en mostrarme el cuarto de las operaciones donde “compondrían” mi cerebro.

Creo sinceramente que la perrera municipal trata mejor a los perros callejeros que como fui tratado en el pabellón Hood. Después de dos años me dieron de alta. Me llevaría mucho decir cómo, pero puedo decir que fue casi un milagro. No obstante, el hecho que me hayan etiquetado de esquizofrénico destruyó mi vida desde entonces. Todo lo que he querido hacer ha sido estropeado por esa sola palabra y por el hecho que, de chico, estuve en un hospital mental. Para conseguir empleo, por ejemplo, la gente es renuente a trabajar con uno cuando averigua que estuvo internado. Se sienten amenazados.

Lo que me pasó hace años me hizo un gran daño, un daño que jamás podrá repararse o revertirse. Me lo quitaron todo: mi juventud, mis derechos como ser humano, mi dignidad, mi respeto. Pero logré asirme de mi mente, por lo que en los últimos dieciocho años he tratado de luchar para probar que fui agraviado. Luché tan duro que al final no pude más y caí enfermo, tan enfermo que en junio de 1990 me admitieron una vez más al Hospital del Valle Tone: ¡el lugar del que había jurado jamás volver! “Otra vez a la escena del crimen” dijo un enfermero.

Pero valió la pena regresar. ¿Por qué? Porque las respuestas que había estado buscando por tanto, tanto tiempo las obtuve en el lugar que menos me imaginaría: el lugar responsable de todo lo ocurrido.

Me asombró cuánto había cambiado en dieciocho años. El edificio era el mismo, pero los métodos de enfermería habían cambiado y para bien me alegra decir.

El pabellón donde estuve hace años estaba cerrado y tapiado. Lo que me sorprendió es que se tomaron la molestia de abrirlo por un breve tiempo para que pudiera dejar descansar algunos fantasmas de mi pasado. El lugar llegó a mis emociones y me llenó de enojo pensar cuántas vidas fueron arruinadas en ese pabellón.

Mi otra gran sorpresa fue que durante una junta con mi siquiatra, el doctor Hunt, éste me dijo que no podía hallar evidencia que haya sido un esquizofrénico, que el diagnóstico de esquizofrenia fue erróneo y que me daría una carta para ese efecto. Todos los empleados se asombraron y me dijeron que de ninguna manera el doctor Hunt lo haría. Pero lo hizo. Muchas personas me han dicho que en la profesión médica es la primera vez que esto sucede. Significa mucho para mí porque ya no tengo que probar que jamás sufrí de esquizofrenia. Pero no justifica lo que sucedió y cómo arruinó mi vida desde entonces. Nadie puede regresarme lo que perdí. Cuando estuve en el Hospital del Valle Tone el último año me sugirieron que escribiera un libro, y lo estoy haciendo. Necesito escribirlo no sólo por mí, sino por todos los demás que no pueden contar su historia: cómo fueron destruidos y cómo jamás tuvieron la más leve oportunidad. Lograr que se publique es mi único problema. No sé cómo hacerlo. También quiero luchar para mejorar las condiciones de aquellos diagnosticados de “enfermos mentales”. Como me dijo el enfermero de llaves, Chris Parker, “La siquiatría ha cambiado mucho desde que dejaste el hospital en 1972, pero aún tiene un largo camino por recorrer”.[2]

Este caso es sólo uno entre miles de personas revictimadas por la siquiatría institucional. Es obvio que si sus padres no hubieran muerto John Bell jamás habría sido diagnosticado ni internado. El caso ilustra perfectamente que sus perturbaciones emocionales se debieron a la tragedia de la muerte de sus padres, no a una anormalidad biológica que requiriera de encarcelamiento médico. Diagnosticar y encarcelar fue a todas luces revictimar a una víctima: algo que ni el doctor Hunt pudo indemnizar.

El caso Bell muestra una vez más que los siquiatras se alían incondicionalmente con los padres o tutores. El hecho que un tío egoísta haya querido desembarazarse de la tutela de su sobrino de catorce años fue suficiente para que un siquiatra lo etiquetara como paso previo a internarlo a un lugar donde otras víctimas eran sistemáticamente retraumatizadas hasta ser enloquecidas. Cierto que en algunos aspectos las condiciones siquiátricas han mejorado en Inglaterra, pero como se verá en las próximas páginas los siquiatras han cambiado la tradición de encarcelar a los huérfanos, maltratados y desposeídos por la moda actual de controlarlos con químicos.

Bell tuvo la increíble suerte de toparse con un médico compasivo que le dijo que nunca había sido un enfermo. En realidad, nadie es un enfermo mental en sentido biológico, por lo que no puedo estar de acuerdo con Chris Parker en que la siquiatría “aún tiene un largo camino por recorrer”. Szasz diría simplemente que hay que abolir al tipo de institución que penitenció a un Bell. Asimismo, la Inquisición no requería de reforma alguna: sólo de abolición. Lo que los nuevos inquisidores le hicieron a Bell fue posible debido a los artículos 25 y 26 de la Ley de Salud Mental de 1959, la base del poder siquiátrico de Inglaterra en ese tiempo. En la actualidad está en vigencia la equivalente ley de 1983.

Quienes creemos en los derechos humanos debemos luchar para derogar la ley inglesa del 83 y las leyes equivalentes en las demás naciones.

Referencias

[1] Jeremías: 22:3.

[2] John Bell: “Label removed, but scar remains” in Jim Read and Jill Reynolds (eds.): Speaking our minds: an anthology of personal experiences of mental distress and its consequences (The Open University, 1996), pp. 105-110.

Published in: on mayo 16, 2009 at 12:45 pm  Comments (4)  

Del gran encierro de Foucault a un Gulag químico

Aristóteles decía que para obtener un conocimiento verdaderamente profundo sobre algo es necesario conocer su historia. Para entender lo que le sucedió al huérfano John Bell (el testimonio de Bell aparece en otro capítulo de este e-book) es necesario saber cómo fue que surgió la profesión que lo revictimó. Las siguientes ideas sobre cómo surgió la profesión siquiátrica provienen de Historia de la locura de Michel Foucault, a quien seguiré de cerca en muchas de sus frases.

En Inglaterra, trescientos años antes de que naciera John Bell apareció el folleto Grievous groan of the poor (Atroces gemidos de los pobres), en el que se proponía que a los indigentes “se les destierre y traslade a las tierras recientemente descubiertas de las Indias orientales”. Desde el siglo XIII existía el famoso Bedlam para lunáticos en Londres, pero en el siglo XVI sólo albergaba a veinte recluidos. En el siglo XVII, cuando apareció el folleto para desterrar a los pobres, ya había más de cien prisioneros en el Bedlam. En 1630 el rey Charles I convocó a una comisión para enfrentar el problema de la pobreza y la comisión decretó la persecución policíaca de vagabundos, mendigos “y de todos aquellos que vivan en la ociosidad y que no deseen trabajar por salarios razonables”.[1] En el siglo XVIII muchos pobres e indigentes fueron llevados a correccionales y a casas de confinamiento en las ciudades donde la industrialización había marginado a parte de la población.

También se fundaron cárceles para los pobres en la Europa continental. El espíritu del siglo XVII era poner orden en el mundo y, al erradicarse la lepra, las leproserías medievales que habían quedado vacías fueron llenadas con los nuevos leprosos: los indigentes. Foucault le llama a este período “El Gran Encierro” y hace hincapié en el hecho de que el concepto de enfermedad mental aún no existía.

