El autor único de este sitio está escribiendo una serie de libros de los que espera influirán en tratar mejor a los niños en el futuro: un futuro en que ya no exista la asociación delictuosa entre padres abusivos y siquiatras.

Cualquier contribución será útil, sea grande o pequeña.

Anuncios
Published in: on septiembre 6, 2018 at 3:26 pm  Dejar un comentario  

La piedra angular

Abajo, “Una clase de Colin Ross”, parte de un capítulo de mi libro El retorno de Quetzalcóatl, Tomo IV de Hojas susurrantes. El capítulo es la piedra angular para entender el modelo del trauma de los trastornos mentales.



¿Por qué la mente humana se ensaña con inocentes? Aunque abordé el tema en mi libro anterior, es hora de sentar una base rigurosamente científica para entender mejor al trastorno mental. La mejor clase que he leído a este respecto aparece en el libro The trauma model de Colin Ross, a quien ya había presentado en mi segundo libro al hablar de la infortunada vida de David Helfgott.


El problema del apego con el perpetrador

La teoría del apego, desarrollada originalmente por John Bowlby, es la plataforma para explicar el desarrollo psicológico del humano. La evolución siempre toma lo que está a su disposición, y como toda criatura viva tiene el imperativo de sobrevivir, en los homínidos desarrolló una estructura inconsciente para mantener la ilusión de amor parental incluso cuando no lo hay. Quizá la manera más popular que podamos imaginar de presentar qué es el apego sea un moderno cuento de hadas: la película de Steven Spielberg Inteligencia Artificial. Me refiero a las escenas en que Henry le advierte a Mónica de que no impronte, con el programa del apego afectivo, a David si no está completamente segura de que reciprocará el amor que le profesaría David, dado que el programa es irreversible (“El amor del niño-robot estaría sellado, ‘alambrado’, y seremos parte de él para siempre”). Algún tiempo después Mónica le lee a David las siete palabras mágicas que lo improntan (“¿Para qué eran esas palabras, mami?”).

La plataforma de la que parte Ross para entender los trastornos mentales es lo que llama “el problema del apego con el perpetrador”. Podemos visualizar el enorme apego emocional hacia el progenitor recordando la veneración que, a pesar de su conducta, Leonor y Josefina siempre le profesaron a su madre María. Tal apego es el problema. En su libro, Colin Ross escribe:

Definí el problema a mediados de los años noventa, en el contexto de la guerra sobre las falsas memorias. A fin de defenderme de los ataques de colegas hostiles, busqué un fundamento sólido sobre el cual pudiera construir fortificaciones. Me pareció que la teoría de la evolución ofrecía un buen punto de partida. ¿Cuál es la meta básica de todos los organismos según la teoría de la evolución? Sobrevivir y reproducirse. Esto es cierto desde la ameba hasta los mamíferos. ¿Quién disputaría que todos los organismos quieren sobrevivir y reproducirse? Esto parecía terreno seguro.


Colin Ross

Las libélulas, los saltamontes, las salamandras y los caimanes no tienen familias. No envían tarjetas el día de las madres. Las cosas cambian si eres ave o mamífero. Las aves y los mamíferos son absolutamente dependientes de los cuidadores adultos para su supervivencia por cierto período después del nacimiento, que oscila entre semanas a décadas dependiendo de la especie. Para los humanos al parecer el período de dependencia dura más de treinta años. En algunas especies si la madre nodriza muere el hijo muere. En otras, incluyendo los elefantes, si la madre nodriza muere una hembra asume el cuidado del joven y el hijo sobrevive. En los elefantes existe un inherente Servicio de Protección de la Infancia, y una sociología del apego.

El apego es como la migración de las aves. Es inherente y está en lo profundo de nuestra maquinaria cerebral y DNA. El infante ave o mamífero no se involucra en un proceso cognitivo o analítico para evaluar los costos o beneficios del apego. Es algo que simplemente sucede. Es biología. La tarea fundamental en el desarrollo del infante humano es el apego. Debes apegarte, y lo harás. Esto es cierto en todos los niveles del organismo. Debes apegarte a fin de sobrevivir biológicamente, pero también para prosperar y crecer emocional, intelectual, interpersonalmente y a todos los niveles posibles.

Conocemos las consecuencias del fallo en apegarse por varias fuentes. La primera es el orfanato en los países del tercer mundo. Estos bebés pueden tener una adecuada ingestión de proteínas, carbohidratos y grasas, y sus pañales cambiados regularmente; pero si sufren por falta de amor, estimulación, atención y afecto son dañados en su desarrollo. Su crecimiento es atrofiado a todos los niveles incluyendo las normas pediátricas básicas de desarrollo.

Eliminé los puntos suspensivos, como lo he hecho en algunas otras citas. Ross también explica el cuerpo de evidencia científica sobre los efectos del maltrato en la progenie de los primates: “Los experimentos Harlow con monos, por ejemplo, son estudios sistemáticos de abuso y negligencia. Los pequeños monos se cuelgan desesperadamente a sus madres no responsivas de alambre y tela porque están tratando de resolver el problema del apego con el perpetrador; en este caso, la perpetración de negligencia”. También cita evidencia experimental de que la profunda negligencia y el aislamiento sensorial durante la temprana infancia dañan físicamente el cerebro de forma mensurable: “El mamífero que se le cría en tal medio tiene menos conexiones dendríticas entre las células nerviosas en su cerebro que el mamífero que creció en un medio culturalmente rico”. Es en este contexto en que Ross declara que sería suicidio para el desarrollo del individuo fallar en apegarse y que “a toda costa y como un imperativo categórico el joven mamífero debe apegarse”. Luego escribe:

En cierto sentido, todos tenemos el problema del apego con el perpetrador. Nadie de nosotros posee un apego absolutamente seguro. Todos odiamos a nuestros padres por alguna razón, y los amamos al mismo tiempo. Esta es la condición humana normal. Pero hay un gran número de niños que han tenido el problema del apego con el perpetrador de manera descomunal. Lo tienen a tan alto grado que creo que es un problema diferente cualitativamente hablando. Estos son los niños de familias crónicamente traumatizantes. El trauma es una mezcla variable de abuso emocional, verbal, físico y sexual.


La sustitución del sitio de control

Para los siquiatras Theodore Lidz, Silvano Arieti (y de manera menos sistemática Loren Mosher), en las familias esquizógenas no uno, sino ambos padres fallaron terriblemente. Si el problema del apego afectivo con el perpetrador es una piedra angular para entender el modelo del trauma de los trastornos mentales, hay otra piedra fundacional. Mientras que el imperativo número uno de las aves (y en otros tiempos de los dinosaurios) y los mamíferos es apegarse, en las familias abusivas el niño posee otro mecanismo psicológico inherente: el repliegue del dolor. Ross explica lo que llama “La sustitución del sitio de control” (The locus of control shift, en psicología “locus of control” es jerga conocida).

El fundamento científico de la sustitución del sitio de control es Piaget y la psicología del desarrollo. Sabemos varias cosas sobre la cognición de los niños de los dos a los siete años. Lo resumo así: los niños pequeños piensan como niños y están centrados en sí mismos. Son el centro del mundo y todo se determina alrededor de ellos, quienes lo causan todo [“sitio de control”] y lo hacen a través de una causalidad mágica. No usan las maquinaciones racionales, analíticas y cognitivas de los adultos, o su vocabulario.

Imaginemos a una familia relativamente normal con una niña de cuatro años. Un día los padres deciden separarse y papá se va. ¿Qué le pasa a esta pequeña niña? Se pone triste. Usando la cognición normal en la niñez, la pequeña niña construye una teoría para explicar su observación de campo: “Papi ya no quiere vivir aquí porque yo no arreglaba mi recámara”.

