Páginas 153-163 de Hojas susurrantes

La naturaleza del mal: Amara (I)



Podría parecer que mi objetivo es panfletario: mostrar a los siquiatras como la enfermera Ratched en Alguien voló sobre el nido del cuco: uno los villanos más fríos, aunque de habla más suave, que ha visto el cine (en México bautizaron esa película como Atrapado sin salida). Pero eso es Hollywood: la realidad no es como una película donde el villano posee conciencia del mal que hace, tanto así que el espectador se excita cuando Jack Nicholson se arroja al cuello de la enfermera para estrangularla. Los alienistas no son Ratched, ni mi objetivo filmarlos como tales.

En México muchos han sido seducidos por la suave y gentil voz con que Amara habla en los medios de comunicación. En mayo de 1988 visité a este gentleman no como paciente, sino para escuchar sus comentarios sobre una copia de la recién escrita epístola a mi madre que le había dado.

En ese envidiable consultorio con vista a un parque-oasis en la jungla de asfalto que es la Ciudad de México, Amara colmó mis habilidades literarias con elogios. Pero algo extraño había en el ditirambo: las acusaciones de la epístola no eran mencionadas. Pensé que era cosa de tiempo para que llegara al grano. Lo dejé hablar. Cuando nada sustancial salió del monólogo le pregunté directamente:

—¿Pero qué crees de lo que digo, que la etiología de que mi problema fue la madre?

¡Oh! De qué manera tan educada, tan caballerosa, tan temerosa me atrevería a decir, respondió: “Es miopía” explicando que virtualmente en toda familia existen neurosis, y que la mía era simplemente “una familia neurótica más”.

Eso, no una Ratched consciente de lo que hace, es lo que son los siquiatras. ¿En qué rincón de su subconsciente reprimió Amara lo escrito sobre mi pánico causado por su sordera? ¿En qué lugar reprimió la tortura medusea de impedirme dormir, o el trauma de la traición de un padre Jekyll-Hyde como lo cuento en la epístola? La categoría de vapuleo parental, que cualquier jovenzuela es capaz de comunicarle al público en un talkshow, no entró en la cabeza del sofisticado analista. Decir “todos neuróticos” en el sentido que Amara explicó equivale a decir “todos inocentes” ya que una familia típicamente disfuncional no necesariamente destruye la vida de los hijos.

Luego Amara me contó que un sujeto lo quiso sobornar mostrándole un enorme fajo de billetes para internar a su esposa a un siquiátrico, algo así como los casos aludidos por Defoe y Masson en las páginas anteriores. El objeto de la anécdota era que lo viera como un analista ajeno a las corrupciones de su profesión: un médico con escrúpulos que no puede ser tentado por el mal.

Pero ése no es el mal, mi buen doctor.

El mal no es aceptar sobornos sabiendo que destruyes a una inocente sino creer que el bien se hace: la fe con sonrisa o el dogma educado no tocado por la duda, la ideología con carisma.

Fueron teologías las que movieron a asesinar a miles de mujeres etiquetadas de brujas y a millones de infieles que cayeron bajo la espada en Medina. Fue la ideología con sonrisa ilustrada lo que llevó a los jacobinos a descabezar no sólo a aristócratas, sino a miles de paisanos simples. Fue el dogma de un filósofo judío que media humanidad tomó como segundo Mesías lo que llevó a los comisarios judíos y gentiles del Gulag a un holocausto mayor que el de Himmler. ¿Cuántas otras almas no han sido destruidas por hombres tan bienintencionados como usted, señor siquiatra? Porque es la creencia que al hijo “identificado” por los padres hay que tratarlo con drogas lo que les lleva a retraumatizar a niños y púberes hundiéndolos en los infiernos del pánico.

En la misma televisión donde apareces airando tus lúcidos comentarios se ven programas sobre nuestra hermosa megalópolis, la más grande del orbe, mostrando toda suerte de crímenes familiares. Ahora me viene a la mente la terrible imagen de un bebé que había perdido un ojo debido a los golpes de su madre. Si una de estas desdichadas criaturas aparece en los medios, concederás que es una víctima. Pero si ya crecido se le ocurre entrar a tu consultorio, crimen y víctima desaparecen.

Todo lo que dice tu paciente es un lazo infantil con los padres, un actuar afuera quizá (“acting out”); una imaginería retroactiva no sobre lo que sucedió, sino sobre cómo tu paciente lo tomó. Es miopía, una actitud victimista en el mejor de los casos y en el peor vivir en un universo paranoide; y no aceptar la interpretación del analista es “resistencia”.

Solyenitsin escribió:

¿Cómo hay que entender una palabra como malvado? ¿Qué queremos decir exactamente con ella? ¿Existe tal cosa en el mundo?

Nuestra primera reacción sería que no puede haber malvados, que no los hay. En los cuentos es lícito hablar de ellos porque son para niños y hay que simplificar las escenas. Pero cuando la gran literatura mundial de los siglos pasados —Shakespeare, Schiller, Dickens— nos presenta una tras otra semblanza de malvados de un negro espeso, los malvados nos parecen casi de guiñol y poco acorde con la sensibilidad moderna. El problema radica en cómo están caracterizados. Tienen perfecta conciencia de su maldad y de su alma tiznada. Razonan así: “No puedo vivir sin hacer el mal. A ver si enfrento al padre contra el hermano. Qué deleite ver padecer a mis víctimas”. Yago dice sin tapujos que sus objetivos e impulsos son negros, nacidos del odio.

¡Pero las cosas no son así! Para hacer el mal un hombre debe antes de concebirlo como un bien, como un acto meditado y legítimo. Afortunadamente el hombre está obligado, por naturaleza, a encontrar justificación en sus actos. Las justificaciones de Macbeth eran endebles, y por eso su conciencia lo devoraba. Yago era otro corderito. La imaginación y la fuerza espiritual de los malvados shakesperianos se agotaban con la docena de cadáveres porque carecían de una ideología.

Gracias a la ideología el siglo XX ha conocido la práctica de la maldad contra millones de seres. Y esto es algo que no se puede negar, ni pasar por alto ni silenciar. ¿Cómo después de esto nos atrevemos a seguir afirmando que no existen los malvados? ¿Y los que exterminaron a esos millones? Sin malvados no hubiera habido Archipiélago.

Esta es la raya que el malvado shakesperiano no puede atravesar. Pero los malvados con ideología la atraviesan, y su conciencia permanece limpia y clara.[1]

De quince a treinta millones de personas —del triple al séxtuple del Holocausto judío tomando incluso las cifras más infladas sobre el Holocausto—, murieron en el Gulag a causa de los verdugos voluntarios de Stalin (la mayoría de estos verdugos eran judíos).[2] Cuando mi madre embestía al diablo, que creía que habitaba en mí, lo hacía con una conciencia casi limpia: y lo mismo puede decirse de la revictimación de Amara. Quisiera ilustrar la visión solyenitsiana del mal con un par de anécdotas sobre este último.

Hay una memoria insólita en mi mente. Cierta ocasión vi que Amara tenía un extraño aparato en su consultorio. Le pregunté qué era y me contestó que servía para electrochocar a algunos de sus pacientes. Lo dijo con toda naturalidad. Tan azorado me quedé que por mucho tiempo dudé que mi memoria fuera una representación de algo sucedido en la vida real.

Ahora sé que fue una memoria real. En un programa de radio llamado Parejas disparejas y la familia que salió al aire el 25 de julio de 2001 Amara se expresó muy favorablemente del electroshock y lo promovió como algo “bastante inofensivo”. En ese programa una madre habló preocupada sobre la depresión de su hija y Amara recomendó electrochocarla.

El objeto del electroshock es un lavado de cerebro. “Lavar el cerebro” significa, literalmente, lavarlo de su contenido, es decir, de sus ideas. El electroshock destruye las ideas y las memorias al destruir las células cerebrales que las contienen. Después del tratamiento es posible reprogramar a los sujetos electrochocados. Como reconocieron los siquiatras J. C. Kennedy y David Anchel: “Sus mentes parecen tabulas rasas donde podemos escribir”.[3]

El procedimiento es el siguiente. Se aplica jalea en las sienes para aumentar la conductividad eléctrica de la persona a electrochocar y se le inyecta una droga en sus venas para producir una anestesia total. Un respirador artificial se deja de usar cuando la víctima puede volver a respirar por sí misma después del disparo eléctrico de 70 a 400 voltios de sien a sien. El blanco del ataque son los lóbulos frontales, el orgullo del Homo sapiens, al provocar artificialmente un ataque epiléptico. El ataque es tan severo que hace tiempo, cuando el cuerpo no se sujetaba y paralizaba con drogas, el espasmo ocasionalmente rompía las vértebras de la persona. Aún con estas drogas el siquiatra está atento a que su víctima anestesiada tenga un espasmo involuntario, una encorvadura hacia arriba, que le permite saber si el martillazo eléctrico “funcionó”. Sin esta reacción el siquiatra continúa aplicando shocks hasta obtener la reacción deseada. En los instantes subsecuentes las ondas del electroencefalograma marcan por unos segundos una línea recta: muerte cerebral. Millones de células cerebrales mueren. En las salas del electroshock se encuentra un desfibrilador: un equipo de emergencia para resucitar el corazón de la persona electrochocada en caso de paro cardíaco.

Algunos médicos reconocen que el electroshock es perjudicial. Antes de que los siquiatras se volvieran más cautos en sus pronunciamientos, Max Fink reconoció que el electroshock se asemeja “a un severo trauma en la cabeza” y sostuvo que “la terapia convulsiva provee un excelente método experimental para los estudios del trauma craneocerebral”.[4] Las mismas autopsias de los sujetos electrochocados que murieron mostraron que el electroshock causó hemorragias cerebrales, especialmente en el área de la corteza cerebral. Tanto le temen los pacientes al martillazo eléctrico que en los hospitales siquiátricos es común ver a las víctimas siendo arrastradas por los enfermeros hacia el cuarto del electroshock.

Pero el dato clave para entender la práctica es señalar algo que el hombre de la calle ignora. El electroshock sólo se administra a los cerebros perfectamente sanos. No se aplica en los cerebros enfermos, digamos, de un glioma o tumor maligno. Como lo han denunciado los críticos de la siquiatría a lo largo de las décadas, el objeto del electroshock es simplemente matar neuronas sanas y producir pérdida de memorias en el sujeto cuya conducta se desea controlar. Esto es exactamente lo que ocurre con la lobotomía, a la que con fines eufemísticos los cirujanos le cambiaron el nombre. Psicocirugía significa extirpar porciones sanas del cerebro de quien se desea controlar. Neurocirugía significa operar cerebros genuinamente enfermos, como de un tumor canceroso (aunque los siquiatras usan engañosamente la palabra “neurosiquiatría”, es pertinente distinguir entre seudociencia siquiátrica y ciencia neurológica).

Para que Amara aconseje abiertamente a una madre en la radio electrochocar a su hija es evidente que, como dice Solyenitsin, tiene una ideología: está convencido de que lo que hace es bueno y necesario. Recuérdese la carta del doctor Massini sobre Julie. La revictimó encerrándola con la más limpia conciencia. Así como Amara hace sus pronunciamientos bárbaros en la radio sin importarle que sus enemigos lo graben, para Massini el ponerse mercenariamente de parte del padre fue algo tan natural que lo dejó sobre el papel para que futuras generaciones pudieran juzgarlo.

La otra anécdota que quería contar también tiene que ver con asaltos al cerebro. Que los siquiatras tratan a los hijos que les llevan sus padres como ciudadanos de tercera se nota al señalar que no les advierten nada sobre el peligro que entraña la ingestión de las drogas que les recetan. Amara, por ejemplo, no nos advirtió en lo más mínimo sobre los ataques de pánico o la acatisia ocasionada por el neuroléptico que me ponía mi madre (y/o por un antiparkinsoniano que me recetó), que él llamaba eufemísticamente “metabolito francés”. Como dije, a lo largo de siete meses fue muy frecuente que el tormento de la acatisia me tuviera tumbado en cama.

La más extensa guía sobre las drogas lícitas e ilícitas en español es Historia general de las drogas de Antonio Escohotado. Sobre los neurolépticos, que son legales, Escohotado nos dice:

El principio general de estos fármacos es inducir una reacción que en altas dosis constituye catalepsia, por reducir el consumo de oxígeno en el tejido cerebral […]. Bloquean o destruyen algunos de los principales neurotransmisores (dopamina, norepinefrina, serotonina) […]. Los llamados tranquilizantes mayores pueden alinearse entre las drogas muy peligrosas. Ningún tipo de psicofármacos crea en clínicas tantas intoxicaciones agudas y letales por prescripción del propio personal terapéutico.[5]

Los neurotransmisores son sustancias químicas liberadas en la sinapsis de las células cerebrales. En Historia general de las drogas también leí algo sobre la acatisia que había sospechado pero que era sólo una intuición basada en mis experiencias. Escohotado nos dice que a nadie le gusta que le amarren su espíritu por medio de drogas (“neuroléptico” viene del griego: neuro, nervio y lepto, atar: droga ata-nervios literalmente):

Como el espíritu humano no se presta con facilidad a esa drogadicción, uno de los efectos secundarios más conocidos es la llamada acatisia, un estado de inquietud extrema descrito como “sensación de querer saltar fuera de la propia piel” […]. No en vano la principal eficacia terapéutica atribuida a los neurolépticos es el sentimiento de alivio posterior a la supresión del empleo, cuando el cuerpo logra liberarse de la intoxicación.[6]

Esto de querer saltar fuera de la propia piel me recuerda una mujer a quien le recetaron el muy conocido neuroléptico Haldol (haloperidol) y me describió la acatisia que sufrió con estas palabras: “¡Me daban ganas de aventarme por la ventana! ¡con ganas de suicidarme!” [7]

Escohotado no se limitó a teorizar sobre las drogas. Experimentó con una dosis baja de haloperidol. Las gotas le “borraron cualquier rastro de autoconciencia” y no volvió a tener el coraje científico para repetir el experimento, como nos confiesa en su voluminoso texto. Es curioso notar que Leptopsique (perfenacina), otro neuroléptico, significa etimológicamente “psique adelgazada”.

Además de la acatisia Amara tampoco nos dijo, ni a mí ni a mis padres, una sola palabra sobre la distonía que me enchuecó. Como ignoraba que me ponían la espantosa droga en los desayunos, a mis dieciocho y diecinueve años me culpé de lo que los adultos locos me hicieron: creí que las crisis de enchuecamiento en mis músculos habían sido psicosomáticas. Mucho tiempo tuvo que pasar para que leyera algo sobre los efectos de estas drogas. Sólo así me enteré que, además de la torturante acatisia, Majeptil (tioproperazina) también puede causar disquinesias tardías, además del síndrome neuroléptico maligno que mata a quienes toman la droga (“tardía” se refiere a que los síntomas tardan en desarrollarse).

Al igual que el electroshock, neurolépticos como Majeptil y una veintena de otros que se venden en el mercado no sanan enfermedades neurológicas: las causan. Esto es tan cierto que incluso un texto de siquiatría confiesa: “Estas drogas antipsicóticas han sido llamadas ‘neurolépticos’ porque su acción imita a la enfermedad neurológica”.[8] El supuesto efecto “antipsicótico” del neuroléptico es en realidad un estado de indiferencia emocional. Los individuos bajo esta droga se vuelven letárgicos, conducta que los vuelve más dóciles y manejables para los familiares. William Winkelman, uno de los primeros investigadores de la clorpromacina, creía que “la droga produce un efecto similar a la lobotomía frontal”. Peter Sterling, un neuroanatomista de la Universidad de Pensilvania, constató: “En cualquier caso, un siquiatra tendría dificultades en distinguir a un paciente lobotomizado de uno tratado con clorpromacina”.[9]

La lobotomía quirúrgica cercena las fibras que van y vienen de los lóbulos frontales. La lobotomía química por medio de neurolépticos inhabilita las fibras que van hacia esos lóbulos. El objeto del neuroléptico es suprimir la función de los lóbulos frontales: la parte del cerebro que nos sirve para planear nuestras acciones. Una anécdota de mi adolescencia ilustrará este punto.

Después de algunas semanas de mi huida a la casa de mi abuela Amara formó una terapia de grupo. Éramos cuatro. Recuerdo muy bien a las muchachas Claudia, Luisa y Giovanna. A la salida de una sesión Giovanna me dijo: “Claudia está muy aplatanada” y Luisa asintió con emoción. Ahora, años después, conjeturo que esa chica se encontraba bajo el efecto de altas dosis de algún neuroléptico.

El recetar abiertamente neurotoxinas tanto a Claudia como a mí muestra que Amara estaba tan convencido de su propia rectitud que no dijo media palabra sobre tales efectos. Pero Amara no es un caso aislado ni aberrante. Ese mismo afán iatrogénico aparece incluso en los siquiatras más queridos del mundo y considerados los más humanos. Qué mejor que citar a Viktor Frankl, a quien veintinueve universidades le confirieron títulos de doctor honoris causa:

En mi departamento, en la Policlínica de Viena, utilizamos medicinas [neurolépticos] y tratamiento electroconvulsivo [electroshock]. He firmado la autorización para efectuar lobotomías y no tengo ningún motivo para lamentarlo. En unos cuantos casos incluso he llevado a cabo la lobotomía transorbital [a través de la cuenca del ojo]. Sin embargo, afirmo que la dignidad humana de nuestros pacientes no ha sido violada en estos casos […]. Lo que importa no es la técnica ni el enfoque terapéutico como tales, trátese de tratamiento con medicinas o con electroshocks, sino sólo la intención con la que se realiza [mis cursivas].[10]

A Viktor Frankl la capital de Tejas lo nombró “hijo predilecto de la ciudad” en 1976, el año en que uno de sus colegas me atacó con la mejor de las intenciones. Las palabras de Frankl son un paradigma perfecto de la visión solyenitsiana del mal: si las intenciones de un sujeto son buenas sus acciones tienen que ser buenas.

Es irónico que alguien como Frankl, quien de joven fuera víctima de la barbarie en Auschwitz, una vez habiendo obtenido libertad y poder haya perpetrado actos aún más abominables en otros seres humanos. Sobra decir que desde la perspectiva del paciente es irrelevante que Frankl se haya sentido bienintencionado. Lo que hizo fue mutilarlo. En Viktor Frankl se cumple la sentencia de Cioran: “No hay seres más peligrosos que los que han sufrido por una ideología: los grandes perseguidores se reclutan entre los mártires a los que no se ha cortado la cabeza”.

Es muy ilustrativo notar que Frankl afirme que la dignidad de sus pacientes, cuyos cerebros sanos fueron mutilados, no fue violada. Es obvio que el único que podía pronunciar semejante juicio es el paciente. Pero nuestra sociedad ha dejado que sea el cirujano quien hable en su nombre. El no dejar hablar a quien grita “¡No me operen!” y decir lo opuesto a la opinión pública, “La dignidad de mi paciente no fue violada”, es robarle la voz al paciente.

Frankl inició una escuela de sicoterapia, la “logoterapia”. En la colonia Narvarte, en la que vivo, hay un instituto que ostenta el nombre de Viktor Frankl en un enorme relieve en la pared. Confieso que cada vez que paso por ahí no puedo esquivar pensar en lo mal que anda nuestra cultura.

Pero Frankl no ha sido el único lobotomista convencido de su propia rectitud. En 1936 el siquiatra Walter Freeman ideó un tipo de lobotomía que no requiere abrir el cráneo: un pequeño picahielo introducido siete centímetros por la órbita del ojo para movilizarlo de izquierda a derecha, cual parabrisas, rompe el tejido que conecta el lóbulo frontal con el temporal (el tipo de operación que Frankl se jactaba de hacer). El procedimiento tenía la ventaja que ahorraba los gastos de la anestesia: Freeman electrochocaba a sus víctimas y sostenía que el shock era un elemento terapéutico adicional. Freeman le llamó a su terapia “cirugía del alma” y realizó unas 3,500 operaciones de este tipo en los años cuarenta. Las hacía con la conciencia tan limpia que solía viajar de ciudad en ciudad promoviendo su procedimiento, dando conferencias y dejándose fotografiar en la sala de operaciones.

He visto algunas de estas fotografías. De hecho, los realizadores de la película Frances, donde una madre manda leucotomizar a su rebelde hija, se inspiraron en el registro fotográfico que Freeman nos legó. Tan convencido estaba de su rectitud que en uno de sus libros Freeman publicó una fotografía en que se ve a una mujer llevada a rastras a la sala de operación. Eso sí: las leyes de California exigían que la familia otorgara su consentimiento al lobotomista. En 1950 Freeman y su ayudante James Watts operaron a once niños cuyas conductas sus padres no toleraban, uno de tan sólo cuatro años. Freeman escribió:

El objetivo es destrozar el mundo de fantasía en el que estos niños se han sumergido cada vez más. Es más fácil destrozar el mundo de fantasía, derribar el interés emocional que el niño tiene con su vivencia interna, que dirigir su conducta a canales socialmente aceptables.[11]

Como ha demostrado Robert Whitaker en Mad in America, Freeman floreció en los tiempos en que la siquiatría norteamericana cruzaba por su etapa más negra. No obstante, en el siglo XXI los siquiatras continúan practicando sus “psicocirugías”.

El 1 de diciembre de 2004 presenté la ponencia “Seudociencia en el diagnóstico de hiperactividad por déficit de atención” en una mesa redonda de la Secretaría de Educación Pública sobre esa supuesta condición médica.[12] Aunque la mesa estaba integrada en su mayoría por profesores, algunos neurosiquiatras fueron invitados a participar y me atacaron durante y después de mi presentación. Cuando denuncié las psicocirugías uno de éstos, Rodolfo Ondarza me interrumpió enojado alegando: “¡Yo las hago!” Luego insistió reiteradas veces que estas operaciones, que él afirmó hacer en el Instituto Nacional de Neurología, eran perfectamente morales. En sus propias palabras: “Hay fundamentos éticos, bioéticos” para esta cirugía radical. Una vez finalizada mi ponencia Ondarza tomó la palabra y ostentó impresionantes credenciales académicas de doctorados y posdoctorados en México, Europa y Estados Unidos.

