El suicidado de la sociedad

Mario Cantú y Leo Roy Frank fueron asaltados en hospitales que tienen como blanco a la gente de clase alta. ¿Qué sucede en los siquiátricos públicos para la clase media y proletaria?

El Hospital Fray Bernardino Álvarez es el siquiátrico más grande de la Ciudad de México. Fue fundado en honor a Bernardino Álvarez, un soldado que en el siglo XVI estuvo mezclado en un homicidio y fue condenado a las galeras; escapó en Perú donde hizo fortuna, regresó a México treinta años después y tomó los hábitos de la Compañía de Jesús. No me detendré en la folclórica vida de Álvarez; baste decir que este aventurero fundó el primer recinto de las Américas para hospedar a menesterosos, enfermos, convalecientes de hospitales, retrasados mentales, dementes y hasta sacerdotes seniles. El recinto sobrevivió a su fundador por más de tres siglos, y sólo fue clausurado en 1910, año en que se fundó el Hospital General de la Castañeda.[1]

Según las cifras oficiales, el moderno Hospital Fray Bernardino Álvarez, ubicado cerca de la calzada de Tlalpan y la avenida San Fernando, alberga a más de doscientos hombres y mujeres en el nuevo siglo. También según los voceros oficiales, la política del hospital es tenerlos internados no más de un mes. La mayoría de los internados son jóvenes que sufren de ansiedad, profunda tristeza o se les ha acusado de consumo de drogas o de tendencias depresivas y suicidas. Según Marco López Butron, el director del Fray Bernardino a principios del siglo XXI, la hospitalización de toda esta gente se hace “para tratamiento y control”.[2]

La planta baja del Fray Bernardino consiste de una serie de pasillos laberínticos. Todos los pasillos de los nueve pisos del edificio están vigilados con cámaras de circuito cerrado. Desde el interior, el edificio evoca a la Secretaría del Amor orwelliana. Hasta el final de uno de los pasillos se encuentra el cuarto donde se electrochoca a los internados. Se les hace esto a quienes se sienten muy desgraciados (“depresión severa” en el vocabulario medicalizado del hospital). En una entrevista de junio de 2002 el doctor Diego Larios, quien trabaja en el Fray Bernardino, explica que se electrochoca “para que el paciente vuelva en sí, es decir, regrese a la realidad”.[3]

Uno de los casos de individuos internados en el Fray Bernardino por haberse sentido miserable fue el de mi amigo Miguel, un periodista que me pidió que no revelara su apellido a fin de evitar el estigma, aunque está dispuesto a ser contactado a través de mí por quien se interese en su caso. En la década de los noventa Miguel estuvo internado en tres ocasiones en el Fray Bernardino, todas debido a que se encontraba anímicamente abatido y la primera ocasión debido, además, a un intento de suicidio, aproximadamente en 1990. (A diferencia de Cantú, Miguel no tiene su expediente en su poder, el cual aún se encuentra en el hospital, por lo que no puedo precisar la fecha exacta de sus internamientos.)

En contraste con la doctrina de los siquiatras, el querer abandonar este mundo es una pasión hasta cierto punto natural. Ya Cicerón decía que el necio, aun siendo infeliz, es aquél que continúa viviendo. Dejar de vivir una vida absurda debiera ser, como en la Roma antigua, un derecho civil. Se podría imaginar cómo nos sentiríamos de haber corrido con la suerte de un Cantú o un Frank, tomando en cuenta además que la sociedad no les hizo justicia. ¿No querríamos algunos quitarnos la vida? Pero como dije al hablar de cómo Amara aconsejó hospitalizar a una muchacha que quería abandonar el mundo injusto, las naciones occidentales persiguen a quienes intentan suicidarse como de antaño perseguían a los herejes. Y no sólo hay intolerancia hacia el suicidio. La sociedad nos prohibe incluso los sentimientos de desgracia, tristeza profunda y desesperanza haciendo caso omiso de las tragedias que las hayan ocasionado. La persecución de los disidentes de nuestra cultura, aquellos que osan sentirse desgraciados, recae en el médico. La increíble ideología del médico siquiatra es que las tragedias, por más graves que sean, no deben afectar nuestros estados de ánimo. Miguel recuerda que, aún aturdido por las drogas somníferas que había tomado en su primer intento de suicidio, cuando llegó al Fray Bernardino llevado por su hermano “había más de tres médicos” en un cuarto, según me confesó.

Y ellos [le] estaban sugiriendo a mi hermano aplicar electroshock. Mi hermano, incluso recuerdo, y después sí me lo comentó, lo tomaba como un chiste: algo del pasado. Creíamos que ya no existía eso. Bueno, mi hermano, sin dudarlo por supuesto, dijo que de ninguna manera. Yo recuerdo, pero no, no sé textualmente, que le hicieron ver los, este, los “beneficios” de esta práctica. ¡Ja, ja, ja! Seguramente me iban a domar, o a experimentar conmigo.

Esta conversación fue grabada en 2002. Miguel me contó que una vez internado en el Fray Bernardino “te tienen como en observación en un cuarto donde hay veinte gentes más, y algunos de ellos graves; te dan una pijama [risa] para andar todos vestidos igual”. Luego los siquiatras iniciaron el tratamiento. Miguel estaba decidido a no tomar las píldoras que los siquiatras y sus enfermeras querían que tomara, pero éstos le pusieron un ultimátum: “¡Entonces sí te amarramos y te inyectamos!” Miguel tuvo que tomar el neuroléptico. “Y vigilaban que lo tomara, e incluso tenía que mostrarles la boca. A mí me daban muchas ganas por supuesto de volverlas [vomitarlas], pero estás recluido en un cuartito. Yo sabía que, que estas pastillas me iban a hacer daño; tenía idea que me estaban haciendo daño, en vez de hacerme bien”. Le daban cuatro y hasta seis píldoras al día “y yo no entendía”, me dijo.

En su ingenuidad Miguel creía que la función del hospital siquiátrico “era hacerme exámenes sicológicos”. O aún mejor: que pudiera desahogarse con alguien sobre el problema existencial que lo había orillado a atentar contra su vida. Miguel ignoraba que para los siquiatras las tragedias de la vida no existen: sólo los neurotrasmisores aberrantes que hay que bloquear mediante químicos artificiales.

En lugar de encontrar al oído amigo que necesitaba, la regla del Fray Bernardino era que los internados “tenían que estar todo el tiempo, día y noche, acostados”. En la desesperación de reposar en cama a lo largo del día Miguel pidió permiso de levantarse para hacer abdominales en el suelo “porque me estoy entumeciendo aquí sólo acostado”, les dijo a los enfermeros. El permiso le fue denegado, cosa que me recuerda un pasaje en que Winston y otros presos de la Secretaría del Amor no tenían permitido moverse en sus respectivas sillas. En otra ocasión le dijeron que había cuartos de aislamiento en el hospital “y constantemente sentía latente que me drogaran y me enviaran al cuarto del electroshock”. Una vez más, esto me recuerda al temido cuarto 101 de la novela de Orwell. Afortunadamente, gracias a que su hermano no firmó el permiso para que lo electrochocaran, Miguel se salvó; pero muchos otros no salieron ilesos de la institución.

En 1998, durante otro de sus internamientos en el Fray Bernardino, una decena de practicantes universitarios “todos con batas pero muy, muy jóvenes” rodearon la cama donde Miguel tenía que yacer acostado, y el médico “les explicó qué clase de espécimen era yo”. Aunque Miguel tomó con humor la experiencia, otros toman las vejaciones siquiátricas a pecho. Una señora llamada Angélica, otra de las personas que en los años noventa fue internada en el Fray Bernardino y de la que tampoco mencionaré su apellido para evitar el estigma, me contó que había visto a un internado amarrado por las cuatro extremidades, quedando su cuerpo crucificado en forma de X (como había despertado Cantú en el San Rafael). Esta es una vejación tan común en este tipo de hospitales que se la aplicaron al conocido pintor mexicano Feliciano Béjar en uno de los casos más sonados de vejación siquiátrica en México.[4]

A Miguel le llamó mucho la atención que, en las tres estancias que estuvo en el Fray Bernardino, viera que eran los mismos padres quienes llevaban a sus hijos al hospital. Esto fue lo que Kate Millett decía de la siquiatría de su país. Miguel me contó que en el Fray Bernardino presenció el caso de una madre que acusó a su hijo adolescente de que “fumaba mariguana”. En cuanto la madre pronunció esa palabra, el muchacho “agachó la cabeza” y los médicos “empezaron a hacer los trámites para aceptar a este joven”. Esta ciencia que siempre defería ante las normas sociales y la voluntad parental sorprendió mucho a Miguel. Los drogadictos que Miguel vio estaban cuerdos al ingresar al Fray Bernardino “y era claro que eran papá y mamá quienes los habían llevado”. Estas palabras también se refieren a su última estancia, en 1998. “No, no creo que las personas que caen a un hospital siquiátrico sea para bien. Empeora su situación. Incluso si llegas simplemente con, je, con haber experimentado un pequeño cigarro de mariguana corres el riesgo de este, de volverte maníaco depresivo o de algo”. Este es exactamente el tema de la película brasileña Bicho de siete cabezasde la directora Lais Bodansky, basada en un hecho real.

Miguel, quien fue periodista in situ en la guerra de Yugoslavia y que al momento de escribir estas líneas continúa ejerciendo el periodismo, concluye que “en la guerra hay solidaridad; en la depresión, no”. En un ataque de abismal melancolía “no hay nada contra la prevención del suicidio” nos dice. Y añade que en esos casos la sordera social condena al individuo a una situación límite en la que “la soledad es total”.

—Y como en el mundo de los normales no hay con quién hablar, si con mi pareja no era posible, mamá y papá descartados desde hace mucho, y este, y los amigos, pues la mayoría caen en este asunto de la amistad y te intentan seducir ¿no? Pero escucharte…

—¿Cómo que seducir?

—Digo seducirte en el asunto que: “¡Nooo, Miguel, mira, nooo…!”

—¡Ah! O sea: atole con el dedo, claro.

—Entonces, yo, yo me parecía que tal vez tenía que hablar con, con una piedra o simplemente con alguien que te escuche.

“Atole con el dedo” es caló mexicano: quise decir que los cercanos dan consejos o esperanzas inanes a quien se encuentra al borde del abismo. Al final de nuestra conversación, Miguel estuvo de acuerdo en que esa actitud de los seres queridos causa un pánico mayor que el de la guerra: la guerra que él mismo vivió en Yugoslavia.

En este punto puede entenderse por qué eludí la palabra “depresión” en los párrafos anteriores y escogí la frase “anímicamente abatido” al hablar de la condición de Miguel. Al menos como la usan los siquiatras, la palabra depresión no sugiere el sufrimiento legítimo que viene acompañado de tragedias humanas. También podrá entenderse por qué hay que revitalizar el género de la autobiografía romántica olvidado desde el surgimiento de las llamadas ciencias de salud mental. En vez de conocernos, nuestra época fomenta las píldoras. (Debo decir que, cuando escribo esta frase en un restaurante con televisión sintonizando la Copa Mundial de futbol, aparece Pelé en un comercial diciendo que una droga siquiátrica de la compañía Pfizer puede “mejorar tu vida sexual”.) Creemos que sólo la autobiografía de un alma en pena será capaz de acercarnos al alma humana, a un Miguel en su soledad por ejemplo, y cómo fue que la sociedad sorda lo orilló a atentar contra su vida. Este es el tema de El suicidado de la sociedad: el libro de Antonin Artaud sobre van Gogh. El estudio poético del yo es la proverbial antítesis del enfoque cientista y biorreduccionista de la siquiatría actual, donde los sentimientos han desaparecido y lo único que nos queda para entender nuestras tragedias es la fisiología cerebral mamífera y la neurología mecanicista de las facultades de medicina: la persona entendida como una unidad de carbono exclusivamente, y, las humanidades, reducidas a la ciencia.

Referencias

[1] Un relato de la vida de Fray Bernardino Álvarez aparece en Germán Somolinos D’Ardois: Historia de la psiquiatría en México (Biblioteca SEP, ejemplar fuera de comercio, 1976).

[2] Marco Antonio López-Butron, citado en Paul Lara: “Un paseo por Babel” en Milenio semanal (10 junio 2002).

[3] Diego Larios Villanueva, citado en ibídem.

[4] Al momento de escribir, don Feliciano Béjar, quien cuenta con más de ochenta años, aún vive y continúa luchando para vindicar, por la vía legal, el agravio del que fue víctima en 1991 en el siquiátrico privado llamado Instituto Mendao, actualmente clausurado. Don Feliciano me contó su historia personalmente, y me obsequió una copia de su demanda contra los siquiatras que lo torturaron en el Mendao.

Published in: on mayo 15, 2009 at 10:55 pm  Comments (15)  

Un siquiátrico para los niños

EL HOSPITAL Fray Bernardino es considerado un siquiátrico modelo en México, tanto así que ahí se capacita a los médicos siquiatras de la república. Haciendo un poco de historia sobre lo que ha sucedido en ese lugar, en el año en que mi madre le puso drogas a mis comidas hubo quejas que en el Fray Bernardino se usaron a los internados como conejillos de indias para la experimentación de nuevos tipos de drogas. La reportera Teresa Gurza nos dice del Fray Bernardino:

Fuertes denuncias fueron hechas en relación con el uso y la experimentación de drogas no suficientemente probadas. Algunos directores reciben a cambio de esta experimentación en enfermos indefensos, que están a su cuidado, diversos beneficios tales como viajes, viáticos para congresos, automóviles, menciones en revistas médicas, invitaciones para presentar ponencias, etcétera. Todo lo cual les reporta ganancias materiales y currículum. Los laboratorios transnacionales que más interesados se muestran en los experimentos son: Roche, Sandoz, Johnson & Johnson, Roya y Squibb. Las medicinas que se han probado son las siguientes: Haldol [nombre comercial] en dosis altas, clozapina, clonazepam, penfluridol, bronperidol y la bromocriptina en niños del hospital infantil de enfrente.[1]

El “hospital de enfrente” es el Hospital Infantil Juan N. Navarro. Es un hecho confirmado que se han realizado experimentos siquiátricos con seres humanos en Estados Unidos; y es muy posible que en México también.[2]

Alicia Collado, una sicóloga amiga mía que hizo sus prácticas en el Navarro en tiempos del reportaje de Gurza, me dijo que había salido de ahí “con el corazón por los suelos” después de haber visto a niños de ocho años con camisa de fuerza. No tengo información si esta práctica continúa en el Navarro, pero sí he podido comprobar que se les administran neurolépticos a los niños de ese siquiátrico, que son mucho más nocivos que el metilfenidato que se les da a los niños que se distraen en la escuela. Hablando de los efectos de los neurolépticos en un programa de televisión, Marcos Moreno, un estudiante de sicología de la Universidad de las Américas que hizo sus prácticas en un pabellón del Navarro en 1998-1999, atestiguó que los niños que vio en ese siquiátrico “estaban como zombis: en cualquier lugar se quedaban dormidos”.[3]

Por razones que resultarán evidentes en el capítulo siguiente, no todos los estudiantes que hacen sus prácticas en los siquiátricos mexicanos se atreven, como Moreno, a confesar en los medios lo que han presenciado en esos lugares. Mi amiga Gina Chía también realizó sus prácticas en el Navarro. Originalmente mi idea era entrar a ese siquiátrico con Gina, pero su maestra de prácticas desaprobó la idea (la maestra, por cierto, es la mencionada sicóloga a quien Amara “le voló el paciente”). Así que lo que a continuación escribiré está basado en el reporte de Gina y en lo que me contó.

La siquiatría no sólo tiene la faceta del sector privado como los servicios que contrató la madre de Cantú en el San Rafael. También tiene la faceta del sector público donde se custodia a algunos niños con retraso mental que los padres confinan indefinidamente a siquiátricos como el Navarro: una institución subvencionada por el Estado mexicano. En este hospital infantil también se practica la consulta externa. Descifrada la nuevahabla, “consulta externa” significa drogar a la niñez mexicana. Gina me reveló que le sorprendió la facilidad con la que los niños en consulta externa son diagnosticados de hiperactivos, o de atención deficiente, a fin de ser drogados con metilfenidato. Es común que los médicos del Navarro prescriban drogar no a aquellos padres que maltratan a su hijo, sino al niño. El caso que Gina tomó ejemplifica cómo funciona la llamada consulta externa en el siquiátrico infantil.

En el nuevo siglo se les presentó a algunos estudiantes de sicología de la Universidad Nacional Autónoma de México el caso de Marco Antonio, un niño de once años que ya se encontraba en consulta externa en el Navarro con anterioridad a las prácticas de los estudiantes. Los padres del niño eran típicamente abusivos. El padre tenía antecedentes de ideación suicida y había estado internado un par de meses en el Instituto Nacional de Psiquiatría. En las prácticas del Navarro, ante los estudiantes la madre dijo que su marido le pegaba y que en alguna ocasión estuvo a punto de atacarla con un cuchillo. Cuando el niño intentaba proteger a mamá durante las agresiones, el padre también le pegaba. Según el testimonio de la madre, el padre había intentado ahorcarla enfrente del niño. Al parecer, era común que Marco Antonio estuviera presente en estas escenas de violencia. Acerca de su papá, Marco Antonio dijo: “Cuando me pega a veces me dice: ‘Te voy a matar con la hebilla del cinturón’”. En otra ocasión lo amenazó con aventarle un ladrillo que le enseñó, diciéndole: “Que ganas no le faltaban de matarme y que no le importaba”. Cuando en una de las sesiones le tocó el turno al padre de responder las preguntas de los estudiantes, confesó: “Sí: le he pegado a mi esposa, pero es que ellos [madre e hijo] no me entienden”.

En el código de conducta de la familia mexicana tradicional está prohibido que el niño explaye el coraje que siente hacia la figura del padre. El padre fue muy explícito en esto: “¡No me puede responder porque soy su padre!” La madre comparte el celo educativo. El niño no puede manifestar sus sentimientos hacia sus padres ni siquiera al ser agredido, como se ve en la siguiente entrevista de Gina a la madre frente a los estudiantes:

—¿Le pega a su hijo?

—Sí. Y se pone muy grosero.

—¿Cómo que “grosero”?

—Se pone como a la defensiva, como si me fuera a pegar; como si yo no fuera su mamá. ¡Ah!, como por ejemplo ayer. Su papá le dijo: ‘¡Apúrate para ir a la escuela’ ‘Ya voy’ dijo el niño. ‘¿Que ya te enojaste con tu papá?’, le dije. Y entonces me miró muy feo.

—¿Y le pegó usted a su hijo?

—Sí.

Pegarle a un niño siempre es humillación y maltrato, tanto así que en algunos países—Suecia, Dinamarca, Noruega, Finlandia, Holanda y Alemania—se han expedido leyes que les prohiben a los padres pegarles a lous niños.[4] Cuando al final de una de las prácticas Gina entrevistó a Marco Antonio a solas, le preguntó: “¿Qué sientes?” Marco Antonio respondió: “Impotencia…” y se quedó callado. “¿Qué más?” insistió Gina. El niño respondió: “Coraje. Odio”.

La impotencia, coraje y odio por la represión de sus sentimientos explica el desplazamiento de su coraje en conductas como cortar las cortinas y quemar unos muebles del hogar. Esto fue suficiente para que los siquiatras y neurólogos del Navarro hablaran de una disfunción cerebral en el niño. Pero Marco Antonio ve las cosas de otra manera. Aquí reproduzco sus palabras capturadas por Gina al realizar una prueba sicológica en la que, a través de unos dibujos, Marco Antonio se proyectó: “Era su mamá que le pegaba mucho al niño. ¡Ah no!, lo estaba bañando y el niño no quería bañarse y por eso le daba una nalgada su mamá, y el niño lloraba y decía que sus papás eran muy malos y que de todas maneras los quería y fue creciendo y sus papás ya eran viejitos y siempre los ayudaba dándoles dinero, comprándoles cosas, una casa, yéndolos a visitar”. A través de esta prueba proyectiva podemos adivinar los ambivalentes sentimientos de Marco Antonio hacia sus padres, a quienes sigue queriendo a pesar de los malos tratos. John Modrow ha dicho que es el amor que el hijo siente hacia el agresor lo que trastorna al hijo,[5] y el caso de David Helfgott lo ejemplifica.

En lugar de hacer algo para ponerle fin a la violencia en el hogar, los médicos del Hospital Navarro recetaron drogar al niño con Tegretol (carbamacepina): una droga siquiátrica que alegadamente estabiliza el ánimo del sujeto. No conformes con eso, también le recetaron el agresivo neuroléptico Haldol (haloperidol). Fue la madre de Marco Antonio quien, a solas, le confesó el nombre de los medicamentos a Gina. Marco Antonio manifestó su deseo que le retiraran la droga, que le hace sentir una somnolencia inusual (reitero que según Moreno los niños del Navarro “estaban como zombis: en cualquier lugar se quedaban dormidos”), pero sus padres no lo dejan dormir siestas en casa. En su reporte universitario Gina concluyó que Marco Antonio “siente inconscientemente que los demás lo ven como un niño loco”.

Como ha dicho Peter Breggin acerca de otros niños, el caso muestra que los siquiatras fallan miserablemente en relacionar los malos tratos con los pacientes que ven día tras día. Niño tras niño desfilan ante los médicos con todos los estigmas de maltrato—sólo para ser maltratados aún más con diagnósticos médicos y tratamientos físicos. Es importante notar que para los profesionales del hospital no hay lugar para los juicios de valor. Hay que ser objetivo. Hay que comportarse como un científico. Hay que tratar con cerebros y metabolismos más que con problemas familiares. Este no fue un caso de locura infantil sino de folie à trois entre las instituciones familiar, médica y universitaria. Cierto que Gina y sus compañeras le hicieron a Marco Antonio una serie de pruebas sicológicas como el Test Gestáltico Visomotor Bender; la Escala de Inteligencia revisada para el nivel escolar de Wechsler; el Test del Dibujo de la Figura Humana de Koppitz y muchas otras pruebas que nada tienen que ver con la ideología biologicista del Navarro. Pero el problema central, que los padres violentaban al niño y que esa dinámica debiera penalizarse en México—como está penalizada en otros países—jamás fue abordado. El fin de las prácticas universitarias es que los estudiantes de sicología traten “científicamente” a niños como Marco Antonio sin cuestionar la cultura que ve normal que los padres le peguen a un niño. Gina vio “a niños tan pequeños como de tres o cuatro años” en consulta externa a la entrada del Navarro, y Moreno me comentó que “a todos les dan sus pastillas”. Es más fácil culpar a nuestros infantes que culparnos a nosotros por sus conductas. Como dije, a Gina le sorprendió la facilidad con la que los médicos del Navarro les recetan metilfenidato a los niños por distraerse en las escuelas mexicanas. La institución escolar es una coyuntura en la que los padres son incapaces de cuestionar la cultura en la que viven.