Esta es una teoría tonta. Está errada; es incorrecta, desatinada y descabellada. Así es como piensan los niños normales. Pero hay más que eso. La pequeña niña se dice a sí misma: “Está bien. No me encuentro desamparada. Esto está bajo mi control. Y tengo esperanza en el futuro. ¿Por qué? Porque tengo un plan. Todo lo que tengo que hacer es escombrar mi recámara y papi volverá. Ya me siento bien”.

La pequeña niña ha sustituido el sitio de control de las mentes de sus padres, donde realmente se encuentra, a ella misma. De esa manera ha creado una ilusión de poder, control y dominio que desde el punto de vista del desarrollo [el apego] es protectiva.

Ross explica que esto es normal y que sucede en muchas familias que no son propiamente abusivas, aunque sí disfuncionales. Luego expone qué sucede en las familias muy abusivas:

Ahora consideremos otra pequeña niña de cuatro años viviendo en una familia realmente traumatizante. Ella tiene el problema del apego con el perpetrador a lo grande. ¿Qué pasa con esta niña?

Se encuentra en un estado de indefensión y a la merced del medio; atrapada y abrumada. No puede detener el maltrato. Ni escapar del mismo. Ni predecirlo. Está atrapada en la negación social de su familia, su edad, las amenazas, la violencia física, las reglas familiares y los mensajes mutuamente exclusivos. ¿Cómo se las arregla la pequeña niña? Sustituyendo el sitio de control.

La niña se dice a sí misma: “No me encuentro desamparada indefensa o abrumada. Esto está bajo mi control. Estoy haciendo que esto suceda. La razón por la que me maltratan es porque soy mala. ¿Cómo sé que esto es cierto? Porque sólo una niña mala puede ser maltratada por sus padres”.

Una deliciosa ejemplificación de la sustitución del sitio de control en la película A.I. es el diálogo que David tiene en el bosque con su osito Teddy. Después de que Mónica lo abandonara en el bosque David le dice a su amiguito que la situación está bajo su control. Sólo tiene que encontrar al hada azul para que lo vuelva un niño de verdad y su mamá lo querrá otra vez…

A diferencia de los cuentos de hadas, en el mundo real los ejemplos de la sustitución del sitio de control son sórdidos. En las víctimas de incesto, la sensación de que todo es culpa de la niña es harto frecuente. No puedo olvidar el relato de una mujer que le contó a su terapeuta que, cuando era niña, se bañaba inmediatamente después de que su padre la usara sexualmente. La niña sentía que ella, no su padre era la sucia y que su cuerpo era el factor sucio dado que despertaba el apetito del padre, por lo que trataba de “componer” su cuerpecito.

Pero hay casos aún más graves que el abuso sexual. Según Ross, en familias casi psicóticas:

La sustitución del sitio de control es como una transfusión maligna. Todo el mal del perpetrador ha sido transfundido al yo, haciendo al perpetrador bueno y seguro para apegarse. La sustitución del sitio de control ayuda así a resolver el problema del apego con el perpetrador. Los dos están entretejidos uno con el otro.

Aunque pronunciamientos similares fueron hechos por Arieti medio siglo antes, estos dos principios elaborados por Ross son las verdaderas piedras angulares para entender el edificio de esta obra. Como mencioné en mi segundo libro, cuando visité la clínica de Ross en Dallas entré como observador a terapias de mujeres adultas. Recuerdo a una señora en particular que decía que si su marido le pegaba era porque ella, no su marido, se portaba mal. En su libro Ross menciona casos de hijas ya crecidas, ahora pacientes en su clínica siquiátrica, que se autolesionan. Estas autolesionadoras ejemplifican en la vida real el paradigma de la niña mencionada por Ross: el mal ha sido transfundido a la mente de la víctima, que ahora se autolesiona porque se cree malvada. En mi anterior libro decía que en la película La pianista una madre absorbe la vida de su hija, quien desquita el odio que siente hacia su madre cortándose en el área de los genitales hasta sangrar profusamente: una práctica que, veremos en la próxima sección, es idéntica al autosacrificio prehispánico de derramar la sangre de los propios genitales.

Un caso relativamente menor de este tipo era el de una de mis primas. Cuando Sabina tenía dieciséis años me mostró una serie de dibujos que hacía. Representaban mujeres cercenando completamente sus miembros y ella misma, Sabina, se cortaba el antebrazo, aunque superficialmente. Cuando le pregunté por qué lo hacía me confesó los malos tratos de los que era víctima en casa. Como la mía, la suya era una familia sesgada en la que el padre codependiente se limitaba a amonestarla suscribiéndose al sistema mental de una madre semiperturbada. Debido al dilema en que todo ser humano se encuentra, el mantener el apego hacia los padres a toda costa, Sabina no podía expresar su coraje en el exterior: lo dirigía hacia sí misma cortándose superficialmente y fantaseando con mayores mutilaciones en sus dibujos.

Dado que por naturaleza los varones tenemos más fuerza física que las mujeres, es común que el desplazamiento físico del coraje inconsciente lo dirijamos a otros. Pero también las mujeres lo desplazan a su manera hacia el exterior.

Ross nos mostró en su breve cátedra que, por más abusivos que sean, un síndrome de Estocolmo elevado a la ene potencia hace que veamos a nuestros padres como buenos objetos de apego. El niño pequeño es como la planta que no puede sino volverse al sol para sobrevivir. Dado que, aunque se case e independice, el hijo adulto rarísima vez revierte en su psique la sustitución del sitio de control a la fuente original, queda emocionalmente perturbado. Para deMause esta suerte de supersíndrome de Estocolmo de padres a hijos y de hijos a nietos es el mayor fallo de la mente humana, la verdadera maldición del Homo sapiens que resulta en un alter ego en el que todo lo maligno del perpetrador ha sido transfundido al ego de la víctima. En un yo dividido esta entidad busca ya sea (1) sustituir el sitio de control hacia sí mismo con autolesiones, adicciones, anorexias u otras conductas autolesivas, y/o (2) lesionar a la pareja o a la siguiente generación de niños. En cualquier caso la causa inconsciente de este proceso es la total incapacidad de juzgar y procesar en nuestros adentros la conducta del progenitor: el problema del apego con el perpetrador.

Published in: on noviembre 5, 2012 at 5:59 pm  Comments (2)  

Página 115 de Hojas susurrantes


Libro II:


Cómo asesinar el alma de tu hijo




Página 117 de Hojas susurrantes


Índice al libro II


Abreviaturas utilizadas   118

Prólogo    119

Papá y mamá:   121

Introducción   127

Re-victimación siquiátrica y pánico demoledor del yo interno  133

Padres abusivos y siquiatras: una asociación delictuosa    141

La naturaleza del mal: Amara (I)     153

Estados dentro del Estado: las leyes y la siquiatría    163

Dentro de la Secretaría del Amor     171

Shine: un papá más devastador que Mengele    177

La naturaleza del mal: Amara (II)     184

La naturaleza del mal: Amara (III)    197

“Yo nunca hice nada innoble” —Freud      207

La naturaleza del mal: Amara (IV)    222

Cómo asesinar el alma de tu hijo    225

Página 118 de Hojas susurrantes

Abreviaturas utilizadas en las notas a pié de página
 



Alternativas

Francisco Gomezjara (ed.): Alternativas a la psiquiatría y a la psicología social (México: Fontamara, 1989). Este dossier de artículos publicados en diversas revistas y periódicos mexicanos fue publicado originalmente en 1982. La edición a la que me refiero es la edición ampliada de 1989.