El aislar al leproso, un verdadero enfermo, había tenido un objetivo higiénico en el medievo. Pero aislar a los indigentes no tenía tal objetivo: era un fenómeno nuevo. 1656 fue un año axial en esta política de limpieza de la basura humana en las calles. El 27 de abril Luis XIV mandó a construir el Hospital General, un lugar que de hospital sólo tenía el nombre: ningún médico lo presidía. El artículo 11 del edicto del rey especificaba a quiénes se encarcelaría: “De todos los sexos, lugares y edades, de cualquier ciudad y nacimiento y en cualquier estado en que se encuentren, válidos o inválidos, enfermos o convalecientes, curables o incurables”.[2] Se nombraron a directores vitalicios para dirigir el Hospital General. Su poder absolutista era una calca en miniatura del poder del rey sol, como se lee en los artículos 12 y 13 del edicto:

Tienen todo poder de autoridad, de dirección, de administración, de comercio, de policía, de jurisdicción, de corrección y de sanción sobre todos los pobres de París, tanto dentro como fuera del Hôpital Général. Para ese efecto los directores tendrían estacas y argollas de suplicio, prisiones y mazmorras, en el dicho hospital y lugares que de él dependan, como ellos lo juzguen conveniente, sin que se puedan apelar las ordenanzas que serán redactadas por los directores para el interior de dicho hospital.[3]

El objetivo de estas medidas draconianas era suprimir a la mendicidad por decreto. A pocos años de su fundación el Hospital General albergaba al uno por ciento de la población de París. Había miles de mujeres y niños en la Salpêtrière, en la Bicêtre y en los demás edificios de un “Hospital” que no era hospital sino una entidad administrativa que, paralelamente a los poderes reales y de la policía, reprimía y custodiaba a los marginados.

El 16 de junio de 1676 otro edicto real establece la fundación de hospitales generales en cada ciudad del reino. Por toda Francia se abren este tipo de prisiones y, cien años después, en las vísperas de la Revolución, existían en treinta y dos ciudades provincianas. El archipiélago de cárceles para los pobres cubrió a Europa. En los Hôpitaux Généraux de Francia, las Workhouses de Inglaterra y las Zuchthaüsern de Alemania se encarcelaba a muchachos jóvenes que tenían conflictos con sus padres; a vagabundos, borrachos, impúdicos y a los “insensatos”. Estas cárceles no se distinguían de las cárceles comunes. En el siglo XVIII un inglés se extrañaba de una de las prisiones comunes “en que se encierra a los idiotas y los insensatos porque no se sabe dónde confinarlos aparte”.[4] Los llamados alienados se confundían con los indigentes y a veces era imposible distinguir uno del otro.

En la Edad Media el pecado capital fue la soberbia. Al florecer la banca durante el Renacimiento se decía que la avaricia era el mayor pecado. Pero en el siglo XVII, cuando se impone la ética del trabajo no sólo en los países protestantes sino en los católicos, la pereza —en realidad: el desempleo— fue el más notorio de los pecados. Una ciudad donde se proyectaba que cada individuo fuera un engranaje de la máquina social era el gran sueño burgués. Dentro de este sueño los grupos que no se integraran a la maquinaria estaban destinados a cargar un estigma. Los hombres del siglo XVII habían sustituido a la lepra medieval por la indigencia como el nuevo grupo de exclusión. Es en este marco ideológico de la indigencia considerada vicio donde va a aparecer el gran concepto de locura en los siglos XVIII y XIX. Por vez primera en la historia la locura sería juzgada con la vara de la ética del trabajo. Un mundo donde rige esta ética rechaza todas las formas de inutilidad. Quien no puede ganarse el pan transgrede los límites del orden burgués. Aquél o aquélla que no puede integrarse al grupo debe ser un enajenado o una enajenada.

El edicto de creación del Hospital General es muy claro a este respecto: considera a “la mendicidad y la ociosidad como fuentes de todos los desórdenes”.[5] Es muy significativo que “desorden” siga siendo la palabra que usan los siquiatras. El mismo manual DSM se lee en inglés Diagnostic and statistical manual of mental disorders y hay siquiatras que traducen esta última palabra como “desorden” en lugar de “trastorno”. Como el siglo XVII marca la línea en que se decidió encerrar a un grupo de seres humanos, sería erróneo creer que la locura esperó pacientemente por siglos hasta que algunos científicos la descubrieron y se encargaron de ella. Asimismo, sería erróneo creer que hubo una mutación espontánea en la que los pobres, inexplicable y súbitamente, enloquecieron.

Encarcelar a las víctimas de la ciudad fue un fenómeno de dimensiones europeas. Una vez consumado el Gran Encierro del que habla Foucault, los censos de la época sobre los prisioneros que no habían roto la ley dieron cuenta del tipo de gente que eran: ancianos que no podían cuidarse por sí mismos, epilépticos repudiados por sus familias, gente deforme, gente con enfermedades venéreas e incluso prisioneros por cartas del rey. Este fue el procedimiento de encierro más difundido desde los 1690, y los peticionarios de la lettre de cachet eran los familiares o los parientes más próximos de quien se encarcelaba. El caso más sonado de encarcelamiento en la Bastilla por lettre de cachet fue el de Voltaire. Hubo casos de insensatas o “muchachas incorregibles” que fueron internadas. “Insensato” era una etiqueta que correspondería más o menos a lo que en el siglo XIX se llamaría “insanía moral” y que actualmente equivale al oposicionismo adolescente o “negativismo desafiante” del DSM. Quisiera ejemplificarlo con un solo caso del siglo XVIII:

Una mujer de dieciséis años cuyo marido se llama Beaudoin publica abiertamente que jamás amará a su marido, que no hay ley que se lo ordene, que cada quien es libre de disponer de su corazón y de su cuerpo como le plazca, y que es una especie de crimen dar el uno sin el otro.[6]

Aunque la mujer de Beaudoin era considerada insensata o loca, las etiquetas de entonces para encarcelar no tenían connotación médica alguna. Las conductas se percibían bajo otro cielo, y el encierro era un asunto arreglado entre las familias y la autoridad jurídica sin injerencia médica. Se encerraba al “mendaz”, “ocioso”, “depravado”, “hechicero”, “imbécil”, “pródigo”, “impedido”, “alquimista”, “desequilibrado”, “venéreo”, “libertino”, “disipador”, “blasfemo”, “hijo ingrato”, “padre disipado”, “prostituída” y al “insensato”. En los registros puede leerse que las fórmulas de internamiento también decían cosas como “hombre muy malvado y tramposo” o “alegador empedernido”. Francia tuvo que esperar hasta 1785 para que una orden médica interviniera en el encierro de toda esta gente: práctica que posteriormente cobró forma con Pinel. Como dije, del apartarse de la norma social surgiría el gran tema de la locura en el siglo XIX, como veremos al hablar de Tocqueville y John Stuart Mill al final de este libro. Es a partir de aquí de donde debemos entender la ulterior clasificación de Kraepelin, Bleuler y del DSM de los siglos XX y XXI.