Gracias a una carta enviada a Vicente Fox, presidente de México, en septiembre de 2002 unos activistas en derechos del niño consiguieron entrevistar al doctor Luis Méndez Cárdenas, director del Hospital Navarro, a la que me invitaron.[6] En la entrevista Méndez Cárdenas, un médico tan amable y civil como todos los siquiatras que conozco, nos informó que la tendencia mundial, en la que incluye al Navarro, “no es hospitalizar sino la consulta externa”. Este siquiatra infantil concedió que prescribe metilfenidato, y a mí me dijo personalmente que se administran neurolépticos a los niños en la institución que dirige. Méndez Cárdenas también nos dijo: “Mi hija es TD”, es decir, la diagnosticó con el trastorno del déficit de atención. Diagnosticó a su hija a pesar que, y cito una vez más sus palabras: “En ningún punto dice el DSM [el manual siquiátrico] a qué se deben [los trastornos] ni tampoco habla del tratamiento”. Méndez Cárdenas también reconoció que la institución que él dirige “atiende” a la población de mexicanos “de cero a dieciocho años”, y mencionó los intentos de suicidio adolescentes que requieren de los “servicios” de la institución. Pero Méndez Cárdenas no nos mostró los pabellones. Nunca presenciamos qué ocurría detrás de sus oficinas y de su civismo. No pude ver a un solo niño o adolescente internado. Pero Moreno, quien realizó sus prácticas universitarias en los pabellones del Navarro, me informó que había visto a niños de quince y catorce años, y tan chicos como de once o más jóvenes, entre los permanentemente sedados en el Navarro.[7]

En términos generales, el tratamiento siquiátrico para adultos es más agresivo que el tratamiento a los niños. Teresa Gurza observó que en el cuarto piso del Fray Bernardino, que como dije se encuentra enfrente del Hospital Infantil Navarro, se ha castigado con electroshocks a los prisioneros adultos que han querido escapar y son capturados. También escribió:

Actualmente ya no se practica la leucotomía, pero hasta que fue jefe del tercer piso el doctor Castillejos, esta operación que consiste en meter agujas por las órbitas de los ojos y movilizarlas para romper la sustancia blanca que conecta el polo frontal con el polo temporal, se hacía a aquellos pacientes considerados “agresivos” por responder en esta forma a ciertas presiones sociales. La lobotomía tiene la misma finalidad, quitar lo agresivo y se hace a cráneo abierto. Pero en ninguna de las dos operaciones hay parámetros establecidos sobre cuándo debe y cuándo no debe hacerse; la decisión queda a cargo exclusivo de los médicos que tratan a los pacientes […]. Afortunadamente, la muerte del doctor Castillejos hizo que declinara esta actividad dentro del Fray Bernardino, pero aún existen infinidad de pacientes a los que les fue practicada alguna de las dos operaciones.[8]

Es intrigante que en el manual de texto Salud mental en México del Instituto Nacional de Psiquiatría, publicado en 1997, los autores citen el artículo 128 del Reglamento de la Ley General de Salud: “En los hospitales psiquiátricos el responsable debe ser médico cirujano, con especialidad en psiquiatría […]. Asimismo, los jefes de los servicios de urgencias, consulta externa y hospitalización deberán ser médicos cirujanos con especialidad en psiquiatría”.[9] La cita es intrigante porque en la primera página del manual los autores Ramón de la Fuente, María Elena Medina y Jorge Caraveo reconocen que:

la salud mental de los habitantes de un país no es ajena a su salud general. Ambas dependen de las condiciones de la sociedad, tales como la estabilidad económica, la educación, la calidad de la convivencia social y la integración familiar […]. Es un hecho establecido que la ruptura severa de la relación del hombre con su medio físico, socioeconómico y cultural genera tensiones que las personas vulnerables no pueden tolerar.[10]

Si los problemas de salud mental son, como reconocen los autores, problemas del medio socioeconómico y cultural, por qué el reglamento estipula que sólo los cirujanos siquiatras deben tratarlos es incomprensible.

Seguiré citando el reportaje de Gurza, que fue escrito en 1978, por dos razones. La primera es una razón, como he dicho en otro lugar, es personal: el reportaje refleja qué estaban haciendo los siquiatras públicos en México en tiempos en que tuve el problema con un siquiatra privado. Pero hay algo más, y de mayor relevancia. Si hay algo que los manuales oficiales de siquiatría mexicana, como los de Ramón de la Fuente, silencian, son precisamente los testimonios de periodistas como Gurza que lograron infiltrar las instituciones. Mucho menos se citan las voces de los prisioneros que no han roto la ley. La manera como los manuales oficiales se escriben en México es tan aséptica que los crímenes que han ocurrido en la profesión pasan desapercibidos. Si un estudiante lee los libros de texto de de la Fuente y sus colegas que se venden en las librerías, pensará que nada de gravedad ha ocurrido. “El que controla el pasado controla el futuro” dijo Orwell. El pasado histórico, lo que denunció Gurza por ejemplo, ha sido controlado por el lenguaje aséptico de los manuales oficiales. Así la opinión pública está bajo el control. Siguiendo el mensaje orwelliano, la historia de lo que ha sucedido en los siquiátricos mexicanos está aún por escribirse, y eso tiene que hacerse para civilizar el presente y el futuro.

La situación de los niños en el Navarro era, y es, un lugar común en otros siquiátricos del país. Gurza nos cuenta lo que, en 1978, vio en el entonces llamado Hospital Fernando Ocaranza, cuya cima ostentaba en grandes letras “Secretaría de Salubridad y Asistencia”:

La sección para niños es una de las que más dolor causa.

Ciento cuatro pequeños, el mayor de ocho años, pasan ahí unos días sin fin. La mitad, aproximadamente, no debía estar en este lugar según los reportes médicos. No son enfermos mentales, sino niños con el síndrome de Down—mongólicos—o niños abandonados que recoge el DIF [Desarrollo Integral de la Familia] y ahí los envía.

Su dormitorio no se salva de la inmundicia y del terrible olor que invade todo el hospital. La mayoría están desnudos. Algunos amarrados a las sillas permanecen al cuidado de una enferma mental que les pega y les grita. Muchos gimen desconsoladamente, se encogen para adoptar la postura de fetos y se chupan el dedo.

Algunos corren hacia donde yo estoy, otros se arrastran con la misma intención. Otros me llaman a gritos. Me quieren contar sus cosas; están tristes; quieren salir de ahí; ¿soy yo su mamá?, ¿por qué no vienen por ellos?

Un niñito de lindísima cara y enormes ojos llenos de pestañas, cuya única causa para estar ahí consiste en que “es muy rasguñón” según dice la enfermera que acaba de llegar, se acerca; me platica que el Día del Niño les llevaron una piñata; de cómo la rompieron; de lo que les gustó la fruta, “¿cuándo traen otra?” Durante meses—me dijeron después—éste ha sido su único tema de conversación; sueña y vive sólo por el recuerdo de la piñata.

Otro tiene las manos pegándose y arañándose la cara. Se junta a mi cuerpo y voltea su cabecita para verme a los ojos. Llora y me pide que lo saque de ahí. Todos se unen a la petición. Imposible el poder escribir las vocecitas suplicantes.[11]

Cuando Gurza visitó el Ocaranza, 540 seres humanos estaban internados de por vida entre los cuales “delgados, delgadísimos, con grados visibles de desnutrición, encuentro aproximadamente a cincuenta enfermos de todas las edades—4 a 60 años—encerrados en una inmensa jaula”.[12]

Quienes no hemos pisado un siquiátrico público del interior de la república no podemos imaginar que quienes lo han hecho comentan que estas escenas evocan las imágenes de los campos de concentración que vemos en la televisión. A Gurza le hicieron súplicas como la siguiente: “Por favor, cuando venga mi hermano Guillermo—dijo una anciana—me va a dar dinero para pagarle y que no me encierre ni me de la pastilla. Por favor. Por favor… por favor… por favor por favor… por favor…”[13]

Estas citas del reportaje de Gurza se refieren a las granjas-hospitales de México: sitios que se conocen como snake pits (nidos de víboras) en el slang angloparlante. Pero en nuestros tiempos también se han escuchado historias de horror en los siquiátricos infantiles privados del primer mundo. Por ejemplo, ha habido quejas sobre los siquiátricos para niños y adolescentes que pagan las multimillonarias compañías de seguros médicos en Estados Unidos. La silla de Benjamin Rush, que parecía una antigualla de una época superada, ha hecho su reaparición en las modernas terapias de modificación de conducta infantil. A los niños y púberes estadounidenses también se les ha atormentado con camisas de fuerza: lo que asustó a mi amiga Alicia Collado en el Navarro. En la llamada “terapia para reducir el enojo” Ken Magid y Carole McKelvey, apologistas de la violencia médica hacia los niños, escribieron en uno de sus libros:

La terapia consiste de un diálogo explosivo mientras se le anima al paciente psicopático a trabajar con su increíble rabia y enojo mientras se le fuerza a aceptar el control total de otro.[14]

Resonancias de O’Brien. Pero ahora hacia los niños. “Paciente psicopático” es nuevahabla por niño malcriado. Estas terapias las hay también en la Ciudad de México, en el Centro Terapéutico e Interdisciplinario que preside el doctor Gregorio Katz. En 2005 oí decir a la señora Gabriela Islas que en la clínica del doctor Katz encerraron a su pequeño hijo Adrián en una cámara estrecha. El objeto era castigar terapéuticamente su enojo.

Referencias

[1] Teresa Gurza: “En jaulas de tigres III: la miseria humana al descubierto en el hospital Fray Bernardino Álvarez” en Alternativas, pp. 289s. El reportaje de Gurza sobre los manicomios mexicanos consistió de diez artículos que fueron publicados del 16 al 25 de agosto de 1978 en El Día.

[2] En el capítulo 10 de Mad in America Whitaker habla de los experimentos con humanos en Estados Unidos. En septiembre de 2003 Luis Manuel Serrano me contó que, en tiempos del reportaje de Gurza, él y otros cineastas realizaron un documental sobre varios siquiátricos mexicanos, incluido el Fray Bernardino. Aunque el documental no se exhibió Serrano conserva en su casa el registro fílmico de lo que presenció en los siquiátricos. Según Serrano, al hacer el documental se enteró que las compañías presentaban sus fármacos en el Fray Bernardino y tomaban a los pacientes como conejillos de Indias para probarlos.

[3] En 2001 Marcos Moreno habló sobre lo que vio en el programa de televisión de los estudios de Ricardo Rocha mencionado arriba en estas notas.

[4] Véase el libro de Alice Miller Por tu propio bien: raíces de la violencia en la educación del niño.

[5] Modrow: How to become a schizophrenic, p. 17.

[6] Mis acompañantes fueron Carmen Ávila, Angélica Sánchez y Morris Lan.

[7] Moreno me informó lo que presenció en 1998-1999 en una conversación telefónica de marzo de 2003.

[8] Gurza: Alternativas, p. 290.

[9] Citado en de la Fuente y otros: Salud mental en México, p. 342 (el reglamento fue publicado en el Diario oficial de la federación el 6 de enero de 1987).

[10] Ibídem, p. 9.

[11] Teresa Gurza: “En jaulas de tigres II: chorros de agua fría, escasa comida y trato inhumano para curar enfermos mentales” en Alternativas, p. 281.

[12] Ibídem, p. 280.

[13] Ibídem, p. 283.

[14] Ken Magid y Carole McKelvey, citados Sharkey: Bedlam, p. 129. El libro referido es High risk: children without a conscience.

Published in: on mayo 15, 2009 at 10:44 pm  Comments (16)  

El estudiante expulsado

El establishment médico mexicano destruye las carreras de los médicos que lo denuncian. – Anónimo[1]

EN UN polvoriento pueblo llamado Zoquiapan, en el kilómetro 33 de la vieja carretera México-Puebla, hay un siquiátrico que ostenta un mosaico con la figura de la diosa azteca Tlazolteotl devorando los excrementos de los pecadores arrepentidos. En la vida real, los recluidos en esta granja-hospital llamada “La Salud” defecan en el patio y algunos han llegado a comerse sus excrementos. Este siquiátrico, del que los vecinos dicen que “es una posada a la cual se entra pero de la cual nunca se sale”, depende de la Secretaría de Salud. A quienes se les ha permitido entrar atestiguan que “La Salud” Tlazolteotl tiene un pabellón apando, esto es, un sitio de castigo hórrido e insalubre no muy distinto al que existía en la famosa cárcel Lecumberri: algo común en los siquiátricos mexicanos. Pero para los apologistas de la siquiatría mexicana, como Guillermo Calderón Narváez, “Los nuevos nosocomios son motivo de orgullo ante propios y extraños”.[2]

Si el Fray Bernardino es paradigma de institución pública metropolitana, La Salud Tlazolteotl es paradigma de lo que sucede en los siquiátricos públicos del interior de la república. Aunque también he escuchado historias de coprofagia en el Fray Bernardino, éste es un edificio moderno de varios pisos; los siquiátricos de la provincia originalmente fueron granjas que han sido adaptadas para fines siquiátricos. Los recluidos en “La Salud” son los marginados sociales, los proverbiales olvidados de Luis Buñuel en la gran película mexicana, algunos de los cuales son reprimidos en la institución manicomial y barridos de la vista pública.

En diciembre de 1976 un grupo de estudiantes publicó un reportaje sobre lo que vieron en La Salud Tlazolteotl, resultado de una estancia de cinco semanas para cursar la materia de siquiatría que imparte la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional Autónoma de México. Entre los autores del artículo destaca Julio Frenk, quien en diciembre de 2000 asumió como titular de la Secretaría de Salud en México. Quisiera citar en extenso el artículo que escribió un estudiante de medicina que sería Secretario de Salud y sus compañeros:

En el comedor algunos pacientes deambulan semidesnudos, otros se sientan a la mesa. Algunos tienen cucharas: la mayoría toma los alimentos con las manos. El piso, tapizado de mazorcas roídas. Los platos, unas charolas de metal con divisiones que no cumplen su función de separar las porciones: mejunjes repugnantes de sustancias irreconocible donde hurgando se puede hallar, con un poco de suerte, un pedazo de carne muchas veces rancia. Las caras: restos de comida que escurren por las mejillas y el mentón, ojos perdidos, mandíbulas que se mueven por inercia […].

Los demás pabellones, desprovistos del más simple elemento que los distinga del establo o de los gallineros, están repletos de enfermos semidesnudos que se hunden en sus colchones maltratados.

En uno de estos pabellones el doctor nos muestra los “cuartos de aislamiento” donde se encierra, tras portones y candados, a los locos agitados o agresivos. Estas minúsculas celdas son la insalubridad extrema. El propio director confiesa que, a pesar de todos sus esfuerzos, no ha podido conseguir que los enfermos dejen de llamar a los cuartos de aislamiento “el calabozo”.

Al terminar la visita guiada a la Granja retomamos esos campos estériles donde nada parece moverse, donde los “locos” ya ni siquiera voltean a mirar a los “cuerdos”. Entonces, el director exclama con un aire de satisfacción: “¡No sé por qué los locutores del futbol dicen a veces que el estadio está como un manicomio! ¡Si en realidad no hay lugar más calmado que un manicomio!” Es totalmente cierto: la calma es absoluta. Nada se mueve. El tiempo ha sido fosilizado por la rutina. La locura ha sido reeducada. Los medicamentos, los electrochoques y las inyecciones de insulina han cumplido su cometido. La sociedad puede respirar tranquila.[3]

Como dije al hablar de Leo Roy Frank, estas inyecciones de insulina hacen que la víctima caiga en estado de coma. Al ir cayendo en este estado el paciente se queja, se retuerce y se acerca al estado de muerte mientras su cerebro grita por la privación de su glucosa. Manfred Sakel, quien introdujo la terapia a la praxis médica, llamó al estado de coma inducido por los shocks de insulina “síntomas decerebrantes”.[4] El proceso se repite treinta veces hasta que, nos dicen los estudiantes mexicanos, “se pasa por una fase de disolución total de su psique, seguida por una sensación de angustia o muerte”.

Frenk y sus compañeros nos informan que desde 1838, tiempos de Heinroth, se dictaron las regulaciones que definirían las políticas que rigen a los siquiátricos del mundo, políticas que explican lo que sucede en instituciones como “La Salud”. Estas regulaciones son: aislamiento total de los internados; organización estrictamente jerárquica—el siquiatra arriba del tótem, el asistente social, el sicólogo y los enfermeros en medio, y el paciente hasta abajo—; referencia obligada a la neurología, y la drogadicción del prisionero llamado paciente. Estas políticas estuvieron y están vigentes en la siquiatría nacional e internacional de los siglos XX y XXI. Por ejemplo, el texto Historia de la asistencia médica en México habla del “Objetivo Número Uno” en la educación de los internados en siquiátricos: “Dominar y reprimir por medio de la vigilancia constante las inclinaciones incompatibles con el orden”.[5] Si los autores de la Historia hubieran sido tan francos como se hablaba en tiempos de Heinroth, en lugar de “vigilancia” habrían podido muy bien usar la palabra violencia. Historia de la asistencia médica en México fue publicado por la Secretaría de Salubridad y Asistencia (hoy Secretaría de Salud) en 1957. Aunque en los últimos decenios se han emprendido reformas en algunos siquiátricos del mundo, la mayoría mantiene intacta las regulaciones decimonónicas. No obstante, a diferencia del siglo XIX, en la actualidad el asalto se hace directamente al cerebro por medio de neurotoxinas, llamadas equívocamente antipsicóticos, o electroshock.

La gente con diagnósticos de esquizofrenia no son, ni remotamente, los engendros que me imaginaba antes de realizar la investigación que me llevó a escribir este libro. Cierto que algunos se encuentran severamente trastornados y otros medianamente trastornados. Pero muchos pueden pasar desapercibidos. Para ilustrar quiénes son estas personas tan temibles que sólo cabe encerrarlos al margen de la ley común, quisiera pasarles el micrófono. Julio Frenk y sus compañeros nos hablan de otra de sus experiencias en “La Salud” Tlazolteotl:

Basta hablar con cualquiera de los esquizofrénicos de la Granja para convencerse de la ilusión que la psiquiatría oficial ha creado, no por cierto ingenuamente. Dice uno de ellos: “Mi padre me abandonó. Crecí solo y sin amigos. Nunca pude mantener un empleo porque me aburría. Quise estudiar pero fracasé. Y mi madre… Mi madre me absorbió y me persiguió hasta que un día me sedujo y me acosté con ella. Ya no la aguantaba. Un día traté de matarla. Ella gritó desesperada. Entonces salí corriendo, llegué a Paseo de la Reforma [la gran avenida afrancesada de la Ciudad de México] y ahí me desnudé. Desde entonces he pasado mi vida entrando y saliendo del manicomio. Entro aquí y me dan medicina. Luego me dejan salir. Regreso con mi madre. Ella me exige que trabaje, pero yo no puedo. Entonces dejo de tomar las medicinas y me vuelven a meter en la Granja. Así llevo veinte años”.

Para los psiquiatras de la Granja, este esquizofrénico y todos los demás son sólo su esquizofrenia y sus mediadores químicos, nunca los determinantes sociales […]. Lo que pretenden los psiquiatras al aislar el fenómeno negativo, la locura, es que el individuo que los expresa sea sólo ese fenómeno. En esta forma el loco debe pagar por sí mismo la culpa individual de la contradicción que él, y nada más él, representa […]. De la definición de locura derivan las modalidades represivas del manicomio.[6]

Al escuchar a los diagnosticados de la famosa “esquizofrenia”, como este Edipo mexicano, se desprende que la causa de su problema era familiar. No obstante, en el artículo de Frenk y sus compañeros se nos informa que “los médicos de la Granja no dejan de repetir que el trastorno mental es un trastorno de los mediadores químicos del cerebro, nunca de la sociedad, nunca de la familia”. Mauricio Ortiz, uno de los compañeros de Frenk, aseveró:

Cada paciente tiene una historia clínica muy mal hecha, una breve reseña biográfica en la que casi siempre se les acusa de haberse escapado de su casa, de haber fumado mariguana, de haber tenido relaciones homosexuales o de haber tomado pastillas, cuando las pastillas que aquí se les ofrecen son mucho más peligrosas. En las historias clínicas se ve una reacción paranoica por parte de los médicos y de la sociedad a través de ellos: reflejan miedo ante el individuo que infringe la normalidad.[7]

Este miedo ante el joven que infringe la norma es justamente lo que manifestó Kate Millett páginas atrás hablando de la sociedad norteamericana. Frenk, Ortiz y los otros jóvenes médicos también escribieron algo sobre el electroshock: “El profesor del curso describe todos los pasos de este tratamiento con minucia. Sus primeras palabras resultan difíciles de creer: ‘Debemos informar al paciente de lo que se le va a hacer, pero engañándolo [cursivas de Frenk et al]. Se le puede decir que se le van a tomar unas radiografías. Claro que esto funciona la primera vez. Después hay que perseguirlo por todo el manicomio y agarrarlo entre tres o cuatro personas’”.[8] Frenk y sus compañeros no se limitaron a reportar lo que escucharon. También esgrimieron juicios de valor. En el siguiente párrafo, cuando hablan de “psiquiatría orgánica” se refieren a lo que hoy se le llama siquiatría biológica:

Los electrochoques se basan en el absurdo de pretender curar una enfermedad provocando otra artificialmente. Esta es la gran ciencia de los psiquiatras orgánicos. Estos son los profundos e inteligentes razonamientos de los que se valen para desechar al psicoanálisis y a la antipsiquiatría bajo el supuesto de que no son “científicos”. Esta es la magia disfrazada de medicina con que se arrogan el papel de definidores de lo normal.

En realidad, los electrochoques parecen más un castigo que un tratamiento. Muchos psiquiatras amenazan a los pacientes con aplicarles electrochoques si no hacen esfuerzos por mejorar, es decir, si no se comportan “bien”. Uno de los pacientes de la Granja que ha sido tratado con electrochoques nos cuenta su experiencia “terapéutica”: “Cada vez que me daban un electrochoque, me parecía que los médicos querían electrocutarme. Yo trataba de huir, de resistirme, pero siempre me agarraban entre varios. No sé ya cuántos electrochoques me hayan dado. Sólo sé que han sido muchísimos y que cada uno ha sido un suplicio. Y supongo que tanto sufrimiento ha sido inútil, porque desde que me dieron el último electrochoque llevo internado 19 años y no he podido salir de aquí” […].

Si alguno osa contestar a estas violencias, es su locura la que contesta. El loco ya no está en las cárceles ni en sus calabozos, ya no está entre rufianes y verdugos, está en las mejores manos: las del médico.[9]

Debido a la publicación de este artículo, Julio Frenk fue expulsado. El establishment médico mexicano no tolera este tipo de críticas dentro de sus propias filas. Según me contó personalmente el padre de Julio Frenk, el doctor Silvestre Frenk, a éste “le salió muy caro” reintegrar a su hijo a la profesión. El doctor Julio Frenk, quien llegaría a Secretario de Salud de México, no volvió a firmar ningún otro artículo crítico de la profesión. No obstante, el valiente artículo de Frenk y sus compañeros es importante para entender a la siquiatría mexicana, y aquél que desee profundizar en el tema haría bien en leerlo.

