El Instituto Nacional de Psiquiatría

“Si algo he hecho durante mi vida profesional, ha sido ocuparme del cuidado de los enfermos mentales de nuestro país”. – Ramón de la Fuente (padre)[1]

SI ALGUIEN merece el título de ingeniero social de la siquiatría mexicana, es sin lugar a dudas Ramón de la Fuente Muñiz. Su influencia se deja sentir en áreas importantes de la política siquiátrica del país.

De la Fuente, fallecido en marzo de 2006, fundó el Instituto Nacional de Psiquiatría “Ramón de la Fuente” que depende de la Secretaría de Salud. El Instituto Nacional de Psiquiatría (INP de ahora en adelante) consiste de seis edificaciones construidas en un predio de 23,000 metros cuadrados. Cuando en enero de 2002 visité el lugar, ubicado en Periférico cerca de Viaducto Tlalpan en la Ciudad de México, me quedé estupefacto. Me pregunté si habría un equivalente de esta pequeña ciudad en otros países. El mismo instituto reconoce que “los recursos financieros del instituto provienen, en su mayor parte, del Gobierno Federal”.[2]

El INP tiene oficinas del gobierno, treinta médicos residentes y uno de los edificios posee un cupo de cincuenta camas para los “enfermos”, como me dijo uno de los guardias; además, existe un departamento de urgencias. En los últimos años han sido internados casi mil por año, y respecto a la consulta externa el instituto se vanagloria de atender a casi cincuenta mil por año. En un texto de presentación del instituto se nos dice: “Otros programas especiales están destinados al manejo de adolescentes con trastornos de sustancias adictivas”. En ese mismo párrafo se habla de un programa que llaman “Estudio y tratamiento integral del enfermo esquizofrénico”, y para aparentar que el problema no es familiar sino médico en esa misma página se publican dos fotografías del costoso equipo del instituto: enormes aparatos de resonancia magnética y de tomografía por emisión del fotón único.[3] El hospital del Instituto Nacional de Psiquiatría es la excepción entre los siquiátricos mexicanos en tanto que el ingreso es voluntario. Una activista en derechos humanos me comentó: “Como es instituto oficial, están cuidando su imagen”. Pero la gente internada allí sale implantada con la idea de que están enfermos y que necesitan medicarse por tiempo indefinido.

Que el INP es una pantalla lo comprobé en febrero de 2002 cuando lo visité, esta vez acompañado de Morris Lan, un activista de una sociedad protectora de animales (en el instituto se experimenta con macacos en un bioterio). Lan y yo tuvimos una larga y muy instructiva charla con el doctor Gerardo Heinze, el director del instituto, quien nos comentó que había hecho su posgrado de siquiatría en la escuela alemana creada por Emil Kraepelin. Heinze nos mostró las instalaciones del instituto, incluido el hospital, y percibimos que en México éstas son presentadas a los extranjeros con el propósito de presunción nacional. El INP es único en Latinoamérica. Existe un instituto similar en Europa y otro en Estados Unidos, pero en Latinoamérica es el único en su especie, nos dijo Heinze orgulloso. Precisamente con fines de cuidar la imagen ante los visitantes, en el INP no existen celdas de castigo como en la que Mario Cantú despertó amarrado de las extremidades. “Aquí no conocemos ni la bartolina, es un hospital abierto”, Heinze explicó. “El paciente se puede salir en cualquier momento”. No obstante, en el INP se administran neurolépticos e incluso electroshocks. En la entrevista de casi dos horas que gentilmente nos concedió, Heinze defendió al electroshock y a su profesión en general. No nos quiso responder cuántos electroshocks se administraban por año en el instituto, pero respecto a los efectos de los neurolépticos, ante nuestra pregunta sobre los índices de disquinesia y distonía tardía, Heinze respondió: “Es el pasado; hoy en día usted ve un porcentaje mínimo de estos efectos secundarios”.

Lo que dijo Heinze, y que incontables siquiatras le dicen al público, no es verdad. Un estudio mostró que han muerto miles de norteamericanos debido al síndrome neuroléptico maligno.[4] Incluso en el breve tiempo en que Heinze nos guió al hospital del instituto para mostrarnos a los pacientes vimos a una mujer que hacía extrañas muecas con la boca: signo inequívoco de la temible disquinesia tardía. Es tan yatrogénica la profesión que estudios publicados en 1979 por la Organización Mundial de la Salud (OMS) revelaron el dato más devastador que podamos imaginar para la legitimidad de la siquiatría. A lo largo de ocho años la OMS hizo estudios en Colombia, India y Nigeria, países donde se administran muchas menos drogas siquiátricas que en los países ricos, y descubrió que en aquellos el índice de mejoría de quienes sufren crisis psicóticas fue exponencialmente más alto que en Estados Unidos, la Unión Soviética, Inglaterra, Dinamarca, Irlanda, Checoslovaquia y Japón. ¿Cómo fue posible eso? La respuesta es devastadoramente simple: en Colombia, India y Nigeria no se consumen tantos neurolépticos. Al no ser capaces de importar en grandes cantidades los medicamentos occidentales, los países pobres han tenido una gran ventaja sobre los ricos. En el estudio de la OMS resultó muy revelador que donde menos se recuperaban los pacientes mentales fue en la Unión Soviética: el país de la lista en el que se han administrado la mayor cantidad de neurolépticos. Es una estupenda ironía que, en sus intentos de sanar a la gente que sufre de crisis psicóticas, los métodos de las potencias sean mucho más contraproducentes que los métodos de los países en desarrollo.[5]