En nuestro siglo hay siquiatras que dicen abiertamente que “el suicidio es un desorden cerebral”: un pronunciamiento descaradamente seudocientífico. En el siglo XVII el “homicida de sí mismo” era un criminal “lesa majestad divina” y en los registros de internamiento de suicidas que fallaron en cumplir sus objetivos se lee: “ha querido deshacerse”. Es a ellos a quienes se les aplicaron por vez primera los instrumentos de tortura que luego usarían los siquiatras del siglo XIX: jaulas con tapa abierta para la cabeza y armarios que encerraban al sujeto hasta el cuello. La transformación de un juicio abiertamente religioso (“crimen lesa majestad divina”) al reino de la medicina (“desorden cerebral”) fue paulatina. Lo que ahora se considera enfermedad biomédica en los siglos XVII y XVIII se entendía como conducta extravagante, impía o que ponía en peligro el prestigio de una familia.

En el siglo XVII por primera vez en la historia se obliga a vivir bajo un mismo techo a personas muy distintas entre sí. Ninguna de las culturas anteriores había hecho algo parecido ni habían visto similitudes entre ese tipo de gente (venéreos, insensatos, blasfemos, hijos ingratos, hechiceros, prostituídas, etcétera). Que detrás del encierro había un juicio moralista se descubre en el hecho que se encerraba a quienes padecían enfermedades venéreas, el gran mal de la época, sólo si contrajeron la enfermedad fuera del matrimonio. Las mujeres a quienes las infectaba el marido no corrían riesgo de ser llevadas al Hospital General de París. Asimismo, los homosexuales, llamados peyorativamente sodomitas, fueron encerrados en los hospitales o casas de detención. De hecho, cualquier individuo que causara un escándalo público era reo de detención y encierro. La familia, y más específicamente la familia burguesa con sus exigencias de guardar las apariencias, se convirtió en la regla que definió el encierro de algunos de sus miembros. Este fue el momento en que se pactarían las oscuras alianzas entre padres y siquiatras que darían luz a la profesión del doctor Amara. La siquiatría tendría un fácil parto con la gestación del par de siglos que transcurren desde el Gran Encierro del XVII. Los orígenes de la siquiatría pueden rastrearse a ese siglo de intolerancia.

El encierro de la gente que no rompía la ley continuó a lo largo del siglo XVIII, y a finales del siglo las casas de internamiento estaban llenas de “blasfemos”. La Inquisición medieval había tenido fuerza en el sur de Francia, pero una vez abolida la sociedad encontró una manera legal de controlar a los individuos que se salían de línea. Es conocido el caso de un hombre en Saint-Lazare que fue encerrado por no querer arrodillarse en los momentos más solemnes de la misa. Esta estrategia también fue practicada un siglo antes. En el siglo XVII los incrédulos fueron considerados “libertinos”. Bonaventure Forcroy escribió una biografía de Apolonio de Tiana, un contemporáneo de Jesús a quien se le adjudicaron milagros, y mostró con este paradigma que las historias evangélicas también podían haber sido ficticias. Forcroy fue acusado de “libertinaje” y encerrado en Saint-Lazare.

El encarcelamiento de los parias e indeseables fue un acontecimiento cultural que puede rastrearse a un momento específico en la larga historia de intolerancia de la Europa posrenacentista y posreformista. Los valores del hombre occidental fueron moldeados en los siglos XVII y XVIII, los cuales continúan determinando la manera como vemos el mundo.

Hasta aquí he citado y parafraseado a Foucault.

A FINALES del siglo XVIII no existía la siquiatría como especialidad médica. La palabra “siquiatría” la acuñó Johann Reil en 1808. La nueva profesión dio por cierto un postulado que tenía raíces en la medicina de la Grecia antigua. Un postulado es una proposición que se admite sin pruebas. El postulado plataforma de la nueva profesión es suponer el origen orgánico de las perturbaciones psíquicas. Este postulado elevado a axioma e incluso a dogma evitó que se introdujera la subjetividad en el estudio de las perturbaciones mentales.

Como vimos al hablar de John Modrow, la realidad es lo diametralmente opuesto. Sólo introduciendo la subjetividad de un alma en pena, y rechazando la hipótesis orgánica, es posible entender qué diablos sucede en los adentros de quienes se trastornan. La objetividad en cuestiones del mundo interno de un sujeto es tan imposible como el caso opuesto: abordar al mundo empírico a la manera de filósofos como Platón, quien desde su Olimpo idealista despreciaba el estudio práctico de la naturaleza. Este colosal error le costó a la cultura griega su ascendencia, así como el error antípoda de reducir las humanidades a la ciencia está extraviando a nuestra civilización. Es simplemente un “error categorial” querer entender al trauma psicológico en base a la neurociencia, como es un error posmodernista querer entender al mundo empírico, digamos la astronomía, en base al discurso social. Los filósofos posmodernistas y los siquiatras representan dos intentos simétricos, aunque diametralmente opuestos, de ideologías extremas. Unos quieren reducir la ciencia a las humanidades; otros, las humanidades a la ciencia: y ninguno respeta al otro como un campo separado e intrínsecamente legítimo. En otro lugar profundizaré sobre estos dos errores antitéticos.

El nacimiento de la siquiatría moderna ocurre cuando el marginado sale de jurisdicción de las casas de confinamiento de Francia y del resto de Europa para quedar a cargo de la institución médica. En la profesión del siglo XXI, con todo su armamento de genética, neurología y taxonomía nosológica, es imposible ver qué es la siquiatría en su raíz. Pero en el libro de Johann Christian Heinroth Lehrbuch der Störungen des Seelenlebens
(Libro de texto sobre las perturbaciones de la vida mental), publicado en 1818, pueden verse los fundamentos de la siquiatría sin cortina de humo seudocientífica que los oculte. Siguiendo la tradición de los siglos XVII y XVIII Heinroth usó la expresión “enfermedad mental” y la definió como “egoísmo” o “pecado”: términos que usó indistintamente. Heinroth no sólo equiparó el concepto cristiano de pecado con el de enfermedad mental. Aunque consideraba a la enfermedad mental un defecto ético, la gran innovación de Heinroth fue que la trató con procedimientos médicos.

¿Cómo dio Heinroth este salto conceptual? O preguntado de otro modo: ¿por qué los encargados de reencauzar al rebaño a las ovejas descarriadas habrían de ser los médicos? Este giro no estaba contemplado en los planos de los arquitectos del Gran Encierro del siglo XVII. Una vez que la Inquisición fue oficialmente abolida Heinroth mismo se pregunta quién sería el nuevo controlador social: “¿Debe ser tarea del doctor, o quizá de un clérigo, o de un filósofo, o de un educador?”[7]

La tarea recayó, finalmente, en el médico. Presumiblemente esto se debió a que, como el médico trata directamente con el físico de los seres humanos, era más fácil encubrir la violencia física en la profesión médica que en las otras. En tiempos en que los ideales de la Revolución francesa estaban aún en el aire la sociedad civil habría sospechado del clérigo o del filósofo que tuviera jurisdicción sobre cuerpos ajenos. Pero no del médico.

Para que la gente aceptara al nuevo inquisidor había, además, que literalizar la metáfora central de la profesión. Originalmente “enfermedad mental” era entendida como una mera metáfora de aquello que en siglos anteriores se había llamado “sinrazón”, como el caso de los “insensatos”. Al asumir el médico la responsabilidad de ocupar el papel que ocupaban los funcionarios de las casas de confinamiento, Heinroth dio por sentado que el egoísmo y el pecado que trataba eran entidades médicas: algo como decir que los “virus” que infectan nuestras PCs no son metáfora de programas subversivos, sino microorganismos.