La pregunta inmediata que nos viene a la mente es: ¿cuántas granjas-hospitales como “La Salud” aún existen en México?

Referencias

[1] Paráfrasis de las palabras de un profesional que ha trabajado más de cuarenta años en el sector de salud mental, y que rogó no ser identificado, a la periodista Ivette Sosa Salinas.

[2] Guillermo Calderón-Narváez, citado en Teresa Gurza: “En jaulas de tigres VIII: degradación, inmundicia e ineficacia médica en los hospitales psiquiátricos” en Alternativas, p. 313. La cita de Calderón Narváez apareció originalmente en Primeras jornadas de psiquiatría institucional (septiembre 1967).

[3] Citado en Julio Frenk, Mauricio Ortiz, Aurora Orzechowski y José Luis Bobadilla: “La granja” en Alternativas, p. 248s. Este artículo apareció en La Cultura en México, suplemento de Siempre! (5 enero 1977).

[4] Manfred Sakel, citado en Whitaker: Mad in America, p. 87.

[5] Citado en Teresa Gurza: “En jaulas de tigres VI: el hospital campestre Samuel Ramírez, un tugurio para vesánicos y delincuentes” en Alternativas, p. 305. El libro Historia de la asistencia médica en México lo escribieron los doctores J. Álvarez Amézquita, M. F. Bustamente, A. L. Picazos y F. del Castillo (SSA, 1957).

[6] Frenk y otros: Alternativas, pp. 252s.

[7] Mauricio Ortiz, citado en Federico Campbell: “Pabellón G: enfermos mentales donde había gallinas” en Proceso (25 julio 1977).

[8] Frenk y otros: Alternativas, p. 255.

[9] Ibídem, p. 256. El último párrafo es una cita de Ramón García (p. 259).

Published in: on mayo 15, 2009 at 10:37 pm  Comments (11)  

Archipiélago de cotos cerrados

Kolymá era la mayor y más conocida isla, el polo de la crueldad del GULAG, un sorprendente país de geografía dispersa como la de un archipiélago y, al mismo tiempo, como una presencia en las mentes tan compacta como la de un continente, un país casi invisible, casi impalpable, poblado por la estirpe de los zeks [en slang ruso: presos].

Un archipiélago de cotos cerrados, incrustado como una tabla policroma dentro de otro país, impregnando sus ciudades, flotando sobre sus calles. A pesar de ello, quienes no formaban parte de él no podían advertir su presencia. Y si bien eran bastantes los que tenían de él aunque fuera una vaga referencia, sólo lo conocían bien quienes lo habían visitado. No obstante, cual si hubieran perdido el habla en las islas del Archipiélago, éstos guardaban silencio.[1]

Solyenitsin escribió estas líneas el año en que nací, y es de llamar la atención que más de cuarenta años después mucha gente ignore qué significa la metáfora del libro de no-ficción más importante del siglo XX.

Guillermo Calderón Narváez pretendió ser un arquitecto del Estado Terapéutico Mexicano. En 1970 vivió un mes en la Unión Soviética en calidad de invitado a un seminario de salud mental organizado por la Organización Mundial de la Salud. Sobre el trabajo forzado en los siquiátricos Calderón Narváez nos dice: “Los beneficios obtenidos por los talleres protegidos son de tal magnitud que, por ejemplo, en la Unión Soviética existe en ellos un puesto para cada 1000 habitantes; o sea, más de 200,000 enfermos mentales trabajan en talleres que abarcan desde las actividades más sencillas, hasta trabajos electrónicos de gran precisión […]. Las ganancias que su trabajo aporta permitirán las construcción de nuevas clínicas, hospitales, escuelas, talleres protegidos”.[2] En tiempos de Breshnev estos “talleres protegidos” eran, como en el Gulag de Stalin, campos de trabajo forzado. Calderón Narváez añade cándidamente que, en México, “tratamos de iniciar un programa de esta naturaleza integrando dieciséis centros y los cuatro hospitales psiquiátricos en el Distrito Federal”.[3] No se le ocurrió a Calderón Narváez que, en los tiempos en que visitó a la Unión Soviética, el solo deseo de emigrar era considerado oficialmente esquizofrenia; y que muchos de los esclavos que vio eran prisioneros políticos cuerdos. “Todo este magnífico sistema de terapia por el trabajo, que en mi opinión debe constituir un motivo de orgullo para la URSS, es posible gracias a que la economía soviética ha eliminado totalmente el problema del desempleo”.[4] Siguiendo la lógica del siquiatra mexicano podría argüirse que todo régimen esclavista que secuestró a la sociedad civil para forzarla a trabajar resolvió el problema del desempleo.

Es indiscutible que en los siquiátricos han muerto, o han sido psíquicamente destruidos, sólo una fracción de los millones que fueron victimados en los campos de trabajo forzado del bloque socialista. No obstante, el principio es el mismo: secuestrar a una porción de la población civil y someterla a una institución totalitaria. Es pertinente recordar que en un poema Leo Frank les llamó “pequeños Auschwitzes” a los hospitales mentales.

Un buen ejemplo de institución totalitaria es el Hospital Samuel Ramírez. Este siquiátrico, nombrado en honor del mexicano que introdujo el electroshock en el país y quien fuera amigo de las figuras más importantes de la siquiatría mundial de su época, está ubicado en el kilómetro seis de la autopista México-Puebla. En el pasado varios internados en el Samuel Ramírez murieron después de haber sido electrochocados, por lo que en la actualidad se ha sustituido esa práctica por la drogadicción. En la Introducción dije que según los disidentes cultos a quienes el régimen soviético les inyectó neurolépticos, estas drogas eran una tortura. Tengo un enorme interés en pasarles ahora el micrófono a algunos internados en el Samuel Ramírez, mexicanos del lumpen-proletariado cuyas voces fueron registradas por unos estudiantes con una grabadora que introdujeron subrepticiamente al hospital:

“A veces el doctor Trujillo me quiere inyectar y eso no me gusta porque me enferma. Una vez lo amenacé con matarlo y ya no me inyectó”, dice uno de los pacientes. Otro, luego de externar los sentimientos que le provoca el psiquiatra, señaló que “sólo sabe jodernos más, nos da pastillas aunque estemos bien y luego nos apendejamos [vulgarismo de aletargamos] por días”. “Aquí —dice otro—, en este pinche lugar no se puede crear ni hacer nada, nos tienen apendejados todo el tiempo con sus pinches pastillas”.[5]

Al igual que en La Salud Tlazolteotl, la gente que ha sido abandonada por sus familiares en el Samuel Ramírez proviene de la clase obrera y del campo. Son los despojos de padres abusivos, el alcohol, la miseria y los inhalantes a quienes el hospital droga con sustancias aún más tóxicas. Mi amiga Gina Chía me comentó que, en su visita guiada de 2002 al Samuel Ramírez, su maestro de prácticas omitió decir que la disquinesia tardía, tan conspicua en algunos de los internados, es debida única y exclusivamente a las drogas que les administran ahí. He hablado personalmente con este profesor universitario, Juan Carlos Muñoz, y me sorprendió que no tuviera la más remota idea de la nocividad de los efectos que ocasionan las drogas siquiátricas. La ocultación por ignorancia de este dato tuvo un efecto antipedagógico en los estudiantes: se quedaran bajo la impresión que los extraños movimientos musculares que hacían los recluidos se debían a su “enfermedad”. En todos los siquiátricos se administran neurolépticos por largos períodos. Los movimientos involuntarios que vieron Gina y sus compañeros son producto del daño en el sistema psicomotriz de los internados, y el deterioro de sus facultades es debido, en parte, al daño que ocasionan en el ganglio basal.

En Latinoamérica se administran los mismos neurolépticos que se usan en México y el resto del mundo. Sólo en Brasil hay decenas de miles de personas internadas en siquiátricos. Una internada en un siquiátrico argentino escribió un poema:

La psiquis te ato
y el cuerpo te maniato.
Olvídate de la plasticidad corporal
y de la velocidad mental.
Si osaras huir
del reducto amurallado de contención
sufrirás bloqueo, inseguridad, miedo…[6]

Al igual que el Gran Encierro europeo del siglo XVII hasta el XX, como se ve en la vida de huérfanos como John Bell, la sociedad latinoamericana tampoco ha sabido qué hacer con sus desheredados. En lugar de idear escenarios de ingeniería social para atacar el problema social prefiere encerrarlos, controlarlos con químicos ata-psiques, apartarlos de la vista pública. Loana Téllez, Ángeles Villavicencio y Fernando Téllez, unos estudiantes mexicanos de la UAM (Universidad Autónoma Metropolitana) que realizaron sus prácticas en el Samuel Ramírez, escribieron:

Si el individuo no es sino el emergente de una estructura y problemática familiar, que a su vez es el reflejo de la conflictiva social, el tratar de rehabilitarlo sin cambiar a la familia y a la sociedad es una falsa concepción que encubre el origen del malestar. Tratar la enfermedad como algo puramente biológico falsea su verdadera génesis, puesto que la aceptación de ésta implicaría el cuestionamiento no sólo de la institución, sino de la sociedad que los produce. [7]

Estas palabras en un simple trabajo de unos muchachos para aprobar el semestre retratan infinitamente mejor lo que es la siquiatría que los tratados oficiales del mandarín mexicano en siquiatría, Ramón de la Fuente Muñiz. Al momento de escribir, estos estudiantes son maestros universitarios; Villavicencio, una analista. En febrero de 2003 me entrevisté personalmente con Loana Téllez (una vez más: aquella terapeuta a quien Amara le robó su paciente). Loana me reveló cómo le mandaron su trabajo a un reportero en 1981. En varios artículos, el reportero publicó la cita de arriba; la cita anterior sobre la drogadicción involuntaria a los internados por el doctor Trujillo, y muchas otras que fueron grabadas subrepticiamente. Felipe Bojalil, el entonces rector de la UAM, mandó llamar a los estudiantes a su despacho y les hizo saber que, debido a la publicación del artículo, las autoridades del hospital rompieron el convenio que tenían con la UAM para que los estudiantes hicieran sus prácticas. Sin saber que lo grababan, Saúl Gómez Tezuela, administrador del Samuel Ramírez a principios de los ochenta, les había confesado abiertamente a estos estudiantes: “Tengo veintitrés años de trabajar con enfermos mentales y nunca he visto que alguien salga”.[8] En el siglo XXI las autoridades de salud han comenzado a ver el error de la política asilar de Gómez Tezuela. Actualmente existe un nuevo pabellón en el Samuel Ramírez en el que a algunos de los recluidos se les permite realizar actividades diversas e incluso salir a vender pan. No obstante, de los trescientos internados en el hospital en 2002 sólo seis son capaces de realizar este tipo de actividades. Muchos otros han sido mentalmente destruidos. La primera vez que leí que Gómez Tezuela se jactaba que nadie había salido del Samuel Ramírez me imaginé que lo que había sucedido en esa institución era una aberración en el archipiélago de siquiátricos mexicanos. Ahora sé que, aún hoy día, algunos funcionarios mexicanos reconocen que hay recluidos que, debido a que han deteriorado intelectualmente a lo largo de los años, podría decirse que cumplen cadenas perpetuas en esas instituciones. Por ejemplo, el doctor Salvador González Gutiérrez, director general de Servicios de Salud Mental en México en 2002, ha afirmado reiteradas veces que existen muchos recluidos en los siquiátricos mexicanos que ya no pueden salir porque no hay familiares que los reciban.

Para explicar la metáfora “archipiélago” estuve tentado a incluir en esta página un mapa de los hospitales siquiátricos que existen en y alrededor de la Ciudad de México: hospitales y granjas-hospitales como el Samuel Ramírez donde muchos hombres, mujeres y niños mexicanos han sido internados. La siguiente es una lista parcial:

Siquiátricos en la Ciudad de México y carreteras aledañas: Hospital Psiquiátrico Infantil Juan Navarro, Hospital Psiquiátrico Fray Bernardino Álvarez, Hospital Campestre Dr. Samuel Ramírez Moreno, Hospital Campestre José Sáyago, Hospital Campestre Dr. Adolfo Nieto, Hospital-Granja La Salud Tlazolteotl, Clínica San Rafael, Clínica La Florida, Pabellón de Psiquiatría del Hospital Español.[9] Las tres últimas son instituciones privadas. Como veremos más adelante, el Sáyago y el Nieto han sido reformados. Las granjas-hospitales se formaron a raíz de un proyecto de nueve de estas instituciones entre 1960 y 1970 que sustituyeron el abarrotado Manicomio General, llamado “La Castañeda” por los capitalinos. El San Rafael, como sabemos, fue donde electrochocaron a Cantú. Como todos estos siquiátricos se encuentran en la Ciudad de México y en las carreteras que salen de la gran ciudad podría decirse que forman un “archipiélago” de siquiátricos. El ochenta por ciento de los siquiatras del país se concentran en la Ciudad de México, Monterrey y Guadalajara.

Siquiátricos en los estados: Villa Ocaranza (Pachuca), antes de su reforma radical llamado Hospital Campestre Fernando Ocaranza, Hospital Campestre Dr. Rafael Serrano (Puebla), Hospital-Granja Cruz del Sur (Oaxaca), Hospital Campestre Cruz del Norte (Sonora), Hospital Psiquiátrico San Juan de Dios (Zapopan), Hospital Psiquiátrico Nuestra Señora de Guadalupe (Cholula), Antiguo Hospital Civil (Guadalajara), Hospital-Granja Villahermosa (Villahermosa), Fundación de Beneficencia Social (Monterrey, institución privada).

Existen, además, varios hospitales generales con “servicios” de siquiatría a lo largo del país. Como dije, la lista de arriba es parcial. Aunque la cifra oficial es de tres mil, a principios del siglo XXI hay aproximadamente cinco mil personas recluidas en los siquiátricos mexicanos.[10] Pero si contamos a los pacientes que entran y salen al año, digamos, a quienes se les ha aplicado voluntaria o involuntariamente tratamientos por alcoholismo o adicciones, la cifra ascendería a 67,000. Esta última cifra proviene del doctor Eduardo Nuñez, director de Operación y Supervisión de Servicios de la Dirección de Salud Mental en México.[11] Más aún, si contamos a todo paciente externo a la red hospitalaria, esto es, aquellos que se encuentran tomando drogas siquiátricas, la cifra ascendería a dos millones de usuarios de servicios de salud mental en México.[12] Pero según los siquiatras aún esta cifra se encuentra muy por debajo del ideal. Al igual que las epidemias que ve NAMI en la población adolescente e infantil, de acuerdo a algunos funcionarios que se han pronunciado sobre el tema uno de cada cinco o diez mexicanos padece de algún problema relacionado con la salud mental. Tal cálculo arrojaría la cifra de un total de diez a veinte millones de mexicanos que, en teoría, debieran buscar algún tipo de atención siquiátrica en un momento de sus vidas.

A principios del siglo XXI en México hay 2,700 siquiatras activos y 6,500 médicos, paramédicos, enfermeras y personal administrativo que trabajan en el sector de salud mental. En 2004 hay 28 hospitales públicos, de los que seis son hospitales de gran tamaño, y diez hospitales privados predominantemente de salud mental. Para distinguir a un hospital de los consultorios o clínicas comunes, en la profesión médica se habla de hospital sólo cuando hay “recurso-cama”. Según los funcionarios de siquiatría existen 195 centros para atender la demanda de salud mental en el país, y en 2001 se realizaron más de 600,000 consultas siquiátricas en México.[13] No obstante, en México la entrada a los siquiátricos está vedada a los investigadores. ¡Está vedada a mí, de hecho!

Como había leído el artículo de Julio Frenk creí que, como titular de Secretario de Salud, Frenk me abriría las puertas de los siquiátricos durante mi investigación. Cierto que le llegó una carta que le envié a través de su padre, y que sostuve una entrevista personal con su secretario. Pero tardé en reconocer que el sistema había cambiado al otrora joven idealista. Eso no significa que Frenk haya girado ciento ochenta grados después del jalón de oreja que le propinaron en la escuela. En el Primer Encuentro Internacional de la Reforma Psiquiátrica celebrado en México en agosto de 2004, Frenk prometió hacer cambios radicales sobre la calidad de vida de los internos en base al modelo de Virginia González Torres.[14] Es grave que en el nuevo siglo los siquiátricos mexicanos sigan igual que en los tiempos en que Frenk era un joven universitario, incluyendo “La Salud” que sigue manteniendo el Pabellón G, “abiertamente un sitio de tortura”. Algunos de los internados que estaban cuando Frenk escribió su artículo a finales de 1976 continúan en la granja-hospital. Enrique Trejo Lugo lleva treinta y nueva años encerrado allí; Francisco González Tapia, cuarenta años; Enrique Ortega Barragán y Atenógenes Ruiz Hurtado, cuarenta y un años; Carlos Villar Navarrete y Francisco Pérez Nieto, cuarenta y dos años… Son 168 los internados que en el nuevo siglo se pudren en la granja que Frenk y los suyos denunciaron de jóvenes. En un programa de televisión que salió al aire en agosto de 2003 uno de estos prisioneros le dijo a la cámara: “¡Quiero salir de aquí, quiero salir de aquí, quiero salir de aquí!”[15] Sólo el futuro será testigo de si el gobierno mexicano tiene la voluntad no sólo de reformar, sino de clausurar estas instituciones; aunque la clausura es una idea que Frenk rechazó ante los medios durante el Primer Encuentro Internacional de la Reforma Psiquiátrica de 2004. Si bien, como veremos más adelante, gracias a la asistencia de Frenk visité un hospital siquiátrico, el Instituto Nacional de Psiquiatría, este “hotel de cinco estrellas” es la única isla del archipiélago en que, al menos oficialmente, la estancia es voluntaria. Mi propósito era entrar a las snake pits, las pocilgas: el archipiélago de cotos cerrados donde se practica la siquiatría involuntaria, como la famosa granja que el joven idealista Frenk había querido clausurar. Pero a pesar de insistir reiteradas veces con los secretarios de Frenk, éstos sólo me dieron largas; y con Frenk nunca pude hablar personalmente.

Mi experiencia no es única. A otros investigadores de la siquiatría mexicana no se les ha permitido visitar las instituciones donde se practica la siquiatría involuntaria. El año 2000 Claudia Acosta, una estudiante de derecho de la Universidad Panamericana, escribió su tesis de licenciatura sobre los derechos humanos de los internados. A la joven licenciada le pareció “muy sospechoso el recelo tan grande que guardan las instituciones psiquiátricas hacia el exterior”. Por ejemplo, le fue negado el permiso de visitar el Fray Bernardino a pesar de haber hecho una petición por escrito al director de ese hospital. Acosta menciona esto en su tesis e incluso publica la carta que le envió al director. Luego añadió: “Lamentablemente no me fue posible seguir insistiendo. El hermetismo y las dificultades para poder entrar a conocer este hospital, que personalmente constaté, coinciden con las versiones hemerográficas consultadas en el sentido de que el personal de los hospitales psiquiátricos por lo general tratan de impedir que los medios de comunicación, Organismos No Gubernamentales y la sociedad en general puedan conocer las condiciones en que el servicio psiquiátrico es proporcionado a los internos”.[16]

Afortunadamente, algunos reporteros han infiltrado estas instituciones y han denunciado lo que han visto. Sólo gracias a ellos y a los sobrevivientes que he logrado contactar pude escribir estas páginas.

Referencias

[1] Solzhenitsyn: Archipiélago Gulag, pp. 13s.

[2] Calderón-Narváez: Salud mental comunitaria, pp. 129s.

[3] Ibídem, p. 130.

[4] Ibídem, p. 63.

[5] Alternativas, p. 361. Javier Rodríguez Gómez publicó una serie de tres artículos sobre la siquiatría mexicana en Uno más uno (26-28 mayo 1981). Los artículos fueron recogidos en Alternativas.

[6] La radio de los internos del Hospital Borda, “La psiquis te ato”. Este poema aparece en la pista 21 del CD ROM gratuito proporcionado por el grupo La Colifata (www.lacolifata. org), que realizó actividades en la Ciudad de México del 12 al 24 de mayo de 2003.

[7] Alternativas, pp. 364s.

[8] Saúl Gómez-Tezuela, citado en ibídem, p. 355.

[9] Con excepción del Hospital Infantil Juan Navarro y la Clínica La Florida, la lista de siquiátricos que publico en este párrafo y los siguientes es la del Directorio 1995: Asociación Psiquiátrica Mexicana (APM, A.C., sin fecha), pp. 85ss. El Directorio 2001 de la APM no incluye la lista de hospitales siquiátricos, sólo de los médicos afiliados a la asociación.

[10] Virginia González-Torres, citada en Jaime Avilés: “Proponen aplicar nuevo modelo para dar atención digna a enfermos mentales” en La Jornada (25 abril 2002).

[11] La periodista Ivette Sosa Salinas entrevistó a Eduardo Nuñez Bernal en diciembre de 2001 y compartió esta información conmigo.

[12] El dato de los dos millones de usuarios se menciona en María Scherer-Ibarra: “Miseria, abandono y derechos humanos conculcados en los hospitales psiquiátricos” en Proceso (30 enero 2000).

[13] Los datos de este párrafo provienen de la entrevista a Eduardo Nuñez Bernal y del programa “Salud mental y hospitales psiquiátricos en México” en Once noticias: perspectiva, conducido por Adriana Pérez Cañedo y televisado el 12 de mayo de 2002.

[14] El 11 de agosto de 2004 aparecieron notas periodísticas sobre este Encuentro en casi todos los periódicos de la Ciudad de México; por ejemplo, en El Universal y en La Jornada.

[15] Del 11 al 15 de agosto de 2003 fueron airados cinco programas sobre el estado de los siquiátricos mexicanos en el noticiero nocturno de Televisa. También obtuve información de un artículo de Jaime Avilés: “Julio Frenk vs. Polonio Frenk” en La Jornada (28 junio 2003). Avilés basó su nota en un reporte del Instituto de Salud del estado de México.

[16] Claudia Acosta-Ramírez: Los derechos humanos de los enfermos mentales: tesis profesional para obtener el título de licenciada en derecho (tesis de licenciatura en la Facultad de Derecho, Universidad Panamericana, 24 noviembre 2000), p. 366.