EHSS

Ethical human sciences and services: an international journal of critical inquiry (Springer Publishing Company). Esta revista ha cambiado de nombre a Ethical human psychology and psychiatry.

Páginas 119-120 de Hojas susurrantes

Prólogo

En mi Carta a mamá Medusa, a la que me referiré simplemente como la Carta, hablé de unos acontecimientos terribles a mis dieciséis y diecisiete años. Después de la paliza emocional que me propinó mi padre a instancias de mi madre, en las primeras páginas veremos que junto con el siquiatra, uno de los más renombrados sicoanalistas en la Ciudad de México, a mis dieciocho años mi madre me propinó una brutal paliza física.

En este libro demostraré que la profesión llamada siquiatría, la nueva arma con la que mi madre intentó sojuzgarme, es una falsa ciencia. Y mostraré que, desde sus orígenes, esta seudociencia se ha aliado con los padres controladores en conflicto con sus hijos cuerdos.

Como conté en mi libro anterior, cuando osé huir con mi abuela por los golpes de mi padre, mi madre me difamó con la palabra “enfermo”: palabra que aprendió del siquiatra que fungió como abogado de mis padres. De esa manera, y aun de lejos, mi madre socavó aún más mi autoestima en su guerra de voluntades contra el adolescente que fui. En otras palabras, a pesar de que no tuve desvarío psicótico alguno fui calumniado ante la familia y los parientes de “enfermo”. Además del maltrato en casa, esta vejación fue resultado directo de la confabulación con el falso médico, el representante de una profesión que las naciones del mundo acreditan: la siquiatría.[1]

A diferencia de la Carta, en este libro no me enfocaré ni en mi madre ni en mi padre. Me referiré a ellos ocasionalmente, así como a otros padres que traumatizan a sus hijos. Mas ante todo hablaré de los siquiatras. La conducta del médico sicoanalista que me atacó me hace desviar la atención del maltrato parental, el tema central de mis libros, a la siquiatría. Sin embargo, tal desviación es sólo aparente. Como veremos, la paidosiquiatría está íntimamente relacionada al maltrato de menores e hijos de familia.

En las siguientes páginas hago pública otra carta: una que le escribí a mis padres más de un cuarto de siglo después de los fatídicos sucesos de mi adolescencia. En esta relativamente breve misiva si la comparamos con la anterior, muestro cómo el asalto siquiátrico a un menor es meramente una escalada del maltrato parental.


____________________

[1] En mis escritos le quito la “p” a las palabras psiquiatría y psicoanálisis. También se la quito a psicología, pero sólo cuando me refiero a la sicología académica, no a la psicología intuitiva que todos manejamos en la vida cotidiana.

Páginas 121-125 de Hojas susurrantes



Papá y mamá:

El 28 de abril de 1976 huí con abue Mecho después de que tú, papá, me abofetearas y me rompieras el corazón.

Añadiendo insulto a la injuria, el doctor Giuseppe Amara, el siquiatra pagado por mamá, me calumnió a mí, al indefenso menor de edad, no al adulto que me pegó, de “esquizoide”, y en su consultorio me dijo que quería asaltar mi cerebro. Sus palabras exactas fueron:

“¡A bombardear el cerebro con metabolitos franceses!”

Me sentí molido. Sus palabras fueron un terrible golpe para un muchacho que acababa de sufrir la traición de su vida. No sólo mis padres me habían roto el corazón en casa: ahora un sujeto pagado por ellos quería atentar contra la sede de mi inteligencia.

En esos días visité a tío Chepo. Siendo doctor quería preguntarle qué era “Majeptil”, la droga con la que Amara quería “bombardearme el cerebro” según sus propias palabras. Descubrí que era el nombre comercial de la droga que le dan a la gente muy perturbada (tiempo después supe que algunos médicos la llaman lobotomía química). Después de mi investigación decidí que jamás tomaría la temible droga de Amara: además de una ofensa mortal era un atentado a mis facultades.

Pasó un cuarto de siglo…

Mamá:

En el primer año del nuevo siglo mi hermana me confesó que me ponías esa droga, que yo había jurado jamás tomar, en los desayunos cuando regresé a casa. Según ella, varias veces “te cachó” haciendo eso y tú le explicaste: “Ésas se las mandó el doctor Amara y no las quiere tomar”.

Cori me dijo que le confesaste que a diario me ponías esa droga y que lo hiciste por meses; y papá estaba perfectamente enterado de lo que me hacías.

Le pregunté entonces a Germán y me confesó que te vio poniéndole gotas de un medicamento a un jugo de naranja. Que lo que se le grabó fue tu reacción sospechosa cuando te descubrió. Se le quedó muy grabado que, de tus hijos, ponías las sospechosas gotas sólo a mi comida.

Lloré con Germán como nunca lo hago porque de chico papá me vio todo chueco en mis músculos —resultado de la droga— y a pesar de que papá detestaba a la siquiatría, jamás me dijo nada sobre lo que me hacías.

Haz de saber que, junto con la golpiza emocional que a lo largo de años me propinaste con mi padre, tu médico destruyó mi vida. La droga que me pusiste es la más peligrosa del mercado. Más peligrosa que la cocaína y la heroína. ¿Cuál fue el resultado de esa falta de respeto hacia tu hijo?

En casa de abue Mecho padecí unos ataques de pánico que nunca había entendido con anterioridad a mi investigación de las drogas siquiátricas; y de enero a julio de 1977, cuando regresé a casa, padecí algo que se llama acatisia. Un doctor que ha hecho campañas en Estados Unidos para prohibir la misma droga que me ponías define la acatisia como “un tormento psicológico permanente”. Es similar al ansia física de aquellos heroinómanos a quienes, de golpe, se les retira la heroína. No obstante, cuando le retiran la droga a un drogadicto el tormento dura sólo unos cuantos días. Pero como yo sentí la acatisia de enero a julio de 1977, significa que fui torturado ¡a lo largo de siete meses!

Cuando iba a ver a Amara ese año le decía que me sentía muy mal; que sentía una suerte de “ansia física”. En aquel entonces desconocía la palabra acatisia. Antes de la revelación de mis hermanos no lograba comprender por qué rayos me habían dado esas malditas “ansias físicas” que paraban en seco mi rendimiento cotidiano. Ahora sé que, como médico, Amara sabía perfectamente que eran los efectos de la espantosa droga: mi cerebro se rebelaba ante un agresivo bombardeo químico del que yo no sabía ni pío. Pero a tu médico le importó un bledo verme torturado por la droga, torturado con tu complicidad, mamá. Como te dije hace años en mi larga carta: “Todos esos meses me la pasé tumbado en cama, sólo dormir me sacaba de la atosigante sensación psíquica. Me quedaba en la cama en posición fetal para ‘protegerme’ de aquella constante sensación”. Incluso se ha visto en escaneos cerebrales y autopsias que a los chicos que se les administra esa droga por mucho tiempo se les encoge el cerebro. No me extraña que en el caló norteamericano les llamen shrinks a los siquiatras, “encogedores”.

A pesar de su gentil aspecto cuando aparece en televisión, el doctor Amara es, en realidad, un monstruo.

En la investigación que en tiempos recientes hice de la siquiatría me topé con el caso de un joven llamado Ricardo. Su madre le dio el mismo tipo de droga que me dabas y me confesó que Ricardo también padeció acatisia: una palabra que ella conocía muy bien. Fue tal la tortura de la acatisia que Ricardo se suicidó. Ya no aguantaba el tormento, las ansias de todos los días similares a quitarle de golpe la heroína a una persona. La madre de Ricardo me confesó que se arrepintió de haberle creído a los médicos que consultó; según ella, “los mejores siquiatras de México”.