Se sienten tan buenos los lobotomistas que el 6 de abril de 2006 salió en primera plana del periódico mexicano El Universal una gran imagen a color representando a una mujer anoréxica, y, en esa misma plana, las palabras del doctor Manuel Hernández explicando cómo “cauterizó o destruyó el tejido del cerebro aparentemente normal” de su víctima. La nota añade: “En el futuro con ese procedimiento se prevé poder atacar también el alcoholismo y la drogadicción”.

Es innecesario elaborar sobre tal rectitud pagada de uno mismo. Me limito a decir que ni Frankl ni Freeman en el siglo XX, ni Ondarza ni Hernández en el siglo XXI, habrían podido operar a niños y adultos si la sociedad no les hubiera otorgado —poder.


____________________

[1] Aleksandr Solzhenitsyn: Archipiélago Gulag (TusQuets, 1998), págs. 210s. La sintaxis fue ligeramente alterada de acuerdo a una versión del Archipiélago en inglés y eliminé los puntos suspensivos entre corchetes a fin de agilizar el texto.

[2] Según Andrew Nagorski, de veinte millones de presos cuando menos doce millones murieron en los campos de trabajo forzado del Gulag (“Repressed nightmare” en Newsweek, 19 febrero 1996).

[3] J. C. Kennedy y David Anchel, citados en Leonard Roy Frank: “Testimony of Leonard Roy Frank at a public hearing on electroconvulsive ‘treatment’ before the Mental Health Committee of the New York State Assembly, Martin A. Luster (Chairman), Manhattan, 18 May 2001”. Este es uno de los mejores artículos que he leído sobre el electroshock.

[4] Max Fink, citado en Whitaker: Mad in America, pág. 102.

[5] Antonio Escohotado: Historia general de las drogas (Espasa, 2002), pág. 1232.

[6] Ibídem, pág. 1234. En la siguiente página Escohotado justifica el uso de neurolépticos en los casos agudos de trastorno mental; política en la que estamos en desacuerdo.

[7] Esta mujer me pidió que no revelara su nombre, pero mis archivos de sobrevivientes de la siquiatría pueden consultarse contactándome directamente.

[8] Citado en Breggin: Toxic psychiatry, pág. 68. El libro referido es el manual Textbook of psychiatry de 1988.

[9] Estas citas aparecen respectivamente en Elliot Valenstein: Blaming the brain: the truth about drugs and mental health (The Free Press, 1998), pág. 34, y en Toxic psychiatry, pág. 57.

[10] Viktor Frankl, citado en Thomas Szasz: El mito de la psicoterapia (México: Ediciones Coyoacán, 1996), pág. 191. Las palabras de Frankl originalmente aparecieron en Encounter (noviembre de 1969).

[11] Walter Freeman, citado en Whitaker: Mad in America, pág. 136. He escuchado la voz de Howard Dully, quien fuera uno de los niños víctimas de Freeman, en internet. El testimonio de Dully es tan impresionante que copio y pego, sin traducir, la reseña: “Best Documentary: Gold Award, My Lobotomy by Piya Kochhar and Dave Isay, Sound Portraits, USA. My Lobotomy explores one of medical history’s most controversial chapters—when transorbital lobotomies were widely condoned—through one man’s personal journey. Howard Dully, a 57 year-old bus driver from California, takes listeners along on his quest to discover why he was lobotomized when he was just twelve”.

[12] La mesa de trabajo, presidida por Carmen Libreros, fue convocada por la Subcomisión de Educación del Consejo Nacional Consultivo para la Integración de las Personas con Discapacidad de la SEP. La mayoría de las ponencias mensuales de los participantes fueron presentadas en 2004, en el piso 13 de Avenida Cuauhtémoc #1230 en la Ciudad de México.

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Páginas 163-171 de Hojas susurrantes

Estados dentro del Estado: las leyes y la siquiatría


El hombre de ciencia actual es una mezcla de psicólogo y policía que estudia… los efectos de las drogas… la terapéutica del shock y la tortura física.

Orwell [1]



Según Hobbes, una de las definiciones de Estado es el monopolio de la violencia. Un individuo común no puede ejercer violencia hacia otro individuo, pero el poder ejecutivo, amparado por los poderes legislativo y judicial, puede hacerlo. El poder ejecutivo no sólo cuenta con un ejército para proteger a su pueblo o para atacar a una nación, sino que a través de la policía puede ejercer violencia hacia los ciudadanos en los casos estipulados por la ley.

Si los siquiatras fueran ciudadanos comunes y corrientes jamás podrían ejercer, o amenazar con ejercer, violencia alguna. Pero los siquiatras representan una clase privilegiada de ciudadanos: la sociedad les permite ejercer violencia hacia otros. Y no sólo eso: poseen cárceles especiales para estos fines que eufemísticamente llaman hospitales, que se encuentran fuera de la jurisdicción del sistema penal común.

El status excepcional de los siquiatras se descubre al estudiar tanto las leyes de las naciones democráticas como las leyes internacionales. En 1948 la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó la Declaración Universal de los Derechos Humanos, cuyo artículo 9 proclama que nadie puede ser arbitrariamente detenido o llevado preso. El último artículo de la Declaración promulga que ni el noveno ni el resto de los artículos pueden ser relativizados: “Artículo 30. Nada en esta Declaración podrá interpretarse [mis cursivas] en el sentido de que confiere derecho alguno al Estado, a un grupo o a una persona para emprender y desarrollar actividades o realizar actos tendientes a la supresión de cualquiera de los derechos y libertades en esta Declaración”.[2]

Entre otros artículos, la existencia de la siquiatría viola el artículo 30. El hecho de que algunos médicos tengan poderes para encarcelar a quienes diagnostiquen muestra que pertenecen a una elite que puede suprimir el derecho a la libertad. Es importante recalcar que, según el artículo 30, nada en la Declaración puede interpretarse como una excepción a los derechos ahí proclamados. Pero la excepción es evidente incluso en los países considerados modelo en la calidad de sus leyes.

Las leyes inglesas sobre salud mental son un medio mediante el cual se hace a un lado el derecho a la libertad de un ciudadano, garantizado tanto por la jurisprudencia común de esa nación como por la Declaración Universal de los Derechos Humanos y por el Artículo 5.1 de la Convención Europea de los Derechos Humanos. En la cita del folleto inglés había mencionado que la Ley de Salud Mental de 1983 del Reino Unido permite la admisión compulsiva al hospital siquiátrico, y que existen disposiciones similares en otros países. Esto significa una excepción dentro de la ley: el derecho a la libertad está garantizado en el trato de civiles entre sí excepto si el civil es un siquiatra. Al igual que el Estado, el siquiatra monopoliza la violencia legal en nuestras sociedades. Al igual que el Estado, el siquiatra tiene poderes para enviar a otro ciudadano a una prisión.

Nótese cómo los derechos constitucionales de un individuo a quien el siquiatra ha decidido etiquetarlo automáticamente quedan anulados. Si ahora tomamos como paradigma el derecho constitucional de los Estados Unidos, este individuo pierde el derecho a un rápido juicio público con un jurado imparcial (sexta enmienda), el derecho a fianza (octava enmienda) y el derecho a que ninguna persona sea privada de su libertad sin el debido proceso legal (catorceava enmienda). Desde este ángulo, no sólo Estados Unidos sino México, España, Canadá, Inglaterra y muchos otros países europeos, asiáticos, africanos y latinoamericanos albergan una suerte de miniestado dentro del Estado.

“Estado Terapéutico” es una expresión acuñada por Szasz en 1963 para referirse a las naciones que se presumen libres pero que, a través de la institución médica, poseen algunos rasgos totalitarios. Si el acusado de enfermo en una de estas naciones, digamos, en un país europeo, no está de acuerdo con la excepción legal de su país a favor del siquiatra, tampoco puede apelar al derecho internacional.

El artículo 5 de la Convención Europea de los Derechos Humanos inicia: “Todo individuo tiene derecho a la libertad y a la seguridad de su persona. Nadie puede ser privado de su libertad” (5.1). No obstante, el artículo continúa: “excepto en los siguientes casos y de acuerdo con los procedimientos descritos por la ley […]: la detención legal de personas para prevenir la diseminación de enfermedades infecciosas; de personas de mente insana, alcohólicos, drogadictos o malvivientes”.[3]

Podemos estar de acuerdo con el inciso de prevenir infecciones y epidemias: el poder de decidir quién está infectado y/o infectando recae sobre los científicos que pueden detectar en sus laboratorios la existencia de enfermedades patógenas. Pero qué significa exactamente el otro grupo, personas de “mente insana”, es algo que sólo el siquiatra tiene el poder de decidir, ya que en estos casos no existen pruebas de laboratorio. El mismo Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales, cuarta edición (DSM-IV), dice sin reparos sobre el caso más típico de mente insana para los siquiatras: “Ningún hallazgo de laboratorio ha sido identificado que sea diagnóstico de la esquizofrenia”.[4] En julio de 2005 Steven Sharfstein, presidente de la Asociación Psiquiátrica Americana, fue citado en People Magazine: “No tenemos una prueba limpia de laboratorio” refiriéndose a las enfermedades mentales. Así, la segunda parte del artículo de la Convención Europea invalida tácitamente a la primera: deja a la entera discreción del siquiatra decidir quién será privado de su libertad por una “enfermedad” acerca de la cual pruebas de laboratorio no existen: es decir, una enfermedad metafórica.

Estampar a alguien con la etiqueta de enfermo significa que se ha dado el primer paso político para su encarcelamiento. Por ejemplo, en la década de los sesenta más estadounidenses perdieron su libertad acusados de mente insana que por un crimen.[5] En otras palabras, los siquiatras tienen los poderes para encarcelar a un ciudadano que no ha roto la ley.

Algo similar a lo dicho sobre la Convención Europea puede decirse de la Unión Americana por los Derechos Civiles y el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos: los siquiatras que ejercen su profesión en el continente americano tienen los poderes para derogar el status civil de un ciudadano a un nivel inferior al del criminal común. Pongamos el caso del asaltante de un banco que mató al policía y a unos clientes en la escaramuza. De ser aprehendido, tiene derecho a un juicio imparcial y a un abogado, así como el derecho a no ser atormentado o mutilado. En cambio, el individuo identificado por un siquiatra automáticamente pierde estos derechos: se le encarcela sin juicio y sin un abogado que pueda apelar su causa. Lo que es más: puede ser incapacitado con electroshocks, atormentado con neurolépticos (y, en casos excepcionales, mutilado con psicocirugía).

Szasz ha dicho que las instituciones sociales involucradas en la violencia siquiátrica son la familia, la institución médica y el Estado. En mi caso, sólo por haber tenido un conflicto con mis padres el status de mis derechos, derogados por un siquiatra, fue inferior al del criminal común: no tuve a ninguna institución que pudiera defenderme legalmente ante su infame bombardeo químico. Siguiendo la línea del derecho internacional, en el caso del conflicto de mi familia la sociedad delegó a la discreción del siquiatra, en este caso al doctor Giuseppe Amara, decidir si algún miembro de la familia poseía una “mente insana”, con las potenciales consecuencias de encarcelamiento y/o empleo punitivo de drogas de la etiqueta. Y como hemos visto, en conflictos generacionales de los padres con los hijos la “identificación” invariablemente recae sobre los últimos.

Ronald Laing, el antisiquiatra más popular de los sesenta, declaró en una entrevista de 1988, un año antes que falleciera:

La economía controla la política, así que el punto central es la economía. Para saber lo que está sucediendo vea usted el manual llamado DSM-III, el Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales, tercera edición. Traducido a términos económicos y políticos, trastorno mental significa estados mentales, actitudes y conducta indeseables […].

El criterio del manual es muy útil para controlar a la población porque se lo puedes aplicar a cualquiera si surge una ocasión que así lo demande. Mire éste, “Trastorno negativista desafiante”, [6] éste está muy bueno (Laing lee del DSM-III):

La característica esencial es un patrón de desobediencia negativista y oposición provocativa dirigido a las figuras de autoridad. Por ejemplo, si existe una regla, es común que se viole. Si se le sugiere algo al individuo, éste está en contra de ello. Si se pide hacer algo, el individuo rehúsa o comienza a discutir. Si se pide contención en un acto, el niño o el adolescente se ve compelido a llevarlo a cabo.

Este no es un ejemplo excepcional sacado del DSM-III. La tendencia general es lo que la siquiatría moderna, compendiada en este manual traducido a dieciocho idiomas, está imponiendo al mundo: un mandato para desnudar a cualquiera de sus derechos civiles […] a fin de homogeneizar a la gente que está fuera de línea. Presentado como un ejercicio médico, es una operación encubierta.[7]

El DSM se redacta y se reelabora constantemente en Estados Unidos y se traduce, entre otros idiomas, al español.[8] En ese país la decisión de la Suprema Corte de Justicia Parham vs. J.R. de 1979 le dio carta blanca a los estados para promulgar leyes que permitan que los menores de edad sean hospitalizados si los padres y un siquiatra lo desean; no teniendo el chico ningún derecho a audiencia o juicio.[9] Qué mejor que darle la palabra a una de estas víctimas. A continuación traduzco la carta que el 12 de diciembre de 1999 una adolescente de nombre Rachel envió a un abogado norteamericano:

Soy una niña de dieciséis años que apenas acaba de salir de un “centro de tratamiento siquiátrico”. Estuve ahí más de cuatro meses porque se me diagnosticó el trastorno de personalidad limítrofe y depresión maníaca. Eso de personalidad limítrofe es la mayor pendejada [fucking joke] que he escuchado, lo único que describe es una adolescente inmadura. ¡Ja ja! Tampoco soy una maníaca depresiva. Los loqueros de ahí se las ingeniaron para convencer a todos que lo era, incluyendo a mis padres (“Ella tiene altas y bajas severas y también es impulsiva”). Me dieron muchas medicinas.

Los primeros dos meses en el hospital rehusé tomarlas. Mi conducta, pensamiento y estabilidad estaban bien, pero como no las tomaba era una “no condescendiente o preparada para dar de alta”. De manera que decidí tomar las medicinas en mi cachete. Era la única manera de salir de ese maldito lugar. Pero descubrieron que las ponía en mi cachete.

No he sido dada de alta aún. Y nunca lo seré, nunca. Pero mis padres decidieron firmar un CCM [contra el consejo médico] para que saliera de ese lugar. Por fin se dieron cuenta que no necesitaba estar en ese lugar y que nunca lo necesité.

A gente completamente normal se le tiene en esos centros de tratamiento. Adolescentes completamente normales. Nadie estaba loco. Ni siquiera una persona. Sólo eran adolescentes de padres divorciados. O adolescentes que tomaron pocas drogas. O adolescentes que expulsaron de la escuela. De pronto todos éramos limítrofes, esquizofrénicos, maníacos depresivos que “necesitábamos” hospitalización y medicación de largo plazo. Nos pusieron en grandes dosis de anti-psicóticos, estabilizadores del humor, anti-depresivos, anti lo que sea. Yo fui la única paciente que no tomó medicinas. Nunca tomaría medicinas siquiátricas. Las he tomado antes. No hacen nada excepto volverte en una zombi. Me embotan. Hacen que no puedas pensar bien. Todos los demás las tomaron.[10]

Más clara confabulación entre padres y siquiatras no puede haber. La sola voluntad de los padres bastó para encarcelar y liberar a un hijo. Es de admirar que Rachel, quien escribió la citada carta a los dieciséis años, la edad que yo tenía durante el conflicto con mis padres, tiene noción sobre qué son realmente los diagnósticos siquiátricos.

En los albores del siglo XXI los diagnósticos que se usaron contra ella y sus compañeros (“limítrofes”, “esquizofrénicos”, “maníacos depresivos”) son tan fraudulentos como los diagnósticos que los siquiatras del siglo XIX usaban contra las mujeres emancipadas (“demencia moral”, “folie lucide”, “ninfomanía”). El que esta situación continúe en nuestros tiempos es resultado de que nuestras sociedades han desnudado a los adolescentes del derecho a una audiencia o juicio cuando son acusados por sus padres y el siquiatra pagado por ellos.

El derecho a un juicio imparcial es uno de los rasgos que distingue a las sociedades libres de las totalitarias. Cuando existe un poder no restringido por el derecho, como el comunismo o el poder siquiátrico, tal poder corrompe. Y corrompe independientemente de que el poder de la siquiatría sea comparativamente menor que el poder del gobierno de un Stalin. Fue Lenin quien dijo que la dictadura es el poder que no está limitado por ninguna ley. ¿Cómo no va a estar corrupta la siquiatría si la manera como etiquetan a una niña para desnudarla de sus derechos no tiene dentro de nuestras sociedades fuerza alguna que lo supervise? La siquiatría es una profesión que se autorregula a sí misma; cumple la función del control de indeseables, sean mujeres liberadas de antaño, adolescentes rebeldes en la actualidad, drogadictos, malvivientes y muchos otros.

¿Cómo saber si una nación alberga a un miniestado dentro del Estado? Basta ver si tiene un sistema extralegal de penalidades, la operación encubierta de la que hablaba Laing en la cita de arriba, con el fin de no manchar la constitución del país. Para los legisladores sería demasiado embarazoso promulgar leyes contra mujeres en disputas con sus maridos, o contra adolescentes en disputas con sus padres. Los siquiatras se encargan de hacer el trabajo sucio (“demencia moral”, “demencia precoz”) que la sociedad en general, y los legisladores en particular, no se atreverían hacer abiertamente. Según esta definición, el ideal democrático de los derechos humanos ha sido abandonado en las naciones modernas.

Toda una crítica a esta política podría escribirse al respecto. Por ahora me limito a citar al siquiatra Guillermo Calderón Narváez, quien de 1966 a 1973 tuvo a su cargo la Dirección General de Salud Mental en México. A Calderón Narváez le dejó muy buena impresión el antiguo modelo siquiátrico soviético, y en su libro Salud mental comunitaria: un nuevo enfoque de la psiquiatría lo toma como un paradigma que el resto del mundo debiera imitar. El médico mexicano, con quien llegué a hablar por teléfono antes de que muriera, explica qué es esta novedosa siquiatría que contrae nupcias con el Estado:

La orientación moderna de la psiquiatría, que tiende a incorporarse a la salud pública […] ha suscitado la necesidad de transformar totalmente los programas pertinentes en todos los países. En los países de alto desarrollo, este cambio se está realizando con considerables recursos presupuestales que pueden solventarse en virtud de una economía próspera. En los países del ámbito socialista, por otra parte, se cuenta con un personal técnico muy numeroso, preparado para llevar los beneficios hasta el último de sus habitantes.[11]

Hasta el último de los habitantes… El ideal totalitario de la entonces Unión Soviética se explica por sí solo y no necesita comentarios. El unir la agenda del Estado al de la profesión siquiátrica da como resultado la formación de un “estado terapéutico”.

La lucha de Szasz es desmantelar el edificio médico-político construido por estos ingenieros sociales. Hay que reformar a la sociedad para separar a la institución médica del Estado así como en la primera enmienda de la constitución estadounidense se habla de una separación de la iglesia y el Estado. Infortunadamente, este sueño va a contrapelo del proyecto de las naciones. El poder inquisitorial de los siquiatras se encuentra bien afianzado en occidente, y la sociedad civil no se está movilizando para cuestionarlo. Sólo así es posible entender los honores que recibieron Viktor Frankl, Egas Moniz, Walter Freeman y muchos otros mutiladores de cerebros sanos.


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[1] George Orwell: Rebelión en la granja & 1984 (Editorial Porrúa, 2002), págs. 250s.

[2] Manual de derechos humanos: conceptos elementales y consejos prácticos (Castillo Impresores, 2000), pág. 52.

[3] Ian Brownlie (ed.): Basic documents on human rights (Clarendon, 1981), pág. 244.

[4] Diagnostic and statistical manual of mental disorders, fourth edition, DSM-IV (American Psychiatric Association), 1994, pág. 280.

[5] Thomas Szasz: The manufacture of madness (Syracuse University Press, 1997), pág. 65. El capítulo “The defense of the dominant ethic” no aparece en la traducción de este libro, La fabricación de la locura, que he estado citando en su versión en español.

[6] En inglés se le llama oppositional defiant disorder.

[7] Ronald Laing, entrevistado en OMNI (April 1988).

[8] DSM-IV: Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (Masson, 1995), pág. 273. Esta es la edición traducida del manual citado arriba.

[9] Parham v. J.R., 442 U.S. 584 (United States Reports, vol. 442).

[10] Citado en http://www.antipsychiatry.org/e-mail, página consultada en 2008. Rachel firma su carta como “Rach”.

[11] Guillermo Calderón-Narváez: Salud mental comunitaria: un nuevo enfoque de la psiquiatría (Editorial Trillas, 1981), págs. 136s.

Páginas 171-176 de Hojas susurrantes

Dentro de la Secretaría del Amor


Una y otra vez sucede en la historia que un hombre que se atreve a decir que dos y dos son cuatro
es condenado a muerte.

Albert Camus [1]



De no haber tenido poderes excepcionales, el doctor Amara no habría podido amenazarme. Habría dejado de verlo y no habría podido jugar el papel de cómplice de mis padres. No me habría sentido revictimado ni habría caminado en pánico en su Parque Hundido sintiendo que se me hundía el mundo.

Nada hay más terrible que asaltar continuamente la autoimagen de una persona, especialmente la de un adolescente. Ni siquiera la muerte natural produce pánico. Sí lo produce, en cambio, un oído sordo ante los alaridos de un alma; y el ser compelido a asistir a sesiones de un profesional en la sordera es ser compelido a sesiones de tortura psíquica. Parafraseando al médico de mi hipotética Dora, es como si el sujeto pagado por mis padres me hubiera dicho: “Tu historia de malos tratos parentales es miopía. La manera como tienes estructurado tu yo es ridícula. Aquí te lo vamos a deconstruir, César. Sólo yo, el médico, el sicoanalista, el doctor en siquiatría tiene las credenciales académicas, y los poderes legales, para interpretar tu mente. El trato de tus padres no te causó trauma alguno. ¡Eso está completamente superado en la psiquiatría científica! Vivís en un universo paranoide, mi querido César. Más bien, por tus síntomas mi diagnóstico es que estás enfermo… Veo que mi interpretación científica te angustia. ¿Sabes, César, que el primer signo de recuperación de todo angustiado es aceptar que es un enfermo? Por lo mismo, y para ayudarte a que lo aceptes, mi prescripción es que bombardeemos tu cerebro con metabolitos franceses. Cierto que no presentas conductas esquizofrénicas; pero esta es una medida profiláctica. Todo rechazo ante mi diagnóstico y prescripción será interpretado como resistencia. Y recuerda, César, el Estado le confiere poderes especiales al terapeuta. Si éste quisiera, podría… Así que más te vale venir a estas sesiones. Es por tu bien —y por el de tu familia”.