Published in: on mayo 15, 2009 at 9:05 pm  Comments (1)  

La gran Castañeda

Antes del Fray Bernardino y del archipiélago mexicano de siquiátricos existía el Manicomio General de La Castañeda, en el que el Estado mexicano jugó un papel predominante a nivel administrativo convirtiéndose en el guardián de la “salud mental” de la nación. En el Manicomio General la mayoría de los internamientos fueron resultado de órdenes gubernamentales. Construido en 142,000 metros cuadrados de los terrenos de la Hacienda de La Castañeda, este gran siquiátrico, calcado de los grandes siquiátricos de Francia y Alemania, fue inaugurado en 1910 para ochocientos prisioneros; pero llegó a encerrar a tres mil quinientos y quizá a más (la cocina que se reconstruyó en 1940 estaba destinada a la alimentación de cinco mil personas). La Castañeda tenía veinticinco edificios y dos pabellones; al fondo tenía incluso un departamento mortuorio y un anfiteatro de disección. Había cuatro distintas clases de prisioneros dependiendo de la clase social a la que pertenecían. La cuarta clase, los llamados pensionistas, la constituía la mayoría de los internados, cuyas familias no pagaban costo alguno. Cuando no se habían inventado los neurolépticos, en La Castañeda se usaba el cloral, el opio y los bromuros: sustancias que deprimen la corteza cerebral. A partir de los 1930 se inició la práctica del shock insulínico y el shock de Metrazol, agregándose después el electroshock clásico y la lobotomía. En los 1960 se inició la drogadicción de los prisioneros con neurolépticos: un programa auspiciado, entre otros, por el doctor Dionisio Nieto, un refugiado español considerado “un organicista empedernido” (ahora lo llamaríamos un biorreduccionista empedernido) que influyó considerablemente en la siquiatría mexicana. La mayoría de los internados en La Castañeda eran hombres y mujeres de veinte a cuarenta años, aunque a partir de la reconstrucción de 1940 el manicomio contó con un pabellón para niños. A juzgar por el registro fotográfico estos niños parecen normales: no tienen la mirada de pánico que caracteriza al sujeto perturbado.[1]

Es sabido que, en México, los padres invocaban al gran manicomio de la nación para amenazar con encerrar a sus hijos rebeldes. Naturalmente también se encerraba a la gente trastornada, aunque sin reconocer al maltrato parental como el factor causativo de la caída psíquica de una persona. La siguiente es parte de una entrevista de 1935 en La Castañeda a una joven diagnosticada de “demencia precoz”:

—¿Qué es verdad que oyes voces?
—Sí la de mi mamá, de mi papá también.
—¿Qué te dicen?
—No me ha pegado.[2]

Oír este tipo de voces es uno de los síntomas típicos para que los médicos diagnostiquen demencia precoz (“esquizofrenia” en nuestra época). Desde los 1870 hubo reportajes periodísticos en El Monitor Republicano y El siglo XIX sobre los abusos que ocurrían en los viejos predecesores de la Castañeda, La Canoa y el Hospital San Hipólito; y en los 1920 El Universal, El Imparcial y La Prensa publicaron notas alarmantes sobre las violaciones a los derechos humanos en el Manicomio General. El siguiente es un caso horrendo de suplicio siquiátrico en La Castañeda confesado por la enfermera Margarita Torres, una de las perpetradoras:

Eran unos baños de agua casi hirviendo, muy caliente, porque recuerdo que a nosotras [las enfermeras] nos quemaba, porque se necesitaron dos o tres de nosotras para sumergir a la enferma. Llevaba bolsas de hielo en la cabeza. Pero hubieron casos en que murieron las enfermas cuando se les aplicó el tratamiento. A mí me tocó realizar uno de esos tratamientos. Habíamos tres sumergiéndola y una más poniéndole el hielo en la cabeza. La enferma comenzó a ponerse negra y a echar espuma con sangre por la boca, entonces llamamos al médico de guardia, pero ya no había remedio.[3]

“Tratamiento” es nuevahabla por tormento. Eso de hielos en la cabeza a la par de meter a una persona “a agua casi hirviendo” da una idea de lo que era la siquietría previa al electroshock en los manicomios. En 1968 el Manicomio General de La Castañeda, que a lo largo de los decenios llegó a albergar a decenas de miles de mexicanos, se fragmentó en un archipiélago de islas llamadas granjas-hospitales: cárceles de menor tamaño si evitamos hacer uso de la nuevahabla. A continuación citaré algunos testimonios de quienes han estudiado los registros de La Castañeda.

¿Se recuerda la cláusula de admisión en el estado de Illinois mencionada en la primera parte en la que el marido podía internar a su esposa aun si ésta estaba perfectamente cuerda? En Análisis de expedientes clínicos del Manicomio General “La Castañeda” de 1910 a 1920 Patricia Chávez descubrió una serie de cartas que el director del Manicomio General intercambió en 1918 con un sujeto que deseaba internar a su esposa. ¿Se recuerda la lettre de cachet con la que el rey podía internar a un joven en la odiada Bastilla? Al revisar algunos expedientes Chávez también encontró que era muy común que algunos individuos fueran internados por la simple petición de una autoridad del gobierno, la cual siempre iba acompañada de un diagnóstico o certificado médico fraudulento. Como dije, la gran mayoría de los internamientos en La Castañeda fueron resultado de órdenes del gobierno.

Consideremos los diagnósticos de internamiento durante el período de la Revolución Mexicana. En El diagnóstico de la locura en el Manicomio General de La Castañeda Guillermo Gaytan menciona, entre otros, los siguientes diagnósticos para este período: “intoxicación alcohólica”, “demencia”, demencia senil”, “demencia precoz”, “confusión mental”, “enajenación mental” e incluso había internamientos sin diagnóstico.[4] “Confusión mental” y enajenación mental” son tan vagos que podrían aplicarse a cualquier persona, y el que hubiera casos sin diagnóstico era una forma mucho más honesta de encarcelar a alguien que usar cualquiera de los diagnósticos mencionados. Salta a la vista que estas no eran enfermedades médicas. En los diagnósticos de “demencia” y demencia senil” de La Castañeda es obvio que los familiares no quisieron hacerse responsables ni siquiera de llevar al anciano a un asilo, y prefirieron internarlo en el gran siquiátrico público de la ciudad. “Demencia precoz” es la otra cara de la moneda de “demencia senil”, pero en este caso los familiares fueron intolerantes hacia un miembro muy joven de la familia. Como dije en la primeta parte, fue precisamente debido al parecido de este diagnóstico con el de “demencia moral” que le aplicaban a las mujeres liberadas, por lo que actualmente los siquiatras usan “esquizofrenia” para referirse a la conducta que, al fundar La Castañeda, aún llamaban “demencia precoz” en México. La ventaja de estudiar a la siquiatría de un país en sus orígenes es que es más fácil detectar la política que en la actualidad.

El encarcelamiento de la gente que cumplía la ley se originó en el siglo XVII como una forma de burlar las restricciones legales para encarcelar a los parias. Esta política continuó en los siguientes siglos. En el siglo XX las cárceles gigantescas como La Castañeda que disimulaban la marginación por medio de políticas asilares se volvieron imprácticas. Entonces los siquiatras inventaron la lobotomía y el electroshock para someter a estas personas sin necesidad de internarlas. En los 1950 la ciencia dio un paso adelante y el proceso de opresión se transformó una vez más: se inventaron drogas para inducir pasajeras lobotomías químicas, los neurolépticos. La Castañeda fue una institución de regulaciones decimonónicas anterior a estos deslumbrantes avances científicos. Patricia Chávez afirma sobre la época conocida en México como el porfiriato:

Es lógico que la mayoría de los ingresos [a La Castañeda] hayan sido por orden del gobierno, respaldando la idea de un México afrancesado, abierto a sus acreedores extranjeros y dispuesto a limpiar sus calles de la mugre, pobreza y de todo aquello que no resultara grato. Las demarcaciones de policía o comisarías se convirtieron en los filtros o embudos en donde se hacía una selección de los indeseables, por lo que personas sin hogar, indigentes y mendigos eran detenidos y muchos de ellos enviados al Manicomio General como enajenados mentales.[5]

Tan cierto es lo que dice Chávez que incluso los apologistas de la siquiatría mexicana parecen conceder este punto. Hablando sobre La Castañeda, Guillermo Calderón Narváez afirma que esa institución existía: “cuando privaba el criterio de que el establecimiento psiquiátrico tenía como objetivo único [mis cursivas] el aislar al paciente con miras a proteger a la sociedad en que vive”.[6] Así entendida, La Castañeda fue la versión mexicana en el siglo XX del Hospital General de París del XVII, y para los historiadores contemporáneos su estudio podría arrojar luz sobre cómo surge la siquiatría en una nación. Por los tratos y la casi nula alimentación que recibían, algunos de los internados en La Castañeda morían.

El médico cirujano que suscribe, certifica: que [nombre de la persona], padece, probablemente, de enajenación mental, por lo que necesita pasar para su observación y curación al hospital correspondiente. Y a pedimento del [Sr. Prefecto Político de esta Municipalidad], extiendo el presente en Ixtapalapa, a 26 de noviembre de 1910.[7]

Este caso, por ejemplo, pertenece a la Asilada 901 de la sección de mujeres: una señora de 54 años que fue internada en la recién inaugurada Castañeda por orden del gobernador del Distrito Federal. Esta señora murió pocos días después, el 5 de diciembre. Claudia Acosta menciona otros casos de gente que moría casi inmediatamente después de ingresar al Manicomio General, lo que me recuerda lo que harían los alemanes con los retrasados insitucionalizados un cuarto de siglo después. Otro caso que me llamó la atención fue el de un joven en la flor de la edad internado a solicitud del gobernador de Hidalgo que intentó escapar varias veces. El joven siempre fue capturado hasta que su voluntad fue quebrantada. ¿Y qué decir de este otro caso?: una mujer joven ingresó en 1910 y vivió treinta y nueve años en la institución, es decir, hasta que murió.[8]

Para entender a La Castañeda no basta revisar los certificados empolvados. Es necesario entender la mente de los siquiatras vivos. Las primeras palabras del prólogo del libro de Calderón Narváez que he estado citando son las siguientes: “En el transcurso de la vida, mi interés y cariño por la obra social, compartidos siempre en forma entusiasta por mi esposa…” Debo decir que he hablado con Calderón Narváez por teléfono, y al igual que la voz de Amara en los medios la de Calderón Narváez me pareció la de un hombre honorable. En su libro, el siquiatra mexicano dice sin reparos sobre el campo de concentración en el que se convirtió La Castañeda: “Con un cupo que se calculó no pasaría de 800 a 1000 enfermos, el Manicomio General llegó a alojar a 3,500 enfermos cumpliendo firme y calladamente con su papel asistencial, sin rechazar jamás a un enfermo, atendiendo a las clases económicamente más débiles del país, formando a generaciones de psiquiatras mexicanos que en este viejo recinto aprendimos a atender, a querer y a comprender a nuestros enfermos mentales”.[9] La nuevahabla de Calderón Narváez es tan patente que es obvio que ni la mujer que sumergieron viva en agua casi hirviendo, ni el muchacho que tanto intentó escapar, estarían de acuerdo con “los atendieron, los quisieron y los comprendieron”. Pero al igual que las lobotomías bienintencionadas de Viktor Frankl, la sociedad, en este caso las casas editoriales, le pasan el micrófono al inquisidor, no al prisionero. En México se han publicado varios libros de Calderón Narváez. Pero no existe publicado un solo libro de un sobreviviente de la siquiatría. A Mario Cantú, por ejemplo, no le han querido publicar su manuscrito.[10]

Quisiera referirme a algo que Calderón Narváez escribió sobre un tema ajeno a la siquiatría (en realidad, sólo en apariencias es un tema ajeno). La educación azteca de los jóvenes era cruel y totalitaria. A los jóvenes que se les encontraba ebrios, por ejemplo, se les castigaba apaleándolos hasta matarlos. En la página 239 de su libro Calderón Narváez publica una ilustración donde un joven es sujetado del cuello por un hombre mientras dos aztecas lo apalean y otros observan. No obstante, al igual que la definición de anabaptista del pequeño Larousse ilustrado que cité anteriormente, la manera en que Calderón Narváez frasea sus pensamientos sugiere que parece aprobar estas medidas:

Sin embargo, ni el repudio social ni los consejos y amenazas de sus soberanos [aztecas] ni la formación dentro de un ambiente de austeridad con orientación hacia el deporte lograron controlar el problema, por lo cual fue necesario crear una serie de leyes que tenían como objeto castigar severamente a los que, a pesar de todo, insistían en ingerir en forma desmedida la bebida embriagante.[11]

Como buen siquiatra, Calderón Narváez se pone aquí de parte del status quo y en contra de los adolescentes indios; en este caso, de parte de la férrea teocracia azteca. Varios capítulos del libro de Calderón Narváez tratan de los problemas del alcoholismo y la drogadicción en México. Si Calderón Narváez incursionó en el mundo prehispánico fue precisamente para hablar de los antecedentes de un problema que él abordó en el México moderno. Una de las incumplidas metas de Calderón Narváez en el Hospital San Rafael fue usar a los internados como conejillos de indias para ver si era viable tratar, por métodos siquiátricos, el problema del alcoholismo en México. Pero la magnitud social del problema rebasó con mucho a sus modelos médicos.

En julio de 1968 el Manicomio General de la Castañeda fue clausurado por el presidente Gustavo Díaz Ordáz. De 1910 a 1968 alrededor de 65,000 personas fueron internadas, atormentadas, vivieron indignamente y murieron dentro del Manicomio General en un silencio casi absoluto.[12] Silencio que me recuerda el silencio de los zeks, y quisiera romperlo un poco con una viñeta personal.

En mayo de 2002 fui a la Fundación Octavio Paz a hablar con la señora Mercedes Orozco, quien a finales de los 1940 visitó a una amiga suya internada en La Castañeda por un problema de alcoholismo. A la señora Orozco le llamó mucho la atención que le dijeran que para entrar a La Castañeda tenía que llevar una gran bolsa de bolillos, como se le llama en México a un pan similar a la baguette, aunque más pequeño. En las celdas por las que Orozco cruzó para llegar adonde estaba su maestra salían innumerables manos pidiendo comida a los visitantes, quienes repartían los bolillos a las manos suplicantes. La escena es tan visual que podría muy bien ser recreada en un filme. La señora Orozco me dijo que las autoridades “les daban cinco frijoles” a los internados para comer, quienes se encontraban en estado de semiinanición. Al momento de escribir la señora Orozco es una persona mayor. Después de entrevistarla salí de la fundación y, ya en la calle, lamenté el hecho de que aquellos que conocieron a La Castañeda, y que pueden contar las anécdotas más reveladoras, han estado muriendo. En algunos años no existirá nadie que pueda contar cómo era este campo de concentración, ni quien narre los horrores que decenas de miles de mexicanos y mexicanas sufrieron allí. A menos que un historiador haga inmediatamente una serie de entrevistas videograbadas de los contados sobrevivientes, las vivencias subjetivas de quienes estuvieron en La Castañeda, tanto de internados como de las enfermeras y visitantes, se perderán para la posteridad.

PARA REEMPLAZAR la función social de La Castañeda, Díaz Ordáz inauguró diversas granjas-hospitales. La situación de los internados en las granjas ha sido tan mala como la que hubo en La Castañeda. Gurza observó que, en los años 70, en una de estas granjas-hospitales existían: “celdas de castigo semejantes a las peores prisiones del mundo; carentes de agua, luz y muebles de baño; instaladas a la intemperie e invadidas por ratas, chinches y todo tipo de insectos; expuestas a las inclemencias del tiempo y los roedores”.[13] Esta granja-hospital, el San Pedro del Monte, había sido inaugurada desde 1945 en Guanajuato, antes de la reforma de Díaz Ordáz, como la primera unidad foránea para descongestionar a la abarrotada Castañeda. En la celda de castigo de otra isla de nuestro archipiélago mexicano, el Hospital Fernando Ocaranza (por fortuna clausurado), el piso estaba empapado de desperdicios humanos: “Charcos, excrementos y orines sirven de asiento a aquellos enfermos que en posición de feto esperan que se les levante el castigo y se les abra la jaula donde fueron llevados ‘porque dan mucha lata’, según explicó uno de los empleados del turno saliente”.[14] Una vez abierta la jaula, sobre el cemento los castigados eran limpiados de la inmundicia con manguerazos de agua fría. Como dije, estos apandos tipo Lecumberri existen en otras granjas donde los dormitorios también estaban llenos de materia fecal y orines, y en la cocina de esas granjas-hospitales los alimentos eran servidos en botes de metal y sin cubiertos.

México es sólo una de las naciones del mundo que ha tolerado un archipiélago de siquiátricos escatológicos o snake pits. Pero lo mismo ha sucedido en los países ricos. En 1945, el año en que inauguraron el San Pedro del Monte en México, Albert Deutsch realizó una inspección periodística de los hospitales mentales estatales de Estados Unidos. Es su libro Shame of the States (La vergüenza de los Estados Unidos) Deutsch describió al archipiélago estadounidense de cotos cerrados:

En su mayor parte estaban colocados en grandes centros de cultura o cerca de ellos, en nuestros Estados más prósperos—como New York, Michigan, Ohio, California y Pennsylvania—. En algunos de los departamentos había escenas que rivalizaban con los horrores de los campos de concentración alemanes: cientos de pacientes mentales desnudos se amontonaban en enormes salas como pocilgas, infestadas de suciedad, en todos sus grados de deterioro humano, sin vigilancia ni tratamiento, despojados de todo vestigio de decencia humana, muchos en estado de profunda desnutrición.[15]

Como aún sucede en México, Deutsch vio en Estados Unidos a cientos de internados que vivían en techos con goteras, revolcándose en sus heces, conviviendo con ratas, cucarachas y muriendo en la porquería: una “eutanasia por negligencia” le llamaba. Pero un siquiatra ortodoxo como Calderón Narváez ha visto a este tipo de instituciones con lentes algo más rosados: “El edificio, en el que fue respetado el estilo colonial mexicano, es muy bello y el ambiente de paz y tranquilidad que priva en él contribuye en forma importante a tranquilizar y confortar a los pacientes”.[16] Asimismo, Ramón de la Fuente y sus discípulos del Instituto Nacional de Psiquiatría dicen que estos siquiátricos están “regidos por principios humanísticos”.[17] Pero su manual de texto Salud mental en México no nos dice nada sobre las preguntas más elementales que cualquier reportero, un Deutsch por ejemplo, haría sobre la siquiatría del país: ¿Cuántos internados hay en los siquiátricos? ¿Qué porcentaje purga cadenas perpetuas? ¿Cuantos electroshocks se administran por año? ¿A cuántos se les electrochoca contra su voluntad? ¿Por qué se les dan neurolépticos a los niños internados?

En México es extremadamente difícil conocer a quienes han sido mutilados por los neurocirujanos (en Estados Unidos hay un cibersitio dedicado a las víctimas de la lobotomía de ese país, Psychosurgery.org). Gracias a un artículo de la revista Proceso me enteré del caso del pintor Manuel González Serrano. Aprovechándose de que se había luxado un tobillo su hermano lo llevó con engaños al San Pedro del Monte, donde lo lobotomizaron. González Serrano no pudo pintar más después de la mutilación.[18] Otra pregunta clave que debiera hacerse y responder todo autor de un manual sobre la siquiatría nacional es: ¿dónde pueden obtenerse los expedientes de los mexicanos lobotomizados a fin de entrevistarlos? Pero creo que una pregunta más fundamental podría ser la siguiente: ¿por qué en México los problemas familiares han sido tratados por médicos y por neurocirujanos?

Salud mental en México, el libro de texto oficial sobre la siquiatría del país, no proporciona información elemental sobre el estado de los derechos humanos en estos siquiátricos. Eso sí: en el manual hay cientos de páginas-paja, estadísticas y gráficas irrelevantes. Es lamentable que en la edición de octubre de 2003 de Muy Interesante, una revista mexicana de producción masiva, al final de un artículo pro siquiátrico hayan recomendado a sus lectores profundizar en el tema con el texto de Salud mental en México.

A través de, literalmente, millones de páginas-paja en la literatura siquiátrica, la profesión ha eliminado el lenguaje cargado de moralidad de la literatura, la tragedia y las humanidades; y ha adoptado el lenguaje aparentemente neutral y desprovisto de valoración moral de las ciencias. Los siquiatras que escriben sobre su disciplina medicalizan su vocabulario al hablar de temas que, tradicionalmente, consideramos patrimonio de la moral: como la lista de preguntas que hice hace unos párrafos. Aquél que está bajo la impresión de que la siquiatría tiene un fundamento médico no se percata de esto. En varios de sus libros Szasz nos ha advertido que aceptar la literalización de las metáforas siquiátricas sólo refleja nuestra aversión a ver las cosas como lo que son: conflictos morales y tragedias humanas. Yo añadiría perturbaciones mentales reales causadas por un medio insultante. La metáfora por excelencia de la profesión siquiátrica es el concepto de enfermedad mental a pesar de que, desde Tomás de Aquino, se sabe que el “alma” no está expuesta a enfermedades corporales. Kraepelin mismo escribió: “Es cierto que, en términos estrictos, no podemos decir que la mente se enferme”.[19] No obstante, es tan imposible ver lo que sucede a través del juego de humo y espejos alrededor del concepto biomédico “enfermedad mental” en un manual como Salud mental en México que, reitero lo dicho, un tratado sobre la siquiatría mexicana está aún por escribirse.

He señalado que los siquiatras ven a sus hospitales, y aun a sus celdas de castigo, como terapia. El verlos como tal va incluso más allá de la literalización de metáforas: es una inversión semántica de los significados comunes. Debido a la “terapia” las muertes son comunes en las celdas de castigo, como el fallecimiento de una paciente en el Hospital Fray Bernardino según lo reportó un familiar de la difunta en el periódico Uno más uno: “La enferma Nohemí Calderón Arellano, con afiliación del Seguro Social número 1171-53-9504, fue internada en el cuatro piso de ese hospital por padecer de ataques epilépticos y el día 4 del actual, como castigo, la amarraron a un poste y cuando la paciente ya no pudo sostenerse fue cayendo y se ahorcó con las amarras que le pusieron”.[20] Nótese que la paciente padecía epilepsia, una auténtica enfermedad, pero que tuvo la desgracia de que en lugar de llevarla a un hospital de neurología la llevaron al siquiátrico más popular del país.

Sin embargo, los hospitales de neurología también se han confabulado con la siquiatría. Se han hecho psicocirugías —lobotomías y leucotomías— en el Instituto Nacional de Neurología, la institución vecina al San Rafael.[21] En vano busqué información específica sobre estos crímenes en los manuales oficiales de la siquiatría mexicana publicados por editoras de renombre. Pero en un libro publicado por una pequeña editora capitalina encontré el testimonio de Ramón Goded y Eligio Calderón, quienes estuvieron presos en el Sanatorio Floresta. En su testimonio, “Una temporada en el infierno”, hablan de Víctor, un interno, del que escriben: “Antes era muy agresivo hasta que le hicieron una lobotomía. Ahora es un niño. En las comidas se revuelve sobre la silla, come con desesperación. Entre bocado y bocado aleja a las moscas de las mesas”.[22]

Es importante reiterar que, en los libros de siquiatras mexicanos que he revisado como los de Ramón de la Fuente y Guillermo Calderón Narváez, no hay una sola línea en la que estos autores le pasen el micrófono a alguno de los internos. Eso sí: sus libros ostentan cientos de referencias de literatura especializada, especialmente los libros de de la Fuente. Pero jamás se oye la voz de los prisioneros. Nuestra sociedad nos ha hecho creer que los enfermos mentales no tienen nada que decir. ¿Pero qué sería si gente como Ramón Goded y Eligio Calderón, los autores del artículo donde hablan de la víctima que lobotomizaron, jamás estuvieron “enfermos” sino que fueron simples prisioneros? Tendrían algunas cosas importantes que contarnos, las cuales podrían reflejar lo que sucede en esas instituciones. Al leer “Una temporada en el infierno” me percaté de que las voces de los internos que citaban Goded y Calderón eran las de muchachos y muchachas a quienes les había ocurrido una tragedia en la vida. Muchos fueron internados por sus padres y, al menos al momento de ingresar, no estaban trastornados.