Yo no me suicidé, aunque bien me dieron ganas. Resistí heroicamente la tortura que tu médico-brujo y tú me infligieron por tanto tiempo. ¡Si me hubiera enterado de lo que me hacían habría huido del hogar! Ahora me llega el recuerdo de cierta ocasión que yacía tumbado en cama abatido en tal suplicio de acatisia que me dije a mí mismo: “Si tuviera una pistola en la mano no dudaría en dispararme”.

Nadie me socorrió en esos momentos. Yo mismo no podía hacer nada: ignoraba lo que a instancias de tu médico-brujo me hacías. Esa droga que me pusiste furtivamente, lo digo una vez más, contribuyó a destruir mi vida.

Me ponías esa maldita cosa a pesar que en tu mismo diario anotabas las crisis de acatisia que me daban a lo largo de ese tiempo. Ese diario tú misma me lo regalaste y lo iniciaste el día que huí con abue Mecho por el ultraje de las bofetadas de mi padre. En la primera página de tu diario, la noche en que mi padre me ultrajó, escribiste:

César chico

Salió el Martes 28 de abril de 1976 a las 9 de la noche. El diagnóstico empezó a principios de Marzo. El tratamiento empezó en el mes de Abril.

Lunes 17 de Mayo:

Nuevas medicinas: Majeptil 2 gotas: 8-11-2-5-8. Akineton grageas: 2-1-2.

¡Se me parte el alma al leer tu diario! Este fue el inicio de un ataque médico similar a la tortura de siquiatras a disidentes políticos (los números que citas se refieren a las horas del día; aunque semana y media después tu diario menciona un incremento a “3 gotas 5 veces al día”).

Como resultado de tu “tratamiento”, tiempo después escribiste:

César se puso muy malo, primero con dolor de cabeza y después se torció del cuello y del cuerpo. Fue algo horrible, no sé adonde va a llegar.

A este torcerse se le llama “distonía”, otro resultado de la droga. Luego el médico-monstruo incrementó la dosis. Continúa tu diario:

Se sigue quejando de sentirse mal, el jueves pasado el 12, y el 14 tuvo un bajón acentuado… el Doctor piensa que es un poco de teatro para conquistarme. No lo creo, él sufre horriblemente, se le nota en su semblante.

Papá:

Si el cuerpo es el templo del espíritu, el cerebro es el sanctum sanctuorum del cuerpo. Violar al cerebro sería entonces, como dijo Daniel sobre la profanación del templo, la “abominación de la desolación”.

Ante esta abominación, este asalto a mis derechos más elementales, y, me siento violado al decirlo, al lugar más sagrado de mi ser, tú no hiciste nada. ¡Absolutamente nada! Jugaste un papel estúpidamente pasivo. Anulaste tu voluntad, como un niño pequeño, ante las locuras de mamá y del monstruo mercenario. A pesar de que la droga me enchuecó los músculos varias veces ese año —la distonía— y me produjo un molesto tic en el hombro derecho —disquinesia tardía en lenguaje médico—, no te tentaste el corazón, papá.

Es sabido que la monstruosidad que me ponía mamá causa esos síntomas. Recuerda esa noche en casa en que, chueco cual Cuasimodo y grotescamente encorvado, fui al baño. Ya adulto, en mi lucha contra la falsa ciencia que contribuyó a destruir mi vida, traduje para internet el artículo de una joven norteamericana que quedó en silla de ruedas de por vida por haber tomado el mismo tipo de droga que, contra mi voluntad, mamá me ponía.

Recuerdo bien que durante mi niñez decías con gran vehemencia: “El sicoanálisis es la plasta que vino a usurpar al confesionario”. Bien. Si hubiéramos ido todos con un buen sacerdote en lugar de llevarme a mí solo con un analista nos habríamos dado la oportunidad de comunicarnos y de resolver el problema en casa. ¡Un sacerdote jamás les habría sugerido: “No tengan piedad: bombardeen el cerebro de su primogénito con la droga más agresiva”, papá!

Sólo ponte en mi lugar. Recuerda cómo de adolescente te rebelabas ante tu familia de ingenieros y sus consejos de que estudiaras arquitectura. También recuerda cómo tu hermano Alejandro y tu primo Guillermo te zaherían de modo muy hiriente. ¿Cómo te habrías sentido si, además de los malos tratos de tu padre, en lugar de buscarte una beca para que estudiaras música en España mi abuelo hubiera solicitado los “servicios” de un siquiatra? Imagínate que el siquiatra hubiera “descubierto” que eras un “esquizoide”. Tu enfermedad era “estar fuera de la realidad”: querer ser músico. Imagínate que, después de recetar “bombardear el cerebro” del musiquillo, un siquiatra pagado por tu padre te hubiera amenazado con hospitalizarte si, ante tal insulto, decidieras no volver a sus sesiones (¡como el loco monstruo de Amara hizo conmigo!). No conformes con eso, imagínate que a tus espaldas te hubieran puesto en los desayunos una droga considerada “lobotomía química” para “curarte” de la rebeldía artística.

Eso habría destruido tu carrera de músico…

Algo análogo a este escenario sucedió en mi vida, papá. No pude hacer mi carrera de director de cine después de lo que ustedes y su médico-brujo me hicieron.

¿Cómo fue que accediste a los deseos de mamá: llevarme con alguien cuya profesión perfectamente sabías que era fraudulenta? ¿Cómo fue que violaste tus más caros principios? ¿Por qué demonios te autolobotomizas ante la voluntad de tu esposa?

Papá y mamá:

Hace muchos años intenté comunicarles una tragedia que ocurrió en nuestra querida casa de Palenque, y lo que el siquiatra con quien me obligaban a ir de chico me hacía en la privacidad de su consulta. Traté de comunicar todo eso a través de una carta muy larga. Por años y más años albergué la esperanza que la leyeran.

Esperé, esperé, esperé… Llegó el nuevo siglo pero no recibí respuesta.

Ya no puedo esperar más. Tengo que publicar la Carta a mamá Medusa. Necesito catarsis. Necesito vindicación. Necesito que otros lean lo que ustedes me hicieron.

César.

Páginas 127-131 de Hojas susurrantes

Introducción


Estas drogas no son usadas para sanar o ayudar, sino para torturar y controlar. Así de simple.

Janet Gotkin [1]



Mucho tiempo antes de que se diseñara en laboratorio la droga que me ponía mi madre, los siquiatras ya usaban sustancias para controlar a la gente. El caso más sonado fue el del rey Jorge III de Inglaterra. El mismo año en que estalló la Revolución francesa un alienista le roció secretamente un emético en sus comidas para sojuzgarlo. Pero el efecto de las drogas contemporáneas es tan tormentoso que, como el caso del joven Ricardo, algunas personas actualmente se han ahorcado, tirado de edificios, apuñalado o matado de otras maneras. Un estudio norteamericano mostró que el ochenta por ciento de estos suicidas sufrían de acatisia debida a neurolépticos como el que compraba mi madre en la farmacia. Se podría decir que si drogas como la mariguana se toman voluntariamente para causar placer, los neurolépticos se administran involuntariamente para causar tormento.