¿Qué podía hacer un menor de edad salvo caer en pánico?, mismo que a su vez sería reinterpretado como síntoma de “radicales químicos en el cerebro”, sin pruebas físicas, que requería de psicofármacos aún más fuertes (Amara inició su “tratamiento” con antidepresivos y lo culminó con un agresivo neuroléptico).

A mis diecisiete años Amara fue un inquisidor que quería que lo viera como un amigo. Él era el encargado por la sociedad de ocultar el hecho de que existen inenarrables estrangulamientos psíquicos hacia los menores en algunas de las “mejores familias” de México. El objetivo era desmantelar mi autoimagen hasta el punto donde ya no hubiera vuelta atrás. No hubo un solo instante en que sintiera que Amara tuviera un átomo de compasión sobre lo que mis padres me hacían en casa. Ni uno solo. Nada fuera de lo común pudo haber ocurrido dentro de la reputada familia.

El trato sordo lleva a la sensación de un pánico revictimante, como el testimonio de Dora sobre la violación de su padre fue desoído para dar lugar a una interpretación biológica. Lo que Amara pedía era que abandonara la visión que tenía de mí mismo y de mis problemas y que aceptara otra muy, muy extraña.

Imaginemos un consultorio a puerta cerrada con un renombrado profesional y un muchacho. Es imposible redefinir allí los problemas de un chico apaleado en casa sin hacer algo psicológica y moralmente destructivo en su mentalidad. El objeto oculto del sicoanálisis forzado, como el objeto de la Secretaría del Amor, es destruir la mente del disidente:

—Te han traído porque te han faltado humildad y autodisciplina. No has querido realizar el acto de sumisión que es el precio de la cordura. Preferiste ser un lunático, una minoría de uno solo. Sólo una mente disciplinada puede ver la realidad. Esa es la enseñanza que tienes que volver a aprender, Winston. Para ello se necesita un acto de autodestrucción, un esfuerzo de voluntad. Tienes que humillarte antes de recobrar la razón.

O’Brien hizo una pausa para permitir que asimilara sus palabras.

—¿Recuerdas —continuó— haber escrito estas palabras en tu diario: “La libertad es poder decir que dos y dos son cuatro”?

—Sí— contestó Winston.

O’Brien levantó la mano con el dorso hacia Winston, el pulgar oculto en la palma, y extendió los otros cuatro.

—¿Cuántos dedos ves, Winston?

—Cuatro.

—¿Y si el Partido dijera que son cinco y no cuatro? ¿Cuántos verías?

—Cuatro.

La palabra terminó con un jadeo de dolor. La aguja de la carátula había subido a cincuenta y cinco.

—¿Cuántos dedos, Winston?

—¡Cuatro! ¡Para eso, para eso! ¡No sigas, es inútil!

—¿Cuántos dedos, Winston?

—¡Cinco! ¡Cinco! ¡Cinco!

—No Winston, así no vale. Estás mintiendo. Sigues creyendo que son cuatro. ¿Cuántos dedos, por favor?

—¡¡Cuatro!! ¡¡Cinco!! ¡¡Cuatro!! ¡Lo que quieras, pero basta! ¡¡Para ese dolor!!

De repente estaba sentado y con el brazo de O’Brien sobre sus hombros. Quizá había perdido el conocimiento algunos segundos. Se habían aflojado las ligaduras que sujetaban su cuerpo. Sentía mucho frío, temblaba como un azogado, le castañeteaban los dientes y las lágrimas corrían por sus mejillas. Durante unos instantes se colgó de O’Brien como un niño, curiosamente reconfortado por el macizo brazo sobre sus hombros. Tenía la sensación de que O’Brien era su protector, de que el dolor venía de fuera, de otra fuente, y que O’Brien lo protegería.

—Tardas mucho en aprender, Winston— dijo O’Brien con amabilidad.

—¿Cómo puedo evitarlo?— lloriqueó Winston —. ¿Cómo puedo evitar ver lo que tengo frente a los ojos? Dos y dos son cuatro.

—Algunas veces, Winston. Pero otras veces son cinco. Y otras, tres. En ocasiones son cuatro, cinco y tres a la vez. Tienes que esforzarte más. No es fácil recobrar la cordura.[2]

Todo siquiatra biorreduccionista es, por definición, un negador de holocaustos. 1976 fue mi holocausto. Yo que lo fue. Eso es algo tan claro como que dos más dos son cuatro. Y sé que fui asaltado desde fuera, del medio familiar, no por una misteriosa anormalidad biológica en mi cuerpo que ningún laboratorio pudo detectar —¡dos más dos no son cinco por favor! La interpretación del analista fue tan insultante, tan revictimante diría yo, como la de Dora (“La violación de tu padre no te causó trauma alguno”). Quien diga eso, y lo diga desde una plataforma de poder, juega al inquisidor O’Brien en la Secretaría del Amor (haciendo un uso negro-blanco del lenguaje, Orwell nombró así a la Secretaría de la Tortura en la novela Mil novecientos ochenta y cuatro).

¿Se me ha entendido? El problema no está en Amara o en cualquier otro siquiatra que haya “abusado” de su poder. Todo uso involuntario de la siquiatría es, por definición, abuso; de igual manera como todo uso de la Inquisición también lo fue. Es muy difícil practicar la profesión sin hacer daño. Si bien pocos siquiatras pueden validar su identidad como médicos a menos que estigmaticen a algún sujeto cuerdo con una etiqueta insultante, es imposible practicar la siquiatría involuntaria sin hacer daño. Me apenaría que se interpretara esta invectiva como un intento de asesinar la personalidad de Amara. ¡Qué horror!: ¡eso dejaría ilesa a su profesión! El problema con lo que sucedido se encuentra en su profesión, no en el carácter o en la moral del médico italiano-mexicano. Una profesión que, como vimos, nació vendiéndose mercenariamente al sistema y a los pudientes. Una profesión fraudulenta a la que quienes luchamos por los derechos humanos debemos tratar de eliminar como la Inquisición fue abolida por la reina María Cristina en 1834. No es Amara el blanco de mi ataque. Él sólo tuvo la mala suerte de ser el siquiatra pagado por mis padres. Cualquier otro profesional que me revictimara estaba destinado a pasar a la historia de la literatura. Pero por otros testimonios como el mío estoy convencido de que lo que me ha pasado le ha pasado a miles de adolescentes cuerdos. Sólo que muy pocos hemos sobrevivido o tenido el coraje de denunciar el caso.

La última cita provino de la gran novela de George Orwell. A continuación cito el testimonio de una víctima de un O’Brien de la vida real. Los hechos sucedieron en la Fundación de Salud Mental del Valle Delaware en Doylestown, Pensilvania (DVMHF en sus siglas inglesas): una clínica dirigida por el doctor Albert Honig, quien aplicaba terapia a una catatónica.

Perdí la capacidad de abrir los ojos, de caminar y también de hablar. Honig me dijo que odiaba mis ojos y que no soportaba verlos. Me hizo cerrarlos y mantenerlos así durante una sesión completa. Después de que mis ojos quedaron cerrados y que perdí mi capacidad de hablar, me dijeron, durante otra sesión, que me pusiera en el piso boca abajo, y lo hice. Sin embargo, cuando el doctor Honig me dijo que me levantara y no lo hice, él dijo:

“Miren qué obstinación”. En ese momento, me levantó sólo del pelo, que estaba trenzado en una sola trenza. Estaba tan aterrada de que me alzara sólo del pelo, que me oriné. Entonces, aún teniéndome tomada del pelo, me lanzó sobre el diván. Pidió a los ayudantes varones que sujetaran mis brazos por encima de mi cabeza y que otros me sujetaran las piernas, y se sentó en mi estómago. Entonces Honig puso sus manos alrededor de mi cuello y comenzó a apretar, diciendo:

“¡Abre los ojos; quiero que me mires, abre los ojos! Tú sabes que puedo matarte”.

El personal me confrontó y amenazó con que si no los abría, iban a hacérmelos sacar para donarlos a un banco de ojos. Entonces me llevaron al cuarto trasero del terapeuta acompañada por Adam Houtz y un médico joven. Éste le dijo a Adam que abrochara mis piernas, lo cual hizo. El médico ordenó abrir los ojos, lo cual no pude hacer en mi estado catatónico. Luego él dijo a Adam que conectara La Máquina. El voltaje subió y subió en flujo constante. Sentía como si me estuvieran arrancando las piernas del cuerpo. En medio de esto el médico aullaba: “¡Abre los ojos! ¡Abre los ojos!”

Finalmente me volví hacia él, y aunque no podía abrir los ojos, aún podía mover el cuerpo. Giré hacia él con los brazos extendidos y alzados le supliqué con la totalidad de mi ser, ya que no podía hablar, que apagara La Máquina.[3]

Si tal tipo de siquiatría que nuestras sociedades alberga no es la Secretaría del Amor ¡díganme por favor qué es! ¿Cuál es la diferencia entre este testimonio y el Cuarto 101 de la novela de Orwell? Y si esto, “terapia”, no es nuevahabla orwelliana, ¿qué lo es pues?

Hemos visto que el derecho internacional le da poderes excepcionales a los siquiatras, poderes que en la praxis se aprovechan para hacer estas cosas. Muchas organizaciones internacionales de derechos humanos no parecen reconocer casos de tortura como el electroshock involuntario (ECT en sus siglas inglesas, electro-convulsive treatment), el cual se practica diario alrededor del mundo. ¿Por qué, nos pregunta Leo Frank, un sobreviviente del electroshock, 10 voltios de electricidad aplicados a las partes nobles se considera tortura mientras que diez o quince veces más esa cantidad aplicado al cerebro se le llama “tratamiento”?

Jeffrey Masson cuenta que en 1978 la oficina del procurador del distrito del condado de Bucks en Pensilvania expidió un reporte de diez páginas donde se encontró que en la clínica de Honig se habían estado usando utensilios para pinchar ganado y paletas para azotar a los “pacientes” (con comillas, porque un verdadero paciente es quien va a una clínica voluntariamente). Aún así, la oficina del procurador concluyó:

Los utensilios fueron usados de buena fe por los terapeutas y con la sincera creencia [mis cursivas] de que ayudarían al proceso de tratamiento. Los utensilios eran empleados a veces como “castigo”, pero sólo como se entiende tal término dentro de las teorías de modificación de conductas. La metodología de terapia de aversión y modificación conductual [aunque Honig nunca dijo haber practicado la modificación conductual; él lo llamaba análisis], practicada por el DVMHF, cae dentro de las técnicas legítimas y reconocidas de tratamiento de los enfermos mentales.[4]

“Buena fe”, “sincera creencia”. Esto es el mal… ¿Se ve por qué es una aberración que la sociedad le otorgue estos poderes a los siquiatras? La gente que tienen a su cargo son despojados de su más elemental derecho, el de no ser atormentado. Pero como comenta Masson, lo revelador del reporte de Pensilvania es que la sociedad no sólo está permitiendo estas atrocidades sino que, ocasionalmente, las promueve. Lo único que tienen que hacer los Honig y los Amaras del mundo es declarar que cometen estas acciones “de buena fe” y definir a los castigos como parte del “análisis”. Al igual que las lobotomías bienintencionadas de Viktor Frankl, sobra decir que desde la perspectiva del paciente no importa que el doctor crea que le está salvando la vida: lo que le hace con La Máquina o los neurolépticos es tortura. Punto.


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[1] Albert Camus: The plague (Modern Library, 1948), pág. 121.

[2] George Orwell: 1984. Además de leer el original en inglés, cotejé dos distintas traducciones de la novela: Ediciones Destino (1999) y Lectorum (2002). He tomado el pasaje citado del Capítulo II de la Tercera Parte.

[3] Masson: Juicio a la sicoterapia, pág. 170.

[4] Ibídem, pág. 167. En 2001 Albert Honig publicó Hard boiled eggs, una apología de su terapéutica a lo largo de cuarenta años en su clínica. La denuncia de Masson fue aparentemente desoída en la profesión.

Páginas 177-184 de Hojas susurrantes

Shine: un papá más devastador que Mengele


De ahí que la situación de un niño pequeño víctima de malos tratos sea a veces hasta peor que la situación de un adulto en un campo de concentración.

Alice Miller [1]



La enfermedad mental en sentido biológico es un mito. Pero es obvio que la locura no lo es. La locura existe, pero es una catástrofe psicológica, una disfunción en el “software” de la persona.

Millones han visto este fenómeno en la pantalla grande. La película Shine se basó en la vida de David Helfgott, quien pasó a la fama desde que Geoffrey Rush interpretó su trágica vida y ganó un Oscar al mejor actor. Bosquejaré su vida tan escuetamente que la historia perderá su patetismo.

David, un niño sensible y con talento para el piano, no sólo fue el varón mayor de Peter Helfgott, sino su hijo espiritual. Solía correr en la calle para abrazar a su papá cuando éste regresaba del trabajo, a quien le consagra su carrera pianística. Pero Peter hizo algo muy malo. De chico, había sido víctima de terribles humillaciones de su propio padre, el rabino “Djadja” como le llamaba David a su abuelo. El odio reprimido y sepultado de Peter hacia Djadja necesitaba una válvula de escape, y la encontró en su querido hijo David. La violencia psicológica y el asalto al ego del muchacho duraron años. David quedó trastornado. Su historia es la historia del homicidio de un alma.

Este es un caso de la vida real. Al momento de escribir estas líneas David Helfgott aún vive en Australia y sigue tocando el piano, aunque al cuidado de su esposa Gillian debido a que nunca logró recuperar su razón. En su biografía Gillian atestigua que “David creyó siempre” que su padre “había sido el causante de su enfermedad”.[2]

La tragedia de la familia Helfgott es un ejemplo clásico de las ideas de Theodore Lidz, citado en mi primer libro, sobre una esquizógena “familia sesgada” (aunque en este caso el rol pasivo provino de la madre). También ejemplifica lo que Alice Miller ha escrito sobre cómo un padre se venga con el hijo de lo que le hizo su propio padre. Los proponentes del enfoque humanista de la locura estudian a padres como Peter en lugar de tratar al cerebro de la víctima de esos padres, que es lo que hacen los siquiatras biologicistas.

Ahora quisiera mencionar otro caso de la vida real, el muchacho Yakoff Skurnik a quien vi, ya anciano, en una presentación de su libro en Houston.[3] Basándose en el testimonio de Yakoff, Gene Church escribió uno de los libros más perturbadores que he leído sobre el Holocausto: 80629: a Mengele experiment (el número es la cifra que le marcaron en su antebrazo). Había visto varios documentales sobre el tema, pero no un testimonio sobre cómo era la vida cotidiana de los prisioneros, especialmente judíos, en el campo de concentración Birkenau donde se encontraban los hornos crematorios, a unas dos millas de Auschwitz.

Yakoff Skurnik es uno de los sobrevivientes no sólo del infierno de Birkenau y Auschwitz donde asesinaron a toda su familia, sino de la experimentación médica con niños a cargo de Josef Mengele. Inmovilizado por ayudantes, un doctor llamado Doering lo castró con escasa anestesia medular. Las vívidas páginas de la operación me impresionaron tanto que tuve que recostarme en el suelo por temor a desmayarme. Es de verdad admirable que tanto Yakoff como otros sobrevivientes del Holocausto, incluyendo otros muchachos castrados por Doering, fueron capaces de rehacer sus vidas y prosperar económicamente después de la liberación.

Ahora bien, Yakoff no enloqueció en el infierno y mutilación nazi. Pero David sí ante su papá. ¿Cómo fue eso posible?

Siguiendo el modelo Sullivan-Modrow sobre el quiebre psicótico, de alguna manera los nazis se toparon con mayores resistencias para llegar al yo interno de Yakoff y lesionarlo que Peter con su hijo. Un pasaje de Silvano Arieti arroja cierta luz sobre estos diferentes casos. Según Arieti: “Las condiciones de peligro externo inmediato como guerras, desastres o adversidades que afectan a la colectividad [mis cursivas] no producen el tipo de ansiedad que hiere al yo interior, y por sí mismas no propician [la locura]. Ni siquiera la pobreza extrema, la enfermedad o las tragedias personales conducen necesariamente a [la locura] a menos que tengan consecuencias que hieran la facultad del yo”.[4]

Estudios como el de Arieti eran tomados muy en serio en las décadas de los años cincuenta, sesenta, hasta mediados de los setenta. Aunque en su tratado Arieti le dedicó un gran espacio a los estudios orgánicos sobre la locura, reveló que al no haber avance en ese modelo nunca siguió esa línea de investigación, sino “sobre todo la línea psicológica”.[5] Ideas como las de Arieti solían escucharse antes del gigantesco paso hacia atrás que dio la siquiatría desde los años 1980 al adoptar dogmáticamente el modelo médico, el modelo de la causa física del siglo XIX, al tratar a aquellos jóvenes cuyos egos habían sufrido un asalto total por los padres.

Pero volviendo a lo que Arieti dijo. Siendo una colectividad las víctimas de los nazis, el yo de Yakoff Skurnik no fue asaltado de manera exclusiva y excluyente respecto a sus compañeros, por lo que éstos tuvieron mejores oportunidades de sobrevivir psicológicamente que la víctima sola de asalto parental. Arieti escribió: “Un hogar desecho por la muerte, el divorcio o el abandono puede ser menos destructivo que otro en el que los padres vivan juntos y socaven constantemente la imagen que el hijo tiene de sí mismo”.[6]

Estos pasajes contestan uno de los argumentos favoritos de los siquiatras biologicistas en sus intentos de refutar el modelo del trauma. Por ejemplo, en una crítica a sus colegas el siquiatra August Piper razona que:

La lógica del alegato que el trauma infantil causa [la locura] tiene un error fatal. Si el alegato fuera cierto, los maltratos de años a millones de niños debieron haber causado muchos casos de [locura]. Pongamos como ejemplo a los niños que padecieron inenarrable trato en guettos, vagones cerrados y campos de concentración en la Alemania nazi. A pesar de los maltratos, no existe evidencia que alguno [haya enloquecido] (Bower 1994; Des Pres 1976; Eitinger 1980; Krystal 1991; Sofsky 1997) o que haya disociado o reprimido sus memorias traumáticas (Eisen 1988; Wagenaar y Growneweg 1990).

Lo mismo puede decirse de estudios que presenciaron el asesinato de un padre (Eth y Pynoos 1994; Malmquist 1986); estudios de niños secuestrados (Terr 1979; Terr 1983); estudios de niños que han sido víctimas de maltratos (Gold y otros 1994); y demás investigaciones (Chudoff 1963; Pynoos y Nader 1989; Strom y otros 1962). Estas víctimas ni reprimieron eventos traumáticos, ni los olvidaron ni [enloquecieron].[7]

El caso de Yakoff y sus compañeros, quienes tampoco enloquecieron, ejemplifica lo que Piper quiso decir en la cita de arriba. Sin embargo, es claro que Piper no ha leído a los investigadores que critica con atención. Yo conozco personalmente a uno de ellos, Colin Ross, a quien visité en marzo de 1997 en el Instituto Ross del Trauma Psicológico: una clínica siquiátrica al norte de Dallas. Le escribí a Ross porque había leído uno de sus libros y me admitió un día entero en su clínica en calidad de visitante investigador. En las terapias vi a muchas mujeres devastadas por malos tratos en el hogar. A continuación cito un pasaje de un texto que se les da a las pacientes nuevo ingreso:

El “apego con el perpetrador” es una expresión ideada por el doctor Ross para entender el conflicto básico en sobrevivientes de maltrato físico y abuso sexual por padres, parientes y ayas. El conflicto existe en todos nosotros hasta cierto grado, ya que todos hemos tenido padres imperfectos, pero es mucho más intenso y doloroso en los sobrevivientes de vapuleo. Este apego afectivo y ambivalente no necesariamente es el problema central si el perpetrador no es un miembro familiar [mis cursivas] o una figura de apego.

El móvil básico de [la locura] es simplemente el tipo de personas que eran mamá y papá, y cómo era vivir día tras día en la familia.

El punto central de la terapia no es el contenido de las memorias, la serie de memorias como tales o algo particular que pasó. Esto se debe a que el dolor y el conflicto más profundo no provienen de un evento específico.

Como los niños son mamíferos, están biológicamente construidos para apegarse afectivamente a sus padres. No hay manera de evitar esto. Tu biología decide por ti y funciona automáticamente. En una familia común y corriente todo esto funciona relativamente bien con los conflictos neuróticos comunes. El problema que muchos pacientes afrontan es que no crecieron en una familia normal, razonablemente saludable. Crecieron en una familia incoherente, abusiva y traumática.

Esta es la cardinal distinción que Amara no quiso reconocer en nuestro encuentro de 1988 cuando me dijo que la tesis de mi epístola “era miopía”.

Las mismas personas con quienes tuene que apegarse el niño para sobrevivir eran también los perpetradores de los malos tratos que lo lastimaron feamente. Una manera de arreglárselas con el vapuleo es replegarse: cerrar el propio sistema de apego afectivo y meterse en un capullo. Eso sería suicidio psicológico, y te impediría florecer. Tu biología no te permitirá tomar esta decisión: la inercia del apego con el medio tiene mayor fuerza que el reflejo de replegarse. Debes mantener tu sistema de apego funcionando a fin de sobrevivir.

El conflicto básico, el dolor más hondo y la causa más profunda de síntomas es el hecho que la conducta de mamá y papá duele, no encaja y no tiene sentido; era loca y abusiva.[8]

Lo que dice Ross complementa lo dicho por Arieti: la persona ante la que somos vulnerables es aquella con quien estamos apegados desde pequeños (en el último libro explicaré este fenómeno a través de mi relación con mi padre). Si la cita de Piper se refiere a alguien como Yakoff Skurnik, esta última puede referirse a un David Helfgott. Ross habla de la relación abusiva de un menor con alguien que representa algo muy especial para él o ella, alguien que formó su universo personal. Los maltratos y crímenes de los que habla Piper no son conducentes al tipo de pánico que padecimos Modrow y yo: la sensación de la traición del universo. Son cosas enteramente distintas.