En agosto de 2004 confirmé que en el Instituto Nacional de Neurología se corta el cerebro de la gente de manera involuntaria. Ese mes el doctor Carlos Orozco López, que no es siquiatra, se encontró en una sala con mesa redonda de Neurología: un lugar privado donde los neurocirujanos toman las decisiones más graves sobre sus pacientes. Orozco escuchó a los cirujanos planear lobotomizar al joven de veinte años Álvaro Ortiz Monasterio con las nuevas técnicas del instituto. No siendo partidario de la siquiatra, y con el consentimiento de los padres del joven, Orozco tomó el caso para tratarlo con medicina alternativa. Que los médicos de Neurología habían planeado lobotomizarlo me lo corroboró Rosa María Escobar, la secretaria de Orozco, quien estuvo presente en la mesa privada del instituto y, por separado, me confirmó la historia de Orozco sin que éste estuviera presente.

Había citado un reportaje en que Gurza decía que a finales de los años setenta ya no se hacían lobotomías en el Fray Bernardino. Una entrevista que tuve con Adrián Méndez Arriaga en marzo de 2004 me hizo pensar que la práctica continúa. Méndez Arriaga trabajó en siquiátricos de 1986 a 1991, y su experiencia dentro de la Clínica Falcon como director administrativo le permitió ver de primera mano cómo funciona el modelo médico en la institución privada. Según el testimonio de Méndez Arriaga, de los ciento veinte internos en la Clínica Falcon, conocida hoy como La Florida, se hacían aproximadamente dos lobotomías al año. No obstante, en las facturas de las operaciones que aún posee no se menciona la palabra “leucotomía” sino el eufemismo “intervención quirúrgica por agresividad del paciente”. Méndez Arriaga no es médico y no fue entrenado para tratar mal a los internos. Su trabajo era puramente administrativo. Cuenta que en la clínica los internados lo querían mucho, y me describió los efectos de la leucotomía en aquellos que conocía. Respetaré el tono de sus palabras que iba escribiendo durante nuestra entrevista:

Y se vuelven —¡uuuh! Has de cuenta que estás manejando una cámara lenta. Cuando lo vi en el patio [al recientemente leucotomizado] estaba leeento, leeento el paciente, y ahora lo más tranquilo.

Méndez Arriaga cuenta que también tuvo contacto con el personal de los siquiátricos públicos, por lo que me enteré que el director de la Clínica Falcon había sido director del Fray Bernardino. Méndez Arriaga me aseguró que en éste también se hacían leucotomías en los años 1980 y 90, y que la Clínica Falcon tan sólo imitaba lo que era una práctica estándar en el gran siquiátrico mexicano. Salvo lo que me confesó Gerardo Heinze, que en el Instituto de Neurología se realizan psicocirugías en el siglo XXI, no he podido corroborar en boca de otro funcionario público que se sigan haciendo estas operaciones radicales en el país; así que no poseo confirmación oficial de lo que Méndez Arriaga me comentó sobre el Fray Bernardino. La Secretaría de Salud es hermética en este punto, pero el testimonio de Méndez Arriaga me mueve a escribir algo que me pasó en 2003 en la clínica donde trabajó.

Mi propósito era visitar a Juan Carlos Vidal, el nieto de Victor Serge al que me he referido en más de una ocasión, quien estaba internado en La Florida por su hermano represor, amigo de mi hermano. Al igual que el San Rafael donde asaltaron a Cantú, esta clínica también está a cargo de religiosos: las madres de La Caridad de la Virgen María. Pero en mi visita las madres no me dejaron ni ver a Juan Carlos ni pasar más allá de la antesala, donde por cierto se encuentra un gran retrato de la virgen. Este seudohospital con sesenta años de antigüedad, ubicado en Iztaccihuatl #180 en la Colonia Florida, colinda con mi antigua escuela de primaria Tepeyac del Valle (ahora una universidad). Ambas clínicas privadas, el San Rafael y La Florida, lucran asesinando almas de familiares indeseables; y no son los únicos siquiátricos controlados por la iglesia católica.

Referencias

[1] Véase por ejemplo la fotografía de los niños internados en La Castañeda que aparece en la página 92 de Secuencia #51, revista de historia y ciencias sociales: Para una historia de la psiquiatría en México (Instituto Mora, septiembre-diciembre, 2001).

[2] Citado en Alberto Carvajal: “Mujeres sin historia: del hospital de La Canoa al Manicomio de La Castañeda” en ibídem, p. 48.

[3] Mónica Martínez: “La Castañeda desde adentro: entrevista a Margarita Torres Mora, enfermera” en ibídem, p. 171.

[4] Gaytan-Bonfil: El diagnóstico de la locura en el Manicomio General de La Castañeda, pp. 29 & 31 (tesis de licenciatura, op. cit.).

[5] Patricia Chávez-García: Análisis de expedientes clínicos del Manicomio General “La Castañeda” de 1910 a 1920 (UNAM, 1997), p. 59.

[6] Calderón-Narváez: Salud mental comunitaria, p. 117.

[7] Citado en Acosta-Ramírez: Los derechos humanos de los enfermos mentales, p. 22.

[8] Ibídem, pp. 27 & 30s.

[9] Calderón-Narváez: Salud mental comunitaria, p. 114.

[10] Por años Cantú ha enviando un manuscrito sobre lo que le sucedió a las editoras del país. Hasta ahora que escribo sus esfuerzos han sido infructuosos.

[11] Calderón-Narváez: Salud mental comunitaria, p. 238.

[12] Acosta-Ramírez: Los derechos humanos de los enfermos mentales, p. 29.

[13] Teresa Gurza: “En jaulas de tigres V: celdas de castigo en la granja para enfermos mentales San Pedro del Monte” en Alternativas, p. 300.

[14] Ibídem, p. 280.

[15] Albert Deutsch, citado en Szasz: La fabricación de la locura, p. 338.

[16] Calderón-Narváez: Salud mental comunitaria, p. 124.

[17] De la Fuente y otros: Salud mental en México, p. 411.

[18] Felipe Cobián: “La lobotomía practicada al pintor Manuel González Serrano, sin su consentimiento, acabó con su vida de artista” en Proceso (15 marzo 1999).

[19] Emil Kraepelin, citado en Szasz: Pharmacracy, p. 84. El ensayo de Kraepelin es Lectures in clinical psychiatry de 1901.

[20] Francisco Arellano: “Señala un atroz caso en el psiquiátrico Fray Bernardino” en Alternativas, p. 366. La nota apareció originalmente en Uno más uno (14 junio 1981).

[21] Gomezjara: Alternativas, p. 110.

[22] Ramón Goded y Eligio Calderón: “Una temporada en el infierno: Sanatorio Floresta, particular” en Alternativas, p. 225. Este artículo apareció originalmente en Siempre! (25 noviembre 1970).

Published in: on mayo 15, 2009 at 8:39 pm  Comments (24)  

El Instituto Nacional de Psiquiatría

“Si algo he hecho durante mi vida profesional, ha sido ocuparme del cuidado de los enfermos mentales de nuestro país”. – Ramón de la Fuente (padre)[1]

SI ALGUIEN merece el título de ingeniero social de la siquiatría mexicana, es sin lugar a dudas Ramón de la Fuente Muñiz. Su influencia se deja sentir en áreas importantes de la política siquiátrica del país.

De la Fuente, fallecido en marzo de 2006, fundó el Instituto Nacional de Psiquiatría “Ramón de la Fuente” que depende de la Secretaría de Salud. El Instituto Nacional de Psiquiatría (INP de ahora en adelante) consiste de seis edificaciones construidas en un predio de 23,000 metros cuadrados. Cuando en enero de 2002 visité el lugar, ubicado en Periférico cerca de Viaducto Tlalpan en la Ciudad de México, me quedé estupefacto. Me pregunté si habría un equivalente de esta pequeña ciudad en otros países. El mismo instituto reconoce que “los recursos financieros del instituto provienen, en su mayor parte, del Gobierno Federal”.[2]

El INP tiene oficinas del gobierno, treinta médicos residentes y uno de los edificios posee un cupo de cincuenta camas para los “enfermos”, como me dijo uno de los guardias; además, existe un departamento de urgencias. En los últimos años han sido internados casi mil por año, y respecto a la consulta externa el instituto se vanagloria de atender a casi cincuenta mil por año. En un texto de presentación del instituto se nos dice: “Otros programas especiales están destinados al manejo de adolescentes con trastornos de sustancias adictivas”. En ese mismo párrafo se habla de un programa que llaman “Estudio y tratamiento integral del enfermo esquizofrénico”, y para aparentar que el problema no es familiar sino médico en esa misma página se publican dos fotografías del costoso equipo del instituto: enormes aparatos de resonancia magnética y de tomografía por emisión del fotón único.[3] El hospital del Instituto Nacional de Psiquiatría es la excepción entre los siquiátricos mexicanos en tanto que el ingreso es voluntario. Una activista en derechos humanos me comentó: “Como es instituto oficial, están cuidando su imagen”. Pero la gente internada allí sale implantada con la idea de que están enfermos y que necesitan medicarse por tiempo indefinido.

Que el INP es una pantalla lo comprobé en febrero de 2002 cuando lo visité, esta vez acompañado de Morris Lan, un activista de una sociedad protectora de animales (en el instituto se experimenta con macacos en un bioterio). Lan y yo tuvimos una larga y muy instructiva charla con el doctor Gerardo Heinze, el director del instituto, quien nos comentó que había hecho su posgrado de siquiatría en la escuela alemana creada por Emil Kraepelin. Heinze nos mostró las instalaciones del instituto, incluido el hospital, y percibimos que en México éstas son presentadas a los extranjeros con el propósito de presunción nacional. El INP es único en Latinoamérica. Existe un instituto similar en Europa y otro en Estados Unidos, pero en Latinoamérica es el único en su especie, nos dijo Heinze orgulloso. Precisamente con fines de cuidar la imagen ante los visitantes, en el INP no existen celdas de castigo como en la que Mario Cantú despertó amarrado de las extremidades. “Aquí no conocemos ni la bartolina, es un hospital abierto”, Heinze explicó. “El paciente se puede salir en cualquier momento”. No obstante, en el INP se administran neurolépticos e incluso electroshocks. En la entrevista de casi dos horas que gentilmente nos concedió, Heinze defendió al electroshock y a su profesión en general. No nos quiso responder cuántos electroshocks se administraban por año en el instituto, pero respecto a los efectos de los neurolépticos, ante nuestra pregunta sobre los índices de disquinesia y distonía tardía, Heinze respondió: “Es el pasado; hoy en día usted ve un porcentaje mínimo de estos efectos secundarios”.

Lo que dijo Heinze, y que incontables siquiatras le dicen al público, no es verdad. Un estudio mostró que han muerto miles de norteamericanos debido al síndrome neuroléptico maligno.[4] Incluso en el breve tiempo en que Heinze nos guió al hospital del instituto para mostrarnos a los pacientes vimos a una mujer que hacía extrañas muecas con la boca: signo inequívoco de la temible disquinesia tardía. Es tan yatrogénica la profesión que estudios publicados en 1979 por la Organización Mundial de la Salud (OMS) revelaron el dato más devastador que podamos imaginar para la legitimidad de la siquiatría. A lo largo de ocho años la OMS hizo estudios en Colombia, India y Nigeria, países donde se administran muchas menos drogas siquiátricas que en los países ricos, y descubrió que en aquellos el índice de mejoría de quienes sufren crisis psicóticas fue exponencialmente más alto que en Estados Unidos, la Unión Soviética, Inglaterra, Dinamarca, Irlanda, Checoslovaquia y Japón. ¿Cómo fue posible eso? La respuesta es devastadoramente simple: en Colombia, India y Nigeria no se consumen tantos neurolépticos. Al no ser capaces de importar en grandes cantidades los medicamentos occidentales, los países pobres han tenido una gran ventaja sobre los ricos. En el estudio de la OMS resultó muy revelador que donde menos se recuperaban los pacientes mentales fue en la Unión Soviética: el país de la lista en el que se han administrado la mayor cantidad de neurolépticos. Es una estupenda ironía que, en sus intentos de sanar a la gente que sufre de crisis psicóticas, los métodos de las potencias sean mucho más contraproducentes que los métodos de los países en desarrollo.[5]

La agenda política del INP aparece en las primeras palabras del texto Instituto Nacional de Psiquiatría, 20 aniversario: “Con base en una ponderación de la importancia que tienen para el país los problemas de salud mental, incluyendo el alcoholismo y la farmacodependencia, el 26 de octubre de 1979 se creó, por decreto presidencial, el Instituto Nacional de Psiquiatría, un organismo político descentralizado, con presupuesto y gobierno propios”.[6] Como ha dicho el historiador mexicano Enrique Krauze, el sexenio del presidente José López Portillo, en pleno boom de ventas de petróleo mexicano al extranjero, se caracterizó por enormes gastos del presupuesto nacional y proyectos faraónicos que causaron la bancarrota del país en 1982. La formación de este enorme instituto para controlar a la población de alcohólicos, farmaco-dependientes y otros indeseables puede entenderse en el contexto de ese sexenio faraónico. El control de conductas no sólo se hace mediante drogas y el electroshock. En el instituto que López Portillo creó hablé con un médico que, sin titubeos, me habló de cómo se hace la lobotomía en el nuevo siglo.

En octubre de 2002 conocí al neurofisiólogo José María Calvo, quien me mostró los lugares donde investiga el sueño en el INP. Al entrar a su laboratorio me sorprendió ver a unos gatos en jaulas de un material transparente con electrodos implantados en el cerebro. Jamás había visto algo semejante en mi vida. El aparato implantado en la cabeza de los gatos parecía una especie de puerto de impresora “direct input” para que le conectaran tal o cual cable. ¿Qué sentirán los gatos que les meten esos alambres directamente al cerebro? En esto Heinze tampoco nos dijo la verdad a mí y a mi acompañante de la sociedad protectora de animales. En nuestra entrevista nos había dicho que no se realizaban experimentos invasivos con los animales del instituto. La verdad es que se hacen, y no sólo con gatos.[7] Calvo me informó que en el Instituto Nacional de Neurología se hacen experimentos con seres humanos; y mencionó un nuevo tipo de lobotomía que se hace internacionalmente. Anteriormente se extraía el tejido cerebral de los sujetos a controlar, pero en el siglo XXI la tecnología permite cicatrizar las áreas de los lóbulos frontales que se deseen sin necesidad de extraer los trozos de tejido cerebral: un adelanto científico “para los pacientes refractarios al tratamiento” en opinión de Calvo.

“Refractarios al tratamiento” es la expresión que usan los médicos para referirse a quienes los psicofármacos no les hacen el efecto deseado por los siquiatras. Esta “lobotomía moderna” fue importada de Estados Unidos a México. El siquiatra Michael Jenike escribió lo siguiente en un cibersitio que abrí en el nuevo siglo:

Como algunos pacientes con OCD [trastorno obsesivo-compulsivo] son refractarios a los tratamientos del orden del día y se encuentran casi totalmente incapacitados, el grupo de investigación ha estudiado el uso de tratamientos de neurocirugía para estos pacientes refractarios al tratamiento […]. Ya se ha obtenido aprobación sobre sujetos humanos en el Departamento MGH de la Universidad de Brown y en el Hospital de Rhode Island. El estudio se encuentra en camino de realizarse.[8]

Además de los laboratorios de gatos con electrodos implantados en sus cerebros, en el instituto que Ramón de la Fuente fundó hay instalaciones para la investigación neurocientífica, aulas de enseñanza, un auditorio, una biblioteca y más de cuarenta consultorios. Se tiene a los “enfermos” en cinco sectores. Hay cuartos para médicos residentes. Se realizan reuniones científicas y seudo-científicas y se publica en Salud mental, el órgano oficial del instituto, además del boletín mensual. En 1993 ingresaron los primeros alumnos que realizaron la totalidad de su formación siquiátrica en el instituto, que también cuenta con programas de maestría y doctorado en siquiatría desde 1991. Frente a la maqueta de los edificios del instituto Heinze nos dijo a Lan y a mí que, muchos años atrás, de la Fuente le decía: “Quiero hacer un instituto” y que su sueño se volvió realidad gracias al presidente López Portillo.

Que las actividades del instituto son una mezcolanza entre ciencia y seudociencia lo averigüé en un ciclo de conferencias realizadas en 2002. El instituto invitó a una doctora norteamericana que impartió conferencias de anorexia y habló de los neurotrasmisores favoritos de los siquiatras: la dopamina y la serotonina (son los favoritos única y exclusivamente porque son los que han investigado; pero puede haber más de cien diferentes neurotrasmisores en el cuerpo humano). También habló de investigaciones genéticas. Como me dijo Luis Cuevas, un endocrinólogo amigo mío que trabaja con anoréxicas, la postura de la ponente era insostenible. Debido a la exigencia de mantener una figura esbelta la anorexia aparece frecuentemente en la población de bailarinas: dato que sugiere fuertemente una etiología psicosocial, no biológica. Por otra parte, en tiempos del pintor Rubens, cuando los valores de estética apreciaban a las mujeres más gordas, éstas no padecían de anorexia. En esos tiempos no existía la presión cultural de la figura esbelta que nos invade en la actualidad: una exigencia aun más acusada en la población de bailarinas. Esta exigencia cultural, no biológica como nos quería hacer creer la conferencista, es lo que hace que algunas muchachas le hayan cobrado fobia a la comida. No obstante, la de Cuevas era la voz disidente: en el INP me sentí estremecido por la credulidad de los profesionales adultos que engullían lo que, en inglés, nos decía la ponente.

Cuevas y yo nos salimos de esa conferencia y en otra sala del instituto escuchamos otra: una auténticamente científica sobre la neurofisiología del acto de parpadear. ¡Pero ahí también me estremecí! ¿Cómo es que este científico argentino impartiera su cátedra en tal lugar? Estando rodeado de profesionales de medicina y neurología sentí que todos estos adultos se comportaban hacia la figura del profesor de manera tan pueril como un niño indígena con su tatá. Mientras escuchaba al neurólogo, en un diálogo conmigo mismo pensé en lo irrelevante que era impartir cátedra sobre la neurofisiología del parpadear dado que estábamos en una institución en la que, a la par de esa conferencia científica, se impartía otra conferencia seudocientífica y represiva (postular la base biológica de la anorexia se hace con el fin de emprender un tratamiento físico involuntario de la anoréxica). Reconozco que el neurólogo que hablaba de la mecánica del parpadear no tuvo un solo lapsus seudocientífico en que hablara de la siquiatría: habló exclusivamente de neurología. Pero el hecho de estar en una institución donde ese mismo día un colega suyo me había dado detalles sobre las lobotomías modernas, hablaba, a mi juicio, muy mal de la moral del neurólogo y de su compromiso con los derechos humanos y la ciencia real. El efecto del ciclo de conferencias —mentiras siquiátricas a la par de verdades neurológicas— no pudo ser más deformador para los jóvenes profesionales. La impresión que se llevaron a sus casas es que la siquiatría es tan científica como la neurología. Como le dije al doctor Cuevas al salir del Instituto Nacional de Psiquiatría, no hay nadie en México que hable en público sobre el abismo que separa a la ciencia neurológica de la seudociencia siquiátrica.

Referencias

[1] Ramón de la Fuente [Muñiz]: “Sobre los hospitales psiquiátricos” en Proceso, carta al editor (7 marzo 1994).

[2] Instituto Nacional de Psiquiatría: 20 aniversario (Editorial Láser, 1998), p. 3.

[3] Ibídem, p. 13.

[4] Whitaker: Mad in America, p. 208. Véase también:

[5] Ibídem, pp. 226-232.

[6] Instituto Nacional de Psiquiatría: 20 aniversario, p. 1.

[7] Véase Luz Elena Ramírez: “La experimentación con animales en México: algunas prácticas en el Instituto Mexicano de Psiquiatría” en una página web que abrí en marzo de 2003.

[8] Michael Jenike: “Obsessive-compulsive disorders”, artículo de harvard.edu que leí en una página web en 2000.

Published in: on mayo 15, 2009 at 7:35 pm  Comments (75)  

El eminente siquiatra se defiende

Ramón de la Fuente, cuyo retrato al óleo aparece en uno de los edificios del instituto que lleva su nombre, fue miembro de El Colegio Nacional, que rinde homenaje a un grupo reducido de mexicanos ilustres. Esto es muy irónico porque el finado Michel Foucault, cuyo estudio histórico es un intento de desenmascarar a la siquiatría, fue miembro del equivalente francés de este colegio: el College de France.

Había dicho que Amara basó su diagnóstico y prognosis en un fraude profesional elaborado en la universidad. Esta universidad es la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Bajo los auspicios de Ramón de la Fuente (padre), desde los años cincuenta se han desarrollado cursos de dos y tres años para el adiestramiento de siquiatras. Esta práctica ha continuado hasta el nuevo siglo. En 1971 se incluyeron cursos de especialización en siquiatría infantil y adolescente en la Facultad de Medicina de la UNAM. Todo este desarrollo de la siquiatría mexicana fue auspiciado por de la Fuente. Asimismo, invitado por la UNAM, en 1950 Erich Fromm llegó a México y poco después, en colaboración con la Facultad de Medicina, desarrolló cursos de entrenamiento en sicoanálisis de cuatro años de duración para siquiatras. Giuseppe Amara estudiaba siquiatría en Roma cuando mandó una carta para estudiar uno de estos cursos en Cuernavaca, y estudió con Fromm de 1965 a 1973. Fromm fue el analista tanto de Amara como de Ramón de la Fuente Muñiz.