A principios de los años sesenta, la década de la lucha civil por excelencia, las víctimas de la acatisia comenzaron a defenderse de la tortura negándose a tomar las píldoras. Las compañías de drogas reaccionaron: comenzaron a reemplazar las pastillas por líquidos incoloros e inodoros a fin de que se pudieran mezclar secretamente en las comidas. En Estados Unidos, un año antes de que yo tomara por vez primera un psicofármaco, los abogados de las corporaciones farmacéuticas arguyeron en las cortes que era legítimo forzar a un individuo a inyectarle estas drogas o ponérselas furtivamente en sus comidas.[2] Hay incluso organizaciones de salud mental que ocasionalmente aconsejan poner drogas siquiátricas en la comida de los niños a fin de controlarlos.[3] Estos son los antecedentes legales y sociales que explican lo aparentemente inexplicable: cómo fue que mi madre y un reputado analista hicieron eso en mi adolescencia. Que el objeto de estas drogas es el control fue reconocido en casos de disidentes del sistema soviético comunista que fueron encarcelados en hospitales siquiátricos y se les administró el mismo tipo de droga que me ponía mi madre: un neuroléptico.

En marzo de 1976, precisamente el año y mes en que comenzaba a ir con el sicoanalista, el matemático ruso Leonid Plyush dijo en una reunión científica en Nueva York que sus compañeros encerrados en el Hospital Psiquiátrico Especial Dneprospetrovsk vivían en constante temor por los efectos de los neurolépticos, y que había escuchado historias que esas drogas habían enloquecido a algunos de los internos. Otros declararon que esos químicos se usaron en ellos “para infligirles sufrimiento y así subyugarlos completamente”. Hablando en el senado de Estados Unidos, Vassily Chernishov declaró sobre la acatisia que experimentó: “Aunque temo a la muerte prefiero que me disparen que esto”. Estos disidentes políticos se quejaron de que el neuroléptico moderno es una manera más inhumana de reclusión que lo que cualquier prisionero haya experimentado anteriormente.[4]

Lo que nos distingue de los animales es un desarrollo protuberante de los lóbulos frontales: la parte de nuestro cerebro que nos permite tener ideas abstractas y planificar el futuro. Si nos comparamos con las otras especies de animales, en los lóbulos frontales residen nuestras facultades aristocráticas: los tenemos mucho más desarrollados que en los primates y apenas son visibles en otros mamíferos. Estos lóbulos son la sede de nuestra inteligencia, la parte del cerebro responsable de la civilización. Por lo mismo, son el blanco predilecto de lo que Orwell llamaba “policías de la mente”. Ahora bien, que en la antigua Unión Soviética los policías de la mente usaran neurolépticos para atentar contra las facultades del disidente es explicable en un régimen totalitario. ¿Cómo fue posible que intentaran eso conmigo en una nación presumiblemente libre y democrática? ¿En qué mente perversa pudo caber la idea de hacerle eso a un muchachito? ¿No debería el profesional que les recomienda a los padres ponerle a su hijo cuerdo esa droga estar en la cárcel? ¿Por qué uno de los sicoanalistas de mayor prestigio en México, que ha llegado a ser profesor de posgrado en la universidad más grande del país, le aconsejó a mi madre semejante cosa? ¿Hay otros analistas, profesores o médicos en occidente que se confabulen con los padres para sojuzgar al hijo a la manera soviética?

Un enorme tiempo me llevó contestar estas preguntas. Después de mi libro anterior pasaron doce años para sentarme a escribir: casi veinticinco años después de los sucesos que narro en la Carta. La tardanza en entender lo que había sucedido en mi adolescencia no se debe a que carezca de perspicacia, ni al hecho de que mi hermana haya tardado tanto en confesarme lo que había visto. Yo sabía que algo terrible me había sucedido cuando mi madre solicitó los “servicios” del siquiatra. La razón de mi previa ignorancia es otra. No hay literatura relevante en español sobre la confabulación entre padres y siquiatras. Cuando a mi tardía edad de cuarenta años leí en internet lo que el siquiatra Peter Breggin escribió acerca de los efectos de los neurolépticos, me quedé pasmado. Inmediatamente sospeché que mi madre me los había puesto de chico; y lo sospeché antes de la revelación de mi hermana. Pero ni Breggin ni los críticos de la siquiatría que escriben en el nuevo siglo son conocidos en América Latina o en España. Su pensamiento no había sido traducido al español sino hasta 2006 con Modelos de locura, un tratado académico escrito por veintiséis autores. Así que, en los dos decenios subsecuentes al asalto químico, carecía de las bases más elementales para saber qué me habían hecho unos adultos represores.

Si bien de adolescente intuía que la siquiatría no era una verdadera ciencia, de su pasado criminal mi ignorancia era casi total. Durante una estancia en Inglaterra en 1998-1999 tomé materias de biología y salud mental en la Open University. Gracias a mi estancia en Manchester pude leer a dos autores extra curriculares: Thomas Szasz y Jeffrey Masson. No hay crítico más devastador de una religión, secta, partido o seudociencia que aquél que le dedicó años de su vida y se percató de sus erróneos cimientos. Aunque, como veremos en mi siguiente libro, me he distanciado del pensamiento de Szasz, me encuentro en inmensa deuda con estos dos apóstatas de su profesión. Ambos me abrieron los ojos sobre lo que la siquiatría y el sicoanálisis realmente son. Jeffrey Masson me mostró que la inmensa mayoría de las sicoterapias, al menos como se practican en la actualidad, son las hermanas menores del siquiatra, como veremos en la sección sobre Freud en este libro. Ambas son profesiones que culpan a la víctima de los estragos que causan los padres abusivos. Sin Szasz y Masson difícilmente habría podido corregir mi postura previa a mi madurez, cuando aún creía en la pertinencia del sicoanálisis.

Peter Breggin ha hablado de la folie à trois entre algunos padres que maltratan a sus hijos y la profesión siquiátrica que droga no a los agresores, sino a los niños agredidos. En este libro me enfoco en esta confabulación de los padres con los siquiatras. Es un hecho conocido que, desde los orígenes de la institución manicomial en el siglo XVII, los padres han usado a la siquiatría para controlar a sus hijos. Breggin ha hablado mucho del daño que causan las drogas que los padres aconsejados por los siquiatras les administran a sus hijos, incluyendo la moda de medicar a los niños que se ponen inquietos o se distraen en las escuelas tradicionales. En la actualidad, sólo en Norteamérica se está drogando legalmente a varios millones de estos niños, algunos hasta de uno o dos años de edad. La Big Pharma hace su agosto considerando enfermedades a condiciones como la “hiperactividad” o el “déficit de atención”, haciendo de los niños del mundo un mercado ilimitado.

Otra guía para este libro fue la heroica autobiografía de John Modrow, quien nos confiesa que, debido a los maltratos propinados por sus padres y unos siquiatras, sufrió terribles ataques de pánico cuando era un muchacho. Sin su valiente denuncia no me habría enterado de que otros jóvenes habían cruzado por una experiencia como la mía —pánico— ocasionada por idénticas causas.

El crimen que cometieron mis padres y su médico-brujo fue legal, como mostraré al revisar tanto las increíbles leyes de mi ex país como las increíbles leyes internacionales que le confieren poderes especiales al siquiatra.

Respecto a los casos en que la familia usa a la siquiatría no para reprimir la conducta de un miembro cuerdo, sino la de un auténtico perturbado, mostraré que aún en esos casos la profesión siquiátrica es nociva y fraudulenta.

Para visualizarlo comparemos la mente humana con una computadora. Hay enfermedades neurológicas, como los tumores o las embolias, que afectan al “hardware” de una persona. Pero las perturbaciones mentales no se encuentran en este grupo. Si la computadora donde escribo esta introducción fue cargada con una versión defectiva de un procesador de palabras y es necesario formatearla, el problema radica en el software de la máquina. Asimismo, en un ser humano puede programarse un mal “software” a través de maltratos emocionales, físicos e incluso sexuales a temprana edad: la provincia del psicólogo. Los siquiatras ignoran esta realidad y atacan al hardware del individuo: su cerebro.