Por ejemplo, he sido secuestrado dos veces en México, una ciudad con uno de los más altos índices de criminalidad de las Américas. Ahora bien, diría que el tener una ametralladora golpeando mi cara durante el primer secuestro en 1980, o una pistola en la sien por una hora en un coche durante el segundo secuestro en 1992, donde incluso hicieron que me bajara los pantalones y los calzones, no llegó, ni remotamente, al uno por ciento del inefable trauma que sentí con la metamorfosis de mi querido papá, tal y como lo narro en la Carta (como seguramente sintió David con su padre).

Yo lo que daña. lo que me dañó: que la persona que más he querido y que construyó mi universo me haya traicionado tan inexplicable y zafiamente. Ni Piper ni ningún otro siquiatra puede decirme lo que sentí o tiene derecho a hacer “comparaciones” por la sencilla razón que no saben de qué hablan.

Este es uno de los problemas no sólo con la siquiatría, sino con la sicología en general. Con su complejo positivista de imitar a las ciencias exactas, el sicólogo pretende estudiar objetivamente al sujeto en el plano de la mera conducta. Eso equivale a negar que existan universos enteros de vivencias dentro de nosotros. En realidad, no es posible estudiar a una mente exclusivamente desde afuera: faltan los testimonios individuales, las autobiografías de los sobrevivientes. A pesar de la erudición que ostenta Piper —su artículo tiene cien referencias bibliográficas—, sus casos poco tienen que ver conmigo, Modrow o un David Helfgott. Robert W. Godwin escribió:

Ya van más de dos siglos desde que Kant probara la futilidad de usar el lenguaje del “esto” del naturalismo objetivo de la razón pura para describir o capturar el dominio del “yo”, la subjetividad. No obstante, la envidia de la física de la mayoría de los sicólogos universitarios hace que cometan el error categorial de estudiar el yo interno como un objeto, cosa que los convierte en eruditos de lo obvio (por ejemplo, los conductistas) o en campeones de lo absurdo (como las feministas teóricas del anti-apego). Si tu única herramienta es un martillo tratarás todas las cosas como si fueran clavos, y si tu único método es la “ciencia empírica” tus conclusiones están escondidas en tu método: el yo es reducido a otro hecho objetivo, sin diferencia alguna de las rocas o los planetas.[9]

La mención a Kant o Godwin no significa que yo sea, como John Beloff (quien publicó algunos de mis artículos en su revista), un “dualista radical”. Como Ross escribió en su libro The trauma model, esta no es una cuestión del modelo del trauma versus un modelo biológico. “El modelo del trauma es biológico en sí mismo. Debe serlo, porque en la naturaleza la mente y el cerebro son un campo unificado”. Recuérdese mi analogía del software/hardware para comprenderlo.

El caso Helfgott contesta otro argumento predilecto de los siquiatras biologicistas, argumento que me esgrimió el mismo Amara en tiempos en que escribía la epístola a mi madre. Amara me reprochó:

—La cuestión es por qué uno se enferma y los hermanos no.

¡Aún recuerdo el tono franco de Amara al decir eso! Éste era un médico convencido de la verdad de su ciencia, seguro de que el hecho que existan “hermanos invulnerables” invalida todo intento de culpar a cualquier padre en la caída emocional de un hijo. Pero si hay algo que testimonié una y otra vez en la epístola es que el vapuleo de mis padres se dirigió casi exclusivamente hacia mí, no tanto a mis hermanos: justo como el vapuleo de Peter se dirigió hacia David, no hacia sus otros hijos, y exactamente lo mismo puede leerse en la autobiografía de John Modrow.

En la comparación que hago de los judíos David y Yakoff, uno victimado por su padre, otro por Mengele, hay algo más. La dinámica de los nazis hacia Yakoff no consistía de una mezcla de crueldad y amor como la de Peter hacia David —el “corto circuito” ocasionado por oscilaciones “Jekyll-Hyde” del que hablaba en la Carta. Esta dinámica resulta en un “apego con el perpetrador” que, según Ross, es terriblemente ambivalente. Hay una diferencia sideral entre ser víctima de los nazis, que aparecieron en la mente de Yakoff como extraños, y ser víctima de aquél que con todo su amor formó el universo psíquico de David niño. En palabras de David a su esposa: “Todo es culpa de papi. Todo es culpa de papi […]. Padre tenía dentro de él una especie de demonio y un ángel al mismo tiempo, y fue así toda mi vida. Papá siempre tuvo un diablo y un ángel toda su vida. Es como una dicotomía, un desdoblamiento”.[10]

“Padre” no parece ser la misma persona que “papá” en la mente dividida del pobre David. Que esta dicotomía produce desdoblamientos fue precisamente lo que vi en las pacientes de Dallas (mi cuarto libro, El retorno de Quetzalcóatl, contiene algunas páginas donde expongo con más detalle el modelo del trauma de Ross).

La resiliencia es la capacidad de un objeto que fue sometido al estrés de recuperar su tamaño y forma después de la deformación causada por dicho estrés. En los elásticos la capacidad de resiliencia es harto conocida: si un elástico es extendido más allá de su punto de resiliencia se quebrará y no podrá recuperar su forma original. Partiendo de esta comparación yo diría que la agresión que sufrió Yakoff, por más infame que haya sido, se encontró dentro del límite de resiliencia de su mente. No fue así con David. El martirio al que fue sometido rebasó el límite y sufrió un quebranto psicótico permanente.

En pocas palabras, el parámetro para medir el trauma debiera ser el quiebre mental que resulta de la agresión, no el “nivel” de la agresión para un observador externo (como los autores que cita Piper). Un padre que ama a su hijo judío puede quebrarlo más fácilmente que un nazi que aborrece a los prisioneros judíos. El quebranto de David ocurrió porque relativamente la agresión de Peter fue mayor que la de los nazis: provino de quien menos debió haber provenido del mundo entero: quien formó su alma.


___________________

[1] Miller: Por tu propio bien, pág. 119.

[2] Gillian Helfgott y Alissa Tanskaya: Shine (Ediciones B, 1997), pág. 293.

[3] Gene Church: 80629: a Mengele experiment (Route 66 Publishing, 1996).

[4] Silvano Arieti: Interpretation of schizophrenia (Aronson, 1994), pág. 197. En los corchetes sustituí la palabra “esquizofrenia” por “locura”.

[5] Ibídem, pág. 3. En la página 441 Arieti dice que, ya desde esa época, no había avance alguno en el modelo médico de la locura.

[6] Ibídem, pág. 197.

[7] August Piper Jr: “Multiple personality disorder: witchcraft survives in the twentieth century” en Skeptical inquirer (May/June 1998). Aunque la crítica de Piper no se refiere a la locura en general sino a la llamada “personalidad múltiple”, la sustitución de términos siquiátricos que he hecho en estas citas es pertinente tomando en cuenta el problema de la comorbilidad en siquiatría.

[8] [Colin Ross]: Dissociative disorders program: patient information packet (Ross Institute for Psychological Trauma, sin fecha). He eliminado los puntos suspensivos entre los párrafos no citados.

[9] Robert Godwin, “The End of Psychohistory” en The Journal of Psychohistory, 25:3, 1998.

[10] Los dos pasajes separados por el corchete fueron traducidos directamente del original en inglés de Gillian Helfgott y Alissa Tanskaya: Love you to bits and pieces (Penguin Books, 1996), páginas 42 &104. En la traducción española, Shine, los mismos pasajes aparecen en las páginas 55 & 119. La relación entre David Helfgott y su padre se relata en los capítulos 5, 11, 12, 21, 22 y 28.

Páginas 184-197 de Hojas susurrantes

La naturaleza del mal: Amara (II)




Psicopatología:

Si no hay nada malo con una persona, la mejor manera de curarlo es explicarle de qué enfermedad padece.

Karl Kraus [1]



Con el caso Helfgott he tratado de exponer qué es el modelo del trauma, el modelo de la causa psicológica de la locura: un modelo que no se enseña en los departamentos de siquiatría. Ahora diré algo sobre el modelo médico de las perturbaciones del alma, el modelo de la causa física: el único que actualmente se enseña en las universidades.

En febrero de 1988, semana y media después de haber iniciado la larga epístola a mi madre, fui a ver a Amara a su consultorio. Habían pasado tantos años desde aquellos terribles acontecimientos que quería darme una idea de su versión de los hechos sin que estuviera contaminada siquiera por la mención de que estaba escribiendo sobre el tema. No le confesé a Amara que escribía una larga epístola sino hasta que nuestra entrevista estaba por concluir; y le entregué una copia fotostática, una versión más primitiva que la publicada Carta, en mayo de 1988. Ya he hablado de su respuesta: elogios sobre mis habilidades literarias, silencio sobre las acusaciones, y cuando lo confronté sobre el saldo emocional por la conducta de mis padres —“Es miopía”.

Ahora quisiera hablar del pensamiento de Amara anterior a su lectura de mi epístola, cuando fui a verlo en febrero de ese año. Era importante conocer su pensamiento de entonces: como no lo había visto por años, lo que me dijo en esa entrevista refleja el punto de vista con el que se había quedado sobre los sucesos de mi adolescencia. La entrevista fue un encuentro cordial entre nosotros dos.

Citaré mi diario del 22 de febrero de 1988, en el que anoté de memoria los puntos principales una vez terminada la entrevista. Corregiré la sintaxis de los seis incisos de mi diario (incluiré el sexto inciso al finalizar este libro), y a continuación ofreceré mis comentarios:

“El medio, la ciudad, te eran opresivos. Estabas angustiado por el medio ambiente (ruidos) de la Ciudad de México. Había incapacidad de relacionarse con la mujer debido quizá a timidez”. Amara “promovía” la escuela Zumárraga, y dijo: “El único contacto que tenías con gente era por medio del ajedrez, por lo que trataba de conducirte vía ellos a la adaptación”.

Ya desde el inicio de nuestra entrevista me extrañó que Amara no hablara del acontecimiento máximo que representó para mí el trato de mis padres. Supongo que bajo su cielo no había lugar para traumas familiares. Recuerdo que desde que inició nuestra entrevista me sorprendió que saliera con las irrelevancias de arriba. Cierto: recuerdo muy bien esos ruidos y la horrenda metrópoli de la que hablaba, y es verdad que de adolescente no me relacionaba con muchachas. ¿No se le ocurrió a Amara que eso tenía que ver con la escuela medieval, sin mujer alguna, a la que me habían metido mis padres: escuela que el mismo “promovía”?

Prosigamos con el diagnóstico:

Amara usó varias veces la palabra “reticente” al hablar del 76, en una ocasión como si hablara de una patología. Que en esos tiempos “no le conté mucho” y que mi no hablar o explayarme con él era síntoma —así lo interpretó— de esquizoidismo.

Traté de hablarle de los malos tratos de mis padres usando una lista, mencionada en la Carta, donde enumeraba varios “injustos casos de violencia psicológica”. Ese recuerdo de 1976 aún me llega fresco a la memoria. Si no quise hablarle después fue porque ignoró mis acusaciones, como también conté en la epístola. Y si luego me cerré con él se debió a que iba a sus sesiones contra mi voluntad cuando se puso cien por ciento del lado de mis padres.

¿Es eso síntoma de esquizoidismo? ¿Cómo no se dio cuenta el profesional de la sicología profunda de una reacción humana tan elemental?

Según Amara, “aparentemente, externamente no había indicios” de que mamá “estuviera mal”.

En la Carta se ve con extraordinaria transparencia que mis hermanos tuvieron perfecta conciencia de lo mal que estaba nuestra madre esos tiempos, especialmente Corina. Lo que una niña de trece años vio, no lo pudo ver el profesional de las perturbaciones del alma.

“Debido a sentirte diferente de tus hermanos (ellos se estaban realizando) la tendencia era huir del hogar, además de por los padres… Huida, retracción a la casa de la abuela y vivir como ermitaño. Ahí se acentuaba el tipo esquizoide”. Síntomas de esquizoidismo: “salirse de la escuela, vida de ermitaño en casa de la abuela, el ajedrez como única actividad”.

Ese “además de por los padres” es todo lo que, por lo visto, registró el analista sobre mi holocausto personal. Yo huí debido a unas bofetadas que me dio mi padre enfrente de la familia. ¿Cómo pasó este acontecimiento a la mente de Amara?: “Debido a sentirte diferente de tus hermanos la tendencia era huir del hogar”.

¿De dónde sacó Amara que huí por acomplejarme ante mis hermanos? ¿Qué demonios es esto?, ¿sicoanálisis? ¿Cuándo le dije algo sobre mis hermanos respecto a la salida del hogar? ¡Fueron las bofetadas de mi padre que partieron mi vida en dos lo que precipitó la huida! ¿Dónde quedó el ultraje en las memorias del analista?

Ignorar los relatos de maltrato parental es una patología endémica en la profesión siquiátrica. Por ejemplo, Psicología médica del finado Ramón de la Fuente (el padre del político mexicano) no menciona a los clásicos del modelo del trauma ni siquiera para mostrar desacuerdos.[2] ¿Por qué? ¿No es demasiado irónico que la siquiatría, profesión de la que más esperaríamos que hable del trauma psicológico, trate de eludir el tema? Curiosamente, en la vieja versión de Psicología médica, publicada en 1959, de la Fuente dedica dos páginas a la merma emocional que sufren los hijos de madres posesivas.[3] Como de este dato podría inferirse que las perturbaciones psíquicas son causadas por los padres, el contenido de esas páginas fue expurgado en la nueva versión de Psicología médica. Actualmente la nueva versión censurada es la única existente en el mercado, y se les presenta a los jóvenes mexicanos como el resultado de los grandes avances en biosiquiatría en los últimos decenios.

Pero volviendo a Amara y a su diagnóstico. Para añadir insulto a la injuria, por segunda vez menciona su etiqueta con un tono tan profesional como un cardiólogo hablándole a un paciente sobre su coronaria (“Síntomas de esquizoidismo: salirse de la escuela…”). Lo único que puedo preguntar, y aquí me dirijo personalmente al lector: ¿Crees que un chico que huye de una escuela y hogar abusivos para refugiarse con la abuelita sea un “esquizoide”? El método de Amara para establecer esquizoidismo a partir de conducta tan normal fue simplemente proclamar que lo padecía y usar toda su autoridad y poder para trasformar semejante juicio en una realidad social. No es de extrañar que Szasz les llame a doctores como Amara calumniadores con licencia.

Cabe decir que en esa sesión de 1988 no dije nada del diagnóstico de Amara. Aún estaba en mis veintes; ignoraba lo que era la siquiatría, y me comporté de manera receptiva. Mi propósito era registrar sus opiniones sobre lo ocurrido en mi vida y nada más. Sigamos con el diagnóstico:

Amara me dijo: “No eras [énfasis en el tono de voz] esquizofrénico, sólo esquizoidesegún la clasificación de x autor que decía “Todos somos o esquizoides o deprimidos”. Cuando le dije que en Psicología médica Ramón de la Fuente hablaba de esquizofrénicos ambulantes, Amara enfatizó que yo no lo era, varias veces.

Que bonito suena hablar de ese autor x. Pero hay un abismo entre etiquetar a un indefenso menor de edad ante sus padres abusivos y decir que la mitad de la humanidad es deprimida y la otra mitad esquizoide. Si Amara sabía de la terrible guerra que se libraba en casa (¿lo sabía?) era de suponer que el estamparme esa etiqueta a mis espaldas iba a tener un significado muy distinto al del autor. A mi madre le fascinó tanto la calumnia de Amara que la regó por la familia, tanto así que una de mis primas me confesó: “Yo no sé qué significa eso de ‘César es un esquizoide’”.

Me sentí infinitamente peor que me dijeran cerdo.

“Cerdo” es un epíteto insultante, pero tiene la enorme ventaja de que cualquiera reconocería al insulto como insulto. Por el contrario, como me dijo mi prima, esquizoide sugiere “que estás a un paso del esquizofrénico”, un vejamen infinitamente mayor. El hombre de la calle no tiene idea que la palabra “esquizoide” puede usarse como calumnia. La respuesta de Amara ante su calumnia de antaño se parece a la del niño que avienta la piedra y luego esconde la mano (“la mitad de la humanidad esquizoide, la otra mitad deprimida”). La verdad es que su diagnóstico lesionó terriblemente mi autoimagen. Que el diagnóstico siquiátrico es una acción política y no médica se descubre al señalar que el diagnóstico invariablemente ayuda a algunas personas en un conflicto y perjudica a otra. Además, suponiendo que fuera cierto que Amara me veía tan normal como la mitad de la humanidad, ¿por qué le solicitó tanto a mi madre que tomara Majeptil (tioproperazina)? Que a mis espaldas Amara insistió mucho que debía tomar una droga siquiátrica me lo confesó décadas después mi misma madre.

Un manual mexicano sobre psicofarmacología dice: “La tioproperazina está considerada como el NLP [neuroléptico] fenotiazímico más potente, y se recomienda en casos de brote psicótico agudo con agitación psicomotriz […], por ello su uso se reserva al medio hospitalario y por médicos que tengan experiencia en el manejo del NLP”.[4] Entre el amplio repertorio de psicofármacos, los neurolépticos están considerados las drogas más agresivas (los siquiatras las llaman eufemísticamente “tranquilizantes mayores”). A su vez, entre los neurolépticos fenotiazímicos la tioproperazina es considerada la más potente. En las tablas del siquiatra suizo Walter Pöldinger, Majeptil se encuentra en el extremo de una lista de veintinueve neurolépticos en el sentido de propiedades “anti-autísticas”.[5] ¿Por qué Amara le insistió tanto a mi madre que tomara el psicofármaco si está en contra de todo sentido común recetar drogas a quien se sale de la escuela? Llamarle a éste un outsider, el primer diagnóstico que salió en boca de Amara, me colocaría en el borde y no fuera de la normalidad.

Que yo sepa, con anterioridad a la década de setenta, cuando tuve el problema con Amara, sólo Ewen Cameron había recomendado, en 1938, medicar a adolescentes normales con drogas para psicóticos como insulina y Metrazol: una supuesta “medicina preventiva”. Cameron es considerado el Mengele americano de la fraternidad médica. Este siquiatra borró la memoria de varias personas en series maratónicas de electroshocks. Pero después de que Harry Sullivan rebatiera la infame propuesta de Cameron en American Journal of Psychiatry no se volvió a escuchar hablar sobre drogar a adolescentes sanos, aunque outsiders, hasta mediados de los noventa.[6] A fin de ampliar el mercado, las transnacionales hicieron campañas para reducir las libertades civiles y alcanzar al mayor número de gente a quienes se les pudieran administrar estas drogas con o contra su voluntad. La campaña me recuerda el terror comunista en que las purgas, arrestos, torturas y asesinatos sin juicio no se infringían como castigos de crímenes que se hubieran cometido, sino que eran el exterminio de quienes pudieran cometer un acto desleal hacia el gobierno. Pero si suponemos que la moral siquiátrica está arriba de la de un Pol Pot, ¿por qué Amara le sugirió a mi madre que yo, un muchacho perfectamente cuerdo, tomara el psicofármaco más potente e incisivo que estaba en su poder recetarme?

Una de las razones es que mi madre deseaba una acción más drástica que el llamarme outsider en su guerra de voluntades contra el adolescente que fui. Amara le dio a su clienta lo que pedía. Lo que es más, según lo que él mismo me dijo en 1976, algo que resentí como extremo insultante, me recetó Majeptil “para eliminar los radicales químicos negativos del cerebro”. Pero he aquí un dato que prueba que los siquiatras son falsos médicos: Amara me recetó esa droga sin mandarme a hacer ningún tipo de pruebas neurológicas.

Si Amara fuera un verdadero médico ¿cómo pudo, sin pruebas físicas, atreverse a diagnosticar categóricamente que existían “radicales químicos” tan “negativos” que no había sino que combatirlos con una peligrosa droga? ¿Era Amara un neurólogo adivino? No fue sino hasta que emprendí la tarea de escribir este libro que me enteré por qué Amara y el resto de sus colegas no envían a quienes sospechan que padecen disfunciones químicas cerebrales a hacerse pruebas neurológicas precisamente.

Es elemental que no puede haber tratamiento sin enfermedad. Este es el espíritu del Código de Nuremberg para evitar las violaciones a los derechos humanos como las que vimos en las páginas anteriores: los experimentos médicos de Mengele con los niños judíos. Sin embargo, en contraste con verdaderas enfermedades cerebrales como tumores, esclerosis múltiple, meningitis, epilepsia o neurosífilis, después de más de un siglo de biosiquiatría nadie ha logrado demostrar que los trastornos que diagnostican los siquiatras estén relacionados con lesiones en el cerebro. De manera que por medio de un acto de fe y una lógica diametralmente opuesta a la jurisprudencial, los siquiatras supusieron que las personas a su cargo estaban enfermas (“culpables”) hasta que su salud fuera probada. Al igual que la seudociencia de la parasicología, que inició aproximadamente al mismo tiempo que la siquiatría moderna y que después de más de cien años no ha logrado demostrar lo paranormal, los siquiatras creyeron que era simplemente cuestión de tiempo para que la patología celular de misteriosas “enfermedades” como la depresión fuera descubierta. Asimismo, los parasicólogos continúan persiguiendo el espejismo que tarde o temprano demostrarán la realidad de la “percepción extrasensorial”. Las palabras de Szasz son contundentes al respecto:

El propósito de mi argumento es que hombres como Kraepelin, Bleuler y Freud no eran lo que pretendían o parecían ser —es decir, médicos o investigadores médicos—; eran, de hecho, líderes políticos, religiosos y conquistadores. En vez de descubrir nuevas enfermedades, extendieron, a través de la psiquiatría, las imágenes, el vocabulario, la jurisdicción, y de ahí el territorio de la medicina, a lo que no eran, y no son: enfermedades en el sentido original y virchowiano de la palabra.[7]

Rudolf Virchow, el creador de la patología celular, dijo en una serie de conferencias de 1858 ante sus colegas médicos que “no existe la enfermedad en general, sino solamente enfermedades de los órganos y de las células”. El libro de Virchow Die Cellularpathologie es piedra angular en la ciencia médica. Actualmente se considera que una enfermedad es una condición que tiene una causa conocida, y que puede identificarse por una o varias pruebas de laboratorio. La osteoporosis, la diabetes o las infecciones, por ejemplo, pueden diagnosticarse con tecnología moderna. En Esquizofrenia: el símbolo sagrado de la psiquiatría, Szasz puntualiza:

De hecho, tomando el criterio virchowiano de la enfermedad [la patología celular], no creo que Kraepelin, Bleuler, o los otros psiquiatras de ese período podrían haber tomado tal posición, y haberse salido con la suya. La razón es sencilla. Habrían tenido que llegar a la conclusión de que la mayoría de los “pacientes” en sus hospitales no estaban enfermos; o por lo menos no podrían haber encontrado nada palpablemente mal en la estructura anatómica o el funcionamiento fisiológico de sus cuerpos.[8]

Por la que Szasz concluye:

Como dice el dicho, nadie es tan ciego como la persona que no quiere ver. Mucha gente en el pasado no quería, y tampoco quiere ver ahora, los hechos desnudos de la psiquiatría: que los psiquiatras diagnostican enfermedades sin lesiones y tratan a pacientes sin derechos. Este, entonces, fue el terrible punto de partida en el origen de la psiquiatría moderna: la invención de la supuesta enfermedad “esquizofrenia”, una enfermedad cuya lesión nadie podía ver y que “afligía” a personas de tal manera que a menudo no querían otra cosa que no ser pacientes.[9]

A muchos siquiatras les gusta decir que, después de diversos avances en neurociencia, la crítica de Szasz está obsoleta.