La literalización de la metáfora “enfermedad mental” en una auténtica enfermedad no habría sido posible si Heinroth y muchos otros siquiatras no hubieran contado con la sanción social. El siglo XIX fue el más burgués de los últimos siglos, y las fuerzas sociales que impulsaron a los pudientes a encerrar a los indeseables aún estaban en auge, mayor incluso, que en la época en que Heinroth nació. La única manera de entender a Heinroth y a su filosofía del martillo es dejarlo hablar. He tomado los siguientes párrafos de un estudio de Szasz. El primer párrafo está sacado de Medicina Psychica Politica (Medicina psico-política): título que ilustra perfectamente cómo en sus orígenes los siquiatras no hablaban en nuevahabla, sino en lengua franca. Heinroth escribió: “Compete al Estado cuidar de las personas que están perturbadas mentalmente cuando son una carga para la comunidad o representan un peligro público; el alojamiento, la cura y el cuidado de tales individuos es un deber político”. ¿Y quiénes están “perturbados mentalmente”?

Quienes menos merecen la libertad, es decir los manici [maníacos], son los que aman más la libertad; y mientras más se les deje libres para realizar sus actividades perversas, incluso dentro de una cámara de Autenreith, no puede pensarse en su recuperación.[8]

La cámara de Autenreith y la máscara del mismo nombre eran aparatos de tortura sobre los que él mismo nos explica su funcionamiento.

La experiencia nos ha mostrado que dentro del saco el paciente corre el peligro de asfixiarse y ser víctima de convulsiones […]. [En la silla de confinamiento] el paciente puede permanecer continuamente atado en la silla durante semanas, sin incurrir en el menor daño corporal. [La pera es un] pedazo de madera dura, con la forma y dimensiones de una pera de tamaño mediano; tiene una barra atravesada con tiras que pueden atarse a la nuca del paciente. Como la cavidad bucal del paciente queda más o menos llena por este instrumento, el paciente no puede articular sonido; pero sí puede gritar sordamente.[9]

Heinroth articuló algunos mandamientos que deben guiar al siquiatra: “Primero, ser dueño de la situación. Segundo, ser dueño del paciente”.[10] Szasz comenta que en estas frases la siquiatría aparece al desnudo como lo que fue y continúa siendo hoy día: subyugación, esclavización y control de un ser humano por otro; y comenta además que los siquiatras contemporáneos, aunque hacen cosas similares, no hablan con franqueza como solía hablarse en tiempos de Heinroth. No obstante, Heinroth entendió desde el principio que en su profesión había que disimular las cámaras de tortura y el control social como una acción hospitalaria, por lo que recomendó: “Debe asegurarse una seguridad perfecta, debe evitarse toda apariencia de prisión”, situación que persiste en la actualidad.

En España, por ejemplo, algunos siquiátricos modernos han cambiado las rejas en las ventanas por unas persianas externas: unas láminas cosméticas, aunque rígidas, que cumplen la función de barrotes carcelarios. Análogamente, en México el Instituto Nacional de Neurología es un hospital aparentemente decoroso. Jamás pude entrevistar a las autoridades del Instituto Nacional de Neurología, llamado abreviadamente Neurología en la Ciudad de México. Pero Carlos Díaz Jasso, de sesenta años de edad, estuvo internado en el pabellón nuevo del instituto del 16 de marzo al 22 de abril de 2004, y me proporcionó alguna información. Con síntomas de su muy visible temblorín de manos (disquinesia tardía) debido a la droga Zyprexa que le administraron en Neurología, Díaz Jasso me contó que le impresionó que dos internos adolescentes se rebelaran. Fueron reprimidos por cuatro camilleros treintones de complexión robusta y luego por otros tres más. Díaz Jasso sólo oyó los sonidos de una golpiza pero, por precaución, no se asomó al aula. Posteriormente vio la entrada del aula cubierta de manchas de sangre, y cuenta que los adolescentes insurrectos fueron amarrados con correas por las cuatro extremidades. Como otros hospitales, lo que sucede en los pabellones contrasta fuertemente con la imagen que se le vende al público; por ejemplo, con el jardín tan esmeradamente cuidado que Neurología ostenta a las visitas.

La fachada de jardines siquiátricos de nuestro siglo sigue las regulaciones decimonónicas. Sobre lo que sucede detrás de la fachada, según Heinroth, el hospital—:

Debe tener una sección especial de baños, con toda clase de baños, duchas y tinas de inmersión. También debe tener una habitación especial correctiva y de castigo con todo el equipo necesario, incluyendo un resorte Cox (o aún mejor, una máquina de rotación), una rueda voladora de Reils, poleas, silla de castigo, celda de Langermann, etc. […]. Pero el maestro y amo principal es el médico. Sus instrumentos alcanzan a todos.[11]

He aquí otras palabras de este médico que vivió un siglo antes de Orwell:

El médico de la psique se le aparece al paciente como su ayudante y salvador, como padre y benefactor, como amigo compasivo, como maestro amigable pero también como juez que sopesa evidencias, juzga y ejecuta la sentencia: al mismo tiempo parece ser el Dios visible para el paciente.[12]

Heinroth parece un híbrido entre el O’Brien orwelliano y un hombre de la historia real del que fue contemporáneo: Sade. El que algunos siquiatras vean en Heinroth a uno de los fundadores de la siquiatría moderna y precursor de Bleuler, habla por sí solo y no necesita comentarios.

GRACIAS A Heinroth y a otros apologistas de la violencia médica, a mediados del siglo XIX la metáfora “enfermedad mental” fue reconocida como una enfermedad auténtica. En Inglaterra el parlamento le dio a la fraternidad médica el derecho exclusivo para tratar a la nueva enfermedad descubierta. Las primeras revistas especializadas en siquiatría comenzaron a aparecer. La American Journal of Psychiatry, que originalmente se llamaba American Journal of Insanity y cuyo primer número apareció en 1844, desde sus inicios publicó datos que ahora se sabe que son fraudulentos.[13] A lo largo del siglo XIX incontables mujeres “insensatas” como Hersilie Rouy y Julie La Roche fueron encarceladas por sus padres y esposos; y los siquiatras resistieron los intentos de inspección de sus “asilos”, como se les llamaba entonces, porque interfería con la autonomía médica. Muchos médicos trataron de obtener importantes puestos en los asilos.

La profesión siquiátrica, en su versión moderna, había nacido.

En el siglo XX la profesión siquiátrica consolidó su poder y prestigio en la sociedad. La terminología se refinó y para el ciudadano común se hizo imposible ver a la siquiatría al desnudo. Algunos sádicos como Heinroth se convirtieron en “psiquiatras”; sus torturas en “tratamientos”; los marginados sociales en “pacientes”; los asilos en “hospitales”, y la demencia precoz en “esquizofrenia”. Antes de la creación de la nuevahabla a los asilos se les llamaba adecuadamente Poorhouses (Casas para los pobres). Antes de que se diseñaran drogas para inducir estados tortuosos, Kraepelin y Bleuler usaban otros métodos de subyugación. En 1911 este último experimentó con un medicamento particularmente repugnante que provocaba vómito sangrante, pero al menos Bleuler confesó con una franqueza que ya no se ve en la siquiatría de hoy día: “Su conducta mejora. Desde el punto de vista ético, no puedo recomendar este método”.[14] De manera similar, en 1913 Kraepelin solía inyectar nucleinato de sodio para causar fiebre en sus pacientes, quienes “se vuelven más dóciles y obedecen las órdenes de los médicos”.[15]

La gran revolución en siquiatría moderna ocurrió en la década de los 1930. Anteriormente, con sus instrumentos Heinroth y sus colegas habían asaltado el cuerpo de los ciudadanos a controlar. Pero en los treinta el asalto al cuerpo fue abandonado por un método más eficaz: asaltar directamente al cerebro. Se introdujo el shock de Metrazol, el shock de insulina y el electroshock a sabiendas de que mataba células cerebrales.