Pero la mente no es el cerebro. Es tan absurdo confundir la mente humana con el cerebro como confundir el programa Word con el que escribo este libro con mi CPU. Si algo funciona mal con la manera como un individuo ve al mundo —digamos, alguien que se cree Jesucristo— el problema está en su proceso cognitivo, en sus mecanismos de defensa; no necesariamente en una disfunción fisiológica de su cerebro. Al atacar al cerebro con drogas siquiátricas, electroshocks y lobotomías la profesión que llamamos siquiatría victima una vez más a la víctima perturbada. Siguiendo la analogía de arriba, es como si en mi desesperación de componer el mal funcionamiento de mi máquina me metiera con pinzas de corte en los circuitos del Mother Board en lugar de instalar de nuevo el programa.

Aclarado esto, reitero que en este libro me enfoco en los hijos cuerdos asaltados por siquiatras.

En el apéndice señalo cómo la llamada siquiatría biológica no cumple con los estándares de una verdadera ciencia. Entre varios criterios que distinguen entre ciencia verdadera y falsa le doy especial valor al criterio de Karl Popper, que trato de explicar en los términos más didácticos que me fue posible. Si este libro llega a caer en manos de un individuo sofisticado que crea que la siquiatría tiene fundamento médico, lo invito a leer ese artículo cuya dirección aparece arriba, donde le quito la máscara de ciencia a la siquiatría de un tirón.

En este libro me enfocaré más bien a cómo unos padres abusivos usan a la siquiatría para terminar de destruir a uno de sus hijos.

_______________________

[1] Janet Gotkin: Too much anger, too many tears (Time Book, 1975), pág. 385. Gotkin es una de las contadas sobrevivientes de la siquiatría que ha logrado publicar un libro sobre lo que le hicieron los siquiatras.

[2] Leí esto en Robert Whitaker: Mad in America: bad science, bad medicine, and the enduring mistreatment of the mentally ill (Perseus, 2001), pág. 214.

[3] Un norteamericano me dijo en un mail personal de agosto de 2005, y capturo sus palabras sin traducirlas: “I remember when I first got involved with anti-psych activities, and heard a NAMI psychiatrist (she was on the national board of NAMI, this was the late 80’s), and she was advising True Believers to sneak psych drugs into their children’s food, as she had done with her son —whom I never was able to meet to ask how he felt about this”.

[4] Leí lo mencionado acerca de los disidentes en Mad in America, págs. 216s.

Página 133 de Hojas susurrantes

(Epígrafe)


“Para cometer actos injustos y violentos no es suficiente que un gobierno tenga voluntad o incluso poder: los hábitos, las ideas y las pasiones del tiempo deben permitir cometerlos”.

Alexis  de  Tocqueville

Páginas 133-141 de Hojas susurrantes

Re-victimación siquiátrica
y pánico demoledor del yo interno



Imaginemos a Dora, una muchacha en estado de trauma por haber sido violada por su padre. Imaginemos que en lugar de llevarla a un hospital común es llevada por su mismo padre a un hospital siquiátrico. La muchacha no quiere ir allá. Lo único que desea es que alguno de sus seres queridos la consuele. ¿Qué sentiría si el encargado de admisiones le dijera?:

Te vamos a internar. La violación no te causó trauma alguno. Eso está completamente superado en la siquiatría científica. Vivís en un mundo paranoide, Dora. Por tus síntomas mi diagnóstico es que padeces de esquizoidismo. Y corres el peligro de esquizofrenia. Un desequilibrio químico en tu cerebro está causando tus ataques de angustia.

Veo que mi interpretación científica te causa pánico… ¿Sabes, Dora, que el primer signo de recuperación de una mujer que se siente violada es aceptar que es una enferma? Por lo mismo, y para ayudarte a que lo aceptes, mi prescripción es que bombardeemos tu cerebro con metabolitos franceses. Todo rechazo ante mi diagnóstico y prescripción será considerado resistencia. Y la resistencia a que tomes tus medicamentos, mi querida Dora, aquí se paga con la hospitalización por la fuerza.

¿No sería esta interpretación “biorreduccionista” —que reduce nuestras penas a un factor biológico— un golpe adicional a la menor de edad, algo tan devastador como la violación de su padre? El ejemplo, aunque hipotético, ilustra lo que le sucede a muchos adolescentes en la consulta de siquiatras privados: algo que llamo la retraumatización o revictimación de una víctima, y que podría definir de la siguiente manera. En la jurisprudencia común, se toman medidas contra el agresor. En la jurisprudencia siquiátrica, se toman medidas contra la víctima.

¿Suena esto a Alicia en el país de las maravillas? En la vida real se dio el caso en que los siquiatras diagnosticaron de “esquizofrénico” a un joven víctima de una violación. Y aún más increíble: a una niña de catorce años en estado de trauma por haber sido violada los siquiatras la electrochocaron contra su voluntad.[1]

Éstos no son casos aislados. El siguiente es un ejemplo de revictimación siquiátrica en Estados Unidos:

Rana Lee recuerda cuando fue a ver a su doctor porque su marido le pegaba. El doctor, dijo ella ante un comité del congreso, “recetó 10 miligramos de Valium tres veces al día para calmarme, y lo rellenó por cinco años sin hacerme más preguntas”.[2]

Al igual que Amara este doctor prescribía drogar no al agresor, sino a la víctima del agresor. He escuchado testimonios de mujeres que les sucedió algo similar en México. Pero al menos estas mujeres se salvaron de un diagnóstico siquiátrico, no esta otra víctima de maltrato doméstico:

Los siquiatras se complacen en señalar cuánto sufrimiento causa la esquizofrenia. Sin embargo, puedo constatar con veracidad que el ser etiquetado de esquizofrénico me causó cien veces más sufrimiento que la susodicha “enfermedad” misma. Desde que recobré mi salud mental en 1961 me he pasado decenios luchando para lograr algo de autoentendimiento y autoestima. Y en este respecto nunca me recobré totalmente de lo que la siquiatría y mis padres me hicieron hasta que finalmente comprendí que en realidad nunca había estado enfermo.[3]

Esta confesión proviene de John Modrow. Revictimado por siquiatras, Modrow concluye que la praxis siquiátrica parece estar calculada para enloquecer a una persona que ya ha sido traumatizada. Una retraumatización psicológica es una violación directa al juramento hipocrático: Primum non nocere!, en primer lugar no hagas daño. El oficio mismo de la siquiatría representa una violación a este juramento. “¿Cómo puede un siquiatra validar su identidad como doctor sin etiquetar a otros como enfermos mentales”, pregunta Modrow, “esto es, sin deshumanizarlos y destruir del todo sus identidades?” [4]

Como buen practicante de su profesión, Amara violó el juramento hipocrático. Como expliqué detalladamente en mi libro anterior, mi adolescencia fue la etapa cuando más necesité de ayuda en mi vida. Mis padres habían enloquecido y dirigían su psicosis casi exclusivamente hacia mí. Dado que había sido su hijo favorito, la confusión de sentimientos socavó mi estado emocional. Mis angustias eran tales que estropearon mis lazos sociales. Un oído amigo era todo lo que necesitaba.

No tuve ninguno, y cuando se me ordenó ir con un sicoanalista éste hizo todo lo posible para no escucharme. En lugar de confrontar a los agresores me colgó un insultante rótulo; y su confabulación con mis padres disparó mis angustias a niveles desconocidos de dolor.