No lo está. Lo que Szasz escribió en Esquizofrenia sobre el criterio virchowiano, por ejemplo, lo amplificó y detalló en Pharmacracy: medicine and politics in America, publicado en 2001; y un libro publicado en 2004 por uno de sus discípulos responde a los críticos de Szasz.[10] Cuando en abril de 2000 se celebró un simposio en la Universidad de Siracusa en honor del cumpleaños ochenta de Szasz, Jeffrey Schaler pronunció estas palabras: “Sus escritos, enseñanza, discursos y tutoría continúan influenciando y cambiando la manera en que pensamos sobre la psiquiatría”.[11] Cuando algunos estudiantes de medicina confrontan a Szasz sobre su incredulidad de que la “enfermedad” mental exista, el médico veterano les responde: “Muéstrenme cien estudios ciegos de escaneos CAT [tomografía axial computada] que muestren que los pacientes tienen enfermedad mental tan confiablemente como cien estudios ciegos de rayos X que muestren que otros pacientes tienen fracturas en las piernas, y creeré que existe la enfermedad mental”.[12] Es decir, necesitamos buena evidencia física de que la enfermedad mental es biológica, y no hay ninguna.

Szasz no está solo entre sus colegas. El doctor Loren Mosher, quien presidió el Centro de Estudios sobre Esquizofrenia del Instituto Nacional de Salud Mental (NIMH en sus siglas inglesas) de 1969 a 1980, dijo en una entrevista de 2003: “Si usted me enseña algo —sea una lesión, es decir una estructura anormal, o un proceso neurofisiológico que sea identificable, que pueda replicarse y que se encuentre sólo en aquellas personas a quienes se les ha etiquetado de esquizofrenia— cambiaría de opinión inmediatamente. He estado diciendo esto por treinta años”.[13] Asimismo, cuando invitaron a Mary Ann Block al programa televisivo The Montel Williams Show también invitaron a un siquiatra que aprobaba el uso de drogas siquiátricas para los niños. Frente a las cámaras Block arguyó que a los niños no les hacen pruebas de laboratorio antes de diagnosticarlos. El siquiatra respondió: “Mire usted, nosotros somos siquiatras. El trastorno del déficit de atención e hiperactividad es un diagnóstico siquiátrico. Los diagnósticos siquiátricos están basados en la historia. Los siquiatras no hacen exámenes físicos” (énfasis en el original).[14]

Una viñeta personal ilustrará esta aparente incongruencia. En octubre de 2005 presenté una ponencia en la Asamblea Legislativa en la Ciudad de México; los otros ponentes representaban a la siquiatría oficial del país: Marco López Butron y Enrique Camarena Robles. Finalicé mi presentación con la pregunta al público: “¿Sabían ustedes que la siquiatría es la única especialidad médica en la que no existe prueba de laboratorio sobre la causa o fisiología de los diagnósticos siquiátricos?” Luego añadí: “Y a partir de esta pregunta quisiera hacerle otra pregunta a usted [López Butron, viéndolo a los ojos] como director del Fray Bernardino, el siquiátrico más grande del país, y a usted también [Camarena Robles, viéndolo a los ojos], como jefe de ese hospital y del Navarro: ¿Cómo justifican tratamientos invasivos como el electroshock en sus instituciones si no hay prueba de laboratorio?”

Ni López Butron ni Camarena Robles hicieron el menor esfuerzo por contestar mi pregunta. Pero a pesar de la falta de evidencia, los profesores de medicina se aferran al dogma. Nancy Andreasen, editora de American Journal of Psychiatry, publicó en 2001 Brave new brain: conquering mental illness in the era of the genome. Para entender qué es una mente dogmática es ilustrativo señalar que, en su libro, Andreasen reconoce lo siguiente:

  • No se ha encontrado evidencia de patología fisiológica detrás de los trastornos mentales.
  • No se han encontrado desequilibrios químicos en la gente diagnosticada con una enfermedad mental.
  • No se han encontrado genes responsables de alguna enfermedad mental.
  • No existe prueba de laboratorio que determine quién está enfermo mentalmente y quién no lo está.
  • Algunos trastornos mentales son causados por el medio ambiente.

Esto, repito, lo afirma la editora de la revista especializada de siquiatría más influyente en un libro publicado en 2001. Lo que llama enormemente la atención es que, a pesar de reconocer que los siquiatras no tienen nada entre las manos y que algunos trastornos se deben al medio, en su libro Andreasen declara que el proyecto genoma le va a resolver todo a los siquiatras en el futuro.

Pero tal fe futurista no está basada en la ciencia, sino en la ciencia-ficción. Los científicos no basan sus afirmaciones en esperanzas sobre proyectos prometedores, sino en lo que existe en el mundo empírico. Andreasen mantiene la esperanza en un futuro que ella imagina que será el proyecto genoma.

Como en todas las seudociencias en las que los creyentes se pasan la vida buscando algo que no existe, más que estudiar a la siquiatría habría que estudiar a los siquiatras, especialmente aquellos que ocupan cargos importantes en la profesión. Las palabras de Amara y de muchos otros siquiatras que recomiendan drogar a sus pacientes “para corregir un desequilibrio químico” significan, traducidas al lenguaje de la realidad, tratar una enfermedad que existe sólo en su imaginación. Es fascinante notar que, en su DSM, el Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales, por muchos años la misma Asociación Psiquiátrica Americana excluyó a las condiciones orgánicas como responsables de la esquizofrenia. Por ejemplo, en la revisión publicada en 1983, DSM-IIIR, el manual dice que un diagnóstico “se hace solamente cuando no puede establecerse que un factor orgánico originó y mantuvo la alteración”.[15] Ahora bien, si reconocen que no han encontrado causas orgánicas, ¿cómo se atreven estos Amaras a decirles diario a sus clientes que su condición se debe a radicales químicos en el cerebro? ¿Qué clase de esquizofrenia padecen estos profesionales? Quizá la explicación de su mente dividida la encontremos en el siguiente hecho. No fue sino hasta la edición de 1994, el DSM-IV, en que el pasaje honesto (“no puede establecerse que un factor orgánico…”) fue censurado de la versión anterior. El siquiatra Fuller Torrey reconoce que la censura pudo deberse “a las actuales teorías sicoanalíticas y de interacción familiar sobre la esquizofrenia”.[16] Otra explicación es que si los siquiatras no tomaran dogmáticamente al biorreduccionismo y se solidarizaran con las víctimas que oyen día tras día en sus consultorios, podría venirse abajo su negocio de recetar psicofármacos en sólo diez minutos de consulta: y eso es algo que no van a permitir. Como decía Laing, la economía controla la política.

También controla la ciencia, o mejor dicho, la seudociencia política en las universidades. Si el modelo de la causa física persiste es porque provee un interminable campo de investigación seudocientífica para psicofármacos que generan miles de millones de dólares. Esta investigación insensata se originó desde que los siquiatras decidieron que las personas a su cargo estaban enfermas, y proseguirá porque las causas biológicas de la mayoría de los trastornos mentales no existen. Es exactamente lo que ocurre en parasicología: tanto los parasicólogos como los siquiatras biologicistas persiguen un espejismo. Quizá valga mencionar que Eugen Bleuler, el siquiatra que acuñó la palabra esquizofrenia, fue un obstinado defensor de los fenómenos espiritistas y parasicológicos de su tiempo.[17] Y quizá también valga mencionar que, cierta ocasión que le reproché a Amara su extrema credulidad en un libro sobre la licantropía (en sesión me dijo que un pacientito suyo había visto cómo le crecía la cara a su padre), despachara mi crítica con un ademán despectivo. La anécdota es ilustrativa: la cognición del “paciente” estaba en el marco de la realidad mientras el “terapeuta” padecía el delirio de creer que transformaciones en hombre lobo suceden como en las películas.

Sólo para mostrar que además de Szasz hay una nueva generación de médicos que se ha percatado de cómo los siquiatras, al engañarse a sí mismos engañan a los estudiantes de medicina, citaré una vez más a Colin Ross:

Cuando entré a mi interinato de psiquiatría, creía que se había demostrado el fundamento genético de la esquizofrenia y que se había demostrado también que la esquizofrenia era básicamente una enfermedad biomédica del cerebro. Este parecer era casi universalmente compartido en mi escuela de medicina, y jamás escuché una crítica seria a este respecto en el interinato. Fue por un proceso gradual que comencé a percatarme cada vez más de los errores cognitivos que prevalecen en la psiquiatría clínica […]. También vi cómo se afanaban los psiquiatras biológicos para que los consideraran doctores y que fueran aceptados por el resto de la profesión médica. En su deseo de ser aceptados como verdaderos doctores clínicos, estos psiquiatras construían un edificio demasiado dogmático sobre cimientos científicos muy endebles.

Uno de los efectos más perturbadores de errores lógicos en la psiquiatría biológica que presencié durante los diez años como residente y psiquiatra académico, de 1981 a 1991, fue su influencia sobre los estudiantes de medicina. Ya intensamente socializados en el biorreduccionismo médico cuando llegaron a los pabellones de psiquiatría, muchos estudiantes de medicina aceptaban la idiosincrasia y los errores lógicos de la psiquiatría biológica como un hecho científico. Los escuchaba repitiendo como loros que la enseñanza de la psiquiatría se ha convertido más científica recientemente; que tiene muchas drogas efectivas; que ha demostrado el fundamento genético de la esquizofrenia, y que se mueve siempre adelante en pos de psicofarmacologías más específicas. El problema no es que todas estas proposiciones sean completamente falsas: era la aceptación incondicional del dogma lo que me alarmaba.[18]

El pasaje de arriba aparece en el libro Pseudoscience in biological psychiatry (Seudociencia en psiquiatría biológica), y es triste observar que en occidente no sólo se enseña tal seudociencia a los estudiantes de medicina, sino a los de sicología y pedagogía. Es indignante ver cómo la facultad de sicología de la universidad más grande de Latinoamérica incluye materias de biosiquiatría en su currículo. En la Universidad Nacional Autónoma de México y en muchas otras universidades la llamada sicología clínica está orientada hacia el modelo médico.

En otro capítulo de su libro Ross rebate varios artículos biorreduccionistas publicados en American Journal of Psychiatry (AJP). En el presente libro no profundizaré en detalles científicos y técnicos. Es un tema complejo que me llevaría engrosar más de lo tolerable a un libro presumiblemente literario. Me limitaré a citar las palabras finales de un capítulo de Pseudoscience in biological psychiatry:

Esto completa un análisis detallado de seudociencia en American Journal of Psychiatry desde 1990 hasta 1993. El número de enero de 1994 de la revista muestra que los errores lógicos y la ideología biorreduccionista continuarán dominando la psiquiatría por algún tiempo. Un análisis similar no podría hacerse de una revista profesional en ninguna otra área de un campo verdaderamente científico.[19]

Cabe decir que, además de dirigir un siquiátrico que lleva su nombre, Ross ha sido contratista de compañías de psicofármacos; ha sido llamado a participar en juicios legales sobre neurolépticos en Estados Unidos, y continúa publicando en la AJP. Pero a pesar de que sus credenciales son puro establishment, Ross saca a la luz publica la seudociencia en su profesión.

En el mundo del mercado la propaganda que las compañías de drogas nos vende es tomada como ciencia real. Esta propaganda es precisamente la de los estudiantes de medicina que repiten como loros que la siquiatría ha demostrado el fundamento biológico de la esquizofrenia, de la depresión y de otras enfermedades nerviosas. La impresión del público general sobre estos supuestos avances médicos ha sido creada por la incesante repetición de estos eslóganes siquiátricos en los medios de comunicación.


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[1] Karl Kraus, citado en Tomas Szasz: Anti-Freud: Karl Kraus’s criticism of psychoanalysis and psychiatry (Syracuse University Press, 1990), pág. 109.

[2] En Psicología médica: nueva versión (Fondo de Cultura Económica, 2000) Ramón de la Fuente Muñiz sólo menciona a Laing y a Lidz en un contexto distinto al maltrato enloquecedor que algunos padres infligen a sus hijos.

[3] Ramón de la Fuente Muñiz: Psicología médica (Fondo de Cultura Económica, 1959), págs. 190s.

[4] Víctor Uriarte-Bonilla: Psicofarmacología (Trillas, 1999), pág. 368.

[5] Walter Pöldinger: “Neurolépticos” en Raymond Battegay, Johann Glatzel, Walter Pöldinger y Udo Rauchfleisch, Diccionario de psiquiatría (Herder, 1989), pág. 348. Véanse también las págs. 350s.

[6] Véase Richard Gosden: “Prepsychotic treatment for schizophrenia: preventive medicine, social control, or drug marketing strategy?” en EHSS (verano de 1999), págs. 165-177.

[7] Thomas Szasz: Esquizofrenia, p 35.

[8] Ibídem, págs. 25s.

[9] Ibídem, págs. 40s.

[10] Jeffrey Schaler: Szasz under fire (Open Court, 2004).

[11] Nelson Borelli y Jeffrey Schaler: “Liberty and/or psychiatry?: 40 years after The myth of mental illness, a symposium in honor of Thomas S. Szasz on his 80th birthday”.

[12] Thomas Szasz, citado en E.V.D. Luft: “Thomas Szasz, MD: philosopher, psychiatrist, libertarian”. Leí este artículo y el anterior en un website sobre Szasz.

[13] Loren Mosher, citado en Jeanette De Wyze: “Still crazy after all these years” en San Diego Weekly Reader (January 9, 2003).

[14] Mary Ann Block: No more ADHD (Block System Inc., 2001), pág. 19.

[15]Diagnostic and statistical manual of mental disorders, DSM-IIIR (American Psychiatric Association, 1987), pág. 187.

[16]E. Fuller Torrey: Surviving schizophrenia: a family manual (Harper & Row, 1988), pág. 149. En 1974 Torrey había publicado The death of psychiatry, un libro crítico de su profesión. Sospecho que cambió de bando por temor de confrontar el origen psicógeno de la psicosis de su hermana: algo similar a la represión de Margaret Helfgott.

[17] George Windholz: “Bleuler’s view on inheritance of acquired characteristics and on psi phenomena” en Skeptical inquirer (primavera de 1994).

[18] Colin Ross: “Errors of logic in biological psychiatry” en Colin Ross y Alvin Pam (eds.), Pseudoscience in biological psychiatry: blaming the body (Wiley & Sons, 1995), págs. 85-87.

[19] Colin Ross: “Pseudoscience in the American Journal of Psychiatry” en Pseudoscience in biological psychiatry, pág. 191.

Páginas 197-206 de Hojas susurrantes

La naturaleza del mal: Amara (III)




En la epístola original y primitiva a mi madre de 1988, no en la corregida y publicada Carta, cometí un error garrafal: interioricé la calumnia de Amara como algo real. Ese era precisamente el propósito del sicoanálisis forzado al que fui sometido de chico. Por ejemplo, en la sección de La Medusa la epístola primitiva dice: “La etiología de mi enfermedad mental fue la madre”; en Locura à deux: “¿Qué podía responder un enfermo bloqueado y tartamudo?”, y en La profecía: “el hijo enfermo…” en lugar de “el hijo asolado” en la versión corregida. Estos son sólo unos ejemplos de cómo escribí la epístola que puse en el escritorio de mi madre con la vana esperanza que la leyera.

¡Pero jamás fui un enfermo, sólo la víctima de unos padres enloquecidos y de un ataque médico! ¿Cómo fue pues que en mis veintes, cuando escribí la epístola, usé esas imbéciles palabras?

A fin de exonerar a los padres y al status quo, la idea rectora en siquiatría no es sólo Culpad a la Víctima, sino que la víctima misma se culpe ante la sociedad: una suerte del San Benito que usaba el disidente del sistema en los tiempos más gloriosos de Nueva España. Esto me recuerda un estudio de Octavio Paz sobre algo que, 281 años antes de mi autoestigmatización, le sucedió a una poetiza con un inquisidor en la misma ciudad en la que vivo. Tanto el confesor de Juana de Asbaje como el obispo de México acorralaron a esta pobre mujer al grado de hacerle creer que ella, no estos prelados soberbios, era una pecadora, “la peor de todas” según la pluma de la poetiza misma. Después de interiorizar la calumnia Juana se autoinmoló y murió. Su confesor, vale decirlo, ocupaba un importante cargo en la Inquisición de Nueva España. Aunque Sor Juana nunca fue una pecadora, ni yo un enfermo, lo que le sucedió con el confesor-inquisidor (“la peor de todas”) fue el equivalente novohispano de lo que me sucedió con el analista-inquisidor (“el hijo enfermo…”). [1]

La biblia de los siquiatras, el Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales o DSM, es un glosario que sirve de base clínica a la siquiatría de hoy día, usado como sustituto de las pruebas físicas dado que no existe tal cosa como pruebas de laboratorio en siquiatría. El DSM está basado en una lista de control que acompaña los síntomas de los alegados males mentales que atacan al ser humano: precisamente el método que seguían los redactores de los manuales de brujas.

El DSM-II incluía al trastorno de “homosexualidad”, y una edición posterior incluía a un trastorno que ocasionalmente se les atribuyó a las mujeres apaleadas por sus maridos, el “trastorno de la personalidad masoquista”, renombrado después como el “trastorno de la personalidad autoderrotista”. Debido a la presión de los grupos de homosexuales y feministas, los diagnósticos fueron retirados. En 1973 la homosexualidad dejó de ser un trastorno mental, y en la siguiente década se dejó de etiquetar a algunas mujeres con el diagnóstico “trastorno de la personalidad masoquista”.[2] No obstante, como los niños y los púberes no pueden formar organizaciones de activismo político, el “déficit de atención” no ha sido expurgado del DSM. El manual a veces parece ser un termómetro para medir la escala de valores de la época. Por ejemplo, según el DSM jugar compulsivamente juegos de azar es un trastorno, pero en nuestra sociedad que promueve el consumismo no se considera que los compradores compulsivos estén trastornados.

Como en el caso del homosexualismo, los editores del DSM constantemente revisan y reeditan su manual, modificando lo que se entiende por trastorno por medio de votos en congresos siquiátricos. Sí: votos, no pruebas de laboratorio. El precedente del DSM fue el Statistical manual for the use of institutions for the insane, reeditado diez veces de 1918 a 1942, que listaba veintidós categorías diagnósticas. El primer DSM, editado en 1952, ya contaba con 112 conductas humanas que para los siquiatras eran trastornos. Aparte de los contados trastornos auténticamente psicóticos, este DSM incluyó muchas otras conductas que no son locura propiamente dicha sino una cornucopia de ansiedades, fobias, obsesiones, compulsiones, adicciones, depresiones y manías. Lo que es más, el DSM actual es un glosario no sólo de trastornos como generalmente se cree, sino de conductas normales que la sociedad mayoritaria considera malsanas. Algunos de estos supuestos trastornos rayan en lo ridículo: “trastorno de las matemáticas” (recordemos cómo muchos odiamos esa materia), “trastorno de no cumplimiento con el tratamiento” (¡no querer ir con el siquiatra!), “trastorno de rivalidad entre hermanos” y muchos otros. En los últimos tiempos la sociedad y los siquiatras han etiquetado de “déficit de atención e hiperactividad” a incontables niños. Así como el homosexualismo ha dejado de ser una enfermedad por decreto, ahora distraerse en la escuela lo es. En el DSM-II de 1968 el número de conductas consideradas trastornos se incrementó en 163. El DSM-III de 1980 ya contaba con 224 y el DSM-IV de 1994 escaló a 374: una enorme diferencia con los manuales de los años 1920 a 1940 con su veintena de categorías diagnósticas. Al momento de revisar este capítulo la versión en uso del DSM es el DSM-IV-TR, esto es, el DSM-IV revisado, publicado el año 2000, y la Asociación Psiquiátrica Americana elabora el DSMV con otras conductas que los siquiatras consideran trastornos, además de las existentes.

Curiosamente, el DSM no explica con claridad qué es la “enfermedad mental” en su sentido más amplio y genérico: la entidad central que el manual presumiblemente estudia. Lo que hace el DSM, y esta es la innovación en siquiatría respecto a las otras especialidades médicas, es concretarse a clasificar los síntomas de una perturbación mental específica —o una conducta normal hacia la que la sociedad es intolerante—, haciendo caso omiso del aspecto etiológico de la conducta o perturbación. Nunca en medicina se había visto algo semejante: la elaboración de un sofisticado sistema taxonómico de conductas humanas que presumiblemente son síntomas de enfermedades biológicas ocultas. Cierto que hay información publicitaria sobre recientes descubrimientos en neurosiquiatría que se realizaron mediante técnicas de tomografía: técnicas que en los artículos de revistas comerciales se nos presentan con imágenes a color. Pero esa es la publicidad. La verdad es que no existen pruebas de laboratorio que puedan distinguir a un etiquetado con alguno de los principales diagnósticos del DSM moderno del individuo que no ha sido etiquetado. Que la publicidad de imágenes de tomografía es seudocientífica se revela en el siguiente hecho. Suponiendo que algunas de las perturbaciones mentales tuvieran una causa biológica, ya no se encontrarían bajo la jurisdicción del siquiatra, sino del neurólogo: quien las trataría como un tumor o como cualquier otra enfermedad cerebral.[3]

Las preguntas inmediatas que nos vienen a la mente son: ¿Por qué, si la siquiatría es una especialidad médica, está dividida de su supuesta hermana, la neurología? ¿Será porque los principales trastornos del DSM son entidades biológicas de “etiología desconocida”, como nos quieren hacer creer los siquiatras? Y si lo son ¿por qué, a fuerza de pura presión política, expurgaron los siquiatras a la homosexualidad y a otros diagnósticos de su manual? Hasta que se publicaron unas investigaciones en Nature en marzo de 2006, el síndrome Hutchinson-Gilford, que hace que algunos niños comiencen a envejecer desde su infancia, solía ser una auténtica enfermedad de etiología desconocida. Pero antes de 2006 su existencia no era controversial ni tenía que decretarse en congresos médicos: bastaba ver a los niños envejecidos para saber que su problema era claramente somático. En cambio, en algunos diagnósticos siquiátricos las alegadas enfermedades “de etiología desconocida” son tan subjetivas que su inclusión en el DSM tiene que hacerse mediante un alzar de manos en los congresos de siquiatras influyentes. El ejemplo que inmediatamente me viene a la mente es el rótulo de esquizoide que me colgó Amara, que devino en el empleo punitivo de drogas.