Muy poca gente ha oído hablar de la parte oscura de Fromm. En la clínica de Pensilvania que mencioné en el capítulo “Dentro del Ministerio del Amor”, Mark, un muchacho de diecisiete años, se suicidó mientras estaba al cargo de Honig. En una cinta titulada Other voices (Otras voces) la clínica tuvo el descaro de filmar una de las sesiones en que el muchacho que se suicidaría era atormentado verbal y físicamente por Honig en una sesión de “terapia confrontacional”. Increíblemente, la cinta fue difundida y aclamada en algunos círculos estadounidenses que tomaron a los tormentos como terapia. Una de estas voces fue la de Fromm. Según un folleto de la clínica de Honig, Fromm dijo: “Recomiendo encarecidamente esta película a todo aquel que se interese por el hombre”.[1] En México también ha habido quejas de aquellos que conocieron íntimamente a Fromm. Al igual que Freud, Fromm trataba despóticamente a sus colegas y pacientes dentro y fuera del consultorio. De hecho, un analista a quien conozco desde niño ha denunciado la parte oscura de Fromm.[2]

El trabajo de Ramón de la Fuente en la UNAM fue seminal, y en la actualidad es imitado en otras universidades mexicanas. Además de la UNAM, el estudio de siquiatría se imparte en nueve lugares en la Ciudad de México y en otros ocho en los estados de la república, entre los que destacan el Instituto Nacional de Neurología, donde se practica la lobotomía moderna; la Universidad Autónoma de Guadalajara; la Universidad Autónoma de Nuevo León; la Universidad Autónoma de San Luis Potosí, y el Hospital Central Militar. De la Fuente fue además director de colección del Fondo de Cultura Económica (FCE), casa editora que subsidia el Estado mexicano: un patrimonio cultural del país. Como director de colección de la Fuente ha elegido qué publica y qué no publica el FCE sobre sicología, siquiatría y sicoanálisis. El último libro en el que aparece el nombre de Ramón de la Fuente, Biología de la mente, es un erudito tratado sobre la siquiatría biorreduccionista publicado por el FCE.

Desde hace muchos años no leía a de la Fuente, pero para escribir estas páginas tuve que volver a hacerlo. En Nuevos caminos de la psiquiatría, otro libro de de la Fuente publicado por el FCE del que de la Fuente mismo fue director de colección, el eminente siquiatra mexicano se defiendió: “No obstante estos avances, en décadas pasadas la psiquiatría ha sido acusada de ser parte del aparato ideológico y represivo de la sociedad; se ha dicho que su meta oculta es ejercer poder sobre los hombres en el servicio de una sociedad que primero enferma, y después reprime a quienes enferma”. Esto es lo que he llamado revictimación. De la Fuente añadió: “Sin embargo, es temerario ver solamente el lado sórdido de la psiquiatría, y es una visión sesgada de la historia atribuir su origen al deseo de encerrar a personas viciosas, peligrosas o molestas y mantener así el orden social”.[3]

Personas viciosas o molestas. Esto alude a la definición de enfermedad mental como aquello que “la familia no tolera”, como he explicado en otra sección. Lo primero que me llamó la atención al releer a de la Fuente, y me refiero no sólo a éste sino a otros pasajes de sus libros, fue su frecuente uso de expresiones relacionadas con la idea de “enfermedad”. Como he dicho, esta es una pésima metáfora para referirse a las víctimas del medio familiar o social. Toda referencia a una putativa enfermedad nos hace ubicar el problema en el individuo, no en el medio. Peor aún es tener poderes siquiátricos y llamar “viciosas y molestas” a quienes la familia repudia.

A lo largo de su carrera de la Fuente promovió la hospitalización involuntaria de los mexicanos. Pero en ninguno de sus libros se le ocurrió pensar en términos jurídicos: si un ciudadano no ha roto la ley, no debe ser privado de su libertad. De la Fuente le reprochó a Foucault, Laing y Szasz, a quienes nombró, que tienen “una visión sesgada de la historia” y que sólo “ven el lado sórdido de la psiquiatría”. ¿Tiene la siquiatría involuntaria un lado no sórdido? De la Fuente reconoció que la crítica de “los antipsiquiatras” contiene “una partícula de verdad y una gran carga de demagogia e ignorancia”.[4] Antipsiquiatras es un término peyorativo en boca de siquiatras ortodoxos. Y decir que los críticos de la siquiatría que de la Fuente menciona eran ignorantes no es cierto. Los finados Foucault y Laing eran eruditos en su materia; y al momento de escribir Szasz aún lo es. ¿Y quién es realmente el demagogo? Se recordará que al hablar de las cuadrúpletos Genain, David Rosenthal tergiversó su información para culpar a los hipotéticos genes de unas niñas que sufrieron de asesinato psíquico por sus padres. De la Fuente hizo exactamente lo mismo. Si bien concedió que existe evidencia de que hay mucha más gente que se trastorna en los estratos sociales más bajos, culpó a los pobres genes de la gente pobre.[5]

Si se observa cómo de la Fuente frasea sus pensamientos al hablar de la gente pobre que ha perdido el quicio (“enfermos esquizofrénicos”) y cómo los frasearía yo (“gente pobre perturbada”), se descubre que detrás de las palabras se oculta una agenda política. Ni “gente pobre perturbada” ni, digamos, “asesinados psíquicamente”, sugiere una entidad médica a la que hay que tratar contra la voluntad del pobre. Sí sugiere, en cambio, ingeniería social gradual para atacar el problema de la pobreza y la marginación. Si de la Fuente hubiera estado a favor del cambio social no hablaría en tales términos, “enfermos esquizofrénicos”, al referirse a la gente pobre desquiciada. Tampoco culparía a sus genes. Más bien, haría la observación elemental que hizo un escritor mexicano de Tepito, uno de los barrios más bajos de la Ciudad de México: “La pobreza es enloquecedora”.

Respecto al hecho que la gente pobre sea más diagnosticada de esquizofrénica que los ricos, quisiera contar algo. En mi curso universitario de salud mental en Manchester, nuestro tutor, un enfermero siquiátrico de color, nos confesó en clase que abandonó la noción de esquizofrenia al observar que en Inglaterra muchos más negros eran etiquetados de esquizofrénicos que los blancos (todavía en 1921 la American Journal of Psychiatry afirmaba que los negros eran especialmente propensos a la psicosis). En el barrio de Whalley Range donde vivía yo mismo conocí a uno de estos negros diagnosticados con la enfermedad.

Referencias

[1] Erich Fromm, citado en Masson: Juicio a la sicoterapia, p. 159.

[2] El sicoanalista mexicano Víctor Saavedra inició su tratamiento sicoanalítico con Fromm en 1961. Más de treinta años después Saavedra publicó un libro crítico de quien fuera su mentor: La promesa incumplida de Erich Fromm (Siglo Veintiuno, 1994). Antes de la publicación del libro de Saavedra el lado oscuro del autor de El arte de amar me era desconocido. Los testimonios de los pacientes y analistas mexicanos a quienes Fromm agredió aparecen especialmente en los capítulos finales de La promesa incumplida. Aunque el libro de Saavedra tiene todos los defectos de la jerigonza de los analistas que leen a Lacan y a Melanie Klein, los testimonios que cita sobre la parte oscura de Fromm son fascinantes.

[3] Ramón de la Fuente [Muñiz]: Nuevos caminos de la psiquiatría, p. 15.

[4] Ibídem, p. 44.

[5] Ibídem, p. 43.

Published in: on mayo 15, 2009 at 7:29 pm  Dejar un comentario  

Transferencia maternal en el Ministerio del Amor

Como un mandarín, de la Fuente influyó en su profesión en México. Pero no deseo discutir más en abstracto. Un solo crimen de este hombre ilustrará mis críticas de forma más elocuente que otros cien silogismos.

El año 2001 conocí al señor José Andrés Arriola en la Ciudad de México, un hijo de refugiados españoles que huyeron del régimen de Francisco Franco. Arriola me contó que, cuando tenía veintiún años, tuvo un duelo de diez días por haber reprobado el examen de admisión de la UNAM en 1964. Arriola hace especial énfasis en la palabra “duelo” para distinguir su aflicción de las categorías siquiátricas. La reprobación lo hizo sentirse terriblemente humillado. Eso fue suficiente para que sus ignorantes padres lo enviaran al Hospital Español, donde de la Fuente trabajaba.

Según la historia que cuenta Arriola, de la Fuente y otra doctora lo diagnosticaron de esquizofrénico “en sólo media hora: sin examen y sin nada determinaron esa tremenda enfermedad”. Arriola fue internado en el pabellón de siquiatría del hospital. Ahí, por orden de de la Fuente le administraron: “Veintiocho pastillas al día. No conformes con eso, me dieron gases [bióxido de carbono] al treinta por ciento. Me dejaron como zombi. No conformes con eso me dieron choques de insulina”.[1] Además del bióxido de carbono que estuvo a punto de asfixiarlo, el shock insulínico que le administraron le produjo crisis epilépticas. En esos tiempos a la víctima del shock insulínico se le solía mantener en un coma profundo de veinte minutos a dos horas, y se le revivía con una inyección de glucosa para resucitar la parte del cerebro que nos hace pensar (sólo el cerebro primitivo, que nos permite mantener activos nuestros órganos, se encuentra vivo durante el coma insulínico). Cuando la víctima despierta, renace momentáneamente con mente de infante. Pregunta por su mami, se chupa el dedo y toma la mano de la enfermera en la Secretaría del Amor. Orwell no exageró cuando Winston se dejó abrazar por el pesado brazo de un O’Brien paternal y consolador. Escribiendo en Psychiatric Quarterly, el doctor Marcus Schatner reconoció:

La inyección de insulina reduce al paciente a un estado de bebé indefenso que lo predispone a una transferencia maternal […]. En esta condición tan miserable busca ayuda de cualquiera que se la dé. ¿Y quién puede ayudarle a una persona enferma sino el médico que está en el pabellón, cerca del paciente y lo observa como si fuera un niño enfermo? Éste se encuentra de nuevo en necesidad de una madre tierna, amorosa y pendiente de sus necesidades. Aunque no se dé cuenta, el médico es la persona que ahora asume aquella actitud hacia el paciente que realizó la madre cuando era un niño indefenso. En esta condición el paciente le confiere al médico el amor que en otro tiempo tenía hacia su mamá. Esto no es otra cosa que una transferencia maternal.[2]

Experimentos con animales han demostrado que los shocks de insulina causan hemorragias cerebrales, destruyen el tejido de la corteza cerebral, y en las autopsias a humanos se ha encontrado un ablandamiento del cerebro y algunas áreas de devastación en la corteza.[3] Volviendo al caso de Arriola. ¿Cómo fue que, ante un revés escolar que podría haberse superado rápidamente, de la Fuente diagnosticó esquizofrenia y asaltó con shocks a un cerebro joven y perfectamente sano? Dado que Arriola ya cruzaba por la crisis de haber reprobado el examen de admisión, el ataque de de la Fuente fue un caso clínico de revictimación siquiátrica. La pérdida en la facultad de la memoria de Arriola a causa de la terapia que de la Fuente le aplicó mermó su capacidad de adaptación.

Me encuentro que soy una persona totalmente desidentificada conmigo mismo, que no es capaz de tener iniciativa, que no es capaz de dormir, que no es capaz de concentrarse, que no es capaz de tener memoria inmediata. Esto fue un crimen siquiátrico que estoy pagando toda la vida, y a estos señores no se les ha castigado, no se les ha investigado, y han hecho de mi vida un horror. No me dan empleo. No hay manera de salir adelante. Soy un hombre que el resultado final de la siquiatría es que termine tirado en la calle, indigente y enfermo. Que se metan de esa manera tan salvaje en el cerebro es imperdonable… Les guardo mucho rencor.[4]

“¿Cómo fue posible esta inhumanidad institucionalizada?” Esta pregunta no fue formulada por Arriola ni por mí; fue formulada por Ramón de la Fuente al referirse a la siquiatría del siglo XVII.[5] Para responder a su pregunta basta señalar qué es la siquiatría humanitaria para tan influyente médico.

De la Fuente escribió que en la década de los 1930 “se desarrollaron por primera vez tratamientos de eficacia probada como la terapia electroconvulsiva, el coma insulínico y la psicocirugía”.[6] La terapia electroconvulsiva fue la que sufrió Cantú; el coma insulínico, lo que le hizo a Arriola; y la psicocirugía, cortar el cerebro de personas. Pero para de la Fuente estos tratamientos eran de tal “eficacia probada” que no dudó en aplicarle uno de éstos a Arriola. Decenios después de lo que hizo, de la Fuente seguía teniendo una elevada opinión de los métodos del Hospital Español, como se desprende de Salud Mental en México, un manual del que de la Fuente es primer autor:

En 1942 se creó el servicio de psiquiatría del Hospital Español en la Ciudad de México […]. Este servicio semiprivado, que continúa operando con éxito, es un ejemplo del papel que los servicios de psiquiatría en hospitales generales pueden desempeñar en la atención psiquiátrica de los enfermos mentales. Este servicio, con personal eficiente y suficiente en todos los niveles, trata enfermos agudos y subagudos y cuenta con un servicio abierto que, en muchos sentidos, se anticipó a los cambios que habrían de ocurrir en varios países avanzados en la década de 1960.[7]

De la Fuente vio al duelo escolar de Arriola como una “enfermedad aguda”. Sobre el Hospital San Rafael, donde borraron parte de la personalidad de Cantú, el manual de de la Fuente dice que en ese hospital “el trato y tratamiento de los enfermos es amable y el personal tiene experiencia”.[8] Pero no dice media palabra de las violaciones a los derechos humanos que sufrieron Cantú y muchos otros jóvenes. Y sobre la siquiatría del país en general su manual nos dice: “Los psiquiatras mexicanos hemos propugnado por el cabal respeto a los derechos humanos de los pacientes y demandado enérgicamente la vigencia de principios de justicia y equidad en las políticas de salud pública”.[9]

¡Habrá que preguntarle a Arriola qué piensa de esta afirmación! De la Fuente y los demás autores no sólo legitimaron a instituciones como el San Rafael y el Hospital Español. En el capítulo final de su manual, “Lineamientos para un Programa Nacional de Salud” dicen que es necesario aumentar el número de especialistas en siquiatría infantil. Hablan, además, de la necesidad de “reforzar los programas universitarios de especialización en psiquiatría”, de “aumentar la disponibilidad de psiquiatras en el país con al menos 50 médicos por año durante los próximos cinco”, y, por si fuera poco, también hablan de “nombrar un responsable de salud mental en cada estado de la República”.[10]

Son políticas de este tipo, especialmente por estar apoyadas por el aparato gubernamental, las que Thomas Szasz denosta como embrionarias de lo que podría llamarse un Estado Terapéutico Mexicano. En el capítulo final y conclusivo del manual, de la Fuente y sus seguidores también nos hablan de “la supresión de conductas extravagantes”. Interesante. Qué es exactamente una “conducta extravagante” a la que hay que aplicarle “la supresión”, según sus propias palabras, es algo que queda a la discreción del siquiatra decidir. En los entimemas de la profesión siquiátrica este tipo de pronunciamientos se dan por sentados.

UNA ÚLTIMA palabra sobre lo que le sucedió a José Andrés Arriola.

Es evidente que este joven, que en su cándida ignorancia sus padres entregaron a la discreción del siquiatra, no estaba enfermo. A sus veintiún años Arriola padecía del terrible duelo, como él mismo nos confiesa, de haber reprobado el examen que definiría su futuro. Tratar el duelo adolescente como una enfermedad es un salto conceptual que sólo un ideólogo puede atreverse a dar.

Ataques a la dignidad de una persona como el que sufrió Arriola provocan en la víctima un resentimiento de por vida. Han pasado casi cuarenta años desde su experiencia con de la Fuente y la anónima doctora. Dado el daño moral y cerebral causado por la terapia que de la Fuente y su colega le aplicaron, al momento de escribir Arriola continúa desempleado. Carece de profesión y vive de la caridad. Es innecesario hablar de su biografía hasta sus sesenta años, cuando lo conocí. Lo importante es señalar que Arriola insiste en que el asalto a su cerebro en el Hospital Español, y la consecuente pérdida de memorias, destruyó su vida. No quisiera ponerle punto y aparte a su testimonio sin apostillar el caso con palabras suyas cuando aún vivía su O’Brien:

Como fue una injusticia, me hizo minusválido de cierta manera. Quisiera enfrentar a de la Fuente en televisión por lo que me hizo.[11]

El de Arriola no es el único crimen que, al ejercer su profesión de siquiatra tal y como lo dictan los cánones médicos, de la Fuente ha cometido. En la casa de Carmen Ávila, la activista en derechos humanos que ayuda a Arriola, el archivo de éste y el de otras víctimas de de la Fuente se encuentra abierto para su inspección.[12]

Referencias

[1] Aunque he hablado con Arriola varias veces, anoté estas palabras en una cabina durante el programa de Ricardo Rocha al que me he referido en estas notas. Durante las grabaciones de julio de 2001 estuve en la cabina de monitores escuchando a varios sobrevivientes de la siquiatría, entre ellos, a Arriola.

[2] Marcus Schatner, citado en Whitaker: Mad in America, p. 88.

[3] Leí todo esto en ibídem, p. 89.

[4] Lo que Arriola dijo en el segundo párrafo, también lo escuché en la cabina. Lo que Arriola dijo en el primer párrafo, lo escuché en otro programa televisivo que TV Azteca sacó al aire en las noticias del 7 de febrero de 2001 con el reportero Edgar Galicia.

[5] De la Fuente: Nuevos caminos de la psiquiatría, p. 11.

[6] Ibídem, p. 14.

[7] De la Fuente y otros: Salud mental en México, p. 17.

[8] Ibídem, p. 20.

[9] Ibídem, p. 38.

[10] Ibídem, pp. 417s.

[11] Arriola me dijo esto por teléfono en diciembre de 2001.

[12] El archivo se encuentra en Tuxpan 68, Colonia Roma, 06760 DF, México.

Published in: on mayo 15, 2009 at 7:11 pm  Dejar un comentario  

Científicos e intelectuales obcecados

Todos los gobernantes de todas las épocas intentaron imponer una falsa cosmovisión a sus súbditos. – Orwell[1]

De adolescente me gustaba la colección de libros Time-Life sobre temas culturales. En el tomo de colección titulado La mente vemos el óleo de Ciccione de Rapho Guillumette donde se ve a Pinel en la Salpêtrière, y los autores de Time-Life se refieren a las internadas como “locas” y “enfermas mentales”.[2] En mi ingenuidad adolescente podía mirar el famoso óleo de de Rapho Guillumette; podía leer el lenguaje de la opresión representada en los comentarios de los redactores de Time-Life; pero no veía opresión alguna. Ignoraba que muchas de las mujeres internadas eran las parias de París; e ignoraba que en Europa se había intentado suprimir a la pobreza por decreto (véase el capítulo “Del gran encierro de Foucault a un Gulag químico” en otra sección). Quienes redactaron el libro de Time-Life nos informan que los tratamientos de antaño eran inhumanos y réprobos. Pero a vuelta de página nos dicen qué es el tratamiento humano: “La topectomía es la extirpación de partes de la corteza. En la lobotomía, una aguja eléctrica destruye parte del tálamo”.[3] Y a renglón seguido nos hablan de camisas de fuerza químicas: “Hoy, las drogas han reemplazado en gran parte a la cirugía del cerebro…” El libro de Time-Life para jóvenes incluye un diagrama en que se ven los grandes trozos de cerebro removidos en estas operaciones. Menciono esto porque antes de educarme en estos temas aceptaba el contenido de estos libros ilustrados con la naturalidad de un niño. Era incapaz de percatarme del poder opresivo de la metáfora “enfermedad mental” y la tiranía sociopolítica que conlleva tal opresión. En la conferencia que Tom Sazsz impartió en la Ciudad de México en 1975, puso un ejemplo muy claro:

Nada tiene de gracioso el tomar literalmente las metáforas si los intérpretes poseen poder político, como sucede con los psiquiatras y como antes tenían los sacerdotes. No necesito traer a cuento que muchas personas creían—muchos aún lo creen; por lo que sé, algunos de ustedes aún lo creen—que un pedazo de pan es el cuerpo de Jesús. Cuando las guerras abiertamente religiosas estaban más de moda que en la actualidad, murieron muchas personas que pensaban, o decían, que el pan era pan y no Dios. Hoy en día nadie muere por eso, pero muchos se meten en problemas por no creer en otras cosas, por no creer en las metáforas de la psiquiatría.[4]

Pero ni siquiera las mejores mentes del siglo XX se libraron de estas metáforas. No vieron que el pan es pan y creyeron en transubstanciaciones. Para ilustrar este hecho quisiera hablar de los divulgadores de la ciencia más ilustres que vio el siglo anterior.

En mis veintes me decepcionó Isaac Asimov. A pesar de haber sido un brillante crítico de las seudociencias se me cayó su imagen al descubrir que en su Introducción a la ciencia escribió que, gracias a la bioquímica, se había podido entender y tratar a la esquizofrenia. Asimov tenía un doctorado en química, pero sólo debido a este lapsus dejé de leer sus libros científicos por muchos años. Otro de los divulgadores de ciencia muy querido por la juventud de los ochenta y noventa era Carl Sagan. En el último de sus libros que alcanzó a ver publicado antes de que muriera, Sagan escribió:

Podemos rezar por una víctima del cólera o podemos darle quinientos miligramos de tetraciclina cada doce horas […]. Podemos intentar una terapia psicoanalítica casi fútil con el paciente esquizofrénico, o darle de trescientos a quinientos miligramos de clozapina [un neuroléptico] al día. Los tratamientos científicos son cientos o miles de veces más eficaces que los alternativos. E incluso cuando parece que las alternativas funcionan, no sabemos si realmente han tenido algún papel: pueden producirse remisiones espontáneas, incluso del cólera y la esquizofrenia, sin oración y sin psicoanálisis.[5]

Aunque yo tampoco aconsejaría recurrir a la oración o al sicoanálisis en los casos de hijos maltratados y dañados psicológicamente por sus padres, este lapsus seudocientífico de Sagan me llama mucho la atención. No es verdad que la clozapina cure al esquizofrénico. Todo lo contrario: como vimos al hablar de las estadísticas de la Organización Mundial de la Salud, la gente que sufre de crisis psicóticas en los países pobres sin neurolépticos tiene muchos más chances de recuperarse que la gente en los países ricos. Además, el popular astrónomo no se percató que incluso el individuo muy trastornado está cerebralmente sano, y parece creer en la “transubstanciación” de un trastorno puramente psíquico en una enfermedad del grupo del cólera. Este milagro es lo que nos quieren hacer creer los intérpretes de la metáfora enfermedad mental. Lo ridiculicé desde la introducción a este libro señalando que es tan absurdo confundir a la mente humana con el cerebro como lo es confundir al procesador de palabras con el que escribo esta frase con el CPU que tengo enfrente. En la profesión médica el dogma es creer en la “transubstanciación” del software al hardware, de la mente al cerebro: mi procesador Word y el aparato físico entendidos como uno y lo mismo. En las facultades de medicina decir que el pan es pan, y el vino vino, es herejía. Si existe tal cosa como la “esquizofrenia”, ésta se encuentra, por así decirlo, en el ciberespacio del cerebro; no es el cerebro en sí. Esto es algo que debiera ser obvio incluso para quienes, como Sagan y yo, no creemos ni en el más allá, ni en espíritus desencarnados, ni en las religiones ni en nada que tenga que ver con lo paranormal.[6]

Asimov y Sagan pueden considerarse, paradójicamente, un par de “escépticos crédulos”: oxímoron acuñado por Szasz para referirse a los intelectuales que critican las seudociencias paranormales, pero que han sido embaucados por la siquiatría.[7] En 1994 estreché la mano de Sagan precisamente durante una conferencia sobre seudociencias en Seattle, Washington, en la que Sagan mismo nos dio la ponencia magistral. Pero lo que él y Asimov enseñaron es asombroso: Haz de ser escéptico de las seudociencias populacheras, pero no de la única seudo que se enseña en la universidad.