El pentilenetetrazol (de nombre comercial Metrazol en Norteamérica y Cardiazol en Europa) causa una gran reacción en las víctimas. Éstas sufrían convulsiones tan violentas que frecuentemente se rompían los dientes, los huesos y la columna vertebral. El shock de Metrazol era tan devastador para el cerebro que, una vez pasado su efecto, algunos sufrían estados regresivos y actuaban como bebés; jugaban con sus heces, se masturbaban y querían que las enfermeras los mimaran. Cuando recuperaban sus cabales rogaban “en nombre de la humanidad” que no les volvieran a inyectar Metrazol, droga que subyugaba incluso a los militares duros. Pero para 1939 era común usar Metrazol en la mayoría de los hospitales de Estados Unidos, lo que significó que en esos tiempos un internado solía recibir varias inyecciones.

El New York Times, Harper’s, Time y hasta el Reader’s Digest se unieron al coro de alabanzas sobre un tratamiento siquiátrico similar: el shock de insulina, que también producía convulsiones espantosas. Un articulista de Time escribió que mientras el paciente desciende en el coma “grita, brama, le da rienda suelta a sus temores y obsesiones ocultos y le abre de par en par su mente a los siquiatras”. Increíblemente, los sicoanalistas interpretaron las quejas de las víctimas a favor de sus colegas. En un encuentro de la Asociación Psiquiátrica Americana Roy Grinker interpretó que “el paciente experimenta el tratamiento como un ataque y castigo sádico que satisface su sensación inconsciente de culpa”.[16] Robert Whitaker, autor de un estudio sobre la siquiatría estadounidense, le llama a los primeros cincuenta años del siglo XX “la época más oscura” en la historia de la siquiatría. 1935 marcó el nacimiento de la lobotomía. Egas Moniz, un siquiatra portugués, había iniciado sus experimentos usando alcohol para destruir el tejido cerebral de los lóbulos frontales, pero cambió de método al cercenarlos directamente con un escalpelo. Su primera conejillo de indias fue una prostituta, y tres meses más tarde ya había lobotomizado a veinte personas; cada vez atreviéndose a cercenar más tejido cerebral de sus víctimas. Según Moniz “para curar a estos pacientes debemos destruir la disposición más o menos establecida de las conexiones celulares que existen en el cerebro”.[17] El trabajo de Moniz condujo a una explosión de lobotomías en occidente, especialmente en Estados Unidos, pero también en el Reino Unido, Italia, Rumania, Brasil, Cuba y eventualmente en México.

En 1941 Walter Freeman, el neurocirujano a quien cité al hablar de Victor Frankl [una vez más: me refiero al contenido de Hojas susurrantes], le llamaba a esta práctica brain-damaging therapeutics, esto es, terapéutica lesionadora del cerebro.[18] Al menos debemos darle crédito a Freeman que no se expresó en nuevahabla, sino en la lengua franca de Heinroth: reconoció que la lobotomía daña al cerebro. Pero en esa década la academia sueca le otorgó a Moniz el Premio Nobel en medicina y los medios se mostraron entusiastas con la novedosa terapia, incluyendo New York Times, Time y Newsweek. Una editorial del New York Timescelebró que los lobotomizados que habían querido suicidarse antes de la operación “ahora encontrarían la vida aceptable”.[19] Con tal respaldo social se practicaron decenas de miles de lobotomías en los años cuarenta y cincuenta. Se creía que los jóvenes universitarios que tenían problemas emocionales, e incluso los niños problema, eran candidatos ideales para la lobotomía de Freeman.

En Mad in America Whitaker menciona cuáles eran los efectos de esta operación radical. A una mujer lobotomizada se le describió como “gorda, tonta y sonriente”. Aunque había sido de alcurnia, otra mujer que sufrió la operación defecaba en un basurero. Los pacientes lobotomizados agarraban la comida del plato del vecino, o vomitaban en la sopa y seguían comiendo. Unos no se levantaban de la cama a menos que un familiar se los ordenara, y era común que se orinaran allí. Otros se quedaban viendo a la calle por la ventana. Quienes habían tenido empleos con anterioridad a la operación, vivían como zánganos. Era posible insultarlos y obtener como respuesta una sonrisa. Algunos se refirieron a la lobotomía como “una infancia quirúrgicamente inducida”, y ya podrá imaginarse la carga que representó para las familias mantenerlos. Pero Freeman y su ayudante Watts tenían una visión más positiva de las cosas. Escribieron que el paciente lobotomizado podría considerarse “una mascota doméstica”.[20] Los reportes de las revistas científicas también pintaron las cosas de manera favorable para la profesión médica. El lenguaje de la ciencia pretende ser neutral, apolítico y aemocional. No esgrime juicios de valor: lo diametralmente opuesto a lo que hago en este libro. En la literatura donde abundan las gráficas y las cifras es fácil escribir artículos donde la tragedia que dejó este sendero de humanos semivegetales no fuera percibida como un crimen.

La “terapéutica lesionadora del cerebro” de Moniz y Freeman perdió auge en los 1960 y 70. En la actualidad es difícil saber cuántas lobotomías se hacen en el mundo cada año. Según un artículo en defensa de la psicocirugía que apareció en Psychology today en marzo/abril de 1992, a principios de los noventa se hacían “cuando menos de 200 a 300 psicocirugías abiertamente declaradas cada año”. De hecho, en el nuevo siglo “unos cuantos médicos aún promueven la psicocirugía para problemas emocionales severos y en algunos estados de Estados Unidos se han formado consejos especiales para revisar todas las propuestas de estas operaciones”.[21] No obstante, aunque la lobotomía cayó en relativo desuso, el electroshock sigue siendo una práctica siquiátrica estándar en la profesión del siglo XXI.