¿Cómo fue posible eso?

Para entenderlo debemos pensar un poco en el lenguaje. En las versiones al español de Mil novecientos ochenta y cuatro que conozco, Newspeak es traducido como “neolengua”. Creo que esa palabra no refleja la idea del autor. Prefiero una traducción literal, “nuevahabla”, porque en la novela de Orwell la intención de los ingenieros sociales era crear un lenguaje simple a fin de que los simples lo hablaran. Los sucesos históricos de su época motivaron a Orwell a escribir su novela. La compacta palabra “Stalin”, por ejemplo, contribuyó a unificar a la masa como una colmena. Su nombre real, Jósif Visariónovich Dzhugachvili, no habría tenido el mismo efecto psicológico.

Ya he dicho que hasta muy recientemente no había estudiado a los críticos de la siquiatría: por eso usé expresiones siquiátricas en mis textos juveniles. Ahora veo que como por años estuve influenciado por el diagnóstico de Amara caí en una trampa, la nuevahabla de la que Orwell nos advirtiera: un vocabulario que nos hace ver las mentiras como verdades. Así que debo reiterar que, independientemente de algunas frases de la epístola que escribí de joven —que conservo en mis archivos y que muchos amigos leyeron—, jamás he sido un “enfermo”: esa misma epístola evidenció que de chico sólo fui víctima de palizas psicológicas en casa y de un asalto médico. Cierto, el muchacho que tuvo una “autoobservación” galopante, extravíos místicos y angustias terribles se encontraba sufriendo de devastación emocional. Usando la tonta metáfora, podría decirse que “estaba enfermo” como podría decirse que Dora “estaba emocionalmente enferma” ¡omitiendo decir que ese día había sido violada por su padre! La tontería de la metáfora consiste en que los siquiatras hablan literalmente cuando dicen que una persona está enferma, y siempre omiten hacer mención del ultraje que acaba de sufrir. Lo más natural sería decir: “Este pobre adolescente, César, está acomplejado porque su tiránica madre lo acosa todo el día”, o “Dora está traumada porque la violó su padre”. Pero nunca llamarle “enfermos”, a secas, a las víctimas: eso sólo puede beneficiar al perpetrador y a la sociedad que no quiere ver estos crímenes.

Otra manera de mostrar lo equívoco de la metáfora siquiátrica sería, por ejemplo, decir que la economía de México “estaba enferma” después de la devaluación del peso en 1982 o 1994. Siguiendo la comparación con la siquiatría, ¿qué pensaríamos si algunos economistas dijeran que la devaluación se debió a un virus que afectó a las reservas de oro en las arcas del Banco de México; virus que aún no detectan en sus laboratorios pero que tienen fe que lo harán con el debido tiempo? Eso sería un disparate lógico, lingüístico y científico. Pero es justamente lo que están diciendo los siquiatras de los hijos apaleados por sus padres: literalizan una metáfora.

La palabra “enfermo” elude toda referencia al crimen, a un agresor y a su víctima. Es como si los siquiatras etiquetaran de enfermos a prisioneros como Yakoff Skurnik y sus compañeros que sufren devastación emocional omitiendo decir que están en Auschwitz. Dado que hay padres tan devastadores como Mengele, algo similar a esta omisión es lo que hacen los profesionales como Amara.

“Enfermo mental” es una pésima metáfora para referirse a una víctima. Nadie en su sano juicio la usaría para referirse a un Skurnik devastado psicológicamente en tiempos en que lo castraron. Si este judío la usara, la metáfora habría resultado autoestigmática. Como Winston con O’Brien, habría caído en la nuevahabla de su atormentador y, por tanto, en su agenda política. Vale señalar que durante el nazismo los judíos que ocupaban puestos importantes dentro de su condición de esclavos en los campos de trabajo y exterminio tenían que presentarse ante sus superiores arios con el título: “El cerdo judío Fulano de tal…” Asimismo, lo primero que en siquiatría se les pide a los jóvenes que han sido identificados por sus padres es que tengan insight de que ellos, no sus abusivos padres, son los enfermos. Esto causa pánico, y es lo que quise transmitir en la sección sobre “Re-victimación siquiátrica y pánico demoledor del yo interno”.

Algunos filósofos y lingüistas han argüido que el lenguaje es retórico y que cometemos un gran error al creer que, si un grupo de individuos usa con seriedad una palabra, significa que algo real existe detrás de la misma. Ya Voltaire nos advertía acerca de los equívocos en historia, jurisprudencia, teología y medicina; y nos recuerda que Locke recomendaba definir los términos. Sólo definiendo rigurosamente los términos detectaremos las tonterías semánticas de la profesión.

Entre los precursores de la siquiatría moderna, Kraepelin ha tenido la mayor influencia en la clasificación de los trastornos. Pero el cientismo siquiátrico de clasificar a las perturbaciones del alma a la manera de los biólogos taxónomos precede a sus esfuerzos por más de un siglo.[4] Digo cientismo porque, en lugar de esa transferencia positivista del orden de la vegetación al de los trastornos del espíritu, el sentido común debía haber llevado a los investigadores a sondear la subjetividad del trastornado (como posteriormente lo hicieron Lidz, Sullivan, Arieti, Laing, Miller, Ross y Modrow). La fenomenología puramente descriptiva y sintomática no nos ha llevado a entender la locura. Hacer un inventario de las diversas perturbaciones mentales sin conocimiento de causa es un ejercicio que no nos lleva a ninguna parte. Además, como he dicho, el hecho que los siquiatras hayan elaborado y reelaborado el DSM no significa que todas las entidades del DSM, o las de Kraepelin, sean patológicas. En su obra magna Kraepelin incluyó seudotrastornos como la masturbación, así como el DSM incluyó al homosexualismo en sus primeras ediciones. (En mi opinión la mayoría, mas no todas las conductas homosexuales—especialmente entre adolescentes andróginos—son patológicas.)

Según Orwell, el objetivo de la nuevahabla es el control social y se caracteriza por el abuso de las palabras y la eliminación del viejohablar: el vocabulario de las milenarias culturas del mundo, las voces y el alma de los pueblos. Al igual que los políticos, los siquiatras han sido virtuosos en abusar de las palabras. Han tenido el descaro de denominar “derecho al tratamiento” a la hospitalización involuntaria y “terapia” al castigo del electroshock. Estas palabras van mucho más allá del eufemismo: anestesian nuestro entendimiento para que no veamos la realidad. El “derecho” al tratamiento es, en realidad, el derecho del siquiatra a forzar tratamiento en la persona. De hacerse fuera de la sanción médica eso constituiría secuestro y asalto, ambas ofensas criminales. En lenguaje despolitizado, el tratamiento electroconvulsivo tampoco se denominaría tratamiento sino lavado de cerebro electroconvulsivo, o si quisiéramos respetar las siglas en inglés ECT, tortura electroconvulsiva. Si la sociedad civil quisiera moralizarse un poco tendrá que repudiar los términos siquiátricos, o al menos traducirlos al lenguaje común. Esta declaración se comprenderá mejor si comparamos a la siquiatría con una ideología que, a diferencia de los totalitarismos del siglo XX, triunfó e impuso su nuevahabla por siglos.

Durante el reinado de Teodocio, el siglo IV A.D. presenció la consolidación del poder de los obispos en el imperio romano después de la prematura muerte de Juliano el Apóstata. Los inconversos a la nueva religión, quienes en tiempos de Juliano gozaron de protección especial, pasaron a ser ciudadanos de segunda clase. Es particularmente significativo que Teodocio fuera la primera autoridad en la historia que diagnosticó oficialmente de locos a todos aquellos que no eran cristianos. Surgió una nueva palabra, “pagano”, para etiquetar al adepto de la milenaria cultura helénica. Una vez creada la nuevahabla los estigmatizados “paganos”, y especialmente los “herejes”, fueron perseguidos con mayor celo que las persecuciones de paganos a cristianos en tiempos del emperador Decio en el siglo III. Sólo así logró imponerse la nueva teocracia. Pero la destrucción de los templos de la religión grecorromana y la quema de bibliotecas fue sólo el preludio de otras persecuciones. A lo largo de la cristiandad la palabra “hereje” fue usada con fines de asesinato social, esto es: como estigma. El mundo precristiano también conoció el poder del estigma. En Grecia, marcas corporales como quemaduras o cortes en la cara indicaban que el portador era un criminal, un esclavo o un traidor. Estas marcas eran el “estigma”. Si bien nuestra época se ha librado de los estigmas corporales, la virulencia de los estigmas siquiátricos mantiene toda su capacidad de significar el mal en un individuo.

Esto es patente incluso en aquellos diagnosticados de esquizofrenia que han llegado a asesinar debido a un trastorno que realmente tenían. Casos de este tipo han escandalizado a la conciencia pública, y han sido aprovechados por los siquiatras para legitimar su profesión. Pero la gente muy perturbada no es más violenta que la gente cuerda. Según las estadísticas, los perturbados muy deteriorados son incluso menos proclives a la violencia o al asesinato que los cuerdos. Somos los normales quienes, con alevosía y ventaja, calculamos nuestros crímenes. Recordemos al Quijote y al Licenciado Vidriera. ¿Quién podría creer que el estupendo delirio del hidalgo era tan peligroso como el de una doctora diagnosticada de esquizofrénica que, en 2003, acuchilló a sus colegas en Madrid? El Quijote fue escrito como ficción, evidentemente; pero el sentirse quebradizo como Vidriera fue una psicosis muy chusca que estuvo de moda en tiempos de Cervantes. La padeció el escritor holandés Caspar Baraleus y muchos otros.[5] Un inofensivo Baraleus que se creyera de vidrio en nuestra época sería inmediatamente diagnosticado de esquizofrénico, drogado con neurolépticos e internado. Pero la probabilidad de que un Baraleus cometa un asesinato en la España moderna es idéntica a la probabilidad de que un individuo cuerdo lo cometa; y lo mismo puede decirse de la infinidad de ideas ilusorias que padece la gente que los siquiatras denominan esquizofrénicos. Por eso es engañoso que los siquiatras utilicen el caso de una asesina etiquetada con esa palabra para justificar el asalto al cerebro de ésta y del resto de los individuos perturbados. ¡Eso es tan absurdo como justificar la drogadicción involuntaria de un asesino cuerdo y del resto de la población cuerda!

El hecho que la sociedad sea incapaz de ver algo tan elemental se debe al inmenso poder retórico de la palabra esquizofrenia para significar el mal en un individuo, de igual manera como la palabra hereje tenía ese poder en otra época. Quienes se creen hombres de vidrio podrán ser unos locos inofensivos, mas si no violan la ley debieran ser dejados en paz (piénsese, por ejemplo, en el loquillo de la plaza del pequeño pueblo italiano en la película Cinema Paradiso).

Por otra parte, además de haber clasificado a un número de conductas que podríamos considerar trastornos, están los seudotrastornos. Esto se le hace a la población muy joven: como los diagnósticos a Rachel y sus amigos, la mencionada niña de dieciséis años que internaron sus padres. Si bien esos diagnósticos pudieran muy bien reflejar auténticas psicopatologías en algunas personas, según Raquel, a ella y sus amigos se los aplicaron estando cuerdos a fin de controlarlos —como a mí a la edad que tenían esos chicos. Actualmente no se usan marcas físicas: la genérica palabra enfermo es suficiente para mermar la credibilidad que pudiera tener el joven en la comunidad. Thomas Szasz ha estado consciente de estas trampas y nos advierte que el abuso del lenguaje —pagano, hereje o esquizoide— es el primer paso para abusar de las personas. Es por esto por lo que, nos dicen algunos lingüistas, todo discurso debe iniciar con una limpia en nuestro vocabulario. Sólo la higiene semántica puede prevenir que nos contaminemos políticamente.

Por consiguiente, temo decir que el vocabulario que usé en mis textos juveniles, que escribí antes de leer a Szasz, fue autoestigmático. Con las palabras siquiátricas que usé me presenté ante mis amigos y lectores con una autoinjuria análoga a “el cerdo judío César”. Y es que en mis veintes me encontraba bajo el cautiverio de la nuevahabla de Amara: algo que me recuerda no sólo a Sor Juana y a su confesor-inquisidor, sino a las autoacusaciones resultantes del lavado de cerebro en los procesos de Moscú en los años 1930. Después de los tormentos psicológicos en la Secretaría del Amor, muchos rusos se presentaron al público inculpándose de crímenes increíbles. Análogamente, habiendo interiorizado la calumnia de que algo malo había en mí, en la epístola tuve la ocurrencia de basarme en Lidz y en Laing, quienes en sus trabajos usaron palabras derivadas del sufijo “esqui” (Laing en especial habla mucho de los esquizoides en El yo dividido).

Estos espíritus tutelares resultaron de doble filo, y quienes conocen mi vida han sido capaces de verlo. Por ejemplo, acerca de lo que mi madre y su siquiatra me hicieron una conocida de la familia que leyó mi epístola original me comentó: “Cuando leí tu epístola se me salieron las lágrimas… No te dejaron ni respirar… Se ve clarísimo cómo te acorralaron… Te hicieron creer una idea estigmatizante”.[6] La idea estigmática que me hicieron creer aparece en un pronunciamiento de una madre entrevistada por Newsweek: “La enfermedad mental es una enfermedad. Las compañías de seguros deben actuar consecuentemente. Los hospitales y escuelas deben actuar consecuentemente. Sobre todo, nosotros los padres debemos actuar consecuentemente. Entonces quizá los hijos lo creerán”.[7]

Dicho de otra manera: después del ataque de O’Brien y de las calumnias de mi madre, por momentos llegué a creer que dos más dos sumaban, efectivamente, cinco. El análisis que de chico me aplicó Amara había sido particularmente exitoso… Pero existe una razón más obvia y de mayor peso que toda la argumentación de arriba por la que no debo usar más esos términos.

De adolescente yo era el único cuerdo entre mi madre, mi padre y Amara. ¡El llamarle enfermo precisamente al único sano fue la mayor truhanería política que uno puede imaginar! Si hubo gente “enferma” eran ellos y sólo ellos (folie à trois). Piénsese en la susceptibilidad paranoide de mi madre, eje alrededor del cual gira mi larga Carta; y cómo mi padre y Amara se subieron animosos al barco de los locos capitaneado por mi madre. Es cierto que el efecto de la violencia de mis padres y Amara se reflejaba en mí, la víctima de tres adultos enloquecidos. Pero volviendo a mi hipotética Dora, ¡qué surrealista fue etiquetarla a ella en lugar de tomar medidas contra el padre violador!

En la Rusia comunista la gente más cuerda eran los disidentes y contra ellos usó la siquiatría la palabra “esquizofrénicos”. Esta es una de las realidades más perturbadoras para el hombre de la calle: los profesionales de salud mental, como Amara, atacan a la gente más cuerda: aquellos que se rebelan ante la injusticia familiar.


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[1] Octavio Paz: Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe (Fondo de Cultura Económica, 1990).

[2] Véase por ejemplo, Judith Herman: Trauma y recuperación (Espasa 2004), págs. 191s.

[3] La crítica de la técnica de imágenes cerebrales como biomarcadores rebasa el alcance de este libro. Se han escrito artículos de especialistas como Jonathan Leo y David Cohen que desenmascaran esa técnica. He leído artículos más populares, como el de Kelly Patricia O Meara “In ADHD studies, pictures may lie” publicado en Insight Magazine el 11 de agosto de 2003; y “Some question value of brain scans” de Lisa M. Krieger en San Jose Mercury News (3 mayo 2004).

[4] Michel Foucault: Historia de la locura en la época clásica, volumen I (Fondo de Cultura Económica, 1999), págs. 298-321.

[5] Véase, por ejemplo, Andrew Solomon: El demonio de la depresión (Ediciones B, 2002), págs. 377s.

[6] A principios de siglo sostuve varias conversaciones con la maestra de música Inés Medina, algunos de cuyos pensamientos iba anotando en un papel y eventualmente en mi diario, a fin de poder citarla verbatim.

[7] Estas palabras de Anna Quindlen las tomé de Pharmacracy de Thomas Szasz (pág. 126).

Páginas 207-222 de Hojas susurrantes

“Yo nunca hice nada innoble” —Freud



Llevo toda una vida combatiendo contra el sentimiento de culpabilidad y contra todas esas palabrejas que el sicoanálisis nos ha metido en la cabeza.

David Cooper [1]



Se habrá observado que en ocasiones usé intercambiablemente los términos siquiatra y sicoanalista. Antes de leer a Jeffrey Masson creía que eran cosas esencialmente diferentes. Cierto que tenía la experiencia con Amara, quien aparece en los medios mexicanos como sicoanalista pero que ante problemas familiares actúa como siquiatra. Pero aún así creía que eran cosas básicamente distintas.

Estaba equivocado. Ahora sé que desde sus orígenes el sicoanálisis ha estado vinculado a la siquiatría, y que en Norteamérica muchos analistas habían sido, como Amara, a la vez médicos y siquiatras. Sigmund Freud mismo, quien inició su carrera como electroterapeuta, floreció gracias a una amalgama de su sistema con actitudes siquiátricas.

Eugen Bleuler, el siquiatra que inventó la palabra esquizofrenia, publicó con Freud la primera revista de sicoanálisis. Desde el primer círculo de seguidores de Freud hubo siquiatras. Ludwig Binswanger y Jung, del grupo de Bleuler y representantes de la siquiatría oficial en Europa, comenzaron a relacionarse con Freud en 1907. Karl Abraham era un siquiatra de Zurich y fundó en Berlín la sociedad de sicoanálisis más estructurada. En el primer congreso de sicoanálisis Abraham y Jung presentaron ponencias sobre la demencia precoz, que actualmente se le llama esquizofrenia, y Freud los escuchó con beneplácito. Max Eitingon también era un siquiatra joven y fue el primer traductor de Freud al inglés. Al otro lado del Atlántico el siquiatra norteamericano Stanley Hall invitó a Freud a Estados Unidos, donde la Universidad de Clark le otorgó el título de doctor honoris causa en 1909. Ese fue el punto inicial para que las ideas de Freud se diseminaran en Norteamérica.

Las ideas freudianas son parte de nuestra matriz cultural: memorias reprimidas, sublimación sexual, símbolos fálicos, ansia de castración. No puedo detenerme a hacer un examen de la teoría analítica. Me enfocaré en los aspectos de la biografía de Freud en los que su personalidad está comprometida con el sistema que creó.

Freud escribió: “Considero que la ética se da por sentada. En verdad, yo nunca hice nada innoble”.[2] Para comprobar si eso es cierto, es ilustrativo leer la correspondencia que mantuvo con sus amigos íntimos más que la versión oficial de su vida que aparece en las hagiografías de sus discípulos. En su correspondencia con Eduard Silberstein, su amigo de la adolescencia, el muchacho Freud escribió: “a quienes la naturaleza ha inclinado, además, a ser vanas, una combinación que suele encontrarse en las muchachas”.[3] Como puede verse en los lucidísimos ensayos de Roger Devlin, esto resultó ser verdad. Donde creo que Freud falló fue en creer que las mujeres envidiaban, literalmente, el pene de los hombres.

La carrera de Freud como terapeuta inició de manera horrenda. Cuando Pauline, la esposa de Silberstein, se deprimió en 1891, Silberstein la mandó con Freud. Por razones desconocidas Pauline se tiró del cuarto piso, donde Freud tenía su consulta. Aunque hay quienes tratan de defender a Freud arguyendo que Pauline se tiró sin haberlo conocido aún, hay que señalar que Freud nunca habló del caso.[4] Pero yo tengo mis conjeturas. ¿Habrá Freud revictimado a Pauline por sus problemas conyugales con su amigo de la juventud? ¿Habrá sufrido la joven un pánico suicida en plena consulta a causa de la retraumatización (recuérdese lo que me hizo Amara de muchacho)?