La agenda política del INP aparece en las primeras palabras del texto Instituto Nacional de Psiquiatría, 20 aniversario: “Con base en una ponderación de la importancia que tienen para el país los problemas de salud mental, incluyendo el alcoholismo y la farmacodependencia, el 26 de octubre de 1979 se creó, por decreto presidencial, el Instituto Nacional de Psiquiatría, un organismo político descentralizado, con presupuesto y gobierno propios”.[6] Como ha dicho el historiador mexicano Enrique Krauze, el sexenio del presidente José López Portillo, en pleno boom de ventas de petróleo mexicano al extranjero, se caracterizó por enormes gastos del presupuesto nacional y proyectos faraónicos que causaron la bancarrota del país en 1982. La formación de este enorme instituto para controlar a la población de alcohólicos, farmaco-dependientes y otros indeseables puede entenderse en el contexto de ese sexenio faraónico. El control de conductas no sólo se hace mediante drogas y el electroshock. En el instituto que López Portillo creó hablé con un médico que, sin titubeos, me habló de cómo se hace la lobotomía en el nuevo siglo.

En octubre de 2002 conocí al neurofisiólogo José María Calvo, quien me mostró los lugares donde investiga el sueño en el INP. Al entrar a su laboratorio me sorprendió ver a unos gatos en jaulas de un material transparente con electrodos implantados en el cerebro. Jamás había visto algo semejante en mi vida. El aparato implantado en la cabeza de los gatos parecía una especie de puerto de impresora “direct input” para que le conectaran tal o cual cable. ¿Qué sentirán los gatos que les meten esos alambres directamente al cerebro? En esto Heinze tampoco nos dijo la verdad a mí y a mi acompañante de la sociedad protectora de animales. En nuestra entrevista nos había dicho que no se realizaban experimentos invasivos con los animales del instituto. La verdad es que se hacen, y no sólo con gatos.[7] Calvo me informó que en el Instituto Nacional de Neurología se hacen experimentos con seres humanos; y mencionó un nuevo tipo de lobotomía que se hace internacionalmente. Anteriormente se extraía el tejido cerebral de los sujetos a controlar, pero en el siglo XXI la tecnología permite cicatrizar las áreas de los lóbulos frontales que se deseen sin necesidad de extraer los trozos de tejido cerebral: un adelanto científico “para los pacientes refractarios al tratamiento” en opinión de Calvo.

“Refractarios al tratamiento” es la expresión que usan los médicos para referirse a quienes los psicofármacos no les hacen el efecto deseado por los siquiatras. Esta “lobotomía moderna” fue importada de Estados Unidos a México. El siquiatra Michael Jenike escribió lo siguiente en un cibersitio que abrí en el nuevo siglo:

Como algunos pacientes con OCD [trastorno obsesivo-compulsivo] son refractarios a los tratamientos del orden del día y se encuentran casi totalmente incapacitados, el grupo de investigación ha estudiado el uso de tratamientos de neurocirugía para estos pacientes refractarios al tratamiento [...]. Ya se ha obtenido aprobación sobre sujetos humanos en el Departamento MGH de la Universidad de Brown y en el Hospital de Rhode Island. El estudio se encuentra en camino de realizarse.[8]

Además de los laboratorios de gatos con electrodos implantados en sus cerebros, en el instituto que Ramón de la Fuente fundó hay instalaciones para la investigación neurocientífica, aulas de enseñanza, un auditorio, una biblioteca y más de cuarenta consultorios. Se tiene a los “enfermos” en cinco sectores. Hay cuartos para médicos residentes. Se realizan reuniones científicas y seudo-científicas y se publica en Salud mental, el órgano oficial del instituto, además del boletín mensual. En 1993 ingresaron los primeros alumnos que realizaron la totalidad de su formación siquiátrica en el instituto, que también cuenta con programas de maestría y doctorado en siquiatría desde 1991. Frente a la maqueta de los edificios del instituto Heinze nos dijo a Lan y a mí que, muchos años atrás, de la Fuente le decía: “Quiero hacer un instituto” y que su sueño se volvió realidad gracias al presidente López Portillo.