Algo similar puedo decir de otro tipo de figuras tutelares: aquellos que me enseñaron a pensar en lo que a las humanidades respecta. Karl Popper, y especialmente Octavio Paz, me ayudaron a despertar del sueño de los filósofos totalitarios.

Por el hecho de haber desenmascarado a Platón, Hegel y Marx, considero que Karl Popper fue el filósofo más lúcido del siglo XX. Las principales obras de Popper son Lógica de la investigación científica y La sociedad abierta y sus enemigos: la plataforma idónea para que el filósofo despertara al hecho que la siquiatría es ambas cosas: una falsa ciencia y una Inquisición. Una de las mayores sorpresas que recibí al leer La sociedad abierta fue la similitud entre la siquiatría y el totalitarismo que Platón ideó en su República y en sus Leyes, en las que se inspiró no en su ciudad de Atenas, sino en Esparta. Tanto el colectivismo platónico como el colectivismo siquiátrico son proyectos destinados a suprimir la libertad humana. Las similitudes son muchas, pero mencionaré sólo una. Siguiendo a John Stuart Mill, Popper nos dice que en una sociedad abierta debe existir “la protección de aquella libertad que no perjudica a los demás ciudadanos”.[8] Un ejemplo de este principio puede ser la libertad de las muchachas Hersilie Rouy y Julie La Roche en el siglo XIX, o de John Bell, Leo Frank y Mario Cantú en el XX. Pero es obvio que en las sociedades “abiertas” de occidente estos jóvenes, quienes jamás perjudicaron a otros ciudadanos, no gozaron de esa libertad que propugnaron los seguidores de Mill.

Popper cooperó con Alfred Adler en sus clínicas de guía social en Viena para niños y jóvenes, pero posteriormente se alejó de él.[9] Aunque Popper se percató que los sistemas alderiano y freudiano eran seudocientíficos, en su crítica al movimiento de salud mental nunca fue más allá de una crítica del sicoanálisis. Esto es muy extraño porque fue Popper mismo quien ideó la prueba de ácido para distinguir entre ciencia y seudociencia, el principio de refutabilidad de una hipótesis, y además ideó una aguda noción de democracia que evita la dictadura. El que un individuo con dos ideas geniales haya callado respecto a la siquiatría—que la siquiatría es ambas cosas: una seudociencia y una propuesta dictatorial de la mayoría—es algo que debe investigarse un poco. Quizá algunos pasajes de la correspondencia que Popper mantuvo con Szasz arrojen alguna luz sobre el tema. En una carta de 1984, año orwelliano por excelencia, Popper escribió:

Estimado Profesor Szasz:

Debe ser hace veinte años desde que intercambiamos algunas cartas. He estado leyendo sus libros con la mayor admiración. The Therapeutic State [El Estado Terapéutico] es un monumento para usted, su racionalidad, independencia mental y valor […].

Estoy completamente de acuerdo con usted en luchar contra los psiquiatras y su intolerable poder; y me da gusto que haya escrito contra Freud y contra el nacionalismo y prejuicios raciales judíos como lo ha hecho. Pero este es un tema secundario respecto a su urgente y espléndida lucha contra el poder de los nuevos sacerdotes-médicos y curanderos, una lucha en la que seguramente necesitará aliados.

Mis mejores deseos,

Karl Popper.[10]

Popper estaba consciente de que Szasz necesitaba aliados. Pero cuando Szasz invitó a Popper a que contribuyera con un artículo para su revista, Popper declinó arguyendo: “Simplemente no sé suficiente acerca de la psiquiatría: mi conocimiento es de oídas. La libertad sí, la psiquiatría no”.[11] Lo que resulta extraño en la negativa de Popper es que este hombre se pasó toda la vida impugnando al totalitarismo comunista y escribió gruesos tratados combatiendo a la “ciencia” marxista y filosofando sobre la ciencia real. Sin embargo, no se atrevió a escribir el artículo sobre los siquiatras: los nuevos sacerdotes-médicos cuya profesión floreció tanto en su Austria natal como en la Inglaterra donde vivió. ¿A qué se debió esta omisión si Popper mismo dice que debemos “luchar contra los siquiatras y su intolerable poder”? Si había un hombre de la estatura intelectual que podría haberle hecho daño a la siquiatría, ése era Karl Popper. ¿Por qué no lo hizo?

Es un misterio. Lo que me parece evidente es que la visión incorregiblemente optimista que en sus últimos años ostentó Popper sobre las democracias occidentales[12] no se encuentra justificada a la luz de las revelaciones de los libros de Szasz que leyó “con la mayor admiración”. A pesar de que Popper es el filósofo europeo del siglo XX que más debiera leerse, el no ver la amenaza que representaban los nuevos sacerdotes-médicos para aquella libertad que tanto defendía significa que, usando la metáfora que uso en mi blog, no quiso acabar de despertar de la matriz. Prefirió la somnífera píldora azul que le ofreció Morfeo. Ya lo decía Horacio en su Arte poética: Quandoque bonus dormitat Homerus. También alguna vez dormita el bueno de Homero.

Ahora quisiera decir algo de Octavio Paz, quien fuera mi conciudadano y con quien me encuentro en grandísima deuda. De mis espíritus tutelares, fue él quien más me ayudó a despertar del sueño del marxismo-leninismo que me inculcaron en la escuela. No obstante, al igual que Popper Paz dormitó a lo largo de su vida sobre la siquiatría, una institución que para entenderla hay que entender al mal:

Los campos de exterminio me abrieron una inesperada vista sobre la naturaleza humana. Expusieron ante mis ojos la indudable e insondable realidad del mal. Nuestro siglo —y con el nuestro todos los siglos: nuestra civilización entera— nos ha enfrentado a una cuestión que la razón moderna, desde el siglo XVIII, ha tratado inútilmente de esquivar […]. Salvo las religiones, ¿quién ha dicho algo que valga la pena sobre el mal? ¿Qué nos han dicho las filosofías y las ciencias? Para Platón y sus discípulos —también para San Agustín— el mal es la Nada, lo contrario al Ser. ¡Pero el planeta está lleno hasta los bordes de las obras y los actos de la Nada! […]. El mal no es únicamente una noción metafísica o religiosa: es una realidad sensible, biológica, psicológica e histórica. El mal se toca, el mal duele.[13]

Pero noticias similares a las que leyó Paz en los periódicos sobre Europa las divulgaron los reporteros sobre la realidad del mal en América. Recuérdense las palabras de Albert Deutsch en 1946 sobre los siquiátricos estadounidenses : “En algunos de los pabellones había escenas que rivalizaban con los horrores de los campos de concentración nazis: cientos de pacientes mentales desnudos se amontonaban en enormes salas como pocilgas, infestadas de suciedad, en todos sus grados de deterioro humano, sin vigilancia ni tratamiento, despojados de todo vestigio de decencia humana, muchos en estado de profunda desnutrición.” ¿Cómo fue que los campos europeos expusieron ante los ojos de Paz la realidad del mal y no los campos de Norteamérica, o incluso el campo de concentración del mismísimo pueblo donde vivió?

El niño y joven Octavio vivió en el pueblo de Mixcoac hasta los veintitrés años, en la vieja casa de su abuelo paterno.[14] En tiempos de la familia Paz el Manicomio General de La Castañeda ya era un campo de concentración en Mixcoac antes de que Octavio naciera. La ineluctable realidad del mal se palpa en las palabras de aquella enfermera que cité en el capítulo sobre La Castañeda. La enfermera confesó que ella y otras tres sumergieron a una señora en agua calientísima. La víctima comenzó a ponerse negra y a echar espuma con sangre por la boca. Luego murió. Si en México hubo algo similar al ministerio de la tortura orwelliano fue La Castañeda: institución total que hasta hornos crematorios tenía para deshacerse de los cadáveres de los prisioneros. Algunas moléculas de los restos de los prisioneros incinerados debieron haber ido a parar al sistema respiratorio del joven Paz. Ya me lo imagino pasar por La Castañeda en los únicos momentos en que, según él mismo nos confiesa en la conferencia del Premio Nobel en Estocolmo, vivía el “tiempo presente” de la vida.

En lo personal, si me dieran a escoger entre morir en un campo de exterminio como el de Treblinka, y La Castañeda, escogería Treblinka: ahí al menos las víctimas eran inmediatamente conducidas a las cámaras de gas y la agonía no duraba meses, años o decenios como en México. Pero Paz no dijo nada sobre La Castañeda a pesar de que escribió nostálgicamente sobre su pueblo de Mixcoac. Tampoco escribió nada sobre la siquiatría o sobre alguna de las escatológicas granjas-hospitales de su país. Ni siquiera está claro que tocara el tema con sus amigos. Cuando le pregunté a Ramón Xirau, un amigo cercano al finado Paz, si éste le había comentado algo sobre la siquiatría, Xirau no recordaba nada.[15]

No hay peor infierno que el que ya no se ve, decía Calvino. El archipiélago de ministerios de la tortura en México, como el del Gulag en otros tiempos, ha sido un país casi invisible, casi impalpable. Los 65,000 recluidos que estuvieron de 1910 a 1968 en La Castañeda pasaron su cautiverio en una invisibilidad casi absoluta. La invisibilidad de estos prisioneros fue idéntica a la invisibilidad de los zeks del Gulag, con la diferencia que Paz vio el distante crimen de la Siberia mas no el crimen de su mismo pueblo de Mixcoac.

EL RESTO de los intelectuales mexicanos tampoco ha despertado. De hecho, en México ningún intelectual de renombre ha denunciado estos tormentos perpetrados en suelo mexicano.

La revista que Enrique Krauze dirige es una de las dos únicas revistas mexicanas de temas de fondo (la otra es su rival Nexos). No obstante, cuando en 2001 hice indagaciones me enteré que, según algunos miembros del consejo editorial de la desaparecida Vuelta (la revista de Paz), y según el editor y el subdirector de Letras Libres, que también se vende en España, las revistas jamás publicaron nada sobre la siquiatría. Uno de los editores me informó que incluso algunos empleados de Letras Libres le administran Ritalín a sus hijos. Así que tendré que evaluar a los intelectuales que ahí escriben no por lo que dicen, sino por lo que han omitido decir.

En el número de marzo de 2000 de Letras Libres dedicado a las drogas no se mencionó, ni siquiera de paso, a las drogas siquiátricas.[16] Los escritores que contribuyeron con sus artículos sucumbieron tácitamente a la trampa novohablística de distinguir entre “psicofármacos legales” y “estupefacientes ilegales”. En realidad, el que los gobiernos hagan esta distinción arbitraria oscurece el hecho que ambos son simplemente drogas. Antes de que se prohibieran los opiáceos Kraepelin mismo prescribía morfina para aliviar la depresión. En nuestros días de prohibición, una prohibición idéntica a la ley seca del siglo pasado, se necesita haber sido embaucado por los medios para sostener que algunos ciudadanos responsables enfrentan la realidad con Prozac mientras que los irresponsables huyen de la realidad con la mariguana. ¡Ambos son drogas, simplemente drogas! Lo que es peor: los neurolépticos, que son legales, incapacitan al cerebro más y son más peligrosos que los “estupefacientes” ilegales cocaína y heroína (los cuales, dicho sea de paso, no se administran contra la voluntad del sujeto). Esto es algo que ni Letras Libres ni Nexos ni el resto de la prensa mexicana, americana o europea ha podido ver.[17] Al hacer estas distinciones semánticas, el mundo duerme. Tan obcecados están que no hay intelectual renombrado que se haya percatado que Belsasso, el mismísimo Comisionado Nacional contra las Adicciones en México de 2000 a 2003, promovió drogar a millones de niños sanos con Ritalín y otros estimulantes o metanfetaminas. México durmió ante la política represiva de este funcionario-pusher.

En Estados Unidos la masa también duerme. La televisión gringa constantemente nos bombardea con imágenes de un negro o un hispano arrestado, humillado ante las cámaras boca abajo en el asfalto, y flanqueado por un policía de la DEA y el heroico perro que olió la mercancía. Nótese que el negro o el hispano esposado sólo vendía drogas para causar placer al adulto que las consume voluntariamente. Pero jamás se nos ha concedido el espectáculo de ver a un médico caucásico que receta drogas para causar tormento al niño, o a sus padres que se las administran involuntariamente (como me hicieron), boca abajo y esposados en un arresto. Ni siquiera los escritores de las columnas científicas, quienes en teoría debieran estar arriba de la masa, están conscientes. Cuando hablé con Carlos Chimal sobre el crimen que significa esta drogadicción siquiátrica de niños sanos, descubrí que no tenía la más remota idea de lo que la siquiatría es (desde que existía Vuelta y después en Letras Libres Chimal escribió artículos sobre temas científicos). Pero la ignorancia no se limita a los escritores de revistas.

En México ningún escritor parece tener una idea exacta de lo que es la siquiatría. El hecho que un sujeto como Ramón de la Fuente padre haya pertenecido a la elite de mexicanos ilustres, El Colegio Nacional, sin que nadie de nombre impugnara su membresía, habla por sí solo. Y nadie parece percatarse que de la Fuente Jr., el rector de la máxima casa de estudios del país al momento de escribir, se haya graduado en una seudociencia biológica tan seudo como la frenología. Si el mundo académico mexicano no fuera parte de la matriz social que controla a la población, el rector habría denunciado los crímenes de su padre publicados en los capítulos anteriores, y habría expulsado a tambor batiente todo modelo siquiátrico de las facultades de medicina y de sicología. Pero nadie en México ha sugerido esto, ni remotamente.

Ilustremos este punto con en el único caso en que ha aparecido una noticia de primera plana sobre un escándalo siquiátrico en el país. La nota periodística hizo referencia a una cuestión política en que la siquiatría se vio involucrada. El 5 de septiembre de 2004 La Jornada sacó el titular “En siquiátricos, nombres de 134 desaparecidos” refiriéndose a los desaparecidos de la guerra sucia de los 1970 y 80. Para la fiscalía de asuntos del pasado en México, el hecho de que los siquiátricos Fray Bernardino y Samuel Ramírez coludieron con el gobierno de Echeverría y López Portillo fue “de enorme trascendencia” . Pero jamás se cuestionó la legitimidad de la profesión. Algo similar sucedió en Estados Unidos cuando salieron a la luz pública las atrocidades de Ewen Cameron en el Instituto Allan Memorial en Montreal. Algunos políticos y periodistas reaccionaron sólo porque la CIA le había enviado fondos a Cameron, a pesar que éste ignoraba que la CIA era uno de sus patrocinadores. Pero la siquiatría, como tal, no fue cuestionada en Norteamérica. Tan no ha sido cuestionada que, como vimos, la capital de Tejas le otorgó el título de “hijo predilecto de la ciudad” al lobotomista Viktor Frankl.

Los casos de Cameron, Frankl y la nota en La Jornada reflejan el sueño profundo en que duermen los “críticos” de la siquiatría. Pero volviendo a los intelectuales. A pesar de que las mujeres han sido uno de los blancos predilectos de los siquiatras desde hace unos siglos—estadísticamente se electrochocan más mujeres que hombres y se les dan más antidepresivos—, las escritoras mexicanas también duermen. El 17 de octubre de 2000 la historiadora Isabel Turrent en toda su inocencia fue a charlar al programa de Amara sin sospechar que se encontraba ante otro pusher de drogas para la niñez mexicana. Cuando en el programa se tocó el tema de la sicología infantil, Turrent le dijo a la doctora Micher y al doctor Amara: “Ustedes tienen mucho más credenciales que yo”.

Isabel Turrent es la esposa de Krauze. El grupo de los Krauze convocó en julio de 2000 a políticos, artistas e intelectuales, quienes suscribieron un documento con propuestas, entre otros rubros, sobre política social y justicia a propósito de la alternancia del poder en México después de la dictadura de setenta años del partido PRI. Las sugerencias de este grupo plural de firmantes sobre los más diversos tópicos fueron publicados en un documento titulado “Agenda para un México nuevo”. En ninguna parte de este documento aparece, ni por asomo, referencia alguna a las violaciones a los derechos humanos en el área de salud mental; ni siquiera en el apartado titulado “Justicia”. Ciento dos firmantes de la comunidad pensante del país endosaron este documento tan ciego hacia estas violaciones como Asimov, Sagan, Popper, Paz y los intelectuales del mundo se obcecaron ante la siquiatría de sus naciones. Los firmantes del documento fueron:

Alberto Aguilar, Adolfo Aguilar Zinser, Jorge Alcocer, Javier Aranda Luna, Homero Aridjis, Aurelio Asiain, Alejandro Aura, Luis de la Barreda, Huberto Batis, Héctor Bonilla, Carmen Boullosa, Federico Campbell, Jorge Carpizo, Adolfo Castañón, José Carreño Carlón, Bulmaro Castellanos MAGÚ, Ricardo Cayuela Gally, Miguel Cervantes, Teresa del Conde, Arnaldo Córdoba, Santiago Creel, José Luis Cuevas, Jorge Chabat, Christopher Domínguez Michael, Felipe Ehrenberg Enríquez, Salvador Elizondo, Manuel Felguérez, Enrique Florescano, Fernando García Ramírez, Sergio García Ramírez, Felipe Garrido, Teodoro González de León, Juliana González, Sergio González Rodríguez, Miguel Ángel Granados Chapa, Antonio Helguera, Luis Ignacio Helguera, Jorge Hernández Campos, Francisco Hinojosa, Hugo Hiriart, David Huerta, Julio Hubard, Graciela Iturbide, Teresa Jardí, Alberto Kalach, Gerardo Kleinburg, Arnoldo Kraus, Enrique Krauze, Hernán Lara Zavala, Mario Lavista, Paulina Lavista, Guadalupe Loaeza, Soledad Loaeza, Tedi López Mills, Froylán López Narváez, Denisse Maercker, Aurelio Major, José Luis Martínez, Eduardo Matos Moctezuma, Álvaro Matute, Fabrizio Mejía Madrid, Carlos Monsiváis, Jaime Moreno Villareal, Marcos Moshinsky, Rogelio Naranjo, Guillermo Ochoa, Pablo Ortiz Monasterio, José Agustín Ortiz Pinchetti, Julio Patán Tobío, Rafael Pérez Gay, Aline Pettersson, Sergio Pitol, Elena Poniatowska, Vicente Quirarte, Juan José Reyes, Marta Robles, Ricardo Rocha, Alejandro Rosas Robles, Daniel Sada, Josué Sáenz, Juan Sánchez Navarro, Sebastián, Ilán Semo, Enrique Serna, Guillermo Sheridan, Ignacio Solares, Jordi Soler, Cecilia Soto, Carlos Tello Díaz, Francisco Toledo, Julio Trujillo, Isabel Turrent, Álvaro Uribe, Diego Valadés, Eduardo Vázquez Martín, Sergio Vela, José Manuel Villalpando César, Juan Villoro, Ramón Xirau, Leopoldo Zea, Emilio Zebadúa y Federico Zertuche.[18]

Una lista similar de escritores, políticos y artistas obcecados podría hacerse en las demás naciones.

De los firmantes arriba mencionados sólo he hablado sobre la siquiatría con Fernando García Ramírez, Ricardo Rocha y Ricardo Cayuela Gally. Únicamente Rocha tomó en serio mi denuncia de la siquiatría. No obstante, en noviembre de 2001 salí al aire en la televisión solamente unos segundos en uno de sus programas. García Ramírez y Cayuela Gally han realizado trabajo editorial en Letras Libres. Me entrevisté con García Ramírez en las oficinas de la revista pero luego no contestó mis correos electrónicos. Cayuela Gally fue más tajante. En agosto de 2006 me quejé con él a propósito de un artículo desinformativo que, ese mismo mes, publicó la revista: artículo que había salido de la misma pluma de Ramón de la Fuente Muñiz (el padre). Cayuela Gally me dijo, textualmente—anotaba sus palabras mientras hablábamos—: “Tenemos mucho respeto por Ramón de la Fuente”. Una vez que mencioné el crimen que de la Fuente cometió con el señor Arriola, que aparece en el capítulo “Transferencia maternal”, Cayuela Gally se limitó a decir: “Es un tema que no nos importa, no nos atañe, no nos interesa”. (Aún ahora que corrijo la sintaxis de este texto, tres años después, me enfurecen estas imbéciles palabras de Cayuela Gally.) Experiencias similares he tenido con la prensa de izquierda: los editores de La Jornada y Proceso me ignoraron cuando les hablé de las lobotomías que se realizan en la misma ciudad en que residen las oficinas de estas revistas y periódicos.

Los medios nos han adormecido a grado tal que incluso los académicos que no son médicos ven las cosas con los ojos de los estudiantes de medicina. Como ejemplo quisiera mencionar un libro sobre La Castañeda publicado por el Instituto Mora a finales de 2001. En seis artículos eruditos de diversos historiadores y sociólogos mexicanos y extranjeros, los autores expusieron sus ideas omitiendo hablar de las lobotomías, los electroshocks, los tormentos como el de la mujer asesinada con agua calientísima, y el injusto encierro en La Castañeda de quienes no habían violado la ley. Tampoco entrevistaron a quienes estuvieron presos en el siquiátrico más populoso que ha visto México. Hablando en nuevahabla, una de estos historiadores usó la palabra “enfermo” al hablar del internado luego de mencionar el hecho que “tanto el Estado como la familia estaban autorizados para internar a los pacientes”.[19] Esta profesora no despertó al hecho que si el gobierno o la familia internaban a algunas personas, lo que se reprimía en La Castañeda no eran enfermedades ni delitos, sino conductas que la familia y la mayoría no toleraban. Otra historiadora, la misma que coordinó la edición del libro, cayó exactamente en el mismo error semántico.[20] De hecho, todos los contribuyentes de artículos, incluso los historiadores que criticaron levemente a la siquiatría, frecuentemente usaron la palabra “enfermos” a lo largo del libro. Esto sucedió incluso en la entrevista a aquella enfermera de La Castañeda que junto con otras sumergió a su víctima en agua caliente hasta que se puso negra y murió. Después de escuchar de esta enfermera anciana que las internas que vigiló en su juventud “platicaban como si estuvieran normales”, una egresada de filosofía estúpidamente escribió más de treinta veces “enfermas” en su artículo, a veces a renglón seguido de una declaración de cordura (Enfermera: “Muchas de ellas decían ‘yo no estoy loca’”. Entrevistadora: “¿Las enfermas podían tener revistas, libros o tejidos?”).[21] Algo muy similar a esta deferencia hacia la calumnia siquiátrica puede decirse de la tradición historiográfica española, escrita por no médicos, sobre las centenarias instituciones manicomiales de España.