El siquiatra le dijo a mi madre que yo iba a “ponerme peor” inmediatamente después de su tratamiento. Eso me lo confesó mi misma madre. Pero el siquiatra jamás sugirió que ese mal se debería única y exclusivamente a la retraumatización psicológica en su consulta, y a la droga que le recomendó ponerme furtivamente. De esa manera los efectos de la droga no sólo eran maquiavélicamente disimulados, sino que los síntomas de que “se pondrá peor” eran evidencia de la sabia prognosis del médico. Aunque parezca increíble, el mío no sólo fue un caso de iatrogenia médica: fue un caso perverso de profecía autocumplidora.

La profecía autocumplidora es un truco: una “profecía” en la que el profeta ayuda a que se cumpla en la realidad (como el profeta que predice el incendio del teatro de la ópera y es pillado intentando prenderle fuego). Ya podremos imaginar qué pánico sentiría un muchacho a quien se le dice que el vapuleo en el hogar no le causó trauma alguno; se le ponen secretamente drogas para atormentar a disidentes políticos, ¡y a la vez el médico predice un derrumbe definitivo! No olvidemos que para los rusos la droga que me ponían era la peor de las torturas posibles. Pero al menos ellos sabían que se les administraba una temible droga. En cuanto al aspecto puramente psicológico del ataque médico, Modrow le pegó al clavo sobre cómo la retraumatización produce un pánico demoledor del yo interno: “Por consiguiente, así como el médico-brujo del vudú es capaz de ocasionar la muerte tan sólo maldiciendo a alguien, el siquiatra es capaz de ocasionar la locura tan sólo diciéndole a alguien que está demente, o al menos que está en proceso de serlo. A esto se le conoce como una profecía autocumplidora”.[5]

Rompí todo contacto con ustedes. Amara fungió como tu vocero. Llegó incluso a aconsejarme que estudiara para presentar las pruebas extraordinarias del Zumárraga al final del año escolar, cosa que te había concedido el subdirector del colegio según él.

Este es un pasaje de mi Carta. Lo vuelvo a publicar junto con otros pasajes a fin de ofrecer mis comentarios sobre cómo un renombrado analista puede acorralar a un chico al borde de enloquecerlo.

El pánico del que hablaré fue una experiencia similar a la acatisia, pero incomparablemente más terrorífico. En casa de mi abuela Amara ya me había recetado algunos antidepresivos, meses antes de que mi madre me pusiera las drogas subrepticiamente. Originalmente, en mi inocencia me los tomé sin saber nada de sus posibles reacciones secundarias.

El tormento fue un inmisericorde bombardeo por aire, tierra y mar calculado para minar la moral, el intelecto y el rendimiento cerebral de un chico. De hecho, la sensación constante del insultante rótulo que me colgaron aunado al empleo punitivo de drogas al mismo tiempo que sufría del trauma de las bofetadas de mi padre —un triple asalto en realidad— fue tan infernal que me reservaré la narrativa de esta experiencia para otro lugar. Aquí sólo la bosquejaré:

Luego me dio un folleto propagandístico sobre un hospital siquiátrico para que lo leyera y me pidió que le diera “mi opinión”. ¿A qué se debería su introducción a los manicomios?

Esto es precisamente lo que quise ilustrar con el ejemplo de Dora: una retraumatización psicológica que causa pánico. El mío fue otro caso surrealista de jurisprudencia siquiátrica donde las medidas no se tomaron contra el agresor, sino contra la víctima del agresor. Si ya había sido mortalmente herido por la alianza del médico con mis abusivos padres no puedo imaginar algo que, en ese estado de trauma e indefensión, podría haberme agredido aún más que la injuria de sugerir que yo, no los adultos locos que me agredían se fuera a un siquiátrico.

Como Amara era el abogado del diablo, ya no contestaba a sus preguntas. Su complicidad con ustedes me tronaba. Decidí no ir más a sus sesiones pero habló por teléfono a casa de abue y educadamente sugirió que si no iba con él podía terminar en un siquiátrico.

¿Qué hacer? Los misérrimos salarios mexicanos me impedían salir a buscar trabajo y huir definitivamente de la pesadilla familiar (y ahora de una siquiatría a la soviética). Iba a verlo sólo por temor a que cumpliera su amenaza. ¡Era como tener a la sociedad entera contra mí!

Que los siquiatras cumplen sus amenazas de internar a los hijos de familia perfectamente cuerdos sólo porque se niegan ir a sus sicoterapias se comprueba por los testimonios de otros adolescentes que, ya adultos, han denunciado al terapeuta.[6] Cabe decir que sin la amenaza latente de usar la fuerza los despotismos no existirían. Esto lo sabía muy bien Maquiavelo. Thomas Szasz ha dicho que toda intervención siquiátrica involuntaria es un crimen contra la humanidad. Yo añadiría que la sola amenaza de intervención a un menor de edad también es criminal.

Como decliné la ultra-grotesca invitación a que me internaran (¡qué habrá sentido Dora al escuchar que ella, no el violador, iba a ser el blanco de un ataque médico!), Amara cambió de estrategia. En la Carta escribí:

En una sesión de esas el alienista dijo algo que me causó un auténtico shock:

“¡A bombardear el cerebro con metabolitos franceses!”

¡Lo dijo tan entusiasmado, tan de buena fe, que fue una experiencia doblemente esquizógena! Sentí que querían minar mi personalidad, que querían extirpar la sensibilidad de mi alma. Independientemente de mis conflictos familiares, a mis diecisiete me sentía una figura romántica apasionada. Recetarle a una alma bella Majeptil —droga tan ofensiva que produce reacciones como la acción refleja de sacar la lengua— ¡era una ofensa mortal! En sesiones posteriores Amara recalcó animosamente sobre los ofensivos fármacos:

“¡Son franceses!” —¡como si me fuera a ir con esa propaganda malinchista para ingerirlos! También manifestó:

“Hay que remover esos radicales químicos negativos del cerebro. Para eso sirven los metabolitos”.

Como les dije a mis padres en la carta publicada páginas atrás, la sórdida política de “Diagnosticad a la víctima” y los planes de atacar mi cerebro representaron un más que descomunal golpe para mi moral juvenil. A mis diecisiete me entendía como una víctima de problemas familiares —¡de ninguna manera médicos!— y se lo traté de comunicar al doctor:

En otra sesión, debido a mi nudo en la garganta apenas si pude balbucearle mi visión sobre la verdadera causa de mis angustias: la “sensibilidad valorativa” de un alma bella ante las aberrantes circunstancias que le había tocado vivir, le dije. Él se limitó a refutarme con habla fluida:

“Ya está superado eso que los sensibles son los que se enferman”.

¡Ya está superado que la violación incestuosa trauma a las mujeres, Dora!

Modrow señala que, de los investigadores que abordaron el tema de lo que aquí he llamado víctimas revictimadas, Harry Sullivan hizo la contribución más valiosa para entender el mundo interior de estos individuos. De acuerdo al modelo Sullivan-Modrow, el pánico que hace que una víctima revictimada entre a un estado de locura ocurre debido a una serie consecutiva de asaltos que colapsa las defensas de un individuo. En su propio autoanálisis, Modrow ratifica el parecer de Sullivan que cuando estas defensas colapsan “el individuo cae a un intenso estado de pánico y simplemente ‘se desprende’ por así decirlo, cayendo a una terrible visión de sí mismo como una persona sin valor o mérito alguno”. Hablando de sus propias experiencias Modrow añade que “memorias dolorosas otrora reprimidas surgen inundando la conciencia con vivacidad alucinatoria”.[7]

Cada vez que el sicoanalista se ensordecía ante mis acusaciones sobre ustedes, me asaltaba el pánico.