Que las actividades del instituto son una mezcolanza entre ciencia y seudociencia lo averigüé en un ciclo de conferencias realizadas en 2002. El instituto invitó a una doctora norteamericana que impartió conferencias de anorexia y habló de los neurotrasmisores favoritos de los siquiatras: la dopamina y la serotonina (son los favoritos única y exclusivamente porque son los que han investigado; pero puede haber más de cien diferentes neurotrasmisores en el cuerpo humano). También habló de investigaciones genéticas. Como me dijo Luis Cuevas, un endocrinólogo amigo mío que trabaja con anoréxicas, la postura de la ponente era insostenible. Debido a la exigencia de mantener una figura esbelta la anorexia aparece frecuentemente en la población de bailarinas: dato que sugiere fuertemente una etiología psicosocial, no biológica. Por otra parte, en tiempos del pintor Rubens, cuando los valores de estética apreciaban a las mujeres más gordas, éstas no padecían de anorexia. En esos tiempos no existía la presión cultural de la figura esbelta que nos invade en la actualidad: una exigencia aun más acusada en la población de bailarinas. Esta exigencia cultural, no biológica como nos quería hacer creer la conferencista, es lo que hace que algunas muchachas le hayan cobrado fobia a la comida. No obstante, la de Cuevas era la voz disidente: en el INP me sentí estremecido por la credulidad de los profesionales adultos que engullían lo que, en inglés, nos decía la ponente.

Cuevas y yo nos salimos de esa conferencia y en otra sala del instituto escuchamos otra: una auténticamente científica sobre la neurofisiología del acto de parpadear. ¡Pero ahí también me estremecí! ¿Cómo es que este científico argentino impartiera su cátedra en tal lugar? Estando rodeado de profesionales de medicina y neurología sentí que todos estos adultos se comportaban hacia la figura del profesor de manera tan pueril como un niño indígena con su tatá. Mientras escuchaba al neurólogo, en un diálogo conmigo mismo pensé en lo irrelevante que era impartir cátedra sobre la neurofisiología del parpadear dado que estábamos en una institución en la que, a la par de esa conferencia científica, se impartía otra conferencia seudocientífica y represiva (postular la base biológica de la anorexia se hace con el fin de emprender un tratamiento físico involuntario de la anoréxica). Reconozco que el neurólogo que hablaba de la mecánica del parpadear no tuvo un solo lapsus seudocientífico en que hablara de la siquiatría: habló exclusivamente de neurología. Pero el hecho de estar en una institución donde ese mismo día un colega suyo me había dado detalles sobre las lobotomías modernas, hablaba, a mi juicio, muy mal de la moral del neurólogo y de su compromiso con los derechos humanos y la ciencia real. El efecto del ciclo de conferencias —mentiras siquiátricas a la par de verdades neurológicas— no pudo ser más deformador para los jóvenes profesionales. La impresión que se llevaron a sus casas es que la siquiatría es tan científica como la neurología. Como le dije al doctor Cuevas al salir del Instituto Nacional de Psiquiatría, no hay nadie en México que hable en público sobre el abismo que separa a la ciencia neurológica de la seudociencia siquiátrica.

Referencias

[1] Ramón de la Fuente [Muñiz]: “Sobre los hospitales psiquiátricos” en Proceso, carta al editor (7 marzo 1994).

[2] Instituto Nacional de Psiquiatría: 20 aniversario (Editorial Láser, 1998), p. 3.

[3] Ibídem, p. 13.

[4] Whitaker: Mad in America, p. 208.

[5] Ibídem, pp. 226-232.

[6] Instituto Nacional de Psiquiatría: 20 aniversario, p. 1.

[7] Véase Luz Elena Ramírez: “La experimentación con animales en México: algunas prácticas en el Instituto Mexicano de Psiquiatría” en una página web que abrí en marzo de 2003.

[8] Michael Jenike: “Obsessive-compulsive disorders”, artículo de harvard.edu que leí en una página web en 2000.

Published in: on mayo 15, 2009 at 7:35 pm  Comentarios (6)  

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6 comentariosDeja un comentario

  1. Coincido con su postura ante la institución.

    Lamentablemente, es aquí en donde debo terminar mi servicio social. Si usted conoce algún clínico o investigador con postura ética, científica y política que valga la pena contactar en esta institucion para obtener algun posible provecho de mi estancia aqui,le agradecere mucho.

    • Abi, Infortunadamente no conozco a nadie. Un saludo.

  2. Cesar, buenas noches, tengo un problema de Ansiedad desde hace 5 años y no he podido resolverlo, he acudido con alopatas, homeopatas, alternativos, etc, un buen amigo me recomdo asistir al Instituto Nacional de Psiquiatria, pero al leer tu articulo ma asaltan muchas dudas, podria recomendarme alguna otra alternativa, gracias por tus comentarios. JLLC.

    • Sugeriría que leyeras mi libro Hojas susurrantes. Creo que te ayudará. Saludos.

  3. Curioso… Yo como paciente lo vivo diferente. Sufro de Trastorno Bipolar y la verdad es que me han atendido muy bien. Es una crítica muy dura al INP, pero yo en parte defiendo al Instituto porque me ha ayudado.

    • Dices que te trataron bien. Pero si te dijeron que tu achaque era biomédico, te han mentido.


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