El electroshock fue desarrollado en 1938, inspirado en un rastro de Roma donde los cerdos eran electrochocados para que fuera más fácil rebanarles el pescuezo. Un siquiatra, Ugo Cerletti, había estado experimentando con choques eléctricos en perros, poniéndole a un perro electrodos en el hocico y en el ano. La mitad de los animales morían por paro cardiaco. Después de ver a los puercos electrochocados Cerletti decidió usarlo en seres humanos. El primer conejillo de indias de Cerletti fue un indigente que vagaba en la estación de trenes en Roma. Poco después, en 1940, el electroshock era admitido al otro lado del Atlántico. Manfred Sakel, quien introdujo el shock insulínico en la praxis médica, comparó su técnica con el electroshock y comentó sobre este último: “mientras más fuerte sea la amnesia, más severo debió haber sido el daño a las células cerebrales”.[22] Esta era otra forma de la “terapéutica lesionadora del cerebro” de Moniz y Freeman. Aunque los siquiatras reconocieron todo esto en sus revistas especializadas, en sus pronunciamientos públicos fueron más cautos. Pintaron al electroshock como una terapéutica inocua y dijeron que la pérdida de memorias era pasajera. Los medios de información tomaron la propaganda como ciencia honesta y para 1946 la mitad de las camas de los hospitales estadounidenses eran ocupadas por pacientes siquiátricos, algunos de estos electrochocados. Ese mismo año apareció el libro de Albert Deutsch Shame of the States (La vergüenza de los Estados Unidos) y un artículo de la revista Life con impresionantes fotografíassobre una realidad que el pueblo norteamericano desconocía: los que sucedía en los campos de concentración llamados hospitales siquiátricos. Aunque las imágenes contribuyeron a la reforma de los siquiátricos públicos en Estados Unidos, el siglo XX fue testigo de otras dos revoluciones en siquiatría. Una fue el consorcio entre siquiatras y las multinacionales farmacéuticas; otra, la invención de lobotomías químicas en los 1950. La lobotomía quirúrgica cayó en relativo desuso en favor del uso de neurolépticos: una forma más sutil de control.

Mayo de 1954 es una fecha memorable para los siquiatras. Por vez primera se comercializó un neuroléptico, la clorpromacina (de nombre comercial Thorazine en Estados Unidos y Largactil en México y algunos países de Europa), que revolucionó el tratamiento en la profesión. La primera generación de fenotiazinas de las que surgió la clorpromacina había sido empleada con fines pesticidas en agricultura. Además, por experimentos se sabía que inducía catalepsia en los animales. El neuroléptico era un químico diseñado intencionalmente como neurotoxina, pero millones de recetas de Thorazine fueron prescritas en Estados Unidos. Bajo los efectos de la clorpromacina los pacientes ahora “podían ser movidos como títeres”, y el primer siquiatra que experimentó en Estados Unidos con este neuroléptico dijo que “podría ser un sustituto farmacológico de la lobotomía”.[23] La campaña para venderle Thorazine a la sociedad americana fue tan feroz que los mismos profesionales llamaron “tropas de asalto Thorazine” a los propagandistas de productos de la compañía que los manufacturó.[24]

Esta fue la primera incursión masiva en el mundo de las relaciones públicas realizada por una empresa farmacéutica en un mercado que anteriormente era muy reducido: la psiquiatría institucional. En su primer año de mercado, Smith, Klein and French obtuvo 75 millones de dólares con ese fármaco. El resto, como se dice, es historia.[25]

En 1955 la revista Time le llamó “críticos de torre de marfil” a los profesionales que se oponían a la clorpromacina. Gregory Zilboorg, el mismo siquiatra que tenía en alta estima a los autores del Malleus Maleficarum, dijo que el público estaba siendo engañado y que la droga sólo servía para controlar al paciente internado. Otro médico alzó su voz y dijo que la clorpromacina era más peligrosa que la heroína y la cocaína. Pero la publicidad terminó ahogando la disidencia interna. A mediados de los 1960 más de diez mil artículos médicos se habían escrito sobre la clorpromacina. Hubo campañas en televisión donde se omitía toda mención de los efectos parkinsonianos de la droga, y a las revistas se les pagó sustanciosas sumas si publicaban sus artículos principales sobre el milagroso químico. Time, Fortune y el New York Times fueron algunas de estas prostitutas de las corporaciones farmacéuticas. El uso de neurolépticos tomó la frontera de tratamientos siquiátricos ante los comas de insulina, el electroshock y la lobotomía. En los sesenta la revolución de esta alquimia publicitaria, de pesticidas a antipsicóticos, estaba consumada y la mentalidad del público había sido implantada con el mensaje que eran medicinas “antiesquizofrénicas”: una idea que persiste en la actualidad. Para 1970 ya se habían prescrito 19 millones de recetas de neurolépticos, y no sólo a la gente perturbada. Algunos delincuentes menores de edad y adolescentes rebeldes a quienes se les administró el neuroléptico lo llamaron “jugo zombi”, pero los profesionales contraatacaron introduciendo el eufemismo “tranquilizantes mayores”. A finales de marzo del 2001 en Francia, Alemania, Italia, España, Reino Unido y Estados Unidos la cifra de prescripción de neurolépticos fue de 43 millones. En el caso de niños y adolescentes, un estudio mostró que entre 1987 y 1996 se había duplicado el número de chicos a quienes se les daban. Entre 1996 y 2000 la cifra se multiplicó hasta alcanzar la cifra de uno de cada cincuenta, aunque la franja más importante se produjo en la edad entre los niños de 5 y 9 años.[26] La propaganda con la que las multinacionales infectan a la sociedad civil sobre la “necesidad” de estas neurotoxinas se hace a través de campañas de “educación” a visitadores médicos y consejeros de las escuelas y de padres.

Joe Sharkey, un periodista de temas financieros y autor de Bedlam: greed, profiteering and fraud in a mental health system gone crazy (Bedlam: codicia, acaparamiento y fraude en un sistema de salud mental que se volvió loco), ha denunciado que al final de los 1980 el 25 por ciento de las ganancias pagadas por los seguros médicos fueron a parar a los bolsillos de quienes trabajan en el área de salud mental, en buena medida por el tratamiento siquiátrico de estos adolescentes rebeldes.[27] Lo que es más, desde los 1970, la década en la que Amara y mi madre me asaltaron con el químico, estos profesionales entraron en franca asociación con las compañías de drogas. El consorcio entre los siquiatras y la Big Pharma (las multinacionales farmacéuticas) es tan descarado que todas las conferencias de siquiatría son financiadas por esas corporaciones, y en algunos centros médicos toda la investigación de laboratorio también es financiada por las multinacionales. Estas compañías también financian a las revistas de siquiatría. Además, un estudio de ochocientos artículos de algunas de las más prestigiosas revistas científicas que no se especializan en siquiatría (Science, Nature, Lancet, The New England Journal of Medicine y el Proceedings of the National Academy of Medicine) descubrió que el 34 por ciento de los autores tenían intereses financieros con la Big Pharma. La industria farmacéutica es el mayor patrocinador de la investigación siquiátrica en Estados Unidos, incluyendo la investigación en universidades y facultades de medicina. Se calcula que sólo en 1994 gastó mil y medio millones de dólares en investigación académica.[28] Hay quienes han usado la expresión “Is academic medicine for sale?” (¿Está a la venta la medicina académica?) para describir esta situación.