Ni siquiera quienes han criticado a la siquiatría han podido despertar de estos engaños semánticos. Por ejemplo, gracias a la tesis de licenciatura que Claudia Acosta me obsequió pude orientarme en la bibliografía para escribir muchas de las páginas sobre la siquiatría en México. No obstante, al hablar de los recluidos en los siquiátricos mexicanos, Acosta escribió: “algunos no deben de estar ahí”.[22] Esta posición supone que el resto, los auténticamente perturbados, deben sufrir el empleo punitivo de drogas y que su hospitalización fue buena y necesaria. Acosta y los críticos de la siquiatría mexicana han sido capaces de debatir que algunos internamientos fueron indebidos, pero no que nadie deba ser internado. Esta es una idea que simplemente no puede ocurrírseles. Dado que su postura tiene que ver con el concepto central en la profesión siquiátrica, la enfermedad mental, los antisiquiatras hispanohablantes no son del todo “anti” al parecer. Ni siquiera están al tanto de la opción humanitaria y perfectamente voluntaria de Loren Mosher y las Casas Soteria de Europa, como expliqué en el apéndice de mi libro.

El periodista Federico Campbell, otro de los firmantes de la lista de arriba, ha difundido materiales de antisiquiatría clásica en las revistas Mundo Médico y Proceso. De hecho, yo mismo cito uno de sus viejos artículos antisiquiátricos en las notas bibliográficas al final de este libro. Pero Campbell nunca criticó el vocabulario de los llamados críticos de la siquiatría que menciona, y en un artículo cayó tan miserablemente en la nuevahabla que prácticamente sancionó la agenda represora en casos de gente excéntrica o outsiders, a quienes rotuló de “personalidad fronteriza”—¡justo a quienes Mill trataba más de defender![23] Para colmo, aún los sobrevivientes de la siquiatría que han intentado formar asociaciones antisiquiátricas en México han caído en la trampa. He escuchado a Mario Cantú hablar en la radio de “enfermos mentales” y a Aliosha Tavizon de “pacientes siquiátricos”. Nunca se le ocurrió a este par que con esas expresiones ellos mismos se autoestigmatizaron ante la opinión pública. Toda esta gente bienintencionada quisieron ser hermanos de las víctimas. Pero con su vocabulario resultaron ser cómplices de sus verdugos. Su lapsus semántico es común en otros sobrevivientes de crimen siquiátrico. Más que lapsus debiera decir, como diría Alexander Pope, error garrafal alrededor de un significado.

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Más capítulos sobre la siquiatría en México aparecen en la tercera sección del libro.

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Referencias

[1] George Orwell: 1984 (Ediciones Destino), p. 195. Sustituí la palabra “concepto” del traductor por “cosmovisión” que se acerca más al original en inglés “view of the world” de Nineteen eighty-four (Secker & Warburg, 1999), p. 155.

[2] John Rowan Wilson y otros: La mente, colección científica de Time-Life (Time-Life, 1979), p. 71.

[3] Ibídem, p. 63.

[4] Basaglia y otros: Razón cordura y familia, p. 94.

[5] Carl Sagan: El mundo y sus demonios: la ciencia como luz en la oscuridad (Planeta, 1997), p. 26.

[6] La relación entre mente y cerebro, recientemente estudiada por celebridades tan dispares como Roger Penrose y Francis Crick, es en extremo compleja y excede el ámbito de este libro. Lo único que puedo señalar es que ni siquiera Karl Popper, quien defendía una postura “interaccionista” entre la mente y su cerebro, creía en la vida postmortem ni tomaba en serio la existencia de los fenómenos paranormales.

[7] Tomas Szasz: “Gullible skeptics” in The Freeman (May 1999). Leí este artículo en una página web (www.enabling.org./ia/szasz/gullible) que abrí en diciembre de 2001.

[8] Karl Popper: La sociedad abierta y sus enemigos (Paidós, 1957), p. 115.

[9] Popper: Conjeturas y refutaciones: el desarrollo del pensamiento científico (Paidós, 1994), p. 58.

[10] Leí esta carta del 8 de agosto de 1984 en una página web (www.enabling.org/ia/szasz/ popper) que abrí en mayo de 2000.

[11] Leí esta carta del 7 de julio de 1981 en ibídem.

[12] Karl Popper: La responsabilidad de vivir: escritos sobre política, historia y conocimiento (Altaya, 1999).

[13] Octavio Paz: Ideas y costumbres I: la letra y el cetro. Este es el volumen IX de las obras completas de Octavio Paz (Fondo de Cultura Económica, 1995), pp. 34s.

[14] Esa casa, que aún existe, se ubica a sólo una cuadra del lugar en que, tiempo después, se construiría el edificio donde Giuseppe Amara tendría su consultorio.

[15] Hablé por teléfono con Ramón Xirau en diciembre de 2001. También le escribí una carta a Marie José Paz, la viuda de Octavio Paz, preguntándole si recordaba algún pronunciamiento de su esposo sobre la siquiatría. Mi carta no fue contestada.

[16] Letras Libres sólo menciona a los laboratorios clandestinos de metanfetaminas (pp. 48s), pero no a Ritalín, la metanfetamina más popular, manufacturado legalmente por Novartis.

[17] La excepción es el artículo de Michael Pollan: “A very fine line” (12 September 1999) que apareció en el New York Times Magazine. Pollan sostiene que no existe un fundamento coherente para justificar la legalidad o ilegalidad de una droga.

[18] “Agenda para un México nuevo” en Letras Libres (julio 2000). Aunque el documento fue publicado en esa revista “no pertenece a Letras Libres sino a todos los que lo firman” (p. 16).

[19] Cristina Rivera-Garza: “Por la salud mental de la nación: vida cotidiana y Estado en el Manicomio General de La Castañeda, México 1910-1930” en Secuencia #51, revista de historia y ciencias sociales: Para una historia de la psiquiatría en México (Instituto Mora, septiembre-diciembre, 2001), p. 70.

[20] María Cristina Sacristán: “Una valoración sobre el fracaso del Manicomio de La Castañeda como institución terapéutica, 1910-1944” en ibídem. Véanse especialmente las páginas 97-100.

[21] Mónica Martínez: “La Castañeda desde adentro: entrevista a Margarita Torres Mora, enfermera” en ibídem, p. 161. Véanse también las páginas 155 y 164.

[22] Acosta-Ramírez: Los derechos humanos de los enfermos mentales, p. 42.

[23] Federico Campbell: “La personalidad fronteriza” en Proceso (19 octubre 1987).

Published in: on mayo 15, 2009 at 6:25 pm  Comments (3)  

Un gentleman en los medios

DESDE los años ochenta el doctor Giuseppe Amara [1] aparece constantemente en televisión, además de tener varios libros publicados. El domingo 6 de marzo de 2005 Amara habló de las bondades de la siquiatría en la llamada Hora Nacional del radio, y sus comentarios se escucharon en todos los canales mexicanos. Uno de sus colegas me comentó que en un programa Amara se dedicaba a dar consejos por la radio. Nunca lo había escuchado con atención, y si lo hice fue sólo para averiguar si lo que decía en la radio era relevante para este libro.

Lo es. Y de qué forma. En un programa escuché el caso de un sujeto en España que asesinó a su hijo con dos hachazos en la cabeza, y Amara se condolió no de la víctima, sino de los padres que no pueden soportar este tipo de hijos. A diferencia de mis capítulos sobre el diagnóstico de Amara, que pueden despertar sospechas de si fui fiel a sus palabras, en este caso lo grabé. Eso significa que ahora puedo citarlo verbatim.

Desde finales del siglo XX hasta principios del nuevo siglo la voz de Amara se escucha de lunes a viernes en el programa Parejas disparejas y la familia que dirige la doctora María Elena Micher. Parejas disparejas sale al aire en la Ciudad de México, Monterrey y Guadalajara. En el programa del 11 de octubre de 2000 Micher leyó un desplegado sobre el padre que mató: “de dos hachazos en la cabeza a su hijo, enfermo psíquico, mientas dormía. La víctima, J.C.D. de treinta y tres años frecuentemente maltrataba tanto verbal como físicamente a sus padres según el alcalde de la población”. Micher no nos dice si los padres habían maltratado verbal y físicamente a su hijo cuando era un niño. Pero añadió que el filicidio: “se produjo en el domicilio familiar y el agresor, J.C.N. de setenta y tres años, se entregó a la policía sin oponer resistencia. La familia había denunciado por malos tratos al enfermo que tras ser internado en un centro psiquiátrico volvió a la casa”. Durante el comercial dejé de grabar. Cuando accioné la grabadora de nuevo perdí el inicio de la siguiente frase de la conductora. Pero registré la parte crucial de su charla con Amara:

Micher: […] después de años de, pues de, de sentirse víctimas ¿verdad?, o de ser víctimas de este enfermo [énfasis en la voz de Micher]. Pero obviamente este enfermo psíquico —y lo hemos hablado en muchas ocasiones aquí Giuseppe: ¿qué hacer [pausa retórica en la frase de Micher]—

Amara: Así es.

Micher: —con estos familiares que tenemos enfermos que no controlan sus impulsos, que ya ni las medicinas los controlan y que los regresan y les dan de alta? [entonación de súplica y casi de angustia en la voz de Micher].

Amara: Por eso—

Micher: Tú has hecho mucha insistencia en eso—

Amara: Por eso sigo haciendo insistencia porque no es un caso aislado.

Micher: ¡Ay!

Amara: Por eso leemos notas tan tristes, tan desagradables, de ataques de los propios padres a los pacientes psiquiátricos. O al revés: muchas veces son los pacientes quienes atacan a los padres, o los mantienen en un nivel de vida casi intolerable, insoportable. ¿Cuántas madres, cuántos padres no tienen algún hijo con un problema psiquiátrico grave [pausa y énfasis en la voz de Amara] que no pueden atenderlo, no pueden desde luego ayudarlo? Sabemos que se resisten a tomar medicamentos. Sabemos…

Micher (interrumpiendo): Aquí tuvimos un caso. ¿Recuerdas que vino la hija y la mamá estaba en la cárcel precisamente porque había matado a su hijo esquizofrénico?

Amara: Sí. En fin. Hay un sin fin de casos así donde, eh, los recursos que tienen los padres son por ejemplo emplear enfermeros para que con la fuerza [énfasis en la voz de Amara] lo lleven a algún hospital, o incluso a veces a la policía. Y esto implica golpes, maltratos, faltas de comprensión. Tienen que darles medicinas en forma encubierta, cuando pueden. No siempre se puede hacer.

Más de dos decenios después de lo que le aconsejó a mi madre, Amara continúa creyendo que drogar a los hijos “en forma encubierta” es algo bueno y necesario según sus propias palabras. Prosigamos con su discurso:

Son peligrosos para sí mismos y para los otros. Causan disturbios sociales. Y esta es la crisis de la psiquiatría llamada institucionalizada. En los años sesenta, hasta los años sesenta había sistemas de hospitales psiquiátricos, había la idea de tener hospitales psiquiátricos, había la idea de tener recintos, casas de medio camino, en fin. Con las reformas de la llamada antipsiquiatría se trató de vaciar los hospitales psiquiátricos y enviar a los pacientes psiquiátricos a las calles por decirlo así; a las familias. Esto no se ha resuelto completamente y sigue siendo un drama, un dilema tanto en Europa como aquí. No podemos, no podemos responsabilizar a los padres de mantener a raya, de contener y de medicar a los hijos que sean trastornados psiquiátricos, porque los trastornos son tan severos que es casi imposible: la familia se desquicia y además no hay, no hay capacidad alguna de contención. De manera que sigue siendo un dilema. Lo hemos planteado muchas veces. Hemos pedido ayuda a algunos asesores de la Cámara de Diputados que ayuden a ver qué hacer en el futuro con estos numerosos casos de pacientes con trastornos psiquiátricos graves [énfasis en la voz de Amara] que los familiares no pueden atender.

Esto me recuerda la iniciativa de NAMI de acudir al Congreso de Estados Unidos para que el siquiatra tenga aún más poder sobre los niños y adolescentes. Lo que llama la atención de esta conversación grabada es que, como lo hizo Freud con los inquisidores que martillaban a mujeres indefensas, Amara y Micher dialogaron implicando que el enfermo no fue el padre que le abrió la cabeza a su hijo, sino el joven asesinado. El indefenso que dormía resultó ser el culpable.

¿Se ve por qué no exagero al decir que después de que un padre martillea a su hijo hasta la muerte —literalmente— el siquiatra toca la armónica sobre el cadáver y charco de sangre? Para siquiatras como Amara los padres son siempre las víctimas aun si cometen filicidio; los hijos, los trastornados. La etiqueta se la lleva el hijo independientemente del nivel del crimen del padre, quien libra la etiqueta. Para Amara, una vez estampada la etiqueta a un chico es imposible pensar que la falta pudo provenir del padre. En lugar de aprovechar la ocasión para abordar el tema de los padres asesinos, Amara prefirió tocar su armónica. Pero lo más wonderlandesco que se desprende de las palabras de Micher es que el crimen no se le imputó al padre, sino al hijo (“después de años de, pues de, de sentirse víctimas ¿verdad?” “Así es” —Amara). Y en esta Lógica Wonderland donde todo está invertido Amara habló de las verdaderas víctimas, como el que inocentemente dormía durante el atentado, como “peligrosos para sí mismos y para los otros”.

Debo decir que este “peligrosos para sí mismos y para los otros” es la fórmula siquiátrica estándar que los siquiatras usan para encarcelar a un civil que no ha roto la ley. La trampa de la fórmula estriba en que es imposible predecir la conducta futura de un individuo, y por esa razón las sociedades libres prohíben el llamado arresto preventivo. Pero es un hecho indiscutible que este tipo de arrestos continúan, y de manera masiva en nuestras sociedades, aunque disfrazados de ejercicio médico. De hecho, con la fórmula “peligrosos para sí mismos y para los otros” en alguna parte del mundo los siquiatras están arrestando ahora mismo a algún ciudadano que ni siquiera tiene antecedentes penales. Se podría decir que la sociedad le ha concedido a los siquiatras el derecho de jugar el rol de precogs o individuos dotados con cognición previa de los crímenes, como en la película de Spielberg Minority report: sentencia previa. Pero en el mundo real los siquiatras no son dotados de película de ciencia-ficción. El diagnóstico de “esquizofrenia” no tiene validez predictiva, y si nadie puede adivinar el futuro el arresto preventivo debiera ser abolido en nuestras sociedades. No obstante, como indicó Amara, el siquiatra (que se cree precog) no duda en arrestar “a la fuerza” al joven a pesar que eso implique “golpes y maltratos” según sus palabras.

Para quienes jamás han escuchado a Amara es importante notar que en los medios habla con tal serenidad, elegancia y dominio del idioma que despoja a su discurso de toda sospecha inquisitorial. Confieso que fue sólo al capturar sus palabras exactas de mi grabadora al papel que, al leerlo ya en frío y sin su cautivante voz, me horroricé al descubrir que, como en los años setenta, Amara continúa siendo un inquisidor en el nuevo siglo. Pero Amara encubre su rol detrás de su aparentemente inofensiva profesión de sicoanalista con la que se presenta en los medios. Su cautivante voz y la manera de presentarse al público me recuerda el llamado teflón de los evangelistas de televisión. Desde la pantalla éstos ya no amenazan con el infierno a los fieles, pero algunos no han abandonado esa doctrina medieval. La modernidad se les resbala a los televangelistas a lo largo del teflón fundamentalista. Análogamente, Amara no amenaza con la lobotomía o el electroshock a sus radioescuchas, pero no ha abandonado “la idea [su énfasis] de tener hospitales psiquiátricos” como aquél donde John Bell fue encarcelado por años.

La retórica del teflón explica que casi nadie se haya percatado de las barbaridades que dice en su programa. Con Amara como estrella principal, Parejas disparejas y la familia ha salido al aire en la Ciudad de México por años, y hasta la fecha nadie lo ha denunciado. Este dato me lo reveló el productor del programa el mismo día en que se transmitió el caso del asesinato del joven y le hablé por teléfono.

“La adolescencia es la edad de las enfermedades mentales”

Amara pronunció estas palabras en el programa del día anterior del caso de los hachazos. Thomas Szasz ha dicho que cada vez que un siquiatra dice: “Fulano de tal es un enfermo mental” hay que interpretarlo como: “Este médico quiere internar a Fulano de tal”. Así que yo interpreto las palabras de Amara de la siguiente manera. La adolescencia es la edad de internar a los adolescentes si surgen conflictos con sus padres —la misma consigna de hace ya trescientos años con que se encarcelaba a los adolescentes en las horrorosas Bicêtre, Salpêtrière y más tarde en la Bastilla de París: lugar tan odiado que fue lo primero que tomaron en la Revolución. Si se descifra lo que significan los eslóganes del siquiatra se verá que la siquiatría no ha cambiado desde sus orígenes.

Como vimos al hablar de las convenciones internacionales de derechos humanos, declarar que alguien es un enfermo equivale a desnudarlo de sus derechos civiles. Así que cuando en base a que “la adolescencia es la edad de las enfermedades mentales” el siquiatra identifica a un adolescente específico, como aquél que identificó a John Bell cuando murieron sus padres, significa que su confinamiento “a la fuerza y por medio de golpes y maltratos” ya no está lejos del horizonte. Esto es lo que hace Amara en el programa de conflictos familiares que sale al aire en las ciudades más grandes de México. Cada vez que sugiere internar a un adolescente primero lo diagnostica como trastornado desde el punto de vista siquiátrico, o bien, usa tal diagnóstico para desviar la atención del padre abusivo y enfocarlo en el “enfermo”.

Como buen siquiatra, Amara no puede concebir que la adolescencia de los hijos sea la edad cuando algunos padres no toleran independencia en su progenie; que estos padres caen en actitudes devoradoras y que estas actitudes ocasionan reacciones. Amara no tiene excusa de ignorar los estudios que se han hecho sobre este tipo de padres enloquecedores. Además de haber leído mi larga epístola a la madre, los libros donde se habla de estos padres han sido traducidos al español y se han encontrado disponibles en México desde hace muchos años. (Ernesto Lammoglia, su colega que habla en otra estación mexicana sobre problemas familiares, sí menciona a estos padres tóxicos.)

Nostálgico de las instituciones de antaño, Amara dijo que debido a las reformas de “la llamada antipsiquiatría se trató de vaciar los hospitales psiquiátricos”, y que “numerosos casos de pacientes con trastornos psiquiátricos” son tan intolerables que los familiares no los pueden atender. Aquí Amara representa los intereses de tutores como el tío de John Bell que, horrorizado cuando regresaron al huérfano del hospital, lo calumnió diciendo que no podía tener a un esquizofrénico en casa. En realidad, la llamada desinstitucionalización no fue un movimiento altruista o antisiquiátrico como dijo Amara. Antisiquiatras auténticos como Ronald Laing o David Cooper jamás tuvieron el más mínimo poder en la sociedad; y Szasz, reprimido en su universidad, no tuvo la oportunidad de educar a las nuevas generaciones de jóvenes siquiatras. En Estados Unidos el haber vaciado algunos de los enormes edificios siquiátricos en los años cincuenta y sesenta no tuvo que ver con “las reformas de la llamada antipsiquiatría”. Fue el resultado de unas reformas fiscales que les permitieron a los estados transferir la carga económica de los asilos estatales a la comunidad. Los pagadores de impuestos solían pagar enormes sumas para tener encerrados a algunos de sus conciudadanos en los asilos tradicionales (en los años cuarenta el estado de Nueva York tenía que pagar un tercio de su presupuesto para mantener a estas instituciones).[2] Pero eso no significa que en la actualidad los hospitales siquiátricos se hayan extinguido. En los ochenta se construyeron varias clínicas en Norteamérica, particularmente para encerrar temporalmente a niños y adolescentes, como el hospital donde estuvo la citada niña Rachel. De hecho, en 1984 había 220 siquiátricos privados en Estados Unidos pero cuatro años después ya había 466.[3]

A grandes rasgos, la agenda política de Amara en el programa de radio es la siguiente. Ante problemas familiares como los que mencionaba Rachel —abandono de hogar, violencia física o verbal, relaciones sexuales de menores que escandalizan a los padres— el siquiatra ofrece soluciones médicas. Algunas de las declaraciones de Amara que escuché en la radio fueron increíbles. En uno de los programas afirmó: “Esa fobia hay que tratarla medicamentosamente”. En un caso de celos amorosos Amara sugirió que había que tratarlo con “medicación antidelirante” (¿neurolépticos?). Un solo sueño bastó para que Amara le diagnosticara “depresión” a una señora y aconsejara terapia, todo en menos de un minuto. (Mucha gente habla por teléfono al programa pidiendo ayuda y a veces lo único que relatan es un sueño para que el afamado sicoanalista lo analice.) Otra mujer que no quería tener relaciones sexuales con su esposo resultó tener un “trastorno de personalidad”. El aguerrido general Patton resultó un “psicópata” y no podía faltar la palabra “esquizoide” en otro caso y el mantra siquiátrico que “la dopamina interviene en la esquizofrenia”. El sesgo biologicista en estos programas para medicalizar los problemas familiares es tal que Amara ha llegado a enfrentarse a sus colegas no médicos. Me refiero a los sicoterapeutas que jamás recetan drogas siquiátricas. A diferencia de muchos analistas, los sicólogos no son siquiatras; y algunas de las críticas que hago en este libro no están dirigidas a esos profesionales.

Loana Téllez, una sicóloga graduada en la Universidad Autónoma Metropolitana que tiene su consulta en Médica Sur, me confesó a principios de 2003 que trataba a una niña cuando la madre escuchó el programa de Micher y Amara. La madre de su pacientita fue a visitar a Amara a su consultorio, y éste le dijo que quería ver un reporte clínico del trabajo de la terapeuta sobre la niña. Naturalmente, Loana resintió la intrusión en su consulta privada. Pero la madre, cautivada por el elocuente profesional —como muchas señoras en México que escuchan su programa— retiró a la niña del tratamiento con Loana para mandársela a Amara. Loana me comentó que Amara, según las palabras que inmediatamente anoté: “¡Me cuestionó mi trabajo! ¡Me voló el paciente!” (caló mexicano por robo de paciente).

Sin pruebas físicas de laboratorio, y al igual que hiciera conmigo un cuarto de siglo antes, Amara diagnosticó un problema biológico y terminó drogando a la niña.

Referencias

[1] La información sustancial sobre este sujeto aparece en la primera parte del libro, la cual sólo estará disponible en papel.

[2] Sharkey: Bedlam, p. 173.

[3] Ibídem, p. 11.

Published in: on mayo 15, 2009 at 4:56 pm  Comments (5)