Es sabido que, por lo que a la política familiar respecta, Freud se ponía de parte de los maridos en conflictos con sus mujeres. Asimismo, al igual que Kraepelin y Bleuler Freud encontraba difícil ponerse del lado de los hijos y fácil del lado de los padres. Por ejemplo, al siquiatra Richard von Krafft-Ebing le disgustó una carta que le envió una muchacha de diecinueve años, Nina R., manifestando que tenía sueños eróticos. Le escribió a Freud acusándola que sufría de “masturbación psíquica”. En 1891, el año en que Pauline se tiró del piso de Freud, éste escribió: “Nina R. siempre ha sido excitada en exceso, llena de ideas románticas, cree que no le agrada a sus padres. Tiene fantasías ocasionales de que su padre no la ama. La paciente no hace otra cosa que leer y escribir” (esto evoca en cierto modo el diagnóstico de Amara). Dos años más tarde Freud le escribió al doctor Binswanger sobre esta misma joven: “La perversión congénita en su carácter se manifiesta en el olvido de sus deberes inmediatos y su adaptación al medio ambiente, mientras se empeñaba en ganar intereses a un nivel más idealista y absorber estímulos intelectuales más exaltados”.[5]

Ahora que, gracias a Devlin y otros, he transvalorado mi previo liberalismo—en que como millones de occidentales me suscribía a los valores posteriores a la revolución sexual iniciada en los años sesenta—, veo con buenos ojos a esta represión decimonónica. Nina fue un caso de una de mujer liberada a finales del siglo XIX que estaba en la mira de policías de la mente. Pero aún mantengo que a los siquiatras se les pasaba la mano. Freud mismo envió a algunas mujeres al siquiátrico Bellevue en la década de 1890.[6]

Una cosa es el noble propósito de mantener las normas puritanas de la época, y otra el curanderismo. En su primer libro, Estudios sobre la histeria que publicó junto con Josef Breuer, Freud escribió sobre otras mujeres. Breuer, quien le había conseguido estas pacientes a Freud, había sido una figura paternal. En la década de los ochenta del siglo XIX, cuando Freud aún era un médico desconocido y relativamente pobre, le abonó sumas de dinero mensual. Aunque Breuer no estaba siempre de acuerdo con las interpretaciones que Freud hacía de las mujeres en el libro que publicaron juntos, expresó sus diferencias de manera muy cauta y respetuosa hacia su protegido. Eso fue suficiente para que el discípulo repudiara a su maestro y no volviera a dirigirle la palabra el resto de su vida. Josef Breuer quedó muy dolido por la desproporcionada reacción de Freud. Hanna, la nuera de Breuer, cuenta algo que sucedió muchos años después: “Cuán profundamente debió haber afectado esta ruptura a mi suegro es algo que se puede adivinar a partir de un pequeño pero significativo incidente que ocurrió cuando él ya era un anciano: iba caminando por la calle, en Viena, cuando de pronto vio a Freud, que venía hacia él. Intuitivamente, abrió los brazos. Freud pasó a su lado fingiendo que no lo había visto”.[7]

Freud así le pagó a la persona más protectora en su vida. Posteriormente Adler, Stekel, Jung, Rank y Ferenczi, al igual que Breuer, cayeron de la gracia de Freud por la misma razón: no se adhirieron a todas y cada una de las doctrinas freudianas. Si Freud se comportaba así con su protector y sus discípulos ¿cómo se habrá comportado con sus pacientes? Además del suicidio de Pauline Silberstein, se sabe a ciencia cierta que Freud llegó a poner en peligro la vida de una de sus pacientes: Emma Eckstein.

En 1895, cuando Freud vio que Emma no se curaba de su histeria, mandó llamar a Wilhelm Fliess. Los sicoanalistas omiten decir cuando hablan de su maestro que Fliess, el mejor amigo de Freud, era “uno de los gigantes de la chifladura alemana”.[8] Fliess estaba convencido de que las neurosis estaban relacionadas con la nariz, por lo que extirpaba un trozo de algún hueso nasal en sus pacientes “severos”. En los diez años que duró la amistad de Fliess con Freud éste tomó la charlatanería de su amigo como ciencia real. De hecho, Freud llegó a llamarle “el nuevo Kepler” a su compadre por sus descubrimientos en el campo de la otolaringología. Así que Fliess, el nuevo Kepler, operó a Emma.

Después de la operación Fliess regresó a Berlín pero la joven comenzó a tener una hemorragia imparable. Alarmado, Freud la llevó con un verdadero cirujano quien volvió a abrirle la nariz y halló un pedazo de gasa yodada que Fliess había olvidado durante la operación. La gasa había impedido la cicatrización en la torturada nariz. Aunque sanó después de que el cirujano la curara, Emma quedó deformada de por vida por una cavidad en la mejilla. Sin embargo —y esto es lo importante— Freud interpretó lo sucedido a Emma Eckstein de forma tal que exculpó al peligroso curandero. En una de sus cartas Freud le escribió a Fliess:

Ante todo, Eckstein. Estoy en condiciones de probarte que tenías razón, que sus hemorragias eran histéricas, fueron ocasionadas por ansiedad, y probablemente ocurrieron en épocas sexualmente propicias. La mujer, debido a su resistencia, todavía no me ha revelado las fechas.[9]

Freud concluyó: “Por lo que se refiere a la sangre ¡estás totalmente libre de culpa!” [10] Eso de las fechas era parte de la charlatanería de Fliess quien, cual astrólogo, hacía asociaciones de fechas y períodos menstruales para pronosticar los destinos humanos. Pero lo que nos interesa es la interpretación de Freud. No puedo pensar en un mejor ejemplo para mostrar cómo, a pesar de las más que obvias pruebas de la culpabilidad de Fliess, en un conflicto entre personas el sicoanalista exonera al compadre, y la manera de hacerlo es culpar a la víctima. A esto le llamo revictimación.

La interpretación analítica que Freud le aplicó a Emma, “hemorragia histérica”, no fue un lapsus epistolar en su correspondencia con Fliess. En su obra más importante, La interpretación de los sueños, le dedica dieciséis páginas al caso Emma, de seudónimo “Irma” en ese libro: el tema analítico más largo de La interpretación. En ese libro Freud confiesa que tuvo un sueño con Irma (es decir, con Emma Eckstein). No viene al caso transcribirlo aquí. Lo importante es que, según Freud, el sueño era la declaración de inocencia de su propio inconsciente respecto a la acusación de error médico, y según continúa el autoanálisis de Freud, el sueño culpaba a varias personas: a Emma / Irma por no aceptar su interpretación, a Breuer, y a otro médico que apareció en su sueño. Es una exquisita ironía que una obra que muchos consideran seminal para desenterrar la verdad de la mente humana —La interpretación de los sueños es el libro favorito de Amara por cierto— inicie tergiversando lo que Freud y Fliess le hicieron a Emma.

Para colmo de lo grotesco, el año de la operación que deformó a Emma Freud le escribió una carta a Fliess en la que le preguntaba si la casa en que tuvo el sueño con Emma no ostentaría algún día una placa de mármol con una lapidaria leyenda, según estas palabras del mismo Freud:

Aquí, el 24 de julio de 1895
el secreto del sueño fue revelado
al doctor Sigmund Freud [11]

Diez años después, en 1905, Freud le escribió a Emma y volvió a tocar el tema de la chapucera operación de Fliess. Podría suponerse que después de tantos años el gran conocedor del alma humana habría hecho un examen de conciencia y se habría arrepentido de lo que él y su compadre le hicieron. No fue así. En la carta Freud la siguió acusando de creer que su problema era físico y que otro médico la había curado. Increíblemente, Freud reiteró que esta “resistencia” de Emma ante su interpretación había sido la responsable de que su “sicoanálisis” no hubiera prosperado.[12]

El peor error en la carrera de Freud, un error que causaría estragos no en una sola mujer sino en la manera como sus seguidores tratarían a los pacientes a lo largo del siglo XX, fue el haber repudiado uno de sus descubrimientos.

A finales del siglo XIX Freud se había percatado que algunas mujeres que lo consultaban sufrían de recuerdos de haber sido violadas por sus padres: algo que pasó a la posteridad como “la teoría de la seducción”. En 1896 Freud escribió un artículo sobre el tema, La etiología de la histeria. Jeffrey Masson sugiere que, al ver Freud que estas revelaciones sólo lo alejaban de sus colegas en una Viena incapaz de poner en el banquillo de los acusados a los padres, muy a la manera de los siquiatras invirtió su ideología y decidió culpar a las víctimas. Freud las etiquetó de “histéricas” y definió la histeria como un deseo oculto de ser seducida. Actualmente se sabe que el incesto ocurre con mayor frecuencia de lo aceptado en la Europa decimonónica, pero esta inversión de culpas iba a ser la piedra angular sobre la que Freud levantaría su edificio. Para el sicoanálisis el año 1897 marca tanto el abandono de la teoría freudiana de la seducción (si dices que te molestaba tu progenitor…) como el “descubrimiento” del complejo de Edipo (…significa que en realidad lo fantaseabas).

En el año 1900 Freud vio por primera vez a la muchacha Ida Bauer, a quien llamó “Dora”. El señor K., un industrial amigo del padre de Dora, trató de seducirla dos veces: la primera cuando era apenas una púber de trece años, y la segunda, una muchacha de quince. El señor K. la besó por la fuerza en la boca y Dora respondió “con una viva sensación de asco”.[13] Cuando la joven denunció la situación, su padre quiso llevarla al médico. Dora rehusó: lo único que quería es que la vindicaran ante el acosador de la Lolita. Pero con el tiempo cedió.

En sesión con Freud, y ya a sus diecisiete años, Dora le contó su historia. Como su papá no la había apoyado quizá el doctor Freud lo haría. Freud la escuchó durante varias sesiones y, a diferencia de su padre, creyó su historia. Pero hizo algo más. La siguiente es una cita de un artículo en que Freud nos confiesa lo que, en su consulta, le dijo a Dora:

Estarás de acuerdo en que nada te enfurece tanto como el que se piense que sólo te imaginaste la escena junto al lago [el lugar de la seducción]. Yo sé ahora —y esto es lo que no quieres recordar—, que tú deseabas que las proposiciones del señor K. fueran serias, y que no cejaría hasta que se casaran.[14]

Este es uno de los pecados que a diario cometen los analistas. Ahora mismo alguno de ellos está “interpretando” la mente de uno de sus incautos clientes de manera tan caprichosa como ésta. Recuérdese cómo Amara interpretó que, por acomplejarme ante mis hermanos, había huido a la casa de mi abuela. Ante la interpretación de Freud, que estaba enamorada de un señor que le triplicaba la edad, y que la sensación de asco cuando el señor K. había querido besarla había sido “histérica” —Freud supuso que si fuera normal Dora habría respondido con agrado—, la muchacha no lo rebatió. Se despidió del curandero de Viena para no volver a entrar a su consulta.

Freud se vengó ideando la teoría de que si alguien no había estado de acuerdo con la interpretación del analista es simplemente debido a falta de insight, de no querer enfrentar la propia realidad psicológica. A esta sobreinterpretación, elevada a doctrina en sicoanálisis, la bautizó como “resistencia”: un concepto que ya había usado en el caso de Emma Eckstein. Para Freud y los sicoanalistas esta palabra significa que, una vez que el analista ha hecho una interpretación, el caso está cerrado: lo demás es resistencia. Escuchemos una vez más a Freud:

Sin dejarnos desorientar por su negativa inicial, insistiremos en nuestras deducciones, y nuestra firme convicción acabará por vencer toda resistencia.[15]

Luego Freud añade que “esta convicción ha llegado a ser en mí tan absoluta…”

Este es el lenguaje del dogmático, no del estudiante de la mente y mucho menos de la mente ajena. Lo que en realidad Freud quería es que Dora cayera a un estado de folie à deux con él (como caí yo con Amara al impedirme que dejara de ir a su consulta). Freud no sólo no le pidió perdón a Dora por la estupidez que le había dicho sobre el señor K., sino que elevó su estúpida interpretación a nivel de ciencia con todos los recursos literarios de su intelecto. El ensayo de Freud sobre Dora, Análisis fragmentario sobre una histeria, es la más extensa historia clínica del legado freudiano y la más citada sobre la “histeria” femenina. En Análisis fragmentario Freud osó interpretar la tos de Dora como una expresión de su deseo de hacerle una felación al señor K., y también interpretó dos de sus sueños en esa línea sexual. Obviamente el desacuerdo de la adolescente ante tales interpretaciones eran “resistencias”. No conforme con eso, con el caso Dora Freud también elaboró la famosa doctrina de la “transferencia”. Leamos una vez más a Freud:

aquellos indicios que hacen verosímil una transferencia sobre mí […]. Llego a la conclusión de que en alguna de las sesiones del tratamiento se le ocurrió a la paciente [Dora] desear que yo la besara.[16]

Freud se autoengañó en creer que una muchacha en plena flor no sólo quería ser besada por el señor K., sino por él mismo. En una de las pocas buenas biografías que se han escrito sobre Freud el analista Louis Breger afirma: “Queda claro que la terapia que aplicó Freud a Dora fue bastante perjudicial, y resulta doloroso leer el caso hoy”.[17] La perjudicial terapia aparece en la estupenda obra teatral mexicana Feliz nuevo siglo doktor Freud de Sabina Berman. La comedia de Berman, que gocé enormemente y llegó a exhibirse en España, trata precisamente de lo dicho aquí sobre Freud y Dora.

Me pregunto cómo alguien como Freud fue a parar a la historia como un astuto observador de la mente. Como los analistas continúan siguiendo las doctrinas freudianas, a lo largo de decenios han manchado la imagen de Dora sin haberla conocido. Masson nos dice que analistas famosos como Ernest Jones, Felix Deutch, Jacques Lacan e incluso feministas como Toril Moi se han expresado de Dora con desprecio. Jenny Pavisic, una analista lacaniana, me dijo personalmente: “Dora era una histérica que—”. En otras palabras, continúa la folie à deux de los seguidores con las ideas de Freud. La verdad es que el doktor Freud culpó a Dora para absolver al industrial y culpó a Emma para absolver a su compadre; antecedentes de lo que, tres cuartos de siglo después, me haría Amara: culparme para absolver a mis padres. A lo largo del siglo XX e inicios del XXI los seguidores de Freud han culpado a incontables Doras, Emmas y Césares.

A finales del siglo XIX, en una carta a Wilhelm Fliess Freud le confesó que, debido a su ensayo sobre la seducción, en que Freud hablaba del incesto en la clase media y alta, “la sentencia de abandonarme ha sido dada y me encuentro aislado”.[18] Masson cree que el caso Dora lo reivindicó. Su nueva teoría sobre la histeria significó un giro de ciento ochenta grados de su posición anterior. Ahora Freud ya no tenía como blanco a poderosos industriales como el señor K., sino a una indefensa jovencita. La conducta de Freud estaba en línea con la siquiatría: ponerse de lado de los padres, las clases pudientes y en contra de sus víctimas. Desde este ángulo no es exagerado decir que el sicoanálisis fue fundado sobre la traición de las mujeres y de los adolescentes en la Viena de principios del siglo XX.

El caso Dora y el abandono de su teoría de la seducción no son pecados veniales del fundador del sicoanálisis. Invalidan dos pilares del edificio freudiano: la noción de la histeria y el famoso complejo de Edipo. Pero Freud también usaba su prestigio para ponerse de parte de los padres en conflictos con adolescentes varones. Esto se desprende de sus propios escritos. En Psicopatología de la vida cotidiana Freud cuenta que una madre le pidió que examinara a su hijo. Freud notó una mancha en sus pantalones y el adolescente le dijo que se le había caído un huevo. Freud no creyó la historia y habló con su madre a solas: “Tomamos como base de discusión su confesión de estar sufriendo los problemas originados por la masturbación”.[19] El punto de la anécdota, y se lo debo a Thomas Szasz, es que el muchacho no sufría absolutamente de nada: era una madre ignorante la que estaba preocupada por la sexualidad emergente del hijo. Freud vio como “psicopatológico” algo tan normal como una eyaculación adolescente. Se haya debido a la masturbación o no, al igual que los católicos que llevan al hijo al confesionario, la polución del chico ameritó toda una ceremonia médica que culminó en un diagnóstico formal.

Este no fue otro hipotético lapsus aislado de Freud. A lo largo de su vida compartió la histeria victoriana de su época sobre la masturbación: la verdadera histeria, no la “histeria” de Emma y Dora que no dañó a nadie. Freud creía que la masturbación era algo muy serio. A Fliess le escribió que la masturbación era la “adicción primaria” de la que surgían todas las demás, incluyendo la adicción a la morfina y al homosexualismo.[20] Estamos tan acostumbrados a ver en Freud al pionero en la valiente revelación de la sexualidad humana que nos resulta difícil verlo como lo que era: un exponente de la moral de su época. A sus propios hijos no les dijo cómo venían los niños al mundo: los mandaba con el médico de la familia para que se los explicara. La anécdota más fascinante que conozco sobre el tema es algo que cuenta Oliver Freud, uno de los hijos de Freud.

Cuando Oliver tenía dieciséis años le pidió consejo a su papá sobre la masturbación. El chico esperaba que el reputado médico del alma humana lo librara del sentimiento de culpa. Freud hizo lo opuesto: le advirtió que no se masturbara. Según las palabras de Oliver mismo, estuvo “bastante disgustado durante algún tiempo”. [21] Louis Breger comenta que Oliver “tuvo la sensación de que la censura de su padre había erigido una barrera que evitaba la comunicación entre ellos”.[22] Años después Oliver sería el hijo de los Freud que más se distanciaría de la familia.

Qué mejor ejemplo que éste para retratar al verdadero Freud, el creador de una omnicomprensiva teoría que giraba alrededor de la erótica humana. ¡Quien fundó la profesión de escuchar a quienes necesitaban hablar de su sexualidad no quiso escuchar a su hijo!

Me referiré ahora a la postura de Freud frente a la realidad política de su tiempo.

La primera guerra mundial fue la mayor catástrofe que Europa experimentó a inicios del siglo. Despertó violentamente a la gente del sueño optimista de progreso irrefrenable del siglo XIX. Nunca antes habían muerto millones de seres humanos en una sola guerra. La guerra no sólo mató y minusvalidó a muchos soldados durante los combates, sino que las secuelas emocionales se dejaron sentir después con sus esposas y familias.

Freud estaba en la cumbre de sus capacidades intelectuales cuando el conflicto estalló. Al principio participó en el nacionalismo de la época y llegó a decirle a un discípulo: “Toda mi libido está puesta en Austria-Hungría”.[23] La euforia de Freud se enfrió, como la de sus compatriotas, cuando las crudas realidades de la guerra y el número de las muertes comenzaron a conocerse. No puedo extenderme en los hechos, sólo señalar la postura de Freud ante los miles de soldados traumatizados que sobrevivieron a los combates. La película Paths of glory de Stanley Kubrick retrata por vez primera el infierno de la guerra de trincheras en la primera guerra mundial, incluyendo el trauma psicológico de algunos soldados que en tiempos de Freud se denominaba peyorativamente “neurosis de guerra”. Para algunos médicos ingleses y franceses, y esto no es película sino historia real, les era obvio que los traumas eran causados por las experiencias en la guerra. (Actualmente se habla del “trastorno de estrés postraumático” en algunos casos de veteranos de Vietnam y las guerras del golfo pérsico).

Freud, en cambio, se cegó ante lo obvio. En su contribución a la monografía El psicoanálisis y la neurosis de guerra escribió que los trastornos mentales de los soldados tenían un origen puramente sexual, y sus discípulos cercanos lo secundaron. Josef Breuer, a pesar de su avanzada edad durante la guerra, ayudó a tratar médicamente a algunos de los sobrevivientes. Su actitud filantrópica contrasta con la de Freud, quien jamás atendió a uno solo de los soldados. A Freud le bastó sacar sus conclusiones directamente de sus teorías. Para Freud estas teorías eran leyes de la naturaleza, y de ellas era posible deducir todo lo referente a la conducta humana. Si la teoría freudiana partía del axioma de la sexualidad humana todas las neurosis, incluyendo la “neurosis de guerra”, debían por necesidad tener una etiología sexual. Un solo caso bastará para ilustrar la postura de Freud. En 1919 Lou Andreas-Salomé, una de las más famosas discípulas de Freud, le escribió a Freud sobre el caso de un soldado que había sufrido la muerte de su hermano gemelo en la guerra. Ni Andreas-Salomé ni Freud le prestaron atención a la pérdida. Con la guía de Freud Andreas-Salomé condujo el “análisis” del gemelo sobreviviente alrededor de doctrinas freudianas clásicas como la homosexualidad latente, el complejo de Edipo y la fijación hacia la figura paternal.[24]

La interpretación freudiana es tan caprichosa como las interpretaciones de Emma y Dora, o como la interpretación de Amara sobre mi huida a la casa de mi abuela. Pero Freud fue culpable de algo más que una postura teórica. El fundador del sicoanálisis no sólo se aliaba con los individuos poderosos en conflictos con las jóvenes: se aliaba también al Estado en conflicto con los soldados.

El siquiatra alemán Julius Wagner-Jauregg administró dolorosos shocks eléctricos en la primera guerra mundial a los jóvenes que querían abandonar el servicio militar. Después de la guerra, algunos de los que habían sido tratados en la división de siquiatría del Hospital General de Viena a cargo de Wagner-Jauregg se quejaron, y en 1920 se designó una comisión para investigar los cargos. La comisión le pidió a Freud su opinión. Freud defendió a Wagner-Jauregg, y no sólo eso. Insistió en denominar “pacientes” a los soldados que acusaban al célebre médico y hablar de su temor como “enfermedad” (¡qué más perfecto paradigma para entender a gente como Amara!). La comisión decidió a favor de Wagner-Jauregg. Como Freud era un hombre convencido de su propia rectitud y creía que nunca había hecho nada innoble, jamás se arrepintió de lo que le hizo a los jóvenes soldados.[25]

Insisto que éstos no fueron pecados aislados en las biografías de Freud y de Jung. En toda la vasta obra de estos pensadores no hay una sola línea crítica de la hospitalización siquiátrica involuntaria. Como Jung aprendió su oficio en el hospital Burghölzli en Zurich bajo la supervisión de Bleuler, estaba familiarizado con el neologismo que su jefe acuñó: esquizofrenia. En una ocasión Freud jugó al cómplice de la siquiatría carcelaria de Bleuler y Jung. El 16 de mayo de 1908 Freud le escribió a Jung:

Aquí te mando el certificado de Otto Gross. Una vez que lo tengas no lo dejes salir antes de octubre, cuando seré capaz de hacerme cargo de él.[26]

Esto huele a mafia. Gross mismo era un médico que, irónicamente, ese mismo año publicó una carta a un editor donde objetaba el internamiento involuntario de una muchacha por su padre. El 17 de junio Gross se escapó del Burghölzli. Jung se vengó etiquetándolo de “esquizofrénico”. Freud aceptó el diagnóstico con entusiasmo.[27]

En 1975 el Instituto Mexicano del Seguro Social convocó una conferencia internacional en la Ciudad de México sobre siquiatría y sicoanálisis, en la que Tom Szasz participó junto con otros siquiatras y analistas europeos y latinoamericanos. En una mesa redonda Szasz confrontó a sus colegas. Les dijo qué pensaba sobre los médicos lobotomistas y los siquiatras:

La otra conclusión es que se trata de gángsteres, de carniceros, criminales y delincuentes. Esa es mi conclusión. Y añadiría yo que gentes como Freud son también simpatizantes de estos carniceros, ya que durante cuarenta años nunca señaló que esto era algo equivocado. Y esto ocurría en la casa de al lado. Se comportó como uno de esos alemanes que cuando los judíos estaban en las cámaras de gas decían no oler nada. Y en último señalamiento mi conclusión es que Freud y Jung, especialmente Freud —quien tuvo muchas buenas ideas y era muy inteligente— era básicamente un gángster, porque no estaba interesado en estudiar científicamente nada. Estaba sólo interesado en construir lo que él llamaba el movimiento psicoanalítico.