Esto es fundamental para entender por qué digo que los siquiatras, a pesar de sus impecables credenciales médicas, promulgan una ciencia tendenciosa. Es evidente que el patrocinio de estas compañías le da un sesgo biologicista y pro drogas a la investigación. Los editores de las revistas especializadas son muy cautos a la hora de publicar artículos de aquellos profesionales que critican a la siquiatría biologicista, especialmente si ponen en duda la efectividad de los psicofármacos o si mencionan los terribles efectos de las drogas (como la disquinesia y la distonía tardía que producen los neurolépticos, a las que los médicos eufemísticamente llaman “síntomas extrapiramidales”). Las compañías de drogas gastan enormes sumas en los anuncios que aparecen en las revistas especializadas, y los editores no están dispuestos a ofender a sus patrocinadores con ese tipo de artículos por la amenaza de que retiren la publicidad. La dependencia económica de las revistas con estas compañías da cabida no sólo a la discrecionalidad, sino a que muchos contribuyentes se autocensuren: la peor de las censuras posibles. Como dicen unos profesionales de salud mental:

La industria farmacéutica es la propietaria de los datos obtenidos en los ensayos clínicos que subvenciona, decide qué estudios deben publicarse, elige a los autores, escribe los artículos y los revisa para ofrecer la mejor interpretación posible de los datos.[29]

Por otra parte, es natural que los nuevos profesionales en investigación médica escojan el área del futuro más prometedor, la que financian generosamente las compañías de drogas: ahí es donde se encuentran los fondos para sus carreras. Hay todo un libro sobre el tema, How the pharmaceutical industry bankrolled the unholy marriage between science and business de Linda Marsa (Cómo la industria farmacéutica financió el impío matrimonio entre la ciencia y el negocio), y esta tendencia es mucho más acusada en siquiatría. En una revista siquiátrica hay menor garantía de cientificidad que en otras revistas especializadas. En la profesión ya no se oye hablar, como solía hacerse en los 1950 y 60, de padres abusivos que enloquecen a sus hijos. Los intereses para ocultar esta realidad son enormes.

Por ejemplo, a mediados de los 1990 un analista del mercado farmacéutico afirmó que el mercado norteamericano de neurolépticos, que era de mil millones de dólares, podía crecer a 4.5 mil millones al año. En mayo de 2001 un reporte del Wall Street Journal evaluó al mercado de neurolépticos en 5 mil millones de dólares al año, un crecimiento del quinientos por ciento en un lustro. El total de ventas de neurolépticos en Estados Unidos en 2000 fue de 2.5 mil millones de dólares, y las ventas internacionales llegaron a 6 mil millones ese mismo año. Sólo el neuroléptico Zyprexa le dio utilidades de mil millones de dólares a Eli Lilly en 1998. En 1999/2000 Estados Unidos encabezó el consumo occidental de neurolépticos con el 65 por ciento, Europa le siguió con el 22 por ciento y Latinoamérica con el 2.5 por ciento (no cuento a Rusia, Asia ni a África). Dado que hay mucha gente que quiere controlar a otros en cárceles, asilos, manicomios, correccionales para menores y aun en el hogar, el mercado de estas terribles drogas tiene previsto ventas que podrían aumentar.[30]

Estas cifras son clave para entender a la siquiatría de nuestros días: un Gulag químico.

Enfrentados a un negocio multimillonario que sutilmente ha comprado a los médicos, a las universidades y a los medios, es virtualmente imposible que la sociedad civil vea lo que está sucediendo. Así como en tiempos de Heinroth las acciones políticas se encubrieron con ropaje médico cuando los ideales de la Revolución estaban en el aire, después de la rebelión de los 1960 la siquiatría reaccionó cubriéndose cada vez más con el ropaje de la ciencia dura, el paradigma de nuestros días. En 1999 el profesor Leonard Duhl de la Universidad de California definió a la enfermedad mental y a la pobreza en el más perfecto sentido de los ideólogos del Gran Encierro del siglo XVII: “la incapacidad de tener dominio en los sucesos que afectan la propia vida”.[31]

La consolidación y el agrandamiento del poder siquiátrico continúa en el siglo XXI. El incremento en diez veces del uso de neurolépticos en menores de edad desde mediados de los noventa al primer lustro del nuevo siglo, cosa que se hace con el ardid publicitario de que están “en situación de riesgo”, muestra el cinismo con el que se ha realizado este diseño.

Heinroth fue un gran visionario. Previó que las drogas podrían ser las prisiones del futuro. Aunque no se habían inventado los neurolépticos Heinroth ya hablaba de “medios farmacéuticos de restricción” y de “medios quirúrgicos restrictivos”, adelantándose a la lobotomía que Moniz desarrollaría un siglo más tarde. Desde que en el siglo XIX se dictaran las regulaciones que definirían las políticas que rigen a los siquiátricos del mundo, la expansión del Gulag químico hizo que la hospitalización involuntaria a largo plazo cambiara a la drogadicción involuntaria a largo plazo, que es lo que actualmente está de moda. Los siquiatras, naturalmente, dirían las cosas de otra manera. Dirían que en el tratamiento de las enfermedades mentales el acontecimiento más sobresaliente del siglo XX fue la síntesis de estos medicamentos en los laboratorios. Pero este es uno de los alegatos de avance científico que, analizado de cerca, se descubre falaz. En psicofarmacología no existen las biografías de Juan, de Pedro o de María ni cuando se recetan neurolépticos, ni cuando se recetan antidepresivos, ni cuando se recetan estimulantes, ni cuando se recetan tranquilizantes. No hay personas en psiquiatría biológica —o siquiatría biologicista como prefiero llamarla—, sólo radicales bioquímicos que hay que normalizar mediante otras sustancias químicas. En una época que busca soluciones fáciles para los problemas del mundo no es necesario hurgar en el pasado. Basta con calcular la dosis de las píldoras de la felicidad, sea Prozac o cualquier otra. Esto sucede también con el abuso de drogas ilegales y la única diferencia es que los psicofármacos son legales. Aproximadamente treinta millones de personas han tomado Prozac (fluoxetina), droga a la que revistas como Newsweek le ha hecho propaganda con artículos de portada. La situación apunta cada vez más a los escenarios de El mundo feliz de Aldous Huxley donde, a instancias del Estado, todo ciudadano tomaba la droga llamada soma.

En la profesión médica los factores ambientales que aguijonean nuestras almas han desaparecido del mapa. Si la filosofía de los siquiatras biologicistas estuviera en lo cierto, todas nuestras pasiones, traumas y conflictos, amores y temores son resultado no de nuestros deseos en pugna con el mundo externo, sino de los vaivenes de pequeños polipéptidos en nuestros cuerpos que se transforman en desesperación.

En el prefacio de algunas ediciones del DSM se dice que el futuro borrará completamente la “desafortunada” distinción entre el concepto popular de perturbación mental y la enfermedad física. El 1 de enero de 1990 California se convirtió en el primer estado norteamericano en aceptar el principal dogma en siquiatría: que las perturbaciones mentales son, en realidad, enfermedades originadas en disfunciones cerebrales. Por ejemplo, se afirma que un alta de dopamina causa la locura, y una baja de serotonina, la depresión. (Esto me recuerda que para Benjamin Rush, el padre de la siquiatría norteamericana, la locura era causada por una baja de circulación sanguínea en la cabeza.) Dato curioso: a los animales en estado silvestre no les falla la serotonina ni se deprimen. Pero por razones que los siquiatras biologicistas no se explican, a millones de seres humanos nos falla constantemente. La siquiatría biorreduccionista es cualquier cosa en que se hable de supuestas anormalidades biológicas en el cuerpo más bien que en la familia o medio social: como estudiar el trauma no como reacción ante un acto que nos ultraja —digamos, la violación incestuosa a Dora—, sino al lóbulo temporal de la ultrajada, hacia donde se dirige el tratamiento. Las drogas, o el martillazo eléctrico del electroshock, son resultado del axioma médico: “El que sólo sabe usar el martillo trata todas las cosas como si fueran clavos”.