Durante una cita con una doctora amiga de Amara para hacerme diversos exámenes sicológicos en el Departamento de Psiquiatría de la UNAM me asaltaron tan pavorosas angustias que sudé, me bloqueé y suspendimos las pruebas. Yendo por el Corredor Universitario sufrí de tan horripilante estadio mental que sentía como plomo en la nuca; algo que distorsiona bosquianamente mi sensación —toda mi sensación psíquica. Era como estar en una pintura de El Bosco y sentir sus nauseabundos surrealismos. En el pasado algo de eso había llegado a sentir, mas nunca a este extremo.

La experiencia del pánico, exacerbada por las drogas del médico, podría describirse como un desgarramiento del yo donde se experimenta la traición del universo. Podríamos ilustrarlo si imaginamos que una Dora bajo los horribles efectos de las drogas del hospital escapara de las garras del médico sólo para ser repudiada por su familia, como solía hacerse en otros tiempos con las violadas. ¿Qué sentiría? Según Modrow, el estado de pánico que inmediatamente precedió a su propia locura “fue la experiencia más desgarradora que puede sufrir una persona”.[8]

Otro día, de regreso de consulta con Amara caminando en el Parque Hundido sentí que se me hundía el mundo. Al pasar por el Audiorama oía a Ricardo Strauss, una de mis melodías favoritas. Pero los radicales químicos o lo que fuera tenían tal peso, mis angustias eran tan pavorosísimas y mi mente tan aplastada, que me seguí de largo.

¡No podía darme siquiera un respiro debido al tren de vida interior que me estaba moliendo!

El pánico es el estado cuando el juicio de un individuo se encuentra en mayor peligro. En ese estado la mente pierde la fuerza que le da cohesión a su yo interno, por así decirlo. En mi caso, aunque lo sufrí fui lo suficientemente “centrípeto” para sobrevivir al martirio del médico y no crucé la línea que cruzaron Modrow y muchos otros. No obstante, si bien jamás tuve un episodio psicótico, las citadas experiencias fueron el nadir psíquico al que puede llegar un ser humano. Después de padecerlas mi visión de la humanidad había grandemente cambiado (como confesaré al final del libro final).

El “plomo” al que me referí al regresar de la cita del Departamento de Psiquiatría durante el primer ataque de pánico eran las angustias y/o los efectos de las drogas siquiátricas —jamás en mi vida había tomado drogas— que engendraron la terrible sensación de tener una suerte de garrote adentro de la nuca y cerebelo. La terapia que me aplicó Amara había sido como recetar quimioterapia a un niño enteramente sano, sin evidencia de células cancerígenas en lo absoluto. Infortunadamente para mi testimonio la sensación del “plomo” es inusual, y por ende, inefable. Lo único que puedo añadir es que el pánico fue dantesco. En mis soliloquios a tales experiencias les llamé por muchos años “el séptimo círculo del infierno”.

Ahora bien, al analizar el segundo ataque de pánico, cuando caminaba en un parque, es de notar que para describirlo repetía conceptos que mi torturador psicológico me había inculcado durante esas forzadas sesiones (“radicales químicos”, “mente aplastada”). Esta observación, y otra que se colige del texto —los ataques ocurrieron yendo o viniendo de citas con siquiatras—, puede ser la clave para mostrar qué disparó la crisis del parque.

El que una figura de tal autoridad ante la sociedad me calumniara con una de las etiquetas más insultantes en su repertorio, me amenazara para que no dejara de ir a sus calumniantes sesiones, y ya en las mismas recetara abiertamente bombardear mi cerebro, representó la puntilla revictimante que condujo al pánico. Y es que al no tener a nadie ya no se diga que me defendiera, sino ni siquiera que estuviera en disposición de escucharme sobre lo que me hacían mis padres, y ahora un médico-monstruo, hubo momentos en que sentí que el universo estaba realmente contra mí. Durante mi adolescencia nadie, absolutamente nadie me confesó haber visto las locuras de mi madre, los injuriantes arrebatos de mi padre, la vejación en los colegios y, para rematar, la puntilla del siquiatra —una sinfonía en crescendo de asaltos a la moral de un muchacho que, exacerbado por las drogas, culminó en los ataques de pánico.

Aunque me disgusta la terminología médica para hablar de problemas del alma, podría decir que esas crisis de pánico fueron iatrogénicas. La iatrogenia (del griego yatros, médico) es una de las aberraciones de la profesión siquiátrica. En sus descarriados y estúpidos intentos de sanar, el terapeuta provoca un trastorno nuevo y más serio que el conflicto familiar existente.[9] No puede ser de otra manera: un diagnóstico siquiátrico aplicado a un cuerdo siempre es un método de difamación y asesinato social que hiere mortalmente los sentimientos de una persona ¡y más aún los de un chico! A esto le llamo revictimación.

La retraumatización psicológica de hijos de familia víctimas de vapuleo parental es central para entender la naturaleza de la siquiatría, pero muy pocos críticos de la misma han señalado algo tan importante. La excepción es Modrow:

El daño psicológico que los siquiatras infligen a sus pacientes es un tema del que no se oye hablar mucho. Una de las razones de esta situación se debe al hecho que quienes saben más de este tema —los que han sido dañados psicológicamente por la siquiatría— rara vez son escuchados o tomados en serio. Toda la sección narrativa de este libro [el de Modrow] ilustra el tipo de daño psicológico que la siquiatría puede causar.[10]

A diferencia de mí, debido al pánico causado por la doble espiral de vapuleo, parental y siquiátrico, el joven Modrow tuvo un episodio psicótico. Por un breve tiempo creyó ser Juan Bautista: un delirio de grandeza que, según Modrow mismo, no fue otra cosa que un intento desesperado de su inconsciente de supercompensar el sentimiento de bestial humillación ocasionado por sus padres y los médicos pagados por su madre.


___________________

[1] El caso del joven se menciona en Breggin: Beyond conflict: From self-help and psychotherapy to peacemaking (St. Martin’s Press, 1992) pág. 107. El de la niña, en T. Baker: “The minor issue of electroconvulsive therapy”, Nature Medicine, 1, págs. 199-200.

[2] Rana Lee, citada en Breggin: Toxic psychiatry: why therapy, empathy and love must replace the drugs, electroshock, and biochemical theories of the “new psychiatry” (St. Martin’s Press, 1994), pág. 219.

[3] John Modrow: How to become a schizophrenic: the case against biological psychiatry (Apollyon Press, 1996), págs. 147s.

[4] Ibídem, pág. 227.

[5] Ibídem, pág. 75.

[6] “A pesar que como un mes antes había admitido conmigo y mis padres que no tenía una enfermedad mental, el siquiatra, con la aprobación de mis padres, me amenazó con internarme de nuevo si rehusaba ir a verlo a su consultorio. Continué rehusando ir a verlo y sólo por esa razón —ninguna otra— me metió de nuevo al siquiátrico”. Este testimonio de la adolescencia del abogado Douglas Smith aparece en el artículo “Por qué las leyes para internar a pacientes externos no cambian casi nada”, que traduje al español en http://www.antipsychiatry.org.

[7] Modrow: How to become a schizophrenic, pág. 18.

[8] Ibídem, pág. 19.

[9] Una exposición de la iatrogenia siquiátrica aparece en el capítulo 5 de Robert Baker: Mind games: are we obsessed with therapy? (Prometheus Books, 1996).

[10] Modrow: How to become a schizophrenic, pág. 226.