Las palabras son muy importantes. Galileo no tenía un movimiento. Darwin no tenía un movimiento. Mendel no tenía un movimiento. Einstein no tenía un movimiento. Freud decía ser científico, pero puesto que necesitaba un movimiento esto lo convierte en un político. Sólo queda la pregunta: ¿les gusta Freud como político o no? A mí me parece detestable.[28]

Los analistas que compartían la mesa redonda con Szasz no respondieron el cargo que le hacía a Freud: que a lo largo de su carrera guardó silencio sobre los crímenes siquiátricos en la casa de al lado. Igor Caruso y Marie Langer lo ofendieron y Szasz tuvo que abandonar la mesa de discusión.[29] Lo importante es recalcar que estos letrados en el sicoanálisis no respondieron nada sobre la indiferencia de Freud ante el crimen.

No tenían nada qué decir.

No sólo pecaba Freud de falta de compasión hacia las víctimas de las guerras mundiales y de los encarcelamientos siquiátricos sino que, como su mentor Charcot, al referirse a las mujeres perseguidas por la Inquisición habló de “histéricas”. Este es uno de los datos que más me horrorizó al leer un clásico de Szasz, La fabricación de la locura: Freud y su mentor no hablaron de perpetradores sino que diagnosticaron a las víctimas de los perpetradores. En su nota necrológica sobre Charcot, Freud escribió:

Al dictaminar la posesión diabólica como causa de los fenómenos de la histeria, la Edad Media está optando en realidad por esta solución; sería tan sólo una cuestión de cambiar la terminología religiosa de esa época oscurantista y supersticiosa por el lenguaje científico de la actualidad.[30]

Como ha señalado Szasz, esta es una afirmación extraordinaria. ¡Freud reconoce que la descripción sicoanalítica de la histeria es tan sólo una revisión semántica de la demonológica! Freud escribió su nota en 1893. En tiempos más recientes hay siquiatras e historiadores simpatizantes de la siquiatría que siguen diciendo exactamente la misma imbecilidad. Por ejemplo, en Nueva historia de la psiquiatría, publicado en Francia en 1983, los editores Jaques Poster y Claude Quétel escribieron una nota biográfica sobre Johann Christian Heinroth y las palabras que usaba. Este siquiatra decimonónico identificaba a la enfermedad mental con el pecado. Poster y Quétel comentaron que el vocabulario luterano de Heinroth había sido muy criticado, y que en nuestros tiempos había caído en desuso. Pero a renglón seguido añadieron: “Sin embargo, si sustituimos la noción de ‘pecado’ por la de ‘culpabilidad’, muchas de sus ideas adquieren una dimensión curiosamente moderna”.[31] Otro de los contribuyentes de artículos, el siquiatra mexicano Héctor Pérez Rincón, escribió: “No se puede hablar de la historia de la psiquiatría de la Nueva España sin tomar en consideración […] la actividad de la Inquisición en algunas conductas que hoy día serían calificadas de psiquiátricas”.[32] Así que en un libro publicado un siglo después del pronunciamiento de Freud hay siquiatras que siguen manteniendo que su nuevahabla es sólo una revisión semántica de la ideología de la Inquisición.

En el siglo IV las etiquetas estigmáticas eran pagano y hereje. Mil años después ya no había paganos grecorromanos, sólo herejes, pero surgió un nuevo grupo a estigmatizar: las brujas. En 1486 los teólogos dominicos Jacob Sprenger y Heinrich Krämer publicaron el Malleus Maleficarum, literalmente el martillo de las brujas: el manual medieval que sería el Mein Kampf de su tiempo, la fuente ideológica de terror para innumerables mujeres: una cacería inhumana que duraría siglos.[33] No se sabe a ciencia cierta el número de mujeres asesinadas, pero algunos cálculos arrojan la cifra de cien mil a medio millón. La última ejecución por “brujería” se realizó en Polonia en 1793.

Por increíble que parezca, estas víctimas de cristianos enloquecidos no son consideradas como tales en los escritos de los siquiatras. Siguiendo a Charcot y a Freud, los siquiatras hablan de neuropatologías refiriéndose no a los inquisidores, sino a sus víctimas. Szasz observa que, para los historiadores de la siquiatría Franz Alexander y Sheldon Selesnick, el hecho que estas mujeres fueron torturadas y quemadas fue suficiente para convertirlas a ellas, no a sus asesinos, en objetos de interés médico. ¿Y qué dicen los siquiatras de los autores del Malleus? Gregory Zilboorg, otro historiador de la siquiatría, les llamó “dos dominicos honestos”. Similares palabras de admiración pueden leerse en los escritos de Jules Masserman, otro siquiatra.[34] Evidentemente, estos médicos tan soberbios como esos teólogos medievales diagnostican “psicopatologías” siglos después, sin haber examinado médicamente a ninguna de las mujeres. A esto le llamo Lógica Wonderland, haciendo referencia al cuento de Lewis Carroll: el surrealismo de castigar a la víctima y no al perpetrador. El punto de mayor relevancia en la Wonderlandia siquiátrica es que actualmente muchos siquiatras creen en esas historias oficiales de siquiatría. Incluso hay estudiantes que en el nuevo siglo aceptan tales historias. Por ejemplo, en su tesis para obtener el título de licenciado en sicología en la Universidad Nacional Autónoma de México en 2001, Guillermo Gaytan escribió: “el Malleus Maleficarum de Sprenger y Krämer, libro que puede ser considerado como un verdadero tratado de psicopatología, que además contaba con una buena cantidad de medidas correctivas”.[35]

¡Medidas correctivas! Esto casi aprueba la quema de las mujeres en la estaca. Afortunadamente, para los historiadores que no son siquiatras o sicólogos, como Hugh Trevor-Roper, la cacería de brujas fue a todas luces una empresa paranoica en la cristiandad. Después de la Ilustración no hay excusa en ver de otra manera ese capítulo de la historia. No me extraña que un individuo que etiqueta de histérica a la víctima de fanáticos haya tratado como trató a algunas de sus pacientes.


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[1] David Cooper, citado en Francisco Gomezjara: “La otra psicología” en Alternativas, pág. 76.

[2] Freud a James Putnam, citado en Thomas Szasz: Ideología y enfermedad mental (Amorrortu, 2000), pág. 30. También leí esto en Masson: Final analysis, págs. 39s.

[3] Citado en Louis Breger: Freud: el genio y sus sombras (Javier Vergara, 2001), pág. 71.

[4] Ibídem, pág. 72.

[5] Citado en Masson: Juicio a la sicoterapia, pág. 43.

[6] Ibídem, págs. 27 & 42.

[7] Hanna Breuer, citada en Breger: Freud, pág. 174. La relación entre Josef Breuer y Freud se explica en tres capítulos del libro de Breger.

[8] Martin Gardner: “Freud, Fliess y la nariz de Emma” en La nueva era (Alianza Editorial, 1990), pág. 52.

[9] Freud a Wilhelm Fliess, citado en Breger: Freud, pág. 184.

[10] Gardner: La nueva era, pág. 55.

[11] Freud a Wilhelm Fliess, citado en Breger: Freud, pág. 196.

[12] Leí esto en ibídem, pág. 511.

[13] Ibídem, pág. 212.

[14] Masson: Juicio a la sicoterapia, pág. 56.

[15] Citado en Breger: Freud, pág. 162.

[16] Ibídem, pág. 213.

[17] Ibídem.

[18] Masson: Juicio a la sicoterapia, pág. 65.

[19] Freud, citado en Szasz: La fabricación de la locura, pág. 191.

[20] Leí varias citas de Freud a Fliess sobre la masturbación en Szasz: Pharmacracy, págs. 102s. Véase también La fabricación de la locura, págs. 189-194.

[21] Oliver Freud, citado en Breger: Freud, pág. 375.

[22] Ibídem. En las páginas 244ss Breger escribe sobre un caso distinto en el que Freud mostró un amplio criterio y no condenó la masturbación de Albert Hirst, uno de sus pacientes. Pero Freud jamás habló del caso en sus escritos: lo que se sabe se debe a lo que Hirst mismo contó.

[23] Freud, citado en ibídem, pág. 305.

[24] Ibídem, pág. 339.

[25] El mito de la psicoterapia de Szasz contiene un capítulo sobre Freud y la electroterapia.

[26] Szasz: Anti-Freud, págs. 135s (nota a pie de página).

[27] Estas observaciones las tomé enteramente de ibídem, pág. 136. Un relato más detallado sobre estos sucesos y la extraviada vida de Otto Gross aparece en Richard Noll: Jung: el Cristo ario (Vergara 2002), págs. 106-114.

[28] Basaglia y otros: Razón locura y sociedad, págs. 178s.

[29] Ibídem, 179-184.

[30] Freud, citado en Szasz: La fabricación de la locura, pág. 87.

[31] Jaques Poster y Claude Quétel (coordinadores): “Diccionario biográfico” en Nueva historia
de la psiquiatría
(Fondo de Cultura Económica, 2000), pág. 652.

[32] Héctor Pérez-Rincón: “México” en ibídem, pág. 525.

[33] Hay una versión en castellano del Malleus bajo el título de Compendium Maleficarum publicado en 2001 en Valencia por el Club Universitario.

[34] En el capítulo “La bruja como paciente mental” de La fabricación de la locura Szasz expone la postura de Charcot, Freud, Zilboorg y demás médicos sobre la Inquisición, así como en “Teología, hechicería e histeria” de El mito de la enfermedad mental (Amorrortu, 1982).

[35] Guillermo Gaytan-Bonfil: El diagnóstico de la locura en el Manicomio General de La Castañeda (tesis de licenciatura en la Facultad de Psicología, UNAM, 2001), pág. 3.

Páginas 222-225 de Hojas susurrantes

La naturaleza del mal: Amara (IV)



No es que brujas y pacientes mentales sean cosas parecidas. Al contrario: es la semejanza existente entre psiquiatras e inquisidores lo que hace que traten a las víctimas de idéntico modo.

Thomas  Szasz [1]



En abril de 2001 mi hermano Germán me reveló algo que me dejó mudo. Según Germán, Amara “le vendió la idea a nuestros padres” que yo tenía “un mal genético”, que iba a “ponerme mal” y que nuestros padres “no tenían la culpa” de esa “enfermedad”. Tan nada de culpa tenían nuestros padres del daño que me habían causado de chico que, según les informó el profesional: “Ni siquiera si ambos de ustedes fueran sicoanalistas habrían podido ayudar a su hijo enfermo”.

Pocas cosas, lector: muy pocas cosas han despertado un odio más abismal en mí que la confesión de mi hermano.

Si Amara pronunció esas palabras contribuyó no sólo a destruir mi vida sino a que mi familia no se redimiera. Como cuento en la Carta, en mi adolescencia mis padres me metieron a una espiral de estrangulamiento emocional. Ahora bien, el ver devastado a su hijo podría haberlos hecho reflexionar sobre sus actos. Al menos era una posibilidad. La gracia podría haber llegado a sus corazones: uno de ellos podría haberse arrepentido y tratar de enmendar lo que hizo.

¡Qué fácil habría sido para el menor que fui perdonarlos y rehacer mi vida!

Pero como ni mi padre ni mi madre hicieron un examen de conciencia, mi perdón jamás llegó. Mi alma nunca alcanzó la paz ni pude rehacer mi vida. Abandoné mi vocación de cineasta; no hice carrera ni tuve pareja y caí en enajenantes sectas.

¡Y es que la absolución biologicista de Amara ante el crimen parental fue total, absoluta! Ni la sociedad ni mis padres ni mis conocidos cobraron conciencia del crimen. Si le doy credibilidad al testimonio de Germán, el siquiatra fungió como un diablo susurrante en sus oídos para que nuestros padres jamás vieran su pecado. De hecho, su conciencia quedó tan limpia por la absolución de Amara que, en años subsecuentes, mi madre repitió sus patrones de conducta hacia sus otros hijos. Acosó, maltrató y humilló terriblemente a las dos hermanas que me siguen y sus vidas quedaron arruinadas.

¿Se entiende por qué aborrezco al diabólico reduccionismo de Giuseppe Amara? Volvamos a la entrevista que tuve con él el 22 de febrero de 1988. Había citado cinco puntos de mi diario, pero omitido el último.

Dijo Amara que “como no tenía la capacidad de agarrar de la orejita al padre esquizógeno y regañarlo”, entonces trata “al eslabón más afectado”. Pero que sí era una enfermedad familiar y social: último eslabón – padres – abuelos – toda la sociedad. Que Laing decía que “estamos mal debido a otros” y que “si no fuera por los otros, no estaríamos mal”. Pero que un maestro italiano suyo de siquiatría le dijo que “sólo se trata al último eslabón”. Por lo mismo, y como no es posible lo de la orejita, “hay que tratar con el eslabón más afectado solamente” [énfasis en su voz]. Que por eso me recetó Majeptil como antipsicótico. “Había la posibilidad” [de quiebre psíquico] según él. Que pensó en la posibilidad del quiebre por mi ocasional tortícolis, que aunque le sucede a la gente normal el problema es que me pasó “dentro del cuadro de carácter esquizoide”.

La estupidez, monstruosidad e inmoralidad de esta posición es apenas concebible. Si a Dora la viola el padre, OK, como el siquiatra no puede traer de la oreja a una figura poderosa trata al último eslabón, ¡la víctima! Y no duda en administrar peligrosísimas drogas que producen tormentos no al violador ¡sino a la víctima! A fin de cuentas, el que le paga es el violador ¿no? Por si este surrealismo fuera poco, la supuesta “tortícolis” —distonía en realidad— ¡él mismo, Amara, la causó! Había sido el efecto directo de su droga. ¿No pudo relacionar Amara el químico que le sugirió a mi madre ponerme a hurtadillas con la distonía que provocó (curiosamente, sin ser médicos mis padres sí vieron la relación)?

Comparemos la filosofía de Amara con cualquier crimen. ¿Qué sería de un mundo donde los violadores, asesinos y asaltantes quedaran impunes mientras que sus víctimas fueran a las cárceles y se les administrara químicos que producen acatisia y distonías?

Este es el arte de culpar a la víctima. Esta es la Lógica Wonderland donde vive una casta parasitaria en nuestra sociedad: martillar no al inquisidor, sino a su bruja.

Esta es la naturaleza del mal. Lo que Amara hizo en mi familia fue sancionar una psicosis parental (“Todos, incluyendo Amara, nos dieron la razón” —mi padre). Para el médico de Julie La Roche, para Freud con Dora, para el director del departamento donde estudió Masson —ese gran retórico que hablaba con resonante voz sobre un indefenso niño—, los padres son intocables. Todas las acciones, incluyendo la hospitalización involuntaria, se toman contra Dora, contra los jóvenes, contra “el eslabón más afectado” según el maestro de Amara.

Hemos visto que un padre puede ser más devastador que Mengele; hemos visto que según Modrow su pánico fue la experiencia más demoledora que puede sufrir una persona, y que la revictimación de una víctima conduce a la sensación de la traición del universo. Tomando en cuenta que Yakoff logró mantener la cordura después del ataque de Mengele pero no Modrow ante el ataque de sus padres y el siquiatra, el terapeuta que contribuye al asesinato de almas ¿no es peor que un Mengele?

Lo más grave es que en el fondo estos siquiatras vislumbran la verdad y hasta citan a sus enemigos antisiquiatras (“Estamos mal debido a otros; si no fuera por los otros no estaríamos mal”). ¡Pero a esos otros los tienen por intocables! ¿Y cómo van a tocarlos si son precisamente la fuente de ingresos del siquiatra?

Los terapeutas no pueden traer de la oreja al poderoso industrial que sedujo a Dora. A tratar pues al último eslabón: a la jovencita. Encarcelémosla en falsos hospitales o controlémosla con drogas que producen el peor de los tormentos psíquicos según los disidentes rusos. Eso fue lo que enseñó no sólo el maestro de Amara sino lo que enseñan las escuelas de siquiatría en el mundo (“Cuando en la familia un hijo manifiesta una gruesa patología…”). Si tales revictimaciones producen pánico, más fuertes drogas han de administrarse (Amara inició su “tratamiento” con antidepresivos y lo culminó con el neuroléptico más agresivo).


Análisis final

Los paidosiquiatras fueron víctimas de inefables abusos por sus padres, pero, gracias a su profesión biorreduccionista, idealizaron a sus padres y reprimieron la rabia que sienten hacia ellos. Amara mismo, quien no puede soportar el dolor de su niñez, me confesó que de chico él había sido víctima de una madre esquizógena y que en su patética vida no salía de su casa: se quedaba dando vueltas y vueltas oyendo la Sinfonía Patética de Tchaikovski.

En esta Wonderland donde todo está invertido son los chicos más cuerdos quienes se rebelan ante la insanía adulta; quienes inadvertidamente les recuerdan a estos profesionales cómo habían sido ellos mismos sojuzgados. A fin de evitar el ansia que provoca tal saber proscrito, reprimen el asunto en bloque; les cuelgan un rótulo, y les administran la minusvalidante droga. El añejo y transferido odio hacia los padres del propio analista culmina así con el asesinato del alma de una nueva Dora.


[1] Szasz: La fabricación de la locura, pág. 140.

Páginas 225-227 de Hojas susurrantes

Cómo asesinar el alma de tu hijo *



En primer lugar cásate con un hombre supercariñoso con los niños: alguien que tenga ángel con ellos y que a la vez que puedas manipular.

En segundo lugar debes de entender que tu hijo es parte de tu mente. Sus pensamientos, sentimientos y deseos son propiedad privada tuya: son parte de tu heredad. Su emergente mentalidad es como una computadora y tienes el deber y el derecho de programarla a tu antojo.

Toda iniciativa, espontaneidad natural o voluntad propia del niño que no refleje tu programación es síntoma de enfermedad mental, por lo que debes acosarlo inmisericordemente.

Si al llegar a la pubertad se rebela ante tu conducta absorbente, acude a tu esposo. Él tiene más fuerza que el chico y si usas tus artes femeninas para que lo humille públicamente con tremendas bofetadas en la carita, mejor. Mientras más duro le pegue el supercariñoso papá, mayor trauma ocasionará.

El objetivo es provocar una bestial confusión de sentimientos: que aquél que más amor le dio de niño sea quien le muestre el mayor odio de adolescente.

Esta es la clave para asesinar el alma de tu hijo, y si tu marido falla en desarrollar el don de la licantropía quizá no alcances tus objetivos. Recuerda que nada socava más la mentalidad sensible y en formación de un niño o jovencito que adora a su querido papá que este tipo de inexplicables cambios.

Si aún con estas medidas no has llegado a su yo interno para lesionarlo, ¡busca los servicios de un especialista! Un siquiatra o médico sicoanalista hará un buen trabajo. Tu hijo irá en sesiones forzadas a la Secretaría del Amor…

Dado que ya se encuentra en estado de shock por los tamaños insultos y golpes de su querido papá tendrás una oportunidad de oro para precisamente en ese instante de máxima vulnerabilidad volverlo a victimar a fin de producir un daño psíquico irreversible. Si además escoges a un profesional de gentiles modales y fama en los medios, nadie sospechará nada de la drástica medida que tomaste.

Si en la terapia del O’Brien tu hijo sufre de ataques de pánico y desarrolla delirios (“mi mamá quiere poseer mis pensamientos”, “mi padre se convierte en el Sr. Hyde”, “un médico que ellos contrataron me quiere envenenar con drogas”), no vayas a creer que son resonancias de tu espléndida educación o del ataque médico. El terapeuta te informará que bajo ninguna circunstancia hay que culpar a los padres de la perturbación emocional de tu hijo. Todo lo contrario: la evidencia de un defecto biológico en tu crío es irrefutable. Este hombre sabio en bata blanca tiene un Malleus Maleficarum DSM donde fácilmente encontrará el nombre de su padecimiento. Una vez diagnosticado su prescripción será bombardear el cerebro del alucinado con el neuroléptico más incisivo. Los ataques de pánico y la acatisia consecuentes, ambos efectos de la droga, serán más que suficientes para controlarlo. La acatisia es realmente infernal: y la gente creerá que las crisis son cosa de tu enfermito, no de la droga que a escondidas le sueles poner en sus sagrados alimentos.

Eso sí: asegúrate que no se salga con la suya y evite la lobotomía química. ¡No sea que ya crecido vaya a escribir una autobiografía! En cambio, si toma sus medicinas quedará tan manso como un cordero, y jamás podrá decir lo que tú, tu marido y el siquiatra le hicieron.

Entonces tendrás al adorado hijito de tus sueños. Podrás vestirlo, darle de comer y, dada su irreversible disquinesia tardía, cambiarle sus pañales.

Y recuerda: tienes a tu esposo, a la institución médica y a la sociedad entera de tu lado…


*  con la ayuda de un siquiatra

 

Fin del segundo libro de Hojas susurrantes

El contenido de este blog…

…aparecía en mi ahora difunto sitio antipsiquiatria. org, en cuya página principal se veía esta imagen sacada de una escena de Inteligencia Artificial de Spielberg.

Como pudo comprobarse en el libro Cómo asesinar el alma de tu hijo que recogí arriba, a lo largo del texto le he quitado la “p” a la palabra “psiquiatría” (sólo usé la palabra psiquiatría en las citas). El resto del contenido en este blog complementa lo escrito en Cómo Asesinar.

La pertinencia de la investigación de cinco años que culminó en Cómo Asesinar el Alma de tu Hijo y mi sitio web—ahora este blog—se hace patente si notamos que los medios de comunicación nos han escamoteado un dato.

El caso es que varios profesionales de salud mental han sostenido a lo largo de las últimas décadas que la siquiatría biológica es seudocientífica, como demuestro contundentemente en la entrada que aparece debajo de ésta: mi contribución original al desenmascaramiento de la siquiatría que se enseña en las universidades del mundo.

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Nota: Esta entrada fue actualizada el 29 de enero de 2012, el día que decidí publicar parte de mi libro Hojas susurrantes en este sitio.

Published in: on julio 8, 2010 at 11:44 pm  Comments (11)