No caricaturizo a la profesión. En noviembre de 2002 sostuve una larga discusión con el doctor Miguel Pérez de la Mora, un médico experimental de fisiología celular del Departamento de Biofísica de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y director de la Academia Mexicana de Ciencias. En la discusión con Pérez de la Mora me llamó enormemente la atención que, cuando mencioné el estado mental de los internos en los campos de concentración de la Segunda Guerra Mundial, mi disputador saltara inmediatamente al tema de la amígdala y el ansia que él estudia en su laboratorio: un ansia entendida de manera estrictamente biológica. En nuestra discusión tardé un buen tiempo en hacerle ver lo obvio al doctor: que la causa de las perturbaciones mentales de los internos eran las brutalidades en los campos. Pero aún concedido este punto Pérez de la Mora añadió —sin pruebas de laboratorio— que sólo aquellos internos en los campos que tenían una predisposición genética podrían haber sido quienes se trastornaron. ¡Para este neurólogo y sus colegas los campos de concentración fueron un mero “mecanismo disparador” del trastorno de un prisionero cuya biología, presuntamente, ya estaba defectuosa!

Debo aclarar que el concepto de “mecanismo disparador”, “detonador” o “desencadenante” de un supuesto trastorno mental latente es uno de los principales mantras del siquiatra, y ejemplifica lo que he llamado biorreduccionismo. Para el biorreduccionista los derechos humanos y el trauma psicológico pasan a segundo plano, y lo único que al hombre de ciencia le interesa es el proyecto genoma y la búsqueda del “gen” responsable del trastorno (u otra línea estrictamente biológica). Por ejemplo, la especialidad de Pérez de la Mora es estudiar los trastornos de ansiedad en los laboratorios de la UNAM, y durante nuestra discusión me confesó que la firma que manufactura la droga siquiátrica Valium ha financiado su investigación. Le llamé la atención a Pérez de la Mora que una investigación financiada por las mismas compañías de drogas produce resultados con un claro sesgo biologicista. El eminente científico mexicano me respondió que muy pocas veces los investigadores se venden a las compañías.

La realidad es que la manera como las multinacionales farmacéuticas compran a los científicos es infinitamente más sutil que el soborno directo. Roche, que manufactura Valium, simplemente financia a los profesionales que postulan hipótesis biológicas, y a ningún otro. Jamás Roche o la competencia nos daría un centavo a quienes investigamos el trauma psicológico. Nuestra línea de investigación es una propuesta libertaria que requiere de ingeniería social y cambios en la familia nuclear para evitar el maltrato hacia los niños. Pero en un mundo conservador nadie quiere financiar al investigador que pone en el banquillo de los acusados a los padres. Por ejemplo, ninguna institución financió la investigación para escribir este libro. En cambio, el modelo médico droga al niño maltratado sin promover cambio social alguno: sólo así goza del beneplácito de la sociedad. Si la ansiedad que estudia Pérez de la Mora; o el pánico, la depresión, las adicciones, las fobias, la manía, las obsesiones y las compulsiones son resultado de una biología anormal, el contenido humano y existencial de estas experiencias se vuelve irrelevante.

El pensamiento de nuestra época está siendo confinado a un mundo unidimensional por lo que a salud mental respecta. El biorreduccionismo, la ideología de los médicos con anteojeras que no quieren ver a los lados sociales, es una doctrina cuyo marco conceptual es bastante simple: determinismo y reduccionismo (“Tu biología es tu destino”). Pero como los siquiatras y neurólogos nos presentan esa doctrina con toda su sofisticación científica, el asunto aparentemente es complicado. La siguiente analogía szasziana ilustra lo simple que, en el fondo, la biosiquiatría es.

El médico-brujo primitivo, que intentaba comprender a la Naturaleza en términos humanos, trataba a los objetos como agentes: postura que se conoce como animismo. El médico-brujo moderno, que intenta comprender a la subjetividad del hombre en términos de Naturaleza, trata a los agentes como objetos: postura que se conoce como biorreduccionismo. El hombre primitivo ha sido desmitificado en nuestra era científica. ¿Quien desmitificará a los médicos siquiatras? Hay un reducido grupo de pensadores que puede hacerlo: los que saben distinguir entre ciencia verdadera y falsa.


Referencias

[1] Citado en Foucault: Historia de la locura en la época clásica (volumen I), p. 106.

[2] Edicto de Luis XIV, citado en ibídem, p. 81.

[3] Ibídem, p. 81s.

[4] Ibídem, p. 182.

[5] Ibídem, p. 115.

[6] Citado en ibídem, p. 213. Es interesante comparar la enciclopédica historia de la locura de Foucault, con infinidad de pasajes opacos y prosa impenetrable, con la breve y concisa historia de Thomas Szasz en Cruel Compassion: the psychiatric control of the society’s unwanted (Syracuse University Press, 1998).

[7] Johann Christian Heinroth, citado en Szasz: El mito de la sicoterapia, p. 80.

[8] Ibídem, pp. 84 & 81.

[9] Ibídem, pp. 82s.

[10] Ibídem, p. 83.

[11] El mito de la sicoterapia, p. 85.

[12] Ibídem, p. 84.

[13] Véase, por ejemplo, Whitaker: Mad in America, p. 75ss.

[14] Eugen Bleuler, citado en John Read, Loren Mosher y Richard Bentall: Modelos de locura (Herder, 2006), p. 39.

[15] Emil Kraepelin, citado en ibídem.

[16] He tomado todas estas citas y revelaciones sobre el Metrazol del libro de Whitaker.

[17] Egas Moniz, citado en ibídem, p. 113.

[18] Freeman, citado en ibídem, p. 96.

[19] Citado en ibídem, p. 138.

[20] Freeman, citado en ibídem, p. 124.

[21] Lobotomy, Microsoft® Encarta® Encyclopedia 2000. Sobre el resurgimiento de la lobotomía, véase Breggin: Toxic psychiatry, pp. 261ss, y un artículo de Lawrence Stevens que puede leerse en internet: “The brain-butchery called psychosurgery”.

[22] Manfred Sakel, citado en Whitaker: Mad in America, p. 98.

[23] Heinz Lehmann, citado en ibídem, p. 144.

[24] Estas palabras de la compañía farmacéutica Smith, Kline & French aparecen en Loren Mosher: “Soteria and other alternatives to acute psychiatric hospitalization” en The journal of nervous and mental disease (1999, 187), artículo que leí en internet.

[25] Loren Mosher, Richard Gosden y Sharon Beder, “Las empresas farmacéuticas y la esquizofrenia” en Modelos de locura, pp. 141s.

[26] Saqué estas cifras de Modelos de locura, páginas 124s.

[27] Sharkey: Bedlam, p. 4. El libro de Sharkey toma como tema eje a los injustificados internamientos fraguados por siquiatras, especialmente de niños y adolescentes, para sacarle todo el dinero posible a las compañías aseguradoras de sus padres.

[28] Tomé esta información de Valenstein: Blaming the brain, pp. 199 & 187.

[29] Modelos de locura, p. 144.

[30] Véase Whitaker: Mad in America; y Valenstein: Blaming the brain, capítulo 6; y Richard Gosden and Sharon Beder: “Pharmaceutical industry agenda setting in mental health policies” in EHSS (Autumn/Winter 2000).

[31] Leonard Duhl, citado en Szasz: Pharmacracy, p. 95.

Published in: on mayo 16, 2009 at 11:26 am  Comments (7)